Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
viernes, 4 de septiembre de 2026
AL
OTRO LADO DE LA CALLE
Volvía a casa pasada la
medianoche. Delante de mí caminaba una mujer joven. Veinte metros, quizá
treinta. Los suficientes para que ninguno de los dos tuviera que preocuparse
del otro.
Eso creía yo.
En la primera esquina giró la
cabeza. Apenas un segundo. Luego aceleró el paso.
Yo seguí andando.
En la siguiente calle volvió
a mirar. Esta vez pude verle la cara. No me estaba mirando. Me estaba
vigilando.
Instintivamente comprobé mi
aspecto como si pudiera verlo desde fuera: vaqueros, chaqueta oscura, manos en
los bolsillos. Un hombre caminando de noche detrás de una mujer.
Nada más.
Y, precisamente, todo eso.
Ella sacó el móvil. Habló con
alguien.
—Sí, ya llego… Estoy entrando
en mi calle.
No sé si había alguien al
otro lado.
Después vi su mano derecha.
Llevaba unas llaves entre los dedos. No en la palma. Entre los dedos, como
pequeñas cuchillas domésticas.
Me molestó.
No ella. Me molestó pensar
que pudiera tenerme miedo. Yo, que no había hecho nada. Yo, que jamás…
Entonces me detuve.
Porque ahí estaba el error.
Ella no tenía por qué saber
quién era yo. No conocía mis buenas intenciones, mi educación, mis antecedentes
penales inexistentes ni que seguramente, al llegar a casa, me pondría el pijama
y abriría la nevera buscando algo dulce.
Solo sabía que un desconocido
caminaba detrás de ella a las doce y media de la noche.
Crucé de acera.
La mujer volvió la cabeza. Me
vio alejarme por el otro lado y guardó lentamente las llaves en el bolso.
Seguí andando.
Unos minutos después vibró mi
móvil.
Era un mensaje de mi hija:
«Papá, ya estoy en casa ❤️».
Le contesté con otro corazón.
Y aquella noche comprendí
algo bastante incómodo: yo había pasado unos segundos preocupado porque una
desconocida pudiera confundirme con un hombre peligroso.
Ella había pasado varios
minutos preocupada porque quizá no se estuviera confundiendo.
«El hombre debe escoger entre
ser rico en cosas o en la libertad de usarlas» (Iván Illich nacido el 4 de
setiembre de 1926 para ser anarquista y pedagogo. La paradoja en una sola
frase: consumir más nos lleva a la pérdida de autonomía)
Y hoy, sin más, una canción de 1951 compuesta por Quintero, León y Quiroga, popularizada por las más grande, la Lola en 1953 e interpretada en el vídeo por el violín de Ara Malikian para ponerte los pelos como escarpias.
LA CADIRA
BUIDA
Cada nit
parava taula per a dos.
Els veïns
deien que s’havia tornat boja. Feia vint anys que ell havia mort.
Ella somreia,
servia el vi, deixava el pa al seu costat i explicava com li havia anat el dia.
Una nit, però,
només va posar un plat.
Va sopar en
silenci.
Després va
recollir la cadira d’ell i la va baixar al carrer.
L’endemà, una
veïna li preguntà si finalment l’havia oblidat.
—No. He après
a recordar-lo sense convidar la pena a sopar.
I aquella nit
va obrir una ampolla bona.
jueves, 3 de septiembre de 2026
¿Y USTEDES A QUÉ SE DEDICAN?
Esta
mañana he cometido la imprudencia de poner las noticias mientras desayunaba.
No
recomiendo hacerlo en ayunas.
El
café puede tomarse solo. La política española, no.
Necesita
omeprazol.
Apenas
había dado el primer sorbo cuando apareció un político diciendo que otro
político debía dimitir porque había mentido.
Inmediatamente
apareció el político acusado asegurando que quien mentía era el primero.
Después
salió un tercero explicando que los dos mentían, pero que uno mentía bastante
más.
Y
finalmente apareció un cuarto reclamando una comisión de investigación para
determinar científicamente quién era el mayor mentiroso.
Supongo
que luego crearán una subcomisión.
España
es probablemente el único país capaz de crear una comisión para investigar por
qué una comisión anterior no consiguió averiguar nada.
Seguí
desayunando.
Hablaron
de filtraciones.
De
mensajes privados.
De
informes.
De
asesores.
De
fiscales.
De
jueces.
De
audios.
De
novias.
De
hermanos.
De
esposas.
De
empresarios amigos.
De
amigos empresarios.
Solo
faltaba que apareciese algún cuñado y ya teníamos organizada la comida de
Navidad.
En
algún momento reparé en algo curioso.
Llevaba
quince minutos escuchando hablar de política y nadie había hablado de
ciudadanos.
Ni
uno.
Aquello
era como asistir a una reunión de vecinos en la que solo habla la junta de
propietarios y ninguno recuerda ya que existe el edificio.
Entonces
me hice una pregunta:
¿A
qué se dedican nuestros políticos?
No
quiero decir profesionalmente.
Eso
lo sé.
A la
política.
Pregunto
a qué dedican su extraordinaria energía.
Porque
hay que reconocerles una cosa: energía tienen.
Para
insultarse, infinita.
Para
investigarse, admirable.
Para
pedir dimisiones, olímpica.
Para
solucionar determinados problemas, parece que sufren una repentina bajada de
tensión.
Los
políticos españoles han conseguido crear una actividad económica nueva: el
político que vive pendiente del político.
Hay
diputados cuya principal ocupación parece consistir en descubrir qué hizo otro
diputado hace seis años, tres meses y catorce días.
Hay
partidos enteros dedicados a demostrar que los otros son peores.
El
programa electoral podría resumirse perfectamente así:
«Vote
por nosotros. Los otros son unos sinvergüenzas».
Y
enfrente:
«No
les vote a ellos. Los sinvergüenzas son ellos».
Magnífico.
Treinta
y cinco millones de electores convocados periódicamente para decidir qué banda
considera más indecente a la otra.
Mientras
tanto, ahí fuera existe una cosa llamada realidad.
No
sale demasiado en televisión porque tiene poca audiencia.
La
realidad es bastante vulgar.
Consiste,
por ejemplo, en levantarse a las seis de la mañana.
Coger
el metro.
Trabajar
ocho horas.
Volver
a casa.
Abrir
el frigorífico.
Mirar
la cuenta corriente.
Y
descubrir que quedan diecisiete días para terminar el mes.
Eso
no tiene épica.
No
admite rueda de prensa.
Nadie
grita «¡dimisión!» delante del recibo de la electricidad.
Aunque
ganas no faltan.
La
realidad también consiste en que un joven tenga treinta y dos años, dos
carreras, un máster, tres idiomas y una habitación alquilada.
Durante
años nos dijeron:
—Estudia.
Estudiamos.
—Prepárate.
Nos
preparamos.
—Aprende
idiomas.
Aprendimos
idiomas.
—Sé
flexible.
Nos
convertimos prácticamente en contorsionistas.
Y
cuando lo conseguimos todo nos dijeron:
—Fantástico.
Son 850 euros por la habitación.
Algo
hemos debido interpretar mal.
También
están los trabajadores pobres.
Ese
concepto me fascina.
«Trabajador
pobre».
Dos
palabras que nunca deberían haber conseguido convivir y, sin embargo, ahí
están, perfectamente casadas.
Porque
uno podía entender que alguien fuese pobre porque no tenía trabajo.
Era
terrible, pero tenía cierta lógica.
Ahora
hemos conseguido algo mucho más sofisticado:
trabajar
y seguir siendo pobre.
Eso
sí que es progreso.
Tener
empleo ya no garantiza ganarse la vida.
Garantiza
estar ocupado mientras no te la ganas.
Y
frente a todo esto nuestros representantes comparecen muy serios delante de los
micrófonos.
—Espanya va bien.
—Espanya va mal.
Depende
del micrófono.
Si
gobiernas, Espanya es prácticamente Suiza con playa.
Si
estás en la oposición, esto es Somalia con AVE.
No
parece existir término medio.
Lo
curioso es que hablan constantemente de «la gente».
La
gente quiere.
La
gente piensa.
La
gente exige.
La
gente está preocupada.
Siempre
me ha maravillado la facilidad con la que los políticos saben lo que piensa «la
gente».
Yo
conozco bastante gente y no tengo ni idea de lo que piensa.
A
veces ni siquiera sé lo que pienso yo.
Ellos,
en cambio, conocen perfectamente las inquietudes de cuarenta y tantos millones
de personas.
Debe
de existir algún grupo de WhatsApp.
«Espany entera».
Y
allí escribimos todos.
Porque
luego escuchas sus discursos y descubres que, según ellos, nuestra principal
preocupación es exactamente la misma que la suya.
Curiosa
coincidencia.
Ellos
están preocupados por ganar las próximas elecciones.
Y
nosotros, aparentemente, también.
Yo
creía que algunas personas estaban más preocupadas por encontrar piso.
Por
cobrar un sueldo decente.
Por
que les operasen antes del año que viene.
Por
conseguir una plaza en una residencia para su madre.
Por
que su hijo pudiese independizarse antes de cumplir cincuenta.
Pero
debo estar equivocado.
Lo
verdaderamente importante es quién ganó el último debate parlamentario.
Eso
parece decisivo.
Especialmente
para quien esta mañana ha recibido una carta comunicándole que le suben el
alquiler cuatrocientos euros.
Seguro
que la ha leído y ha pensado:
«Bueno,
menos mal que ayer mi diputado estuvo brillante en la réplica».
Y
así vamos.
Convertimos
la política en una serie.
Cada
temporada tiene sus villanos.
Sus
traiciones.
Sus
mensajes filtrados.
Sus
amores secretos.
Sus
investigaciones judiciales.
Sus
personajes secundarios.
Incluso
tenemos spin-offs.
Solo
falta Netflix.
El
problema es que mientras ellos protagonizan la serie, nosotros pagamos la
suscripción.
Por
eso quizá habría que recordarles algo muy sencillo.
Gobernar
no consiste exclusivamente en derrotar al adversario.
Ni
en conservar el poder.
Ni
en conseguirlo.
Ni
siquiera en tener razón.
Gobernar
debería consistir en conseguir que la vida de las personas fuese razonablemente
mejor.
No
perfecta.
Eso
sería sospechoso.
Simplemente
mejor.
Que
trabajar sirviese para vivir.
Que
una vivienda fuese un lugar donde habitar y no un producto financiero con
cuarto de baño.
Que
tener hijos no exigiese elaborar previamente un plan de viabilidad.
Que
hacerse viejo no fuese una amenaza económica.
Que
enfermar no implicase estudiar previamente el calendario.
Que
abrir un pequeño negocio no requiriese un abogado, un gestor, un ingeniero y
cierta inclinación al masoquismo.
Nada
revolucionario.
Cosas
pequeñas.
Quizá
ese sea precisamente el problema.
Las
pequeñas cosas no caben bien en los discursos.
No
queda igual decir:
«Vamos
a transformar Espanya»
que:
«Vamos
a procurar que usted llegue mejor a final de mes».
Lo
primero tiene bandera.
Lo
segundo tiene nómina.
Y
las banderas siempre salen mejor en televisión.
Esta
mañana terminé el desayuno.
En
la radio seguían hablando.
Un
político acababa de anunciar solemnemente:
—Los
ciudadanos están cansados de esta situación.
Ahí
estuve de acuerdo.
Por
fin.
Apagué
la radio.
Y
mientras metía la taza en el lavavajillas pensé que quizá nuestros políticos
deberían hacer de vez en cuando algo realmente revolucionario.
Dejar
de hablar de nosotros.
Y
empezar a escucharnos.
Aunque
solo fuera para descubrir una cosa.
Que
cuando preguntamos:
—¿Y
de lo mío, qué?
No
siempre estamos hablando de política.
Estamos
hablando de vivir.
«Los gobiernos
sucedidos sin programa concreto más que el de detentar el mando aunque sólo
fuera por unas semanas.» (Esta frase podría referirse a una situación
contemporánea pero fue escrita por Ignacio Agustí nacido Ignasi el 3 de
setiembre de 1913. Este curioso personaje escribió en catalán hasta 1936 y, ya
sabéis porqué, cambió al castellano idioma que utilizó hasta su traspaso en
1974. Tuvo la habilidad, eso si, para situarse en la “oposición” al
generalíssimooo siendo una figura central en la revista Destino y escribir en
lo más granado de los mass-media de la progresía de la época: Telexpress y
Triunfo. También presidió durante unos años l’Ateneu Barcelonés)
Tomo Milicevic guitarrista del grupo 30 Seconds to Mars cumple hoy 47 años. Supongo que en esos años ha tenido tiempo para estar en una galaxia muy, muy lejana.
L’altre
jo
Cada
matí, davant del mirall, assajava ser un altre.
Un
home més valent. Més feliç. D’aquells que saben marxar abans que els abandonin.
Aquella
nit, però, el reflex no va imitar-lo.
—Ja
n’hi ha prou —va dir.
Ell
va retrocedir.
—De
què?
—De
matar-me perquè tu puguis continuar fingint.
Va
trencar el mirall d’un cop de puny.
L’endemà,
mentre recollia els vidres, va descobrir cent rostres seus escampats per terra.
Només
un somreia.
El
va guardar a la butxaca.
miércoles, 2 de septiembre de 2026
BESO UNO, GRANDE Y, SOBRE TODO, LIBRE
El
viernes por la noche dejaste el móvil boca abajo sobre la mesa.
—Este
fin de semana quiero mil besos —dijiste.
—¿Mil
exactos?
—Mil
para empezar. Luego cien. Después otros mil. Luego cien más…
Te
miré con la seriedad que exigen los asuntos importantes.
—Tendremos
que llevar la cuenta.
—Ni
se te ocurra.
Y me
besaste.
Uno.
El
segundo llegó mientras abría una botella de vino. El tercero, cuando fingiste
ayudarme con la cena y acabaste robándome un trozo de queso. Del cuarto al
decimoséptimo perdimos toda precisión porque nos dio la risa. El ciento y pico
debió de llegar en el sofá. O quizá en la cocina. Hubo algunos lentos, otros
robados, muchos torpes y uno especialmente largo que merecía contar por doce.
El
sábado ya habíamos abandonado cualquier disciplina matemática.
Nos
besamos al despertar, aún con la boca llena de sueño. En el ascensor. En mitad
de una calle. Esperando que cambiara un semáforo. Después de discutir por una
tontería que ninguno recordaba diez minutos más tarde.
—¿Cuántos
llevamos? —pregunté.
—Los
suficientes para que alguien empiece a tenernos envidia.
Así
que decidimos hacer lo que aconsejaban los antiguos: embrollar la cuenta.
Mil,
cien, dos mil, uno, quinientos, catorce, ninguno.
El
domingo por la tarde llegó demasiado pronto.
Preparaste
tu bolso. Yo recogí dos copas abandonadas desde la noche anterior. En la puerta
nos quedamos mirándonos con esa expresión un poco estúpida que se nos pone
cuando sabemos que algo se acaba aunque solo sea un fin de semana.
Entonces
me besaste otra vez.
No
fue el más largo.
Ni
el más apasionado.
Ni
siquiera sé qué número le correspondía.
Fue
simplemente un beso que no pedía nada, no prometía nada y no pertenecía a
nadie.
Por
eso comprendí que Catulo se había equivocado en una sola cosa.
No
necesitábamos miles.
Nos
bastaba uno.
Grande
y, sobre todo, libre.
«Millones siguen
viviendo en la necesidad, a pesar de que nuestra capacidad de producir se ha
multiplicado enormemente.» (Y desde que se pronunció la frase de Hans Jæger
nacido el 2 de setiembre de 1854 hasta hoy, los números de la producción se han
elevado a la enésima potencia, así que hacer la cuenta de cuántos millones
siguen viviendo en la necesidad)
Y como hoy va de besos los vamos a sellar; para que no se nos escapen. Eso cantaba Brian Hyland en 1962... aunque la canción no es suya y es de 1960
No hi ha petons al setembre
Es
van acomiadar al juny amb un petó llarg i una promesa curta:
—Al
setembre.
Durant
l’estiu, ell li va escriure cada dia. Cartes plenes de mar, desig i nits sense
ella. Abans de tancar cada sobre, besava el paper.
Ella
no en va respondre cap.
El
primer de setembre, ell va esperar-la a l’estació amb l’última carta a la
butxaca.
Va
arribar el tren. Després un altre.
Ella,
no.
Aquella
nit va obrir la carta que mai havia enviat.
Només
hi havia escrit:
«Si
tornes, no cal que contestis.»
I va
besar-la per última vegada.
martes, 1 de septiembre de 2026
LA REVOLUCIÓN
Versión libre de «La revolución», de Sławomir Mrożek
Mi
primera revolución empezó un domingo por la tarde, después de la siesta. No
hubo barricadas, proclamas ni canciones de protesta. Solo una habitación y yo.
La
cama estaba junto a la pared, el armario enfrente y la mesa en medio. Llevaban
tantos años en la misma posición que parecían funcionarios con plaza fija.
De
repente, aquella distribución me pareció insoportable. No estaba mal, pero me
aburría, que es una razón mucho más peligrosa. Así que decidí cambiarlo todo.
Puse
la cama donde estaba el armario y el armario donde estaba la cama.
Durante
unos días me sentí otro hombre. Entraba en la habitación y necesitaba unos
segundos para saber dónde estaba. No era felicidad, pero entonces todavía
confundía la novedad con la felicidad.
Luego
regresó el aburrimiento.
Observé
los muebles con desconfianza y llegué a la conclusión de que el problema era la
mesa. Los seres humanos somos así: cuando algo no funciona, buscamos un
culpable que no pueda defenderse.
La
mesa ocupaba el centro de la habitación desde hacía años. Era el poder
establecido. El régimen. La dictadura de las cuatro patas.
La
arrastré hasta una esquina y coloqué la cama en medio.
El
resultado fue inconformista.
Dormir
en el centro de una habitación produce una extraña sensación de libertad. No
tienes una pared a la que volver la cara ni un rincón donde esconder los
ronquidos. Estás expuesto. Desprotegido. Libre.
Descubrí
entonces que la libertad se parece bastante a una corriente de aire.
Durante
unos días soporté aquella incomodidad con orgullo. Cada dolor de espalda era
una prueba de mi rebeldía. Cada vez que me levantaba por la noche y me golpeaba
con la mesa, me sentía un poco más comprometido con la causa.
Pero
llegó ese momento terrible en que la novedad deja de ser novedad y solo queda
el golpe en la espinilla.
Decidí
dar un paso más.
Puse
la cama de nuevo junto a la pared y trasladé el armario al centro.
Aquello
ya no era inconformismo. Era vanguardia.
El
armario dividía la habitación en dos territorios. Para llegar a la ventana
tenía que rodearlo. Para abrir la puerta, meter la barriga. Para encontrar los
calcetines, realizar una expedición.
No
era un mueble. Era una instalación artística.
Pensé
incluso en ponerle un título: La ropa interior ocupa el espacio público.
Durante
un tiempo me sentí moderno, transgresor y ligeramente idiota. Después volví a
acostumbrarme. El armario dejó de parecer una obra de arte y comenzó a parecer
lo que era: un armario en medio, molestando.
Comprendí
entonces que el problema no estaba en la cama, en la mesa ni en el armario. El
problema eran los límites de la habitación.
Si
dentro de cuatro paredes no era posible un cambio verdadero, había que
traspasar las fronteras de lo razonable. Cuando el inconformismo fracasa y la
vanguardia acaba convertida en decoración, solo queda la revolución.
Decidí
dormir dentro del armario.
Aparté
los abrigos, retiré unas cajas de zapatos y me introduje de pie. Cerré las
puertas.
Mi
revolución olía a naftalina.
Aquella
noche no dormí. Tampoco la siguiente. Se me hincharon los pies, la espalda
comenzó a enviarme comunicados de protesta y perdí la sensibilidad en el brazo
derecho. Pero, por primera vez, el paso del tiempo no consiguió domesticar el
cambio.
Al
contrario.
Cada
hora que pasaba dentro del armario era más consciente de mi revolución.
Principalmente porque me dolía una parte nueva del cuerpo.
Había
triunfado.
La
costumbre, ese animal que termina durmiendo en cualquier parte, no podía
conmigo. Yo continuaba incómodo, dolorido y despierto. Exactamente como el
primer día.
El
único inconveniente fue que mi capacidad revolucionaria resultó superior a mi
resistencia física.
A la
tercera noche salí del armario arrastrándome y me metí en la cama.
Dormí
tres días seguidos.
Cuando
desperté, coloqué el armario junto a la pared, la cama en su lugar de siempre y
la mesa en medio. El antiguo régimen recuperó el poder sin necesidad de
elecciones.
Desde
entonces, cuando el aburrimiento vuelve a visitarme, abro el armario y miro su
interior.
A
veces me da un pequeño tirón en la espalda.
Y se
me pasa.
«Cuando amas, tienes
que partir.» (Blaise Cendrars nacido el 1 de setiembre de 1887. Su frase no se
refiere a abandonar al ser amado -como ya ha supuesto mi erudito público- sino
de rechazar su posesión y la inmovilidad)
Zendaya cumple hoy 30 años justos. La canción del vídeo, Replay, es de 2013, así que ya lleva años en esto... y en lo otro como actriz y bailarina.
BOTÓ
DE REPETICIÓ
Ella
sempre deia que no repetia amants.
—Les
segones parts solen ser pitjors.
Però
aquella nit ell va trucar.
No
va preguntar res. Ella tampoc.
Van
acabar al mateix llit, amb els mateixos errors, les mateixes presses i aquella
manera seva de besar-li el coll que encara recordava massa bé.
Quan
ell es va adormir, ella el va mirar una estona.
Després
va somriure.
Potser
tenia raó: les segones parts eren pitjors.
Per
això va decidir donar-li al botó de repetició.
domingo, 30 de agosto de 2026
BORRAR LA FOTO
He
pensado bastante en las fotografías.
En
esas fotografías familiares que uno va dejando por las redes sociales casi sin
darse cuenta: una comida, unas vacaciones, una boda, un niño que llega, una
mirada que no necesita pie de foto porque ya lo dice todo. Antes se guardaban
en álbumes y se enseñaban a las visitas después del café. Ahora las colgamos en
Instagram para que las vea medio planeta, incluida gente a la que no
invitaríamos ni a tomar el café.
Esther
González también tenía las suyas.
Una
mujer. Su mujer.
Un
hijo. Su hijo.
Una
familia, vaya.
Nada
especialmente revolucionario en España en 2026. Ni siquiera debería ser
necesario aclararlo. Pero lo aclaro porque resulta que Esther González,
futbolista española de élite, campeona del mundo, ha fichado por el Al Qadsiah
de Arabia Saudí y, coincidiendo con su llegada allí, esas fotografías
familiares han desaparecido de la primera línea de sus redes sociales.
No
sé si alguien se lo pidió.
No
sé si fue una recomendación del club, del representante, de un asesor, de un
abogado o del Espíritu Santo encargado de las relaciones públicas del fútbol
saudí.
Ella
no lo ha explicado.
Por
tanto, no voy a inventármelo.
Pero
existe una coincidencia de esas que te obligan, por lo menos, a levantar una
ceja: cambias Estados Unidos por Arabia Saudí y tu mujer y tu hijo desaparecen
de Instagram.
Debe
de ser cosa del algoritmo.
Ya
sabemos cómo son los algoritmos.
Muy
suyos.
Lo
curioso es que Esther sigue teniendo mujer. Y sigue teniendo hijo. Borrar una
fotografía no modifica el Registro Civil ni, afortunadamente, los afectos. La
realidad tiene esa mala costumbre de continuar existiendo aunque la elimines de
la pantalla.
Y
ahí es donde el asunto deja de parecerme una anécdota deportiva.
Porque
Arabia Saudí es un país donde las relaciones homosexuales están perseguidas. Un
país que quiere modernizar su imagen, organizar grandes acontecimientos
deportivos, fichar futbolistas, golfistas, entrenadores y estrellas
internacionales, mientras determinadas vidas continúan resultando incómodas
cuando salen en la fotografía.
Puedes
jugar al fútbol.
Puedes
marcar goles.
Puedes
ser campeona del mundo.
Puedes
ser una estrella.
Pero,
por favor, procura que tu biografía no moleste demasiado.
Es
una modernidad curiosa.
Algo
así como instalar la última versión del sistema operativo en un ordenador del
siglo pasado.
Y
quiero ser cuidadoso porque resulta muy fácil juzgar desde el sofá de casa,
donde uno puede querer a quien le dé la gana sin preguntarse si una fotografía
puede traerle problemas. Si Esther González ha retirado esas imágenes para
proteger a su familia o protegerse ella, puedo comprender el miedo.
Lo
que me cuesta bastante más comprender es el paso anterior.
Porque
nadie la ha deportado allí.
Ha
fichado.
Y
fichar significa elegir.
Ahí
empieza para mí la verdadera reflexión.
Todos
tenemos un precio.
No
nos engañemos.
Nos
gusta pensar que no, que somos hombres y mujeres de principios, sólidos como
una roca, inmunes al dinero, al poder y a las tentaciones. Hasta que alguien
coloca una cifra suficientemente grande encima de la mesa y descubrimos que
algunos principios eran sólidos, sí, pero tenían ruedas.
Yo
tampoco sé cuál sería mi precio.
Y
precisamente por eso procuro no ponerme demasiado solemne.
Pero
hay contratos que incluyen cláusulas que no aparecen escritas.
Te
pagan por jugar al fútbol y quizá también, indirectamente, por no enseñar
demasiado quién eres.
Te
pagan por tus goles, pero la factura puede incluir un pequeño descuento sobre
tu identidad.
Nada
grave.
Solo
unas fotografías.
Solo
tu mujer.
Solo
tu hijo.
Solo
una parte de tu vida.
Y
aquí aparece una paradoja especialmente amarga tratándose del fútbol femenino.
Durante
décadas las mujeres han luchado para poder jugar al fútbol. Para poder vivir
profesionalmente de él. Para ser visibles. Para que las televisiones
retransmitieran sus partidos. Para que los estadios se llenaran. Para que una
niña pudiera decir «quiero ser futbolista» sin que nadie le regalase una muñeca
para corregirle la vocación.
Visibilidad.
Esa
ha sido precisamente una de las grandes conquistas.
Y
ahora resulta que una futbolista alcanza un magnífico contrato profesional en
un país donde, para integrarse cómodamente, puede resultarle conveniente
hacerse invisible en aquello que forma parte esencial de su vida.
No
deja de tener cierta crueldad.
Hemos
conseguido que las mujeres sean visibles sobre el césped para pedirles después
que determinadas mujeres sean discretas fuera de él.
No
quiero convertir a Esther González en símbolo de todos los males.
Sería
demasiado fácil y seguramente injusto.
La
responsabilidad principal pertenece a una sociedad y a un sistema político que
consideran problemático aquello que en otros lugares hemos tardado siglos en
aceptar como normal: que dos personas adultas puedan amarse sin pedir permiso.
Pero
tampoco compro la teoría de que las decisiones individuales carecen siempre de
responsabilidad.
Somos
lo que elegimos cuando podemos elegir.
Especialmente
cuando nuestras elecciones tienen un valor público.
Un
futbolista que anuncia unas zapatillas sabe que está prestando su imagen para
vender zapatillas. Una estrella que ficha por una competición sabe también que,
además de jugar, presta una parte de su prestigio a quien la contrata.
Eso
es precisamente lo que busca Arabia Saudí con buena parte de sus inversiones
deportivas: que cuando pensemos en el país pensemos también en fútbol, grandes
competiciones, estadios, estrellas y modernidad.
Que
miremos el césped.
No
demasiado alrededor.
Por
eso las fotografías de Esther me parecen importantes.
Mucho
más importantes que un gol.
Porque
en esas imágenes borradas cabe toda la contradicción.
Una
mujer que ha conquistado la libertad suficiente para casarse con otra mujer
llega a un país donde ese matrimonio no existe jurídicamente como tal y donde
las relaciones entre personas del mismo sexo son perseguidas.
Y
para entrar en ese nuevo mundo, la familia desaparece de la pantalla.
Quizá
por prudencia.
Quizá
por miedo.
Quizá
por consejo.
Quizá
por dinero.
Probablemente
por una mezcla de cosas que desconocemos.
Pero
la fotografía ya está hecha aunque haya sido borrada.
Y no
me refiero a la de Instagram.
Me
refiero a esta otra:
una
extraordinaria futbolista posando sonriente con la camiseta de su nuevo equipo
mientras, fuera del encuadre, quedan su mujer y su hijo.
A
veces lo verdaderamente importante de una fotografía no es lo que aparece en
ella.
Es
aquello que, para poder hacerla, hemos tenido que sacar del encuadre.
«Lo que un hombre es se
compone de tres cosas: lo que posee de nacimiento, lo que recibe de su entorno
y, lo más importante, lo que consigue mediante su propio esfuerzo.» (Józef
Maria Bocheński nacido el 30 de agosto de 1902 fue fraile dominico, filósofo y
lógico polaco gracias a su entorno y a su propio esfuerzo. Supongo que de nacimiento lo estuvieron cuidando y alimentando, que no es poco)
Martin Jackson cumple hoy 68 años y hace 40 la canción de su grupo Swing Out Sister, Breakout, no hubiese sonado igual sin su batería.
La
porta ja era oberta
La
porta no estava tancada.
Ho
va descobrir després de trenta anys demanant permís per sortir.
Al
marit. Als fills. A la feina. Als pares morts, fins i tot.
Aquell
matí va omplir una maleta petita. Només roba, un llibre i aquell vestit vermell
que sempre havia considerat massa atrevit.
Abans
de marxar, va deixar una nota:
—No
busqueu culpables. He trigat massa a trobar-me.
Va
baixar al carrer.
Ningú
no la perseguia.
I
això, estranyament, va ser el que més li va doldre.