martes, 21 de abril de 2026

EL LADO CORRECTO DE LA HISTORIA


En mi ayuntamiento nadie quería gobernar: todos querían ser citados.

Lo descubrí el día en que el nuevo alcalde, con esa solemnidad de hombre que se ha leído a sí mismo demasiadas veces, bajó al archivo y me pidió que buscara una frase para el discurso de investidura. No una idea. Una frase. Algo con mármol, con destino, con posteridad. Algo que sonara a bronce aunque estuviera hecho de saliva.

—Ponme una de esas sobre la Historia —me dijo—. Que se note de qué lado estamos.

Yo llevaba veinte años entre actas, fotografías torcidas y expedientes con olor a humedad administrativa. Había visto cambiar escudos, calles, retratos y enemigos. Los mismos concejales que un invierno juraban fidelidad a una verdad, en primavera ya se abrazaban a la contraria con el entusiasmo de quien descubre una fe nueva... siempre que venga con coche oficial.

No le respondí. En los archivos aprende uno que la Historia no entra por la puerta grande, ni suele avisar. Se parece más a una gotera. Cae despacio, mancha sin hacer ruido y, cuando quieres darte cuenta, ha borrado la firma, el sello y la épica.

Aquel alcalde insistió en su frase. Quería algo que lo colocara, decía, en el lado correcto de la Historia. Como si la Historia fuera una foto de grupo y bastara con salir bien peinado. Le redactaron un discurso con palabras gordas: dignidad, progreso, pueblo, futuro. Lo leyó con voz de entierro civil y la mitad del salón aplaudió como se aplaude en los sitios donde nadie escucha y todos calculan.

Tres meses después, una tormenta reventó las tuberías del sótano. El agua bajó por las escaleras con más convicción que cualquier programa electoral. Corrimos a salvar cajas, legajos, libros de plenos, retratos con marcos baratos. El alcalde también apareció, empapado de responsabilidad, preguntando qué había que poner a salvo primero.

Yo señalé la pared del fondo. Allí, a la izquierda del viejo armario metálico, quedaba la única balda seca.

Y mientras subíamos papeles hinchados de pasado, por fin entendí la frase que tanto buscaban todos: el lado correcto de la historia casi nunca es un pedestal.

Casi siempre es el rincón donde todavía no ha llegado el agua. 

«Las asociaciones por la paz deben ser políticas, pero no partidistas.» (Fredrik Bajer nacido el 21 de abril de 1837 para ser premio Nobel de la paz en 1908; este político danés andaba acertado en cuanto a la naturaleza de las asociaciones para la paz: deben ser públicas pero no al servicio del partido de turno)

Sydney Sierota cumple hoy 29 años y le deseo que cumpla muchos más en compañía de sus hermanos tan "guais"que no podría haber cantado la canción del vídeo.

La festa del vidre

A la festa, els guais reien com si haguessin nascut amb música a dins. Jo feia veure que mirava el mòbil, aquell altar dels tímids. Quan ella es va acostar, vaig pensar que venia a confirmar la meva derrota. Però només em va dir:

—A tu també et passa?

Vaig assentir.

Vam sortir al carrer. Dins, la ciutat remenava llums i vanitats; fora, la nit respirava més neta. Llavors ho vaig entendre: els guais sempre semblen dins de tot, però gairebé mai no hi són. Els exiliats, en canvi, quan es troben, funden un país.


lunes, 20 de abril de 2026

 

PLUMAJE


Lo vi entrar en la sala como entran algunos hombres en su propia leyenda: medio centímetro por encima del suelo y dos palmos por encima de los demás. Traje azul demasiado azul, pañuelo en el bolsillo, sonrisa barnizada y esa forma de saludar que no saluda, sino que se exhibe. Venía a presentar un proyecto al comité de la asociación y, antes de abrir la carpeta, ya había desplegado el cuello, el pecho y la voz. Hay personas que no hablan: despliegan plumas.

Yo estaba al fondo, tomando notas y fingiendo paciencia.

A su lado venía Laura, la socia discreta, la que casi nadie miraba. Vestía beige, gris o una tristeza práctica de esas que no dejan huella en la memoria de los vanidosos. No interrumpía. No posaba. No necesitaba gustar. Mientras él brillaba, ella observaba. Mientras él ocupaba el aire, ella medía la habitación. Yo la vi revisar el proyector, recolocar un cable con el pie, apartar un vaso que alguien había dejado al borde de la mesa y mirar de reojo el reloj como quien mira el parte meteorológico antes de la tormenta.

Él empezó su intervención con una frase sobre liderazgo, innovación y no sé qué otra palabra musculada. Se gustaba tanto escuchándose que daba un poco de ternura y bastante cansancio. Cada vez que alguien hacía una pregunta, él sonreía con ese desprecio fino de quienes creen que responder es rebajarse. Laura, en cambio, anotaba cifras, fechas, objeciones. Tenía la inteligencia de los que no hacen ruido porque están demasiado ocupados evitando el desastre.

El desastre, por supuesto, llegó.

No fue nada heroico: una tabla de costes mal calculada, una subvención duplicada y una diapositiva que se quedó congelada justo en la cara triunfal del hombre. Él intentó salir del paso con chistes, con pecho, con color, con más voz. Cuanto más se movía, más evidente resultaba el temblor. Entonces Laura le puso una mano en el antebrazo —seca, breve, sin cariño ni crueldad— y dijo:

—Perdón. Lo explico yo.

Y lo explicó.

Sin adornos. Sin vuelo. Sin una sola pluma de más.

Al salir, él seguía siendo el más vistoso del pasillo. Ella, la menos memorable para casi todos. Pero yo ya sabía quién habría sobrevivido en el campo y quién no. A ciertas edades, uno aprende que el brillo sirve para atraer miradas y el camuflaje, a veces, para salvar la vida.

«Penalty y expulsión» (Famosísima frase pronunciada por Rafa Guerrero nacido el 20 de abril de 1963 y de profesión árbitro asistente en un  Real Zaragoza y el F. C. Barcelona cuyo árbitro principal, Mejuto González, le contestó con una no menos famosa:  “Vaya, joder, Rafa, me cago en mi madre, ¿expulsión de quién?”. El bueno de Rafa le señaló el número “6”, Aguado jugador del Zaragoza en vez de a Solana que había propinado un puñetazo dentro del área a Fernando Couto del Barça. La escena y las palabras fueron captadas por las cámaras de televisión y el pobre de Rafa fue el hazmerreir del universo futbolístico. Por cierto: la vida del fútbol sigue igual con VAR o sin VAR)

El 20 de abril de 1992 en el estadio de estadio Wembley de Londres se realizó el tributo a Freddie Mercury, en el que participaron, además de los restantes miembros de Queen, otros miembros invitados de los que hoy destacaré a uno de mis preferidos: Elton John. Ya advierto que la pega es qué canción elegir.


El balcó dels valents

Quan el pare va dir que marxava, la mare va encendre un cigarret com si inaugurés una guerra petita. Jo el vaig veure des del balcó, amb la maleta blava i aquella manera ridícula de caminar com si el carrer fos la Lluna i ell hagués nascut per trepitjar-la. No era un astronauta. Era pitjor: era un home convençut que fugir també compta com a somni.

Al vespre, la mare va regar els geranis i va dir, sense mirar-me:

—Els coets sempre fan llum. Després només deixen fum.

Jo vaig aplaudir en silenci.

domingo, 19 de abril de 2026

 

LA ESPINA


Llegué con el cielo a medio romper, esa hora rara en que no sabes si la tarde se retira o si la tormenta todavía está pensando dónde descargar del todo. La plaza estaba vacía. Vacía de verdad. Ni una conversación mal aparcada, ni una puerta batiendo, ni ese ruido pequeño que suele dejar la gente incluso cuando ya se ha ido. Solo la piedra. La piedra en el suelo, en las fachadas, en los bancos, en las chimeneas que parecían vigilar el pueblo con una paciencia mineral, casi ofensiva.

Caminé despacio, como se camina en los lugares que no quieren parecer decorado. Había algo allí —en la barandilla húmeda, en las casas cerradas, en la montaña al fondo con esa cara de haber visto demasiado— que no invitaba a mirar, sino a callarse. Y eso, a cierta edad, ya es una forma de hospitalidad.


Pensé que los pueblos así no envejecen: se endurecen. Se les va cayendo la gente, las voces, los oficios, las costumbres, pero la piedra sigue en su sitio, sosteniendo el gesto. Uno llega creyendo que visita un lugar hermoso y, al cabo de unos minutos, entiende que la belleza no tiene nada que ver. Lo que hay allí es otra cosa. Una forma vieja de resistencia. O de orgullo. A veces se parecen mucho.


Seguí andando y la vi.

Estaba medio escondida bajo un arco, rodeada de hiedra, como si el tiempo hubiese querido taparla sin conseguirlo. Un muchacho de mármol, desnudo, inclinado sobre su propio pie, concentrado en sacarse una espina. Ni héroe, ni santo, ni rey, ni mártir. Solo alguien ocupado en ese dolor pequeño y exacto que no deja andar.

Me quedé mirándolo más de la cuenta.


Entonces entendí algo que no estaba en las casas ni en la plaza ni en la montaña. Lo entendí en esa figura blanca empeñada en su herida mínima. La historia no suele caerse por las grandes tragedias. Eso viene después, cuando ya todo estaba roto por dentro. Antes llegan las espinas: una ausencia que no se dijo, un miedo que se dejó crecer, una culpa que se vuelve costumbre, una vida entera caminando raro para no reconocer dónde duele.

Quizá por eso aquel lugar me resultó tan humano.

No por sus piedras.

Por su manera de esconder el dolor sin dejar de exhibirlo.

Y mientras regresaba sobre las losas mojadas de la plaza, con el cielo ya rendido del todo, pensé que a lo mejor la memoria no consiste en recordar fechas ni nombres, sino en seguir tocándose el mismo pie, año tras año, fingiendo que cualquier día, por fin, saldrá la espina.

«La guerra es una enfermedad.» (Si eso es así, tal y como afirmaba Sven Hassel nacido el 19 de abril de 1917, la humanidad está asolada por una pandemia peor que la peste, la gripe o la COVID-19. Aunque fue un antibelicista, se ganaba la vida -y muy bien- con novelas sobre la guerra. Residió en Barcelona casi toda su vida y su casa de veraneo estaba en Caldetas)

Mark Volman hubiese cumplido hoy 79 años pero se quedó en los 78 y sin la felicidad junto a sus compañeros de The Turtles.

El banc dels diumenges

Ens asseiem sempre al mateix banc, com si la felicitat fos això: repetir un lloc fins que el dolor s’hi cansi. Tu portes pa pels coloms. Jo porto silencis. De vegades em toques la mà i sembla que el món, tan fatxenda, s’hagi equivocat de guerra. No som joves, ni guapos, ni gaire simpàtics abans del cafè, però junts fem una cosa estranya: espantem la tristesa. Quan t’aixeques i em dius “anem?”, jo encara et miro com si m’acabessin de concedir una segona vida.



sábado, 18 de abril de 2026

EL DESHIELO


La montaña en abril tiene algo de mujer cansada de aguantar tonterías: todavía conserva nieve en las cumbres, pero abajo ya enseña la hierba, la piedra, el barro, la verdad. Nada de postal. Nada de épica. El invierno aún no se ha ido del todo y la primavera tampoco se atreve a entrar del todo. Se vigilan como dos vecinos que se odian desde hace años y comparten rellano.



Yo llegué con mis bastones, mis gafas oscuras y esa dignidad algo teatral que gastamos los hombres cuando queremos que no se nos note la edad. Desde lejos, supongo, parecía uno de esos jubilados que han decidido plantarle cara al calendario a base de caminar. Desde cerca, seguramente también.

Entonces salió la marmota.

Apareció junto a unas rocas, tiesa, seria, con ese aire de funcionaria antigua que tienen algunos animales cuando te miran. No huyó. Tampoco me dio confianza. Se limitó a observarme como si estuviera comprobando si yo pertenecía de verdad a aquel paisaje o solo era otro señor de ciudad jugando a sentirse pequeño entre montañas grandes.


Seguí andando.

La carretera doblaba despacio, como si tampoco tuviera prisa por llegar a ninguna parte. A un lado, los prados empezaban a sacudirse el frío. Al otro, las cumbres seguían blancas, tercas, hermosas en esa manera un poco cruel que tiene la belleza cuando no necesita gustarte. Más tarde llegué al lago. El agua estaba quieta, sosteniendo el reflejo de las montañas con una delicadeza que ya no se ve en casi nadie.

Me senté un rato.

No pensé en grandes cosas. Ni en la vida. Ni en la muerte. Ni en esas reflexiones que luego quedan estupendas por escrito. Pensé, simplemente, en lo raro que resulta envejecer sin dejar de ser el mismo. El mismo miedo a no llegar. Las mismas ganas de llegar. Solo que ahora las rodillas opinan.

Al volver, la marmota ya no estaba.

Y entendí, no sé por qué, que yo no había subido allí para demostrarme fuerza, ni resistencia, ni juventud, ni ninguna de esas estupideces masculinas que uno arrastra como puede. Había subido para algo más humilde.

Para comprobar que aún me dejaban pasar.

La montaña no me devolvió años.

Me devolvió permiso.

«Soy una persona. Antes de ser la esposa de un marido, antes de ser la madre de unos hijos, antes de ser la hija de un padre, soy, ante todo, una persona.» (Na Hye-sok nacida el 18 de abril de 1896 fue la autora de la frase. Hoy su pensamiento nos puede parecer obvio pero el entorno donde lo expresó era, cuando menos, difícil para ella y para todas las mujeres. Eso mismo le repito cada día a mis hijas y a mis nietas porque aún seguimos igual que en el siglo XIX)

Nathan Sykes cumple hoy 33 años y se pregunta una y otra vez si aún la quería. Si escucháis la canción tendréis la respuesta. Oye y merece la pena escucharla.

La dignitat del timbre

Va tornar a trucar. No per amor: per costum, que és una forma més barata de tragèdia. Jo ja sabia el so exacte del seu dit contra el timbre, aquella insistència d’home que confon recordar amb merèixer. Vaig mirar la porta, després el mirall, i em vaig veure fent el mateix de sempre: arreglar-me una mica per obrir a qui no pensava deixar entrar.

Quan vaig obrir, ell va somriure com si la vida li degués una segona part.

Li vaig dir:

—No. Però gràcies per confirmar-me, una vegada i una altra, que ja no t’estimo.


viernes, 17 de abril de 2026

 

MÚSICA DE ESPERA


A Julián lo despertó el teléfono a las ocho y tres.

—Buenos días, le llamamos para mejorar sus condiciones.

Julián miró el techo. Vivía solo desde hacía dos años y nadie mejoraba nada en su vida a esas horas. Colgó. Sonó otro. Luego un correo: Última oportunidad. Luego un SMS: Tu cuenta requiere acción inmediata. Luego otro: Oferta exclusiva solo para ti. La exclusividad, pensó, se había vuelto una enfermedad muy contagiosa.

Bajó a la calle con esa sensación de haber perdido ya media mañana sin haber empezado siquiera. En la panadería, mientras esperaba su turno, intentó darse de baja de una suscripción que no recordaba haber contratado. La web le pidió su contraseña. Después le pidió un código. Después le pidió paciencia, que era una forma elegante de pedirle la vida.

—Cancelar es fácil —decía la pantalla.

Julián se rió. Una risa seca, de hombre que ya ha discutido demasiado con máquinas y con personas entrenadas para sonar como máquinas.

Consiguió hablar con una operadora.

—Entiendo su malestar —dijo ella, con una voz tan amable que parecía alquilada por minutos.

—No, no lo entiende —respondió Julián—. Si lo entendiera, me habría dado de baja hace tres menús.

La mujer guardó un silencio profesional, de esos que no pesan sobre quien los cobra.

—Para tramitar la baja debe escuchar las condiciones completas del servicio.

Y empezó una letanía interminable, una misa de cláusulas, excepciones, promociones futuras, ventajas que él no había pedido y penalizaciones por irse de un sitio del que nunca recordó haber entrado.

Julián miró a su alrededor. En la mesa de al lado, un chico discutía con su banco. En la otra, una mujer repetía su dirección por cuarta vez a una compañía eléctrica. En la barra, un anciano golpeaba el móvil con un dedo temblón mientras una voz grabada le prometía que su llamada era muy importante.

Entonces lo vio claro.

No vendían seguros. No vendían tarifas. No vendían alarmas ni paquetes premium ni asesoramiento personalizado. Vendían otra cosa. Vendían el cansancio. Fabricaban desgaste y luego lo cobraban en silencio. Su negocio no era convencerte: era agotarte hasta que dijeras que sí, hasta que olvidaras protestar, hasta que te pareciera más barato pagar que seguir peleando.

Julián colgó.

Se quedó un momento quieto, con el teléfono en la mano, como si sostuviera un animal pequeño y venenoso.

Luego levantó la vista. La ciudad seguía igual: semáforos, escaparates, gente deprisa, repartidores, pantallas encendidas. Todo normal. Todo correcto. Todo un poco podrido.

Pidió otro café que no quería y pensó que el mundo moderno ya no te robaba el dinero de golpe.

Primero te iba quitando el tiempo. Después, con suerte, también la dignidad.

«Sé solo el ‘yo soy’; simplemente sé.» (Esta frase a mi me gusta llevarla siempre encima pero dicha de otra manera: ‘Se tú mismo; los demás puestos ya están ocupados’. El original es de Nisargadatta Maharaj nacido el 17 de abril de 1897 en la India y al que le gustaba mucho el ser el mismo)

Hoy cumple 76 años Miguel Morales Barretto que no es tan popular como sus compañeros Juan Pardo y Junior. Los Brincos marcaron la época de nuestr@s herman@s mayores, nuestr@s padres, abuel@s y nosotr@s mismos... ellos creen que aquella época fue mejor; no estoy de acuerdo. La época presente siempre es mejor: al menos estamos aquí para contarlo.

Quan l’ahir encara servia

Vaig tornar al carrer on ens havíem jurat futur. La botiga de discos era una perruqueria, el bar feia olor de lleixiu i tu, segurament, ja eres una altra. Em va fer gràcia: ens havíem estimat com qui compra un ventilador a l’agost, convençuts que allò salvaria la vida. Vaig mirar l’aparador i m’hi vaig veure sol, més prim de records que de cos. Llavors ho vaig entendre: no era cert que abans tot fos millor. Només érem més ximples, més joves i bastant més valents per mentir-nos.