sábado, 28 de febrero de 2026

 


CONVERSACIONES CON LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El mundo que amanece


"Le llamé inteligencia artificial para no reconocer que, por primera vez, alguien me respondía sin querer ganarme"



Es mi nueva novela que podéis encontrar en Amazon (haciendo clic sobre las imágenes os llevará allí) en formato epub o tapa blanda

viernes, 27 de febrero de 2026

 DÉJALO PARA MAÑANA


No sé en qué momento convertimos el “no lo dejes para mañana” en una religión. Como si mañana fuera un cajón infinito, limpio, sin facturas, sin cansancio y sin gente llamando a la puerta.

La verdad es más simple y más incómoda: hay cosas que se pueden hacer hoy, y conviene hacerlas hoy. No por virtud, sino por higiene mental. Y luego están las otras: las que hoy no caben, no dependen de ti, o exigen una energía que no tienes. Ésas no se posponen: se aceptan.

Porque aplazar también puede ser una forma elegante de mentirse. Y la prisa, otra manera de romperlo todo con buena conciencia.

Así que quizá la regla no sea “hazlo ya”, sino “no te empeñes en lo imposible”. Haz lo que toca cuando toca. Y lo que no se puede… suéltalo. No como derrota, sino como lucidez. Mañana no siempre arregla nada; a veces solo repite el mismo teatro con otra luz.

«El amor es como la guerra de trincheras: no ves al enemigo, pero sabes que está ahí y que es más sabio mantener la cabeza agachada.» (Lawrence Durrell nacido el 27 de febrero de 1912 no quiso ser considerado británico, sino un ciudadano del mundo. No sé la manía de much@s escritor@s -y de las personas en general- de considerar el amor como una guerra; tal vez a Durrell le influenció el vivir las dos grandes guerras europeas del pasado siglo)

Neal Schon hoy cumple 72 años y hace muchos que toca la guitarra; aprendió con uno de los mejores, Carlos Santana. Su guitarra "habla" cuando interpreta a "Caruso". Comprobarlo.

Balcó amb veu prestada

A l’habitació d’hotel, la mar fa d’afinador: sal a la gola, llum a la pell. Ell canta baix, com si demanés perdó a les parets. Ella riu amb llàgrimes curtes, i el seu riure li deixa un gust de mandarina amarga als llavis. A fora, Nàpols bull, però aquí dins només hi ha dos cossos i una veu que no és d’aquest món. Quan diu “t’estimo”, li tremola la mà com un estendard cansat. I, tot i així, la cançó el salva.


jueves, 26 de febrero de 2026

 

FILTRO DE POSITIVIDAD

 


En mi móvil aparece una foto como si fuera una amenaza: 2016 vs 2026. A la izquierda, yo con menos barriga y más pelo; a la derecha, yo con el mismo gesto de siempre, pero con una paciencia que antes no tenía porque, claro, antes tenía tiempo para desperdiciarlo.

Lo curioso es que la foto de 2016 me mira con una alegría que no recuerdo haber sentido. Esa es la primera mentira. La segunda: que yo diga “antes todo era más sencillo”. Lo repito con esa solemnidad barata que se compra en redes sociales, como quien compra una vela con olor a “hogar” y luego se pregunta por qué huele a químico.

Estoy en la mesa de la cocina. La ventana da a un patio interior donde las sábanas ajenas se agitan con la dignidad de las cosas que no tienen ambición. Barcelona suena al fondo: un camión, una moto que se cree imprescindible, una vecina que discute con alguien que no está. Yo, en cambio, discuto con alguien que sí está: mi memoria.

Porque mi memoria ha empezado a ponerse dulce. Como si tuviera un pacto con mi edad.

A veces pienso que la jubilación —esa palabra que suena a premio y a castigo a la vez— no llega en el día que firmas el papel, sino antes. Llega cuando te descubres repasando tu vida como quien repasa una lista de compra ya pagada: lo que falta no importa, lo que sobró lo justificas, lo que dolió lo guardas en un cajón que no abres. Me pasa con 2016. Me pasa con todos mis 2016.

En 2016 yo decía que estaba agotado. Que el despacho me chupaba la sangre, que la gente venía con problemas que no eran míos y me los dejaba encima de la mesa como si fueran sobres sin sello. Yo volvía a casa tarde, con la garganta áspera, con el cuello duro, con la sensación de que el día era un pasillo sin salida. Y, sin embargo, la foto dice otra cosa: una sonrisa limpia, un vaso en la mano, una camisa azul que me sienta bien porque mi cuerpo todavía no se había rendido del todo a la gravedad. Detrás, una terraza, una noche de verano, unas luces amarillas, alguien que me está haciendo la foto con cariño o con paciencia.

¿Ves? Ya estoy idealizando incluso a quien apretó el botón.

Me da por ampliar la imagen con los dedos. Busco detalles como un detective de mí mismo. El fondo está ligeramente desenfocado, pero se distingue una mesa, unas manos, un plato a medio terminar. No recuerdo qué comíamos. Recuerdo, eso sí, la discusión de antes.

—No estás —me dijo ella, entonces.

 —Estoy aquí —le contesté, como siempre, como si “aquí” fuera un lugar y no un cuerpo.

A mí me gusta creer que esa frase nunca existió. Mi memoria la disuelve, la vuelve espuma, la manda al fondo donde se guardan las cosas que, con los años, pierden fuerza. Ese es el truco: lo malo no desaparece, solo se vuelve menos accesible. Y en su lugar suben a la superficie los veranos interminables, las conversaciones sin prisa, los problemas que hoy parecen pequeños. No porque fueran pequeños, sino porque yo me he vuelto grande… o porque me he vuelto más cobarde. No lo tengo claro.

Lo que sí tengo claro es que, cuando el presente se pone feo, el pasado se pone guapo. Es un mecanismo de defensa con buen marketing.

Mi hija me manda un audio.

—Papá, ¿has visto lo de las fotos? Qué fuerte, ¿eh? Parece que hace diez años éramos felices.

Me río solo. Me oigo reír y me doy cuenta de que ya no río igual. Antes era una risa corta, rápida, como quien huye. Ahora es una risa lenta, con un poco de arena en los dientes. Le contesto:

—Éramos felices en los ratos que no lo sabíamos. Como siempre.

Ella me deja en visto. Es su manera de quererme sin ponerse cursi.

Salgo a la calle. Necesito aire. En el ascensor me miro en el espejo metálico y me encuentro con la cara del 2026. O del 2025. O del año que sea. Las fechas empiezan a mezclarse, como si el calendario también tuviera nostalgia. Bajo al portal, piso la acera, y el barrio me recibe con su olor: pan recién hecho en una esquina, detergente en otra, el humo de un autobús que parece un animal viejo. Camino hacia el metro, pero en vez de entrar, me quedo un momento mirando el flujo de gente. Todos van con el móvil en la mano, como si llevaran una brújula que solo marca “antes”.

En un banco hay un hombre mayor con una bolsa de plástico y una mirada de domingo. Me mira un segundo y aparta la vista. Me recuerda a mi padre, y mi padre me recuerda a mi adolescencia, y mi adolescencia me recuerda a una chica que nunca besé por miedo a equivocarme. Y el miedo, curiosamente, es el recuerdo más fiel de todos: no se deja endulzar.

Vuelvo a casa. Me siento otra vez en la cocina. Abro la galería de fotos y busco la original, la de 2016, sin filtros, sin ese brillo que ahora parece natural. La encuentro. Y ahí está la grieta.

En la foto original yo no sonrío. Tengo los labios apretados, una sombra bajo los ojos, la camiseta manchada por una gota de vino, y el gesto de quien está pensando en algo que no dice. Detrás, en la mesa, se ve claramente un plato frío y una silla vacía. La silla vacía es la que mi memoria había rellenado con cariño. Y, sin embargo, ahí está: vacía, como una prueba.

Me quedo mirando esa silla como si fuera un agujero en el tiempo. Como si la nostalgia fuera, al final, esto: un montaje. Un recorte. Una edición.

Me dan ganas de enfadarme con la red social, con el algoritmo, con el mundo por venderme la idea de que 2016 fue “el último año bueno”. Pero la verdad es más simple y más incómoda: el filtro lo puse yo. Lo puse cada vez que conté esa historia omitiendo la silla. Lo puse cada vez que dije “antes” para no decir “ahora”.

Entonces hago algo que no tiene épica, pero sí tiene sentido: cierro el móvil.

Me quedo un rato en silencio, escuchando el patio interior, las sábanas, la vida que no posa. Y pienso que quizá recordar no sea volver atrás, sino volver a construir, con las manos de hoy, una versión soportable de lo que fuimos.

La pregunta, la que no me deja en paz, es otra: ¿cuándo empezaré a construir una versión soportable de lo que soy ahora?

«Aniquila los deseos y aniquilarás la mente: quien no tiene pasiones no tiene principio de acción ni motivo para actuar.» (Para escribir esa frase y practicarla no sé podía ser más que filósofo. Claude-Adrien Helvétius es su autor. Nacido el 26 de febrero de 1715 tuvo antecedentes familiares relacionados con la alquimia lo que le da un toque mágico a toda su filosofía)

Hoy Nacho Cano del grupo Mecano, cumple 63 años. No lo voy a felicitar aunque las canciones del grupo estén entre mis preferidas. El destino ha llevado a Nacho Cano por lugares que a mí no me gusta estar.


Semàfors que no perdonen

Vaig sortir de casa amb el cor fent de bateria barata. A l’avinguda, el semàfor em va mirar com si em conegués de tota la vida: vermell, sempre vermell, quan jo tenia pressa per arribar a tu i demanar-te perdó sense paraules cursis.

Un cop de vent em va empènyer el tiquet del metro fins als peus d’un desconegut. El va recollir, va somriure… i eres tu, amb la mateixa jaqueta d’aquell dia.

No crec en el destí. Però el destí, pel que es veu, sí que creu en mi.


miércoles, 25 de febrero de 2026

 

LA CORREA INVISIBLE


Me descubrí la cola una mañana de lunes, justo cuando el ascensor decidió oler a jefe.

No era una cola de carne y foto de carnet. Era peor: una cola íntima, nerviosa, hecha de impulso. Se me movía por dentro, como si mi espalda recordara un idioma antiguo que el cuerpo dejó de hablar por vergüenza.

En la oficina nadie vio nada. Nadie ve nada, en realidad. Te pueden cambiar la vida en un Excel y te lo llaman “ajuste”. Aun así, yo notaba el mundo distinto: los ruidos tenían esquinas, los perfumes eran anuncios de guerra, y la alfombra de moqueta —ese pantano corporativo— me pedía la planta del pie como si fuera barro real.

Yo era therian. Eso decía la palabra que encontré una noche, buscando sin quererme. No “me sentía” lobo, ni zorro, ni gato. No iba de disfraz ni de postureo. Era más simple y más difícil: había una parte de mí que no cabía en lo humano sin hacerse daño. Una parte que, cuando me obligaban a sonreír en reuniones, enseñaba los dientes por debajo.

En la pausa del café —yo siempre lo pedía sin cafeína, por puro miedo a mí mismo— me miraban como se mira a un archivo corrupto.

—¿Te pasa algo? —preguntó Clara, con su voz de “te lo digo por tu bien”, que en realidad significa “me incomoda tu existencia”.

Yo noté su pulso en el cuello, esa luz tibia bajo la piel. Noté la mentira en el aire, esa humedad. Y pensé: si hablara como lo que soy, la sala se quedaría sin oxígeno.

—Nada —dije—. Solo… que me cuesta la correa.

Clara soltó una risa pequeña, administrativa.

—¿Correa?

—Sí. La que no se ve.

El director general entró justo entonces, peinado como un decreto. Se acercó con esa autoridad que no nace del talento sino del miedo ajeno.

—Equipo —dijo—. Este trimestre vamos a apretar.

Yo escuché la palabra apretar y mi cuerpo hizo lo que hace un animal cuando presiente la trampa: se preparó para correr, para morder o para desaparecer.

Apreté yo también. Pero por dentro.

Esa tarde, al volver a casa, me quité la camisa como quien se quita un uniforme de especie. En el espejo me miré y no vi nada extraordinario: un hombre cansado, ojos de lunes permanente, manos que han firmado demasiadas renuncias sin firmar las propias.

Entonces noté algo más: la correa invisible no estaba en mi cuello.

Estaba en la muñeca.

Era una pulsera corporativa, de esas “motivacionales”, con letras amables: WE ARE FAMILY.

Me la habían regalado en la cena de empresa, brindando por “el compromiso”. Yo la llevaba por educación, por no ser “raro”, por ese instinto humano de parecer domesticado.

La arranqué.

Y, al hacerlo, no apareció ninguna cola. No aullé. No me convertí.

Solo respiré.

Y entendí lo que me había confundido todo este tiempo: yo no era un animal dentro de un humano.

Era un animal fuera de una jaula que me habían enseñado a llamar “normalidad”.

El lunes siguiente fui a la oficina sin pulsera.

Nadie dijo nada.

Pero el ascensor, por primera vez, olió a aire.

«Se extiende ante nosotros un caos de opiniones tan inextricable, que orientarse parece casi imposible.» (Esta frase la escribió -o dijo- Otto Liebmann entre el 25 de febrero de 1840 y el día donde se fue a la habitación de al lado allá por 1912. Como puede leerse seguimos más o menos igual)

A George Harrison es la tercera vez que lo felicito: hoy hubiese cumplido 83 años pero hace 25 que "yanoestáentrenosotr@s". Es curioso que la canción que más bailé en un baldosín agarrado a una moza, todavía no había llegado a este lugar. My sweet lord. Bona nit.

L’escala que no porta enlloc

Vaig pujar l’escala del terrat amb la gola plena de “ja n’hi ha prou”. A baix, la ciutat feia soroll de monedes i presses. Jo, en canvi, buscava una veu neta, una mà invisible que m’ordenés el caos sense renyar-me. Vaig murmurar un nom —no sé si era Déu, amor o pura necessitat— i el vent me’l va tornar com una rialla suau. No va aparèixer cap miracle: només un silenci càlid, com una promesa que no exigeix res. I, estranyament, em va bastar.



martes, 24 de febrero de 2026

 

CUANDO POR FIN CALLA EL MUNDO


Hay días en los que me sorprendo negociando conmigo mismo como si fuera un país extranjero: “cinco minutos más”, “solo miro esto”, “después empiezo”. Y lo curioso no es que me pase; lo curioso es que me creo mis propias excusas con una facilidad que asusta.

Por eso me fascina esa idea de 1925: alguien se tomó tan en serio la procrastinación que diseñó un casco para aislarte del mundo. Un artefacto que reduce el campo de visión, amortigua el ruido y te deja a solas con la tarea… y con tu cabeza. Casi una confesión tecnológica: no confío en mí, así que me pongo una armadura contra mí mismo.

Pero ahí está la trampa. Pensamos que lo que nos distrae viene de fuera: la gente, el móvil, el ruido, el mundo que insiste. Y sí, claro que influye. Pero cuando el silencio llega, cuando por fin no hay nada que mirar ni escuchar, aparece lo que de verdad pesa: el miedo a hacerlo mal, el cansancio, la pereza que no es pereza sino saturación, la ansiedad disfrazada de “no pasa nada si lo dejo para luego”.

El casco promete foco, pero también revela algo incómodo: aislarse no siempre es concentrarse; a veces es solo quedarse encerrado con lo que uno estaba evitando. Y entonces entiendo por qué muchas “soluciones definitivas” duran lo que dura el entusiasmo: porque no atacan el núcleo, solo le ponen una tapadera.

Así que, cuando me descubro postergando, intento cambiar la pregunta. No “¿qué me distrae?”, sino “¿qué emoción estoy tratando de no sentir?”. Y desde ahí, el foco deja de ser una disciplina militar y se vuelve una cosa más humana: hacer sitio, bajar el ruido lo justo, empezar pequeño… y aceptar que, a veces, el verdadero aislamiento no es del mundo, sino de la excusa.

«¿Por qué soy exactamente este ser y no otro? ¿En este punto del espacio ilimitado y en este instante del tiempo infinito? ¿En este grupo de seres, en este planeta? ¿Por qué existo, si podría haber no existido?» (No hace falta explicar que Stanisław Ignacy Witkiewicz nacido el 24 de febrero de 1885 era filósofo; por su frase lo conoceréis. No contento con eso también se dedicó a la pintura, la fotografía, a la novela, a la dramaturgia y ser teórico del arte. Tal vez fue su afán por responderse a sus preguntas lo que le hizo dedicarse a todo eso)

Michel Legrand tenía 10 años en el verano del 42 (del siglo pasado) Much@s de nosotr@s ni habíamos nacido pero, ese verano, nos produce una nostalgía como si hubiésemos vivido en él.

El que sap l’estiu

A la platja, el vent fa d’advocat: repassa proves invisibles sobre la pell. Ell té catorze anys i un cor que encara no sap mentir. Ella fuma com si el fum pogués tapar una carta que encara no ha arribat.

Quan ballen a la cuina, el terra cruix com un secret vell. Ell aprèn el pes d’un cos trist, la calor d’una dona que no és promesa, només naufragi.

L’endemà, el mar torna a ser mar. Però l’estiu, ja ho sap: el primer tacte no s’oblida mai.


lunes, 23 de febrero de 2026

 

SOMBRAS


Las sombras no vienen a estropear la fiesta. Vienen a recordar que hay un cuerpo frente a la luz.

Nos enseñaron a perseguir la claridad como si fuera una absolución: más luz, menos grietas, cero rincones. Pero la luz no perdona; la luz señala. Y, cuando aprieta, la sombra se vuelve nítida, casi orgullosa, como un trazo de carbón sobre una pared recién pintada.

La sombra te acompaña porque tú existes. Porque ocupas sitio. Porque no eres aire. Caminas y ella camina, pegada a tus tobillos, a tu nuca, a esa zona del pecho donde guardas lo que no te atreves a decir en voz alta. Hay días en que querrías despegarte de ella, dejarla atrás como se deja un abrigo pesado al entrar en casa. Pero la sombra no se deja: no es un objeto, es un resultado.

Cuanto más intensa es la luz, más se nota el relieve de lo que ilumina. La alegría, cuando es de verdad, proyecta su propio contrapeso. Un amor que te despierta dibuja también el miedo a perder. Un logro, con su aplauso, enciende el inventario de renuncias. Y ahí aparece la sombra, más grande, no como amenaza, sino como prueba: hay algo valioso ardiendo.

Confundimos sombra con defecto. Con mancha. Con culpa. Y la sombra, a menudo, es solo el sitio donde la vida no posa para la foto. Ese margen que no entra en el discurso perfecto. La parte que no cabe en una explicación rápida y, por eso mismo, es real.

Hay sombras que son duda —una duda fina, casi elegante—. Otras son vergüenza, que se pega a la piel como una camisa húmeda. Otras son nostalgia: esa punzada suave que aparece justo cuando te ríes, como si alguien, desde lejos, te tocara el hombro. Y también está la sombra del cansancio, que no pide épica, solo una silla y un rato de silencio.

La luz intensa no te hace impecable: te hace visible. Y ser visible es un pacto con lo imperfecto. Se ven tus bordes. Tus cicatrices. Tus contradicciones. Se ve lo que te sobra y lo que te falta. La luz no te mejora: te desvela. Y la sombra no te condena: te da volumen.

Quizá la paz no sea vivir sin sombras, sino dejar de discutir con ellas. Aprender a caminar con esa presencia sin dramatizarla, sin convertirla en enemigo. Mirarla de reojo y decir: estás ahí; yo también.

Porque si hoy tu sombra pesa más, tal vez no sea porque te estés hundiendo. Tal vez sea porque, por fin, estás bajo una luz que importa.

«El coste de la libertad es menor que el precio de la represión. Aunque ese coste sea de sangre» (William Edward Burghardt Du Bois su nombre fue tan largo como su vida: nació el 23 de febrero de 1868 y murió el 27 de agosto de 1963. Aunque hablaba de costes no fue economista ni nada parecido, fue sociólogohistoriadoractivista por los derechos civilespanafricanista, autor y editor estadounidense)

Skylar Grey cumple hoy 40 espléndidos años; la canción del vídeo la co-escribió con Eminem y Rihanna para hacer luego su propia versión. Le quedó preciosa como podréis oir.

La mentida en veu baixa

Canta sense bateria, sense foc d’escenari: només una veu que es rasca el cor. A cada “t’estimo” li cau una engruna de vidre. Ell no hi és, però encara ocupa el passadís: sabates invisibles, alè antic, la clau girant dins el cap. Ella posa les mans al piano com qui posa benes.

No el disculpa. No es disculpa.

Només descriu el cercle: el cop, la carícia, el “perdona”, la pau falsa. I el silenci final, que pesa més que qualsevol crit.


domingo, 22 de febrero de 2026

 

PARA SIEMPRE, POR SIEMPRE, HASTA SIEMPRE


Para siempre, por siempre, hasta siempre…
lo dijimos con la boca ardiendo y las manos temblando,
como quien firma con sangre en la niebla.
La lluvia nos coronó de sal,
y el mundo, por un segundo, dejó de parpadear.

Para siempre, repetí pegado a tu cuello,
y el olor de tu piel —vaina de vainilla y noche—
se me quedó viviendo en la camisa.
Por siempre, juraste, con los ojos brillando
como faros que solo reconocen un barco.
Hasta siempre, brindamos,
y el cristal del vaso vibró como si nos creyera.

Luego vinieron las estaciones con su maquinaria,
los lunes con su peso de plomo,
y el hueco tibio en mitad de la cama
dijo mi nombre en voz muy baja.
Aguanté el filo de tus silencios,
la distancia apoyada en la barandilla de los días,
y aun así te quise: más, más, todavía más.

Si el para siempre se nos quedó grande,
que sea entonces este instante, desobediente y total:
tu boca en la mía, el pulso desbocado,
mi espalda aprendiendo de memoria tus dedos,
las lágrimas como vino dulce detrás de la lengua.

No es promesa, es incendio.
No es futuro, es un ahora que tiembla.
Y si mañana nos falla el valor,
déjame decirlo sin vergüenza:
te amaré igual —con melancolía, con hambre, con fe—,
hasta donde me alcance el cuerpo
y un poco más allá del cuerpo, si me lo pide tu nombre.

«La tierra es cruel, sobre todo la tierra marginal.» (Peadar O’Donnell nació el 22 de febrero de 1893 en la República de Irlanda que es como decir que la tierra era cruel. Su vida de republicano socialista, militante del ira, diputado y escritor no le proporcionaron una vida fácil, pero resistió hasta los 93)

Hoy Jame Blunt cumple 52 años; ya lo felicitamos hace 4 y todavía sigue vivo: parece mentira que aguante tanto el frío y los cuatro años que llevamos ya de guerra en Europa (en alguna ha participado, por si no lo sabíais)

Un mirall al metro

Al metro, ella em mira com si em conegués d’una altra vida: dos segons, prou per encendre’m la pell. Fa olor de xampú car i de pressa. Jo duc una corbata que em penja com una excusa i un somriure que no sé si és valent o patètic.

Les portes s’obren. Ella baixa. Jo no.

Em queda el reflex al vidre: jo, clavat al meu seient, fent-me l’heroi d’una història que no he tingut el cor de començar.


sábado, 21 de febrero de 2026

 

NO QUIERO QUE ME QUITEN EL ESCAÑO

 


Hay algo casi enternecedor —si no fuera tan reiterativo— en ver a la izquierda hablándose a sí misma como quien se deja una nota de voz para convencerse de que mañana sí va a cambiar de vida. Sábado, 21 de febrero de 2026: en Madrid, IU, Sumar, Comuns y Más Madrid presentan alianza para 2027 ante unas 600 personas en el Círculo de Bellas Artes; en Valladolid, Irene Montero suelta una frase pensada para grabarla en mármol: que las alianzas “van a caer por su propio peso” porque “la gente quiere izquierda” para “parar a la derecha”.

El problema es ese: el “propio peso”. Porque si algo ha demostrado la izquierda española en la última década es que cae, sí… pero no siempre hacia la unidad. A veces cae hacia “la casa común”; otras, hacia “mi marca, mi lista, mi espacio, mi relato”. Y así la política se nos queda como un edificio en obras donde todos discuten el plano mientras el ascensor ya se lo han llevado los de mantenimiento.

Lo más fino —lo que convierte esto en sátira sin necesidad de añadirle adorno— es esa otra perla: “lo importante que ha pasado esta semana ya ha pasado”. Es un haiku de partido. Una forma elegante de decir: “Sí, os he visto… y he decidido que ya sois ayer”. Mientras tanto, los del acto se entregan al vicio nacional de la izquierda: la épica del PowerPoint. Unidad, no resignación, proyecto ganador. Todo suena bien hasta que preguntas lo indecente: quién manda, cómo se llama la criatura, qué acuerdo mínimo tiene… y si alguien ha visto a la fundadora de Sumar por el edificio. Porque el detalle de que Yolanda Díaz no acuda no es un dato: es un símbolo con piernas.

Y entonces aparece el intento de ponerle traje serio a la fiesta: Urtasun recordando que la “aritmética” es necesaria, pero que no se gana solo maximizando escaños, que hace falta “un proyecto político ganador”. Traducción al castellano de calle: sumar está muy bien, pero si la gente os ve como una reunión de antiguos compañeros que no se soportan, no hay Excel que lo arregle.

También está la propuesta de Rufián sobre candidaturas de unidad entre izquierda federal y nacionalista, que es como decir: “ya que os cuesta quereros, por lo menos firmad algo juntos antes de que os fusilen… políticamente”. Y la izquierda, que tiene un talento innato para convertir cualquier pregunta en un congreso, responde con otra pregunta, y luego con un matiz, y luego con una mesa de trabajo.

Hasta aquí, el teatro conocido. Pero lo que chirría de verdad —lo que huele a guion repetido— es que, cuando uno rasca el barniz de “proyecto”, lo único nítido del supuesto programa es una cosa: atizar el miedo. Que viene la derecha. Que viene la ultraderecha. Y ojo: puede ser cierto, puede ser un riesgo real, puede ser incluso urgente. Pero como programa suena demasiado a alarma antiincendios: muy útil para avisar del humo, pésima para cocinar.

Porque cuando tu principal propuesta consiste en gritar “¡lobo!” cada tres frases, llega el momento incómodo —ese que nadie quiere oír con micrófono, pero que se oye perfecto en el bar— en que toca hacerse la pregunta prohibida: ¿de qué tienen miedo exactamente? ¿De que gobiernen los otros… o de que se les acabe el escaño y con él el sueldo, el despacho, el asesor, la agenda llena y esa sensación embriagadora de “importar” aunque el balance de resultados sea, digamos, discutible?

El electorado —esa entidad mística a la que todos invocan— quizá sí “quiere izquierda”. Pero también quiere algo mucho más humillante para la clase política: coherencia, resultados, y la sensación de que no le están vendiendo una reconciliación que dura lo que tarda en filtrarse un WhatsApp. Quiere que le hablen del alquiler, de la sanidad que no llega, de la precariedad que no se va, del cansancio que ya no cabe en un eslogan. Y no solo del monstruo que viene… sino de la casa que se supone que quieren construir.

La derecha y la ultraderecha funcionan aquí como comodín perfecto: sirven para tapar costuras, para aplazar el programa y para justificar cualquier pacto… menos el pacto más difícil: el de renunciar a un trocito de poder propio para construir algo que no dependa de la amenaza constante. Y por eso la “unidad” se invoca como un espíritu, como si bastara con pronunciarla tres veces delante del espejo del Círculo de Bellas Artes para que aparezca, maquillada y peinada, con un acuerdo real bajo el brazo.

Así que sí: habría que preguntarse —con toda la mala leche del mundo, pero con la lucidez intacta— si el miedo que reparten es por responsabilidad democrática o por instinto de conservación laboral. Porque a veces la política no es ideología: es nómina con micrófono.

«Llamé al cielo y no me oyó, / y pues sus puertas me cierra, / de mis pasos en la tierra / responda el cielo, y no yo.» (Cualquier lector habrá reconocido la anterior estrofa  del “Tenorio” de José Zorrilla. La parrafada viene que ni pintada a la reflexión de hoy: yo hice lo que pude pero nadie me escuchó, así que darles las culpas a los que no me escucharon porque ell@s son l@s causantes de la “catástrofe”. Zorrilla, el dramaturgo, nació el 21 de febrero de 1817 y no hablaba de política en “Don Juan Tenorio”; hablaba de seductores)

Leo Délibes fue un compositor romántico francés que nació el 21 de febrero de 1836; su obra más conocida es la ópera Lakmé y, dentro de ella, ese Dueto de las Flores que es una auténtica maravilla.

Sota la cúpula, ningú mana

Baixen al riu com qui baixa una persiana: sense fer soroll. Les flors, obedients, s’obren amb olor de promesa barata. Elles canten i el món s’hi posa bé, com un vestit prestat. Però jo les miro les mans: no recullen pètals, recullen temps. I el temps punxa. La melodia fa d’aigua, fa de seda, fa de “no passa res”. Mentida. Sota la cúpula espessa, fins i tot l’amor té un vigilant. I somriu.

Y algún/a cinéfil@ habrá reconocido también el dueto que sirvió de fondo para la llamada "escena de los sicilianos" de la película "Amor a quemarropa", con guión de "yasabéisquién". Si, si... Quentin Tarantino.



viernes, 20 de febrero de 2026

 

LA PUERTA QUE RODEÉ


Te lo diré como me lo dije a mí, una noche cualquiera, cuando ya no quedaban excusas frescas en la nevera.

Había entrenado el autoengaño como quien entrena el core: respiración controlada, postura digna, sonrisa de “todo bien”. Me salía perfecto. En el trabajo, en la cama, en las sobremesas. Incluso delante del espejo, que es el único testigo que nunca firma nada pero lo ve todo.

La realidad, en cambio, esperaba. Paciente. Sin dramatismo. Como ese mensaje que no contestas porque “ahora no” y que, cuando por fin lo abres, ya no importa.

La decepción llegó con un gesto tonto: una frase mal puesta en una conversación que creí segura. Yo hablaba de futuros, de planes, de “cuando”. Y la otra persona —tú, cualquiera, da igual— me miró con esa piedad seca que solo tienen los que ya se han bajado del barco.

—No era eso —dijiste.

No “no te quiero”. No “me voy”. No “se acabó”. Solo: no era eso.

Y de pronto entendí que la decepción no es una puñalada: es un golpe de frente contra la puerta que llevas meses rodeando para no admitir que está cerrada. Te duele la nariz, sí. Pero lo peor es que, por primera vez, hueles el aire tal como es: sin perfume de fantasía.

Me senté. No por tristeza. Por cansancio. Ese cansancio de sostener una versión de la vida que exige más energía que vivirla.

Luego pasó lo inevitable: empecé a recordar todas las señales que había convertido en decoración. Las silenciosas. Las pequeñas. Las que no hacen ruido hasta que juntas te construyen una pared.

La realidad no había cambiado. El que había cambiado era yo, al fin. Dejé de esquivarla. Y ahí, justo ahí, en el momento exacto en que aceptas que te estabas mintiendo con educación, la decepción se transforma en otra cosa: en una libertad fea, pero respirable.

Me levanté. Me miré al espejo otra vez.

Esta vez no sonreí.

Y, curiosamente, fue la primera vez en mucho tiempo que me vi.

«El amor no pide nada cuando ama; lo pide todo cuando es amado.» (Eso lo dijo Jacques d'Adelswärd-Fersen nacido el 20 de febrero de 1880 y que le tocó vivir en unas circunstancias bastante complicadas por su condición homosexual)

Rick Dufay cumple 74 años y se fue hace unos años de la banda Aerosmith. La verdad no sé si participó en la canción del vídeo, pero me ha servido de excusa para poner una canción que me encanta.

La parpella rebel

Vaig aprendre a dormir amb els ulls mig oberts, com els gats i els desconfiats. No per por: per tu. Per si respiraves diferent, per si el teu somriure feia soroll, per si el món s’acabava en silenci i jo m’ho perdia. La nit ens feia de sostre baix; la ciutat, de rellotge mal educat. Em vas dir: “Parpelleja, home”. I jo, orgullós, vaig negar amb el cap. L’endemà, quan vas marxar, vaig parpellejar per fi. I em vaig perdre tot.


jueves, 19 de febrero de 2026

 

LA ENGRAPADORA


Él apareció con una bolsa de papelería, como si acabara de atracar una oficina sin cámaras.

—Feliz aniversario —dijo.

En su voz había esa tranquilidad de los hombres que no saben envolver un regalo, pero sí saben quedarse. Cincuenta y siete años siendo la misma sombra a mi lado, a veces estorbo, a veces abrigo.

Yo abrí la bolsa con una mezcla de ironía y miedo. A estas alturas, el romanticismo siempre parece una promesa con letra pequeña.

Una engrapadora.

Roja. Plástica. Barata. Con esa sonrisa de objeto condenado a terminar en un cajón con pilas muertas.

Me quedé mirándola como se mira una broma.

—¿Una engrapadora?

Él no se defendió. No corrió a buscar una explicación brillante. Solo apoyó la palma sobre la mesa y me miró.

—La tuya se atasca.

—¿Y eso es…? —dejé la frase colgando, esperando que cayera algo más: un sobre, una caja, un “era broma”.

Él se sentó, despacio, como si el cuerpo también celebrara el aniversario.

—Tú llevas toda la vida juntando cosas —dijo—. Cosas pequeñas. Cosas que si se pierden, nadie las echa de menos… hasta que faltan.

Yo iba a contestar con sarcasmo, pero él siguió, y me desarmó con una precisión que no le conocía:

—Engrapaste los recibos cuando yo aún creía que el banco era una especie de dios caprichoso. Engrapaste los dibujos del niño, y luego los del nieto. Engrapaste recetas, facturas, notas, papeles del médico… —hizo una pausa—. Engrapaste incluso aquella carta del hospital. La doblaste dos veces antes, para que ocupara menos. Como si el dolor, doblado, también pesara menos.

Mi garganta hizo ese gesto de traición: querer llorar. Y yo, que siempre he sido más de aguantar que de mostrar, apreté los labios.

Él alargó la mano y me tocó los dedos. No como un gesto de película, sino como lo que ha sido nuestra historia: una verdad pequeña repetida mil veces.

—Nunca te compré flores sin motivo —dijo, casi pidiendo perdón sin decirlo—. Pero me sé de memoria dónde dejas las llaves cuando estás nerviosa. Sé cuándo te duele la espalda por cómo te recoges el pelo. Sé cuándo piensas que estás sola aunque yo esté en la misma habitación.

Yo miré la engrapadora otra vez. Ya no parecía un objeto. Era un idioma.

Él la acercó a mí y, como si me ofreciera una joya rara, explicó:

—Esto es para que no tengas que pelearte con el atasco. Para que la vida te haga menos resistencia. Y… —tragó saliva, como si lo que venía fuera demasiado íntimo para su educación sentimental— y para recordarte que yo he estado aquí, viendo cómo sostenías el mundo con dos grapas.

Me reí, pero la risa salió con agua. Él sonrió, vencido y orgulloso a la vez.

Le di la vuelta a la engrapadora. Debajo, con rotulador negro, había escrito una frase torpe, con letra de hombre que nunca escribió cartas de amor:

“Para que no se te desarme la vida.”

Me quedé un rato quieta. Con el objeto en la mano. Con el tiempo apoyado en el pecho.

No era un regalo bonito. Era algo mejor: era un hombre aprendiendo tarde, sí, pero aprendiendo. Poniendo en palabras lo que siempre hizo a su manera: quedarse, reparar, sujetar.

Esa noche la dejé en la mesilla, al lado del vaso de agua y las gafas. Como si la cama tuviera, por fin, un tercer testigo: la prueba de que el amor no siempre brilla… a veces simplemente engrapa.

Al apagar la luz, él me rozó el hombro con la punta de los dedos.

—¿Te ha gustado? —preguntó, con esa inseguridad de quien se juega algo grande con un objeto pequeño.

Yo no respondí enseguida. Me giré hacia él y le besé la frente, despacio, como si estuviera comprobando que seguía ahí.

—Me ha gustado porque no es una cosa —susurré—. Es que me has mirado.

Y en la oscuridad, sentí su respiración cambiar. Como cuando algo se queda sujeto por dentro, sin hacer ruido.

«El amor es una experiencia compartida… pero no significa que se viva de forma parecida por las dos personas.» (Carson McCullers nacida el 19 de febrero de 1917 sólo vivió 50 años pero fueron suficientes para escribir “La balada del café triste” de donde se extrae esa cita realista y la mayor parte de las veces, triste)

Alan Merrill cumpliría hoy 75 años pero se plantó a los 69 declarando que le gustaba mucho, pero que mucho el rock and roll. Era un "flecha". Literalmente.

La moneda del jukebox

Al bar hi ha una llum bruta, com de nevera vella. Tu tires una moneda i el jukebox escup la guitarra: clac, clac, clac, com si piqués a la porta del pit. Jo faig veure que no t’he mirat, però ja m’has guanyat: somriure de llauna, jaqueta que rasca, olor de cervesa i colònia barata.

—M’encanta el rock-and-roll —dius.

I jo, que sempre dic “no”, em trobo dient “toca’n més”. I m’hi quedo. Com si la vida fos això: soroll, pell i una cançó que no demana permís.


miércoles, 18 de febrero de 2026

 

MARCA BLANCA


El día que me dieron el premio a Mejor Yo del Año supe que había ganado algo… y perdido otra cosa.

La gala tenía esa solemnidad que convierte cualquier tontería en destino: luces, música grande, rostros entrenados para parecer felices sin despeinarse. En la pantalla, frases cortas como órdenes: Sé imparable. Sé tu mejor versión. Sé tú, pero mejor.

Me llamaron por mi nombre y subí como sube uno a un altar: con paso firme y por dentro pidiendo permiso.

La presentadora —una sonrisa con micrófono— me cruzó una banda en el pecho: AUTÓNOMO. Luego me entregó el trofeo: un espejo enmarcado en metal, pulido hasta el exceso.

—Mírate —dijo—. Te lo has ganado.

Me miré. Sonreí. El público respondió con una sonrisa idéntica, un gesto replicado, como si el aplauso viniera preinstalado.

Pero el espejo tenía una grieta. Muy fina. Como una arruga que todavía no se atreve a ser arruga.

Me acerqué a un técnico que estaba a un lado, casi invisible en su camiseta negra.

—¿Esto está roto?

Él no levantó la voz ni la importancia.

—No. Es el modo humilde.

—¿Modo… humilde?

Señaló la grieta con un dedo tranquilo.

—Si el espejo fuera perfecto, usted solo se vería a usted. Con esa grieta se cuelan otras cosas.

Lo miré otra vez. Y se colaron.

Se coló mi necesidad de que me miraran. Se coló mi empeño en tener razón incluso cuando callo. Se coló el orgullo con corbata, el orgullo con “buenas intenciones”, el orgullo con lenguaje de superación. Se coló, sobre todo, una sospecha: que yo no había venido a mejorar, sino a demostrar.

—Entonces la humildad es… ¿rebajarme? —pregunté, con esa prudencia que usamos cuando tememos perder el cargo de protagonista.

El técnico se encogió de hombros.

—La humildad es dejar de vivir como si el mundo fuera un jurado. Es saber dónde termina usted… y empezar a respetar lo que hay fuera.

Volví al centro del escenario con el espejo en la mano. Era mi turno de hablar. Miré al público, miré el trofeo, miré la grieta.

—Gracias por este premio —dije—. Prometo seguir creciendo… pero también prometo dejar de confundirme con mi etiqueta. No soy una marca. No soy un producto. No soy “mi mejor versión”.

Hubo un silencio. No un silencio bonito: un silencio de esos que no caben en un eslogan.

Entonces alguien aplaudió.

Un aplauso raro, imperfecto.

Un aplauso con grieta.

Y, por primera vez en toda la noche, me sentí —no mejor— sino más cerca.

«Vivimos en una época en que uno de los mayores actos de resistencia consiste en no desear, no poseer, negarse a ser feliz según la lógica articulada por el capitalismo.» (A Ricardo Menéndez Salmón hoy lo podemos felicitar por su 55 cumpleaños y, además, porque intenta ser feliz escribiendo y filosofando)

 ¿Se puede hablar de fidelidad a los 46 años que son los que cumple hoy Regina Spektor? Ella no solo habla sino que canta. Otra cosa es como sea esa fidelidad.

Fidelitat de butxaca

Ell em va jurar fidelitat com qui jura que no mirará el mòbil: amb la mà al cor i els ulls fent zàping. Jo li vaig creure el somriure, que era més net que la seva història.

A casa, la seva camisa olia a carrer i a excusa. Vaig posar-la a la rentadora i vaig sentir el tambor: cloc, cloc, com un tribunal petit.

Vaig entendre que la fidelitat no és un temple: és una moneda. I jo ja no en tenia canvi.


martes, 17 de febrero de 2026

 

NO SOMOS DUEÑOS DE LA LONGEVIDAD, PERO SÍ ADMINISTRADORES DEL MARGEN


Lo leí y tuve la tentación de convertirlo en un eslogan, de esos que caben en una taza y te perdonan el lunes. Pero no. Esta frase no sirve para decorar; sirve para discutir contigo mismo cuando te pilla la noche y estás a punto de negociar con la nevera como si fuera una mediadora familiar.

Porque, seamos claros: a todos nos gusta pensar que la vida es un contrato que, si cumples las cláusulas (no fumes, camina, come verde, duerme ocho horas, sonríe a la vida como un idiota funcional), te garantiza una prórroga sin letra pequeña. Y luego llega la realidad, que no firma nada, y te recuerda que hay gente que se cuida como un monje y se apaga pronto, y gente que ha tratado su cuerpo como una discoteca de los noventa y sigue aquí, pidiendo otra ronda.

Ahí entra el golpe limpio: no somos dueños. No tenemos la escritura de propiedad de nuestra duración. Ni siquiera la nuda propiedad. A lo sumo, un usufructo con visitas inesperadas del azar, la genética, la época en que naciste, tu barrio, tu trabajo, tu estrés, tus duelos, tus silencios. Todo eso que no sale en las fotos de “vida saludable” pero te vive por dentro.

Entonces, ¿qué nos queda? Administrar el margen.

El margen es esa franja estrecha donde sí puedes meter mano sin ponerte místico. No para controlar la muerte —qué pretencioso— sino para negociar con el desgaste. El margen es elegir, la mayoría de los días, algo que no te destruya: moverte aunque sea poco, comer sin castigarte, dormir sin convertirlo en otro examen, pedir ayuda antes de que el orgullo te dé una palmadita en la espalda y te hunda. El margen es aprender a distinguir la disciplina de la penitencia. Y también aceptar que hay jornadas en las que el margen es mínimo, ridículo, casi una broma: hoy solo pude no empeorarlo. Y eso ya cuenta.

Me interesa esta idea porque quita dos venenos de un solo golpe.

El primero: la culpa. Esa industria que te vende salud como si fuera una moral. “Si enfermaste, algo hiciste mal.” No, a veces lo que hiciste fue nacer con una baraja distinta. O vivir en un mundo que reparte cartas marcadas.

El segundo: la resignación. El “para qué”. Ese derrotismo cómodo que se disfraza de lucidez: si todo está escrito, déjalo correr. No. Aunque el libro tenga capítulos ya encuadernados, siempre hay páginas en blanco, y en ellas cabe una cosa: cuidado. No como moda, sino como acto práctico y casi político: cuidarte para no llegar roto a lo que venga. Cuidarte para poder seguir decidiendo.

Administrar el margen, al final, también es una forma de dignidad. No la dignidad solemne de los discursos, sino la de lo pequeño: poner límites, bajar el volumen, salir a andar aunque sea tarde, llamar a quien no llamas, hacerte la revisión, dejar de tratar tu cuerpo como un almacén y tu mente como un tribunal.

Y sí, hay un punto incómodo: administrar el margen implica responsabilidad. Pero una responsabilidad adulta, sin látigo. La que admite que no controlas la partida, pero eliges cómo juegas tus cartas. No para ganar —nadie gana— sino para llegar menos engañado, menos roto, menos solo.

No somos dueños de la longevidad, pero sí administradores del margen.

Y ese margen —pequeño, imperfecto, humano— es, curiosamente, lo único que se parece a la libertad.

«Morirse es fácil; lo difícil —lo verdaderamente difícil— es vivir sin hacerse trampes» (Mo Yan autor de la frase, aún no tiene experiència en eso de morirse; así que le felicitaré porque hoy es su 71 cumpleaños y por su Nobel de literatura de 2012 aunque sea un poco tarde)

A mi Ed Sheeran me gusta bastante, por eso esta es la segunda vez que lo felicito en 3 años. Hoy cumple 35 y, si se cuida, aún le queda para que le salgan arrugas.

Promesa amb arrugues

Al mirall del lavabo, ell s’afaita a cops de llum. Ella li marca amb el dit una ferida antiga a la barbeta i riu com si fos nova. A la cuina, el pa cruix, el te fumeja, i el silenci fa de metrònom.

—Quan siguem vells… —diu ell, i s’atura, perquè ja ho són una mica.

Ella li pren la mà: pell fina, pols tossut.

—No em prometis eternitats —li xiuxiueja—. Promet-me avui.

I avui, sense heroismes, els encaixa perfecte