CONVERSACIONES CON LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
El mundo que amanece
"Le llamé inteligencia artificial para no reconocer que, por primera vez, alguien me respondía sin querer ganarme"
Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
CONVERSACIONES CON LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
El mundo que amanece
"Le llamé inteligencia artificial para no reconocer que, por primera vez, alguien me respondía sin querer ganarme"
DÉJALO PARA MAÑANA
No sé en qué momento
convertimos el “no lo dejes para mañana” en una religión. Como si mañana fuera
un cajón infinito, limpio, sin facturas, sin cansancio y sin gente llamando a
la puerta.
La verdad es más simple y más
incómoda: hay cosas que se pueden hacer hoy, y conviene hacerlas hoy. No por
virtud, sino por higiene mental. Y luego están las otras: las que hoy no caben,
no dependen de ti, o exigen una energía que no tienes. Ésas no se posponen: se
aceptan.
Porque aplazar también puede
ser una forma elegante de mentirse. Y la prisa, otra manera de romperlo todo
con buena conciencia.
Así que quizá la regla no sea
“hazlo ya”, sino “no te empeñes en lo imposible”. Haz lo que toca cuando toca.
Y lo que no se puede… suéltalo. No como derrota, sino como lucidez. Mañana no
siempre arregla nada; a veces solo repite el mismo teatro con otra luz.
«El amor es como la guerra de trincheras: no ves al enemigo, pero sabes que está ahí y que es más sabio mantener la cabeza agachada.» (Lawrence Durrell nacido el 27 de febrero de 1912 no quiso ser considerado británico, sino un ciudadano del mundo. No sé la manía de much@s escritor@s -y de las personas en general- de considerar el amor como una guerra; tal vez a Durrell le influenció el vivir las dos grandes guerras europeas del pasado siglo)
Neal Schon hoy cumple 72 años y hace muchos que toca la guitarra; aprendió con uno de los mejores, Carlos Santana. Su guitarra "habla" cuando interpreta a "Caruso". Comprobarlo.
Balcó amb veu prestada
A l’habitació d’hotel, la mar
fa d’afinador: sal a la gola, llum a la pell. Ell canta baix, com si demanés
perdó a les parets. Ella riu amb llàgrimes curtes, i el seu riure li deixa un
gust de mandarina amarga als llavis. A fora, Nàpols bull, però aquí dins només
hi ha dos cossos i una veu que no és d’aquest món. Quan diu “t’estimo”, li
tremola la mà com un estendard cansat. I, tot i així, la cançó el salva.
FILTRO
DE POSITIVIDAD
En mi móvil
aparece una foto como si fuera una amenaza: 2016 vs 2026. A la izquierda, yo
con menos barriga y más pelo; a la derecha, yo con el mismo gesto de siempre,
pero con una paciencia que antes no tenía porque, claro, antes tenía tiempo
para desperdiciarlo.
Lo curioso es
que la foto de 2016 me mira con una alegría que no recuerdo haber sentido. Esa
es la primera mentira. La segunda: que yo diga “antes todo era más sencillo”.
Lo repito con esa solemnidad barata que se compra en redes sociales, como quien
compra una vela con olor a “hogar” y luego se pregunta por qué huele a químico.
Estoy en la
mesa de la cocina. La ventana da a un patio interior donde las sábanas ajenas
se agitan con la dignidad de las cosas que no tienen ambición. Barcelona suena
al fondo: un camión, una moto que se cree imprescindible, una vecina que
discute con alguien que no está. Yo, en cambio, discuto con alguien que sí
está: mi memoria.
Porque mi
memoria ha empezado a ponerse dulce. Como si tuviera un pacto con mi edad.
A veces pienso
que la jubilación —esa palabra que suena a premio y a castigo a la vez— no
llega en el día que firmas el papel, sino antes. Llega cuando te descubres
repasando tu vida como quien repasa una lista de compra ya pagada: lo que falta
no importa, lo que sobró lo justificas, lo que dolió lo guardas en un cajón que
no abres. Me pasa con 2016. Me pasa con todos mis 2016.
En 2016 yo
decía que estaba agotado. Que el despacho me chupaba la sangre, que la gente
venía con problemas que no eran míos y me los dejaba encima de la mesa como si
fueran sobres sin sello. Yo volvía a casa tarde, con la garganta áspera, con el
cuello duro, con la sensación de que el día era un pasillo sin salida. Y, sin
embargo, la foto dice otra cosa: una sonrisa limpia, un vaso en la mano, una
camisa azul que me sienta bien porque mi cuerpo todavía no se había rendido del
todo a la gravedad. Detrás, una terraza, una noche de verano, unas luces
amarillas, alguien que me está haciendo la foto con cariño o con paciencia.
¿Ves? Ya estoy
idealizando incluso a quien apretó el botón.
Me da por
ampliar la imagen con los dedos. Busco detalles como un detective de mí mismo.
El fondo está ligeramente desenfocado, pero se distingue una mesa, unas manos,
un plato a medio terminar. No recuerdo qué comíamos. Recuerdo, eso sí, la
discusión de antes.
—No estás —me
dijo ella, entonces.
—Estoy aquí —le contesté, como siempre, como
si “aquí” fuera un lugar y no un cuerpo.
A mí me gusta
creer que esa frase nunca existió. Mi memoria la disuelve, la vuelve espuma, la
manda al fondo donde se guardan las cosas que, con los años, pierden fuerza.
Ese es el truco: lo malo no desaparece, solo se vuelve menos accesible. Y en su
lugar suben a la superficie los veranos interminables, las conversaciones sin
prisa, los problemas que hoy parecen pequeños. No porque fueran pequeños, sino
porque yo me he vuelto grande… o porque me he vuelto más cobarde. No lo tengo
claro.
Lo que sí
tengo claro es que, cuando el presente se pone feo, el pasado se pone guapo. Es
un mecanismo de defensa con buen marketing.
Mi hija me
manda un audio.
—Papá, ¿has
visto lo de las fotos? Qué fuerte, ¿eh? Parece que hace diez años éramos
felices.
Me río solo.
Me oigo reír y me doy cuenta de que ya no río igual. Antes era una risa corta,
rápida, como quien huye. Ahora es una risa lenta, con un poco de arena en los
dientes. Le contesto:
—Éramos
felices en los ratos que no lo sabíamos. Como siempre.
Ella me deja
en visto. Es su manera de quererme sin ponerse cursi.
Salgo a la
calle. Necesito aire. En el ascensor me miro en el espejo metálico y me
encuentro con la cara del 2026. O del 2025. O del año que sea. Las fechas
empiezan a mezclarse, como si el calendario también tuviera nostalgia. Bajo al
portal, piso la acera, y el barrio me recibe con su olor: pan recién hecho en
una esquina, detergente en otra, el humo de un autobús que parece un animal
viejo. Camino hacia el metro, pero en vez de entrar, me quedo un momento
mirando el flujo de gente. Todos van con el móvil en la mano, como si llevaran
una brújula que solo marca “antes”.
En un banco
hay un hombre mayor con una bolsa de plástico y una mirada de domingo. Me mira
un segundo y aparta la vista. Me recuerda a mi padre, y mi padre me recuerda a
mi adolescencia, y mi adolescencia me recuerda a una chica que nunca besé por
miedo a equivocarme. Y el miedo, curiosamente, es el recuerdo más fiel de
todos: no se deja endulzar.
Vuelvo a casa.
Me siento otra vez en la cocina. Abro la galería de fotos y busco la original,
la de 2016, sin filtros, sin ese brillo que ahora parece natural. La encuentro.
Y ahí está la grieta.
En la foto
original yo no sonrío. Tengo los labios apretados, una sombra bajo los ojos, la
camiseta manchada por una gota de vino, y el gesto de quien está pensando en
algo que no dice. Detrás, en la mesa, se ve claramente un plato frío y una
silla vacía. La silla vacía es la que mi memoria había rellenado con cariño. Y,
sin embargo, ahí está: vacía, como una prueba.
Me quedo
mirando esa silla como si fuera un agujero en el tiempo. Como si la nostalgia
fuera, al final, esto: un montaje. Un recorte. Una edición.
Me dan ganas
de enfadarme con la red social, con el algoritmo, con el mundo por venderme la
idea de que 2016 fue “el último año bueno”. Pero la verdad es más simple y más
incómoda: el filtro lo puse yo. Lo puse cada vez que conté esa historia
omitiendo la silla. Lo puse cada vez que dije “antes” para no decir “ahora”.
Entonces hago
algo que no tiene épica, pero sí tiene sentido: cierro el móvil.
Me quedo un
rato en silencio, escuchando el patio interior, las sábanas, la vida que no
posa. Y pienso que quizá recordar no sea volver atrás, sino volver a construir,
con las manos de hoy, una versión soportable de lo que fuimos.
La pregunta,
la que no me deja en paz, es otra: ¿cuándo empezaré a construir una versión
soportable de lo que soy ahora?
«Aniquila los deseos y aniquilarás la
mente: quien no tiene pasiones no tiene principio de acción ni motivo para
actuar.» (Para escribir esa frase y practicarla no sé podía ser más que
filósofo. Claude-Adrien
Helvétius es su autor. Nacido el 26 de febrero de 1715 tuvo antecedentes familiares
relacionados con la alquimia lo que le da un toque mágico a toda su filosofía)
Hoy Nacho Cano del grupo Mecano, cumple 63 años. No lo voy a felicitar aunque las canciones del grupo estén entre mis preferidas. El destino ha llevado a Nacho Cano por lugares que a mí no me gusta estar.
Semàfors que no perdonen
Vaig sortir de casa amb el cor fent de
bateria barata. A l’avinguda, el semàfor em va mirar com si em conegués de tota
la vida: vermell, sempre vermell, quan jo tenia pressa per arribar a tu i
demanar-te perdó sense paraules cursis.
Un cop de vent em va empènyer el tiquet
del metro fins als peus d’un desconegut. El va recollir, va somriure… i eres
tu, amb la mateixa jaqueta d’aquell dia.
No crec en el destí. Però el destí, pel
que es veu, sí que creu en mi.
LA
CORREA INVISIBLE
Me descubrí la cola una mañana
de lunes, justo cuando el ascensor decidió oler a jefe.
No era una cola de carne y
foto de carnet. Era peor: una cola íntima, nerviosa, hecha de impulso. Se me
movía por dentro, como si mi espalda recordara un idioma antiguo que el cuerpo
dejó de hablar por vergüenza.
En la oficina nadie vio nada.
Nadie ve nada, en realidad. Te pueden cambiar la vida en un Excel y te lo
llaman “ajuste”. Aun así, yo notaba el mundo distinto: los ruidos tenían
esquinas, los perfumes eran anuncios de guerra, y la alfombra de moqueta —ese
pantano corporativo— me pedía la planta del pie como si fuera barro real.
Yo era therian. Eso decía la
palabra que encontré una noche, buscando sin quererme. No “me sentía” lobo, ni
zorro, ni gato. No iba de disfraz ni de postureo. Era más simple y más difícil:
había una parte de mí que no cabía en lo humano sin hacerse daño. Una parte
que, cuando me obligaban a sonreír en reuniones, enseñaba los dientes por
debajo.
En la pausa del café —yo
siempre lo pedía sin cafeína, por puro miedo a mí mismo— me miraban como se
mira a un archivo corrupto.
—¿Te pasa algo? —preguntó
Clara, con su voz de “te lo digo por tu bien”, que en realidad significa “me
incomoda tu existencia”.
Yo noté su pulso en el cuello,
esa luz tibia bajo la piel. Noté la mentira en el aire, esa humedad. Y pensé: si
hablara como lo que soy, la sala se quedaría sin oxígeno.
—Nada —dije—. Solo… que me
cuesta la correa.
Clara soltó una risa pequeña,
administrativa.
—¿Correa?
—Sí. La que no se ve.
El director general entró
justo entonces, peinado como un decreto. Se acercó con esa autoridad que no
nace del talento sino del miedo ajeno.
—Equipo —dijo—. Este trimestre
vamos a apretar.
Yo escuché la palabra apretar
y mi cuerpo hizo lo que hace un animal cuando presiente la trampa: se preparó
para correr, para morder o para desaparecer.
Apreté yo también. Pero por
dentro.
Esa tarde, al volver a casa,
me quité la camisa como quien se quita un uniforme de especie. En el espejo me
miré y no vi nada extraordinario: un hombre cansado, ojos de lunes permanente,
manos que han firmado demasiadas renuncias sin firmar las propias.
Entonces noté algo más: la
correa invisible no estaba en mi cuello.
Estaba en la muñeca.
Era una pulsera corporativa,
de esas “motivacionales”, con letras amables: WE ARE FAMILY.
Me la habían regalado en la
cena de empresa, brindando por “el compromiso”. Yo la llevaba por educación,
por no ser “raro”, por ese instinto humano de parecer domesticado.
La arranqué.
Y, al hacerlo, no apareció
ninguna cola. No aullé. No me convertí.
Solo respiré.
Y entendí lo que me había
confundido todo este tiempo: yo no era un animal dentro de un humano.
Era un animal fuera de
una jaula que me habían enseñado a llamar “normalidad”.
El lunes siguiente fui a la
oficina sin pulsera.
Nadie dijo nada.
Pero el ascensor, por primera
vez, olió a aire.
«Se
extiende ante nosotros un caos de opiniones tan inextricable, que orientarse
parece casi imposible.» (Esta frase la escribió -o dijo- Otto
Liebmann entre el 25 de febrero de 1840 y el día donde se fue a la habitación
de al lado allá por 1912. Como puede leerse seguimos más o menos igual)
A George Harrison es la tercera vez que lo felicito: hoy hubiese cumplido 83 años pero hace 25 que "yanoestáentrenosotr@s". Es curioso que la canción que más bailé en un baldosín agarrado a una moza, todavía no había llegado a este lugar. My sweet lord. Bona nit.
L’escala que no porta enlloc
Vaig pujar l’escala del terrat
amb la gola plena de “ja n’hi ha prou”. A baix, la ciutat feia soroll de
monedes i presses. Jo, en canvi, buscava una veu neta, una mà invisible que
m’ordenés el caos sense renyar-me. Vaig murmurar un nom —no sé si era Déu, amor
o pura necessitat— i el vent me’l va tornar com una rialla suau. No va
aparèixer cap miracle: només un silenci càlid, com una promesa que no exigeix
res. I, estranyament, em va bastar.
CUANDO POR FIN CALLA EL MUNDO
Hay
días en los que me sorprendo negociando conmigo mismo como si fuera un país
extranjero: “cinco minutos más”, “solo miro esto”, “después empiezo”. Y lo
curioso no es que me pase; lo curioso es que me creo mis propias excusas con
una facilidad que asusta.
Por
eso me fascina esa idea de 1925: alguien se tomó tan en serio la
procrastinación que diseñó un casco para aislarte del mundo. Un artefacto que
reduce el campo de visión, amortigua el ruido y te deja a solas con la tarea… y
con tu cabeza. Casi una confesión tecnológica: no confío en mí, así que me pongo una armadura contra mí
mismo.
Pero
ahí está la trampa. Pensamos que lo que nos distrae viene de fuera: la gente,
el móvil, el ruido, el mundo que insiste. Y sí, claro que influye. Pero cuando
el silencio llega, cuando por fin no hay nada que mirar ni escuchar, aparece lo
que de verdad pesa: el miedo a hacerlo mal, el cansancio, la pereza que no es
pereza sino saturación, la ansiedad disfrazada de “no pasa nada si lo dejo para
luego”.
El
casco promete foco, pero también revela algo incómodo: aislarse no siempre es
concentrarse; a veces es solo quedarse encerrado con lo que uno estaba
evitando. Y entonces entiendo por qué muchas “soluciones definitivas” duran lo
que dura el entusiasmo: porque no atacan el núcleo, solo le ponen una tapadera.
Así
que, cuando me descubro postergando, intento cambiar la pregunta. No “¿qué me
distrae?”, sino “¿qué emoción estoy tratando de no sentir?”. Y desde ahí, el
foco deja de ser una disciplina militar y se vuelve una cosa más humana: hacer
sitio, bajar el ruido lo justo, empezar pequeño… y aceptar que, a veces, el
verdadero aislamiento no es del mundo, sino de la excusa.
«¿Por
qué soy exactamente este ser y no otro? ¿En este punto del espacio ilimitado y
en este instante del tiempo infinito? ¿En este grupo de seres, en este planeta?
¿Por qué existo, si podría haber no existido?» (No hace falta explicar que Stanisław
Ignacy Witkiewicz nacido el 24 de febrero de 1885 era filósofo; por su frase lo
conoceréis. No contento con eso también se dedicó a la pintura, la fotografía,
a la novela, a la dramaturgia y ser teórico del arte. Tal vez fue su afán por
responderse a sus preguntas lo que le hizo dedicarse a todo eso)
Michel Legrand tenía 10 años en el verano del 42 (del siglo pasado) Much@s de nosotr@s ni habíamos nacido pero, ese verano, nos produce una nostalgía como si hubiésemos vivido en él.
El
que sap l’estiu
A la
platja, el vent fa d’advocat: repassa proves invisibles sobre la pell. Ell té
catorze anys i un cor que encara no sap mentir. Ella fuma com si el fum pogués
tapar una carta que encara no ha arribat.
Quan
ballen a la cuina, el terra cruix com un secret vell. Ell aprèn el pes d’un cos
trist, la calor d’una dona que no és promesa, només naufragi.
L’endemà,
el mar torna a ser mar. Però l’estiu, ja ho sap: el primer tacte no s’oblida
mai.