Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
viernes, 25 de septiembre de 2026
REGRESO AL OTOÑO
Nunca
me dijiste dónde podía encontrarte.
Tampoco
te lo reprocho. Quizá ni tú lo sabías.
Así
que llevo toda la vida buscándote. Y cuando digo toda la vida no exagero:
exactamente tantos años como tengo. He mirado detrás de algunas puertas que no
debía abrir, he recorrido caminos que terminaban donde empezaban y he esperado
en lugares de los que tú ya te habías marchado. A veces por unas horas. Otras,
por unos cuantos años.
No
te encontré.
Pero
tampoco regresé con las manos vacías.
Me
llevé el azul de aquellos cielos que parecían no terminar nunca. El rojo de las
hojas antes de rendirse y caer. El dorado de las que ya descansaban en el
suelo, pisadas por quienes caminaban deprisa sin saber que estaban aplastando
un otoño entero.
Guardé
también el pardo de la corteza de los pinos, el verde húmedo del musgo abrazado
a las piedras, el amarillo de ese sol de última hora que todavía presume de
verano aunque ya no engaña a nadie.
Me
llevé el blanco de la luna cuando consigue hacerse sitio entre las nubes. El
grana de los matorrales. El naranja de esas flores tardías que se empeñan en
sobrevivir cuando todo a su alrededor empieza a despedirse.
Los
fui guardando sin saber muy bien para qué.
Tal
vez porque, con los años, uno aprende que buscar también consiste en recoger lo
que encuentra mientras no encuentra aquello que busca.
Ahora
ha vuelto el otoño.
Lo
reconozco porque la luz llega más cansada, las tardes empiezan a encogerse y
los árboles vuelven a desprenderse de lo que ya no necesitan. Nosotros
deberíamos aprender algo de ellos.
Sigo
sin saber dónde estás.
Pero
ya no tengo tanta prisa por encontrarte.
Tengo
todos estos colores.
Y
pienso conservarlos durante el invierno, cuando los días sean cortos y la
memoria se empeñe en quedarse a oscuras.
Luego,
cuando vuelva la primavera, iré a buscarte otra vez.
Y si
entonces consigo encontrarte, te los regalaré todos.
Aunque
para entonces quizá comprenda que llevaba toda una vida buscándote solo para
tener algo hermoso que ofrecerte cuando llegaras.
«Por regla general,
cuando no encontramos ni una sola cualidad buena en alguien, estamos
prejuzgando.» (Me preocupa la afirmación de Jessica Anderson nacida el 25 de
setiembre de 1916. Me preocupa porque me doy cuenta que estoy prejuzgando en más
de un 90% y va en aumento)
En mis tiempos de casi juventud quería largarme a Venus; por eso me gustaba tanto la canción de Shocking Blue, un grupo neerlandés -en aquella época lo llamabamos holandés- de mi color preferido.
La
deesa del Quart segona
La
vaig veure cada vespre al balcó del davant.
Jo
li havia posat Venus. Ella, probablement, es deia Montse.
Sortia
descalça, regava dues plantes i, de vegades, mirava cap a casa meva. Aquells
segons em bastaven per inventar-nos una vida sencera.
Una
nit vaig reunir valor i vaig creuar el carrer.
Va
obrir-me un home en pijama.
—Busques
la meva mare?
Darrere
seu, Venus va aparèixer amb la regadora.
Devia
tenir setanta anys.
Va
somriure.
—Ja
era hora.
I
aleshores vaig comprendre que els déus també envelleixen.
Nosaltres
som els que arribem tard.
jueves, 24 de septiembre de 2026
LOS ZAPATOS EN EL PASILLO
—¿Sabes qué creo que nos ha
pasado?
—Que llevamos media hora buscando
las llaves del coche y las tienes en la mano.
Él miró su mano derecha.
—No me refería a eso.
—Pues deberías. Empieza a
preocuparme.
Ella sonrió y siguió doblando la
ropa sobre la mesa del comedor. Él permaneció de pie junto a la ventana, con
las llaves todavía en la mano y aquella expresión solemne que utilizaba cuando
estaba a punto de decir algo importante o de soltar una tontería.
Después de tantos años, ella aún
no había aprendido a distinguirlo.
—Creo que hemos perdido la
novedad.
—¿Qué novedad?
—La nuestra.
Ella dejó una camiseta sobre la
pila.
—¿Se nos ha perdido por casa?
—Hablo en serio.
—Yo también. Podemos buscarla
después de las gafas que perdiste ayer y llevabas puestas.
—Antes todo era nuevo. Tú eras
nueva para mí. Tu manera de reírte, de dormir, de enfadarte. Descubrirte era…
Buscó la palabra.
—¿Emocionante?
—Sí.
—Y ahora soy una señora que deja
los zapatos en medio del pasillo.
—No quería decir eso.
—Pero lo has pensado muchas
veces.
—Cada vez que tropiezo con ellos.
—Al principio te parecía
encantador.
—Al principio también me parecía
encantador que tardaras hora y media en arreglarte.
—Ahora tardo cuarenta minutos.
—Porque ya no tengo paciencia
para esperar hora y media.
Ella volvió a sonreír.
Hubo unos segundos de silencio.
—Supongo que eso es lo que pasa
—continuó él—. Nos acostumbramos.
—¿Y qué tiene de malo?
—Que la pasión necesita sorpresa.
Ella dejó de doblar ropa.
—¿Estás seguro?
—Bastante.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Por qué?
—Porque yo sé cómo me vas a
besar.
Él frunció el ceño.
—Sé cómo vas a abrazarme. Sé qué
mano pondrás primero sobre mi cintura. Sé incluso el ruido que haces cuando te
duermes.
—Yo no hago ningún ruido.
—Precisamente ese.
Él no pudo evitar reír.
—Pero ¿no echas de menos
descubrir cosas nuevas?
Ella pensó unos segundos.
—A veces.
—¿Lo ves?
—No te emociones. También echo de
menos tener veinte años y no por eso voy buscando una adolescencia nueva cada
seis meses.
Él volvió la mirada hacia la
ventana.
—Supongo que por eso algunas
personas cambian de pareja.
—Naturalmente. Lo nuevo siempre
tiene ventaja.
—¿Ventaja?
—Claro. Una persona nueva todavía
no te ha decepcionado.
Él se volvió.
—Eso ha sonado terrible.
—Pero es verdad. Con alguien
nuevo todo está por descubrir. Su infancia, sus manías, su cuerpo, sus
secretos… Hasta sus defectos tienen un cierto encanto porque todavía no has
tenido tiempo de sufrirlos.
—Y luego…
—Luego deja los zapatos en medio
del pasillo.
Él rio.
—Otra vez los zapatos.
—Los zapatos son fundamentales en
cualquier teoría seria sobre el amor.
Ella recogió otra camiseta.
—Mira. Conoces a alguien. Primera
cena. Primer mensaje a medianoche. Primer beso. Primer fin de semana. Todo
maravilloso.
—Sí.
—Después empiezas a contarle tu
vida.
—Naturalmente.
—La infancia, tus padres, tus
sueños, tus heridas…
—Es normal.
—Hasta que un día te das cuenta
de que estás contando por cuarta vez la misma infancia a cuatro personas
distintas.
Él guardó silencio.
—Visto así parece agotador.
—Es que lo es. Hay gente que se
pasa la vida estrenando relaciones porque cree que estrenarlas significa estar
viva.
—¿Y no puede serlo?
—Claro que sí. A veces marcharse
es necesario. Hay relaciones que mueren, otras que hacen daño y algunas que
nunca debieron empezar.
—Pero no estás hablando de esas.
—No.
Ella lo miró.
—Estoy hablando de nosotros.
Él se sentó frente a ella.
—¿Y nosotros qué somos?
—Dos personas que ya se conocen
demasiado.
—Eso no suena muy romántico.
—A mí me lo parece.
—¿Por qué?
—Porque sé perfectamente quién
eres y sigo aquí.
Él hizo una mueca.
—Gracias. Creo.
—Y tú sabes quién soy.
—Sí.
—Sabes que dejo los zapatos en el
pasillo.
—Lo sé.
—Que me enfado cuando tengo
hambre.
—También.
—Que cuando digo «no pasa nada»
significa exactamente lo contrario.
—Eso lo aprendí pronto.
—Sabes cómo ha cambiado mi
cuerpo.
Él la miró.
—Sí.
—Y yo el tuyo.
—Desgraciadamente.
Ella le dio un pequeño golpe en
el brazo.
—Idiota.
—Continúa.
—Quizá la intimidad sea
precisamente eso. Llegar al momento en que ya no queda demasiado por esconder.
Él bajó la vista hacia sus manos.
—Pero sigue existiendo la
monotonía.
—Claro.
—¿Y qué hacemos con ella?
Ella se encogió de hombros.
—Vivir.
—Bonita solución.
—¿Qué quieres que te diga? La
vida es bastante repetitiva. Nos levantamos, desayunamos, trabajamos, volvemos
a casa. Dormimos. Al día siguiente repetimos. Incluso hacemos el amor muchas
veces de formas parecidas.
—Podríamos introducir variantes.
—No te vengas arriba.
Él sonrió.
—Entonces ¿hay que resignarse?
Ella negó despacio.
—Ahí está el error.
—¿Cuál?
—Pensar que la alternativa a la
novedad es la resignación.
Volvió a doblar la camiseta que
tenía entre las manos.
—Quizá no necesitemos una persona
nueva. Quizá tengamos que intentar mirar de otra manera a la que tenemos
delante.
—Eso suena complicado.
—Lo es.
—Cambiar de pareja parece más
fácil.
—Muchísimo.
Ella colocó la última prenda
sobre la pila y se levantó.
Al pasar junto a él, le dio un
beso rápido en los labios.
Uno de aquellos besos que habían
repetido miles de veces.
Él la sujetó suavemente del
brazo.
—Espera.
—¿Qué?
La besó de nuevo.
Esta vez despacio.
Ella lo miró al separarse.
—¿Y esto?
—Estoy intentando introducir
novedades.
—Pues empieza por guardar las
llaves del coche.
Él miró otra vez su mano.
Seguían allí.
Ella salió del comedor riéndose.
Él permaneció unos segundos
observándola alejarse por el pasillo.
Y pensó que quizá el problema
nunca había sido conocer demasiado a la persona que amamos.
Quizá consistía en creer que ya
no quedaba nada por conocer.
«Si una mujer triunfa
sobre la mala voluntad de los hombres, las leyes y los prejuicios, debe
enorgullecerse de presentarse como mujer.» (Julia López de Almeida nacida el 24
de setiembre de 1862 para ser una luchadora de todas aquellas causas que aún
hoy continúan sin conquistarse)
Sean McNabb es baterista del grupo Quiet Riot que se dedican a eso del heavy metal. Sean ya no va teniendo edad para eso -hoy cumple 61 años- por eso debería cuidarse los auditivos si no quiere que su canción sea, de verdad, el último decibelio que escuche.
L’últim
decibel
A la
residència apagaven els llums a les deu.
En
Miquel, setanta-vuit anys, esperava fins que la infermera tancava la porta.
Llavors es posava els auriculars, apujava el volum i tornava a tenir disset
anys.
Una
nit se’ls va oblidar.
La
guitarra va esclatar pel passadís.
Van
sortir bates, caminadors, alguna pròtesi i molts cabells blancs. La infermera
va córrer disposada a restablir l’ordre.
Va
arribar tard.
Algú
havia començat a ballar.
L’endemà,
la direcció va prohibir la música després de les deu.
A
les deu i cinc, tot l’edifici picava de peus.
miércoles, 23 de septiembre de 2026
EL DESAHUCIO
Maricarmen
tenía diecisiete años cuando entró por primera vez en aquella casa.
Era
1956.
Supongo
que entonces no sabía que iba a pasar allí casi toda su vida. Nadie entra en
una casa pensando cuánto tiempo tardarán en echarlo de ella. Uno entra, coloca
los muebles, escoge un cajón para los calcetines, aprende qué baldosa cruje por
la noche y acaba llamando hogar a cuatro paredes que jurídicamente pertenecen a
otro.
Setenta
años después, Maricarmen salió de aquella casa en camilla.
Tiene
87 años.
Y
creo que hay pocas imágenes que expliquen mejor nuestro fracaso como sociedad.
No
voy a discutir aquí si la empresa propietaria tenía derecho a recuperar el
piso. Los tribunales han dicho que sí. Tampoco voy a convertir a unos en
monstruos y a otros en santos porque la realidad suele ser bastante más
incómoda que eso.
El
propietario tiene derechos.
Por
supuesto.
La
ley debe cumplirse.
Por
supuesto.
Pero
precisamente ahí empieza la reflexión.
Porque
si después de cumplir las leyes, respetar los procedimientos, presentar
recursos, dictar sentencias, señalar fechas y enviar una comisión judicial, el
resultado final consiste en sacar en camilla de su casa a una mujer de 87 años,
con movilidad reducida y una discapacidad del cincuenta por ciento, quizá
deberíamos preguntarnos si hemos construido un sistema jurídicamente impecable
y humanamente defectuoso.
Maricarmen
llevaba setenta años allí.
Setenta.
En
esa casa debió de ser niña, joven, adulta y vieja. Allí seguramente hubo
cumpleaños, discusiones, enfermedades, reconciliaciones, cenas de Navidad y
alguna silla que nadie quiso tirar porque perteneció a alguien que ya no
estaba.
Para
nosotros son 92 metros cuadrados en el barrio del Retiro.
Para
una sociedad de inversión son un inmueble.
Para
Hacienda, una referencia catastral.
Para
un juez, el objeto de un procedimiento.
Para
Maricarmen era su casa.
Y
quizá nuestro problema empieza precisamente cuando hemos conseguido que todas
esas definiciones sean correctas al mismo tiempo pero ninguna sea suficiente.
Vivimos
obsesionados con el valor de las cosas.
El
metro cuadrado vale tanto.
El
alquiler vale tanto.
La
rentabilidad debe alcanzar tanto.
El
mercado sube.
El
mercado baja.
El
mercado está tensionado.
Hablamos
del mercado como si fuese una criatura mitológica a la que hubiera que ofrecer
sacrificios periódicamente para que no se enfade.
Y
esta vez le ha tocado una anciana.
La
hemos sacado en camilla.
Eso
sí, conforme a Derecho.
Y
aquí aparece esa frase que tanto nos tranquiliza: «La ley es la ley».
Naturalmente.
También
los formularios son los formularios.
Los
procedimientos son los procedimientos.
Y
las responsabilidades, por lo visto, siempre son del departamento de al lado.
La
abogada de Maricarmen lo resumió de una manera bastante española: todos se
pasan la pelota y nadie asume la responsabilidad.
Debe
de ser esa pelota una de las pocas cosas que todavía circulan libremente por el
país.
La
vivienda, desde luego, cada vez menos.
Lo
inquietante del caso no es solamente que una mujer de 87 años haya perdido la
casa donde llevaba siete décadas.
Lo
verdaderamente inquietante sería que mañana dejáramos de sorprendernos.
Que
viéramos las imágenes durante treinta segundos mientras cenamos.
—Qué
barbaridad —diríamos.
Y
después cambiaríamos de canal.
Porque
una sociedad no fracasa únicamente cuando permite determinadas cosas.
Fracasa
definitivamente cuando empieza a considerarlas normales.
Maricarmen
salió el miércoles de su casa.
Una
camilla atravesó el portal.
Detrás
quedaron setenta años.
No
sé quién se quedó con las llaves.
Pero
me temo que, mientras cerraban aquella puerta, algo nuestro se quedó también
dentro.
Y
eso no figuraba en la sentencia.
«Hemos errado, y
nosotros, los de la generación actual, seguimos errando todavía cada día.» (Charles-François
Stallaert es el autor de la frase formulada entre el 23 de setiembre de 1820 y
el 24 de noviembre de 1893. Da igual la época: sigue vigente)
El 23 de setiembre de 2022 los chicos de 5 Seconds of Summer (¡que suerte tienen que el verano les dure 5 segundos) publicaron un album que, entre otras, figura la canción del vídeo. Escucharla y os daréis cuenta que no es un Complete Mess.
Perfectament
desordenats
Ella
ordenava els llibres per colors. Jo deixava els mitjons on decidia el destí.
—No
podem continuar així —va dir.
Vaig
pensar que em deixava.
L’endemà
vaig trobar els meus mitjons aparellats, els llibres per autors i una nota
damunt la taula:
«He
marxat a comprar pa.»
Va
tornar tres hores després, sense pa, amb una planta enorme que no cabia enlloc.
—Què
fem amb això?
La
vam posar al mig del menjador.
Des
d’aleshores, la casa és un desastre.
Nosaltres
també.
Curiosament,
mai no havíem estat tan bé.
martes, 22 de septiembre de 2026
CONGELADOS
—Son
ocho.
La
doctora sonrió mientras señalaba en la pantalla aquellas pequeñas
circunferencias que yo apenas distinguía.
Ocho
óvulos.
Ocho
posibilidades.
Ocho
hijos que no eran hijos. Todavía.
Los
congelaron a ciento noventa y seis grados bajo cero y me entregaron un papel
donde figuraba mi nombre, un número de expediente y una fecha. Me pareció
curioso que algo tan parecido al futuro cupiese en una carpeta de plástico.
Tenía
treinta y cuatro años.
Un
buen trabajo.
Bueno
significa que cobraba lo suficiente para pagar un alquiler que se llevaba casi
la mitad del sueldo y que podía permitirme cenar fuera dos veces al mes sin
consultar antes la aplicación del banco.
También
tenía pareja.
Él
quería ser padre.
Yo
quería ser madre.
Solo
nos faltaba una cosa.
Poder.
En
mi empresa acababan de ascender a Marta después de volver de su segundo
embarazo. Tardaron únicamente cuatro años. Durante ese tiempo vio cómo
promocionaban a tres hombres más jóvenes que ella y escuchó varias veces eso de
«ahora tienes otras prioridades».
Una
de aquellas prioridades tenía seis años y la otra acababa de aprender a andar.
Mi
pareja llegaba a casa a las ocho. Yo, a las nueve. Habíamos hecho números
muchas veces. Guardería, comida, ropa, colegio, reducción de jornada, hipoteca
imposible.
El
amor salía gratis.
Todo
lo demás, no.
Por
eso congelé mis óvulos.
Mi
madre no lo entendió.
—¿Y
para qué quieres guardarlos?
—Para
más adelante.
—¿Cuándo?
No
supe qué contestarle.
Tal
vez cuando tuviera un piso.
Cuando
ganase más.
Cuando
dejaran de mirar a una embarazada como a una trabajadora que está a punto de
causar un problema.
Cuando
los horarios escolares y laborales pertenecieran al mismo planeta.
Cuando
tener un hijo dejara de parecer una decisión empresarial mal calculada.
Pasaron
los años.
Ascendí.
Compramos
un piso.
Mi
pareja aprendió a poner lavadoras sin preguntarme dónde estaba el detergente.
Y un
jueves recibí un correo de la clínica:
«Le
recordamos que próximamente vence el periodo anual de conservación de su
material reproductivo».
Lo
releí varias veces.
Después
miré alrededor.
Tenía
despacho propio, una casa, estabilidad, ahorros.
Por
fin parecía que había llegado el momento.
Entonces
cumplí cuarenta y tres.
Aquella
noche pensé en mis ocho óvulos, esperando pacientemente dentro de un depósito
de nitrógeno.
Ellos
no habían envejecido.
Yo
sí.
Y
comprendí que quizá nunca había congelado mis óvulos.
Había
congelado mi maternidad hasta que la vida me concediera permiso.
El
problema fue que la vida tardó demasiado en contestar.
«El poder se convirtió
en algo esencial en mi vida, casi por encima de la familia. La de cosas que
dejé yo de hacer por vender humo.» (Jorge Verstrynge cumple hoy 78 años y ha conocido
y militado en todo el panorama político espanyol; como viva un poco más tendrá
que inventarse una nueva ideología y militar en ella)
Toni Basil cumple hoy 83 años y desde 1981 que no tiene otro éxito como el de Mickey. Coreografías si ha hecho, pero a su edad ya es bastante difícil contornearse según en qué posiciones.
Ningú
En
Mickey em va prometre que només seria una nit.
Ho
va dir somrient, com fan els homes que ja han decidit mentir.
Vaig
ballar amb ell fins que els peus em van demanar seny. L’endemà, al mirall,
encara duia el seu nom escrit amb pintallavis al coll.
Han
passat quaranta anys.
Avui
la meva neta m’ha preguntat qui era Mickey.
—Ningú
—he contestat.
Ella
ha tret una fotografia antiga d’un calaix.
—Doncs
s’assembla molt a l’avi.
He
mirat la foto.
I la
música ha tornat a començar.
lunes, 21 de septiembre de 2026
CUESTIÓN DE CARÁCTER
Sé
que esta confesión me va a costar amigos y seguidores, pero la conciencia no me
deja tranquilo: anoche vi Gran Hermano.
Antes
de que retiréis el saludo, permitidme unas palabras en mi defensa.
No
puse yo el programa. Lo estaba viendo un miembro de mi familia cuya identidad
preservaré mientras pueda. Yo andaba con la tableta, trasteando en el feisbuq,
que tampoco es estar traduciendo a Platón, pero uno necesita establecer ciertas
diferencias para conservar el respeto por sí mismo.
En
la televisión daban lo que llaman el «debate». Había dos concursantes
discutiendo y varios profesionales alrededor, pendientes de que ninguna
consiguiera terminar una frase.
No
me preguntéis por qué discutían. Llegué tarde al conflicto, aunque sospecho que
habría dado igual llegar a tiempo. En aquella casa solo parecían manejar tres
registros: gritos, susurros y gemidos. El volumen intermedio debía de estar
reservado para las averías.
Yo
seguía a lo mío hasta que una de las contendientes lanzó la acusación
definitiva:
—¡Es
que tú eres muy inteligente!
Levanté
la cabeza.
La
otra se quedó mirándola con la boca abierta. Durante unos segundos pensé que
iban a tener que separarlas.
A lo
mejor quería decir «retorcida». O «manipuladora». Pero le salió «inteligente»
y, a juzgar por la reacción, había hecho daño suficiente. Nadie vio necesario
precisar.
Dejé
la tableta sobre las rodillas.
Dos
habitantes de la casa comentaban la bronca. Uno señaló a la que más gritaba y
explicó:
—Es
que tiene mucho carácter.
Ah.
Hasta
entonces yo había entendido que tener carácter incluía, entre otras
posibilidades, la de no perderlo a la primera contrariedad. Pero allí bastaba
con impedir que se oyera al de al lado. Me acordé de algunas reuniones de
trabajo. Cuánta gente con carácter había confundido yo con gente maleducada.
La
discusión terminó como terminan muchas discusiones televisadas: sin que nadie
rectificara y con material suficiente para repetirla después de los anuncios.
Un
rato más tarde, una de las participantes estaba muy arrimada a uno de los
comentaristas de sofá. Él le recitaba una estrofa de Bécquer.
La
misma.
Se
acomodaba un poco, comprobaba el efecto y volvía a empezar.
—Qué
romántico eres —le decía ella.
El
hombre aceptaba el mérito sin mencionar al difunto. Tampoco iba a introducir a
un tercero cuando la cosa empezaba a funcionar.
Y yo
seguía mirando.
Porque
eso es lo peor de esta confesión: que podría haberme levantado. En casa hay
libros, otras habitaciones y hasta un mando con botones. Pero me quedé allí,
comprobando hasta dónde llegaba aquello, con esa excusa tan cómoda de quienes
necesitamos contemplar una estupidez entera para poder despreciarla con
fundamento.
Pensé
en los trescientos mil «héroes» del premio. En los gritos. En el poeta
trabajando gratis para aquel muchacho. Y acabé por perder la paciencia.
—Hija,
sabes que no soy de prohibir nada, pero no vuelvas a poner este programa
estando yo delante. Aunque me veas distraído con la tableta.
Mi
hija me miró. Después miró la tableta, que llevaba un buen rato apagada sobre
mis rodillas.
—Vale.
¿Lo cambio?
El
muchacho volvió a acercarse a la concursante.
—Espera
—le dije—. A ver si se sabe la segunda estrofa.
«La indignación moral
es envidia con aureola» (H. G. Wells nació el 21 de setiembre de 1866 para ser
pionero de la literatura de ciencia-ficción que much@s conocen por el cine y otr@s,
además, por haber leído su obra. La frase nada tiene de ciencia-ficción sino
que es un mordisco para aquell@s que exhiben su superioridad moral)
Don Felder cumple hoy 79 años. Su guitarra es imprescindible para que Hotel California de The Eagles, suene como lo hace y lo hará eternamente. Parece mentira que una de las canciones que me han marcado no hubiese aparecido en este lugar.
Cinc
estrelles
Vaig
arribar enfadat amb tothom. A recepció em van donar la raó i una habitació amb
terrassa. El cambrer va assegurar que la meva exdona no m’havia merescut. La
noia de la piscina trobava injust que no m’haguessin ascendit.