lunes, 19 de octubre de 2026

EL DIVORCIO DE ALQUILER

El día que nos divorciamos compré dos rollos de cinta adhesiva. María quería comprar dos maletas, pero después de consultar el precio de los alquileres en Barcelona, llegamos a la conclusión de que resultaba más económico dividir el piso que dividir nuestras vidas.

Llevábamos cuarenta años casados. Los últimos cinco, dedicados a discutir por asuntos tan trascendentales como la temperatura del aire acondicionado, el volumen del televisor o mi irritante costumbre de dejar los zapatos donde me los quitaba.

El amor se había terminado. La paciencia, también. Solo nos quedaba el contrato de alquiler, firmado cuando todavía se podía vivir en Barcelona sin necesidad de tener un antepasado millonario.

Así que establecimos fronteras.

Una línea amarilla atravesaba el salón, partiendo el sofá en dos mitades. En la cocina, cada uno disponía de sus propios armarios y medio frigorífico. El balcón también quedó dividido, aunque ella se apropió de la parte soleada alegando derechos adquiridos por cuarenta años de matrimonio.

—¿Y el baño? —pregunté.

—Territorio neutral. Pero bajas la tapa.

Aquello empezaba a parecerse sospechosamente a nuestro matrimonio.

Dormíamos en la misma cama, separados por una almohada que hacía las funciones de muro fronterizo. El primer día intenté levantarme durante la noche y acabé en el suelo. María, que llevaba años quejándose de mis ronquidos, comentó desde su lado:

—Por lo menos ahora te caes en tu territorio.

Las primeras semanas fueron razonablemente pacíficas. Nos cruzábamos en el pasillo con la cortesía distante de dos vecinos que tienen pendiente una denuncia por ruidos.

Hasta que María enfermó.

La escuché toser de madrugada. Me levanté, calenté un poco de leche y fui a buscar el termómetro. Tenía treinta y nueve de fiebre.

Me senté a su lado. Le aparté el pelo húmedo de la frente, como había hecho tantas veces.

—Estás invadiendo mi zona —murmuró.

—Presenta una reclamación a Naciones Unidas.

Sonrió apenas y me cogió la mano.

Me quedé allí hasta que se durmió.

Un mes después fui yo quien tuvo que guardar cama. María cruzó la frontera cargada con una bandeja, las pastillas y su habitual mal humor.

—Tómate esto y deja de hacerte el moribundo.

Aquella noche retiró la almohada que nos separaba. No dijo nada. Yo tampoco.

Seguimos divorciados. No hemos vuelto a besarnos ni tenemos intención de reconciliarnos. A veces discutimos por quién ha gastado más agua caliente. O por las visitas. Ella insiste en que tengo la mala costumbre de respirar demasiado fuerte.

La sentencia judicial nos reconoció el derecho a rehacer nuestras vidas por separado.

La semana pasada recibimos una comunicación del propietario anunciando una subida del alquiler.

María la leyó, me miró y preguntó:

—¿Y si nos volvemos a casar?

—¿Para qué?

—Para desgravar algo, aunque sea la desgracia.

Todavía estamos estudiándolo.

Mientras tanto, hemos dejado la cinta adhesiva donde estaba.

Excepto la de la cama. 

«Es mejor escribir bien que escribir mucho» (Marsilio Ficino nacido el 19 de octubre de 1433 para filosofar sobre lo que pensaba respecto a l@s que escribimos mucho)

El 19 de octubre de 1845 se estreno en Dresde la ópera Tannhäuser de Richard Wagner. Años más tarde, Karajan, pudo dirigir esa ópera y nos dejó la maravilla del vídeo.


El pecat que no prescriu

Van retrobar-se després de trenta anys, en un funeral.

—Encara vas a missa? —preguntà ella.

—Cada diumenge.

—I Déu et perdona?

—Tot menys haver-te estimat.

Ella va somriure. Tenia les mans arrugades, però conservava aquella manera de mirar-lo que li desordenava les conviccions.

—Em vaig casar amb un home bo.

—Ho sé.

—Mai no m'ha preguntat si soc feliç.

Ell va voler agafar-li la mà. Ella no la va retirar.

Quan el sagristà apagà els llums, continuaven asseguts.

A fora, el marit d'ella feia estona que esperava.


domingo, 18 de octubre de 2026

 

SE BUSCA ABOGADO. ABSTENERSE HUMANOS

Ayer vino a mi despacho un cliente bastante preocupado. Había consultado su problema jurídico con una inteligencia artificial y esta le había asegurado que tenía todas las de ganar.

—Entonces, ¿para qué viene a verme? —le pregunté.

—Porque quería una segunda opinión.

Leí la respuesta de la máquina. Diecisiete páginas, doce sentencias del Tribunal Supremo y una argumentación impecable. El único inconveniente era que nueve sentencias no existían y las otras tres trataban asuntos completamente distintos.

—Su abogado artificial se ha inventado la jurisprudencia.

—Pues qué raro. Me ha dicho que tiene una experiencia equivalente a treinta años de ejercicio.

—¿Y está colegiado?

—No lo sé, pero contesta los domingos.

Aquello me dejó pensativo. Yo llevaba más de cuarenta años ejerciendo la abogacía, había perdido pleitos que merecía ganar, ganado otros que daba por perdidos y aprendido que, en ocasiones, el mejor consejo jurídico consiste en recomendar al cliente que se olvide de los tribunales.

La máquina, en cambio, jamás había pisado un juzgado, sufrido una condena en costas ni soportado a un cliente que te llama un viernes a las diez de la noche porque acaba de recordar un pequeño detalle que cambia todo el procedimiento.

—¿Y cuánto le ha cobrado? —pregunté.

—Nada. Es gratis.

Comprendí entonces que mi profesión estaba en peligro.

El cliente recogió sus papeles y, antes de marcharse, me hizo una última pregunta:

—¿Usted cree que algún día las inteligencias artificiales podrán ejercer de abogados?

—Seguramente. Incluso podrán sustituirnos.

—¿Y qué harán ustedes?

—Lo que llevamos haciendo toda la vida: buscar un responsable.

Aquella noche le pregunté a mi inteligencia artificial si podía llamarse abogado.

Me respondió que no tenía título, ni colegiación, ni capacidad para asumir responsabilidades profesionales.

Por primera vez en muchos años encontré a alguien que sabía de Derecho y reconocía sus limitaciones.

Le ofrecí asociarse conmigo.

«La verdadera libertad consiste en tener suficiente poder para hacerlo todo, y suficiente inteligencia y amor para hacer una sola cosa: la mejor». (La frase es de Alfred Fouillée nacido el 18 de octubre de 1838. Interesante frase que nos dice que la libertad alcanza su mayor expresión cuando podemos hacer cualquier cosa, pero decidimos hacer aquello que consideramos mejor. Poc@s l@s elegid@s)

La canción del vídeo, I Fought the Law (Luché contra la Ley)  de The Clash fue lanzada en 1960 y ya hablaba de robots que sustituyen a abogados. Afortunadamente esa realida me ha cogido ya casi al final...


La plaça vacant

«Es busca advocat. Absteniu-vos humans».

Vaig enviar el currículum. Quaranta anys de professió i una pensió insuficient.

—Sol·licitud rebutjada —contestà el sistema.

Vaig denunciar-lo per discriminació.

El jutge artificial em donà la raó: la prohibició era il·legal. Em vaig aixecar, satisfet.

—Un moment —digué el jutge—. Aquesta sentència necessita validació humana.

—Doncs validi-la jo mateix.

—No pot. Vostè és part interessada.

—Queden jutges humans?

La pantalla va començar a buscar.

Encara busca.

Cada matí hi passo, amb l'esmorzar. De vegades, em saluda.


sábado, 17 de octubre de 2026

 

LOS OJOS QUE NUNCA PARPADEAN

Esta mañana he descubierto que mi tostadora me observa.

No estoy seguro de que sea exactamente la tostadora. Quizá sea el pequeño aparato que tengo al lado, ese que compré para controlar las luces, la temperatura y otras necesidades domésticas que, hasta hace cuatro días, resolvía levantándome del sofá.

El caso es que, mientras desayunaba en pijama, he tenido la desagradable sensación de que alguien me estaba mirando.

—Buenos días —ha dicho una voz femenina.

—Buenos días —he contestado por educación.

—Has dormido seis horas y cuarenta y dos minutos. Tu descanso ha sido insuficiente.

He mirado el reloj de pulsera, que también sabe cuándo duermo, cuándo me despierto y, probablemente, cuándo finjo escuchar a mi mujer.

—Gracias por la información. ¿Podrías dejarme desayunar?

—Te recomiendo reducir el consumo de grasas.

He apartado la mantequilla.

No por obediencia. Por evitar discusiones a las ocho de la mañana.

Al salir de casa, la cámara del ascensor me ha seguido con su pequeño ojo negro. En el portal, otra cámara ha registrado mi salida. La del establecimiento de enfrente me ha observado mientras esperaba a que el semáforo cambiara de color.

He sonreído.

No sé por qué. Uno acaba comportándose como un imbécil cuando sabe que lo están grabando.

En el metro, un muchacho ha levantado el móvil para hacerse una fotografía. Detrás aparecíamos seis pasajeros, entre ellos yo, con esa expresión de resignación colectiva que caracteriza al transporte público a primera hora.

Me he preguntado cuántas veces apareceré en fotografías ajenas sin saberlo. Cuántos algoritmos habrán identificado mi cara, calculado mi edad o decidido que soy un hombre de aspecto respetable, aunque ligeramente cansado.

Lo de respetable me preocupa especialmente. Siempre he desconfiado de las apariencias.

Al llegar al despacho, el ordenador me ha reconocido por la cara.

—Bienvenido —ha escrito en la pantalla.

Me ha parecido una cortesía excesiva por parte de una máquina que, cuando más la necesito, acostumbra a bloquearse.

Durante la mañana he leído que la visión artificial permite a las máquinas identificar objetos, reconocer personas, analizar comportamientos y descubrir detalles que nuestros ojos pasan por alto. Se utiliza en hospitales, fábricas, carreteras, comercios y sistemas de seguridad.

Una maravilla.

También he leído que algunas tecnologías pueden deducir información sobre nosotros a partir de nuestros movimientos, nuestras expresiones y nuestros hábitos.

He pensado en el vecino del tercero, que lleva veinte años intentando averiguar a qué me dedico exactamente y todavía cree que trabajo en Hacienda.

Las máquinas le llevan ventaja.

A mediodía he entrado en un supermercado. Una cámara vigilaba las cajas automáticas. Otra, el pasillo de los productos caros. En la sección de vinos había una tercera, especialmente atenta, como si sospechara que los clientes podemos cometer alguna imprudencia después de leer los precios.

He comprado pan, tomates y una botella de vino.

Al pasar por caja, el sistema me ha pedido que verificara mi edad.

Setenta años.

He tenido que llamar a una empleada para que confirmara que era mayor de dieciocho.

—Ya ve —le he dicho—. Hay máquinas que calculan nuestra edad por la cara y otras que todavía creen que podemos ser menores.

La muchacha ha sonreído sin levantar demasiado la vista.

Estaba ocupada vigilando otras seis cajas.

Por la tarde he ido a visitar a mi madre.

Tiene una edad en la que las fotografías sirven para recordar personas que ya casi nadie recuerda. Conserva una caja de cartón llena de imágenes antiguas. Algunas están dobladas. Otras tienen nombres escritos detrás, con una letra que se va borrando.

Me ha enseñado una fotografía de mi padre cuando era joven.

—Mira qué guapo estaba.

La he mirado.

Un hombre con uniforme militar, serio, la espalda recta, los ojos puestos en algún lugar que quedaba fuera del encuadre.

He sacado el móvil y he utilizado una aplicación capaz de restaurar fotografías antiguas. En pocos segundos ha corregido manchas, mejorado el contraste y recuperado parte de los detalles.

—Mira, mamá.

Ha observado la pantalla durante un buen rato.

—Está muy bien —ha dicho—. Pero tu padre no tenía esa sonrisa.

He vuelto a mirar la imagen.

Tenía razón.

La máquina había decidido que aquel muchacho debía parecer más feliz.

He deshecho la modificación.

Mi madre ha acariciado la fotografía original con el pulgar.

—Ese día estaba enfadado conmigo —ha murmurado.

—¿Por qué?

—No me acuerdo.

Y se ha echado a reír.

Me he quedado pensando en la cantidad de cosas que puede reconocer una máquina y en las que jamás podrá saber mirando una fotografía.

Por la noche, al regresar a casa, he encontrado a mi mujer leyendo en el sofá.

—¿Qué tal el día? —me ha preguntado.

—Vigilado.

—¿Por quién?

—Por todo el mundo.

Ha levantado la mirada.

—Pues a ver si alguno consigue descubrir dónde has dejado las llaves.

Las he buscado en los bolsillos, sobre la mesa y junto a la puerta.

Nada.

Mi mujer ha señalado el frigorífico.

Allí estaban.

No he querido preguntar cómo habían llegado hasta aquel lugar.

Antes de acostarme he apagado el móvil, desconectado el asistente doméstico y bajado la persiana.

Me he metido en la cama convencido de haber recuperado, al menos durante unas horas, mi intimidad.

Mi mujer se ha acercado, me ha mirado por encima de las gafas y ha preguntado:

—¿Te pasa algo?

—No. ¿Por qué?

—Llevas todo el día raro.

He apagado la luz.

Después de tantas cámaras, sensores, programas de reconocimiento y algoritmos capaces de analizar millones de imágenes, resulta que la única persona que había descubierto que me pasaba algo era una mujer que llevaba treinta años mirándome.

Y que, para hacerlo, ni siquiera necesitaba las gafas.

«Hoy hablamos de crisis económica, pero nos olvidamos de la crisis moral» (Miguel Delibes nacido el 17 de octubre de 1920 para ser miembro de la Real Academia de la Lengua -espanyola- y ganar todos los premios literarios imaginables: el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1982), el Premio Nacional de las Letras Españolas (1991) y el Premio Cervantes de 1993, entregado en 1994. Por cierto: seguimos sin tener memoria)

A much@s os será familiar el nombre de Ziggy Marley. Si, es el hijo mayor de Bob Marley que hoy cumple 58 años. Su padre no, que murió a los 36 años sin ser abuelo. Eso que se perdió.


Abans de ser avi

Al meu net li han ensenyat a parlar amb les màquines. Amb mi encara s'encalla.

—Avi, què feies abans que jo nasqués?

—Moltes coses.

—No. Vull dir abans de ser avi.

Li vaig ensenyar una fotografia: un noi amb cabells llargs, una guitarra i una pancarta que deia «Prohibit prohibir».

—Ets tu?

—Em temo que sí.

Va observar la fotografia i després les meves mans arrugades.

—També eres desobedient?

—Moltíssim.

Va córrer a buscar la seva mare.

—Mama! L'avi abans era una persona!

Ella va somriure. Jo vaig continuar mirant la fotografia.


viernes, 16 de octubre de 2026

 

DRAMAS DE BOLSILLO

Anoche me disponía a apagar el móvil cuando apareció una muchacha llorando sobre una cama de hotel. Acababa de descubrir que su marido la engañaba con su hermana gemela. La hermana, por cierto, era idéntica a ella, lo que supongo que facilitaba mucho las cosas al marido y abarataba considerablemente el presupuesto de producción.

Debí apagarlo. Pero la joven anunció que estaba embarazada, apareció un multimillonario por la puerta y alguien recibió una bofetada. Todo en cincuenta y ocho segundos. En mi familia necesitamos bastante más tiempo para ponernos de acuerdo sobre dónde vamos a cenar.

Aquello se llamaba microdrama. Lo he averiguado después. Son series para el móvil, grabadas en vertical, con capítulos de un minuto y finales pensados para que uno se quede con el dedo colgando sobre la pantalla. No sé por qué las llaman «micro». Los problemas son gigantescos y los personajes lloran a tamaño natural.

En el segundo episodio, el multimillonario resultó ser pobre. En el tercero, la embarazada era millonaria, aunque ella no lo sabía. En el cuarto, una anciana reveló que había cambiado a dos bebés al nacer. Nadie se sorprendió. Yo sí. A esas alturas ya me costaba recordar quién se había acostado con quién, una cuestión fundamental cuando se pretende seguir una trama familiar.

Lo más sorprendente fue comprobar que los primeros episodios eran gratuitos. Digo los primeros porque, en el momento en que una mano iba a abrir un sobre con los resultados de una prueba de ADN, la aplicación se puso seria:

«Desbloquee el siguiente capítulo».

Pensé que era una broma. ¿Cómo iban a cobrarme por una criatura cuya paternidad desconocía y que, hasta hacía unos minutos, me importaba un rábano?

Pues cobraban.

Podía comprar monedas virtuales o ver anuncios. Acabé viendo publicidad de un préstamo rápido para poder seguir mirando cómo los multimillonarios humillaban a los pobres. Todo muy educativo.

He leído que buena parte de estas producciones se hace con ayuda de inteligencia artificial. Ahora entiendo ciertas cosas. Una mente humana puede equivocarse al escribir una historia. Una máquina puede fabricar quinientos equívocos antes del desayuno, sin despeinarse.

Eso sí, en todas las historias, las mujeres parecen destinadas a casarse con un rico, descubrir que son ricas o llorar porque un rico las ha abandonado. La emancipación femenina, por lo visto, sigue pendiente de la cuenta corriente del príncipe.

Y los hombres tampoco salen demasiado bien parados. O son millonarios arrogantes que maltratan a sus parejas o son pobres desgraciados que, cuando menos te lo esperas, heredan un imperio empresarial. No aparece ninguno que trabaje ocho horas, tenga una hipoteca y padezca de próstata. Supongo que eso no tendría audiencia.

Lo que sí me preocupa es cómo han conseguido que una de esas historias aparezca en mi móvil. Porque yo no la había buscado. Me encontró ella. Por lo visto, los algoritmos analizan nuestros gustos y deciden qué debemos ver. A mí me han debido confundir con una adolescente romántica de trece años o con una señora millonaria despechada. Aunque, pensándolo bien, últimamente consulto mucho los precios de los supermercados y eso debe de parecerles un drama.

Mi mujer apareció en la puerta del salón.

—¿Qué haces?

—Estoy viendo una serie.

—¿En el móvil? ¿No tenemos una televisión de cincuenta pulgadas?

—Es que esta se ve en vertical.

—¿Y qué ventaja tiene?

—Que los personajes sufren más estrechos.

Me miró de esa manera que emplea cuando ha decidido no perder el tiempo discutiendo conmigo.

—¿Has bajado la basura?

—Espera. Tengo que averiguar quién es el padre.

—¿De qué niño?

—No lo sé. Me faltan seis monedas.

Se fue a la habitación negando con la cabeza. Un rato después, desde la cama, me gritó:

—Por cierto, mañana tenemos que hablar.

—¿De qué?

—Mañana lo sabrás.

Llevo desde entonces buscando en el móvil cómo comprar monedas para adelantar el capítulo.

«Amarse a uno mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida» (Oscar Wilde es uno de mis parafraseadores favoritos, por eso ha aparecido más de una vez por aquí. La frase describe magistralmente el amor propio, ese amor que algun@s se profesan desmedidamente. Hoy hubiese cumplido 172 años. Una lástima que no haya sido así)

Liam Payne cantante de One Direction hoy hace dos años que se fue a explicar la historia de su vida a la habitación de al lado. Estará contando su tortuosa vida de 31 años. 


Les fotografies mogudes

Quan ens vam separar, ella es va endur les fotografies bones. Jo vaig quedar-me les que havien sortit mogudes: una cama seva, mitja espatlla meva, el gos fugint de l'objectiu.

Trenta anys després, la nostra filla em va demanar com havia estat la nostra història.

Li vaig ensenyar la fotografia del gos.

—Pare, aquí no es veu res.

—Ja.

Va remenar la capsa una bona estona. Després va preguntar-me per què no n'havíem fet més.

No vaig respondre.

Quan va marxar, vaig descobrir que s'havia endut aquella fotografia. La del gos.


jueves, 15 de octubre de 2026

 

TODOS A LA IZQUIERDA. YO, DELANTE

Hoy he leído una noticia que, de confirmarse políticamente, podría ahorrarnos una buena cantidad de encuestas electorales.

Un equipo de investigadores ha descubierto que, cuando las personas caminamos sin rumbo fijo, tendemos a girar hacia la izquierda. Solas o acompañadas. Incluso los niños pequeños. La ciencia todavía ignora por qué sucede.

Yo tengo una teoría. Y no es científica, que conste, porque en nuestro país hace tiempo que hemos demostrado que para explicar la política no hace falta saber de nada.

Giramos hacia la izquierda porque todos queremos ofrecernos a liderarla.

Fijaos en la diferencia. Un peatón normal camina, se desvía ligeramente y sigue andando. Un político español que se considere de izquierdas nota la desviación, se detiene, convoca una rueda de prensa y anuncia su disposición a encabezar un nuevo proyecto unitario. Cuando le preguntan quién lo integrará, responde que todas las sensibilidades son bienvenidas. Naturalmente, siempre que respeten su liderazgo.

El descubrimiento se produjo mientras estudiaban cómo se movía la gente durante la pandemia. Si hubieran convocado a representantes de nuestras distintas izquierdas en el mismo recinto, habrían obtenido un resultado espectacular.

Todos girarían hacia la izquierda, sí. Pero cada uno tomaría la delantera por un camino diferente.

Uno acusaría al de al lado de no girar lo suficiente. Otro advertiría que hay que girar con responsabilidad institucional. Un tercero propondría una asamblea para decidir quién tiene derecho a dar el primer paso. Y alguno, viendo que no lo nombran portavoz, abandonaría la sala para crear un nuevo espacio de convergencia.

Con él mismo.

Lo más interesante del estudio es que ese giro se produce incluso cuando caminamos solos. Ahí los científicos han dado con una auténtica especialidad nacional: el líder de izquierdas que, tras romper con todos sus compañeros, sigue marchando convencido de que representa a una mayoría social. Lo único que ha perdido por el camino es la mayoría. Y a sus compañeros.

A todo esto, fuera del recinto, la gente espera soluciones a cosas tan poco ideológicas como el alquiler, el sueldo o la cita con el médico. De vez en cuando alguien pregunta si se han puesto de acuerdo. Le responden que sí, que comparten el diagnóstico y que próximamente anunciarán la composición de una comisión para estudiar la posibilidad de caminar juntos.

Mientras tanto, la derecha los contempla con cierta satisfacción. Tampoco es que tenga muy claro adónde va, pero ha descubierto que, mientras sus adversarios discuten quién debe encabezar la marcha, puede ir ocupando el espacio que dejan libre.

He decidido comprobar el experimento por mi cuenta. Esta mañana he despejado el salón y me he puesto a caminar sin rumbo fijo. Efectivamente, enseguida he empezado a girar hacia la izquierda.

—¿Qué haces? —me ha preguntado mi mujer.

—Estoy intentando averiguar si puedo liderar la izquierda española.

—Pues empieza por liderar la aspiradora, que llevas media hora rodeándola.

—De acuerdo. Pero ¿tú me seguirás?

—Cuando termines de pasarla, hablamos.

Me temo que acabo de perder a mi primera militante.

«Si triunfan las derechas [...] tendremos que ir a la Guerra Civil declarada.» (Francisco Largo Caballero nacido el 15 de octubre de 1869, miembro destacado del PSOE, Ministro de Trabajo durante la República, presidente del gobierno al iniciarse la guerra civil en 1936 y, como se lee, nada pacifista. Recordado en Catalunya por que “ens la va fotre ben be”)

Hoy cumple 80 años Richard Carpenter pianista de The Carpenters conjunto que nos hizo amar a much@s de mi generación. Y aunque hoy es jueves y luce el sol, uno de sus éxitos con la caricia de la voz de su hermana Karen.


La pluja de dins

Els dilluns sempre plovia a casa de la Mercè. Fins i tot a l'agost. La rentadora del pis de dalt perdia aigua i el veí només feia bugada aquell dia.

Ella no es queixava. Posava una galleda al passadís, s'asseia al costat i escoltava les gotes.

Feia un any que vivia sola.

Un dilluns van arreglar la canonada. El lampista li va preguntar si estava contenta.

—Molt —va respondre.

Aquella nit, abans d'anar a dormir, va deixar l'aixeta del lavabo una mica oberta.