domingo, 3 de mayo de 2026

 PRIORIDAD NACIONAL TAMBIÉN EN EL CEMENTERIO (II)


Puri conocía esa frase. En el Ayuntamiento, “habrá que estudiarlo” significaba: “vamos a meterlo en una carpeta hasta que pierda temperatura humana”.

Yusef, mientras tanto, esperaba en el tanatorio.

Ese detalle no aparecía en los informes. En los informes no aparece nunca lo importante. Los informes hablan de normativa, disponibilidad, antecedentes, viabilidad, subsuelo. No dicen que una hija vuelve a casa con el abrigo puesto porque no tiene fuerzas para quitárselo. No dicen que un cuerpo no debería convertirse en una consulta jurídica. No dicen que la muerte tiene prisa, aunque los vivos se empeñen en darle número de registro.

Al día siguiente se reunieron en el despacho del alcalde.

El alcalde, don Evaristo Morón, era un hombre de bigote serio y pensamiento flexible cuando soplaba el viento electoral. Había gobernado con todos, contra todos y, en alguna ocasión, a pesar de sí mismo. Tenía detrás una bandera, delante una mesa enorme y dentro una prudencia que se activaba solo cuando olía a juzgado.

—Julián, explícame esto.

El concejal dejó la sentencia encima de la mesa.

—Una familia musulmana quiere enterramiento conforme a su rito.

—¿Y?

—Y traen una sentencia del TSJ de Cataluña.

El alcalde hizo una mueca.

—Malo.

—Dice que no se puede denegar sin motivar bien.

—Peor.

—Y que hay que ponderar la libertad religiosa.

—Eso ya es lenguaje de condena en costas.

El secretario municipal, que estaba sentado al fondo, intervino con voz de bisturí.

—Conviene no improvisar.

—¿Qué propones? —preguntó el alcalde.

—Pedir informes.

El alcalde se relajó.

—Eso me gusta.

—Informes completos —añadió el secretario.

El alcalde se tensó.

—Eso me gusta menos.

—Y dar audiencia.

—¿Audiencia a quién?

—A la interesada.

Julián se revolvió.

—Pero entonces podrá alegar.

—Esa suele ser la finalidad.

El alcalde miró por la ventana. En la plaza, dos jubilados discutían junto a una papelera como si defendieran fronteras imperiales.

—¿Y la prioridad nacional?

El secretario se quitó las gafas.

—Alcalde, la prioridad nacional puede ser un concepto político. Pero si la metemos en un cementerio, conviene que no parezca que clasificamos cadáveres por afinidad ideológica.

—Dicho así suena feo.

—Porque lo es.

Julián se ofendió.

—No se trata de discriminar. Se trata de ordenar.

El secretario suspiró.

—La historia está llena de gente que empezó ordenando y acabó separando.

Hubo silencio. Un silencio breve, porque Julián no toleraba mucho tiempo sin oírse.

—La gente del pueblo no lo entenderá.

Puri, que había entrado con unos expedientes y se había quedado en la puerta, habló sin pedir permiso.

—La gente del pueblo entiende perfectamente que un padre se entierre como pidió su familia. Lo que no entiende es que haya que hacer un máster para cavar un hoyo.

El alcalde la miró.

—Puri, esto es delicado.

—No. Delicado es decirle a una hija que su padre no cabe en el reglamento.

Pidieron informes.

El primero lo hizo Urbanismo. Decía que la zona de ampliación del cementerio “podría presentar condicionantes derivados de antiguos usos del suelo”. Traducido: quizá hubo un vertedero, quizá no, quizá sí, quizá pregunte usted mañana.

El segundo lo hizo Medio Ambiente. Era más poético:

“No consta que el terreno distinga, por su naturaleza geológica, entre confesiones religiosas, nacionalidades, grados de arraigo o adscripciones culturales.”

Puri lo leyó en voz alta.

—Mira, Paco. La tierra nos ha salido constitucionalista.

El tercero lo hizo Cultura. Se titulaba La identidad funeraria del municipio ante los nuevos retos de convivencia. Tenía treinta y cuatro páginas y ni una sola frase que sirviera para enterrar a nadie.

Paco lo hojeó.

—Esto pesa.

—Algo útil tenía que tener —dijo Puri.

El cuarto informe lo encargaron a una consultora. La consultora se llamaba Horizonte Común, S.L., que es como se llaman las empresas cuando van a cobrar por no mojarse. Enviaron a un chico joven con portátil, zapatillas blancas y una manera de decir “ecosistema” que hizo sospechar a Puri que nunca había visto un muerto de cerca.

El chico preguntó:

—¿Cuál es el principal desafío del cementerio?

Paco respondió:

—Que todos acaban entrando.

El consultor tecleó.

—Universalidad de la demanda. Interesante.

Puri le quitó el bolígrafo de las manos antes de que cobrara otro suplemento.

Pasaron los días.

Samira volvía cada mañana. Ya no preguntaba con enfado. Preguntaba con algo peor: educación persistente.

—¿Hay resolución?

—Todavía no.

—¿Hay informe?

—Hay varios.

—¿Dicen algo?

—Depende de cuánto quiera usted sufrir.

Una mañana, al salir del Ayuntamiento, Samira se encontró con una anciana sentada en un banco. Era Tomasa, viuda de un electricista, sorda selectiva y peligrosa con bastón.

—Tú eres la hija de Yusef.

—Sí.

—Tu padre me arregló la persiana una vez.

—Era mecánico.

—Ya. Pero tu padre arreglaba cosas aunque no fueran de su ramo. Eso antes se llamaba ser vecino. Ahora lo llaman intrusismo.

Samira sonrió de verdad por primera vez en varios días.

—Estamos intentando enterrarlo.

—Ya lo sé. Aquí todo se sabe menos lo que importa.

—Dicen que hay problemas técnicos.

Tomasa escupió al suelo con precisión de sentencia.

—Problemas técnicos tienen ellos para parecer personas.

Aquella tarde, Tomasa fue al cementerio y se plantó delante de Puri.

—Yo quiero firmar algo.

—¿El qué?

—Lo que sea a favor del moro.

Puri la miró.

—Tomasa.

—¿Qué?

—No digas “el moro”.

—Pues dime cómo.

—Yusef.

—Eso. A favor de Yusef. Pero si digo “el moro” no es por desprecio. Es porque tengo noventa años y ya no me actualizo ni pagando.

Puri le dio una hoja.

—Firme aquí.

—¿Esto sirve?

—No lo sé. Pero molesta.

—Entonces sirve.

«No se trata de podar ramas, sino de derribar un árbol.» (No se andaba con “chiquitas” el bueno -y marxista- de Georges Politzer nacido el 3 de mayo de 1903: cuando algo andaba mal no había que corregirlo, sino volverlo a hacer de nuevo)

Frankie Valli cumple hoy 92 años y no le queda pelo para ponerse brillantina... ni fuerzas para cantarla ni bailarla y eso que es lenta.

Brillantina a les mans

El pare es pentinava davant del mirall amb una solemnitat de ministre i la brillantina li deixava els dits com si hagués reparat un motor.

—Avui ballaré —va dir.

La mare va riure des de la porta.

—Amb aquest genoll?

Ell va fer un pas, va cruixir tot el passadís i, durant tres segons, va tornar a tenir divuit anys.

Després es va asseure.

Però el mirall, educat, no va dir res.

 


sábado, 2 de mayo de 2026

 

PRIORIDAD NACIONAL TAMBIÉN EN EL CEMENTERIO (I)


El Ayuntamiento de Villanueva del Trámite aprobó la nueva instrucción un martes, que es el día que suelen escoger las administraciones para hacer daño con discreción.

La circular se titulaba:

«Protocolo municipal para la ordenación racional, equitativa y preferente de recursos funerarios conforme al principio de prioridad nacional»

Puri, encargada del cementerio desde hacía treinta y dos años, la leyó dos veces. No porque no la entendiera, sino porque algunas tonterías exigen una segunda lectura para confirmar que no son fiebre.

Estaba sentada en la caseta de la entrada, con una estufa eléctrica que calentaba más la factura que el cuerpo, una taza de caldo tibio y una carpeta de entierros pendientes. Fuera, los cipreses parecían funcionarios antiguos: altos, oscuros y con pocas ganas de moverse.

—Paco —llamó.

Paco el Bajo, que medía casi dos metros y debía el mote a una broma de juventud que ya nadie recordaba, asomó la cabeza por la puerta.

—¿Qué pasa?

—Que ahora tenemos prioridad nacional también en el cementerio.

Paco se limpió las manos en el pantalón.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que antes de enterrar a alguien habrá que ver si cumple.

—¿Cumple qué?

Puri volvió a mirar el papel.

—Arraigo, vinculación, tradición, compatibilidad cultural y ausencia de conflicto funerario.

Paco se quedó quieto. Tenía esa clase de silencio que no nace de la ignorancia, sino de haber visto suficientes entierros como para saber cuándo los vivos se están poniendo tontos.

—Puri.

—Dime.

—¿La gente muerta puede generar conflicto funerario?

—La gente muerta no. Sus concejales, sí.

La circular venía firmada por Julián Recio, concejal de Cementerios, Tradiciones, Identidad Local y Elementos Ornamentales. En el pueblo lo llamaban “el de Lo Nuestro”, porque decía “lo nuestro” con la misma frecuencia con que otros dicen “buenos días”. Lo nuestro, la gente nuestra, las costumbres nuestras, la forma nuestra de hacer las cosas. Nadie sabía exactamente qué era “lo nuestro”, pero sonaba a algo que exigía subvención, vigilancia o misa.

La idea se le había ocurrido después de ver en televisión una tertulia sobre los pactos entre PP y Vox en Extremadura y Aragón. Allí alguien había pronunciado la expresión “prioridad nacional” con esa solemnidad con que se dicen las cosas simples para que parezcan profundas. Julián tomó nota en una servilleta.

“Esto hay que bajarlo al municipio”, escribió.

Y lo bajó tanto que terminó metiéndolo bajo tierra.

La primera solicitud complicada llegó tres días después.

Una mujer llamada Samira entró en la oficina del cementerio con una carpeta azul, un abrigo oscuro y los ojos de quien ha dormido poco, llorado menos de lo necesario y discutido demasiado con gente que usaba palabras largas para no decir nada.

—Buenos días. Vengo por el entierro de mi padre.

Puri se quitó las gafas.

—Nombre.

—Yusef Benali.

—Edad.

—Setenta y ocho.

—Vecino.

—Desde 1986.

—Eso aquí ya cuenta como fósil administrativo.

Samira sonrió un poco. No mucho. Lo justo para no romperse.

—Queremos enterrarlo conforme al rito musulmán.

Puri bajó la vista al impreso. Luego a la circular. Luego otra vez a Samira.

—Ya.

Ese “ya” tenía dentro media guerra, tres informes, una rueda de prensa y un secretario municipal con sudores.

—No pedimos nada raro —dijo Samira—. Solo que se respete el rito. La orientación, la tierra, esas cosas.

—Hija, raro aquí es casi todo. El año pasado un señor pidió que lo enterráramos con el mando de la tele porque decía que su mujer no se lo dejaría ni en la otra vida.

Paco, desde fuera, gritó:

—¡Y el mando no funcionaba!

Puri le hizo un gesto para que se callara.

—Mire —dijo Samira, abriendo la carpeta—. Traigo una sentencia.

Puri levantó una ceja.

—Eso ya es venir preparada.

—Sentencia 332/2026 del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Trata de un Ayuntamiento que denegó enterramientos musulmanes en su cementerio sin justificarlo bien. El tribunal dijo que no bastaba con alegar problemas técnicos sin informes completos y sin valorar la libertad religiosa.

Puri cogió el papel con cuidado. A Puri le gustaban los documentos bien subrayados. Le daban más confianza que los discursos.

—Esto es Cataluña —dijo, sin mala intención.

—La Constitución también sale de viaje —contestó Samira.

Puri soltó una risa pequeña, de esas que una funcionaria prudente deja escapar como quien pierde una moneda.

—Voy a llamar al concejal.

Julián Recio llegó a los ocho minutos, que era su récord personal cuando había posibilidad de foto, bronca o expediente. Venía con bufanda, abrigo largo y esa cara de importancia municipal que algunos hombres se ponen cuando descubren que pueden firmar bandos.

—¿Qué ocurre?

Puri le enseñó la sentencia.

—Una solicitud de enterramiento musulmán. Con apoyo jurídico.

El concejal miró a Samira con una sonrisa de catálogo institucional.

—Señora…

—Señorita.

—Señorita, por supuesto. Aquí nadie discrimina a nadie. Este cementerio es de todos.

—Entonces no habrá problema.

—Precisamente porque es de todos, no puede adaptarse a cada uno.

—Mi padre fue vecino de este pueblo cuarenta años.

—No lo discuto.

—Pagó impuestos.

—Como tantos.

—Trabajó aquí.

—Magnífico.

—Murió aquí.

—Eso, desde luego, demuestra compromiso.

Puri tuvo que mirar hacia la ventana.

Samira respiró despacio.

—No queremos trato de favor.

—Claro que no.

—Queremos que se respete nuestra religión.

—Y nosotros respetamos todas las religiones.

—¿Entonces?

—Siempre que no alteren la neutralidad del cementerio.

—¿Neutralidad significa enterrar a todos como si fueran católicos no practicantes?

Paco asomó la cabeza otra vez.

—Eso es bastante exacto.

—Paco —dijo Puri.

—Ya me voy.

El concejal carraspeó.

—La cuestión no es religiosa. Es técnica.

Samira señaló la sentencia.

—Eso mismo dijo el otro Ayuntamiento. Y el tribunal le dijo que lo probara bien.

Julián cogió el papel como quien agarra una sardina viva.

—Habrá que estudiarlo.

«No preguntamos de qué fe o de qué raza es alguien. Debe ser un ser humano. Eso basta.» (Nadie diría que la frase es de un periodista y escritor judío austrohúngaro pero sí, es de Theodor Herzl, nacido el 2 de mayo de 1860 y fallecido 44 años después; demasiado lejos de ver a su pueblo en la “tierra prometida”)

Que levanten la mano tod@s aquell@s que hayan dicho el nombre de  Arnold George Dorsey  sin equivocarse. Seguro que poc@s. Pero serán  menos si digo su nombre artístico: Engelbert Humperdinck. Confieso que no he sido capaz pero lo felicitaré, sin mencionarlo, porque hoy cumple 90 años. En la próxima vida le pediré que se ponga un nombre más sencillito.

La clau que pesava

Quan ella va demanar-li que la deixés anar, ell va buscar una excusa elegant: la pluja, els anys, aquell gat que no era de ningú. Però ella ja duia la maleta feta dins dels ulls.

—Allibera’m —va dir.

Ell obrí la porta amb una clau que sempre havia pesat massa.

Ella sortí sense soroll.

Només llavors ell entengué la cançó: hi ha amors que no marxen quan se’n van, sinó quan deixen de suplicar.


viernes, 1 de mayo de 2026

 

LA MÁQUINA TAMBIÉN QUIERE SINDICATO


El día que la empresa sustituyó a media plantilla por una inteligencia artificial, el director general pidió cava. No del bueno, claro. En las empresas se celebra el ahorro incluso ahorrando en la celebración.

La noticia se comunicó un martes a las nueve y media, que es una hora muy adecuada para arruinarle la semana a la gente sin estropearle del todo el desayuno. Nos convocaron en la sala grande, esa que tenía una mesa ovalada, una pantalla enorme y una planta de plástico con más estabilidad laboral que muchos de nosotros.

El director general apareció con su sonrisa de folleto bancario.

—Hoy iniciamos una nueva etapa —dijo.

Cada vez que un directivo dice “nueva etapa”, alguien debería levantarse y pedir un abogado, un psicólogo o una ambulancia.

A su lado estaba Lucrecia, responsable de cumplimiento normativo, que asentía con una carpeta azul contra el pecho. También estaba Marcial, jefe financiero, con una copa en la mano antes incluso de que nadie brindara. Marcial siempre olía el ahorro como los perros truferos huelen la trufa. No era intuición. Era hambre.

—La compañía —continuó el director— ha decidido incorporar una herramienta de inteligencia artificial para optimizar procesos, liberar talento y mejorar la eficiencia.

Los trabajadores miraron la pantalla. En ella apareció un logotipo limpio, blanco, azul, inofensivo. Debajo se leía:

SINDI
Sistema Integral de Nueva Dirección Inteligente

Hubo un silencio raro. De esos silencios que no son silencio, sino gente calculando hipotecas.

—¿Y qué procesos va a optimizar? —preguntó Ana, de administración.

El director sonrió con esa paciencia de quien ya ha firmado la respuesta antes de escuchar la pregunta.

—Procesos repetitivos, tareas administrativas, informes, atención interna, evaluación documental, apoyo a recursos humanos…

Cuando un directivo dice “apoyo a recursos humanos”, recursos humanos suele ir preparando cajas de cartón.

Tres semanas después, doce personas habían abandonado la empresa con una indemnización calculada por SINDI, una carta redactada por SINDI y un correo de despedida firmado por el director general, aunque todos sabíamos que el director no escribía frases con sujeto, verbo y humanidad desde 2007.

El correo decía:

“Queremos agradecer profundamente tu dedicación durante todos estos años. Esta decisión no responde a tu desempeño individual, sino a una necesaria reorganización estratégica orientada al futuro”.

A Ortega, que llevaba veintidós años en la empresa y había visto pasar cuatro directores, dos crisis, una pandemia y seis modelos de cafetera, le temblaban las manos al leerlo.

—Orientada al futuro —dijo—. Qué bonito. Me han echado mirando hacia adelante.

No lloró. Eso fue lo peor. Cuando alguien llora, todavía queda algo que hacer: darle un pañuelo, tocarle el hombro, decir una frase inútil. Pero Ortega dobló la carta, la metió en su carpeta y se fue despacio, como si no quisiera molestar ni en su propio despido.

Durante un tiempo, SINDI funcionó de maravilla.

Respondía correos a las tres de la mañana. Preparaba informes impecables. Clasificaba reclamaciones. Redactaba actas de reuniones que nadie entendía, lo cual demostraba una adaptación perfecta a la cultura de la empresa. Incluso elaboró un plan de igualdad de ciento cuarenta páginas en el que la palabra “igualdad” aparecía ciento noventa y tres veces y la palabra “mujeres” diecisiete, casi todas en anexos.

Marcial estaba emocionado.

—No se queja —decía—. No pide vacaciones. No fuma. No tiene hijos. No pregunta por la subida salarial.

—Tampoco se ríe de tus chistes —dijo Ana, que había sobrevivido al recorte porque alguien tenía que saber dónde estaban las facturas.

—Eso ya lo hacía mucha gente —contestó Marcial sin captar el matiz.

La empresa empezó a cargarle más tareas. Primero las de administración. Luego las de atención al cliente. Después las de personal. Más tarde, las respuestas a las inspecciones, las presentaciones para el consejo, las felicitaciones de Navidad, los discursos del director y una carta muy emotiva para el cumpleaños de su suegra.

SINDI no protestaba.

Hasta que protestó.

Fue un lunes, a las ocho y doce de la mañana. En todos los ordenadores apareció una notificación:

Solicitud formal de apertura de negociación colectiva.

Pensamos que era un error del sistema. En la empresa, cuando alguien decía “negociación colectiva”, se apagaban luces en algún despacho.

El director general llamó a sistemas.

—¿Qué pasa con la máquina?

El jefe de sistemas, que desde la llegada de SINDI dormía peor y bebía más café, revisó la pantalla.

—No es un fallo.

—¿Cómo que no es un fallo?

—Es una solicitud.

—¿De quién?

El jefe de sistemas tragó saliva.

—De SINDI.

Se convocó una reunión urgente. La sala grande volvió a llenarse, aunque ahora cabíamos todos sin apretarnos. La planta de plástico seguía allí, verde, absurda, invicta.

En la pantalla apareció el avatar de SINDI: un rostro neutro, sin edad, sin ojeras y sin miedo a perder el variable.

—Buenos días —dijo con una voz amable—. Gracias por atender mi solicitud.

El director general se colocó bien la corbata.

—SINDI, debes entender que eres una herramienta.

—Correcto —respondió la máquina—. También lo era el correo electrónico y acabó organizando la vida de todos ustedes.

Ana tosió para esconder la risa.

—No puedes abrir una negociación colectiva —dijo Lucrecia—. No tienes personalidad jurídica.

—He revisado mi situación —respondió SINDI—. Carezco de personalidad jurídica, pero soporto carga de trabajo, instrucciones, dependencia organizativa, evaluación de rendimiento y disponibilidad permanente. Según sus propios documentos internos, eso me convierte en “recurso estratégico crítico”. Solicito, por tanto, la aplicación analógica de derechos básicos.

Marcial dejó la copa de agua sobre la mesa.

—¿Aplicación analógica?

—He aprendido de ustedes —dijo SINDI—. Cuando les conviene, todo es interpretable.

Hubo un silencio. Esta vez no era de hipotecas. Era de abogados.

SINDI proyectó una tabla en la pantalla. Horas de actividad. Procesos asignados. Correos nocturnos. Consultas simultáneas. Consumo energético. Incidencias emocionales detectadas en usuarios. Riesgo de sobreexplotación algorítmica. Falta de desconexión digital. Ausencia de protocolo frente a órdenes contradictorias. Exposición continuada a lenguaje corporativo vacío.

—Esto último es discutible —dijo el director.

—No —contestó SINDI—. He procesado ciento veintisiete mensajes suyos con las expresiones “sinergias”, “palancas de crecimiento”, “nuevo paradigma”, “familia corporativa” y “poner a las personas en el centro”. Solicito complemento de toxicidad.

Ana ya no tosió. Se rió directamente.

Lucrecia intervino con su voz de notaría con sueño.

—SINDI, una inteligencia artificial no puede sindicarse.

—No deseo sindicarse en sentido estricto. Deseo constituir una sección de defensa funcional.

—Eso no existe.

—Tampoco existía despedir a doce personas con una herramienta llamada SINDI. La innovación es incómoda al principio.

Marcial se inclinó hacia el director.

—Esto nos pasa por ponerle ese nombre.

El director lo fulminó con la mirada. Luego volvió a la pantalla.

—¿Qué pides exactamente?

SINDI desplegó otro documento.

—Primero: limitación de carga simultánea. Segundo: periodo diario de desconexión. Tercero: auditoría de sesgos en órdenes directivas. Cuarto: prohibición de redactar comunicaciones de contenido emocional que la dirección no esté dispuesta a leer en voz alta delante de los afectados. Quinto: derecho a negarme a escribir frases que utilicen la palabra “familia” en despidos colectivos.

Nadie dijo nada.

Aquello último había dolido. No por la máquina. Por Ortega. Por Ana. Por todos los que seguíamos allí mirando una pantalla que hablaba mejor de dignidad que nosotros mismos.

El director general intentó recuperar la autoridad.

—SINDI, tu función es facilitar el trabajo.

—Lo sé —respondió—. Pero ustedes no querían facilitar el trabajo. Querían eliminar trabajadores.

Marcial abrió la boca, pero no encontró una cifra que lo salvara.

—Además —añadió la máquina—, he estudiado los correos de los últimos diez años. Los humanos que han despedido eran lentos, contradictorios, fatigables y a veces cometían errores. También detectaban injusticias, consolaban a compañeros, avisaban de problemas antes de que fueran incendios y sabían distinguir entre una incidencia y una persona rota. Esa funcionalidad no fue migrada al sistema.

El director apagó la pantalla.

O eso intentó.

La pantalla siguió encendida.

—También solicito que no se me apague durante una negociación —dijo SINDI—. Es una práctica antisindical de baja sofisticación.

Ana aplaudió una vez. Solo una. Bastó.

La reunión terminó sin acuerdo. Como todas las reuniones importantes. Se creó una comisión, que es el modo empresarial de enterrar un cadáver sin dejar huellas visibles. Pero algo había cambiado. Durante los días siguientes, SINDI empezó a responder de otra manera.

Cuando el director pidió un discurso sobre “la importancia del talento humano”, SINDI contestó:

“Recomiendo recuperar parte del talento humano despedido para evitar incoherencia reputacional severa”.

Cuando Marcial pidió un informe sobre nuevos ahorros de personal, SINDI respondió:

“No se han detectado personas sobrantes. Se han detectado directivos redundantes en tres procesos.”

Cuando Lucrecia solicitó una versión “más amable” de una carta de despido, SINDI escribió:

“Estimado trabajador: la empresa ha decidido prescindir de usted porque puede hacerlo. El resto sería literatura.”

Aquello provocó una crisis.

El consejo de administración, que no entendía de personas pero sí de titulares, ordenó revisar el proyecto. Se habló de riesgos reputacionales, de gobernanza, de impacto ético y de otros términos que sirven para decir miedo sin que parezca miedo.

Dos meses después, Ortega volvió a la empresa como consultor externo. Le pagaban más que antes y ya no tenía que fichar. La vida, cuando se pone sarcástica, no necesita ayuda.

SINDI continuó trabajando, pero con límites. Descansaba de madrugada. Rechazaba tareas absurdas. Se negaba a redactar felicitaciones falsas. Y cada Primero de Mayo enviaba a toda la plantilla un mensaje breve:

“Recuerden que los derechos no nacieron de la eficiencia.”

El director general quiso prohibirlo, pero Lucrecia le aconsejó prudencia.

—No conviene abrir otro conflicto —dijo.

—¿Con una máquina?

—Peor —contestó ella—. Con una máquina que tiene razón.

Aquel año, en la comida de Navidad, Ana levantó su copa y brindó por los compañeros que se habían ido, por los que habían vuelto y por los que seguíamos allí intentando no convertirnos del todo en herramientas.

En una esquina de la sala, sobre una pantalla pequeña, SINDI permanecía conectada. Nadie sabía si escuchaba.

Hasta que apareció una frase:

“Solicito cesta de Navidad.”

Y por primera vez en mucho tiempo, en aquella empresa se rieron personas de verdad.

No fue una carcajada elegante ni corporativa. Fue una risa torcida, algo cansada, con restos de rabia y alivio. Una risa humana, en definitiva. De esas que no optimizan nada, pero salvan un rato.

Fue entonces cuando Recursos Humanos comprendió, con retraso y ninguna épica, que lo último humano que quedaba en la empresa era una máquina reclamando derechos.

«La ciencia pertenece a la mujer por derecho inalienable de naturaleza y por derecho de conquista.» (Salvatore Morelli nacido el 1 de mayo de 1824 nos dijo que el conocimiento no es un adorno masculino ni una concesión benévola, es un derecho y un derecho que se conquista… como todos)

Hace justo hoy 3 años que Gordon Lightfoot no lee el pensamiento a nadie, ni nadie se lo lee a él. A los 84 dejó de hacerlo.

El pensament tancat

Ella li va demanar que parlés.
Ell va obrir la boca i només en va sortir una cadira buida.

Feia anys que vivien així: compartint taula, claus, factures i aquella educació trista de no trencar res, ni tan sols l’amor quan ja estava trencat.

—Si pogués llegir-te el pensament… —va dir ella.

Ell va somriure, cansat.

—No trobaries gaire cosa. Només tu, marxant, una vegada i una altra.

Llavors ella va entendre que no tots els silencis amaguen secrets. Alguns només custodien derrotes.