domingo, 8 de febrero de 2026

AHÍ ESTÁ, AHÍ ESTÁ VIENDO PASAR EL TIEMPO…

 

El agua llegó sin pedir permiso, como llegan los que vienen a “ayudar” y lo primero que hacen es mover los muebles de sitio.

Le llamaron Leonardo y Marta, como si ponerle nombre a una borrasca fuera domesticarla, como si bastara con pronunciarla para que aprendiera modales. En Andalucía, estos días, el cielo no cae: se desploma. La lluvia no moja: reclama. Y el río, que siempre pareció un señor mayor con bastón, se quita la chaqueta, escupe el tabaco y decide que hoy no piensa obedecer a nadie.

En mi calle el barro tiene memoria. Se te pega a los zapatos y te lo llevas a casa, como una visita que no sabe marcharse. En el campo, los surcos se convierten en cicatrices nuevas. En las plazas, los bancos desaparecen bajo una sopa marrón que huele a madera rendida, a metal humillado, a prisa.

Y, sin embargo, al final del desastre —cuando ya no queda nada en su sitio y hasta el silencio parece mojado— está él.

El puente romano. El puente “viejo” le llaman.

No sé por qué me enfada y me consuela a la vez. Ahí, quieto. No “resiste”: mira. Como si la catástrofe fuera un trámite del que ya tomó nota hace siglos. A sus pies, el agua arrastra bicicletas, ramas, sillas, alguna foto de familia que antes estaba en un marco. El puente no se inmuta. Sus piedras tienen esa dignidad incómoda de quien ya ha visto demasiados finales y no se deja impresionar por ninguno.

Me acerco hasta donde se puede. Siento el aire frío en la cara, ese frío que no viene del invierno sino del miedo. Alguien a mi lado murmura una frase, casi cantándola, como si fuera una plegaria con melodía: “Ahí está…”.

Y entonces entiendo lo que duele: no es que el agua se lleve las cosas. Es que el puente se queda.

Se queda viendo pasar el tiempo, sí. Pero también nos ve pasar a nosotros: tan modernos, tan frágiles, tan convencidos de que lo nuevo dura más.

Yo lo miro y, por un segundo, me da la sensación de que el puente piensa lo mismo que pienso yo cuando todo se desborda: que lo único verdaderamente antiguo es nuestra manera de repetirlo todo.

«La democracia es la transposición de lo cuantitativo a lo cualitativo: que lo que quieren los más se convierta en lo mejor» (A Enrique Tierno Galván le llamaban “el viejo profesor” incluso cuando era joven. No cabe preguntar porqué: ahí tenemos una de sus frases para averiguarlo. Nació el 8 de febrero de 1918 y se fue con poco más de 68 años)

Y ahí está otro puente: esta vez sobre aguas turbulentas. También verá pasar el tiempo y ahí se quedará la canción. Sólo tiene 56 años.

Quan el riu s’enfada

Aquell vespre el riu va pujar amb mala llet, fent olor de ferro i fang. Jo tremolava al marge, amb les sabates plenes d’aigua i el cor ple de soroll. Llavors el pont—vell, tossut, impecable—va aguantar sense dir res, com qui sap massa.

Hi vaig passar a poc a poc: la pedra era freda, però fidel. A sota, el corrent cridava, prometia endur-se noms, promeses, excuses. A dalt, només un pensament: algú, algun dia, va construir esperança amb calç.


 

sábado, 7 de febrero de 2026

LA CICATRIZ TAMBIÉN CUMPLE AÑOS

 

Me la rozo sin pensar cuando cae la tarde: esa línea fina en la ceja, como una coma donde mi cara aprendió a respirar distinto. La herida fue rápida; el eco, lento. Entonces no lo sabía, pero algunas cosas no se curan: se quedan a vivir.

Hubo un tiempo en que ella —tú— me la besabas con una seriedad preciosa, como si besar una cicatriz fuera una forma de pedir perdón al mundo. “Aquí”, decías, “aquí empezó tu manera de aguantar”. Y yo me reía, porque uno se ríe cuando no quiere llorar delante de quien ama.

Hoy vuelvo a mirarme en el espejo y no es la misma marca. Ha crecido con mi rostro, como crecen las canciones antiguas: cada año suenan más verdaderas. A su alrededor han aparecido otras señales, pequeñas, discretas, como cartas sin abrir. Y, sin embargo, esa sigue siendo la que más habla, quizá porque aprendió tu idioma.

Las heridas se cierran; las cicatrices se quedan a aprenderte.

Y con los años se vuelven una especie de memoria física: no duelen, pero recuerdan. No sangran, pero pesan. No gritan, pero te dicen, en voz baja, todo lo que una vez prometiste que no ibas a perder.

Hay noches en que la toco y siento que aún estás cerca, no como presencia, sino como esa nostalgia que no se va: cálida, insistente, educada.

Como una mano antigua en la cara.

Como un amor que ya no vuelve… y, aun así, sigue creciendo conmigo.

«No es que la gente quiera ser mala: es que quiere estar cómoda.» (La maldad para Sinclair Lewis es producto de la comodidad es decir, si te quedas en el sofá criticando al oponente es porque eres malo. Nació el 7 de febrero de 1885 y hasta le dieron el Nobel de Literatura en 1930)

 Little Tony hubiese cumplido hoy 85 años pero se quedó en 72 es decir, que no era tan "little". Es el único cantante sanmarienense que conozco con una canción de cierto éxito... de 1967.

Cor boig, oficina tancada

Va entrar sense trucar, com una cançó antiga que encara sap obrir panys. A la mà duia un paper arrugat: “T’he estimat malament, però t’he estimat”. Jo vaig fer veure que mirava correus, però el pit ja em picava com un timbre d’escala. A fora, la pluja feia olor de metall calent i de decisions tardanes.

     —Encara em segueixes? —li vaig dir.

 Ell va somriure, cansat i tossut:

     —Sóc el teu cor. I avui vinc… a cobrar.