LA HORA MÁS
BARATA DEL ALMA
Lo
vi a las dos y diecisiete de la madrugada. Mala hora para cualquiera. Peor para
alguien que llevaba tres meses sin trabajo, dos semanas durmiendo mal y una
dignidad que empezaba a parecerse a una camisa heredada: todavía servía, sí,
pero apretaba en sitios raros.
El
vídeo apareció entre un nutricionista que prometía bajar barriga en nueve días
y una mujer que enseñaba a doblar camisetas para “ordenar la energía del
hogar”, expresión que siempre me ha parecido una manera muy fina de decir que
una casa triste también necesita maquillaje.
La
chica sonreía con esa seguridad de quien vende consuelo y, además, parece que
se lo cree. O eso, o había aprendido a fingirlo de maravilla. Detrás tenía
luces cálidas, cartas abiertas como abanicos, una vela, unas piedras con pinta
de querer hacer milagros y una música suave, de bosque amaestrado. Hablaba de
hadas, de lectura de tema, de agenda abierta, de señales. Lo decía como si el
universo no fuera una máquina bastante torpe, sino una secretaria eficaz
apuntando nuestras desgracias en una libreta.
Seguí
mirando.
No
porque creyera en las hadas. A cierta edad uno ya no cree en las hadas. Lo malo
es que empieza a creer en cualquier cosa que no sea el banco, el correo del
paro o el silencio de quien ya no te escribe.
La
cocina olía a café recalentado y a derrota reciente. En la nevera quedaban
medio tomate arrugado, una cerveza sola y un táper con lentejas de mi hermana,
que tiene la costumbre de alimentarme sin hacerme sentir inútil. En estos
tiempos eso se parece bastante al amor. Sobre la mesa había papeles por todas
partes: currículums impresos, notas con teléfonos, una carta del casero que
llevaba dos días evitando abrir porque hay sobres que ya vienen hablando antes
de romperlos.
Volví
al vídeo.
La
mujer dijo algo sobre “ese momento bajo del camino en el que ya no sabes si has
perdido una oportunidad o te has perdido tú”. Ahí estuvo la trampa. No en las
hadas. Ni en las cartas. En la frase. Hay gente que no te conoce, pero acierta
al nombrarte. Y cuando alguien te nombra justo en mitad del derrumbe, aunque
sea por marketing esotérico, te toca algo. Como si te pusieran una mano en el
hombro desde dentro.
Pedí
cita.
Lo
hice sin pensarlo demasiado, que es como se toman algunas decisiones malas y
unas cuantas necesarias. Me contestó con una amabilidad casi administrativa.
—Mañana
a las seis tengo un hueco.
Me
hizo gracia. A ciertas edades ya no buscamos amor, éxito ni redención. Buscamos
un hueco.
La
consulta estaba en un entresuelo del Eixample, en una finca de esas que por
fuera prometen burguesía y por dentro huelen a humedad bien educada. Subí en
ascensor con una señora que llevaba una planta mustia y un chico con cara de
opositor. Nadie parecía feliz, pero todos manteníamos esa compostura
barcelonesa de quien antes se muere que hacer ruido en el rellano.
Me
abrió la misma mujer del vídeo. Sin filtros, sin música, sin hadas a la vista.
Más humana, claro. También más cansada. Tenía unas ojeras finas y una voz
bonita, no porque fuese dulce, sino porque no empujaba. Me hizo pasar a una
sala pequeña. Había cartas, velas y piedras, sí. Pero también un radiador
viejo, una mancha de humedad en la esquina y una taza con la frase “Confía en
el proceso”. Pensé que incluso la espiritualidad compra regalos horribles en
Navidad.
—¿Qué
quieres saber? —me preguntó.
La
pregunta me molestó un poco. Yo había ido allí para que me dijeran algo, no
para tener que ordenar mi ruina en una frase.
—No
lo sé —contesté—. Supongo que quiero saber cuándo se jodió todo.
Sonrió
apenas. No con superioridad. Con oficio.
—Eso
no lo dicen las hadas. Como mucho señalan dónde dejaste de mirarte.
Me
pareció una frase tramposa. Y, aun así, me dolió.
Barajó
las cartas despacio. Me pidió que pensara en un tema. Elegí trabajo, aunque
debería haber elegido miedo, que era lo que de verdad tenía sentado enfrente.
Sacó tres cartas y las colocó sobre el paño como si no fueran naipes, sino
radiografías.
No
recuerdo sus nombres. Nunca recuerdo esos nombres. Recuerdo algunas cosas que
dijo. Que llevaba demasiado tiempo viviendo desde la humillación. Que me estaba
contando una versión pobre de mi propia historia. Que confundía estar parado
con estar acabado. Que había convertido una mala racha en identidad. Que
esperaba una llamada, sí, pero en el fondo ya no esperaba nada bueno de mí.
Me
irritó.
No
porque fuera falso. Porque se parecía demasiado a la verdad.
—Perdona
—le dije—, pero eso podría decírselo a cualquiera.
—Claro
—contestó—. Casi todos vienen por lo mismo. Cambian los nombres, las facturas,
la persona que se fue. Pero el agujero se parece bastante.
No
sonó cínica. Sonó limpia. Y esa limpieza me desarmó más que cualquier discurso
mágico.
Luego
habló de una mujer. No como quien ve una diosa en las cartas, sino como quien
detecta una costumbre. Dijo que había alguien que seguía ocupando mi cabeza
aunque ya no estuviera en mi vida. No respondí. No hacía falta. Hay silencios
que firman solos.
—No
vuelves a ella por amor —dijo—. Vuelves porque en aquella época todavía te
reconocías.
Esa
sí me la clavó.
La
sesión duró cuarenta y cinco minutos. No vi hadas, no oí campanillas invisibles
ni salí flotando. Pagué una cantidad algo indecente por algo que mi mejor amigo
habría podido decirme gratis con dos cervezas encima. Pero no era lo mismo. A
los amigos les exigimos memoria. A los desconocidos, puntería.
Antes
de irme, me acompañó a la puerta.
—Las
hadas no arreglan la vida —me dijo—. Como mucho te la señalan cuando ya no
quieres mirarla.
—¿Y
tú crees en ellas?
Me
sostuvo la mirada un segundo. Luego se encogió de hombros.
—Yo
creo en la gente que llega rota y sale andando un poco más recta. Con eso me
basta.
Bajé
a la calle. Ya era de noche. Barcelona tenía ese brillo cansado de los días
laborables, esa mezcla de motos, escaparates y parejas discutiendo en voz baja
para no regalar su miseria al tráfico. Caminé sin prisa hasta un bar y pedí un
vino. Después abrí, por fin, la carta del casero.
No
era un desahucio.
Solo
una subida.
Y,
de pronto, me eché a reír.
No
por alegría. Por proporción.
Llevaba
semanas tratando mi vida como una tragedia griega y apenas era una mala
temporada con alquiler de fondo. Pedí otro vino, saqué una libreta y apunté
tres nombres a los que debía llamar al día siguiente. Luego escribí una cuarta
cosa: “dejar de hablarte como si ya hubieras perdido”.
No
era una profecía. No era magia. Ni siquiera esperanza, al menos no de esa
esperanza grande que se escribe con música de fondo.
Era
algo más pequeño.
Más
humilde.
Más
útil.
Algo
parecido a ese momento en que uno, después de varias noches malas, abre la
ventana y descubre que la calle sigue ahí. Que nadie ha venido a rescatarlo. Y,
sin embargo, entra el aire.
A
veces no hace falta un milagro.
A
veces basta con que alguien, aunque cobre por ello y tenga una vela encendida
sobre la mesa, te recuerde que la hora más baja de la vida no siempre es la
última.
«Ningú
no és inútil. Només cal descobrir per a què serveix.» (El genio de Antoni Gaudí
y la voluntad colectiva de un pueblo han hecho posible una de las obras más
humanas de la historia: La basílica de la Sagrada Familia Hoy hace 100 años que pasó al salón de la eternidad)
Para variar un poco, "El Cant de la Senyera" por l'Orfeó Català. Letra de Joan Maragall.
La roba que recordava
L’avi planxava la senyera cada onze de setembre com si fos una camisa
de diumenge. No cridava mai; deia que els crits s’arruguen de seguida. La
penjava al balcó i després s’asseia a escoltar el carrer, amb aquella orella
cansada de fàbrica i de guerra.
Quan va morir, la vam trobar dins d’una capsa de galetes, amb una
nota: «No la guardeu per mi. Traieu-la quan us faci vergonya callar».
Aquell matí plovia. La tela pesava. Però, mira, el balcó semblava més
dret.




