SOMBRAS
Las sombras no vienen a
estropear la fiesta. Vienen a recordar que hay un cuerpo frente a la luz.
Nos enseñaron a perseguir la
claridad como si fuera una absolución: más luz, menos grietas, cero rincones.
Pero la luz no perdona; la luz señala. Y, cuando aprieta, la sombra se vuelve
nítida, casi orgullosa, como un trazo de carbón sobre una pared recién pintada.
La sombra te acompaña porque
tú existes. Porque ocupas sitio. Porque no eres aire. Caminas y ella camina,
pegada a tus tobillos, a tu nuca, a esa zona del pecho donde guardas lo que no
te atreves a decir en voz alta. Hay días en que querrías despegarte de ella,
dejarla atrás como se deja un abrigo pesado al entrar en casa. Pero la sombra
no se deja: no es un objeto, es un resultado.
Cuanto más intensa es la luz,
más se nota el relieve de lo que ilumina. La alegría, cuando es de verdad,
proyecta su propio contrapeso. Un amor que te despierta dibuja también el miedo
a perder. Un logro, con su aplauso, enciende el inventario de renuncias. Y ahí
aparece la sombra, más grande, no como amenaza, sino como prueba: hay algo
valioso ardiendo.
Confundimos sombra con
defecto. Con mancha. Con culpa. Y la sombra, a menudo, es solo el sitio donde
la vida no posa para la foto. Ese margen que no entra en el discurso perfecto.
La parte que no cabe en una explicación rápida y, por eso mismo, es real.
Hay sombras que son duda —una
duda fina, casi elegante—. Otras son vergüenza, que se pega a la piel como una
camisa húmeda. Otras son nostalgia: esa punzada suave que aparece justo cuando
te ríes, como si alguien, desde lejos, te tocara el hombro. Y también está la
sombra del cansancio, que no pide épica, solo una silla y un rato de silencio.
La luz intensa no te hace
impecable: te hace visible. Y ser visible es un pacto con lo imperfecto. Se ven
tus bordes. Tus cicatrices. Tus contradicciones. Se ve lo que te sobra y lo que
te falta. La luz no te mejora: te desvela. Y la sombra no te condena: te da
volumen.
Quizá la paz no sea vivir sin
sombras, sino dejar de discutir con ellas. Aprender a caminar con esa presencia
sin dramatizarla, sin convertirla en enemigo. Mirarla de reojo y decir: estás
ahí; yo también.
Porque si hoy tu sombra pesa
más, tal vez no sea porque te estés hundiendo. Tal vez sea porque, por fin,
estás bajo una luz que importa.
«El coste de la libertad es
menor que el precio de la represión. Aunque ese coste sea de sangre» (William
Edward Burghardt Du Bois su nombre fue tan largo como su vida: nació el 23 de
febrero de 1868 y murió el 27 de agosto de 1963. Aunque hablaba de costes no
fue economista ni nada parecido, fue sociólogo, historiador, activista por
los derechos civiles, panafricanista,
autor y editor estadounidense)
La mentida en veu baixa
Canta sense bateria, sense foc
d’escenari: només una veu que es rasca el cor. A cada “t’estimo” li cau una
engruna de vidre. Ell no hi és, però encara ocupa el passadís: sabates
invisibles, alè antic, la clau girant dins el cap. Ella posa les mans al piano
com qui posa benes.
No el disculpa. No es
disculpa.
Només descriu el cercle: el
cop, la carícia, el “perdona”, la pau falsa. I el silenci final, que pesa més
que qualsevol crit.




