martes, 5 de mayo de 2026

 

NO DESEMBARCARÁN LOS SANOS


El folleto decía expedición.

No decía pasillo 3B cerrado con cinta amarilla. No decía médico con gafas empañadas. No decía señoras alemanas llorando en silencio frente a una máquina de té. No decía capitán hablando por megafonía con esa voz de hombre que intenta parecer tranquilo mientras por dentro está haciendo cuentas con el desastre.

El folleto decía naturaleza virgen, horizonte limpio, aventura polar, experiencia única.

Y era verdad. Única estaba siendo.

Álvaro había pagado aquel viaje como quien paga una absolución. Setenta y un años, dos prótesis, una pensión razonable, tres hijos que le llamaban los domingos con cariño administrativo y una viudedad reciente que le había dejado la casa demasiado ordenada. Su mujer, Clara, siempre quiso hacer un crucero de esos donde la gente mira el mundo como si fuera suyo durante diez días.

—Cuando me jubilemos —decía ella.

Lo decía mal a propósito. “Me jubilemos”. Como si la jubilación fuera una enfermedad matrimonial.

Pero Clara se murió antes. Una mañana cualquiera. Ni épica ni justa. Se levantó, dejó una taza en el fregadero, dijo “luego compro pan” y luego no compró nada. Desde entonces, Álvaro había aprendido que la muerte no avisa porque es muy maleducada o porque tiene mucho trabajo.

Así que reservó el crucero.

—Hazlo por mamá —le dijo su hija mayor.

Eso significaba: hazlo para que no tengamos que verte triste en Nochebuena.

Y allí estaba. En un barco con nombre extranjero, camarote interior, suplemento individual y una ventana falsa en la televisión que mostraba un mar perfecto aunque fuera de noche.

El primer día todos caminaron por cubierta con chaquetas técnicas recién estrenadas. Parecían exploradores financiados por una tienda de deportes. Se hicieron fotos mirando al horizonte, sujetando tazas térmicas, señalando aves que no sabían nombrar.

Un señor de Valencia dijo:

—Esto sí que es vida.

Álvaro pensó que la vida, si era aquello, venía con demasiadas cremalleras.

El tercer día hubo un rumor.

Los rumores en un barco no corren: rebotan. Salen de un camarote, chocan con un ascensor, bajan a recepción, suben al comedor y se sientan en todas las mesas antes que la sopa.

Que si uno de la cubierta dos estaba malo.

Que si eran dos.

Que si habían traído algo de una excursión.

Que si unas heces de roedor.

Que si un virus raro.

Que si no era grave.

Que si precisamente por eso no dejaban acercarse a nadie.

En el comedor, la tripulación seguía sonriendo con esa disciplina que tienen los trabajadores que cobran para parecer paisaje. Ponían panecillos, retiraban platos, servían agua, decían “enjoy” mientras los pasajeros miraban las manos de los demás como si cada dedo pudiera declarar la guerra.

Álvaro se sentó con el matrimonio de Zaragoza. Él se llamaba Félix y llevaba una gorra con visera incluso dentro. Ella, Marisa, había comprado cinco excursiones antes de embarcar y ahora repasaba el programa con cara de notaria traicionada.

—A mí lo que me molesta —dijo Marisa— es la falta de información.

—A mí lo que me molesta es morirme —dijo Félix.

—No seas bruto.

—Es que has empezado tú con lo importante.

Álvaro sonrió. No porque tuviera gracia, sino porque todavía quedaba una costumbre humana en la mesa.

Aquella tarde hablaron por megafonía.

La voz del capitán pidió calma. La calma fue solicitada en inglés, español, francés y alemán, lo cual le dio a la alarma un aire de congreso internacional. Dijo que había una situación sanitaria bajo evaluación. Dijo que las autoridades competentes estaban coordinando los pasos necesarios. Dijo que algunos pasajeros serían atendidos de forma preventiva. Dijo muchas palabras largas, de esas que se ponen delante del miedo para que no se vea desnudo.

No dijo “problema”.

No dijo “peligro”.

No dijo “ratas”.

No dijo “Canarias” hasta el final.

Cuando lo dijo, la cubierta se quedó rara. Como si alguien hubiera encendido tierra firme a lo lejos.

Canarias.

Hasta ese momento, Canarias era sol, hoteles, jubilados del norte de Europa caminando con calcetines blancos, camareros veloces, playas de postal y terrazas donde pedir lo de siempre con acento de fuera.

Ahora Canarias era otra cosa.

Una puerta.

O una frontera.

O un lugar al que quizá no les dejarían bajar.

—¿Nos van a evacuar? —preguntó una mujer a nadie.

Nadie contestó, que es una de las respuestas favoritas del mundo cuando las cosas se complican.

Álvaro volvió a su camarote. La pantalla mostraba un mar azul inventado. Apagó la televisión. El cuarto se quedó sin ventana. Se sentó en la cama y abrió el móvil.

Tenía siete mensajes de sus hijos.

“Papá, ¿estás bien?”

“Acabamos de ver algo en internet.”

“Llámame cuando puedas.”

“¿Pero qué crucero es ese?”

Eso le molestó. No el miedo de ellos. El tono. Esa manera de preguntar como si él, a los setenta y un años, se hubiera apuntado voluntariamente a una negligencia familiar.

Les escribió: “Estoy bien. No exageréis.”

Luego borró el mensaje.

Les escribió: “Hay un protocolo.”

Lo volvió a borrar.

Al final puso: “Estoy en el barco. Os aviso.”

Era una frase pobre, pero exacta. En la vida, a veces solo se puede informar de la ubicación del cuerpo.

A las ocho, dejaron una bandeja frente a la puerta. Sándwich, fruta, una botella de agua y una chocolatina. La comida tenía el aspecto triste de lo que alguien deja sin querer tocarte.

Álvaro abrió, recogió la bandeja y vio al final del pasillo a una camarera joven, con mascarilla, guantes y una bolsa negra en la mano. La chica parecía filipina o quizá latinoamericana, pero Álvaro no quiso decidirle la biografía con la ignorancia puesta. Tenía los ojos cansados. Muy cansados. Ojos de quien había aprendido a sonreír por turnos.

—Gracias —dijo él.

Ella levantó la mano.

—Please stay inside, sir.

Lo dijo con suavidad. No era una orden. Era una súplica vestida de uniforme.

Álvaro cerró.

Comió medio sándwich. La chocolatina entera. Hay decadencias que se afrontan mejor con azúcar.

Después oyó golpes en el camarote de al lado. Una discusión amortiguada. Una voz masculina exigía hablar con “alguien responsable”. Como si, en el fondo, todos no estuviéramos siempre buscando a alguien responsable desde que nacemos.

—¡Yo he pagado por este viaje! —gritó el vecino en inglés.

Álvaro apoyó la cabeza en la pared.

Claro que había pagado.

Todos habían pagado.

Habían pagado para que el frío pareciera limpio, para que el mar pareciera suyo, para poder contar en una cena que habían estado lejos, muy lejos, allí donde el mundo todavía no tiene centros comerciales. Habían pagado por una aventura con seguro de cancelación.

Pero el miedo no venía incluido en letra pequeña. El miedo no aceptaba reclamaciones.

A la mañana siguiente les permitieron salir por grupos a cubierta. Distancia. Mascarilla. Nada de aglomeraciones. El barco parecía una residencia de ancianos con vistas al apocalipsis.

El cielo estaba claro. El mar tenía esa indiferencia brillante de las cosas que no opinan. A lo lejos, quizá, había costa. O una nube con vocación de esperanza.

Félix apareció con su gorra.

—Dicen que si no hay más casos nos dejan seguir.

—¿Seguir adónde? —preguntó Álvaro.

Félix se encogió de hombros.

—Al programa.

El programa. Esa palabra lo sostuvo todo durante unos segundos. El programa, como si la vida fuera una carpeta plastificada. Desayuno a las ocho. Conferencia sobre aves marinas a las diez. Posible evacuación de contactos estrechos a las doce. Cena temática a las nueve. Muerte opcional no incluida.

Marisa se acercó por detrás.

—Yo no pienso hacer ninguna excursión más.

—No te preocupes —dijo Félix—. Igual no nos dejan hacer ni la digestión.

Álvaro miró el horizonte. Pensó en Clara. En cómo se habría reído de todo aquello. Ella habría dicho que tanto pagar por ver naturaleza salvaje y al final lo salvaje era el pasillo de los camarotes cuando se acababa la información.

—Clara habría pedido otro folleto —dijo Álvaro sin darse cuenta.

—¿Quién? —preguntó Marisa.

—Mi mujer.

No añadió que estaba muerta. Hay muertos que no necesitan presentación porque ya ocupan bastante.

Marisa bajó la mirada.

—A mí estos viajes me dan miedo desde siempre —dijo—. Pero una se apunta porque parece que si no haces cosas, envejeces más rápido.

Álvaro no respondió.

Eso sí era verdad. La vejez contemporánea venía con deberes. Viajar. Aprender idiomas. Hacer pilates. Sonreír en fotos de familia. No molestar. No parecer acabado. Consumir experiencias antes de que el cuerpo presentara la dimisión definitiva.

Una sirena sonó a lo lejos. No era del barco. Venía de una embarcación pequeña que se acercaba despacio, con personal sanitario o técnico o administrativo o todo a la vez. En cubierta, la gente empezó a grabar con el móvil.

Eso también era moderno: temblar y documentarlo.

La megafonía pidió que nadie grabara. Nadie obedeció del todo. Algunos bajaron los móviles un poco, como si la vergüenza también tuviera modo discreto.

Álvaro vio a la camarera de la noche anterior. Estaba junto a una puerta, sosteniendo una caja de guantes. La reconoció por los ojos. Nadie la grababa. Nadie preguntaba si ella estaba bien. Los pasajeros eran la noticia. La tripulación era el mecanismo.

Se acercó lo justo.

—¿Tú puedes bajar? —preguntó en español, sabiendo que quizá no le entendería.

Ella tardó un segundo.

—No, señor.

—¿Y tu familia?

La chica miró hacia el mar. Luego hacia las personas con móviles. Luego otra vez a él.

—Mi familia está lejos.

Álvaro asintió. No se le ocurrió nada útil. La mayor parte de la compasión humana consiste en asentir tarde.

—Lo siento —dijo.

Ella hizo un gesto pequeño.

—Todos quieren bajar —respondió—. Pero no todos tienen casa abajo.

Y se fue.

La frase quedó allí, de pie, más firme que el barco.

Todos quieren bajar. Pero no todos tienen casa abajo.

Álvaro pensó en su piso de Barcelona, con la taza que Clara dejó en el fregadero aquel día y que él lavó tres veces, como si pudiera borrar el hueco. Pensó en sus hijos escribiendo mensajes desde sofás seguros. Pensó en el vecino que gritaba porque había pagado. Pensó en Canarias esperando con mascarilla, formularios y una paciencia de isla usada a recibir necesidades ajenas.

Aquella noche anunciaron que evacuarían a unos pocos. Sintomáticos, contactos, personal necesario. El resto permanecería a bordo hasta nueva valoración.

El vecino volvió a gritar.

Una mujer rezó en alemán.

Alguien preguntó si habría cena caliente.

Álvaro apagó el móvil. Se tumbó vestido. Durante un rato escuchó el zumbido del barco, ese corazón industrial que no duerme nunca. Fuera, el mar seguía moviéndose sin consultar a nadie.

En la pantalla apagada vio su reflejo: un hombre viejo en una habitación sin ventana, dentro de un barco que prometía mundo y ahora solo ofrecía espera.

Entonces entendió que no había viajado para ver paisajes remotos.

Había viajado para descubrir una verdad bastante menos turística: que todos queremos aventura hasta que la aventura llama a la puerta con guantes de látex y nos deja la comida en el suelo.

A medianoche encendió el móvil y escribió a sus hijos:

“Estoy bien. No sé cuándo bajaremos.”

Luego añadió:

“Cuando vuelva, venid a comer un domingo sin prisa.”

Lo envió.

Después se levantó, abrió apenas la puerta y dejó la chocolatina de la cena en el pasillo, junto a la pared, donde la camarera pudiera verla al pasar.

No era heroísmo.

Era solo azúcar.

Pero en aquel barco, aquella noche, casi todo lo humano cabía en gestos pequeños.

A la mañana siguiente, desde cubierta, vieron las luces de tierra.

Canarias parecía cerca.

Tan cerca que dolía.

El capitán volvió a hablar.

Pidió calma.

La palabra cruzó el barco como una sábana demasiado corta.

Y nadie aplaudió.

«Yo no llevaba disfraz: solo un sombrero de copa; hablaba con todos con normalidad mientras los demás decían disparates.» (Horace de Vere Cole fue un provocador social con gracia. E ironía como se transluce en la frase: el más falso de tod@s y el único que “iba de si mismo”. Nació el 5 de mayo de 1881 y era irlandés)

Ya se que a Adele la felicitamos el año pasado pero tengo debilidad por ella y por lo que dice en sus canciones. Hoy cumple 38 años y seguiré (espero) felicitándola el año que viene.

La trucada que no volia ningú

Vaig dir “hola” i el silenci va fer aquella ganyota de qui encara et coneix massa. A l’altra banda, ella respirava com si obrís un calaix ple de fotografies mal guardades.

—Arribes tard —va dir.

—Ja ho sé.

No vaig afegir excuses. Les excuses, amb els anys, fan olor de moble vell encara que les perfumis.

Ella va riure fluix, sense alegria.

—Almenys aquesta vegada no has mentit.

I vam quedar així: dos desconeguts amb memòria, sostenint un telèfon com qui aguanta una tassa esquerdada perquè encara escalfa.


lunes, 4 de mayo de 2026

        PRIORIDAD NACIONAL TAMBIÉN EN EL CEMENTERIO (y III)


A los pocos días había firmas. No una multitud épica. En los pueblos la épica suele coincidir con la fiesta mayor o con la apertura de un supermercado. Pero había firmas: vecinos, comerciantes, dos maestros, un guardia jubilado, el farmacéutico, tres mujeres que no se hablaban entre ellas pero firmaron en la misma hoja por fastidiar a la cuarta.

El asunto llegó al pleno.

El salón estaba lleno. Eso ya era raro. Normalmente al pleno iban los concejales, un periodista local y un señor que protestaba por las cacas de perro desde 1997.

Julián defendió la posición municipal.

—No estamos ante un problema de libertad religiosa, sino de gestión responsable de recursos. La prioridad nacional no excluye, solo ordena.

Puri, sentada al fondo, susurró:

—Como los cementerios. Ordenan mucho. Por filas.

El alcalde le lanzó una mirada.

Samira pidió la palabra.

—Mi padre no quiere pasar delante de nadie. Solo quiere que no le cierren la puerta después de cuarenta años aquí.

—No se le cierra la puerta —dijo Julián.

—Está muerto en una sala refrigerada mientras ustedes discuten cómo llamarle a la puerta.

El secretario bajó la vista. El alcalde también. Julián no. Julián era más resistente a la vergüenza; seguramente por entrenamiento.

Entonces habló Tomasa.

Nadie la había invitado, pero a ciertas edades una invitación es solo una opinión ajena.

—Yo no sé de leyes —empezó—. Ni de musulmanes. Ni de Cataluña. Ni de esas prioridades que se inventan los políticos cuando no saben arreglar una acera. Pero sé una cosa: si un hombre ha vivido aquí, ha trabajado aquí, ha saludado aquí, ha pagado aquí y se ha muerto aquí, algo de aquí será. Aunque rece mirando para otro lado.

Se oyó un murmullo.

Tomasa siguió:

—Mi marido era ateo. Pero ateo pesado. De esos que en las bodas decían “yo entro por compromiso, pero no participo”. Pues lo enterraron al lado de la capilla porque era el hueco que quedaba. Y no vino nadie a decir que se rompía España.

Paco, desde la puerta, añadió:

—España aguanta cosas peores.

El alcalde golpeó suavemente la mesa.

—Orden, por favor.

Tomasa levantó el bastón.

—Orden ya tienen ustedes demasiado. Lo que les falta es vergüenza.

El pleno se suspendió diez minutos.

Durante el receso, el alcalde, el secretario y Julián se encerraron en el despacho.

—Esto se nos va —dijo el alcalde.

—Jurídicamente —dijo el secretario—, lo prudente es rehacer el expediente, completar informes reales y no denegar con frases huecas. La sentencia del TSJ de Cataluña no nos obliga automáticamente a conceder una parcela, pero sí deja claro que una negativa floja es mala defensa.

—¿Y políticamente?

—Políticamente, alcalde, enterrar a un vecino no debería ser un suicidio.

Julián insistió:

—Pero nuestros votantes…

El secretario lo cortó.

—Sus votantes también se mueren.

Fue el argumento definitivo. No por profundo. Por electoral.

La nueva resolución salió dos semanas después. No era hermosa. Ninguna resolución municipal lo es, salvo para quien cobra por recurrirla. Pero al menos tenía algo de decencia escondida entre los considerandos.

Se acordaba completar los informes técnicos, estudiar una zona compatible para enterramientos conforme al rito musulmán, abrir audiencia a la familia y valorar expresamente la libertad religiosa. También se eliminó la referencia a la prioridad nacional funeraria.

Julián protestó.

—Es una renuncia ideológica.

Puri, que estaba archivando copias, dijo:

—No. Es una pala haciendo su trabajo.

Finalmente, Yusef fue enterrado.

No hubo invasión. No se hundió el cementerio. No aparecieron grietas en la identidad municipal. Ningún difunto pidió traslado por objeción cultural. El cielo siguió igual de indiferente, que es una de las formas más antiguas de la sabiduría.

Samira permaneció junto a la tumba con las manos quietas. No lloró mucho. A veces, cuando una persona ha tenido que pelear demasiado por lo evidente, el llanto se queda sin presupuesto.

Paco terminó de cubrir la tierra con una delicadeza que no pegaba con sus botas.

—Era buena persona tu padre —dijo.

—¿Lo conocía?

—Me arregló una puerta una vez.

—Era mecánico.

—Ya. Pero aquí todos acabamos arreglando cosas que no son de nuestro ramo.

Puri cerró el registro.

—Sepultura concedida —dijo.

Samira la miró.

—Gracias.

—No me dé las gracias. Esto debería haber sido más fácil.

—Pero no lo fue.

—Aquí nada lo es. Ni morirse.

Al salir, el alcalde se acercó para hacerse presente sin parecer oportunista. Lo logró a medias, que en política local ya es bastante.

—Villanueva es un pueblo de convivencia —dijo.

Puri murmuró:

—Desde hace veinte minutos.

Paco se agachó a recoger una pala.

—Alcalde, ¿sabe cuál es la verdadera prioridad nacional?

El alcalde temió la respuesta.

—¿Cuál?

—No hacer el ridículo delante de los muertos.

Nadie contestó.

Esa noche, en el cementerio, los cipreses se movieron apenas. Dicen que fue el viento. Puede ser. El viento tiene la ventaja de no levantar acta.

Tomasa, que había ido a dejar flores a su marido, se detuvo ante la tumba nueva de Yusef.

—Bienvenido —dijo—. Aquí se está tranquilo, salvo cuando gobiernan los vivos.

Luego miró la fila de nichos, las lápidas, las cruces, las fechas, los nombres partidos por el tiempo. Todo aquello parecía muy ordenado desde fuera. Pero debajo había gallegos, murcianos, andaluces, catalanes, ateos, beatas, emigrantes, retornados, cornudos, santos de cocina, ladrones pequeños, buenas personas insoportables y algún patriota con dinero en Suiza.

La nación entera, vamos.

Solo que más sincera.

Puri apagó la luz de la caseta y cerró la verja.

Antes de irse, miró la parcela nueva y pensó que la tierra tenía una forma muy sencilla de resolver los debates identitarios: no preguntaba de dónde venía nadie, no exigía certificados de arraigo, no pedía pactos, no salía en rueda de prensa.

Solo esperaba.

Y cuando llegaba alguien, abría sitio.

La prioridad nacional se quedó fuera, pegada a la puerta del cementerio como un cartel mojado.

Dentro, por fin, descansaban todos. No porque los vivos hubieran entendido la igualdad. Sino porque la tierra llevaba siglos practicándola sin necesidad de concejalía.

«El valor del hombre no reside en su saber, sino en su querer.» (Johann Friedrich Herbart nacido el 4 de mayo de 1766 inmortalizó aquello de ‘querer es poder’… aunque no siempre. El añadido es mío)

Como veréis en el vídeo, Dick Dale le daba muy bien a la guitarra eléctrica desde el 4 de mayo de 1937 (un poco más tarde) hasta el 2019 que ya se marchó con la música "yasabéisdónde".


La dona que corria dins la guitarra

Ella va entrar al bar com si l’hagués perseguit el mar. Ningú va preguntar-li el nom; feia massa soroll la guitarra, mossegant les parets, aixecant la pols, posant nerviosos els gots.

Jo servia copes i fracassos amb gel.

—D’on vens? —li vaig dir.

—D’un lloc on els homes confonen amor amb propietat.

Va somriure. Després va ballar sola, ràpida, impossible, com una notícia dolenta ben vestida.

Quan la música va acabar, ja no hi era.

Només quedava sorra damunt la barra. I jo, clar, escombrant el miracle.


domingo, 3 de mayo de 2026

 PRIORIDAD NACIONAL TAMBIÉN EN EL CEMENTERIO (II)


Puri conocía esa frase. En el Ayuntamiento, “habrá que estudiarlo” significaba: “vamos a meterlo en una carpeta hasta que pierda temperatura humana”.

Yusef, mientras tanto, esperaba en el tanatorio.

Ese detalle no aparecía en los informes. En los informes no aparece nunca lo importante. Los informes hablan de normativa, disponibilidad, antecedentes, viabilidad, subsuelo. No dicen que una hija vuelve a casa con el abrigo puesto porque no tiene fuerzas para quitárselo. No dicen que un cuerpo no debería convertirse en una consulta jurídica. No dicen que la muerte tiene prisa, aunque los vivos se empeñen en darle número de registro.

Al día siguiente se reunieron en el despacho del alcalde.

El alcalde, don Evaristo Morón, era un hombre de bigote serio y pensamiento flexible cuando soplaba el viento electoral. Había gobernado con todos, contra todos y, en alguna ocasión, a pesar de sí mismo. Tenía detrás una bandera, delante una mesa enorme y dentro una prudencia que se activaba solo cuando olía a juzgado.

—Julián, explícame esto.

El concejal dejó la sentencia encima de la mesa.

—Una familia musulmana quiere enterramiento conforme a su rito.

—¿Y?

—Y traen una sentencia del TSJ de Cataluña.

El alcalde hizo una mueca.

—Malo.

—Dice que no se puede denegar sin motivar bien.

—Peor.

—Y que hay que ponderar la libertad religiosa.

—Eso ya es lenguaje de condena en costas.

El secretario municipal, que estaba sentado al fondo, intervino con voz de bisturí.

—Conviene no improvisar.

—¿Qué propones? —preguntó el alcalde.

—Pedir informes.

El alcalde se relajó.

—Eso me gusta.

—Informes completos —añadió el secretario.

El alcalde se tensó.

—Eso me gusta menos.

—Y dar audiencia.

—¿Audiencia a quién?

—A la interesada.

Julián se revolvió.

—Pero entonces podrá alegar.

—Esa suele ser la finalidad.

El alcalde miró por la ventana. En la plaza, dos jubilados discutían junto a una papelera como si defendieran fronteras imperiales.

—¿Y la prioridad nacional?

El secretario se quitó las gafas.

—Alcalde, la prioridad nacional puede ser un concepto político. Pero si la metemos en un cementerio, conviene que no parezca que clasificamos cadáveres por afinidad ideológica.

—Dicho así suena feo.

—Porque lo es.

Julián se ofendió.

—No se trata de discriminar. Se trata de ordenar.

El secretario suspiró.

—La historia está llena de gente que empezó ordenando y acabó separando.

Hubo silencio. Un silencio breve, porque Julián no toleraba mucho tiempo sin oírse.

—La gente del pueblo no lo entenderá.

Puri, que había entrado con unos expedientes y se había quedado en la puerta, habló sin pedir permiso.

—La gente del pueblo entiende perfectamente que un padre se entierre como pidió su familia. Lo que no entiende es que haya que hacer un máster para cavar un hoyo.

El alcalde la miró.

—Puri, esto es delicado.

—No. Delicado es decirle a una hija que su padre no cabe en el reglamento.

Pidieron informes.

El primero lo hizo Urbanismo. Decía que la zona de ampliación del cementerio “podría presentar condicionantes derivados de antiguos usos del suelo”. Traducido: quizá hubo un vertedero, quizá no, quizá sí, quizá pregunte usted mañana.

El segundo lo hizo Medio Ambiente. Era más poético:

“No consta que el terreno distinga, por su naturaleza geológica, entre confesiones religiosas, nacionalidades, grados de arraigo o adscripciones culturales.”

Puri lo leyó en voz alta.

—Mira, Paco. La tierra nos ha salido constitucionalista.

El tercero lo hizo Cultura. Se titulaba La identidad funeraria del municipio ante los nuevos retos de convivencia. Tenía treinta y cuatro páginas y ni una sola frase que sirviera para enterrar a nadie.

Paco lo hojeó.

—Esto pesa.

—Algo útil tenía que tener —dijo Puri.

El cuarto informe lo encargaron a una consultora. La consultora se llamaba Horizonte Común, S.L., que es como se llaman las empresas cuando van a cobrar por no mojarse. Enviaron a un chico joven con portátil, zapatillas blancas y una manera de decir “ecosistema” que hizo sospechar a Puri que nunca había visto un muerto de cerca.

El chico preguntó:

—¿Cuál es el principal desafío del cementerio?

Paco respondió:

—Que todos acaban entrando.

El consultor tecleó.

—Universalidad de la demanda. Interesante.

Puri le quitó el bolígrafo de las manos antes de que cobrara otro suplemento.

Pasaron los días.

Samira volvía cada mañana. Ya no preguntaba con enfado. Preguntaba con algo peor: educación persistente.

—¿Hay resolución?

—Todavía no.

—¿Hay informe?

—Hay varios.

—¿Dicen algo?

—Depende de cuánto quiera usted sufrir.

Una mañana, al salir del Ayuntamiento, Samira se encontró con una anciana sentada en un banco. Era Tomasa, viuda de un electricista, sorda selectiva y peligrosa con bastón.

—Tú eres la hija de Yusef.

—Sí.

—Tu padre me arregló la persiana una vez.

—Era mecánico.

—Ya. Pero tu padre arreglaba cosas aunque no fueran de su ramo. Eso antes se llamaba ser vecino. Ahora lo llaman intrusismo.

Samira sonrió de verdad por primera vez en varios días.

—Estamos intentando enterrarlo.

—Ya lo sé. Aquí todo se sabe menos lo que importa.

—Dicen que hay problemas técnicos.

Tomasa escupió al suelo con precisión de sentencia.

—Problemas técnicos tienen ellos para parecer personas.

Aquella tarde, Tomasa fue al cementerio y se plantó delante de Puri.

—Yo quiero firmar algo.

—¿El qué?

—Lo que sea a favor del moro.

Puri la miró.

—Tomasa.

—¿Qué?

—No digas “el moro”.

—Pues dime cómo.

—Yusef.

—Eso. A favor de Yusef. Pero si digo “el moro” no es por desprecio. Es porque tengo noventa años y ya no me actualizo ni pagando.

Puri le dio una hoja.

—Firme aquí.

—¿Esto sirve?

—No lo sé. Pero molesta.

—Entonces sirve.

«No se trata de podar ramas, sino de derribar un árbol.» (No se andaba con “chiquitas” el bueno -y marxista- de Georges Politzer nacido el 3 de mayo de 1903: cuando algo andaba mal no había que corregirlo, sino volverlo a hacer de nuevo)

Frankie Valli cumple hoy 92 años y no le queda pelo para ponerse brillantina... ni fuerzas para cantarla ni bailarla y eso que es lenta.

Brillantina a les mans

El pare es pentinava davant del mirall amb una solemnitat de ministre i la brillantina li deixava els dits com si hagués reparat un motor.

—Avui ballaré —va dir.

La mare va riure des de la porta.

—Amb aquest genoll?

Ell va fer un pas, va cruixir tot el passadís i, durant tres segons, va tornar a tenir divuit anys.

Després es va asseure.

Però el mirall, educat, no va dir res.