ESTE ES MI DECRETO; PERO SI NO LE GUSTA, TENGO ESTE
OTRO

Esta
mañana el Gobierno tenía un problema.
Bueno,
tenía varios, pero a las nueve y media tocaba el de la vivienda.
Sobre
la mesa del Consejo de Ministros descansaba un Real Decreto. Uno. Entero. Con
sus artículos, disposiciones, prórrogas, prohibiciones y esa hermosa expresión
«extraordinaria y urgente necesidad» que sirve para casi todo, excepto para
encontrar piso.
El
problema era que el Decreto no acababa de gustar.
—Así
no.
—Pues
así sí.
—Pues
nosotros no lo aprobamos.
—Pues
nosotros tampoco aprobamos el vuestro.
Hubo
un silencio institucional.
Alguien
pidió café.
Otro
miró el reloj.
Y un
tercero, seguramente el más inteligente de la sala, tuvo una idea
revolucionaria:
—¿Y
si en vez de un decreto hacemos dos?
Todos
se quedaron mirándolo.
Acababa
de inventar la mitosis legislativa.
El
Decreto fue colocado cuidadosamente sobre la mesa y dividido en dos. A un lado
quedaron unas medidas. Al otro, otras. Las que molestaban más se pusieron aquí;
las que podían molestar menos, allá. Lo importante era que ninguna molestase a
todos al mismo tiempo.
—¿Y
esto arregla el problema de la vivienda?
La
pregunta debió de hacerla algún becario porque nadie contestó.
A
media mañana ya había fumata blanca.
Donde
horas antes existía un decreto que no conseguía poner de acuerdo a quienes
gobiernan juntos, aparecieron dos decretos que permitían continuar gobernando
juntos sin necesidad de ponerse demasiado de acuerdo.
La
política también tiene sus avances científicos.
Luego
llegó la rueda de prensa.
Se
habló de derechos, protección, alquileres, vulnerabilidad, fondos, contratos y
soluciones. Palabras importantes. Algunas incluso necesarias.
Mientras
tanto, en algún lugar de Madrid, Barcelona, Málaga o cualquier ciudad donde un
dormitorio empieza a cotizar como si tuviera vistas al Taj Mahal, una pareja
abrió un portal inmobiliario.
—Mira
este.
—Mil
cuatrocientos.
—Tiene
cuarenta metros.
—Pero
pone «acogedor».
Siguieron
buscando.
En
La Moncloa, en cambio, el problema del día estaba resuelto.
Había
acuerdo.
Bueno,
dos.
Porque
hemos alcanzado tal grado de perfección democrática que, cuando nuestros
principios no caben dentro del mismo decreto, ya no hace falta cambiarlos.
Se
cambia el decreto.
O
mejor aún: se hacen dos.
«La fantasia, com
sempre, intenta donar una determinada evidència a la realitat.» ( Pere
Calders nacido el 29 de septiembre de 1912 para decirnos en nuestra lengua que la
fantasía no es un escondite, sino una lupa extraña: deforma un poco las cosas
y, precisamente por eso, permite verlas mejor)
La
clau
Vaig
deixar la maleta al replà.
—Queda’t.
Feia
vint anys que esperava sentir aquella paraula. Potser per això vaig trigar uns
segons a girar-me.
Ella
continuava asseguda a la cuina, amb les mans damunt la taula.
—Ho
dius de debò?
Va
somriure. Aquell somriure petit que encara sabia desarmar-me.
Vaig
entrar, vaig tancar la porta i vaig desfer la maleta.
L’endemà,
quan em vaig despertar, ella ja no hi era.
Damunt
la taula hi havia les claus de casa i una nota:
«Jo
no sabia quedar-me. Tu sí.»



