domingo, 16 de agosto de 2026

 

DESPUÉS DEL MATCH

La aplicación dice que Clara y yo somos compatibles en un ochenta y siete por ciento.

No sé qué ha ocurrido con el trece restante. Tal vez ella madruga los domingos. Tal vez yo ronco. Tal vez uno de los dos considera que las croquetas congeladas son croquetas. Hay incompatibilidades que no deberían descubrirse cuando ya se ha firmado una hipoteca.

Hicimos match el martes a las once y treinta y siete de la noche. Lo sé porque la aplicación conserva la hora exacta. Antes, uno recordaba dónde había conocido a alguien: en una fiesta, en el trabajo, en el entierro de un pariente especialmente sociable. Ahora conservamos el momento administrativo en que dos desconocidos se autorizaron mutuamente a dirigirse la palabra.

Primero miré sus fotografías.

En una aparecía en la playa. En otra, abrazada a un perro. En la tercera sostenía una copa de vino y miraba hacia un lugar situado fuera del encuadre, como si allí estuviera esperándola el hombre que todavía no había encontrado. Amplié la imagen por si era yo.

No era.

Después leí su descripción:

«Me gusta viajar, reír y disfrutar de las pequeñas cosas».

Una declaración valiente. Hasta ahora no he conocido a nadie que confiese que detesta viajar, procura no reírse y solo disfruta de acontecimientos de gran envergadura.

Le escribí:

—Hola, Clara. ¿Qué tal?

Diez minutos después me respondió:

—Bien, ¿y tú?

Y así comenzó nuestra historia: dos seres humanos fingiendo que aquella conversación no había sido utilizada ya por varios millones de personas.

Durante tres días hablamos de cine, de restaurantes, de ciudades visitadas y de las virtudes del café sin azúcar. Ninguno mencionó sus neurosis, sus operaciones quirúrgicas ni a las personas que todavía viven dentro de nosotros sin pagar alquiler. En las aplicaciones uno no miente exactamente. Se limita a presentar la versión reformada de sí mismo, recién pintada y sin humedades visibles.

Al cuarto día le propuse vernos.

Clara eligió una cafetería céntrica, con terraza, camareros y mucha gente alrededor. Cuando llegó, vi que enviaba un mensaje antes de sentarse.

—Le he dicho a una amiga que ya estoy aquí —explicó.

Yo había avisado a un amigo para presumir de que tenía una cita. Ella había avisado a una amiga para que supiera dónde encontrarla si algo salía mal.

Los dos habíamos quedado con un desconocido, pero no acudíamos a la misma clase de peligro.

Aquello me quitó las ganas de hacer uno de mis chistes. Afortunadamente, solo durante unos minutos.

Había leído un estudio sobre lo que sucede después del match. Seiscientas sesenta y siete personas examinadas, una media de once citas presenciales, unos cuantos besos, relaciones sexuales con tres personas y apenas dos parejas estables. El amor convertido en un embudo estadístico.

Se lo conté.

—Entonces tú ¿por qué número vas? —preguntó Clara.

—Prefiero no saberlo.

—Eso dicen todos los que llevan mal la contabilidad.

Nos reímos.

No ocurrió nada extraordinario. No se detuvo el tráfico. Nadie empezó a tocar el violín. No descendió una luz sobre nuestra mesa para confirmar el ochenta y siete por ciento de compatibilidad.

Ella retiraba las aceitunas de la ensalada y las dejaba ordenadas en el borde del plato. Yo hablaba demasiado cuando estaba nervioso. En un momento se quedó callada, mirándome, y pensé que había perdido el interés.

—En persona pareces más cansado —dijo.

No era el cumplido que esperaba.

—Tú pareces menos segura.

Tampoco era el que esperaba ella.

Nos quedamos en silencio. Por primera vez durante la cita ninguno intentó venderse. Dos productos con el embalaje abierto, las instrucciones perdidas y alguna pieza sobrante.

A partir de ahí empezamos a hablar de verdad.

Me contó que llevaba dos años separada. Que al principio había entrado en la aplicación buscando amor, después sexo, más tarde conversación y últimamente ya no sabía muy bien qué buscaba. Yo le confesé que algunas noches deslizaba perfiles sin intención de conocer a nadie. Solo quería comprobar que todavía podía gustarle a una mujer situada a menos de veinte kilómetros.

La aplicación llamaba a eso «buscar pareja».

Nosotros lo llamamos sentirnos un poco menos solos.

Al despedirnos no hubo beso. Nos acercamos, dudamos y terminamos dándonos un abrazo lateral, esa maniobra torpe con la que dos cuerpos reconocen una posibilidad sin asumir todavía sus consecuencias.

Volví a casa convencido de que la cita había ido razonablemente bien. A los pocos minutos recibí su mensaje:

«Ya he llegado».

Nada más.

Estuve a punto de preguntarle si quería volver a verme, pero decidí esperar. No demasiado para no parecer frío. No tan poco para no parecer desesperado. El deseo contemporáneo exige dominar el cálculo infinitesimal.

La aplicación, mientras tanto, me mostró otros perfiles.

Una mujer que adoraba los atardeceres. Otra que buscaba a alguien «sin mochilas emocionales», como si a ciertas edades pudiéramos presentarnos únicamente con equipaje de mano. Una tercera tenía una compatibilidad del noventa y uno por ciento.

Cuatro puntos más que Clara.

Mi dedo se quedó suspendido sobre la pantalla.

Ahí comprendí el verdadero negocio. La aplicación no vive de que encontremos a alguien. Vive de que sospechemos que, un poco más abajo, existe alguien mejor. Más guapo, más divertido, más cercano, más disponible. Una persona sin silencios incómodos, sin aceitunas apartadas en el plato y sin un pasado que haya que aprender a respetar.

Cerré la aplicación y escribí a Clara:

«¿Volvemos a vernos?».

Tardó veintisiete minutos en responder. También lo sé porque, mientras aguardaba, miré el teléfono cuarenta y tres veces.

«Sí. Pero esta vez sin estadísticas».

Llevamos seis meses juntos.

La aplicación continúa instalada. Ninguno de los dos se ha atrevido a borrarla. No porque sigamos buscando, sino porque eliminarla sería reconocer que esto va en serio, y todavía conservamos esa prudencia sentimental de quienes han aprendido que el amor puede terminar incluso después de haber aceptado todas las condiciones de uso.

El otro día el teléfono me preguntó si deseaba reactivar las notificaciones.

Le respondí que no.

Porque el problema nunca fue conseguir un match. El problema empieza cuando encuentras a alguien y debes decidir si dejas de seguir buscando.

«El viejo prejuicio metafísico de que el hombre “siempre piensa” aún no ha desaparecido; yo creo que piensa muy poco y muy rara vez». (Wilhelm Wundt nacido el 16 de agosto de 1832 escribió esta frase para expresar algo que pienso yo... y eso que nací muchísimo más tarde que él)

Tim Faririss de la banda australiana INXS cumple hoy 69 años, una edad muy interesante si a quién necesitas por la noche está dispuesta a celebrar tu aniversario haciendo honor a los números. 

La porta oberta

El missatge encara dormia al telèfon:

—Et necessito aquesta nit.

Feia deu anys.

Quan ella va obrir, duia els cabells blancs, la mateixa olor de gessamí i una bata massa cordada. Ell alçà la mà, sense atrevir-se a tocar-la.

—Arribes tard.

—Ho sé.

Ella li posà dos dits als llavis. Després deixà la porta oberta i tornà cap a dins.

Ell no sabia si l’havia perdonat.

Però la casa començava a descordar-se el silenci.


sábado, 15 de agosto de 2026

 

LA VIDA COMPLETADA


La notificación apareció a las nueve y diecisiete de la mañana, justo después de que Marta firmara la compra de la empresa que llevaba diez años intentando adquirir.

ENHORABUENA, MARTA. HA COMPLETADO USTED SU VIDA.

Debajo, una barra verde ocupaba toda la pantalla.

Objetivos cumplidos: 47 de 47.
Progreso vital: 100 %.
Tiempo estimado restante: 30 años y 4 meses.

Marta pensó que era una broma del departamento de informática. Miró alrededor. Nadie parecía observarla. Al otro lado del cristal, los miembros del consejo descorchaban una botella de champán y ensayaban las sonrisas con las que aparecerían en la fotografía oficial.

Había instalado la aplicación a los veintitrés años, cuando todavía se llamaba Mi Futuro. Después cambió de nombre varias veces: LifePlan, Destino, Ítaca y, finalmente, Tú decides. La empresa propietaria había sido comprada por otra, después por un fondo de inversión y más tarde por una compañía aseguradora, pero sus propósitos sobrevivieron a todas las fusiones.

Licenciarse con buenas notas.

Conseguir un trabajo estable.

No depender económicamente de nadie.

Comprar una vivienda antes de los treinta y cinco.

Tener una hija.

Aprender a tocar el piano.

Visitar los cinco continentes.

Dejar de fumar.

Perdonar a su padre.

Separarse de Andrés antes de que el cariño se convirtiera en rencor.

Presidir una gran compañía antes de los cincuenta y cinco.

Los había cumplido todos.

Algunos, como dejar de fumar, le costaron tres intentos. Otros resultaron más fáciles de lo previsto. Perdonó a su padre después de muerto, circunstancia que simplificó bastante la conversación. En cuanto al piano, la aplicación consideró alcanzado el objetivo cuando interpretó Para Elisa sin equivocarse más de cinco veces.

El último era aquel que acababa de tachar: presidir la compañía.

—Lo has conseguido —le dijo su secretaria, entrando con una copa de champán—. Ya no te queda nada.

Marta miró el teléfono.

—Eso parece.

Durante la celebración recibió cuarenta y siete felicitaciones, tres abrazos sinceros y diecinueve abrazos corporativos. Pronunció unas palabras sobre el esfuerzo, la constancia y el trabajo en equipo. Los empleados aplaudieron. Los consejeros sonrieron. El fotógrafo le pidió que levantara un poco más la copa.

Aquella noche, al llegar a casa, la aplicación volvió a felicitarla.

No tiene objetivos pendientes.

Marta dejó el bolso sobre la mesa y abrió la nevera. Había media botella de champán, dos yogures caducados y un recipiente con quinoa. Pensó en brindar consigo misma, pero la idea le pareció excesivamente triste. Calentó la quinoa.

Después intentó añadir un nuevo objetivo.

Ser feliz.

La aplicación tardó unos segundos en responder.

Objetivo no cuantificable. Especifique indicadores verificables.

Probó de nuevo.

Enamorarme.

Indique fecha límite, duración estimada de la relación y grado de compromiso deseado.

Lo borró.

A la mañana siguiente llamó al servicio de asistencia.

—Es normal experimentar una sensación de vacío después de completar la vida —le explicó una voz extraordinariamente amable—. Disponemos de varios paquetes de ampliación.

—¿Ampliación de qué?

—De vida.

Le ofrecieron tres modalidades: Reinvención, Bienestar y Legado. La primera incluía aprender un idioma, cambiar de profesión y trasladarse a otro país. La segunda proponía meditar, eliminar el azúcar y alcanzar diez mil pasos diarios. Legado, la más cara, permitía escribir unas memorias, crear una fundación y plantar un árbol con una placa conmemorativa.

—¿Qué elige? —preguntó la voz.

Marta contrató Legado. Treinta años sin tareas le parecieron demasiados.

En menos de dieciocho meses escribió un libro que redactó un periodista, creó una fundación administrada por un sobrino y plantó un olivo en los jardines de la empresa. Durante la ceremonia, un concejal pronunció mal su apellido y el árbol se inclinó hacia un lado por culpa del viento.

La aplicación volvió a mostrar la barra verde.

Progreso vital: 100 %.

Marta empezó a sospechar que había confundido vivir con cumplir los requisitos de una subvención.

Abrió el armario donde guardaba las fotografías de sus viajes. En una aparecía delante del Taj Mahal; en otra, sobrevolando el Gran Cañón; en una tercera, abrazada a una tortuga en las Galápagos. Recordaba haber estado en todos aquellos lugares, pero no recordaba haberlos mirado. Durante los viajes había dedicado buena parte del tiempo a comprobar itinerarios, subir imágenes y registrar experiencias.

La tortuga, en cambio, parecía haber aprovechado bien la mañana.

Un domingo llamó a su hija.

—¿Ha ocurrido algo? —preguntó ella.

—No.

—Entonces, ¿por qué me llamas?

Marta iba a responder que una madre podía telefonear a su hija sin motivo, pero revisó mentalmente sus últimas conversaciones. Siempre había llamado para felicitarla, recordarle algo, organizar una comida o preguntarle por el trabajo.

—No quiero nada —dijo—. Solo hablar contigo.

Al otro lado se hizo un silencio desconfiado.

Hablaron durante casi dos horas. De cosas inútiles. De una vecina que paseaba un perro con abrigo, de la alergia de la niña, de una receta que nunca les salía igual que a la abuela. Su hija le contó que había pensado cambiar las cortinas del salón y Marta la escuchó como si estuvieran decidiendo el destino del mundo.

Al terminar, el teléfono vibró.

Actividad social detectada.
Duración: 117 minutos.
Calidad estimada del vínculo: 82 %.
¿Desea fijar una frecuencia semanal?

Marta desactivó la aplicación.

A la mañana siguiente volvió a activarla. Le inquietaba no saber qué debía hacer. La pantalla mostró de inmediato una advertencia:

Lleva 14 horas sin avanzar.

Ese mismo día salió del despacho antes de las cinco. No tenía cita médica, reunión ni compromiso. Su secretaria la miró con preocupación.

—¿Adónde vas?

Marta estuvo a punto de inventar una excusa.

—No lo sé.

Caminó sin rumbo hasta una cafetería en la que nunca había estado. Se sentó junto a la ventana. El camarero le entregó la carta.

—¿Qué desea?

La pregunta la incomodó. Durante años había sabido qué convenía, qué tocaba, qué faltaba y qué debía conseguir después. Pero nadie le había preguntado qué deseaba sin ofrecerle, al mismo tiempo, una casilla donde anotarlo.

Dejó el teléfono boca abajo.

—Todavía no lo sé.

El camarero se alejó sin exigirle una fecha límite.

Marta miró a la gente pasar, el reflejo del sol en los cristales y una servilleta que alguien había dejado arrugada sobre la mesa. El teléfono vibró varias veces. La aplicación quería saber si se encontraba bien, si necesitaba ayuda o si deseaba contratar un nuevo plan.

No lo tocó.

Todavía le quedaban treinta años y cuatro meses.

Por primera vez, no tuvo prisa en aprovecharlos.

«No hay soledad comparable a la que pesa sobre el corazón en medio de rostros interminables, sin una voz ni una palabra dirigida a nosotros.» (Thomas de Quincey como buen escritor romántico, lo hizo sobre la soledad. Con la frase exageró: seguro que la administración de hacienda británica se dirigió a él alguna vez. Nació el 15 agosto de 1785)

Y aunque la canción del vídeo es de la banda Opus, Live is Life la interpretó de maravilla Diego Armando Maradona.


El ball que faltava

Cada agost, en Miquel treia la Teresa a ballar quan sonava aquella cançó. No sabia anglès, però cridava el na-na-na com si n’hagués escrit la lletra.

Aquell any, ella arribà sola a la festa major. En sentir els primers acords, deixà la bossa damunt d’una cadira i estengué els braços davant del buit.

—Vinga, que comença.

Els joves van riure. Després, sense saber per què, tota la plaça cantà amb ella.

En acabar, la Teresa recollí la bossa.

—Ja ho veus, Miquel. Encara no saben que ballaven amb tu.




viernes, 14 de agosto de 2026

 

ENTRE DOS PISOS


El ascensor se detuvo entre el cuarto y el quinto con un temblor breve, casi educado. Después se apagó la pantalla y quedó encendida una luz amarillenta que nos hizo parecer más íntimos de lo que éramos.

Ella pulsó la alarma. La voz del técnico prometió quince minutos, que en un ascensor son una indiscreción.

Se quitó el abrigo. Al doblarlo, su codo rozó mi camisa. Ninguno pidió disculpas. Olía a lluvia atrapada en la lana y a algo cítrico que no supe identificar. Yo me aflojé la corbata. Ella siguió el movimiento con los ojos y luego fingió interesarse por los números apagados.

—¿Le incomodan los espacios cerrados? —preguntó.

—Solo cuando estoy solo.

Sonrió sin mirarme.

Un mechón le cayó sobre la mejilla. Lo apartó una vez. Volvió a caer. A la tercera levanté la mano, pero me detuve antes de tocarla. Ella vio el gesto y no movió la cabeza.

Entonces el ascensor dio una sacudida. Su palma quedó apoyada sobre mi pecho. Noté la presión de sus dedos, su respiración demasiado cerca y el silencio exacto en que una desconocida deja de serlo.

La cabina reanudó la marcha. Ella retiró la mano con lentitud.

Cuando las puertas se abrieron, ninguno de los dos recordó enseguida que aquello era lo que estábamos esperando.

«El mundo ya no puede mantenerse unido; se desmorona.» (Esto que cualquiera de nosotr@s puede suscribirlo hoy, ya lo dijo Ferdinand Friedrich Zimmermann nacido el 14 de agosto de 1898; coqueteó con los nazis y fue un convencido antisemita aunque hoy día para alguna izquierda “chupiguay” sería un mérito. Lo dicho: el mundo se va a la mierda)

James Horner que hoy cumpliría 73 años se "hundió" a los 62 no como su Titanic que se fué a pique en su primer viaje.


La promesa de tercera classe

A tercera classe, en Miquel va prometre a l’Anna que, a Amèrica, tindrien finestres. A coberta, els rics brindaven perquè el mar semblava haver après modals. Quan el vaixell tremolà, ningú no interrompé l’orquestra: els pobres ja coneixien aquell so; era el mateix que feia la vida abans d’enfonsar-los.

Ell li donà l’abric i mentí:

—Només és una maniobra.

L’Anna li agafà la mà. A l’horitzó, Nova York continuava encesa dins dels seus ulls.

L’endemà, només hi arribà la promesa.


jueves, 13 de agosto de 2026

 

EL SEGUNDO QUE FUE PRIMERO


Hoy hablaremos de fútbol, ese lugar donde un hombre puede pasar de estorbo a estatua en lo que tarda una pelota en cruzar una línea.

Ferran Torres todavía es jugador del Barça. Digo todavía porque, en el fútbol moderno, los contratos duran años, pero las fidelidades suelen caducar durante el mercado de verano. Al parecer, el PSG está dispuesto a pagar cerca de cincuenta millones de euros por él. Una de esas cantidades que ya no escandalizan a nadie, quizá porque hemos perdido la noción del dinero o porque nunca la tuvimos.

Ferran llegó al Barça en enero de 2022 y ha completado cinco temporadas vestido de azulgrana. No puede decirse que haya sido un fracaso, pero tampoco que haya impuesto su autoridad en el área. Nunca fue ese delantero cuya presencia obligaba al contrario a reorganizar la defensa y al aficionado a incorporarse del asiento. Fue, más bien, un jugador intermitente: aparecía, desaparecía y, cuando uno empezaba a echarlo de menos, regresaba para fallar una ocasión que parecía más difícil enviar fuera que dentro.

La afición, que puede perdonarlo casi todo menos la falta de puntería, lo rebautizó como «Fallán Torres». En el fútbol, la crueldad suele caber en un juego de palabras. Él prefería llamarse el Tiburón; algunos aficionados sospechaban que se alimentaba de ocasiones de gol.

Tuvo buenas rachas, marcó goles importantes y hasta terminó ofreciendo cifras respetables. Conviene reconocerlo. Pero nunca llegó a consolidarse como indiscutible. Vivió durante años en ese territorio incómodo reservado a los jugadores que sirven para todo sin resultar imprescindibles para nada. Era el hombre al que se recurría cuando el titular estaba cansado, lesionado o necesitaba recordar que podía perder el puesto.

Y entonces llegó la final del Mundial.

Espanya contra Argentina. Minuto 106. Ferran saltó al campo desde el banquillo, como tantas otras veces. La ironía también sabe confeccionar alineaciones. Recibió el balón, disparó y, esta vez, la pelota entró.

Entró en la portería y entró en la historia.

España ganó su segundo Mundial y Ferran Torres dejó de ser, durante unas horas, aquel delantero al que se le contaban los fallos para convertirse en un héroe nacional. Los mismos que habían pronunciado «Fallán» con resignación comenzaron a pronunciar «Ferran» con lágrimas en los ojos. El fútbol posee esa extraordinaria capacidad para reescribir una trayectoria con una sola patada.

Después llegó el problema.

Ferran debió de pensar que quien marca el gol que decide un Mundial ya no puede regresar al banquillo como si nada hubiera sucedido. Que los héroes merecen reconocimiento. Que el Barça debía quererlo un poco más.

Y todos sabemos que, en el fútbol profesional, querer significa minutos, años de contrato y algún cero añadido a la nómina. Los besos al escudo son gratuitos; el cariño verdadero acostumbra a negociarlo un representante.

No se le puede reprochar que pretenda ganar más. Cualquiera de nosotros utilizaría un éxito extraordinario para mejorar sus condiciones laborales, aunque la mayoría no tenemos un PSG dispuesto a pagar cincuenta millones por sacarnos de la oficina. Si alguien ofrece esa cantidad por Ferran, será porque su valor no es una fantasía nacida durante la celebración del Mundial.

Pero una cosa es marcar un gol histórico y otra convertirse, de repente, en un jugador histórico.

El Barça no puede valorar cinco temporadas por un disparo realizado con la camiseta de la selección. Tiene que recordar los goles, pero también los meses sin marcar; las buenas actuaciones, pero también las oportunidades desperdiciadas; la entrega, pero también aquellas tardes en las que Ferran parecía estar esperando el mismo partido que los espectadores.

Y la afición tampoco debería fingir ahora una superioridad moral que no posee. Cuando fallaba, se burlaba de él. Cuando marcó el gol del Mundial, se abrazó a su gloria. Y cuando ha decidido marcharse, proclama que nadie lo echará de menos.

Aquí nadie es completamente inocente.

Ferran no debe al Barça fidelidad eterna. El Barça tampoco le debe una renovación sentimental. Y la afición tiene derecho a despedirlo sin lágrimas, aunque quizá debería reconocer que durante una noche pronunció su nombre como si nunca antes se hubiera reído de él.

Si finalmente se marcha al PSG, no habrá minuto de silencio en el Camp Nou. Otro delantero ocupará su sitio, la grada aprenderá un nuevo apellido y la camiseta con el número siete aparecerá rebajada en las tiendas. El fútbol sabe fabricar héroes, pero también liquidar sus existencias.

Ferran Torres será recordado siempre como el hombre que marcó el gol del segundo Mundial de Espanya. Eso ya no se lo quitará nadie.

En el Barça, sin embargo, quedará un recuerdo más doméstico: el de un jugador que fue primero durante una noche y segundo durante demasiadas tardes.

A veces, una sola noche basta para entrar en la historia.

Lo que no siempre basta es para cambiarla.

«El coste económico de los delitos de cuello blanco probablemente sea varias veces mayor que el de todos los delitos considerados habitualmente como el problema criminal» (La frase de Edwin Hardin Sutherland nacido el 13 de agosto de 1883 para ser sociólogo y criminólogo es de lo más acertada. Hoy los peores son los delitos de cuello blanco que no los lavan nunca)

Y por estas fechas pero de hace 40 años irrumpió con fuerza una dama de rojo que nos cantó Chris de Burgh. Tiene más pero ninguna como esta.


La dona de verd

Durant quaranta anys, ell explicà que se n’havia enamorat perquè era l’única dona vestida de vermell. Ho repetia als fills, als nets i fins i tot al metge que li anuncià la ceguesa.

La nit abans de morir, ella li confessà que aquell vestit era verd.

—Però no em vas corregir.

—Em va semblar poc romàntic espatllar la nit a un home tan guapo i tan daltònic.

Ell somrigué. Havia construït tota una vida sobre un color equivocat.

Per primera vegada, la va veure tal com era.


miércoles, 12 de agosto de 2026

 

MANUAL DE COMPORTAMIENTO DURANTE EL ECLIPSE


A mí lo que me preocupa del eclipse no es quedarme ciego. Es no saber comportarme.

Cuando la Luna tape por completo el Sol, ¿qué hacemos? ¿Aplaudimos? Porque últimamente aplaudimos cualquier cosa: a los aviones cuando aterrizan, a los camareros que traen una tarta y hasta a los políticos cuando dimiten, aunque esto último ocurre tan pocas veces que quizá sea solo una leyenda astronómica.

¿Cantamos L’hora dels adeus? Podría ser apropiado:

—No es un adiós, Sol. Es un hasta luego.

¿Lloramos? ¿Nos abrazamos a desconocidos? ¿Nos arrodillamos mientras alguien grita que ha llegado el fin del mundo? Siempre aparece uno. Y otro que lo graba para subirlo a Instagram antes de que se termine.

También podemos guardar silencio y contemplar la grandeza del universo. Pero serán dos minutos largos. Al medio minuto alguien preguntará:

—¿Esto es todo?

Yo creo que haré lo mismo que cuando no sé cómo reaccionar en una boda, un funeral o una reunión familiar: miraré a los demás y los imitaré.

Eso sí, con las gafas homologadas. No quiero perder la vista precisamente el día en que todo el mundo asegura haber visto la luz.

Hoy sólo música: una de mis preferidas interpretada por mis preferidos.



Torno de seguida

Durant quaranta anys, en Miquel va obrir cada matí la persiana de la botiga, fins i tot els diumenges, quan ja no venia ningú.

El dia que va jubilar-se, plovia. Va abaixar-la per última vegada i es va quedar a dins, a les fosques, escoltant com el carrer continuava sense ell.

L’endemà, un raig de sol va entrar per una esquerda i va il·luminar el cartell de TANCAT.

En Miquel el va girar.

A l’altra banda, amb una lletra que no recordava haver escrit, deia:

TORNO DE SEGUIDA.