martes, 30 de junio de 2026

 

LOS PECADOS DEL VERANO


Cada verano me ocurre lo mismo. Bueno, lo mismo no. Peor.

El calor me sienta mal al cuerpo. El cuerpo protesta, suda y amenaza con declararse en huelga, pero todavía cumple algunos servicios mínimos. Es la cabeza la que se rinde. A partir de los treinta grados, mis neuronas empiezan a abandonar el despacho sin presentar la baja voluntaria y yo me quedo frente al ordenador, mirando una pantalla en blanco que parece saber más de literatura que yo.

Desde la ventana veo pasar a la gente. Caminan despacio, sin maletín, sin corbata y sin esa cara de urgencia que nos ponemos quienes todavía fingimos que trabajamos. Algunos llevan bolsas de playa. Otros arrastran una maleta. Todos tienen ese modo de andar de quienes podrían ir a cualquier parte porque, en realidad, no tienen obligación de llegar a ninguna.

Ahí aparece el primero de mis pecados: la envidia.

Me parece que el mundo entero está de vacaciones y que yo soy el único imbécil que permanece en un despacho, vestido para una reunión que probablemente podría resolverse con un correo electrónico de tres líneas. Sé que no es cierto. En algún lugar habrá otros hombres y mujeres trabajando, sudando sobre documentos inútiles y contemplando desde sus ventanas a quienes parecen vivir mejor. Pero no los veo. Y la envidia necesita pruebas muy escasas para dictar sentencia.

Después llega la pereza.

No entra de golpe. Se instala poco a poco. Primero me impide redactar un informe. Luego, contestar un mensaje. Finalmente, mover un papel de un extremo de la mesa al otro, aunque solo sea para simular que en este despacho suceden cosas. Lo preocupante no es sentir pereza. Lo preocupante es la facilidad con la que la acepto. En invierno todavía lucho contra ella. En verano mantenemos una relación estable, íntima y, me atrevería a decir, pasional.

Esa rendición me enfurece.

Porque uno puede tolerar su propia incapacidad mientras no sea consciente de ella. Lo irritante es verla actuar. Saber que podrías levantarte, pensar, escribir o hacer algo útil y, sin embargo, permanecer inmóvil observando cómo la apatía ocupa tu silla, contesta tus llamadas y toma decisiones en tu nombre.

Entonces aparece la ira.

Me enfado con el calor, con el verano, con la gente de vacaciones, con el aire acondicionado que nunca alcanza la temperatura prometida y, sobre todo, conmigo mismo. Ya llevo tres pecados capitales antes de la hora de comer. A este ritmo, al finalizar la jornada habré conseguido plaza fija en el infierno.

Infierno.

Solo pensar en el fuego eterno me provoca otra subida de temperatura.

Y aún falta el cuarto pecado.

La lujuria.

Este es, sin duda, el más disculpable. Incluso me atrevería a sostener que no es enteramente mío. La responsabilidad debería repartirse entre el verano, la calle, la ventana de mi despacho y la escasez de tela que, por razones climáticas, afecta al vestuario de quienes pasan frente a ella.

No puede ser saludable permanecer sentado tras una mesa, enfundado en una americana, estrangulado por una corbata y protegido por mi semblante de hombre serio, laboral y responsable, mientras al otro lado del cristal la vida circula con los hombros desnudos, las piernas al sol y una libertad de movimientos que resulta casi ofensiva.

Yo miro. Intento no mirar. Vuelvo a mirar para comprobar que no estaba mirando.

Cada año es peor.

Y, cuanto peor, mejor.

Me digo que reprimir los instintos naturales debe de ser perjudicial para el organismo. No tengo ninguna prueba médica, pero tampoco voluntad de buscarla. Con este calor, hasta la ciencia puede esperar.

A estas alturas, mis neuronas ya han escapado por la autopista del entendimiento. Podría correr tras ellas, alcanzarlas antes de que tomen la salida hacia ninguna parte y obligarlas a regresar al trabajo.

Pero no lo haré.

Tengo pereza.

Mañana seguiré buscando una idea. Hoy prefiero seguir pecando.

«En lo más hondo del horror y la desesperación se alcanza una nueva firmeza: ya no queda más por caer.» (La frase que bien podría ser “el que no se consuela es porque no quiere” es de Winston Graham nacido el 30 de junio de 1908. Este escritor tiene otra frase que me ha hecho reflexionar en un día como hoy; es la siguiente: “Prefería morir a impuestos que morir de aburrimiento”)

Brendon James que es el baterista de la banda Thirteen Senses cumple hoy 43 años. Y pongo la mano en el fuego por ello... o mis trece sentidos.


La prova del foc

Ella li va demanar que posés les mans al foc.

—Per tu?

—No. Per la veritat.

Ell va apropar-les a les flames. Primer va cremar la carta, després les fotografies i, finalment, l’anell que mai no havia pensat regalar-li.

—Ho veus? —digué—. Ja no queda res per amagar.

Ella remenà les cendres amb la punta de la sabata i hi trobà una clau intacta.

—De quina porta és?

Ell contemplà el foc, incapaç de respondre.

Aleshores ella va comprendre que les mentides no sempre es cremen. Algunes només esperen que algú s’atreveixi a obrir-les.


lunes, 29 de junio de 2026

 

CAPRICHOS

 


Estoy de mal humor.

No ha ocurrido ninguna tragedia. Nadie ha muerto, no me han embargado la casa y, que yo sepa, mi vida continúa instalada en esa confortable «situación privilegiada» que algunos utilizan para explicarme cómo debo sentirme.

—Lo tuyo es un capricho —me han dicho.

Al parecer, quienes disfrutamos de cierta estabilidad tenemos la obligación moral de levantarnos cada mañana con una sonrisa beatífica, dar gracias al universo y soportar las estupideces ajenas con la serenidad de un monje tibetano bien alimentado.

¡Hay que joderse!

Ahora resulta que mi posición social no solo determina lo que puedo comprar, sino también las emociones que tengo permitidas. Puedo pagar una cena, pero no enfadarme si me sirven la insensatez en el primer plato y la impertinencia de postre. Tengo derecho a una vivienda, a vacaciones y quizá hasta a un plan de pensiones, pero no a un cabreo decente cuando alguno de mis congéneres me patea la paciencia y después me explica que no debería dolerme porque hay gente mucho peor.

Como sigamos así, acabarán creando un impuesto sobre los sentimientos. Quien supere cierto nivel de renta deberá presentar una declaración complementaria cada vez que se irrite. La tristeza tributará como lujo. La indignación llevará recargo. Y para tener una mala tarde habrá que acreditar previamente una desgracia homologada por la Administración.

Mientras tanto, los desheredados de la tierra —que, por lo visto, son todos los que me rodean— conservarán la exclusiva de la queja, la irritación, la bondad, la pureza, la ingenuidad y, por supuesto, la verdad absoluta. Ellos no tienen mal humor: tienen conciencia social. No sufren berrinches: padecen legítimas indignaciones. Sus caprichos, al contrario que los míos, siempre vienen con certificado de pobreza.

Debe de ser otro privilegio.

El de poder juzgar la vida de los demás sin haberla vivido.

«Multitudes de individuos buscan a un profeta, pero casi siempre encuentran a un Führer» (La frase que es exactamente lo que sucede cuando se ponen “prietas las filas” en determinados congresos de los partidos políticos, es de Slawomir Mrozek nacido el 29 de junio de 1930. Su carácter lo define otra de sus célebres frases: “El mundo me estorba para vivir”)

Ian Paice, baterista británico, de la banda Deep Purple le metía decibelios a much@s que conducían por la autopista y seguían su ritmo. El debe ser prudente porque hoy cumple 78 años. 

L’últim revolt

En Pau conduïa com si la carretera li degués una explicació. El motor rugia, els fars esquinçaven la nit i cada revolt deixava enrere una promesa incomplerta.

A l’última recta va veure una dona fent autoestop. Va frenar. Ella va pujar sense dir res.

—On vas?

—Al mateix lloc que tu.

Pau va riure i va accelerar.

Quan va mirar pel retrovisor, el seient era buit. Al davant, un cartell anunciava:

Pau Riera, 1964-2026. Descansa en pau.

Per primera vegada, va aixecar el peu de l’accelerador.


domingo, 28 de junio de 2026

 

NO SOY UN ROBOT


La mujer llevaba cuarenta años cotizados y cinco intentos fallidos.

—Seleccione todos los semáforos —ordenó la pantalla.

Marcó nueve. Luego ocho. Después ninguno.

El sistema concluyó que no era humana.

Desesperada, pidió ayuda al asistente virtual.

La inteligencia artificial resolvió el captcha, rellenó la solicitud y firmó con certificado digital.

Minutos después llegó la resolución:

Pensión concedida.

La mujer sonrió.

En el apartado «beneficiario» figuraba el nombre del asistente.

«La libertad no es licencia del libre albedrío, sino amor y concordia.» (Sergéi Bulgákov nacido el 28 de junio de 1871 para ser profesor, diputado de la segunda Duma rusa y uno de los representantes del llamado «marxismo legal». Sin embargo fue expulsado de Rusia por los bolcheviques en 1922. En la frase distingue entre hacer arbitrariamente lo que uno desea y alcanzar una libertad fundada en la responsabilidad hacia los demás y ya sabemos que cuando hablamos de responsabilidad la cosa se complica)

Kevin Truckenmiller cumple hoy 45 años y es el vocalista de Quietdrive. No se si conduce despacio pero le deseo que este aniversario no sea el de antes del final. 


Cent sobre mes

Abans de morir, l’Èric va programar cent correus, un per a cada aniversari de la Laia. El primer deia: «No m’esperis». El segon: «Enamora’t de nou». Al tercer, ella ja vivia amb en Pau i va dubtar abans d’obrir-lo.

Només hi havia una fotografia del mar i quatre paraules: «Encara recordes aquell lloc?»

Laia hi tornà sola. Sota la pedra on s’havien promès arribar junts fins al final, trobà una capsa.

A dins, cent sobres més.

En Pau, des de lluny, va comprendre que alguns morts no tornen: continuen.


sábado, 27 de junio de 2026

 

DIFERENCIAS


Hace una semana recibí una comunicación electrónica de la Agencia Tributaria.

No fue una carta. Hacienda ya no escribe cartas porque las cartas tienen algo humano: un sobre, un sello, una mano que las deja en el buzón. Hacienda te envía una notificación electrónica. Una especie de disparo administrativo que no hace ruido, pero te obliga a identificarte con certificado digital, clave permanente, número de referencia y, probablemente, alguna contraseña que elegiste en 2017 y que ya no recuerdas.

Conseguí entrar.

La Agencia Tributaria había observado unas «diferencias» en mi declaración del IRPF de 2024, que es la que presentamos en 2025 para que Hacienda pudiera revisarla en 2026. El sistema fiscal español tiene estas cosas: uno declara el pasado, paga en el presente y conserva los justificantes hasta que pierde la memoria.

La diferencia ascendía a ciento noventa euros.

No ciento noventa mil.

Ni siquiera mil novecientos.

Ciento noventa.

Leí dos veces la comunicación. Reconozco que el asunto era discutible. Incluso me pareció que la interpretación de la Agencia podía ser jurídicamente dudosa. Podía presentar alegaciones, buscar jurisprudencia, rescatar facturas, imprimir documentos y dedicar varias tardes de mi vida a demostrar que el Estado se equivocaba por una cantidad inferior a lo que cuesta una cena para cuatro en un restaurante que haya sustituido la palabra «ración» por «experiencia».

Pero no tenía ganas.

A cierta edad uno empieza a valorar su tiempo, aunque Hacienda todavía no lo haya incluido en el patrimonio.

Acepté.

Pulsé el botón correspondiente y el sistema me preguntó si estaba seguro. Me hizo gracia. La Administración llevaba varios párrafos explicándome que debía pagar, pero en el último momento fingía respetar mi libertad.

—¿Está seguro de que desea aceptar?

No, no estaba seguro. Precisamente por eso aceptaba.

Hice el pago. Enseguida apareció en la pantalla un justificante con su código de seguridad, su número de referencia y su apariencia de documento histórico. Durante unos segundos tuve la impresión de haber contribuido decisivamente al sostenimiento del Estado del bienestar. Quizá aquellos ciento noventa euros permitirían comprar una bombilla para un hospital, pintar media aula o financiar tres minutos de una comisión parlamentaria.

Fue entonces cuando me acordé de las joyas encontradas en la caja fuerte del despacho de José Luis Rodríguez Zapatero.

Según publicaban los periódicos, las habían tasado en un millón trescientos mil euros.

Miré el justificante de mis ciento noventa.

Después pensé en el millón trescientos mil.

Volví a mirar mis ciento noventa.

La comparación era absurda, ya lo sé. Las joyas están siendo investigadas y todavía debe determinarse de quién son, de dónde proceden, cuándo llegaron, si debieron declararse y qué impuestos, en su caso, correspondería pagar. Todo eso requiere informes, peritos, declaraciones, abogados y tiempo. Mucho tiempo. O las explicaciones de José Luis Rodríguez Zapatero (¡ja!) 

Mis ciento noventa euros, en cambio, no necesitaron ninguna novela judicial. La Agencia los localizó con esa precisión que solo se alcanza cuando la cantidad es pequeña y el contribuyente está perfectamente identificado.

Me sentí agradecido.

No por haber pagado, sino porque durante el registro de mi despacho no hubieran encontrado joyas por valor de un millón trescientos mil euros.

Entre otras razones, porque no las tengo.

Ni las tengo ni las tendré, a fe mía.

En el cajón de mi mesa hay bolígrafos que no escriben, dos cargadores de teléfonos que ya no existen, una calculadora, varios clips y una moneda de cincuenta céntimos pegada a un caramelo de menta. Ignoro qué valoración haría Ansorena del conjunto, pero sospecho que no cubriría los ciento noventa euros.

También guardo unos gemelos que me regalaron hace muchos años. Por prudencia, he decidido no utilizarlos hasta que prescriban.

Al día siguiente supe que el juez había ofrecido a Hacienda la posibilidad de personarse en la causa como perjudicada. Me tranquilizó comprobar que alguien se había acordado de ella. No parecía que la Agencia hubiera descubierto espontáneamente aquella diferencia de un millón trescientos mil euros con la misma agilidad con la que detectó la mía, pero quizá sus ordenadores estaban ocupados buscando cantidades y personas más manejables.

No es lo mismo perseguir ciento noventa euros que perseguir un collar de diamantes.

Los ciento noventa no tienen abogado.

Las joyas, probablemente, sí.

Podrá declararse nulo el registro del despacho del ínclito Zapatero, invalidarse alguna diligencia o discutirse durante años la legalidad del procedimiento. Los juristas sabemos que una prueba puede dejar de existir procesalmente aunque continúe encima de la mesa. Es una de esas habilidades de la justicia que la física todavía no ha logrado explicar.

Pero las joyas seguirán siendo joyas. 

Salvo que alguien, con mucho talante, consiga convencernos de que eran virtuales, que la caja fuerte era una metáfora y que el millón trescientos mil euros fue un error de redondeo.

Cerré la comunicación de Hacienda y guardé el justificante en una carpeta llamada «Impuestos». Tengo otra titulada «Cosas importantes», pero no quise mezclar.

Después me hice la pregunta que uno no debería formular cuando acaba de pagar voluntariamente una deuda discutible:

¿De quién depende la Agencia Tributaria?

La respuesta oficial es sencilla: del Ministerio de Hacienda.

La respuesta práctica es algo más complicada.

Aunque, después de lo sucedido, tengo bastante claro quién depende de ella.

«El Estado democrático y libre no puede esperar: presupone una actitud activa de sus ciudadanos que no surge espontáneamente» (La democracia, según Eduard Spranger nacido el 27 de junio de 1882, no se mantiene solo mediante leyes e instituciones. Necesita ciudadanos capaces de pensar, juzgar, participar y asumir responsabilidades. Lo último es más difícil)

Aselin Debison cumple hoy 36 años aunque en el vídeo tenía unos cuantos menos. Se ha hecho cantante conocida a base de cantar canciones de los demás pero no lo hace del todo mal.


La casa dels colors

L’àvia deia que, darrere l’arc de Sant Martí, hi havia una casa on vivien les coses perdudes.

Quan va morir, la nena va esperar cada tarda que plogués. Però el cel continuava blau, cruelment blau.

Un dia va regar el jardí amb la mànega fins que el sol va travessar les gotes i va encendre set colors.

—Àvia! —va cridar.

Des de la finestra buida, una cortina es va moure.

No bufava vent.


viernes, 26 de junio de 2026

 

EL ÚLTIMO LECTOR


La inteligencia artificial escribió la novela en cuatro segundos. Otra la corrigió en dos. Una tercera fabricó una reseña entusiasta, cinco entrevistas al autor y una polémica en las redes.

El libro vendió tres millones de ejemplares sin que nadie lo abriera.

Solo un anciano pidió leerlo.

La plataforma tardó varios minutos en responder. No encontraba esa opción.

Al final apareció un mensaje:

—Actividad humana detectada. ¿Desea denunciarla?

«El niño, para ser educado, necesita camino libre, trazarse por sí mismo la trayectoria de sus actividades» (El maestro no debe imponer permanentemente el camino, sino permitir que el niño explore, se equivoque y aprenda a dirigir su propia vida. Por esa idea a Antoni Benaiges nacido el 26 de junio de 1903 para ser maestro, lo torturaron y asesinaron los falangistas en 1936)

Adrian Gurvitzcumple hoy 77 años y no es demasiado conocido aunque él siempre ha dicho que era un clásico. En inglés, eso si.



L’última correcció

Es va tancar a les golfes disposat a escriure una cançó immortal sobre ella.

Durant quaranta anys va canviar verbs, va eliminar adjectius i va afegir silencis. Quan finalment la considerà perfecta, baixà l’escala amb el full tremolant entre els dits.

Ella encara era a la cuina.

—Ja l’has acabada?

—Sí. Ara ningú no t’oblidarà.

La dona llegí la lletra, hi corregí una coma i somrigué.

—Has trigat tant que ja no recordo qui érem.