martes, 8 de septiembre de 2026

 

LÍNEAS ROJAS


La primera línea roja la crucé por amor.

Eso me dije.

Era una mentira pequeña, casi elegante, de esas que uno puede guardar en el bolsillo sin que abulten demasiado. Después crucé otra por necesidad. La tercera porque «todo el mundo lo hace». La cuarta porque ya había cruzado tres y regresar empezaba a parecerme una extravagancia.

Con los años fui encontrando líneas rojas por todas partes.

En el trabajo. En la cama. En las amistades. En los silencios. Algunas estaban pintadas con trazo grueso y otras apenas se veían, desgastadas por tanta gente que había pasado antes que yo.

Aprendí incluso a ponerles nombres más cómodos.

A la cobardía la llamé prudencia.

A la mentira, protección.

A la traición, supervivencia.

Al egoísmo, amor propio.

Y así fui avanzando.

Un día miré hacia atrás y descubrí que había cruzado todas las líneas rojas que alguna vez juré no atravesar.

Todas menos una.

Frente a mí estaba ella.

La había dibujado yo mismo muchos años atrás, cuando todavía creía que convertirse en alguien distinto era algo que les sucedía a los demás.

Debajo había escrito:

«Hasta aquí puedo dejar de ser yo».

Miré alrededor.

No quedaba nadie.

Entonces comprendí que aquella última línea no estaba delante de mí.

La llevaba años cruzando.

«El secreto del mundo no debe buscarse detrás de los objetos, sino detrás de los sujetos.» (Una frase simple y definitoria der un hombre con un nombre complejo: Jakob Johann von Uexküll nacido el 8 de setiembre de 1864)

Richard Hughes cumple hoy 51 años y sin él no sonaría la batería del grupo Keane. 

El mateix banc

Cada tarda s’asseia al mateix banc i observava com el món canviava de pressa.

La fleca es convertí en una immobiliària. El quiosc, en una botiga de mòbils. Els nens que jugaven a pilota començaren a empènyer cotxets. Després, a caminar més a poc a poc.

Ell continuava allà.

Un dia, una dona de cabells blancs s’assegué al seu costat.

—Encara vens?

La va mirar. Va reconèixer aquells ulls.

—Tu també has canviat.

Ella somrigué.

—Tu no?

Llavors es mirà les mans.

I descobrí que feia anys que el banc era l’únic que no havia envellit.



lunes, 7 de septiembre de 2026

 

UN RATITO


Mi nieta me preguntó cuánto tiempo faltaba para que se apagara aquella estrella.

Estábamos en la terraza. Ella tenía siete años, un vaso de leche entre las manos y esa edad en la que uno todavía cree que los adultos sabemos las respuestas.

—Muchísimo —le dije.

—¿Más que tú?

Miré la estrella.

—Bastante más que yo.

Se quedó callada. Luego preguntó cuánto iba a durar yo.

Los niños tienen esa desagradable costumbre de llegar directamente a las preguntas para las que los adultos hemos inventado religiones, filosofías, testamentos y seguros de vida.

—Un ratito —contesté.

—¿Y yo?

—Otro ratito. Espero que más largo.

Pareció conformarse.

Le expliqué que aquella luz probablemente había salido de la estrella muchísimo antes de que ella naciera. Tal vez antes de que naciera yo. Incluso podía ocurrir que la estrella ya no existiese y nosotros estuviéramos contemplando algo muerto.

Me miró preocupada.

—Entonces estamos viendo el pasado.

—Sí.

Sonrió.

—Pues qué suerte.

No entendí.

—Podemos ver cosas que ya no están.

Volví a mirar el cielo.

Allí arriba había miles de millones de estrellas, galaxias que nunca pisaremos, mundos que jamás conoceremos y distancias tan enormes que mi cabeza, acostumbrada a medir el universo entre casa, el supermercado y algún viaje de vacaciones, renunció a comprenderlas.

Mi nieta acabó la leche.

—Padrí, ¿mañana podemos seguir mirando?

—Claro.

Se levantó y volvió dentro.

Yo permanecí un rato más en la terraza.

Pensé que tenía razón. Vivimos un instante ridículamente corto y apenas recorremos unos pocos kilómetros de una inmensidad que no parece haberse construido pensando en nosotros.

Y, sin embargo, aquí seguimos.

Levantando la cabeza.

Preguntando.

Quizá nuestra grandeza consista precisamente en eso: en saber que disponemos de muy poco tiempo y gastarlo intentando comprender lo eterno.

«Para describir exactamente hay que haber visto, vuelto a ver, examinado y comparado aquello que se quiere describir, y todo ello sin prejuicios ni ideas preconcebidas.» (Georges-Louis Leclerc de Buffon es el autor de la frase. Nació el 7 de setiembre de 1707 y fue un consumado naturalista, por eso le daba tanta importancia a la observación y examen de las cosas; cosa difícil para cualquier ser humano)

Chrissie Hynde cantante de los Pretenders no consta que en los 75 años que ha estado en este mundo, haya estado en alguna cadena de prisioner@s a pesar de su ferviente activismo. Porque para ser declarad@ activista un requisito es haber pasado por "chirona".

Dilluns

Va guardar la seva fotografia dins la cartera, darrere la targeta de fitxar.

Feia tres dies que l’havien enterrada.

Dilluns, a les vuit, la fàbrica va xiular com sempre. Ningú no li va preguntar com estava. Les màquines tampoc no acostumen a interessar-se pels morts.

Va ocupar el seu lloc a la cadena i començà a cargolar peces.

Una. Dues. Tres.

A la quarta, va mirar la fotografia.

—No sé què faig aquí.

El capatàs cridà que anava endarrerit.

Ell la besà d’amagat i continuà treballant.

Els morts poden aturar-te el cor.

La vida, gairebé mai.



domingo, 6 de septiembre de 2026

 

QUE NO VENGAN LOS OTROS

Esta tarde he estado mirando unas elecciones alemanas sin entender una sola palabra de alemán.

Tampoco hacía falta.

Los porcentajes son universales.

44,4.

Eso se entiende en alemán, en castellano, en catalán y hasta en ese idioma extraño que hablan los políticos cuando intentan explicarnos por qué han perdido unas elecciones sin utilizar jamás la palabra «perder».

Alternativa para Alemania, AfD, ha ganado con una ventaja enorme las elecciones de Sajonia-Anhalt. La extrema derecha. Esa que durante años estuvo detrás del llamado «cordón sanitario». Esa con la que nadie quería pactar. Esa a la que había que mantener alejada del poder porque determinadas posiciones suyas no solo son radicales, sino que cuestionan principios que Europa creyó haber aprendido a sangre y fuego durante el siglo pasado.

Y, sin embargo, ahí está.

Más de cuatro de cada diez votantes.

No sé si lo más preocupante es el resultado o que todavía haya quien se sorprenda.

Porque llevo años escuchando una explicación bastante cómoda: la extrema derecha crece porque la gente se ha vuelto de extrema derecha.

Magnífico análisis.

Es como explicar que llueve porque cae agua del cielo.

A mí me interesa bastante más saber por qué cae.

Y sobre todo por qué cada vez cae más.

No creo que millones de europeos se hayan despertado una mañana, hayan desayunado tranquilamente su café con leche y hayan pensado:

—Cariño, creo que hoy me voy a hacer fascista.

Algo habrá ocurrido entre medias.

Algo han hecho unos.

Algo han dejado de hacer otros.

Y aquí es donde quizá deberíamos hablar de una cuestión bastante menos agradable para quienes durante muchos años se han considerado depositarios naturales del progreso: ¿y si una parte importante del avance de la derecha radical tiene que ver con el fracaso de quienes debían impedirlo gobernando bien?

No digo que sea la única causa.

Sería demasiado sencillo.

Hay inmigración, inseguridades culturales, guerras, inflación, pérdida de poder adquisitivo, miedo al futuro, empleos que desaparecen, industrias que se marchan, redes sociales que convierten cualquier estupidez en doctrina política en veinte minutos y una creciente desconfianza hacia unas instituciones que mucha gente siente cada vez más alejadas de su vida.

Pero también existe otra cosa.

El agotamiento.

El agotamiento de un discurso.

Durante décadas buena parte de la izquierda europea tuvo palabras muy potentes.

Igualdad.

Trabajo.

Sanidad.

Educación.

Derechos.

Justicia social.

Vivienda.

Libertad.

Palabras que hablaban de cosas que podían tocarse. El salario que llegaba a final de mes. El colegio de tus hijos. El hospital donde atendían a tu madre. La posibilidad de alquilar una vivienda sin entregar a cambio un riñón perfectamente funcional.

Ahora, demasiadas veces, el mensaje parece haberse reducido a otro mucho más sencillo:

«Que no venga la derecha».

Y, cuando la derecha crece:

«Que no venga la ultraderecha».

No es un programa electoral.

Es una amenaza.

Vótame porque, si no, vienen ellos.

Es una forma curiosa de pedir el voto. Algo así como ese restaurante que, en lugar de anunciar que cocina bien, colocase en la puerta un cartel:

COMA AQUÍ. EL RESTAURANTE DE ENFRENTE PODRÍA ENVENENARLE.

Puede funcionar una temporada.

Pero algún día alguien cruza la calle para comprobarlo.

Y luego están los cordones sanitarios.

La expresión siempre me ha resultado curiosa.

Un cordón sanitario sirve para aislar una infección. Perfecto.

Pero el problema surge cuando dentro del cordón ya tienes al cuarenta por ciento de la población.

Entonces quizá ya no tengas solamente un problema con la infección.

Tienes un problema con el paciente.

Y habrá que preguntarle qué le pasa.

Eso no significa aceptar sus diagnósticos. Ni comprar sus remedios. Ni mucho menos considerar democráticamente aceptable cualquier propuesta por el mero hecho de que consiga votos. La democracia no consiste solamente en contar papeletas. También consiste en respetar derechos, instituciones, minorías y unas reglas sin las cuales el voto acaba sirviendo para elegir democráticamente a quien un día puede decidir que ya no hace falta votar.

La historia europea debería habernos enseñado algo al respecto.

Pero precisamente por eso combatir a la extrema derecha exige algo bastante más difícil que llamarla extrema derecha.

Hay que convencer a sus votantes.

Y para convencerlos primero habrá que escucharlos.

Incluso cuando dicen cosas que no nos gustan.

Sobre inmigración.

Sobre seguridad.

Sobre salarios.

Sobre vivienda.

Sobre impuestos.

Sobre servicios públicos.

Sobre identidad.

Sobre el miedo a que sus hijos vivan peor que ellos.

Porque si ante cada pregunta incómoda la respuesta consiste en acusar a quien pregunta de racista, insolidario, retrógrado o ignorante, llegará un partido que le dirá:

—Yo sí te escucho.

Quizá después le mienta.

Quizá le venda soluciones imposibles.

Quizá convierta sus miedos en votos.

Pero, para entonces, el otro ya ha cometido el error fundamental: ni siquiera quiso escuchar la pregunta.

Existe además una arrogancia política particularmente peligrosa: pensar que determinados ciudadanos votan mal.

Curioso concepto democrático.

El ciudadano es extraordinariamente inteligente cuando me vota a mí y víctima de la manipulación cuando vota al adversario.

Cuando gano, «la ciudadanía ha hablado».

Cuando pierdo, «hay que analizar el auge del populismo».

Nunca he escuchado a un partido reconocer:

—Quizá el problema somos nosotros.

Sería revolucionario.

Imagino una noche electoral. El dirigente sale al atril, mira a las cámaras y dice:

—Nos han dado una hostia.

Perdón por la expresión, pero sería probablemente el discurso político más sincero de los últimos treinta años.

Después podría añadir:

—Y antes de explicarles a nuestros antiguos votantes por qué se han equivocado, vamos a intentar averiguar en qué nos hemos equivocado nosotros.

Hasta es posible que recuperasen alguno.

Porque quizá el gran problema de una parte de la izquierda europea no sea haber perdido unas elecciones.

Sea haber perdido algo anterior.

El relato.

La capacidad de explicar para qué quiere gobernar.

No contra quién.

Para qué.

Qué sociedad propone.

Qué hará con la vivienda.

Cómo sostendrá las pensiones.

Cómo gestionará la inmigración sin convertir la solidaridad en ingenuidad ni la seguridad en xenofobia.

Cómo protegerá los servicios públicos.

Cómo permitirá que un trabajador vuelva a pensar que trabajar sirve para vivir mejor.

Cómo reconciliará la transición ecológica con quien teme perder su empleo.

Cómo conseguirá que un joven pueda marcharse de casa de sus padres antes de que tenga que hacerlo para ingresar directamente en una residencia de ancianos.

Eso es política.

Lo otro es resistencia.

Y nadie puede gobernar eternamente atrincherado.

Hoy, en Sajonia-Anhalt, millones de alemanes han votado. Podemos estar profundamente en desacuerdo con ellos. Podemos preocuparnos —y hay motivos— por determinadas posiciones de AfD. Podemos establecer límites democráticos a aquello que ataque los fundamentos de la propia democracia.

Lo que no podemos hacer es fingir que esos electores no existen.

Ni esperar que desaparezcan detrás de un cordón.

Porque los cordones sirven para separar.

Nunca para convencer.

Y quizá ese sea el problema.

Que durante demasiado tiempo algunos partidos han dedicado más esfuerzo a explicar a los ciudadanos a quién no deben votar que a conseguir que vuelvan a tener ganas de votarles a ellos.

Si tu mejor promesa electoral consiste en que los otros no llegarán al poder, no deberías sorprenderte demasiado cuando, un día, los ciudadanos decidan averiguar qué ocurre si llegan.

«Pero quien más no alcanza, lo hace todo a su pobre semejanza.» (Juan Eugenio Hartzenbusch nacido el 6 de setiembre de 1806 para escribir “Los amantes de Teruel”… ya sabéis cuál es la rima fácil)

Macy Gray canta que está fuera de lugar. En realidad no lo canta ella, es un cover de otra intérprete; su mejor canción, dicen las críticas, es otra. A mi me gusta más la del vídeo. Macy cumple hoy 57 años.

Fora de lloc

Durant anys va procurar passar desapercebuda.

S’asseia als racons, vestia colors discrets i va aprendre a riure quan reien els altres.

Fins que va aparèixer ell.

—Ets diferent —li va dir.

Ella va estar a punt d’enamorar-se.

Després va comprendre que diferent era una paraula bonica que la gent fa servir quan encara no s’atreveix a dir estranya.

Aquella nit es va mirar nua davant del mirall.

Arrugues. Cicatrius. Un cos que havia sobreviscut a massa explicacions.

Per primera vegada no va voler ser especial.

Ni tan sols va voler agradar-li.

Es va posar el vestit vermell.

I va sortir.

Que se sentissin incòmodes els altres.

 


sábado, 5 de septiembre de 2026

 

CINCO DE SEPTIEMBRE

Hoy es cinco de septiembre.

Lo sé porque lo dice el calendario.

Porque si tuviera que averiguarlo por la temperatura, diría que estamos a treinta y tantos de julio, quizá a cuarenta y dos, que últimamente los meses también parecen medirse en grados.

Son las siete de la tarde y acabo de salir al balcón buscando aire. Una ingenuidad. Fuera no hay aire. Hay una sustancia caliente, espesa, inmóvil, que ocupa su lugar. Algo parecido a cuando abres el horno para comprobar si está hecha la lubina y recibes en la cara el bofetón de los doscientos grados.

Solo que dentro del horno está la lubina.

Aquí estoy yo.

He cerrado las persianas durante buena parte del día, he bajado los toldos, he abierto ventanas estratégicamente, las he cerrado cuando he visto que la estrategia consistía en dejar entrar más calor, he conectado el ventilador y llevo varias horas girando con él.

El ventilador, por cierto, no refresca.

Distribuye el sufrimiento.

Lo recoge de una esquina de la habitación y te lo devuelve cuidadosamente ordenado.

Treinta y dos grados a velocidad uno.

Treinta y dos grados a velocidad dos.

Treinta y dos grados a velocidad tres, pero con sensación de huracán africano.

Y estamos en septiembre.

Eso es lo que me molesta.

No el calor. Bueno, el calor también, naturalmente. Lo que me molesta es la estafa del calendario.

Toda mi vida septiembre había significado otra cosa.

Septiembre era volver.

Volver al colegio, al trabajo, a los horarios, a las chaquetas finas por la noche. Era ese mes en el que las playas empezaban a quedarse vacías y aparecía algún valiente caminando por la orilla con jersey mientras los demás pensábamos que exageraba.

Septiembre olía a libros nuevos.

A lápices.

A goma de borrar.

A aquella sensación infantil de que empezaba algo.

Ahora empieza también algo.

Otra ola de calor.

Nos hemos acostumbrado incluso a ponerles nombre, como si fueran miembros de la familia.

—¿Qué tal estáis?

—Bien. Aquí, con la ola de calor.

Como antes decíamos:

—Aquí, con la abuela.

Y no sé cuál de las dos ocupa más espacio en casa.

En la televisión aparece un señor delante de un mapa pintado de rojo oscuro. Ya casi no quedan colores suficientes para representar las temperaturas. Recuerdo cuando el rojo significaba calor. Ahora el rojo significa fresquito y han tenido que inventarse una especie de granate apocalíptico para indicarnos que salgamos a la calle solamente si tenemos intención de cocernos.

El hombre del tiempo sonríe.

Eso siempre me ha llamado la atención.

—Mañana alcanzaremos nuevamente los treinta y ocho grados.

Y sonríe.

¿Pero de qué te ríes?

Treinta y ocho grados no es una información. Es una amenaza.

Aunque reconozco que tampoco podría anunciarlo llorando.

Imagino:

—Mañana, treinta y ocho grados en el litoral…

Y rompiendo a sollozar.

Sería poco profesional.

Así que sonríe y nosotros asumimos la noticia como asumimos tantas cosas últimamente: con una mezcla de resignación, aire acondicionado y factura eléctrica.

Porque esta es otra.

Antes, cuando hacía calor, mi madre cerraba las persianas, abría por la noche y decía:

—Ya refrescará.

Aquello era toda la tecnología climática disponible.

Y refrescaba.

Ahora hago exactamente lo mismo y a las tres de la madrugada continúan los veintiocho grados agarrados a la fachada como okupas térmicos.

No se van.

No pagan alquiler.

Y encima duermen contigo.

Te levantas sudando, das la vuelta a la almohada buscando aquel lado fresco que existía cuando éramos niños y descubres que también está caliente.

Ahí comprendí que las cosas iban mal.

Una civilización puede soportar guerras, crisis económicas, políticos mediocres e incluso programas televisivos de tertulia durante horas.

Pero cuando desaparece el lado fresco de la almohada hay que empezar a preocuparse seriamente.

Salgo otra vez al balcón.

Enfrente, una mujer riega unas plantas que presentan el mismo aspecto que yo: inclinadas hacia abajo y esperando que alguien haga algo.

Un hombre pasea a un perro que se niega a caminar.

El animal se sienta.

El hombre tira suavemente de la correa.

El perro lo mira.

Y en esa mirada hay más inteligencia climática que en muchas conferencias internacionales.

«Sal tú si quieres».

El hombre acaba cediendo y vuelve hacia casa.

Victoria de la especie animal sobre la humana.

Nosotros necesitamos informes para entender cuándo hace demasiado calor.

Ellos ponen el culo en el suelo.

También he observado otro fenómeno.

Hemos empezado a hablar del tiempo como hablaban nuestros abuelos.

Todo el día.

—Qué calor.

—Es insoportable.

—Dicen que mañana baja.

—Pues yo he oído que vuelve a subir.

—Por la noche no corre ni una gota de aire.

Nos hemos convertido en aquellos ancianos que comentaban el tiempo apoyados en un bastón.

Solo que nosotros lo hacemos mirando una aplicación del móvil que nos anuncia, con precisión científica, que dentro de tres horas seguiremos exactamente igual de jodidos.

Miro el calendario otra vez.

Cinco de septiembre.

Todavía faltan semanas para el otoño.

Aunque ahora lo del otoño es una expresión administrativa.

Una fecha.

Un trámite astronómico.

El día veintitrés alguien dirá solemnemente:

—Hoy comienza el otoño.

Y probablemente estaremos en pantalón corto, bebiendo agua con hielo y preguntándonos dónde demonios hemos guardado el mando del aire acondicionado.

Tal vez ese sea el verdadero cambio.

No que haga calor.

Siempre ha hecho calor.

Yo recuerdo veranos abrasadores, noches en las que costaba dormir, persianas bajadas y cuerpos buscando una corriente de aire imposible.

La diferencia está en que antes sabíamos que terminaría.

El verano tenía un final.

Septiembre era su despedida.

Se marchaba lentamente, todavía dando algún coletazo, como esos invitados que después de levantarse de la mesa tardan media hora en llegar hasta la puerta.

Ahora no.

Ahora parece haberse quedado a vivir con nosotros.

Y lo peor de los invitados que se quedan demasiado tiempo no es que ocupen el sofá.

Es que un día descubres que ya tienen las llaves de casa.

«¿Por qué no erigir una iglesia cuya cúpula, atravesando las nubes, sea una perenne súplica ante el trono de un Dios provocado por tantas iniquidades como se cometen?» (Hoy traigo la frase de Josep Maria Bocabella por dos razones: la primera es porque nació el 5 de setiembre de 1815 y la segunda, más importante aunque no conocida, porque fue el impulsor -léase pagano- de la construcción del templo de la Sagrada Familia ¿A qué iglesia pensabais que se refería?)

Freddie Mercury hubiese cumplido hoy 80 redondos años. Se "liberó" de este mundo con 44. Es uno de los autores que suelo felicitar, recordar y agradecer haber coincidido con él repetidamente. Y prometo que lo volveré a hacer.

La porta era oberta

Durant trenta anys havia somiat fugir.

De la feina, del matrimoni, dels diumenges amb la sogra, de les factures i fins i tot d’aquell mirall que cada matí li tornava un desconegut.

Un dimarts va fer la maleta.

La seva dona el va mirar des del sofà.

—Te’n vas?

—Sí.

—Ja era hora.

Ell va quedar immòbil.

Ella somrigué.

—Fa anys que la porta és oberta. Eres tu qui no sortia.

Va deixar la maleta a terra.

Aquella nit va dormir al sofà.

Però, per primera vegada, ho va fer perquè va voler.


viernes, 4 de septiembre de 2026

 

AL OTRO LADO DE LA CALLE

Volvía a casa pasada la medianoche. Delante de mí caminaba una mujer joven. Veinte metros, quizá treinta. Los suficientes para que ninguno de los dos tuviera que preocuparse del otro.

Eso creía yo.

En la primera esquina giró la cabeza. Apenas un segundo. Luego aceleró el paso.

Yo seguí andando.

En la siguiente calle volvió a mirar. Esta vez pude verle la cara. No me estaba mirando. Me estaba vigilando.

Instintivamente comprobé mi aspecto como si pudiera verlo desde fuera: vaqueros, chaqueta oscura, manos en los bolsillos. Un hombre caminando de noche detrás de una mujer.

Nada más.

Y, precisamente, todo eso.

Ella sacó el móvil. Habló con alguien.

—Sí, ya llego… Estoy entrando en mi calle.

No sé si había alguien al otro lado.

Después vi su mano derecha. Llevaba unas llaves entre los dedos. No en la palma. Entre los dedos, como pequeñas cuchillas domésticas.

Me molestó.

No ella. Me molestó pensar que pudiera tenerme miedo. Yo, que no había hecho nada. Yo, que jamás…

Entonces me detuve.

Porque ahí estaba el error.

Ella no tenía por qué saber quién era yo. No conocía mis buenas intenciones, mi educación, mis antecedentes penales inexistentes ni que seguramente, al llegar a casa, me pondría el pijama y abriría la nevera buscando algo dulce.

Solo sabía que un desconocido caminaba detrás de ella a las doce y media de la noche.

Crucé de acera.

La mujer volvió la cabeza. Me vio alejarme por el otro lado y guardó lentamente las llaves en el bolso.

Seguí andando.

Unos minutos después vibró mi móvil.

Era un mensaje de mi hija:

«Papá, ya estoy en casa ❤️».

Le contesté con otro corazón.

Y aquella noche comprendí algo bastante incómodo: yo había pasado unos segundos preocupado porque una desconocida pudiera confundirme con un hombre peligroso.

Ella había pasado varios minutos preocupada porque quizá no se estuviera confundiendo.

«El hombre debe escoger entre ser rico en cosas o en la libertad de usarlas» (Iván Illich nacido el 4 de setiembre de 1926 para ser anarquista y pedagogo. La paradoja en una sola frase: consumir más nos lleva a la pérdida de autonomía)

Y hoy, sin más, una canción de 1951 compuesta por Quintero, León y Quiroga, popularizada por las más grande, la Lola en 1953 e interpretada en el vídeo por el violín de Ara Malikian para ponerte los pelos como escarpias.

LA CADIRA BUIDA

Cada nit parava taula per a dos.

Els veïns deien que s’havia tornat boja. Feia vint anys que ell havia mort.

Ella somreia, servia el vi, deixava el pa al seu costat i explicava com li havia anat el dia.

Una nit, però, només va posar un plat.

Va sopar en silenci.

Després va recollir la cadira d’ell i la va baixar al carrer.

L’endemà, una veïna li preguntà si finalment l’havia oblidat.

—No. He après a recordar-lo sense convidar la pena a sopar.

I aquella nit va obrir una ampolla bona.