CORAL CUMPLE SIETE
En casa han puesto globos, una tarta que amenaza con desmoronarse y una vela testaruda que se empeña en inclinarse como si también quisiera soplarla. Los adultos hablamos del número mágico, del siete como si fuera una contraseña universal: siete días, siete colores, siete vidas, siete… excusas para sentir que hoy tiene un brillo extra.
Pero entonces llega ella.
Entra con las rodillas raspadas y una diadema torcida, arrastrando una risa que no pide permiso. Huele a merienda a medias y a juego. Se acerca a la tarta con la solemnidad de quien va a firmar un tratado, y antes de que nadie diga nada, me mira como si yo fuera el regalo.
—Padrí, ja soc gran —me suelta, con esa seguridad que solo tienen los que todavía no han aprendido a dudar.
Y lo hace: me convierte en alguien menos cansado. Me endereza la tarde. Me afloja por dentro el nudo invisible que uno se pone sin darse cuenta.
Sopla.
La llama se apaga, y durante un segundo el mundo se queda quieto, como esperando instrucciones. Luego su risa lo reanuda todo: los platos, las fotos, las prisas, la vida.
Ahí lo entiendo, por fin.
No es la magia del siete.
Es la magia de Coral, que no suma años: los enciende.
Merla a l’ampit
Vaig obrir la finestra i el matí em va entrar com un correu sense segell: fred, directe, honest. A l’ampit, una merla em mirava amb aquella calma que només tenen els animals i els culpables. Jo tenia la casa plena de silencis: factures, una tassa amb llavi de pintallavis antic, i el meu nom dit massa vegades per ningú.
La merla va fer un salt—no per fugir, sinó per provar l’aire.
I jo, que sempre he esperat permís, vaig entendre tard: les ales no s’expliquen, s’estrenen.
