DUCHAS CORTAS PARA TAPAR LOS OLEODUCTOS
Nos piden duchas cortas cuando
lo que han hecho largo, larguísimo, ha sido el negocio de la dependencia.
Siempre pasa igual. Se rompe
una tubería en el mundo, tiembla un estrecho, arde un mapa, suben los seguros,
se encarece el gas, y de pronto el dedo no señala a los que diseñaron esa
fragilidad con traje, despacho y bonus, sino a la gente que enciende la luz de
la cocina, al viejo que pone la estufa porque tiene huesos y no discurso, a la
mujer que vuelve cansada y quiere agua caliente sin sentir que está
bombardeando el planeta con la alcachofa de la ducha.
El truco es viejo, pero
funciona. A los responsables del edificio se les perdona el hormigón malo y a
los inquilinos se les exige que bajen la voz para no molestar al derrumbe.
Entonces empieza la liturgia.
Apaga aquí. Recorta allá. No cojas el coche. No pongas el aire. Dúchate menos.
Consume con moderación. Sufre con civismo. Y todo envuelto en ese tono de
sermón doméstico que convierte una chapuza geopolítica de décadas en examen
moral del ciudadano. Como si la crisis no la hubieran fabricado decisiones,
intereses, cobardías y negocios, sino tu cafetera, mi radiador y la bombilla
del pasillo.
A eso le llaman
concienciación. A veces no es más que maquillaje con contador.
Porque una cosa es ahorrar por
inteligencia, por respeto, por sentido común. Y otra muy distinta es pedir
sacrificios al final de la cadena mientras al principio de la cadena siguen
cenando los de siempre, con mantel limpio y la culpa bien repartida entre
millones. Ahí está la obscenidad. No en apagar una farola. No en subir dos
pisos por la escalera. La obscenidad está en convertir la necesidad de la gente
en coartada para que nadie pregunte quién montó este sistema con una sola
puerta de entrada y luego fingió sorpresa cuando esa puerta empezó a arder.
Hay noticias que no informan:
domestican. No te cuentan el diseño del problema; te enseñan sus síntomas para
que los aceptes como clima. No te hablan de dependencia, de rutas, de poder, de
contratos, de miedo, de reservas, de chantajes. Te enseñan una ducha, una
persiana bajada, una oficina a medio gas, una familia calculando si pone la
calefacción una hora más. Y así el desastre entra mejor en casa: ya no parece
una decisión política, parece una penitencia compartida.
Eso tranquiliza mucho a los
culpables. Si todos somos un poco responsables, ya no hay responsables de
verdad.
Pero sí los hay. Siempre los
hay.
Hay responsables cuando
durante años se levanta una prosperidad con pies alquilados. Hay responsables
cuando se vende seguridad donde solo había suerte. Hay responsables cuando la
fragilidad se tapa con propaganda y luego se presenta la factura como si fuese
un castigo divino, una mala racha, una nube pasajera. No. No era una nube. Era
humo. Y venía de lejos.
Lo más cruel de estas crisis
no es solo el precio. Es la pedagogía. Te enseñan a agradecer el recorte. Te
entrenan para llamar madurez a la renuncia. Te piden patriotismo térmico
mientras otros blindan márgenes, posiciones y excusas. Y uno acaba casi disculpándose
por querer vivir con un mínimo de calor, de movilidad, de dignidad, como si la
comodidad elemental fuese un vicio burgués y no una conquista sencilla de la
vida corriente.
Luego dirán que la gente no
entiende la complejidad del mundo. Claro que la entiende. Lo que pasa es que ya
está cansada de que la complejidad siempre baje por la escalera de servicio y
se siente a su mesa con forma de recibo.
La verdad es menos elegante y
más sucia: no estamos pagando solo energía; estamos pagando obediencia. Nos
cobran la costumbre de aceptar que los grandes errores vengan siempre con
instrucciones para pequeños sacrificios.
Y quizá la reflexión empiece ahí, en dejar de llamar responsabilidad a lo que muchas veces no es más que resignación bien redactada. Porque ahorrar tiene sentido. Callar, no. Y una ducha corta puede ser prudencia. Pero también puede ser la coartada perfecta de quienes llevan demasiados años bañándose en petróleo ajeno y conciencia prestada.
«La organización humana se
parece al cosmos en esto: que, de vez en cuando, para nacer de nuevo, debe
sumergirse en el fuego.» (Supongo que Ernst Jünger nacido el 29 de marzo de
1895 y fallecido 103 años más tarde se sumergió en el fuego más de una vez)
L’últim estiu
Quan el metge va dir prou, el
pare va sortir al balcó amb una manta i la seva mala educació intacta. Va mirar
els testos morts, els crits del pati, la roba estesa del veí, i va somriure com
qui perd una aposta antiga.
—No ha estat tan mal negoci.
La mare plorava dins. Jo
comptava orenetes per no comptar-li els dies. Aquella tarda el sol feia veure
que tot continuava igual. Només ell sabia la veritat: les estacions no tornen;
passen, et despullen, i després deixen la casa plena d’absència.

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