jueves, 21 de mayo de 2026

 

LA EXCURSIÓN


El primer ovni aterrizó en el aparcamiento del Lidl, porque hasta el misterio tiene que buscar sitio.

Yo estaba cargando dos bolsas de la compra y una tristeza pequeña, de esas que no justifican terapia pero tampoco se van con yogures en oferta. La nave no hizo ruido. Solo dobló el aire, como quien arruga una sábana limpia antes de dormir mal.

De ella bajaron tres seres delgados, cabezones, con ojos enormes y una elegancia de insecto triste. La gente grabó. Un niño gritó:

—¡Son extraterrestres!

Uno de ellos giró la cabeza hacia mí. No hacia todos. Hacia mí. Eso ya me pareció de mala educación.

Se acercó con pasos delicados, como si el suelo le diera pena.

—No somos extraterrestres —dijo en un castellano antiguo, casi correcto—. Somos vosotros.

La señora del carrito murmuró:

—Pues vaya futuro más desmejorado.

El ser sonrió sin boca. O eso intentó.

—Venimos de muy lejos.

—¿De otra galaxia?

—De las consecuencias.

Aquello sí que asustó. Las galaxias quedan lejos, pero las consecuencias suelen vivir en el rellano.

Me enseñó una fotografía transparente. Allí estaba yo, más joven, firmando algo en una pantalla. Un consentimiento, una renuncia, una comodidad. No supe cuál. En las fotos del futuro todos salimos culpables aunque miremos a cámara.

—Solo venimos a observar —dijo.

—Eso decís todos los que no queréis ayudar.

El ser bajó sus ojos enormes. Dentro de ellos había ciudades sin sombra, mares educados por decreto y niños estudiando árboles en hologramas, como nosotros estudiábamos dinosaurios: con nostalgia y cierta superioridad imbécil.

—No podemos cambiar nada —susurró.

—Claro. Muy humano eso.

Entonces sacó una libreta. Una libreta de papel. La acarició como si fuera un animal extinguido.

—Estamos de excursión escolar —confesó—. El tema de hoy es “el último siglo en que todavía era posible”.

Miré alrededor. La gente seguía grabando. Nadie escuchaba. Una adolescente pidió que repitieran la frase, pero más dramática, para subirla bien. Un repartidor aprovechó para aparcar en doble fila. El encargado del Lidl salió a preguntar si la nave consumía plaza de cliente.

El ser me tendió la libreta.

—Escriba algo para nosotros.

Pensé en advertencias solemnes, en frases con músculo moral, en esas palabras que los humanos usamos cuando ya hemos perdido la vergüenza pero queremos conservar el estilo.

Al final escribí: “No éramos malos. Solo estábamos ocupados”.

El ser leyó la frase. Luego miró el aparcamiento, las bolsas, los móviles, el cielo con esa luz de tarde que aún no sabía que era un privilegio.

—Eso pone en todos los libros —dijo.

Y antes de subir a la nave, me llamó abuelo.

«Las discusiones permiten que la pasión se calme.» (Charles Albert Gobat, nacido el 21 de mayo de 1843 para ser premio Nobel de la Paz en 1902 y, como tant@s otr@s, quedarse solo en palabras)

Leo Sayer cumple hoy 78 años y muchas generaciones han necesitado esta canción para enamorarse... o desenamorarse.

La distància també truca

Quan la nit li queia damunt com una manta mal posada, ell acostava el telèfon a l’orella encara que ningú no truqués. A l’altra banda del món, ella dormia amb una mà fora del llençol, com si busqués una absència concreta.

No calia parlar. Havien après que l’amor, quan no pot tocar, inventa passadissos.

Ell tancava els ulls.

Ella, sense despertar-se, somreia.

I durant uns segons la distància feia veure que no existia.




miércoles, 20 de mayo de 2026

 

PRESUNCIÓN DE INOCENCIA


En el Congreso, aquella mañana, la presunción de inocencia entró por la puerta principal escoltada por dos ujieres, tres cámaras, cinco asesores y un señor que llevaba la palabra prudencia doblada en el bolsillo de la americana.

El presidente subió a la tribuna con gesto grave, de esos que se ensayan frente al espejo hasta que la gravedad parece una prestación del cargo.

—Todo mi apoyo al expresidente Zapatero —dijo.

Y la frase cayó sobre los escaños como una manta limpia sobre una cama sin hacer.

La oposición pidió explicaciones.
El Gobierno pidió respeto.
Los socios pidieron tiempo.
Los periodistas pidieron titulares.

Y el país, que ya había pedido cita previa para entender algo, recibió un justificante de ausencia institucional.

Zapatero no estaba allí, pero ocupaba más sitio que muchos presentes. Su nombre flotaba sobre el hemiciclo con esa ligereza de los asuntos delicados cuando afectan a los propios. Si hubiera sido otro, quizá habría pesado más. Tal vez habría sonado la palabra “responsabilidad”. Incluso “dimisión”. Palabras antiguas, casi decorativas, como los ceniceros de los ministerios.

—La justicia debe actuar —añadió el presidente.

Lo dijo con tal convicción que durante unos segundos pareció que la justicia era una señora mayor cruzando lentamente la calle, mientras todos los partidos le ofrecían el brazo solo si iba en su dirección.

Desde la tribuna, un diputado gritó algo sobre regeneración democrática. Nadie le hizo mucho caso. La regeneración democrática, en España, siempre llega tarde, se equivoca de sala y acaba tomando café con el imputado, aunque oficialmente solo era una infusión.

Al terminar la sesión, los portavoces salieron al pasillo.

—Máximo respeto a los tribunales —dijo uno.

—Confianza absoluta en la justicia —dijo otro.

—No comentamos procedimientos abiertos —dijo un tercero, comentándolo durante doce minutos.

Fuera, en la calle, un jubilado miró la noticia en el móvil y negó con la cabeza.

—Al final son todos inocentes hasta que prescriben —murmuró.

Y siguió caminando, porque en este país la indignación también tiene horario: abre por la mañana, cierra para comer y por la tarde ya no sabe contra quién iba.

«El mundo está hecho de utopías realizadas. La utopía de hoy es la realidad de mañana.» (Frédéric Passy autor de la frase fue un optimista. Nacido el 20 de mayo de 1822 y, tal vez por su optimismo o por otras causas que desconozco, le dieron el Nobel de la paz es decir, de la utopía en 1901)

Hoy Naturi Naughton cumple 42 años, tantos como la remake de la película y canción del vídeo; los tiempos no han cambiado tanto: solo son otr@s l@s que ocupan los sillones.


La llum no sap aplaudir

Va pujar a l’escenari convençuda que la fama tindria gust de victòria. Els focus li van mossegar la cara, el públic va rugir i algú va cridar el seu nom com si fos una ordre.

Ella va somriure. Per fi.

Quan va tornar al camerino, el mirall encara l’esperava amb aquella mala educació de sempre. Sense música. Sense pietat.

—Ja està? —li va dir.

I ella, amb el maquillatge desfent-se com una promesa barata, va entendre que l’aplaudiment no abraça. Només fa soroll.


martes, 19 de mayo de 2026

 

EL AMIGO DEL AMIGO


El Auto entró en España a media mañana.

No entró por la puerta principal, como las grandes verdades, sino por una impresora cansada, con el tóner justo y una bandeja de folios que llevaba meses soportando providencias, oficios, exhortos y pequeñas catástrofes administrativas.

Primero salió una página.

Luego otra.

Después otra más.

Ochenta y cuatro páginas no parecen muchas hasta que descubres que dentro caben un expresidente, una aerolínea, varios asesores, una pandemia, un rescate público, mensajes de WhatsApp, sociedades con nombres modernos, registros policiales, siglas con vocación de blindaje y esa vieja costumbre nacional de llamar “contacto” a lo que antes se llamaba “poder”.

El funcionario que recogió el Auto no se sorprendió. Los funcionarios de los juzgados ya no se sorprenden de nada. Han visto herencias que destrozan familias, divorcios que parecen guerras coloniales, empresarios que lloran al oír la palabra embargo y políticos que descubren la presunción de inocencia justo cuando la necesitan para ellos.

Lo dejó sobre la mesa.

El papel hizo un ruido seco.

Como si alguien hubiera cerrado una puerta.

En la primera página estaba el escudo. Eso siempre ayuda. El escudo convierte cualquier sospecha en algo con solemnidad. Sin escudo, un Auto parecería una discusión de bar escrita por alguien con acceso a bases de datos. Con escudo, en cambio, las frases pesan. Incluso las que no se entienden.

“Diligencias previas”.

La expresión tenía una elegancia hipócrita. Previa a qué, pensó el funcionario. Previa al juicio. Previa al escándalo. Previa a los tertulianos. Previa al “yo ya lo decía”. Previa al “esto es una persecución”. Previa al “todos son iguales”, que es la frase favorita de quienes no quieren distinguir entre nadie porque distinguir obliga a pensar.

En la página siguiente aparecían nombres.

Los nombres son la parte más delicada de cualquier Auto. Mientras son siglas o sociedades, el lector respira. Una sociedad limitada siempre parece haber nacido culpable. Una consultora, más aún. Un intermediario ya viene medio imputado de fábrica. Pero cuando aparece un nombre conocido, un nombre que estuvo en los balcones del poder, en los informativos, en los libros de historia reciente, la tinta cambia de temperatura.

El expresidente no figuraba como estatua.

Figuraba como persona.

Y eso, en España, siempre resulta ofensivo.

Durante años había hablado de paz, de diálogo, de alianzas, de futuro. Había puesto esa cara de hombre que escucha incluso cuando no escucha. Había aprendido el arte político más difícil: decir frases que no hieren a nadie porque tampoco agarran nada con las manos. Sonreía como quien pide permiso al aire. Contestaba como si todas las preguntas fueran, en el fondo, malentendidos entre personas razonables.

Pero ahora el Auto no sonreía.

El Auto no sabía sonreír.

El Auto enumeraba.

Y enumerar es una forma de crueldad.

Enumeraba teléfonos, domicilios, empresas, registros, autorizaciones, discos duros, correos electrónicos, dispositivos móviles. Enumeraba como solo sabe enumerar la Justicia cuando decide que la realidad ha dejado de ser una conversación y pasa a ser un inventario.

—Hay que intervenir terminales —decía una línea.

—Hay que asegurar soportes —decía otra.

—Hay que clonar dispositivos —decía una tercera.

La tecnología, pensó el funcionario, había acabado con una de las grandes defensas del poderoso: el olvido. Antes uno podía decir “no recuerdo” y la frase se quedaba flotando, digna, casi humana. Ahora no. Ahora el teléfono recordaba por todos. Recordaba a las tres de la mañana, en una carpeta mal borrada, en una copia de seguridad, en una nube extranjera, en un mensaje enviado con prisa, en un audio donde alguien decía lo que jamás habría firmado.

El Auto hablaba de una aerolínea.

Plus Ultra.

El nombre parecía escrito por un publicista romano contratado por una start-up. Más allá. Siempre más allá. Más allá del océano. Más allá del balance. Más allá de la solvencia. Más allá de la prudencia. Más allá, incluso, de esa línea finísima donde lo público deja de ser ayuda y empieza a parecer botín con formulario.

La pandemia aparecía de fondo.

Eso era lo más obsceno.

Mientras medio país contaba camas, respiradores y muertos, otros contaban accesos, llamadas y posibilidades. Mientras la gente aprendía a despedirse por videollamada, algunos descubrían que una crisis también abre puertas. No todas las puertas llevan a hospitales. Algunas llevan a ministerios. Otras a consejos de administración. Otras a despachos donde nadie pide favores, por supuesto, solo “explora opciones”.

España ardía en gel hidroalcohólico y ruedas de prensa.

Y en algún sitio, alguien escribía:

“Hace falta hablar con el amigo del amigo”.

El funcionario se detuvo ahí.

No porque la frase fuera jurídicamente decisiva. Eso lo decidiría otro, con toga, tiempo y suficientes recursos. Se detuvo porque aquella expresión contenía medio país.

El amigo del amigo.

No el cargo. No el expediente. No la norma. No el procedimiento.

El amigo del amigo.

La Constitución no lo menciona, pero funciona. No aparece en el BOE, pero abre puertas. No figura en los manuales de Derecho Administrativo, pero a veces corre más que un recurso de alzada. El amigo del amigo es una institución no escrita, una patria secreta, un pasillo sin ventanas donde la democracia se quita la chaqueta y se queda en mangas de camisa.

El Auto no decía “culpable”.

Los Autos prudentes nunca dicen culpable. Dicen “indicios”. Dicen “presuntamente”. Dicen “podría”. Dicen “a los efectos de”. Dicen “sin perjuicio de ulterior calificación”. El Derecho tiene una manera elegantísima de no quemarse los dedos mientras acerca la mano al incendio.

Pero el país no entiende de subjuntivos.

El país leyó “imputado” y eligió trinchera.

A la derecha le dio un ataque de pureza moral tan intenso que hubo que sentarla. Algunos llevaban décadas abrazados a sus propios imputados, pero ese día despertaron con una pasión nueva por el Código Penal. A la izquierda le dio un ataque de contexto. Todo era contexto. La fecha. El juez. El medio. La derecha. La ultraderecha. Las cloacas. La historia. La paz. La memoria democrática. Faltó poco para que alguien dijera que registrar un despacho era franquismo con impresora láser.

Nadie leyó las veinte páginas.

Leer siempre ha sido una forma peligrosa de traición.

Los periodistas buscaron la frase.

Los partidos buscaron el marco.

Los abogados buscaron el defecto procesal.

Los ciudadanos buscaron confirmación de lo que ya pensaban antes de saber nada.

El expresidente apareció en una pantalla. Negó. Negó con calma. Negó con esa serenidad que antes parecía virtud y ahora algunos interpretaron como estrategia. Dijo que jamás había gestionado nada ante ninguna administración pública. Dijo legalidad. Dijo respeto. Dijo colaboración con la Justicia. Dijo, en suma, lo que debe decir un hombre inteligente cuando un Auto empieza a andar solo por los pasillos.

Y quizá decía la verdad.

O quizá decía su verdad.

O quizá la verdad, como ocurre tantas veces en la política española, estaba escondida entre una llamada no devuelta, una reunión sin acta y un mensaje escrito por alguien que confundió confianza con impunidad.

Por la tarde, los agentes entraron en los despachos.

No entraron como en las películas. Nadie rompió puertas con una patada. La realidad judicial suele tener menos épica y más espera. Se enseña una autorización, se pide colaboración, se mira al suelo, se abre un cajón. Alguien llama a su abogado. Alguien dice que no sabe dónde está la clave. Alguien pregunta si puede hacer una llamada. Alguien se acuerda, tarde, de que los ordenadores también tienen memoria.

En una mesa había carpetas.

En otra, contratos.

En otra, una fotografía de familia.

Eso siempre complica las cosas. Las fotografías de familia tienen la mala educación de recordar que incluso los nombres de un Auto cenan, envejecen, se preocupan, abrazan, se equivocan y creen tener razones. La Justicia, cuando entra en un despacho, no solo registra documentos. Registra una vida puesta en archivadores.

Uno de los agentes levantó un portátil.

—¿Este?

—Ese también.

El ordenador se fue dentro de una bolsa.

Como un pez sacado de una pecera administrativa.

En la calle, las cámaras esperaban.

Las cámaras no buscan verdad. Buscan salida. Una puerta que se abre. Un rostro serio. Un abogado con prisa. Un coche oficial que ya no es oficial pero todavía lo parece. Buscan imágenes para que la gente pueda decir “lo he visto” aunque no haya entendido nada.

Al anochecer, el Auto ya no era un Auto.

Era un arma.

Unos lo blandían como si fuera sentencia. Otros lo despreciaban como si fuera propaganda. Los más prudentes pedían esperar, pero la prudencia no cotiza en horario de máxima audiencia. La prudencia no hace cortes virales. La prudencia no grita. La prudencia no cabe en un titular.

En algún lugar, el expresidente cerró una puerta.

Quizá pensó en sus años de Gobierno. En los aplausos. En los enemigos. En las entrevistas. En las guerras que no quiso. En las guerras que no vio. En los favores que uno no llama favores porque la palabra ensucia demasiado pronto. Quizá pensó que todo era injusto. Quizá pensó que todo era más pequeño de lo que parecía. Quizá pensó, como tantos hombres públicos cuando dejan de controlar el relato, que la historia se había vuelto desagradecida.

El Auto siguió allí.

Sobre la mesa.

Mudo.

Implacable.

No condenaba.

No absolvía.

Solo hacía algo mucho más incómodo: obligaba a mirar.

Y en un país acostumbrado a perdonar a los suyos antes de leer la primera página y a condenar a los otros antes de llegar a la segunda, mirar se había convertido en el último acto revolucionario.

 

lunes, 18 de mayo de 2026

 

EL TREN DELS CALBS


El primer cartell va aparèixer en una estació de Rodalies, just a sobre de la pantalla on abans hi deia “tren amb demora indefinida”, que és una manera catalana de dir eternitat sense posar-se místic.

Línia Orbital. Propera parada: 2040.

La gent ho va llegir amb aquella emoció neta que provoca saber que els teus nets podran arribar tard en un tren més modern.

A mig matí van arribar Salvador Illa i Oriol Junqueras amb casc blanc, somriure institucional i aquella solemnitat de qui inaugura una obra que no pensa fer servir. Van dir que l’acord no tenia res a veure amb les eleccions andaluses del dia anterior. Res. Zero. Casualitat pura. Com quan algú apareix amb flors després d’una infidelitat i assegura que només passava per la floristeria per mirar geranis.

—Hem pensat en el benestar dels catalans i catalanes —va dir un.

—I en les generacions futures —va afegir l’altre.

Allò va tranquil·litzar molt els presents, sobretot els que portaven quaranta minuts esperant un tren per anar a Terrassa i van descobrir que, en realitat, el seu problema no era de mobilitat, sinó de manca de perspectiva històrica.

Un senyor va preguntar si abans del tren orbital podrien arreglar el tren terrenal.

Hi va haver silenci.

No un silenci qualsevol. Un silenci de despatx, de moqueta, d’acta pendent d’aprovació. Un silenci amb dietes.

—Estem mirant cap al futur —van respondre.

I és clar, mirar cap al futur sempre queda millor que mirar el panell d’incidències. El futur no protesta, no sua a l’andana, no perd reunions, no truca al cap per dir-li que una altra vegada arribarà tard perquè un cable, una catenària o la conjunció de Saturn amb la incompetència han decidit intervenir en la seva vida laboral.

Després van explicar que el tren seria orbital.

La paraula va agradar molt. Sonava a NASA, a epopeia, a humanitat sortint de les seves misèries per la via quatre. Ningú no va voler espatllar el moment recordant que encara no som capaços de fer circular amb dignitat un tren entre Martorell i Barcelona sense que sembli una prova iniciàtica dels templers.

Quan va acabar l’acte, els dos líders es van donar la mà.

Els periodistes van preguntar si el pacte arribava per convicció o per necessitat.

—Per país —van contestar.

I el país, que en aquell moment estava atrapat entre dues estacions, va mirar cap al cel per si veia passar el tren orbital.

No va passar.

Encara no era 2040.

Ni érem prou calbs.

domingo, 17 de mayo de 2026

 

LA LLAVE


En la mesa del bar había tres cafés, dos móviles y una conversación repetida desde hacía años.

—No hay derecho —dijo uno—. Mi hija no puede alquilar nada.

—Mi hijo tampoco —añadió otro—. Le piden nómina, aval, riñón izquierdo y una carta manuscrita prometiendo no respirar demasiado fuerte.

Yo removía el azúcar aunque no le había puesto azúcar al café. Costumbres tontas. Como votar siempre lo mismo y luego sorprenderse de que el paisaje no cambie.

En la televisión del bar hablaban de la crisis de la vivienda. Otra vez. La palabra “crisis” ya no parecía una alarma, sino un mueble viejo del comedor. Estaba allí, molestaba, ocupaba sitio, pero nadie se atrevía a sacarlo porque igual debajo aparecía algo peor: nuestra responsabilidad.

—Esto lo tiene que arreglar alguien —dijo el primero.

Alguien.

Esa palabra es magnífica. Sirve para todo. Para bajar la basura, cuidar a los mayores, reformar la Constitución, limpiar las aceras y solucionar que un joven necesite dos vidas laborales para pagar una entrada de piso.

Entonces pregunté, sin levantar mucho la voz:

—¿Y quién ha gobernado estos años?

Se hizo un silencio pequeño, de esos que no salen en los informativos porque no cotizan.

—Bueno, sí, pero la culpa también es de los fondos, de los bancos, de los ayuntamientos, de las comunidades, del turismo, de los especuladores…

Tenía razón. La culpa era una comunidad de propietarios con demasiados vecinos y nadie quería ser presidente.

Pero sobre la mesa, junto a los cafés, apareció de pronto una papeleta doblada. Nadie supo de dónde salió. Tal vez la había traído el camarero entre la cuenta y los palillos. Tal vez llevaba años allí, debajo del azucarero, esperando que alguien la mirase sin entusiasmo de hincha.

La papeleta no decía “solución”. Decía “delegación”.

Y debajo, en letra pequeña, casi notarial, ponía:

No se admiten reclamaciones si usted renueva el contrato cada cuatro años y luego finge que el casero entró por la ventana.

Nadie dijo nada.

Pagamos los cafés.

Al salir, uno de ellos miró un anuncio pegado en una farola: Se alquila habitación interior. 750 euros. Abstenerse parejas, mascotas y personas con futuro.

—Esto no puede seguir así —murmuró.

Y yo pensé que quizá tenía razón.

Pero también pensé que, a veces, una sociedad no pierde la casa de golpe.

Primero entrega la llave.

«Cuando se tienen veinte años, se pide a la vida algo más.» (En la época en que vivió la autora de la frase, Carmen de Icaza y de León nacida el 17 de mayo de 1899, no se pedía vivienda ni en propiedad ni en alquiler, solo una cama donde caerse dormid@)

Vangelis, hace 4 años que ya no compone canciones. Lástima porque el tema de amor de Blade Runner, en el vídeo, me lleva a un sueño difícil de explicar. 


La pluja no sap mentir

La ciutat plovia com si algú hagués oblidat tancar el cel. Ella em va mirar amb ulls de neó cansat i em va preguntar si estimar també caducava.

No vaig saber què dir. Jo només era un home amb massa records i una gabardina que feia veure que protegia.

Ens vam besar sota un anunci de colònies japoneses. Durant tres segons, els cotxes van callar, els androides van respirar i Déu va perdre el paraigua.

Després ella va marxar.

La pluja, educada, va continuar fingint que no havia vist res.