MÚSICA DE ESPERA
A Julián lo despertó el
teléfono a las ocho y tres.
—Buenos días, le llamamos para
mejorar sus condiciones.
Julián miró el techo. Vivía
solo desde hacía dos años y nadie mejoraba nada en su vida a esas horas. Colgó.
Sonó otro. Luego un correo: Última oportunidad. Luego un SMS: Tu
cuenta requiere acción inmediata. Luego otro: Oferta exclusiva solo para
ti. La exclusividad, pensó, se había vuelto una enfermedad muy contagiosa.
Bajó a la calle con esa
sensación de haber perdido ya media mañana sin haber empezado siquiera. En la
panadería, mientras esperaba su turno, intentó darse de baja de una suscripción
que no recordaba haber contratado. La web le pidió su contraseña. Después le
pidió un código. Después le pidió paciencia, que era una forma elegante de
pedirle la vida.
—Cancelar es fácil —decía la
pantalla.
Julián se rió. Una risa seca,
de hombre que ya ha discutido demasiado con máquinas y con personas entrenadas
para sonar como máquinas.
Consiguió hablar con una
operadora.
—Entiendo su malestar —dijo
ella, con una voz tan amable que parecía alquilada por minutos.
—No, no lo entiende —respondió
Julián—. Si lo entendiera, me habría dado de baja hace tres menús.
La mujer guardó un silencio
profesional, de esos que no pesan sobre quien los cobra.
—Para tramitar la baja debe
escuchar las condiciones completas del servicio.
Y empezó una letanía
interminable, una misa de cláusulas, excepciones, promociones futuras, ventajas
que él no había pedido y penalizaciones por irse de un sitio del que nunca
recordó haber entrado.
Julián miró a su alrededor. En
la mesa de al lado, un chico discutía con su banco. En la otra, una mujer
repetía su dirección por cuarta vez a una compañía eléctrica. En la barra, un
anciano golpeaba el móvil con un dedo temblón mientras una voz grabada le
prometía que su llamada era muy importante.
Entonces lo vio claro.
No vendían seguros. No vendían
tarifas. No vendían alarmas ni paquetes premium ni asesoramiento personalizado.
Vendían otra cosa. Vendían el cansancio. Fabricaban desgaste y luego lo
cobraban en silencio. Su negocio no era convencerte: era agotarte hasta que
dijeras que sí, hasta que olvidaras protestar, hasta que te pareciera más
barato pagar que seguir peleando.
Julián colgó.
Se quedó un momento quieto,
con el teléfono en la mano, como si sostuviera un animal pequeño y venenoso.
Luego levantó la vista. La
ciudad seguía igual: semáforos, escaparates, gente deprisa, repartidores,
pantallas encendidas. Todo normal. Todo correcto. Todo un poco podrido.
Pidió otro café que no quería
y pensó que el mundo moderno ya no te robaba el dinero de golpe.
Primero te iba quitando el
tiempo. Después, con suerte, también la dignidad.
«Sé solo el ‘yo soy’;
simplemente sé.» (Esta frase a mi me gusta llevarla siempre encima pero dicha
de otra manera: ‘Se tú mismo; los demás puestos ya están ocupados’. El original
es de Nisargadatta Maharaj nacido el 17 de abril de 1897 en la India y al que
le gustaba mucho el ser el mismo)
Hoy cumple 76 años Miguel Morales Barretto que no es tan popular como sus compañeros Juan Pardo y Junior. Los Brincos marcaron la época de nuestr@s herman@s mayores, nuestr@s padres, abuel@s y nosotr@s mismos... ellos creen que aquella época fue mejor; no estoy de acuerdo. La época presente siempre es mejor: al menos estamos aquí para contarlo.
Quan l’ahir encara servia
Vaig tornar al carrer on ens
havíem jurat futur. La botiga de discos era una perruqueria, el bar feia olor
de lleixiu i tu, segurament, ja eres una altra. Em va fer gràcia: ens havíem
estimat com qui compra un ventilador a l’agost, convençuts que allò salvaria la
vida. Vaig mirar l’aparador i m’hi vaig veure sol, més prim de records que de
cos. Llavors ho vaig entendre: no era cert que abans tot fos millor. Només érem
més ximples, més joves i bastant més valents per mentir-nos.




