Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
lunes, 15 de junio de 2026
CURRICULUM CREPUSCULAR
Don Eusebio leyó su esquela
desde el interior del ataúd.
No fue fácil. La habían
colocado en la tapa y tuvo que incorporarse un poco, cosa incómoda cuando uno
lleva muerto desde el martes.
«Falleció en paz, rodeado de
su familia, después de una larga enfermedad».
Dio tres golpes secos.
Su viuda se desmayó. Sus hijos
retrocedieron. El empleado de la funeraria preguntó si el difunto tenía
marcapasos.
—No estoy conforme —dijo don
Eusebio desde dentro.
Su hijo mayor se acercó al
féretro.
—Papá, estás muerto.
—Eso ya lo pone. Lo que no
aparecen son mis competencias transversales.
Hubo un silencio bastante más
incómodo que el habitual en los velatorios.
—Cuarenta años trabajando
—continuó— y ni una palabra sobre mi liderazgo, mi capacidad para resolver
conflictos o mi adaptación al cambio.
—Pero, papá…
—¿Qué mejor prueba de
adaptación que morirse de repente?
La familia acabó cediendo.
Llamaron al periódico y modificaron la esquela:
«Don Eusebio destacó por su
resiliencia, su orientación a resultados, su capacidad de trabajo en equipo y
su experiencia en entornos de alta presión».
El muerto volvió a golpear la
tapa.
—Falta la disponibilidad.
—¿Qué disponibilidad?
—Inmediata. Ahora mismo no
tengo ningún compromiso laboral.
Su viuda pidió que cerraran el
ataúd con llave. El director de la funeraria, que había trabajado muchos años
en recursos humanos, le dio la razón.
Antes de introducirlo en el
nicho, añadieron una última frase:
«Deja un vacío difícil de
cubrir».
Don Eusebio sonrió.
Era la primera vez que una
empresa admitía que no podía sustituirlo.
«El tuit del día nunca
sustituirá una buena historia con principio, desarrollo y final.» (Eso que dijo
Patricia Nell Warren después de su nacimiento el 15 de junio de 1936 es lo que
digo yo: la inmediatez digital nunca desplazará la memoria, la tradición oral y
las historias que permiten comprender el pasado)
Muff Winwood hoy cumple 83 años aunque sus días de gloria fueron allá por 1966 cuando se preguntaba si aún le querían sin saber que el amor que se va ya no vuelve.
Una mica més
Va entrar al bar quan ja
recollien les cadires. Duia la camisa oberta, el somriure cansat i aquella
manera de mirar que sempre arribava abans que ell.
—Encara em vols? —va
preguntar.
Ella va deixar el got sobre el
taulell.
—Voler-te, sí. Aguantar-te és
una altra cosa.
La música va començar a
sacsejar els vidres. Ell li va allargar la mà. Ella va dubtar només un segon.
Van ballar com quan tenien
vint anys, però amb més cicatrius i menys temps.
A vegades, l’amor no torna.
Només demana una última cançó.
domingo, 14 de junio de 2026
EL
ÚLTIMO CUARTO
El gorro llegó a casa un
martes, en una caja blanca, limpia, casi clínica, como si dentro no viniera un
aparato sino una disculpa.
En la tapa ponía: PIENSA.
NOSOTROS ESCRIBIMOS.
Lo compré por trabajo y por
vanidad, que suelen venir juntos. Llevaba meses diciéndome que perdía demasiado
tiempo tecleando informes, correos, notas, recursos, borradores de artículos
que luego corregía tres veces porque una cosa es escribir y otra muy distinta
parecer que uno sabe lo que piensa. El anuncio prometía comodidad, rapidez, una
nueva forma de productividad. También prometía libertad. Esa palabra. Siempre
la ponen en los inventos que te atan.
El manual decía que bastaba
con ajustarlo a la cabeza, calibrarlo durante unos minutos y dejar que el
sistema aprendiera tu habla interna. “Habla interna”. Me hizo gracia el
eufemismo. Toda la vida llamándolo pensamiento y ahora resultaba que dentro de
nosotros había un locutor técnico, una especie de becario del alma.
Me lo probé esa misma noche,
en el despacho pequeño donde trabajo y me escondo. La pantalla del portátil
permanecía en blanco. El gorro me apretaba un poco las sienes, como una
conciencia bien peinada.
Pensé: esto es ridículo.
Y en la pantalla apareció:
Esto es ridículo.
No tardé ni un segundo en
pensar otra cosa:
Hostia.
Y salió:
Hostia.
La precisión me asustó menos
de lo que debería. Al contrario: me excitó. No sexualmente —aunque con la
tecnología nueva nunca se sabe—, sino de esa forma un poco miserable en que
excita todo lo que nos ahorra esfuerzo. Pensaba y aparecía. Dudaba y aparecía.
Maldije dos veces al programa, tres a mí mismo, y el documento iba creciendo
como crecen algunas discusiones: con una mezcla de verdad, basura y velocidad.
Durante una semana fui feliz.
Redacté informes enteros sin
tocar el teclado. Contesté correos del trabajo en la mitad de tiempo. Esbocé un
relato en el metro mientras una pareja discutía en voz baja y una niña devoraba
galletas como si el mundo fuese a acabarse en la siguiente estación. Incluso
pensé que tal vez aquel gorro me ayudaría por fin a escribir en serio. Sin
excusas. Sin el cansancio de las manos. Sin la coartada del cuerpo.
Mi mujer, Clara, dijo que
parecía contento.
—Es cómodo —le expliqué—.
Pienso y ya está.
—Eso me preocupa un poco —dijo
ella, sirviéndose agua—. Tú pensando ya eres peligroso. Tú pensando con wifi,
más.
Se rió. Yo también. Llevábamos
dieciséis años juntos y habíamos aprendido esa clase de humor matrimonial que
parece una caricia y a veces es una radiografía.
Clara no quiso probárselo.
Dijo que bastante tenía con escuchar lo que decía la gente como para empezar a
leer lo que no se atrevían a decir. Me pareció una frase buena. Estuve a punto
de ponérmela de título para algo. El gorro, por cierto, la registró en el
borrador abierto del portátil porque yo lo estaba llevando en ese momento.
Empezaron los problemas el
jueves siguiente, a las ocho y cuarto de la tarde, mientras preparábamos la
cena.
Yo seguía con el aparato
puesto porque había llegado del despacho con prisa y no me lo quité. Es curioso
lo rápido que uno integra una intromisión cuando le resulta útil. Clara cortaba
calabacín. Yo abría una cerveza. Sonó el móvil de su hermana. Ella puso los
ojos en blanco. Yo pensé, sin querer pensar, una de esas frases pequeñas, feas,
domésticas, que a veces cruzan por la cabeza sin pedir permiso:
Otra vez la pesada de Marta.
Lo dijo el ordenador desde el
comedor, con su voz sintética de secretaria del apocalipsis:
—Otra vez la pesada de Marta.
Clara dejó el cuchillo sobre
la encimera. No hizo teatro. No levantó la voz. Casi preferiría que lo hubiera
hecho.
—¿Perdón?
Yo fui hacia el despacho,
demasiado deprisa, como si la velocidad pudiera corregir la estupidez.
—No era para decirlo.
—Ya veo. Era para pensarlo.
Hay frases que llegan a casa
para quedarse. Esa fue una.
Intenté explicarle que pensar
no es lo mismo que sostener una idea, que la cabeza produce residuos,
exageraciones, impaciencias, crueldades de usar y tirar. Intenté decirle que
uno no es cada cosa que le pasa por dentro, igual que no es cada sueño ni cada
arrebato ni cada miedo absurdo cuando se despierta a las tres de la mañana.
Pero mientras hablaba comprendí algo peor: quizá sí somos también eso. No del
todo. No siempre. Pero también eso.
Clara no se enfadó por su
hermana. Se enfadó por la facilidad con que el aparato había dejado la verdad
en medio de la casa, todavía caliente, como un vaso roto.
A partir de entonces empezó
una vigilancia absurda.
Yo me quitaba el gorro antes
de entrar en la cocina, antes de acostarme, antes de hablar con nadie. Lo
dejaba sobre la mesa del despacho como se deja un arma descargada que sigue
dando miedo. Pero ya era tarde. El daño no lo había hecho la frase sobre Marta.
El daño consistía en que, desde aquella tarde, los dos supimos que mi cabeza
podía abrirse por error.
Y cuando supimos eso, todo
cambió de tamaño.
Porque luego pensé, viendo a
Clara dormida en el sofá, con la boca apenas abierta y un brazo colgando, que
estaba preciosa así, vencida, real, sin pose. Pensé también que yo no la
merecía. Y que a veces me cansaba nuestra vida. Y que otras veces me salvaba.
Pensé que la quería. Pensé que hubo días en que no. Pensé que me daba miedo
envejecer a su lado y más miedo aún no hacerlo. Pensé demasiadas cosas
verdaderas, incompatibles, sucias o limpias, y comprendí que ningún matrimonio
resiste una transcripción completa del pensamiento. Tampoco ninguna amistad. Ni
una familia. Ni una democracia, seguramente.
Lo peor no era que el gorro
leyera.
Lo peor era que no sabía
editar.
Lo devolví el lunes siguiente.
La empresa me envió un mensaje
amable, casi ofendido, preguntando el motivo. Contesté a mano, en una hoja,
porque me pareció una forma decente de defenderme.
Escribí: “Su producto funciona
demasiado bien”.
No era toda la verdad.
La verdad completa era otra:
después de devolverlo, entré en la cocina y vi a Clara buscando las gafas por
todas partes. Las llevaba puestas sobre la cabeza. Estuve a punto de decírselo
y me detuve un segundo a mirar la escena. El gesto cansado. La camiseta vieja.
El pelo mal cogido. La vida compartida haciendo de las suyas. Entonces pensé
algo que nadie debía registrar, ni vender, ni archivar en la nube: que el amor
quizá consista en eso, en seguir eligiendo a alguien incluso después de saber
que una cabeza humana se parece más a un cuarto de trastos que a un templo.
Luego le señalé las gafas.
Ella se echó a reír.
Y por primera vez en muchos
días agradecí el antiguo privilegio de que ciertas cosas solo sucedan dentro de
uno y mueran allí, en silencio, como mueren las mejores oraciones y las peores
tentaciones.
Porque al final no necesitamos
que nos lean la mente.
Necesitamos, de vez en cuando,
que nos la perdonen.
«Lo que realmente queremos es
algo más y distinto de aquello que, en un momento determinado, somos
conscientes de querer.» (Esa diferencia entre el deseo momentáneo y aquello
que, después de reflexionar, reconocemos como nuestra voluntad más profunda, se
condensa en esa frase de Bernard Bosanquet filósofo nacido el 14 de junio de
1848)
Bruno Lomas, nacido Emilio Baldoví Menéndez el 14 de junio de 1940, tenía gran afición a los coches. Eso fue su perdición: a los 50 años ya no pudo volver a ser como ayer.
La clau d’ahir
Va tornar amb les mateixes
flors i aquella frase gastada:
—Tot serà com ahir.
Ella va mirar el gerro buit,
la cadira arraconada, la marca pàl·lida de l’anell. Ahir ell arribava tard,
prometia aviat i estimava quan li convenia.
Va obrir la porta. Ell va
somriure, convençut que era una invitació.
—Passa. Has deixat una cosa.
Li va donar la clau.
Després va tancar.
Aquesta vegada, des de dins.
sábado, 13 de junio de 2026
LA
PARADA
Subía cada mañana en la misma
parada. Abrigo rojo, un libro apretado contra el pecho y esa sonrisa de quien
todavía no ha discutido con nadie.
Yo ya había hecho el resto.
Nos casaríamos en primavera
porque en otoño llueve demasiado. Tendríamos dos hijos: una niña con sus ojos y
un niño con mi facilidad para llegar tarde. Compraríamos un piso con una
hipoteca razonable, discutiríamos por dónde pasar la Navidad y ella leería en
la cama mientras yo fingía que la luz no me molestaba. A veces nos besaríamos
en la cocina mientras se quemaba la cena.
Lo normal. Lo importante.
Aquella mañana reuní el valor
necesario para iniciar una vida entera.
—Buenos días.
Levantó la mirada del libro.
—Buenos días.
Y siguió leyendo.
No me gustó. Había respondido
con demasiada naturalidad, como si saludara así a cualquiera. Pensé que quizá
era una mujer excesivamente moderna, de esas que hablan con desconocidos y
después pretenden que uno confíe. Yo, para ciertas cosas, soy tradicional.
En la siguiente parada cerró
el libro, se levantó y bajó sin mirarme.
El tranvía continuó.
Yo no.
Durante unos minutos contemplé
su asiento vacío, intentando decidir con quién se quedarían los niños.
«Nada mitiga tanto el dolor
como poder decirlo o llorarlo: en un caso se convierte en palabras; en el otro,
en agua.» (Acertada frase de un filósofo: Johann Eduard Erdmann nacido el 13 de
junio de 1805. Solo le faltó decir que el agua era salada y las palabras,
amargas)
Hoy la "chica fría", Alaska, cumple 63 años y, como no se cansa de repetir en sus canciones ni tu ni nadie la cambiará nunca. Y a esa edad, menos.
La clau per dins
Ell va tancar la porta
convençut que ella correria darrere seu.
Ella va recollir els vidres
del gerro, va esborrar el seu nom de la bústia i va sopar directament de la
paella. Després va ballar descalça pel passadís, malament i sense demanar
perdó.
A mitjanit, ell va tornar.
—Obre. Sé que encara
m’estimes.
Ella va mirar la clau posada
per dins.
—Potser sí —va respondre—.
Però ja no és motiu suficient.
viernes, 12 de junio de 2026
EL
MANUAL
El Papa León XIV ya estaba
sentado en el avión, con esa sonrisa de hombre que ha bendecido medio país y
solo desea que nadie le pida otra foto, cuando el comandante anunció por
megafonía que había un pequeño problema técnico.
Pequeño, en lenguaje
aeronáutico, significa que uno empieza a rezar incluso si es el Papa.
El Rey subió al avión, se
acercó con cara diplomática —esa expresión tan española de “no pasa nada” justo
cuando pasa— y le explicó que debían bajar otra vez.
—¿Es grave? —preguntó el
pontífice.
—No, Santo Padre. Solo hay que
revisar el procedimiento.
En la cabina, tres técnicos
miraban un manual abierto sobre una mesita plegable. Sudaban más que un pecador
en agosto. Uno señalaba una página. Otro se rascaba la cabeza. El tercero había
pronunciado la frase que paraliza cualquier Estado moderno:
—Esto está en catalán.
Se hizo un silencio raro.
Tenerife Norte entero pareció contener la respiración. Había Guardia Civil,
protocolo, periodistas, escoltas, obispos, asesores, un monarca y hasta un
señor con chaleco reflectante que sabía dónde estaba cada cono de la pista. Pero
nadie se atrevía con aquella frase:
“No toqueu aquest botó si el
vent ve de cua.”
El Papa la leyó despacio.
—¿Y qué quiere decir?
—Creemos que algo del viento
—dijo un técnico.
—O de una cola —añadió otro,
hundiendo definitivamente la aviación civil en el Antiguo Testamento.
Entonces apareció una
limpiadora con una bolsa azul en la mano.
—Vol dir que no toqueu aquest
botó si el vent ve de cua, home.
Todos la miraron como si
acabara de descender el Espíritu Santo con contrato de sustitución.
—¿Usted habla catalán?
—preguntó el Rey.
—Soy de Cornellà, Majestad.
Aquí estoy por amor. Y por la hipoteca, que también une mucho.
La mujer cerró el manual, miró
el panel y señaló el botón correcto.
El comandante respiró. Los
técnicos fingieron que lo sabían. El Papa sonrió.
Alguien, detrás, murmuró:
—¡Estos catalanes son...!
La limpiadora se volvió.
—¿Qué somos?
Nadie terminó la frase.
Y por una vez, el
milagro no fue que el avión volara, sino que Espanya se quedara callada.
«La humildad no es tener una
pobre opinión de uno mismo.» (Christopher Derrick dijo esa frase desde la
humildad. Es una buena frase para los tiempos que corren que ha convertido el
ego en una pequeña administración pública con ventanilla abierta todo el día.
El fraseado cumpliría hoy 105 años)
Y a sus 76 años de hoy sigue dándole a la batería Bun E. Carlos con su grupo, bastante "apañao", Cheap Trick.
El desig mal educat
Ell no volia amor. Volia
confirmació, que és més trist i fa menys soroll. Cada matí es pentinava davant
del vidre del bar, esperant que ella el mirés com qui descobreix una finestra
oberta en ple incendi.
Ella passava, somreia poc i
deixava una olor de pressa.
—Avui tampoc? —li preguntava
el cambrer.
—Avui gairebé —deia ell.
Un dijous, ella es va aturar.
—Et vull —va dir.
Ell va empal·lidir. Havia
assajat el desig, no la resposta.
jueves, 11 de junio de 2026
LA
EDAD CORREGIDA
Mi abuela falsificó su edad un
jueves por la tarde, entre una infusión de manzanilla y una multa de zona azul
que decidió no pagar porque, según ella, a partir de cierta edad una tiene
derecho a pequeñas insurrecciones administrativas.
No falsificó el DNI, que eso
le parecía vulgar y, sobre todo, peligroso. Falsificó la edad en una aplicación
de citas que mi prima le instaló “solo para mirar”. Como si mirar no fuese ya
el principio de casi todos los pecados interesantes.
—Pon sesenta y dos —le dijo mi
prima.
—Pon cincuenta y nueve
—corrigió mi abuela—. Si vamos a mentir, mintamos con ambición.
Tenía setenta y seis.
En la foto aparecía con un
pañuelo rojo, gafas de sol y esa sonrisa de quien ha enterrado a un marido, ha
criado a tres hijos, ha sobrevivido a dos operaciones, a una comunidad de
vecinos y a una dieta baja en sal. Una superviviente, vamos. Pero el algoritmo,
que debía de tener la sensibilidad emocional de una grapadora, no entendía de
biografías. Solo entendía de años, centímetros y aficiones al senderismo.
A los tres días conoció a
Ernesto. Él decía tener sesenta y cinco, aunque caminaba con la prudencia de
los ochenta y uno y hablaba de Franco como si aún pudiera encontrárselo en la
cola de la pescadería. Quedaron en una cafetería. Ella se pintó los labios con
un rojo que llevaba guardado desde una boda en la que ya no recordaba quién se
había casado, pero sí que el cava era malo.
—He mentido —le dijo él nada
más sentarse.
—Yo también —contestó ella.
Se miraron. No como se miran
los jóvenes, que todavía creen que el cuerpo es una promesa sin fecha de
caducidad. Se miraron como se miran quienes ya saben que el tiempo no perdona,
pero a veces se distrae.
Ernesto tenía ochenta. Ella
setenta y seis.
—Entonces somos dos
delincuentes —dijo él.
—No exagere. Somos dos
reincidentes.
Se rieron. Luego hablaron de
rodillas, de hijos que llamaban poco, de pastillas con nombres de planeta, de
noches demasiado largas y de manos que, por pura falta de uso, parecían muebles
tapados con una sábana.
Al despedirse, él le rozó los
dedos.
Mi abuela no rejuveneció.
Fue mucho mejor.
Volvió a tener edad para
temblar.
«No se puede ganar una guerra,
igual que no se puede ganar un terremoto.» (Jeannette Rankin nacida el 11 de
junio de 1880 fue una política pacifista como hemos podido deducir de su frase.
Entendía la guerra un desastre natural fabricado por humanos y, ya se sabe, en
los desastres tod@s perdemos)
Hablar de Coppola es hablar de cine en su integridad. El padre del famoso Coppola, Carmine, era un compositor bastante apañadito como se puede ver en la música que compuso para el Padrino. Hoy hubiese cumplido 116 años, una barbaridad. Él debió pensar lo mismo porque se quedó en los 81.
La maleta de Vito
Va baixar del vaixell amb un
nom massa llarg per a una oficina i massa petit per al dolor. A l’illa li van
mirar els ulls, les dents, la febre i la por. Ningú no li va preguntar què
deixava enrere. Millor així. Hi ha records que no passen la duana.
Quan li van canviar el nom, no
va protestar. Va guardar l’antic sota la llengua, com una navalla familiar.
Anys després, tots
pronunciaven el nou amb respecte.
Ell, en silenci, encara
responia al que li havien robat.