Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
sábado, 4 de julio de 2026
EL
PEOR ESCENARIO
Mientras Les Gavarres ardía,
el dirigente compareció con cara de haber descubierto el fuego.
—El peor escenario posible
sería que ardiera todo el macizo —dijo.
Todos respiramos aliviados.
Creíamos, pobres ignorantes,
que el peor escenario posible era que se quemara Catalunya entera, con sus
pueblos, sus bosques, sus viejos, sus niños, sus perros y hasta los que aún
confiaban en la inteligencia institucional.
Pero no.
El peor escenario ya estaba
localizado.
Ocho mil hectáreas.
Lo demás, por lo visto, sería
solo una ampliación del informe.
“La discreción es una virtud
tan difícil porque nadie puede advertir que la practicamos.” (Carl August von
Eschenmayer nacido el 4 de julio de 1768 -un poco antes de la independencia de
los EEUU- fue el autor de la frase. Era médico y filósofo también ocultista de
ahí que la frase cobre sentido)
Veintitrés años hoy sin Barry White. Los hij@s de la discoteca "Pushkin" te recordaremos siempre.
Tot, encara
El dia que ella va morir, ell
va tornar a parar taula per a dos.
Va escalfar la sopa, va
encendre la ràdio i va deixar la seva cadira una mica enfora, com sempre que
arribava tard. Quan va sonar aquella cançó, va somriure sense dents i va dir:
—Ja ho sé, ja ho sé. Ballar no
toca.
Però es va aixecar igualment.
Els veïns el van veure, a
través de la finestra, abraçat a l’aire.
I ningú no va tenir cor
d’anomenar-ho bogeria.
viernes, 3 de julio de 2026
SOLO
UN MOMENTO
El hombre apoyó la radial
sobre el metal, a pie de carretera, y apretó el interruptor.
—Será solo un momento —dijo.
Las chispas saltaron pequeñas,
brillantes, casi bonitas. Algunas murieron contra el asfalto. Otras cayeron
sobre la hierba seca, esa hierba que llevaba semanas esperando una imprudencia.
Él continuó trabajando. El
disco mordía el hierro con un chillido agudo mientras, a pocos metros, una
llama diminuta aprendía a caminar.
Primero alcanzó el matorral.
Después trepó por los pinos. Luego el viento le enseñó el camino hacia las
casas.
En la urbanización, una mujer
recogía la ropa tendida cuando vio cambiar el color del cielo. No eran nubes.
Las nubes no huelen a madera quemada ni convierten el sol en una moneda roja.
Los vecinos salieron a las
terrazas y miraron hacia la montaña. Durante unos segundos nadie supo qué
hacer. El incendio todavía parecía lejano, como suelen parecer las desgracias
cuando empiezan en casa de otro.
Después llegaron las sirenas.
Los bomberos corrieron hacia
el fuego. Los vecinos, en dirección contraria. Alguien metió documentos y
fotografías en una bolsa. Otro buscó al perro. Una anciana se negó a abandonar
su casa porque allí había vivido cuarenta años y aún no entendía que el fuego
no respeta la antigüedad.
Sobre los tejados de la Costa
Brava creció una nube negra, enorme, compacta. Tapó el cielo azul, las
buganvillas, las piscinas y esa postal de verano que todos habían pagado tan
cara.
Los Mossos d’Esquadra
detuvieron al hombre de la radial mientras la montaña seguía ardiendo.
Tal vez ahora, en una celda o
delante de un juez, tenga tiempo para pensar en aquellas chispas que le
parecieron inofensivas. En los vecinos que huyeron con una bolsa de documentos.
En los animales que no encontraron carretera por la que escapar. En los árboles
que necesitarán décadas para volver a ser bosque.
Si los tribunales consideran
probada su responsabilidad, esperamos que pase algunos años en prisión.
Ojalá le basten para enseñarle
a pensar.
A la montaña a buen seguro le
harán falta muchos más.
«En la lucha entre tú y el
mundo, ponte de parte del mundo» (He celebrado algunos años el nacimiento de Franz
Kafka que lo hizo el 3 de julio de 1883. Son tantas las frases, son tantos sus
aforismos dignos de reflexión que buscaré cualquier excusa para ponerlos aquí)
Elle King cumple 37 años y ya lleva unas cuantas exparejas, así que no para de cantar y componer.
El recompte
Cada exparella li havia deixat
alguna cosa: una cicatriu, un deute, una cançó insofrible. Ella ho guardava tot
dins d’una capsa vermella.
Quan va conèixer en Pau, va
decidir enterrar-la al jardí.
—Per començar de zero —li
digué.
Anys després, ell va marxar
sense acomiadar-se. Ella va desenterrar la capsa, hi va afegir la seva
fotografia i va descobrir, al fons, una nota escrita per ella mateixa:
«Quan estigui plena, potser el
problema no seran ells.»
Va tancar la tapa.
Encara hi cabien molts homes.
jueves, 2 de julio de 2026
EL
JABALÍ TAMBIÉN PARTICIPA EN EL TOUR DE FRANCIA
El ciclista miró el mapa nuevo
como quien mira una traición plastificada.
—¿Y Santa Creu d’Olorda?
—preguntó.
El comisario señaló una línea
roja desviada hacia Esplugues.
—Eliminada.
—¿Por obras?
—Por peste porcina africana.
El campeón, que había subido
Alpes con nieve, Pirineos con fiebre y entrevistas con patrocinadores sin
perder la sonrisa, parpadeó.
—¿Me está diciendo que no
subimos por un jabalí?
El funcionario de la
Generalitat carraspeó con dignidad de expediente.
—Por varios jabalíes. Algunos
muertos. Otros pendientes de localizar.
Afuera, las motos rugían sin
saber hacia dónde. Los cámaras enfocaban cascos, piernas, bidones, esa liturgia
muscular con la que los humanos fingimos que la épica depende de nosotros. Un
helicóptero daba vueltas sobre Barcelona como una mosca cara.
El director del equipo se
acercó.
—No te preocupes. La etapa
sigue. Hay Montjuïc. Tres subidas.
El ciclista dobló el mapa con
cuidado.
—Tres subidas no son nada.
El funcionario sonrió.
—Entonces pruebe usted con
diecinueve municipios, restricciones, ganaderos llamando, alcaldes preguntando
y franceses queriendo plano aéreo.
El campeón no contestó. Bebió
agua. Miró hacia Collserola, cerrada, verde, seria, como una abuela que no
permite tonterías en el comedor.
Ese día no ganó el hombre más
fuerte.
Ganó un jabalí que ni siquiera
tomó la salida.
«El amor puede mendigarse,
comprarse, recibirse como regalo o encontrarse en la calle; pero no puede
robarse» (Todas las frases de Hermann Hesse nacido el 2 de julio de 1877 son
una joya. He escogido una de su obra Siddhartha. Le dieron el premio
nobel de literatura en 1946)
Roy Bittan cumple hoy 77 años y es el pianista de la E Street Band que siempre acompaña al señor (casi) desconocido que se mueve al ritmo que veréis en el vídeo.
L’últim ball a les fosques
Cada nit, després de tancar la
ferreteria, l’Arnau apagava els llums i posava aquella cançó. Ballava sol entre
martells, cargols i panys, com si la foscor fos l’únic lloc on encara no havia
envellit.
Una matinada, algú va picar a
l’aparador. Era la dona que, quaranta anys enrere, l’havia deixat plantat al
ball de festa major.
—Encara en saps?
L’Arnau va obrir la porta.
Van ballar fins que va
clarejar.
Després, ella se’n va anar.
Sobre el taulell només hi
quedava una esquela.
miércoles, 1 de julio de 2026
RECURSOS SOBREHUMANOS
El arte de parecer ocupado. Crónicas del simulacro
Esto no es un libro para “mejorar el clima laboral”. Es para sobrevivir a él.
Veramundo, director de Recursos Humanos en Seguros Horizon, entra en 1999 con la elegancia del que cree que cambia de mundo… y descubre que solo cambia el disfraz: en lo público y en lo privado se miente igual, pero aquí las mentiras vienen con PowerPoint, comité y “cordial saludo”.
A lo largo de estos relatos, la oficina se vuelve un ecosistema: jefes que confunden liderazgo con impunidad, normas que nacen para no cumplirse, y empleados que aprenden la única competencia estable del siglo XXI: aparentar que todo funciona. Veramundo observa, decide, ejecuta, se defiende. A veces provoca. Casi siempre sobrevive.
Hay humor, sí. Pero del que no pide permiso. Ironía como herramienta, cinismo como chaleco antibalas y una verdad incómoda en cada escena: el trabajo no siempre mata… a veces solo te entrena para obedecer.
Bienvenido al mundo de Veramundo. Aquí no hay héroes. Hay supervivientes.
Cada verano me ocurre lo
mismo. Bueno, lo mismo no. Peor.
El calor me sienta mal al
cuerpo. El cuerpo protesta, suda y amenaza con declararse en huelga, pero
todavía cumple algunos servicios mínimos. Es la cabeza la que se rinde. A
partir de los treinta grados, mis neuronas empiezan a abandonar el despacho sin
presentar la baja voluntaria y yo me quedo frente al ordenador, mirando una
pantalla en blanco que parece saber más de literatura que yo.
Desde la ventana veo pasar a
la gente. Caminan despacio, sin maletín, sin corbata y sin esa cara de urgencia
que nos ponemos quienes todavía fingimos que trabajamos. Algunos llevan bolsas
de playa. Otros arrastran una maleta. Todos tienen ese modo de andar de quienes
podrían ir a cualquier parte porque, en realidad, no tienen obligación de
llegar a ninguna.
Ahí aparece el primero de mis
pecados: la envidia.
Me parece que el mundo entero
está de vacaciones y que yo soy el único imbécil que permanece en un despacho,
vestido para una reunión que probablemente podría resolverse con un correo
electrónico de tres líneas. Sé que no es cierto. En algún lugar habrá otros
hombres y mujeres trabajando, sudando sobre documentos inútiles y contemplando
desde sus ventanas a quienes parecen vivir mejor. Pero no los veo. Y la envidia
necesita pruebas muy escasas para dictar sentencia.
Después llega la pereza.
No entra de golpe. Se instala
poco a poco. Primero me impide redactar un informe. Luego, contestar un
mensaje. Finalmente, mover un papel de un extremo de la mesa al otro, aunque
solo sea para simular que en este despacho suceden cosas. Lo preocupante no es
sentir pereza. Lo preocupante es la facilidad con la que la acepto. En invierno
todavía lucho contra ella. En verano mantenemos una relación estable, íntima y,
me atrevería a decir, pasional.
Esa rendición me enfurece.
Porque uno puede tolerar su
propia incapacidad mientras no sea consciente de ella. Lo irritante es verla
actuar. Saber que podrías levantarte, pensar, escribir o hacer algo útil y, sin
embargo, permanecer inmóvil observando cómo la apatía ocupa tu silla, contesta
tus llamadas y toma decisiones en tu nombre.
Entonces aparece la ira.
Me enfado con el calor, con el
verano, con la gente de vacaciones, con el aire acondicionado que nunca alcanza
la temperatura prometida y, sobre todo, conmigo mismo. Ya llevo tres pecados
capitales antes de la hora de comer. A este ritmo, al finalizar la jornada
habré conseguido plaza fija en el infierno.
Infierno.
Solo pensar en el fuego eterno
me provoca otra subida de temperatura.
Y aún falta el cuarto pecado.
La lujuria.
Este es, sin duda, el más
disculpable. Incluso me atrevería a sostener que no es enteramente mío. La
responsabilidad debería repartirse entre el verano, la calle, la ventana de mi
despacho y la escasez de tela que, por razones climáticas, afecta al vestuario
de quienes pasan frente a ella.
No puede ser saludable
permanecer sentado tras una mesa, enfundado en una americana, estrangulado por
una corbata y protegido por mi semblante de hombre serio, laboral y
responsable, mientras al otro lado del cristal la vida circula con los hombros
desnudos, las piernas al sol y una libertad de movimientos que resulta casi
ofensiva.
Yo miro. Intento no mirar.
Vuelvo a mirar para comprobar que no estaba mirando.
Cada año es peor.
Y, cuanto peor, mejor.
Me digo que reprimir los
instintos naturales debe de ser perjudicial para el organismo. No tengo ninguna
prueba médica, pero tampoco voluntad de buscarla. Con este calor, hasta la
ciencia puede esperar.
A estas alturas, mis neuronas
ya han escapado por la autopista del entendimiento. Podría correr tras ellas,
alcanzarlas antes de que tomen la salida hacia ninguna parte y obligarlas a
regresar al trabajo.
Pero no lo haré.
Tengo pereza.
Mañana seguiré buscando una
idea. Hoy prefiero seguir pecando.
«En lo más hondo del horror y
la desesperación se alcanza una nueva firmeza: ya no queda más por caer.» (La
frase que bien podría ser “el que no se consuela es porque no quiere” es de Winston Graham
nacido el 30 de junio de 1908. Este escritor tiene otra frase que me ha hecho
reflexionar en un día como hoy; es la siguiente: “Prefería morir a impuestos
que morir de aburrimiento”)
Brendon James que es el baterista de la banda Thirteen Senses cumple hoy 43 años. Y pongo la mano en el fuego por ello... o mis trece sentidos.
La prova del foc
Ella li va demanar que posés
les mans al foc.
—Per tu?
—No. Per la veritat.
Ell va apropar-les a les
flames. Primer va cremar la carta, després les fotografies i, finalment,
l’anell que mai no havia pensat regalar-li.
—Ho veus? —digué—. Ja no queda
res per amagar.
Ella remenà les cendres amb la
punta de la sabata i hi trobà una clau intacta.
—De quina porta és?
Ell contemplà el foc, incapaç
de respondre.
Aleshores ella va comprendre
que les mentides no sempre es cremen. Algunes només esperen que algú
s’atreveixi a obrir-les.