¿TE
PUEDES ENAMORAR EN UNA NOCHE? ®

Mi amiga sostiene que una
mujer puede enamorarse en una noche.
Lo dice así, sin pedir
permiso, como quien deja el bolso sobre una silla y ya no piensa moverlo. Luego
matiza, porque todavía conserva cierta fe en la prudencia y en las resacas
emocionales.
—El problema no es enamorarse
en una noche —me dijo—. El problema es seguir enamorada al día siguiente.
La encontré en una terraza, a
media tarde, con unas gafas de sol demasiado grandes y esa cara que ponen
algunas personas cuando han dormido poco, pero no exactamente mal. Tenía la
piel despierta. No se me ocurre otra forma de decirlo. Hay días en que una
persona parece venir de una discusión, de una enfermedad o de Hacienda. Ella
venía de una noche.
—No pongas esa cara —me dijo.
—¿Qué cara?
—La de abogado de divorcios
sentimentales.
Levanté las manos. Absolución
provisional. Ella pidió vino blanco. Yo café. Cada uno afronta las revelaciones
como puede.
Todo empezó, me contó, por
culpa del algoritmo. O más bien por cansancio del algoritmo. Llevaba casi una
hora sentada en el sofá, pasando títulos en una plataforma sin decidirse por
ninguno. Drama nórdico con nieve y secretos familiares. Comedia romántica con
gente demasiado guapa para sufrir de verdad. Documental sobre crímenes reales,
que es como llaman ahora a dormir mal voluntariamente. Nada.
—Me harté —dijo—. Apagué la
tele y salí a la calle. A veces una sale a buscar una película y, si se
descuida, se encuentra a sí misma haciendo el ridículo.
Entró en una tienda pequeña de
Gràcia, de esas que aún venden libros usados, vinilos, carteles antiguos y
películas en DVD para nostálgicos con espacio en las estanterías. Un local
estrecho, con luz cálida y olor a papel viejo, madera y polvo limpio. En la
pared, un cartel de Casablanca miraba al mundo con esa superioridad
moral de las películas que saben que nunca van a envejecer del todo.
Ella hojeaba una caja de
películas sin fe. Metía los dedos entre las carátulas como quien remueve
recuerdos ajenos. Entonces notó una mirada.
—No fue una mirada de esas de
gimnasio, de inventario —me dijo—. No era el repaso barato de quien cree que
mirar ya le concede derechos. Era otra cosa. Como si me hubiese reconocido sin
conocerme.
Levantó la vista.
El hombre estaba al otro lado
de la mesa de saldos, con un libro en una mano y una película en la otra.
Tendría cincuenta y tantos, quizá alguno más, pero llevaba la edad con esa
tranquilidad que no se compra en las farmacias ni en los gimnasios. Camisa azul,
vaqueros oscuros, barba corta, ojos de quien ya no necesita fingir juventud
porque conserva algo más peligroso: presencia.
Sonrió.
Ella no bajó la mirada.
Tampoco supo qué hacer con ella. Se quedó allí, sosteniéndosela como se
sostiene una copa demasiado llena.
—Yo pensaba: ahora me
preguntará qué película busco, si me gusta Truffaut, si soy más de Bergman o de
Almodóvar, alguna de esas frases que los hombres cultos usan para parecer menos
básicos.
—¿Y?
—Nada de eso.
Él se acercó despacio. No
invadió. Eso, según mi amiga, fue importante. Se detuvo a una distancia
razonable, como si aún existiera la cortesía antes del deseo.
—Perdona —le dijo—, conozco
una bodega en la calle de al lado donde sirven un vino que arregla casi
cualquier mala elección cinematográfica.
Ella miró la película que
tenía en la mano. Una comedia francesa con una pareja sonriendo bajo la lluvia.
La dejó de nuevo en la caja.
—¿Y si mi mala elección eres
tú? —le preguntó.
Él no se ofendió. Sonrió un
poco más, pero sin enseñarse demasiado.
—Entonces al menos no tendrás
que verla entera.
Mi amiga me juró que no sabe
por qué aceptó. Naturalmente, eso es mentira. Uno siempre sabe por qué acepta
algunas invitaciones, aunque luego le ponga al asunto una niebla literaria para
no parecer demasiado responsable de su propia hambre.
La bodega era pequeña, con
pocas mesas y muchas botellas detrás de la barra. No era uno de esos sitios
diseñados para salir en Instagram, gracias a Dios o al mal gusto del
propietario. Allí las paredes no suplicaban ser fotografiadas. Tenía algo más
raro: verdad. Una luz baja, madera oscura, servilletas de papel grueso y un
camarero que no preguntaba cada tres minutos si todo estaba bien, quizá porque
sabía que casi nada lo está del todo.
Él se llamaba Eduardo.
O al menos eso dijo.
—Podría haberse llamado Juan,
Manuel o incluso Eusebio —me aclaró ella—. Pero aquella noche se llamaba
Eduardo y con eso bastaba.
No hablaron de nada
importante. Ese fue el primer acierto. Nada de trabajos, exparejas, hijos,
hipotecas, terapias, colesterol ni proyectos vitales. La gente estropea
demasiado pronto la magia con currículums emocionales. Hablaron de películas
que no habían visto, de ciudades en las que habían sido felices sin merecerlo,
de canciones que uno escucha de joven y luego reaparecen cuando ya no hay
manera de defenderse.
Antes del primer sorbo entero,
se besaron.
—¿Así, sin más?
—Sin más no. Con todo.
Me lo dijo bajando la voz,
pero sin vergüenza. Se besaron como se besa cuando una ya no espera demasiado
de la vida y, de pronto, la vida se presenta sin cita previa, apoyada en una
barra, con una copa en la mano. Se besaron con torpeza al principio, con esa
torpeza hermosa de los adultos que creen haberlo aprendido todo y descubren que
un beso nuevo siempre suspende un poco el examen. Luego ya no. Luego la boca
encontró su idioma.
Salieron de la bodega cogidos
de la mano.
No hacía frío, pero ella
recuerda haberse pegado a él. Recuerda la calle estrecha, las persianas
bajadas, el ruido de una moto, una pareja discutiendo en un balcón, el olor a
pan caliente de una tienda que preparaba la madrugada. Recuerda que Eduardo le dijo
algo al oído. No un piropo de albañil reciclado ni una frase de calendario
erótico. Algo sencillo.
—Me gusta cómo miras cuando no
quieres que se note.
Eso, según mi amiga, fue peor
que cualquier caricia.
En su casa no hubo sorpresa.
Quizá porque ella ya había entrado mucho antes de cruzar la puerta. Era un piso
ordenado sin estar muerto. Libros en el suelo, una chaqueta en una silla, dos
copas sobre una mesa baja, una lámpara encendida junto al sofá. Nada de
fotografías familiares a la vista. Nada que reclamara explicación. La casa tuvo
la delicadeza de no pedir biografía.
—Me sentí cómoda —dijo—. Como
si hubiese estado allí otras veces en una vida que no me había dado tiempo a
vivir.
Eduardo puso música baja. Ella
no recuerda qué sonaba. Eso me pareció un buen síntoma. Cuando la música
importa demasiado en una escena así, suele ser porque falta lo demás.
Se besaron de nuevo en medio
del salón. Ya sin la cortesía de la bodega. Ya con esa urgencia adulta que no
necesita correr para ser urgente. Él le quitó el abrigo despacio. Ella le
desabrochó la camisa con manos menos firmes de lo que habría querido. Se rieron.
Esa risa breve salvó la escena de cualquier solemnidad. La pasión, cuando se
toma demasiado en serio, acaba pareciéndose a una reunión de vecinos con poca
ropa.
—No era un amante joven —me
dijo.
—Eso ya lo habías dejado
claro.
—No, quiero decir que no tenía
esa ansiedad de los hombres que creen que el deseo es una carrera de cien
metros y que el cuerpo de una mujer es la meta. Eduardo sabía detenerse.
Ahí estaba el verdadero lujo
de la noche. No en el vino, ni en la casa, ni en la seguridad con la que él
había jugado desde el principio. Estaba en el tiempo. En cómo administraba la
lentitud. En cómo parecía escuchar no solo lo que ella decía, sino lo que su
cuerpo iba aceptando, rechazando, pidiendo sin formularlo.
La llevó hasta el dormitorio
sin empujarla hacia ningún destino. Ella fue porque quería. Y eso, después de
una ruptura larga, mal cerrada, llena de frases pendientes y mensajes que una
no debería releer de madrugada, era casi una forma de victoria.
—Me miró como si yo no
estuviera rota —dijo.
Se quedó callada. Yo también.
A veces una frase basta para
explicar una noche entera.
En la cama no hubo promesas.
Por eso fue tan limpio. No limpio en el sentido moral, que es una palabra que
ha estropeado demasiadas camas, sino limpio de futuro. No había que demostrar
nada. No había que convencer a nadie. No había que fingir juventud, ni
inocencia, ni amor eterno, ni indiferencia moderna. Solo dos cuerpos adultos
reconociéndose en la penumbra.
Ella habló de sus manos. De la
calma con que él le recorría la espalda. De su boca bajando sin prisa. De la
manera en que alternaba delicadeza y hambre, como si supiera que el deseo no
sube en línea recta, sino en círculos, en oleadas, en pequeños regresos. De
cómo la hizo reír en mitad de una caricia porque se golpeó con la mesilla al
buscar un preservativo.
—Eso también fue importante
—dijo—. Que no pareciera una escena perfecta.
La perfección tiene mala
prensa entre quienes han vivido un poco. Cansa. Huele a decorado. En cambio, un
tropiezo a tiempo, una risa debajo de las sábanas, una mano que duda, un
calcetín que no aparece, devuelven a la pasión su condición humana. Y mi amiga,
aquella noche, no necesitaba sentirse diosa. Necesitaba sentirse viva.
Se abandonaron al placer del
anonimato. Me gustó esa expresión cuando la dijo, aunque se la discutí.
—No era anonimato —le dije—.
Sabías su nombre.
—Eduardo no cuenta.
Tenía razón. Eduardo era menos
un nombre que una contraseña. Una puerta abierta durante unas horas. Un hombre
concreto y, al mismo tiempo, una excepción. Ella no quería saber más. Ni dónde
trabajaba, ni si tenía hijos, ni a quién llamaba cuando estaba enfermo, ni qué
manías arrastraba por las mañanas. Sobre todo por las mañanas.
Porque mi amiga, incluso en
pleno naufragio de deseo, conservó la cabeza suficiente para no quedarse a
dormir.
—¿Te fuiste?
—Sí.
—¿A qué hora?
—No sé. Tarde. O pronto. Esa
hora en la que la ciudad parece recién absuelta.
Él le preguntó si quería
quedarse. Lo hizo bien. Sin presión. Sin convertir la invitación en una prueba
sentimental. Ella le acarició la cara. Me dijo que le gustó la aspereza de la
barba en la palma de la mano, esa pequeña lija de realidad después de tanto
sueño.
—No —le contestó—. Si me
quedo, mañana tendré que desayunar contigo.
—¿Y eso sería tan grave?
—Muchísimo.
Eduardo entendió. O fingió
entender, que a veces es la forma más elegante de comprender a alguien.
No se intercambiaron
teléfonos. Ni Instagram. Ni correo. Ni una de esas despedidas cobardes que
dicen “nos escribimos” para que nadie tenga que reconocer que no volverá a
escribir. Ella se vistió despacio. Él la acompañó hasta la puerta. Se besaron
una última vez, ya con el cuerpo satisfecho y esa tristeza leve que aparece
cuando algo ha sido hermoso precisamente porque se acaba.
—¿Sabes qué fue lo mejor? —me
preguntó mi amiga.
—Sorpréndeme.
—Que no me prometió nada.
Bajó sola por la escalera. En
la calle, el aire le tocó la cara con una franqueza casi obscena. Caminó hasta
casa sin pedir un taxi. Quería notar las piernas. Quería llevarse puesta la
noche, no delegarla en un asiento trasero. Pasó junto a la tienda de películas,
ya cerrada. En el escaparate, las carátulas seguían allí, ofreciendo vidas
ajenas por poco dinero.
Al llegar a casa, no lloró.
Eso fue lo que más la
sorprendió.
Dejó las llaves en el
recibidor, se quitó los zapatos y fue al baño. Se miró en el espejo. Tenía el
pelo revuelto, la boca algo hinchada, una marca leve en el cuello que al día
siguiente tendría que disimular con un pañuelo o con esa dignidad que una usa
cuando ya no quiere dar explicaciones.
—Me vi distinta —dijo—. No más
joven. No más guapa. Distinta.
Luego se metió en la cama,
sola, y durmió como hacía meses que no dormía. Sin revisar el móvil. Sin releer
mensajes antiguos. Sin imaginar conversaciones imposibles con su ex. Sin
preguntarse en qué momento exacto se había roto lo que antes parecía tan firme.
Durmió con esa paz indecente de quien ha dejado el dolor fuera de la
habitación, aunque solo sea una noche.
—Entonces —le dije—, no te
enamoraste de Eduardo.
Ella bebió un poco de vino.
Sonrió mirando la copa.
—No.
—¿De quién te enamoraste?
Tardó en contestar.
—De la posibilidad.
Me pareció una respuesta
peligrosa y exacta.
Porque quizá eso es lo que
pasa algunas noches. No te enamoras de un hombre, ni de una mujer, ni de un
nombre dicho junto a una barra. Te enamoras de comprobar que aún puedes arder
sin pedir permiso. De descubrir que la piel, esa vieja compañera maltratada por
la rutina, todavía sabe abrir ventanas. Te enamoras de una versión de ti que no
suplica, no espera, no mendiga explicaciones. Una versión que entra en una
tienda buscando una película y acaba encontrando una escena que nadie había
escrito.
Mi amiga no volvió a ver a
Eduardo.
O eso dice.
Tampoco lo buscó. Conservó su
nombre como se conserva una entrada de cine antigua: no para volver al mismo
sitio, sino para recordar que una vez estuvimos allí y que, durante un rato, la
vida tuvo argumento.
Ahora, cuando la tristeza de
su última ruptura amenaza con visitarla, mi amiga no le abre enseguida. Primero
se sirve una copa de vino, pone música baja y recuerda aquella calle de
madrugada. Recuerda una bodega pequeña, una mano en su espalda, una casa sin
preguntas, una despedida sin promesas.
No sé si una persona puede
enamorarse en una noche.
Pero sí sé que, a veces, una
noche basta para desenamorarse un poco de la tristeza.
«Todo hombre puede reclamar la
más plena libertad para ejercer sus facultades, compatible con la posesión de
una libertad semejante por parte de los demás.» (O dicho de otro modo: la
libertad no es un capricho sino un límite recíproco. Herbert Spencer, autor de la frase, nació el 27
de abril de 1820 y por si no os habíais dado cuenta, fue filósofo)
Kate Pierson que es la que sale junto al grupo R.E.M. en el vídeo cantando y bailando cumple hoy 78 años. Conviene (o no) aclarar que la canción tiene ya sus años.
Somriures amb cremallera
El dia que van ordenar ser
feliços, tothom va sortir al carrer amb dents noves i ulleres de sol. Reien
davant dels aparadors, abraçaven desconeguts i saludaven les càmeres com si la
vida fos un anunci amb pressupost.
Només la Clara va notar el
soroll: un clic petit cada vegada que algú somreia.
A la tarda, va trobar una
cremallera darrere l’orella del seu marit.
—No l’obris —va dir ell,
encara brillant.
Però ella ja havia vist, dins,
la tristesa fent hores extres.


