FILTRO
DE POSITIVIDAD
En mi móvil
aparece una foto como si fuera una amenaza: 2016 vs 2026. A la izquierda, yo
con menos barriga y más pelo; a la derecha, yo con el mismo gesto de siempre,
pero con una paciencia que antes no tenía porque, claro, antes tenía tiempo
para desperdiciarlo.
Lo curioso es
que la foto de 2016 me mira con una alegría que no recuerdo haber sentido. Esa
es la primera mentira. La segunda: que yo diga “antes todo era más sencillo”.
Lo repito con esa solemnidad barata que se compra en redes sociales, como quien
compra una vela con olor a “hogar” y luego se pregunta por qué huele a químico.
Estoy en la
mesa de la cocina. La ventana da a un patio interior donde las sábanas ajenas
se agitan con la dignidad de las cosas que no tienen ambición. Barcelona suena
al fondo: un camión, una moto que se cree imprescindible, una vecina que
discute con alguien que no está. Yo, en cambio, discuto con alguien que sí
está: mi memoria.
Porque mi
memoria ha empezado a ponerse dulce. Como si tuviera un pacto con mi edad.
A veces pienso
que la jubilación —esa palabra que suena a premio y a castigo a la vez— no
llega en el día que firmas el papel, sino antes. Llega cuando te descubres
repasando tu vida como quien repasa una lista de compra ya pagada: lo que falta
no importa, lo que sobró lo justificas, lo que dolió lo guardas en un cajón que
no abres. Me pasa con 2016. Me pasa con todos mis 2016.
En 2016 yo
decía que estaba agotado. Que el despacho me chupaba la sangre, que la gente
venía con problemas que no eran míos y me los dejaba encima de la mesa como si
fueran sobres sin sello. Yo volvía a casa tarde, con la garganta áspera, con el
cuello duro, con la sensación de que el día era un pasillo sin salida. Y, sin
embargo, la foto dice otra cosa: una sonrisa limpia, un vaso en la mano, una
camisa azul que me sienta bien porque mi cuerpo todavía no se había rendido del
todo a la gravedad. Detrás, una terraza, una noche de verano, unas luces
amarillas, alguien que me está haciendo la foto con cariño o con paciencia.
¿Ves? Ya estoy
idealizando incluso a quien apretó el botón.
Me da por
ampliar la imagen con los dedos. Busco detalles como un detective de mí mismo.
El fondo está ligeramente desenfocado, pero se distingue una mesa, unas manos,
un plato a medio terminar. No recuerdo qué comíamos. Recuerdo, eso sí, la
discusión de antes.
—No estás —me
dijo ella, entonces.
—Estoy aquí —le contesté, como siempre, como
si “aquí” fuera un lugar y no un cuerpo.
A mí me gusta
creer que esa frase nunca existió. Mi memoria la disuelve, la vuelve espuma, la
manda al fondo donde se guardan las cosas que, con los años, pierden fuerza.
Ese es el truco: lo malo no desaparece, solo se vuelve menos accesible. Y en su
lugar suben a la superficie los veranos interminables, las conversaciones sin
prisa, los problemas que hoy parecen pequeños. No porque fueran pequeños, sino
porque yo me he vuelto grande… o porque me he vuelto más cobarde. No lo tengo
claro.
Lo que sí
tengo claro es que, cuando el presente se pone feo, el pasado se pone guapo. Es
un mecanismo de defensa con buen marketing.
Mi hija me
manda un audio.
—Papá, ¿has
visto lo de las fotos? Qué fuerte, ¿eh? Parece que hace diez años éramos
felices.
Me río solo.
Me oigo reír y me doy cuenta de que ya no río igual. Antes era una risa corta,
rápida, como quien huye. Ahora es una risa lenta, con un poco de arena en los
dientes. Le contesto:
—Éramos
felices en los ratos que no lo sabíamos. Como siempre.
Ella me deja
en visto. Es su manera de quererme sin ponerse cursi.
Salgo a la
calle. Necesito aire. En el ascensor me miro en el espejo metálico y me
encuentro con la cara del 2026. O del 2025. O del año que sea. Las fechas
empiezan a mezclarse, como si el calendario también tuviera nostalgia. Bajo al
portal, piso la acera, y el barrio me recibe con su olor: pan recién hecho en
una esquina, detergente en otra, el humo de un autobús que parece un animal
viejo. Camino hacia el metro, pero en vez de entrar, me quedo un momento
mirando el flujo de gente. Todos van con el móvil en la mano, como si llevaran
una brújula que solo marca “antes”.
En un banco
hay un hombre mayor con una bolsa de plástico y una mirada de domingo. Me mira
un segundo y aparta la vista. Me recuerda a mi padre, y mi padre me recuerda a
mi adolescencia, y mi adolescencia me recuerda a una chica que nunca besé por
miedo a equivocarme. Y el miedo, curiosamente, es el recuerdo más fiel de
todos: no se deja endulzar.
Vuelvo a casa.
Me siento otra vez en la cocina. Abro la galería de fotos y busco la original,
la de 2016, sin filtros, sin ese brillo que ahora parece natural. La encuentro.
Y ahí está la grieta.
En la foto
original yo no sonrío. Tengo los labios apretados, una sombra bajo los ojos, la
camiseta manchada por una gota de vino, y el gesto de quien está pensando en
algo que no dice. Detrás, en la mesa, se ve claramente un plato frío y una
silla vacía. La silla vacía es la que mi memoria había rellenado con cariño. Y,
sin embargo, ahí está: vacía, como una prueba.
Me quedo
mirando esa silla como si fuera un agujero en el tiempo. Como si la nostalgia
fuera, al final, esto: un montaje. Un recorte. Una edición.
Me dan ganas
de enfadarme con la red social, con el algoritmo, con el mundo por venderme la
idea de que 2016 fue “el último año bueno”. Pero la verdad es más simple y más
incómoda: el filtro lo puse yo. Lo puse cada vez que conté esa historia
omitiendo la silla. Lo puse cada vez que dije “antes” para no decir “ahora”.
Entonces hago
algo que no tiene épica, pero sí tiene sentido: cierro el móvil.
Me quedo un
rato en silencio, escuchando el patio interior, las sábanas, la vida que no
posa. Y pienso que quizá recordar no sea volver atrás, sino volver a construir,
con las manos de hoy, una versión soportable de lo que fuimos.
La pregunta,
la que no me deja en paz, es otra: ¿cuándo empezaré a construir una versión
soportable de lo que soy ahora?
«Aniquila los deseos y aniquilarás la
mente: quien no tiene pasiones no tiene principio de acción ni motivo para
actuar.» (Para escribir esa frase y practicarla no sé podía ser más que
filósofo. Claude-Adrien
Helvétius es su autor. Nacido el 26 de febrero de 1715 tuvo antecedentes familiares
relacionados con la alquimia lo que le da un toque mágico a toda su filosofía)
Hoy Nacho Cano del grupo Mecano, cumple 63 años. No lo voy a felicitar aunque las canciones del grupo estén entre mis preferidas. El destino ha llevado a Nacho Cano por lugares que a mí no me gusta estar.
Semàfors que no perdonen
Vaig sortir de casa amb el cor fent de
bateria barata. A l’avinguda, el semàfor em va mirar com si em conegués de tota
la vida: vermell, sempre vermell, quan jo tenia pressa per arribar a tu i
demanar-te perdó sense paraules cursis.
Un cop de vent em va empènyer el tiquet
del metro fins als peus d’un desconegut. El va recollir, va somriure… i eres
tu, amb la mateixa jaqueta d’aquell dia.
No crec en el destí. Però el destí, pel
que es veu, sí que creu en mi.

No hay comentarios:
Publicar un comentario