IMPOSIBLE
Me lo dices con esa voz de
oficina —la voz que ya viene con el “no se puede” de serie— y a mí se me activa
el reflejo: el imposible como excusa elegante para seguir viviendo en
modo automático.
Imposible. Qué palabra tan
cómoda. Es una manta. Te la echas encima y ya no hace falta moverse. No hace
falta pensar. No hace falta exponerse a la pequeña humillación de intentarlo y
que salga regular. Porque lo regular también duele, aunque no lo reconozcamos.
Lo peor es que el “imposible”
casi nunca habla del mundo. Habla de ti. De mí. De ese punto exacto donde
preferimos la rutina a la vergüenza. Donde llamamos prudencia a la cobardía, y
experiencia a la pereza. Y luego, claro, nos ponemos serios: “No, si yo no soy
negativo… soy realista”.
Realista.
En Londres, hace años, alguien
ofrecía dinero al primer avión que cruzara el Canal de la Mancha, y la gente se
apostaba para ver el fracaso, no el éxito. Igual que cuando Fulton probó su
barco a vapor y las multitudes fueron a mirar cómo se hundía… y tuvo la mala
educación de no hundirse.
Los empleados de oficina
combatieron las primeras máquinas de escribir —imagínate: el futuro atacado por
gente con manguitos— porque el cambio siempre parece una falta de respeto
personal.
Y Edison, con su iluminación
incandescente, recibió una sentencia solemne: “verdadero fracaso”. Lo dijo un
presidente de instituto, que es una manera fina de decir “yo mando también
sobre lo que todavía no existe”.
Luego está esa historia que me
persigue más que cualquier discurso motivacional: el doctor Gori, el precursor
de la refrigeración, burlado, abandonado, endeudado, muerto sin reconocimiento.
Cuatro años después, el mundo empezó a enfriarse sin pedirle perdón.
Y yo aquí, en Barcelona,
mirando mi pantalla como si fuera una ventana con vistas al mismo patio
interior de siempre, oyendo el zumbido de la fotocopiadora como una religión
triste. Me digo “imposible” para no tener que admitir que lo que de verdad me
asusta no es el proyecto, ni el cambio, ni el salto.
Lo que me asusta es que salga
bien.
Porque si sale bien, se acaba
la coartada. Se termina la épica de “yo habría podido, pero…”. Y entonces me
quedo desnudo frente a esa pregunta que no se puede archivar: ¿y ahora qué hago
con mi vida si ya no tengo excusas?
Hoy he hecho un gesto mínimo:
he aplastado las dos primeras letras. Como quien pisa una colilla en la acera.
Inútil, casi ridículo. Y, sin embargo, ha pasado algo: posible.
No ha sido un milagro. Ha sido
un movimiento.
Y eso —lo sé— es lo que más
molesta al “imposible”: que no es una verdad. Es un hábito.
Imposible. La palabra vuelve
con traje nuevo, pero sigue oliendo a lo mismo: a seguridad barata.
Me la soltaron hace nada con
dos ejemplos encima de la mesa, como quien pone un sello y se queda tranquilo.
Y yo pensé: qué rápido envejece el “imposible”.
Porque hace cuatro días —en
términos de historia, ayer con resaca— parecía ciencia ficción que una vacuna
se diseñara en semanas a partir de un trozo de código. Y ahí lo tienes: vacunas
de ARN mensajero, un “copiar-pegar” biológico que nos vacunó a medio planeta
mientras aún discutíamos si el virus era un invento o una mala idea. Lo
imposible se hizo normal y, como todo lo que se vuelve normal, dejó de
emocionarnos. Pasamos del asombro al “ponme la tercera dosis, pero que no me
maree”.
Y lo otro: esos cohetes que
vuelven y aterrizan de pie, como si el cielo les devolviera el cuerpo intacto.
Antes era una fantasía de cómic; hoy es un vídeo que ves en el móvil mientras
esperas el metro y bostezas. Lo imposible, cuando se repite, pierde glamour. Se
convierte en costumbre. Y la costumbre es una trituradora de milagros.
Pero luego está el imposible
de ahora, el que todavía no se ha dejado domesticar.
El de la muerte, por ejemplo.
No esa muerte solemne de poemas y ataúdes caros, sino la de andar envejeciendo
por dentro como una fruta que nadie mira hasta que se pudre. Hay gente
prometiendo que “se frenará”, que “se revertirá”, que “la juventud será una
tecnología”. Y yo, que tengo fe pero no ingenuidad, lo miro con esa mezcla de
deseo y desconfianza: quiero que sea cierto… y a la vez sospecho que, si un día
lo logran, nos lo venderán en cuotas, con letra pequeña y atención al cliente
enlatada.
Porque lo imposible de hoy, el
que aún no se ha realizado, no es solo técnico. Es moral. Es social. Es
económico. No es “¿se puede?”, sino “¿quién podrá?”.
Y ahí está la trampa: lo
imposible no siempre es una pared. A veces es una puerta con portero.
Así que sigo escuchando esa
palabra —imposible— y ya no sé si me habla del universo… o de nosotros, que
somos capaces de aterrizar un cohete y, al mismo tiempo, seguir creyendo que
cambiar ciertas cosas básicas (la soledad, el cinismo, la desigualdad de oportunidades,
el miedo a vivir sin excusas) es demasiado complicado.
Qué forma tan elegante de
decir: no nos conviene.
«Nada ha ocurrido en el
pasado; ocurrió en el Ahora. Nada ocurrirá jamás en el futuro; ocurrirá en el
Ahora.» (… y el ahora se vuelve pasado en este instante que escribo; Eckhart
Tolle, escritor alemán que hoy cumple 78 años)
Torna’m la veu
Quan vas marxar, el pis va
canviar de gravetat. La tassa va quedar a mig rentar, el sofà va perdre el
centre, i el silenci va començar a fer soroll: tic-tac d’un rellotge que
abans no manava. Em vaig inventar una rutina per no escoltar-me: llums,
notícies, excuses. Però a la nit, el teu nom s’encén com el pilot d’un
electrodomèstic vell: petit, constant, humiliant. No et demano miracles. Només
que tornis —una estona— i em desprogramis la tristesa amb dos dits a la nuca.




