martes, 6 de octubre de 2026

 

TRES DÍAS

El viernes perdí una votación.

Bueno, yo no. Pedro Sánchez.

Pero en política, cuando uno contempla estas cosas desde el sofá, acaba utilizando la primera persona porque todos pagamos el mando a distancia.

Era viernes 2 de octubre. Dos decretos sobre vivienda llegaron al Congreso y el Congreso dijo que no. El primero cayó por 172 votos frente a 178; el segundo, por 166 frente a 184.

Hasta ahí, democracia parlamentaria.

Uno propone. Los diputados votan. Se cuentan los votos. Gana el que tiene más.

Un sistema bastante sencillo mientras el resultado gusta.

El problema empieza cuando no gusta.

Pedro Sánchez subió a la tribuna, defendió los decretos y avisó a quienes iban a rechazarlos de que la historia los juzgaría.

La historia, al parecer, tenía prisa.

Tres días.

El lunes 5 de octubre Sánchez anunció elecciones generales para el 29 de noviembre. Las Cortes se disuelven.

Podría terminar aquí.

Gobierno sin mayoría suficiente, derrota parlamentaria, elecciones y que decidan los ciudadanos.

Incluso resultaría clásico.

Pero hoy es martes.

Y ahí mejora la historia.

Porque mañana el Consejo de Ministros volverá a aprobar medidas de vivienda similares a las que el Congreso rechazó el viernes. Solo que ya no tendrán que volver a aquel Congreso.

Aquel Congreso estará disuelto.

Las votará la Diputación Permanente.

Y allí las cuentas son otras.

Junts, cuyo voto contribuyó el viernes a derribar los decretos, deja de ser imprescindible. PSOE, Sumar y sus aliados pueden encontrar una mayoría que hace tres días no existía en el Pleno.

Reconozco que hay algo fascinante en la mecánica.

El viernes pierdes.

El lunes disuelves el lugar donde perdiste.

El martes vuelves a presentar aquello que perdió.

Y unos días después lo vota otro órgano donde los números te resultan mejores.

No sé si Maquiavelo tenía una Diputación Permanente. De haberla conocido quizá El príncipe habría necesitado un apéndice.

Y cuidado: las reglas son las reglas.

La Constitución prevé que, una vez disueltas las Cortes, la Diputación Permanente siga ejerciendo determinadas funciones. Entre ellas está precisamente la de pronunciarse sobre los decretos-leyes.

Nada clandestino.

Nada ocurre de madrugada en un sótano de la Moncloa con un funcionario falsificando actas.

Todo está a la vista.

Quizá por eso resulta más interesante.

Porque algunas discusiones políticas no empiezan cuando alguien incumple las reglas.

Empiezan cuando alguien descubre hasta dónde permiten llegar.

El viernes, el Congreso dijo no.

No dijo «ya veremos».

No dijo «pregúntenos otra vez el martes».

Dijo no.

Y ese no tenía detrás 350 diputados elegidos por los ciudadanos.

Hoy el Gobierno vuelve a intentarlo porque la Constitución le permite seguir gobernando, también después de convocar elecciones. Y la Diputación Permanente existe precisamente para que el Estado no quede suspendido durante unas semanas.

Eso también es democracia.

Pero queda una pregunta dando vueltas.

Si cada vez que el Parlamento rechaza un decreto el Gobierno puede reproducirlo pocos días después y buscar una votación en un órgano con una composición más favorable, ¿qué significa exactamente perder una votación?

Quizá significa perderla el viernes.

Que ya es bastante.

Durante el fin de semana.

Aquí conviene separar dos cuestiones que suelen mezclarse.

Una es la vivienda.

Los decretos pueden ser buenos, malos, insuficientes o desastrosos. Pueden proteger a personas vulnerables o provocar efectos indeseados. Se puede estar a favor o en contra.

Esa discusión merece hacerse.

La otra cuestión es ésta:

¿puede un Gobierno utilizar todas las posibilidades que le ofrece el sistema para obtener el martes lo que el Parlamento le negó el viernes?

La respuesta jurídica quizá termine dándola algún día el Tribunal Constitucional.

La política tiene menos paciencia.

Porque Pedro Sánchez ha conseguido algo curioso.

El 29 de noviembre nos pide que decidamos quién debe tener la mayoría.

Y mientras esperamos para decidirlo, intentará utilizar mañana otra mayoría.

La que ya tiene.

En otro sitio.

Supongo que eso también forma parte del oficio.

Gobernar consiste en contar votos.

Y cuando los votos no salen, contar diputados.

Y cuando tampoco salen los diputados… contar qué diputados están sentados en cada sala.

El viernes había 350.

Ahora habrá muchos menos.

Las matemáticas son una ciencia exacta.

La política ha aprendido a escoger la calculadora.

«Tuve demasiado, demasiado pronto: demasiado éxito fácil, demasiado dinero, demasiada experiencia sin asimilar.» (Ethel Mannin nacida el 6 de octubre de 1900 era escritora, no futbolista)

Patxi Andión hubiese cumplido hoy 79 años pero se quedó en 72 por culpa de su Range Rover o de él. Una, dos y tres lo que usted no quiera para l@s polític@s es... y lo que quiera, también.


El preu dels records

Diumenge va posar la vida damunt d’una manta.

Una ràdio espatllada, dos rellotges, les cartes d’ella i l’anell.

A l’última carta només hi havia una frase:

«Queda-te’l. Sempre t’has estimat més les coses que les persones.»

—Quant?

Un noi assenyalava l’anell.

—Tres euros.

Una, dues i tres monedes.

El va veure desaparèixer dins una butxaca aliena i va somriure.

A casa, en rentar-se les mans, va descobrir la marca blanca al dit.

Va pensar en ella.

En aquella frase.

I va entendre que, fins i tot absent, encara sabia on fer-li mal.

 


lunes, 5 de octubre de 2026

 

ME SIGUEN

Ando inquieto.

Todo empieza por la mañana, justo después de apagar la alarma del móvil. Todavía no he conseguido abrir del todo los ojos cuando aparecen las notificaciones.

«Ha comenzado a seguirte».

Y debajo, una arroba seguida de un nombre que no conozco de nada.

A mí eso de que me sigan nunca me ha hecho demasiada gracia. Excepto, claro está, en estos mundos virtuales, donde uno parece medir su importancia por la cantidad de desconocidos que van detrás de él. Pero reconozco que últimamente empiezo a preocuparme.

Porque no sé quiénes son.

Ni qué quieren.

Esta mañana, por ejemplo, he salido de casa camino del trabajo y a los pocos metros he reparado en un hombre que caminaba detrás de mí. He acelerado. Él también. He aminorado el paso. Él ha aminorado.

Mala señal.

Al llegar al semáforo me he colocado de lado, disimuladamente, para no darle la espalda. Uno ha visto demasiadas películas como para quedarse tranquilamente junto al bordillo con un individuo siguiéndole.

El hombre me ha mirado.

Yo lo he mirado.

Ha dado un paso hacia mí.

He dado dos hacia atrás.

—Perdone —me ha dicho—, ¿va a cruzar?

No he contestado.

Con esa gente nunca se sabe.

Al llegar al despacho he comprobado el móvil.

Tres personas más habían comenzado a seguirme.

Esto se está poniendo serio.

No quiero caer en la paranoia, pero tendré que tomar medidas. Cambiar de itinerario. Mirar de vez en cuando hacia atrás. Evitar calles poco transitadas. Quizá incluso avisar a la policía.

Aunque, pensándolo bien, existe una solución mucho más sencilla.

Voy a borrar mi cuenta de Instagram.

A ver quién tiene narices de seguirme ahora.

«No habrá paz en este planeta mientras los derechos humanos sean violados en cualquier parte del mundo.» (Largo, difícil, casi imposible, es la paz preconizada por René Cassin nacido el 5 de octubre de 1887. Por decir eso le dieron el Nobel de la Paz en 1968… y eso que también era juez)

Hoy hace justo 64 años del lanzamiento del primer sencillo de The Beatles, Love me do (Quiéreme) Como decía aquél: no hace falta decir nada mas.


Nomès calia dir-ho

Ella mai no li va demanar grans coses.

—M’estimes?

Ell assenyalava les flors, l’aixeta arreglada, el cafè fet.

—No n’hi ha prou?

Durant quaranta-tres anys, ella va aprendre a traduir-lo. I va acabar cansada de fer d’intèrpret.

Quan ell va morir, va trobar una nota dins la cartera, doblegada quatre vegades.

«T’estimo.»

La va llegir dues vegades.

Després va riure. Un riure sec, gairebé lleig.

—Ara sí que saps dir-ho, cabró.

Va pensar a estripar-la.

No ho va fer.

La va tornar a guardar.

No per amor.

Per tenir, almenys una vegada, l’última paraula.


domingo, 4 de octubre de 2026

 

LA PRENDA CONSTITUCIONAL

Siempre he pensado que el tanga es la prenda más democrática que existe.

Y no lo digo por lo que enseña, que también podría dar para un debate parlamentario largo, con varias enmiendas y alguna dimisión, sino por su impecable arquitectura constitucional.

Obsérvenlo.

Separa con absoluta equidistancia la izquierda de la derecha, procurando que ninguna de las dos invada el territorio de la otra. Entre ambas protege el centro, estrecho, ciertamente, pero centro al fin y al cabo. Y ya sabemos lo difícil que resulta mantenerse en el centro sin acabar escorado hacia algún lado.

Además, cada cual puede defender su propio punto de vista.

De frente, una cosa.

De perfil, otra.

Y por detrás…

Bueno, por detrás suele alcanzarse el mayor consenso.

Ahí desaparecen las discrepancias ideológicas, los programas electorales, las líneas rojas y hasta las promesas incumplidas. El pueblo deja de discutir y dirige la mirada hacia un mismo lugar.

Eso, en política, sucede pocas veces.

Por supuesto, existen tangas conservadores, discretos, casi clandestinos. Los hay progresistas, partidarios de enseñar cuanto sea posible. Algunos son revolucionarios y parecen decididos a abolir directamente la tela. También están los moderados, que cubren lo imprescindible y procuran no meterse en líos.

Pero todos respetan el principio fundamental: izquierda, derecha y centro deben convivir dentro de la misma prenda.

Quizá por eso, cuando escucho a nuestros políticos discutir sobre cómo salvar la democracia, pienso que deberían abandonar por un momento el Congreso y entrar juntos en una tienda de lencería.

No sé si encontrarían la solución.

Pero, al menos, durante unos minutos todos estarían mirando hacia el mismo sitio.

«Nosotros, los representantes elegidos de la nación, somos responsables y, en gran medida, hemos fracasado en la importante tarea de recuperar la confianza del país.» (Esta frase profundamente sincera y veraz ha sido pronunciada por una señora de nombre impronunciable para nosotr@s: Jóhanna Sigurðardóttir nacida el 4 de octubre de 1942, así que aún la podemos felicitar por cumplir años. Profesionalmente se dedicó a azafata de vuelo y, después, fue primera ministra de su país, Islandia, entre 2009 y 2013 del que tod@s debemos aprender mucho)

Jim Fielder que hoy cumple 78 años le costó "sangre, sudor y lágrimas" integrarse como bajista en el grupo Blood, Sweat & Tears; eso si, cuando lo consiguió lo hicieron muy feliz tal y como lo cantan en el vídeo.


Gràcies per marxar

Quan em vas deixar, vaig passar tres setmanes dormint al teu costat sense tu: al teu coixí, a la teva tassa, al raspall de dents que no gosava llençar.

Després vaig començar a ocupar el llit.

Vaig comprar vi que no t’agradava. Vaig tornar a cantar malament a la dutxa. Un dissabte vaig sortir sense avisar ningú.

Ahir et vaig veure pel carrer.

—Et trobo bé —vas dir.

Vaig somriure.

No vaig saber com donar-te les gràcies.


sábado, 3 de octubre de 2026

 

SE SIGUIÓ EL PROTOCOLO

Hay frases que deberían dar miedo.

«Se siguió el protocolo» es una de ellas.

Christa Pike estaba atada a una camilla. Tenía cincuenta años y llevaba casi treinta esperando que llegara aquel día. Le administraron una dosis de pentobarbital. No murió. Después otra. Tampoco. Seguía respirando.

Y alguien debió mirar el reloj.

No sé qué se hace en esos momentos. Imagino que se consulta un manual. Se llama a alguien. Se pregunta si existe una casilla para marcar cuando el muerto previsto se obstina en continuar vivo.

La muerte administrativa debe de tener sus inconvenientes.

Porque una cosa es morirse y otra muy distinta que te maten con cita previa.

En el primer caso, el corazón se para cuando quiere. En el segundo hay funcionarios, abogados, testigos, horarios, agujas, formularios. Todo perfectamente organizado para conseguir un resultado bastante sencillo: que una persona que está viva deje de estarlo.

Y aquella noche no funcionó.

Conviene decir algo antes de continuar.

Christa Pike fue condenada por el asesinato de Colleen Slemmer. Una joven de diecinueve años murió brutalmente. Hubo unos padres, una familia, una vida arrancada. Nada de lo ocurrido aquella noche en la cámara de ejecución cambia eso. La compasión hacia una persona no necesita borrar a otra para existir.

Precisamente ahí empieza la parte difícil.

Porque matar es una palabra desagradable y hemos aprendido a sustituirla por otras más limpias.

«Ejecutar una sentencia».

«Aplicar la pena capital».

«Administrar una inyección letal».

«Cumplir el protocolo».

El lenguaje tiene una extraordinaria habilidad para ponerle guantes blancos a determinadas cosas.

Pero debajo de las palabras había una mujer atada a una camilla.

Una aguja.

Luego otra.

Y alguien esperando.

Esperando que muriera.

Me impresiona especialmente ese verbo: esperar.

Hay personas que esperaban fuera de una habitación a que nacieran sus hijos. Otras esperan noticias después de una operación. Esperamos trenes, llamadas, resultados médicos, personas que llegan tarde.

Aquella noche había gente esperando una muerte.

Y la muerte llegó tarde.

Entonces ocurrió algo difícil de encajar incluso dentro de nuestra capacidad para acostumbrarnos a casi todo: tuvieron que llevarla a un hospital.

Una ambulancia.

Médicos.

Tratamiento.

Salvarle la vida.

A la misma persona cuya muerte se había estado intentando provocar unos minutos antes.

No sé qué conversación se produce en una ambulancia así.

—¿Qué ha ocurrido?

—La hemos intentado ejecutar.

—¿Y ahora?

—Ahora hay que salvarla.

Quizá ningún diálogo explique mejor la contradicción.

No hace falta convertir a Christa Pike en inocente. No lo era según la sentencia que la condenó. Tampoco hace falta olvidar a Colleen Slemmer. Sería otra injusticia.

La pregunta incómoda aparece después.

Qué hacemos nosotros con la muerte cuando decidimos organizarla.

Porque entonces hay que fijarle una fecha, preparar una habitación, escoger una sustancia, sujetar unos brazos y esperar a que el cuerpo obedezca.

Y los cuerpos, a veces, no obedecen.

Respiran.

Resisten.

Se aferran a esa costumbre tan animal y tan poco jurídica de seguir vivos.

Después llegarán las investigaciones. Los expertos determinarán qué falló. Tal vez una vía. Tal vez la dosis. Tal vez el procedimiento. Habrá informes, responsabilidades, conclusiones.

Todo eso podrá averiguarse.

Hay otra pregunta bastante más difícil de responder.

Aquella noche una ambulancia salió de la prisión con las luces encendidas.

Dentro viajaba una mujer a la que llevaban deprisa al hospital para evitar que muriera.

Unos minutos antes, también tenían prisa.

Pero para lo contrario.

«Quién pudiera como tú, a la vez quieto y en marcha, cantar siempre el mismo verso pero con distinta agua.»  (Gerardo Diego nacido el 3 de octubre de 1896 para convertir al río en una hermosa imagen del tiempo y también de la poesía: algo permanece mientras todo cambia)

Lindsey Buckingham es compositor y guitarrista nacido el 3 de octubre de 1949 en los EEUU. Sus mejores composiciones las hizo con la banda Fleetwood Mac allá por los años 80 del siglo pasado.

La maleta buida

Cada primavera, l’àvia treia una maleta de sota el llit.

No hi posava roba. Només l’obria, s’asseia davant i esperava.

—On vas, àvia?

—Lluny.

L’endemà la maleta tornava a ser sota el llit.

Quan va morir, la mare va voler llençar-la. Jo me la vaig quedar.

Avui l’he oberta per primera vegada.

A dins hi havia una fotografia: l’àvia, molt jove, descalça davant d’una caravana. Al seu costat, un home que no era l’avi.

Al darrere, dues paraules:

«Encara t’espero.»

He tancat la maleta.

Demà me l’emporto.


viernes, 2 de octubre de 2026

 

LA LETRA PEQUEÑA

Vendió el coche, hipotecó la casa y pidió una excedencia en el trabajo.

Su mujer le preguntó si estaba seguro.

—Completamente.

Llevaba quince años estudiando mapas, vídeos censurados, fotografías sospechosas de la NASA y testimonios de personas que hablaban durante dos horas delante de una webcam sin pestañear. Sabía que la Tierra era plana. Lo sabía con esa seguridad que solo proporciona no admitir ninguna prueba en contrario.

Cuando Columbia anunció que entregaría «la empresa» a quien demostrase la existencia del borde del mundo, sintió que, por fin, la Historia llamaba a su puerta.

Preparó la expedición.

Compró botas Columbia, chaqueta Columbia, mochila Columbia y unos pantalones Columbia con tantos bolsillos que durante el viaje perdió tres veces el pasaporte dentro de ellos.

Tardó nueve meses.

Atravesó océanos, glaciares y territorios donde hasta Google Maps parecía dudar. Finalmente llegó.

Delante de él, la Tierra terminaba.

No había metáfora posible. El océano se precipitaba hacia una oscuridad infinita y las nubes caían por aquel abismo como si alguien hubiese olvidado acabar de dibujar el planeta.

Lloró.

Luego recordó lo importante.

Sacó el teléfono y se hizo una fotografía.

La envió.

Tres días después recibió respuesta de Columbia.

Enhorabuena.

Había ganado.

Regresó a casa convertido en el hombre que había demostrado que miles de años de astronomía estaban equivocados.

Su mujer lo esperaba en el aeropuerto.

—¿Somos ricos?

Él sonrió.

—Somos propietarios de Columbia.

El abogado de la compañía los recibió una semana después. Traía una carpeta bastante fina para contener una multinacional.

—Firme aquí.

Él firmó.

—¿Y las fábricas?

—No están incluidas.

—¿Las tiendas?

—Tampoco.

—¿La marca?

—No.

—¿Entonces qué he ganado?

El abogado consultó los papeles.

—The Company, LLC.

—¿Y qué tiene?

—Activos por valor aproximado de cien mil dólares.

Hubo un silencio.

El antiguo terraplanista cogió el contrato que había aceptado nueve meses antes. Al final de la última página encontró un asterisco. Después otro. Y debajo, en una letra minúscula que obligaba casi a pegar la nariz al papel, estaba todo perfectamente explicado.

Miró a su mujer.

Ella no dijo nada.

Tampoco hacía falta.

Había llegado hasta el mismísimo borde de la Tierra.

Lo que nunca se le ocurrió fue llegar hasta el final de un contrato.

«Para mí, el comercio sin trabas iba de la mano de la paz; los altos aranceles y las barreras comerciales, de la guerra.» (Cordell Hull nacido el 2 de octubre de 1871 para ser premio nobel de la paz de 1945. Este político norteamericano no se hubiese llevado nada bien con P. D. Trump)

Philip Oakey, cantautor y teclista de la banda The Human League, cumple hoy 71 años; en la canción veréis que luce una cabellera negra, lacia y abundante; nada que ver con la de hoy. Claro, de eso hace 44 años. 


El que em vas donar

—Sense mi encara serviries copes.

Ho va dir sense cridar. Com qui recorda un deute.

Ella va deixar les claus damunt la taula.

—Potser.

Ell va somriure, convençut que aquell «potser» era una victòria.

—Jo et vaig ensenyar tot el que saps.

Ella es va posar l’abric.

—No. Em vas ensenyar tot el que sabies tu.

Va obrir la porta.

—¿I ara què faràs?

Ella es va girar un moment.

—Equivocar-me sola.

Quan la porta es va tancar, ell encara buscava alguna cosa que pogués atribuir-se.