LOS
PECADOS DEL VERANO
Cada verano me ocurre lo
mismo. Bueno, lo mismo no. Peor.
El calor me sienta mal al
cuerpo. El cuerpo protesta, suda y amenaza con declararse en huelga, pero
todavía cumple algunos servicios mínimos. Es la cabeza la que se rinde. A
partir de los treinta grados, mis neuronas empiezan a abandonar el despacho sin
presentar la baja voluntaria y yo me quedo frente al ordenador, mirando una
pantalla en blanco que parece saber más de literatura que yo.
Desde la ventana veo pasar a
la gente. Caminan despacio, sin maletín, sin corbata y sin esa cara de urgencia
que nos ponemos quienes todavía fingimos que trabajamos. Algunos llevan bolsas
de playa. Otros arrastran una maleta. Todos tienen ese modo de andar de quienes
podrían ir a cualquier parte porque, en realidad, no tienen obligación de
llegar a ninguna.
Ahí aparece el primero de mis
pecados: la envidia.
Me parece que el mundo entero
está de vacaciones y que yo soy el único imbécil que permanece en un despacho,
vestido para una reunión que probablemente podría resolverse con un correo
electrónico de tres líneas. Sé que no es cierto. En algún lugar habrá otros
hombres y mujeres trabajando, sudando sobre documentos inútiles y contemplando
desde sus ventanas a quienes parecen vivir mejor. Pero no los veo. Y la envidia
necesita pruebas muy escasas para dictar sentencia.
Después llega la pereza.
No entra de golpe. Se instala
poco a poco. Primero me impide redactar un informe. Luego, contestar un
mensaje. Finalmente, mover un papel de un extremo de la mesa al otro, aunque
solo sea para simular que en este despacho suceden cosas. Lo preocupante no es
sentir pereza. Lo preocupante es la facilidad con la que la acepto. En invierno
todavía lucho contra ella. En verano mantenemos una relación estable, íntima y,
me atrevería a decir, pasional.
Esa rendición me enfurece.
Porque uno puede tolerar su
propia incapacidad mientras no sea consciente de ella. Lo irritante es verla
actuar. Saber que podrías levantarte, pensar, escribir o hacer algo útil y, sin
embargo, permanecer inmóvil observando cómo la apatía ocupa tu silla, contesta
tus llamadas y toma decisiones en tu nombre.
Entonces aparece la ira.
Me enfado con el calor, con el
verano, con la gente de vacaciones, con el aire acondicionado que nunca alcanza
la temperatura prometida y, sobre todo, conmigo mismo. Ya llevo tres pecados
capitales antes de la hora de comer. A este ritmo, al finalizar la jornada
habré conseguido plaza fija en el infierno.
Infierno.
Solo pensar en el fuego eterno
me provoca otra subida de temperatura.
Y aún falta el cuarto pecado.
La lujuria.
Este es, sin duda, el más
disculpable. Incluso me atrevería a sostener que no es enteramente mío. La
responsabilidad debería repartirse entre el verano, la calle, la ventana de mi
despacho y la escasez de tela que, por razones climáticas, afecta al vestuario
de quienes pasan frente a ella.
No puede ser saludable
permanecer sentado tras una mesa, enfundado en una americana, estrangulado por
una corbata y protegido por mi semblante de hombre serio, laboral y
responsable, mientras al otro lado del cristal la vida circula con los hombros
desnudos, las piernas al sol y una libertad de movimientos que resulta casi
ofensiva.
Yo miro. Intento no mirar.
Vuelvo a mirar para comprobar que no estaba mirando.
Cada año es peor.
Y, cuanto peor, mejor.
Me digo que reprimir los
instintos naturales debe de ser perjudicial para el organismo. No tengo ninguna
prueba médica, pero tampoco voluntad de buscarla. Con este calor, hasta la
ciencia puede esperar.
A estas alturas, mis neuronas
ya han escapado por la autopista del entendimiento. Podría correr tras ellas,
alcanzarlas antes de que tomen la salida hacia ninguna parte y obligarlas a
regresar al trabajo.
Pero no lo haré.
Tengo pereza.
Mañana seguiré buscando una idea. Hoy prefiero seguir pecando.
«En lo más hondo del horror y
la desesperación se alcanza una nueva firmeza: ya no queda más por caer.» (La
frase que bien podría ser “el que no se consuela es porque no quiere” es de Winston Graham
nacido el 30 de junio de 1908. Este escritor tiene otra frase que me ha hecho
reflexionar en un día como hoy; es la siguiente: “Prefería morir a impuestos
que morir de aburrimiento”)
Brendon James que es el baterista de la banda Thirteen Senses cumple hoy 43 años. Y pongo la mano en el fuego por ello... o mis trece sentidos.
La prova del foc
Ella li va demanar que posés
les mans al foc.
—Per tu?
—No. Per la veritat.
Ell va apropar-les a les
flames. Primer va cremar la carta, després les fotografies i, finalment,
l’anell que mai no havia pensat regalar-li.
—Ho veus? —digué—. Ja no queda
res per amagar.
Ella remenà les cendres amb la
punta de la sabata i hi trobà una clau intacta.
—De quina porta és?
Ell contemplà el foc, incapaç
de respondre.
Aleshores ella va comprendre
que les mentides no sempre es cremen. Algunes només esperen que algú
s’atreveixi a obrir-les.




