LA LUZ
QUE SOBRA

La primera vez que vi a Elisa
estaba discutiendo con un bodegón.
No con el pintor, que llevaba
muerto lo suficiente como para no poder defenderse, sino con el cuadro. Ella,
plantada frente a una mesa pintada hacía siglo y medio, decía en voz baja pero
con una firmeza de mujer acostumbrada a llevarse la contraria hasta a las cosas
mudas:
—Esa pera no está triste. Está
harta.
Yo estaba allí por error, que
es una manera muy digna de entrar en algunos sitios. Había acompañado a mi hija
a una exposición en el museo porque ella tenía una reunión después y necesitaba
que le cuidara el abrigo, el bolso y supongo que una parte de su mala
conciencia filial. A mis sesenta y dos años, yo seguía pensando que los museos
eran lugares donde uno iba a confirmar que no entendía nada delante de personas
que fingían entenderlo todo.
Pero aquella mujer me hizo
gracia.
Llevaba el pelo blanco
recogido de cualquier manera, un abrigo azul oscuro y unas botas sensatas, de
esas que no prometen nada y luego te llevan lejos. No era guapa en el sentido
idiota en que se usa esa palabra. Era mejor: tenía una cara donde habían pasado
cosas. Una cara con invierno, con ironía, con alguna noche mal dormida y una
boca viva, todavía dispuesta a reírse del mundo antes de que el mundo se riera
de ella.
Me acerqué con esa prudencia
del hombre que ya ha hecho bastante el ridículo en la vida y no necesita batir
su propia marca.
—Perdone —le dije—. Yo de
peras sé poco, pero hartas parecen muchas.
Ella me miró de arriba abajo.
No con desprecio. Con evaluación. Como si estuviera pensando si yo era un
imbécil completo o solo parcial.
—La mayoría de los hombres
—dijo— creen que en los cuadros hay que buscar belleza. Yo busco fatiga.
—Entonces está usted en el
siglo correcto.
Se echó a reír. Una risa
breve, limpia, sin coqueteo. Casi un accidente. Luego volvió a mirar el cuadro
como si el cuadro también hubiera oído la conversación y quisiera opinar.
Nos encontramos otra vez dos
jueves después. Ya no por error. Yo había regresado al museo con la excusa
miserable de ver una sala que me había quedado pendiente. Era mentira. Lo que
me había quedado pendiente era ella. Y allí estaba, sentada en un banco, frente
a una mujer desnuda pintada por alguien que seguramente tuvo mucho talento y
una vida amorosa insoportable.
—Hoy no discute con la fruta
—le dije.
—Hoy vengo a por la carne
—respondió.
Me senté a su lado.
A esa edad uno ya no pregunta
ciertas cosas de entrada. No pregunta si vive sola, si enviudó, si la dejó
alguien, si tiene hijos, si le duele la rodilla cuando cambia el tiempo o si
alguna vez la besaron como debía. Primero habla del cuadro. Luego del frío.
Luego de un café. Y, si hay suerte, de la vida.
Con Elisa ocurrió así. El café
fue en la cafetería del museo, que era cara y mala, como casi todas las cosas
que se ponen de moda. Ella pidió té. Yo café solo. Hablamos del cuadro, de
Barcelona, de por qué la gente baja la voz en los museos como si el arte
estuviera convaleciente. Me dijo que había dado clase de literatura en un
instituto durante treinta y ocho años. Yo le conté que había trabajado media
vida entre papeles, convenios, despidos y reuniones que parecían escritas por
un enemigo del ser humano. Ella levantó una ceja.
—Entonces usted viene del arte
contemporáneo de verdad.
A partir de ahí fue fácil.
Nos vimos algunos jueves más.
Luego también un martes. Después un domingo por la mañana. La ciudad, que a
veces solo sirve para llegar tarde, empezó a regalarnos pequeñas costumbres: un
vermú en una terraza discreta, un paseo por librerías, una exposición absurda
que criticábamos con entusiasmo, una cena donde ella me confesó que llevaba
siete años sola y que la soledad al principio le había parecido una habitación
enorme y luego una vajilla: acabas usándola sin pensar demasiado.
Yo le dije que mi matrimonio
había durado veintinueve años y que no terminó con un portazo ni con una
infidelidad cinematográfica, sino con ese desgaste vulgar que tienen las cosas
importantes cuando nadie las limpia a tiempo. Se quedó callada. No por juicio.
Por delicadeza. Después me tocó la mano como quien corrige apenas una arruga en
una camisa.
Aquel gesto me desordenó más
que muchos cuerpos enteros.
Fue en febrero cuando subimos
por primera vez a su casa. Había cuadros por todas partes. No cuadros caros ni
famosos. Cuadros pintados por ella. Algunos eran buenos. Otros querían serlo.
Todos tenían algo que se parecía demasiado a una respiración.
—Empecé a pintar tarde —me
dijo—. A los cincuenta y ocho.
—Hay gente que empieza a vivir
más tarde.
—Y hay gente que muere años
antes de enterrarse.
No respondí. Ella tampoco
parecía necesitar respuesta. Encendió una lámpara pequeña del salón. La luz le
cayó en la clavícula, en la base del cuello, en esa zona donde la edad no resta
erotismo: lo afina. Me acerqué. No con hambre. Con una especie de respeto
tembloroso. Como si fuera a tocar por primera vez una obra frágil que, sin
embargo, llevaba décadas resistiendo.
Nos besamos.
No fue un beso joven. Gracias
a Dios. No tuvo prisa, ni exhibición, ni ese entusiasmo gimnástico que tanto
prestigio tiene y tan poco sentido suele dejar. Fue un beso adulto, que viene
con memoria, con miedo, con deseo y con la sospecha de que ya no estamos para
fingir eternidades pero sí para reconocer un instante cuando vale la pena.
Después, al apartarse, Elisa
sonrió.
—¿Ves? —dijo—. Al final la
pera no estaba triste.
—No. Solo esperaba la luz
correcta.
Ahora hace casi un año de
aquello. Los jueves seguimos yendo al museo. A veces miramos cuadros. A veces
nos miramos nosotros, que tampoco está mal como disciplina artística. Yo sigo
sin entender muchas obras. Ella dice que no hace falta entenderlo todo, que la
mitad de la belleza consiste en quedarse un rato delante de algo sin dominarlo.
Supongo que con el amor pasa
parecido.
A nuestra edad, enamorarse no
tiene la épica de una promesa. Tiene algo mejor: la puntería.
«Cuanto mejor se ata el tiempo
a las acciones, mayor claridad tiene la narración.» (Francesco Patrizi nacido
el 25 de abril de 1529 vino a decir aquello de que las frases se construyen
así: “sujeto, verbo y predicado” de toda la vida. De esta manera las cosas
empiezan a ser entendibles)
La ciutat que no responia
De nit feia la ronda pels
carrers, buscant-lo en cada bar com qui busca una moneda dins d’un pou.
Els cambrers ja no
preguntaven. Apartaven els gots, les cadires, la llàstima.
Ella mirava les finestres
enceses i pensava que l’amor, quan fuig, deixa sempre el llum obert per pura
crueltat.
A l’alba tornava sola.
No l’havia trobat mai.
Però la ciutat, de tant
veure-la passar, ja havia après a estimar-la una mica.



