Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
martes, 8 de septiembre de 2026
LÍNEAS ROJAS
La
primera línea roja la crucé por amor.
Eso
me dije.
Era
una mentira pequeña, casi elegante, de esas que uno puede guardar en el
bolsillo sin que abulten demasiado. Después crucé otra por necesidad. La
tercera porque «todo el mundo lo hace». La cuarta porque ya había cruzado tres
y regresar empezaba a parecerme una extravagancia.
Con
los años fui encontrando líneas rojas por todas partes.
En
el trabajo. En la cama. En las amistades. En los silencios. Algunas estaban
pintadas con trazo grueso y otras apenas se veían, desgastadas por tanta gente
que había pasado antes que yo.
Aprendí
incluso a ponerles nombres más cómodos.
A la
cobardía la llamé prudencia.
A la
mentira, protección.
A la
traición, supervivencia.
Al
egoísmo, amor propio.
Y
así fui avanzando.
Un
día miré hacia atrás y descubrí que había cruzado todas las líneas rojas que
alguna vez juré no atravesar.
Todas
menos una.
Frente
a mí estaba ella.
La
había dibujado yo mismo muchos años atrás, cuando todavía creía que convertirse
en alguien distinto era algo que les sucedía a los demás.
Debajo
había escrito:
«Hasta
aquí puedo dejar de ser yo».
Miré
alrededor.
No
quedaba nadie.
Entonces
comprendí que aquella última línea no estaba delante de mí.
La
llevaba años cruzando.
«El secreto del mundo
no debe buscarse detrás de los objetos, sino detrás de los sujetos.» (Una frase
simple y definitoria der un hombre con un nombre complejo: Jakob
Johann von Uexküll nacido el 8 de setiembre de 1864)
Richard Hughes cumple hoy 51 años y sin él no sonaría la batería del grupo Keane.
El
mateix banc
Cada
tarda s’asseia al mateix banc i observava com el món canviava de pressa.
La
fleca es convertí en una immobiliària. El quiosc, en una botiga de mòbils. Els
nens que jugaven a pilota començaren a empènyer cotxets. Després, a caminar més
a poc a poc.
Ell
continuava allà.
Un
dia, una dona de cabells blancs s’assegué al seu costat.
—Encara
vens?
La
va mirar. Va reconèixer aquells ulls.
—Tu
també has canviat.
Ella
somrigué.
—Tu
no?
Llavors
es mirà les mans.
I
descobrí que feia anys que el banc era l’únic que no havia envellit.
lunes, 7 de septiembre de 2026
UN RATITO
Mi nieta me preguntó cuánto
tiempo faltaba para que se apagara aquella estrella.
Estábamos en la terraza. Ella
tenía siete años, un vaso de leche entre las manos y esa edad en la que uno
todavía cree que los adultos sabemos las respuestas.
—Muchísimo —le dije.
—¿Más que tú?
Miré la estrella.
—Bastante más que yo.
Se quedó callada. Luego
preguntó cuánto iba a durar yo.
Los niños tienen esa
desagradable costumbre de llegar directamente a las preguntas para las que los
adultos hemos inventado religiones, filosofías, testamentos y seguros de vida.
—Un ratito —contesté.
—¿Y yo?
—Otro ratito. Espero que más
largo.
Pareció conformarse.
Le expliqué que aquella luz
probablemente había salido de la estrella muchísimo antes de que ella naciera.
Tal vez antes de que naciera yo. Incluso podía ocurrir que la estrella ya no
existiese y nosotros estuviéramos contemplando algo muerto.
Me miró preocupada.
—Entonces estamos viendo el
pasado.
—Sí.
Sonrió.
—Pues qué suerte.
No entendí.
—Podemos ver cosas que ya no
están.
Volví a mirar el cielo.
Allí arriba había miles de
millones de estrellas, galaxias que nunca pisaremos, mundos que jamás
conoceremos y distancias tan enormes que mi cabeza, acostumbrada a medir el
universo entre casa, el supermercado y algún viaje de vacaciones, renunció a
comprenderlas.
Mi nieta acabó la leche.
—Padrí, ¿mañana podemos
seguir mirando?
—Claro.
Se levantó y volvió dentro.
Yo permanecí un rato más en
la terraza.
Pensé que tenía razón.
Vivimos un instante ridículamente corto y apenas recorremos unos pocos
kilómetros de una inmensidad que no parece haberse construido pensando en
nosotros.
Y, sin embargo, aquí
seguimos.
Levantando la cabeza.
Preguntando.
Quizá nuestra grandeza
consista precisamente en eso: en saber que disponemos de muy poco tiempo y
gastarlo intentando comprender lo eterno.
«Para describir exactamente
hay que haber visto, vuelto a ver, examinado y comparado aquello que se quiere
describir, y todo ello sin prejuicios ni ideas preconcebidas.» (Georges-Louis
Leclerc de Buffon es el autor de la frase. Nació el 7 de setiembre de 1707 y
fue un consumado naturalista, por eso le daba tanta importancia a la
observación y examen de las cosas; cosa difícil para cualquier ser humano)
Chrissie Hynde cantante de los Pretenders no consta que en los 75 años que ha estado en este mundo, haya estado en alguna cadena de prisioner@s a pesar de su ferviente activismo. Porque para ser declarad@ activista un requisito es haber pasado por "chirona".
Dilluns
Va guardar la
seva fotografia dins la cartera, darrere la targeta de fitxar.
Feia tres dies
que l’havien enterrada.
Dilluns, a les
vuit, la fàbrica va xiular com sempre. Ningú no li va preguntar com estava. Les
màquines tampoc no acostumen a interessar-se pels morts.
Va ocupar el
seu lloc a la cadena i començà a cargolar peces.
Una. Dues.
Tres.
A la quarta,
va mirar la fotografia.
—No sé què
faig aquí.
El capatàs
cridà que anava endarrerit.
Ell la besà
d’amagat i continuà treballant.
Els morts
poden aturar-te el cor.
La vida,
gairebé mai.
domingo, 6 de septiembre de 2026
QUE NO VENGAN LOS OTROS
Esta
tarde he estado mirando unas elecciones alemanas sin entender una sola palabra
de alemán.
Tampoco
hacía falta.
Los
porcentajes son universales.
44,4.
Eso
se entiende en alemán, en castellano, en catalán y hasta en ese idioma extraño
que hablan los políticos cuando intentan explicarnos por qué han perdido unas
elecciones sin utilizar jamás la palabra «perder».
Alternativa
para Alemania, AfD, ha ganado con una ventaja enorme las elecciones de
Sajonia-Anhalt. La extrema derecha. Esa que durante años estuvo detrás del
llamado «cordón sanitario». Esa con la que nadie quería pactar. Esa a la que
había que mantener alejada del poder porque determinadas posiciones suyas no
solo son radicales, sino que cuestionan principios que Europa creyó haber
aprendido a sangre y fuego durante el siglo pasado.
Y,
sin embargo, ahí está.
Más
de cuatro de cada diez votantes.
No
sé si lo más preocupante es el resultado o que todavía haya quien se sorprenda.
Porque
llevo años escuchando una explicación bastante cómoda: la extrema derecha crece
porque la gente se ha vuelto de extrema derecha.
Magnífico
análisis.
Es
como explicar que llueve porque cae agua del cielo.
A mí
me interesa bastante más saber por qué cae.
Y
sobre todo por qué cada vez cae más.
No
creo que millones de europeos se hayan despertado una mañana, hayan desayunado
tranquilamente su café con leche y hayan pensado:
—Cariño,
creo que hoy me voy a hacer fascista.
Algo
habrá ocurrido entre medias.
Algo
han hecho unos.
Algo
han dejado de hacer otros.
Y
aquí es donde quizá deberíamos hablar de una cuestión bastante menos agradable
para quienes durante muchos años se han considerado depositarios naturales del
progreso: ¿y si una parte importante del avance de la derecha radical tiene que
ver con el fracaso de quienes debían impedirlo gobernando bien?
No
digo que sea la única causa.
Sería
demasiado sencillo.
Hay
inmigración, inseguridades culturales, guerras, inflación, pérdida de poder
adquisitivo, miedo al futuro, empleos que desaparecen, industrias que se
marchan, redes sociales que convierten cualquier estupidez en doctrina política
en veinte minutos y una creciente desconfianza hacia unas instituciones que
mucha gente siente cada vez más alejadas de su vida.
Pero
también existe otra cosa.
El
agotamiento.
El
agotamiento de un discurso.
Durante
décadas buena parte de la izquierda europea tuvo palabras muy potentes.
Igualdad.
Trabajo.
Sanidad.
Educación.
Derechos.
Justicia
social.
Vivienda.
Libertad.
Palabras
que hablaban de cosas que podían tocarse. El salario que llegaba a final de
mes. El colegio de tus hijos. El hospital donde atendían a tu madre. La
posibilidad de alquilar una vivienda sin entregar a cambio un riñón
perfectamente funcional.
Ahora,
demasiadas veces, el mensaje parece haberse reducido a otro mucho más sencillo:
«Que
no venga la derecha».
Y,
cuando la derecha crece:
«Que
no venga la ultraderecha».
No
es un programa electoral.
Es
una amenaza.
Vótame
porque, si no, vienen ellos.
Es
una forma curiosa de pedir el voto. Algo así como ese restaurante que, en lugar
de anunciar que cocina bien, colocase en la puerta un cartel:
COMA
AQUÍ. EL RESTAURANTE DE ENFRENTE PODRÍA ENVENENARLE.
Puede
funcionar una temporada.
Pero
algún día alguien cruza la calle para comprobarlo.
Y
luego están los cordones sanitarios.
La
expresión siempre me ha resultado curiosa.
Un
cordón sanitario sirve para aislar una infección. Perfecto.
Pero
el problema surge cuando dentro del cordón ya tienes al cuarenta por ciento de
la población.
Entonces
quizá ya no tengas solamente un problema con la infección.
Tienes
un problema con el paciente.
Y
habrá que preguntarle qué le pasa.
Eso
no significa aceptar sus diagnósticos. Ni comprar sus remedios. Ni mucho menos
considerar democráticamente aceptable cualquier propuesta por el mero hecho de
que consiga votos. La democracia no consiste solamente en contar papeletas.
También consiste en respetar derechos, instituciones, minorías y unas reglas
sin las cuales el voto acaba sirviendo para elegir democráticamente a quien un
día puede decidir que ya no hace falta votar.
La
historia europea debería habernos enseñado algo al respecto.
Pero
precisamente por eso combatir a la extrema derecha exige algo bastante más
difícil que llamarla extrema derecha.
Hay
que convencer a sus votantes.
Y
para convencerlos primero habrá que escucharlos.
Incluso
cuando dicen cosas que no nos gustan.
Sobre
inmigración.
Sobre
seguridad.
Sobre
salarios.
Sobre
vivienda.
Sobre
impuestos.
Sobre
servicios públicos.
Sobre
identidad.
Sobre
el miedo a que sus hijos vivan peor que ellos.
Porque
si ante cada pregunta incómoda la respuesta consiste en acusar a quien pregunta
de racista, insolidario, retrógrado o ignorante, llegará un partido que le
dirá:
—Yo
sí te escucho.
Quizá
después le mienta.
Quizá
le venda soluciones imposibles.
Quizá
convierta sus miedos en votos.
Pero,
para entonces, el otro ya ha cometido el error fundamental: ni siquiera quiso
escuchar la pregunta.
Existe
además una arrogancia política particularmente peligrosa: pensar que
determinados ciudadanos votan mal.
Curioso
concepto democrático.
El
ciudadano es extraordinariamente inteligente cuando me vota a mí y víctima de
la manipulación cuando vota al adversario.
Cuando
gano, «la ciudadanía ha hablado».
Cuando
pierdo, «hay que analizar el auge del populismo».
Nunca
he escuchado a un partido reconocer:
—Quizá
el problema somos nosotros.
Sería
revolucionario.
Imagino
una noche electoral. El dirigente sale al atril, mira a las cámaras y dice:
—Nos
han dado una hostia.
Perdón
por la expresión, pero sería probablemente el discurso político más sincero de
los últimos treinta años.
Después
podría añadir:
—Y
antes de explicarles a nuestros antiguos votantes por qué se han equivocado,
vamos a intentar averiguar en qué nos hemos equivocado nosotros.
Hasta
es posible que recuperasen alguno.
Porque
quizá el gran problema de una parte de la izquierda europea no sea haber
perdido unas elecciones.
Sea
haber perdido algo anterior.
El
relato.
La
capacidad de explicar para qué quiere gobernar.
No
contra quién.
Para
qué.
Qué
sociedad propone.
Qué
hará con la vivienda.
Cómo
sostendrá las pensiones.
Cómo
gestionará la inmigración sin convertir la solidaridad en ingenuidad ni la
seguridad en xenofobia.
Cómo
protegerá los servicios públicos.
Cómo
permitirá que un trabajador vuelva a pensar que trabajar sirve para vivir
mejor.
Cómo
reconciliará la transición ecológica con quien teme perder su empleo.
Cómo
conseguirá que un joven pueda marcharse de casa de sus padres antes de que
tenga que hacerlo para ingresar directamente en una residencia de ancianos.
Eso
es política.
Lo
otro es resistencia.
Y
nadie puede gobernar eternamente atrincherado.
Hoy,
en Sajonia-Anhalt, millones de alemanes han votado. Podemos estar profundamente
en desacuerdo con ellos. Podemos preocuparnos —y hay motivos— por determinadas
posiciones de AfD. Podemos establecer límites democráticos a aquello que ataque
los fundamentos de la propia democracia.
Lo
que no podemos hacer es fingir que esos electores no existen.
Ni
esperar que desaparezcan detrás de un cordón.
Porque
los cordones sirven para separar.
Nunca
para convencer.
Y
quizá ese sea el problema.
Que
durante demasiado tiempo algunos partidos han dedicado más esfuerzo a explicar
a los ciudadanos a quién no deben votar que a conseguir que vuelvan a tener
ganas de votarles a ellos.
Si
tu mejor promesa electoral consiste en que los otros no llegarán al poder, no
deberías sorprenderte demasiado cuando, un día, los ciudadanos decidan
averiguar qué ocurre si llegan.
«Pero quien más no
alcanza, lo hace todo a su pobre semejanza.» (Juan Eugenio Hartzenbusch nacido
el 6 de setiembre de 1806 para escribir “Los amantes de Teruel”… ya sabéis cuál
es la rima fácil)
Macy Gray canta que está fuera de lugar. En realidad no lo canta ella, es un cover de otra intérprete; su mejor canción, dicen las críticas, es otra. A mi me gusta más la del vídeo. Macy cumple hoy 57 años.
Fora
de lloc
Durant anys va procurar passar
desapercebuda.
S’asseia als racons, vestia
colors discrets i va aprendre a riure quan reien els altres.
Fins que va aparèixer ell.
—Ets diferent —li va dir.
Ella va estar a punt
d’enamorar-se.
Després va comprendre que
diferent era una paraula bonica que la gent fa servir quan encara no s’atreveix
a dir estranya.
Aquella nit es va mirar nua
davant del mirall.
Arrugues. Cicatrius. Un cos que
havia sobreviscut a massa explicacions.
Per primera vegada no va voler
ser especial.
Ni tan sols va voler
agradar-li.
Es va posar el vestit vermell.
I va sortir.
Que se sentissin incòmodes els
altres.
sábado, 5 de septiembre de 2026
CINCO DE SEPTIEMBRE
Hoy
es cinco de septiembre.
Lo
sé porque lo dice el calendario.
Porque
si tuviera que averiguarlo por la temperatura, diría que estamos a treinta y
tantos de julio, quizá a cuarenta y dos, que últimamente los meses también
parecen medirse en grados.
Son
las siete de la tarde y acabo de salir al balcón buscando aire. Una ingenuidad.
Fuera no hay aire. Hay una sustancia caliente, espesa, inmóvil, que ocupa su
lugar. Algo parecido a cuando abres el horno para comprobar si está hecha la
lubina y recibes en la cara el bofetón de los doscientos grados.
Solo
que dentro del horno está la lubina.
Aquí
estoy yo.
He
cerrado las persianas durante buena parte del día, he bajado los toldos, he
abierto ventanas estratégicamente, las he cerrado cuando he visto que la
estrategia consistía en dejar entrar más calor, he conectado el ventilador y
llevo varias horas girando con él.
El
ventilador, por cierto, no refresca.
Distribuye
el sufrimiento.
Lo
recoge de una esquina de la habitación y te lo devuelve cuidadosamente
ordenado.
Treinta
y dos grados a velocidad uno.
Treinta
y dos grados a velocidad dos.
Treinta
y dos grados a velocidad tres, pero con sensación de huracán africano.
Y
estamos en septiembre.
Eso
es lo que me molesta.
No
el calor. Bueno, el calor también, naturalmente. Lo que me molesta es la estafa
del calendario.
Toda
mi vida septiembre había significado otra cosa.
Septiembre
era volver.
Volver
al colegio, al trabajo, a los horarios, a las chaquetas finas por la noche. Era
ese mes en el que las playas empezaban a quedarse vacías y aparecía algún
valiente caminando por la orilla con jersey mientras los demás pensábamos que
exageraba.
Septiembre
olía a libros nuevos.
A
lápices.
A
goma de borrar.
A
aquella sensación infantil de que empezaba algo.
Ahora
empieza también algo.
Otra
ola de calor.
Nos
hemos acostumbrado incluso a ponerles nombre, como si fueran miembros de la
familia.
—¿Qué
tal estáis?
—Bien.
Aquí, con la ola de calor.
Como
antes decíamos:
—Aquí,
con la abuela.
Y no
sé cuál de las dos ocupa más espacio en casa.
En
la televisión aparece un señor delante de un mapa pintado de rojo oscuro. Ya
casi no quedan colores suficientes para representar las temperaturas. Recuerdo
cuando el rojo significaba calor. Ahora el rojo significa fresquito y han
tenido que inventarse una especie de granate apocalíptico para indicarnos que
salgamos a la calle solamente si tenemos intención de cocernos.
El
hombre del tiempo sonríe.
Eso
siempre me ha llamado la atención.
—Mañana
alcanzaremos nuevamente los treinta y ocho grados.
Y
sonríe.
¿Pero
de qué te ríes?
Treinta
y ocho grados no es una información. Es una amenaza.
Aunque
reconozco que tampoco podría anunciarlo llorando.
Imagino:
—Mañana,
treinta y ocho grados en el litoral…
Y
rompiendo a sollozar.
Sería
poco profesional.
Así
que sonríe y nosotros asumimos la noticia como asumimos tantas cosas
últimamente: con una mezcla de resignación, aire acondicionado y factura
eléctrica.
Porque
esta es otra.
Antes,
cuando hacía calor, mi madre cerraba las persianas, abría por la noche y decía:
—Ya
refrescará.
Aquello
era toda la tecnología climática disponible.
Y
refrescaba.
Ahora
hago exactamente lo mismo y a las tres de la madrugada continúan los veintiocho
grados agarrados a la fachada como okupas térmicos.
No
se van.
No
pagan alquiler.
Y
encima duermen contigo.
Te
levantas sudando, das la vuelta a la almohada buscando aquel lado fresco que
existía cuando éramos niños y descubres que también está caliente.
Ahí
comprendí que las cosas iban mal.
Una
civilización puede soportar guerras, crisis económicas, políticos mediocres e
incluso programas televisivos de tertulia durante horas.
Pero
cuando desaparece el lado fresco de la almohada hay que empezar a preocuparse
seriamente.
Salgo
otra vez al balcón.
Enfrente,
una mujer riega unas plantas que presentan el mismo aspecto que yo: inclinadas
hacia abajo y esperando que alguien haga algo.
Un
hombre pasea a un perro que se niega a caminar.
El
animal se sienta.
El
hombre tira suavemente de la correa.
El
perro lo mira.
Y en
esa mirada hay más inteligencia climática que en muchas conferencias
internacionales.
«Sal
tú si quieres».
El
hombre acaba cediendo y vuelve hacia casa.
Victoria
de la especie animal sobre la humana.
Nosotros
necesitamos informes para entender cuándo hace demasiado calor.
Ellos
ponen el culo en el suelo.
También
he observado otro fenómeno.
Hemos
empezado a hablar del tiempo como hablaban nuestros abuelos.
Todo
el día.
—Qué
calor.
—Es
insoportable.
—Dicen
que mañana baja.
—Pues
yo he oído que vuelve a subir.
—Por
la noche no corre ni una gota de aire.
Nos
hemos convertido en aquellos ancianos que comentaban el tiempo apoyados en un
bastón.
Solo
que nosotros lo hacemos mirando una aplicación del móvil que nos anuncia, con
precisión científica, que dentro de tres horas seguiremos exactamente igual de
jodidos.
Miro
el calendario otra vez.
Cinco
de septiembre.
Todavía
faltan semanas para el otoño.
Aunque
ahora lo del otoño es una expresión administrativa.
Una
fecha.
Un
trámite astronómico.
El
día veintitrés alguien dirá solemnemente:
—Hoy
comienza el otoño.
Y
probablemente estaremos en pantalón corto, bebiendo agua con hielo y
preguntándonos dónde demonios hemos guardado el mando del aire acondicionado.
Tal
vez ese sea el verdadero cambio.
No
que haga calor.
Siempre
ha hecho calor.
Yo
recuerdo veranos abrasadores, noches en las que costaba dormir, persianas
bajadas y cuerpos buscando una corriente de aire imposible.
La
diferencia está en que antes sabíamos que terminaría.
El
verano tenía un final.
Septiembre
era su despedida.
Se
marchaba lentamente, todavía dando algún coletazo, como esos invitados que
después de levantarse de la mesa tardan media hora en llegar hasta la puerta.
Ahora
no.
Ahora
parece haberse quedado a vivir con nosotros.
Y lo
peor de los invitados que se quedan demasiado tiempo no es que ocupen el sofá.
Es
que un día descubres que ya tienen las llaves de casa.
«¿Por qué no erigir una
iglesia cuya cúpula, atravesando las nubes, sea una perenne súplica ante el
trono de un Dios provocado por tantas iniquidades como se cometen?» (Hoy traigo
la frase de Josep Maria Bocabella por dos razones: la primera es porque nació
el 5 de setiembre de 1815 y la segunda, más importante aunque no conocida,
porque fue el impulsor -léase pagano- de la construcción del templo de la Sagrada
Familia ¿A qué iglesia pensabais que se refería?)
Freddie Mercury hubiese cumplido hoy 80 redondos años. Se "liberó" de este mundo con 44. Es uno de los autores que suelo felicitar, recordar y agradecer haber coincidido con él repetidamente. Y prometo que lo volveré a hacer.
La
porta era oberta
Durant
trenta anys havia somiat fugir.
De
la feina, del matrimoni, dels diumenges amb la sogra, de les factures i fins i
tot d’aquell mirall que cada matí li tornava un desconegut.
Un
dimarts va fer la maleta.
La
seva dona el va mirar des del sofà.
—Te’n
vas?
—Sí.
—Ja
era hora.
Ell
va quedar immòbil.
Ella
somrigué.
—Fa
anys que la porta és oberta. Eres tu qui no sortia.
Va
deixar la maleta a terra.
Aquella
nit va dormir al sofà.
Però,
per primera vegada, ho va fer perquè va voler.
viernes, 4 de septiembre de 2026
AL
OTRO LADO DE LA CALLE
Volvía a casa pasada la
medianoche. Delante de mí caminaba una mujer joven. Veinte metros, quizá
treinta. Los suficientes para que ninguno de los dos tuviera que preocuparse
del otro.
Eso creía yo.
En la primera esquina giró la
cabeza. Apenas un segundo. Luego aceleró el paso.
Yo seguí andando.
En la siguiente calle volvió
a mirar. Esta vez pude verle la cara. No me estaba mirando. Me estaba
vigilando.
Instintivamente comprobé mi
aspecto como si pudiera verlo desde fuera: vaqueros, chaqueta oscura, manos en
los bolsillos. Un hombre caminando de noche detrás de una mujer.
Nada más.
Y, precisamente, todo eso.
Ella sacó el móvil. Habló con
alguien.
—Sí, ya llego… Estoy entrando
en mi calle.
No sé si había alguien al
otro lado.
Después vi su mano derecha.
Llevaba unas llaves entre los dedos. No en la palma. Entre los dedos, como
pequeñas cuchillas domésticas.
Me molestó.
No ella. Me molestó pensar
que pudiera tenerme miedo. Yo, que no había hecho nada. Yo, que jamás…
Entonces me detuve.
Porque ahí estaba el error.
Ella no tenía por qué saber
quién era yo. No conocía mis buenas intenciones, mi educación, mis antecedentes
penales inexistentes ni que seguramente, al llegar a casa, me pondría el pijama
y abriría la nevera buscando algo dulce.
Solo sabía que un desconocido
caminaba detrás de ella a las doce y media de la noche.
Crucé de acera.
La mujer volvió la cabeza. Me
vio alejarme por el otro lado y guardó lentamente las llaves en el bolso.
Seguí andando.
Unos minutos después vibró mi
móvil.
Era un mensaje de mi hija:
«Papá, ya estoy en casa ❤️».
Le contesté con otro corazón.
Y aquella noche comprendí
algo bastante incómodo: yo había pasado unos segundos preocupado porque una
desconocida pudiera confundirme con un hombre peligroso.
Ella había pasado varios
minutos preocupada porque quizá no se estuviera confundiendo.
«El hombre debe escoger entre
ser rico en cosas o en la libertad de usarlas» (Iván Illich nacido el 4 de
setiembre de 1926 para ser anarquista y pedagogo. La paradoja en una sola
frase: consumir más nos lleva a la pérdida de autonomía)
Y hoy, sin más, una canción de 1951 compuesta por Quintero, León y Quiroga, popularizada por las más grande, la Lola en 1953 e interpretada en el vídeo por el violín de Ara Malikian para ponerte los pelos como escarpias.
LA CADIRA
BUIDA
Cada nit
parava taula per a dos.
Els veïns
deien que s’havia tornat boja. Feia vint anys que ell havia mort.
Ella somreia,
servia el vi, deixava el pa al seu costat i explicava com li havia anat el dia.
Una nit, però,
només va posar un plat.
Va sopar en
silenci.
Després va
recollir la cadira d’ell i la va baixar al carrer.
L’endemà, una
veïna li preguntà si finalment l’havia oblidat.
—No. He après
a recordar-lo sense convidar la pena a sopar.