Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
martes, 23 de junio de 2026
DESPUÉSNUNCA
Inventó una palabra: despuésnunca.
Le explicó a su compañero que
significaba dejar algo para más tarde sabiendo que jamás se haría. Era mentira,
claro, pero sonaba lo bastante bien como para parecer cierta.
Durante toda la semana la
utilizó delante de él.
—Ya hablaremos del aumento
despuésnunca.
—Ese informe lo acabaremos
despuésnunca.
El viernes por la noche, su
mujer dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa. Él le preguntó si tenían que
hablar de algo.
—Sí —respondió ella sin
mirarlo—, pero mejor despuésnunca.
No discutieron.
Ya no quedaba nada que
aplazar.
«Esta es noche de San Juan.»
(Esta frase breve, rotunda y cargada de todo lo que tradicionalmente sugiere
esa noche: encuentros, engaños, deseo y azar es de… Lope de Vega)
La cançó recull molt bé l’esperit d’aquesta nit de Sant Joan: el foc, la festa, la llibertat momentània i la sensació que, durant unes hores, les regles habituals poden deixar de funcionar. Jaume Sisa converteix la revetlla en una frontera entre la vida quotidiana i un món on tot sembla possible. També hi ha, sota l’alegria, una certa nostàlgia. Sant Joan crema el que és vell, però al matí la màgia s’acaba i cadascú torna a casa amb els seus desitjos, alguns complerts i d’altres només una mica socarrimats.
La nit que cremava bé
La nit de Sant Joan vaig
escriure el seu nom en un paper, el vaig doblegar quatre vegades i el vaig
llençar a la foguera.
Em van assegurar que el foc
netejava el passat.
Mentre el paper s’ennegria,
vaig sentir els petards, la música d’un balcó massa alegre i una criatura que
plorava perquè havia perdut un globus. El món celebrava alguna cosa. Jo encara
no sabia ben bé què.
Quan les flames van
empassar-se l’última lletra del seu nom, vaig notar una pau estranya, curta,
gairebé administrativa.
Vaig tornar a casa convençut
que l’havia oblidada.
L’endemà, en buidar-me les
butxaques, hi vaig trobar un paper arrugat.
Cuando
el juez leyó la sentencia, Ábalos levantó la mano.
—Señoría, antes de que
continúe, quisiera plantear una cuestión de competencia.
El presidente del tribunal
dejó los folios sobre la mesa.
—¿Otra?
—Yo era ministro de
Transportes.
—Eso consta.
—Y esto se llama caso
mascarillas.
—También consta.
—Entonces falta alguien.
En la sala se hizo un
silencio tan limpio que parecía recién adjudicado.
Koldo, sentado a su lado,
asintió con la cabeza. Llevaba meses pensando lo mismo, aunque no había
encontrado el momento de decirlo porque casi siempre estaba ocupado recordando
cosas que antes no recordaba.
—Tiene razón el ministro
—intervino—. Las mascarillas pertenecían a Sanidad. Nosotros, como mucho,
podíamos trasladarlas.
—Las compraron Puertos del
Estado y Adif —respondió el juez.
Ábalos sonrió. Por fin
aparecía una explicación razonable.
—Ahí lo tiene. Eran
mascarillas viajeras.
El fiscal se quitó las gafas.
—Se adjudicaron contratos
millonarios y se cobraron comisiones.
—Pero con criterios
logísticos —precisó Koldo—. Cada comisión tenía un punto de salida, un destino
y, probablemente, billete de vuelta.
En aquel momento entró
Salvador Illa en la sala. Lo habían llamado para aclarar el misterio nacional
de cómo el ministro de Sanidad había conseguido mantenerse fuera del caso de
las mascarillas mientras el ministro de Transportes acababa condenado por ellas.
—Señor Illa —preguntó el
juez—, ¿puede explicarnos por qué las mascarillas se compraban desde
Transportes?
Illa se ajustó las gafas con
esa serenidad de quien ha sobrevivido a una pandemia, varias elecciones y
suficientes ruedas de prensa como para no responder jamás a la pregunta
formulada.
—En aquel momento, todas las
administraciones trabajábamos coordinadamente.
—¿Coordinadamente?
—Sí. Sanidad necesitaba
mascarillas, Transportes las compraba y otros se llevaban el dinero. Un modelo
transversal.
Ábalos golpeó suavemente la
mesa.
—¡Eso es trabajo en equipo!
El juez continuó leyendo.
Veinticuatro años y tres meses para Ábalos. Diecinueve años y ocho meses para
Koldo. Aldama, que había colaborado con la Justicia, recibió una pena bastante
menor.
—Perdone —volvió a
interrumpir Ábalos—, ¿Aldama no era el comisionista?
—Sí.
—¿Y es quien menos condena
recibe?
—Ha colaborado.
Koldo se inclinó hacia su
antiguo jefe.
—Nos equivocamos desde el
principio.
—¿En qué?
—Teníamos que haber
colaborado antes de delinquir.
El tribunal pidió silencio.
Fuera, los periodistas
esperaban una declaración. Ábalos salió serio, rodeado de abogados y cámaras.
—¿Cómo valora la sentencia?
—gritó una reportera.
El exministro se detuvo.
—Con enorme extrañeza. Yo era
responsable de carreteras, trenes, puertos y aeropuertos. Nadie me explicó que
también debía gestionar quirófanos.
—Pero las mascarillas se
compraron desde su ministerio.
—Precisamente. Si hubieran
sido respiradores, los habría comprado Agricultura.
—¿Por qué Agricultura?
—Porque daban aire.
Koldo apareció detrás.
—Y si hubieran sido vacunas,
las habría comprado Correos.
—¿Por qué?
—Porque había que
repartirlas.
Subieron al furgón policial.
Antes de cerrar la puerta, Ábalos miró por última vez a los periodistas.
—Lo verdaderamente grave
—dijo— es la descoordinación administrativa. En Espanya uno entra en Transportes
para gestionar trenes y termina traficando con mascarillas. Así no hay quien
prepare unas oposiciones.
El vehículo arrancó.
Salvador Illa salió poco
después por otra puerta. Nadie le preguntó por las mascarillas. En Espanya,
hasta los escándalos públicos respetan el reparto de competencias: Sanidad pone
la pandemia, Transportes pone los contratos y Justicia, cuando consigue llegar,
pone los años.
Eso sí, con retraso.
Como los trenes.
«Nadie emplea ya la parafernalia
fascista. El fascismo se va insertando de otra manera» (Aunque se conozca a Pere Gimferrer con
su nombre en catalán ocupa el sillón O de la Real Academia Española. Y
es cierto lo que dice: el fascismo no necesita de parafernalia, se incrusta en
la Sociedad por la desmemoria de ésta. Hoy el bueno de Pere cumple 81 años)
No es un secreto que hoy Álvaro Urquijo cumple 64 años al lado de alguien. Espero que eso si sea un secreto porque somos muy cotillas.
La porta oberta
Quan ella va morir, ell no va moure res. La tassa
esquerdada, les sabatilles sota el llit, el llibre obert per la mateixa pàgina.
Els fills deien que allò no era viure. Ell assentia i canviava de tema.
Cada nit posava dos plats. No esperava cap miracle;
només detestava sopar sol.
Un vespre, mentre recollia, va sentir una mà damunt
l’espatlla.
A las once y veinte de la noche solo
quedaban dos luces encendidas en el edificio.
Una estaba en la quinta planta, en el
despacho de una abogada llamada Irene. La otra, tres pisos más arriba,
iluminaba el estudio de Marta, una arquitecta que llevaba quince minutos
moviendo una ventana dos centímetros hacia la izquierda y otros dos hacia la
derecha.
No se conocían.
Irene llevaba allí desde las ocho de la
mañana. Había redactado tres demandas, respondido cuarenta y siete correos y
corregido dos veces un contrato que ya estaba bien la primera. Desde que Daniel
se marchó de casa, aceptaba cualquier asunto que apareciera sobre su mesa.
Laboral, mercantil, matrimonial. Sobre todo matrimonial. Le gustaba comprobar
que las desgracias de los demás podían ordenarse en hechos numerados.
Marta tampoco quería volver a casa. Su
madre llevaba varias semanas ingresada y su hermano había decidido que, como
ella no tenía hijos, disponía de más tiempo para ocuparse de todo.
—Tú tienes más libertad —le había dicho.
La libertad, descubrió Marta, consistía
en visitar hospitales, llamar a médicos y responder mensajes familiares
mientras diseñaba cocinas para gente que jamás cocinaría.
Aquella noche trabajaban para no pensar.
A las once y veintitrés, el edificio se
quedó a oscuras.
Irene levantó las manos del teclado.
Marta dejó de mover la ventana.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después se encendieron las luces de emergencia, débiles y amarillas, con ese
tono que convierte cualquier oficina en el escenario previo a un asesinato.
Las dos salieron al pasillo casi al
mismo tiempo y llamaron al ascensor. Naturalmente, no funcionaba.
Se encontraron en la escalera, entre la
sexta y la séptima planta.
—¿También atrapada? —preguntó Marta.
—No. Yo vivo aquí —contestó Irene.
Marta sonrió. No era una gran sonrisa,
pero llevaba días sin usar ninguna.
Bajaron juntas. Al llegar a la tercera
planta comprobaron que la puerta cortafuegos se había bloqueado. Irene llamó al
teléfono de emergencias del edificio. Una voz automática les comunicó que la
incidencia había sido registrada y que serían atendidas «a la mayor brevedad
posible».
—Eso, en lenguaje humano, significa que
podemos pasar aquí la noche —dijo Irene.
Se sentaron en los escalones.
Marta sacó de su bolso una bolsa de
almendras. Irene llevaba una chocolatina aplastada entre unos expedientes.
Cenaron aquello sin ceremonia, compartiendo una botella de agua que sabía a
plástico.
—¿Mucho trabajo? —preguntó Marta.
—Muchísimo.
—Yo también.
Guardaron silencio.
—En realidad, no —admitió Irene—. Bueno,
sí. Pero podría haberme ido hace cuatro horas.
—Yo también.
Otro silencio. Esta vez algo más cómodo.
Irene le contó que Daniel se había
marchado después de dieciséis años. No hubo amantes, gritos ni platos rotos.
Solo una conversación en la cocina y una frase que aún le daba vueltas por
dentro:
—Ya no sé quién soy cuando estoy
contigo.
—Una frase preciosa para quien se va
—dijo Marta—. Los que se quedan suelen recibir frases menos elaboradas.
Irene soltó una carcajada inesperada.
Resonó en la escalera vacía.
Marta le habló de su madre, de su
hermano y de aquella libertad que la obligaba a ocuparse de todo. Le confesó
que llevaba semanas durmiendo mal y que a veces se ponía a llorar en el coche
antes de entrar en el hospital. Luego se retocaba los ojos y subía a la
habitación con fruta cortada y una sonrisa de hija eficiente.
—No quiero pensar —dijo.
—Yo tampoco.
Las palabras quedaron allí, sentadas
entre ambas.
Irene miró sus zapatos. Tenía una
carrera, un despacho, clientes importantes y una agenda en la que no cabía un
alfiler. Marta diseñaba edificios premiados y sabía calcular el peso que podía
soportar una estructura.
Ninguna de las dos sabía qué peso podía
soportar ella misma.
—Quizá estamos haciendo el idiota —dijo
Irene.
—Eso explicaría muchas cosas.
A medianoche apareció el vigilante.
Había tardado porque se encontraba en otro edificio y porque, según explicó,
«el sistema no esperaba que quedase nadie trabajando a estas horas».
—El sistema es más sensato que nosotras
—dijo Marta.
El hombre desbloqueó la puerta y las
acompañó hasta la calle.
Fuera hacía una noche tibia. Los árboles
de la avenida estaban llenos de hojas nuevas. Irene respiró hondo. Marta
levantó la cara, como si acabara de recordar que sobre los edificios también
había cielo.
—Mañana tengo que llegar temprano —dijo
Irene.
—Yo también.
Se miraron.
—O no —añadió Marta.
No intercambiaron teléfonos. Tampoco
prometieron llamarse ni hacerse amigas. Cada una se marchó en una dirección
distinta, cargando todavía con sus problemas, que seguían allí, intactos y
bastante poco impresionados por la conversación.
A la mañana siguiente, Irene llegó al
despacho a las diez y media.
Marta llamó al hospital, pidió el día
libre y le dijo a su hermano que aquella tarde iría él.
Ninguna había solucionado su vida.
Pero, por primera vez en varios meses,
dejaron de trabajar para no pensar.
Y fue, probablemente, el trabajo más
útil que hicieron aquella semana.
«Las libertades públicas no son otra
cosa que resistencias.» (Pierre-Paul Royer-Collard nacido al inicio del
solsticio de Verano en el hemisferio norte de 1763 para ser abogado, profesor
de Filosofía, diputado, presidente de la Cámara de Diputados y miembro de la
Academia Francesa, en la que ocupó el sillón número 8 desde 1827. Pensaba que la
libertad no consiste únicamente en reconocer derechos sobre el papel. Necesita
instituciones, tribunales, parlamentos y periódicos capaces de oponerse
eficazmente al poder)
Joey Kramer baterista dse Aerosmith cumple hoy 76 años. La canción del vídeo es de una película Armaggedon, de la que no se quiso perder nada. Ni yo tampoco.
El segon que faltava
Va prometre que no es perdria res: ni els seus
badalls, ni la manera com arrufava el nas abans de riure, ni aquell silenci
petit que deixava entre dues paraules. Per això no dormia. La vigilava
respirar, com si estimar fos fer guàrdia.
Una matinada, ella va obrir els ulls.
—T’estàs perdent una cosa.
—Quina?
—La vida.
Ell va parpellejar. Només un segon.
Quan tornà a mirar-la, ella ja dormia.
I, per primera vegada, ell també.
sábado, 20 de junio de 2026
ANÁLISIS
IRRELEVANTE
El juez José Luis Calama entró
en la sala con tres carpetas, dos bolígrafos y la expresión de quien sospecha
que la verdad ha aparcado en doble fila.
Frente a él estaba José Luis
Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno, consultor internacional y, según
iba a descubrirse aquella mañana, especialista en trabajos que no dejan huella
porque la huella, como todo el mundo sabe, estropea mucho el parqué.
—Empecemos por Análisis
Relevante —dijo el juez—. ¿Tenía usted contrato?
—No.
—¿No?
—Teníamos confianza.
El juez anotó algo.
—Comprendo. ¿Y cuánto cobraba
por la confianza?
—Una cantidad global.
—¿Global de cuánto?
—Dependía del globo.
Calama levantó la vista.
Zapatero mantenía aquella sonrisa suya capaz de anunciar una crisis económica
como si acabara de encontrar aparcamiento en el centro de Madrid.
—Según la documentación, usted
cobró cerca de medio millón de euros.
—Es que era una confianza de
alta intensidad.
—¿Y qué trabajo realizaba?
—Consultoría.
—Eso ya lo sé. Le pregunto qué
hacía.
—Consultaba.
—¿A quién?
—A mí mismo, principalmente.
Soy una persona que se consulta mucho y suele quedar bastante satisfecha con
las respuestas.
El juez respiró hondo.
—¿Redactaba informes?
—No necesariamente.
—¿Entonces qué entregaba al
cliente?
—Conocimiento.
—¿Por escrito?
—El conocimiento pierde mucho
cuando se escribe. Pasa como con las promesas electorales.
Calama abrió la segunda
carpeta.
—Aquí aparecen reuniones,
viajes y comidas.
—Ahí tiene usted los informes.
—Esto es una agenda.
—Una agenda bien interpretada
es un informe. Y un informe mal interpretado puede acabar siendo una agenda
judicial, como estamos comprobando.
El juez se quitó las gafas,
las limpió y volvió a ponérselas. Quería asegurarse de que el interrogado
seguía allí y no era una alegoría.
—Hablemos de Plus Ultra. ¿Tuvo
relación con sus responsables?
—Prácticamente ninguna.
—Pero elaboró informes para la
compañía.
—Sí.
—Sin hablar con la compañía.
—Exacto.
—¿Cómo sabía lo que
necesitaban?
—Soy consultor, señoría. Si
tuviera que hablar con los clientes, sería camarero.
Calama hojeó unos papeles.
—Consta una conversación
telefónica.
—No la recuerdo.
—Duró once minutos.
—Eso explicaría que no la
recuerde. Mis conversaciones importantes duran más.
—También consta un almuerzo
con sus responsables.
—Eso sí. Pero comer con
alguien no significa tener relación con él. De ser así, yo estaría casado con
la mitad de los camareros de Madrid.
—¿Intervino en el rescate de
la aerolínea?
—No. Es una verdad
incuestionable.
—Aquí las verdades se
cuestionan. Por eso se llama interrogatorio.
—Pues retiro lo de
incuestionable. Dejémosla en verdad con derecho a recurso.
El juez sacó otra hoja.
—En unos mensajes hablan de
usted como «nuestro pana Zapatero».
—No puedo responsabilizarme de
lo que dicen terceros.
—También hablan de una «vía
Zapatero».
—Habrá muchas vías con mi
nombre. Fui presidente. Lo preocupante sería que hubieran construido una
autopista y me cobraran el peaje.
—¿Habló con algún miembro del
Gobierno sobre el rescate?
—Con nadie.
—¿Y con el Banco Santander?
—Eso fue distinto. Hice una
gestión para que recibieran a los responsables de la aerolínea.
—¿Una gestión?
—Sí, pero sin influencia.
—¿Cómo se hace una gestión sin
influencia?
—Con educación. Uno llama,
pide un favor y, si se lo conceden, procura no influir demasiado en el
agradecimiento.
El juez apoyó los codos sobre
la mesa.
—Señor Rodríguez Zapatero,
según lo que usted explica, no tenía contrato, recibía los encargos
verbalmente, no trataba apenas con el cliente, no redactaba necesariamente los
informes definitivos y, aun así, cobraba cantidades importantes.
—Dicho así parece extraño.
—Lo ha dicho usted.
—Por eso parece extraño. Yo lo
explicaría de otra manera.
—¿Cómo?
—Era una relación profesional
basada en la confianza, el pensamiento estratégico y la ausencia de papeles
innecesarios.
—Desde mi perspectiva, la
empresa parece creada para cobrar comisiones.
—Eso es una conjetura.
—Puede ser, pero tiene que
comprender que yo no soy una madre abadesa.
Zapatero guardó silencio unos
segundos.
—Me tranquiliza, señoría.
Durante toda la mañana había temido estar declarando en un convento.
Calama abrió la tercera
carpeta.
—Ahora vamos con las joyas.
—De eso no declararé.
—¿Por qué?
—Porque está recurrido.
—El recurso no suspende el
interrogatorio.
—Pero suspende mucho el ánimo.
El juez cerró las carpetas.
Parecía cansado. Zapatero, en cambio, conservaba el rostro sereno de quien ha
sobrevivido a dos legislaturas, una crisis financiera y varias horas explicando
un negocio cuya principal materia prima era la confianza ajena.
—Una última pregunta —dijo
Calama—. ¿Sabe qué es una sociedad offshore?
—No.
—¿Nunca ha oído hablar de
ellas?
—Jamás.
—Son sociedades creadas en
determinados territorios para obtener ventajas fiscales o mantener cierta
opacidad.
Zapatero meditó la
explicación.
—Entonces no debería llamarse offshore.
—¿Y cómo la llamaría usted?
—Análisis Irrelevante.
El juez dio por concluida la
sesión.
Al salir, un periodista
preguntó al expresidente cómo había ido el interrogatorio.
—Muy bien —respondió—. El juez
hacía preguntas y yo daba respuestas.
—¿Y coincidían?
—No siempre. Pero eso habría
convertido el interrogatorio en un contrato.
—¿Y qué tiene de malo un
contrato?
Zapatero sonrió.
—Que deja huella.
«En una democracia, los
ciudadanos deben amar la igualdad, respetar los derechos de sus conciudadanos y
unirse al Estado mediante vínculos comunes de afecto.» (Cuando he leído la
frase de Adam
Ferguson nacido el 20 de junio de 1723 para ser filósofo, me ha entrado la
risa; sobre todo lo del “vínculo de afecto al estado”. Y es que acabo de hacer
la declaración del IRPF)
John Taylor es el bajo que se oye en el vídeo de Durán, Duran, Ordinary World. Hoy cumple 66 años y por eso traemos aquí la canción que ya dura unos 34 años.
La tassa que faltava
Després de l’enterrament, va
tornar a casa i va trobar dues tasses damunt la taula. En va guardar una a
l’armari, però l’endemà reaparegué al mateix lloc.
No va tenir por. Li va servir
te, va seure davant la cadira buida i li explicà el dia: el pa massa torrat, la
veïna que cantava fatal, el gos que havia tornat a fugir.
Durant mesos, aquella tassa va
escoltar-lo.
Un matí ja no hi era.
Ell va somriure, va obrir la
finestra i sortí al carrer. El món continuava sent vulgar.
Per fi, també era seu.
viernes, 19 de junio de 2026
EL
REFERENTE
En la sede del partido habían
inaugurado una sala nueva: el Museo de los Referentes Éticos.
En el centro, bajo una luz
blanca que borraba las arrugas y parte de la memoria, estaba José Luis
Rodríguez Zapatero. No él, naturalmente, sino una estatua con sonrisa serena,
cejas responsables y la mano derecha levantada en actitud de conceder algún derecho
civil.
—Aquí tenemos a uno de
nuestros grandes referentes —explicó el guía.
Un visitante se acercó a la
placa.
—¿No fue este el presidente
que dejó más de cinco millones de parados?
El guía carraspeó.
—Aquello fue una crisis
internacional.
—¿Y no redujo el sueldo a los
funcionarios?
—Una media del cinco por
ciento —precisó el guía—. Pero con sensibilidad social.
El visitante miró alrededor.
—¿Dónde están los
funcionarios?
—En otra sala. La de los
sacrificios necesarios.
—¿Y los parados?
—No cabían todos.
La visita continuó. En una
vitrina se exponía una tijera de plata con la inscripción: «Recorte
progresista». A su lado, una fotografía del presidente negando la crisis y
otra, tomada meses después, aplicando medidas para combatir aquello que todavía
no existía.
—Es una pieza histórica —dijo
el guía—. Representa la capacidad de adaptación.
Al fondo había una puerta
cerrada.
—¿Qué hay ahí? —preguntó el
visitante.
—El presente.
—¿Podemos entrar?
—Todavía no. Está bajo
investigación.
El visitante volvió la vista
hacia la estatua. La luz seguía iluminando solo la parte delantera.
—Entonces —dijo—, si este es
el referente ético, ¿cómo serán los que no lo son?
El guía sonrió con
profesionalidad.
—Esos están en el Gobierno.
«Todo paraíso, para ser
paraíso, debe contener la serpiente.» (Una perfección creada y limitada nunca
puede ser absoluta: siempre encierra la posibilidad del cambio, la caída o el
sufrimiento. Eso es lo que creía Marco Pallis nacido el 19 de junio de 1895
para ser escritor, músico, compositor, alpinista y estudioso británico)
Allá por junio de 1990 una de las canciones más populares en el mundo fue Hold On (aguanta o resiste) de Wilson Phillips ¡Quién iba a decir que hoy se iba a convertir en un referente de los círculos políticos!
Cap a demà
Cada matí, la Clara es
prometia resistir un dia més. La hipoteca, el silenci d’ell, la feina que li
xuclava les hores.
Aquell dimarts va arribar fins
al vespre. Després va obrir l’armari, va treure la maleta i hi va posar només
roba seva.