
Si pudiera tener en mis manos la auténtica sabiduría —no la de los libros con polvo, ni la de los gurús con sonrisa de anuncio—, haría una cosa simple y obscena: estirar una lona transparente sobre el mundo.
No para que dejáramos de vernos. Justo al contrario. Para que siguiéramos mirándonos con la misma claridad, pero sin esa lluvia fina de peligros que cae a traición: el accidente que no avisa, la palabra que se escapa como una astilla, la soledad que se sienta en el sofá antes que tú, la noticia que te muerde sin dientes. Una lona que no tapara el cielo, solo lo afilado.
La fabricaría yo mismo.
Me dejaría los ojos en el intento, sí. Los gastaría como se gastan las monedas en una máquina antigua: de una en una, con fe terca. Tejería de noche, porque de día el mundo hace ruido y el ruido engaña; de noche el silencio no te discute, te acompaña. Y porque a esas horas los búhos dan los buenos días con esa cara de notario viejo: como diciendo “ya sabía yo que ibas a volver”.
Iría pasando el hilo —transparente, duro, humilde— por encima de los tejados, de las cunas, de los hospitales, de los pasos de peatones, de las mesas donde se firman despedidas, de las almohadas donde se finge sueño. Y cada puntada sería una promesa sin épica: no voy a salvar el mundo; voy a intentar que duela un poco menos.
Cuando terminara, no habría aplausos. La sabiduría de verdad no suele tener público.
Solo quedaría ese brillo mínimo sobre nuestras cabezas, como si el aire tuviera una piel.
Y yo, con los ojos cansados y las manos llenas de hilo, bajaría la voz para no romperlo.
Buenas noches.
«Llegará el día en que la mente del hombre se abra al pensamiento de la mujer» (Esa cita, tan optimista, se atribuye a Elena Soriano nacida un 4 de febrero de 1917. Aún estamos en ello… algun@s)
Vincent Furnier cumple hoy 78 años a pesar del veneno que ingiere. No obstante su aspecto haría temblar hasta sus compañer@s del grupo Alice Cooper.
Antídot de butxaca
Vaig dir que no. Ho vaig dir amb la boca seca, amb els dits enganxats al got, com si el vidre fos una promesa. Tu vas somriure: ni victòria ni disculpa, només aquella calma de qui sap el camí de tornada.
El teu “verí” no era un petó; era una idea: “t’estàs perdent coses”.
Vaig marxar. Al carrer, el fred em va fer d’antídot… fins que, al cap de dues cantonades, em vaig girar.
I ja no recordava per què havia dit que no.


