domingo, 29 de marzo de 2026

DUCHAS CORTAS PARA TAPAR LOS OLEODUCTOS


Nos piden duchas cortas cuando lo que han hecho largo, larguísimo, ha sido el negocio de la dependencia.

Siempre pasa igual. Se rompe una tubería en el mundo, tiembla un estrecho, arde un mapa, suben los seguros, se encarece el gas, y de pronto el dedo no señala a los que diseñaron esa fragilidad con traje, despacho y bonus, sino a la gente que enciende la luz de la cocina, al viejo que pone la estufa porque tiene huesos y no discurso, a la mujer que vuelve cansada y quiere agua caliente sin sentir que está bombardeando el planeta con la alcachofa de la ducha.

El truco es viejo, pero funciona. A los responsables del edificio se les perdona el hormigón malo y a los inquilinos se les exige que bajen la voz para no molestar al derrumbe.

Entonces empieza la liturgia. Apaga aquí. Recorta allá. No cojas el coche. No pongas el aire. Dúchate menos. Consume con moderación. Sufre con civismo. Y todo envuelto en ese tono de sermón doméstico que convierte una chapuza geopolítica de décadas en examen moral del ciudadano. Como si la crisis no la hubieran fabricado decisiones, intereses, cobardías y negocios, sino tu cafetera, mi radiador y la bombilla del pasillo.

A eso le llaman concienciación. A veces no es más que maquillaje con contador.

Porque una cosa es ahorrar por inteligencia, por respeto, por sentido común. Y otra muy distinta es pedir sacrificios al final de la cadena mientras al principio de la cadena siguen cenando los de siempre, con mantel limpio y la culpa bien repartida entre millones. Ahí está la obscenidad. No en apagar una farola. No en subir dos pisos por la escalera. La obscenidad está en convertir la necesidad de la gente en coartada para que nadie pregunte quién montó este sistema con una sola puerta de entrada y luego fingió sorpresa cuando esa puerta empezó a arder.

Hay noticias que no informan: domestican. No te cuentan el diseño del problema; te enseñan sus síntomas para que los aceptes como clima. No te hablan de dependencia, de rutas, de poder, de contratos, de miedo, de reservas, de chantajes. Te enseñan una ducha, una persiana bajada, una oficina a medio gas, una familia calculando si pone la calefacción una hora más. Y así el desastre entra mejor en casa: ya no parece una decisión política, parece una penitencia compartida.

Eso tranquiliza mucho a los culpables. Si todos somos un poco responsables, ya no hay responsables de verdad.

Pero sí los hay. Siempre los hay.

Hay responsables cuando durante años se levanta una prosperidad con pies alquilados. Hay responsables cuando se vende seguridad donde solo había suerte. Hay responsables cuando la fragilidad se tapa con propaganda y luego se presenta la factura como si fuese un castigo divino, una mala racha, una nube pasajera. No. No era una nube. Era humo. Y venía de lejos.

Lo más cruel de estas crisis no es solo el precio. Es la pedagogía. Te enseñan a agradecer el recorte. Te entrenan para llamar madurez a la renuncia. Te piden patriotismo térmico mientras otros blindan márgenes, posiciones y excusas. Y uno acaba casi disculpándose por querer vivir con un mínimo de calor, de movilidad, de dignidad, como si la comodidad elemental fuese un vicio burgués y no una conquista sencilla de la vida corriente.

Luego dirán que la gente no entiende la complejidad del mundo. Claro que la entiende. Lo que pasa es que ya está cansada de que la complejidad siempre baje por la escalera de servicio y se siente a su mesa con forma de recibo.

La verdad es menos elegante y más sucia: no estamos pagando solo energía; estamos pagando obediencia. Nos cobran la costumbre de aceptar que los grandes errores vengan siempre con instrucciones para pequeños sacrificios.

Y quizá la reflexión empiece ahí, en dejar de llamar responsabilidad a lo que muchas veces no es más que resignación bien redactada. Porque ahorrar tiene sentido. Callar, no. Y una ducha corta puede ser prudencia. Pero también puede ser la coartada perfecta de quienes llevan demasiados años bañándose en petróleo ajeno y conciencia prestada. 

«La organización humana se parece al cosmos en esto: que, de vez en cuando, para nacer de nuevo, debe sumergirse en el fuego.» (Supongo que Ernst Jünger nacido el 29 de marzo de 1895 y fallecido 103 años más tarde se sumergió en el fuego más de una vez)

Terry Jacks que hoy cumple 82 años, popularizó la canción del vídeo cuyo autor es ni más ni menos que Jacques Brel. Originariamente se llamaba "Le moribond" y el bueno de Terry la rebautizó como "Seasons in the sun".

L’últim estiu

Quan el metge va dir prou, el pare va sortir al balcó amb una manta i la seva mala educació intacta. Va mirar els testos morts, els crits del pati, la roba estesa del veí, i va somriure com qui perd una aposta antiga.

—No ha estat tan mal negoci.

La mare plorava dins. Jo comptava orenetes per no comptar-li els dies. Aquella tarda el sol feia veure que tot continuava igual. Només ell sabia la veritat: les estacions no tornen; passen, et despullen, i després deixen la casa plena d’absència.


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