EL
AMIGO DEL AMIGO
El Auto entró en España a
media mañana.
No entró por la puerta
principal, como las grandes verdades, sino por una impresora cansada, con el
tóner justo y una bandeja de folios que llevaba meses soportando providencias,
oficios, exhortos y pequeñas catástrofes administrativas.
Primero salió una página.
Luego otra.
Después otra más.
Ochenta y cuatro páginas no parecen
muchas hasta que descubres que dentro caben un expresidente, una aerolínea,
varios asesores, una pandemia, un rescate público, mensajes de WhatsApp,
sociedades con nombres modernos, registros policiales, siglas con vocación de blindaje
y esa vieja costumbre nacional de llamar “contacto” a lo que antes se llamaba
“poder”.
El funcionario que recogió el
Auto no se sorprendió. Los funcionarios de los juzgados ya no se sorprenden de
nada. Han visto herencias que destrozan familias, divorcios que parecen guerras
coloniales, empresarios que lloran al oír la palabra embargo y políticos que
descubren la presunción de inocencia justo cuando la necesitan para ellos.
Lo dejó sobre la mesa.
El papel hizo un ruido seco.
Como si alguien hubiera
cerrado una puerta.
En la primera página estaba el
escudo. Eso siempre ayuda. El escudo convierte cualquier sospecha en algo con
solemnidad. Sin escudo, un Auto parecería una discusión de bar escrita por
alguien con acceso a bases de datos. Con escudo, en cambio, las frases pesan.
Incluso las que no se entienden.
“Diligencias previas”.
La expresión tenía una
elegancia hipócrita. Previa a qué, pensó el funcionario. Previa al juicio.
Previa al escándalo. Previa a los tertulianos. Previa al “yo ya lo decía”.
Previa al “esto es una persecución”. Previa al “todos son iguales”, que es la
frase favorita de quienes no quieren distinguir entre nadie porque distinguir
obliga a pensar.
En la página siguiente
aparecían nombres.
Los nombres son la parte más
delicada de cualquier Auto. Mientras son siglas o sociedades, el lector
respira. Una sociedad limitada siempre parece haber nacido culpable. Una
consultora, más aún. Un intermediario ya viene medio imputado de fábrica. Pero
cuando aparece un nombre conocido, un nombre que estuvo en los balcones del
poder, en los informativos, en los libros de historia reciente, la tinta cambia
de temperatura.
El expresidente no figuraba
como estatua.
Figuraba como persona.
Y eso, en España, siempre
resulta ofensivo.
Durante años había hablado de
paz, de diálogo, de alianzas, de futuro. Había puesto esa cara de hombre que
escucha incluso cuando no escucha. Había aprendido el arte político más
difícil: decir frases que no hieren a nadie porque tampoco agarran nada con las
manos. Sonreía como quien pide permiso al aire. Contestaba como si todas las
preguntas fueran, en el fondo, malentendidos entre personas razonables.
Pero ahora el Auto no sonreía.
El Auto no sabía sonreír.
El Auto enumeraba.
Y enumerar es una forma de
crueldad.
Enumeraba teléfonos,
domicilios, empresas, registros, autorizaciones, discos duros, correos
electrónicos, dispositivos móviles. Enumeraba como solo sabe enumerar la
Justicia cuando decide que la realidad ha dejado de ser una conversación y pasa
a ser un inventario.
—Hay que intervenir terminales
—decía una línea.
—Hay que asegurar soportes
—decía otra.
—Hay que clonar dispositivos
—decía una tercera.
La tecnología, pensó el
funcionario, había acabado con una de las grandes defensas del poderoso: el
olvido. Antes uno podía decir “no recuerdo” y la frase se quedaba flotando,
digna, casi humana. Ahora no. Ahora el teléfono recordaba por todos. Recordaba
a las tres de la mañana, en una carpeta mal borrada, en una copia de seguridad,
en una nube extranjera, en un mensaje enviado con prisa, en un audio donde
alguien decía lo que jamás habría firmado.
El Auto hablaba de una
aerolínea.
Plus Ultra.
El nombre parecía escrito por
un publicista romano contratado por una start-up. Más allá. Siempre más allá.
Más allá del océano. Más allá del balance. Más allá de la solvencia. Más allá
de la prudencia. Más allá, incluso, de esa línea finísima donde lo público deja
de ser ayuda y empieza a parecer botín con formulario.
La pandemia aparecía de fondo.
Eso era lo más obsceno.
Mientras medio país contaba
camas, respiradores y muertos, otros contaban accesos, llamadas y
posibilidades. Mientras la gente aprendía a despedirse por videollamada,
algunos descubrían que una crisis también abre puertas. No todas las puertas
llevan a hospitales. Algunas llevan a ministerios. Otras a consejos de
administración. Otras a despachos donde nadie pide favores, por supuesto, solo
“explora opciones”.
España ardía en gel
hidroalcohólico y ruedas de prensa.
Y en algún sitio, alguien
escribía:
“Hace falta hablar con el
amigo del amigo”.
El funcionario se detuvo ahí.
No porque la frase fuera
jurídicamente decisiva. Eso lo decidiría otro, con toga, tiempo y suficientes
recursos. Se detuvo porque aquella expresión contenía medio país.
El amigo del amigo.
No el cargo. No el expediente.
No la norma. No el procedimiento.
El amigo del amigo.
La Constitución no lo
menciona, pero funciona. No aparece en el BOE, pero abre puertas. No figura en
los manuales de Derecho Administrativo, pero a veces corre más que un recurso
de alzada. El amigo del amigo es una institución no escrita, una patria secreta,
un pasillo sin ventanas donde la democracia se quita la chaqueta y se queda en
mangas de camisa.
El Auto no decía “culpable”.
Los Autos prudentes nunca
dicen culpable. Dicen “indicios”. Dicen “presuntamente”. Dicen “podría”. Dicen
“a los efectos de”. Dicen “sin perjuicio de ulterior calificación”. El Derecho
tiene una manera elegantísima de no quemarse los dedos mientras acerca la mano
al incendio.
Pero el país no entiende de
subjuntivos.
El país leyó “imputado” y
eligió trinchera.
A la derecha le dio un ataque
de pureza moral tan intenso que hubo que sentarla. Algunos llevaban décadas
abrazados a sus propios imputados, pero ese día despertaron con una pasión
nueva por el Código Penal. A la izquierda le dio un ataque de contexto. Todo
era contexto. La fecha. El juez. El medio. La derecha. La ultraderecha. Las
cloacas. La historia. La paz. La memoria democrática. Faltó poco para que
alguien dijera que registrar un despacho era franquismo con impresora láser.
Nadie leyó las veinte páginas.
Leer siempre ha sido una forma
peligrosa de traición.
Los periodistas buscaron la
frase.
Los partidos buscaron el
marco.
Los abogados buscaron el
defecto procesal.
Los ciudadanos buscaron
confirmación de lo que ya pensaban antes de saber nada.
El expresidente apareció en
una pantalla. Negó. Negó con calma. Negó con esa serenidad que antes parecía
virtud y ahora algunos interpretaron como estrategia. Dijo que jamás había
gestionado nada ante ninguna administración pública. Dijo legalidad. Dijo respeto.
Dijo colaboración con la Justicia. Dijo, en suma, lo que debe decir un hombre
inteligente cuando un Auto empieza a andar solo por los pasillos.
Y quizá decía la verdad.
O quizá decía su verdad.
O quizá la verdad, como ocurre
tantas veces en la política española, estaba escondida entre una llamada no
devuelta, una reunión sin acta y un mensaje escrito por alguien que confundió
confianza con impunidad.
Por la tarde, los agentes
entraron en los despachos.
No entraron como en las
películas. Nadie rompió puertas con una patada. La realidad judicial suele
tener menos épica y más espera. Se enseña una autorización, se pide
colaboración, se mira al suelo, se abre un cajón. Alguien llama a su abogado.
Alguien dice que no sabe dónde está la clave. Alguien pregunta si puede hacer
una llamada. Alguien se acuerda, tarde, de que los ordenadores también tienen
memoria.
En una mesa había carpetas.
En otra, contratos.
En otra, una fotografía de
familia.
Eso siempre complica las
cosas. Las fotografías de familia tienen la mala educación de recordar que
incluso los nombres de un Auto cenan, envejecen, se preocupan, abrazan, se
equivocan y creen tener razones. La Justicia, cuando entra en un despacho, no solo
registra documentos. Registra una vida puesta en archivadores.
Uno de los agentes levantó un
portátil.
—¿Este?
—Ese también.
El ordenador se fue dentro de
una bolsa.
Como un pez sacado de una
pecera administrativa.
En la calle, las cámaras
esperaban.
Las cámaras no buscan verdad.
Buscan salida. Una puerta que se abre. Un rostro serio. Un abogado con prisa.
Un coche oficial que ya no es oficial pero todavía lo parece. Buscan imágenes
para que la gente pueda decir “lo he visto” aunque no haya entendido nada.
Al anochecer, el Auto ya no
era un Auto.
Era un arma.
Unos lo blandían como si fuera
sentencia. Otros lo despreciaban como si fuera propaganda. Los más prudentes
pedían esperar, pero la prudencia no cotiza en horario de máxima audiencia. La
prudencia no hace cortes virales. La prudencia no grita. La prudencia no cabe
en un titular.
En algún lugar, el
expresidente cerró una puerta.
Quizá pensó en sus años de
Gobierno. En los aplausos. En los enemigos. En las entrevistas. En las guerras
que no quiso. En las guerras que no vio. En los favores que uno no llama
favores porque la palabra ensucia demasiado pronto. Quizá pensó que todo era
injusto. Quizá pensó que todo era más pequeño de lo que parecía. Quizá pensó,
como tantos hombres públicos cuando dejan de controlar el relato, que la
historia se había vuelto desagradecida.
El Auto siguió allí.
Sobre la mesa.
Mudo.
Implacable.
No condenaba.
No absolvía.
Solo hacía algo mucho más
incómodo: obligaba a mirar.
Y en un país acostumbrado a
perdonar a los suyos antes de leer la primera página y a condenar a los otros
antes de llegar a la segunda, mirar se había convertido en el último acto
revolucionario.




