martes, 27 de octubre de 2026

 EL PREMIO AL MEJOR “PADRÍ”

Mi nieta tenía los pies metidos debajo de mi muslo cuando me hizo la pregunta.

—Padrí, ¿tú has ganado alguna vez un premio?

En la televisión, un futbolista recogía el Balón de Oro. Llevaba un reloj que asomaba por el puño de la camisa y parecía costar más que mi coche.

—Alguno.

—¿Cuál?

Pensé en la placa de mi jubilación. Cuarenta y seis años trabajando en la misma empresa y mi apellido mal escrito. La tenía en un cajón, debajo de las instrucciones de una lavadora que ya habíamos cambiado.

—Una placa. Del trabajo.

—¿Por ser el mejor?

—Por llegar a los sesenta y cinco sin morirme.

Me miró.

—Padrí...

—Por trabajar muchos años.

En la pantalla aplaudían. El futbolista se acercó al micrófono.

—¿Y no te han dado ninguno más?

—No, que yo recuerde.

—¿Por qué?

—Supongo que no hice nada extraordinario.

Sacó los pies de debajo de mi muslo y se sentó sobre ellos. A sus seis años, todavía necesitaba cambiar de postura para pensar.

Después me pidió que subiera el volumen.

Al día siguiente apareció con una caja de zapatos forrada de papel dorado. Reconocí el papel: habíamos envuelto con él el regalo de cumpleaños de su madre. Quedaba un trozo de celo con una pelusa.

—Abre.

Dentro había una medalla de cartón.

«AL MEJOR PADRÍ DEL MUNDO».

Me la puso antes de que pudiera decir nada. La cinta era tan corta que tuve que quitarme las gafas para pasar la cabeza.

—¿Y quién ha decidido que soy el mejor?

—Yo.

—¿Y los demás abuelos?

Se encogió de hombros.

—No se han presentado.

Me reí. Ella seguía ocupada en colocarme la medalla sobre el jersey.

—Ahora tienes que decir unas palabras.

Me levanté un poco del sofá.

—Muchas gracias.

—Más.

—Estoy muy contento.

Esperó.

—¿Ya?

—Es mi primer premio importante. No tengo práctica.

Me dejó sentarme.

Miré la medalla. En el reverso se veía media galleta y la información nutricional de los cereales. Tenía pegamento en los bordes. Pasé el pulgar por una esquina que empezaba a despegarse y apreté un rato.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—Puedes quitártela si te molesta.

A los setenta años, la cinta me apretaba un poco el cuello.

No me la quité en todo el día.

 «Habla suavemente y lleva un gran garrote; llegarás lejos» (Theodore Roosevelt nacido el 27 de octubre de 1858 para ser presidente de los EEUU y, por ende, premio nobel de la paz en 1906; la frase deja clara cuál era el santo y seña de su política)

Hoy sin ningún motivo, o tal vez porque quiero que pienses en mi... 


El coll de la camisa

Va venir a buscar els últims llibres. Duia el coll de la camisa doblegat, com sempre.

—Vine.

Mentre l’hi arreglava, em va tocar el canell.

—Penses en mi?

—Quan se m’espatlla alguna cosa.

Va somriure. Vaig estar a punt de dir-li que també quan em sortia bé l’arròs.

Va agafar la caixa.

—Et deixo les claus damunt…

—Ja ho sé.

Quan va marxar, vaig abaixar el foc. N’havia tornat a fer per a dos.


lunes, 26 de octubre de 2026

 

EL PADRE RESPONSABLE

Cuando lo llamaron de comisaría, estaba terminando un artículo sobre los actos vandálicos en el centro de Barcelona. Había visto las imágenes de los escaparates rotos y los contenedores ardiendo.

«Ya está bien de buscar excusas», había escrito.

Su hijo tenía dieciséis años y llevaba dos horas detenido por aquellos mismos disturbios.

—Mi hijo no es un delincuente —le dijo a su mujer mientras buscaba las llaves.

Ella levantó la vista del ordenador.

—Los de ayer tampoco tenían antecedentes.

—Ahora no, por favor.

En comisaría preguntó por el abogado que asistía al muchacho. Después quiso saber qué pruebas había, quién lo había identificado y dónde estaba exactamente cuando rompieron el escaparate.

—Lo detuvieron con los otros —le explicaron.

—Eso no es una conducta. Es una ubicación.

Hasta aquella tarde, en sus artículos bastaba con «los otros».

Durante las semanas siguientes vio varias veces las grabaciones. Un chico con capucha levantaba el brazo. Otro corría con algo en las manos. Su hijo aparecía unos segundos junto a una papelera.

Había que precisar los hechos. Separar conductas. No se podía atribuir a cualquiera todo lo que hubiera hecho el grupo.

Dejó el artículo sin terminar.

Cuando le pidieron una nueva colaboración, escribió sobre los peligros de juzgar a los jóvenes mediante vídeos de veinte segundos.

Su mujer lo leyó en la cocina.

—Este me gusta más.

Él recogió el plato sin contestar.

Finalmente, las pruebas no permitieron acreditar que el muchacho hubiera intervenido en los daños que le atribuían.

Salieron juntos del juzgado. El padre llevaba la resolución doblada dentro de la americana.

—¿Ves? Para eso está el Estado de derecho.

El chico asintió y sacó el móvil.

—¿Puedo ir a ver a estos?

—Tú te vienes a casa. Estás castigado.

—Pero si han dicho que no hay pruebas.

Su padre se detuvo.

—No me tomes por idiota. Yo sé perfectamente lo que hiciste.

El muchacho guardó el móvil.

—Pues demuéstralo.

«Después del pan, la educación es la primera necesidad del pueblo» (Parece mentira que esta frase venga de un revolucionario, Georges-Jacques Danton nacido el 26 de octubre de 1759 y ministro de justicia durante la revolución francesa que se llevó por delante las cabezas de much@s)

Canito (José Enrique Cano Leal) hubiese cumplido hoy 67 años sino hubiese sido porque un coche se cruzó en su camino a los 20. Era el batería del grupo Tos más tarde reconvertido en  Los Secretos. Muy conocidos en la llamada movida madrileña.


El degoteig

Va venir a buscar el trepant sis mesos després de marxar.

Mentre l’esperava al rebedor, va sentir l’aixeta de la cuina.

—Encara degota?

Vaig anar a buscar el trepant a l’armari.

Quan vaig tornar, s’havia tret la jaqueta i remenava sota l’aigüera.

—Porta’m un drap.

Vaig obrir el calaix de sempre. Ell va allargar la mà sense mirar-me.

Em vaig quedar amb el drap entre els dits.

—Vesteix-te.

Va treure el cap.

—Però si això és un moment.

—Deixa-ho, sisplau.

Vaig posar el trepant al costat de la porta.


domingo, 25 de octubre de 2026

 

POR PRECAUCIÓN

Mis vacas se han hecho famosas. Y yo, desgraciadamente, también.

Todo empezó ayer, cuando mi cuñado me envió por WhatsApp una noticia sobre un virus llamado Shamonda. Por lo visto, lo habían encontrado en un hombre en Francia que posteriormente había fallecido.

La noticia venía acompañada de una fotografía de varias vacas pastando.

Una de ellas se parecía muchísimo a la Margarita.

—¡Coño, si esa es tu vaca! —me dijo el vecino cuando nos encontramos en el bar.

Le expliqué que no, que Margarita llevaba ocho años sin salir de la comarca y que, por lo que yo sabía, nunca había solicitado un pasaporte.

No le hizo gracia.

A media mañana comenzaron las llamadas. Primero, la señora Carmen, que llevaba veinte años comprándome productos lácteos.

—Oye, Josep, que por ahora no me traigas nada. Hasta que se aclare lo del virus.

—Pero, Carmen, que mis vacas están sanas.

—Ya, ya. Si yo me fío de ti. Pero una cosa es fiarse y otra arriesgarse.

No supe qué contestarle. Especialmente porque Carmen fuma dos paquetes diarios desde que tengo memoria y asegura que el tabaco es malo únicamente para quienes lo dejan.

Después llamó el propietario de la tienda del pueblo. Que mejor suspendíamos las entregas. Por precaución.

Esa palabra empezó a perseguirme.

Por precaución, dejaron de comprarme. Por precaución, algunos vecinos cambiaban de acera cuando me veían. Y por precaución, el camarero del bar me preguntó si quería el cortado con leche de avena.

—¿Y qué tiene de malo la de vaca?

—Nada, hombre, nada. Pero ya sabes cómo están las cosas.

No. No sabía cómo estaban las cosas.

Mi hija, que de esto de internet entiende bastante más que yo, me enseñó un comunicado de las autoridades sanitarias. Decía que no se había identificado transmisión entre personas y que, con los conocimientos disponibles, no existía riesgo sanitario para la población general.

Lo compartimos en las redes sociales.

Veintitrés personas lo leyeron.

En cambio, alguien colgó un vídeo de una vaca estornudando con el título «EL VIRUS YA ESTÁ AQUÍ».

Cuarenta y siete mil reproducciones.

Aquella noche, mientras revisaba las cuentas de la explotación, me llamó Carmen.

—Josep, ¿te queda leche?

—Toda la que quieras.

—Pues tráeme dos litros mañana. Pero ven por la puerta de atrás, ¿eh? Que no quiero que me vean las vecinas.

Esta mañana he ido a ordeñar a Margarita. Estaba tranquila, rumiando como siempre, absolutamente ajena a su nueva condición de amenaza internacional.

Le he acariciado el lomo.

—¿Sabes una cosa, Margarita? —le he dicho—. Llevas ocho años dándonos leche y nunca has hecho daño a nadie.

Me ha mirado y ha seguido comiendo.

Luego he salido al patio. Allí estaba el camión cisterna de la cooperativa, esperando para recoger la producción que, después de pasar sus controles, acabaría en envases con dibujos de vacas felices pastando en prados verdes.

Sin mi nombre, naturalmente.

He firmado el albarán.

Por precaución.

«Escribo porque quiero vivir más de una vida; insisto en tener más donde elegir. Es codicia, pura y simple» (Coincido en los motivos de Anne Tyler para escribir y añado alguno más: para que mis descendientes y, sobre todo, descendientas sepan algo de quién era y lo que hice; hoy, nuestra frasista cumple 85 años)

Chris Norman cumple hoy 76 años y de verdad que espero que a esa edad le haya confesado su amor a Alice no vaya a ser que ella esté también por la labor. 


La finestra del menjador

El meu marit va mirar com carregaven els mobles de la veïna. Quan el camió va arrencar, encara es va quedar una estona amb la cortina entre els dits.

—Vindràs a dinar?

Va seure sense respondre. Li vaig acostar el pa.

Feia anys que volia posar un prestatge davant d’aquella finestra. Ell deia que ens trauria llum.

—Demà trucaré al fuster.

Va alçar els ulls del plat.

—Per què?

—Pel prestatge.

Va continuar menjant. Jo vaig apartar la seva mà per poder agafar la sal.


sábado, 24 de octubre de 2026

 

UNA HORA MÁS DE VIDA, CORTESÍA DE LA ADMINISTRACIÓN

Esta noche, a las tres volverán a ser las dos. En Canarias, a las dos será la una. Lo dice el BOE.

¡Una hora de regalo!

Llevo años quejándome de que me falta tiempo para escribir, visitar a los amigos o no hacer absolutamente nada, actividad a la que cada día encuentro mayores atractivos.

Y ahora va la Administración y me concede sesenta minutos.

¡Gratis! Sin instancia, sin tasas, sin certificado digital y, lo más sorprendente, ¡sin tener que acreditar mediante una fe de vida que sigo vivo!

Demasiado bonito.

He buscado la letra pequeña y, efectivamente, hay trampa. La concesión tiene carácter temporal, no admite prórroga y en marzo deberé reintegrarla íntegramente.

¡Hay que joderse! Tantos años esperando que la Administración me regale algo y resulta que es un préstamo.

Y encima me lo entregan mientras duermo.

Ahora solo me preocupa una cosa.

Como me muera antes de marzo, son capaces de reclamarles la hora a mis herederos.

Con recargo, por supuesto.

«El fanatismo religioso ha sido en España (y lo es todavía) el mayor enemigo de la libertad y de la cultura.» (Manuel de la Revilla aunque nació el 24 de octubre de 1846 y sólo estuvo entre nosotr@s 34 años y unos meses, supo dónde estaba el freno de nuestro avance)

El 24 de octubre de 2006 Taylor Swift lanzaba su primer album bautizado con su nombre. 20 años de aquello... y de lo otro.


La lletra equivocada

Al cotxe, tornant del tanatori, va sonar aquella cançó.

—Canvia-la —va dir la mare.

La filla va allargar la mà cap a la ràdio, però ella la va aturar.

—Espera.

Havia conegut el seu marit en un ball d'estiu. Ell sempre s'inventava la segona estrofa i estava convençut que ningú no se n'adonava.

La filla va apujar el volum.

Quan va arribar aquell tros, la mare va començar a cantar les paraules equivocades.

—Mama, que no diu això.

—Ja ho sé, filla.

I va continuar cantant, desafinant tant com ell.


viernes, 23 de octubre de 2026

 

LA REVUELTA DEL SOFÁ

Ayer por la noche me senté delante del televisor dispuesto a pasar un rato entretenido viendo La Revuelta. Después de un día soportando noticias políticas, discusiones parlamentarias y las habituales declaraciones de unos contra otros, necesitaba reírme un poco.

Y apareció Pedro Sánchez.

Por un momento pensé que me había equivocado de canal. Pero no. Allí estaba David Broncano, con su habitual aspecto de haber llegado al trabajo sin saber muy bien qué tenía que hacer, recibiendo al presidente del Gobierno de Espanya.

¡Coño! ¡Hasta aquí hemos llegado!

Reconozco que me sorprendió. Aunque, pensándolo bien, tiene su lógica. Si la política española se parece cada vez más a un espectáculo de variedades, ¿por qué no llevar a sus protagonistas a un programa de entretenimiento?

Lo curioso es que, por una vez, se habló de asuntos serios entre bromas. La vivienda, la corrupción, Ceuta, los problemas judiciales de su familia... Broncano hizo preguntas que algunos políticos preferirían no escuchar ni en confesión. Y Sánchez respondió. Otra cosa es que sus respuestas convencieran a quienes lo estaban viendo.

Pero llegó el momento culminante. Las preguntas clásicas del programa: dinero y sexo.

¡Por fin!

Después de tantos años de democracia, de debates parlamentarios, mociones de censura y comisiones de investigación, alguien se atrevía a preguntar al presidente por su actividad sexual.

Sánchez aseguró mantener una vida sexual activa y sana.

Me alegro por él. Sinceramente. Aunque se me ocurrió que habría sido interesante preguntarle si los jóvenes españoles, obligados a compartir piso hasta edades en las que sus padres ya tenían tres hijos, disponen de las mismas facilidades para practicar tan saludable actividad.

Pero lo que verdaderamente me hizo pensar fue otra cosa.

Aquella entrevista se estaba emitiendo en una televisión pública. Una televisión que pagamos todos, incluidos quienes consideran a Pedro Sánchez el mejor presidente de nuestra democracia y quienes preferirían verlo en cualquier otro lugar, especialmente lejos de la Moncloa.

¿Debe un presidente acudir a un programa de humor? Por supuesto. ¿Puede hacerlo cuando faltan pocas semanas para unas elecciones generales? También. Lo que me pregunto es si un sofá puede convertirse, dependiendo de quién lo ocupe, en una tribuna electoral extraordinariamente confortable.

Es cierto que Broncano ha invitado a los principales candidatos. Y eso me parece razonable. Ahora habrá que comprobar si todos tienen la misma oportunidad de explicar sus propuestas y, sobre todo, de responder a las preguntas incómodas.

Porque tengo la impresión de que nuestros políticos han descubierto algo que los publicistas conocen desde hace décadas: cuando el público se ríe contigo, resulta bastante más difícil que se enfade contigo.

Y ayer se rieron muchos. Más de cuatro millones de espectadores de media, según las audiencias. Una cifra que cualquier candidato firmaría encantado, aunque conviene recordar que los espectadores no depositan su voto en el mando a distancia.

No sé si aquella noche ganó Pedro Sánchez, David Broncano o Televisión Española. Tampoco me preocupa especialmente resolver ese concurso.

Me preocupa más que estemos acostumbrándonos a conocer la personalidad de quienes nos gobiernan mejor que las consecuencias de sus decisiones.

Al terminar el programa apagué el televisor.

Me quedé pensando en una pregunta que me habría gustado escuchar:

—Señor Sánchez, ¿ha venido usted como presidente del Gobierno o como candidato a seguir siéndolo?

Aunque, bien pensado, tampoco hacía falta preguntárselo.

Para eso todavía no han inventado dos sofás distintos.

«La ignorancia además suele ser mentirosa, invencionera, farisaica, sectaria, fraudulenta, fanática y perversa, y más cuando su depositario cree que sabe». (José María Castillo Farreras nacido el 23 de octubre de 1930 adjetivó la ignorancia de todas las maneras posibles; por estos lares no somos tan precis@s y si algo perezos@s, solemos decir: “la ignorancia es muy atrevida”)

La canción If You Leave Me Now (Si me dejas ahora) alcanzó el número uno en los EEUU un 23 de octubre de 1976. Medio siglo nos contempla... a algun@s.


Les ulleres

—Si te'n vas ara, em mates —va dir ell.

Ella va deixar les claus sobre el marbre de la cuina.

—Això també m'ho vas dir quan vaig voler estudiar.

Ell va abaixar els ulls. A la nevera encara hi havia l'horari dels seus medicaments, escrit amb la lletra d'ella.

—No sabré viure sol.

Durant un instant, ella va sentir la necessitat d'abraçar-lo. Encara l'estimava. Potser aquest era el problema.

Va sortir sense acomiadar-se.

Al replà va recordar que s'havia deixat les ulleres.

Va estar una bona estona mirant la porta.

Després va baixar les escales.