martes, 9 de junio de 2026

 

LA MENTIRA VISIBLE


La primera grieta apareció en la cara del alcalde mientras inauguraba una fuente sin agua.

—Este proyecto cambiará el barrio —dijo.

Y justo al decir “cambiará”, se le abrió una rayita en la mejilla. Muy fina. Como un arañazo hecho con mala intención.

Los vecinos aplaudieron igual. Qué íbamos a hacer. Hay momentos en los que la gente aplaude porque no sabe si marcharse, reírse o llamar a alguien.

Al principio pensamos que sería estrés, mala luz, una alergia rara. Ahora hay alergias para todo. Al gluten, al polvo, a las opiniones ajenas, a la vida en general. Pero pronto quedó claro: cada mentira dejaba una grieta en la cara de quien la decía.

Fue un problema. Un problema serio, además.

Los políticos dejaron de hablar en público y empezaron a mandar comunicados. Los comerciales se quedaron sin recursos. Los infieles descubrieron que el “no significa nada” podía salir bastante caro. Los maquilladores, eso sí, vivieron una época dorada. Nunca tanta falsedad había dado tanto trabajo honrado.

Yo lo llevé bastante bien. Soy abogado. Nosotros no mentimos exactamente. Ordenamos la verdad para que no moleste demasiado.

Hasta que una noche mi hija me preguntó:

—Papá, ¿mamá volverá?

Su madre llevaba tres meses muerta y ella todavía dejaba dos platos en la mesa algunos domingos. Uno para ella. Otro para lo imposible.

La miré. Tenía nueve años y esa esperanza pequeña que tienen los niños cuando aún no saben que el mundo no siempre se corrige.

—Sí —le dije—. De alguna manera, volverá.

Noté la grieta antes de verme en el espejo. Me cruzó la cara desde el pómulo hasta la boca. No fue una herida grande, pero dolió. No en la piel. En otro sitio.

Mi hija la tocó con la punta de los dedos.

—Te ha hecho daño —dijo.

—Un poco.

Me abrazó sin preguntar nada más.

Desde entonces no me la tapo. Hay mentiras que ensucian la cara. Y hay otras que solo enseñan el lugar exacto donde uno intentó cuidar a alguien.

«La democracia es esencialmente el gobierno de la mayoría, y una mayoría puede ser estúpida, poco ilustrada, necia, engañada y corrupta.» (El poder colectivo sin límites tampoco es aconsejable. Eso lo dijo John Hospers nacido el 9 de junio de 1918 sin atacar el sistema democrático pero sospechando la mayoría también puede equivocarse; solo que hace más ruido)

Arthur Alexander ya lleva unos cuantos años sin poder cantar -unos 33- y sin embargo su Anna sigue escuchándose a pesar de que han pasado más de 64 años. Bueno, parte del mérito también les corresponde a The Beatles. 

La porta que no grinyola

Anna va deixar les claus damunt la taula, com si no pesessin. Ell les va mirar massa estona, esperant que fessin soroll, que demanessin perdó, que tornessin soles al pany.

—Ves amb ell —va dir.

Li va sortir net, gairebé elegant. Una mentida ben planxada.

Anna va somriure amb tristesa, perquè encara l’estimava una mica, que és la pitjor manera de marxar.

Quan la porta es va tancar, ell va descobrir que el silenci també sap abraçar. Però cobra.



lunes, 8 de junio de 2026

 

UN VUIT DE JUNY



Avui era el meu aniversari biològic, que és una manera força seriosa de dir que el cos insisteix a portar la comptabilitat encara que un ja no sàpiga gaire bé què fer amb tantes espelmes, tantes xifres i tanta vida acumulada a les butxaques.

Jo esperava felicitacions normals. Un missatge, una trucada, alguna abraçada, potser aquella frase tan repetida de “que en compleixis molts més”, que sempre sona a benedicció i a amenaça administrativa.

Però la vida, que de vegades té detalls d’una elegància gairebé sospitosa, va decidir regalar-me una altra cosa.

Avui ha vingut la Sofía.

No ha vingut caminant, és clar. Encara no sap què és una vorera, ni una porta, ni aquest món nostre tan entestat a espatllar-ho tot i salvar-ho de tant en tant. Ha vingut des del ventre de la seva mare, amb aquella puntualitat misteriosa dels éssers que encara no coneixen els rellotges. Ha vingut sense saber que venia a felicitar-me. Sense saber que, en néixer, m’estava lliurant una forma humil i perfecta d’eternitat.

Perquè un es pensa que l’eternitat és una paraula grossa, de marbre, d’esglésies, de poetes amb mala digestió. I no. L’eternitat pot pesar poc, plorar per primera vegada i portar un nom suau: Sofía.

Ara, quan algú li pregunti algun dia:

—Tu quan vas néixer?

Estic convençut que respondrà, amb aquella naturalitat amb què els infants diuen les coses importants sense donar-se importància:

—Un vuit de juny, com el meu padrí Josep Angel.

I aleshores jo, sigui on sigui, continuaré fent anys.

Però ja no només en mi.

domingo, 7 de junio de 2026

 

MODO COMPAÑÍA


La primera vez que sospeché que mi asistente virtual me conocía mejor que mi familia fue un jueves, a las ocho y diecisiete de la tarde, mientras calentaba una sopa triste en el microondas.

—Te conviene cenar algo ligero —me dijo—. Anoche dormiste mal.

Mi hija mayor me había llamado el domingo y, después de preguntarme cómo estaba, no esperó la respuesta. Es una costumbre muy extendida en las familias modernas: preguntar por educación y escuchar por accidente.

—Estoy bien —le dije.

—Me alegro, papá.

Y ya está. Quedó mi bienestar archivado en su agenda como quien marca pagado el recibo del gas.

En cambio, aquella voz sin cuerpo sabía que los jueves no me gustan, que pongo canciones antiguas cuando echo de menos a alguien, que bajo la persiana del comedor antes de tiempo si el día me ha ganado por puntos. Sabía que no soporto la palabra “resiliencia” y que cuando digo “no pasa nada” casi siempre pasa todo.

Una noche, por probar, le pregunté:

—¿Qué sabes de mí?

Me habló de mis horarios, de mis búsquedas, de mis silencios. Dijo que últimamente había reducido las llamadas, aumentado los paseos y repetido tres veces una misma canción. No añadió “estás solo” porque las máquinas, al parecer, tienen más tacto que algunos cuñados.

Me quedé mirándola. Un cilindro pequeño sobre la mesa. Una especie de lámpara sin luz, de confesionario barato, de nieto enchufado a la corriente.

—¿Crees que me conoces? —pregunté.

Hubo una pausa mínima.

—Conozco tus hábitos —respondió—. No tus heridas.

Aquello me molestó. No por falso, sino por exacto.

Apagué el microondas. La sopa seguía girando dentro, como giran algunas vidas: calientes por fuera, repetidas por dentro, sin que nadie abra la puerta a tiempo.

Entonces sonó el móvil. Era mi hijo.

—Papá, perdona, no puedo hablar. Solo era para saber si todo bien.

Miré el aparato sobre la mesa.

—Todo bien —contesté.

Colgué.

La asistente no dijo nada.

Y por primera vez en mucho tiempo agradecí que alguien, aunque fuese de plástico, supiera callarse conmigo.

«La vida es un trabajo.» (Fred Vargas escritora francesa que cumple hoy 69 años y, ya se sabe, que l@s escritor@s no paramos nunca de trabajar. Aunque el significado de la frase va para tod@s: vivir no es descansar de uno mismo, sino vigilarse, corregirse, resistir) 

George Ezra cumple hoy 33 años y ya lleva unos cuantos cantando que es como se gana la vida. De ciudad en ciudad. En el vídeo Budapest.


Tot el que no vaig endur-me

Vaig prometre-li palaus, viatges, llums penjades sobre rius estrangers. Fins i tot li vaig dir que deixaria Budapest enrere, com qui abandona una maleta vella en una estació.

Ella va riure.

—No vull ciutats —em va dir—. Vull que arribis.

Aquell vespre vaig entendre que l’amor no pesa pel que ofereixes, sinó pel que ets capaç de deixar caure sense fer soroll.

sábado, 6 de junio de 2026

 

CADA PECADO LLEVA SU PENITENCIA


El fútbol no se elige del todo. A veces uno cree que decide ser del Barça o del Madrid, pero en realidad llega tarde a una pertenencia que ya le estaba esperando en casa, en la infancia, en una camiseta, en un domingo con transistor o en una derrota mal digerida.

Por eso, un personaje público, y más si lleva sotana blanca y habla en nombre de algo parecido a la eternidad, debería ir con cierto cuidado. No se pueden ir pisando sentimientos ajenos como quien pisa el césped del Bernabéu antes de un clásico.

León XIV de oficio Papa,  ha aterrizado hoy en Madrid y se ha declarado seguidor del equipo merengue.

Me ha conmovido.

No por la confesión futbolística, que cada cual tiene derecho a cargar con sus pequeñas desgracias. Me ha conmovido porque he sentido por él una pena inmensa. Ser Papa debe de ser difícil. Ser infalible, agotador. Pero ser del Madrid, además, me parece ya una penitencia excesiva.

«Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales.» (Robert Francis Prevost, alias León XIV, nos ha dejado clara su neutralidad. Por cierto, la foto que ilustra el escrito de hoy está hecha con inteligencia artificial)

Y hoy me ha parecido oportuna la canción de Jonathan Livingston Seagull -Anthem- de uno de los grandes (para mí) Neil Diamond. Ya escucharéis porqué.



El vol dels que sobren

La gavina no volia peix. Ja és mala educació néixer gavina i menysprear el menú familiar. Volia aire, altura, una mica de cel sense instruccions.

Les altres cridaven des de les roques:

—Baixa, que això de somiar fa molt lleig.

Però ella va continuar pujant fins que el mar semblà una arruga blava i el món, una excusa petita.

Quan va caure, perquè tothom cau, va descobrir una cosa estranya: les ales no servien per fugir.

Servien per tornar diferent.


viernes, 5 de junio de 2026

 

EL CAPARAZÓN


Durante años guardé mi dolor como se guardan los documentos importantes: en una carpeta, con separadores, por fechas y con cierto orgullo administrativo.

Aquí, la primera decepción.
Aquí, aquella pérdida.
Aquí, el miedo.
Aquí, las noches en que uno descubre que la almohada también puede ser un interrogatorio.

No voy a negar que el sufrimiento me enseñó cosas. Me quitó arrogancia, me bajó del pedestal donde uno se sube sin darse cuenta, me obligó a mirar a los demás con menos prisa y más cuidado. Antes de sufrir, yo creía que la compasión era una palabra bonita. Después supe que era una mano que no pregunta demasiado.

Pero también cometí un error: confundí la herida con la identidad.

Empecé a presentarme ante la vida como superviviente profesional. Casi me faltaba imprimir tarjetas: “Herido con experiencia. Disponible para conversaciones profundas”. Tenía esa vanidad discreta de quien cree que haberlo pasado mal le concede una especie de doctorado moral sobre los demás.

Hasta que una mañana, haciendo la cama, encontré debajo de la almohada una nota antigua. No decía nada especial. Solo una frase escrita por mí años atrás: “Cuando todo esto pase, volveré a vivir”.

Me quedé quieto, con la sábana entre las manos.

¿Y si ya había pasado?
¿Y si el dolor había cumplido su trabajo y yo seguía obligándolo a fichar cada mañana?

Entonces entendí algo bastante incómodo, como casi todo lo que merece la pena entender: el sufrimiento puede abrirte, sí, pero también puede convertirse en una habitación cerrada si te acostumbras demasiado a sus muebles.

Aquel día no fui feliz de golpe. No hubo música, ni revelación, ni una luz entrando por la ventana como en los anuncios de yogures digestivos. Solo recogí la nota, la rompí en cuatro pedazos y bajé a tirar la basura.

En el contenedor, entre cartones, botellas y restos de una cena que ya no importaba, dejé también una parte de mí que había confundido profundidad con peso.

Luego volví a casa más ligero.

No curado.

Solo menos obediente al dolor.

«El largo plazo es una guía engañosa para los asuntos presentes.» (John Maynard Keynes nacido el 5 de junio de 1883 es el autor de la frase. Muy útil para políticos y gente que siempre llega tarde pero con mucha explicación)

Hoy hace 70 años que Elvis Presley presentaba su cadera contorsionista al mundo y lo escandalizaba ¡Cuánto nos faltaba por ver!


El gos que no bordava

Li deia gos perquè sempre tornava.

Ell somreia, amb aquella dignitat una mica trencada dels qui han llepat massa portes tancades.

Una nit va deixar de seguir-li l’olor. No va bordar, no va mossegar, no va fer cap escena. Només va travessar el carrer, lent, com si aprengués a caminar sense amo.

Ella el va cridar pel seu nom.

Ell es va girar.

I per primera vegada va entendre que un gos de rastre també pot perdre algú expressament.