TRES DÍAS

El
viernes perdí una votación.
Bueno,
yo no. Pedro Sánchez.
Pero
en política, cuando uno contempla estas cosas desde el sofá, acaba utilizando
la primera persona porque todos pagamos el mando a distancia.
Era
viernes 2 de octubre. Dos decretos sobre vivienda llegaron al Congreso y el
Congreso dijo que no. El primero cayó por 172 votos frente a 178; el segundo,
por 166 frente a 184.
Hasta
ahí, democracia parlamentaria.
Uno
propone. Los diputados votan. Se cuentan los votos. Gana el que tiene más.
Un
sistema bastante sencillo mientras el resultado gusta.
El
problema empieza cuando no gusta.
Pedro
Sánchez subió a la tribuna, defendió los decretos y avisó a quienes iban a
rechazarlos de que la historia los juzgaría.
La
historia, al parecer, tenía prisa.
Tres
días.
El
lunes 5 de octubre Sánchez anunció elecciones generales para el 29 de
noviembre. Las Cortes se disuelven.
Podría
terminar aquí.
Gobierno
sin mayoría suficiente, derrota parlamentaria, elecciones y que decidan los
ciudadanos.
Incluso
resultaría clásico.
Pero
hoy es martes.
Y
ahí mejora la historia.
Porque
mañana el Consejo de Ministros volverá a aprobar medidas de vivienda similares
a las que el Congreso rechazó el viernes. Solo que ya no tendrán que volver a
aquel Congreso.
Aquel
Congreso estará disuelto.
Las
votará la Diputación Permanente.
Y
allí las cuentas son otras.
Junts,
cuyo voto contribuyó el viernes a derribar los decretos, deja de ser
imprescindible. PSOE, Sumar y sus aliados pueden encontrar una mayoría que hace
tres días no existía en el Pleno.
Reconozco
que hay algo fascinante en la mecánica.
El
viernes pierdes.
El
lunes disuelves el lugar donde perdiste.
El
martes vuelves a presentar aquello que perdió.
Y
unos días después lo vota otro órgano donde los números te resultan mejores.
No
sé si Maquiavelo tenía una Diputación Permanente. De haberla conocido quizá El
príncipe habría necesitado un apéndice.
Y
cuidado: las reglas son las reglas.
La
Constitución prevé que, una vez disueltas las Cortes, la Diputación Permanente
siga ejerciendo determinadas funciones. Entre ellas está precisamente la de
pronunciarse sobre los decretos-leyes.
Nada
clandestino.
Nada
ocurre de madrugada en un sótano de la Moncloa con un funcionario falsificando
actas.
Todo
está a la vista.
Quizá
por eso resulta más interesante.
Porque
algunas discusiones políticas no empiezan cuando alguien incumple las reglas.
Empiezan
cuando alguien descubre hasta dónde permiten llegar.
El
viernes, el Congreso dijo no.
No
dijo «ya veremos».
No
dijo «pregúntenos otra vez el martes».
Dijo
no.
Y
ese no tenía detrás 350 diputados elegidos por los ciudadanos.
Hoy
el Gobierno vuelve a intentarlo porque la Constitución le permite seguir
gobernando, también después de convocar elecciones. Y la Diputación Permanente
existe precisamente para que el Estado no quede suspendido durante unas
semanas.
Eso
también es democracia.
Pero
queda una pregunta dando vueltas.
Si
cada vez que el Parlamento rechaza un decreto el Gobierno puede reproducirlo
pocos días después y buscar una votación en un órgano con una composición más
favorable, ¿qué significa exactamente perder una votación?
Quizá
significa perderla el viernes.
Que
ya es bastante.
Durante
el fin de semana.
Aquí
conviene separar dos cuestiones que suelen mezclarse.
Una
es la vivienda.
Los
decretos pueden ser buenos, malos, insuficientes o desastrosos. Pueden proteger
a personas vulnerables o provocar efectos indeseados. Se puede estar a favor o
en contra.
Esa
discusión merece hacerse.
La
otra cuestión es ésta:
¿puede
un Gobierno utilizar todas las posibilidades que le ofrece el sistema para
obtener el martes lo que el Parlamento le negó el viernes?
La
respuesta jurídica quizá termine dándola algún día el Tribunal Constitucional.
La
política tiene menos paciencia.
Porque
Pedro Sánchez ha conseguido algo curioso.
El
29 de noviembre nos pide que decidamos quién debe tener la mayoría.
Y
mientras esperamos para decidirlo, intentará utilizar mañana otra mayoría.
La
que ya tiene.
En
otro sitio.
Supongo
que eso también forma parte del oficio.
Gobernar
consiste en contar votos.
Y
cuando los votos no salen, contar diputados.
Y
cuando tampoco salen los diputados… contar qué diputados están sentados en cada
sala.
El
viernes había 350.
Ahora
habrá muchos menos.
Las
matemáticas son una ciencia exacta.
La
política ha aprendido a escoger la calculadora.
«Tuve demasiado,
demasiado pronto: demasiado éxito fácil, demasiado dinero, demasiada
experiencia sin asimilar.» (Ethel Mannin nacida el 6 de octubre de 1900 era
escritora, no futbolista)
Patxi Andión hubiese cumplido hoy 79 años pero se quedó en 72 por culpa de su Range Rover o de él. Una, dos y tres lo que usted no quiera para l@s polític@s es... y lo que quiera, también.
El
preu dels records
Diumenge va posar la vida
damunt d’una manta.
Una ràdio espatllada, dos
rellotges, les cartes d’ella i l’anell.
A l’última carta només hi havia
una frase:
«Queda-te’l. Sempre t’has
estimat més les coses que les persones.»
—Quant?
Un noi assenyalava l’anell.
—Tres euros.
Una, dues i tres monedes.
El va veure desaparèixer dins
una butxaca aliena i va somriure.
A casa, en rentar-se les mans,
va descobrir la marca blanca al dit.
Va pensar en ella.
En aquella frase.
I va entendre que, fins i tot
absent, encara sabia on fer-li mal.



