Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
miércoles, 19 de agosto de 2026
LA CUMBRE
Los
meteorólogos anunciaron que hoy habíamos alcanzado el pico de calor.
El
alcalde instaló una placa en la plaza: «Hasta aquí llegó el verano», y
cortó una cinta mientras dos concejales le abanicaban con el programa de
fiestas. La gente aplaudió sin demasiado entusiasmo porque, a cuarenta y tres
grados, hasta las manos prefieren no tocarse.
Los
comercios aprovecharon la noticia. La panadería vendía barras de la cumbre.
El gimnasio organizó una ascensión simbólica por las escaleras de emergencia.
La compañía eléctrica nos felicitó por haber llegado tan alto y anunció una
subida de tarifas para ayudarnos a bajar.
A
las cinco de la tarde, el termómetro marcó cuarenta y cinco.
Los
meteorólogos aclararon que no se trataba de otro pico, sino de una pequeña
elevación dentro del pico anterior. Al día siguiente alcanzamos una nueva
cumbre, después otra y luego una tercera, hasta que el verano empezó a
parecerse al Himalaya.
Mi
madre trasladó una silla al pasillo de los congelados del supermercado. El
encargado le pidió que comprara algo o se marchara.
—Solo
estoy descansando durante el descenso —dijo ella.
La
expulsaron por escalar sin permiso.
«El peor parlamento es
mejor que la mejor dictadura» (Menuda frase se marcó Joaquim Nabuco nacido el 19 de
agosto de 1849 para ser escritor y político brasileño. Es una afirmación
discutible en su formulación absoluta, pero poderosa como advertencia: una
democracia defectuosa conserva la posibilidad de crítica y rectificación que la
dictadura elimina… tal vez)
Hoy haremos caso a Joey Tempest porque es su 63 aniversario y creeremos que es el final de la cuenta atrás del calor.
Nou
Quan
la megafonia va iniciar el compte enrere, tothom va mirar el cel. Ell va mirar
la dona que esperava darrere la tanca, amb l’abric vermell del dia que es van
conèixer.
—Encara
pots baixar —va dir ella sense veu.
A nou, es descordà l’arnès.
A set, obrí la comporta.
A cinc, les sirenes confongueren l’amor amb una avaria.
A zero, la nau s’enlairà sense ell.
Feia
quaranta anys que somiava arribar a Mart.
Aquell
matí, per fi, havia arribat a casa.
lunes, 17 de agosto de 2026
17 D'AGOST DE 2017
Des d’aquell agost, Barcelona i Cambrils guarden setze absències a la memòria: ferides que el temps no esborra i un dolor que ens obliga a defensar la vida davant l’odi.
domingo, 16 de agosto de 2026
DESPUÉS DEL MATCH
La
aplicación dice que Clara y yo somos compatibles en un ochenta y siete por
ciento.
No
sé qué ha ocurrido con el trece restante. Tal vez ella madruga los domingos.
Tal vez yo ronco. Tal vez uno de los dos considera que las croquetas congeladas
son croquetas. Hay incompatibilidades que no deberían descubrirse cuando ya se
ha firmado una hipoteca.
Hicimos
match el martes a las once y treinta y siete de la noche. Lo sé porque
la aplicación conserva la hora exacta. Antes, uno recordaba dónde había
conocido a alguien: en una fiesta, en el trabajo, en el entierro de un pariente
especialmente sociable. Ahora conservamos el momento administrativo en que dos
desconocidos se autorizaron mutuamente a dirigirse la palabra.
Primero
miré sus fotografías.
En
una aparecía en la playa. En otra, abrazada a un perro. En la tercera sostenía
una copa de vino y miraba hacia un lugar situado fuera del encuadre, como si
allí estuviera esperándola el hombre que todavía no había encontrado. Amplié la
imagen por si era yo.
No
era.
Después
leí su descripción:
«Me
gusta viajar, reír y disfrutar de las pequeñas cosas».
Una
declaración valiente. Hasta ahora no he conocido a nadie que confiese que
detesta viajar, procura no reírse y solo disfruta de acontecimientos de gran
envergadura.
Le
escribí:
—Hola,
Clara. ¿Qué tal?
Diez
minutos después me respondió:
—Bien,
¿y tú?
Y
así comenzó nuestra historia: dos seres humanos fingiendo que aquella
conversación no había sido utilizada ya por varios millones de personas.
Durante
tres días hablamos de cine, de restaurantes, de ciudades visitadas y de las
virtudes del café sin azúcar. Ninguno mencionó sus neurosis, sus operaciones
quirúrgicas ni a las personas que todavía viven dentro de nosotros sin pagar
alquiler. En las aplicaciones uno no miente exactamente. Se limita a presentar
la versión reformada de sí mismo, recién pintada y sin humedades visibles.
Al
cuarto día le propuse vernos.
Clara
eligió una cafetería céntrica, con terraza, camareros y mucha gente alrededor.
Cuando llegó, vi que enviaba un mensaje antes de sentarse.
—Le
he dicho a una amiga que ya estoy aquí —explicó.
Yo
había avisado a un amigo para presumir de que tenía una cita. Ella había
avisado a una amiga para que supiera dónde encontrarla si algo salía mal.
Los
dos habíamos quedado con un desconocido, pero no acudíamos a la misma clase de
peligro.
Aquello
me quitó las ganas de hacer uno de mis chistes. Afortunadamente, solo durante
unos minutos.
Había
leído un estudio sobre lo que sucede después del match. Seiscientas
sesenta y siete personas examinadas, una media de once citas presenciales, unos
cuantos besos, relaciones sexuales con tres personas y apenas dos parejas
estables. El amor convertido en un embudo estadístico.
Se
lo conté.
—Entonces
tú ¿por qué número vas? —preguntó Clara.
—Prefiero
no saberlo.
—Eso
dicen todos los que llevan mal la contabilidad.
Nos
reímos.
No
ocurrió nada extraordinario. No se detuvo el tráfico. Nadie empezó a tocar el
violín. No descendió una luz sobre nuestra mesa para confirmar el ochenta y
siete por ciento de compatibilidad.
Ella
retiraba las aceitunas de la ensalada y las dejaba ordenadas en el borde del
plato. Yo hablaba demasiado cuando estaba nervioso. En un momento se quedó
callada, mirándome, y pensé que había perdido el interés.
—En
persona pareces más cansado —dijo.
No
era el cumplido que esperaba.
—Tú
pareces menos segura.
Tampoco
era el que esperaba ella.
Nos
quedamos en silencio. Por primera vez durante la cita ninguno intentó venderse.
Dos productos con el embalaje abierto, las instrucciones perdidas y alguna
pieza sobrante.
A
partir de ahí empezamos a hablar de verdad.
Me
contó que llevaba dos años separada. Que al principio había entrado en la
aplicación buscando amor, después sexo, más tarde conversación y últimamente ya
no sabía muy bien qué buscaba. Yo le confesé que algunas noches deslizaba
perfiles sin intención de conocer a nadie. Solo quería comprobar que todavía
podía gustarle a una mujer situada a menos de veinte kilómetros.
La
aplicación llamaba a eso «buscar pareja».
Nosotros
lo llamamos sentirnos un poco menos solos.
Al
despedirnos no hubo beso. Nos acercamos, dudamos y terminamos dándonos un
abrazo lateral, esa maniobra torpe con la que dos cuerpos reconocen una
posibilidad sin asumir todavía sus consecuencias.
Volví
a casa convencido de que la cita había ido razonablemente bien. A los pocos
minutos recibí su mensaje:
«Ya
he llegado».
Nada
más.
Estuve
a punto de preguntarle si quería volver a verme, pero decidí esperar. No
demasiado para no parecer frío. No tan poco para no parecer desesperado. El
deseo contemporáneo exige dominar el cálculo infinitesimal.
La
aplicación, mientras tanto, me mostró otros perfiles.
Una
mujer que adoraba los atardeceres. Otra que buscaba a alguien «sin mochilas
emocionales», como si a ciertas edades pudiéramos presentarnos únicamente con
equipaje de mano. Una tercera tenía una compatibilidad del noventa y uno por
ciento.
Cuatro
puntos más que Clara.
Mi
dedo se quedó suspendido sobre la pantalla.
Ahí
comprendí el verdadero negocio. La aplicación no vive de que encontremos a
alguien. Vive de que sospechemos que, un poco más abajo, existe alguien mejor.
Más guapo, más divertido, más cercano, más disponible. Una persona sin
silencios incómodos, sin aceitunas apartadas en el plato y sin un pasado que
haya que aprender a respetar.
Cerré
la aplicación y escribí a Clara:
«¿Volvemos
a vernos?».
Tardó
veintisiete minutos en responder. También lo sé porque, mientras aguardaba,
miré el teléfono cuarenta y tres veces.
«Sí.
Pero esta vez sin estadísticas».
Llevamos
seis meses juntos.
La
aplicación continúa instalada. Ninguno de los dos se ha atrevido a borrarla. No
porque sigamos buscando, sino porque eliminarla sería reconocer que esto va en
serio, y todavía conservamos esa prudencia sentimental de quienes han aprendido
que el amor puede terminar incluso después de haber aceptado todas las
condiciones de uso.
El
otro día el teléfono me preguntó si deseaba reactivar las notificaciones.
Le
respondí que no.
Porque
el problema nunca fue conseguir un match. El problema empieza cuando
encuentras a alguien y debes decidir si dejas de seguir buscando.
«El viejo prejuicio
metafísico de que el hombre “siempre piensa” aún no ha desaparecido; yo creo
que piensa muy poco y muy rara vez». (Wilhelm Wundt nacido el 16 de agosto de
1832 escribió esta frase para expresar algo que pienso yo... y eso que nací muchísimo
más tarde que él)
Tim Faririss de la banda australiana INXS cumple hoy 69 años, una edad muy interesante si a quién necesitas por la noche está dispuesta a celebrar tu aniversario haciendo honor a los números.
La
porta oberta
El
missatge encara dormia al telèfon:
—Et
necessito aquesta nit.
Feia
deu anys.
Quan
ella va obrir, duia els cabells blancs, la mateixa olor de gessamí i una bata
massa cordada. Ell alçà la mà, sense atrevir-se a tocar-la.
—Arribes
tard.
—Ho
sé.
Ella
li posà dos dits als llavis. Després deixà la porta oberta i tornà cap a dins.
Ell
no sabia si l’havia perdonat.
Però la casa
començava a descordar-se el silenci.
sábado, 15 de agosto de 2026
LA VIDA COMPLETADA
La
notificación apareció a las nueve y diecisiete de la mañana, justo después de
que Marta firmara la compra de la empresa que llevaba diez años intentando
adquirir.
ENHORABUENA,
MARTA. HA COMPLETADO USTED SU VIDA.
Debajo,
una barra verde ocupaba toda la pantalla.
Objetivos cumplidos:
47 de 47.
Progreso vital: 100 %.
Tiempo estimado restante: 30 años y 4 meses.
Marta
pensó que era una broma del departamento de informática. Miró alrededor. Nadie
parecía observarla. Al otro lado del cristal, los miembros del consejo
descorchaban una botella de champán y ensayaban las sonrisas con las que
aparecerían en la fotografía oficial.
Había
instalado la aplicación a los veintitrés años, cuando todavía se llamaba Mi
Futuro. Después cambió de nombre varias veces: LifePlan, Destino,
Ítaca y, finalmente, Tú decides. La empresa propietaria había
sido comprada por otra, después por un fondo de inversión y más tarde por una
compañía aseguradora, pero sus propósitos sobrevivieron a todas las fusiones.
Licenciarse
con buenas notas.
Conseguir
un trabajo estable.
No
depender económicamente de nadie.
Comprar
una vivienda antes de los treinta y cinco.
Tener
una hija.
Aprender
a tocar el piano.
Visitar
los cinco continentes.
Dejar
de fumar.
Perdonar
a su padre.
Separarse
de Andrés antes de que el cariño se convirtiera en rencor.
Presidir
una gran compañía antes de los cincuenta y cinco.
Los
había cumplido todos.
Algunos,
como dejar de fumar, le costaron tres intentos. Otros resultaron más fáciles de
lo previsto. Perdonó a su padre después de muerto, circunstancia que simplificó
bastante la conversación. En cuanto al piano, la aplicación consideró alcanzado
el objetivo cuando interpretó Para Elisa sin equivocarse más de cinco
veces.
El
último era aquel que acababa de tachar: presidir la compañía.
—Lo
has conseguido —le dijo su secretaria, entrando con una copa de champán—. Ya no
te queda nada.
Marta
miró el teléfono.
—Eso
parece.
Durante
la celebración recibió cuarenta y siete felicitaciones, tres abrazos sinceros y
diecinueve abrazos corporativos. Pronunció unas palabras sobre el esfuerzo, la
constancia y el trabajo en equipo. Los empleados aplaudieron. Los consejeros
sonrieron. El fotógrafo le pidió que levantara un poco más la copa.
Aquella
noche, al llegar a casa, la aplicación volvió a felicitarla.
No
tiene objetivos pendientes.
Marta
dejó el bolso sobre la mesa y abrió la nevera. Había media botella de champán,
dos yogures caducados y un recipiente con quinoa. Pensó en brindar consigo
misma, pero la idea le pareció excesivamente triste. Calentó la quinoa.
Después
intentó añadir un nuevo objetivo.
Ser
feliz.
La
aplicación tardó unos segundos en responder.
Objetivo
no cuantificable. Especifique indicadores verificables.
Probó
de nuevo.
Enamorarme.
Indique
fecha límite, duración estimada de la relación y grado de compromiso deseado.
Lo
borró.
A la
mañana siguiente llamó al servicio de asistencia.
—Es
normal experimentar una sensación de vacío después de completar la vida —le
explicó una voz extraordinariamente amable—. Disponemos de varios paquetes de
ampliación.
—¿Ampliación
de qué?
—De
vida.
Le
ofrecieron tres modalidades: Reinvención, Bienestar y Legado.
La primera incluía aprender un idioma, cambiar de profesión y trasladarse a
otro país. La segunda proponía meditar, eliminar el azúcar y alcanzar diez mil
pasos diarios. Legado, la más cara, permitía escribir unas memorias,
crear una fundación y plantar un árbol con una placa conmemorativa.
—¿Qué
elige? —preguntó la voz.
Marta
contrató Legado. Treinta años sin tareas le parecieron demasiados.
En
menos de dieciocho meses escribió un libro que redactó un periodista, creó una
fundación administrada por un sobrino y plantó un olivo en los jardines de la
empresa. Durante la ceremonia, un concejal pronunció mal su apellido y el árbol
se inclinó hacia un lado por culpa del viento.
La
aplicación volvió a mostrar la barra verde.
Progreso
vital: 100 %.
Marta
empezó a sospechar que había confundido vivir con cumplir los requisitos de una
subvención.
Abrió
el armario donde guardaba las fotografías de sus viajes. En una aparecía
delante del Taj Mahal; en otra, sobrevolando el Gran Cañón; en una tercera,
abrazada a una tortuga en las Galápagos. Recordaba haber estado en todos
aquellos lugares, pero no recordaba haberlos mirado. Durante los viajes había
dedicado buena parte del tiempo a comprobar itinerarios, subir imágenes y
registrar experiencias.
La
tortuga, en cambio, parecía haber aprovechado bien la mañana.
Un
domingo llamó a su hija.
—¿Ha
ocurrido algo? —preguntó ella.
—No.
—Entonces,
¿por qué me llamas?
Marta
iba a responder que una madre podía telefonear a su hija sin motivo, pero
revisó mentalmente sus últimas conversaciones. Siempre había llamado para
felicitarla, recordarle algo, organizar una comida o preguntarle por el
trabajo.
—No
quiero nada —dijo—. Solo hablar contigo.
Al
otro lado se hizo un silencio desconfiado.
Hablaron
durante casi dos horas. De cosas inútiles. De una vecina que paseaba un perro
con abrigo, de la alergia de la niña, de una receta que nunca les salía igual
que a la abuela. Su hija le contó que había pensado cambiar las cortinas del
salón y Marta la escuchó como si estuvieran decidiendo el destino del mundo.
Al
terminar, el teléfono vibró.
Actividad social
detectada.
Duración: 117 minutos.
Calidad estimada del vínculo: 82 %.
¿Desea fijar una frecuencia semanal?
Marta
desactivó la aplicación.
A la
mañana siguiente volvió a activarla. Le inquietaba no saber qué debía hacer. La
pantalla mostró de inmediato una advertencia:
Lleva
14 horas sin avanzar.
Ese
mismo día salió del despacho antes de las cinco. No tenía cita médica, reunión
ni compromiso. Su secretaria la miró con preocupación.
—¿Adónde
vas?
Marta
estuvo a punto de inventar una excusa.
—No
lo sé.
Caminó
sin rumbo hasta una cafetería en la que nunca había estado. Se sentó junto a la
ventana. El camarero le entregó la carta.
—¿Qué
desea?
La
pregunta la incomodó. Durante años había sabido qué convenía, qué tocaba, qué
faltaba y qué debía conseguir después. Pero nadie le había preguntado qué
deseaba sin ofrecerle, al mismo tiempo, una casilla donde anotarlo.
Dejó
el teléfono boca abajo.
—Todavía
no lo sé.
El
camarero se alejó sin exigirle una fecha límite.
Marta
miró a la gente pasar, el reflejo del sol en los cristales y una servilleta que
alguien había dejado arrugada sobre la mesa. El teléfono vibró varias veces. La
aplicación quería saber si se encontraba bien, si necesitaba ayuda o si deseaba
contratar un nuevo plan.
No
lo tocó.
Todavía
le quedaban treinta años y cuatro meses.
Por
primera vez, no tuvo prisa en aprovecharlos.
«No hay soledad
comparable a la que pesa sobre el corazón en medio de rostros interminables,
sin una voz ni una palabra dirigida a nosotros.» (Thomas de Quincey como buen
escritor romántico, lo hizo sobre la soledad. Con la frase exageró: seguro que
la administración de hacienda británica se dirigió a él alguna vez. Nació el 15
agosto de 1785)
Y aunque la canción del vídeo es de la banda Opus, Live is Life la interpretó de maravilla Diego Armando Maradona.
El
ball que faltava
Cada
agost, en Miquel treia la Teresa a ballar quan sonava aquella cançó. No sabia
anglès, però cridava el na-na-na com si n’hagués escrit la lletra.
Aquell
any, ella arribà sola a la festa major. En sentir els primers acords, deixà la
bossa damunt d’una cadira i estengué els braços davant del buit.
—Vinga,
que comença.
Els
joves van riure. Després, sense saber per què, tota la plaça cantà amb ella.
En
acabar, la Teresa recollí la bossa.
—Ja
ho veus, Miquel. Encara no saben que ballaven amb tu.
viernes, 14 de agosto de 2026
ENTRE DOS PISOS
El
ascensor se detuvo entre el cuarto y el quinto con un temblor breve, casi
educado. Después se apagó la pantalla y quedó encendida una luz amarillenta que
nos hizo parecer más íntimos de lo que éramos.
Ella
pulsó la alarma. La voz del técnico prometió quince minutos, que en un ascensor
son una indiscreción.
Se
quitó el abrigo. Al doblarlo, su codo rozó mi camisa. Ninguno pidió disculpas.
Olía a lluvia atrapada en la lana y a algo cítrico que no supe identificar. Yo
me aflojé la corbata. Ella siguió el movimiento con los ojos y luego fingió
interesarse por los números apagados.
—¿Le
incomodan los espacios cerrados? —preguntó.
—Solo
cuando estoy solo.
Sonrió
sin mirarme.
Un
mechón le cayó sobre la mejilla. Lo apartó una vez. Volvió a caer. A la tercera
levanté la mano, pero me detuve antes de tocarla. Ella vio el gesto y no movió
la cabeza.
Entonces
el ascensor dio una sacudida. Su palma quedó apoyada sobre mi pecho. Noté la
presión de sus dedos, su respiración demasiado cerca y el silencio exacto en
que una desconocida deja de serlo.
La
cabina reanudó la marcha. Ella retiró la mano con lentitud.
Cuando
las puertas se abrieron, ninguno de los dos recordó enseguida que aquello era
lo que estábamos esperando.
«El mundo ya no puede
mantenerse unido; se desmorona.» (Esto que cualquiera de nosotr@s puede
suscribirlo hoy, ya lo dijo Ferdinand Friedrich Zimmermann nacido el 14 de
agosto de 1898; coqueteó con los nazis y fue un convencido antisemita aunque
hoy día para alguna izquierda “chupiguay” sería un mérito. Lo dicho: el mundo
se va a la mierda)
James Horner que hoy cumpliría 73 años se "hundió" a los 62 no como su Titanic que se fué a pique en su primer viaje.
La
promesa de tercera classe
A
tercera classe, en Miquel va prometre a l’Anna que, a Amèrica, tindrien
finestres. A coberta, els rics brindaven perquè el mar semblava haver après
modals. Quan el vaixell tremolà, ningú no interrompé l’orquestra: els pobres ja
coneixien aquell so; era el mateix que feia la vida abans d’enfonsar-los.
Ell
li donà l’abric i mentí:
—Només
és una maniobra.
L’Anna
li agafà la mà. A l’horitzó, Nova York continuava encesa dins dels seus ulls.