lunes, 16 de febrero de 2026

 

IMPOSIBLE



Me lo dices con esa voz de oficina —la voz que ya viene con el “no se puede” de serie— y a mí se me activa el reflejo: el imposible como excusa elegante para seguir viviendo en modo automático.

Imposible. Qué palabra tan cómoda. Es una manta. Te la echas encima y ya no hace falta moverse. No hace falta pensar. No hace falta exponerse a la pequeña humillación de intentarlo y que salga regular. Porque lo regular también duele, aunque no lo reconozcamos.

Lo peor es que el “imposible” casi nunca habla del mundo. Habla de ti. De mí. De ese punto exacto donde preferimos la rutina a la vergüenza. Donde llamamos prudencia a la cobardía, y experiencia a la pereza. Y luego, claro, nos ponemos serios: “No, si yo no soy negativo… soy realista”.

Realista.

En Londres, hace años, alguien ofrecía dinero al primer avión que cruzara el Canal de la Mancha, y la gente se apostaba para ver el fracaso, no el éxito. Igual que cuando Fulton probó su barco a vapor y las multitudes fueron a mirar cómo se hundía… y tuvo la mala educación de no hundirse.

Los empleados de oficina combatieron las primeras máquinas de escribir —imagínate: el futuro atacado por gente con manguitos— porque el cambio siempre parece una falta de respeto personal.

Y Edison, con su iluminación incandescente, recibió una sentencia solemne: “verdadero fracaso”. Lo dijo un presidente de instituto, que es una manera fina de decir “yo mando también sobre lo que todavía no existe”.

Luego está esa historia que me persigue más que cualquier discurso motivacional: el doctor Gori, el precursor de la refrigeración, burlado, abandonado, endeudado, muerto sin reconocimiento. Cuatro años después, el mundo empezó a enfriarse sin pedirle perdón.

Y yo aquí, en Barcelona, mirando mi pantalla como si fuera una ventana con vistas al mismo patio interior de siempre, oyendo el zumbido de la fotocopiadora como una religión triste. Me digo “imposible” para no tener que admitir que lo que de verdad me asusta no es el proyecto, ni el cambio, ni el salto.

Lo que me asusta es que salga bien.

Porque si sale bien, se acaba la coartada. Se termina la épica de “yo habría podido, pero…”. Y entonces me quedo desnudo frente a esa pregunta que no se puede archivar: ¿y ahora qué hago con mi vida si ya no tengo excusas?

Hoy he hecho un gesto mínimo: he aplastado las dos primeras letras. Como quien pisa una colilla en la acera. Inútil, casi ridículo. Y, sin embargo, ha pasado algo: posible.

No ha sido un milagro. Ha sido un movimiento.

Y eso —lo sé— es lo que más molesta al “imposible”: que no es una verdad. Es un hábito.

Imposible. La palabra vuelve con traje nuevo, pero sigue oliendo a lo mismo: a seguridad barata.

Me la soltaron hace nada con dos ejemplos encima de la mesa, como quien pone un sello y se queda tranquilo. Y yo pensé: qué rápido envejece el “imposible”.

Porque hace cuatro días —en términos de historia, ayer con resaca— parecía ciencia ficción que una vacuna se diseñara en semanas a partir de un trozo de código. Y ahí lo tienes: vacunas de ARN mensajero, un “copiar-pegar” biológico que nos vacunó a medio planeta mientras aún discutíamos si el virus era un invento o una mala idea. Lo imposible se hizo normal y, como todo lo que se vuelve normal, dejó de emocionarnos. Pasamos del asombro al “ponme la tercera dosis, pero que no me maree”.

Y lo otro: esos cohetes que vuelven y aterrizan de pie, como si el cielo les devolviera el cuerpo intacto. Antes era una fantasía de cómic; hoy es un vídeo que ves en el móvil mientras esperas el metro y bostezas. Lo imposible, cuando se repite, pierde glamour. Se convierte en costumbre. Y la costumbre es una trituradora de milagros.

Pero luego está el imposible de ahora, el que todavía no se ha dejado domesticar.

El de la muerte, por ejemplo. No esa muerte solemne de poemas y ataúdes caros, sino la de andar envejeciendo por dentro como una fruta que nadie mira hasta que se pudre. Hay gente prometiendo que “se frenará”, que “se revertirá”, que “la juventud será una tecnología”. Y yo, que tengo fe pero no ingenuidad, lo miro con esa mezcla de deseo y desconfianza: quiero que sea cierto… y a la vez sospecho que, si un día lo logran, nos lo venderán en cuotas, con letra pequeña y atención al cliente enlatada.

Porque lo imposible de hoy, el que aún no se ha realizado, no es solo técnico. Es moral. Es social. Es económico. No es “¿se puede?”, sino “¿quién podrá?”.

Y ahí está la trampa: lo imposible no siempre es una pared. A veces es una puerta con portero.

Así que sigo escuchando esa palabra —imposible— y ya no sé si me habla del universo… o de nosotros, que somos capaces de aterrizar un cohete y, al mismo tiempo, seguir creyendo que cambiar ciertas cosas básicas (la soledad, el cinismo, la desigualdad de oportunidades, el miedo a vivir sin excusas) es demasiado complicado.

Qué forma tan elegante de decir: no nos conviene.

«Nada ha ocurrido en el pasado; ocurrió en el Ahora. Nada ocurrirá jamás en el futuro; ocurrirá en el Ahora.» (… y el ahora se vuelve pasado en este instante que escribo; Eckhart Tolle, escritor alemán que hoy cumple 78 años)

En el vídeo hay una pareja cantando. Es él, James Ingram, quién hoy hubiese cumplido 74 años, se quedó en 67. Ella no, ella sigue pero, como no nació hoy, no le toca tener espacio aquí.


Torna’m la veu

Quan vas marxar, el pis va canviar de gravetat. La tassa va quedar a mig rentar, el sofà va perdre el centre, i el silenci va començar a fer soroll: tic-tac d’un rellotge que abans no manava. Em vaig inventar una rutina per no escoltar-me: llums, notícies, excuses. Però a la nit, el teu nom s’encén com el pilot d’un electrodomèstic vell: petit, constant, humiliant. No et demano miracles. Només que tornis —una estona— i em desprogramis la tristesa amb dos dits a la nuca.


domingo, 15 de febrero de 2026

 

TRAS DE TI


Le creyó.

Como se creen las maldiciones de familia: en voz baja, pegadas a la oreja, sin derecho a réplica.

—Después de ti no hay nada —le susurraba él, rozándole el cuello, como si fuera una promesa y no una amenaza.

Cuando se fue, esperó el fin del mundo.

No llegó.

Llegó, en cambio, la nevera ordenada, el pijama de algodón, los domingos de supermercado y series a medio ver. Llegó la cama enorme donde ya nadie invadía su lado, la almohada seca, el móvil sin fuegos artificiales a las tres de la mañana.

La vida siguió. Una vida de respirar sin perder el aliento: facturas domiciliadas, café templado, mensajes que decían “¿todo bien?” y que sí, todo estaba bien, qué remedio. Un trabajo estable, conversaciones inofensivas, planes previsibles. Paz, sí. De la que aprieta el pecho. Sosiego del agrio, de ese que sabe a rendición.

A veces, al colgar la ropa en el tendedero, notaba el hueco exacto donde antes encajaba su caos. Le dolía menos el recuerdo que el silencio. Menos él que la versión apagada de sí misma que había elegido para sobrevivirle.

Pasaron meses. O años. Da igual: se le fue borrando su perfume, pero no la frase.

Después de ti no hay nada.

Una noche, frente al espejo del pasillo, se vio con las manos manchadas de harina, el pelo recogido de cualquier manera, los ojos cansados pero limpios. Detrás de ella, solo el pasillo en penumbra. Delante, esa mujer que no conocía del todo.

—Mentira —murmuró, casi divertida—. Después de ti hay esto.

Se señaló a sí misma: las cicatrices, el miedo, el hartazgo, la calma torpe, las ganas pequeñas que todavía no se atrevía a nombrar.

No era la vida brillante que había imaginado.

Era otra. Tranquila, sin riesgo, sí. A ratos aburrida, a ratos triste. Pero era suya.

Por primera vez entendió el título de aquella historia que llevaba años escribiendo sin darse cuenta.

No era “Después de ti no hay nada”.

Era “Tras de ti estoy yo”.

«Los gobiernos caen por los mismos medios por los que llegaron al poder.» (No se explica cómo llegó a ser primer ministro en Rumania Titu Maiorescu allá por 1911. Lo que si es cierto es que metió al país en la 2ª guerra balcànica y que nació el 14 de febrero de 1840)

Mick Avory cumple hoy 82 años con sus "Kinks" amigos. Si veis el vídeo un poco raros si que lo son todos, pero lo mismo podrían decir ellos de nosotros si hubiesen tenido la oportunidad de vernos entonces. 

La prova del cable

A la sala d’assaig, el Jack em mira com si fos un ampli vell que ja no sap cridar. Em connecta, em puja el volum, i la vida torna a fer soroll: pell d’aire, dents de distorsió, el cor fent clac-clac com una porta que no vol tancar.

—No és amor —riu—, és electricitat.

Jo li dic que és el mateix, quan t’entra al cos i et deixa tremolant, obedient i feliç. Després s’apaga el pilotet vermell. I em fa por el silenci.



sábado, 14 de febrero de 2026

 

EL AMOR EMPIEZA CON EL TIEMPO Y ES EL TIEMPO QUIEN MESURA SU INTENSIDAD.


No es una frase cómoda. Porque desmonta de un golpe esa fantasía tan nuestra de que el amor nace como un incendio y se mantiene por voluntad, por promesas, por “yo soy así”. No. El amor, si es amor y no un anuncio, empieza cuando pasa el primer temblor. Cuando se va la música de fondo y te quedas con la persona, con su manera de cerrar una puerta, con su silencio cuando está cansada, con su risa repetida en la misma esquina del sofá.

El tiempo no es un juez moral. No viene a premiar a quien lo hace “bien” ni a castigar a quien se equivoca. El tiempo mide, simplemente. Como un vaso medidor en la cocina: no opina, no felicita. Te dice cuánto hay. Y a veces lo que hay sorprende. Porque hay amores que empiezan “fuertes” y, cuando el tiempo los prueba, se deshacen como azúcar en agua caliente: dulces un instante, invisibles después. Y hay otros que parecen poca cosa al principio—una conversación sin fuegos artificiales, una calma rara—y el tiempo, con sus días repetidos, los vuelve densos. No ruidosos. Densos. Habitables.

La intensidad del amor no siempre se nota. A veces se disfraza de costumbre, que es una palabra injustamente despreciada. La costumbre puede ser una tumba… o una casa. La diferencia está en si el tiempo te apaga o te afina. Si con los años te vuelves más pequeño al lado de alguien, o más tú. Si la rutina te encierra, o te sostiene.

Y es curioso: el tiempo no mide solo lo que sientes, mide lo que haces cuando no te apetece sentir. Mide cómo miras cuando estás de mal humor. Cómo cuidas cuando nadie aplaude. Cómo reparas lo que rompes con la lengua. Mide si eliges, una y otra vez, aunque no haya emoción épica. Porque ahí empieza el amor: en la repetición consciente. En el “hoy también” que nadie publica.

Quizá por eso duele tanto cuando se acaba. Porque no se rompe solo un sentimiento: se rompe una medida. Un ritmo. Un calendario compartido. Y, aun así, el tiempo sigue. Como si fuera un tipo imperturbable que te mira y te dice: “Vale. ¿Y ahora qué haces con lo aprendido?”

El amor empieza con el tiempo. Y el tiempo, que no sabe de romanticismo pero sí de verdad, te acaba mostrando si aquello era intensidad… o solo prisa.

«¡Creer! He ahí toda la magia de la vida.» (Poco comentario hay que añadir a la frase de Raúl Scalabrini Ortiz; o te la crees o no te la crees. Poeta, filósofo, pensador, historiador, periodista, escritor, ensayista y, como no con tanta titulación, argentino. Nació el 14 de febrero de 1898 y no le pusieron Valentín de nombre)

Hoy una de las canciones de amor más bellas que se han escrito jamás. Se han hecho muchas versiones pero solo cantada en catalán y por Carles Sabater tiene sentido. Ayer hizo 27 años que partió hacia la luz.

Quan el teu nom fa llum

T’he estimat a foc baix, com s’estima el que no vol fer soroll.
Mentre la ciutat badava, jo aprenia el teu ritme: el pas curt, la mirada que s’escapa, la manera com el silenci et fa de jaqueta quan tens fred.

No sé si això és amor o una mena d’ofici: esperar-te sense fer-me el valent.
Però quan et penso, tot s’ordena. Els semàfors semblen menys arbitraris. La nit, menys dura. I fins el temps, aquest cobrador antipàtic, afluixa.

No et demano miracles.

Només que tornis una mica, encara que sigui com torna una cançó: de sobte, i sense permís.

I jo, boig per tu, però amb la calma de qui ja ha entès que la passió també pot respirar.



viernes, 13 de febrero de 2026


EL TAMAÑO SÍ IMPORTA (PERO A VECES SE NOTA DEMASIADO)



En Cortina todo parecía normal: nieve impecable, banderas limpias, y esa emoción olímpica que huele a patrocinio.

Yo estaba en la zona mixta —ese lugar donde el deporte se confiesa y la prensa finge que entiende— cuando un entrenador, con la cara blanca de quien ha visto al diablo en un vestuario, me susurró:

—Hay saltadores… que se están inyectando ácido hialurónico ahí… para “justificar” un traje más grande.

Dijo “ahí” como quien señala un volcán activo sin mirarlo. Y añadió, orgulloso del horror:

—Más tela, más superficie. Más vuelo.

A mi lado, un juez de equipamiento asentía con la solemnidad de un notario en una boda que no aprueba.

—Aquí medimos todo —me dijo—. Longitudes, costuras, holguras…

—Lo sé —respondí—. En algunos matrimonios también, y fíjese cómo acaban.

El rumor ya tenía nombre de película mala: Penisgate. Y como toda película mala, venía con guion: el atleta se infla para pasar el control, sonríe como un santo recién canonizado, y luego… cuando llega el momento del salto, el milagro pierde presión.

—¿Y entonces qué? —pregunté, por puro periodismo y por pura mala educación.

El entrenador hizo un gesto amplio con las manos, como si estuviera explicando el funcionamiento de un paraguas en una tormenta.

—Queda un hueco.

El juez bajó la voz:

—Y ese hueco… crea un efecto aeroplano.

Yo miré al trampolín. Miré al saltador. Miré a la humanidad. Y pensé: nos pasamos siglos inventando alas y al final lo que vuela es la autoestima.

Cuando el deportista se lanzó, por un segundo pareció que iba a batir récord. Se abrió en el aire con una elegancia casi poética… y, sin embargo, hubo algo… un temblor… una vibración sospechosa entre la ciencia y el ridículo.

Aterrizó cinco metros más allá.

La grada rugió.

Y yo, que he visto muchas cosas en la vida —y peores en cenas de empresa—, solo pude concluir:

—El tamaño sí importa… pero sobre todo importa dónde lo pones. Y en esta Olimpiada, desde luego, lo han puesto en el reglamento.

Fuera, en un cartel luminoso, se leía: Fair Play.

Debajo, alguien había escrito con rotulador:

“Y por favor, desinflen antes de salir.”

«Lo que impide saber no es ni el tiempo ni la inteligencia, sino únicamente la falta de curiosidad.» (No es que Agostinho da Silva nacido el 13 de febrero de 1906 dijera que hay que ser cotilla. Una cosa es ser curios@ y la otra participar de las miserías del prójimo. Por cierto, no puedo estar más de acuerdo con lo dicho por el fillósofo)

Peter Tork, cantautor y bajista de The Monkees, hubiese cumplido hoy 84 años; se quedó en 77. Tenía dos convencimientos: que el amor era un cuento y que la traducción al castellano del nombre de su grupo era "los monos". 

La fe dels dilluns

Quan vaig jurar que l’amor era un conte, ho vaig fer amb la serietat d’un adult i la covardia d’un nen. I després vas arribar tu: no amb trompetes, sinó amb la teva manera de riure quan el cafè surt dolent, com si el món no mereixés cap drama.

Des d’aleshores, cada “no” que em deia la vida s’ha convertit en un “ja ho veurem”. Em fa ràbia admetre-ho: no he trobat la veritat, només una mania nova.

Però quan em mires, torno a creure. I això —maleït— funciona.




jueves, 12 de febrero de 2026


LO QUE EL VIENTO NO SE LLEVÓ

Hoy el viento sopla en Catalunya como si tuviera prisa. Entra por las calles con la arrogancia de quien cree que todo se arregla moviendo cosas: levanta papeles, tumba alguna silla de terraza, le da una bofetada al toldo de un bar que ya estaba cansado de fingir sombra. Hay rachas que parecen redactadas por un humorista: te despeinan el orgullo, te empujan un paso y, si te descuidas, te obligan a mirar de frente lo que llevabas semanas esquivando.

A mí me gusta imaginar —solo imaginar, que la realidad es menos poética y más tercamente burocrática— que el viento tiene criterio ciudadano. Que hoy, con ese silbido afilado, decide llevarse lo que estorba de verdad.

Se lleva el cinismo que se disfraza de “gestión”.

Se lleva las promesas con fecha de caducidad, esas que se anuncian con sonrisa y se ejecutan con excusa.

Se lleva la pobreza energética que nadie mira porque no hace ruido.

Se lleva el alquiler que muerde, el sueldo que no llega, la cola que humilla.

Se lleva la hipocresía de los que piden “paciencia” desde sillones con calefacción.

Y, sin embargo, el viento no se lleva lo peor. No puede.

No se lleva la normalidad del abuso, porque está anclada en costumbres y en silencios.

No se lleva la corrupción, porque aprendió a atarse con nudos legales.

No se lleva la indiferencia, porque pesa más que un contenedor lleno y, encima, nadie la reclama.

Entonces lo entiendo: el viento es fuerte, sí. Pero no es milagroso. Hace su parte —desordena, revela, incomoda— y luego te mira, como diciendo: ahora te toca. Porque lo que de verdad estorba o hace daño no sale volando solo. Hay cosas que no se van con rachas: se expulsan con memoria, con rabia bien dirigida, con votos, con barrio, con calle, con una decencia que no se compra en Amazon.

El viento de hoy, al final, no se llevó lo malo.

Lo dejó ahí, bien visible, para que nadie pueda decir mañana que no lo vio.

«Las alegrías y las tristezas del amor se parecen dulcemente… una sonrisa brilla en medio de las lágrimas, y una sonrisa llama a las lágrimas.» (Friedrich de la Motte Fouqué nació el 12 de febrero de 1777, era romántico -como se observa en la frase- tenia apellidos franceses y, sin embargo, era alemán)

Michael McDonald cumple hoy 74 años y continúa siendo un poco "beneit" (pardillo) en temas como el amor. Aquí lo canta con sus hermanos Dobbie (qué mal queda dicho así)

La memòria amb trampa

Ell torna a aquell bar com qui torna a una foto antiga: convençut que encara hi surt guapo. Demana un te, mira la porta, i es fabrica una entrada triomfal que ningú no ha assajat. Quan ella apareix, no és la d’abans: és la d’ara, amb una vida sencera a la mirada i zero espai per a la seva pel·lícula. Ell somriu igual, com si el somriure fos un contracte. Ella el saluda educada, breu. I ell, fidel al seu autoengany, ho interpreta com esperança.