MORDERSE
LA LENGUA
Morderse la lengua no consiste
únicamente en cerrar la boca. A veces significa tragarse una respuesta, una
protesta, un deseo o una verdad que ya estaba preparada para salir.
Nos la mordemos por respeto,
aunque casi siempre se trate de ese respeto mal entendido que consiste en no
incomodar a nadie. Nos la mordemos para conservar la paz, incluso cuando
sabemos que esa paz es solo una guerra aplazada. Nos la mordemos por miedo a
perder. O, lo que resulta todavía más absurdo, por miedo a ganar y no saber qué
hacer después con la victoria.
No creo que sea saludable.
Ni para el espíritu ni, por lo
visto, para el cuerpo.
Allan Pinkerton, fundador de
la célebre agencia de detectives que llevaba su apellido, pasó buena parte de
su vida persiguiendo delincuentes. No murió tiroteado por un bandido, ni
salvando a una joven atada a las vías del tren, ni pronunciando una frase heroica
mientras se desangraba entre los brazos de una viuda agradecida.
La versión más repetida cuenta
que resbaló en una acera, se mordió la lengua y la herida se infectó. Murió el
1 de julio de 1884.
Hoy es 11 de julio, así que
llego diez días tarde para conmemorar tan desafortunado mordisco. Tampoco sé
qué día de la semana era ni creo que eso consolara demasiado a Pinkerton.
Cuando uno muere por morderse la lengua, el calendario deja de tener importancia.
Por eso he decidido continuar
diciendo lo que pienso. No todo, naturalmente. La sinceridad absoluta no es una
virtud: es una forma socialmente aceptada de provocar incendios. Pero tampoco
pienso guardar silencio para proteger esas falsas armonías que solo sobreviven
porque nadie se atreve a levantar la alfombra.
Seguiré sin morderme la
lengua.
O, en estos tiempos, sin
bloquear las teclas del ordenador.
Al fin y al cabo, una palabra
puede meterte en problemas.
Pero una lengua demasiado
mordida, como demuestra la historia, puede acabar metiéndote en una tumba.
«Si el ser humano hubiera sido
creado incapaz de equivocarse, no sería dueño de sí mismo, sino instrumento de
quien lo moviera.» (Bardaisán de Edesa nació el 11 de julio del 154 -sorprende
la gran precisión del almanaque con una fecha tan lejana- para ser un poco de
todo: filósofo, teólogo, poeta y estudioso de la astrología. La fecha puede
estar equivocada pero quién la atribuye es dueño de si mismo)
Suzanne Vega cumple hoy 67 años y espero que siga pasándose por la cafetería de Tom. Allí se encontrarán tod@s; tod@s l@s que no se fueron, claro.
L’home de la finestra
Cada matí, ella ocupava la
mateixa taula i observava l’home rere el vidre. Sempre immòbil, sota la pluja,
amb els ulls clavats en la cafeteria.
Un dia, intrigada, va sortir a
preguntar-li què esperava.
—Que tornis —va respondre ell.
Ella va riure, incòmoda, i
entrà de nou. En asseure’s, el cambrer li serví el cafè i deixà un diari damunt
la taula.
A la portada apareixia la seva
fotografia.
«Desapareguda fa vint anys».
Quan mirà cap a la finestra,
l’home ja havia entrat.
I duia flors.




