domingo, 19 de abril de 2026

 

LA ESPINA


Llegué con el cielo a medio romper, esa hora rara en que no sabes si la tarde se retira o si la tormenta todavía está pensando dónde descargar del todo. La plaza estaba vacía. Vacía de verdad. Ni una conversación mal aparcada, ni una puerta batiendo, ni ese ruido pequeño que suele dejar la gente incluso cuando ya se ha ido. Solo la piedra. La piedra en el suelo, en las fachadas, en los bancos, en las chimeneas que parecían vigilar el pueblo con una paciencia mineral, casi ofensiva.

Caminé despacio, como se camina en los lugares que no quieren parecer decorado. Había algo allí —en la barandilla húmeda, en las casas cerradas, en la montaña al fondo con esa cara de haber visto demasiado— que no invitaba a mirar, sino a callarse. Y eso, a cierta edad, ya es una forma de hospitalidad.


Pensé que los pueblos así no envejecen: se endurecen. Se les va cayendo la gente, las voces, los oficios, las costumbres, pero la piedra sigue en su sitio, sosteniendo el gesto. Uno llega creyendo que visita un lugar hermoso y, al cabo de unos minutos, entiende que la belleza no tiene nada que ver. Lo que hay allí es otra cosa. Una forma vieja de resistencia. O de orgullo. A veces se parecen mucho.


Seguí andando y la vi.

Estaba medio escondida bajo un arco, rodeada de hiedra, como si el tiempo hubiese querido taparla sin conseguirlo. Un muchacho de mármol, desnudo, inclinado sobre su propio pie, concentrado en sacarse una espina. Ni héroe, ni santo, ni rey, ni mártir. Solo alguien ocupado en ese dolor pequeño y exacto que no deja andar.

Me quedé mirándolo más de la cuenta.


Entonces entendí algo que no estaba en las casas ni en la plaza ni en la montaña. Lo entendí en esa figura blanca empeñada en su herida mínima. La historia no suele caerse por las grandes tragedias. Eso viene después, cuando ya todo estaba roto por dentro. Antes llegan las espinas: una ausencia que no se dijo, un miedo que se dejó crecer, una culpa que se vuelve costumbre, una vida entera caminando raro para no reconocer dónde duele.

Quizá por eso aquel lugar me resultó tan humano.

No por sus piedras.

Por su manera de esconder el dolor sin dejar de exhibirlo.

Y mientras regresaba sobre las losas mojadas de la plaza, con el cielo ya rendido del todo, pensé que a lo mejor la memoria no consiste en recordar fechas ni nombres, sino en seguir tocándose el mismo pie, año tras año, fingiendo que cualquier día, por fin, saldrá la espina.

«La guerra es una enfermedad.» (Si eso es así, tal y como afirmaba Sven Hassel nacido el 19 de abril de 1917, la humanidad está asolada por una pandemia peor que la peste, la gripe o la COVID-19. Aunque fue un antibelicista, se ganaba la vida -y muy bien- con novelas sobre la guerra. Residió en Barcelona casi toda su vida y su casa de veraneo estaba en Caldetas)

Mark Volman hubiese cumplido hoy 79 años pero se quedó en los 78 y sin la felicidad junto a sus compañeros de The Turtles.

El banc dels diumenges

Ens asseiem sempre al mateix banc, com si la felicitat fos això: repetir un lloc fins que el dolor s’hi cansi. Tu portes pa pels coloms. Jo porto silencis. De vegades em toques la mà i sembla que el món, tan fatxenda, s’hagi equivocat de guerra. No som joves, ni guapos, ni gaire simpàtics abans del cafè, però junts fem una cosa estranya: espantem la tristesa. Quan t’aixeques i em dius “anem?”, jo encara et miro com si m’acabessin de concedir una segona vida.



sábado, 18 de abril de 2026

EL DESHIELO


La montaña en abril tiene algo de mujer cansada de aguantar tonterías: todavía conserva nieve en las cumbres, pero abajo ya enseña la hierba, la piedra, el barro, la verdad. Nada de postal. Nada de épica. El invierno aún no se ha ido del todo y la primavera tampoco se atreve a entrar del todo. Se vigilan como dos vecinos que se odian desde hace años y comparten rellano.



Yo llegué con mis bastones, mis gafas oscuras y esa dignidad algo teatral que gastamos los hombres cuando queremos que no se nos note la edad. Desde lejos, supongo, parecía uno de esos jubilados que han decidido plantarle cara al calendario a base de caminar. Desde cerca, seguramente también.

Entonces salió la marmota.

Apareció junto a unas rocas, tiesa, seria, con ese aire de funcionaria antigua que tienen algunos animales cuando te miran. No huyó. Tampoco me dio confianza. Se limitó a observarme como si estuviera comprobando si yo pertenecía de verdad a aquel paisaje o solo era otro señor de ciudad jugando a sentirse pequeño entre montañas grandes.


Seguí andando.

La carretera doblaba despacio, como si tampoco tuviera prisa por llegar a ninguna parte. A un lado, los prados empezaban a sacudirse el frío. Al otro, las cumbres seguían blancas, tercas, hermosas en esa manera un poco cruel que tiene la belleza cuando no necesita gustarte. Más tarde llegué al lago. El agua estaba quieta, sosteniendo el reflejo de las montañas con una delicadeza que ya no se ve en casi nadie.

Me senté un rato.

No pensé en grandes cosas. Ni en la vida. Ni en la muerte. Ni en esas reflexiones que luego quedan estupendas por escrito. Pensé, simplemente, en lo raro que resulta envejecer sin dejar de ser el mismo. El mismo miedo a no llegar. Las mismas ganas de llegar. Solo que ahora las rodillas opinan.

Al volver, la marmota ya no estaba.

Y entendí, no sé por qué, que yo no había subido allí para demostrarme fuerza, ni resistencia, ni juventud, ni ninguna de esas estupideces masculinas que uno arrastra como puede. Había subido para algo más humilde.

Para comprobar que aún me dejaban pasar.

La montaña no me devolvió años.

Me devolvió permiso.

«Soy una persona. Antes de ser la esposa de un marido, antes de ser la madre de unos hijos, antes de ser la hija de un padre, soy, ante todo, una persona.» (Na Hye-sok nacida el 18 de abril de 1896 fue la autora de la frase. Hoy su pensamiento nos puede parecer obvio pero el entorno donde lo expresó era, cuando menos, difícil para ella y para todas las mujeres. Eso mismo le repito cada día a mis hijas y a mis nietas porque aún seguimos igual que en el siglo XIX)

Nathan Sykes cumple hoy 33 años y se pregunta una y otra vez si aún la quería. Si escucháis la canción tendréis la respuesta. Oye y merece la pena escucharla.

La dignitat del timbre

Va tornar a trucar. No per amor: per costum, que és una forma més barata de tragèdia. Jo ja sabia el so exacte del seu dit contra el timbre, aquella insistència d’home que confon recordar amb merèixer. Vaig mirar la porta, després el mirall, i em vaig veure fent el mateix de sempre: arreglar-me una mica per obrir a qui no pensava deixar entrar.

Quan vaig obrir, ell va somriure com si la vida li degués una segona part.

Li vaig dir:

—No. Però gràcies per confirmar-me, una vegada i una altra, que ja no t’estimo.


viernes, 17 de abril de 2026

 

MÚSICA DE ESPERA


A Julián lo despertó el teléfono a las ocho y tres.

—Buenos días, le llamamos para mejorar sus condiciones.

Julián miró el techo. Vivía solo desde hacía dos años y nadie mejoraba nada en su vida a esas horas. Colgó. Sonó otro. Luego un correo: Última oportunidad. Luego un SMS: Tu cuenta requiere acción inmediata. Luego otro: Oferta exclusiva solo para ti. La exclusividad, pensó, se había vuelto una enfermedad muy contagiosa.

Bajó a la calle con esa sensación de haber perdido ya media mañana sin haber empezado siquiera. En la panadería, mientras esperaba su turno, intentó darse de baja de una suscripción que no recordaba haber contratado. La web le pidió su contraseña. Después le pidió un código. Después le pidió paciencia, que era una forma elegante de pedirle la vida.

—Cancelar es fácil —decía la pantalla.

Julián se rió. Una risa seca, de hombre que ya ha discutido demasiado con máquinas y con personas entrenadas para sonar como máquinas.

Consiguió hablar con una operadora.

—Entiendo su malestar —dijo ella, con una voz tan amable que parecía alquilada por minutos.

—No, no lo entiende —respondió Julián—. Si lo entendiera, me habría dado de baja hace tres menús.

La mujer guardó un silencio profesional, de esos que no pesan sobre quien los cobra.

—Para tramitar la baja debe escuchar las condiciones completas del servicio.

Y empezó una letanía interminable, una misa de cláusulas, excepciones, promociones futuras, ventajas que él no había pedido y penalizaciones por irse de un sitio del que nunca recordó haber entrado.

Julián miró a su alrededor. En la mesa de al lado, un chico discutía con su banco. En la otra, una mujer repetía su dirección por cuarta vez a una compañía eléctrica. En la barra, un anciano golpeaba el móvil con un dedo temblón mientras una voz grabada le prometía que su llamada era muy importante.

Entonces lo vio claro.

No vendían seguros. No vendían tarifas. No vendían alarmas ni paquetes premium ni asesoramiento personalizado. Vendían otra cosa. Vendían el cansancio. Fabricaban desgaste y luego lo cobraban en silencio. Su negocio no era convencerte: era agotarte hasta que dijeras que sí, hasta que olvidaras protestar, hasta que te pareciera más barato pagar que seguir peleando.

Julián colgó.

Se quedó un momento quieto, con el teléfono en la mano, como si sostuviera un animal pequeño y venenoso.

Luego levantó la vista. La ciudad seguía igual: semáforos, escaparates, gente deprisa, repartidores, pantallas encendidas. Todo normal. Todo correcto. Todo un poco podrido.

Pidió otro café que no quería y pensó que el mundo moderno ya no te robaba el dinero de golpe.

Primero te iba quitando el tiempo. Después, con suerte, también la dignidad.

«Sé solo el ‘yo soy’; simplemente sé.» (Esta frase a mi me gusta llevarla siempre encima pero dicha de otra manera: ‘Se tú mismo; los demás puestos ya están ocupados’. El original es de Nisargadatta Maharaj nacido el 17 de abril de 1897 en la India y al que le gustaba mucho el ser el mismo)

Hoy cumple 76 años Miguel Morales Barretto que no es tan popular como sus compañeros Juan Pardo y Junior. Los Brincos marcaron la época de nuestr@s herman@s mayores, nuestr@s padres, abuel@s y nosotr@s mismos... ellos creen que aquella época fue mejor; no estoy de acuerdo. La época presente siempre es mejor: al menos estamos aquí para contarlo.

Quan l’ahir encara servia

Vaig tornar al carrer on ens havíem jurat futur. La botiga de discos era una perruqueria, el bar feia olor de lleixiu i tu, segurament, ja eres una altra. Em va fer gràcia: ens havíem estimat com qui compra un ventilador a l’agost, convençuts que allò salvaria la vida. Vaig mirar l’aparador i m’hi vaig veure sol, més prim de records que de cos. Llavors ho vaig entendre: no era cert que abans tot fos millor. Només érem més ximples, més joves i bastant més valents per mentir-nos.



jueves, 16 de abril de 2026

 

LA PIEZA MÁS CARA


Lo primero que dejó de funcionar en la misión que iba a devolver la dignidad a la especie fue el retrete.

No falló la navegación. No explotó ningún panel. No se apagó la inteligencia artificial con voz de azafata diplomada en sonrisas falsas. Falló el váter. Una palabra humilde, de porcelana plebeya, infiltrada en una nave donde todo tenía nombres que parecían escritos por un comité de marketing con complejo de Julio Verne: módulo de habitabilidad, sistema de recuperación hídrica, interfaz de soporte vital. Ya ves. El cuerpo humano seguía llamando a la puerta con los nudillos de siempre y la NASA seguía contestando en latín presupuestario.

Yo era el encargado de mantenimiento de residuos, aunque en los comunicados internos figuraba como técnico de continuidad orgánica. Las empresas no ascienden a las personas: ascienden el nombre del cargo, que sale más barato y no pide vacaciones. Si un barrendero limpia Marte, no le llaman barrendero. Le llaman gestor de superficies planetarias. Y así todos contentos, menos la escoba.

La avería empezó con un crujido breve. Seco. Una especie de tos metálica. Después sonó la alarma discreta, esa que no te dice “estamos jodidos”, sino “incidencia menor detectada”, igual que un banco no te llama pobre: te llama perfil de riesgo.

Miré la pantalla.

SISTEMA SANITARIO: BLOQUEO CRÍTICO.

A mi lado, Roldán, comandante de la misión, siguió flotando con la solemnidad de los hombres que creen que el universo les debe respeto porque han aprendido a mirar fijamente. Tenía esa voz grave que gastan algunos jefes, una voz hecha para decir obviedades como si acabaran de ser descubiertas en una cueva.

—¿Qué significa bloqueo crítico? —preguntó.

—Significa que nadie se siente hasta nuevo aviso —dije.

La bióloga soltó una carcajada nerviosa. El ingeniero cerró los ojos. La inteligencia artificial intervino con su dulzura asesina.

—Recomiendo reducir la ingesta de sólidos durante las próximas horas.

—Qué mona —murmuré—. También podría recomendarnos dejar de ser mamíferos.

En la Tierra, a cuatrocientos mil kilómetros emocionales de distancia, se activó el protocolo. Los superiores comenzaron a hablar mucho y a entender poco, que es una forma tradicional de autoridad. Entraban sus voces por el canal principal, limpias, lejanas, felices de no compartir nuestro aire.

—Mantengan la calma.

Eso dijo el director del programa, un hombre que seguramente daba esa misma orden cuando se le derramaba la sopa en la corbata.

—La mantenemos —contesté—. Lo que no mantenemos es la presión interna.

Hubo un silencio pequeño. Después alguien carraspeó. En los centros de control odian que les recuerden que la épica también caga.

Yo desmonté el panel del sistema sanitario mientras los demás fingían no mirar, como si el prestigio científico pudiera preservarse apartando los ojos del lugar exacto donde la civilización se demuestra. Encontré hielo en una válvula, residuos apelmazados y una fisura mínima. Una grieta ridícula. Un fracaso del tamaño de una uña. Eso era todo. A veces una misión de miles de millones no se hunde por una gran traición ni por una tormenta cósmica, sino por una porquería terca y una junta mal sellada. Lo mismo que un matrimonio, un partido político o una comunidad de vecinos.

—¿Se puede arreglar? —preguntó la bióloga.

—Claro que se puede —dije—. Lo difícil será contarlo sin que parezca una metáfora.

Roldán se acercó flotando, muy tieso, como si aún estuviera posando para la historia.

—Mide tus comentarios, Llorente.

—No estoy comentando, comandante. Estoy traduciendo.

No le gustó. A los hombres que viven de la ceremonia les molesta mucho el subtítulo.

Mientras manipulaba la válvula, pensé en los discursos previos al lanzamiento. En los patrocinadores. En los periodistas hablando del regreso del sueño, de la frontera final, de la ambición humana. Nadie mencionó el intestino. Nadie dijo: “también llevaremos tripas, gases, urgencias, estreñimiento de cabina y esa vieja democracia del cuerpo que pone a todos en su sitio”. La exploración espacial siempre se presenta como si el ser humano fuese una estatua. Luego resulta que no: que es una bolsa de agua con delirios, y que los delirios tienen vejiga.

El ingeniero, que hasta entonces había permanecido callado, me pasó la herramienta de precisión.

—Mi padre era fontanero —dijo.

—Entonces eres de familia noble.

Sonrió por primera vez en tres días. A veces el humor no salva, pero afloja.

Conseguimos liberar el conducto a medias. Lo justo para establecer turnos, restricciones y una convivencia basada en la desesperación administrada. El centro de control celebró la mejora como si hubiéramos colonizado Saturno.

—Buen trabajo, equipo —dijo una voz desde Houston—. Están demostrando la resiliencia humana.

Miré la gota oscura que flotaba frente a mí, indecisa, humilde, casi filosófica.

—No —dije—. Estamos demostrando otra cosa.

—¿El qué? —preguntó la bióloga.

Atornillé el panel despacio. Afuera, el espacio seguía perfecto, insultantemente perfecto, como si no tuviera nada que ver con nosotros.

—Que la pieza más cara de la nave no era el retrete —respondí—. Era la mentira de creer que habíamos dejado de parecernos a nosotros mismos.

Nadie dijo nada.

Y por primera vez desde el despegue, la misión entera quedó suspendida en un silencio verdadero: no el de las estrellas, sino el más raro, más incómodo, más humano.

El que llega cuando uno comprende que ha viajado millones de kilómetros para descubrir, con financiación pública y logos privados, que sigue sentado exactamente sobre lo que es.

«Juram per nostre Senyor Deu e la creu de Jesuchrist e los sancts Evangelis tenir e observar e fer tenir e observar les Constitucions, privilegis, libertats, usos e costums del Principat de Cathalunya.» (Este juramento del “cargo” hecho en catalán de la época, concretamente el 16 de abril de 1519, lo hizo Carlos I de Espanya -y V de Alemania- ante “Les Corts Generals de Catalunya” ¡Manda huevos!)

Que levanten la mano quiénes no hayan escuchado nunca la siguiente pieza de Henry Mancini. Ya veo: solo l@s manc@s no la levantan. Eso si, sonreír cuando la escuchan, sonríen tod@s.



La coartada del felí

Al barri, cada nit desapareixia alguna cosa petita: un guant, una clau, una aliança, una excusa. Ningú no veia res. Només se sentia, de lluny, una música prima, elegant, insolent, com si el delicte portés esmòquing i somrís de perfil. La Roser va jurar que havia vist una ombra rosa travessant l’escala. No la van creure fins que van faltar els diners de la comunitat i, dins la caixa buida, algú hi va deixar un bigoti negre. Des d’aleshores, quan sona aquella melodia, tothom es toca la butxaca i dissimula.


miércoles, 15 de abril de 2026

 

EMBAJADA EN YUPI


La izquierda española llevaba tanto tiempo buscando la unidad que, cuando por fin la encontró, resultó que estaba a varios años luz de aquí.

No pasó en Vallecas, ni en Lavapiés, ni siquiera en un congreso de esos donde uno entra llamándose compañero y sale llamándose traidor. Pasó en los Mundos de Yupi. Allí, según los sondeos, la coalición progresista no solo ganaba: arrasaba. Mayoría absoluta. Entusiasmo transversal. Alegría galáctica. Hasta los ositos de colores, por lo visto, estaban a favor de una fiscalidad más justa y de una transición ecológica con perspectiva interplanetaria. Aquí no. Aquí seguíamos discutiendo si la coma del punto tres del manifiesto implicaba una humillación histórica a los territorios periféricos o solo una humillación provisional.

La noticia cayó en la sede como caen las desgracias modernas: primero en un grupo de WhatsApp, luego en un tuit, después en una reunión urgente con café malo y caras de funeral. Alguien propuso prudencia. Otro, esperanza. Un tercero, que era experto en perder elecciones con dignidad, sugirió abrir una delegación permanente en el planeta Tacatón. Si aquí no daban los números, habría que buscarlos fuera. Europa ya estaba muy vista. La clase obrera terrestre, por lo que se veía, andaba ocupada sobreviviendo o votando otra cosa. En cambio, en Yupi aún creían en el reparto, en la ternura institucional y en esas palabras antiguas que aquí solo salen ya en los discursos o en las necrológicas.

Se organizó una expedición. Fueron tres portavoces, dos asesores, una socióloga, un experto en narrativa emocional, una persona no binaria encargada de revisar los himnos y un veterano de la lucha que llevaba treinta años diciendo “todavía es posible” con la misma fe con la que otros dicen “mañana dejo de fumar”.

Volvieron destrozados.

No por el viaje. Por la entrevista.

Los recibieron bien, eso sí. Con sonrisas, serpentinas, una banda municipal y un cóctel sin alcohol porque en Yupi la revolución no estaba reñida con el hígado. Pero al sentarse a negociar ocurrió lo de siempre. Los de allí hicieron una sola pregunta:

—¿Y ustedes, exactamente, por qué se pelean tanto si quieren lo mismo?

Se hizo un silencio largo. Un silencio español, que es una cosa densa, administrativa, con olor a reproche viejo.

Uno carraspeó. Otro pidió matizar la pregunta. El tercero culpó a la prensa. El cuarto habló de correlación de fuerzas. El quinto exigió un protocolo de escucha. El sexto pidió primarias.

Al parecer, fue en ese momento cuando los habitantes de Yupi empezaron a votar a la derecha.

«La desdicha no ama cualquier compañía; ama solo la compañía desdichada.» (Esta frase se podría traducir al castizo como: “Dios los cría y ellos se juntan” y además, vale para todo, no solo para l@s desdichad@s. Pero no la dijo alguien de por aquí sino Stanley Schachter nacido el 15 de abril de 1922 en los EE.UU. Hoy día el trabajo no le hubiese faltado en su País: era sicólogo)

Quién hoy esperamos que no sea desdichado es Ed O'Brien que cumple 58 años y es el que le mete decibelios a la banda Radiohead. En el vídeo con su canción debut hace 34 años. 

L’ombra entra primer

Al lavabo del bar em vaig mirar com qui inspecciona una esquerda. La camisa em feia promeses que el cos no podia complir. A fora, tu reies amb aquella naturalitat ofensiva de la gent que no sap el mal que fa. Vaig pensar d’entrar, dir-te alguna cosa brillant, qualsevol mentida amb corbata. Però vaig veure la meva ombra arribant abans que jo, prima, cansada, suplicant perdó per existir. Vaig pagar la copa sense acabar-la i vaig marxar. Alguns amors no fracassen: simplement et deixen en evidència.