ANÁLISIS
IRRELEVANTE
El juez José Luis Calama entró
en la sala con tres carpetas, dos bolígrafos y la expresión de quien sospecha
que la verdad ha aparcado en doble fila.
Frente a él estaba José Luis
Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno, consultor internacional y, según
iba a descubrirse aquella mañana, especialista en trabajos que no dejan huella
porque la huella, como todo el mundo sabe, estropea mucho el parqué.
—Empecemos por Análisis
Relevante —dijo el juez—. ¿Tenía usted contrato?
—No.
—¿No?
—Teníamos confianza.
El juez anotó algo.
—Comprendo. ¿Y cuánto cobraba
por la confianza?
—Una cantidad global.
—¿Global de cuánto?
—Dependía del globo.
Calama levantó la vista.
Zapatero mantenía aquella sonrisa suya capaz de anunciar una crisis económica
como si acabara de encontrar aparcamiento en el centro de Madrid.
—Según la documentación, usted
cobró cerca de medio millón de euros.
—Es que era una confianza de
alta intensidad.
—¿Y qué trabajo realizaba?
—Consultoría.
—Eso ya lo sé. Le pregunto qué
hacía.
—Consultaba.
—¿A quién?
—A mí mismo, principalmente.
Soy una persona que se consulta mucho y suele quedar bastante satisfecha con
las respuestas.
El juez respiró hondo.
—¿Redactaba informes?
—No necesariamente.
—¿Entonces qué entregaba al
cliente?
—Conocimiento.
—¿Por escrito?
—El conocimiento pierde mucho
cuando se escribe. Pasa como con las promesas electorales.
Calama abrió la segunda
carpeta.
—Aquí aparecen reuniones,
viajes y comidas.
—Ahí tiene usted los informes.
—Esto es una agenda.
—Una agenda bien interpretada
es un informe. Y un informe mal interpretado puede acabar siendo una agenda
judicial, como estamos comprobando.
El juez se quitó las gafas,
las limpió y volvió a ponérselas. Quería asegurarse de que el interrogado
seguía allí y no era una alegoría.
—Hablemos de Plus Ultra. ¿Tuvo
relación con sus responsables?
—Prácticamente ninguna.
—Pero elaboró informes para la
compañía.
—Sí.
—Sin hablar con la compañía.
—Exacto.
—¿Cómo sabía lo que
necesitaban?
—Soy consultor, señoría. Si
tuviera que hablar con los clientes, sería camarero.
Calama hojeó unos papeles.
—Consta una conversación
telefónica.
—No la recuerdo.
—Duró once minutos.
—Eso explicaría que no la
recuerde. Mis conversaciones importantes duran más.
—También consta un almuerzo
con sus responsables.
—Eso sí. Pero comer con
alguien no significa tener relación con él. De ser así, yo estaría casado con
la mitad de los camareros de Madrid.
—¿Intervino en el rescate de
la aerolínea?
—No. Es una verdad
incuestionable.
—Aquí las verdades se
cuestionan. Por eso se llama interrogatorio.
—Pues retiro lo de
incuestionable. Dejémosla en verdad con derecho a recurso.
El juez sacó otra hoja.
—En unos mensajes hablan de
usted como «nuestro pana Zapatero».
—No puedo responsabilizarme de
lo que dicen terceros.
—También hablan de una «vía
Zapatero».
—Habrá muchas vías con mi
nombre. Fui presidente. Lo preocupante sería que hubieran construido una
autopista y me cobraran el peaje.
—¿Habló con algún miembro del
Gobierno sobre el rescate?
—Con nadie.
—¿Y con el Banco Santander?
—Eso fue distinto. Hice una
gestión para que recibieran a los responsables de la aerolínea.
—¿Una gestión?
—Sí, pero sin influencia.
—¿Cómo se hace una gestión sin
influencia?
—Con educación. Uno llama,
pide un favor y, si se lo conceden, procura no influir demasiado en el
agradecimiento.
El juez apoyó los codos sobre
la mesa.
—Señor Rodríguez Zapatero,
según lo que usted explica, no tenía contrato, recibía los encargos
verbalmente, no trataba apenas con el cliente, no redactaba necesariamente los
informes definitivos y, aun así, cobraba cantidades importantes.
—Dicho así parece extraño.
—Lo ha dicho usted.
—Por eso parece extraño. Yo lo
explicaría de otra manera.
—¿Cómo?
—Era una relación profesional
basada en la confianza, el pensamiento estratégico y la ausencia de papeles
innecesarios.
—Desde mi perspectiva, la
empresa parece creada para cobrar comisiones.
—Eso es una conjetura.
—Puede ser, pero tiene que
comprender que yo no soy una madre abadesa.
Zapatero guardó silencio unos
segundos.
—Me tranquiliza, señoría.
Durante toda la mañana había temido estar declarando en un convento.
Calama abrió la tercera
carpeta.
—Ahora vamos con las joyas.
—De eso no declararé.
—¿Por qué?
—Porque está recurrido.
—El recurso no suspende el
interrogatorio.
—Pero suspende mucho el ánimo.
El juez cerró las carpetas.
Parecía cansado. Zapatero, en cambio, conservaba el rostro sereno de quien ha
sobrevivido a dos legislaturas, una crisis financiera y varias horas explicando
un negocio cuya principal materia prima era la confianza ajena.
—Una última pregunta —dijo
Calama—. ¿Sabe qué es una sociedad offshore?
—No.
—¿Nunca ha oído hablar de
ellas?
—Jamás.
—Son sociedades creadas en
determinados territorios para obtener ventajas fiscales o mantener cierta
opacidad.
Zapatero meditó la
explicación.
—Entonces no debería llamarse offshore.
—¿Y cómo la llamaría usted?
—Análisis Irrelevante.
El juez dio por concluida la
sesión.
Al salir, un periodista
preguntó al expresidente cómo había ido el interrogatorio.
—Muy bien —respondió—. El juez
hacía preguntas y yo daba respuestas.
—¿Y coincidían?
—No siempre. Pero eso habría
convertido el interrogatorio en un contrato.
—¿Y qué tiene de malo un
contrato?
Zapatero sonrió.
—Que deja huella.
«En una democracia, los
ciudadanos deben amar la igualdad, respetar los derechos de sus conciudadanos y
unirse al Estado mediante vínculos comunes de afecto.» (Cuando he leído la
frase de Adam
Ferguson nacido el 20 de junio de 1723 para ser filósofo, me ha entrado la
risa; sobre todo lo del “vínculo de afecto al estado”. Y es que acabo de hacer
la declaración del IRPF)
John Taylor es el bajo que se oye en el vídeo de Durán, Duran, Ordinary World. Hoy cumple 66 años y por eso traemos aquí la canción que ya dura unos 34 años.
La tassa que faltava
Després de l’enterrament, va
tornar a casa i va trobar dues tasses damunt la taula. En va guardar una a
l’armari, però l’endemà reaparegué al mateix lloc.
No va tenir por. Li va servir
te, va seure davant la cadira buida i li explicà el dia: el pa massa torrat, la
veïna que cantava fatal, el gos que havia tornat a fugir.
Durant mesos, aquella tassa va
escoltar-lo.
Un matí ja no hi era.
Ell va somriure, va obrir la
finestra i sortí al carrer. El món continuava sent vulgar.
Per fi, també era seu.




