jueves, 12 de febrero de 2026


LO QUE EL VIENTO NO SE LLEVÓ

Hoy el viento sopla en Catalunya como si tuviera prisa. Entra por las calles con la arrogancia de quien cree que todo se arregla moviendo cosas: levanta papeles, tumba alguna silla de terraza, le da una bofetada al toldo de un bar que ya estaba cansado de fingir sombra. Hay rachas que parecen redactadas por un humorista: te despeinan el orgullo, te empujan un paso y, si te descuidas, te obligan a mirar de frente lo que llevabas semanas esquivando.

A mí me gusta imaginar —solo imaginar, que la realidad es menos poética y más tercamente burocrática— que el viento tiene criterio ciudadano. Que hoy, con ese silbido afilado, decide llevarse lo que estorba de verdad.

Se lleva el cinismo que se disfraza de “gestión”.

Se lleva las promesas con fecha de caducidad, esas que se anuncian con sonrisa y se ejecutan con excusa.

Se lleva la pobreza energética que nadie mira porque no hace ruido.

Se lleva el alquiler que muerde, el sueldo que no llega, la cola que humilla.

Se lleva la hipocresía de los que piden “paciencia” desde sillones con calefacción.

Y, sin embargo, el viento no se lleva lo peor. No puede.

No se lleva la normalidad del abuso, porque está anclada en costumbres y en silencios.

No se lleva la corrupción, porque aprendió a atarse con nudos legales.

No se lleva la indiferencia, porque pesa más que un contenedor lleno y, encima, nadie la reclama.

Entonces lo entiendo: el viento es fuerte, sí. Pero no es milagroso. Hace su parte —desordena, revela, incomoda— y luego te mira, como diciendo: ahora te toca. Porque lo que de verdad estorba o hace daño no sale volando solo. Hay cosas que no se van con rachas: se expulsan con memoria, con rabia bien dirigida, con votos, con barrio, con calle, con una decencia que no se compra en Amazon.

El viento de hoy, al final, no se llevó lo malo.

Lo dejó ahí, bien visible, para que nadie pueda decir mañana que no lo vio.

«Las alegrías y las tristezas del amor se parecen dulcemente… una sonrisa brilla en medio de las lágrimas, y una sonrisa llama a las lágrimas.» (Friedrich de la Motte Fouqué nació el 12 de febrero de 1777, era romántico -como se observa en la frase- tenia apellidos franceses y, sin embargo, era alemán)

Michael McDonald cumple hoy 74 años y continúa siendo un poco "beneit" (pardillo) en temas como el amor. Aquí lo canta con sus hermanos Dobbie (qué mal queda dicho así)

La memòria amb trampa

Ell torna a aquell bar com qui torna a una foto antiga: convençut que encara hi surt guapo. Demana un te, mira la porta, i es fabrica una entrada triomfal que ningú no ha assajat. Quan ella apareix, no és la d’abans: és la d’ara, amb una vida sencera a la mirada i zero espai per a la seva pel·lícula. Ell somriu igual, com si el somriure fos un contracte. Ella el saluda educada, breu. I ell, fidel al seu autoengany, ho interpreta com esperança.



miércoles, 11 de febrero de 2026

 

EL FALSO CONSENSO

Yo pensaba que lo normal era saber.

No “saber de memoria”, no “haberlo leído en un hilo”, sino ese saber que se te queda en los dedos: resolver sin ruido, conectar cosas, intuir el fallo antes de que el fallo nazca. Lo hacía en silencio, como quien pone el intermitente aunque no venga nadie.

Cuando me decían “qué bien lo has explicado”, yo sonreía con educación y por dentro respondía: bah, si esto lo hace cualquiera. Lo decía con sinceridad, que es una forma elegante de arruinarse.

Por eso nunca levantaba la mano en clase. Por eso no pedía aumentos. Por eso enviaba currículums a puestos pequeños, como quien se compra zapatos una talla menos “para no ir sobrado”. Por eso, cuando una amiga me dijo “preséntate a esa plaza, es para ti”, le contesté lo que siempre: “no es para tanto”.

La gente “para tanto” eran otros. Los que hablaban fuerte. Los que tenían ese brillo de confianza que no se aprende, se finge. Yo tenía otra cosa: precisión. Pero la precisión, si no la enseñas, se convierte en un talento clandestino.

Un día me obligaron a dar una charla. “Solo veinte minutos”, me dijeron. Como si el pánico se midiera en minutos.

Hablé. Sin fuegos artificiales. Con calma. Con ese tono de quien no quiere molestar a la verdad.

Al terminar, se hizo un silencio raro. Denso. De los que no piden perdón.

Y entonces empezó el aplauso.

Primero dos palmas sueltas. Luego muchas. Luego todas. Un aplauso entero, redondo, de esos que no son cortesía sino reconocimiento.

Yo noté algo extraño: no alegría.

Miedo.

Miedo a haber estado equivocada todo este tiempo. A que no fuera “lo normal”. A que, si de verdad era buena, ya no pudiera esconderme detrás de la frase más cómoda del mundo: esto lo hace cualquiera.

Sonreí, asentí, agradecí. Hice lo correcto.

Pero por dentro solo pensaba una cosa, como si me hubieran cambiado el suelo bajo los pies:

Si no lo hace cualquiera… entonces ahora me toca estar a la altura de mí.

Y eso no se enseña en ningún sitio.

«La educación es educarse.» (Hans-Georg Gadamer lo dijo en cuatro palabras como buen filósofo que fue. Y tenía razón: nadie puede educarte por ti; pueden acompañarte, pero el acto decisivo es tuyo. Nació el 11 de febrero de 1900 y filosofó hasta los 102)

Llevo años escuchando la canción de Gene Vincent y aún no sé lo que significa Be-Bop-A-Lula; lo cierto es que queda bien así como la cantaba él hace 69 ó 70 años. Nació el 11 de febrero de 1935 y estuvo por aquí hasta los 36 años. 

L’eco del tupè

Al jukebox del bar, la cançó fa crac i arrenca: “Be-Bop-A-Lula”. En Pep, que sempre ha sigut tímid com una butlleta de loteria perduda, es posa dret com si algú li hagués estirat la columna amb un fil invisible. La camisa li fa olor de tabac vell i colònia barata; a la boca, gust de ginebra i valentia prestada. Ella riu, li clava els ulls i li diu: “Balla, home”. I ell balla… com si el 1956 fos avui i ningú no mirés.



martes, 10 de febrero de 2026

                                                   COALICIÓN DE EGO

(Imagen creada con inteligencia artificial)

El político descubrió el efecto Dunning-Kruger como se descubren las verdades importantes en su gremio: en un carrusel de Instagram con música épica y subtítulos grandes.

“Los incompetentes no saben que lo son”.

Se quedó mirándolo un rato, como si estuviera leyendo una profecía escrita para otros. Luego lo interpretó con su talento principal: el autoengaño profesional.

Si yo no dudo, es que estoy preparado.

La cadena de televisión —ámbito estatal, capital privado y vocación de salvadora nacional a cambio de audiencia— lo colocó en una tertulia con una silla cómoda, un vaso de agua intocable y un rótulo que decía “ANALISTA”. Él vio el rótulo y sintió que el país, por fin, lo entendía. O al menos lo subtitulaba.

—La izquierda tiene un problema de cohesión —anunció, acomodándose el nudo de la corbata como quien ajusta el destino—. Y yo soy la solución.

El presentador, que había visto soluciones que venían con factura y manual de instrucciones, le sonrió con esa sonrisa de “hoy nos das buen contenido”.

—¿Y por qué ahora?

Ahí sacó su gran excusa. La carta de “si no me hacéis caso, os arrepentiréis”. El comodín emocional que sirve para todo cuando no tienes nada.

—Porque si no nos unimos, el próximo gobierno lo formará la derecha… y la extrema derecha.

Lo dijo mirando a cámara como si la cámara fuese una urna y él, el sobre.

En el plató se hizo ese silencio que no es respeto: es realización. Alguien en realización subió un rótulo: “ALARMA DEMOCRÁTICA”. Y él, al ver el rótulo, se sintió aún más estadista.

Por dentro, sin embargo, la frase era otra, más humilde y más verdadera:

Yo lo que quiero es salvar mi puesto.

No era cohesión: era conservación. La cohesión de su culo con el escaño. Seguir medrando, que es como subir una montaña sin piernas: a base de empujones ajenos y fotos desde el ángulo bueno.

La cadena lo promocionó como “el hombre puente”. En pantalla le pusieron un fondo con un puente precioso, de esos que no llevan a ninguna parte pero quedan bien. Él empezó a hablar de “síntesis”, “unidad”, “responsabilidad histórica”, palabras que suenan a programa y no comprometen a nada.

Y cada vez que alguien preguntaba “¿medidas?”, él respondía con la épica:

—¿De verdad vamos a discutir detalles cuando viene la derecha con la extrema derecha?

Detalles era el nombre que él le daba a todo lo que no sabía.

Una semana después lo invitaron a una reunión “discreta” con gente de varios partidos de izquierda. Él llegó con una carpeta gorda, de esas que intimidan por plástico y porque hacen clac al cerrarse, como si fueran importantes por sonido.

—Traigo un plan —dijo, dejando la carpeta en la mesa como si acabara de depositar un Código Civil.

—Adelante —dijo una mujer que no sonreía, por higiene institucional.

Él abrió la carpeta. Primera página: “HOJA DE RUTA”. Debajo, un esquema con flechas.

Flechas.
Solo flechas.

Había flechas que iban a flechas. Había flechas que volvían sobre sí mismas. Una flecha hacía una curva elegante, como si tuviera formación en danza contemporánea. Otra terminaba en un asterisco que remitía a una nota al pie inexistente. Y al final, en mayúsculas: “CONSENSO”.

—Aquí —señaló él con solemnidad— es cuando dejamos atrás los personalismos.

—¿Y esto qué significa? —preguntó un hombre, acercándose—. “Flecha 3.2: transversalidad afectiva”.

—Significa… —el político carraspeó—… que nos abrazamos sin complejos.

Se miraron. Nadie se movió.

—Vale —dijo la mujer—. ¿Propuestas concretas? Por ejemplo: vivienda.

El político sonrió como si la respuesta estuviera en un bolsillo interno. Sacó un bolígrafo y lo sostuvo como si fuese un puntero láser.

—Unidad.

—Sanidad.

—Unidad.

—Salarios.

—Unidad con responsabilidad.

—Cambio climático.

—Unidad sostenible.

—Corrupción.

—Unidad… transparente.

La mujer lo apuntó en una libreta.

—“Unidad transparente”. Ajá.

Otro intervino:

—Pero… ¿qué harías, exactamente? ¿Qué medidas defenderías? ¿Qué priorizarías?

Él vio cómo se acercaba el abismo de la concreción. Y, como buen político en peligro, volvió a la épica.

—Es que no lo entendéis. Si seguimos así, el gobierno será de la derecha y la extrema derecha.

—Eso ya lo has dicho —respondió la mujer—. Cuatro veces. Te lo digo para que lo sepas, no por fastidiar: lo tenemos memorizado.

El político decidió que era el momento de impresionar. Sacó de la carpeta un pendrive y lo dejó sobre la mesa como si fuese una prueba nuclear.

—Traigo un PowerPoint.

Hubo un murmullo. No de interés: de supervivencia.

—¿PowerPoint? —preguntó alguien—. ¿En 2026?

—Es una versión ligera —aclaró él—. Muy visual. Muy emocional.

Conectó el portátil. La pantalla se encendió. Apareció la primera diapositiva con un fondo de atardecer y letras blancas enormes:

“UNIDAD”

Abajo, en pequeño: “Presentación definitiva vFinal_ahoraSí_revisada(2)”.

Pasó a la segunda:

“UNIDAD”
(con otra foto distinta del mismo atardecer).

Tercera:

“UNIDAD”
(esta vez con una paloma).

Cuarta:

“UNIDAD”
(pero la paloma era un icono pixelado, como si la democracia hubiera sido recortada en Paint).

—Esto es… repetitivo —murmuró alguien.

—Es intencional —dijo él—. Es pedagogía.

La mujer levantó la mano.

—¿Podemos ver la diapositiva donde explicas las medidas?

—Está al final —dijo él con seguridad.

Siguió pasando: unidad, unidad, unidad, unidad. En la diapositiva doce, apareció una frase:

“NO ES EL MOMENTO DE DIVIDIRSE”

Y debajo, en letra más pequeña:

“Porque viene la derecha y la extrema derecha.”

La mujer cerró el portátil con delicadeza, como quien tapa un plato que ya se ha enfriado.

—Perfecto —dijo—. Entonces lo tenemos.

Él se iluminó. El corazón le hizo un pequeño mitin.

—¿Lo tenemos?

—Sí —confirmó ella—. Te necesitamos para una cosa.

Él se inclinó hacia adelante.

—¿Cuál?

—Para salir en la tele diciendo que has intentado unirnos y que nosotros no hemos sabido estar a la altura. Quedas como estadista, nosotros como infantiles. La cadena tiene su narrativa, tú salvas tu puesto… y todos seguimos exactamente igual, pero en alta definición.

Él abrió la boca para protestar, pero le salió algo más sincero: un “ah”.

Porque era perfecto. Era su plan sin necesidad de plan.

Y al día siguiente, en prime time, miró a cámara con ojos graves y frase de mármol:

—Lo he intentado todo. Pero algunos prefieren el sillón.

La presentadora asintió con gesto compungido. El rótulo en pantalla: “EL HOMBRE QUE QUISO UNIR”.

Él bajó la vista un segundo, por si el micrófono recogía lo único verdadero que pensó, ya sin épica:

Que no se note que hablo de mí.

«¿No sería entonces más sencillo para el gobierno disolver al pueblo y elegir otro?» (Bertolt Brecht nacido el 10 de febrero de 1898 es uno de mis dramaturgos preferides. La frase es genial porque, algun día, llegaremos a esto)

Jerry Goldsmith compositor de numerosas (y conocidas) bandas sonoras hubiese cumplido hoy 97 años. Le dio tiempo a darle tonadilla al personaje del vídeo que encaja bien con el del relato.

La motxilla buida

Aquell poble nou em rebia sempre igual: llums fredes, somriures que no volien saber el meu nom. Caminava amb la motxilla buida i, tot i així, pesava com si hi portés els crits que no vaig dir. A cada cantonada, una promesa barata: “aquí començaràs de zero”. Però el zero també té memòria. Vaig aprendre a dormir amb l’orella enganxada al silenci, a beure aigua com si fos perdó. I un dia, sense música, vaig notar-ho: el camí no s’acabava… jo sí que començava.



 

lunes, 9 de febrero de 2026

MALGASTÉ EL TIEMPO, AHORA EL TIEMPO ME MALGASTA A MÍ

No hay venganza más fina que esa: la de lo que ignoraste cuando era gratis. Porque el tiempo no se enfada: se limita a pasar. Y cuando por fin lo miras de frente, ya no es río: es recibo. Te cobra con intereses en forma de cansancio, de urgencias tontas, de domingos que duran menos que un suspiro. Malgastarlo fue un gesto. Que te malgaste, en cambio, es consecuencia. Y ahí ya no manda el reloj: manda la lucidez.

«Usa el intelecto para guiarte y acabarás alejando a la gente. Confía en las emociones y te empujarán toda la vida. Impón tu voluntad a los demás y vivirás en tensión constante. No hay escapatoria: convivir con las personas es difícil.» (Natsume Sōseki nació el 9 de febrero de 1867 para vivir sólo –adverbio de cantidad- 49 años. Aunque a lo mejor irse tan pronto fue un alivio)

Holly Johnson que hoy cumple 66 años habría que decirle que se relaje, pero de verdad, porque si continúa como en el vídeo lo veo que el año que viene no lo felicitamos.

Relaxa’t (o fes veure que sí)

A la discoteca, el baix em sacseja l’estómac com una veritat que no vull signar. Ella em diu “relaxa’t” amb un somriure de porta giratòria: entra i surt gent, però ningú s’hi queda. Jo m’afluixo la corbata com si fos una condemna menor, i el cos em traeix: balla abans que jo decideixi. A fora plou i fa olor d’asfalt nou; a dins, suor i perfum barat. Em prometo calma. I torno a caure, feliç, en el mateix excés.


 

domingo, 8 de febrero de 2026

AHÍ ESTÁ, AHÍ ESTÁ VIENDO PASAR EL TIEMPO…

 

El agua llegó sin pedir permiso, como llegan los que vienen a “ayudar” y lo primero que hacen es mover los muebles de sitio.

Le llamaron Leonardo y Marta, como si ponerle nombre a una borrasca fuera domesticarla, como si bastara con pronunciarla para que aprendiera modales. En Andalucía, estos días, el cielo no cae: se desploma. La lluvia no moja: reclama. Y el río, que siempre pareció un señor mayor con bastón, se quita la chaqueta, escupe el tabaco y decide que hoy no piensa obedecer a nadie.

En mi calle el barro tiene memoria. Se te pega a los zapatos y te lo llevas a casa, como una visita que no sabe marcharse. En el campo, los surcos se convierten en cicatrices nuevas. En las plazas, los bancos desaparecen bajo una sopa marrón que huele a madera rendida, a metal humillado, a prisa.

Y, sin embargo, al final del desastre —cuando ya no queda nada en su sitio y hasta el silencio parece mojado— está él.

El puente romano. El puente “viejo” le llaman.

No sé por qué me enfada y me consuela a la vez. Ahí, quieto. No “resiste”: mira. Como si la catástrofe fuera un trámite del que ya tomó nota hace siglos. A sus pies, el agua arrastra bicicletas, ramas, sillas, alguna foto de familia que antes estaba en un marco. El puente no se inmuta. Sus piedras tienen esa dignidad incómoda de quien ya ha visto demasiados finales y no se deja impresionar por ninguno.

Me acerco hasta donde se puede. Siento el aire frío en la cara, ese frío que no viene del invierno sino del miedo. Alguien a mi lado murmura una frase, casi cantándola, como si fuera una plegaria con melodía: “Ahí está…”.

Y entonces entiendo lo que duele: no es que el agua se lleve las cosas. Es que el puente se queda.

Se queda viendo pasar el tiempo, sí. Pero también nos ve pasar a nosotros: tan modernos, tan frágiles, tan convencidos de que lo nuevo dura más.

Yo lo miro y, por un segundo, me da la sensación de que el puente piensa lo mismo que pienso yo cuando todo se desborda: que lo único verdaderamente antiguo es nuestra manera de repetirlo todo.

«La democracia es la transposición de lo cuantitativo a lo cualitativo: que lo que quieren los más se convierta en lo mejor» (A Enrique Tierno Galván le llamaban “el viejo profesor” incluso cuando era joven. No cabe preguntar porqué: ahí tenemos una de sus frases para averiguarlo. Nació el 8 de febrero de 1918 y se fue con poco más de 68 años)

Y ahí está otro puente: esta vez sobre aguas turbulentas. También verá pasar el tiempo y ahí se quedará la canción. Sólo tiene 56 años.

Quan el riu s’enfada

Aquell vespre el riu va pujar amb mala llet, fent olor de ferro i fang. Jo tremolava al marge, amb les sabates plenes d’aigua i el cor ple de soroll. Llavors el pont—vell, tossut, impecable—va aguantar sense dir res, com qui sap massa.

Hi vaig passar a poc a poc: la pedra era freda, però fidel. A sota, el corrent cridava, prometia endur-se noms, promeses, excuses. A dalt, només un pensament: algú, algun dia, va construir esperança amb calç.