MORIRSE NO BASTA

Me
morí un martes a las siete y cuarenta y tres de la tarde.
A
las siete y cuarenta y cuatro ya constaba como fallecido en el hospital, pero
seguía vivo en todas las demás partes.
Para
la medicina estaba muerto. Para internet, solo llevaba un minuto sin actividad.
Mi
familia organizó el funeral con relativa facilidad. Tuvieron que decidir entre
entierro o incineración, escoger una urna, redactar una esquela y seleccionar
una fotografía en la que yo pareciera menos muerto de lo que estaba.
Lo
complicado empezó después.
—Habrá
que cancelar sus cuentas —dijo mi hija.
Mi
mujer creyó que se refería a las bancarias. Todavía pertenecía a una generación
para la que las cuentas contenían dinero.
Mi
hija hablaba del correo electrónico, las redes sociales, el almacenamiento en
la nube, las plataformas de televisión, las suscripciones, el blog, las
fotografías, los libros digitales y un monedero de criptomonedas donde, según
parece, yo guardaba catorce euros y la esperanza de hacerme rico algún día.
Les
dejé la vivienda, algunos ahorros, mis libros y una colección de discos que
nadie quería. Sin embargo, no dejé instrucciones sobre los veintitrés mil
correos electrónicos, las cuarenta y ocho mil fotografías y los siete
documentos titulados «Novela definitiva», «Novela definitiva corregida» y
«Novela definitiva ahora sí».
El
notario nunca me preguntó por ellos.
Tampoco
yo pensé que mi vida pudiera acabar repartida entre servidores de países que no
sabría colocar en un mapa.
Mi
hija intentó entrar en el teléfono. Necesitaba mi clave. Probó con mi fecha de
nacimiento, la de mi mujer, la de su boda y el año en que ganó la Liga el
Barça. Nada.
Durante
unos segundos contempló la posibilidad de acercar el aparato a mi rostro dentro
del ataúd.
Finalmente
lo hizo.
El
teléfono me observó.
—Rostro
no reconocido.
Confieso
que me dolió. Uno espera que, después de tantos años juntos, al menos el
teléfono lo reconozca a uno de cuerpo presente.
Después
pidió que abriera los ojos.
La
tecnología tiene maneras muy educadas de ser cruel.
Las
plataformas exigieron certificados de defunción, documentos de identidad,
pruebas de parentesco y formularios distintos para acreditar que yo era yo, que
estaba muerto y que quienes afirmaban quererme no intentaban apropiarse
fraudulentamente de mis fotografías de Benidorm.
Morirse
no era suficiente.
Había
que demostrarlo.
Una
red social ofreció convertir mi perfil en una cuenta conmemorativa. A mi mujer
no le gustó la idea.
—Yo
no necesito que una empresa me diga cómo recordarlo.
Pero
la empresa sí necesitaba saber cómo rentabilizar mi recuerdo.
Durante
semanas, mi perfil siguió recomendando amistades, sugiriendo compras y
recordando aniversarios. Incluso felicitó a mi mujer por nuestros cuarenta años
de matrimonio. Ella lloró delante de la pantalla. No supe si por mí o porque el
algoritmo había sido el único que se acordó.
Llegó
mi cumpleaños.
La
aplicación invitó a todos a escribirme unas palabras. Algunos lo hicieron.
«Muchas
felicidades, amigo. A ver cuándo nos vemos.»
Dos
recibieron varios “me gusta”.
Uno
añadió una tarta.
Nunca
tuve tanta actividad social como después de muerto.
Mientras
tanto, mis fotografías permanecían en la nube. Allí estaban los nacimientos,
los viajes, las Navidades, las comidas familiares, los amigos que murieron
antes que yo y una última imagen de mi mujer desayunando junto a la ventana. No
sabía que la había tomado. Tampoco ella sabía que existía.
Pero
nadie podía descargarla.
Legalmente
era un recuerdo familiar. Técnicamente pertenecía a una cuenta bloqueada.
Sentimentalmente era de mi mujer. En la práctica estaba secuestrada por una
contraseña.
También
quedaron allí mis conversaciones privadas.
Ese
fue el asunto que más me preocupó después de morir.
Uno
desea que sus seres queridos conserven sus recuerdos, pero no necesariamente
todos. Queremos ser recordados, no registrados. Amados, no auditados.
Había
mensajes escritos durante noches de insomnio, enfados que no significaron nada,
búsquedas absurdas, confidencias ajenas y palabras que solo tenían sentido
cuando todavía podía explicarlas.
La
muerte impide ejercer el derecho de réplica.
Un
mes después llegó el cargo por el almacenamiento digital: dos euros con noventa
y nueve céntimos.
El
banco preguntó a mi mujer si quería cancelar la suscripción.
Ella
miró la pantalla durante un rato.
—Todavía
no —respondió.
Desde
entonces paga cada mes por conservar una vida a la que no puede entrar.
Mi
cuerpo ocupa una urna en el salón. Mis recuerdos, doscientos gigabytes en algún
lugar del mundo.
La
urna está pagada.
La
eternidad cuesta dos euros con noventa y nueve al mes y depende de que no
caduque la tarjeta.
«No me importa lo que
digan de mí, siempre que no sea verdad.» (Truman Capote es el autor de la frase
la cual suscribo en su integridad. Hoy hubiese cumplido 102 años. Se quedó en 59)
Encara
sabia aguantar
A la
Sílvia li deien Sloopy perquè ballava com si ningú hagués inventat encara la
vergonya.
Aquell
setembre del 65, al casal, posaven el mateix disc tres vegades cada nit.
Jo
no ballava. L’esperava fora, recolzat a la Vespa del meu germà, fingint que
fumava.
Dissabte
em va agafar de la mà.
—Avui
no t’escapes.
Vaig
durar mitja cançó abans de trepitjar-li el peu.
Ella
va riure.
Cinquanta
anys després, quan ja no recordava el meu nom, vaig posar-li aquella cançó.
Va
moure els dits sobre el llençol.
Encara
sabia aguantar.



