EL
LADO CORRECTO DE LA HISTORIA
En mi ayuntamiento nadie
quería gobernar: todos querían ser citados.
Lo descubrí el día en que el
nuevo alcalde, con esa solemnidad de hombre que se ha leído a sí mismo
demasiadas veces, bajó al archivo y me pidió que buscara una frase para el
discurso de investidura. No una idea. Una frase. Algo con mármol, con destino, con
posteridad. Algo que sonara a bronce aunque estuviera hecho de saliva.
—Ponme una de esas sobre la
Historia —me dijo—. Que se note de qué lado estamos.
Yo llevaba veinte años entre
actas, fotografías torcidas y expedientes con olor a humedad administrativa.
Había visto cambiar escudos, calles, retratos y enemigos. Los mismos concejales
que un invierno juraban fidelidad a una verdad, en primavera ya se abrazaban a
la contraria con el entusiasmo de quien descubre una fe nueva... siempre que
venga con coche oficial.
No le respondí. En los
archivos aprende uno que la Historia no entra por la puerta grande, ni suele
avisar. Se parece más a una gotera. Cae despacio, mancha sin hacer ruido y,
cuando quieres darte cuenta, ha borrado la firma, el sello y la épica.
Aquel alcalde insistió en su
frase. Quería algo que lo colocara, decía, en el lado correcto de la Historia.
Como si la Historia fuera una foto de grupo y bastara con salir bien peinado.
Le redactaron un discurso con palabras gordas: dignidad, progreso, pueblo,
futuro. Lo leyó con voz de entierro civil y la mitad del salón aplaudió como se
aplaude en los sitios donde nadie escucha y todos calculan.
Tres meses después, una
tormenta reventó las tuberías del sótano. El agua bajó por las escaleras con
más convicción que cualquier programa electoral. Corrimos a salvar cajas,
legajos, libros de plenos, retratos con marcos baratos. El alcalde también apareció,
empapado de responsabilidad, preguntando qué había que poner a salvo primero.
Yo señalé la pared del fondo.
Allí, a la izquierda del viejo armario metálico, quedaba la única balda seca.
Y mientras subíamos papeles hinchados de pasado, por fin entendí la frase que tanto buscaban todos: el lado correcto de la historia casi nunca es un pedestal.
Casi siempre es el rincón donde todavía no ha llegado el agua.
«Las asociaciones por la paz
deben ser políticas, pero no partidistas.» (Fredrik Bajer nacido el 21 de abril
de 1837 para ser premio Nobel de la paz en 1908; este político danés andaba
acertado en cuanto a la naturaleza de las asociaciones para la paz: deben ser
públicas pero no al servicio del partido de turno)
La festa del vidre
A la festa, els guais reien
com si haguessin nascut amb música a dins. Jo feia veure que mirava el mòbil,
aquell altar dels tímids. Quan ella es va acostar, vaig pensar que venia a
confirmar la meva derrota. Però només em va dir:
—A tu també et passa?
Vaig assentir.
Vam sortir al carrer. Dins, la
ciutat remenava llums i vanitats; fora, la nit respirava més neta. Llavors ho
vaig entendre: els guais sempre semblen dins de tot, però gairebé mai no hi
són. Els exiliats, en canvi, quan es troben, funden un país.









