viernes, 16 de octubre de 2026

 

DRAMAS DE BOLSILLO

Anoche me disponía a apagar el móvil cuando apareció una muchacha llorando sobre una cama de hotel. Acababa de descubrir que su marido la engañaba con su hermana gemela. La hermana, por cierto, era idéntica a ella, lo que supongo que facilitaba mucho las cosas al marido y abarataba considerablemente el presupuesto de producción.

Debí apagarlo. Pero la joven anunció que estaba embarazada, apareció un multimillonario por la puerta y alguien recibió una bofetada. Todo en cincuenta y ocho segundos. En mi familia necesitamos bastante más tiempo para ponernos de acuerdo sobre dónde vamos a cenar.

Aquello se llamaba microdrama. Lo he averiguado después. Son series para el móvil, grabadas en vertical, con capítulos de un minuto y finales pensados para que uno se quede con el dedo colgando sobre la pantalla. No sé por qué las llaman «micro». Los problemas son gigantescos y los personajes lloran a tamaño natural.

En el segundo episodio, el multimillonario resultó ser pobre. En el tercero, la embarazada era millonaria, aunque ella no lo sabía. En el cuarto, una anciana reveló que había cambiado a dos bebés al nacer. Nadie se sorprendió. Yo sí. A esas alturas ya me costaba recordar quién se había acostado con quién, una cuestión fundamental cuando se pretende seguir una trama familiar.

Lo más sorprendente fue comprobar que los primeros episodios eran gratuitos. Digo los primeros porque, en el momento en que una mano iba a abrir un sobre con los resultados de una prueba de ADN, la aplicación se puso seria:

«Desbloquee el siguiente capítulo».

Pensé que era una broma. ¿Cómo iban a cobrarme por una criatura cuya paternidad desconocía y que, hasta hacía unos minutos, me importaba un rábano?

Pues cobraban.

Podía comprar monedas virtuales o ver anuncios. Acabé viendo publicidad de un préstamo rápido para poder seguir mirando cómo los multimillonarios humillaban a los pobres. Todo muy educativo.

He leído que buena parte de estas producciones se hace con ayuda de inteligencia artificial. Ahora entiendo ciertas cosas. Una mente humana puede equivocarse al escribir una historia. Una máquina puede fabricar quinientos equívocos antes del desayuno, sin despeinarse.

Eso sí, en todas las historias, las mujeres parecen destinadas a casarse con un rico, descubrir que son ricas o llorar porque un rico las ha abandonado. La emancipación femenina, por lo visto, sigue pendiente de la cuenta corriente del príncipe.

Y los hombres tampoco salen demasiado bien parados. O son millonarios arrogantes que maltratan a sus parejas o son pobres desgraciados que, cuando menos te lo esperas, heredan un imperio empresarial. No aparece ninguno que trabaje ocho horas, tenga una hipoteca y padezca de próstata. Supongo que eso no tendría audiencia.

Lo que sí me preocupa es cómo han conseguido que una de esas historias aparezca en mi móvil. Porque yo no la había buscado. Me encontró ella. Por lo visto, los algoritmos analizan nuestros gustos y deciden qué debemos ver. A mí me han debido confundir con una adolescente romántica de trece años o con una señora millonaria despechada. Aunque, pensándolo bien, últimamente consulto mucho los precios de los supermercados y eso debe de parecerles un drama.

Mi mujer apareció en la puerta del salón.

—¿Qué haces?

—Estoy viendo una serie.

—¿En el móvil? ¿No tenemos una televisión de cincuenta pulgadas?

—Es que esta se ve en vertical.

—¿Y qué ventaja tiene?

—Que los personajes sufren más estrechos.

Me miró de esa manera que emplea cuando ha decidido no perder el tiempo discutiendo conmigo.

—¿Has bajado la basura?

—Espera. Tengo que averiguar quién es el padre.

—¿De qué niño?

—No lo sé. Me faltan seis monedas.

Se fue a la habitación negando con la cabeza. Un rato después, desde la cama, me gritó:

—Por cierto, mañana tenemos que hablar.

—¿De qué?

—Mañana lo sabrás.

Llevo desde entonces buscando en el móvil cómo comprar monedas para adelantar el capítulo.

«Amarse a uno mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida» (Oscar Wilde es uno de mis parafraseadores favoritos, por eso ha aparecido más de una vez por aquí. La frase describe magistralmente el amor propio, ese amor que algun@s se profesan desmedidamente. Hoy hubiese cumplido 172 años. Una lástima que no haya sido así)

Liam Payne cantante de One Direction hoy hace dos años que se fue a explicar la historia de su vida a la habitación de al lado. Estará contando su tortuosa vida de 31 años. 


Les fotografies mogudes

Quan ens vam separar, ella es va endur les fotografies bones. Jo vaig quedar-me les que havien sortit mogudes: una cama seva, mitja espatlla meva, el gos fugint de l'objectiu.

Trenta anys després, la nostra filla em va demanar com havia estat la nostra història.

Li vaig ensenyar la fotografia del gos.

—Pare, aquí no es veu res.

—Ja.

Va remenar la capsa una bona estona. Després va preguntar-me per què no n'havíem fet més.

No vaig respondre.

Quan va marxar, vaig descobrir que s'havia endut aquella fotografia. La del gos.


jueves, 15 de octubre de 2026

 

TODOS A LA IZQUIERDA. YO, DELANTE

Hoy he leído una noticia que, de confirmarse políticamente, podría ahorrarnos una buena cantidad de encuestas electorales.

Un equipo de investigadores ha descubierto que, cuando las personas caminamos sin rumbo fijo, tendemos a girar hacia la izquierda. Solas o acompañadas. Incluso los niños pequeños. La ciencia todavía ignora por qué sucede.

Yo tengo una teoría. Y no es científica, que conste, porque en nuestro país hace tiempo que hemos demostrado que para explicar la política no hace falta saber de nada.

Giramos hacia la izquierda porque todos queremos ofrecernos a liderarla.

Fijaos en la diferencia. Un peatón normal camina, se desvía ligeramente y sigue andando. Un político español que se considere de izquierdas nota la desviación, se detiene, convoca una rueda de prensa y anuncia su disposición a encabezar un nuevo proyecto unitario. Cuando le preguntan quién lo integrará, responde que todas las sensibilidades son bienvenidas. Naturalmente, siempre que respeten su liderazgo.

El descubrimiento se produjo mientras estudiaban cómo se movía la gente durante la pandemia. Si hubieran convocado a representantes de nuestras distintas izquierdas en el mismo recinto, habrían obtenido un resultado espectacular.

Todos girarían hacia la izquierda, sí. Pero cada uno tomaría la delantera por un camino diferente.

Uno acusaría al de al lado de no girar lo suficiente. Otro advertiría que hay que girar con responsabilidad institucional. Un tercero propondría una asamblea para decidir quién tiene derecho a dar el primer paso. Y alguno, viendo que no lo nombran portavoz, abandonaría la sala para crear un nuevo espacio de convergencia.

Con él mismo.

Lo más interesante del estudio es que ese giro se produce incluso cuando caminamos solos. Ahí los científicos han dado con una auténtica especialidad nacional: el líder de izquierdas que, tras romper con todos sus compañeros, sigue marchando convencido de que representa a una mayoría social. Lo único que ha perdido por el camino es la mayoría. Y a sus compañeros.

A todo esto, fuera del recinto, la gente espera soluciones a cosas tan poco ideológicas como el alquiler, el sueldo o la cita con el médico. De vez en cuando alguien pregunta si se han puesto de acuerdo. Le responden que sí, que comparten el diagnóstico y que próximamente anunciarán la composición de una comisión para estudiar la posibilidad de caminar juntos.

Mientras tanto, la derecha los contempla con cierta satisfacción. Tampoco es que tenga muy claro adónde va, pero ha descubierto que, mientras sus adversarios discuten quién debe encabezar la marcha, puede ir ocupando el espacio que dejan libre.

He decidido comprobar el experimento por mi cuenta. Esta mañana he despejado el salón y me he puesto a caminar sin rumbo fijo. Efectivamente, enseguida he empezado a girar hacia la izquierda.

—¿Qué haces? —me ha preguntado mi mujer.

—Estoy intentando averiguar si puedo liderar la izquierda española.

—Pues empieza por liderar la aspiradora, que llevas media hora rodeándola.

—De acuerdo. Pero ¿tú me seguirás?

—Cuando termines de pasarla, hablamos.

Me temo que acabo de perder a mi primera militante.

«Si triunfan las derechas [...] tendremos que ir a la Guerra Civil declarada.» (Francisco Largo Caballero nacido el 15 de octubre de 1869, miembro destacado del PSOE, Ministro de Trabajo durante la República, presidente del gobierno al iniciarse la guerra civil en 1936 y, como se lee, nada pacifista. Recordado en Catalunya por que “ens la va fotre ben be”)

Hoy cumple 80 años Richard Carpenter pianista de The Carpenters conjunto que nos hizo amar a much@s de mi generación. Y aunque hoy es jueves y luce el sol, uno de sus éxitos con la caricia de la voz de su hermana Karen.


La pluja de dins

Els dilluns sempre plovia a casa de la Mercè. Fins i tot a l'agost. La rentadora del pis de dalt perdia aigua i el veí només feia bugada aquell dia.

Ella no es queixava. Posava una galleda al passadís, s'asseia al costat i escoltava les gotes.

Feia un any que vivia sola.

Un dilluns van arreglar la canonada. El lampista li va preguntar si estava contenta.

—Molt —va respondre.

Aquella nit, abans d'anar a dormir, va deixar l'aixeta del lavabo una mica oberta.


miércoles, 14 de octubre de 2026

 

SE BUSCAN VOTANTES CON EXPERIENCIA

He decidido sacar mi voto a concurso público.

Después de tantos años participando en elecciones, he llegado a la conclusión de que hemos estado haciendo las cosas al revés. Hasta ahora eran los partidos políticos quienes elegían candidatos y los ciudadanos quienes debíamos decidir cuál nos gustaba menos. Porque, seamos sinceros, lo de votar con entusiasmo es una afición que suele perderse con la edad.

Así que he publicado una oferta de empleo:

«Se busca representante político. Imprescindible experiencia demostrable en cumplir promesas. Abstenerse personas con vocación de servicio público que no puedan acreditar a qué público han servido».

La respuesta ha sido inmediata.

El primer candidato ha llegado acompañado de un asesor, un jefe de prensa y dos personas encargadas de aplaudirle.

—¿Qué experiencia tiene usted? —le he preguntado.

—Llevo veinte años defendiendo los intereses de los ciudadanos.

—¿Y cuánto tiempo ha trabajado?

Me ha mirado como si acabara de insultar a su madre.

—Ya le he dicho que llevo veinte años en política.

He tomado nota.

El segundo aspirante me ha presentado un programa de gobierno de trescientas páginas.

—¿Y esto lo piensa cumplir?

—Por supuesto.

—¿Todo?

—Bueno, dependerá de las circunstancias.

—¿Qué circunstancias?

—Las que se produzcan después de las elecciones.

He comprendido que su programa era una especie de carta de restaurante en la que el camarero podía servirme cualquier cosa, independientemente de lo que pidiera. Y cobrarme igualmente.

La tercera candidata ha empezado explicándome lo peligroso que sería contratar al segundo. Me ha entregado un dossier con sus declaraciones contradictorias, sus amistades inconvenientes y una fotografía de juventud en la que aparecía con un peinado verdaderamente alarmante.

—¿Y usted qué propone? —le he preguntado.

—Evitar que gobierne él.

—Sí, pero ¿qué hará usted?

—¡Precisamente eso!

No he insistido. Parecía muy convencida.

El cuarto candidato se ha presentado como la única alternativa capaz de acabar con el sistema.

—¿Y cómo piensa hacerlo?

—Entrando en él.

—¿Para cambiarlo?

—Naturalmente.

—¿Y si no consigue cambiarlo?

—Habrá que permanecer dentro hasta conseguirlo.

Reconozco que me ha parecido una estrategia razonable para quien desee encontrar un empleo indefinido.

A media mañana, el salón de mi casa parecía la sala de espera de una clínica privada. Todos hablaban de sacrificios, aunque ninguno parecía dispuesto a empezar por los suyos. Uno quería rebajar los impuestos y aumentar los servicios. Otro prometía gastar más sin recaudar más. Un tercero estaba convencido de que el dinero saldría de los ricos, expresión que, por lo visto, designa siempre a alguien que gana un poco más que quien la pronuncia.

Les he sometido a una última prueba.

—Imaginen que consiguen el puesto y, dentro de cuatro años, no han cumplido lo prometido. ¿Aceptarían devolver el sueldo?

Se ha hecho un silencio incómodo.

Uno ha invocado la Constitución. Otro, la estabilidad institucional. Una candidata ha denunciado que mi pregunta favorecía objetivamente a sus adversarios.

Finalmente, el más veterano me ha explicado, con paciencia, que la política no consiste en cumplir promesas, sino en gestionar expectativas.

He tenido que reconocerle cierta sinceridad. Le he preguntado qué significaba exactamente gestionar expectativas.

—Conseguir que los ciudadanos sigan esperando.

Al terminar las entrevistas, he redactado el acta.

Proceso de selección declarado desierto.

Pero esta mañana he recibido una notificación de la Junta Electoral. Al parecer, dentro de unas semanas tendré que escoger obligatoriamente entre los candidatos disponibles si quiero ejercer mi derecho al voto. No hay período de prueba, ni garantía de devolución, ni posibilidad de reclamar por publicidad engañosa.

He consultado con un abogado.

Me ha dicho que puedo votar en blanco.

—¿Y eso para qué sirve?

—Para expresar su disconformidad.

—¿Y alguien está obligado a hacerle caso?

—No.

He colgado el teléfono y he modificado el anuncio.

«Se busca votante con experiencia. Imprescindible capacidad para soportar decepciones reiteradas sin perder la fe en el procedimiento. Se valorará experiencia previa en promesas incumplidas. Contrato de cuatro años, sin derecho a indemnización».

Por ahora no se ha presentado nadie.

Aunque sospecho que, cuando llegue el día, volveremos a hacer cola.

Y ellos volverán a llamarlo una fiesta de la democracia.

«Cada arma que se fabrica, cada buque de guerra que se bota, cada cohete que se dispara significa, en última instancia, un robo a quienes tienen hambre y no reciben alimento, a quienes tienen frío y no reciben ropa» (Dwight David Eisenhower nacido el 14 de octubre de 1890 para que hubiese un desembarco en Normandía y derrotar, por unos cuantos años, a los nazis. Por su frase sabemos una cosa: todos los gobiernos roban)

Y hoy sin mayor motivo (¿o si?) María del Mar Bonet de desde 1968 se pregunta Què volen aquesta gent. Aún no tenemos respuesta.


La bata de la mare

Van trucar a les quatre.

La mare va reconèixer els cops. Feia setmanes que els esperava.

—El meu fill dorm.

—Desperti'l.

El noi ja era al passadís, descalç. Va mirar els homes, després la finestra oberta.

—Mare, recordes quan em deies que els ocells eren lliures?

Ella li va agafar el braç.

—No diguis bestieses.

Un dels policies va avançar.

La mare va tancar els ulls.

Quan els va obrir, la finestra continuava oberta.

Durant quaranta anys va conservar aquella bata. Mai no la rentà.

Deia que encara hi havia les empremtes dels dits del seu fill.





martes, 13 de octubre de 2026

 

EL DÍA EQUIVOCADO

Hoy es martes y trece de octubre. ¿Qué puede salir mal?

A las ocho decidí no salir de casa. A las nueve desconecté el teléfono. A las diez cerré la llave del gas. A las once comprobé que la había cerrado y, por si acaso, volví a comprobarlo.

Mi mujer me observaba desde el pasillo. Llevaba puesto el abrigo y sostenía una maleta pequeña.

—¿Adónde vas?

—A casa de mi hermana.

—¿Hoy? Ni se te ocurra. Es martes trece.

—Lo sé.

—Es un mal día para empezar algo.

—No voy a empezar nada. Voy a terminarlo.

Quise responder, pero ella ya había bajado las escaleras. Nunca cogía el ascensor. Le daban miedo los espacios cerrados.

A mediodía me atreví a encender el móvil. Tenía un mensaje suyo, enviado hacía seis meses:

«Tenemos que hablar».

Lo marqué como leído.

«Y la literatura te muestra todas las vidas posibles» (Eduardo Jozami nacido el 13 de octubre de 1939 para ser periodista, abogado, escritor, profesor universitario y activista político argentino. Solo tuvo una vida pero valía por muchas)

Iōánna Múskjuri más conocida como Nana Mouskuri cumple hoy 92 años. Nos canta en el vídeo un cover de Giuseppe Verdi, "Va, pensiero" de la ópera Nabucco estrenada allá por 1842. Su nombre "Libertad" ¡Ahí es nada!.

La paret del mig

El pare no cantava mai. Quan la ràdio feia sonar aquella cançó, deixava el que estava fent i picava dues vegades a la paret de la cuina.

Després escoltava.

—Esperes algú?

—Costums d'abans.

Quan va morir, vam vendre el pis. El dia del trasllat, mentre despenjava un calendari, vaig sentir dos cops a l'altra banda.

Vaig respondre sense pensar.

Tres cops.

Una veu molt vella va començar a cantar.

No sabia la lletra, però reconeixia perfectament la melodia.

I, per primera vegada, vaig entendre els silencis del pare.


lunes, 12 de octubre de 2026

 

CUANDO SE ACABA LA NOVEDAD


Hay un momento terrible en casi todas las relaciones: cuando empiezas a saber lo que va a decir la otra persona antes de que abra la boca.

No hace falta llevar treinta años casados. A veces basta con seis meses y dos fines de semana en un apartamento pequeño.

—Ya sabía que ibas a decir eso.

Esa frase debería figurar entre las principales causas de defunción del amor. Junto al «tenemos que hablar», naturalmente, que pertenece ya a la categoría de enfermedades terminales.

Al principio todo resulta extraordinario. La forma en que se ríe. Cómo se recoge el pelo. Sus manías. Incluso te parece adorable que deje los zapatos tirados en mitad del pasillo.

—Es tan despistada…

Tres años después tropiezas con los mismos zapatos y piensas seriamente en el Código Penal.

No ha cambiado ella.

Han cambiado los zapatos.

O, mejor dicho, has cambiado tú.

Porque el amor tiene una primera etapa en la que confundimos descubrimiento con profundidad. Nos fascina conocer cada centímetro de una persona. Su cuerpo, sus historias, sus heridas, sus secretos. Preguntamos durante horas.

—¿Y tú qué hacías de pequeña?

A los diez años de convivencia ya conocemos hasta la respuesta.

Y quizá ahí comienza el problema.

Creemos que amar consiste en descubrir permanentemente algo nuevo.

Como si nuestra pareja tuviera la obligación contractual de sorprendernos todos los martes.

Pero llega un día en que ya sabemos cómo besa, cómo duerme, cómo hace el amor, cómo discute y hasta qué cara pondrá cuando le digamos que hemos vuelto a olvidarnos de comprar papel higiénico.

La pasión pierde entonces parte del misterio.

Y algunos empiezan a mirar hacia fuera.

Porque fuera todo es nuevo.

Una mirada distinta.

Una conversación que todavía no sabemos cómo terminará.

Un cuerpo cuyo mapa ignoramos.

Una persona que aún no ha tenido tiempo de decepcionarnos.

Eso resulta excitante.

Por supuesto.

El problema es que confundimos excitación con felicidad.

Y volvemos a empezar.

Otra persona.

Otras cenas.

Otros mensajes a medianoche.

Otro primer beso.

Otra vez contar nuestra infancia.

Otra vez explicar nuestros sueños.

Otra vez escuchar historias que todavía nos parecen fascinantes porque no las hemos oído cuarenta veces.

Hasta que un día esa nueva persona deja también los zapatos en mitad del pasillo.

Y entonces volvemos a preguntarnos dónde se ha metido el amor.

Quizá en ninguna parte.

Quizá sigue allí.

Debajo de todo.

Solo que ya no lleva maquillaje.

Porque la verdadera intimidad empieza precisamente cuando desaparece la novedad. Cuando dos personas ya conocen sus defectos, sus cuerpos cansados, sus pequeñas mezquindades, sus ronquidos, sus silencios y esas zonas oscuras que procuramos ocultar durante los primeros meses.

Ahí empieza algo mucho menos espectacular.

Pero quizá bastante más difícil.

Quedarse.

No por obligación.

No por miedo.

Ni siquiera por costumbre.

Quedarse porque un día miras a esa persona que lleva veinte años diciéndote las mismas cosas y descubres algo inesperado.

Que tú también llevas veinte años repitiendo las tuyas.

Y entonces comprendes que quizá la monotonía del amor no estaba en ella.

Estaba en ti.

Y que cambiar de amante puede ser relativamente fácil.

Lo verdaderamente complicado es convertirse uno mismo en alguien nuevo.

«Un imprevisto es la única esperanza» (Eugenio Montale nacido el 12 de octubre de 1896 para ser premio nobel de literatura en 1975 por cuestionar, en una sola frase, nuestra necesidad de controlarlo todo)

Toca felicitar por su 70 aniversario a David Vanian cantante de estilo gótico -como se parecia en el vídeo- que hace una versión apañadita de Eloise; el grupo se llama The Damned.


El soroll que feies

Cada nit, l'Eloïsa m'insultava des de l'altaveu del menjador. Era una gravació de la nostra última discussió.

Els veïns protestaven. El meu fill insistia que necessitava ajuda.

Ahir vaig esborrar-la.

Vaig sopar en silenci, mirant el seu costat buit del sofà. Ja no recordava com pronunciava el meu nom quan encara m'estimava.

Aquest matí he trucat a una empresa de recuperació de dades.

—Podem recuperar-ho tot. També els insults.

—Tot —he contestat.

Després he rentat els plats. Dos cops.

A l'Eloïsa mai li semblaven prou nets.