LA CASA DEL ÚLTIMO DOMINGO

Hoy
es el último domingo del verano de 2026.
En
la playa, mi nieta dibuja una casa sobre la arena húmeda. Tiene dos ventanas,
una puerta enorme y varias personas con piernas de alambre.
—Este
eres tú, padrí —me dice—. Te he puesto pelo porque sin pelo quedabas un poco
raro.
Se
acerca una ola y le aconsejo que construya la casa más arriba.
—No
importa. Cuando se borre, haré otra igual.
Estoy
a punto de explicarle que nunca podrá hacerla igual. La próxima vez su mano
será un poco más grande, el dibujo tendrá otras ventanas y quizá nosotros
tampoco estaremos exactamente en el mismo lugar. Pero uno no debe estropear la
infancia con verdades que los adultos apenas sabemos soportar.
La
ola alcanza primero el jardín, después las paredes y, finalmente, nos borra a
todos.
Ella
se ríe y corre hacia el agua.
De
regreso a casa me pregunta:
—Padrí,
¿el próximo verano será como este?
—Claro
—respondo.
Por
la noche, al vaciarme los bolsillos, encuentro una concha pequeña. Escribo en
ella la fecha: 20 de septiembre de 2026, y la guardo en un cajón.
No
para conservar el verano. Los veranos no caben en los cajones.
La
guardo para recordar que, durante un último domingo, todos vivimos dentro de la
misma casa antes de que llegara la ola.
«Muchas
reconciliaciones prometedoras han fracasado porque ambas partes llegaron
dispuestas a perdonar, pero ninguna a ser perdonada.» (Charles Williams nacido
el 20 de setiembre de 1886 es el autor de la frase. En toda su obra literaria
tiene al perdón como referencia así que debía saber más que nadie sobre eso. Podemos
perdonar pero nuestro orgullo nos impide a reconocer que hemos cometido un acto
por lo que ser perdonad@s)
Nuno Bettencourt cumple hoy 60 años y sin su colaboración en el grupo Extreme la canción del vídeo no existiría. Musicalmente, claro.
Dir-ho
sense paraules
Cada
nit, abans d’apagar el llum, ell li deia:
—T’estimo.
Ella
somreia, però feia mesos que dormien donant-se l’esquena.
Un
matí, ell va trobar dues maletes al passadís. No va preguntar res. Va
preparar-li el te, va cosir el botó fluix de l’abric i va deixar les claus del
cotxe damunt la taula perquè plovia.
Ella
va mirar les maletes; després, les seves mans maldestres amb l’agulla.
—Per
què no m’ho havies dit així abans?
Aquella
nit, cap dels dos va dir «t’estimo».
I
van dormir abraçats.



