lunes, 27 de abril de 2026

 

¿TE PUEDES ENAMORAR EN UNA NOCHE? ®


Mi amiga sostiene que una mujer puede enamorarse en una noche.

Lo dice así, sin pedir permiso, como quien deja el bolso sobre una silla y ya no piensa moverlo. Luego matiza, porque todavía conserva cierta fe en la prudencia y en las resacas emocionales.

—El problema no es enamorarse en una noche —me dijo—. El problema es seguir enamorada al día siguiente.

La encontré en una terraza, a media tarde, con unas gafas de sol demasiado grandes y esa cara que ponen algunas personas cuando han dormido poco, pero no exactamente mal. Tenía la piel despierta. No se me ocurre otra forma de decirlo. Hay días en que una persona parece venir de una discusión, de una enfermedad o de Hacienda. Ella venía de una noche.

—No pongas esa cara —me dijo.

—¿Qué cara?

—La de abogado de divorcios sentimentales.

Levanté las manos. Absolución provisional. Ella pidió vino blanco. Yo café. Cada uno afronta las revelaciones como puede.

Todo empezó, me contó, por culpa del algoritmo. O más bien por cansancio del algoritmo. Llevaba casi una hora sentada en el sofá, pasando títulos en una plataforma sin decidirse por ninguno. Drama nórdico con nieve y secretos familiares. Comedia romántica con gente demasiado guapa para sufrir de verdad. Documental sobre crímenes reales, que es como llaman ahora a dormir mal voluntariamente. Nada.

—Me harté —dijo—. Apagué la tele y salí a la calle. A veces una sale a buscar una película y, si se descuida, se encuentra a sí misma haciendo el ridículo.

Entró en una tienda pequeña de Gràcia, de esas que aún venden libros usados, vinilos, carteles antiguos y películas en DVD para nostálgicos con espacio en las estanterías. Un local estrecho, con luz cálida y olor a papel viejo, madera y polvo limpio. En la pared, un cartel de Casablanca miraba al mundo con esa superioridad moral de las películas que saben que nunca van a envejecer del todo.

Ella hojeaba una caja de películas sin fe. Metía los dedos entre las carátulas como quien remueve recuerdos ajenos. Entonces notó una mirada.

—No fue una mirada de esas de gimnasio, de inventario —me dijo—. No era el repaso barato de quien cree que mirar ya le concede derechos. Era otra cosa. Como si me hubiese reconocido sin conocerme.

Levantó la vista.

El hombre estaba al otro lado de la mesa de saldos, con un libro en una mano y una película en la otra. Tendría cincuenta y tantos, quizá alguno más, pero llevaba la edad con esa tranquilidad que no se compra en las farmacias ni en los gimnasios. Camisa azul, vaqueros oscuros, barba corta, ojos de quien ya no necesita fingir juventud porque conserva algo más peligroso: presencia.

Sonrió.

Ella no bajó la mirada. Tampoco supo qué hacer con ella. Se quedó allí, sosteniéndosela como se sostiene una copa demasiado llena.

—Yo pensaba: ahora me preguntará qué película busco, si me gusta Truffaut, si soy más de Bergman o de Almodóvar, alguna de esas frases que los hombres cultos usan para parecer menos básicos.

—¿Y?

—Nada de eso.

Él se acercó despacio. No invadió. Eso, según mi amiga, fue importante. Se detuvo a una distancia razonable, como si aún existiera la cortesía antes del deseo.

—Perdona —le dijo—, conozco una bodega en la calle de al lado donde sirven un vino que arregla casi cualquier mala elección cinematográfica.

Ella miró la película que tenía en la mano. Una comedia francesa con una pareja sonriendo bajo la lluvia. La dejó de nuevo en la caja.

—¿Y si mi mala elección eres tú? —le preguntó.

Él no se ofendió. Sonrió un poco más, pero sin enseñarse demasiado.

—Entonces al menos no tendrás que verla entera.

Mi amiga me juró que no sabe por qué aceptó. Naturalmente, eso es mentira. Uno siempre sabe por qué acepta algunas invitaciones, aunque luego le ponga al asunto una niebla literaria para no parecer demasiado responsable de su propia hambre.

La bodega era pequeña, con pocas mesas y muchas botellas detrás de la barra. No era uno de esos sitios diseñados para salir en Instagram, gracias a Dios o al mal gusto del propietario. Allí las paredes no suplicaban ser fotografiadas. Tenía algo más raro: verdad. Una luz baja, madera oscura, servilletas de papel grueso y un camarero que no preguntaba cada tres minutos si todo estaba bien, quizá porque sabía que casi nada lo está del todo.

Él se llamaba Eduardo.

O al menos eso dijo.

—Podría haberse llamado Juan, Manuel o incluso Eusebio —me aclaró ella—. Pero aquella noche se llamaba Eduardo y con eso bastaba.

No hablaron de nada importante. Ese fue el primer acierto. Nada de trabajos, exparejas, hijos, hipotecas, terapias, colesterol ni proyectos vitales. La gente estropea demasiado pronto la magia con currículums emocionales. Hablaron de películas que no habían visto, de ciudades en las que habían sido felices sin merecerlo, de canciones que uno escucha de joven y luego reaparecen cuando ya no hay manera de defenderse.

Antes del primer sorbo entero, se besaron.

—¿Así, sin más?

—Sin más no. Con todo.

Me lo dijo bajando la voz, pero sin vergüenza. Se besaron como se besa cuando una ya no espera demasiado de la vida y, de pronto, la vida se presenta sin cita previa, apoyada en una barra, con una copa en la mano. Se besaron con torpeza al principio, con esa torpeza hermosa de los adultos que creen haberlo aprendido todo y descubren que un beso nuevo siempre suspende un poco el examen. Luego ya no. Luego la boca encontró su idioma.

Salieron de la bodega cogidos de la mano.

No hacía frío, pero ella recuerda haberse pegado a él. Recuerda la calle estrecha, las persianas bajadas, el ruido de una moto, una pareja discutiendo en un balcón, el olor a pan caliente de una tienda que preparaba la madrugada. Recuerda que Eduardo le dijo algo al oído. No un piropo de albañil reciclado ni una frase de calendario erótico. Algo sencillo.

—Me gusta cómo miras cuando no quieres que se note.

Eso, según mi amiga, fue peor que cualquier caricia.

En su casa no hubo sorpresa. Quizá porque ella ya había entrado mucho antes de cruzar la puerta. Era un piso ordenado sin estar muerto. Libros en el suelo, una chaqueta en una silla, dos copas sobre una mesa baja, una lámpara encendida junto al sofá. Nada de fotografías familiares a la vista. Nada que reclamara explicación. La casa tuvo la delicadeza de no pedir biografía.

—Me sentí cómoda —dijo—. Como si hubiese estado allí otras veces en una vida que no me había dado tiempo a vivir.

Eduardo puso música baja. Ella no recuerda qué sonaba. Eso me pareció un buen síntoma. Cuando la música importa demasiado en una escena así, suele ser porque falta lo demás.

Se besaron de nuevo en medio del salón. Ya sin la cortesía de la bodega. Ya con esa urgencia adulta que no necesita correr para ser urgente. Él le quitó el abrigo despacio. Ella le desabrochó la camisa con manos menos firmes de lo que habría querido. Se rieron. Esa risa breve salvó la escena de cualquier solemnidad. La pasión, cuando se toma demasiado en serio, acaba pareciéndose a una reunión de vecinos con poca ropa.

—No era un amante joven —me dijo.

—Eso ya lo habías dejado claro.

—No, quiero decir que no tenía esa ansiedad de los hombres que creen que el deseo es una carrera de cien metros y que el cuerpo de una mujer es la meta. Eduardo sabía detenerse.

Ahí estaba el verdadero lujo de la noche. No en el vino, ni en la casa, ni en la seguridad con la que él había jugado desde el principio. Estaba en el tiempo. En cómo administraba la lentitud. En cómo parecía escuchar no solo lo que ella decía, sino lo que su cuerpo iba aceptando, rechazando, pidiendo sin formularlo.

La llevó hasta el dormitorio sin empujarla hacia ningún destino. Ella fue porque quería. Y eso, después de una ruptura larga, mal cerrada, llena de frases pendientes y mensajes que una no debería releer de madrugada, era casi una forma de victoria.

—Me miró como si yo no estuviera rota —dijo.

Se quedó callada. Yo también.

A veces una frase basta para explicar una noche entera.

En la cama no hubo promesas. Por eso fue tan limpio. No limpio en el sentido moral, que es una palabra que ha estropeado demasiadas camas, sino limpio de futuro. No había que demostrar nada. No había que convencer a nadie. No había que fingir juventud, ni inocencia, ni amor eterno, ni indiferencia moderna. Solo dos cuerpos adultos reconociéndose en la penumbra.

Ella habló de sus manos. De la calma con que él le recorría la espalda. De su boca bajando sin prisa. De la manera en que alternaba delicadeza y hambre, como si supiera que el deseo no sube en línea recta, sino en círculos, en oleadas, en pequeños regresos. De cómo la hizo reír en mitad de una caricia porque se golpeó con la mesilla al buscar un preservativo.

—Eso también fue importante —dijo—. Que no pareciera una escena perfecta.

La perfección tiene mala prensa entre quienes han vivido un poco. Cansa. Huele a decorado. En cambio, un tropiezo a tiempo, una risa debajo de las sábanas, una mano que duda, un calcetín que no aparece, devuelven a la pasión su condición humana. Y mi amiga, aquella noche, no necesitaba sentirse diosa. Necesitaba sentirse viva.

Se abandonaron al placer del anonimato. Me gustó esa expresión cuando la dijo, aunque se la discutí.

—No era anonimato —le dije—. Sabías su nombre.

—Eduardo no cuenta.

Tenía razón. Eduardo era menos un nombre que una contraseña. Una puerta abierta durante unas horas. Un hombre concreto y, al mismo tiempo, una excepción. Ella no quería saber más. Ni dónde trabajaba, ni si tenía hijos, ni a quién llamaba cuando estaba enfermo, ni qué manías arrastraba por las mañanas. Sobre todo por las mañanas.

Porque mi amiga, incluso en pleno naufragio de deseo, conservó la cabeza suficiente para no quedarse a dormir.

—¿Te fuiste?

—Sí.

—¿A qué hora?

—No sé. Tarde. O pronto. Esa hora en la que la ciudad parece recién absuelta.

Él le preguntó si quería quedarse. Lo hizo bien. Sin presión. Sin convertir la invitación en una prueba sentimental. Ella le acarició la cara. Me dijo que le gustó la aspereza de la barba en la palma de la mano, esa pequeña lija de realidad después de tanto sueño.

—No —le contestó—. Si me quedo, mañana tendré que desayunar contigo.

—¿Y eso sería tan grave?

—Muchísimo.

Eduardo entendió. O fingió entender, que a veces es la forma más elegante de comprender a alguien.

No se intercambiaron teléfonos. Ni Instagram. Ni correo. Ni una de esas despedidas cobardes que dicen “nos escribimos” para que nadie tenga que reconocer que no volverá a escribir. Ella se vistió despacio. Él la acompañó hasta la puerta. Se besaron una última vez, ya con el cuerpo satisfecho y esa tristeza leve que aparece cuando algo ha sido hermoso precisamente porque se acaba.

—¿Sabes qué fue lo mejor? —me preguntó mi amiga.

—Sorpréndeme.

—Que no me prometió nada.

Bajó sola por la escalera. En la calle, el aire le tocó la cara con una franqueza casi obscena. Caminó hasta casa sin pedir un taxi. Quería notar las piernas. Quería llevarse puesta la noche, no delegarla en un asiento trasero. Pasó junto a la tienda de películas, ya cerrada. En el escaparate, las carátulas seguían allí, ofreciendo vidas ajenas por poco dinero.

Al llegar a casa, no lloró.

Eso fue lo que más la sorprendió.

Dejó las llaves en el recibidor, se quitó los zapatos y fue al baño. Se miró en el espejo. Tenía el pelo revuelto, la boca algo hinchada, una marca leve en el cuello que al día siguiente tendría que disimular con un pañuelo o con esa dignidad que una usa cuando ya no quiere dar explicaciones.

—Me vi distinta —dijo—. No más joven. No más guapa. Distinta.

Luego se metió en la cama, sola, y durmió como hacía meses que no dormía. Sin revisar el móvil. Sin releer mensajes antiguos. Sin imaginar conversaciones imposibles con su ex. Sin preguntarse en qué momento exacto se había roto lo que antes parecía tan firme. Durmió con esa paz indecente de quien ha dejado el dolor fuera de la habitación, aunque solo sea una noche.

—Entonces —le dije—, no te enamoraste de Eduardo.

Ella bebió un poco de vino. Sonrió mirando la copa.

—No.

—¿De quién te enamoraste?

Tardó en contestar.

—De la posibilidad.

Me pareció una respuesta peligrosa y exacta.

Porque quizá eso es lo que pasa algunas noches. No te enamoras de un hombre, ni de una mujer, ni de un nombre dicho junto a una barra. Te enamoras de comprobar que aún puedes arder sin pedir permiso. De descubrir que la piel, esa vieja compañera maltratada por la rutina, todavía sabe abrir ventanas. Te enamoras de una versión de ti que no suplica, no espera, no mendiga explicaciones. Una versión que entra en una tienda buscando una película y acaba encontrando una escena que nadie había escrito.

Mi amiga no volvió a ver a Eduardo.

O eso dice.

Tampoco lo buscó. Conservó su nombre como se conserva una entrada de cine antigua: no para volver al mismo sitio, sino para recordar que una vez estuvimos allí y que, durante un rato, la vida tuvo argumento.

Ahora, cuando la tristeza de su última ruptura amenaza con visitarla, mi amiga no le abre enseguida. Primero se sirve una copa de vino, pone música baja y recuerda aquella calle de madrugada. Recuerda una bodega pequeña, una mano en su espalda, una casa sin preguntas, una despedida sin promesas.

No sé si una persona puede enamorarse en una noche.

Pero sí sé que, a veces, una noche basta para desenamorarse un poco de la tristeza.

«Todo hombre puede reclamar la más plena libertad para ejercer sus facultades, compatible con la posesión de una libertad semejante por parte de los demás.» (O dicho de otro modo: la libertad no es un capricho sino un límite recíproco. Herbert Spencer, autor de la frase, nació el 27 de abril de 1820 y por si no os habíais dado cuenta, fue filósofo)

Kate Pierson que es la que sale junto al grupo R.E.M. en el vídeo cantando y bailando cumple hoy 78 años. Conviene (o no) aclarar que la canción tiene ya sus años.

Somriures amb cremallera

El dia que van ordenar ser feliços, tothom va sortir al carrer amb dents noves i ulleres de sol. Reien davant dels aparadors, abraçaven desconeguts i saludaven les càmeres com si la vida fos un anunci amb pressupost.

Només la Clara va notar el soroll: un clic petit cada vegada que algú somreia.

A la tarda, va trobar una cremallera darrere l’orella del seu marit.

—No l’obris —va dir ell, encara brillant.

Però ella ja havia vist, dins, la tristesa fent hores extres.


 

domingo, 26 de abril de 2026

 

EL APLAUSO DEL IGNORANTE


En El Cañonazo la cerveza no se servía: aterrizaba. Los vasos caían sobre la mesa con una espuma breve y un golpe seco, como si el camarero tuviera prisa por apartarse de las opiniones. Era viernes, llovía lo justo para que todo el mundo se creyera con derecho a arreglar el país y la televisión del fondo gritaba con ese entusiasmo de matadero que han perfeccionado algunas tertulias.

Roni tenía el sitio de siempre: de espaldas a la pared, codo en la mesa, barriga cómoda y una autoridad que nadie le había concedido pero que él ejercía con vocación de funcionario vitalicio.

—Yo es que sé de todo —dijo, removiendo las patatas bravas con un palillo como quien señala un mapa de guerra—. Historia, economía, medicina, coches, mujeres, geopolítica… Lo que me pongas.

Iván levantó el vaso.

—Y modestia, que también dominas bastante.

—La modestia está sobrevalorada —contestó Roni—. La gente modesta suele ser gente que no sabe.

Dani soltó una carcajada. No porque la frase fuese buena, sino porque en los bares la risa muchas veces no celebra: se alinea. Reírse a tiempo evita pensar. Y pensar, a esas horas, con la segunda cerveza y una semana de facturas encima, tenía mala prensa.

—Venga, sabio —dijo Iván—. Explícanos por qué sube la luz.

Roni ni se tomó el trabajo de parpadear.

—Por lo de siempre. Impuestos, eléctricas, Europa y toda la panda esa de listos que vive de tenernos agarrados por el enchufe.

—Eso es verdad —dijo Dani, que no sabía si era verdad, pero le parecía muy cómodo que lo fuera.

—Es de cajón —remató Roni.

La frase cayó en la mesa con el peso de un sello de caucho. Es de cajón. Una expresión magnífica porque no explica nada y, sin embargo, deja a quien la dice con cara de haber cerrado un tratado internacional. Los demás asintieron. El mundo, de pronto, cabía en una servilleta manchada de salsa.

—¿Y lo de las vacunas? —preguntó Iván, más por encenderlo que por informarse.

Roni sonrió. Tenía esa sonrisa de hombre que guarda secretos no porque los tenga, sino porque le sale rentable insinuarlo.

—Si yo hablara…

—Habla, hombre.

—No. Algunas cosas es mejor no decirlas.

Aquello fue recibido con un murmullo respetuoso. Nada produce más prestigio que fingir que se sabe algo demasiado grave para contarlo. A Roni se le ensanchó el pecho. La ignorancia, cuando encuentra público, se pone chaqueta.

En ese momento se abrió la puerta del bar y entró una mujer. No hizo nada extraordinario. Se quitó la bufanda, sacudió un poco el agua de los hombros y se sentó en la barra. Llevaba un abrigo oscuro, un bolso pequeño y un libro bajo el brazo. Pidió agua con gas. Aquello, en El Cañonazo, equivalía a entrar en una iglesia con una trompeta.

Roni la vio por el espejo de la barra. Le bastó un segundo para convertirla en territorio.

—Oye —dijo, alzando la voz—. Tú que tienes pinta de leer cosas con letras pequeñas. Estamos debatiendo.

La mujer giró la cabeza. No parecía molesta. Tampoco interesada. Tenía esa calma peligrosa de quien no ha venido a ganar ninguna discusión.

—Qué suerte —dijo.

Iván y Dani rieron. Roni interpretó la ironía como permiso.

—A ver. Lo de la luz. Un robo, ¿no?

Ella apoyó el libro en la barra y miró la mesa. Miró los vasos, las patatas, la televisión, las tres caras dispuestas a escucharla solo hasta que dejara de confirmarles.

—Depende de qué parte del recibo estéis hablando —respondió—. Está el precio de la energía, los peajes, los cargos, los impuestos, el mercado mayorista, el gas, la demanda, la regulación europea…

Dani bostezó por dentro y por fuera tuvo la delicadeza de taparse con el vaso.

—Ya estamos —dijo Roni—. Depende. Siempre depende.

—Casi todo depende —contestó ella—. Es una molestia, sí. Pero suele ser así.

—No, perdona. Eso lo dicen los que no se quieren mojar.

La mujer respiró despacio. No fue un suspiro teatral. Fue algo más pequeño: una renuncia mínima. Como cuando uno sabe que ha llegado tarde a una habitación que ya estaba cerrada antes de entrar.

—Mojarse no significa simplificar hasta mentir —dijo—. Si queréis, os lo explico con un ejemplo sencillo.

—No hace falta —intervino Iván, mirando a Roni como se mira al capitán de un equipo de barrio—. Al final todos sabemos de qué va esto.

—¿De qué va? —preguntó ella.

Hubo un silencio raro. No largo. Raro. De esos en los que se oye la máquina del hielo, el zumbido de la nevera y la fragilidad de una certeza cuando alguien le pide el DNI.

Roni acudió al rescate.

—Va de que nos roban. Punto.

—¿Quiénes?

—Los de arriba.

—¿Qué arriba?

—Pues arriba. Los que mandan. Los que controlan. Los que se forran.

La mujer sonrió sin alegría.

—Eso no es un argumento. Es un altillo.

Dani soltó una risita, pero la retiró enseguida al ver la cara de Roni.

—Mira —dijo él, ya con el orgullo tocado—. Yo no tendré tus estudios, si es que los tienes, pero tengo calle. Y la calle enseña mucho.

—La calle enseña —dijo ella—. Pero no corrige exámenes.

—¿Ves? —Roni levantó el dedo—. Ahí está la soberbia de los listos. Que si no hablas como vosotros, no sabes. Que si no dices “mercado mayorista” ya eres un ignorante.

—No. Ignorante no es quien no sabe. Ignorante es quien no sabe y además aplaude su ignorancia como si fuera una virtud.

La frase quedó colgando sobre la mesa. No era una frase de tertulia. Tenía filo. Dejó de sonar la televisión durante un instante, o al menos a ellos les pareció. El camarero, que llevaba años oyendo discusiones sobre fútbol, política, virología, educación, feminismo, urbanismo, derecho penal y paellas valencianas explicadas siempre por los mismos cinco hombres, levantó una ceja y siguió secando vasos.

Roni se rió.

—Muy bonito. Eso lo habrás leído en algún libro.

—Puede ser —dijo ella—. Leer no siempre perjudica.

Iván volvió a reír, esta vez con prudencia. Dani miró el móvil como si allí pudiera encontrar una posición ideológica intermedia.

Roni se inclinó hacia delante. Ya no quería hablar de la luz. Nadie quería hablar nunca de la luz. La luz solo había sido la excusa para encender otra cosa: esa pequeña hoguera donde algunos hombres queman el matiz para calentarse las manos.

—A ver, explícame tú entonces —dijo—. Pero clarito, ¿eh? Sin palabras raras.

—Clarito no significa amputado.

—Otra frasecita.

—No. Una advertencia.

La mujer bebió un trago de agua. Las burbujas subieron como si también ellas quisieran marcharse de allí.

—El problema —continuó— es que tú no quieres una explicación. Quieres una contraseña. Algo corto, repetible, que te permita sentir que entiendes lo que no has querido mirar. “Nos roban”. “Es de cajón”. “Los de arriba”. Son frases cómodas. Cierran la puerta y encima te dejan dentro con calefacción.

—Vaya, ahora soy tonto.

—No. Ahora estás haciendo todo lo posible para no dejar de parecerlo.

El golpe fue limpio. No hubo grito. No hizo falta. En El Cañonazo, donde la ofensa solía venir con volumen y salpicaduras de cerveza, aquella precisión resultó casi obscena.

Roni buscó apoyo en sus amigos.

—¿Lo estáis oyendo?

—Bueno —dijo Iván—, tampoco te ha llamado…

—Sí me ha llamado.

—Te he descrito —corrigió ella—. No es lo mismo.

El camarero dejó tres platos en otra mesa y se quedó lo bastante cerca para no perderse el desenlace. La televisión volvió a rugir. Un tertuliano gritaba “la gente está harta de que le mientan”, y otro, que seguramente cobraba por estar más harto todavía, lo interrumpía con las manos.

Roni encontró ahí el aire que necesitaba.

—Mira —dijo señalando la pantalla—. Eso. La gente está harta.

—La gente está harta de muchas cosas —respondió ella—. También de escuchar. Pero eso no lo dicen en la tele porque da poca audiencia.

—Al final me estás dando la razón.

La mujer cerró los ojos un segundo. Fue casi imperceptible. Había peleas que no se perdían por falta de argumentos, sino por exceso de paciencia.

Guardó el libro en el bolso. Pagó el agua. Se puso la bufanda con una lentitud que parecía educación, pero era despedida.

Antes de salir, se acercó a la mesa. No demasiado. Lo justo para que Roni no pudiera fingir que no la oía.

—No te doy la razón —dijo—. Te doy una salida fácil. Y ni siquiera la vas a usar para salir.

Abrió la puerta. Entró un golpe de lluvia, olor a calle mojada y una corriente breve que movió las servilletas. Luego se fue.

Durante unos segundos nadie habló. La mesa quedó como después de una visita médica incómoda: todos sanos en apariencia y con algo raro en el análisis.

Dani fue el primero en romper el silencio.

—La tía era borde.

Iván asintió.

—Un poco intensa.

Roni aprovechó el puente.

—Mucho matiz, mucho recibo y mucha burbuja de agua, pero no ha dicho nada claro.

—Claro, claro, no —dijo Dani, agradecido de volver a un mundo donde las frases cortas mandaban.

Roni levantó el vaso. Había recuperado el trono. No porque hubiera vencido, sino porque los suyos necesitaban que venciera. La manada no siempre sigue al más fuerte. A veces sigue al que menos dudas tiene.

—Yo leo —dijo—. Yo me informo.

Nadie preguntó dónde.

Brindaron. En la televisión, el tertuliano de la corbata roja golpeó la mesa y gritó:

—¡Es clarísimo!

Los tres miraron la pantalla y asintieron al mismo tiempo, con la devoción exacta de quienes acaban de ser absueltos sin juicio.

El camarero recogió el vaso vacío de la mujer. En el posavasos había quedado un círculo de agua, pequeño y perfecto, como una prueba que nadie iba a presentar.

Y en El Cañonazo, aquella noche, la verdad no se marchó derrotada.

Solo se cansó antes que ellos

«Si intentaras dudar de todo, no llegarías ni siquiera a dudar de nada. El juego de la duda presupone certeza.» (He dudado del significado de la frase de Ludwig Wittgenstein un filósofo -como no podía ser de otra manera- nacido el 26 de abril de 1889 y al final le he visto el significado: incluso las dudas se apoyan en certezas)

Leonard Cohen nos cantó con su peculiar voz que todo el mundo lo sabia y, casi tod@s, se pusieron de perfíl. 

El secret públic

Tothom ho sabia, però ningú ho deia prou alt perquè semblés veritat.
El banc robava amb somriure, l’amor venia amb lletra petita i els honestos arribaven sempre tard, com si la decència agafés el bus equivocat.

Ella el va mirar mentre plegaven les cadires del banquet.

—També sabies que marxaria?

Ell va beure l’últim glop de vi calent.

—Ho sabia tothom.

A fora, la ciutat seguia funcionant amb aquella vergonya ben planxada que només tenen les coses inevitables.


sábado, 25 de abril de 2026

 

LA LUZ QUE SOBRA


La primera vez que vi a Elisa estaba discutiendo con un bodegón.

No con el pintor, que llevaba muerto lo suficiente como para no poder defenderse, sino con el cuadro. Ella, plantada frente a una mesa pintada hacía siglo y medio, decía en voz baja pero con una firmeza de mujer acostumbrada a llevarse la contraria hasta a las cosas mudas:

—Esa pera no está triste. Está harta.

Yo estaba allí por error, que es una manera muy digna de entrar en algunos sitios. Había acompañado a mi hija a una exposición en el museo porque ella tenía una reunión después y necesitaba que le cuidara el abrigo, el bolso y supongo que una parte de su mala conciencia filial. A mis sesenta y dos años, yo seguía pensando que los museos eran lugares donde uno iba a confirmar que no entendía nada delante de personas que fingían entenderlo todo.

Pero aquella mujer me hizo gracia.

Llevaba el pelo blanco recogido de cualquier manera, un abrigo azul oscuro y unas botas sensatas, de esas que no prometen nada y luego te llevan lejos. No era guapa en el sentido idiota en que se usa esa palabra. Era mejor: tenía una cara donde habían pasado cosas. Una cara con invierno, con ironía, con alguna noche mal dormida y una boca viva, todavía dispuesta a reírse del mundo antes de que el mundo se riera de ella.

Me acerqué con esa prudencia del hombre que ya ha hecho bastante el ridículo en la vida y no necesita batir su propia marca.

—Perdone —le dije—. Yo de peras sé poco, pero hartas parecen muchas.

Ella me miró de arriba abajo. No con desprecio. Con evaluación. Como si estuviera pensando si yo era un imbécil completo o solo parcial.

—La mayoría de los hombres —dijo— creen que en los cuadros hay que buscar belleza. Yo busco fatiga.

—Entonces está usted en el siglo correcto.

Se echó a reír. Una risa breve, limpia, sin coqueteo. Casi un accidente. Luego volvió a mirar el cuadro como si el cuadro también hubiera oído la conversación y quisiera opinar.

Nos encontramos otra vez dos jueves después. Ya no por error. Yo había regresado al museo con la excusa miserable de ver una sala que me había quedado pendiente. Era mentira. Lo que me había quedado pendiente era ella. Y allí estaba, sentada en un banco, frente a una mujer desnuda pintada por alguien que seguramente tuvo mucho talento y una vida amorosa insoportable.

—Hoy no discute con la fruta —le dije.

—Hoy vengo a por la carne —respondió.

Me senté a su lado.

A esa edad uno ya no pregunta ciertas cosas de entrada. No pregunta si vive sola, si enviudó, si la dejó alguien, si tiene hijos, si le duele la rodilla cuando cambia el tiempo o si alguna vez la besaron como debía. Primero habla del cuadro. Luego del frío. Luego de un café. Y, si hay suerte, de la vida.

Con Elisa ocurrió así. El café fue en la cafetería del museo, que era cara y mala, como casi todas las cosas que se ponen de moda. Ella pidió té. Yo café solo. Hablamos del cuadro, de Barcelona, de por qué la gente baja la voz en los museos como si el arte estuviera convaleciente. Me dijo que había dado clase de literatura en un instituto durante treinta y ocho años. Yo le conté que había trabajado media vida entre papeles, convenios, despidos y reuniones que parecían escritas por un enemigo del ser humano. Ella levantó una ceja.

—Entonces usted viene del arte contemporáneo de verdad.

A partir de ahí fue fácil.

Nos vimos algunos jueves más. Luego también un martes. Después un domingo por la mañana. La ciudad, que a veces solo sirve para llegar tarde, empezó a regalarnos pequeñas costumbres: un vermú en una terraza discreta, un paseo por librerías, una exposición absurda que criticábamos con entusiasmo, una cena donde ella me confesó que llevaba siete años sola y que la soledad al principio le había parecido una habitación enorme y luego una vajilla: acabas usándola sin pensar demasiado.

Yo le dije que mi matrimonio había durado veintinueve años y que no terminó con un portazo ni con una infidelidad cinematográfica, sino con ese desgaste vulgar que tienen las cosas importantes cuando nadie las limpia a tiempo. Se quedó callada. No por juicio. Por delicadeza. Después me tocó la mano como quien corrige apenas una arruga en una camisa.

Aquel gesto me desordenó más que muchos cuerpos enteros.

Fue en febrero cuando subimos por primera vez a su casa. Había cuadros por todas partes. No cuadros caros ni famosos. Cuadros pintados por ella. Algunos eran buenos. Otros querían serlo. Todos tenían algo que se parecía demasiado a una respiración.

—Empecé a pintar tarde —me dijo—. A los cincuenta y ocho.

—Hay gente que empieza a vivir más tarde.

—Y hay gente que muere años antes de enterrarse.

No respondí. Ella tampoco parecía necesitar respuesta. Encendió una lámpara pequeña del salón. La luz le cayó en la clavícula, en la base del cuello, en esa zona donde la edad no resta erotismo: lo afina. Me acerqué. No con hambre. Con una especie de respeto tembloroso. Como si fuera a tocar por primera vez una obra frágil que, sin embargo, llevaba décadas resistiendo.

Nos besamos.

No fue un beso joven. Gracias a Dios. No tuvo prisa, ni exhibición, ni ese entusiasmo gimnástico que tanto prestigio tiene y tan poco sentido suele dejar. Fue un beso adulto, que viene con memoria, con miedo, con deseo y con la sospecha de que ya no estamos para fingir eternidades pero sí para reconocer un instante cuando vale la pena.

Después, al apartarse, Elisa sonrió.

—¿Ves? —dijo—. Al final la pera no estaba triste.

—No. Solo esperaba la luz correcta.

Ahora hace casi un año de aquello. Los jueves seguimos yendo al museo. A veces miramos cuadros. A veces nos miramos nosotros, que tampoco está mal como disciplina artística. Yo sigo sin entender muchas obras. Ella dice que no hace falta entenderlo todo, que la mitad de la belleza consiste en quedarse un rato delante de algo sin dominarlo.

Supongo que con el amor pasa parecido.

A nuestra edad, enamorarse no tiene la épica de una promesa. Tiene algo mejor: la puntería.

«Cuanto mejor se ata el tiempo a las acciones, mayor claridad tiene la narración.» (Francesco Patrizi nacido el 25 de abril de 1529 vino a decir aquello de que las frases se construyen así: “sujeto, verbo y predicado” de toda la vida. De esta manera las cosas empiezan a ser entendibles)

Paulo Vanzolini que hoy hubiese cumplido 102 años era zoólogo y también se dedicaba a cantar y no precísamente como los cisnes o las ballenas, sino como brasileiro que fue.


La ciutat que no responia

De nit feia la ronda pels carrers, buscant-lo en cada bar com qui busca una moneda dins d’un pou.

Els cambrers ja no preguntaven. Apartaven els gots, les cadires, la llàstima.

Ella mirava les finestres enceses i pensava que l’amor, quan fuig, deixa sempre el llum obert per pura crueltat.

A l’alba tornava sola.

No l’havia trobat mai.

Però la ciutat, de tant veure-la passar, ja havia après a estimar-la una mica.


viernes, 24 de abril de 2026

 

LA PARTE DEL CUERPO QUE NO SALE EN LAS FOTOS


La chica del vídeo decía, con una serenidad que daba hasta rabia, que llevaba tres años sin acostarse con nadie y que no se le había caído ningún órgano al suelo. Sonreía. Tenía treinta mil seguidores, una lámpara cálida detrás y esa piel descansada de quien duerme o de quien, al menos, ya no finge.

Yo la escuchaba en el móvil mientras Laura se desmaquillaba en el baño.

Llevábamos ocho meses sin tocarnos de verdad.

No hablo de rozarnos al pasar, ni de ese beso de turno que parece firmado por una gestoría. Hablo de tocarse como se toca uno una herida para saber si sigue ahí. Hablo de entrar en el otro sin pedir perdón ni permiso al cansancio. Hablo de recordar que el cuerpo también piensa.

La influencer dijo que había descubierto una paz nueva desde que dejó de obedecer el calendario del deseo, esa especie de oficina clandestina donde el mundo te exige ganas, rendimiento, frecuencia y hasta entusiasmo. Lo dijo bien. Demasiado bien. Como quien ha ganado una guerra pequeña y privada.

Laura salió del baño con mi camiseta vieja y una pinza mal puesta en el pelo. Se sirvió un vaso de agua. Ni siquiera me miró con hostilidad. Peor: me miró con costumbre.

—¿Qué ves? —preguntó.

—Nada. Una chica que dice que se puede vivir sin sexo.

Laura bebió despacio. Luego dejó el vaso en la encimera con ese cuidado que solo se tiene con lo que podría romperse.

—Claro que se puede —dijo—. Lo que no sé es si se puede vivir mucho tiempo sin que nadie te mire como si todavía fueras deseable.

No supe qué contestar.

En la pantalla, la chica seguía hablando de libertad.

En la cocina, entre el grifo mal cerrado, la luz blanca de la campana y aquel silencio lleno de muebles compartidos, entendí que quizá el problema no era vivir sin sexo.

El problema era empezar a vivir sin ser tocado por dentro.

«La verdad no es redonda, sino afilada; no es suave, sino áspera.» (Carl Friedrich Georg Spitteler autor de la frase, nació el 24 de abril de 1845 para ser premio nobel de literatura en 1919. Con la frase vino a decir que las verdades no es bueno pulirlas porque acaban siendo solo decoración)

Dick Rivers nació y murió el mismo día pero con 74 años de diferencia. En el entremedio versionó al francés una canción de un grupo muy conocido y que veréis presentándolo al principio del vídeo.

La pols de les promeses

Va trobar la carta dins una capsa de galetes daneses, entre botons morts i claus sense pany. No recordava haver escrit aquelles frases tan valentes: “sempre”, “mai”, “t’esperaré”. Li va fer vergonya aquella joventut tan mal educada, entrant al present sense trucar. A la cuina, la seva dona remenava una sopa amb la paciència de qui ja no pregunta. Ell va doblegar el paper, el va guardar a la butxaca i va sortir al balcó. A baix, algú cridava un nom equivocat. Va pensar que l’amor també era això: oblidar les paraules i quedar-se igualment.