CUANTO
MÁS OS CONOZCO
Cuanto más conozco a los hombres
y a las mujeres, más me gustan los animales. No porque sean mejores en un
sentido moral, que eso también es una vanidad muy humana, sino porque no
esconden lo que son debajo de una frase bonita. Un animal no te promete abrigo
para dejarte luego a la intemperie. No te mira con hambre y lo llama amor. No
te ofrece casa mientras va cerrando puertas por dentro.
Ellos viven en la verdad desnuda
del cuerpo. Si temen, retroceden. Si aman, se arriman. Si sufren, gimen o
callan, pero no convierten el daño en discurso ni la traición en costumbre.
Nosotros, en cambio, hemos aprendido a decorar la crueldad. Le ponemos educación,
explicaciones, palabras suaves, esa cobardía elegante que consiste en herir sin
alzar la voz.
A veces pienso que la tristeza de
algunas personas no nace de lo que les hicieron, sino de lo que tardaron en
entender. Ese instante miserable en que descubres que aquella ternura era
cálculo, que aquella espera no era amor sino comodidad, que aquella mano que
parecía salvarte solo estaba comprobando cuánto tardabas en hundirte. Y
entonces uno recuerda a un perro apoyando la cabeza en una rodilla con una fe
silenciosa, a un caballo nervioso antes de la tormenta, a un pájaro pequeño
defendiendo su nido con un coraje que no presume, y siente vergüenza de nuestra
especie, tan llena de palabras y tan vacía a la hora decisiva.
Los animales no saben fingir. Por
eso descansan. Por eso consuelan. Por eso, incluso cuando muerden, hay en su
violencia una sinceridad que casi conmueve.
Lo terrible no es que existan
bestias.
Lo terrible es que muchas
aprendieron a hablar, a vestirse bien y a decir “te quiero” sin sentir el menor
temblor.
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