LO QUE
ÁFRICA DEJA DENTRO
Hay lugares que no se visitan:
te atraviesan.
Primero fue el árbol seco,
levantando sus brazos negros contra el cielo, como si todavía discutiera con
Dios después de siglos de intemperie. Luego el camino roto, lleno de agua y
barro, ese idioma de la tierra cuando quiere decirte que pasar no es gratis,
que toda belleza exige una pequeña derrota de los zapatos, del miedo o de la
comodidad. Después llegaron los elefantes, inmensos y serios, avanzando con su
lentitud de catedrales vivas; las jirafas, en cambio, parecían dos pensamientos
enamorados inclinándose el uno hacia el otro; y los hombres masáis, envueltos
en color, quietos como si conocieran un secreto antiguo que nosotros, con
nuestras prisas y nuestras cámaras, ya no sabremos descifrar nunca.
El río, visto desde arriba, no
corría: recordaba. Se retorcía por la llanura como una cicatriz brillante, como
una frase escrita por alguien que supo amar el mundo sin necesidad de poseerlo.
Y al entrar en el Serengeti, entre polvo, nubes y coches diminutos, uno
comprendía algo incómodo y hermoso: que la inmensidad no está hecha para
acogerte, sino para colocarte en tu sitio.
Y luego el baobab. Su vientre
abierto. Su sombra. Yo solo dentro, sonriendo. Pero no estaba solo. Me acompañaban todos los paisajes que ya se le habían metido en la sangre. Porque
hay viajes que no terminan cuando deshaces la maleta. Terminan mucho después,
una tarde cualquiera, cuando descubres que miras el cielo de tu ciudad y lo
notas demasiado bajo, demasiado domesticado, demasiado obediente.
Entonces entiendes la verdad:
no volviste igual.
Volvió tu cuerpo. Lo demás se
quedó allí, pastando entre nubes, barro, árboles y silencio.
«Quien entra en la sabana mirando animales, sale viéndose a
sí mismo.» (Proverbio africano)






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