Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
viernes, 5 de junio de 2026
EL
CAPARAZÓN
Durante años guardé mi dolor
como se guardan los documentos importantes: en una carpeta, con separadores,
por fechas y con cierto orgullo administrativo.
Aquí, la primera decepción.
Aquí, aquella pérdida.
Aquí, el miedo.
Aquí, las noches en que uno descubre que la almohada también puede ser un
interrogatorio.
No voy a negar que el
sufrimiento me enseñó cosas. Me quitó arrogancia, me bajó del pedestal donde
uno se sube sin darse cuenta, me obligó a mirar a los demás con menos prisa y
más cuidado. Antes de sufrir, yo creía que la compasión era una palabra bonita.
Después supe que era una mano que no pregunta demasiado.
Pero también cometí un error:
confundí la herida con la identidad.
Empecé a presentarme ante la
vida como superviviente profesional. Casi me faltaba imprimir tarjetas: “Herido
con experiencia. Disponible para conversaciones profundas”. Tenía esa vanidad
discreta de quien cree que haberlo pasado mal le concede una especie de
doctorado moral sobre los demás.
Hasta que una mañana, haciendo
la cama, encontré debajo de la almohada una nota antigua. No decía nada
especial. Solo una frase escrita por mí años atrás: “Cuando todo esto pase,
volveré a vivir”.
Me quedé quieto, con la sábana
entre las manos.
¿Y si ya había pasado?
¿Y si el dolor había cumplido su trabajo y yo seguía obligándolo a fichar cada
mañana?
Entonces entendí algo bastante
incómodo, como casi todo lo que merece la pena entender: el sufrimiento puede
abrirte, sí, pero también puede convertirse en una habitación cerrada si te
acostumbras demasiado a sus muebles.
Aquel día no fui feliz de
golpe. No hubo música, ni revelación, ni una luz entrando por la ventana como
en los anuncios de yogures digestivos. Solo recogí la nota, la rompí en cuatro
pedazos y bajé a tirar la basura.
En el contenedor, entre
cartones, botellas y restos de una cena que ya no importaba, dejé también una
parte de mí que había confundido profundidad con peso.
Luego volví a casa más ligero.
No curado.
Solo menos obediente al dolor.
«El largo plazo es una guía
engañosa para los asuntos presentes.» (John Maynard Keynes
nacido el 5 de junio de 1883 es el autor de la frase. Muy útil para políticos y
gente que siempre llega tarde pero con mucha explicación)
Hoy hace 70 años que Elvis Presley presentaba su cadera contorsionista al mundo y lo escandalizaba ¡Cuánto nos faltaba por ver!
El gos que no bordava
Li deia gos perquè sempre
tornava.
Ell somreia, amb aquella
dignitat una mica trencada dels qui han llepat massa portes tancades.
Una nit va deixar de seguir-li
l’olor. No va bordar, no va mossegar, no va fer cap escena. Només va travessar
el carrer, lent, com si aprengués a caminar sense amo.
Ella el va cridar pel seu nom.
Ell es va girar.
I per primera vegada va
entendre que un gos de rastre també pot perdre algú expressament.
jueves, 4 de junio de 2026
LA
SILLA DE LOS MÉRITOS
La primera vez que la silla
tiró al concejal de Modernización, todos pensamos que había sido un fallo
hidráulico. La segunda, cuando escupió al jefe de Servicio de Coordinación
Estratégica contra el ficus de plástico, empezamos a sospechar que el mobiliario
municipal había adquirido conciencia. La tercera, cuando se negó a sostener al
director del Área de Innovación Administrativa justo después de pronunciar la
palabra sinergias, el interventor pidió que aquello constara en acta.
Nadie supo cómo redactarlo.
En la administración pública
existe un formulario para casi todo: pedir una licencia, corregir una licencia
mal pedida, extraviar el expediente de una licencia, negar haber extraviado el
expediente de una licencia y constituir una comisión para estudiar por qué la
licencia sigue debajo de una carpeta azul desde 2018. Pero no había modelo
normalizado para una silla con principios.
La silla había llegado el
lunes, embalada con cartón ecológico y una pegatina del proveedor: “Ergonomía
inteligente para organizaciones del siglo XXI”. La compraron con cargo a
una partida de prevención de riesgos laborales, porque el Ayuntamiento llevaba
años previniendo riesgos, sobre todo el riesgo de trabajar demasiado.
Era una silla gris, discreta,
con respaldo flexible, ruedas suaves y reposabrazos regulables. Una silla de
despacho importante. No de esas que se sientan contigo, sino de esas que se
sientan sobre ti.
La colocaron en la sala de
juntas, en la cabecera de la mesa ovalada donde se celebraban las reuniones que
empezaban con retraso, continuaban con PowerPoint y terminaban con la frase “lo
seguimos trabajando”, que en la administración significa “esto morirá en una
subcarpeta”.
Yo trabajaba en Recursos
Humanos. Me llamo Martín Soler y llevaba veintidós años en el Ayuntamiento,
tiempo suficiente para haber visto desaparecer tres planes de eficiencia, dos
plataformas digitales, cinco concejales de impulso transversal y una máquina de
café que funcionaba. Lo de la máquina de café fue lo más traumático, porque al
menos aquella daba resultados.
El concejal de Modernización
quiso estrenar la silla en una reunión sobre simplificación administrativa. Era
un hombre joven, con barba cuidada, zapatillas blancas y esa seguridad de quien
ha leído dos libros de liderazgo en diagonal. Traía bajo el brazo una carpeta
vacía. No era una metáfora: estaba vacía. En el Ayuntamiento algunos habían
llegado muy lejos con menos.
—Hoy empezamos una nueva etapa
—dijo, sentándose—. Queremos una administración ágil, cercana y centrada en las
personas.
La silla bajó tres
centímetros.
El concejal miró debajo,
molesto.
—Será el pistón.
Nadie contestó. En una
administración pública, cuando alguien dice “será el pistón”, lo prudente es
asentir aunque no haya pistón, ni silla, ni esperanza.
—Necesitamos romper silos
—continuó—, generar ecosistemas colaborativos y poner al ciudadano en el
centro.
La silla se inclinó hacia la
derecha y lo depositó en el suelo con una delicadeza insultante.
No fue una caída violenta. Fue
peor. Fue educada. La silla lo dejó caer como quien devuelve un expediente mal
tramitado.
Durante unos segundos nadie
respiró.
Luego Pilar, la auxiliar del
Registro, murmuró:
—Pues centrado, centrado, ha
quedado.
El concejal se levantó rojo,
se sacudió el pantalón y dijo que aquello era inadmisible.
La silla crujió.
No fue un crujido de mueble.
Fue un crujido con expediente sancionador.
Llamaron al proveedor esa
misma mañana. Apareció un técnico llamado Eusebio, con una caja de herramientas
y cara de haber visto muchas sillas, pero pocas revoluciones éticas.
—A ver, que me siente yo
—dijo.
Se sentó. La silla no hizo
nada.
Subió, bajó, giró, ajustó el
respaldo.
—Está perfecta.
—No puede estar perfecta —dijo
el jefe de Servicio—. Ha tirado al concejal.
—Eso no lo cubre la garantía.
—¿Cómo que no?
—La garantía cubre defectos de
fabricación. No criterios políticos.
El jefe de Servicio lo miró
con disgusto.
—Aquí nadie ha hablado de
política.
La silla soltó un pequeño
sonido neumático. Como una risa, pero con nómina.
A partir de ahí empezó la
investigación. Primero informal, que es como empiezan las cosas serias cuando
nadie quiere firmarlas. Luego formal, que es como continúan cuando ya no queda
más remedio.
La llamaron Comisión de
Seguimiento del Incidente Ergonómico.
La presidía el director del
Área de Organización, un hombre que llevaba doce años reorganizando sin que
nadie hubiera notado mejora alguna, salvo en la longitud de los organigramas.
También estaban el jefe de Recursos Humanos, la técnica de Prevención, el
interventor, una asesora jurídica y yo, porque alguien tenía que tomar notas y
conservar cierta tristeza profesional.
La silla ocupaba el centro de
la sala. Nadie quería sentarse.
—Tenemos que abordar esto con
rigor —dijo el director de Organización.
La silla giró sola hasta darle
la espalda.
—¿Lo habéis visto? —preguntó
Pilar desde la puerta.
—Pilar, esta reunión es
interna.
—Ya. Como todo lo que luego
tengo que arreglar yo.
Pilar era auxiliar
administrativa desde hacía treinta y un años. Sabía dónde estaban los
expedientes, quién los había perdido, quién fingía buscarlos y qué funcionario
tenía escondida una grapadora buena en el cajón. Si el Ayuntamiento hubiera
ardido, Pilar habría reconstruido la institución con tres clips y una mirada de
desprecio.
—Si queréis comprobar la silla
—dijo—, que se siente alguien útil.
Hubo silencio.
Era una propuesta peligrosa.
En una administración, la palabra “útil” conviene usarla con guantes.
—Siéntate tú —dije.
Pilar dejó la carpeta sobre la
mesa y se sentó.
La silla no solo la sostuvo.
Subió un poco. El respaldo se adaptó a su espalda. Los reposabrazos encajaron a
la altura exacta. Las ruedas se bloquearon con suavidad. Parecía cómoda.
Parecía agradecida.
Pilar arqueó una ceja.
—Pues esta silla entiende.
El interventor tomó nota.
—Debe constar que el bien
mueble presenta comportamiento diferencial según usuario.
—Ponga usted lo que quiera
—dijo Pilar—, pero la silla no es tonta.
Esa frase circuló por el
Ayuntamiento antes del mediodía.
A las dos, ya había cola en el
pasillo.
Primero se sentó Tomás,
administrativo de Urbanismo, un hombre lento, inseguro, de los que preguntaban
siempre antes de estropear algo. La silla lo sostuvo.
—Yo no domino bien el programa
nuevo —confesó—, pero me estoy mirando los tutoriales en casa.
La silla subió medio
centímetro.
Luego se sentó Maribel,
técnica de Medio Ambiente, que había salvado más subvenciones europeas que
todos los cargos de confianza juntos.
—Yo he redactado tres planes
que luego firmaron otros —dijo.
La silla permaneció firme,
casi solemne.
Después se sentó el asesor de
Comunicación.
—Mi función es construir
relato institucional.
La silla salió rodando hacia
atrás y lo dejó en medio del pasillo.
—Eso ha sido violencia
mobiliaria —dijo él desde el suelo.
—No —respondió Pilar—. Eso ha
sido síntesis.
Durante una semana, la silla
se convirtió en el acontecimiento principal del Ayuntamiento. Más que el
presupuesto, más que la huelga de limpieza, más que la web municipal, que
llevaba caída desde el jueves y aún figuraba en Twitter como “administración digital
de referencia”.
Los empleados hablaban de ella
en la máquina de agua.
—A mí me sostuvo.
—Normal, tú trabajas.
—Al de Participación Ciudadana
lo tiró antes de sentarse.
—Eso es prevención.
Los jefes, en cambio,
empezaron a preocuparse. Algunos cambiaban de pasillo para no cruzarse con la
sala de juntas. Otros decían que aquello era una superstición. El director de
Innovación pidió teletrabajar indefinidamente, cosa sorprendente porque hasta
entonces había defendido que “la presencia genera cultura”.
El alcalde convocó una reunión
urgente.
El alcalde era un hombre de
sonrisa entrenada y frases redondas. Había aprendido a decir “escuchar a la
ciudadanía” sin escuchar a nadie en particular. No era mala persona. Ese era
precisamente el problema: las malas personas son más fáciles de narrar. Él era
amable, simpático y hueco, como una rotonda recién inaugurada.
Entró en la sala con su jefe
de gabinete, dos asesores y una fotógrafa.
—Vamos a resolver esto con
naturalidad —dijo.
—¿Con fotos? —pregunté.
—La transparencia es
importante.
—Sobre todo si hay flash —dijo
Pilar.
El alcalde sonrió, aunque no
le hizo gracia. Los políticos tienen una resistencia admirable a la vergüenza
ajena, especialmente cuando es propia.
—Yo me voy a sentar —anunció—.
Y así terminamos con rumores.
La sala se quedó quieta.
El alcalde se acercó a la
silla. La miró como se mira a un perro grande que quizá no muerde si nota
autoridad.
Se sentó.
Durante dos segundos no
ocurrió nada.
El jefe de gabinete suspiró.
La fotógrafa levantó la cámara.
—Como veis —dijo el alcalde—,
las instituciones deben estar por encima de las anécdotas.
La silla empezó a bajar.
Muy despacio.
—La ciudadanía espera de
nosotros altura de miras.
La silla bajó más.
—Y liderazgo compartido.
Más.
—Y una apuesta decidida por el
talento interno.
La silla quedó tan baja que la
barbilla del alcalde apenas superaba el borde de la mesa.
Pilar tosió para no reírse. Le
salió mal.
El alcalde intentó levantarse,
pero la silla bloqueó las ruedas y giró hacia la pared, dejándolo de cara a un
cartel de prevención que decía: “Tu postura importa”.
El interventor carraspeó.
—Esto ya tiene alcance
institucional.
El jefe de gabinete se
abalanzó sobre la situación con esa agilidad que solo tienen quienes no hacen
nada pero lo hacen deprisa.
—Hay que controlar el relato.
La silla crujió.
—El relato también —añadió
Pilar.
La crisis llegó al pleno
municipal. La oposición pidió explicaciones. El gobierno habló de sabotaje. Un
concejal acusó al proveedor. Otro insinuó que podía tratarse de una campaña
contra la estabilidad. Alguien propuso auditar todas las sillas del edificio.
El sindicato, con excelente
instinto, exigió que la silla formara parte de los procesos de promoción
interna.
—Si evalúa mejor que algunos
tribunales —dijo un delegado—, habrá que reconocerle funciones.
Aquello desató el pánico.
El problema no era que la
silla tirara a los incompetentes. El problema era que acertaba demasiado.
Se solicitó un informe
jurídico.
La asesora redactó veintisiete
páginas para concluir que el Ayuntamiento no podía reconocer capacidad
valorativa a un bien mueble sin modificar previamente el inventario, el
reglamento orgánico y probablemente la autoestima de varios departamentos.
El informe terminaba así:
“No obstante, se recomienda
adoptar medidas preventivas para evitar que el uso no regulado del asiento
genere expectativas legítimas de justicia organizativa.”
Esa frase fue celebrada por
todos los que no pensaban sentarse nunca.
Finalmente, el alcalde dictó
una resolución.
La silla fue retirada de la
sala de juntas “por razones de seguridad, neutralidad institucional y prudencia
administrativa”. Nadie dijo miedo. En las resoluciones no se dice miedo. Se
dice prudencia administrativa, que queda igual de cobarde pero con sello.
La llevaron al archivo, planta
sótano, junto a expedientes de obras menores, urnas viejas y material electoral
caducado.
Pensé que ahí acabaría todo.
Me equivoqué.
Dos meses después, el
Ayuntamiento presentó su gran proyecto anual: Plan Integral de Evaluación
Objetiva del Talento Público 2030. Había logotipo, vídeo promocional, nota
de prensa y una jornada inaugural con café malo y pastas secas, que es como se
solemnizan las mentiras modestas.
El alcalde habló de mérito,
capacidad, innovación y cultura evaluadora. El concejal de Modernización,
sentado en una silla nueva con doble refuerzo, anunció una herramienta digital
para medir competencias mediante cuestionarios anónimos.
—Queremos escuchar a nuestra
gente —dijo.
Pilar, a mi lado, susurró:
—Mientras no responda.
Al final del acto descubrieron
una placa en la entrada del archivo municipal.
Decía:
ESPACIO DE MEMORIA ERGONÓMICA
En reconocimiento a los
avances del Ayuntamiento en cultura organizativa.
Debajo, tras una vitrina,
estaba la silla.
Limpia. Iluminada. Inofensiva.
Le habían puesto un cordón
rojo delante, como a las obras de arte y a las verdades peligrosas.
Los cargos se hicieron fotos a
su lado. Ninguno se sentó.
Esa fue la solución
definitiva: cuando un mueble empezó a evaluar de verdad, la administración lo
convirtió en exposición permanente.
Y así todos pudieron seguir
hablando de mérito sin correr el riesgo de practicarlo.
«El impuesto no debe ser
destructivo ni desproporcionado a la masa de ingresos de la nación.» (François
Quesnay fue un economista y filósofo nacido el 4 de junio de 1694 que ya se dio
cuenta de la voracidad del estado para con sus ciudadanos. Una frase que nos
viene muy bien por estas fechas)
Supongo que The Beatles tuvieron que pagar sus impuestos por dedicarle la canción del vídeo al "recaudador de impuestos".
La mossegada legal
Cada abril, l’Ernest somreia
davant del mirall i practicava cara de ciutadà responsable. Després obria la
carta d’Hisenda i li queien deu anys, dues il·lusions i mitja esperança.
—És pel bé comú —deia el
funcionari, sense aixecar els ulls.
L’Ernest va assentir. Al
carrer, va comprar una llibreta petita i hi va escriure: “Avui m’han robat amb
rebut”.
Aquella nit va dormir
tranquil. Per fi havia entès la civilització.
miércoles, 3 de junio de 2026
LA
MOCIÓN QUE NO QUERÍA HACER LA MALETA
La agencia de viajes se
llamaba Horizontes Democráticos, aunque desde fuera parecía más bien una
gestoría triste. De esas donde uno entra a preguntar por un viaje a Praga y
sale con la sensación de haber firmado una declaración de la renta.
Yo había entrado para mirar
destinos baratos, sin mucho convencimiento. Más por entretener la tarde que por
viajar a ninguna parte. En el escaparate había ofertas a Benidorm, Lisboa y
Lourdes. Esta última, dadas las circunstancias del país, me pareció la más
realista.
Dentro había cola. Tres
asesores con traje oscuro, una señora que hojeaba un folleto de la Toscana y un
hombre que sujetaba bajo el brazo una carpeta blanca con una palabra escrita en
grande: Moción.
No hacía falta ser muy listo
para entender que aquel hombre no iba a preguntar por un fin de semana
romántico.
—Siguiente —dijo la chica del
mostrador.
El hombre avanzó. Los asesores
avanzaron con él, pero un poco por detrás, como si no quisieran aparecer
demasiado en la foto de la responsabilidad.
—Querría información sobre un
viaje —dijo.
La empleada, joven, con gafas
y cara de haber visto ya demasiadas cosas para su edad, puso los dedos sobre el
teclado.
—Destino.
El hombre dudó.
—Waterloo.
La señora de la Toscana
levantó la vista del folleto. El silencio hizo lo suyo. Incluso la impresora,
que estaba tragándose una hoja con dificultad, pareció detenerse por respeto o
por vergüenza ajena.
—¿Waterloo, Bélgica? —preguntó
la empleada.
—Sí. Bueno. No exactamente. Es
una consulta.
—¿Quiere viajar o solo quiere
que parezca que está dispuesto a viajar?
Uno de los asesores tosió.
Tosió como se tose en política: para ganar tiempo, no aire.
—Mire —dijo el hombre—, yo
necesito saber qué opciones hay para ir sin ir del todo.
La chica lo miró.
—Eso no lo tengo en el
sistema.
—Pues debería. Es una
necesidad bastante frecuente.
—¿Billete de ida y vuelta?
—Más bien de ida y titular.
La empleada tecleó algo. Luego
miró la carpeta.
—¿Viaja con equipaje?
—Lo normal.
—¿Maleta?
—Insultos.
—¿Perdón?
—Insultos antiguos. Cosas
dichas en mítines, entrevistas, ruedas de prensa. Ya sabe. Lo habitual.
—Eso cuenta como exceso de
equipaje.
—No puede ser. En España
siempre ha viajado gratis.
La chica respiró hondo. Se
notaba que le pagaban poco para según qué conversaciones.
—Aquí me sale una incidencia.
Si usted quiere negociar en Waterloo, no puede facturar según qué palabras y
luego presentarse en el mostrador como si viniera con flores.
—No voy con flores. Voy con
una moción.
—Peor me lo pone.
El hombre apretó la carpeta
contra el pecho. Detrás, los asesores miraban los folletos con un interés
repentino. Uno fingía leer una oferta de crucero por el Danubio. Otro observaba
un mapa de Bélgica con la concentración de quien busca una salida de emergencia.
—Yo no puedo ir allí —dijo el
hombre al fin—. Compréndalo. ¿Qué dirían los míos?
—No sé quiénes son los suyos
hoy.
La frase cayó sobre el
mostrador sin levantar la voz. Fue peor así.
La señora de la Toscana cerró
el folleto despacio. Yo hice como que miraba una oferta a Oporto, pero me quedé
escuchando, naturalmente. Uno tiene principios, pero tampoco hay que exagerar.
—Los míos son los míos
—respondió él.
—Claro —dijo la empleada—. El
problema es que para este destino el sistema pide coherencia mínima.
—¿Y eso cuánto cuesta?
—Muchísimo.
—Entonces descarte esa tarifa.
La chica giró la pantalla un
poco hacia él.
—Hay otra opción más
económica. Usted anuncia que quiere presentar una moción, pide apoyos por
televisión, exige elecciones, dice que la culpa es del Gobierno, de Puigdemont,
de los socios, de la aritmética parlamentaria y, si se complica mucho la tarde,
hasta del tiempo. Luego espera a que alguien le diga que no, y ya puede
explicar que no se dan las condiciones.
El hombre pareció aliviado.
—Esa opción me resulta
familiar.
—Sí. Es la más contratada.
—¿Incluye rueda de prensa?
—Dos.
—¿Y gesto grave?
—De serie.
—Perfecto.
—Pero tiene un pequeño
inconveniente.
—¿Cuál?
—Que se nota.
Ahí el hombre dejó de sonreír.
No mucho. Lo justo para que se le viera el cansancio. No el cansancio noble de
quien ha trabajado demasiado, sino ese otro cansancio de quien lleva meses
repitiendo una frase y empieza a sospechar que la frase ya no trabaja para él.
En ese momento entró un
mensajero con casco de moto. Traía una carpeta amarilla.
—Paquete para el señor de
Waterloo.
Nadie preguntó quién era.
Todos lo sabíamos.
El hombre abrió la carpeta.
Dentro había un espejo pequeño y una nota escrita a mano:
Las ofertas serias se hacen
mirando a la cara.
Lo cerró enseguida.
—Esto es una provocación.
—Puede ser —dijo la empleada—.
Pero también puede ser un espejo. A veces se parecen bastante.
Los asesores se movieron
inquietos. Uno miró el reloj. Otro consultó el móvil. El tercero tenía la
expresión de quien está calculando si todavía queda alguna salida por la puerta
del baño.
—Lo pensaré —dijo el hombre,
recogiendo su moción.
—¿Le reservo el billete?
—No. De momento seguiré
pidiendo elecciones.
—¿Desde dónde?
—Desde donde pueda.
Y se marchó. La carpeta bajo
el brazo, los asesores detrás, la cabeza alta y los pies quietos, que es una
postura muy española para afrontar los viajes incómodos.
La empleada me miró entonces.
—¿Y usted?
—Yo venía a preguntar por un
destino tranquilo.
—No me queda ninguno.
—¿Ni fuera de España?
—Fuera sí. Pero luego hay que
volver.
Salí de la agencia sin comprar
nada. En la acera hacía sol. Un sol vulgar, de miércoles, sin épica y sin
comunicado oficial.
Al pasar junto al escaparate,
vi reflejada la carpeta blanca del hombre alejándose calle abajo. Durante un
segundo me pareció que la moción caminaba sola, arrastrando una maleta vacía,
buscando un taxi hacia un aeropuerto donde nadie tuviera que embarcar de
verdad.
Y pensé que quizá el problema
no era Waterloo.
Quizá el problema era que aquí
todo el mundo quiere llegar a alguna parte sin moverse del sitio.
«Nunca he pedido los adornos
de los cargos; prefiero hacer guardia y trabajar como el soldado más humilde
por la seguridad del emperador.» (El autor de la frase es Sejano que nació el 3
de junio del año 20 a. de C. Suena humilde, pero huele a ambición envuelta en
uniforme limpio es decir, bien podría haberla suscrito Leire Díazo de su entorno. Adivinar quién es el
emperador)
Michael Clarke baterista de The Birds nació el 3 de junio de 1946 y se fue a la habitación de al lado 27 años después. No me consta que pertenezca al excelso club de los 27 pero, en el más allá, no creo que le pidiesen acreditaciones. La canción que es de 1965 parece hecha compuesta por el mismo Nuñez Feijó: Gira, gira y gira.
L’ofici de girar
Quan
la mare va morir, l’avi va deixar de reparar rellotges. Deia que el temps també
es cansava de donar explicacions. Al taller, les agulles dormien en capses
petites, com insectes de llautó. Un dia, la néta va entrar plorant perquè
l’havien deixada. Ell va obrir un rellotge vell i li va donar una roda dentada.
—Guarda-la.
—Per què?
—Per recordar que tot gira, fins i tot
el dolor.
Ella el va abraçar. A fora, la primavera
feia veure que no sabia res.
martes, 2 de junio de 2026
EL
ÚLTIMO CALMANTE
A mi padre, en los últimos
días, dejaron de visitarlo los médicos y empezaron a visitarlo los muertos.
No lo digo en plan místico. En
la habitación seguían entrando enfermeras con zuecos blandos, auxiliares con
cara de final de turno y un oncólogo que hablaba como si cada frase tuviera que
pedir permiso. Pero mi padre, que ya casi no podía con su cuerpo, empezó a
dormirse de otra manera. Dormía hondo, con una expresión rara de hombre que por
fin ha encontrado algo. Y al despertar no preguntaba por la morfina ni por el
agua ni por la hora. Preguntaba por su madre.
—Ha estado aquí —decía.
Su madre llevaba cuarenta años
muerta.
También habló de un hermano al
que perdió de niño, de un perro que tuvo en el pueblo, de una verbena de agosto
y de una mujer con vestido azul que yo no conocí, pero que por la forma en que
sonreía al nombrarla debió de enseñarle algo importante sobre la vida o sobre
el deseo, que a veces es casi lo mismo.
Mi hermana decía que eran
alucinaciones. Yo también lo pensé. El cerebro, acorralado por el dolor y por
el miedo, haciendo sus fuegos artificiales de despedida. Una descarga final de
memoria emocional. El viejo truco neurológico de envolver el espanto con papel
de regalo. Nada sobrenatural. Solo química, electricidad y nostalgia trabajando
horas extra.
Pero una noche me pidió que le
incorporara un poco la almohada. Miró hacia la butaca vacía que había junto a
la ventana y me dijo, muy serio, casi ofendido:
—No pongas esa cara. La gente
viene a buscar a quien quiere.
Luego se quedó dormido con una
paz que no le había visto en meses. Ni siquiera respiraba como un enfermo
terminal. Respiraba como un hombre que ya no tenía que defenderse de nada.
Yo me senté a su lado y
entendí algo que no me gustó, quizá porque era verdad: cuando la muerte se
acerca, el cerebro no se vuelve religioso; se vuelve doméstico. No abre puertas
al más allá. Abre cajones. Saca voces, olores, manos antiguas, tardes intactas.
Reúne a los nuestros en silencio y nos los pone alrededor de la cama para que
el miedo no entre solo.
Mi padre murió dos días
después.
Desde entonces, cuando alguien
habla del viaje al otro lado, yo asiento por educación.
Pero en el fondo creo otra
cosa.
Creo que, al final, no nos
salva la fe.
Nos salva la memoria haciendo
de anestesia.
«Hay que corregir lo extraño,
pero conservar lo espontáneo.» (La frase de Segismundo Moret nacido el 2 de
junio de 1833 es magnífica: educar no quiere decir domesticar hasta dejar a
todos igual de obedientes y aburridos. Es lo que dijo)
Marvin Hamlisch (2 de junio de 1944 a 2 de agosto de 2012) se pasó toda su vida profesional componiendo y recibiendo premios por ello: los Grammy, Emmy, Tony y Oscar por "Tal como éramos" y "El golpe" (geniales ambas). Con la del vídeo, sorpresivamente, ganó el Pulitzer.
El pas que faltava
A la prova tots somreien
igual, com si la felicitat vingués amb instruccions i mitges brillants. La
Marta va oblidar la coreografia al tercer gir. Va quedar-se quieta, sola,
mentre la resta picava el terra amb dents de claqué. El director va aixecar una
cella.
—Continua.
Ella va fer un pas petit, seu,
ridícul i perfecte. No servia per a la línia. Massa humana, potser.
La van descartar.
Aquella nit, davant del
mirall, va aplaudir-se sense públic. I va sonar millor.
lunes, 1 de junio de 2026
SI FOS…
Si fos sol, seria calor que insisteix.
Si fos lluna, seria llum que acompanya.
Si fos planeta, seria Mercuri: ràpid, prop del foc.
Si fos cel, seria blau sense coartades.
Si fos au, seria ala i salt.
Si fos mar, seria escuma que torna.
Si fos muntanya, seria neu que no demana permís.
Si fos cançó, seria lletra que et nomena sense dir-te.
Si fos llibre, seria argument amb batec.
Si fos dia, seria color a la pell.
Si fos veu, seria xiuxiueig que desarma.
Si fos paraula, seria carícia sense teatre.
Si fos nit, seria penombra amb refugi.
Si fos ball, seria ritme a la cintura.
Si fos espai, seria aire per respirar amb tu.
Si fos petó, seria humit i veritat.
Si fos carícia, seria frec que desperta.
Si fos sentiment, seria sensibilitat sense armadura.
Si fos món, seria pau amb esquerdes humanes.
Si fos fletxa, seria Cupido amb mala punteria.
Si fos himne, seria “Imagine”, però en veu baixa.
Si fos mag, seria il·lusió amb conseqüències.
Si fos poeta, seria rima que no presumeix.
Si fos passat, seria present.
Si fos present, seria futur.
Si fos futur… seria, sense dubtar-ho, passat.
Si fos substància, seria ànima.
Si fos cor, seria batec que es nega a rendir-se.
Si fos governant, seria súbdit: per aprendre.
Si fos record, seria ella.
Si fos ella, seria ell.
Si fos tot, seria res.
Si fos fruita, seria raïm madur.
Si fos fuet, seria ploma.
Si fos heroi, seria perdedor… dels que tornen.
…Si fos humà, m’agradaria ser persona.
¡T’esperem aviat Sofía!
«La moralidad no asegura el
funcionamiento de una sociedad, sino la humanidad de los seres humanos.» (La
frase es del filósofo Jan Patočka nacido el 1 de junio de 1907 y ferviente
anticomunista. Está de actualidad y nos viene a decir que la moral no está para
que el sistema vaya fino, como un ascensor recién revisado; está para que las
personas no se conviertan en piezas)
Karen Mulder dejó las pasarelas por la música; de pasarelas sabía un rato. De música tuvo que cantar canciones de otras: en este caso de la reina de las discotecas, Gloria Gaynor que popularizó un tema de George Hearn. Karen cumple hoy 56 espléndidos años.
La pell sense excuses
Va passar mitja vida demanant
permís per ocupar la seva pròpia cadira. Somreia quan tocava, callava quan
convenia, s’empassava els noms que li penjaven com abrics molls. Una tarda,
davant del mirall, es va treure la corbata, la por i dues opinions alienes. No
va veure un heroi. Va veure algú cansat de fer de versió corregida.
Va sortir al carrer amb els
llavis pintats de veritat.