jueves, 2 de abril de 2026

 

CULOS PRIETOS EN TIEMPOS DE CRISIS

Dicen que ahorrar es una virtud. Lo repiten los gobiernos, los bancos, los tertulianos y hasta ese cuñado que no distingue una crisis de una costumbre, pero siempre recomienda apretarse el cinturón… ajeno, a ser posible. En Pekín han decidido tomárselo en serio y llevar la pedagogía del ahorro hasta el último pliegue de la intimidad humana.

En algunos lavabos públicos han instalado dispensadores de papel higiénico que entregan sesenta centímetros exactos por usuario. Sesenta. Ni uno más. La generosidad, como casi todo en este mundo, también se administra con algoritmo. El aparato no solo dispensa papel: te escanea la cara. Te mira. Te reconoce. Te ficha. Y si descubre que vuelves a por una segunda ayuda porque la biología se ha puesto pesada, te castiga con nueve minutos de espera.

Nueve minutos.

Es fácil pronunciarlo desde una oficina, con la tripa en paz y el culo en diferido. Pero nueve minutos, según qué retortijón, no son tiempo: son una humillación. Una prueba de fe. Un máster acelerado en dignidad bajo mínimos.

Eso sí, el sistema, que además de tacaño quiere parecer compasivo, contempla emergencias. Si la urgencia intestinal adquiere proporciones bíblicas, el afectado puede dirigirse al personal y solicitar más papel. Hay algo conmovedor en esa escena: un ser humano, vencido por sus tripas, negociando con otro ser humano la ampliación extraordinaria de su cupo de limpieza.

La modernidad prometía coches voladores, ciudades inteligentes y un porvenir luminoso. Y aquí estamos: dejando que una máquina decida cuánta decencia necesita nuestro culo para salir del trámite con algo parecido al honor.

«La vida no basta; hace falta sol, libertad y una pequeña flor.» (Y yo añadiría: i que per l’Ampurdà faci una mica menys de vent. Hans Christian Andersen nacido el 2 de abril de 1815 es el autor de la frase. Fue un cuentista de los buenos. No hay niñ@, ni padre-madre, ni abuel@ que no lo haya leído alguna vez. Confieso que estos días me estoy re-leyendo aquél del “emperador no lleva nada”. Me recuerda tanto a P. D. Trump y tant@s otr@s)

Emmylou Harrys cumple hoy 79 años y sigue cantando aunque muchas de sus canciones no sean suyas "¡Es la vida!" como diría aquella y Chuck Berry.


Vaixella bona

Van guardar la vaixella bona durant trenta anys, com si la felicitat hagués d’arribar amb invitació i estovalles planxades. Quan ell va començar a oblidar els noms de les coses, ella va treure els plats de l’armari i hi va servir una truita massa feta, vi barat i dues olives pansides.

—Avui què celebrem? —va preguntar ell.

Ella va somriure amb aquella valentia domèstica dels qui ja han perdut alguna guerra.

—Res. Justament per això.

I van sopar com si la vida, per fi, hagués decidit seure amb ells.




martes, 31 de marzo de 2026

 

POLÍTICA DE DEVOLUCIONES

Se lo conté todo.

No de golpe, claro. Nadie se desnuda del todo a la primera. Fui dejándole piezas: la infancia en una casa donde pedir perdón era un deporte de riesgo, esta costumbre idiota de mirar el móvil como si el amor tuviera horario de oficina, y hasta un futuro doméstico, casi cutre, que a mí me parecía gloria: dos tazas sin fregar, una discusión por una cortina, tu risa volviendo justo cuando el día ya venía torcido.

Le acerqué la boca a la oreja para decirle mis miedos. Olía a jabón limpio y a salida de emergencia.

No le pedí tanto. Lo justo para arruinarse un poco la vida conmigo: quédate, mírame, no me dejes solo haciendo de hombre sensato mientras me hundo por dentro.

Le enseñé mis zonas blandas. Mis cicatrices. Lo que uno no enseña salvo que esté enamorado o ya bastante mal de la cabeza.

Y se fue.

Así, sin épica. Sin un portazo de película. Con esa educación higiénica de quien abandona a otro procurando no manchar.

Lo peor no fue perderlo.

Lo peor fue quedarme con todo lo que le había entregado todavía caliente entre las manos, como un paquete rechazado.

Mi amor, por una vez, había encontrado destinatario.

Lástima que el destinatario lo devolviera por exceso de contenido.

«El amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte.» (Una de las definiciones del amor que mejor condensa todas las existentes; es de Octavio Paz nacido el 31 de marzo de 1915 y premio nobel de literatura en 1990, así que no era inventor, sino escritor, diplomático y un largo etcétera)

Hoy hace 40 que O'Kelly Isley Jr. no canta ni grita la canción del vídeo. Ni a él tampoco le gritan: como mucho, le rezan.

La veu que no vaig gastar

Vaig passar mitja vida empassant crits com qui empassa pastilles sense aigua. A la feina, somriure. A casa, callar. Al llit, fer veure.

Un dia se’m va esquerdar la gola davant del mirall i no va sortir ràbia: va sortir el meu nom. El vaig dir fort, com si me’l tornés d’un embargament antic. Els veïns van picar la paret. Jo també, però des de dins.

Des d’aleshores no crido per fer por ni per convèncer ningú. Crido perquè, després de tants anys, ja no em penso demanar perdó per sonar viu.



lunes, 30 de marzo de 2026

 

CORREO ORDINARIO


Durante años, la amistad me llegó por el buzón.

No hablo de felicitaciones navideñas con renos obesos ni de esas cartas del banco que empiezan con un “estimado cliente” y terminan recordándote que tu cuenta corriente tiene menos dignidad que tú. Hablo de sobres de verdad. Sobres torcidos, con sellos mal pegados, con la letra inclinada de alguien que no escribía para quedar bien sino para llegar.

Irene me escribía así.

Nunca fue mi amante, que es una decepción que a cierta edad uno aprende a gestionar con elegancia. Fue algo más raro y quizá más útil: una amiga. Una de esas amistades que no exigen presencia pero tampoco toleran el abandono. Nos conocimos en un taller literario de barrio, en una sala con fluorescentes tristes y sillas de plástico donde casi todos iban a que les aplaudieran los adjetivos. Ella no. Ella llevaba tijeras, pegamento, recortes de revistas viejas y una paciencia de costurera japonesa. Decía que una carta tenía que parecerse un poco a quien la enviaba. Que si mandabas una hoja doblada sin alma, estabas mandando también tu pereza.

Por eso sus sobres parecían pequeños apartamentos amueblados.

Dentro había una nota, sí, pero también una hoja seca encontrada en un parque, una servilleta con una frase oída en un bar, una receta de sopa escrita al dorso de una multa, una entrada de cine de una película que ya no daban en ninguna parte, un botón azul “por si un día se te cae algo importante”. Una vez me mandó medio mapa de Lisboa y la advertencia: “La otra mitad te la mandaré cuando te atrevas a perderte”.

Yo le contestaba peor. Mucho peor. Folios blancos. Sobres comprados en un estanco. Mi letra de abogado cansado. Aun así, Irene seguía escribiéndome como si yo mereciera aquella caligrafía lenta, aquellos sellos elegidos, aquella absurda generosidad artesanal en un mundo donde ya nadie tiene tiempo ni para mentir con calma.

Luego pasó lo de siempre: la vida. Su madre enfermó. Mi matrimonio se llenó de habitaciones cerradas. Ella cambió de ciudad. Yo cambié de médico. Nos seguimos escribiendo. Menos, pero mejor. Hay afectos que, cuando se vuelven escasos, por fin se ponen serios.

La última carta tardó más de la cuenta. El sobre era beige, sin adornos, con una letra que no era la suya. La abrió mi miedo antes que mis manos. Me escribía su hija. Irene había muerto en marzo. Ordenando sus cosas, encontró una caja con mis cartas —las mías, tan sosas, tan administrativas, tan poca cosa— atadas con una cinta roja. “Decía que eran bonitas”, me puso la hija, “porque llegaban”.

Me quedé un rato mirando aquella frase como se mira un espejo cuando ya no estás para demasiadas heroicidades.

Desde entonces contesto a todo por correo electrónico, como un ciudadano moderno, funcional y un poco cobarde. Pero a veces, cuando abro el buzón y no hay nada salvo publicidad de funerarias o supermercados, pienso que la verdadera soledad no consiste en que nadie te escriba.

Consiste en que ya nadie te recorte el mundo para metértelo en un sobre.

«La unidad del lenguaje es, en el fondo, política.» (Yo iría más allá en la frase: en el fondo y en la superficie la unidad del lenguaje es política. Félix Guattari filósofo -y activista- francés nacido el 30 de marzo de 1930 antes de las Olimpiadas de Barcelona-92 dejó de estar en activo… y en pasivo)

Hoy es el cumpleaños de uno de los grandes, Eric Clapton que ya va por los 81 y espero que sean muchos más aunque siga con el dolor de no poder olvidar aquella fatídica noche en la que subió al cielo un ángel más.


La cadira petita

Vaig deixar la seva cadira al mateix lloc, al costat de la finestra, com si la tarda tingués memòria. La pols hi va anar posant una pàtina d’absència, però jo encara hi sentia el pes mínim d’un cos que ja no tornaria. De vegades, quan el sol entrava amb aquella insolència neta dels dies bells, em semblava una burla. Altres cops, un perdó. He après que el dolor no crida sempre: a vegades s’asseu, espera i et mira. I tu vius així, fent veure que no has après a parlar amb el cel.


domingo, 29 de marzo de 2026

DUCHAS CORTAS PARA TAPAR LOS OLEODUCTOS


Nos piden duchas cortas cuando lo que han hecho largo, larguísimo, ha sido el negocio de la dependencia.

Siempre pasa igual. Se rompe una tubería en el mundo, tiembla un estrecho, arde un mapa, suben los seguros, se encarece el gas, y de pronto el dedo no señala a los que diseñaron esa fragilidad con traje, despacho y bonus, sino a la gente que enciende la luz de la cocina, al viejo que pone la estufa porque tiene huesos y no discurso, a la mujer que vuelve cansada y quiere agua caliente sin sentir que está bombardeando el planeta con la alcachofa de la ducha.

El truco es viejo, pero funciona. A los responsables del edificio se les perdona el hormigón malo y a los inquilinos se les exige que bajen la voz para no molestar al derrumbe.

Entonces empieza la liturgia. Apaga aquí. Recorta allá. No cojas el coche. No pongas el aire. Dúchate menos. Consume con moderación. Sufre con civismo. Y todo envuelto en ese tono de sermón doméstico que convierte una chapuza geopolítica de décadas en examen moral del ciudadano. Como si la crisis no la hubieran fabricado decisiones, intereses, cobardías y negocios, sino tu cafetera, mi radiador y la bombilla del pasillo.

A eso le llaman concienciación. A veces no es más que maquillaje con contador.

Porque una cosa es ahorrar por inteligencia, por respeto, por sentido común. Y otra muy distinta es pedir sacrificios al final de la cadena mientras al principio de la cadena siguen cenando los de siempre, con mantel limpio y la culpa bien repartida entre millones. Ahí está la obscenidad. No en apagar una farola. No en subir dos pisos por la escalera. La obscenidad está en convertir la necesidad de la gente en coartada para que nadie pregunte quién montó este sistema con una sola puerta de entrada y luego fingió sorpresa cuando esa puerta empezó a arder.

Hay noticias que no informan: domestican. No te cuentan el diseño del problema; te enseñan sus síntomas para que los aceptes como clima. No te hablan de dependencia, de rutas, de poder, de contratos, de miedo, de reservas, de chantajes. Te enseñan una ducha, una persiana bajada, una oficina a medio gas, una familia calculando si pone la calefacción una hora más. Y así el desastre entra mejor en casa: ya no parece una decisión política, parece una penitencia compartida.

Eso tranquiliza mucho a los culpables. Si todos somos un poco responsables, ya no hay responsables de verdad.

Pero sí los hay. Siempre los hay.

Hay responsables cuando durante años se levanta una prosperidad con pies alquilados. Hay responsables cuando se vende seguridad donde solo había suerte. Hay responsables cuando la fragilidad se tapa con propaganda y luego se presenta la factura como si fuese un castigo divino, una mala racha, una nube pasajera. No. No era una nube. Era humo. Y venía de lejos.

Lo más cruel de estas crisis no es solo el precio. Es la pedagogía. Te enseñan a agradecer el recorte. Te entrenan para llamar madurez a la renuncia. Te piden patriotismo térmico mientras otros blindan márgenes, posiciones y excusas. Y uno acaba casi disculpándose por querer vivir con un mínimo de calor, de movilidad, de dignidad, como si la comodidad elemental fuese un vicio burgués y no una conquista sencilla de la vida corriente.

Luego dirán que la gente no entiende la complejidad del mundo. Claro que la entiende. Lo que pasa es que ya está cansada de que la complejidad siempre baje por la escalera de servicio y se siente a su mesa con forma de recibo.

La verdad es menos elegante y más sucia: no estamos pagando solo energía; estamos pagando obediencia. Nos cobran la costumbre de aceptar que los grandes errores vengan siempre con instrucciones para pequeños sacrificios.

Y quizá la reflexión empiece ahí, en dejar de llamar responsabilidad a lo que muchas veces no es más que resignación bien redactada. Porque ahorrar tiene sentido. Callar, no. Y una ducha corta puede ser prudencia. Pero también puede ser la coartada perfecta de quienes llevan demasiados años bañándose en petróleo ajeno y conciencia prestada. 

«La organización humana se parece al cosmos en esto: que, de vez en cuando, para nacer de nuevo, debe sumergirse en el fuego.» (Supongo que Ernst Jünger nacido el 29 de marzo de 1895 y fallecido 103 años más tarde se sumergió en el fuego más de una vez)

Terry Jacks que hoy cumple 82 años, popularizó la canción del vídeo cuyo autor es ni más ni menos que Jacques Brel. Originariamente se llamaba "Le moribond" y el bueno de Terry la rebautizó como "Seasons in the sun".

L’últim estiu

Quan el metge va dir prou, el pare va sortir al balcó amb una manta i la seva mala educació intacta. Va mirar els testos morts, els crits del pati, la roba estesa del veí, i va somriure com qui perd una aposta antiga.

—No ha estat tan mal negoci.

La mare plorava dins. Jo comptava orenetes per no comptar-li els dies. Aquella tarda el sol feia veure que tot continuava igual. Només ell sabia la veritat: les estacions no tornen; passen, et despullen, i després deixen la casa plena d’absència.


sábado, 28 de marzo de 2026

 

BOSQUES ANTES QUE PLANETAS


Llevamos décadas mirando a Marte como quien mira un piso nuevo para no reconocer que se le está cayendo la casa encima. Le dibujamos atmósferas, le sembramos bosques imaginarios, le ponemos agua en simulaciones, cúpulas, colonias, esperanza tecnológica y hasta un futuro con vistas. Todo muy limpio, muy rojo, muy épico. Muy de especie que sueña a lo grande cuando no quiere agacharse a recoger lo que ha roto.

Mientras tanto, aquí abajo, un bosque arde sin marketing. Un río baja enfermo. Un mar devuelve plástico como quien escupe una verdad. Los insectos desaparecen sin rueda de prensa. La tierra se agrieta en silencio, que es la manera más educada que tiene el planeta de decirnos que nos estamos pasando.

Quizá la pregunta no sea cómo terraformar Marte, sino por qué necesitamos fantasear con otro mundo para no cuidar este. Qué clase de inteligencia diseña jardines en un desierto lejano mientras convierte en desierto su propio jardín. Qué clase de ambición presume de conquistar un planeta muerto cuando todavía no ha aprendido a convivir con uno vivo.

Nos fascina la épica de marcharnos. Tiene mejor prensa que la humildad de quedarnos y arreglar. Suena más heroico hablar de colonias interplanetarias que de suelos, humedales, abejas, semillas, sombra, agua potable y aire respirable. Marte no nos exige memoria. La Tierra, sí. Y ahí empiezan los problemas.

Porque cuidar la Tierra no tiene la estética brillante de la conquista. Tiene barro en las botas, leyes que molestan, renuncias, límites, responsabilidades y la desagradable costumbre de recordarnos que no somos dioses ni propietarios, apenas inquilinos bastante torpes.

A lo mejor no queremos otro planeta.

A lo mejor lo que queremos es no sentirnos culpables por estar estropeando este.

«Cuando el trabajo es un placer, la vida es una alegría; cuando es una obligación, la vida es esclavitud.» (Aleksei Maksímovich Peshkov es el autor de la frase bastante acertada, solo hay que ver lo malhumorad@s que andan algun@s por los pasillos de los despachos. El nombre tal vez no os diga gran cosa pero su seudónimo seguro que si: Máximo Gorki escritor ruso nacido el 28 de marzo de 1868 y cuyo apellido de seudónimo, Gorki, era bastante coherente con la vida que llevó y su literatura. Significa amargo)

Milan Williams cumplió 62 años, así que no llegó a jubilarse de su grupo The Commodores, suponiendo que la jubilación por supuesto fuese a partir de los 65 años y no antes. Lo cierto es que hoy hubiese celebrado su 82 cumpleaños y, quién sabe, su tiempo de jubileo.

Diumenge sense perdó

Va deixar les claus damunt la taula com qui deixa una propina ridícula.

—No t’ho compliquis —va dir—. Vull una vida fàcil.

Fàcil.

Com si els anys plegats fossin una camisa que et treus perquè pica. Com si l’amor fos això: un moble que no combina amb el menjador nou.

Jo no vaig plorar. Vaig obrir la finestra, vaig sentir els veïns discutint, una moto, una ràdio llunyana. La vida, fent de vida.

Llavors vaig entendre-ho: el fàcil no era marxar. El fàcil havia estat estimar-me malament.



viernes, 27 de marzo de 2026

 

TURISMO MORAL

Hay gente que no pisa una desgracia: la estrena.

Llegan a un país roto con la sonrisa limpia, la consigna planchada y el alma recién peinada para la foto. No vienen a mirar el hambre. Vienen a salir bien al lado de ella. Eso cambia mucho las cosas. El que mira de verdad baja la voz. El que viene a usarse a sí mismo sube el tono, ensancha el gesto, reparte abrazos como quien lanza confeti sobre un incendio.

Cuba lleva demasiados años convertida en escaparate de coartadas. Unos la enseñan para justificar la represión con palabras solemnes. Otros la exhiben para hacer músculo ideológico desde lejos, con el estómago lleno y el billete de vuelta en el bolsillo. Entre unos y otros, la gente hace cola. Cola para comer, cola para medicarse, cola para alumbrarse un poco la vida mientras los iluminados del mundo se disputan el foco.

Lo más obsceno no es la mentira. La mentira, a estas alturas, ya casi forma parte del mobiliario. Lo más obsceno es la vanidad. Esa necesidad infantil de convertir el dolor ajeno en escenario propio. Hay quien no soporta que una tragedia exista sin su presencia. Necesita entrar en plano, posar junto a la ruina, poner cara de conciencia y regresar a casa con la sensación de haber rozado la Historia, cuando en realidad solo ha rozado su propio narcisismo con acento internacional.

Después vendrán los artículos, los tuits, las discusiones de café, los héroes de sobremesa. Unos dirán bloqueo. Otros dirán dictadura. Unos dirán solidaridad. Otros dirán propaganda. Y probablemente todos llevarán algo de razón y bastante interés. Pero mientras las palabras se pelean por ver cuál manda más, hay una nevera vacía que no admite matices. Hay una madre que no puede hervir la cena con consignas. Hay un anciano que no enchufa un ventilador con retórica. Hay cuerpos. Siempre acaba habiendo cuerpos. Y el cuerpo, cuando falta lo básico, se vuelve un juez bastante serio.

A veces pienso que la peor miseria no es la de un país sin recursos, sino la de quienes necesitan sacar brillo a su conciencia con el sufrimiento de otros. Esa gente no ayuda: se administra. No acompaña: se exhibe. No escucha: interpreta. Son peregrinos de sí mismos. Van por el mundo buscando causas, pero en el fondo solo buscan espejo.

Y, sin embargo, tampoco conviene caer en la trampa fácil de reírse solo de ellos. Porque el problema no son únicamente los farsantes que aterrizan con el catecismo bajo el brazo. El problema grande, el podrido de verdad, es que hay lugares donde la miseria se ha vuelto sistema y la dignidad una actividad clandestina. Y ahí ya no bastan ni el sarcasmo ni la superioridad moral. Ahí hace falta decencia. Esa palabra tan vieja, tan poco vistosa, tan incompatible con los focos.

Quizá por eso convendría empezar a desconfiar de todo el que llega a una desgracia hablando demasiado de sí mismo. Del que convierte la ayuda en pasarela. Del que necesita explicar su bondad antes de ejercerla. Del que usa el dolor como altavoz. Porque cuando alguien entra en una casa en ruinas y lo primero que hace es colocarse bien para la foto, no ha venido a salvar nada. Ha venido a conservarse.

Y el hambre, por desgracia, distingue muy bien entre una mano y un decorado.

«De todas las pasiones, la que más se esconde es la vanidad; se oculta hasta de sí misma.» (He elegido a Matias Aires Ramos da Silva de Eça porque nació el 27 de marzo de 1705. El maridaje de la frase con el relato/reflexión de hoy, pura casualidad: la vanidad no solo engaña a los demás, también se disfraza ante quien la padece)

Mariah Carey cumple hoy 57 años y es por eso que la felicito dejándola cantar el cover de "Without You" que ni es suya ni fue quién la popularizó. He de reconocer que su versión es bastante apañada pero yo bailé mucho más la que está debajo (y es la que más me gusta)


La de Harry Nilsson es la que me gusta más... de 1972.


Y el grupo que compuso y cantó "Sin ti" allá por 1970; justo es reconocer a Badfinger la autoría de una de las mejores canciones de "baldosín"

La cadira del costat

Quan vas marxar, la casa no va quedar buida: va quedar mal acostumada. La tassa et buscava als matins, el passadís feia més soroll del compte i fins i tot el rellotge semblava tossir abans de donar l’hora. Jo, que sempre havia presumit de saber perdre, vaig descobrir que mentia amb una elegància admirable. No era amor etern, quin remei; era pitjor: era costum amb memòria. I la memòria, ja se sap, té la indecència de seure cada vespre a la teva cadira i mirar-me com si l’abandonat fos ella.


jueves, 26 de marzo de 2026

 

EN LA GUERRA Y EN EL AMOR


Anoche dieron otra guerra en el telediario mientras tú partías una naranja en la cocina. Así de obsceno es el mundo: un edificio abierto en canal en la pantalla, una niña cubierta de polvo mirando a ninguna parte, un hombre hablando de objetivos estratégicos con la misma cara con la que otro recomienda un seguro de vida, y tú intentando que no saltara el zumo sobre la encimera recién limpia.

Yo te miraba a ti y luego miraba la televisión. A ti y luego a la televisión. Tus dedos. Los escombros. Tu cuello. Una camilla. El cuchillo entrando en la fruta. Un misil entrando en un barrio. Y pensé que quizá toda la historia de la humanidad cabe en esa diferencia miserable: hay gente que aprende a cortar pan para compartirlo y hay gente que aprende a partir cuerpos para defender una bandera, un dios, una frontera o su pobre hombría con uniforme.

Luego salen los expertos. Siempre salen. Le ponen nombre serio a la carnicería, como si cambiarle el traje al crimen lo volviera razonable. Hablan de daños colaterales, de respuesta proporcional, de escalada, de geopolítica. Nunca dicen lo esencial: que matar sigue siendo matar aunque lo haga un Estado, aunque lo bendiga un himno, aunque lo justifique un mapa lleno de flechas.

Tú dejaste medio vaso de zumo a mi lado y me acariciaste la nuca como quien todavía cree que un gesto pequeño puede sujetar el mundo. A lo mejor no lo sujeta. A lo mejor apenas lo contradice. Pero algo es algo. Frente a su obsesión por la fuerza, nosotros aún pelamos fruta, tendemos la cama, besamos despacio, preguntamos “¿has llegado bien?”, encendemos una lámpara para que el otro no entre a oscuras. También eso es una forma de resistencia.

No es un lugar común. Es sentido común con la ropa manchada de siglos: matar no ha resuelto nunca nada. Solo cambia de dueño el miedo, de idioma el odio y de tumba el hijo.

Por eso, cada vez que ellos declaran una guerra, yo te abrazo un poco más fuerte. No por cobardía. Por inteligencia. Porque frente a su religión de la destrucción, todavía me parece más revolucionario seguir eligiendo la vida. La nuestra. La de cualquiera. La que tiembla, la que sangra, la que ama. La única que importa.

«La soledad también puede llamarse libertad; solo hay que saber vivirla y vivir de ella.» (Se ha escrito tanto sobre la soledad que una helenista y mujer como Jacqueline de Romilly no podía ser menos; nació el 26 de marzo de 1913 y probablemente en algunos momentos de su larga vida estuvo en libertad)

Sting plasmó en la canción del vídeo esa mezcla de violencia absurda y fragilidad humana: la guerra como estupidez repetida y, enfrente, lo único decente que nos queda, que es cuidar, tocar, amar, seguir vivos sin volvernos piedra.

La tassa esquerdada

Quan ella va deixar caure la tassa, ell no es va aixecar de seguida. Va mirar el terra com si allà s’hi hagués trencat alguna cosa més antiga. Després, amb els genolls cansats, va recollir els trossos un a un.

—Encara fem soroll per qualsevol cop —va dir ella.

—Sí, però ara sabem què no s’ha de llençar.

Van enganxar la nansa amb una paciència de gent gran i de gent enamorada. A fora, el món seguia practicant la seva brutalitat de sempre. A dins, dues mans tremoloses salvaven una cosa inútil. Potser l’amor era això: protegir la por de trencar-se.


miércoles, 25 de marzo de 2026

 

LA PAZ DEL ÁGUILA


El cartel colgaba torcido en la pared del despacho, como si hasta el clavo hubiera entendido tarde el chiste.

Arriba, en letras gordas, decía Pax Americana. Debajo, un águila enorme abría las alas sobre el mapa de Estados Unidos con la naturalidad de quien no vuela: ocupa. A un lado aparecían Hawai, Guam, las Marianas, Puerto Rico; al fondo, unos rayos que fingían amanecer y parecían otra cosa, una manera gráfica de decirle al mundo que la luz siempre viene del mismo sitio cuando el que dibuja también lleva el fusil.

Lo había comprado en una subasta un asesor joven de Washington, de esos hombres con mandíbula de anuncio dental y ojos de PowerPoint, para decorar la sala donde se reunían a hablar de orden internacional, fronteras, aranceles, disuasión, influencia, seguridad, liderazgo, es decir: dominación con corbata.

Nadie decía dominación. Eso sonaba romano, antiguo, casi sincero.

Aquella tarde yo estaba allí porque me habían contratado para catalogar unos documentos heredados de no sé qué fundación patriótica. Me tocaba poner fecha, contexto y una breve nota explicativa a piezas viejas que servían para justificar ideas nuevas. O quizá era al revés: ideas viejas con maquillaje nuevo. En política exterior pasa mucho. Cambian las pantallas, no las tripas.

—Bonito, ¿verdad? —me dijo el asesor, entrando con un café tan largo como su ambición.

Miré el cartel.

—Bonito no es la palabra que usaría un país sobrevolado por esa ave.

Él sonrió con esa condescendencia higiénica de los convencidos.

—Es historia. Estados Unidos garantizó estabilidad.

—Roma también.

—Exacto —dijo, encantado de que yo le hubiera puesto la pelota en el pie—. La pax romana. Carreteras, comercio, ley, prosperidad. Civilización.

—Y legiones.

No contestó enseguida. Sorbió café. Sonrió otra vez. En aquella sala se sonreía como se firma un embargo: sin mancharse.

—A veces —dijo— la paz necesita músculo.

Me dieron ganas de preguntarle cuántos músculos necesita un niño para dormir bajo una sirena, pero preferí seguir mirando el grabado. La verdad suele entrar mejor por los objetos que por la boca de los hombres.

En el dibujo, el águila no parecía feroz. Parecía inevitable. Ahí estaba la trampa. Roma también perfeccionó eso: lograr que el sometimiento pareciera destino, que la obediencia sonara a sensatez, que pagar tributo pareciera una forma inferior pero razonable de seguir vivo.

La pax romana consistía en decir: “No os matéis entre vosotros; ya os administramos nosotros la violencia”.

La pax americana, en su versión clásica, añadía algo más sofisticado: “Podéis llamarlo libertad mientras compráis nuestros productos, aceptáis nuestras bases, escucháis nuestra música y teméis nuestras sanciones”.

La diferencia entre Roma y Estados Unidos no estaba en la inocencia, que ninguno tuvo, sino en el decorado. Roma entraba con sandalias, estandartes y centuriones. América entró con portaaviones, préstamos, tratados, películas y la sonrisa blanqueada de quien bombardea por el bien común. Primero el águila, luego Hollywood, luego el dólar, luego el discurso sobre derechos humanos, y entre una cosa y otra, si hacía falta, los marines.

El joven asesor se había sentado al borde de la mesa. En la televisión sin sonido, detrás de él, Donald Trump hablaba en un atril rodeado de banderas. Movía la boca con ese gesto suyo de vendedor que no ofrece un producto sino una revancha. Yo no oía nada, pero no me hacía falta. Hay hombres a los que se les entiende demasiado bien sin volumen.

Se giró un momento para mirarlo.

—Él lo tiene claro —dijo—. Peace through strength.

Ya. La paz a través de la fuerza. Como si la historia no fuera un armario lleno de cadáveres envueltos en esa frase.

Trump no había inventado la pax americana. Ni de lejos. Lo suyo era más tosco y por eso, en cierto modo, más honesto. Otros presidentes habían llevado el mismo hierro dentro de un guante diplomático. Él prefería enseñar el puño, sacarlo en televisión, darle nombre comercial, ponerle arancel, muro, amenaza, humillación pública y una gorra con eslogan. Donde otros maquillaban el imperio con universidades, cumbres, fundaciones y palabras como “multilateralismo”, él entraba como un contratista enfadado que llega a una finca y pregunta quién manda allí sin esperar respuesta.

Su mérito, si puede llamarse así, consistía en quitarle poesía al engaño.

Roma decía: “Traemos orden”.

Washington dijo durante décadas: “Traemos democracia”.

Trump venía a decir: “Traemos trato. Y si no os gusta, también traemos castigo”.

Era la misma pax, pero sin latín y sin perfume.

El asesor, que ya se había puesto de pie otra vez, me pidió una ficha breve para el grabado.

—Algo elegante —dijo—. Algo sobre la proyección histórica de Estados Unidos como garante de la paz hemisférica.

Lo dijo sin pestañear. Hay gente que ha convertido la retórica en un gimnasio: levantan toneladas sin notar el peso de las palabras.

Saqué mi libreta. En lugar de escribir, recordé a Tácito, que sabía más de imperios que todos los tertulianos juntos. No lo cité en voz alta porque las citas solo sirven con quien aún siente vergüenza. Pero me vino aquella idea suya, seca y feroz, esa que más o menos dice que crean un desierto y lo llaman paz.

La paz del imperio siempre tiene algo de solar vacío. Calles limpias después de la redada. Mercados abiertos tras la invasión. Puertos funcionando mientras alguien cuenta desaparecidos. Paz para el inversor, miedo para el barrio. Seguridad para la ruta comercial, duelo para quien vivía debajo de la ruta.

Pensé en Roma pacificando provincias a golpe de disciplina y crucifixión ejemplar. Pensé en América pacificando regiones enteras con bloqueos, golpes blandos, bases militares, deuda o fuego, según conviniera. Pensé en Trump rescatando la versión más primaria de ese catecismo: América primero, los demás después, y si es posible de rodillas. Una pax de casino: el crupier sonríe, la banca siempre gana y el que protesta acaba fuera, sin ficha y sin voz.

—¿Lo tiene? —preguntó el asesor.

Lo miré. Detrás de él seguía el cartel con el águila desplegada, la geografía convertida en trofeo, el año 1898 como una fecha de boda entre la codicia y la propaganda.

—Sí —le dije.

Arranqué una hoja y le leí en voz alta:

“Litografía de finales del siglo XIX. Ejemplo temprano de propaganda imperial estadounidense. Reinterpreta la idea de la pax romana: no la paz entre iguales, sino la paz impuesta por una potencia que confunde estabilidad con obediencia. Su vigencia contemporánea reside en que todo imperio, cuando envejece, deja de disimular y llama paz a que nadie pueda discutirle el precio”.

El asesor me miró como si acabara de oler algo averiado.

—Eso no es exactamente lo que necesitamos.

—Ya lo sé —le dije—. Precisamente por eso es lo que significa.

Se hizo un silencio corto, de esos silencios que duran poco pero enseñan mucho. En la televisión, Trump alzaba una mano con la misma delicadeza con que un emperador habría pedido otro vino o una cabeza menos.

Entonces entendí que el cartel no estaba torcido por descuido.

Estaba torcido porque toda paz imperial acaba colgando así: sostenida, sí, visible, sí, pero vencida de un lado por el peso de lo que tapa.

«El poder actúa siempre de manera destructiva, empeñado en meter toda manifestación de la vida en el corsé de sus leyes.» (Esta frase no podía venir más que de un anarquista; Rudolf Rocker lo era y es suya. Nació el 25 de marzo de 1873 y fue figura clave del anarcosindicalismo en el siglo XX aunque como buen alemán era bastante organizado)

Johnny Burnette nació el 25 de marzo de 1934 es decir, hoy cumpliría 92 años. Llegó hasta pasados unos meses de los 30 así que dejó para el más allá muchos de sus sueños.

El llit dels dilluns

Ella dormia amb una cama fora del llençol, com si encara confiés en el món. Jo la mirava des de la vora del llit, amb aquella por tan ridícula de qui ha estimat tard i malament. Al carrer, el camió de les escombraries feia més soroll que la nostra història. Va obrir un ull i va dir:

—Encara hi ets?

No era tendresa. Era sorpresa.

Vaig somriure com somriuen els derrotats elegants.

—Només estava somiant.

Però no. Somiar és gratis. Quedar-se sempre surt car.


martes, 24 de marzo de 2026

LA MALDAD QUE SONRÍE

No siempre hace falta un arma para matar.

A veces basta una mesa de despacho, una voz baja, una sonrisa bien colocada y esa educación impecable que deja el crimen sin manchas.

Hay gente que no dispara, no apuñala, no grita. Hace algo peor: va empujando a otros hacia el borde con gestos pequeños. Una frase dicha “por tu bien”. Una duda sembrada con delicadeza. Una injusticia presentada como si fuera un trámite. Una humillación envuelta en cortesía. Y así, poco a poco, te van quitando el aire sin rozarte apenas.

Lo más cruel no es el daño. Lo más cruel es verlo venir.

Porque cuando uno es torpe, o ingenuo, o sencillamente vive distraído, todavía le queda el consuelo de no enterarse. Pero cuando entiendes el subtexto, cuando percibes el veneno detrás de cada palabra limpia, ya no hay refugio. Te quedas con la lucidez. Y la lucidez, aunque algunos la veneren, a veces no ilumina: disecciona. Te enseña la herida antes de que sangre.

Hay especialistas en matar a disgustos. Gente refinada. Gente correcta. Gente que te clava una frase entre las costillas y, acto seguido, te pregunta si te ocurre algo con una ternura casi administrativa. No dejan huellas visibles. Dejan insomnio. Dejan desgaste. Dejan esa fatiga del alma que luego nadie sabe fechar en un parte médico. Ese es su talento: hacer que el daño parezca una exageración tuya.

Después llegan las palabras nobles, siempre tan bien peinadas: equilibrio, prudencia, moderación, sentido común. Palabras limpias para tapar manos sucias. Porque hay quien contempla una injusticia con el mismo gesto con que elegiría un vino: sin alterarse demasiado. Hablan de valores mientras sostienen al miserable. Invocan la ética mientras premian la infamia. Y todavía se sorprenden de que uno acabe dudando de la condición humana.

Llevan máscaras, sí, pero ni siquiera hace falta que se las ajusten mucho: la costumbre ya se las ha pegado a la cara. Fingen afecto, interés, cercanía. A veces hasta admiración. Lo hacen tan bien que durante un segundo casi caes. Casi. Pero el cuerpo no suele equivocarse. El cuerpo sabe antes que la cabeza. Nota la traición en la nuca, en el estómago, en la forma en que se te enfría la sangre cuando alguien te sonríe demasiado.

Por eso he acabado pensando que lo que más destruye no es el golpe franco, ni el enemigo declarado, ni la violencia que enseña los dientes. Lo que más destruye es la hipocresía. La calumnia con perfume. La crueldad con modales. Esa forma de maldad que no necesita levantar la voz, porque ha aprendido algo mucho más eficaz: te sonríe. 

«No hay plazo que no llegue ni deuda que no se pague.» (La tan acertada y anterior frase fue pronunciada por Gabriel Téllez más conocido en todos los libros de literatura por Tirso de Molina, uno de los grandes del teatro del Siglo de Oro. Nació el 24 de marzo de 1579 y sabía muy bien lo que se decía y escribía)

Hay músicas que reconoces desde el primer acorde de la canción. La del vídeo es una de ellas y hoy viene a cuento porque el bajo del grupo, Dougie Thomson, cumple 75 años. La película también se reconoce con solo ver a los protagonistas ¿a qué si?

L’últim soroll del passadís

Quan ella va dir que marxava, ell va assentir com si li confirmessin una avaria antiga.

—No em miris així.

—Així com?

—Com si jo fos la ruïna.

Va sentir les claus, la porta, l’ascensor. Tot molt domèstic. Tot molt final. A la cuina, el rellotge continuava fent feina de funcionari mentre el sopar es refredava amb una dignitat absurda.

Ell va seure davant la cadira buida i va comprendre la burla: no li feia por perdre-la a ella. Li feia por quedar-se sol amb l’home que havia estat mentre la tenia.


lunes, 23 de marzo de 2026

 

MASTERCLASS


Nos hicieron bajar al salón de actos a las once. Dijeron que venía “un referente para la juventud”. Esa frase ya traía dentro fluorescentes, PowerPoint y café de máquina, pero bajamos igual, arrastrando mochilas, acné y sueño.

En el escenario habían puesto una pantalla gigante, dos focos y una botella de agua con la etiqueta bien girada hacia delante, como si hasta el agua quisiera salir en la foto. La directora sonreía con esa alegría administrativa que solo aparece cuando hay cámaras. A su lado, el invitado: un chico de dientes perfectos, bíceps de gimnasio y vocabulario de ascensor. Famoso por hacerse vídeos diciendo que madrugar, visualizar y quererse mucho eran la clave del éxito.

—Yo no leo —dijo entre risas—. Para aprender, la calle. Y para triunfar, actitud.

El salón de actos aplaudió como si acabara de citar a Séneca.

Un profesor de Filosofía, interino, sentado en la última fila, bajó la cabeza. Lo vi porque estaba a dos asientos de mí. Tenía la americana gastada en los codos, ojeras de corregir exámenes y esa dignidad algo derrotada de los hombres que todavía subrayan libros con lápiz. Llevaba meses encadenando sustituciones, cobrando tarde y mal, y aquella misma semana le habían dicho que quizá en junio no renovaba. En otro país, pensé, a ese hombre le habrían dado una cátedra. Allí le daban una silla plegable y un silencio educado.

El chico del escenario siguió repartiendo frases como quien lanza caramelos en una cabalgata.

—La cultura está sobrevalorada. Hoy todo está en internet.

Otra ovación.

Una alumna de primero levantó la mano y preguntó qué se hacía cuando en casa no había dinero, ni contactos, ni tiempo para “emprenderse a una misma”, que fue la expresión exacta. El referente la miró con compasión fotogénica y respondió:

—Mentalidad. La pobreza empieza aquí —y se tocó la sien, muy convencido de su cerebro, que parecía recién alquilado.

Hasta la directora sonrió.

Al terminar, le entregaron una placa. “Por inspirar a nuestros jóvenes”. El fotógrafo pidió otra foto porque en la primera no se veía bien el lema del instituto. Mientras tanto, el profesor de Filosofía salió por una puerta lateral con una caja de cartón entre los brazos: dos libros, una libreta, una taza desconchada, un jersey para el frío del aula.

Nadie le hizo fotos.

Los chicos se fueron repitiendo las frases del escenario como si fuesen un himno. El hombre que sabía pensar cruzó el patio solo, con los hombros un poco vencidos y la caja pegada al pecho, como quien rescata lo poco que aún no le han quitado.

Entonces entendí que la mediocridad no gana porque brille más.

Gana porque cobra entrada, pone focos y consigue que el talento salga por la puerta de servicio.

«Los países poco armados pueden ir a la guerra con la misma facilidad que los armados hasta los dientes, si no se eliminan las causas habituales de la guerra.» (Ludwig Quidde nació el 23 de marzo de 1858 para ser premio nobel de la Paz en 1927; le dio tiempo, además, de exiliarse de su país, Alemania, cuando los nazis alcanzaron el poder. Como todos los premios nobeles de la Paz se sentiría muy decepcionado al ver como no hemos eliminado las causas de la guerra. Hay hasta quién se inventa esas causas)

Ric Ocasek que era el cantante del grupo The Cars, cumpliría hoy 82 años. Llegó con su coche, despeinado, polvoriento y con 6 hijos de 3 matrimonios,  hasta los 75. 


El copilot

Ell conduïa com estimen els covards: sense mirar gaire, però exigint fe.

—Confia en mi.

I ella, que ja tenia una edat i prou ferides per no confondre volant amb destí, va mirar la carretera negra, els llums trèmuls, la seva mà massa segura.

—No —va dir.

Va baixar del cotxe enmig de la nit. Feia fred. Feia por. Feia vida. Ell va marxar ofès, com marxen els homes acostumats a ser porta i paret.

Ella es va quedar sola a la cuneta, sí, però per primer cop no anava d’acompanyant.


domingo, 22 de marzo de 2026

 

LA GENTE BRÚJULA


La gente suele presentarse como brújula, pero funciona como veleta: hoy te marca norte con la solemnidad de quien jura lealtad, y mañana gira al sur con la naturalidad de quien cambia de canción. Sin explicación. Sin aviso. Sin que tú hayas tocado nada. Un golpe de timón y ya está: una de cal, otra de arena, y tú con la boca llena de polvo intentando entender en qué minuto exacto dejaste de merecer el mismo trato.

Por eso hay una prudencia que no sale en las películas: no poner tu vida —tu calma, tus planes, tu futuro— en manos de alguien capaz de soltarte cuando más pesas. Porque hay personas que no abandonan cuando todo va bien (eso lo hace cualquiera), abandonan cuando te ven vulnerable, cuando ya no eres aplauso sino responsabilidad. Y ahí es donde se sabe si había amor o solo había costumbre; si había compromiso o solo conveniencia con buena educación.

Lo temible no es que cambien de opinión: lo temible es que te construyan una dependencia. Una telaraña fina, casi elegante, hecha de mensajes tibios, promesas a medias, gestos que parecen cuidado y son control. Te van envolviendo sin ruido, y cuando por fin te das cuenta, no estás enamorado: estás atrapado. Y cuesta salir porque la trampa no está en el otro, está en tu propia necesidad de creer.

Al final la falta de amor no siempre llega con gritos. A veces llega con eficiencia: te usan, te exprimen, te sostienen lo justo para que sigas sirviendo y, cuando ya no les vales, te desechan como un objeto que estorba. Sin moral, sin culpa, con la coartada moderna de que “cada uno mira por sí mismo”. Un mundo donde todo vale… hasta que te toca a ti.

«Ideas suelen durar un día; los sentimientos y los sueños, casi para siempre.» (Gabrielle Roy nacida el 22 de marzo de 1909 para ser novelista y retratar la vida cotidiana de la gente humilde, aunque ella no lo fuese. Es verdad que las ideas duran muy poco y es de esperar que siempre, siempre tengamos sueños y sentimientos)

¡Como pasa el tiempo! hoy hace 63 años que The Beatles lanzaron su primer éxito: ¡Please me, please mi!

La fam de dir-ho

Va entrar al bar amb aquella cara de no haver estat estimada bé en tota la setmana. Jo li vaig oferir foc, tot i que no fumava. Ella va riure, que ja era una manera bastant indecent d’acostar-se. Vam parlar poc: dues mentides petites, tres silencis útils i una set antiga fent soroll sota la taula. Quan em va dir “sigues amable”, vaig entendre una altra cosa. De vegades l’amor no arriba com una promesa, sinó com una súplica mal dissimulada. I tothom, tard o d’hora, vol que algú li digui que sí amb el cos sencer.