sábado, 11 de julio de 2026

 

MORDERSE LA LENGUA


Morderse la lengua no consiste únicamente en cerrar la boca. A veces significa tragarse una respuesta, una protesta, un deseo o una verdad que ya estaba preparada para salir.

Nos la mordemos por respeto, aunque casi siempre se trate de ese respeto mal entendido que consiste en no incomodar a nadie. Nos la mordemos para conservar la paz, incluso cuando sabemos que esa paz es solo una guerra aplazada. Nos la mordemos por miedo a perder. O, lo que resulta todavía más absurdo, por miedo a ganar y no saber qué hacer después con la victoria.

No creo que sea saludable.

Ni para el espíritu ni, por lo visto, para el cuerpo.

Allan Pinkerton, fundador de la célebre agencia de detectives que llevaba su apellido, pasó buena parte de su vida persiguiendo delincuentes. No murió tiroteado por un bandido, ni salvando a una joven atada a las vías del tren, ni pronunciando una frase heroica mientras se desangraba entre los brazos de una viuda agradecida.

La versión más repetida cuenta que resbaló en una acera, se mordió la lengua y la herida se infectó. Murió el 1 de julio de 1884.

Hoy es 11 de julio, así que llego diez días tarde para conmemorar tan desafortunado mordisco. Tampoco sé qué día de la semana era ni creo que eso consolara demasiado a Pinkerton. Cuando uno muere por morderse la lengua, el calendario deja de tener importancia.

Por eso he decidido continuar diciendo lo que pienso. No todo, naturalmente. La sinceridad absoluta no es una virtud: es una forma socialmente aceptada de provocar incendios. Pero tampoco pienso guardar silencio para proteger esas falsas armonías que solo sobreviven porque nadie se atreve a levantar la alfombra.

Seguiré sin morderme la lengua.

O, en estos tiempos, sin bloquear las teclas del ordenador.

Al fin y al cabo, una palabra puede meterte en problemas.

Pero una lengua demasiado mordida, como demuestra la historia, puede acabar metiéndote en una tumba.

«Si el ser humano hubiera sido creado incapaz de equivocarse, no sería dueño de sí mismo, sino instrumento de quien lo moviera.» (Bardaisán de Edesa nació el 11 de julio del 154 -sorprende la gran precisión del almanaque con una fecha tan lejana- para ser un poco de todo: filósofo, teólogo, poeta y estudioso de la astrología. La fecha puede estar equivocada pero quién la atribuye es dueño de si mismo)

Suzanne Vega cumple hoy 67 años y espero que siga pasándose por la cafetería de Tom. Allí se encontrarán tod@s; tod@s l@s que no se fueron, claro.

L’home de la finestra

Cada matí, ella ocupava la mateixa taula i observava l’home rere el vidre. Sempre immòbil, sota la pluja, amb els ulls clavats en la cafeteria.

Un dia, intrigada, va sortir a preguntar-li què esperava.

—Que tornis —va respondre ell.

Ella va riure, incòmoda, i entrà de nou. En asseure’s, el cambrer li serví el cafè i deixà un diari damunt la taula.

A la portada apareixia la seva fotografia.

«Desapareguda fa vint anys».

Quan mirà cap a la finestra, l’home ja havia entrat.

I duia flors.


viernes, 10 de julio de 2026

 

ETIQUETA


El hombre dejó el estuche sobre el mostrador como quien deposita un animal muerto.

—Quisiera devolverlo.

El dependiente, impecable hasta en la respiración, abrió la caja. Dentro, el collar seguía brillando con esa insolencia de las cosas que no saben nada. Revisó el ticket, la fecha, el precio. Después miró al hombre: el abrigo gastado, los puños vencidos, la mano aferrada al borde del mármol.

No preguntó el motivo. En aquella tienda, la discreción era otra forma de desprecio.

—Está sin usar —dijo.

El hombre asintió.

Hubo un silencio caro, perfumado, perfecto. En los ojos del dependiente pasó algo breve: una sospecha, quizá lástima, quizá el cálculo miserable de quien confunde una derrota con una mentira. El hombre lo vio. El dependiente supo que lo había visto. Ambos bajaron la mirada, educadísimos.

Al firmar la devolución, el hombre dejó caer del bolsillo una tarjeta doblada. Solo se alcanzaba a leer: “Para cuando vuelvas”.

El dependiente se la devolvió sin decir nada.

Esta vez, el juicio le pesó a él.

«Creo que cualquier vida puede ser interesante; cualquier entorno puede ser interesante» (Alice Munro nacida el 10 de julio de 1931 para ser premio nobel de literatura en 2013 y coincidir al 100% conmigo -o yo con ella- en su concepción de la literatura de los cuentos)

Jessica Simpson cumple hoy 46 años. Por eso dejamos que cante una melodía que no es suya sino de Nancy Sinatra. Y aún así nadie ha aclarado todavía para qué son esas botas.


On havia d’anar

Quan l’Elena va descobrir que el seu marit tenia una altra vida, no va plorar. Va obrir l’armari, es va calçar les botes vermelles que ell detestava i va sortir al carrer.

Va caminar fins que la ciutat va perdre el seu nom i ella va recuperar el propi.

Anys després, en una sabateria d’un poble llunyà, una noia li preguntà si aquelles botes eren còmodes.

—No —respongué—. Però em van dur exactament on havia d’anar.


jueves, 9 de julio de 2026

 

EL HUNDIMIENTO


En el Putxet no se abrió un socavón: la ciudad se sinceró.

Durante años, Barcelona había vivido convencida de que bastaba con adornar la realidad con palabras hermosas para que dejara de oler a atasco, retraso, sobrecoste y chapuza. Todo era sostenible, inclusivo, resiliente y transformador. Incluso las obras eternas parecían menos eternas si se explicaban con una infografía amable y un concejal señalando un plano con cara de futuro.

Hasta que el suelo dijo basta.

Primero fue una grieta. Luego otra. Después, el baño de una vecina decidió independizarse del edificio e iniciar su descenso hacia la línea 9, quizá harto de esperar a que el metro llegara a alguna parte.

Los vecinos fueron desalojados con rapidez. Es decir, con esa rapidez que la Administración solo descubre cuando ya hay cámaras delante. Antes, las grietas habían sido “incidencias menores”. Después, el agujero fue “un episodio puntual”. La diferencia entre una cosa y otra, como siempre, la marcó el telediario.

Llegaron técnicos, responsables, portavoces y frases de emergencia.

—La situación está controlada.

Era tranquilizador. En Barcelona, que algo esté controlado no significa que no se hunda; significa que se hunde con expediente abierto.

También prometieron investigar hasta las últimas consecuencias. Los vecinos se calmaron poco, porque en política las últimas consecuencias suelen vivir muy lejos: más abajo que la tuneladora, más abajo que el socavón, más abajo incluso que la vergüenza.

Al día siguiente, el agujero seguía allí. Limpio. Profundo. Sincero. Sin gabinete de prensa.

Y entonces todos comprendieron el problema: no se había hundido una calle.

Se había hundido el relato.

«Los hombres sienten celos de cualquier mujer, incluso cuando no tienen el menor interés por ella.» (Jan Neruda nacido el 9 de julio de 1834 escribió esta frase breve y amarga muy de su estilo. Por cierto éste era checo así que no debe confundirse con el otro Neruda)

A Bonnie Tyler hoy se le apagó el sol para siempre y a much@s de nosotr@s nos dejó el corazón eclipsado.


Quan es va apagar el sol

Va estimar-lo quan encara hi havia llum, quan les ombres no sabien mentir. Després ell va marxar deixant les finestres obertes i totes les promeses tremolant al menjador. Ella no va plorar; només va esperar que el cel fes el que no s’atrevia a fer el seu pit.

Quan l’eclipsi ho va cobrir tot, va entendre que no era el sol qui s’havia apagat.

Era el cor, cansat de fer veure que encara clarejava.

miércoles, 8 de julio de 2026

 

SI HACES EL AMOR, NO HABLES


Después de hacer el amor, conviene no decir nada durante un rato. No por misterio, que la palabra misterio ha servido para esconder demasiadas tonterías, sino por simple higiene emocional. Hay momentos que no soportan bien el comentario posterior, como ciertos platos no toleran el microondas o algunas canciones mueren en cuanto alguien intenta explicarlas.

Después del sexo, el cuerpo queda hablando solo.

Habla la respiración, que aún no ha vuelto a su sitio. Habla la piel, un poco sudada, un poco vencida, un poco orgullosa de haber sobrevivido a su propia desvergüenza. Habla la sábana arrugada, la almohada en el suelo, el vaso de agua que nadie ha tenido la prudencia de acercar antes y que ahora parece situado en otro continente. Habla incluso ese silencio extraño que se instala en la habitación, un silencio con olor, con temperatura, con restos de boca.

Y claro, aparece entonces el peligro.

El peligro de querer ponerse profundo.

El peligro de levantar acta notarial del deseo.

El peligro de decir: “¿En qué piensas?”, justo cuando pensar es lo único que no debería exigirse a nadie con el cuerpo todavía regresando de donde ha estado. Porque hay preguntas que, formuladas a destiempo, deberían estar castigadas por el Código Penal de la intimidad. No con cárcel, que bastante cárcel tenemos ya con algunas conversaciones, sino con una multa simbólica y la obligación de guardar silencio durante diez minutos.

Cualquier intento de compensar con doctas disquisiciones sentimentales la sinceridad elemental de un gemido, de un jadeo, de un “así”, de un “más”, de un “no pares”, de un “ahora”, de un “fóllame” dicho sin literatura y con toda la verdad del mundo, suele estropear lo que acaba de suceder. No porque las palabras sobren siempre. Sobran en ese instante. Luego ya veremos. Luego podremos hablar del recibo de la luz, de la grieta del techo, de la próxima escapada, de si esto es amor, deseo, costumbre, incendio, refugio o una de esas mezclas peligrosas que la vida fabrica cuando se aburre de nuestras clasificaciones.

Pero justo después, no.

Justo después hay que dejar que el cuerpo recoja sus cosas.

No hablo, por supuesto, del que acaba y se desentiende. Ese no calla: huye. Y la huida no tiene nada de poético, salvo para quien la practica con la elegancia moral de un electrodoméstico defectuoso. Tampoco hablo de quien confunde el silencio con el abandono, ni de quien se da la vuelta como quien apaga una máquina después de usarla. Eso no es preservar la magia. Eso es tener menos sensibilidad que una mesita de noche.

Hablo de otra cosa.

Hablo de ese silencio que no desprecia, sino que guarda. De ese quedarse al lado sin tener que demostrar nada. De esa mano que busca otra mano sin convertir el gesto en discurso. De esa espalda ofrecida, no como frontera, sino como descanso. De ese sueño que llega a veces con la mansedumbre de los animales satisfechos, cuando ya no hay personaje, ni seductor, ni amante ingenioso, ni hembra, ni macho, ni teoría de género, ni tratado de afectos, ni gimnasia verbal para justificar lo que ha ocurrido.

Solo dos cuerpos.

Dos cuerpos que hace un momento se hablaban en un idioma antiguo y ahora no necesitan subtítulos.

Por eso, querida amante, pareja, cómplice, follante, singante o como demonios queramos llamarnos según el día, si después de hacer el amor me quedo callado, no me juzgues todavía. No llames a los servicios de emergencia sentimental. No convoques una comisión de investigación sobre mi conducta postcoital. No me preguntes si te quiero justo cuando mi cuerpo todavía te está contestando.

Mírame, si quieres.

Tócame, si te apetece.

Quédate.

O dame la espalda también, que hay espaldas que dicen más verdad que muchos discursos de madrugada.

Ya hablaremos después, cuando la piel haya vuelto a ser piel y no territorio recién conquistado. Cuando el deseo deje de temblar debajo de la sábana. Cuando la habitación recupere su aspecto civilizado y podamos fingir, con cierta dignidad, que somos personas razonables.

Entonces sí. Entonces dime lo que quieras. Pregúntame qué ha sido esto, qué somos, qué hacemos con esta manera nuestra de buscarnos. Incluso podré responderte alguna cosa medianamente inteligente, aunque tampoco lo prometo.

Pero justo después de hacer el amor, no hables.

No me obligues a traducir lo que acaba de decir el cuerpo.

Porque si ha sido verdad, ya lo ha dicho todo.

Y si no lo ha sido, ninguna palabra lo arreglará.

«Está compuesto por un extracto de la hoja de coca peruana, el vino más puro y la nuez de cola.» (John Stith Pemberton nacido el 8 de julio de 1831 para ser farmacéutico e inventar la fórmula de la “Coca-Cola”. Pemberton tiene algo de personaje trágico: creó una de las marcas más poderosas de la historia, pero no llegó a disfrutar su éxito. Vendió sus derechos poco antes de morir)

Y en julio de 1976 Elton John & Kiki Dee no nos rompieron el corazón si no que nos lo llenaron de alegría con la canción del vídeo.


El pacte del vidre

Es van prometre no trencar-se el cor una tarda de juliol, davant d’un aparador ple de copes fines. Ell en va comprar dues; ella va dir que eren massa fràgils per celebrar res.

Durant anys van brindar amb por, sense gosar tocar-se del tot.

Quan finalment es van separar, cap copa es va esquerdar. Només van quedar damunt la taula, intactes, transparents, inútils.

Aleshores van entendre que el cor no es trenca quan cau.

Es trenca quan ningú s’atreveix a deixar-lo caure.


martes, 7 de julio de 2026

 

SANTO Y SEÑA


El siete de julio algunos se visten de blanco para que la sangre destaque mejor.

Luego se atan un pañuelo rojo al cuello, no se sabe si por tradición, por estética o por ir avisando al toro de cómo acabará la mañana. Después corren delante del animal y llaman valor a tener cerca unos cuernos que no han elegido participar en la fiesta.

El toro tampoco ha firmado nada. No ha comprado entrada, no ha bebido, no ha cantado, no ha pedido salir en los telediarios. Lo sacan, lo marean, lo hieren y, cuando ya no puede con su miedo, con su cuerpo ni con la brutalidad ajena, aparece alguien muy elegante a rematar la obra.

Entonces aplauden.

Hay quien lo llama cultura.

Yo prefiero llamarlo por su nombre, pero todavía hay menores leyendo.

«Me gusta pensar que el hombre es la criatura más elevada del universo; que la Tierra es el planeta más importante; y que yo… bueno… al menos soy significativo.» (Thomas Joseph Bassler nacido el 7 de julio de 1932 su ironía se define solo con la frase que nos ilustra. Se dedicó a la ciencia-ficción es decir, a la realidad pura y dura)

Ringo Starr cumple hoy 86 años y cada año, espero, estar aquí para girar la llave y que entre.


La clau que no girava

El pare li va deixar una clau rovellada i una nota: «Obre quan estiguis preparat». Durant anys va provar totes les portes de la casa, fins i tot les que ja no duien enlloc. Cap no cedia. El dia que va deixar de buscar tresors i va començar a reparar frontisses, finestres i silencis, la clau va girar sola al pany del rebost. A dins no hi havia or, només una cadira, dues tasses i una pau petita, cansada d’esperar-lo.