LOS
DOS MUERTOS DE TERESA

Cada vez que un camión entraba en la
plaza de Sant Jaume, Teresa levantaba la cabeza y esperaba la explosión.
No podía evitarlo. El ruido de los
motores se le había quedado adherido al miedo desde los bombardeos de marzo.
Primero escuchaba el traqueteo. Después imaginaba el zumbido de los aviones.
Por último, antes incluso de que sucediera nada, se le encogía el estómago.
Aquel 18 de julio de 1938 no cayó
ninguna bomba sobre la plaza. El camión se detuvo frente al Ayuntamiento y
descargó unas cajas de documentos que dos funcionarios se apresuraron a meter
en el edificio. A esas alturas de la guerra, hasta los papeles parecían
necesitar refugio.
Teresa volvió a su mesa.
Trabajaba en la centralita telefónica
del Ayuntamiento desde hacía cuatro meses. Antes cosía para una tienda de la
calle Pelai, pero el negocio había cerrado porque faltaban telas, clientas y
ganas de estrenar vestidos. La guerra había reducido la moda a dos colores: el
gris de la ropa usada y el negro del luto.
Consiguió el puesto gracias a una vecina
que conocía a alguien que conocía a alguien. Así funcionaban las cosas incluso
durante las revoluciones. Cambiaban los gobiernos, las banderas y los retratos
de las paredes, pero siempre era necesario conocer a alguien que conociera a
alguien.
La centralita estaba instalada en una
habitación interior. No tenía ventanas y olía a polvo, cables calientes y café
de achicoria. Teresa pasaba las horas conectando voces que llegaban desde
despachos, ministerios, comandancias y edificios oficiales. Voces urgentes.
Voces importantes. Voces que daban órdenes a otras voces.
Ella las enlazaba y luego desaparecía.
Aquella mañana había más movimiento del
habitual. En el Saló de Cent iba a hablar Manuel Azaña, presidente de la
República. Habían llegado autoridades, periodistas y militares con uniformes
gastados. Los ordenanzas recorrían los pasillos llevando carpetas. Algunos
funcionarios fingían que sabían lo que estaba ocurriendo. Los demás fingían
creerlos.
—Hoy tendremos discurso —comentó
Enriqueta, la encargada de la centralita, mientras se servía un sucedáneo de
café.
—¿Otro?
—Este es del presidente.
—También los otros eran de presidentes,
ministros o generales.
—No seas así, mujer.
Teresa conectó una llamada con la
Consejería de Gobernación.
—No soy de ninguna manera.
Enriqueta la miró por encima de la taza.
—Desde que murió Julià estás siempre
enfadada.
Teresa introdujo una clavija con más
fuerza de la necesaria.
—No estoy enfadada.
—Ya.
—Estoy en guerra.
Enriqueta no respondió. No porque
estuviera de acuerdo, sino porque en aquellos tiempos había frases que era
mejor no discutir. Todas podían terminar convertidas en una acusación.
Julià, el marido de Teresa, había muerto
el 17 de marzo, durante uno de los bombardeos sobre Barcelona. Era conductor de
tranvía y se encontraba cerca de la Gran Via cuando una bomba italiana abrió la
calle y todo lo que había encima.
De Julià recuperaron la cartera, el
reloj y una mano.
Teresa no preguntó qué mano.
Le entregaron aquellas pertenencias
dentro de una caja de cartón. Durante varias semanas guardó el reloj en el
cajón de la cocina, envuelto en un pañuelo. Se había parado a las dos menos
cuarto. Al principio le daba cuerda cada mañana. Lo hacía avanzar hasta la hora
de la muerte y volvía a detenerlo.
Después dejó de hacerlo.
No era su único muerto.
Su hermano Andreu llevaba muerto desde
septiembre de 1936. Había sido maestro en una escuela religiosa y tocaba el
órgano los domingos. No era sacerdote ni falangista ni conspirador. Era un
hombre tímido que padecía del estómago y tenía la mala costumbre de corregir la
gramática de los demás.
Una patrulla fue a buscarlo de
madrugada.
Alguien dijo que escondía armas en la
escuela. Registraron las aulas y encontraron mapas, cuadernos, dos crucifijos y
una colección de minerales. No había armas, pero se lo llevaron igualmente. El
cuerpo apareció tres días más tarde en una cuneta, con la camisa abierta y una
falta de ortografía escrita en un papel prendido del pecho:
Fascista ajusticiado por el pueblo.
Teresa no pudo evitar pensar que a
Andreu le habría molestado especialmente aquella ausencia de precisión.
Durante mucho tiempo conservó separadas
las fotografías de sus dos muertos.
La de Andreu estaba en un cajón del
dormitorio. La de Julià, sobre la cómoda. Le parecía una traición colocarlos
juntos. Su marido había muerto bajo las bombas de los militares sublevados. Su
hermano, a manos de quienes decían defender la misma República que Julià había
defendido.
Los dos estaban muertos, pero cada uno
pertenecía a una explicación diferente.
La guerra exigía ordenar a los muertos
antes de llorarlos.
Los buenos a un lado.
Los malos al otro.
Los dudosos, debajo de la alfombra.
A media mañana llegó un técnico de la
radio para comprobar la línea por la que se transmitiría el discurso. Era un
muchacho delgado, con unas gafas redondas que le agrandaban los ojos. Apenas
tendría veinte años.
—Necesito que mantengan libre esta
conexión —dijo señalando uno de los cables—. Desde aquí se enviará la señal.
—¿Funcionará? —preguntó Enriqueta.
—Eso espero.
—Últimamente nada funciona.
El joven sonrió.
—Las guerras son poco respetuosas con la
técnica.
Teresa observó que le temblaban las
manos.
—¿Ha desayunado?
—Sí.
Era mentira. La mentira también pasaba
hambre.
Teresa abrió el cajón y sacó medio trozo
de pan que guardaba para la comida. Se lo ofreció.
—Tome.
—No puedo aceptarlo.
—Claro que puede.
—De verdad que no…
—Mire, joven, no me haga discutir por
medio mendrugo. Tengo mucha práctica y usted ninguna posibilidad.
El muchacho aceptó el pan y se lo comió
en cuatro bocados, intentando mantener cierta dignidad. Después le dio las
gracias y regresó a sus cables.
A Teresa le recordó a Lluís, su hijo.
Tenía dieciocho años y llevaba seis
semanas movilizado. La última carta había llegado cuatro días antes. Estaba
escrita a lápiz, sobre un papel doblado varias veces y manchado de tierra.
Decía que se encontraba bien.
Los soldados siempre se encontraban bien
en las cartas.
Podían estar hambrientos, cubiertos de
piojos, aterrados o con un proyectil pasando por encima de la cabeza. Pero
escribían: «Estoy bien, madre».
Lluís pedía calcetines, tabaco para un
compañero y unas agujas. Se le había soltado un botón del pantalón y nadie en
su unidad sabía coserlo.
Teresa sonrió al leerlo.
Una República llena de discursos y no
había sido capaz de enseñar a un grupo de hombres a coserse un botón.
En la última página, su hijo había
añadido:
«Dicen que pronto iremos hacia el río.
No te preocupes. Estamos preparados».
Teresa no sabía de qué río hablaba. En
las guerras, los ríos dejaban de servir para llevar agua. Pasaban a ser
posiciones, fronteras o lugares donde ahogar hombres.
Guardaba la carta en el bolsillo del
vestido, junto a las fotografías de Andreu y Julià. Había empezado a llevarlas
encima desde que Lluís se marchó. No por superstición. Teresa no creía en esas
cosas. Las llevaba porque temía que una bomba destruyera la casa y se quedara
sin los rostros de sus muertos.
A primera hora de la tarde, el murmullo
de los pasillos se apagó.
Azaña había comenzado a hablar.
La voz llegó a la centralita a través de
la línea que había instalado el muchacho de las gafas. Sonaba lejana, con una
ligera vibración metálica. No era la voz de un hombre dispuesto a prometer la
victoria. Tampoco la de un jefe arengando a los suyos.
Era una voz cansada.
Pero no tenía el cansancio de quienes se
quejan porque han dormido mal o porque la sopa está fría. Era un cansancio más
profundo. El de alguien que había contemplado demasiado tiempo la misma
desgracia y empezaba a sospechar que nadie quería terminarla.
Enriqueta subió el volumen.
—Escucha.
—Estoy trabajando.
—Puedes hacer las dos cosas.
Teresa siguió conectando llamadas
mientras la voz hablaba de España, de la guerra, de la nación y de los muertos.
Algunas palabras se perdían entre interferencias. Otras llegaban nítidas y se
quedaban flotando en la habitación.
A Teresa le molestaban los discursos.
Desde que empezó la guerra había
escuchado demasiados.
Todos anunciaban la victoria. Todos
exigían sacrificios. Todos hablaban del pueblo como si el pueblo fuese un
hombre enorme que no necesitara comer, dormir ni enterrar a sus hijos.
Nadie decía:
«Lo sentimos».
Nadie reconocía haberse equivocado.
Los dirigentes hablaban de la historia
con una facilidad que daba miedo. Teresa, en cambio, no conocía la historia.
Conocía un reloj detenido a las dos menos cuarto. Una cartera manchada. Una
cuneta. Un botón sin coser.
Eso era la guerra para ella.
Mientras Azaña continuaba hablando, sacó
del bolsillo las dos fotografías.
En una aparecía Andreu, muy serio, junto
a sus alumnos. Llevaba una chaqueta demasiado grande y sostenía un libro contra
el pecho. En la otra, Julià sonreía apoyado en un tranvía. Se había quitado la
gorra y miraba a la cámara con esa expresión de quien cree que la vida va a
durar lo suficiente.
Teresa puso las fotografías una al lado
de la otra sobre la mesa.
—¿Qué haces? —preguntó Enriqueta.
—Nada.
La voz del presidente hablaba ahora de
los hombres que habían caído en la batalla. Decía que los muertos ya no tenían
odio ni rencor.
Teresa miró las fotografías.
—Eso habría que preguntárselo a ellos
—murmuró.
—¿Qué dices?
—Nada.
Le costaba aceptar que sus muertos ya no
odiaran. Ella llevaba dos años odiando por los tres. Odiaba a los hombres que
habían sacado a Andreu de casa. Odiaba a los aviadores que arrojaron la bomba
sobre Julià. Odiaba a quienes justificaban una muerte para condenar la otra.
Odiaba a los que decían que eran daños inevitables, excesos, consecuencias de
la lucha o gloriosos sacrificios.
Había tantas formas de llamar a un
asesinato que cualquier asesino podía encontrar una adecuada.
Azaña hizo una pausa.
La voz pareció alejarse todavía más,
como si viniera de otro tiempo.
Entonces pronunció las tres palabras:
—Paz, piedad y perdón.
Nadie habló en la centralita.
Desde el Salón de Ciento llegó un
aplauso. Primero débil. Después más intenso. Los asistentes golpeaban las manos
mientras aquellas palabras recorrían la sala, las líneas telefónicas y las
ondas de radio.
Teresa no aplaudió.
Paz.
La palabra parecía sencilla. Bastaba con
dejar de disparar. Pero todos aseguraban que antes debía ganar alguien.
Piedad.
Esa era todavía más difícil. La piedad
obligaba a mirar al enemigo cuando estaba en el suelo y descubrir que tenía una
cara. Quizá incluso la cara de un muchacho de dieciocho años que no sabía
coserse un botón.
Perdón.
Teresa apartó la mano de las
fotografías.
Aquella era la palabra imposible.
Perdonar podía parecerse demasiado a
decir que no había ocurrido nada. A borrar el cuerpo de Andreu de la cuneta. A
devolver la bomba al avión y la mano de Julià a su caja.
No.
Ella no quería olvidar.
Tampoco estaba segura de querer
perdonar.
Pero mientras observaba los dos retratos
comprendió algo que hasta entonces no había sido capaz de pensar: no deseaba
que Lluís heredara su odio.
Podía dejarle la casa, la máquina de
coser, la vajilla desparejada y las deudas. Podía entregarle el reloj parado de
su padre y los libros de gramática de su tío. Pero no quería legarle aquella
rabia. Bastante tendría el muchacho con sobrevivir a la suya.
Terminó el discurso y los pasillos
recuperaron el movimiento. Volvieron las órdenes, los pasos apresurados y las
conversaciones a media voz. Las palabras solemnes fueron desalojadas por la
burocracia.
Un concejal entró en la centralita
buscando una llamada urgente. Llevaba el uniforme impecable y olía a colonia.
—Bonito discurso —dijo mientras esperaba
la conexión—. Aunque las guerras no se ganan con piedad.
Teresa insertó la clavija.
—Puede ser.
—Se ganan con disciplina, armas y valor.
—Sobre todo con armas —respondió ella—.
El valor suelen ponerlo los hijos de los demás.
El concejal la miró, pero la llamada
entró antes de que pudiera contestar.
Al terminar la jornada, Teresa salió del
Ayuntamiento. En la plaza todavía había coches oficiales. Un grupo de niños
jugaba junto a una barricada de sacos terreros. Uno de ellos levantaba un palo
como si fuera un fusil y disparaba contra los demás.
—¡Te he matado!
—¡No me has dado!
—¡Sí que te he dado!
—¡Pues ahora soy de los tuyos!
Los niños cambiaron de bando y
continuaron jugando.
Teresa pensó que quizá las guerras
empezaban así: alguien te mataba y luego te obligaba a escoger de qué lado
habías muerto.
Caminó hasta su casa.
Barcelona estaba cubierta por una luz
amarillenta. En las fachadas quedaban heridas de metralla. Había colas frente a
las tiendas y mujeres que regresaban con las bolsas casi vacías. En una
esquina, un anciano vendía cigarrillos sueltos. Más adelante, dos soldados
caminaban abrazados, sosteniéndose el uno al otro. Parecían borrachos, heridos
o simplemente cansados. En aquellos días resultaba difícil distinguirlo.
Al entrar en casa, Teresa dejó el bolso
sobre la mesa y encendió una lámpara.
Sacó las fotografías.
Buscó en un armario un marco antiguo que
había guardado desde la muerte de sus padres. Era de madera oscura y solo cabía
una imagen. Retiró el cartón de la parte trasera, colocó los retratos de Andreu
y Julià uno junto al otro y recortó los bordes hasta conseguir que entraran.
Quedaron apretados.
El hombro de su hermano rozaba el de su
marido.
Teresa sostuvo el marco entre las manos.
—No empecéis a discutir —les dijo.
Por primera vez en muchos meses se rio.
Fue una risa pequeña, casi avergonzada, pero consiguió romper algo dentro de
ella.
Después se sentó a escribir a su hijo.
«Querido Lluís:
He recibido tu carta. Mañana intentaré
enviarte los calcetines, el hilo y las agujas. El tabaco no prometo
encontrarlo. Cuando vuelva a verte, te enseñaré a coser. Ya eres bastante mayor
para matar y, por lo visto, todavía demasiado pequeño para arreglarte un
pantalón».
Se detuvo.
Mojó la pluma y continuó:
«Dices que pronto iréis hacia el río. No
sé qué vais a hacer allí y casi prefiero no saberlo. Solo te pido una cosa. No
seas un héroe. Los héroes sirven para los discursos, pero dan mucho trabajo a
las madres.
Y si alguna vez tienes delante a un
hombre del otro lado, míralo antes de disparar. No te digo que no te defiendas.
Quiero que vuelvas. Quiero que vivas. Pero procura recordar que el otro también
tendrá una madre esperando una carta en la que diga que se encuentra bien.
Regresa como puedas. Con hambre, con
miedo, con los pantalones rotos y sin haber ganado ninguna guerra.
Pero no vuelvas con odio.
El odio no cabe en casa».
Firmó la carta, la dobló y la guardó en
un sobre.
Antes de acostarse, colocó el marco
sobre la cómoda. Los rostros de Andreu y Julià quedaron iluminados por la
lámpara.
Uno había muerto a manos de los que
decían luchar contra el fascismo.
El otro, bajo las bombas de quienes
afirmaban salvar España.
Teresa los miró durante unos minutos.
No sabía si algún día sería capaz de
perdonar.
La paz no dependía de ella.
La piedad aparecía cuando podía y casi
siempre llegaba tarde.
Pero aquella noche hizo lo único que
estaba en su mano.
Por primera vez desde que comenzó la
guerra, dejó que sus dos muertos durmieran juntos.
«Nunca ha sabido nadie ni ha podido
predecir nadie lo que se funda con una guerra; ¡nunca!» (Frase extraída del
discurso que pronunció Manuel Azaña en el Saló de Cent del Ayuntamiento de
Barcelona el 18 de julio de 1938 y que se conoce por la última frase que
pronunció: “Paz, Piedad y Perdón”; y recorder las guerras se desencadenan con
determinados propósitos, pero terminan creando realidades políticas, sociales y
morales imprevisibles.)
Ian Stewart pianista de los Rollings o los Stones hubiese cumplido hoy 88 años. Se quedó o plantó en los 47 aunque tuvo tiempo de participar en las mejores canciones de la banda.
La mida exacta
Va demanar una vida tranquil·la, una dona que no
marxés i un gos que no bordés de matinada.
Li van concedir un pis petit, una veïna que cantava
boleros i un gat esquerp que apareixia quan volia.
Durant anys va maleir aquella estafa.
Fins que una nit, malalt i sol, la veïna li va
portar sopa i el gat es va arraulir als seus peus.
Aleshores va comprendre que la felicitat no
s’equivoca mai de comanda.
Simplement, no consulta els desitjos del client.



