domingo, 14 de junio de 2026

 

EL ÚLTIMO CUARTO


El gorro llegó a casa un martes, en una caja blanca, limpia, casi clínica, como si dentro no viniera un aparato sino una disculpa.

En la tapa ponía: PIENSA. NOSOTROS ESCRIBIMOS.

Lo compré por trabajo y por vanidad, que suelen venir juntos. Llevaba meses diciéndome que perdía demasiado tiempo tecleando informes, correos, notas, recursos, borradores de artículos que luego corregía tres veces porque una cosa es escribir y otra muy distinta parecer que uno sabe lo que piensa. El anuncio prometía comodidad, rapidez, una nueva forma de productividad. También prometía libertad. Esa palabra. Siempre la ponen en los inventos que te atan.

El manual decía que bastaba con ajustarlo a la cabeza, calibrarlo durante unos minutos y dejar que el sistema aprendiera tu habla interna. “Habla interna”. Me hizo gracia el eufemismo. Toda la vida llamándolo pensamiento y ahora resultaba que dentro de nosotros había un locutor técnico, una especie de becario del alma.

Me lo probé esa misma noche, en el despacho pequeño donde trabajo y me escondo. La pantalla del portátil permanecía en blanco. El gorro me apretaba un poco las sienes, como una conciencia bien peinada.

Pensé: esto es ridículo.

Y en la pantalla apareció:

Esto es ridículo.

No tardé ni un segundo en pensar otra cosa:

Hostia.

Y salió:

Hostia.

La precisión me asustó menos de lo que debería. Al contrario: me excitó. No sexualmente —aunque con la tecnología nueva nunca se sabe—, sino de esa forma un poco miserable en que excita todo lo que nos ahorra esfuerzo. Pensaba y aparecía. Dudaba y aparecía. Maldije dos veces al programa, tres a mí mismo, y el documento iba creciendo como crecen algunas discusiones: con una mezcla de verdad, basura y velocidad.

Durante una semana fui feliz.

Redacté informes enteros sin tocar el teclado. Contesté correos del trabajo en la mitad de tiempo. Esbocé un relato en el metro mientras una pareja discutía en voz baja y una niña devoraba galletas como si el mundo fuese a acabarse en la siguiente estación. Incluso pensé que tal vez aquel gorro me ayudaría por fin a escribir en serio. Sin excusas. Sin el cansancio de las manos. Sin la coartada del cuerpo.

Mi mujer, Clara, dijo que parecía contento.

—Es cómodo —le expliqué—. Pienso y ya está.

—Eso me preocupa un poco —dijo ella, sirviéndose agua—. Tú pensando ya eres peligroso. Tú pensando con wifi, más.

Se rió. Yo también. Llevábamos dieciséis años juntos y habíamos aprendido esa clase de humor matrimonial que parece una caricia y a veces es una radiografía.

Clara no quiso probárselo. Dijo que bastante tenía con escuchar lo que decía la gente como para empezar a leer lo que no se atrevían a decir. Me pareció una frase buena. Estuve a punto de ponérmela de título para algo. El gorro, por cierto, la registró en el borrador abierto del portátil porque yo lo estaba llevando en ese momento.

Empezaron los problemas el jueves siguiente, a las ocho y cuarto de la tarde, mientras preparábamos la cena.

Yo seguía con el aparato puesto porque había llegado del despacho con prisa y no me lo quité. Es curioso lo rápido que uno integra una intromisión cuando le resulta útil. Clara cortaba calabacín. Yo abría una cerveza. Sonó el móvil de su hermana. Ella puso los ojos en blanco. Yo pensé, sin querer pensar, una de esas frases pequeñas, feas, domésticas, que a veces cruzan por la cabeza sin pedir permiso:

Otra vez la pesada de Marta.

Lo dijo el ordenador desde el comedor, con su voz sintética de secretaria del apocalipsis:

—Otra vez la pesada de Marta.

Clara dejó el cuchillo sobre la encimera. No hizo teatro. No levantó la voz. Casi preferiría que lo hubiera hecho.

—¿Perdón?

Yo fui hacia el despacho, demasiado deprisa, como si la velocidad pudiera corregir la estupidez.

—No era para decirlo.

—Ya veo. Era para pensarlo.

Hay frases que llegan a casa para quedarse. Esa fue una.

Intenté explicarle que pensar no es lo mismo que sostener una idea, que la cabeza produce residuos, exageraciones, impaciencias, crueldades de usar y tirar. Intenté decirle que uno no es cada cosa que le pasa por dentro, igual que no es cada sueño ni cada arrebato ni cada miedo absurdo cuando se despierta a las tres de la mañana. Pero mientras hablaba comprendí algo peor: quizá sí somos también eso. No del todo. No siempre. Pero también eso.

Clara no se enfadó por su hermana. Se enfadó por la facilidad con que el aparato había dejado la verdad en medio de la casa, todavía caliente, como un vaso roto.

A partir de entonces empezó una vigilancia absurda.

Yo me quitaba el gorro antes de entrar en la cocina, antes de acostarme, antes de hablar con nadie. Lo dejaba sobre la mesa del despacho como se deja un arma descargada que sigue dando miedo. Pero ya era tarde. El daño no lo había hecho la frase sobre Marta. El daño consistía en que, desde aquella tarde, los dos supimos que mi cabeza podía abrirse por error.

Y cuando supimos eso, todo cambió de tamaño.

Porque luego pensé, viendo a Clara dormida en el sofá, con la boca apenas abierta y un brazo colgando, que estaba preciosa así, vencida, real, sin pose. Pensé también que yo no la merecía. Y que a veces me cansaba nuestra vida. Y que otras veces me salvaba. Pensé que la quería. Pensé que hubo días en que no. Pensé que me daba miedo envejecer a su lado y más miedo aún no hacerlo. Pensé demasiadas cosas verdaderas, incompatibles, sucias o limpias, y comprendí que ningún matrimonio resiste una transcripción completa del pensamiento. Tampoco ninguna amistad. Ni una familia. Ni una democracia, seguramente.

Lo peor no era que el gorro leyera.

Lo peor era que no sabía editar.

Lo devolví el lunes siguiente.

La empresa me envió un mensaje amable, casi ofendido, preguntando el motivo. Contesté a mano, en una hoja, porque me pareció una forma decente de defenderme.

Escribí: “Su producto funciona demasiado bien”.

No era toda la verdad.

La verdad completa era otra: después de devolverlo, entré en la cocina y vi a Clara buscando las gafas por todas partes. Las llevaba puestas sobre la cabeza. Estuve a punto de decírselo y me detuve un segundo a mirar la escena. El gesto cansado. La camiseta vieja. El pelo mal cogido. La vida compartida haciendo de las suyas. Entonces pensé algo que nadie debía registrar, ni vender, ni archivar en la nube: que el amor quizá consista en eso, en seguir eligiendo a alguien incluso después de saber que una cabeza humana se parece más a un cuarto de trastos que a un templo.

Luego le señalé las gafas.

Ella se echó a reír.

Y por primera vez en muchos días agradecí el antiguo privilegio de que ciertas cosas solo sucedan dentro de uno y mueran allí, en silencio, como mueren las mejores oraciones y las peores tentaciones.

Porque al final no necesitamos que nos lean la mente.

Necesitamos, de vez en cuando, que nos la perdonen.

«Lo que realmente queremos es algo más y distinto de aquello que, en un momento determinado, somos conscientes de querer.» (Esa diferencia entre el deseo momentáneo y aquello que, después de reflexionar, reconocemos como nuestra voluntad más profunda, se condensa en esa frase de Bernard Bosanquet filósofo nacido el 14 de junio de 1848)

Bruno Lomas, nacido Emilio Baldoví Menéndez el 14 de junio de 1940, tenía gran afición a los coches. Eso fue su perdición: a los 50 años ya no pudo volver a ser como ayer.


La clau d’ahir

Va tornar amb les mateixes flors i aquella frase gastada:

—Tot serà com ahir.

Ella va mirar el gerro buit, la cadira arraconada, la marca pàl·lida de l’anell. Ahir ell arribava tard, prometia aviat i estimava quan li convenia.

Va obrir la porta. Ell va somriure, convençut que era una invitació.

—Passa. Has deixat una cosa.

Li va donar la clau.

Després va tancar.

Aquesta vegada, des de dins.


sábado, 13 de junio de 2026

 

LA PARADA


Subía cada mañana en la misma parada. Abrigo rojo, un libro apretado contra el pecho y esa sonrisa de quien todavía no ha discutido con nadie.

Yo ya había hecho el resto.

Nos casaríamos en primavera porque en otoño llueve demasiado. Tendríamos dos hijos: una niña con sus ojos y un niño con mi facilidad para llegar tarde. Compraríamos un piso con una hipoteca razonable, discutiríamos por dónde pasar la Navidad y ella leería en la cama mientras yo fingía que la luz no me molestaba. A veces nos besaríamos en la cocina mientras se quemaba la cena.

Lo normal. Lo importante.

Aquella mañana reuní el valor necesario para iniciar una vida entera.

—Buenos días.

Levantó la mirada del libro.

—Buenos días.

Y siguió leyendo.

No me gustó. Había respondido con demasiada naturalidad, como si saludara así a cualquiera. Pensé que quizá era una mujer excesivamente moderna, de esas que hablan con desconocidos y después pretenden que uno confíe. Yo, para ciertas cosas, soy tradicional.

En la siguiente parada cerró el libro, se levantó y bajó sin mirarme.

El tranvía continuó.

Yo no.

Durante unos minutos contemplé su asiento vacío, intentando decidir con quién se quedarían los niños.

«Nada mitiga tanto el dolor como poder decirlo o llorarlo: en un caso se convierte en palabras; en el otro, en agua.» (Acertada frase de un filósofo: Johann Eduard Erdmann nacido el 13 de junio de 1805. Solo le faltó decir que el agua era salada y las palabras, amargas)

Hoy la "chica fría", Alaska, cumple 63 años y, como no se cansa de repetir en sus canciones ni tu ni nadie la cambiará nunca. Y a esa edad, menos.


La clau per dins

Ell va tancar la porta convençut que ella correria darrere seu.

Ella va recollir els vidres del gerro, va esborrar el seu nom de la bústia i va sopar directament de la paella. Després va ballar descalça pel passadís, malament i sense demanar perdó.

A mitjanit, ell va tornar.

—Obre. Sé que encara m’estimes.

Ella va mirar la clau posada per dins.

—Potser sí —va respondre—. Però ja no és motiu suficient.

 


viernes, 12 de junio de 2026

                                                         EL MANUAL


El Papa León XIV ya estaba sentado en el avión, con esa sonrisa de hombre que ha bendecido medio país y solo desea que nadie le pida otra foto, cuando el comandante anunció por megafonía que había un pequeño problema técnico.

Pequeño, en lenguaje aeronáutico, significa que uno empieza a rezar incluso si es el Papa.

El Rey subió al avión, se acercó con cara diplomática —esa expresión tan española de “no pasa nada” justo cuando pasa— y le explicó que debían bajar otra vez.

—¿Es grave? —preguntó el pontífice.

—No, Santo Padre. Solo hay que revisar el procedimiento.

En la cabina, tres técnicos miraban un manual abierto sobre una mesita plegable. Sudaban más que un pecador en agosto. Uno señalaba una página. Otro se rascaba la cabeza. El tercero había pronunciado la frase que paraliza cualquier Estado moderno:

—Esto está en catalán.

Se hizo un silencio raro. Tenerife Norte entero pareció contener la respiración. Había Guardia Civil, protocolo, periodistas, escoltas, obispos, asesores, un monarca y hasta un señor con chaleco reflectante que sabía dónde estaba cada cono de la pista. Pero nadie se atrevía con aquella frase:

“No toqueu aquest botó si el vent ve de cua.”

El Papa la leyó despacio.

—¿Y qué quiere decir?

—Creemos que algo del viento —dijo un técnico.

—O de una cola —añadió otro, hundiendo definitivamente la aviación civil en el Antiguo Testamento.

Entonces apareció una limpiadora con una bolsa azul en la mano.

—Vol dir que no toqueu aquest botó si el vent ve de cua, home.

Todos la miraron como si acabara de descender el Espíritu Santo con contrato de sustitución.

—¿Usted habla catalán? —preguntó el Rey.

—Soy de Cornellà, Majestad. Aquí estoy por amor. Y por la hipoteca, que también une mucho.

La mujer cerró el manual, miró el panel y señaló el botón correcto.

El comandante respiró. Los técnicos fingieron que lo sabían. El Papa sonrió.

Alguien, detrás, murmuró:

—¡Estos catalanes son...!

La limpiadora se volvió.

—¿Qué somos?

Nadie terminó la frase.

Y por una vez, el milagro no fue que el avión volara, sino que Espanya se quedara callada.

«La humildad no es tener una pobre opinión de uno mismo.» (Christopher Derrick dijo esa frase desde la humildad. Es una buena frase para los tiempos que corren que ha convertido el ego en una pequeña administración pública con ventanilla abierta todo el día. El fraseado cumpliría hoy 105 años)

Y a sus 76 años de hoy sigue dándole a la batería Bun E. Carlos con su grupo, bastante "apañao", Cheap Trick.


El desig mal educat

Ell no volia amor. Volia confirmació, que és més trist i fa menys soroll. Cada matí es pentinava davant del vidre del bar, esperant que ella el mirés com qui descobreix una finestra oberta en ple incendi.

Ella passava, somreia poc i deixava una olor de pressa.

—Avui tampoc? —li preguntava el cambrer.

—Avui gairebé —deia ell.

Un dijous, ella es va aturar.

—Et vull —va dir.

Ell va empal·lidir. Havia assajat el desig, no la resposta.


jueves, 11 de junio de 2026

 

LA EDAD CORREGIDA


Mi abuela falsificó su edad un jueves por la tarde, entre una infusión de manzanilla y una multa de zona azul que decidió no pagar porque, según ella, a partir de cierta edad una tiene derecho a pequeñas insurrecciones administrativas.

No falsificó el DNI, que eso le parecía vulgar y, sobre todo, peligroso. Falsificó la edad en una aplicación de citas que mi prima le instaló “solo para mirar”. Como si mirar no fuese ya el principio de casi todos los pecados interesantes.

—Pon sesenta y dos —le dijo mi prima.

—Pon cincuenta y nueve —corrigió mi abuela—. Si vamos a mentir, mintamos con ambición.

Tenía setenta y seis.

En la foto aparecía con un pañuelo rojo, gafas de sol y esa sonrisa de quien ha enterrado a un marido, ha criado a tres hijos, ha sobrevivido a dos operaciones, a una comunidad de vecinos y a una dieta baja en sal. Una superviviente, vamos. Pero el algoritmo, que debía de tener la sensibilidad emocional de una grapadora, no entendía de biografías. Solo entendía de años, centímetros y aficiones al senderismo.

A los tres días conoció a Ernesto. Él decía tener sesenta y cinco, aunque caminaba con la prudencia de los ochenta y uno y hablaba de Franco como si aún pudiera encontrárselo en la cola de la pescadería. Quedaron en una cafetería. Ella se pintó los labios con un rojo que llevaba guardado desde una boda en la que ya no recordaba quién se había casado, pero sí que el cava era malo.

—He mentido —le dijo él nada más sentarse.

—Yo también —contestó ella.

Se miraron. No como se miran los jóvenes, que todavía creen que el cuerpo es una promesa sin fecha de caducidad. Se miraron como se miran quienes ya saben que el tiempo no perdona, pero a veces se distrae.

Ernesto tenía ochenta. Ella setenta y seis.

—Entonces somos dos delincuentes —dijo él.

—No exagere. Somos dos reincidentes.

Se rieron. Luego hablaron de rodillas, de hijos que llamaban poco, de pastillas con nombres de planeta, de noches demasiado largas y de manos que, por pura falta de uso, parecían muebles tapados con una sábana.

Al despedirse, él le rozó los dedos.

Mi abuela no rejuveneció.

Fue mucho mejor.

Volvió a tener edad para temblar.

«No se puede ganar una guerra, igual que no se puede ganar un terremoto.» (Jeannette Rankin nacida el 11 de junio de 1880 fue una política pacifista como hemos podido deducir de su frase. Entendía la guerra un desastre natural fabricado por humanos y, ya se sabe, en los desastres tod@s perdemos)

Hablar de Coppola es hablar de cine en su integridad. El padre del famoso Coppola, Carmine,  era un compositor bastante apañadito como se puede ver en la música que compuso para el Padrino. Hoy hubiese cumplido 116 años, una barbaridad. Él debió pensar lo mismo porque se quedó en los 81.


La maleta de Vito

Va baixar del vaixell amb un nom massa llarg per a una oficina i massa petit per al dolor. A l’illa li van mirar els ulls, les dents, la febre i la por. Ningú no li va preguntar què deixava enrere. Millor així. Hi ha records que no passen la duana.

Quan li van canviar el nom, no va protestar. Va guardar l’antic sota la llengua, com una navalla familiar.

Anys després, tots pronunciaven el nou amb respecte.

Ell, en silenci, encara responia al que li havien robat.


miércoles, 10 de junio de 2026

 

LA HORA MÁS BARATA DEL ALMA


Lo vi a las dos y diecisiete de la madrugada. Mala hora para cualquiera. Peor para alguien que llevaba tres meses sin trabajo, dos semanas durmiendo mal y una dignidad que empezaba a parecerse a una camisa heredada: todavía servía, sí, pero apretaba en sitios raros.

El vídeo apareció entre un nutricionista que prometía bajar barriga en nueve días y una mujer que enseñaba a doblar camisetas para “ordenar la energía del hogar”, expresión que siempre me ha parecido una manera muy fina de decir que una casa triste también necesita maquillaje.

La chica sonreía con esa seguridad de quien vende consuelo y, además, parece que se lo cree. O eso, o había aprendido a fingirlo de maravilla. Detrás tenía luces cálidas, cartas abiertas como abanicos, una vela, unas piedras con pinta de querer hacer milagros y una música suave, de bosque amaestrado. Hablaba de hadas, de lectura de tema, de agenda abierta, de señales. Lo decía como si el universo no fuera una máquina bastante torpe, sino una secretaria eficaz apuntando nuestras desgracias en una libreta.

Seguí mirando.

No porque creyera en las hadas. A cierta edad uno ya no cree en las hadas. Lo malo es que empieza a creer en cualquier cosa que no sea el banco, el correo del paro o el silencio de quien ya no te escribe.

La cocina olía a café recalentado y a derrota reciente. En la nevera quedaban medio tomate arrugado, una cerveza sola y un táper con lentejas de mi hermana, que tiene la costumbre de alimentarme sin hacerme sentir inútil. En estos tiempos eso se parece bastante al amor. Sobre la mesa había papeles por todas partes: currículums impresos, notas con teléfonos, una carta del casero que llevaba dos días evitando abrir porque hay sobres que ya vienen hablando antes de romperlos.

Volví al vídeo.

La mujer dijo algo sobre “ese momento bajo del camino en el que ya no sabes si has perdido una oportunidad o te has perdido tú”. Ahí estuvo la trampa. No en las hadas. Ni en las cartas. En la frase. Hay gente que no te conoce, pero acierta al nombrarte. Y cuando alguien te nombra justo en mitad del derrumbe, aunque sea por marketing esotérico, te toca algo. Como si te pusieran una mano en el hombro desde dentro.

Pedí cita.

Lo hice sin pensarlo demasiado, que es como se toman algunas decisiones malas y unas cuantas necesarias. Me contestó con una amabilidad casi administrativa.

—Mañana a las seis tengo un hueco.

Me hizo gracia. A ciertas edades ya no buscamos amor, éxito ni redención. Buscamos un hueco.

La consulta estaba en un entresuelo del Eixample, en una finca de esas que por fuera prometen burguesía y por dentro huelen a humedad bien educada. Subí en ascensor con una señora que llevaba una planta mustia y un chico con cara de opositor. Nadie parecía feliz, pero todos manteníamos esa compostura barcelonesa de quien antes se muere que hacer ruido en el rellano.

Me abrió la misma mujer del vídeo. Sin filtros, sin música, sin hadas a la vista. Más humana, claro. También más cansada. Tenía unas ojeras finas y una voz bonita, no porque fuese dulce, sino porque no empujaba. Me hizo pasar a una sala pequeña. Había cartas, velas y piedras, sí. Pero también un radiador viejo, una mancha de humedad en la esquina y una taza con la frase “Confía en el proceso”. Pensé que incluso la espiritualidad compra regalos horribles en Navidad.

—¿Qué quieres saber? —me preguntó.

La pregunta me molestó un poco. Yo había ido allí para que me dijeran algo, no para tener que ordenar mi ruina en una frase.

—No lo sé —contesté—. Supongo que quiero saber cuándo se jodió todo.

Sonrió apenas. No con superioridad. Con oficio.

—Eso no lo dicen las hadas. Como mucho señalan dónde dejaste de mirarte.

Me pareció una frase tramposa. Y, aun así, me dolió.

Barajó las cartas despacio. Me pidió que pensara en un tema. Elegí trabajo, aunque debería haber elegido miedo, que era lo que de verdad tenía sentado enfrente. Sacó tres cartas y las colocó sobre el paño como si no fueran naipes, sino radiografías.

No recuerdo sus nombres. Nunca recuerdo esos nombres. Recuerdo algunas cosas que dijo. Que llevaba demasiado tiempo viviendo desde la humillación. Que me estaba contando una versión pobre de mi propia historia. Que confundía estar parado con estar acabado. Que había convertido una mala racha en identidad. Que esperaba una llamada, sí, pero en el fondo ya no esperaba nada bueno de mí.

Me irritó.

No porque fuera falso. Porque se parecía demasiado a la verdad.

—Perdona —le dije—, pero eso podría decírselo a cualquiera.

—Claro —contestó—. Casi todos vienen por lo mismo. Cambian los nombres, las facturas, la persona que se fue. Pero el agujero se parece bastante.

No sonó cínica. Sonó limpia. Y esa limpieza me desarmó más que cualquier discurso mágico.

Luego habló de una mujer. No como quien ve una diosa en las cartas, sino como quien detecta una costumbre. Dijo que había alguien que seguía ocupando mi cabeza aunque ya no estuviera en mi vida. No respondí. No hacía falta. Hay silencios que firman solos.

—No vuelves a ella por amor —dijo—. Vuelves porque en aquella época todavía te reconocías.

Esa sí me la clavó.

La sesión duró cuarenta y cinco minutos. No vi hadas, no oí campanillas invisibles ni salí flotando. Pagué una cantidad algo indecente por algo que mi mejor amigo habría podido decirme gratis con dos cervezas encima. Pero no era lo mismo. A los amigos les exigimos memoria. A los desconocidos, puntería.

Antes de irme, me acompañó a la puerta.

—Las hadas no arreglan la vida —me dijo—. Como mucho te la señalan cuando ya no quieres mirarla.

—¿Y tú crees en ellas?

Me sostuvo la mirada un segundo. Luego se encogió de hombros.

—Yo creo en la gente que llega rota y sale andando un poco más recta. Con eso me basta.

Bajé a la calle. Ya era de noche. Barcelona tenía ese brillo cansado de los días laborables, esa mezcla de motos, escaparates y parejas discutiendo en voz baja para no regalar su miseria al tráfico. Caminé sin prisa hasta un bar y pedí un vino. Después abrí, por fin, la carta del casero.

No era un desahucio.

Solo una subida.

Y, de pronto, me eché a reír.

No por alegría. Por proporción.

Llevaba semanas tratando mi vida como una tragedia griega y apenas era una mala temporada con alquiler de fondo. Pedí otro vino, saqué una libreta y apunté tres nombres a los que debía llamar al día siguiente. Luego escribí una cuarta cosa: “dejar de hablarte como si ya hubieras perdido”.

No era una profecía. No era magia. Ni siquiera esperanza, al menos no de esa esperanza grande que se escribe con música de fondo.

Era algo más pequeño.

Más humilde.

Más útil.

Algo parecido a ese momento en que uno, después de varias noches malas, abre la ventana y descubre que la calle sigue ahí. Que nadie ha venido a rescatarlo. Y, sin embargo, entra el aire.

A veces no hace falta un milagro.

A veces basta con que alguien, aunque cobre por ello y tenga una vela encendida sobre la mesa, te recuerde que la hora más baja de la vida no siempre es la última.

«Ningú no és inútil. Només cal descobrir per a què serveix.» (El genio de Antoni Gaudí y la voluntad colectiva de un pueblo han hecho posible una de las obras más humanas de la historia: La basílica de la Sagrada Familia Hoy hace 100 años que pasó al salón de la eternidad)

Para variar un poco, "El Cant de la Senyera" por l'Orfeó Català. Letra de Joan Maragall.


La roba que recordava

L’avi planxava la senyera cada onze de setembre com si fos una camisa de diumenge. No cridava mai; deia que els crits s’arruguen de seguida. La penjava al balcó i després s’asseia a escoltar el carrer, amb aquella orella cansada de fàbrica i de guerra.

Quan va morir, la vam trobar dins d’una capsa de galetes, amb una nota: «No la guardeu per mi. Traieu-la quan us faci vergonya callar».

Aquell matí plovia. La tela pesava. Però, mira, el balcó semblava més dret.