LA OLA INMÓVIL
Dicen
que estamos, en el hemisferio norte, en la tercera ola de calor.
Yo
no sé quién las cuenta.
Supongo
que habrá alguien en un despacho refrigerado, con una chaqueta colgada del
respaldo y una hoja de cálculo abierta. Cuando el termómetro supera los
cuarenta grados, pone una raya.
Primera
ola.
Segunda
ola.
Tercera
ola.
Como
quien lleva la cuenta de las cervezas que se ha tomado otro.
Lo
de «ola» me parece una expresión optimista. Una ola llega, rompe y se retira.
Te moja, te revuelca, te llena el bañador de arena y vuelve al mar. Tiene
principio y final.
Pero
este calor no.
Este
calor llegó a mediados de junio, dejó la maleta en el recibidor y preguntó cuál
era su habitación. Desde entonces ocupa el sofá, abre la nevera cada cinco
minutos y duerme con nosotros.
No
parece una ola.
Parece
un familiar que ha venido unos días y ya recibe correspondencia en casa.
La
temperatura tampoco se mueve. Treinta y tantos grados por la mañana. Treinta y
tantos por la tarde. Treinta y tantos por la noche. Una estabilidad que ya
quisieran para sí los matrimonios, los mercados y cualquier coalición
parlamentaria.
Enciendo
el ventilador y me lanza aire caliente. Lo acerco. Lo alejo. Lo giro hacia la
pared. Lo vuelvo a poner frente a mí. No refresca, pero hace ruido, y ese ruido
me permite creer que algo trabaja para solucionar el problema.
Como
el Consejo de Ministros.
El
Gobierno dice que la situación está controlada y anuncia un gran pacto
climático. En España, cuando un problema no tiene solución inmediata, se le
coloca delante la palabra «gran» y detrás la palabra «pacto».
Gran
Pacto por el Agua.
Gran
Pacto por la Energía.
Gran
Pacto por el Clima.
Después
se crea una comisión, se constituye una mesa y se encarga un informe que, seis
meses más tarde, confirma que hace calor porque han subido las temperaturas.
El
presidente comparece en mangas de camisa y asegura que nadie quedará atrás.
Eso
tranquiliza especialmente a quienes ya se han quedado atrás y no pueden pagar
el aire acondicionado.
El
PSOE afirma que avanzamos en la dirección correcta gracias a una transición
ecológica justa.
Debe
de ser una dirección muy larga.
Llevamos
años avanzando hacia ella, pero cada verano arden más bosques, falta más agua y
las noches tropicales ya son tan españolas como la tortilla de patatas, la
corrupción municipal y las obras que siempre duran dos legislaturas.
El
Partido Popular responde que el problema no es el calor, sino la mala gestión
del calor.
Con
un gobierno serio y moderado, los cuarenta grados serían treinta y ocho y
medio. Treinta y nueve como máximo en las comunidades gobernadas por ellos,
porque allí hasta el termómetro respeta la Constitución.
Feijóo
pedirá elecciones.
No
sé de qué forma unas elecciones generales conseguirán refrescar el ambiente,
pero tampoco sabía que servían para arreglar los trenes, llenar los embalses,
abaratar la vivienda y conseguir que los jóvenes tengan hijos. Por lo visto,
sirven para todo.
Vox
dirá que no existe ninguna ola de calor.
Lo
que existe es una ofensiva climática impulsada por la Agenda 2030 para
quitarnos el coche diésel, obligarnos a comer insectos y entregar nuestra
soberanía a una adolescente sueca.
Abascal
aparecerá a caballo, bajo un sol de justicia, para demostrar que los españoles
de bien no sudan.
Transpiran
patriotismo.
Después
propondrá derogar la Ley de Cambio Climático. Una medida eficaz porque, como
sabemos, cuando se deroga una ley desaparece aquello que regula.
Si
derogamos la ley de incendios, dejarán de arder los bosques.
Si
derogamos la ley de costas, bajará el nivel del mar.
Y si
derogamos el Código Penal, se acabará la delincuencia.
No
sé cómo no se nos había ocurrido antes.
Sumar
explicará que la ola debe abordarse con perspectiva de género, justicia social,
movilidad sostenible, fiscalidad verde y un grupo de trabajo plurinacional.
Probablemente
tengan razón.
Pero
cuando terminen de acordar el nombre del grupo, estaremos celebrando la Navidad
en bañador.
Podemos
propondrá nacionalizar el sol, crear una empresa pública de ventiladores y
gravar las piscinas privadas. Los propietarios de dos piscinas serán
considerados grandes tenedores de agua.
Junts
exigirá el traspaso integral de las competencias meteorológicas. Las nubes que
entren por los Pirineos deberán ser gestionadas por la Generalitat y una parte
de la lluvia recaudada no pasará por la caja común.
Esquerra
reclamará una república climáticamente sostenible.
No
sabemos si refrescará, pero será nuestra.
El
PNV, más práctico, negociará una temperatura propia para Euskadi a cambio de
apoyar los presupuestos. Conseguirá veintisiete grados, sombra por la tarde y
competencias exclusivas sobre el sirimiri.
Mientras
tanto, España estará tumbada en el sofá, en calzoncillos, abanicándose con la
factura de la luz.
Luego
vienen los consejos oficiales.
Hay
que beber agua, cerrar las persianas, usar ropa ligera, evitar las horas
centrales del día y permanecer en lugares frescos.
Todo
muy sensato.
El
problema es que las horas centrales empiezan a las nueve de la mañana y
terminan a las cuatro de la madrugada. Entre una franja y otra quedan cinco
horas para dormir, trabajar, ventilar la casa, pasear al perro y recuperar las
ganas de vivir.
También
recomiendan acudir a espacios climatizados.
Quien
tenga dinero puede encender el aire acondicionado.
Los
demás podemos refugiarnos en un centro comercial y fingir durante tres horas
que estamos comparando colchones.
Porque
el calor también entiende de clases sociales.
No
se soportan igual cuarenta grados en un chalet con piscina que en un cuarto
piso sin ascensor, orientación sur y unas ventanas que conservan el aislamiento
térmico de cuando Franco inauguraba pantanos.
Tampoco
es lo mismo soportarlo bajo una pérgola que asfaltando una carretera, limpiando
habitaciones, recogiendo fruta o repartiendo hamburguesas en bicicleta.
El
termómetro marca lo mismo para todos.
Como
la ley.
Luego
cada uno lo padece según su patrimonio.
Yo
recuerdo veranos calurosos. Recuerdo las ventanas abiertas, los colchones en el
suelo y los vasos de agua sobre la mesilla. Pero también recuerdo que, de
madrugada, entraba algo parecido al aire.
Ahora
abres la ventana y entra julio entero.
No
sé si estamos en la tercera ola. Tal vez sea la cuarta. O quizá seguimos en la
primera, que se ha negado a marcharse y cambia de nombre para que no reparemos
en su duración.
Porque
las olas pasan.
Esto
se está quedando.
Y
mientras el país hierve, el Gobierno convoca un pacto, el PP pide elecciones,
Vox deroga el termómetro, Sumar constituye una mesa, Podemos nacionaliza el
ventilador, Junts reclama las nubes y el PNV consigue que llueva en Bilbao.
Después
llegarán los incendios, las restricciones de agua, las cosechas perdidas y las
inundaciones.
Las
llamaremos «catástrofes naturales», como si la naturaleza hubiera actuado sola
y nosotros pasáramos casualmente por allí.
Se
guardará un minuto de silencio.
Se
prometerán ayudas.
Se
anunciará un plan urgente.
Y
cuando vuelva el calor, nos recomendarán beber agua, bajar las persianas y no
salir a la calle.
Entonces
comprenderemos que no estábamos atravesando una ola.
Estábamos
asistiendo, perfectamente informados, a nuestro propio naufragio.
Y en
el Congreso seguían discutiendo si el agua que entraba en el barco era
progresista, conservadora, española o catalana.
Finalmente
llegaron a un acuerdo.
Era
culpa del otro.
«El día que yo muera
quiero estar vivo.» (Luis Sánchez
Polack más conocido por “Tip” hubiese cumplido hoy 100 años pero estuvo
vivo hasta los 73. Esa frase podría parecer un disparate pero no lo es. Contiene
el deseo profundamente humano de contemplar incluso la propia desaparición)
Quan
l’Arnau va deixar de somiar
Cada
matí, l’Arnau arribava tard a la fàbrica perquè s’entretenia imaginant què
podien arribar a ser les coses: una sirena, un ocell; una cadena de muntatge,
un riu; el cap de personal, una persona.
—Somia
menys i treballa més —li repetien.
Un
dilluns va obeir. No va imaginar res. La sirena només va cridar, la cadena va
engolir vuit hores i el cap continuà sent el cap.
En
sortir, tots li preguntaren què els passava.
L’Arnau
somrigué:
—Us
heu despertat.



