Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
martes, 24 de febrero de 2026
CUANDO POR FIN CALLA EL MUNDO
Hay
días en los que me sorprendo negociando conmigo mismo como si fuera un país
extranjero: “cinco minutos más”, “solo miro esto”, “después empiezo”. Y lo
curioso no es que me pase; lo curioso es que me creo mis propias excusas con
una facilidad que asusta.
Por
eso me fascina esa idea de 1925: alguien se tomó tan en serio la
procrastinación que diseñó un casco para aislarte del mundo. Un artefacto que
reduce el campo de visión, amortigua el ruido y te deja a solas con la tarea… y
con tu cabeza. Casi una confesión tecnológica: no confío en mí, así que me pongo una armadura contra mí
mismo.
Pero
ahí está la trampa. Pensamos que lo que nos distrae viene de fuera: la gente,
el móvil, el ruido, el mundo que insiste. Y sí, claro que influye. Pero cuando
el silencio llega, cuando por fin no hay nada que mirar ni escuchar, aparece lo
que de verdad pesa: el miedo a hacerlo mal, el cansancio, la pereza que no es
pereza sino saturación, la ansiedad disfrazada de “no pasa nada si lo dejo para
luego”.
El
casco promete foco, pero también revela algo incómodo: aislarse no siempre es
concentrarse; a veces es solo quedarse encerrado con lo que uno estaba
evitando. Y entonces entiendo por qué muchas “soluciones definitivas” duran lo
que dura el entusiasmo: porque no atacan el núcleo, solo le ponen una tapadera.
Así
que, cuando me descubro postergando, intento cambiar la pregunta. No “¿qué me
distrae?”, sino “¿qué emoción estoy tratando de no sentir?”. Y desde ahí, el
foco deja de ser una disciplina militar y se vuelve una cosa más humana: hacer
sitio, bajar el ruido lo justo, empezar pequeño… y aceptar que, a veces, el
verdadero aislamiento no es del mundo, sino de la excusa.
«¿Por
qué soy exactamente este ser y no otro? ¿En este punto del espacio ilimitado y
en este instante del tiempo infinito? ¿En este grupo de seres, en este planeta?
¿Por qué existo, si podría haber no existido?» (No hace falta explicar que Stanisław
Ignacy Witkiewicz nacido el 24 de febrero de 1885 era filósofo; por su frase lo
conoceréis. No contento con eso también se dedicó a la pintura, la fotografía,
a la novela, a la dramaturgia y ser teórico del arte. Tal vez fue su afán por
responderse a sus preguntas lo que le hizo dedicarse a todo eso)
Michel Legrand tenía 10 años en el verano del 42 (del siglo pasado) Much@s de nosotr@s ni habíamos nacido pero, ese verano, nos produce una nostalgía como si hubiésemos vivido en él.
El
que sap l’estiu
A la
platja, el vent fa d’advocat: repassa proves invisibles sobre la pell. Ell té
catorze anys i un cor que encara no sap mentir. Ella fuma com si el fum pogués
tapar una carta que encara no ha arribat.
Quan
ballen a la cuina, el terra cruix com un secret vell. Ell aprèn el pes d’un cos
trist, la calor d’una dona que no és promesa, només naufragi.
L’endemà,
el mar torna a ser mar. Però l’estiu, ja ho sap: el primer tacte no s’oblida
mai.
lunes, 23 de febrero de 2026
SOMBRAS
Las sombras no vienen a
estropear la fiesta. Vienen a recordar que hay un cuerpo frente a la luz.
Nos enseñaron a perseguir la
claridad como si fuera una absolución: más luz, menos grietas, cero rincones.
Pero la luz no perdona; la luz señala. Y, cuando aprieta, la sombra se vuelve
nítida, casi orgullosa, como un trazo de carbón sobre una pared recién pintada.
La sombra te acompaña porque
tú existes. Porque ocupas sitio. Porque no eres aire. Caminas y ella camina,
pegada a tus tobillos, a tu nuca, a esa zona del pecho donde guardas lo que no
te atreves a decir en voz alta. Hay días en que querrías despegarte de ella,
dejarla atrás como se deja un abrigo pesado al entrar en casa. Pero la sombra
no se deja: no es un objeto, es un resultado.
Cuanto más intensa es la luz,
más se nota el relieve de lo que ilumina. La alegría, cuando es de verdad,
proyecta su propio contrapeso. Un amor que te despierta dibuja también el miedo
a perder. Un logro, con su aplauso, enciende el inventario de renuncias. Y ahí
aparece la sombra, más grande, no como amenaza, sino como prueba: hay algo
valioso ardiendo.
Confundimos sombra con
defecto. Con mancha. Con culpa. Y la sombra, a menudo, es solo el sitio donde
la vida no posa para la foto. Ese margen que no entra en el discurso perfecto.
La parte que no cabe en una explicación rápida y, por eso mismo, es real.
Hay sombras que son duda —una
duda fina, casi elegante—. Otras son vergüenza, que se pega a la piel como una
camisa húmeda. Otras son nostalgia: esa punzada suave que aparece justo cuando
te ríes, como si alguien, desde lejos, te tocara el hombro. Y también está la
sombra del cansancio, que no pide épica, solo una silla y un rato de silencio.
La luz intensa no te hace
impecable: te hace visible. Y ser visible es un pacto con lo imperfecto. Se ven
tus bordes. Tus cicatrices. Tus contradicciones. Se ve lo que te sobra y lo que
te falta. La luz no te mejora: te desvela. Y la sombra no te condena: te da
volumen.
Quizá la paz no sea vivir sin
sombras, sino dejar de discutir con ellas. Aprender a caminar con esa presencia
sin dramatizarla, sin convertirla en enemigo. Mirarla de reojo y decir: estás
ahí; yo también.
Porque si hoy tu sombra pesa
más, tal vez no sea porque te estés hundiendo. Tal vez sea porque, por fin,
estás bajo una luz que importa.
«El coste de la libertad es
menor que el precio de la represión. Aunque ese coste sea de sangre» (William
Edward Burghardt Du Bois su nombre fue tan largo como su vida: nació el 23 de
febrero de 1868 y murió el 27 de agosto de 1963. Aunque hablaba de costes no
fue economista ni nada parecido, fue sociólogo, historiador, activista por
los derechos civiles, panafricanista,
autor y editor estadounidense)
Skylar Grey cumple hoy 40 espléndidos años; la canción del vídeo la co-escribió con Eminem y Rihanna para hacer luego su propia versión. Le quedó preciosa como podréis oir.
La mentida en veu baixa
Canta sense bateria, sense foc
d’escenari: només una veu que es rasca el cor. A cada “t’estimo” li cau una
engruna de vidre. Ell no hi és, però encara ocupa el passadís: sabates
invisibles, alè antic, la clau girant dins el cap. Ella posa les mans al piano
com qui posa benes.
No el disculpa. No es
disculpa.
Només descriu el cercle: el
cop, la carícia, el “perdona”, la pau falsa. I el silenci final, que pesa més
que qualsevol crit.
domingo, 22 de febrero de 2026
PARA SIEMPRE, POR SIEMPRE, HASTA SIEMPRE
Para siempre, por siempre, hasta siempre…
lo dijimos con la boca ardiendo y las manos temblando,
como quien firma con sangre en la niebla.
La lluvia nos coronó de sal,
y el mundo, por un segundo, dejó de parpadear.
Para siempre, repetí pegado a tu cuello,
y el olor de tu piel —vaina de vainilla y noche—
se me quedó viviendo en la camisa.
Por siempre, juraste, con los ojos brillando
como faros que solo reconocen un barco.
Hasta siempre, brindamos,
y el cristal del vaso vibró como si nos creyera.
Luego vinieron las estaciones con su maquinaria,
los lunes con su peso de plomo,
y el hueco tibio en mitad de la cama
dijo mi nombre en voz muy baja.
Aguanté el filo de tus silencios,
la distancia apoyada en la barandilla de los días,
y aun así te quise: más, más, todavía más.
Si el para siempre se nos quedó grande,
que sea entonces este instante, desobediente y total:
tu boca en la mía, el pulso desbocado,
mi espalda aprendiendo de memoria tus dedos,
las lágrimas como vino dulce detrás de la lengua.
No es promesa, es incendio.
No es futuro, es un ahora que tiembla.
Y si mañana nos falla el valor,
déjame decirlo sin vergüenza:
te amaré igual —con melancolía, con hambre, con fe—,
hasta donde me alcance el cuerpo
y un poco más allá del cuerpo, si me lo pide tu nombre.
«La tierra es cruel, sobre
todo la tierra marginal.» (Peadar O’Donnell nació el 22 de febrero de 1893 en
la República de Irlanda que es como decir que la tierra era cruel. Su vida de
republicano socialista, militante del ira, diputado y escritor no le proporcionaron
una vida fácil, pero resistió hasta los 93)
Hoy Jame Blunt cumple 52 años; ya lo felicitamos hace 4 y todavía sigue vivo: parece mentira que aguante tanto el frío y los cuatro años que llevamos ya de guerra en Europa (en alguna ha participado, por si no lo sabíais)
Un mirall al metro
Al metro, ella em mira com si
em conegués d’una altra vida: dos segons, prou per encendre’m la pell. Fa olor
de xampú car i de pressa. Jo duc una corbata que em penja com una excusa i un
somriure que no sé si és valent o patètic.
Les portes s’obren. Ella
baixa. Jo no.
Em queda el reflex al vidre:
jo, clavat al meu seient, fent-me l’heroi d’una història que no he tingut el
cor de començar.
sábado, 21 de febrero de 2026
NO
QUIERO QUE ME QUITEN EL ESCAÑO
Hay algo casi enternecedor —si
no fuera tan reiterativo— en ver a la izquierda hablándose a sí misma como
quien se deja una nota de voz para convencerse de que mañana sí va a cambiar de
vida. Sábado, 21 de febrero de 2026: en Madrid, IU, Sumar, Comuns y Más Madrid
presentan alianza para 2027 ante unas 600 personas en el Círculo de Bellas
Artes; en Valladolid, Irene Montero suelta una frase pensada para grabarla en
mármol: que las alianzas “van a caer por su propio peso” porque “la gente
quiere izquierda” para “parar a la derecha”.
El problema es ese: el “propio
peso”. Porque si algo ha demostrado la izquierda española en la última década
es que cae, sí… pero no siempre hacia la unidad. A veces cae hacia “la casa
común”; otras, hacia “mi marca, mi lista, mi espacio, mi relato”. Y así la
política se nos queda como un edificio en obras donde todos discuten el plano
mientras el ascensor ya se lo han llevado los de mantenimiento.
Lo más fino —lo que convierte
esto en sátira sin necesidad de añadirle adorno— es esa otra perla: “lo
importante que ha pasado esta semana ya ha pasado”. Es un haiku de partido. Una
forma elegante de decir: “Sí, os he visto… y he decidido que ya sois ayer”.
Mientras tanto, los del acto se entregan al vicio nacional de la izquierda: la
épica delPowerPoint. Unidad, no resignación, proyecto ganador. Todo
suena bien hasta que preguntas lo indecente: quién manda, cómo se llama la
criatura, qué acuerdo mínimo tiene… y si alguien ha visto a la fundadora de
Sumar por el edificio. Porque el detalle de que Yolanda Díaz no acuda no es un
dato: es un símbolo con piernas.
Y entonces aparece el intento
de ponerle traje serio a la fiesta: Urtasun recordando que la “aritmética” es
necesaria, pero que no se gana solo maximizando escaños, que hace falta “un
proyecto político ganador”. Traducción al castellano de calle: sumar está muy
bien, pero si la gente os ve como una reunión de antiguos compañeros que no se
soportan, no hay Excel que lo arregle.
También está la propuesta de
Rufián sobre candidaturas de unidad entre izquierda federal y nacionalista, que
es como decir: “ya que os cuesta quereros, por lo menos firmad algo juntos
antes de que os fusilen… políticamente”. Y la izquierda, que tiene un talento
innato para convertir cualquier pregunta en un congreso, responde con otra
pregunta, y luego con un matiz, y luego con una mesa de trabajo.
Hasta aquí, el teatro
conocido. Pero lo que chirría de verdad —lo que huele a guion repetido— es que,
cuando uno rasca el barniz de “proyecto”, lo único nítido del supuesto programa
es una cosa: atizar el miedo. Que viene la derecha. Que viene la
ultraderecha. Y ojo: puede ser cierto, puede ser un riesgo real, puede ser
incluso urgente. Pero como programa suena demasiado a alarma antiincendios: muy
útil para avisar del humo, pésima para cocinar.
Porque cuando tu principal
propuesta consiste en gritar “¡lobo!” cada tres frases, llega el momento
incómodo —ese que nadie quiere oír con micrófono, pero que se oye perfecto en
el bar— en que toca hacerse la pregunta prohibida: ¿de qué tienen miedo
exactamente? ¿De que gobiernen los otros… o de que se les acabe el escaño y con
él el sueldo, el despacho, el asesor, la agenda llena y esa sensación
embriagadora de “importar” aunque el balance de resultados sea, digamos,
discutible?
El electorado —esa entidad
mística a la que todos invocan— quizá sí “quiere izquierda”. Pero también
quiere algo mucho más humillante para la clase política: coherencia,
resultados, y la sensación de que no le están vendiendo una reconciliación que
dura lo que tarda en filtrarse un WhatsApp. Quiere que le hablen del alquiler,
de la sanidad que no llega, de la precariedad que no se va, del cansancio que
ya no cabe en un eslogan. Y no solo del monstruo que viene… sino de la casa que
se supone que quieren construir.
La derecha y la ultraderecha
funcionan aquí como comodín perfecto: sirven para tapar costuras, para aplazar
el programa y para justificar cualquier pacto… menos el pacto más difícil: el
de renunciar a un trocito de poder propio para construir algo que no dependa de
la amenaza constante. Y por eso la “unidad” se invoca como un espíritu, como si
bastara con pronunciarla tres veces delante del espejo del Círculo de Bellas
Artes para que aparezca, maquillada y peinada, con un acuerdo real bajo el
brazo.
Así que sí: habría que
preguntarse —con toda la mala leche del mundo, pero con la lucidez intacta— si
el miedo que reparten es por responsabilidad democrática o por instinto de
conservación laboral. Porque a veces la política no es ideología: es nómina con
micrófono.
«Llamé al cielo y no me oyó, /
y pues sus puertas me cierra, / de mis pasos en la tierra / responda el cielo,
y no yo.» (Cualquier lector habrá reconocido la anterior estrofadel “Tenorio” de José Zorrilla. La parrafada viene
que ni pintada a la reflexión de hoy: yo hice lo que pude pero nadie me
escuchó, así que darles las culpas a los que no me escucharon porque ell@s son
l@s causantes de la “catástrofe”. Zorrilla, el dramaturgo, nació el 21 de
febrero de 1817 y no hablaba de política en “Don Juan Tenorio”; hablaba de
seductores)
Leo Délibes fue un compositor romántico francés que nació el 21 de febrero de 1836; su obra más conocida es la ópera Lakmé y, dentro de ella, ese Dueto de las Flores que es una auténtica maravilla.
Sota la cúpula, ningú mana
Baixen al riu com qui baixa
una persiana: sense fer soroll. Les flors, obedients, s’obren amb olor de
promesa barata. Elles canten i el món s’hi posa bé, com un vestit prestat. Però
jo les miro les mans: no recullen pètals, recullen temps. I el temps punxa. La
melodia fa d’aigua, fa de seda, fa de “no passa res”. Mentida. Sota la cúpula
espessa, fins i tot l’amor té un vigilant. I somriu.
Y algún/a cinéfil@ habrá reconocido también el dueto que sirvió de fondo para la llamada "escena de los sicilianos" de la película "Amor a quemarropa", con guión de "yasabéisquién". Si, si... Quentin Tarantino.
viernes, 20 de febrero de 2026
LA PUERTA
QUE RODEÉ
Te lo diré como me lo dije a
mí, una noche cualquiera, cuando ya no quedaban excusas frescas en la nevera.
Había entrenado el autoengaño
como quien entrena el core: respiración controlada, postura digna, sonrisa de
“todo bien”. Me salía perfecto. En el trabajo, en la cama, en las sobremesas.
Incluso delante del espejo, que es el único testigo que nunca firma nada pero
lo ve todo.
La realidad, en cambio,
esperaba. Paciente. Sin dramatismo. Como ese mensaje que no contestas porque
“ahora no” y que, cuando por fin lo abres, ya no importa.
La decepción llegó con un
gesto tonto: una frase mal puesta en una conversación que creí segura. Yo
hablaba de futuros, de planes, de “cuando”. Y la otra persona —tú, cualquiera,
da igual— me miró con esa piedad seca que solo tienen los que ya se han bajado
del barco.
—No era eso —dijiste.
No “no te quiero”. No “me
voy”. No “se acabó”. Solo: no era eso.
Y de pronto entendí que la
decepción no es una puñalada: es un golpe de frente contra la puerta que llevas
meses rodeando para no admitir que está cerrada. Te duele la nariz, sí. Pero lo
peor es que, por primera vez, hueles el aire tal como es: sin perfume de
fantasía.
Me senté. No por tristeza. Por
cansancio. Ese cansancio de sostener una versión de la vida que exige más
energía que vivirla.
Luego pasó lo inevitable:
empecé a recordar todas las señales que había convertido en decoración. Las
silenciosas. Las pequeñas. Las que no hacen ruido hasta que juntas te
construyen una pared.
La realidad no había cambiado.
El que había cambiado era yo, al fin. Dejé de esquivarla. Y ahí, justo ahí, en
el momento exacto en que aceptas que te estabas mintiendo con educación, la
decepción se transforma en otra cosa: en una libertad fea, pero respirable.
Me levanté. Me miré al espejo
otra vez.
Esta vez no sonreí.
Y, curiosamente, fue la
primera vez en mucho tiempo que me vi.
«El amor no pide nada cuando
ama; lo pide todo cuando es amado.» (Eso lo dijo Jacques d'Adelswärd-Fersen
nacido el 20 de febrero de 1880 y que le tocó vivir en unas circunstancias
bastante complicadas por su condición homosexual)
Rick Dufay cumple 74 años y se fue hace unos años de la banda Aerosmith. La verdad no sé si participó en la canción del vídeo, pero me ha servido de excusa para poner una canción que me encanta.
La parpella rebel
Vaig aprendre a dormir amb els
ulls mig oberts, com els gats i els desconfiats. No per por: per tu. Per si
respiraves diferent, per si el teu somriure feia soroll, per si el món
s’acabava en silenci i jo m’ho perdia. La nit ens feia de sostre baix; la ciutat,
de rellotge mal educat. Em vas dir: “Parpelleja, home”. I jo, orgullós, vaig
negar amb el cap. L’endemà, quan vas marxar, vaig parpellejar per fi. I em vaig
perdre tot.