CONVERSACIONES CON LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
El mundo que amanece
"Le llamé inteligencia artificial para no reconocer que, por primera vez, alguien me respondía sin querer ganarme"
Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
CONVERSACIONES CON LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
El mundo que amanece
"Le llamé inteligencia artificial para no reconocer que, por primera vez, alguien me respondía sin querer ganarme"
DÉJALO PARA MAÑANA
No sé en qué momento
convertimos el “no lo dejes para mañana” en una religión. Como si mañana fuera
un cajón infinito, limpio, sin facturas, sin cansancio y sin gente llamando a
la puerta.
La verdad es más simple y más
incómoda: hay cosas que se pueden hacer hoy, y conviene hacerlas hoy. No por
virtud, sino por higiene mental. Y luego están las otras: las que hoy no caben,
no dependen de ti, o exigen una energía que no tienes. Ésas no se posponen: se
aceptan.
Porque aplazar también puede
ser una forma elegante de mentirse. Y la prisa, otra manera de romperlo todo
con buena conciencia.
Así que quizá la regla no sea
“hazlo ya”, sino “no te empeñes en lo imposible”. Haz lo que toca cuando toca.
Y lo que no se puede… suéltalo. No como derrota, sino como lucidez. Mañana no
siempre arregla nada; a veces solo repite el mismo teatro con otra luz.
«El amor es como la guerra de trincheras: no ves al enemigo, pero sabes que está ahí y que es más sabio mantener la cabeza agachada.» (Lawrence Durrell nacido el 27 de febrero de 1912 no quiso ser considerado británico, sino un ciudadano del mundo. No sé la manía de much@s escritor@s -y de las personas en general- de considerar el amor como una guerra; tal vez a Durrell le influenció el vivir las dos grandes guerras europeas del pasado siglo)
Neal Schon hoy cumple 72 años y hace muchos que toca la guitarra; aprendió con uno de los mejores, Carlos Santana. Su guitarra "habla" cuando interpreta a "Caruso". Comprobarlo.
Balcó amb veu prestada
A l’habitació d’hotel, la mar
fa d’afinador: sal a la gola, llum a la pell. Ell canta baix, com si demanés
perdó a les parets. Ella riu amb llàgrimes curtes, i el seu riure li deixa un
gust de mandarina amarga als llavis. A fora, Nàpols bull, però aquí dins només
hi ha dos cossos i una veu que no és d’aquest món. Quan diu “t’estimo”, li
tremola la mà com un estendard cansat. I, tot i així, la cançó el salva.
FILTRO
DE POSITIVIDAD
En mi móvil
aparece una foto como si fuera una amenaza: 2016 vs 2026. A la izquierda, yo
con menos barriga y más pelo; a la derecha, yo con el mismo gesto de siempre,
pero con una paciencia que antes no tenía porque, claro, antes tenía tiempo
para desperdiciarlo.
Lo curioso es
que la foto de 2016 me mira con una alegría que no recuerdo haber sentido. Esa
es la primera mentira. La segunda: que yo diga “antes todo era más sencillo”.
Lo repito con esa solemnidad barata que se compra en redes sociales, como quien
compra una vela con olor a “hogar” y luego se pregunta por qué huele a químico.
Estoy en la
mesa de la cocina. La ventana da a un patio interior donde las sábanas ajenas
se agitan con la dignidad de las cosas que no tienen ambición. Barcelona suena
al fondo: un camión, una moto que se cree imprescindible, una vecina que
discute con alguien que no está. Yo, en cambio, discuto con alguien que sí
está: mi memoria.
Porque mi
memoria ha empezado a ponerse dulce. Como si tuviera un pacto con mi edad.
A veces pienso
que la jubilación —esa palabra que suena a premio y a castigo a la vez— no
llega en el día que firmas el papel, sino antes. Llega cuando te descubres
repasando tu vida como quien repasa una lista de compra ya pagada: lo que falta
no importa, lo que sobró lo justificas, lo que dolió lo guardas en un cajón que
no abres. Me pasa con 2016. Me pasa con todos mis 2016.
En 2016 yo
decía que estaba agotado. Que el despacho me chupaba la sangre, que la gente
venía con problemas que no eran míos y me los dejaba encima de la mesa como si
fueran sobres sin sello. Yo volvía a casa tarde, con la garganta áspera, con el
cuello duro, con la sensación de que el día era un pasillo sin salida. Y, sin
embargo, la foto dice otra cosa: una sonrisa limpia, un vaso en la mano, una
camisa azul que me sienta bien porque mi cuerpo todavía no se había rendido del
todo a la gravedad. Detrás, una terraza, una noche de verano, unas luces
amarillas, alguien que me está haciendo la foto con cariño o con paciencia.
¿Ves? Ya estoy
idealizando incluso a quien apretó el botón.
Me da por
ampliar la imagen con los dedos. Busco detalles como un detective de mí mismo.
El fondo está ligeramente desenfocado, pero se distingue una mesa, unas manos,
un plato a medio terminar. No recuerdo qué comíamos. Recuerdo, eso sí, la
discusión de antes.
—No estás —me
dijo ella, entonces.
—Estoy aquí —le contesté, como siempre, como
si “aquí” fuera un lugar y no un cuerpo.
A mí me gusta
creer que esa frase nunca existió. Mi memoria la disuelve, la vuelve espuma, la
manda al fondo donde se guardan las cosas que, con los años, pierden fuerza.
Ese es el truco: lo malo no desaparece, solo se vuelve menos accesible. Y en su
lugar suben a la superficie los veranos interminables, las conversaciones sin
prisa, los problemas que hoy parecen pequeños. No porque fueran pequeños, sino
porque yo me he vuelto grande… o porque me he vuelto más cobarde. No lo tengo
claro.
Lo que sí
tengo claro es que, cuando el presente se pone feo, el pasado se pone guapo. Es
un mecanismo de defensa con buen marketing.
Mi hija me
manda un audio.
—Papá, ¿has
visto lo de las fotos? Qué fuerte, ¿eh? Parece que hace diez años éramos
felices.
Me río solo.
Me oigo reír y me doy cuenta de que ya no río igual. Antes era una risa corta,
rápida, como quien huye. Ahora es una risa lenta, con un poco de arena en los
dientes. Le contesto:
—Éramos
felices en los ratos que no lo sabíamos. Como siempre.
Ella me deja
en visto. Es su manera de quererme sin ponerse cursi.
Salgo a la
calle. Necesito aire. En el ascensor me miro en el espejo metálico y me
encuentro con la cara del 2026. O del 2025. O del año que sea. Las fechas
empiezan a mezclarse, como si el calendario también tuviera nostalgia. Bajo al
portal, piso la acera, y el barrio me recibe con su olor: pan recién hecho en
una esquina, detergente en otra, el humo de un autobús que parece un animal
viejo. Camino hacia el metro, pero en vez de entrar, me quedo un momento
mirando el flujo de gente. Todos van con el móvil en la mano, como si llevaran
una brújula que solo marca “antes”.
En un banco
hay un hombre mayor con una bolsa de plástico y una mirada de domingo. Me mira
un segundo y aparta la vista. Me recuerda a mi padre, y mi padre me recuerda a
mi adolescencia, y mi adolescencia me recuerda a una chica que nunca besé por
miedo a equivocarme. Y el miedo, curiosamente, es el recuerdo más fiel de
todos: no se deja endulzar.
Vuelvo a casa.
Me siento otra vez en la cocina. Abro la galería de fotos y busco la original,
la de 2016, sin filtros, sin ese brillo que ahora parece natural. La encuentro.
Y ahí está la grieta.
En la foto
original yo no sonrío. Tengo los labios apretados, una sombra bajo los ojos, la
camiseta manchada por una gota de vino, y el gesto de quien está pensando en
algo que no dice. Detrás, en la mesa, se ve claramente un plato frío y una
silla vacía. La silla vacía es la que mi memoria había rellenado con cariño. Y,
sin embargo, ahí está: vacía, como una prueba.
Me quedo
mirando esa silla como si fuera un agujero en el tiempo. Como si la nostalgia
fuera, al final, esto: un montaje. Un recorte. Una edición.
Me dan ganas
de enfadarme con la red social, con el algoritmo, con el mundo por venderme la
idea de que 2016 fue “el último año bueno”. Pero la verdad es más simple y más
incómoda: el filtro lo puse yo. Lo puse cada vez que conté esa historia
omitiendo la silla. Lo puse cada vez que dije “antes” para no decir “ahora”.
Entonces hago
algo que no tiene épica, pero sí tiene sentido: cierro el móvil.
Me quedo un
rato en silencio, escuchando el patio interior, las sábanas, la vida que no
posa. Y pienso que quizá recordar no sea volver atrás, sino volver a construir,
con las manos de hoy, una versión soportable de lo que fuimos.
La pregunta,
la que no me deja en paz, es otra: ¿cuándo empezaré a construir una versión
soportable de lo que soy ahora?
«Aniquila los deseos y aniquilarás la
mente: quien no tiene pasiones no tiene principio de acción ni motivo para
actuar.» (Para escribir esa frase y practicarla no sé podía ser más que
filósofo. Claude-Adrien
Helvétius es su autor. Nacido el 26 de febrero de 1715 tuvo antecedentes familiares
relacionados con la alquimia lo que le da un toque mágico a toda su filosofía)
Hoy Nacho Cano del grupo Mecano, cumple 63 años. No lo voy a felicitar aunque las canciones del grupo estén entre mis preferidas. El destino ha llevado a Nacho Cano por lugares que a mí no me gusta estar.
Semàfors que no perdonen
Vaig sortir de casa amb el cor fent de
bateria barata. A l’avinguda, el semàfor em va mirar com si em conegués de tota
la vida: vermell, sempre vermell, quan jo tenia pressa per arribar a tu i
demanar-te perdó sense paraules cursis.
Un cop de vent em va empènyer el tiquet
del metro fins als peus d’un desconegut. El va recollir, va somriure… i eres
tu, amb la mateixa jaqueta d’aquell dia.
No crec en el destí. Però el destí, pel
que es veu, sí que creu en mi.
LA
CORREA INVISIBLE
Me descubrí la cola una mañana
de lunes, justo cuando el ascensor decidió oler a jefe.
No era una cola de carne y
foto de carnet. Era peor: una cola íntima, nerviosa, hecha de impulso. Se me
movía por dentro, como si mi espalda recordara un idioma antiguo que el cuerpo
dejó de hablar por vergüenza.
En la oficina nadie vio nada.
Nadie ve nada, en realidad. Te pueden cambiar la vida en un Excel y te lo
llaman “ajuste”. Aun así, yo notaba el mundo distinto: los ruidos tenían
esquinas, los perfumes eran anuncios de guerra, y la alfombra de moqueta —ese
pantano corporativo— me pedía la planta del pie como si fuera barro real.
Yo era therian. Eso decía la
palabra que encontré una noche, buscando sin quererme. No “me sentía” lobo, ni
zorro, ni gato. No iba de disfraz ni de postureo. Era más simple y más difícil:
había una parte de mí que no cabía en lo humano sin hacerse daño. Una parte
que, cuando me obligaban a sonreír en reuniones, enseñaba los dientes por
debajo.
En la pausa del café —yo
siempre lo pedía sin cafeína, por puro miedo a mí mismo— me miraban como se
mira a un archivo corrupto.
—¿Te pasa algo? —preguntó
Clara, con su voz de “te lo digo por tu bien”, que en realidad significa “me
incomoda tu existencia”.
Yo noté su pulso en el cuello,
esa luz tibia bajo la piel. Noté la mentira en el aire, esa humedad. Y pensé: si
hablara como lo que soy, la sala se quedaría sin oxígeno.
—Nada —dije—. Solo… que me
cuesta la correa.
Clara soltó una risa pequeña,
administrativa.
—¿Correa?
—Sí. La que no se ve.
El director general entró
justo entonces, peinado como un decreto. Se acercó con esa autoridad que no
nace del talento sino del miedo ajeno.
—Equipo —dijo—. Este trimestre
vamos a apretar.
Yo escuché la palabra apretar
y mi cuerpo hizo lo que hace un animal cuando presiente la trampa: se preparó
para correr, para morder o para desaparecer.
Apreté yo también. Pero por
dentro.
Esa tarde, al volver a casa,
me quité la camisa como quien se quita un uniforme de especie. En el espejo me
miré y no vi nada extraordinario: un hombre cansado, ojos de lunes permanente,
manos que han firmado demasiadas renuncias sin firmar las propias.
Entonces noté algo más: la
correa invisible no estaba en mi cuello.
Estaba en la muñeca.
Era una pulsera corporativa,
de esas “motivacionales”, con letras amables: WE ARE FAMILY.
Me la habían regalado en la
cena de empresa, brindando por “el compromiso”. Yo la llevaba por educación,
por no ser “raro”, por ese instinto humano de parecer domesticado.
La arranqué.
Y, al hacerlo, no apareció
ninguna cola. No aullé. No me convertí.
Solo respiré.
Y entendí lo que me había
confundido todo este tiempo: yo no era un animal dentro de un humano.
Era un animal fuera de
una jaula que me habían enseñado a llamar “normalidad”.
El lunes siguiente fui a la
oficina sin pulsera.
Nadie dijo nada.
Pero el ascensor, por primera
vez, olió a aire.
«Se
extiende ante nosotros un caos de opiniones tan inextricable, que orientarse
parece casi imposible.» (Esta frase la escribió -o dijo- Otto
Liebmann entre el 25 de febrero de 1840 y el día donde se fue a la habitación
de al lado allá por 1912. Como puede leerse seguimos más o menos igual)
A George Harrison es la tercera vez que lo felicito: hoy hubiese cumplido 83 años pero hace 25 que "yanoestáentrenosotr@s". Es curioso que la canción que más bailé en un baldosín agarrado a una moza, todavía no había llegado a este lugar. My sweet lord. Bona nit.
L’escala que no porta enlloc
Vaig pujar l’escala del terrat
amb la gola plena de “ja n’hi ha prou”. A baix, la ciutat feia soroll de
monedes i presses. Jo, en canvi, buscava una veu neta, una mà invisible que
m’ordenés el caos sense renyar-me. Vaig murmurar un nom —no sé si era Déu, amor
o pura necessitat— i el vent me’l va tornar com una rialla suau. No va
aparèixer cap miracle: només un silenci càlid, com una promesa que no exigeix
res. I, estranyament, em va bastar.
CUANDO POR FIN CALLA EL MUNDO
Hay
días en los que me sorprendo negociando conmigo mismo como si fuera un país
extranjero: “cinco minutos más”, “solo miro esto”, “después empiezo”. Y lo
curioso no es que me pase; lo curioso es que me creo mis propias excusas con
una facilidad que asusta.
Por
eso me fascina esa idea de 1925: alguien se tomó tan en serio la
procrastinación que diseñó un casco para aislarte del mundo. Un artefacto que
reduce el campo de visión, amortigua el ruido y te deja a solas con la tarea… y
con tu cabeza. Casi una confesión tecnológica: no confío en mí, así que me pongo una armadura contra mí
mismo.
Pero
ahí está la trampa. Pensamos que lo que nos distrae viene de fuera: la gente,
el móvil, el ruido, el mundo que insiste. Y sí, claro que influye. Pero cuando
el silencio llega, cuando por fin no hay nada que mirar ni escuchar, aparece lo
que de verdad pesa: el miedo a hacerlo mal, el cansancio, la pereza que no es
pereza sino saturación, la ansiedad disfrazada de “no pasa nada si lo dejo para
luego”.
El
casco promete foco, pero también revela algo incómodo: aislarse no siempre es
concentrarse; a veces es solo quedarse encerrado con lo que uno estaba
evitando. Y entonces entiendo por qué muchas “soluciones definitivas” duran lo
que dura el entusiasmo: porque no atacan el núcleo, solo le ponen una tapadera.
Así
que, cuando me descubro postergando, intento cambiar la pregunta. No “¿qué me
distrae?”, sino “¿qué emoción estoy tratando de no sentir?”. Y desde ahí, el
foco deja de ser una disciplina militar y se vuelve una cosa más humana: hacer
sitio, bajar el ruido lo justo, empezar pequeño… y aceptar que, a veces, el
verdadero aislamiento no es del mundo, sino de la excusa.
«¿Por
qué soy exactamente este ser y no otro? ¿En este punto del espacio ilimitado y
en este instante del tiempo infinito? ¿En este grupo de seres, en este planeta?
¿Por qué existo, si podría haber no existido?» (No hace falta explicar que Stanisław
Ignacy Witkiewicz nacido el 24 de febrero de 1885 era filósofo; por su frase lo
conoceréis. No contento con eso también se dedicó a la pintura, la fotografía,
a la novela, a la dramaturgia y ser teórico del arte. Tal vez fue su afán por
responderse a sus preguntas lo que le hizo dedicarse a todo eso)
Michel Legrand tenía 10 años en el verano del 42 (del siglo pasado) Much@s de nosotr@s ni habíamos nacido pero, ese verano, nos produce una nostalgía como si hubiésemos vivido en él.
El
que sap l’estiu
A la
platja, el vent fa d’advocat: repassa proves invisibles sobre la pell. Ell té
catorze anys i un cor que encara no sap mentir. Ella fuma com si el fum pogués
tapar una carta que encara no ha arribat.
Quan
ballen a la cuina, el terra cruix com un secret vell. Ell aprèn el pes d’un cos
trist, la calor d’una dona que no és promesa, només naufragi.
L’endemà,
el mar torna a ser mar. Però l’estiu, ja ho sap: el primer tacte no s’oblida
mai.
SOMBRAS
Las sombras no vienen a
estropear la fiesta. Vienen a recordar que hay un cuerpo frente a la luz.
Nos enseñaron a perseguir la
claridad como si fuera una absolución: más luz, menos grietas, cero rincones.
Pero la luz no perdona; la luz señala. Y, cuando aprieta, la sombra se vuelve
nítida, casi orgullosa, como un trazo de carbón sobre una pared recién pintada.
La sombra te acompaña porque
tú existes. Porque ocupas sitio. Porque no eres aire. Caminas y ella camina,
pegada a tus tobillos, a tu nuca, a esa zona del pecho donde guardas lo que no
te atreves a decir en voz alta. Hay días en que querrías despegarte de ella,
dejarla atrás como se deja un abrigo pesado al entrar en casa. Pero la sombra
no se deja: no es un objeto, es un resultado.
Cuanto más intensa es la luz,
más se nota el relieve de lo que ilumina. La alegría, cuando es de verdad,
proyecta su propio contrapeso. Un amor que te despierta dibuja también el miedo
a perder. Un logro, con su aplauso, enciende el inventario de renuncias. Y ahí
aparece la sombra, más grande, no como amenaza, sino como prueba: hay algo
valioso ardiendo.
Confundimos sombra con
defecto. Con mancha. Con culpa. Y la sombra, a menudo, es solo el sitio donde
la vida no posa para la foto. Ese margen que no entra en el discurso perfecto.
La parte que no cabe en una explicación rápida y, por eso mismo, es real.
Hay sombras que son duda —una
duda fina, casi elegante—. Otras son vergüenza, que se pega a la piel como una
camisa húmeda. Otras son nostalgia: esa punzada suave que aparece justo cuando
te ríes, como si alguien, desde lejos, te tocara el hombro. Y también está la
sombra del cansancio, que no pide épica, solo una silla y un rato de silencio.
La luz intensa no te hace
impecable: te hace visible. Y ser visible es un pacto con lo imperfecto. Se ven
tus bordes. Tus cicatrices. Tus contradicciones. Se ve lo que te sobra y lo que
te falta. La luz no te mejora: te desvela. Y la sombra no te condena: te da
volumen.
Quizá la paz no sea vivir sin
sombras, sino dejar de discutir con ellas. Aprender a caminar con esa presencia
sin dramatizarla, sin convertirla en enemigo. Mirarla de reojo y decir: estás
ahí; yo también.
Porque si hoy tu sombra pesa
más, tal vez no sea porque te estés hundiendo. Tal vez sea porque, por fin,
estás bajo una luz que importa.
«El coste de la libertad es
menor que el precio de la represión. Aunque ese coste sea de sangre» (William
Edward Burghardt Du Bois su nombre fue tan largo como su vida: nació el 23 de
febrero de 1868 y murió el 27 de agosto de 1963. Aunque hablaba de costes no
fue economista ni nada parecido, fue sociólogo, historiador, activista por
los derechos civiles, panafricanista,
autor y editor estadounidense)
La mentida en veu baixa
Canta sense bateria, sense foc
d’escenari: només una veu que es rasca el cor. A cada “t’estimo” li cau una
engruna de vidre. Ell no hi és, però encara ocupa el passadís: sabates
invisibles, alè antic, la clau girant dins el cap. Ella posa les mans al piano
com qui posa benes.
No el disculpa. No es
disculpa.
Només descriu el cercle: el
cop, la carícia, el “perdona”, la pau falsa. I el silenci final, que pesa més
que qualsevol crit.
PARA SIEMPRE, POR SIEMPRE, HASTA SIEMPRE

Para siempre, por siempre, hasta siempre…
lo dijimos con la boca ardiendo y las manos temblando,
como quien firma con sangre en la niebla.
La lluvia nos coronó de sal,
y el mundo, por un segundo, dejó de parpadear.
Para siempre, repetí pegado a tu cuello,
y el olor de tu piel —vaina de vainilla y noche—
se me quedó viviendo en la camisa.
Por siempre, juraste, con los ojos brillando
como faros que solo reconocen un barco.
Hasta siempre, brindamos,
y el cristal del vaso vibró como si nos creyera.
Luego vinieron las estaciones con su maquinaria,
los lunes con su peso de plomo,
y el hueco tibio en mitad de la cama
dijo mi nombre en voz muy baja.
Aguanté el filo de tus silencios,
la distancia apoyada en la barandilla de los días,
y aun así te quise: más, más, todavía más.
Si el para siempre se nos quedó grande,
que sea entonces este instante, desobediente y total:
tu boca en la mía, el pulso desbocado,
mi espalda aprendiendo de memoria tus dedos,
las lágrimas como vino dulce detrás de la lengua.
No es promesa, es incendio.
No es futuro, es un ahora que tiembla.
Y si mañana nos falla el valor,
déjame decirlo sin vergüenza:
te amaré igual —con melancolía, con hambre, con fe—,
hasta donde me alcance el cuerpo
y un poco más allá del cuerpo, si me lo pide tu nombre.
«La tierra es cruel, sobre
todo la tierra marginal.» (Peadar O’Donnell nació el 22 de febrero de 1893 en
la República de Irlanda que es como decir que la tierra era cruel. Su vida de
republicano socialista, militante del ira, diputado y escritor no le proporcionaron
una vida fácil, pero resistió hasta los 93)
Hoy Jame Blunt cumple 52 años; ya lo felicitamos hace 4 y todavía sigue vivo: parece mentira que aguante tanto el frío y los cuatro años que llevamos ya de guerra en Europa (en alguna ha participado, por si no lo sabíais)
Un mirall al metro
Al metro, ella em mira com si
em conegués d’una altra vida: dos segons, prou per encendre’m la pell. Fa olor
de xampú car i de pressa. Jo duc una corbata que em penja com una excusa i un
somriure que no sé si és valent o patètic.
Les portes s’obren. Ella
baixa. Jo no.
Em queda el reflex al vidre:
jo, clavat al meu seient, fent-me l’heroi d’una història que no he tingut el
cor de començar.
NO
QUIERO QUE ME QUITEN EL ESCAÑO
Hay algo casi enternecedor —si
no fuera tan reiterativo— en ver a la izquierda hablándose a sí misma como
quien se deja una nota de voz para convencerse de que mañana sí va a cambiar de
vida. Sábado, 21 de febrero de 2026: en Madrid, IU, Sumar, Comuns y Más Madrid
presentan alianza para 2027 ante unas 600 personas en el Círculo de Bellas
Artes; en Valladolid, Irene Montero suelta una frase pensada para grabarla en
mármol: que las alianzas “van a caer por su propio peso” porque “la gente
quiere izquierda” para “parar a la derecha”.
El problema es ese: el “propio
peso”. Porque si algo ha demostrado la izquierda española en la última década
es que cae, sí… pero no siempre hacia la unidad. A veces cae hacia “la casa
común”; otras, hacia “mi marca, mi lista, mi espacio, mi relato”. Y así la
política se nos queda como un edificio en obras donde todos discuten el plano
mientras el ascensor ya se lo han llevado los de mantenimiento.
Lo más fino —lo que convierte
esto en sátira sin necesidad de añadirle adorno— es esa otra perla: “lo
importante que ha pasado esta semana ya ha pasado”. Es un haiku de partido. Una
forma elegante de decir: “Sí, os he visto… y he decidido que ya sois ayer”.
Mientras tanto, los del acto se entregan al vicio nacional de la izquierda: la
épica del PowerPoint. Unidad, no resignación, proyecto ganador. Todo
suena bien hasta que preguntas lo indecente: quién manda, cómo se llama la
criatura, qué acuerdo mínimo tiene… y si alguien ha visto a la fundadora de
Sumar por el edificio. Porque el detalle de que Yolanda Díaz no acuda no es un
dato: es un símbolo con piernas.
Y entonces aparece el intento
de ponerle traje serio a la fiesta: Urtasun recordando que la “aritmética” es
necesaria, pero que no se gana solo maximizando escaños, que hace falta “un
proyecto político ganador”. Traducción al castellano de calle: sumar está muy
bien, pero si la gente os ve como una reunión de antiguos compañeros que no se
soportan, no hay Excel que lo arregle.
También está la propuesta de
Rufián sobre candidaturas de unidad entre izquierda federal y nacionalista, que
es como decir: “ya que os cuesta quereros, por lo menos firmad algo juntos
antes de que os fusilen… políticamente”. Y la izquierda, que tiene un talento
innato para convertir cualquier pregunta en un congreso, responde con otra
pregunta, y luego con un matiz, y luego con una mesa de trabajo.
Hasta aquí, el teatro
conocido. Pero lo que chirría de verdad —lo que huele a guion repetido— es que,
cuando uno rasca el barniz de “proyecto”, lo único nítido del supuesto programa
es una cosa: atizar el miedo. Que viene la derecha. Que viene la
ultraderecha. Y ojo: puede ser cierto, puede ser un riesgo real, puede ser
incluso urgente. Pero como programa suena demasiado a alarma antiincendios: muy
útil para avisar del humo, pésima para cocinar.
Porque cuando tu principal
propuesta consiste en gritar “¡lobo!” cada tres frases, llega el momento
incómodo —ese que nadie quiere oír con micrófono, pero que se oye perfecto en
el bar— en que toca hacerse la pregunta prohibida: ¿de qué tienen miedo
exactamente? ¿De que gobiernen los otros… o de que se les acabe el escaño y con
él el sueldo, el despacho, el asesor, la agenda llena y esa sensación
embriagadora de “importar” aunque el balance de resultados sea, digamos,
discutible?
El electorado —esa entidad
mística a la que todos invocan— quizá sí “quiere izquierda”. Pero también
quiere algo mucho más humillante para la clase política: coherencia,
resultados, y la sensación de que no le están vendiendo una reconciliación que
dura lo que tarda en filtrarse un WhatsApp. Quiere que le hablen del alquiler,
de la sanidad que no llega, de la precariedad que no se va, del cansancio que
ya no cabe en un eslogan. Y no solo del monstruo que viene… sino de la casa que
se supone que quieren construir.
La derecha y la ultraderecha
funcionan aquí como comodín perfecto: sirven para tapar costuras, para aplazar
el programa y para justificar cualquier pacto… menos el pacto más difícil: el
de renunciar a un trocito de poder propio para construir algo que no dependa de
la amenaza constante. Y por eso la “unidad” se invoca como un espíritu, como si
bastara con pronunciarla tres veces delante del espejo del Círculo de Bellas
Artes para que aparezca, maquillada y peinada, con un acuerdo real bajo el
brazo.
Así que sí: habría que
preguntarse —con toda la mala leche del mundo, pero con la lucidez intacta— si
el miedo que reparten es por responsabilidad democrática o por instinto de
conservación laboral. Porque a veces la política no es ideología: es nómina con
micrófono.
«Llamé al cielo y no me oyó, /
y pues sus puertas me cierra, / de mis pasos en la tierra / responda el cielo,
y no yo.» (Cualquier lector habrá reconocido la anterior estrofa del “Tenorio” de José Zorrilla. La parrafada viene
que ni pintada a la reflexión de hoy: yo hice lo que pude pero nadie me
escuchó, así que darles las culpas a los que no me escucharon porque ell@s son
l@s causantes de la “catástrofe”. Zorrilla, el dramaturgo, nació el 21 de
febrero de 1817 y no hablaba de política en “Don Juan Tenorio”; hablaba de
seductores)
Leo Délibes fue un compositor romántico francés que nació el 21 de febrero de 1836; su obra más conocida es la ópera Lakmé y, dentro de ella, ese Dueto de las Flores que es una auténtica maravilla.
Sota la cúpula, ningú mana
Baixen al riu com qui baixa
una persiana: sense fer soroll. Les flors, obedients, s’obren amb olor de
promesa barata. Elles canten i el món s’hi posa bé, com un vestit prestat. Però
jo les miro les mans: no recullen pètals, recullen temps. I el temps punxa. La
melodia fa d’aigua, fa de seda, fa de “no passa res”. Mentida. Sota la cúpula
espessa, fins i tot l’amor té un vigilant. I somriu.
Y algún/a cinéfil@ habrá reconocido también el dueto que sirvió de fondo para la llamada "escena de los sicilianos" de la película "Amor a quemarropa", con guión de "yasabéisquién". Si, si... Quentin Tarantino.
LA PUERTA
QUE RODEÉ

Te lo diré como me lo dije a
mí, una noche cualquiera, cuando ya no quedaban excusas frescas en la nevera.
Había entrenado el autoengaño
como quien entrena el core: respiración controlada, postura digna, sonrisa de
“todo bien”. Me salía perfecto. En el trabajo, en la cama, en las sobremesas.
Incluso delante del espejo, que es el único testigo que nunca firma nada pero
lo ve todo.
La realidad, en cambio,
esperaba. Paciente. Sin dramatismo. Como ese mensaje que no contestas porque
“ahora no” y que, cuando por fin lo abres, ya no importa.
La decepción llegó con un
gesto tonto: una frase mal puesta en una conversación que creí segura. Yo
hablaba de futuros, de planes, de “cuando”. Y la otra persona —tú, cualquiera,
da igual— me miró con esa piedad seca que solo tienen los que ya se han bajado
del barco.
—No era eso —dijiste.
No “no te quiero”. No “me
voy”. No “se acabó”. Solo: no era eso.
Y de pronto entendí que la
decepción no es una puñalada: es un golpe de frente contra la puerta que llevas
meses rodeando para no admitir que está cerrada. Te duele la nariz, sí. Pero lo
peor es que, por primera vez, hueles el aire tal como es: sin perfume de
fantasía.
Me senté. No por tristeza. Por
cansancio. Ese cansancio de sostener una versión de la vida que exige más
energía que vivirla.
Luego pasó lo inevitable:
empecé a recordar todas las señales que había convertido en decoración. Las
silenciosas. Las pequeñas. Las que no hacen ruido hasta que juntas te
construyen una pared.
La realidad no había cambiado.
El que había cambiado era yo, al fin. Dejé de esquivarla. Y ahí, justo ahí, en
el momento exacto en que aceptas que te estabas mintiendo con educación, la
decepción se transforma en otra cosa: en una libertad fea, pero respirable.
Me levanté. Me miré al espejo
otra vez.
Esta vez no sonreí.
Y, curiosamente, fue la
primera vez en mucho tiempo que me vi.
«El amor no pide nada cuando
ama; lo pide todo cuando es amado.» (Eso lo dijo Jacques d'Adelswärd-Fersen
nacido el 20 de febrero de 1880 y que le tocó vivir en unas circunstancias
bastante complicadas por su condición homosexual)
Rick Dufay cumple 74 años y se fue hace unos años de la banda Aerosmith. La verdad no sé si participó en la canción del vídeo, pero me ha servido de excusa para poner una canción que me encanta.
La parpella rebel
Vaig aprendre a dormir amb els
ulls mig oberts, com els gats i els desconfiats. No per por: per tu. Per si
respiraves diferent, per si el teu somriure feia soroll, per si el món
s’acabava en silenci i jo m’ho perdia. La nit ens feia de sostre baix; la ciutat,
de rellotge mal educat. Em vas dir: “Parpelleja, home”. I jo, orgullós, vaig
negar amb el cap. L’endemà, quan vas marxar, vaig parpellejar per fi. I em vaig
perdre tot.
LA
ENGRAPADORA
Él apareció con una bolsa de
papelería, como si acabara de atracar una oficina sin cámaras.
—Feliz aniversario —dijo.
En su voz había esa
tranquilidad de los hombres que no saben envolver un regalo, pero sí saben
quedarse. Cincuenta y siete años siendo la misma sombra a mi lado, a veces
estorbo, a veces abrigo.
Yo abrí la bolsa con una
mezcla de ironía y miedo. A estas alturas, el romanticismo siempre parece una
promesa con letra pequeña.
Una engrapadora.
Roja. Plástica. Barata. Con
esa sonrisa de objeto condenado a terminar en un cajón con pilas muertas.
Me quedé mirándola como se
mira una broma.
—¿Una engrapadora?
Él no se defendió. No corrió a
buscar una explicación brillante. Solo apoyó la palma sobre la mesa y me miró.
—La tuya se atasca.
—¿Y eso es…? —dejé la frase
colgando, esperando que cayera algo más: un sobre, una caja, un “era broma”.
Él se sentó, despacio, como si
el cuerpo también celebrara el aniversario.
—Tú llevas toda la vida
juntando cosas —dijo—. Cosas pequeñas. Cosas que si se pierden, nadie las echa
de menos… hasta que faltan.
Yo iba a contestar con
sarcasmo, pero él siguió, y me desarmó con una precisión que no le conocía:
—Engrapaste los recibos cuando
yo aún creía que el banco era una especie de dios caprichoso. Engrapaste los
dibujos del niño, y luego los del nieto. Engrapaste recetas, facturas, notas,
papeles del médico… —hizo una pausa—. Engrapaste incluso aquella carta del
hospital. La doblaste dos veces antes, para que ocupara menos. Como si el
dolor, doblado, también pesara menos.
Mi garganta hizo ese gesto de
traición: querer llorar. Y yo, que siempre he sido más de aguantar que de
mostrar, apreté los labios.
Él alargó la mano y me tocó
los dedos. No como un gesto de película, sino como lo que ha sido nuestra
historia: una verdad pequeña repetida mil veces.
—Nunca te compré flores sin
motivo —dijo, casi pidiendo perdón sin decirlo—. Pero me sé de memoria dónde
dejas las llaves cuando estás nerviosa. Sé cuándo te duele la espalda por cómo
te recoges el pelo. Sé cuándo piensas que estás sola aunque yo esté en la misma
habitación.
Yo miré la engrapadora otra
vez. Ya no parecía un objeto. Era un idioma.
Él la acercó a mí y, como si
me ofreciera una joya rara, explicó:
—Esto es para que no tengas
que pelearte con el atasco. Para que la vida te haga menos resistencia. Y…
—tragó saliva, como si lo que venía fuera demasiado íntimo para su educación
sentimental— y para recordarte que yo he estado aquí, viendo cómo sostenías el
mundo con dos grapas.
Me reí, pero la risa salió con
agua. Él sonrió, vencido y orgulloso a la vez.
Le di la vuelta a la
engrapadora. Debajo, con rotulador negro, había escrito una frase torpe, con
letra de hombre que nunca escribió cartas de amor:
“Para que no se te desarme la
vida.”
Me quedé un rato quieta. Con
el objeto en la mano. Con el tiempo apoyado en el pecho.
No era un regalo bonito. Era
algo mejor: era un hombre aprendiendo tarde, sí, pero aprendiendo. Poniendo en
palabras lo que siempre hizo a su manera: quedarse, reparar, sujetar.
Esa noche la dejé en la
mesilla, al lado del vaso de agua y las gafas. Como si la cama tuviera, por
fin, un tercer testigo: la prueba de que el amor no siempre brilla… a veces
simplemente engrapa.
Al apagar la luz, él me rozó
el hombro con la punta de los dedos.
—¿Te ha gustado? —preguntó,
con esa inseguridad de quien se juega algo grande con un objeto pequeño.
Yo no respondí enseguida. Me
giré hacia él y le besé la frente, despacio, como si estuviera comprobando que
seguía ahí.
—Me ha gustado porque no es
una cosa —susurré—. Es que me has mirado.
Y en la oscuridad, sentí su
respiración cambiar. Como cuando algo se queda sujeto por dentro, sin hacer
ruido.
«El amor es una experiencia
compartida… pero no significa que se viva de forma parecida por las dos
personas.» (Carson McCullers nacida el 19 de febrero de 1917 sólo vivió 50 años
pero fueron suficientes para escribir “La balada del café triste” de donde se
extrae esa cita realista y la mayor parte de las veces, triste)
Alan Merrill cumpliría hoy 75 años pero se plantó a los 69 declarando que le gustaba mucho, pero que mucho el rock and roll. Era un "flecha". Literalmente.
La moneda del jukebox
Al bar hi ha una llum bruta,
com de nevera vella. Tu tires una moneda i el jukebox escup la guitarra: clac,
clac, clac, com si piqués a la porta del pit. Jo faig veure que no t’he mirat,
però ja m’has guanyat: somriure de llauna, jaqueta que rasca, olor de cervesa i
colònia barata.
—M’encanta el rock-and-roll
—dius.
I jo, que sempre dic “no”, em
trobo dient “toca’n més”. I m’hi quedo. Com si la vida fos això: soroll, pell i
una cançó que no demana permís.
MARCA
BLANCA
El día que me dieron el premio
a “Mejor Yo del Año” supe que había ganado algo… y perdido otra
cosa.
La gala tenía esa solemnidad
que convierte cualquier tontería en destino: luces, música grande, rostros
entrenados para parecer felices sin despeinarse. En la pantalla, frases cortas
como órdenes: Sé imparable. Sé tu mejor versión. Sé tú, pero mejor.
Me llamaron por mi nombre y
subí como sube uno a un altar: con paso firme y por dentro pidiendo permiso.
La presentadora —una sonrisa
con micrófono— me cruzó una banda en el pecho: AUTÓNOMO. Luego me entregó el
trofeo: un espejo enmarcado en metal, pulido hasta el exceso.
—Mírate —dijo—. Te lo has
ganado.
Me miré. Sonreí. El público
respondió con una sonrisa idéntica, un gesto replicado, como si el aplauso
viniera preinstalado.
Pero el espejo tenía una
grieta. Muy fina. Como una arruga que todavía no se atreve a ser arruga.
Me acerqué a un técnico que
estaba a un lado, casi invisible en su camiseta negra.
—¿Esto está roto?
Él no levantó la voz ni la
importancia.
—No. Es el modo humilde.
—¿Modo… humilde?
Señaló la grieta con un dedo
tranquilo.
—Si el espejo fuera perfecto,
usted solo se vería a usted. Con esa grieta se cuelan otras cosas.
Lo miré otra vez. Y se
colaron.
Se coló mi necesidad de que me
miraran. Se coló mi empeño en tener razón incluso cuando callo. Se coló el
orgullo con corbata, el orgullo con “buenas intenciones”, el orgullo con
lenguaje de superación. Se coló, sobre todo, una sospecha: que yo no había venido
a mejorar, sino a demostrar.
—Entonces la humildad es…
¿rebajarme? —pregunté, con esa prudencia que usamos cuando tememos perder el
cargo de protagonista.
El técnico se encogió de
hombros.
—La humildad es dejar de vivir
como si el mundo fuera un jurado. Es saber dónde termina usted… y empezar a
respetar lo que hay fuera.
Volví al centro del escenario
con el espejo en la mano. Era mi turno de hablar. Miré al público, miré el
trofeo, miré la grieta.
—Gracias por este premio
—dije—. Prometo seguir creciendo… pero también prometo dejar de confundirme con
mi etiqueta. No soy una marca. No soy un producto. No soy “mi mejor versión”.
Hubo un silencio. No un
silencio bonito: un silencio de esos que no caben en un eslogan.
Entonces alguien aplaudió.
Un aplauso raro, imperfecto.
Un aplauso con grieta.
Y, por primera vez en toda la
noche, me sentí —no mejor— sino más cerca.
«Vivimos en una época en que
uno de los mayores actos de resistencia consiste en no desear, no poseer,
negarse a ser feliz según la lógica articulada por el capitalismo.» (A Ricardo
Menéndez Salmón hoy lo podemos felicitar por su 55 cumpleaños y, además, porque
intenta ser feliz escribiendo y filosofando)
¿Se puede hablar de fidelidad a los 46 años que son los que cumple hoy Regina Spektor? Ella no solo habla sino que canta. Otra cosa es como sea esa fidelidad.
Fidelitat de butxaca
Ell
em va jurar fidelitat com qui jura que no mirará el mòbil: amb la mà al cor i
els ulls fent zàping. Jo li vaig creure el somriure, que era més net que la
seva història.
A casa, la seva camisa olia a carrer i a
excusa. Vaig posar-la a la rentadora i vaig sentir el tambor: cloc,
cloc, com un tribunal petit.
Vaig entendre
que la fidelitat no és un temple: és una moneda. I jo ja no en tenia canvi.
NO SOMOS DUEÑOS DE LA LONGEVIDAD, PERO SÍ
ADMINISTRADORES DEL MARGEN

Lo
leí y tuve la tentación de convertirlo en un eslogan, de esos que caben en una
taza y te perdonan el lunes. Pero no. Esta frase no sirve para decorar; sirve
para discutir contigo mismo cuando te pilla la noche y estás a punto de
negociar con la nevera como si fuera una mediadora familiar.
Porque,
seamos claros: a todos nos gusta pensar que la vida es un contrato que, si
cumples las cláusulas (no fumes, camina, come verde, duerme ocho horas, sonríe
a la vida como un idiota funcional), te garantiza una prórroga sin letra
pequeña. Y luego llega la realidad, que no firma nada, y te recuerda que hay
gente que se cuida como un monje y se apaga pronto, y gente que ha tratado su
cuerpo como una discoteca de los noventa y sigue aquí, pidiendo otra ronda.
Ahí
entra el golpe limpio: no somos dueños. No tenemos la escritura de propiedad de
nuestra duración. Ni siquiera la nuda propiedad. A lo sumo, un usufructo con
visitas inesperadas del azar, la genética, la época en que naciste, tu barrio,
tu trabajo, tu estrés, tus duelos, tus silencios. Todo eso que no sale en las
fotos de “vida saludable” pero te vive por dentro.
Entonces,
¿qué nos queda? Administrar el margen.
El
margen es esa franja estrecha donde sí puedes meter mano sin ponerte místico.
No para controlar la muerte —qué pretencioso— sino para negociar con el
desgaste. El margen es elegir, la mayoría de los días, algo que no te destruya:
moverte aunque sea poco, comer sin castigarte, dormir sin convertirlo en otro
examen, pedir ayuda antes de que el orgullo te dé una palmadita en la espalda y
te hunda. El margen es aprender a distinguir la disciplina de la penitencia. Y
también aceptar que hay jornadas en las que el margen es mínimo, ridículo, casi
una broma: hoy solo pude no empeorarlo. Y eso ya cuenta.
Me
interesa esta idea porque quita dos venenos de un solo golpe.
El
primero: la culpa. Esa industria que te vende salud como si fuera una moral.
“Si enfermaste, algo hiciste mal.” No, a veces lo que hiciste fue nacer con una
baraja distinta. O vivir en un mundo que reparte cartas marcadas.
El
segundo: la resignación. El “para qué”. Ese derrotismo cómodo que se disfraza
de lucidez: si todo está escrito, déjalo correr. No. Aunque el libro tenga
capítulos ya encuadernados, siempre hay páginas en blanco, y en ellas cabe una
cosa: cuidado. No como moda, sino como acto práctico y casi político: cuidarte
para no llegar roto a lo que venga. Cuidarte para poder seguir decidiendo.
Administrar
el margen, al final, también es una forma de dignidad. No la dignidad solemne
de los discursos, sino la de lo pequeño: poner límites, bajar el volumen, salir
a andar aunque sea tarde, llamar a quien no llamas, hacerte la revisión, dejar
de tratar tu cuerpo como un almacén y tu mente como un tribunal.
Y
sí, hay un punto incómodo: administrar el margen implica responsabilidad. Pero
una responsabilidad adulta, sin látigo. La que admite que no controlas la
partida, pero eliges cómo juegas tus cartas. No para ganar —nadie gana— sino
para llegar menos engañado, menos roto, menos solo.
No
somos dueños de la longevidad, pero sí administradores del margen.
Y
ese margen —pequeño, imperfecto, humano— es, curiosamente, lo único que se
parece a la libertad.
«Morirse es fácil; lo
difícil —lo verdaderamente difícil— es vivir sin hacerse trampes» (Mo Yan autor
de la frase, aún no tiene experiència en eso de morirse; así que le felicitaré porque
hoy es su 71 cumpleaños y por su Nobel de literatura de 2012 aunque sea un poco
tarde)
A mi Ed Sheeran me gusta bastante, por eso esta es la segunda vez que lo felicito en 3 años. Hoy cumple 35 y, si se cuida, aún le queda para que le salgan arrugas.
Promesa amb arrugues
Al mirall del lavabo,
ell s’afaita a cops de llum. Ella li marca amb el dit una ferida antiga a la
barbeta i riu com si fos nova. A la cuina, el pa cruix, el te fumeja, i el
silenci fa de metrònom.
—Quan siguem vells…
—diu ell, i s’atura, perquè ja ho són una mica.
Ella li pren la mà:
pell fina, pols tossut.
—No em prometis
eternitats —li xiuxiueja—. Promet-me avui.
I avui, sense
heroismes, els encaixa perfecte