LA
CORREA INVISIBLE
Me descubrí la cola una mañana
de lunes, justo cuando el ascensor decidió oler a jefe.
No era una cola de carne y
foto de carnet. Era peor: una cola íntima, nerviosa, hecha de impulso. Se me
movía por dentro, como si mi espalda recordara un idioma antiguo que el cuerpo
dejó de hablar por vergüenza.
En la oficina nadie vio nada.
Nadie ve nada, en realidad. Te pueden cambiar la vida en un Excel y te lo
llaman “ajuste”. Aun así, yo notaba el mundo distinto: los ruidos tenían
esquinas, los perfumes eran anuncios de guerra, y la alfombra de moqueta —ese
pantano corporativo— me pedía la planta del pie como si fuera barro real.
Yo era therian. Eso decía la
palabra que encontré una noche, buscando sin quererme. No “me sentía” lobo, ni
zorro, ni gato. No iba de disfraz ni de postureo. Era más simple y más difícil:
había una parte de mí que no cabía en lo humano sin hacerse daño. Una parte
que, cuando me obligaban a sonreír en reuniones, enseñaba los dientes por
debajo.
En la pausa del café —yo
siempre lo pedía sin cafeína, por puro miedo a mí mismo— me miraban como se
mira a un archivo corrupto.
—¿Te pasa algo? —preguntó
Clara, con su voz de “te lo digo por tu bien”, que en realidad significa “me
incomoda tu existencia”.
Yo noté su pulso en el cuello,
esa luz tibia bajo la piel. Noté la mentira en el aire, esa humedad. Y pensé: si
hablara como lo que soy, la sala se quedaría sin oxígeno.
—Nada —dije—. Solo… que me
cuesta la correa.
Clara soltó una risa pequeña,
administrativa.
—¿Correa?
—Sí. La que no se ve.
El director general entró
justo entonces, peinado como un decreto. Se acercó con esa autoridad que no
nace del talento sino del miedo ajeno.
—Equipo —dijo—. Este trimestre
vamos a apretar.
Yo escuché la palabra apretar
y mi cuerpo hizo lo que hace un animal cuando presiente la trampa: se preparó
para correr, para morder o para desaparecer.
Apreté yo también. Pero por
dentro.
Esa tarde, al volver a casa,
me quité la camisa como quien se quita un uniforme de especie. En el espejo me
miré y no vi nada extraordinario: un hombre cansado, ojos de lunes permanente,
manos que han firmado demasiadas renuncias sin firmar las propias.
Entonces noté algo más: la
correa invisible no estaba en mi cuello.
Estaba en la muñeca.
Era una pulsera corporativa,
de esas “motivacionales”, con letras amables: WE ARE FAMILY.
Me la habían regalado en la
cena de empresa, brindando por “el compromiso”. Yo la llevaba por educación,
por no ser “raro”, por ese instinto humano de parecer domesticado.
La arranqué.
Y, al hacerlo, no apareció
ninguna cola. No aullé. No me convertí.
Solo respiré.
Y entendí lo que me había
confundido todo este tiempo: yo no era un animal dentro de un humano.
Era un animal fuera de
una jaula que me habían enseñado a llamar “normalidad”.
El lunes siguiente fui a la
oficina sin pulsera.
Nadie dijo nada.
Pero el ascensor, por primera
vez, olió a aire.
«Se
extiende ante nosotros un caos de opiniones tan inextricable, que orientarse
parece casi imposible.» (Esta frase la escribió -o dijo- Otto
Liebmann entre el 25 de febrero de 1840 y el día donde se fue a la habitación
de al lado allá por 1912. Como puede leerse seguimos más o menos igual)
A George Harrison es la tercera vez que lo felicito: hoy hubiese cumplido 83 años pero hace 25 que "yanoestáentrenosotr@s". Es curioso que la canción que más bailé en un baldosín agarrado a una moza, todavía no había llegado a este lugar. My sweet lord. Bona nit.
L’escala que no porta enlloc
Vaig pujar l’escala del terrat
amb la gola plena de “ja n’hi ha prou”. A baix, la ciutat feia soroll de
monedes i presses. Jo, en canvi, buscava una veu neta, una mà invisible que
m’ordenés el caos sense renyar-me. Vaig murmurar un nom —no sé si era Déu, amor
o pura necessitat— i el vent me’l va tornar com una rialla suau. No va
aparèixer cap miracle: només un silenci càlid, com una promesa que no exigeix
res. I, estranyament, em va bastar.




