miércoles, 14 de octubre de 2026

 

SE BUSCAN VOTANTES CON EXPERIENCIA

He decidido sacar mi voto a concurso público.

Después de tantos años participando en elecciones, he llegado a la conclusión de que hemos estado haciendo las cosas al revés. Hasta ahora eran los partidos políticos quienes elegían candidatos y los ciudadanos quienes debíamos decidir cuál nos gustaba menos. Porque, seamos sinceros, lo de votar con entusiasmo es una afición que suele perderse con la edad.

Así que he publicado una oferta de empleo:

«Se busca representante político. Imprescindible experiencia demostrable en cumplir promesas. Abstenerse personas con vocación de servicio público que no puedan acreditar a qué público han servido».

La respuesta ha sido inmediata.

El primer candidato ha llegado acompañado de un asesor, un jefe de prensa y dos personas encargadas de aplaudirle.

—¿Qué experiencia tiene usted? —le he preguntado.

—Llevo veinte años defendiendo los intereses de los ciudadanos.

—¿Y cuánto tiempo ha trabajado?

Me ha mirado como si acabara de insultar a su madre.

—Ya le he dicho que llevo veinte años en política.

He tomado nota.

El segundo aspirante me ha presentado un programa de gobierno de trescientas páginas.

—¿Y esto lo piensa cumplir?

—Por supuesto.

—¿Todo?

—Bueno, dependerá de las circunstancias.

—¿Qué circunstancias?

—Las que se produzcan después de las elecciones.

He comprendido que su programa era una especie de carta de restaurante en la que el camarero podía servirme cualquier cosa, independientemente de lo que pidiera. Y cobrarme igualmente.

La tercera candidata ha empezado explicándome lo peligroso que sería contratar al segundo. Me ha entregado un dossier con sus declaraciones contradictorias, sus amistades inconvenientes y una fotografía de juventud en la que aparecía con un peinado verdaderamente alarmante.

—¿Y usted qué propone? —le he preguntado.

—Evitar que gobierne él.

—Sí, pero ¿qué hará usted?

—¡Precisamente eso!

No he insistido. Parecía muy convencida.

El cuarto candidato se ha presentado como la única alternativa capaz de acabar con el sistema.

—¿Y cómo piensa hacerlo?

—Entrando en él.

—¿Para cambiarlo?

—Naturalmente.

—¿Y si no consigue cambiarlo?

—Habrá que permanecer dentro hasta conseguirlo.

Reconozco que me ha parecido una estrategia razonable para quien desee encontrar un empleo indefinido.

A media mañana, el salón de mi casa parecía la sala de espera de una clínica privada. Todos hablaban de sacrificios, aunque ninguno parecía dispuesto a empezar por los suyos. Uno quería rebajar los impuestos y aumentar los servicios. Otro prometía gastar más sin recaudar más. Un tercero estaba convencido de que el dinero saldría de los ricos, expresión que, por lo visto, designa siempre a alguien que gana un poco más que quien la pronuncia.

Les he sometido a una última prueba.

—Imaginen que consiguen el puesto y, dentro de cuatro años, no han cumplido lo prometido. ¿Aceptarían devolver el sueldo?

Se ha hecho un silencio incómodo.

Uno ha invocado la Constitución. Otro, la estabilidad institucional. Una candidata ha denunciado que mi pregunta favorecía objetivamente a sus adversarios.

Finalmente, el más veterano me ha explicado, con paciencia, que la política no consiste en cumplir promesas, sino en gestionar expectativas.

He tenido que reconocerle cierta sinceridad. Le he preguntado qué significaba exactamente gestionar expectativas.

—Conseguir que los ciudadanos sigan esperando.

Al terminar las entrevistas, he redactado el acta.

Proceso de selección declarado desierto.

Pero esta mañana he recibido una notificación de la Junta Electoral. Al parecer, dentro de unas semanas tendré que escoger obligatoriamente entre los candidatos disponibles si quiero ejercer mi derecho al voto. No hay período de prueba, ni garantía de devolución, ni posibilidad de reclamar por publicidad engañosa.

He consultado con un abogado.

Me ha dicho que puedo votar en blanco.

—¿Y eso para qué sirve?

—Para expresar su disconformidad.

—¿Y alguien está obligado a hacerle caso?

—No.

He colgado el teléfono y he modificado el anuncio.

«Se busca votante con experiencia. Imprescindible capacidad para soportar decepciones reiteradas sin perder la fe en el procedimiento. Se valorará experiencia previa en promesas incumplidas. Contrato de cuatro años, sin derecho a indemnización».

Por ahora no se ha presentado nadie.

Aunque sospecho que, cuando llegue el día, volveremos a hacer cola.

Y ellos volverán a llamarlo una fiesta de la democracia.

«Cada arma que se fabrica, cada buque de guerra que se bota, cada cohete que se dispara significa, en última instancia, un robo a quienes tienen hambre y no reciben alimento, a quienes tienen frío y no reciben ropa» (Dwight David Eisenhower nacido el 14 de octubre de 1890 para que hubiese un desembarco en Normandía y derrotar, por unos cuantos años, a los nazis. Por su frase sabemos una cosa: todos los gobiernos roban)

Y hoy sin mayor motivo (¿o si?) María del Mar Bonet de desde 1968 se pregunta Què volen aquesta gent. Aún no tenemos respuesta.


La bata de la mare

Van trucar a les quatre.

La mare va reconèixer els cops. Feia setmanes que els esperava.

—El meu fill dorm.

—Desperti'l.

El noi ja era al passadís, descalç. Va mirar els homes, després la finestra oberta.

—Mare, recordes quan em deies que els ocells eren lliures?

Ella li va agafar el braç.

—No diguis bestieses.

Un dels policies va avançar.

La mare va tancar els ulls.

Quan els va obrir, la finestra continuava oberta.

Durant quaranta anys va conservar aquella bata. Mai no la rentà.

Deia que encara hi havia les empremtes dels dits del seu fill.





martes, 13 de octubre de 2026

 

EL DÍA EQUIVOCADO

Hoy es martes y trece de octubre. ¿Qué puede salir mal?

A las ocho decidí no salir de casa. A las nueve desconecté el teléfono. A las diez cerré la llave del gas. A las once comprobé que la había cerrado y, por si acaso, volví a comprobarlo.

Mi mujer me observaba desde el pasillo. Llevaba puesto el abrigo y sostenía una maleta pequeña.

—¿Adónde vas?

—A casa de mi hermana.

—¿Hoy? Ni se te ocurra. Es martes trece.

—Lo sé.

—Es un mal día para empezar algo.

—No voy a empezar nada. Voy a terminarlo.

Quise responder, pero ella ya había bajado las escaleras. Nunca cogía el ascensor. Le daban miedo los espacios cerrados.

A mediodía me atreví a encender el móvil. Tenía un mensaje suyo, enviado hacía seis meses:

«Tenemos que hablar».

Lo marqué como leído.

«Y la literatura te muestra todas las vidas posibles» (Eduardo Jozami nacido el 13 de octubre de 1939 para ser periodista, abogado, escritor, profesor universitario y activista político argentino. Solo tuvo una vida pero valía por muchas)

Iōánna Múskjuri más conocida como Nana Mouskuri cumple hoy 92 años. Nos canta en el vídeo un cover de Giuseppe Verdi, "Va, pensiero" de la ópera Nabucco estrenada allá por 1842. Su nombre "Libertad" ¡Ahí es nada!.

La paret del mig

El pare no cantava mai. Quan la ràdio feia sonar aquella cançó, deixava el que estava fent i picava dues vegades a la paret de la cuina.

Després escoltava.

—Esperes algú?

—Costums d'abans.

Quan va morir, vam vendre el pis. El dia del trasllat, mentre despenjava un calendari, vaig sentir dos cops a l'altra banda.

Vaig respondre sense pensar.

Tres cops.

Una veu molt vella va començar a cantar.

No sabia la lletra, però reconeixia perfectament la melodia.

I, per primera vegada, vaig entendre els silencis del pare.


lunes, 12 de octubre de 2026

 

CUANDO SE ACABA LA NOVEDAD


Hay un momento terrible en casi todas las relaciones: cuando empiezas a saber lo que va a decir la otra persona antes de que abra la boca.

No hace falta llevar treinta años casados. A veces basta con seis meses y dos fines de semana en un apartamento pequeño.

—Ya sabía que ibas a decir eso.

Esa frase debería figurar entre las principales causas de defunción del amor. Junto al «tenemos que hablar», naturalmente, que pertenece ya a la categoría de enfermedades terminales.

Al principio todo resulta extraordinario. La forma en que se ríe. Cómo se recoge el pelo. Sus manías. Incluso te parece adorable que deje los zapatos tirados en mitad del pasillo.

—Es tan despistada…

Tres años después tropiezas con los mismos zapatos y piensas seriamente en el Código Penal.

No ha cambiado ella.

Han cambiado los zapatos.

O, mejor dicho, has cambiado tú.

Porque el amor tiene una primera etapa en la que confundimos descubrimiento con profundidad. Nos fascina conocer cada centímetro de una persona. Su cuerpo, sus historias, sus heridas, sus secretos. Preguntamos durante horas.

—¿Y tú qué hacías de pequeña?

A los diez años de convivencia ya conocemos hasta la respuesta.

Y quizá ahí comienza el problema.

Creemos que amar consiste en descubrir permanentemente algo nuevo.

Como si nuestra pareja tuviera la obligación contractual de sorprendernos todos los martes.

Pero llega un día en que ya sabemos cómo besa, cómo duerme, cómo hace el amor, cómo discute y hasta qué cara pondrá cuando le digamos que hemos vuelto a olvidarnos de comprar papel higiénico.

La pasión pierde entonces parte del misterio.

Y algunos empiezan a mirar hacia fuera.

Porque fuera todo es nuevo.

Una mirada distinta.

Una conversación que todavía no sabemos cómo terminará.

Un cuerpo cuyo mapa ignoramos.

Una persona que aún no ha tenido tiempo de decepcionarnos.

Eso resulta excitante.

Por supuesto.

El problema es que confundimos excitación con felicidad.

Y volvemos a empezar.

Otra persona.

Otras cenas.

Otros mensajes a medianoche.

Otro primer beso.

Otra vez contar nuestra infancia.

Otra vez explicar nuestros sueños.

Otra vez escuchar historias que todavía nos parecen fascinantes porque no las hemos oído cuarenta veces.

Hasta que un día esa nueva persona deja también los zapatos en mitad del pasillo.

Y entonces volvemos a preguntarnos dónde se ha metido el amor.

Quizá en ninguna parte.

Quizá sigue allí.

Debajo de todo.

Solo que ya no lleva maquillaje.

Porque la verdadera intimidad empieza precisamente cuando desaparece la novedad. Cuando dos personas ya conocen sus defectos, sus cuerpos cansados, sus pequeñas mezquindades, sus ronquidos, sus silencios y esas zonas oscuras que procuramos ocultar durante los primeros meses.

Ahí empieza algo mucho menos espectacular.

Pero quizá bastante más difícil.

Quedarse.

No por obligación.

No por miedo.

Ni siquiera por costumbre.

Quedarse porque un día miras a esa persona que lleva veinte años diciéndote las mismas cosas y descubres algo inesperado.

Que tú también llevas veinte años repitiendo las tuyas.

Y entonces comprendes que quizá la monotonía del amor no estaba en ella.

Estaba en ti.

Y que cambiar de amante puede ser relativamente fácil.

Lo verdaderamente complicado es convertirse uno mismo en alguien nuevo.

«Un imprevisto es la única esperanza» (Eugenio Montale nacido el 12 de octubre de 1896 para ser premio nobel de literatura en 1975 por cuestionar, en una sola frase, nuestra necesidad de controlarlo todo)

Toca felicitar por su 70 aniversario a David Vanian cantante de estilo gótico -como se parecia en el vídeo- que hace una versión apañadita de Eloise; el grupo se llama The Damned.


El soroll que feies

Cada nit, l'Eloïsa m'insultava des de l'altaveu del menjador. Era una gravació de la nostra última discussió.

Els veïns protestaven. El meu fill insistia que necessitava ajuda.

Ahir vaig esborrar-la.

Vaig sopar en silenci, mirant el seu costat buit del sofà. Ja no recordava com pronunciava el meu nom quan encara m'estimava.

Aquest matí he trucat a una empresa de recuperació de dades.

—Podem recuperar-ho tot. També els insults.

—Tot —he contestat.

Després he rentat els plats. Dos cops.

A l'Eloïsa mai li semblaven prou nets.


domingo, 11 de octubre de 2026

 

ESCRIBO POR INTERÉS

Tengo la teoría, seguramente poco romántica, de que existen dos grandes motores que nos mueven por la vida: el interés y el dinero.

Y antes de que alguien me acuse de materialista, aclaro que cuando hablo de «interés» me refiero a un inmenso cajón de sastre donde caben el amor, la amistad, la curiosidad, las inquietudes profesionales, las pasiones y hasta esas ganas, tan humanas, de que alguien nos preste un poco de atención. El dinero, por su parte, no necesita demasiadas explicaciones. Se explica solo y, por lo general, bastante bien.

Lo ideal sería que ambos motores funcionasen al mismo tiempo, aunque no siempre tenemos esa suerte. Unas veces hacemos las cosas porque nos gustan; otras, porque nos pagan. Y, cuando coinciden ambas circunstancias, podemos considerarnos unos privilegiados.

Lo que tengo bastante claro es que, cuando no existe ninguno de esos dos estímulos, cuesta encontrar motivos para moverse. Salvo que nos empujen, naturalmente.

Viene todo esto a cuento de una frase que acabo de leer de Gustave Flaubert, uno de esos escritores a los que se supone que hay que dar la razón por el simple hecho de llevar más de un siglo muertos y figurar en todas las historias de la literatura.

Decía el insigne francés:

«Escribo por el solo placer de escribir, para mí solo, sin ninguna finalidad de dinero o publicidad. En mi pobre vida, tan vulgar y tranquila, las frases son aventuras y no recojo otras flores que las metáforas».

Pues mire usted, monsieur Flaubert, permítame que discrepe.

No dudo de que escribir le produjese un placer inmenso. A mí también me ocurre, aunque reconozco que algunas veces las palabras se resisten tanto que termino preguntándome si no sería más provechoso dedicarme a la jardinería. Tampoco pongo en duda que no persiguiese el dinero. Hasta ahí, de acuerdo.

Pero eso de escribir «para mí solo» ya me cuesta bastante más digerirlo.

Porque una cosa es escribir para uno mismo y otra muy distinta querer que lo escrito permanezca exclusivamente para uno. Hay quien llena cuadernos que jamás enseña a nadie. Lo comprendo. Pero cuando uno decide publicar sus pensamientos, sus historias o sus desvaríos, sospecho que está reconociendo algo que, por pudor o por coquetería intelectual, le cuesta confesar: que desea ser leído.

Y no hay nada de malo en ello.

Es más, me atrevería a decir que detrás de muchas vocaciones literarias se esconde una pequeña vanidad. La de imaginar que nuestras palabras pueden interesar a alguien. Que una desconocida sonría al leer una frase nuestra, que otro lector se enfade con lo que hemos escrito o que alguien, en algún lugar, se detenga un momento a pensar.

¿Acaso eso no es interés?

Por supuesto que se puede escribir sin esperar dinero, fama ni reconocimiento. Pero me cuesta creer que quien ofrece sus palabras a los demás sea absolutamente indiferente a lo que ocurra con ellas.

Y ahí es donde la declaración de Flaubert me parece un tanto contradictoria. Si escribía únicamente para sí mismo, ¿cómo es que, tantos años después, yo estoy leyendo sus palabras y, para mayor atrevimiento, discutiéndolas públicamente?

Quizá el bueno de Gustave fuese mucho más modesto que yo. O quizá disfrutase cultivando esa imagen del escritor puro, ajeno a las miserias mundanas y entregado al noble ejercicio de perseguir metáforas.

En cualquier caso, voy a confesaros algo.

Yo escribo porque me gusta. Porque me divierte, porque a veces necesito ordenar mis pensamientos y porque hay cosas que, si no las escribo, se me quedan dando vueltas por la cabeza.

Pero también escribo para que me leáis. Y, puestos a ser sinceros, prefiero que os guste lo que escribo, aunque tampoco me disgustaría que alguna vez me llevaseis la contraria.

Dinero, desde luego, no gano un céntimo.

Así que, si habéis llegado hasta esta última línea, ya sabéis cuál es mi interés.

Y, de paso, acabáis de pagarme.

«Mi justicia es la justicia de la libertad, la justicia de la democracia; en resumen, la justicia de la tolerancia» (Hans Kelsen situó en su lugar a la Justicia aunque no lo hayamos sabido aplicar. Para él era fácil: filósofo nacido el 11 de octubre de 1881)

Hoy me venía como vinilo a la reflexión "Paperback Writer" de The Beatles. Trata de un escritor dispuesto a modificar su novela para conseguir que se la publiquen. Una sátira a quien presume de escribir por vocación, aunque aceptaría cambiar el final, el protagonista y hasta sus principios por un buen contrato editorial

Escric per interès

Escric per interès. Al principi, pels diners. L'editor em va proposar publicar la novel·la si jo n'assumia les despeses. Vaig descobrir que el meu talent era sobretot financer.

Després vaig escriure per venjança. La meva exdona va comprar tots els exemplars perquè ningú els llegís. Va ser el meu únic èxit de vendes.

Ara escric per amor. Cada nit invento una conversa amb ella, que va morir fa tres anys.

De vegades em corregeix alguna paraula.

Continua sent tan tossuda com sempre.

Ahir em va fer esborrar «exdona».

sábado, 10 de octubre de 2026


EL POLÍTICO QUE OLVIDÓ PARA QUÉ SERVÍA

La mañana del martes, el ministro se despertó con una extraña sensación. Recordaba perfectamente su nombre, el partido al que pertenecía, el sueldo que cobraba y hasta el número de la matrícula de su coche oficial. Sin embargo, había olvidado algo fundamental.

No sabía para qué servía.

Preocupado, llamó a su jefe de gabinete.

—Oye, una pregunta. ¿Para qué estoy yo aquí?

—Para gobernar, ministro.

—Ya. ¿Y para qué gobernamos?

Su jefe lo miró desconcertado. Llevaba quince años trabajando con él y nunca le había hecho una pregunta tan incómoda.

—Para ganar las próximas elecciones, naturalmente.

—¿Y cuando ganemos?

—Pues para preparar las siguientes.

Aquello le pareció razonable, aunque no acababa de convencerlo.

Decidió investigar. Abrió los cajones de su despacho y encontró encuestas, informes sobre intención de voto, fotografías estrechando manos, discursos que nunca había escrito y una carpeta titulada «Estrategias para mantenerse en el poder».

En el fondo del último cajón apareció un folleto amarillento de su primera campaña electoral. En él se veía a un joven sonriente, con bastante más pelo y un traje que le quedaba grande. Debajo, en letras enormes, podía leerse:

«HE VENIDO PARA SERVIR A LOS CIUDADANOS».

Aquello le produjo una conmoción.

¡Claro! ¡Eso era!

Se levantó entusiasmado y anunció que quería salir a la calle, hablar con los vecinos, conocer sus problemas y ponerse a trabajar para resolverlos.

Su jefe de gabinete palideció.

—Ministro, ¿se encuentra usted bien?

—¡Mejor que nunca! ¡Por fin recuerdo para qué me eligieron!

A media mañana estaba sentado en un banco, escuchando a una mujer que llevaba seis meses esperando una intervención quirúrgica. Después habló con un joven que trabajaba y dormía en su coche porque no podía pagar un alquiler. Tomó notas, pidió expedientes, llamó a varios responsables administrativos y exigió soluciones.

Al día siguiente, la dirección del partido convocó una reunión extraordinaria.

El diagnóstico fue unánime: el ministro estaba sufriendo un preocupante trastorno de personalidad.

Lo destituyeron por pérdida de confianza.

Y aquella misma tarde, mientras recogía sus pertenencias, recibió la visita de su sucesor.

—Dime una cosa —le preguntó el recién nombrado ministro—. ¿Qué debo hacer para desempeñar correctamente el cargo?

El destituido lo miró un instante.

—Procura no recordar nunca para qué estás aquí.

«Lo difícil es lo que lleva un poco de tiempo; lo imposible es lo que lleva un poco más». (Esta es una de las frases más parafraseadas de la historia. El original es de Fridtjof Nansen nacido el 10 de octubre de 1861 para ser explorador y político y, a pesar de esto último, premio nobel de la paz en 1922)

Gabriella Cilmi cumple hoy 35 años y debutó con la canción del vídeo  hace 18 años. Haced cuentas. 

LA MEL

La meva mare em va advertir que als homes els agradaven les dones dolces. Per això vaig aprendre a somriure amb les dents premudes.

El meu marit em deia «caramelet» quan volia que callés. Jo callava.

Ahir em va presentar la seva amant.

—Espero que siguem civilitzats —va dir.

Li vaig oferir te. A ella, amb mel. A ell, sense res.

—Ja no em poses sucre?

—Te'n posarà ella.

La noia va deixar la tassa damunt la taula.

—A mi també m'agrada el te amarg —va dir.

Vam riure totes dues.

Ell no.