martes, 3 de febrero de 2026

PROPIEDAD PRIVADA, RESPONSABILIDAD PÚBLICA

El propietario se levantó ese lunes con el mismo ritual de siempre: café (descafeinado, por si la realidad venía con taquicardia), correo del banco y una notificación judicial que, como todas, olía a “usted no manda aquí”.

En el piso seguía viviendo Mireia —exinquilina, excontrato, excualquier cosa menos “ex”— con la puntualidad de un reloj suizo: nunca se iba, pero cambiaba las excusas cada semana, para que el guion no se aburriera.

—Me quedo porque estoy en tránsito emocional —dijo por teléfono, como si el pasillo fuera una aduana.

Él intentó el razonamiento clásico, ese que funciona en los cuentos infantiles:

—Mireia, el contrato terminó.

—Sí, pero yo todavía no he terminado con el piso.

El propietario consultó a su abogado, que se encogió de hombros con una elegancia aprendida en sala:

—Lo importante es que usted conserve la calma.

—¿Conservar? Si ni siquiera conservo mi salón.

Un día, por fin, el destino decidió hacer de perito. La barandilla del balcón, vieja como una promesa electoral, cedió con un “crack” que sonó a acta notarial. Mireia cayó, pero no cayó sola: cayó también la lógica, la paciencia y un trozo de fe en la especie humana.

Al mes siguiente, el propietario recibió la sentencia. La ley, siempre creativa, dictaminaba que él debía responder por el accidente.

—Pero… ¡si no puedo entrar al piso! —protestó.

—Precisamente —contestó la Justicia, con voz de profesora de primaria—: usted es el propietario. Y el propietario, como Dios, está obligado a estar en todas partes a la vez.

El abogado lo tradujo a lenguaje humano:

—Usted es responsable aunque no tenga llaves, aunque no tenga acceso, aunque no tenga ganas de vivir. La propiedad es un derecho… y una condena.

El propietario volvió a llamar a Mireia.

—Necesito arreglar la barandilla.

—¿Ahora sí te preocupa mi seguridad? Qué bonito —dijo ella—. Te doy cita para 2043. Trae herramientas y una actitud menos capitalista.

Colgó. Él miró el balcón en su mente: un agujero con vistas y un país entero asomado a él, haciendo equilibrio sobre una frase: “No es tu casa, pero es tu responsabilidad.”

Esa noche, antes de dormir, apuntó en una libreta su plan de futuro: venderlo todo, comprarse una tienda de globos y vivir de lo único que aún flotaba sin pleitos: el aire.

Y entendió la moraleja: si no mandas en tu casa, al menos paga por ella.

 (Basado en un hecho real)

«Todo el mundo recibe tanta información cada día que pierde el sentido común.» (La frase es de Gertrude Stein que vivió entre el 3 de febrero de 1874 y el 27 de julio de 1946 es decir, cuando aún no existían ni la televisión, ni internet, ni las redes sociales, ni el/la vecin@ del quinto que todo lo sabe)

Ritchie Valens hace  67 años que ya no canta "La Bamba" (ni ninguna otra canción) Nosotr@s, si. O al menos podemos intentarlo.

Amb un peu a la vora

A la cuina, la ràdio grinyola i jo practico: una mica de cintura, una mica de vergonya. Per ballar La Bamba no cal ser artista, diuen; només cal saber perdre la por sense fer gaire soroll. Però a mi el silenci em surt car.

La cadira fa de parella. El terra, de jutge. Cada pas és una firma al parquet: avui em dono permís. Em moc com qui demana perdó i, de sobte, com qui no en demana.

Quan la cançó s’acaba, el món continua. Jo també, però diferent: una mica més dret.


 

 

lunes, 2 de febrero de 2026

LA CLARIDAD DE LA CONFUSIÓN

 

Me inquieta comprobar que, cuanto más avanzamos, menos claro resulta todo. Y lo curioso es que no es una sensación pasajera, ni una mala racha: es casi la atmósfera de época. Como si el “progreso” no fuera una carretera, sino una rotonda enorme con luces LED… donde giramos más rápido, sí, pero sin estar seguros de en qué salida se nos va la vida.

Nos vendieron que avanzar era aclarar. Que la ciencia iluminaba, que la tecnología ordenaba, que la información nos haría libres y que la modernidad venía con instrucciones. Y mira: tenemos manuales para todo menos para estar en paz. Actualizaciones constantes, agendas inteligentes, relojes que te dicen si has dormido bien y aplicaciones que te recuerdan beber agua… pero nadie te avisa cuando te estás secando por dentro.

Antes la confusión era un accidente; hoy parece un sistema operativo. Y eso da miedo, porque la confusión ya no se siente como “no sé”, sino como “sé demasiado y aun así no entiendo”. Te hablan de productividad, de eficiencia, de optimización… y la vida, mientras tanto, sigue siendo un bicho indócil, una cosa que no se deja gestionar como una carpeta. La ansiedad no se desinstala. El duelo no se archiva. La soledad no se “sincroniza”.

A veces pienso que el progreso no nos ha vuelto más sabios, sino más exigentes. Queremos respuestas inmediatas a preguntas que son lentas. Queremos certeza en un mundo que, por definición, es probabilístico. Queremos control donde solo hay convivencia con lo imprevisible. Y claro: cuando la realidad se resiste, culpamos a la realidad… o nos culpamos a nosotros por no estar “a la altura”.

Lo más perverso es que esta confusión viene disfrazada de claridad. Datos, gráficos, titulares, opiniones con tono de sentencia. Todo se formula con una seguridad impecable, como si el que duda fuese débil, como si matizar fuera una falta de carácter. Y así nos empujan a escoger bando, etiqueta, relato. A simplificar. A gritar. A creer que la complejidad es un lujo de gente ociosa. Pero la complejidad no es un lujo: es el precio real de mirar sin trampas.

Y en medio de todo, uno se pregunta: si esto es avanzar, ¿por qué me siento más perdido? Tal vez porque el progreso acumula herramientas, pero no necesariamente sentido. Porque nos ha dado potencia sin brújula. Porque hemos ganado velocidad y hemos perdido silencio. Y sin silencio no hay pensamiento: solo reacción.

Quizá lo único clarísimo sea la confusión porque la confusión, al menos, es honesta. No promete. No finge. Te mira y te dice: “esto es lo que hay”. Y a partir de ahí, o te inventas un mapa, o te resignas a ir a oscuras con una linterna prestada.

Yo no sé cuál es la salida. Pero empiezo a sospechar que no consiste en entenderlo todo, sino en aprender a vivir con lo que no se entiende sin volverse cínico. En aceptar que el mundo no se despeja del todo. Que la vida no es una ecuación, sino una conversación. Y que quizá avanzar no sea acumular progreso, sino recuperar algo sencillo y casi subversivo: el derecho a no tenerlo claro… y aun así seguir caminando.

«No puedes comprender por completo a otra persona… y quizá tampoco debas quererlo.» (Hella Haasse tuvo que ser contraria a los libros de autoayuda, esos que proclaman “conócete a ti mism@ y conocerás a los demás”. Supongo que pensó que bastante trabajo tenía con conocerse a si misma. Nació en 1918, un 2 de febrero)

Eden Espinosa cumple hoy 48 años y se podría haber ganado la vida solo como cantante, pero su actividad principal es la de actriz y tampoco lo hace del todo mal.  

El bip

A la ràdio del taller, la frase arriba amb una mossegada i, abans de fer sang, bip.

El mecànic riu: “Això no es pot dir.”

La seva filla, amb les mans plenes de greix i futur, li respon: “Doncs això és el problema: que el bip ens deixa sense paraules i, sense paraules, ens deixen sense sou.”

Ell baixa el volum com qui abaixa la mirada.
Fora, una dona creua el carrer amb talons cansats. El semàfor fa bip també, però ningú no s’indigna.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

RONDA DE DESEO

Me besó en mitad de la Gran Via, justo donde Barcelona presume de prisa y, sin embargo, se detiene por tonterías: un taxi mal aparcado, un turista con mapa, una duda existencial con forma de paso de cebra.

Fue un beso largo, de esos que no piden disculpas al semáforo. Nos quedamos clavados entre carriles y, alrededor, los coches hicieron lo más insólito: callaron. Alguno pitó, sí, pero con poca convicción, como si el claxon también tuviera vergüenza. Un autobús frenó con esa dignidad cansada de quien ha visto de todo: despedidas, borrachos, promesas.

Yo llevaba años entrenándome para lo contrario: para irme. Para no coger billetes de vuelta, para vivir con lo justo, para no colgar cuadros porque los cuadros son una forma de rendición. Mi vida cabía en una mochila y en una excusa elegante: “es que soy así”. La frase preferida de quienes se llaman libres cuando, en realidad, solo están blindados.

Él era un conocido de esos que la ciudad te regala sin pedirte permiso. Tres días cruzándonos: un café rápido en El Raval, una cerveza tibia en una barra que pegaba, una conversación que se alargó sin tocar lo obvio. Nos fuimos fabricando el beso como se fabrica una mentira: evitando decirla hasta que ya está hecha.

Y allí, en medio de la Gran Via, me falló mi disciplina de nómada. Sus manos encontraron mi nuca con una certeza antigua. Su boca me habló en un idioma sin argumentos. Sentí el peligro real: no el deseo (el deseo es fácil), sino la amenaza blanda de empezar a imaginar una llave en el bolsillo, un cepillo de dientes doble, un “quédate” sin comillas.

La ciudad, que siempre mira, miró. Un par de personas sonrieron. Otra grabó con el móvil, porque hoy todo necesita pruebas para existir. Un motorista nos rodeó como si esquivara un charco y soltó un “va, home…” que sonó más a envidia que a queja.

Esa noche, en su piso cerca de Plaça de Catalunya, el beso se convirtió en su consecuencia lógica: piel, respiración, esa ternura que parece valiente porque dura lo que dura una noche cuando nadie exige nada. A las cuatro de la mañana, yo ya estaba abrochándome el abrigo, como si vestirme fuera una forma de volver a ser la de antes.

Bajé a la calle. Barcelona seguía ahí, impecable en su cinismo: gente yendo a trabajar, persianas subiendo, panaderías abriendo, la normalidad como una religión.

Me vibró el móvil: una foto en blanco y negro. Su cara. Sus ojos. Y una sola palabra: “amor”.

Hice lo único que sé hacer cuando algo me quiere de verdad: guardé el teléfono, eché a andar sin mirar atrás.

Y aun así, desde entonces, cada vez que cruzo una calle y el semáforo se pone en rojo, no siento que se detenga el tráfico.

Siento que se me detiene la huida.

«Cataluña, motor industrial de España, soporta un trato económico discriminatorio —fiscal, crediticio y de inversión pública— que, por centralismo administrativo, frena su desarrollo y obliga a competir en desventaja frente al centro.» (Josep María Marcet i Coll alcalde de Sabadell entre 1940 y 1960, frase que figura en el informe que el 1 de febrero de 1957 le entregó al dictador Franco en un impoluto castellano ya que Franco no hablaba catalán ni en la intimidad. Hasta dentro de las propias filas del franquismo se decía los que acabáis de leer. La vida sigue igual)

Claude François hubiese cumplido hoy 87 años, se quedó en los 39. Arreglar un enchufe eléctrico mientras se estaba duchando no fue buena idea.  Por cierto la canción "Comme d'habitude" es original suya, de 1967. La popularizaron un tal Paul Anka y, sobre todo, otro tal Frank Sinatra en 1969.

 La "otra" versión. Quedaros con la que más os guste.

 

La coreografia del silenci

Cada vespre tornes a casa amb el mateix gest, com si t’ensenyessin en una acadèmia: claus a la safata, jaqueta a la cadira, un “què tal” que no vol resposta. Jo faig el paper que em toca: somric a mitja potència, paro taula, escolto el noticiari com qui escolta pluja. Ens asseiem un davant l’altre i masteguem minuts. La teva mirada passa per mi sense frenar, com un tren que ja no para en aquesta estació. I, tot i així, jo aplaudeixo per dins: com de costum, hem sobreviscut a un altre dia.


 

 

sábado, 31 de enero de 2026

RODALIES: DISCULPE LAS MOLESTIAS DEL PLANETA
 
(Imagen creada con inteligencia artificial)

Hay una forma muy elegante de no arreglar nada: ponerle nombre a un problema y fundar un grupo para estudiarlo. Es como cuando en una pareja alguien dice “tenemos que hablar” y, en vez de hablar, se compra una libreta nueva. La libreta huele a futuro. La relación sigue igual. Rodalies también.

La noticia vende una idea amable: el cambio climático como culpable invisible. Y ojo, no digo que no exista ni que no afecte. Claro que afecta: lluvias más intensas, episodios más extremos, taludes que ceden, muros que caen, vías que se comportan como una cuerda vieja en manos de un acróbata cansado. Pero lo que se está jugando aquí no es el debate científico, sino el arte político de cambiar el foco: del mantenimiento a la meteorología; de la responsabilidad concreta a la causa global; del “¿quién no hizo lo que tocaba?” al “esto nos supera a todos”.

Porque el ciudadano que se queda colgado en un andén no está pensando en la temperatura media del planeta en 2050. Está pensando en su jefe, en la escuela del niño, en el médico al que llega tarde, en esa humillación cotidiana de pedir perdón por algo que no ha hecho. Ahí es donde Rodalies deja de ser un servicio y se convierte en una máquina de desgaste moral: no te rompe el día de una vez, te lo va raspando, como una lija fina, hasta que te acostumbras a vivir con la piel más dura. Y cuando la gente se acostumbra, ya no protesta: se resigna. Eso es peligrosísimo.

El “grupo de trabajo” suena a sensatez, suena a adultos en una sala con gráficos y corbatas sobrias. Pero la pregunta que importa no es si hay una sala. La pregunta es: ¿qué pasa mañana a las 7:15? ¿Qué punto crítico se interviene? ¿Qué protocolo evita que una incidencia se convierta en una estampida de retrasos? ¿Qué cambia para que la próxima lluvia no sea, otra vez, una excusa?

Porque la lluvia, seamos serios, no es una sorpresa. La sorpresa es que una infraestructura que lleva décadas recibiendo avisos, que arrastra déficits de inversión y una complejidad de competencias que parece diseñada para que nadie sea culpable, siga funcionando como si el clima fuera un invitado educado que avisa antes de entrar.

Y aquí está el truco: cuando un problema es de “cambio climático”, nadie lo ha hecho mal. Cuando un problema es de mantenimiento, coordinación, planificación y presupuesto, alguien sí lo ha hecho mal o, como mínimo, alguien ha priorizado otras cosas. Y eso tiene nombre y apellido, aunque sea institucional.

A mí lo que me inquieta no es el grupo en sí. Me inquieta el momento. El grupo aparece cuando hay tensión pública, cuando hay indignación acumulada, cuando ya hay un relato de colapso. Entonces el anuncio sirve como analgésico: da sensación de acción sin obligarte a demostrar resultados inmediatos. Se abre una ventana de tiempo muy útil: “estamos trabajando en ello”. Un verbo comodín. Trabajando. Como si trabajar fuera un resultado y no un proceso.

Y, mientras tanto, el ciudadano aprende otra lección: que la verdad se estira. Hoy se explica por la lluvia; mañana por el cambio climático; pasado por “incidencias puntuales”; al final por “un sistema complejo”. Siempre hay una frase para que el problema no aterrice donde duele.

La noticia también deja otra cosa en el aire: la rentabilidad política del caos. Cuando un servicio público falla, se genera un ambiente perfecto para dos discursos opuestos pero gemelos: uno dice “hay que invertir”, el otro dice “ves, lo público no funciona”. Ambos se alimentan del mismo desastre. Y en medio, la gente que solo quiere llegar a casa no es protagonista: es material estadístico.

Lo que se echa de menos —y se echa de menos con rabia— es lo básico: un plan con fechas, con responsabilidades, con prioridades claras. Un lenguaje menos ceremonial y más quirúrgico: qué tramos, qué taludes, qué drenajes, qué señalización, qué recursos humanos en centros de control, qué coordinación real entre operadores. Y, sobre todo, qué métricas se van a publicar para que el ciudadano no tenga que creer, sino comprobar.

Porque esa es la diferencia entre una democracia adulta y una democracia de teatrillo: en la primera, se rinde cuentas; en la segunda, se rinden titulares.

Y sí, el cambio climático obliga a replantear muchas infraestructuras. Pero no puede convertirse en el paraguas bajo el cual se refugia lo de siempre: la desidia, el parche, la excusa técnica para tapar una decisión política. Si mañana llueve y el tren se para, el ciudadano no necesita que le hablen del planeta. Necesita que alguien le diga: “Esto es lo que falló, esto es lo que hemos hecho hoy, y esto no volverá a pasar por esta causa.” Y si no se puede prometer, que se diga también, con honestidad: “No podemos garantizarlo aún”. La honestidad sería casi revolucionaria.

La lectura que me queda, y que creo que el lector debería replantearse, es incómoda pero útil: cuando te anuncian un grupo de trabajo, no mires el nombre del grupo; mira lo que cambia en el calendario real de tu vida. Si nada cambia, el grupo no es gestión: es narrativa. Y una narrativa, por muy bien redactada que esté, no te lleva a casa. Te deja esperando en el andén, con una verdad grande y abstracta cayéndote encima como lluvia, mientras el problema pequeño y concreto —el de siempre— sigue sin tocarse.

«El ministro y la consellera han acordado la creación de una Comisión Política para coordinar y supervisar el proceso de traspaso de Rodalies.»«De esta Comisión colgarán diferentes grupos de trabajo que abordarán el traspaso del servicio, el traspaso de la infraestructura y las inversiones necesarias.» (Fuente: la Moncloa, 10 de enero de 2024; el Ministro es Oscar Puente y la consellera Silvia Paneque, l@s mism@s de ahora)

Aquí os dejo la versión original de  "Trains And Boats And Planes" de Burt Bacharach del 1965 Aunque a mi me gusta más la versión que os pongo a continuación.


 
 
Bitllet d’anada i tornada a ningú

A l’andana, el rellotge fa trampes: marca sempre l’hora en què vas dir “tornaré”. Jo compro bitllets com qui compra excuses.

Tren: sacseig que m’espolsa la dignitat.

Vaixell: sal a la boca i una promesa que s’ofega.

Avió: un soroll blanc que tapa el teu silenci.

Quan arribo, la ciutat és la mateixa, però el teu nom ja no s’hi obre.

Llavors entenc el viatge: no era per trobar-te, era per aprendre a baixar.