jueves, 16 de abril de 2026

 

LA PIEZA MÁS CARA


Lo primero que dejó de funcionar en la misión que iba a devolver la dignidad a la especie fue el retrete.

No falló la navegación. No explotó ningún panel. No se apagó la inteligencia artificial con voz de azafata diplomada en sonrisas falsas. Falló el váter. Una palabra humilde, de porcelana plebeya, infiltrada en una nave donde todo tenía nombres que parecían escritos por un comité de marketing con complejo de Julio Verne: módulo de habitabilidad, sistema de recuperación hídrica, interfaz de soporte vital. Ya ves. El cuerpo humano seguía llamando a la puerta con los nudillos de siempre y la NASA seguía contestando en latín presupuestario.

Yo era el encargado de mantenimiento de residuos, aunque en los comunicados internos figuraba como técnico de continuidad orgánica. Las empresas no ascienden a las personas: ascienden el nombre del cargo, que sale más barato y no pide vacaciones. Si un barrendero limpia Marte, no le llaman barrendero. Le llaman gestor de superficies planetarias. Y así todos contentos, menos la escoba.

La avería empezó con un crujido breve. Seco. Una especie de tos metálica. Después sonó la alarma discreta, esa que no te dice “estamos jodidos”, sino “incidencia menor detectada”, igual que un banco no te llama pobre: te llama perfil de riesgo.

Miré la pantalla.

SISTEMA SANITARIO: BLOQUEO CRÍTICO.

A mi lado, Roldán, comandante de la misión, siguió flotando con la solemnidad de los hombres que creen que el universo les debe respeto porque han aprendido a mirar fijamente. Tenía esa voz grave que gastan algunos jefes, una voz hecha para decir obviedades como si acabaran de ser descubiertas en una cueva.

—¿Qué significa bloqueo crítico? —preguntó.

—Significa que nadie se siente hasta nuevo aviso —dije.

La bióloga soltó una carcajada nerviosa. El ingeniero cerró los ojos. La inteligencia artificial intervino con su dulzura asesina.

—Recomiendo reducir la ingesta de sólidos durante las próximas horas.

—Qué mona —murmuré—. También podría recomendarnos dejar de ser mamíferos.

En la Tierra, a cuatrocientos mil kilómetros emocionales de distancia, se activó el protocolo. Los superiores comenzaron a hablar mucho y a entender poco, que es una forma tradicional de autoridad. Entraban sus voces por el canal principal, limpias, lejanas, felices de no compartir nuestro aire.

—Mantengan la calma.

Eso dijo el director del programa, un hombre que seguramente daba esa misma orden cuando se le derramaba la sopa en la corbata.

—La mantenemos —contesté—. Lo que no mantenemos es la presión interna.

Hubo un silencio pequeño. Después alguien carraspeó. En los centros de control odian que les recuerden que la épica también caga.

Yo desmonté el panel del sistema sanitario mientras los demás fingían no mirar, como si el prestigio científico pudiera preservarse apartando los ojos del lugar exacto donde la civilización se demuestra. Encontré hielo en una válvula, residuos apelmazados y una fisura mínima. Una grieta ridícula. Un fracaso del tamaño de una uña. Eso era todo. A veces una misión de miles de millones no se hunde por una gran traición ni por una tormenta cósmica, sino por una porquería terca y una junta mal sellada. Lo mismo que un matrimonio, un partido político o una comunidad de vecinos.

—¿Se puede arreglar? —preguntó la bióloga.

—Claro que se puede —dije—. Lo difícil será contarlo sin que parezca una metáfora.

Roldán se acercó flotando, muy tieso, como si aún estuviera posando para la historia.

—Mide tus comentarios, Llorente.

—No estoy comentando, comandante. Estoy traduciendo.

No le gustó. A los hombres que viven de la ceremonia les molesta mucho el subtítulo.

Mientras manipulaba la válvula, pensé en los discursos previos al lanzamiento. En los patrocinadores. En los periodistas hablando del regreso del sueño, de la frontera final, de la ambición humana. Nadie mencionó el intestino. Nadie dijo: “también llevaremos tripas, gases, urgencias, estreñimiento de cabina y esa vieja democracia del cuerpo que pone a todos en su sitio”. La exploración espacial siempre se presenta como si el ser humano fuese una estatua. Luego resulta que no: que es una bolsa de agua con delirios, y que los delirios tienen vejiga.

El ingeniero, que hasta entonces había permanecido callado, me pasó la herramienta de precisión.

—Mi padre era fontanero —dijo.

—Entonces eres de familia noble.

Sonrió por primera vez en tres días. A veces el humor no salva, pero afloja.

Conseguimos liberar el conducto a medias. Lo justo para establecer turnos, restricciones y una convivencia basada en la desesperación administrada. El centro de control celebró la mejora como si hubiéramos colonizado Saturno.

—Buen trabajo, equipo —dijo una voz desde Houston—. Están demostrando la resiliencia humana.

Miré la gota oscura que flotaba frente a mí, indecisa, humilde, casi filosófica.

—No —dije—. Estamos demostrando otra cosa.

—¿El qué? —preguntó la bióloga.

Atornillé el panel despacio. Afuera, el espacio seguía perfecto, insultantemente perfecto, como si no tuviera nada que ver con nosotros.

—Que la pieza más cara de la nave no era el retrete —respondí—. Era la mentira de creer que habíamos dejado de parecernos a nosotros mismos.

Nadie dijo nada.

Y por primera vez desde el despegue, la misión entera quedó suspendida en un silencio verdadero: no el de las estrellas, sino el más raro, más incómodo, más humano.

El que llega cuando uno comprende que ha viajado millones de kilómetros para descubrir, con financiación pública y logos privados, que sigue sentado exactamente sobre lo que es.

«Juram per nostre Senyor Deu e la creu de Jesuchrist e los sancts Evangelis tenir e observar e fer tenir e observar les Constitucions, privilegis, libertats, usos e costums del Principat de Cathalunya.» (Este juramento del “cargo” hecho en catalán de la época, concretamente el 16 de abril de 1519, lo hizo Carlos I de Espanya -y V de Alemania- ante “Les Corts Generals de Catalunya” ¡Manda huevos!)

Que levanten la mano quiénes no hayan escuchado nunca la siguiente pieza de Henry Mancini. Ya veo: solo l@s manc@s no la levantan. Eso si, sonreír cuando la escuchan, sonríen tod@s.



La coartada del felí

Al barri, cada nit desapareixia alguna cosa petita: un guant, una clau, una aliança, una excusa. Ningú no veia res. Només se sentia, de lluny, una música prima, elegant, insolent, com si el delicte portés esmòquing i somrís de perfil. La Roser va jurar que havia vist una ombra rosa travessant l’escala. No la van creure fins que van faltar els diners de la comunitat i, dins la caixa buida, algú hi va deixar un bigoti negre. Des d’aleshores, quan sona aquella melodia, tothom es toca la butxaca i dissimula.


miércoles, 15 de abril de 2026

 

EMBAJADA EN YUPI


La izquierda española llevaba tanto tiempo buscando la unidad que, cuando por fin la encontró, resultó que estaba a varios años luz de aquí.

No pasó en Vallecas, ni en Lavapiés, ni siquiera en un congreso de esos donde uno entra llamándose compañero y sale llamándose traidor. Pasó en los Mundos de Yupi. Allí, según los sondeos, la coalición progresista no solo ganaba: arrasaba. Mayoría absoluta. Entusiasmo transversal. Alegría galáctica. Hasta los ositos de colores, por lo visto, estaban a favor de una fiscalidad más justa y de una transición ecológica con perspectiva interplanetaria. Aquí no. Aquí seguíamos discutiendo si la coma del punto tres del manifiesto implicaba una humillación histórica a los territorios periféricos o solo una humillación provisional.

La noticia cayó en la sede como caen las desgracias modernas: primero en un grupo de WhatsApp, luego en un tuit, después en una reunión urgente con café malo y caras de funeral. Alguien propuso prudencia. Otro, esperanza. Un tercero, que era experto en perder elecciones con dignidad, sugirió abrir una delegación permanente en el planeta Tacatón. Si aquí no daban los números, habría que buscarlos fuera. Europa ya estaba muy vista. La clase obrera terrestre, por lo que se veía, andaba ocupada sobreviviendo o votando otra cosa. En cambio, en Yupi aún creían en el reparto, en la ternura institucional y en esas palabras antiguas que aquí solo salen ya en los discursos o en las necrológicas.

Se organizó una expedición. Fueron tres portavoces, dos asesores, una socióloga, un experto en narrativa emocional, una persona no binaria encargada de revisar los himnos y un veterano de la lucha que llevaba treinta años diciendo “todavía es posible” con la misma fe con la que otros dicen “mañana dejo de fumar”.

Volvieron destrozados.

No por el viaje. Por la entrevista.

Los recibieron bien, eso sí. Con sonrisas, serpentinas, una banda municipal y un cóctel sin alcohol porque en Yupi la revolución no estaba reñida con el hígado. Pero al sentarse a negociar ocurrió lo de siempre. Los de allí hicieron una sola pregunta:

—¿Y ustedes, exactamente, por qué se pelean tanto si quieren lo mismo?

Se hizo un silencio largo. Un silencio español, que es una cosa densa, administrativa, con olor a reproche viejo.

Uno carraspeó. Otro pidió matizar la pregunta. El tercero culpó a la prensa. El cuarto habló de correlación de fuerzas. El quinto exigió un protocolo de escucha. El sexto pidió primarias.

Al parecer, fue en ese momento cuando los habitantes de Yupi empezaron a votar a la derecha.

«La desdicha no ama cualquier compañía; ama solo la compañía desdichada.» (Esta frase se podría traducir al castizo como: “Dios los cría y ellos se juntan” y además, vale para todo, no solo para l@s desdichad@s. Pero no la dijo alguien de por aquí sino Stanley Schachter nacido el 15 de abril de 1922 en los EE.UU. Hoy día el trabajo no le hubiese faltado en su País: era sicólogo)

Quién hoy esperamos que no sea desdichado es Ed O'Brien que cumple 58 años y es el que le mete decibelios a la banda Radiohead. En el vídeo con su canción debut hace 34 años. 

L’ombra entra primer

Al lavabo del bar em vaig mirar com qui inspecciona una esquerda. La camisa em feia promeses que el cos no podia complir. A fora, tu reies amb aquella naturalitat ofensiva de la gent que no sap el mal que fa. Vaig pensar d’entrar, dir-te alguna cosa brillant, qualsevol mentida amb corbata. Però vaig veure la meva ombra arribant abans que jo, prima, cansada, suplicant perdó per existir. Vaig pagar la copa sense acabar-la i vaig marxar. Alguns amors no fracassen: simplement et deixen en evidència.



martes, 14 de abril de 2026

LA NOCHE DEL HÉROE


La primera vez que Julián puso música de película para hacer el amor, pensé que era una tontería inofensiva. Un capricho tardío. Una manera de ponerle un poco de épica a dos cuerpos que ya se conocían hasta los silencios.

Empezó suave. Piano, cuerdas, una melodía elegante. Bien. Incluso bonito. A nuestra edad una agradece cualquier gesto que no consista en preguntar dónde están las pastillas para el colesterol.

El problema llegó cuando se vino arriba.

La segunda noche eligió una banda sonora de aventuras. Nada más sonar los metales, me cogió por la cintura con una decisión que no le conocía desde 2009 y me susurró:

—No te muevas. Esto requiere valor.

Yo, que estaba en camisón y con una crema antiarrugas secándose en el cuello, empecé a sospechar que el cine había entrado en casa por una rendija muy poco recomendable.

La tercera vez apareció con una chaqueta de cuero vieja, la tripa discretamente vencida sobre el pijama y una mirada de hombre dispuesto a rescatar algo. No sabía si a mí, a su juventud o al último resto de testosterona con dignidad.

—Julián —le dije—, baja de la cama ahora mismo.

—Todavía no —contestó—. Falta la parte del puente.

Y esperó. Ahí quieto. Dramático. Ridículo. Hermoso también, qué remedio.

Cuando por fin entraron los violines, se lanzó hacia mí con una convicción casi juvenil y una rodilla claramente imprudente. El grito que pegó no fue de pasión. Fue de menisco.

Acabamos en urgencias a las dos y cuarto de la mañana.

Mientras le ponían hielo, me apretó la mano y sonrió con esa mezcla de vergüenza y ternura que sólo dan los matrimonios largos.

—He calculado mal la escena —murmuró.

Yo le besé la frente.

—No. La escena estaba bien. Lo que falla es el especialista. 

«Hay personas que viven con tanta prudencia que mueren como nuevas, y otras que solo usan su cerebro para leer y nunca para pensar.»  (Me he leído todos los libros de Erich von Däniken autor de la -acertada- frase y mi primer maestro en el realismo fantástico. Nació el 14 de abril de 1935 y hace muy pocas semanas se fue… y no precisamente en una nave espacial)

Mark Sheehan murió de una enfermedad desconocida hoy hace 3 años., a los 47. No sé si saber cuál era su enfermedad le hubiese servido de algo si el final era el mismo. Aunque la parca presentarse asi, sin nombre, es de mala educación.

La medalla invisible

El pare sempre deia que els herois surten a la televisió. La mare, que no: que també freguen plats, aguanten nòmines curtes i callen massa. Quan va morir, vam trobar al calaix una medalla de joguina, daurada i barata, dins d’una capsa de galetes. Al darrere hi havia escrit amb retolador: Per haver continuat. Ningú no l’havia aplaudit mai. Ni discursos, ni himnes, ni selfies. Només aquell soroll antic de les claus entrant a casa cada vespre. Vaig entendre llavors que la glòria no sempre puja a un escenari. A vegades només seu, sopa i demà hi torna.



lunes, 13 de abril de 2026

 

LA MALETA D’EL RUFIÁN




Va arribar a Madrid amb una maleta petita i una frase grossa.

La maleta semblava d’aquelles que un s’endú per a dues nits: un parell de camises, un carregador, un llibre que no pensa llegir i la dignitat plegada a la butxaca interior per si refresca. La frase era encara més lleugera. Va dir que s’hi estaria poc. El just. Un tràmit. Una incursió. Gairebé un sacrifici. Madrid era, segons ell, una estació bruta on un no s’havia de quedar a viure, no fos cas que s’encomanés d’Espanya.

Han passat els anys i la maleta continua allà.

No del tot oberta. Aquest és el truc. No la va desfer mai completament, per poder continuar fingint que està a punt de marxar. Hi ha gent que conserva una foto a la cartera. Ell conserva una sortida d’emergència. Li dona un aire èpic. Com si no visqués de l’escó sinó en resistència dins d’ell. Com si no hagués après a estimar els passadissos, els focus, els micròfons, els sopars llargs i aquesta manera tan madrilenya d’indignar-se amb una copa a la mà.

L’he vist alguna vegada a la televisió, caminant cap al Congrés amb aquella seguretat d’actor secundari que somia protagonisme. Parla com si perdonés, que és una manera lletja de parlar. Somriu com si menyspreés, que és una manera encara més lletja de somriure. I al voltant sempre hi ha algú disposat a confondre soroll amb carisma, insolència amb intel·ligència, eslògan amb pensament.

La política espanyola té aquesta malaltia: quan es queda sense idees, s’enamora dels personatges. Els vesteix d’esperança, els posa música de remuntada i s’oblida de preguntar per a què serveixen quan s’apaguen les càmeres. Aleshores arriba l’equívoc. Un home que no creu en la casa vol dirigir el menjador. Un professional del greuge ofereix pedagogia. Un especialista a assenyalar el país com si fes mala olor aspira a salvar-lo sense tocar-lo gaire.

Després es sorprenen que la gent desconfiï.

No per -pressumpte- independentista. No per roig de 136.000 euros de sou a l’any. No per xarnego. No per espanyol. No per català. Tot això, en el fons, importa menys del que sembla. Desconfien perquè flairen la impostura. I la impostura, per més ben entallada que vagi, acaba fent sempre la mateixa olor: a despatx tancat, a ambició amb gomina, a ideologia usada com a targeta restaurant.

Hi ha homes que entren en política per canviar una nació i d’altres que hi entren perquè la nació els pagui el personatge.

La diferència no sempre es veu al principi.

Però s’acaba veient en la maleta. En si un dia la tanquen i se’n van.

O en si fa deu anys que diuen que de seguida.

«Desde el punto de vista ético, nadie puede eludir la responsabilidad con la excusa de que es solo un individuo y de que el destino del mundo no depende de él.» (La frase es de Georg Lukács nacido el 13 de abril de 1885. No tiene nada que ver con el que lleva su mismo nombre y es más conocido por sus películas. Este se dedicaba a la filosofía y a la crítica literaria)

Hoy hace 61 años que los chicos del vídeo lanzaba un grito de ayuda que, visto lo visto, no les hacía falta.

Quan la veu s’esquerda

Vaig passar mitja vida dient “ja puc sol” amb un somriure de ferreteria. Aguantava portes, sopars, dols i dilluns. Fins que un matí la tassa em va tremolar a la mà com si sabés alguna cosa de mi. Vaig mirar el telèfon: cent contactes, cap refugi. Llavors ho vaig entendre: fer-se gran no és perdre força, és deixar de fingir-la. Vaig trucar al meu fill i, abans que parlés, li vaig dir allò que mai no havia sabut pronunciar sense vergonya:

—Ajuda’m.


domingo, 12 de abril de 2026

 

LA CENTRAL ELÉCTRICA


A los sesenta y ocho, Julián decidió tomarse en serio eso de no morirse todavía.

Entró en la tienda con la solemnidad de quien va a comprar un pedazo de futuro. Le vendieron cápsulas para las mitocondrias, sobres para el NAD+, una promesa antioxidante y una palabra nueva cada tres minutos. La dependienta hablaba de sus células como si dentro de él hubiese una junta de accionistas agotada esperando un rescate.

—Esto le da energía a la vida —dijo ella.

Julián pagó como pagan los desesperados: sin discutir.

Al salir, se sentó en un banco. Abrió el frasco. Lo miró. Luego miró sus manos, las manchas, las uñas, la piel fina de quien ya ha firmado demasiados inviernos. Guardó la cápsula en el bolsillo y volvió a casa andando.

Subió las escaleras despacio. Sin ascensor. Sin épica. Sin música de documental. Llegó jadeando al cuarto piso, con el corazón dándole golpes al pecho como un inquilino viejo que aún no quiere marcharse.

En la cocina encontró a su mujer cortando pan, tomate y un poco de queso. Ella lo miró por encima de las gafas.

—¿Qué te han vendido ahora?

Julián dejó la bolsa sobre la mesa.

—Tiempo —dijo.

Ella sonrió con esa crueldad pequeña que tienen los matrimonios largos, abrió la nevera y respondió:

—No, hombre. Tiempo no vende nadie. Como mucho, entretenimiento para el miedo.

Cenaron juntos. Despacio. Hablando de una vecina, de la humedad del baño, de un nieto que pronunciaba mal la erre. Luego fregaron, barrieron las migas y bajaron a tirar la basura cogidos del brazo, como dos supervivientes de una guerra doméstica que nadie iba a condecorar.

Las mitocondrias, mientras tanto, siguieron a lo suyo en la oscuridad del cuerpo, trabajando sin aplausos.

Y tal vez la longevidad no era aquello que prometía el bote, sino esa terquedad vulgar de seguir viviendo un día más sin hacer demasiado ruido, con las piernas aún obedientes, alguien al lado y una cena sencilla esperando en casa.

«Nosotros mismos morimos cada día.» (Marc-Antoine de Muret, Muretus para los que saben latín, nació el 12 de abril de 1526 y en su frase nos recuerda que una vez nacemos ya todo se va para abajo)

David Cassidy es el joven que aparece en el vídeo cantando Daydreamer. Hoy hubiese celebrado su 76 aniversario pero dejó de tener sueños -y recuerdos- a los 67. Me hubiese gustado ver si aún seguía con el aspecto añiñado que lo acompañó siempre.

La cadira del balcó

Cada tarda s’asseia al balcó com si esperés una visita que la vida li devia des de feia anys. Els veïns deien que badava. No entenien res. Ella no mirava el carrer: assajava futures versions d’ella mateixa. En una, reia sense permís. En una altra, marxava sense donar explicacions. Un dimarts de vent, la cadira va quedar buida. Només hi havia una tassa, encara tèbia. L’endemà algú va jurar haver-la vist girant la cantonada amb pas tranquil, com qui finalment entra dins del seu propi somni.