Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
viernes, 11 de septiembre de 2026
ÉREM POCS QUAN TOTS VOLÍEM EL
MATEIX
Bé, això dèiem.
Volíem la independència. Una
paraula enorme. Prou gran perquè a dins hi cabessin republicans, conservadors,
antisistema, burgesos, obrers, empresaris, jubilats, estudiants, àvies amb
estelada i joves convençuts que la història començava amb ells.
Mentre miràvem en la mateixa
direcció, ningú no preguntava gaire què hi havia darrere.
Després va passar el temps.
I vam descobrir una cosa
incòmoda: no n’hi ha prou amb voler marxar del mateix lloc. També cal saber cap
on es vol anar.
Aquí van començar els
problemes.
Perquè uns volien una
Catalunya d’esquerres. D’altres, de dretes. Alguns somiaven una república
social. D’altres, menys impostos. Uns parlaven d’integració. D’altres van
començar a parlar d’identitat. Uns volien obrir fronteres i d’altres van
començar a preguntar-se qui podia entrar-hi.
I aleshores va aparèixer la
pregunta que ningú no havia volgut formular quan les manifestacions semblaven
interminables:
Independència per fer què?
Perquè allò que semblava
unir-nos va començar a dividir-nos.
Abans discutíem amb Madrid.
Ara discutim entre nosaltres.
Abans l’adversari era fora.
Ara pot estar assegut tres
cadires més enllà a la mateixa manifestació.
I potser això és el més
curiós de tot.
Durant anys se’ns va dir que
el gran problema era que Espanya no entenia Catalunya.
I potser ara el problema és
que Catalunya ja no acaba d’entendre’s a si mateixa.
Ens hem tornat experts a
repartir carnets.
Aquest és independentista de
debò.
Aquest no ho és prou.
Aquest es va vendre.
Aquest és massa radical.
Aquest, massa moderat.
Aquest és feixista.
Aquest és ingenu.
Aquest, traïdor.
I al final hem aconseguit una
proesa extraordinària: construir més fronteres entre nosaltres que les que
volíem aixecar fora.
Érem molts quan tots volíem
el mateix.
O ens pensàvem que ho volíem.
Ara som menys.
I el més preocupant no és ser
menys.
El preocupant és que ja no
sabem què volem junts.
Potser perquè durant massa
temps vam confondre un destí amb un projecte.
I un país no es construeix
únicament dient d’on vol marxar.
També hauria de saber cap on
vol caminar.
Perquè potser algun dia
aconseguirem decidir si ens volem separar d’Espanya.
El veritablement difícil serà
decidir què fem després amb nosaltres mateixos.
jueves, 10 de septiembre de 2026
LA ETIQUETADORA
El
otro día compré una etiquetadora.
Una
de esas maquinitas pequeñas que escriben palabras sobre una cinta adhesiva. Me
pareció muy práctica. Empecé por lo sencillo.
AZÚCAR.
SAL.
CAFÉ.
ARROZ.
Hasta
ahí, ninguna discusión ideológica. Nadie ha fundado todavía el Frente Popular
del Garbanzo ni Vox ha reivindicado la españolidad de las lentejas. Tiempo al
tiempo.
El
problema empezó cuando pensé que una etiquetadora como aquella debía de existir
también para las personas.
Porque
vivimos rodeados de etiquetas.
Este
es de izquierdas.
Aquel,
de derechas.
El
otro es fascista.
Ese,
comunista.
Aquella,
feminista.
El
de más allá, machista.
Progre.
Facha.
Rojo.
Nazi.
Bolivariano.
Terrorista.
Negacionista.
Buenista.
Radical.
Moderado.
Y
así hasta conseguir que ocho mil millones de seres humanos quepamos
perfectamente ordenados en unas cuantas cajas.
Lo
que nunca he conseguido averiguar es quién tiene la etiquetadora.
¿Quién
decide?
Me
gustaría conocerlo.
No
para discutir con él. Solo por curiosidad.
Debe
de ser alguien extraordinario. Una persona de una altura moral considerable,
con una biblioteca inmensa, conocimiento enciclopédico de historia, filosofía,
economía, sociología, derecho, política internacional y, además, esa rara
capacidad para asomarse al interior de las personas y saber exactamente qué
piensan.
Porque
para llamar fascista a alguien con propiedad habrá que saber qué es el
fascismo.
Y
para llamar nazi a otro habrá que conocer algo más del nazismo que cuatro
documentales sobre Hitler y una fotografía en blanco y negro de unas botas
desfilando.
Igual
que para llamar comunista a alguien habría que distinguir entre Marx, Lenin,
Stalin, Gramsci, eurocomunismo y probablemente unas cuantas cosas más que no
caben en un tuit.
Y
terrorista…
Esa
palabra ya debería obligarnos a detener la mano antes de pegar la etiqueta.
Porque
las palabras también tienen cadáveres dentro.
El
problema es que ahora no utilizamos muchas de estas palabras para describir.
Las
utilizamos para expulsar.
Si
consigo convencer a los demás de que tú eres fascista, ya no tengo que discutir
contigo.
Si
eres comunista, tampoco.
Si
eres ultraderechista, ultraizquierdista, reaccionario, woke, machista,
supremacista o cualquier otra denominación suficientemente desagradable, me
ahorro el enorme esfuerzo de escuchar lo que dices.
La
etiqueta hace el trabajo.
Es
comodísima.
Antes
había que rebatir argumentos.
Ahora
basta con clasificar personas.
Y
además tiene una ventaja extraordinaria: cuando etiquetamos al contrario,
nosotros quedamos automáticamente situados en el lado correcto.
Ese
es probablemente el gran negocio moral de nuestro tiempo.
No
demostrar que soy bueno.
Demostrar
que tú eres malo.
Escucho
a alguien defender que habría que controlar mejor la inmigración y alguien
grita:
—¡Fascista!
Escucho
a otro pedir impuestos más altos para financiar determinados servicios públicos
y aparece inmediatamente otro:
—¡Comunista!
Uno
critica al Gobierno:
—Extrema
derecha.
Otro
critica a la oposición:
—Radical
de izquierdas.
Y
así vamos construyendo un país extraordinariamente sencillo, compuesto
únicamente por santos y demonios.
Curiosamente,
los santos siempre somos nosotros.
No
niego que existan fascistas.
Claro
que existen.
Como
existen comunistas, racistas, fanáticos, totalitarios y terroristas.
Las
palabras tienen significado. Historia. Consecuencias.
Precisamente
por eso deberíamos utilizarlas con cuidado.
Porque
cuando llamamos fascista a cualquiera que piensa distinto acabamos consiguiendo
algo paradójico: que cuando aparezca un fascista de verdad quizá ya no sepamos
reconocerlo.
Será
uno más entre tantos.
Como
aquel pastor del cuento que gritaba «¡que viene el lobo!» hasta que el lobo
decidió presentarse.
También
ocurre algo curioso con la izquierda y la derecha.
Tengo
algunas ideas que alguien calificará de izquierdas.
Otras,
probablemente, de derechas.
Y
unas cuantas que no sé dónde colocar.
Eso
empieza a preocuparme.
¿Dónde
está escrito que una persona tenga que comprar el paquete ideológico completo?
Si
defiendo una sanidad pública potente, ¿me dan puntos de izquierdas?
Si
creo que debe controlarse rigurosamente el gasto público, ¿pierdo esos puntos?
Si
defiendo la libertad sexual, vuelvo a sumar.
Si
considero que determinados delitos deberían castigarse con mayor dureza, ¿me
desplazo otra vez hacia la derecha?
¿Existe
algún marcador luminoso?
¿Voy
3-2?
¿Quién
arbitra este partido?
Quizá
el verdadero problema sea que hemos convertido las ideas en equipos de fútbol.
Y
cuando uno se hace de un equipo ya no analiza cada jugada.
Protesta
el penalti si se lo pitan en contra y lo considera clarísimo cuando favorece a
los suyos.
La
misma entrada.
El
mismo árbitro.
El
mismo césped.
Solo
cambia la camiseta.
Tal
vez deberíamos recuperar una costumbre antigua y bastante revolucionaria.
Escuchar.
Escuchar
una idea antes de preguntar quién la dice.
Discutirla.
Pensarla.
Aceptar
incluso la incómoda posibilidad de que alguien que está muy lejos de nosotros
pueda tener razón en algo.
Y
que alguien de los nuestros pueda decir una estupidez.
Eso
último cuesta muchísimo más.
Porque
cuestionar al adversario fortalece nuestras convicciones.
Cuestionar
a los nuestros nos obliga a pensar.
Y
pensar, como es sabido, cansa.
He
decidido guardar la etiquetadora.
La
seguiré utilizando para el azúcar, la sal, el café y el arroz.
Con
las personas prefiero no hacerlo.
Entre
otras cosas porque llevo años intentando averiguar qué etiqueta debería ponerme
a mí mismo.
Y
cada vez que creo haberla encontrado, digo algo que no encaja.
Por
suerte.
«He llegado a comprender que
siempre seré conocida como la primera esposa de John.» (Cynthia Lennon es la
autora de la frase y sabia muy bien lo que eran las etiquetas. A ella le
pusieron una e incluso la wiquipedia la recuerda por esa etiqueta. Nació el 10
de setiembre de 1939 y hace 11 años que pasó a la habitación de al lado.
Supongo que no hace falta que os diga de quién se trata)
Carlos Santana puso la música allá por 1970 y José Feliciano la letra que escucharéis en el vídeo. Felicidades José en tu 81 aniversario.
Ballar amb qui ja no hi és
Va posar el
disc quan ja havia recollit dues copes.
Una, la seva.
L’altra
continuava davant de la cadira buida.
Quan la
guitarra va començar a parlar, ell va allargar la mà, com feia abans. No
esperava res. Potser per això va notar uns dits entre els seus.
Van ballar
lentament pel menjador.
En acabar la
cançó, estava sol.
Va mirar la
copa de l’altra banda.
Era buida.
I va somriure.
—Encara beus
massa.
miércoles, 9 de septiembre de 2026
EL INFORME QUE NOS PISA
Dicen que nuestros alumnos
empiezan a perderse cuando un texto supera las cuatrocientas palabras.
No me preocupa demasiado.
Para votar no hacen falta
tantas.
De hecho, últimamente parece
que sobran.
«Espanya se rompe».
«Que te vote Txapote».
«No pasarán».
«Sí se puede».
«Haz que vuelva».
«Por una Espanya mejor».
No importa demasiado qué
venga después. Lo importante es que la frase quepa en una pancarta, pueda
gritarse sin respirar y permita identificar rápidamente quiénes son los
nuestros y quiénes los hijos de puta.
Luego llamamos debate
político a dos personas interrumpiéndose en televisión.
Y programa electoral a
doscientas páginas que nadie lee, incluidos probablemente algunos de quienes lo
han firmado.
Nos escandaliza que los
jóvenes no comprendan textos largos mientras elegimos gobiernos mediante vídeos
de treinta segundos en los que un candidato acaricia un perro, visita un
mercado o mira con gesto grave hacia un punto indeterminado del horizonte.
Debe de estar pensando.
O esperando que termine la
grabación.
La política también ha
aprendido que explicar demasiado resulta peligroso.
Porque cuando explicas
aparecen los matices.
Y los matices son unos
cabrones.
Obligan a reconocer que el
adversario puede tener razón en algo. Que nosotros podemos equivocarnos. Que un
problema complejo quizá no tenga una solución de siete palabras.
Eso no cabe bien en Twitter.
Así que simplificamos.
Izquierda.
Derecha.
Fascista.
Comunista.
Patriota.
Traidor.
Y listo.
No hace falta leer
cuatrocientas palabras para odiar a alguien.
Bastan cinco.
Quizá por eso deberíamos
preocuparnos menos de que nuestros adolescentes no comprendan textos largos y
preguntarnos quién les ha enseñado que pensar debe ser breve.
Porque algún día esos jóvenes
votarán.
Bueno, algunos ya votan.
Y tendrán que decidir sobre
economía, guerras, impuestos, inmigración, vivienda, derechos o pensiones.
Asuntos ligeramente más
complejos que un eslogan.
Aunque tengo la sospecha de
que nadie espera que los comprendan.
Solo que escojan uno.
Y lo repitan.
A ser posible sin pasar de
cuatrocientas palabras. Como este escrito que tiene 329 palabras.
«No existe la muerte. Solo
hay un nuevo comienzo.» (Hana Andronikova nacida el 9 de setiembre de 1967 para
comenzar de nuevo 44 años después)
David A. Stewart cumple hoy 74 años. Es guitarrista de la banda Eurythmics que en 1985 se encontraron con un ángel equivocado. Le llamaron así para no decir que era un demonio.
L’àngel equivocat
Ella deia que
els àngels existien.
Jo reia. Fins
que va aparèixer.
Em va tocar el
braç al metro, em va somriure com si ens coneguéssim de sempre i, durant tres
parades, vaig tornar a tenir vint anys.
—Baixes aquí?
—va preguntar.
Vaig negar amb
el cap.
Les portes es
van tancar i ella va quedar a l’andana.
No vaig tornar
a veure-la.
Des
d’aleshores, cada matí agafo la mateixa línia, a la mateixa hora.
Potser els
àngels existeixen.
El problema és
que, de vegades, baixen una parada abans.
martes, 8 de septiembre de 2026
LÍNEAS ROJAS
La
primera línea roja la crucé por amor.
Eso
me dije.
Era
una mentira pequeña, casi elegante, de esas que uno puede guardar en el
bolsillo sin que abulten demasiado. Después crucé otra por necesidad. La
tercera porque «todo el mundo lo hace». La cuarta porque ya había cruzado tres
y regresar empezaba a parecerme una extravagancia.
Con
los años fui encontrando líneas rojas por todas partes.
En
el trabajo. En la cama. En las amistades. En los silencios. Algunas estaban
pintadas con trazo grueso y otras apenas se veían, desgastadas por tanta gente
que había pasado antes que yo.
Aprendí
incluso a ponerles nombres más cómodos.
A la
cobardía la llamé prudencia.
A la
mentira, protección.
A la
traición, supervivencia.
Al
egoísmo, amor propio.
Y
así fui avanzando.
Un
día miré hacia atrás y descubrí que había cruzado todas las líneas rojas que
alguna vez juré no atravesar.
Todas
menos una.
Frente
a mí estaba ella.
La
había dibujado yo mismo muchos años atrás, cuando todavía creía que convertirse
en alguien distinto era algo que les sucedía a los demás.
Debajo
había escrito:
«Hasta
aquí puedo dejar de ser yo».
Miré
alrededor.
No
quedaba nadie.
Entonces
comprendí que aquella última línea no estaba delante de mí.
La
llevaba años cruzando.
«El secreto del mundo
no debe buscarse detrás de los objetos, sino detrás de los sujetos.» (Una frase
simple y definitoria der un hombre con un nombre complejo: Jakob
Johann von Uexküll nacido el 8 de setiembre de 1864)
Richard Hughes cumple hoy 51 años y sin él no sonaría la batería del grupo Keane.
El
mateix banc
Cada
tarda s’asseia al mateix banc i observava com el món canviava de pressa.
La
fleca es convertí en una immobiliària. El quiosc, en una botiga de mòbils. Els
nens que jugaven a pilota començaren a empènyer cotxets. Després, a caminar més
a poc a poc.
Ell
continuava allà.
Un
dia, una dona de cabells blancs s’assegué al seu costat.
—Encara
vens?
La
va mirar. Va reconèixer aquells ulls.
—Tu
també has canviat.
Ella
somrigué.
—Tu
no?
Llavors
es mirà les mans.
I
descobrí que feia anys que el banc era l’únic que no havia envellit.
lunes, 7 de septiembre de 2026
UN RATITO
Mi nieta me preguntó cuánto
tiempo faltaba para que se apagara aquella estrella.
Estábamos en la terraza. Ella
tenía siete años, un vaso de leche entre las manos y esa edad en la que uno
todavía cree que los adultos sabemos las respuestas.
—Muchísimo —le dije.
—¿Más que tú?
Miré la estrella.
—Bastante más que yo.
Se quedó callada. Luego
preguntó cuánto iba a durar yo.
Los niños tienen esa
desagradable costumbre de llegar directamente a las preguntas para las que los
adultos hemos inventado religiones, filosofías, testamentos y seguros de vida.
—Un ratito —contesté.
—¿Y yo?
—Otro ratito. Espero que más
largo.
Pareció conformarse.
Le expliqué que aquella luz
probablemente había salido de la estrella muchísimo antes de que ella naciera.
Tal vez antes de que naciera yo. Incluso podía ocurrir que la estrella ya no
existiese y nosotros estuviéramos contemplando algo muerto.
Me miró preocupada.
—Entonces estamos viendo el
pasado.
—Sí.
Sonrió.
—Pues qué suerte.
No entendí.
—Podemos ver cosas que ya no
están.
Volví a mirar el cielo.
Allí arriba había miles de
millones de estrellas, galaxias que nunca pisaremos, mundos que jamás
conoceremos y distancias tan enormes que mi cabeza, acostumbrada a medir el
universo entre casa, el supermercado y algún viaje de vacaciones, renunció a
comprenderlas.
Mi nieta acabó la leche.
—Padrí, ¿mañana podemos
seguir mirando?
—Claro.
Se levantó y volvió dentro.
Yo permanecí un rato más en
la terraza.
Pensé que tenía razón.
Vivimos un instante ridículamente corto y apenas recorremos unos pocos
kilómetros de una inmensidad que no parece haberse construido pensando en
nosotros.
Y, sin embargo, aquí
seguimos.
Levantando la cabeza.
Preguntando.
Quizá nuestra grandeza
consista precisamente en eso: en saber que disponemos de muy poco tiempo y
gastarlo intentando comprender lo eterno.
«Para describir exactamente
hay que haber visto, vuelto a ver, examinado y comparado aquello que se quiere
describir, y todo ello sin prejuicios ni ideas preconcebidas.» (Georges-Louis
Leclerc de Buffon es el autor de la frase. Nació el 7 de setiembre de 1707 y
fue un consumado naturalista, por eso le daba tanta importancia a la
observación y examen de las cosas; cosa difícil para cualquier ser humano)
Chrissie Hynde cantante de los Pretenders no consta que en los 75 años que ha estado en este mundo, haya estado en alguna cadena de prisioner@s a pesar de su ferviente activismo. Porque para ser declarad@ activista un requisito es haber pasado por "chirona".
Dilluns
Va guardar la
seva fotografia dins la cartera, darrere la targeta de fitxar.
Feia tres dies
que l’havien enterrada.
Dilluns, a les
vuit, la fàbrica va xiular com sempre. Ningú no li va preguntar com estava. Les
màquines tampoc no acostumen a interessar-se pels morts.
Va ocupar el
seu lloc a la cadena i començà a cargolar peces.