CUESTIÓN DE CARÁCTER

Sé
que esta confesión me va a costar amigos y seguidores, pero la conciencia no me
deja tranquilo: anoche vi Gran Hermano.
Antes
de que retiréis el saludo, permitidme unas palabras en mi defensa.
No
puse yo el programa. Lo estaba viendo un miembro de mi familia cuya identidad
preservaré mientras pueda. Yo andaba con la tableta, trasteando en el feisbuq,
que tampoco es estar traduciendo a Platón, pero uno necesita establecer ciertas
diferencias para conservar el respeto por sí mismo.
En
la televisión daban lo que llaman el «debate». Había dos concursantes
discutiendo y varios profesionales alrededor, pendientes de que ninguna
consiguiera terminar una frase.
No
me preguntéis por qué discutían. Llegué tarde al conflicto, aunque sospecho que
habría dado igual llegar a tiempo. En aquella casa solo parecían manejar tres
registros: gritos, susurros y gemidos. El volumen intermedio debía de estar
reservado para las averías.
Yo
seguía a lo mío hasta que una de las contendientes lanzó la acusación
definitiva:
—¡Es
que tú eres muy inteligente!
Levanté
la cabeza.
La
otra se quedó mirándola con la boca abierta. Durante unos segundos pensé que
iban a tener que separarlas.
A lo
mejor quería decir «retorcida». O «manipuladora». Pero le salió «inteligente»
y, a juzgar por la reacción, había hecho daño suficiente. Nadie vio necesario
precisar.
Dejé
la tableta sobre las rodillas.
Dos
habitantes de la casa comentaban la bronca. Uno señaló a la que más gritaba y
explicó:
—Es
que tiene mucho carácter.
Ah.
Hasta
entonces yo había entendido que tener carácter incluía, entre otras
posibilidades, la de no perderlo a la primera contrariedad. Pero allí bastaba
con impedir que se oyera al de al lado. Me acordé de algunas reuniones de
trabajo. Cuánta gente con carácter había confundido yo con gente maleducada.
La
discusión terminó como terminan muchas discusiones televisadas: sin que nadie
rectificara y con material suficiente para repetirla después de los anuncios.
Un
rato más tarde, una de las participantes estaba muy arrimada a uno de los
comentaristas de sofá. Él le recitaba una estrofa de Bécquer.
La
misma.
Se
acomodaba un poco, comprobaba el efecto y volvía a empezar.
—Qué
romántico eres —le decía ella.
El
hombre aceptaba el mérito sin mencionar al difunto. Tampoco iba a introducir a
un tercero cuando la cosa empezaba a funcionar.
Y yo
seguía mirando.
Porque
eso es lo peor de esta confesión: que podría haberme levantado. En casa hay
libros, otras habitaciones y hasta un mando con botones. Pero me quedé allí,
comprobando hasta dónde llegaba aquello, con esa excusa tan cómoda de quienes
necesitamos contemplar una estupidez entera para poder despreciarla con
fundamento.
Pensé
en los trescientos mil «héroes» del premio. En los gritos. En el poeta
trabajando gratis para aquel muchacho. Y acabé por perder la paciencia.
—Hija,
sabes que no soy de prohibir nada, pero no vuelvas a poner este programa
estando yo delante. Aunque me veas distraído con la tableta.
Mi
hija me miró. Después miró la tableta, que llevaba un buen rato apagada sobre
mis rodillas.
—Vale.
¿Lo cambio?
El
muchacho volvió a acercarse a la concursante.
—Espera
—le dije—. A ver si se sabe la segunda estrofa.
«La indignación moral
es envidia con aureola» (H. G. Wells nació el 21 de setiembre de 1866 para ser
pionero de la literatura de ciencia-ficción que much@s conocen por el cine y otr@s,
además, por haber leído su obra. La frase nada tiene de ciencia-ficción sino
que es un mordisco para aquell@s que exhiben su superioridad moral)
Don Felder cumple hoy 79 años. Su guitarra es imprescindible para que Hotel California de The Eagles, suene como lo hace y lo hará eternamente. Parece mentira que una de las canciones que me han marcado no hubiese aparecido en este lugar.
Cinc
estrelles
Vaig
arribar enfadat amb tothom. A recepció em van donar la raó i una habitació amb
terrassa. El cambrer va assegurar que la meva exdona no m’havia merescut. La
noia de la piscina trobava injust que no m’haguessin ascendit.
Vaig
allargar l’estada.
Quan
el meu fill va venir a buscar-me, em va dir:
—Potser
tu també t’has equivocat, pare.
El
director el va fer fora.
Encara
el veig, a l’altra banda del carrer.
Si
em poso trist, m’apugen la música.



