lunes, 21 de septiembre de 2026

 

CUESTIÓN DE CARÁCTER

Sé que esta confesión me va a costar amigos y seguidores, pero la conciencia no me deja tranquilo: anoche vi Gran Hermano.

Antes de que retiréis el saludo, permitidme unas palabras en mi defensa.

No puse yo el programa. Lo estaba viendo un miembro de mi familia cuya identidad preservaré mientras pueda. Yo andaba con la tableta, trasteando en el feisbuq, que tampoco es estar traduciendo a Platón, pero uno necesita establecer ciertas diferencias para conservar el respeto por sí mismo.

En la televisión daban lo que llaman el «debate». Había dos concursantes discutiendo y varios profesionales alrededor, pendientes de que ninguna consiguiera terminar una frase.

No me preguntéis por qué discutían. Llegué tarde al conflicto, aunque sospecho que habría dado igual llegar a tiempo. En aquella casa solo parecían manejar tres registros: gritos, susurros y gemidos. El volumen intermedio debía de estar reservado para las averías.

Yo seguía a lo mío hasta que una de las contendientes lanzó la acusación definitiva:

—¡Es que tú eres muy inteligente!

Levanté la cabeza.

La otra se quedó mirándola con la boca abierta. Durante unos segundos pensé que iban a tener que separarlas.

A lo mejor quería decir «retorcida». O «manipuladora». Pero le salió «inteligente» y, a juzgar por la reacción, había hecho daño suficiente. Nadie vio necesario precisar.

Dejé la tableta sobre las rodillas.

Dos habitantes de la casa comentaban la bronca. Uno señaló a la que más gritaba y explicó:

—Es que tiene mucho carácter.

Ah.

Hasta entonces yo había entendido que tener carácter incluía, entre otras posibilidades, la de no perderlo a la primera contrariedad. Pero allí bastaba con impedir que se oyera al de al lado. Me acordé de algunas reuniones de trabajo. Cuánta gente con carácter había confundido yo con gente maleducada.

La discusión terminó como terminan muchas discusiones televisadas: sin que nadie rectificara y con material suficiente para repetirla después de los anuncios.

Un rato más tarde, una de las participantes estaba muy arrimada a uno de los comentaristas de sofá. Él le recitaba una estrofa de Bécquer.

La misma.

Se acomodaba un poco, comprobaba el efecto y volvía a empezar.

—Qué romántico eres —le decía ella.

El hombre aceptaba el mérito sin mencionar al difunto. Tampoco iba a introducir a un tercero cuando la cosa empezaba a funcionar.

Y yo seguía mirando.

Porque eso es lo peor de esta confesión: que podría haberme levantado. En casa hay libros, otras habitaciones y hasta un mando con botones. Pero me quedé allí, comprobando hasta dónde llegaba aquello, con esa excusa tan cómoda de quienes necesitamos contemplar una estupidez entera para poder despreciarla con fundamento.

Pensé en los trescientos mil «héroes» del premio. En los gritos. En el poeta trabajando gratis para aquel muchacho. Y acabé por perder la paciencia.

—Hija, sabes que no soy de prohibir nada, pero no vuelvas a poner este programa estando yo delante. Aunque me veas distraído con la tableta.

Mi hija me miró. Después miró la tableta, que llevaba un buen rato apagada sobre mis rodillas.

—Vale. ¿Lo cambio?

El muchacho volvió a acercarse a la concursante.

—Espera —le dije—. A ver si se sabe la segunda estrofa.

«La indignación moral es envidia con aureola» (H. G. Wells nació el 21 de setiembre de 1866 para ser pionero de la literatura de ciencia-ficción que much@s conocen por el cine y otr@s, además, por haber leído su obra. La frase nada tiene de ciencia-ficción sino que es un mordisco para aquell@s que exhiben su superioridad moral)

Don Felder cumple hoy 79 años. Su guitarra es imprescindible para que Hotel California de The Eagles, suene como lo hace y lo hará eternamente. Parece mentira que una de las canciones que me han marcado no hubiese aparecido en este lugar.

Cinc estrelles

Vaig arribar enfadat amb tothom. A recepció em van donar la raó i una habitació amb terrassa. El cambrer va assegurar que la meva exdona no m’havia merescut. La noia de la piscina trobava injust que no m’haguessin ascendit.

Vaig allargar l’estada.

Quan el meu fill va venir a buscar-me, em va dir:

—Potser tu també t’has equivocat, pare.

El director el va fer fora.

Encara el veig, a l’altra banda del carrer.

Si em poso trist, m’apugen la música.



domingo, 20 de septiembre de 2026

 

LA CASA DEL ÚLTIMO DOMINGO

Hoy es el último domingo del verano de 2026.

En la playa, mi nieta dibuja una casa sobre la arena húmeda. Tiene dos ventanas, una puerta enorme y varias personas con piernas de alambre.

—Este eres tú, padrí —me dice—. Te he puesto pelo porque sin pelo quedabas un poco raro.

Se acerca una ola y le aconsejo que construya la casa más arriba.

—No importa. Cuando se borre, haré otra igual.

Estoy a punto de explicarle que nunca podrá hacerla igual. La próxima vez su mano será un poco más grande, el dibujo tendrá otras ventanas y quizá nosotros tampoco estaremos exactamente en el mismo lugar. Pero uno no debe estropear la infancia con verdades que los adultos apenas sabemos soportar.

La ola alcanza primero el jardín, después las paredes y, finalmente, nos borra a todos.

Ella se ríe y corre hacia el agua.

De regreso a casa me pregunta:

—Padrí, ¿el próximo verano será como este?

—Claro —respondo.

Por la noche, al vaciarme los bolsillos, encuentro una concha pequeña. Escribo en ella la fecha: 20 de septiembre de 2026, y la guardo en un cajón.

No para conservar el verano. Los veranos no caben en los cajones.

La guardo para recordar que, durante un último domingo, todos vivimos dentro de la misma casa antes de que llegara la ola.

«Muchas reconciliaciones prometedoras han fracasado porque ambas partes llegaron dispuestas a perdonar, pero ninguna a ser perdonada.» (Charles Williams nacido el 20 de setiembre de 1886 es el autor de la frase. En toda su obra literaria tiene al perdón como referencia así que debía saber más que nadie sobre eso. Podemos perdonar pero nuestro orgullo nos impide a reconocer que hemos cometido un acto por lo que ser perdonad@s)

Nuno Bettencourt cumple hoy 60 años y sin su colaboración en el grupo Extreme la canción del vídeo no existiría. Musicalmente, claro.

Dir-ho sense paraules

Cada nit, abans d’apagar el llum, ell li deia:

—T’estimo.

Ella somreia, però feia mesos que dormien donant-se l’esquena.

Un matí, ell va trobar dues maletes al passadís. No va preguntar res. Va preparar-li el te, va cosir el botó fluix de l’abric i va deixar les claus del cotxe damunt la taula perquè plovia.

Ella va mirar les maletes; després, les seves mans maldestres amb l’agulla.

—Per què no m’ho havies dit així abans?

Aquella nit, cap dels dos va dir «t’estimo».

I van dormir abraçats.

 


sábado, 19 de septiembre de 2026

CORREDOR DE FONDO


Corredor de fondo,

sin prisa por llegar

atento siempre

de llegar a tiempo.

Solitario héroe

de caminos solitarios,

forjando el músculo vital

del esfuerzo en cada zancada,

rompiendo el aire

en mil respiraciones acompasadas.

Creador de senderos

que no permanecen

más que en el cansancio

de quien les asume.

Libre de ir hacia adelante

sin estímulos ajenos que le desindividualicen

talla día a día su meta

en la fragua candente

de la voluntad.

Y no acaba nunca de situarla,

sólo el horizonte le limita.

Consciente de correr para sí

no busca más aplauso

que el propio.

Ha desconchado su cuerpo

del abandono al que están abocados

todos los cuerpos débiles,

con el cincel de sus piernas

y un corazón perenne navegando

entre el desaliento.

Recorre el mundo

y el mundo se engarza

en su trote

de soledad abnegada.

No se sabe

quién va hacia quién:

si el hombre hacia la tierra

de la que surgió

o la tierra a alfombrar los pies

de quien posó sobre ella

la primera huella de vida.

Y será él,

corredor de fondo,

merecido portador del sello

del hombre blandiendo

la fatiga de existir

con el esfuerzo de ser.

Pasará pedaleando

polvo y vacío

y recortando de perfil

el paisaje.

«¿Qué es la muerte? Si todavía no sabemos lo que es la vida, ¿ cómo puede inquietarnos el conocer la esencia de la muerte?» (Confucio sobradamente conocido)

James Arthur popularizó en 2012 la bonita canción del vídeo, Impossible, que era de Shontelle. A veces las copias son mejores que el original.


L’home de la fotografia

Quan l’Arnau va oblidar el seu nom, la Joana va dir als veïns que l’havia abandonada. Era més senzill que confessar que encara dormia al seu costat i, cada matí, ell li preguntava educadament qui era.

Una nit, mentre sonava aquella cançó que havien ballat de joves, l’Arnau va mirar la fotografia del casament.

—Devies estimar-lo molt.

—Més del que era possible.

Ell va abaixar els ulls, avergonyit per un dolor que no recordava. Després li va agafar la mà.

—Doncs explica’m com era. Potser també me n’enamoro.


viernes, 18 de septiembre de 2026

 

HORAS EXTRAS


A las nueve de la noche, cuando apagaron las luces de la planta, él levantó la mano desde su despacho.

—Yo me quedo.

La limpiadora ya conocía la frase. La escuchaba casi todos los días.

—Algún día tendrá que irse a casa, don Emilio.

—Tengo mucho trabajo.

Ella no insistía. Vaciaba la papelera, pasaba un paño por la mesa y dejaba intactos aquellos montones de documentos que parecían justificar una vida entera.

Emilio llegaba el primero y se marchaba el último. Contestaba correos a horas en que nadie esperaba respuesta, convocaba reuniones innecesarias, corregía informes ya corregidos y pedía estadísticas que luego no leía.

En la empresa lo admiraban.

—Ese hombre vive para el trabajo.

Y era verdad, aunque no exactamente como ellos pensaban.

A las diez y cuarto cerró el ordenador.

No porque hubiese terminado.

Nunca terminaba.

Bajó al aparcamiento despacio. Entró en el coche, puso las manos sobre el volante y permaneció allí unos minutos sin arrancar.

En casa no le esperaba nadie.

Su mujer se había marchado hacía tres años. Los hijos llamaban algún domingo, cuando se acordaban o cuando necesitaban algo. Los amigos habían ido desapareciendo víctimas del matrimonio, la distancia, la pereza o simplemente del tiempo. Ni siquiera tenía perro porque decía que un animal exigía demasiada dedicación.

Miró el reloj.

Las diez y veintisiete.

Demasiado pronto para acostarse.

Pensó entonces en aquel informe de ventas que había dejado sobre la mesa.

Podía revisarlo otra vez.

Encendió el motor, salió del aparcamiento, dio la vuelta a la manzana y regresó a la oficina.

La limpiadora lo vio entrar.

—¿Se ha olvidado algo?

Emilio sonrió.

—Sí. Tengo trabajo pendiente.

Y ella comprendió que no era cierto.

Porque algunos trabajan para ganarse la vida.

Y otros para no tener que vivirla.

«Sé humano con los demás; sé ciudadano entre tus conciudadanos.» (Kondrati Fiódorovich Ryléyev nacido el 18 de setiembre de 1795 para ser poeta, revolucionario decembrista -ruso, por supuesto- y ciudadano como ninguno)

Kerry Livgren cumple hoy 77 años. Arregla y toca las teclas en la banda Kansas que, de vez en cuando le echaba un pulso al viento o polvo al viento según se traduzca. 

L’Inventari

Quan va morir, els fills van repartir-se la casa.

Un es va quedar els quadres. L’altra, els llibres. Els nets discutiren pel rellotge antic. Ningú volia la roba.

Al fons d’un calaix trobaren una llibreta amb una sola frase:

«He treballat tota la vida per tenir coses que vosaltres discutireu durant una tarda.»

Van callar.

Després continuaren discutint.

Quan marxaren, una finestra havia quedat oberta. El vent entrà al menjador, aixecà una fotografia familiar i la deixà caure a terra.

Cap d’ells ho va veure.

Ja eren al notari.


jueves, 17 de septiembre de 2026

 

AVENTUREROS


—He tenido una aventura.

No hace falta añadir mucho más. Si alguien pronuncia esa frase en una comida familiar, las conversaciones se detienen, las cucharas quedan suspendidas entre el plato y la boca y siempre hay alguien que pregunta:

—¿Con quién?

Nunca:

—¿En qué país?

Porque hemos decidido que una aventura, cuando uno alcanza determinada edad, ya no consiste en atravesar el Amazonas, escalar el Everest o perderse tres meses por el sudeste asiático con una mochila. Una aventura consiste, básicamente, en acostarse con alguien que no es la persona con la que uno acostumbra a despertarse.

Curioso.

He buscado la palabra en el diccionario de la Real Academia Española y una de sus acepciones dice: «Empresa de resultado incierto o que presenta riesgos».

Y entonces lo comprendí.

Llevamos siglos utilizando mal la palabra.

Una aventura no es echar una cana al aire una noche de viernes. Eso, comparado con determinadas relaciones de pareja, es turismo organizado.

La auténtica aventura empieza cuando dos personas se miran un día y deciden vivir juntas.

Ahí sí hay riesgo.

Dos individuos criados por padres distintos, con manías distintas, horarios distintos, formas diferentes de apretar el tubo de pasta de dientes y conceptos incompatibles sobre la temperatura adecuada del aire acondicionado deciden compartir casa, cama, cuenta corriente y, en ocasiones, descendencia.

Hay que tener valor.

Al principio todo resulta sencillo. Uno descubre las pequeñas costumbres del otro y hasta le parecen adorables.

—Qué gracioso, siempre dejas los calcetines ahí.

Diez años después:

—Como vuelvas a dejar los putos calcetines ahí, te juro que…

El amor también consiste en observar cómo determinados diminutivos envejecen mal.

Después llegan las hipotecas, los niños, los suegros, las vacaciones —gran prueba anual de resistencia matrimonial—, las reformas del cuarto de baño, las enfermedades, las facturas, alguna traición pequeña, algún silencio demasiado largo y esa pregunta que un día aparece sin avisar:

«¿Seguimos queriéndonos o simplemente sabemos dónde guardamos los medicamentos?».

Y, sin embargo, algunos continúan.

No porque todos los días sean felices.

Eso sería agotador.

Continúan porque entre una discusión y otra todavía se ríen. Porque uno sabe cómo le gusta el té al otro. Porque cuando llegan malas noticias ya no hace falta preguntar a quién llamar primero. Porque conocen sus cicatrices, sus defectos, sus cobardías y hasta aquello que jamás contarían en una primera cita.

Y siguen allí.

Eso sí que tiene mérito.

En estos tiempos preferimos relaciones con derecho de desistimiento. Si algo no funciona, se devuelve. Si alguien incomoda, se bloquea. Si surge una dificultad, deslizamos el dedo hacia la izquierda por si aparece una persona más compatible.

Nos hemos vuelto prudentes en el amor.

Y probablemente demasiado consumidores.

Por eso quizá escaseen las parejas duraderas. No necesariamente porque amemos menos, sino porque cada vez estamos menos dispuestos a asumir aquello que, según la Real Academia, caracteriza cualquier aventura digna de ese nombre:

un resultado incierto y algunos riesgos.

Así que la próxima vez que alguien me diga:

—Tengo una aventura.

Le preguntaré:

—¿Te has enamorado?

Y si me responde:

—No. Nos hemos ido a vivir juntos.

Entonces sí.

Entonces le desearé suerte.

Porque acabará de empezar la auténtica aventura.

«Lo decisivo no es estar, aquí o allá, sino cómo se está.» (Adolfo Sánchez Vázquez nacido en Algeciras el 17 de setiembre de 1915. Este filósofo se exilió a México en 1939 ya deberéis saber el porqué; allí se quedó hasta su traspaso al otro lado en 2011. También lo poco que he dicho de él os aclarará el sentido de su frase)

Hoy he aprovechado que es el 51 cumpleaños de Álavaro Fuentes músico de La Oreja de Van Gogh, para colocar una canción, Rosas, que me produce una tierna nostalgia que no se explicar... o a lo mejor no quiero.

Les flors que no vas portar

Cada divendres comprava dotze roses.

La florista creia que tenia amant. Les veïnes, que celebrava alguna cosa. Ell no explicava res.

En arribar a casa, les deixava dins el gerro que ella havia oblidat en marxar.

—Tornaràs —deia, com si les paraules poguessin obrir portes.

Van passar mesos. Després anys.

Un divendres no va comprar-ne.

Va tornar a casa amb les mans buides, va agafar el gerro i el va guardar a l’armari.

Aquella nit, per primera vegada, va dormir sense esperar el timbre.

L’endemà van trucar.

Ella portava roses.