DEVUÉLVANME A ULISES
El
otro día fui a ver La Odisea.
Me
gustan esas películas en las que uno entra en el cine dispuesto a aceptar que
los dioses se enfaden, los mares tengan mala leche y un hombre tarde diez años
en volver a casa sin que nadie le pregunte por qué no ha llamado.
Mitología,
historia y una puesta en escena de esas que obligan a preguntarse cuánto habrá
costado cada ola. La película lo tiene todo: batallas, monstruos, héroes,
traiciones, sirenas y hombres mirando al horizonte como si acabaran de
comprender algo importantísimo sobre la existencia.
Es
diferente.
Mientras
las demás películas de la cartelera intentan entretenerte durante dos horas,
esta quiere recordarte que llevamos tres mil años huyendo de los mismos
monstruos. Antes tenían un solo ojo. Ahora te envían correos electrónicos.
Yo
estaba entregado.
Hasta
que alguien pronunció su nombre:
—Odiseo.
Aquello
fue un bombazo en la línea de flotación.
¿Odiseo?
Perdón,
pero no.
Ulises.
Se
llama Ulises.
Ulises
es un héroe. Ulises gobierna Ítaca, conquista Troya, engaña a un cíclope y
sobrevive al canto de las sirenas. Odiseo, en cambio, parece una maruja griega
que sacude el mantel desde un balcón y grita:
—¡Penélope,
dile a Telémaco que suba, que se enfría la musaca!
Cada
vez que en la película pronunciaban «Odiseo», yo dejaba de ver a Matt Damon
enfrentándose al destino y me imaginaba a una señora de Salónica discutiendo
con el pescadero.
—¿A
cuánto tiene hoy las sardinas?
—A
doce euros.
—Pues
póngame cuarto y no me engañe, que lo conozco.
Lo
comenté en voz baja.
—No
pueden llamarlo así. Es un insulto a Homero.
Mi
acompañante me miró como se mira a quien empieza a estropear una película que
ha costado doscientos cincuenta millones.
—Pero
si se llamaba Odiseo.
—Se
llamaba Ulises.
—Odiseo.
—Ulises.
—Búscalo.
No
quise buscarlo. Uno no compra una entrada para acabar consultando una
enciclopedia a oscuras. Además, yo llevaba toda la vida sabiendo que se llamaba
Ulises. Había crecido con él. Había estudiado sus viajes. Hasta había visto Ulises
31, que no era exactamente Homero, pero tenía naves espaciales y un cíclope
electrónico, lo cual mejoraba bastante el original.
Al
salir del cine busqué el nombre.
Odiseo
era el nombre griego.
Ulises,
la versión latina.
Es
decir, que Homero lo llamó Odiseo y fuimos nosotros quienes, después de siglos
de traducciones, imperios y declinaciones, decidimos rebautizarlo como Ulises.
El
insulto a Homero lo estaba cometiendo yo.
Pero
una cosa es la filología y otra la dignidad.
Acepto
que Odiseo sea históricamente correcto. Acepto que los helenistas sepan más que
yo. Incluso acepto que Homero, de haber tenido teléfono, me habría bloqueado.
Pero
Ulises suena a viaje.
Ulises
tiene sal, cicatrices y noches sin luna. Es un nombre que puede permanecer
atado al mástil mientras las sirenas prometen todo aquello que un hombre lleva
años deseando escuchar.
Odiseo
suena a funcionario del Ayuntamiento de Ítaca.
—Le
falta una copia del formulario de regreso.
—He
estado veinte años fuera.
—Eso
deberá acreditarlo.
—He
luchado en Troya.
—¿Trae
justificante?
Sé
que no tengo razón. Y eso es lo peor. Porque hay nombres que no pertenecen a la
historia, sino a nuestra memoria. Nos los enseñaron de una manera y ya no
admiten correcciones sin que sintamos que nos están cambiando el pasado.
Desde
aquel día procuro llamarlo Odiseo.
Pero
cuando nadie me oye, sigo llamándolo Ulises.
Al
fin y al cabo, después de veinte años intentando volver a casa, el hombre
merece que al menos alguien recuerde cómo se llamaba cuando se marchó.
«El mundo se parece a
un teatro de aficionados: no está bien disputarse los papeles protagonistas
mientras se rechazan los secundarios. Todos los papeles son buenos si se
interpretan con arte y no se toman demasiado en serio» (Bolesław Prus nacido el
20 de agosto de 1847 para ser escritor, periodista y pensador polaco. No consta
que fuese ni actor ni autor teatral pero dirigió con mucho acierto sus frases)
Robert Plant cumple 78 años este 20 de agosto. Ya no canta en Led Zeppelin: se separaron en 1980 y nos dejaron unas cuantas toneladas de amor. La canción del vídeo lo testifica.
La
paret del veí
Cada
nit sentíem els veïns discutir a través de la paret. Nosaltres apujàvem el
volum i deixàvem que la guitarra descordés allò que els anys havien anat
lligant. Ella ballava descalça; jo fingia que els genolls no em feien mal.
Aquella
nit, a l’altra banda, es va fer silenci.
L’endemà,
la veïna em va aturar a l’ascensor.
—Poseu-la
més alta —va dir—. A veure si ell recorda com m’estimava.







