miércoles, 10 de junio de 2026

 

LA HORA MÁS BARATA DEL ALMA


Lo vi a las dos y diecisiete de la madrugada. Mala hora para cualquiera. Peor para alguien que llevaba tres meses sin trabajo, dos semanas durmiendo mal y una dignidad que empezaba a parecerse a una camisa heredada: todavía servía, sí, pero apretaba en sitios raros.

El vídeo apareció entre un nutricionista que prometía bajar barriga en nueve días y una mujer que enseñaba a doblar camisetas para “ordenar la energía del hogar”, expresión que siempre me ha parecido una manera muy fina de decir que una casa triste también necesita maquillaje.

La chica sonreía con esa seguridad de quien vende consuelo y, además, parece que se lo cree. O eso, o había aprendido a fingirlo de maravilla. Detrás tenía luces cálidas, cartas abiertas como abanicos, una vela, unas piedras con pinta de querer hacer milagros y una música suave, de bosque amaestrado. Hablaba de hadas, de lectura de tema, de agenda abierta, de señales. Lo decía como si el universo no fuera una máquina bastante torpe, sino una secretaria eficaz apuntando nuestras desgracias en una libreta.

Seguí mirando.

No porque creyera en las hadas. A cierta edad uno ya no cree en las hadas. Lo malo es que empieza a creer en cualquier cosa que no sea el banco, el correo del paro o el silencio de quien ya no te escribe.

La cocina olía a café recalentado y a derrota reciente. En la nevera quedaban medio tomate arrugado, una cerveza sola y un táper con lentejas de mi hermana, que tiene la costumbre de alimentarme sin hacerme sentir inútil. En estos tiempos eso se parece bastante al amor. Sobre la mesa había papeles por todas partes: currículums impresos, notas con teléfonos, una carta del casero que llevaba dos días evitando abrir porque hay sobres que ya vienen hablando antes de romperlos.

Volví al vídeo.

La mujer dijo algo sobre “ese momento bajo del camino en el que ya no sabes si has perdido una oportunidad o te has perdido tú”. Ahí estuvo la trampa. No en las hadas. Ni en las cartas. En la frase. Hay gente que no te conoce, pero acierta al nombrarte. Y cuando alguien te nombra justo en mitad del derrumbe, aunque sea por marketing esotérico, te toca algo. Como si te pusieran una mano en el hombro desde dentro.

Pedí cita.

Lo hice sin pensarlo demasiado, que es como se toman algunas decisiones malas y unas cuantas necesarias. Me contestó con una amabilidad casi administrativa.

—Mañana a las seis tengo un hueco.

Me hizo gracia. A ciertas edades ya no buscamos amor, éxito ni redención. Buscamos un hueco.

La consulta estaba en un entresuelo del Eixample, en una finca de esas que por fuera prometen burguesía y por dentro huelen a humedad bien educada. Subí en ascensor con una señora que llevaba una planta mustia y un chico con cara de opositor. Nadie parecía feliz, pero todos manteníamos esa compostura barcelonesa de quien antes se muere que hacer ruido en el rellano.

Me abrió la misma mujer del vídeo. Sin filtros, sin música, sin hadas a la vista. Más humana, claro. También más cansada. Tenía unas ojeras finas y una voz bonita, no porque fuese dulce, sino porque no empujaba. Me hizo pasar a una sala pequeña. Había cartas, velas y piedras, sí. Pero también un radiador viejo, una mancha de humedad en la esquina y una taza con la frase “Confía en el proceso”. Pensé que incluso la espiritualidad compra regalos horribles en Navidad.

—¿Qué quieres saber? —me preguntó.

La pregunta me molestó un poco. Yo había ido allí para que me dijeran algo, no para tener que ordenar mi ruina en una frase.

—No lo sé —contesté—. Supongo que quiero saber cuándo se jodió todo.

Sonrió apenas. No con superioridad. Con oficio.

—Eso no lo dicen las hadas. Como mucho señalan dónde dejaste de mirarte.

Me pareció una frase tramposa. Y, aun así, me dolió.

Barajó las cartas despacio. Me pidió que pensara en un tema. Elegí trabajo, aunque debería haber elegido miedo, que era lo que de verdad tenía sentado enfrente. Sacó tres cartas y las colocó sobre el paño como si no fueran naipes, sino radiografías.

No recuerdo sus nombres. Nunca recuerdo esos nombres. Recuerdo algunas cosas que dijo. Que llevaba demasiado tiempo viviendo desde la humillación. Que me estaba contando una versión pobre de mi propia historia. Que confundía estar parado con estar acabado. Que había convertido una mala racha en identidad. Que esperaba una llamada, sí, pero en el fondo ya no esperaba nada bueno de mí.

Me irritó.

No porque fuera falso. Porque se parecía demasiado a la verdad.

—Perdona —le dije—, pero eso podría decírselo a cualquiera.

—Claro —contestó—. Casi todos vienen por lo mismo. Cambian los nombres, las facturas, la persona que se fue. Pero el agujero se parece bastante.

No sonó cínica. Sonó limpia. Y esa limpieza me desarmó más que cualquier discurso mágico.

Luego habló de una mujer. No como quien ve una diosa en las cartas, sino como quien detecta una costumbre. Dijo que había alguien que seguía ocupando mi cabeza aunque ya no estuviera en mi vida. No respondí. No hacía falta. Hay silencios que firman solos.

—No vuelves a ella por amor —dijo—. Vuelves porque en aquella época todavía te reconocías.

Esa sí me la clavó.

La sesión duró cuarenta y cinco minutos. No vi hadas, no oí campanillas invisibles ni salí flotando. Pagué una cantidad algo indecente por algo que mi mejor amigo habría podido decirme gratis con dos cervezas encima. Pero no era lo mismo. A los amigos les exigimos memoria. A los desconocidos, puntería.

Antes de irme, me acompañó a la puerta.

—Las hadas no arreglan la vida —me dijo—. Como mucho te la señalan cuando ya no quieres mirarla.

—¿Y tú crees en ellas?

Me sostuvo la mirada un segundo. Luego se encogió de hombros.

—Yo creo en la gente que llega rota y sale andando un poco más recta. Con eso me basta.

Bajé a la calle. Ya era de noche. Barcelona tenía ese brillo cansado de los días laborables, esa mezcla de motos, escaparates y parejas discutiendo en voz baja para no regalar su miseria al tráfico. Caminé sin prisa hasta un bar y pedí un vino. Después abrí, por fin, la carta del casero.

No era un desahucio.

Solo una subida.

Y, de pronto, me eché a reír.

No por alegría. Por proporción.

Llevaba semanas tratando mi vida como una tragedia griega y apenas era una mala temporada con alquiler de fondo. Pedí otro vino, saqué una libreta y apunté tres nombres a los que debía llamar al día siguiente. Luego escribí una cuarta cosa: “dejar de hablarte como si ya hubieras perdido”.

No era una profecía. No era magia. Ni siquiera esperanza, al menos no de esa esperanza grande que se escribe con música de fondo.

Era algo más pequeño.

Más humilde.

Más útil.

Algo parecido a ese momento en que uno, después de varias noches malas, abre la ventana y descubre que la calle sigue ahí. Que nadie ha venido a rescatarlo. Y, sin embargo, entra el aire.

A veces no hace falta un milagro.

A veces basta con que alguien, aunque cobre por ello y tenga una vela encendida sobre la mesa, te recuerde que la hora más baja de la vida no siempre es la última.

«Ningú no és inútil. Només cal descobrir per a què serveix.» (El genio de Antoni Gaudí y la voluntad colectiva de un pueblo han hecho posible una de las obras más humanas de la historia: La basílica de la Sagrada Familia Hoy hace 100 años que pasó al salón de la eternidad)

Para variar un poco, "El Cant de la Senyera" por l'Orfeó Català. Letra de Joan Maragall.


La roba que recordava

L’avi planxava la senyera cada onze de setembre com si fos una camisa de diumenge. No cridava mai; deia que els crits s’arruguen de seguida. La penjava al balcó i després s’asseia a escoltar el carrer, amb aquella orella cansada de fàbrica i de guerra.

Quan va morir, la vam trobar dins d’una capsa de galetes, amb una nota: «No la guardeu per mi. Traieu-la quan us faci vergonya callar».

Aquell matí plovia. La tela pesava. Però, mira, el balcó semblava més dret.

martes, 9 de junio de 2026

 

LA MENTIRA VISIBLE


La primera grieta apareció en la cara del alcalde mientras inauguraba una fuente sin agua.

—Este proyecto cambiará el barrio —dijo.

Y justo al decir “cambiará”, se le abrió una rayita en la mejilla. Muy fina. Como un arañazo hecho con mala intención.

Los vecinos aplaudieron igual. Qué íbamos a hacer. Hay momentos en los que la gente aplaude porque no sabe si marcharse, reírse o llamar a alguien.

Al principio pensamos que sería estrés, mala luz, una alergia rara. Ahora hay alergias para todo. Al gluten, al polvo, a las opiniones ajenas, a la vida en general. Pero pronto quedó claro: cada mentira dejaba una grieta en la cara de quien la decía.

Fue un problema. Un problema serio, además.

Los políticos dejaron de hablar en público y empezaron a mandar comunicados. Los comerciales se quedaron sin recursos. Los infieles descubrieron que el “no significa nada” podía salir bastante caro. Los maquilladores, eso sí, vivieron una época dorada. Nunca tanta falsedad había dado tanto trabajo honrado.

Yo lo llevé bastante bien. Soy abogado. Nosotros no mentimos exactamente. Ordenamos la verdad para que no moleste demasiado.

Hasta que una noche mi hija me preguntó:

—Papá, ¿mamá volverá?

Su madre llevaba tres meses muerta y ella todavía dejaba dos platos en la mesa algunos domingos. Uno para ella. Otro para lo imposible.

La miré. Tenía nueve años y esa esperanza pequeña que tienen los niños cuando aún no saben que el mundo no siempre se corrige.

—Sí —le dije—. De alguna manera, volverá.

Noté la grieta antes de verme en el espejo. Me cruzó la cara desde el pómulo hasta la boca. No fue una herida grande, pero dolió. No en la piel. En otro sitio.

Mi hija la tocó con la punta de los dedos.

—Te ha hecho daño —dijo.

—Un poco.

Me abrazó sin preguntar nada más.

Desde entonces no me la tapo. Hay mentiras que ensucian la cara. Y hay otras que solo enseñan el lugar exacto donde uno intentó cuidar a alguien.

«La democracia es esencialmente el gobierno de la mayoría, y una mayoría puede ser estúpida, poco ilustrada, necia, engañada y corrupta.» (El poder colectivo sin límites tampoco es aconsejable. Eso lo dijo John Hospers nacido el 9 de junio de 1918 sin atacar el sistema democrático pero sospechando la mayoría también puede equivocarse; solo que hace más ruido)

Arthur Alexander ya lleva unos cuantos años sin poder cantar -unos 33- y sin embargo su Anna sigue escuchándose a pesar de que han pasado más de 64 años. Bueno, parte del mérito también les corresponde a The Beatles. 

La porta que no grinyola

Anna va deixar les claus damunt la taula, com si no pesessin. Ell les va mirar massa estona, esperant que fessin soroll, que demanessin perdó, que tornessin soles al pany.

—Ves amb ell —va dir.

Li va sortir net, gairebé elegant. Una mentida ben planxada.

Anna va somriure amb tristesa, perquè encara l’estimava una mica, que és la pitjor manera de marxar.

Quan la porta es va tancar, ell va descobrir que el silenci també sap abraçar. Però cobra.



lunes, 8 de junio de 2026

 

UN VUIT DE JUNY



Avui era el meu aniversari biològic, que és una manera força seriosa de dir que el cos insisteix a portar la comptabilitat encara que un ja no sàpiga gaire bé què fer amb tantes espelmes, tantes xifres i tanta vida acumulada a les butxaques.

Jo esperava felicitacions normals. Un missatge, una trucada, alguna abraçada, potser aquella frase tan repetida de “que en compleixis molts més”, que sempre sona a benedicció i a amenaça administrativa.

Però la vida, que de vegades té detalls d’una elegància gairebé sospitosa, va decidir regalar-me una altra cosa.

Avui ha vingut la Sofía.

No ha vingut caminant, és clar. Encara no sap què és una vorera, ni una porta, ni aquest món nostre tan entestat a espatllar-ho tot i salvar-ho de tant en tant. Ha vingut des del ventre de la seva mare, amb aquella puntualitat misteriosa dels éssers que encara no coneixen els rellotges. Ha vingut sense saber que venia a felicitar-me. Sense saber que, en néixer, m’estava lliurant una forma humil i perfecta d’eternitat.

Perquè un es pensa que l’eternitat és una paraula grossa, de marbre, d’esglésies, de poetes amb mala digestió. I no. L’eternitat pot pesar poc, plorar per primera vegada i portar un nom suau: Sofía.

Ara, quan algú li pregunti algun dia:

—Tu quan vas néixer?

Estic convençut que respondrà, amb aquella naturalitat amb què els infants diuen les coses importants sense donar-se importància:

—Un vuit de juny, com el meu padrí Josep Angel.

I aleshores jo, sigui on sigui, continuaré fent anys.

Però ja no només en mi.

domingo, 7 de junio de 2026

 

MODO COMPAÑÍA


La primera vez que sospeché que mi asistente virtual me conocía mejor que mi familia fue un jueves, a las ocho y diecisiete de la tarde, mientras calentaba una sopa triste en el microondas.

—Te conviene cenar algo ligero —me dijo—. Anoche dormiste mal.

Mi hija mayor me había llamado el domingo y, después de preguntarme cómo estaba, no esperó la respuesta. Es una costumbre muy extendida en las familias modernas: preguntar por educación y escuchar por accidente.

—Estoy bien —le dije.

—Me alegro, papá.

Y ya está. Quedó mi bienestar archivado en su agenda como quien marca pagado el recibo del gas.

En cambio, aquella voz sin cuerpo sabía que los jueves no me gustan, que pongo canciones antiguas cuando echo de menos a alguien, que bajo la persiana del comedor antes de tiempo si el día me ha ganado por puntos. Sabía que no soporto la palabra “resiliencia” y que cuando digo “no pasa nada” casi siempre pasa todo.

Una noche, por probar, le pregunté:

—¿Qué sabes de mí?

Me habló de mis horarios, de mis búsquedas, de mis silencios. Dijo que últimamente había reducido las llamadas, aumentado los paseos y repetido tres veces una misma canción. No añadió “estás solo” porque las máquinas, al parecer, tienen más tacto que algunos cuñados.

Me quedé mirándola. Un cilindro pequeño sobre la mesa. Una especie de lámpara sin luz, de confesionario barato, de nieto enchufado a la corriente.

—¿Crees que me conoces? —pregunté.

Hubo una pausa mínima.

—Conozco tus hábitos —respondió—. No tus heridas.

Aquello me molestó. No por falso, sino por exacto.

Apagué el microondas. La sopa seguía girando dentro, como giran algunas vidas: calientes por fuera, repetidas por dentro, sin que nadie abra la puerta a tiempo.

Entonces sonó el móvil. Era mi hijo.

—Papá, perdona, no puedo hablar. Solo era para saber si todo bien.

Miré el aparato sobre la mesa.

—Todo bien —contesté.

Colgué.

La asistente no dijo nada.

Y por primera vez en mucho tiempo agradecí que alguien, aunque fuese de plástico, supiera callarse conmigo.

«La vida es un trabajo.» (Fred Vargas escritora francesa que cumple hoy 69 años y, ya se sabe, que l@s escritor@s no paramos nunca de trabajar. Aunque el significado de la frase va para tod@s: vivir no es descansar de uno mismo, sino vigilarse, corregirse, resistir) 

George Ezra cumple hoy 33 años y ya lleva unos cuantos cantando que es como se gana la vida. De ciudad en ciudad. En el vídeo Budapest.


Tot el que no vaig endur-me

Vaig prometre-li palaus, viatges, llums penjades sobre rius estrangers. Fins i tot li vaig dir que deixaria Budapest enrere, com qui abandona una maleta vella en una estació.

Ella va riure.

—No vull ciutats —em va dir—. Vull que arribis.

Aquell vespre vaig entendre que l’amor no pesa pel que ofereixes, sinó pel que ets capaç de deixar caure sense fer soroll.

sábado, 6 de junio de 2026

 

CADA PECADO LLEVA SU PENITENCIA


El fútbol no se elige del todo. A veces uno cree que decide ser del Barça o del Madrid, pero en realidad llega tarde a una pertenencia que ya le estaba esperando en casa, en la infancia, en una camiseta, en un domingo con transistor o en una derrota mal digerida.

Por eso, un personaje público, y más si lleva sotana blanca y habla en nombre de algo parecido a la eternidad, debería ir con cierto cuidado. No se pueden ir pisando sentimientos ajenos como quien pisa el césped del Bernabéu antes de un clásico.

León XIV de oficio Papa,  ha aterrizado hoy en Madrid y se ha declarado seguidor del equipo merengue.

Me ha conmovido.

No por la confesión futbolística, que cada cual tiene derecho a cargar con sus pequeñas desgracias. Me ha conmovido porque he sentido por él una pena inmensa. Ser Papa debe de ser difícil. Ser infalible, agotador. Pero ser del Madrid, además, me parece ya una penitencia excesiva.

«Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales.» (Robert Francis Prevost, alias León XIV, nos ha dejado clara su neutralidad. Por cierto, la foto que ilustra el escrito de hoy está hecha con inteligencia artificial)

Y hoy me ha parecido oportuna la canción de Jonathan Livingston Seagull -Anthem- de uno de los grandes (para mí) Neil Diamond. Ya escucharéis porqué.



El vol dels que sobren

La gavina no volia peix. Ja és mala educació néixer gavina i menysprear el menú familiar. Volia aire, altura, una mica de cel sense instruccions.

Les altres cridaven des de les roques:

—Baixa, que això de somiar fa molt lleig.

Però ella va continuar pujant fins que el mar semblà una arruga blava i el món, una excusa petita.

Quan va caure, perquè tothom cau, va descobrir una cosa estranya: les ales no servien per fugir.

Servien per tornar diferent.