lunes, 22 de junio de 2026

 

EL MINISTERIO EQUIVOCADO



Cuando el juez leyó la sentencia, Ábalos levantó la mano.

—Señoría, antes de que continúe, quisiera plantear una cuestión de competencia.

El presidente del tribunal dejó los folios sobre la mesa.

—¿Otra?

—Yo era ministro de Transportes.

—Eso consta.

—Y esto se llama caso mascarillas.

—También consta.

—Entonces falta alguien.

En la sala se hizo un silencio tan limpio que parecía recién adjudicado.

Koldo, sentado a su lado, asintió con la cabeza. Llevaba meses pensando lo mismo, aunque no había encontrado el momento de decirlo porque casi siempre estaba ocupado recordando cosas que antes no recordaba.

—Tiene razón el ministro —intervino—. Las mascarillas pertenecían a Sanidad. Nosotros, como mucho, podíamos trasladarlas.

—Las compraron Puertos del Estado y Adif —respondió el juez.

Ábalos sonrió. Por fin aparecía una explicación razonable.

—Ahí lo tiene. Eran mascarillas viajeras.

El fiscal se quitó las gafas.

—Se adjudicaron contratos millonarios y se cobraron comisiones.

—Pero con criterios logísticos —precisó Koldo—. Cada comisión tenía un punto de salida, un destino y, probablemente, billete de vuelta.

En aquel momento entró Salvador Illa en la sala. Lo habían llamado para aclarar el misterio nacional de cómo el ministro de Sanidad había conseguido mantenerse fuera del caso de las mascarillas mientras el ministro de Transportes acababa condenado por ellas.

—Señor Illa —preguntó el juez—, ¿puede explicarnos por qué las mascarillas se compraban desde Transportes?

Illa se ajustó las gafas con esa serenidad de quien ha sobrevivido a una pandemia, varias elecciones y suficientes ruedas de prensa como para no responder jamás a la pregunta formulada.

—En aquel momento, todas las administraciones trabajábamos coordinadamente.

—¿Coordinadamente?

—Sí. Sanidad necesitaba mascarillas, Transportes las compraba y otros se llevaban el dinero. Un modelo transversal.

Ábalos golpeó suavemente la mesa.

—¡Eso es trabajo en equipo!

El juez continuó leyendo. Veinticuatro años y tres meses para Ábalos. Diecinueve años y ocho meses para Koldo. Aldama, que había colaborado con la Justicia, recibió una pena bastante menor.

—Perdone —volvió a interrumpir Ábalos—, ¿Aldama no era el comisionista?

—Sí.

—¿Y es quien menos condena recibe?

—Ha colaborado.

Koldo se inclinó hacia su antiguo jefe.

—Nos equivocamos desde el principio.

—¿En qué?

—Teníamos que haber colaborado antes de delinquir.

El tribunal pidió silencio.

Fuera, los periodistas esperaban una declaración. Ábalos salió serio, rodeado de abogados y cámaras.

—¿Cómo valora la sentencia? —gritó una reportera.

El exministro se detuvo.

—Con enorme extrañeza. Yo era responsable de carreteras, trenes, puertos y aeropuertos. Nadie me explicó que también debía gestionar quirófanos.

—Pero las mascarillas se compraron desde su ministerio.

—Precisamente. Si hubieran sido respiradores, los habría comprado Agricultura.

—¿Por qué Agricultura?

—Porque daban aire.

Koldo apareció detrás.

—Y si hubieran sido vacunas, las habría comprado Correos.

—¿Por qué?

—Porque había que repartirlas.

Subieron al furgón policial. Antes de cerrar la puerta, Ábalos miró por última vez a los periodistas.

—Lo verdaderamente grave —dijo— es la descoordinación administrativa. En Espanya uno entra en Transportes para gestionar trenes y termina traficando con mascarillas. Así no hay quien prepare unas oposiciones.

El vehículo arrancó.

Salvador Illa salió poco después por otra puerta. Nadie le preguntó por las mascarillas. En Espanya, hasta los escándalos públicos respetan el reparto de competencias: Sanidad pone la pandemia, Transportes pone los contratos y Justicia, cuando consigue llegar, pone los años.

Eso sí, con retraso.

Como los trenes.

«Nadie emplea ya la parafernalia fascista. El fascismo se va insertando de otra manera» (Aunque se conozca a Pere Gimferrer con su nombre en catalán ocupa el sillón O de la Real Academia Española. Y es cierto lo que dice: el fascismo no necesita de parafernalia, se incrusta en la Sociedad por la desmemoria de ésta. Hoy el bueno de Pere cumple 81 años)

No es un secreto que hoy Álvaro Urquijo cumple 64 años al lado de alguien. Espero que eso si sea un secreto porque somos muy cotillas.


La porta oberta

Quan ella va morir, ell no va moure res. La tassa esquerdada, les sabatilles sota el llit, el llibre obert per la mateixa pàgina. Els fills deien que allò no era viure. Ell assentia i canviava de tema.

Cada nit posava dos plats. No esperava cap miracle; només detestava sopar sol.

Un vespre, mentre recollia, va sentir una mà damunt l’espatlla.

—Ja n’hi ha prou —va dir ella.

Ell es va girar. No hi havia ningú.

L’endemà va sortir de casa.

Però va deixar la porta oberta.


domingo, 21 de junio de 2026

 

 NO PENSAR



A las once y veinte de la noche solo quedaban dos luces encendidas en el edificio.

Una estaba en la quinta planta, en el despacho de una abogada llamada Irene. La otra, tres pisos más arriba, iluminaba el estudio de Marta, una arquitecta que llevaba quince minutos moviendo una ventana dos centímetros hacia la izquierda y otros dos hacia la derecha.

No se conocían.

Irene llevaba allí desde las ocho de la mañana. Había redactado tres demandas, respondido cuarenta y siete correos y corregido dos veces un contrato que ya estaba bien la primera. Desde que Daniel se marchó de casa, aceptaba cualquier asunto que apareciera sobre su mesa. Laboral, mercantil, matrimonial. Sobre todo matrimonial. Le gustaba comprobar que las desgracias de los demás podían ordenarse en hechos numerados.

Marta tampoco quería volver a casa. Su madre llevaba varias semanas ingresada y su hermano había decidido que, como ella no tenía hijos, disponía de más tiempo para ocuparse de todo.

—Tú tienes más libertad —le había dicho.

La libertad, descubrió Marta, consistía en visitar hospitales, llamar a médicos y responder mensajes familiares mientras diseñaba cocinas para gente que jamás cocinaría.

Aquella noche trabajaban para no pensar.

A las once y veintitrés, el edificio se quedó a oscuras.

Irene levantó las manos del teclado. Marta dejó de mover la ventana.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Después se encendieron las luces de emergencia, débiles y amarillas, con ese tono que convierte cualquier oficina en el escenario previo a un asesinato.

Las dos salieron al pasillo casi al mismo tiempo y llamaron al ascensor. Naturalmente, no funcionaba.

Se encontraron en la escalera, entre la sexta y la séptima planta.

—¿También atrapada? —preguntó Marta.

—No. Yo vivo aquí —contestó Irene.

Marta sonrió. No era una gran sonrisa, pero llevaba días sin usar ninguna.

Bajaron juntas. Al llegar a la tercera planta comprobaron que la puerta cortafuegos se había bloqueado. Irene llamó al teléfono de emergencias del edificio. Una voz automática les comunicó que la incidencia había sido registrada y que serían atendidas «a la mayor brevedad posible».

—Eso, en lenguaje humano, significa que podemos pasar aquí la noche —dijo Irene.

Se sentaron en los escalones.

Marta sacó de su bolso una bolsa de almendras. Irene llevaba una chocolatina aplastada entre unos expedientes. Cenaron aquello sin ceremonia, compartiendo una botella de agua que sabía a plástico.

—¿Mucho trabajo? —preguntó Marta.

—Muchísimo.

—Yo también.

Guardaron silencio.

—En realidad, no —admitió Irene—. Bueno, sí. Pero podría haberme ido hace cuatro horas.

—Yo también.

Otro silencio. Esta vez algo más cómodo.

Irene le contó que Daniel se había marchado después de dieciséis años. No hubo amantes, gritos ni platos rotos. Solo una conversación en la cocina y una frase que aún le daba vueltas por dentro:

—Ya no sé quién soy cuando estoy contigo.

—Una frase preciosa para quien se va —dijo Marta—. Los que se quedan suelen recibir frases menos elaboradas.

Irene soltó una carcajada inesperada. Resonó en la escalera vacía.

Marta le habló de su madre, de su hermano y de aquella libertad que la obligaba a ocuparse de todo. Le confesó que llevaba semanas durmiendo mal y que a veces se ponía a llorar en el coche antes de entrar en el hospital. Luego se retocaba los ojos y subía a la habitación con fruta cortada y una sonrisa de hija eficiente.

—No quiero pensar —dijo.

—Yo tampoco.

Las palabras quedaron allí, sentadas entre ambas.

Irene miró sus zapatos. Tenía una carrera, un despacho, clientes importantes y una agenda en la que no cabía un alfiler. Marta diseñaba edificios premiados y sabía calcular el peso que podía soportar una estructura.

Ninguna de las dos sabía qué peso podía soportar ella misma.

—Quizá estamos haciendo el idiota —dijo Irene.

—Eso explicaría muchas cosas.

A medianoche apareció el vigilante. Había tardado porque se encontraba en otro edificio y porque, según explicó, «el sistema no esperaba que quedase nadie trabajando a estas horas».

—El sistema es más sensato que nosotras —dijo Marta.

El hombre desbloqueó la puerta y las acompañó hasta la calle.

Fuera hacía una noche tibia. Los árboles de la avenida estaban llenos de hojas nuevas. Irene respiró hondo. Marta levantó la cara, como si acabara de recordar que sobre los edificios también había cielo.

—Mañana tengo que llegar temprano —dijo Irene.

—Yo también.

Se miraron.

—O no —añadió Marta.

No intercambiaron teléfonos. Tampoco prometieron llamarse ni hacerse amigas. Cada una se marchó en una dirección distinta, cargando todavía con sus problemas, que seguían allí, intactos y bastante poco impresionados por la conversación.

A la mañana siguiente, Irene llegó al despacho a las diez y media.

Marta llamó al hospital, pidió el día libre y le dijo a su hermano que aquella tarde iría él.

Ninguna había solucionado su vida.

Pero, por primera vez en varios meses, dejaron de trabajar para no pensar.

Y fue, probablemente, el trabajo más útil que hicieron aquella semana.

«Las libertades públicas no son otra cosa que resistencias.» (Pierre-Paul Royer-Collard nacido al inicio del solsticio de Verano en el hemisferio norte de 1763 para ser abogado, profesor de Filosofía, diputado, presidente de la Cámara de Diputados y miembro de la Academia Francesa, en la que ocupó el sillón número 8 desde 1827. Pensaba que la libertad no consiste únicamente en reconocer derechos sobre el papel. Necesita instituciones, tribunales, parlamentos y periódicos capaces de oponerse eficazmente al poder)

Joey Kramer baterista dse Aerosmith cumple hoy 76 años. La canción del vídeo es de una película Armaggedon, de la que no se quiso perder nada. Ni yo tampoco.


El segon que faltava

Va prometre que no es perdria res: ni els seus badalls, ni la manera com arrufava el nas abans de riure, ni aquell silenci petit que deixava entre dues paraules. Per això no dormia. La vigilava respirar, com si estimar fos fer guàrdia.

Una matinada, ella va obrir els ulls.

—T’estàs perdent una cosa.

—Quina?

—La vida.

Ell va parpellejar. Només un segon.

Quan tornà a mirar-la, ella ja dormia.

I, per primera vegada, ell també.

 



sábado, 20 de junio de 2026

 

ANÁLISIS IRRELEVANTE


El juez José Luis Calama entró en la sala con tres carpetas, dos bolígrafos y la expresión de quien sospecha que la verdad ha aparcado en doble fila.

Frente a él estaba José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno, consultor internacional y, según iba a descubrirse aquella mañana, especialista en trabajos que no dejan huella porque la huella, como todo el mundo sabe, estropea mucho el parqué.

—Empecemos por Análisis Relevante —dijo el juez—. ¿Tenía usted contrato?

—No.

—¿No?

—Teníamos confianza.

El juez anotó algo.

—Comprendo. ¿Y cuánto cobraba por la confianza?

—Una cantidad global.

—¿Global de cuánto?

—Dependía del globo.

Calama levantó la vista. Zapatero mantenía aquella sonrisa suya capaz de anunciar una crisis económica como si acabara de encontrar aparcamiento en el centro de Madrid.

—Según la documentación, usted cobró cerca de medio millón de euros.

—Es que era una confianza de alta intensidad.

—¿Y qué trabajo realizaba?

—Consultoría.

—Eso ya lo sé. Le pregunto qué hacía.

—Consultaba.

—¿A quién?

—A mí mismo, principalmente. Soy una persona que se consulta mucho y suele quedar bastante satisfecha con las respuestas.

El juez respiró hondo.

—¿Redactaba informes?

—No necesariamente.

—¿Entonces qué entregaba al cliente?

—Conocimiento.

—¿Por escrito?

—El conocimiento pierde mucho cuando se escribe. Pasa como con las promesas electorales.

Calama abrió la segunda carpeta.

—Aquí aparecen reuniones, viajes y comidas.

—Ahí tiene usted los informes.

—Esto es una agenda.

—Una agenda bien interpretada es un informe. Y un informe mal interpretado puede acabar siendo una agenda judicial, como estamos comprobando.

El juez se quitó las gafas, las limpió y volvió a ponérselas. Quería asegurarse de que el interrogado seguía allí y no era una alegoría.

—Hablemos de Plus Ultra. ¿Tuvo relación con sus responsables?

—Prácticamente ninguna.

—Pero elaboró informes para la compañía.

—Sí.

—Sin hablar con la compañía.

—Exacto.

—¿Cómo sabía lo que necesitaban?

—Soy consultor, señoría. Si tuviera que hablar con los clientes, sería camarero.

Calama hojeó unos papeles.

—Consta una conversación telefónica.

—No la recuerdo.

—Duró once minutos.

—Eso explicaría que no la recuerde. Mis conversaciones importantes duran más.

—También consta un almuerzo con sus responsables.

—Eso sí. Pero comer con alguien no significa tener relación con él. De ser así, yo estaría casado con la mitad de los camareros de Madrid.

—¿Intervino en el rescate de la aerolínea?

—No. Es una verdad incuestionable.

—Aquí las verdades se cuestionan. Por eso se llama interrogatorio.

—Pues retiro lo de incuestionable. Dejémosla en verdad con derecho a recurso.

El juez sacó otra hoja.

—En unos mensajes hablan de usted como «nuestro pana Zapatero».

—No puedo responsabilizarme de lo que dicen terceros.

—También hablan de una «vía Zapatero».

—Habrá muchas vías con mi nombre. Fui presidente. Lo preocupante sería que hubieran construido una autopista y me cobraran el peaje.

—¿Habló con algún miembro del Gobierno sobre el rescate?

—Con nadie.

—¿Y con el Banco Santander?

—Eso fue distinto. Hice una gestión para que recibieran a los responsables de la aerolínea.

—¿Una gestión?

—Sí, pero sin influencia.

—¿Cómo se hace una gestión sin influencia?

—Con educación. Uno llama, pide un favor y, si se lo conceden, procura no influir demasiado en el agradecimiento.

El juez apoyó los codos sobre la mesa.

—Señor Rodríguez Zapatero, según lo que usted explica, no tenía contrato, recibía los encargos verbalmente, no trataba apenas con el cliente, no redactaba necesariamente los informes definitivos y, aun así, cobraba cantidades importantes.

—Dicho así parece extraño.

—Lo ha dicho usted.

—Por eso parece extraño. Yo lo explicaría de otra manera.

—¿Cómo?

—Era una relación profesional basada en la confianza, el pensamiento estratégico y la ausencia de papeles innecesarios.

—Desde mi perspectiva, la empresa parece creada para cobrar comisiones.

—Eso es una conjetura.

—Puede ser, pero tiene que comprender que yo no soy una madre abadesa.

Zapatero guardó silencio unos segundos.

—Me tranquiliza, señoría. Durante toda la mañana había temido estar declarando en un convento.

Calama abrió la tercera carpeta.

—Ahora vamos con las joyas.

—De eso no declararé.

—¿Por qué?

—Porque está recurrido.

—El recurso no suspende el interrogatorio.

—Pero suspende mucho el ánimo.

El juez cerró las carpetas. Parecía cansado. Zapatero, en cambio, conservaba el rostro sereno de quien ha sobrevivido a dos legislaturas, una crisis financiera y varias horas explicando un negocio cuya principal materia prima era la confianza ajena.

—Una última pregunta —dijo Calama—. ¿Sabe qué es una sociedad offshore?

—No.

—¿Nunca ha oído hablar de ellas?

—Jamás.

—Son sociedades creadas en determinados territorios para obtener ventajas fiscales o mantener cierta opacidad.

Zapatero meditó la explicación.

—Entonces no debería llamarse offshore.

—¿Y cómo la llamaría usted?

—Análisis Irrelevante.

El juez dio por concluida la sesión.

Al salir, un periodista preguntó al expresidente cómo había ido el interrogatorio.

—Muy bien —respondió—. El juez hacía preguntas y yo daba respuestas.

—¿Y coincidían?

—No siempre. Pero eso habría convertido el interrogatorio en un contrato.

—¿Y qué tiene de malo un contrato?

Zapatero sonrió.

—Que deja huella.

«En una democracia, los ciudadanos deben amar la igualdad, respetar los derechos de sus conciudadanos y unirse al Estado mediante vínculos comunes de afecto.» (Cuando he leído la frase de Adam Ferguson nacido el 20 de junio de 1723 para ser filósofo, me ha entrado la risa; sobre todo lo del “vínculo de afecto al estado”. Y es que acabo de hacer la declaración del IRPF)

John Taylor es el bajo que se oye en el vídeo de Durán, Duran, Ordinary World. Hoy cumple 66 años y por eso traemos aquí la canción que ya dura unos 34 años.



La tassa que faltava

Després de l’enterrament, va tornar a casa i va trobar dues tasses damunt la taula. En va guardar una a l’armari, però l’endemà reaparegué al mateix lloc.

No va tenir por. Li va servir te, va seure davant la cadira buida i li explicà el dia: el pa massa torrat, la veïna que cantava fatal, el gos que havia tornat a fugir.

Durant mesos, aquella tassa va escoltar-lo.

Un matí ja no hi era.

Ell va somriure, va obrir la finestra i sortí al carrer. El món continuava sent vulgar.

Per fi, també era seu.



viernes, 19 de junio de 2026

 

EL REFERENTE


En la sede del partido habían inaugurado una sala nueva: el Museo de los Referentes Éticos.

En el centro, bajo una luz blanca que borraba las arrugas y parte de la memoria, estaba José Luis Rodríguez Zapatero. No él, naturalmente, sino una estatua con sonrisa serena, cejas responsables y la mano derecha levantada en actitud de conceder algún derecho civil.

—Aquí tenemos a uno de nuestros grandes referentes —explicó el guía.

Un visitante se acercó a la placa.

—¿No fue este el presidente que dejó más de cinco millones de parados?

El guía carraspeó.

—Aquello fue una crisis internacional.

—¿Y no redujo el sueldo a los funcionarios?

—Una media del cinco por ciento —precisó el guía—. Pero con sensibilidad social.

El visitante miró alrededor.

—¿Dónde están los funcionarios?

—En otra sala. La de los sacrificios necesarios.

—¿Y los parados?

—No cabían todos.

La visita continuó. En una vitrina se exponía una tijera de plata con la inscripción: «Recorte progresista». A su lado, una fotografía del presidente negando la crisis y otra, tomada meses después, aplicando medidas para combatir aquello que todavía no existía.

—Es una pieza histórica —dijo el guía—. Representa la capacidad de adaptación.

Al fondo había una puerta cerrada.

—¿Qué hay ahí? —preguntó el visitante.

—El presente.

—¿Podemos entrar?

—Todavía no. Está bajo investigación.

El visitante volvió la vista hacia la estatua. La luz seguía iluminando solo la parte delantera.

—Entonces —dijo—, si este es el referente ético, ¿cómo serán los que no lo son?

El guía sonrió con profesionalidad.

—Esos están en el Gobierno.

«Todo paraíso, para ser paraíso, debe contener la serpiente.» (Una perfección creada y limitada nunca puede ser absoluta: siempre encierra la posibilidad del cambio, la caída o el sufrimiento. Eso es lo que creía Marco Pallis nacido el 19 de junio de 1895 para ser escritor, músico, compositor, alpinista y estudioso británico)

Allá por junio de 1990 una de las canciones más populares en el mundo fue Hold On (aguanta o resiste) de Wilson Phillips ¡Quién iba a decir que hoy se iba a convertir en un referente de los círculos políticos!

Cap a demà

Cada matí, la Clara es prometia resistir un dia més. La hipoteca, el silenci d’ell, la feina que li xuclava les hores.

Aquell dimarts va arribar fins al vespre. Després va obrir l’armari, va treure la maleta i hi va posar només roba seva.

—On vas? —preguntà ell, per fi.

La Clara somrigué.

—Cap a demà.

A vegades, aguantar no vol dir quedar-se.



jueves, 18 de junio de 2026

 

EL GRAN FINAL

La última noche de 2026, el mundo estrenó la paz definitiva.

En la plaza central habían retirado las estatuas de los antiguos vencedores y colocado árboles artificiales que permanecían verdes todo el año. Una orquesta tocaba Imagine mientras las pantallas gigantes repetían el lema oficial:

LA HUMANIDAD HA APRENDIDO.

Una pareja caminaba entre drones de vigilancia, puestos de abrazos gratuitos y voluntarios que repartían pulseras para medir el nivel de felicidad.

—¿Tú crees que esto durará? —preguntó ella.

Él miró a su alrededor. La gente sonreía. Algunos porque estaban contentos. Otros porque las cámaras reconocían mejor las caras cuando sonreían.

—Claro que durará —contestó—. Al menos hasta que alguien recuerde por qué se enfadó.

Ella soltó una risa breve.

La pulsera vibró en su muñeca.

IRONÍA DETECTADA. MODERE SU ACTITUD.

Siguieron andando sin hablar. Al final de la plaza, un cartel luminoso despedía a los visitantes:

EL FUTURO ES NUESTRO.
POR FAVOR, NO LO DEVUELVA CON MANCHAS.

—Tengo frío —dijo ella.

—Te advertí que cogieras el abrigo.

—No me advertiste nada.

—Sí te lo dije.

—No.

Él se detuvo. Ella también. Se miraron durante unos segundos, cada uno aferrado a su pequeña versión de la verdad.

Un dron descendió sobre sus cabezas.

—Ciudadanos —anunció con voz amable—, se ha detectado un posible conflicto. Procedan a abrazarse.

Obedecieron.

Desde lejos parecía amor.

«Hay dos momentos que lo son todo: el presente, en el que podemos elegir, y la muerte, cuando ya no podemos hacerlo.» (Frithjof Schuon nacido el 18 de junio de 1907 para ser poeta y filósofo y elegir cuando ejercer una o la otra faceta de su vida. A vosotr@s: no esperéis mucho y hacerlo ya que luego ya sabéis el final)

¿Qué se puede decir de Paul McCartney, uno entre los grandes? Seguro que repito con el personaje cada vez que cumpla años, como hoy que llega a los 84 aunque él sea eterno. "My Love" os espera en el vídeo... y a vuestro lado seguro que lo encontraréis.


La cadira del costat

Cada vespre, l’Arnau posava dos plats a taula. Els veïns deien que la Maria feia tres anys que havia mort, però ell continuava discutint amb la cadira buida.

—Avui tampoc m’has trucat.

El silenci, com sempre, li donava la raó.

Després sopava lentament, deixant-li la part més tendra del peix. Abans d’anar al llit, apagava el llum de la cuina i deia:

—No triguis.

Aquella nit, la cadira va cruixir.

L’Arnau va somriure, sense girar-se.

—Ja sabia que encara m’estimaves.