Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
sábado, 16 de mayo de 2026
CREMALLERAS
En la oficina hablábamos mucho
de libertad. Sobre todo los viernes, cuando alguien abría una botella en la
sala de reuniones y el departamento entero se creía revolucionario porque se
había quitado la corbata.
Luis era el más libre de
todos. Lo decía él. Libre para acostarse con quien quisiera, libre para no dar
explicaciones, libre para no repetir restaurante, cama ni promesa. Tenía una
agenda sentimental organizada como una hoja de Excel: nombres, horarios, excusas
y una columna oculta que debía de llamarse “salida de emergencia”.
Un día, durante el café, Marta
le preguntó qué pensaba.
—¿De qué?
—De algo.
Luis sonrió, como si le
hubieran pedido que recitara a Sófocles en arameo.
—Yo soy más de sentir.
Mentira. Era más de tocar.
Sentir exige quedarse un rato después, cuando ya no hay piel que distraiga ni
luces bajas que hagan de abogado defensor.
Marta lo miró con esa
paciencia que tienen algunas mujeres antes de decidir que ya han tenido
demasiada.
—Pues deberías desabrocharte
el cerebro de vez en cuando. También aprieta.
Luis soltó una carcajada. Los
demás también. En las oficinas se ríe mucho cuando alguien no entiende que
acaba de ser desnudado en público.
Esa tarde, al salir, lo vi en
el baño, frente al espejo, ajustándose el pantalón. Parecía preocupado. No sé
si por la cremallera o por la frase.
Fue la primera vez que lo vi
intentar subirse una idea.
«Es muy difícil mantener los
prejuicios personales fuera de algo así. Y, allí donde aparecen, los prejuicios
oscurecen la verdad.» (Esa frase es la del Jurado número 8, Davis, interpretado
en “12 hombres sin piedad” por un inmenso Henry Fonda nacido el 16 de mayo de
1905)
Hoy es el 73 aniversario de Thomas Crowm, bueno, de Pierce Brosnan que no tiene ningún secreto... ¿o si?
La pedra no volia mentir
Vaig córrer fins que els
genolls van aprendre a resar sols. La ciutat cremava darrere meu amb una
educació impecable: semàfors, aparadors, veïns traient el gos. Vaig demanar
refugi a una pedra i la pedra va apartar la cara. Vaig trucar al cel, però
comunicava. A l’infern, en canvi, em van obrir de seguida.
—Ja era hora —va dir algú amb
la meva veu.
Llavors vaig entendre el
càstig: no era fugir. Era arribar sempre a mi.
viernes, 15 de mayo de 2026
LA
VACA DE CAMPAÑA
La vaca se llamaba Paca,
aunque en los papeles de la explotación figuraba como ES-140087-Madre-12,
que era una forma muy administrativa de decir que había parido más veces de las
que ningún consejero recordaría jamás.
Paca vivía en una finca
limpia, con barro suficiente para no creerse marquesa y sombra bastante para no
hacerse socialista de repente. Tenía una rutina seria: comer, rumiar, mirar al
horizonte y desconfiar de los humanos que llegaban con zapatos demasiado
brillantes.
Aquella mañana aparecieron
tres coches negros.
Después llegó una furgoneta.
Después otra.
Después un hombre con
auricular que miró a Paca como si estuviera calculando si podía colocarse mejor
para la foto.
—¿Es esta? —preguntó.
El ganadero, Rafael, se limpió
las manos en el pantalón.
—Es la que sale siempre.
La frase hizo que Paca
levantara la cabeza.
La que sale siempre.
No “la vaca”. No “Paca”. No
“la madre de tres terneros”. No “la que ayer tiró una valla porque se le cruzó
una avispa con complejo de notario”.
La que sale siempre.
A los pocos minutos apareció
el candidato.
Venía rodeado de sonrisas
técnicas. De esas sonrisas que no nacen en la boca sino en la agenda. Traje
claro, camisa blanca, botas limpias recién compradas para parecer campo sin
haber pisado una piedra con malas intenciones.
—¡Rafael! —dijo el candidato,
abriendo los brazos.
Rafael lo miró como se mira a
un hombre que te abraza cada cuatro años y te olvida los otros mil
cuatrocientos cincuenta y nueve días.
—Presidente.
—Bueno, bueno, todavía
candidato.
—Para algunas cosas nunca se
deja de serlo.
El candidato no supo si
aquello era elogio o pedrada. Sonrió por si acaso. En política, sonreír por si
acaso es una asignatura troncal.
Paca observó la escena. Había
visto aquello antes. La primera vez se asustó. La segunda pensó que era una
feria. La tercera comprendió que era una misa sin Dios, pero con fotógrafo.
El asesor principal se acercó
al candidato y le habló bajo.
—Presidente, recuerde: mano en
el lomo, mirada cercana, nada de tocar el cuerno, que en la última imagen
pareció que estaba negociando con la vaca.
Había servido para leche,
cría, compañía, fotografía institucional y ahora también para sintaxis
electoral. Lo suyo ya no era ganadería. Era multifunción.
El candidato se aproximó
despacio. Demasiado despacio. Como si Paca fuese un piano antiguo o una suegra
indecisa.
—Hola, preciosa —dijo.
Paca lo miró.
Había hombres que llamaban
preciosa a cualquier cosa que no pudiese contestarles.
El fotógrafo se agachó.
—Un poquito más cerca. Eso.
Mano natural. No tan rígida. Que parezca confianza.
El candidato apoyó la mano
sobre el lomo de Paca.
La mano estaba fría.
Paca pensó que los humanos
importantes tenían las manos frías porque nunca las metían donde la vida se
complicaba: tierra, agua, parto, pienso, alambre, noche.
—Perfecto —dijo el fotógrafo—.
Ahora mire a la vaca.
El candidato miró a Paca con
intensidad de anuncio.
—Esta tierra —empezó— sabe lo
que es trabajar.
Paca siguió masticando.
—Esta tierra no pide
privilegios.
Rafael bajó la vista.
—Esta tierra pide respeto.
Un periodista levantó la mano.
—Presidente, ¿qué medidas
concretas propone para el sector ganadero?
El asesor tosió.
El candidato acarició a Paca
dos veces, como si el programa electoral estuviera escondido bajo la piel.
—Vamos a seguir estando al
lado de quienes madrugan, de quienes sostienen nuestra identidad, de quienes
mantienen viva la Andalucía profunda, real, auténtica.
Paca dejó de rumiar.
La Andalucía profunda, real y
auténtica solía aparecer en campaña con botas nuevas y desaparecer cuando
tocaba hablar de precios, agua, relevo generacional o veterinarios.
Otro periodista preguntó:
—¿Habrá ayudas directas?
—Habrá diálogo.
Rafael murmuró:
—Eso engorda poco.
Paca soltó un mugido.
No fue largo. No fue
dramático. Fue un mugido seco, con más criterio que muchas ruedas de prensa.
Los fotógrafos dispararon como
si acabara de producirse un milagro rural.
—¡Eso! ¡Eso es buenísimo!
—dijo uno—. La vaca ha intervenido.
El asesor sonrió.
—Tenemos vídeo.
El candidato, animado,
acarició de nuevo a Paca.
—Hasta ella sabe que este
proyecto es bueno para Andalucía.
Paca movió la cola.
Rafael dio un paso.
—Con perdón, presidente. La
vaca no sabe de proyectos.
El aire se quedó quieto, que
es lo que ocurre cuando alguien dice algo sencillo en medio de una ceremonia
complicada.
El candidato mantuvo la
sonrisa, pero se le aflojó un poco por los bordes.
—Bueno, Rafael, era una forma
de hablar.
—Ya. Pero ustedes hablan mucho
por los que no hablan.
El asesor principal miró al
ganadero con cara de incendio pequeño.
—No entremos ahora en debates.
—Claro —dijo Rafael—. Para eso
están los programas. Aunque vienen con menos páginas que el folleto del pienso.
Paca volvió a mugir.
Esta vez más bajo.
El cámara se acercó. Olía la
pieza. Un ganadero respondón, una vaca expresiva, un candidato atrapado entre
el campo real y el campo de decorado. Aquello daba para redes.
El candidato respiró.
—Rafael, sabes que nuestro
compromiso es firme.
—Firme está la valla del fondo
y ayer se cayó.
Alguien rió. Un becario. El
becario fue fulminado por cuatro miradas y perdió media carrera política en dos
segundos.
El candidato cambió de
estrategia. La más antigua: abrazar al problema.
—Entiendo perfectamente
vuestra situación.
Rafael levantó una ceja.
—¿Cuál?
—La del campo.
—¿Cuál parte? ¿La de vender
por debajo de coste? ¿La de no encontrar gente joven que quiera quedarse? ¿La
de llenar papeles hasta para mover una cabra? ¿La de esperar ayudas que llegan
cuando el ternero ya tiene bigote?
Paca no sabía qué era un
bigote, pero aprobó la imagen.
El candidato bajó la mano del
lomo de la vaca.
Sin la vaca, parecía más
pequeño.
Los asesores se movieron. Uno
habló de agenda. Otro de luz. Otro de que había que ir cerrando. La política,
cuando el barro sube, siempre recuerda que tiene otro acto.
Pero entonces ocurrió lo
inesperado.
Paca dio un paso adelante.
No mucho. Lo justo para quedar
entre el candidato y las cámaras.
El fotógrafo, por instinto,
disparó.
El candidato intentó recuperar
el encuadre.
Paca avanzó otro poco.
Rafael sonrió por primera vez.
—Se ha puesto delante.
—Ya lo veo —dijo el asesor.
—Eso también lo hace cuando
quiere que la ordeñen.
—No compare.
—No, claro. La vaca produce
más.
El vídeo se subió a los veinte
minutos.
En redes lo titularon de todas
las formas posibles: “La vaca que eclipsó al candidato”, “Paca
presidenta”, “La Andalucía real se coloca delante”, “Ni mu:
programa electoral completo”.
Hubo tertulias.
Un politólogo explicó que la
vaca simbolizaba el arraigo.
Una consultora dijo que la
escena humanizaba al candidato.
Un humorista pidió el voto
para Paca.
Un portavoz aseguró que todo
había sido espontáneo.
Rafael apagó la televisión
antes de que alguien hablara de “ruralidad líquida”.
Esa noche, mientras la finca
se quedaba en silencio, Paca comió despacio. No sabía que era tendencia. No
sabía que su imagen circulaba por teléfonos donde nadie había tocado jamás una
cuerda de pacas. No sabía que al día siguiente algunos dirían que había sido
usada por la derecha, otros por la izquierda y otros por la nostalgia de una
España que solo existe cuando conviene.
Paca sabía otras cosas.
Sabía cuándo iba a llover.
Sabía quién se acercaba con
miedo.
Sabía distinguir una caricia
de una estrategia.
Y sabía, sobre todo, que los
humanos tenían una capacidad extraordinaria para convertir cualquier ser vivo
en decorado, incluso mientras hablaban de defenderlo.
A la mañana siguiente, Rafael
encontró al candidato otra vez en todos los periódicos.
Salía sonriente.
Paca también.
Pero Paca ocupaba el centro de
la foto.
Rafael la miró desde la puerta
del establo.
—Al final vas a tener más
tirón que ellos.
Paca levantó la cabeza.
Rafael se rascó la nuca.
—Aunque no te emociones. En
cuanto ganen o pierdan, no volverán hasta la próxima.
Paca volvió a rumiar.
No le sorprendió.
Los humanos también eran
animales de temporada.
«Me doy a veces consejos
admirables, pero soy incapaz de seguirlos.» (En castellano castizo la frase es:
“consejos doy que para mi no tengo”. La frase es de Lady Mary Wortley Montagu
nacida el 15 de mayo de 1689 y que con toda probabilidad sea absolutamente
cierta)
Lainie Kazan cumple hoy 86 años y está para encender pocos días; ni los viernes como hoy. En cualquier caso le deseo que cumpla muchos mas.
La dona que encenia els
dilluns
Cada dilluns, la Sunny
arribava al bar amb un paraigua groc, encara que fes sol. Deia que el món
sempre acaba plovent per algun lloc. Els cambrers li guardaven la taula del
racó, on ella llegia cartes antigues i somreia com qui perdona una guerra
petita. Un dia no va venir. Al seu lloc, hi havia el paraigua, obert, damunt la
cadira. Des de llavors, quan plou, ningú s’asseu allà. Per respecte. O per por
que torni la llum.
miércoles, 13 de mayo de 2026
EL
CIUDADANO QUE NO ACEPTÓ LAS COOKIES
El día que Julián decidió no
aceptar las cookies, Barcelona amaneció como cualquier ciudad que presume de
futuro: con pantallas en las marquesinas, patinetes abandonados en las esquinas
y personas mirando el móvil con la postura cervical de quien ya ha perdido una
guerra pequeña.
Todo empezó en la panadería.
Julián quería una barra de
pan. Nada épico. Nada revolucionario. Una barra normal, de las que crujen un
poco al partirse y luego se convierten en migas sobre la mesa, como pequeñas
pruebas del delito doméstico.
Entró en la panadería de la
calle Mallorca, saludó a la dependienta y pidió:
—Una barra, por favor.
La mujer, sin levantar mucho
la vista, señaló una pantalla junto al datáfono.
—Tiene que aceptar las
condiciones.
Julián miró la pantalla.
Para mejorar su experiencia de
compra, Panes Aurora solicita acceso a sus preferencias de consumo, historial
de ubicación, patrones alimentarios, nivel estimado de ingresos y probabilidad
de fidelización.
Debajo había dos botones.
ACEPTAR TODO CONFIGURAR OPCIONES
Julián pulsó configurar
opciones.
La dependienta suspiró con una
tristeza administrativa.
—Eso tarda.
—No tengo prisa.
Mentía. Tenía una reunión a
las nueve y veinte, una cita con el dentista a las cuatro y una vida entera
pendiente de pequeñas claudicaciones. Pero aquel día se levantó con una
incomodidad rara, como si le hubieran colocado una piedra digital dentro del zapato.
La pantalla desplegó treinta y
seis apartados.
“Cookies necesarias”.
“Cookies de personalización”.
“Cookies de terceros”.
“Cookies de predicción nutricional”.
“Cookies de trazabilidad emocional del cliente”.
“Cookies para ofertas adaptadas al índice de frustración urbana”.
Julián empezó a desmarcar
casillas.
Una a una.
La fila detrás de él creció
como crecen las cosas feas: sin ruido y con mala educación.
—Perdone —dijo un hombre con
casco de bicicleta—, algunos tenemos que trabajar.
Julián no respondió. Continuó
desmarcando.
La dependienta apoyó las dos
manos sobre el mostrador.
—Mire, señor, si acepta todo,
le vendo el pan y ya está.
—No quiero que una panadería
sepa mi nivel estimado de ingresos.
—A mí tampoco me interesa
mucho, la verdad.
—Pues entonces no lo pidan.
—Lo pide el sistema.
El sistema.
Julián miró alrededor. El
horno seguía allí. Las barras seguían allí. La mujer seguía allí. Los clientes
seguían allí. Pero, según parecía, nadie vendía pan. El pan lo vendía el
sistema, ese señor invisible que nunca daba la cara y siempre tenía razón.
Pulsó finalmente: rechazar
todo salvo cookies necesarias.
La pantalla parpadeó.
Lo sentimos. No podemos
ofrecerle una experiencia personalizada.
—No quiero una experiencia
personalizada. Quiero pan.
La dependienta tocó la
pantalla desde su lado.
Apareció otro mensaje.
Cliente no perfilable.
Operación no disponible.
La mujer le miró con un punto
de compasión.
—No me deja.
—¿Cómo que no le deja?
—Que no le puedo vender la
barra.
—¿Por qué?
—Porque usted no existe bien.
Aquella frase se le quedó
clavada.
No existía bien.
Salió de la panadería sin pan,
pero con una dignidad ridícula bajo el brazo. La dignidad, descubrió, pesa poco
cuando no has desayunado.
En la parada del autobús
intentó comprar un billete sencillo. La máquina le pidió aceptar las
condiciones de movilidad inteligente. Rechazó las cookies de ubicación
permanente, las de mejora del tránsito urbano y las de análisis de
comportamiento ciudadano en entornos de espera.
No se puede emitir título de
transporte sin consentimiento ampliado.
El autobús llegó.
Subieron todos menos él.
El conductor cerró la puerta
con esa precisión cruel de los servicios públicos cuando funcionan contra
alguien concreto.
Julián caminó hasta el centro
de salud. Su dentista quedaba lejos, pero antes necesitaba pedir cita con su
médico. Llevaba semanas con una presión en el pecho, una mezcla de ansiedad,
acidez y época histórica.
En la entrada del CAP había un
tótem de recepción.
Identifíquese.
Puso su DNI.
Para continuar, acepte el
tratamiento integral de sus datos para fines asistenciales, preventivos,
estadísticos, predictivos y de mejora algorítmica del sistema sanitario.
Julián pulsó configurar.
La pantalla le devolvió un
aviso en rojo.
La configuración manual puede
limitar el acceso a determinados servicios.
—Naturalmente —murmuró—. La
libertad siempre viene con recargo.
Detrás de él, una mujer mayor
sujetaba una carpeta azul.
—Hijo, acepta y ya está. Si
no, no acabamos nunca.
—Es que no deberían pedir todo
esto.
—Claro que no. Pero yo tengo
la cadera hecha un trapo y no estoy para fundar la democracia.
Julián quiso explicarle que
precisamente por eso. Que precisamente porque ella tenía la cadera mal, porque
él tenía presión en el pecho, porque el otro tenía que trabajar y porque la
dependienta solo quería vender pan, alguien debía decir que no.
Pero se oyó a sí mismo antes
de hablar. Y se dio cuenta de que sonaría como un imbécil con principios, esa
especie tan molesta para la convivencia.
Aun así, rechazó.
El tótem emitió un pitido.
No se ha podido completar la
solicitud. Diríjase al mostrador.
En el mostrador, una
administrativa con gafas finas le explicó que sin aceptar las condiciones no
podía acceder a la cita online, ni presencial, ni telefónica.
—¿Entonces qué hago si me
encuentro mal?
—Puede llamar al 112.
—¿Y allí me pedirán aceptar
algo?
La mujer bajó la voz.
—No les dé ideas.
A mediodía intentó entrar en
su banco. Necesitaba consultar un cargo duplicado. La aplicación le pidió
aceptar el nuevo marco de confianza financiera digital. Julián rechazó la
cesión de datos a empresas colaboradoras, la elaboración de perfiles de solvencia
emocional y la autorización para ofrecer productos “adaptados a etapas
vitales”.
La pantalla se apagó.
Al cabo de tres minutos
recibió un mensaje:
Por motivos de seguridad, su
cuenta ha sido temporalmente limitada.
No podía comprar pan.
No podía subir al autobús.
No podía pedir cita médica.
No podía acceder a su dinero.
Pero seguía siendo libre.
Lo comprobó sentándose en un
banco de la Rambla Catalunya. La libertad, a las doce y media, consistía en
tener hambre, dolor de muelas y diecisiete euros en efectivo que ya no servían
en casi ningún sitio.
A su lado, un niño jugaba con
una tableta. La madre intentaba que comiera un bocadillo.
—No quiero.
—Come.
—No.
—Te pongo dibujos si comes.
El niño abrió la boca.
Julián pensó que la educación
digital empezaba antes de hablar: primero te daban una pantalla, luego un
premio, después una condición y finalmente un botón azul donde ponía aceptar.
Por la tarde fue al Encuentro
Internacional por los Derechos Digitales. Había visto el anuncio en una
pantalla pública antes de convertirse en ciudadano defectuoso. El acto se
celebraba en un edificio moderno, con cristales enormes y palabras grandes en inglés.
En la entrada, varias personas con acreditación sonreían como si hubieran sido
entrenadas por una consultora.
Un cartel decía:
TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LAS
PERSONAS.
Julián se acercó al mostrador.
—Quiero entrar.
—¿Está inscrito?
—No.
—Puede inscribirse ahora con
este código QR.
—No tengo acceso a mi móvil.
La joven del mostrador
pestañeó, como si le hubiera dicho que venía del siglo XII en burro.
—Entonces puede hacerlo en la
tablet.
Le ofreció una pantalla.
Julián leyó.
Para acceder al evento debe
aceptar la política de privacidad, cesión de imagen, tratamiento de datos
biométricos, análisis de intereses profesionales y recepción de comunicaciones
de entidades asociadas.
Soltó una risa pequeña. No fue
una risa alegre. Fue más bien el ruido que hace una puerta cuando ya no encaja.
—Vengo a hablar de derechos
digitales.
—Precisamente.
—Y para entrar tengo que ceder
mis datos.
—Solo los necesarios.
—¿Datos biométricos?
—Por seguridad.
—¿Imagen?
—Por difusión.
—¿Intereses profesionales?
—Por networking.
—¿Comunicaciones de entidades
asociadas?
—Por oportunidades.
Julián miró el cartel.
TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LAS
PERSONAS.
—¿Y si no acepto?
La joven le dedicó una sonrisa
triste, la misma sonrisa de la panadera, de la administrativa, del conductor
que cerró la puerta. La sonrisa de los intermediarios inocentes del abuso.
—Entonces no puede pasar.
—¿Quién puede decidir eso?
—El sistema.
Otra vez.
El sistema ya no era un señor
invisible. Era una religión sin santos y con muchas contraseñas. No necesitaba
policías en cada esquina. Le bastaban pantallas educadas, formularios
obligatorios y empleados que decían “yo no puedo hacer nada” con una corrección
impecable.
Julián no gritó.
Eso fue lo peor.
Hubiera sido más fácil gritar.
Convertirse en loco. Dar una patada al mostrador. Romper una pantalla. Acabar
grabado por cinco móviles y resumido en una noticia breve: Un hombre provoca
altercados en un congreso sobre derechos digitales.
Pero no gritó.
Sacó del bolsillo el recibo de
la panadería. La barra no comprada había quedado registrada como intento
fallido. Al dorso, con un bolígrafo que todavía funcionaba sin aceptar
condiciones, escribió:
No rechazo la tecnología.
Rechazo tener que desnudarme para comprar pan.
Luego pegó el papel en el
cristal de la entrada.
La joven del mostrador lo
leyó.
—No puede dejar eso ahí.
—¿Por qué?
—Por normativa.
—¿Física o digital?
Ella no respondió.
Durante unos segundos, nadie
hizo nada. La gente siguió entrando al congreso. Algunos miraban el papel y
sonreían con esa sonrisa de quien está de acuerdo, pero no tanto como para
llegar tarde. Otros lo fotografiaban. Uno lo subió a una red social con el
texto:
Señor random se indigna contra
las cookies 😂
A los veinte minutos, el papel
tenía dos mil compartidos.
A los cuarenta, alguien creó
una etiqueta:
#NoAceptoSerPan
A las seis de la tarde, una
tertulia discutía si Julián era un héroe ciudadano o un nostálgico peligroso. A
las siete, una empresa de ciberseguridad ofreció camisetas con su frase. A las
ocho, un partido político anunció una proposición no de ley. A las nueve, Panes
Aurora publicó un comunicado defendiendo su compromiso con la privacidad, la
transparencia y el trigo de proximidad.
Julián lo vio todo desde
fuera, sentado en el suelo, junto al cristal.
Seguía sin poder entrar.
A las diez menos cuarto, la
joven del mostrador salió con una bolsa.
—Tome.
Dentro había una barra de pan.
—La he comprado yo —dijo
ella—. En efectivo. En una panadería antigua de Gràcia.
Julián la cogió como se cogen
las cosas simples cuando han dejado de ser simples.
—Gracias.
—No diga nada. Me pueden abrir
una incidencia.
Partió la barra con las manos.
Sonó bien. Un crujido limpio, casi ofensivo, como si el pan recordara una época
en la que ser humano no requería actualizar preferencias.
Le ofreció un trozo.
La joven dudó.
—No sé si puedo aceptarlo.
—Es pan.
—Ya. Pero hoy en día nunca se
sabe.
Comieron los dos en silencio,
bajo el cartel luminoso del congreso.
Dentro, en una sala
climatizada, alguien hablaba de ciudadanía digital, ética algorítmica y
centralidad humana. Fuera, un hombre y una mujer compartían una barra de pan
sin registro, sin perfil, sin segmentación y sin mejora de experiencia.
Por un momento, el sistema no
supo qué hacer con ellos.
Y eso, aunque duró poco, fue
casi una victoria.
«Merece la pena vivir porque
hay personas, porque hay pájaros, porque hay cosas que están excelentemente
bien.» (Hoy es un día especialmente triste para mí y me va bien traer a estas
páginas la frase de José Jiménez Lozano nacido el 13 de mayo de 1930)
Richie Valens nacía el 13 de mayo de 1941 y fallecía el 2 de febrero de 1959 es decir, con 17 años. A pesar de no entrar en el club de los "27" sí que forjó su propia leyenda.
Sabates sense permís
La mare deia que no ballés al
mig del pati, que els veïns tenien finestres i mala llet.
Però ell va sentir la guitarra
i els peus li van desobeir. Primer un taló. Després l’altre. Després tot el
cos, com si algú li hagués encès una festa dins dels ossos.
La veïna del tercer va sortir
per queixar-se.
—Això és un escàndol.
Ell li va oferir la mà.
I ella, traïdora als seus
principis, va baixar en sabatilles.
sábado, 9 de mayo de 2026
PASAR
PÁGINA
En el vestuario todavía olía a
linimento, a césped mojado y a esa electricidad fea que queda después de una
pelea. Las taquillas seguían abiertas como bocas de metal. Una bota estaba
tirada en medio del suelo. Nadie la recogía, quizá porque en los grandes clubes
hasta las botas esperan instrucciones del departamento de comunicación.
Alguien limpió unas gotas de
sangre con una toalla blanca. Error. Las toallas blancas tienen la mala
costumbre de recordar demasiado.
Dos jugadores, dos escudos
andantes, dos cuentas corrientes con piernas, habían confundido el
entrenamiento con una reyerta de bar sin barra. Uno salió con la cabeza tocada.
El otro con la dignidad en régimen de alquiler. El club, que para estas cosas
siempre tiene una calculadora más rápida que la conciencia, impuso una sanción
ejemplar: quinientos mil euros a cada uno.
Ejemplar.
La palabra quedó flotando en
la sala como un chiste mal contado.
Quinientos mil euros. Una
cifra enorme para casi todo el mundo. Una hipoteca, varias vidas, la
tranquilidad de una familia, la matrícula de unos hijos, la vejez de unos
padres. Para ellos, en cambio, sonaba a multa de aparcamiento en una zona azul
con palco VIP.
Al día siguiente, los
periódicos hablaron de tensión, carácter, competitividad, temperamento ganador.
A la violencia, cuando viste camiseta cara, se le busca siempre un sinónimo
deportivo. Si ocurre en una calle cualquiera, se llama agresión. Si ocurre detrás
de una puerta con el escudo adecuado, se llama incidente interno.
Hoy salió el entrenador.
Tenía cara de hombre que sabe
que su silla ya hace ruidos raros, pero aún se sienta con cuidado por si cuela.
Miró a las cámaras, respiró como respiran los que vienen a vender serenidad
envasada, y dijo:
—Valverde y Tchouameni
representan muy bien el Real Madrid y se merecen que pasemos página.
Nadie preguntó por la página
anterior.
Nadie preguntó si una cabeza
golpeada se archiva con membrete del club. Nadie preguntó si los chavales que
ven fútbol para aprender ídolos también aprenden que un golpe se paga por
transferencia. Nadie preguntó dónde empieza la ejemplaridad cuando termina la
rueda de prensa.
En una casa cualquiera, un
niño escuchó la frase en el telediario mientras hacía los deberes. Su padre,
que no llegaba a final de mes ni con prórroga, apagó la televisión.
—Papá, ¿si pagas mucho puedes
pegar?
El padre tardó en contestar.
No porque no supiera la respuesta.
Sino porque, por un momento,
tuvo miedo de que el mundo ya la hubiese contestado por él.
«Incluso una orden del
emperador retirado debe revocarse si no es adecuada.» (Sería bueno que en los
tiempos que corren nos hubiésemos leído la frase Minamoto no Yoritomo nacido el
9 de mayo de 1147. Pero aquí estamos: sentad@s cómodamente en el sofá
aguantando lo que nos echen)
Richie Furay uno de los músicos de la banda Buffalo Springfield cumple hoy 82 años y componía y cantaba, junto a los compañeros de banda, canciones como la del vídeo.
El soroll abans del silenci
Ningú sabia ben bé qui havia
començat. Un crit, una empenta, una sirena llunyana. La plaça es va omplir de
gent que mirava sense mirar, com si la por fos un aparador.
—No passa res —va dir un home
amb les mans a les butxaques.
Llavors una noia va aixecar un
cartell en blanc.
No deia res. Per això ho deia
tot.
La policia va avançar.
I, pel que valgui, aquell dia
el silenci va fer més soroll que totes les bales.
viernes, 8 de mayo de 2026
LA
VERDAD EN FORMATO PDF
El Pentágono publicó por fin los archivos secretos sobre
ovnis.
La humanidad esperaba platillos volantes, cadáveres verdes,
mapas de galaxias y algún funcionario jubilado confesando que en 1958 había
compartido bocadillo con un ser de Andrómeda.
Pero no.
Había PDFs.
Miles de PDFs.
Escaneados torcidos, con sellos borrosos, frases tachadas y
nombres sustituidos por rectángulos negros. La verdad, como siempre, venía en
baja resolución.
En la primera rueda de prensa, un periodista preguntó:
—¿Puede confirmar el Gobierno si hemos sido visitados por
inteligencia extraterrestre?
El portavoz del Pentágono carraspeó.
—Podemos confirmar que hemos sido visitados por fenómenos
no identificados.
—¿Y por inteligencia?
El portavoz miró sus papeles.
—Eso sigue bajo investigación.
En ese momento, alguien preguntó lo que todo el país
llevaba años pensando en voz baja:
—¿Y Donald Trump?
El silencio cayó sobre la sala con la elegancia de un
satélite viejo.
El portavoz bebió agua.
—El Gobierno de Estados Unidos no comenta especulaciones
sobre el origen biológico, cósmico o televisivo de antiguos presidentes.
Pero al día siguiente apareció un archivo nuevo.
Título: Objeto Anaranjado de Comportamiento Imprevisible.
Estaba casi todo censurado.
Solo quedaba una frase visible:
“Se comunica mediante repeticiones, gestos expansivos y una
extraña necesidad de construir muros en planetas que aún no ha conquistado.”
La NASA no confirmó nada.
El Pentágono tampoco.
Trump, por su parte, declaró que, si era extraterrestre,
era “el mejor extraterrestre que ha pisado la Tierra, quizá el único realmente
terrestre”.
Y entonces el mundo comprendió lo peor.
No era que los ovnis existieran.
Era que tal vez llevaban años intentando llevárselo de
vuelta.
Y nosotros, por pura burocracia, no habíamos autorizado el
despegue.
«Ya que, desgraciadamente, no
siempre podemos evitar las guerras, urge prevenir o al menos aliviar sus
horrores.» (Esta fue la filosofía de Henri Dunant fundador de la Cruz Roja.
Nació el 8 de mayo de 1828 y le dieron el Nobel de la Paz en 1901. Es curioso
pero ningún nobel de la paz ha podido evitar una sola guerra)
La canción del vídeo no hubiese sonado igual sin la participación de Billy Burnette guitarrista de los Fleetwood Mac que hoy cumple 73 años. Tampoco sus sueños hubiesen sido los mismos.
Quan trona per dins
Quan ell va marxar, ella no va
plorar. Va obrir la finestra perquè entrés la pluja i rentés les promeses
enganxades als vidres. Al carrer, els paraigües semblaven excuses negres. Ell
deia que l’amor era llibertat; ella va descobrir que també ho era tancar la
porta sense fer soroll.
Aquella nit va somiar que
tornava.
Al matí, el llit era buit,
però el silenci ja no feia nosa.