jueves, 26 de febrero de 2026

 

FILTRO DE POSITIVIDAD

 


En mi móvil aparece una foto como si fuera una amenaza: 2016 vs 2026. A la izquierda, yo con menos barriga y más pelo; a la derecha, yo con el mismo gesto de siempre, pero con una paciencia que antes no tenía porque, claro, antes tenía tiempo para desperdiciarlo.

Lo curioso es que la foto de 2016 me mira con una alegría que no recuerdo haber sentido. Esa es la primera mentira. La segunda: que yo diga “antes todo era más sencillo”. Lo repito con esa solemnidad barata que se compra en redes sociales, como quien compra una vela con olor a “hogar” y luego se pregunta por qué huele a químico.

Estoy en la mesa de la cocina. La ventana da a un patio interior donde las sábanas ajenas se agitan con la dignidad de las cosas que no tienen ambición. Barcelona suena al fondo: un camión, una moto que se cree imprescindible, una vecina que discute con alguien que no está. Yo, en cambio, discuto con alguien que sí está: mi memoria.

Porque mi memoria ha empezado a ponerse dulce. Como si tuviera un pacto con mi edad.

A veces pienso que la jubilación —esa palabra que suena a premio y a castigo a la vez— no llega en el día que firmas el papel, sino antes. Llega cuando te descubres repasando tu vida como quien repasa una lista de compra ya pagada: lo que falta no importa, lo que sobró lo justificas, lo que dolió lo guardas en un cajón que no abres. Me pasa con 2016. Me pasa con todos mis 2016.

En 2016 yo decía que estaba agotado. Que el despacho me chupaba la sangre, que la gente venía con problemas que no eran míos y me los dejaba encima de la mesa como si fueran sobres sin sello. Yo volvía a casa tarde, con la garganta áspera, con el cuello duro, con la sensación de que el día era un pasillo sin salida. Y, sin embargo, la foto dice otra cosa: una sonrisa limpia, un vaso en la mano, una camisa azul que me sienta bien porque mi cuerpo todavía no se había rendido del todo a la gravedad. Detrás, una terraza, una noche de verano, unas luces amarillas, alguien que me está haciendo la foto con cariño o con paciencia.

¿Ves? Ya estoy idealizando incluso a quien apretó el botón.

Me da por ampliar la imagen con los dedos. Busco detalles como un detective de mí mismo. El fondo está ligeramente desenfocado, pero se distingue una mesa, unas manos, un plato a medio terminar. No recuerdo qué comíamos. Recuerdo, eso sí, la discusión de antes.

—No estás —me dijo ella, entonces.

 —Estoy aquí —le contesté, como siempre, como si “aquí” fuera un lugar y no un cuerpo.

A mí me gusta creer que esa frase nunca existió. Mi memoria la disuelve, la vuelve espuma, la manda al fondo donde se guardan las cosas que, con los años, pierden fuerza. Ese es el truco: lo malo no desaparece, solo se vuelve menos accesible. Y en su lugar suben a la superficie los veranos interminables, las conversaciones sin prisa, los problemas que hoy parecen pequeños. No porque fueran pequeños, sino porque yo me he vuelto grande… o porque me he vuelto más cobarde. No lo tengo claro.

Lo que sí tengo claro es que, cuando el presente se pone feo, el pasado se pone guapo. Es un mecanismo de defensa con buen marketing.

Mi hija me manda un audio.

—Papá, ¿has visto lo de las fotos? Qué fuerte, ¿eh? Parece que hace diez años éramos felices.

Me río solo. Me oigo reír y me doy cuenta de que ya no río igual. Antes era una risa corta, rápida, como quien huye. Ahora es una risa lenta, con un poco de arena en los dientes. Le contesto:

—Éramos felices en los ratos que no lo sabíamos. Como siempre.

Ella me deja en visto. Es su manera de quererme sin ponerse cursi.

Salgo a la calle. Necesito aire. En el ascensor me miro en el espejo metálico y me encuentro con la cara del 2026. O del 2025. O del año que sea. Las fechas empiezan a mezclarse, como si el calendario también tuviera nostalgia. Bajo al portal, piso la acera, y el barrio me recibe con su olor: pan recién hecho en una esquina, detergente en otra, el humo de un autobús que parece un animal viejo. Camino hacia el metro, pero en vez de entrar, me quedo un momento mirando el flujo de gente. Todos van con el móvil en la mano, como si llevaran una brújula que solo marca “antes”.

En un banco hay un hombre mayor con una bolsa de plástico y una mirada de domingo. Me mira un segundo y aparta la vista. Me recuerda a mi padre, y mi padre me recuerda a mi adolescencia, y mi adolescencia me recuerda a una chica que nunca besé por miedo a equivocarme. Y el miedo, curiosamente, es el recuerdo más fiel de todos: no se deja endulzar.

Vuelvo a casa. Me siento otra vez en la cocina. Abro la galería de fotos y busco la original, la de 2016, sin filtros, sin ese brillo que ahora parece natural. La encuentro. Y ahí está la grieta.

En la foto original yo no sonrío. Tengo los labios apretados, una sombra bajo los ojos, la camiseta manchada por una gota de vino, y el gesto de quien está pensando en algo que no dice. Detrás, en la mesa, se ve claramente un plato frío y una silla vacía. La silla vacía es la que mi memoria había rellenado con cariño. Y, sin embargo, ahí está: vacía, como una prueba.

Me quedo mirando esa silla como si fuera un agujero en el tiempo. Como si la nostalgia fuera, al final, esto: un montaje. Un recorte. Una edición.

Me dan ganas de enfadarme con la red social, con el algoritmo, con el mundo por venderme la idea de que 2016 fue “el último año bueno”. Pero la verdad es más simple y más incómoda: el filtro lo puse yo. Lo puse cada vez que conté esa historia omitiendo la silla. Lo puse cada vez que dije “antes” para no decir “ahora”.

Entonces hago algo que no tiene épica, pero sí tiene sentido: cierro el móvil.

Me quedo un rato en silencio, escuchando el patio interior, las sábanas, la vida que no posa. Y pienso que quizá recordar no sea volver atrás, sino volver a construir, con las manos de hoy, una versión soportable de lo que fuimos.

La pregunta, la que no me deja en paz, es otra: ¿cuándo empezaré a construir una versión soportable de lo que soy ahora?

«Aniquila los deseos y aniquilarás la mente: quien no tiene pasiones no tiene principio de acción ni motivo para actuar.» (Para escribir esa frase y practicarla no sé podía ser más que filósofo. Claude-Adrien Helvétius es su autor. Nacido el 26 de febrero de 1715 tuvo antecedentes familiares relacionados con la alquimia lo que le da un toque mágico a toda su filosofía)

Hoy Nacho Cano del grupo Mecano, cumple 63 años. No lo voy a felicitar aunque las canciones del grupo estén entre mis preferidas. El destino ha llevado a Nacho Cano por lugares que a mí no me gusta estar.


Semàfors que no perdonen

Vaig sortir de casa amb el cor fent de bateria barata. A l’avinguda, el semàfor em va mirar com si em conegués de tota la vida: vermell, sempre vermell, quan jo tenia pressa per arribar a tu i demanar-te perdó sense paraules cursis.

Un cop de vent em va empènyer el tiquet del metro fins als peus d’un desconegut. El va recollir, va somriure… i eres tu, amb la mateixa jaqueta d’aquell dia.

No crec en el destí. Però el destí, pel que es veu, sí que creu en mi.


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