URDA, ADAMUZ Y LA FACILIDAD DE ENCONTRAR
UN CULPABLE EN PERÍODO ELECTORAL

Esta
mañana estaba desayunando cuando he visto las primeras imágenes del accidente
ferroviario de Toledo.
Dos
trenes de alta velocidad. Vagones destrozados. Equipos de emergencia intentando
rescatar a los pasajeros. Familias pendientes de un teléfono que, por una vez,
deseaban desesperadamente que sonara.
El
número de muertos aumentaba a medida que avanzaba la mañana.
Todavía
no sabíamos exactamente qué había sucedido cuando ha aparecido una expresión
que conozco bastante bien.
«Posible
error humano».
Hay
que reconocer que es una expresión extraordinaria.
Sirve
para casi todo.
Se
hunde un barco, se estrella un avión o descarrila un tren. Al poco tiempo
alguien menciona la posibilidad de que una persona se haya equivocado.
Y yo
me pregunto qué otra clase de error podría ser.
Porque
los trenes los diseñan personas, las vías las construyen personas, los sistemas
de seguridad los programan personas y las decisiones sobre su mantenimiento
también las toman personas.
La
cuestión es averiguar cuál de ellas se equivocó, si es que alguna lo hizo, y
qué circunstancias permitieron que su equivocación terminara en una catástrofe.
Pero
eso requiere investigar.
Y
las investigaciones tienen un inconveniente.
Tardan.
En
cambio, la opinión es inmediata.
Todavía
estaban trabajando los equipos de rescate cuando ya circulaban las primeras
hipótesis.
Unas
señalaban problemas técnicos. Otras apuntaban a posibles equivocaciones en la
gestión de la circulación ferroviaria.
Todo
hipótesis.
Pero
a las hipótesis les ocurre algo curioso cuando llegan a las redes sociales: en
cuestión de minutos se transforman en certezas.
Y,
si además estamos en período electoral, adquieren una velocidad que ya
quisieran para sí los trenes de alta velocidad.
Falta
un mes para las elecciones generales.
Así
que el accidente apenas ha tenido tiempo de convertirse en noticia cuando ya
amenaza con transformarse en argumento de campaña.
Unos
pedirán dimisiones. Otros denunciarán la instrumentalización política de la
tragedia. Habrá quien recuerde las inversiones realizadas y quien saque a
relucir las que quedaron pendientes.
Se
discutirán presupuestos, competencias, declaraciones ministeriales y hasta las
promesas que alguien hizo hace cinco años.
Todo
ello puede ser legítimo.
Lo
que me sorprende es la facilidad con que algunos parecen conocer las
conclusiones antes de que los investigadores hayan terminado de examinar los
restos.
No
hace tanto, en enero, ocurrió la tragedia de Adamuz.
Cuarenta
y seis personas perdieron la vida.
Allí,
las investigaciones han ido señalando una posible rotura de la vía y problemas
en una soldadura.
Ahora,
en Toledo, las primeras hipótesis son diferentes.
Dos
accidentes gravísimos en el mismo año.
No
sé si eso demuestra que la red ferroviaria sea estadísticamente más insegura.
Para afirmarlo necesitaría datos que todavía no tengo.
Pero
tampoco me parece una frivolidad empezar a preocuparme.
He
pasado buena parte de mi vida profesional leyendo informes, estudiando
responsabilidades y escuchando explicaciones sobre accidentes laborales.
Recuerdo
uno en particular.
El
informe atribuía el accidente a que un trabajador no había seguido el
procedimiento establecido.
Tres
líneas.
Después
empezaban las preguntas.
¿Conocía
el procedimiento? ¿Había recibido formación? ¿Disponía de los medios
necesarios? ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando de aquella manera? ¿Quién
supervisaba el cumplimiento de las instrucciones?
Las
respuestas ocupaban tres carpetas.
Y es
que la seguridad no debería depender exclusivamente de que nadie se equivoque
jamás.
Por
eso me inquieta la rapidez con que buscamos un nombre.
Especialmente
cuando la persona cuya actuación se investiga también ha fallecido.
No
sabemos si eso ocurrirá en el caso de Toledo. Conviene recordarlo antes de
repartir responsabilidades.
Pero
imaginemos que el señalado ha muerto.
Entonces
la situación adquiere una particular comodidad.
El
fallecido no puede explicar qué instrucciones recibió. No puede aportar un
documento olvidado ni recordar una incidencia que comunicó semanas antes.
Tampoco
puede defenderse de las afirmaciones hechas en una tertulia.
Y,
desde luego, no celebrará una rueda de prensa.
Se
puede investigar su conducta y determinar su responsabilidad, naturalmente. Lo
que no debería hacerse es convertir su silencio en la explicación definitiva de
todo lo sucedido.
Claro
que también existe el peligro contrario.
Que
las responsabilidades se diluyan en interminables discusiones administrativas
hasta que nadie responda de nada.
No
quisiera caer yo mismo en aquello que estoy criticando.
Si
hubo una negligencia, que se investigue. Si fallaron los mecanismos de
seguridad, que se determine por qué. Y si las responsabilidades alcanzan a
quienes toman decisiones en los despachos, que no se detenga la investigación
en la puerta de sus oficinas.
No
parece pedir demasiado.
Aunque
sospecho que, en período electoral, resulta bastante más sencillo repartir
culpas que asumir responsabilidades.
He
abierto las redes sociales.
En
un mensaje, el responsable del accidente ya tenía nombre, apellido y cargo
político.
En
otro, toda la tragedia se explicaba por la incompetencia de un trabajador.
Un
tercero acusaba a los medios de ocultar información.
Ninguno
parecía albergar la menor duda.
He
estado a punto de contestarles.
Después
he recordado que hace unos meses yo mismo compartí una noticia política sin
comprobarla demasiado, sencillamente porque decía exactamente lo que me
apetecía leer.
He
cerrado la aplicación.
En
la televisión continuaban apareciendo imágenes de los vagones.
He
pensado en las familias que ahora mismo estarán viajando hacia Toledo sin saber
todavía qué van a encontrarse.
Y he
recordado algo que no me gusta demasiado de mí mismo.
También
yo preferiría que todo hubiera sido consecuencia de la equivocación de una sola
persona.
Un
descuido excepcional. Una decisión desafortunada. Algo que pudiera
identificarse, corregirse y archivarse.
Sería
tranquilizador.
Mucho
más que descubrir que una sucesión de pequeñas decisiones, toleradas durante
años, puede terminar provocando una catástrofe.
He
apagado la televisión.
Mañana
tengo que viajar a Madrid.
He
abierto el billete en el móvil.
Coche
6. Asiento 12A.
Durante
unos segundos he pensado en anularlo.
Después
he decidido que no.
Quiero
confiar en que lo ocurrido esta mañana no volverá a suceder.
Y
reconozco que casi deseo que encuentren cuanto antes a alguien que se haya
equivocado.
Uno
solo.
Porque
mañana tengo que coger ese tren.
«A vegades s’enclou
molt millor una lliçó, una idea, en una narració breu que en una novel·la» (La
frase es de Sebastián Juan Arbó nacido el 28 de octubre de 1902 con la que
estoy completamente de acuerdo: el cuento, el relato breve es, como decía
Hemingway “la fotografía de un instante”, un espacio pequeño donde debes
desarrollar tu historia)
Eros Ramazzotti ya no es un niño: hoy cumple 63 años y, por esas cosas de la vida, canta la contradicción que supone separarse de alguien y estar toda la vida pensando en ella.
Sense
ceba
Ens
vam trobar davant dels congelats, catorze anys després. Duies una paella per a
dues persones. Jo, una altra.
—Encara
apartes la ceba? —em vas preguntar.
—Ara
me la menjo.
Vas
mirar-me com si aquella fos la notícia més difícil d’encaixar.
Vam
parlar dels fills, de les cervicals, del preu del peix. Quan van anunciar que
tancaven, encara érem allà.
—A
casa tinc arròs —vas dir.
Vaig
tornar la paella al congelador. Tu també.
Pel
camí em vas preguntar què més havia canviat. Vaig necessitar tot el carrer per
començar.



