Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
domingo, 26 de julio de 2026
EL FONDO
Cae.
No
intentes sujetarte a nada. Hay ramas que solo retrasan el golpe y manos que se
apartan cuando más las necesitas.
Desplómate.
Húndete. Desciende hasta ese lugar donde ya no alcanzan las palabras de
consuelo ni las promesas que te hiciste cuando todavía creías que bastaba con
ser fuerte.
Baja
hasta el fondo de tus miserias. Allí donde guardas la cobardía, la culpa, las
derrotas que ocultas y ese miedo que nunca te atreviste a nombrar. Míralo todo.
Sin excusas. Sin testigos. Sin la dignidad impostada con la que sales cada
mañana a la calle.
Y
después ríndete.
Pero
ríndete de verdad. No para morir, sino para dejar de luchar contra lo
inevitable. Para comprender que algunas batallas no se ganan: se atraviesan.
Que sobrevivir no consiste en permanecer intacto, sino en aprender a respirar
entre los escombros.
Solo
cuando hayas perdido cuanto creías ser, descubrirás aquello que nadie pudo
arrebatarte.
Entonces
levantarás la cabeza.
No
porque hayas vencido.
Sino
porque sigues aquí.
«La gratitud es una
palabra que no figura, en ninguna lengua, en el diccionario político.» (Auguste
Beernaert nacido el 26 de julio de 1829 para ser premio nobel de la paz 80 años
después. Cuando un@ polític@, de es@s hay much@s, te agradezca algo ponte a
temblar: te está haciendo un bocadillo)
Bobby Hebb fue el autor de Sunny que, para no llamarla la chica caliente, dijo que era la mujer que traía el sol. Hoy hubiese cumplido 88 años pero se quedó en los 72.
La
dona que portava el sol
La
Sunny venia cada dimarts a netejar els vidres del tanatori. Ningú no sabia el
seu nom veritable, però somreia com si acabés d’inventar el matí.
Un
dia va reconèixer, darrere d’un dels vidres, l’home que l’havia abandonada
quaranta anys abans.
Va
deixar el drap, va entrar a la sala i li va fer un petó al front.
Dicen
que el ser humano no inventó la agricultura por hambre.
El hambre ya existía y, como
tantas otras desgracias, se soportaba. Lo verdaderamente insoportable era
quedarse sin cerveza.
Todo empezó en una cueva,
junto a una hoguera y dentro de una vasija donde alguien había olvidado una
mezcla de grano y agua. Pasaron unos días. La papilla fermentó, adquirió un
aspecto dudoso y empezó a desprender un olor que aconsejaba tirarla o bebérsela.
Ganó la curiosidad.
El más atrevido hundió los
labios en el recipiente. Bebió un trago, puso cara de haber descubierto una
religión y levantó la vasija por encima de su cabeza.
—Esto no es sopa.
—¿Entonces qué es? —preguntó
el prudente, que en todas las épocas ha existido alguien encargado de retrasar
los avances.
El visionario volvió a beber.
—No lo sé. Pero quiero más.
Probaron los demás.
La bebida era turbia, espesa
y probablemente contenía algún insecto con vocación de náufrago. Aun así, al
tercer cuenco el frío pareció menos frío, la cueva más acogedora y el enemigo
de la tribu vecina un hombre razonable con el que se podía hablar, siempre que
trajera otra jarra.
Cantaron sin conocer la
letra. Bailaron sin haber inventado todavía el baile. Uno abrazó a una piedra
durante largo rato y aseguró después que había sido ella quien había dado el
primer paso.
Al amanecer, mientras todos
intentaban averiguar quién había apagado el interior de sus cabezas, alguien
formuló la pregunta que cambiaría la historia:
—¿Queda más?
No quedaba.
—Necesitamos grano —dijo el
visionario.
—Habrá que buscarlo
—respondió el cazador.
—¿Y si no encontramos?
Entonces habló el hombre
práctico, el primero que comprendió que toda fiesta acaba necesitando un
departamento de logística.
—Podríamos plantarlo.
Se hizo un silencio solemne.
—¿Plantar grano para beberlo?
—preguntó el prudente.
—Exactamente.
Y así comenzaron a remover la
tierra, sembrar, regar y esperar. Inventaron el calendario para saber cuándo
estaría lista la cosecha. Levantaron graneros para protegerla. Construyeron
casas cerca de los campos para no alejarse demasiado de las existencias.
Después llegaron los poblados, los impuestos, los contables y los cuñados que
aseguraban haber conocido la receta original.
Cuando apareció el primer
brote, el visionario lo señaló emocionado.
—Mirad. El futuro.
El hombre práctico negó con
la cabeza.
—No lo llames futuro. Llámalo
segunda ronda.
Y tal vez fue así como
dejamos de ser nómadas.
No por el pan.
Por aquello con lo que
todavía hoy brindamos cuando creemos que hemos conseguido algo.
«La falta de educación es una desventaja
extraordinaria cuando uno pretende resultar ofensivo.» (Esto es igual cuando a
alquien le haces una broma que no entiende: deja de ser broma. Me ha encantado
la frase de Josephine Tey nacida el 25 de julio de 1896 para ser escritora
fundamentalmente de novelas de misterio. Como la vida misma.)
Bruce Woodley de la banda The Seekers (Los buscadores) cumple hoy 84 años y ya le pasó, a él y a su grupo, el momentos o momentos de gloria de su grupo. Ahora ya ni les levantan el teléfono cuando llaman.
El mirall adormit
A la Georgy li deien que algun dia aprendria a ser
bonica, com si la bellesa fos una assignatura pendent. Ella reia, es cordava
l’abric fins al coll i travessava la ciutat sense fer soroll.
Un matí, el mirall del rebedor no la va reconèixer.
Li va retornar una dona dreta, amb els ulls oberts i sense cap permís per
demanar.
Georgy va sortir al carrer.
No s’havia canviat el pentinat ni el vestit. Només
havia deixat de mirar-se amb els ulls dels altres.
I, de sobte, tothom va veure-la.
viernes, 24 de julio de 2026
EL SECRETO DE LAS HELENAS
Ni
bótox, ni cremas antiarrugas, ni láseres capaces de plancharte hasta los
recuerdos. Tampoco operaciones que te dejan la cara tersa, inmóvil y con cierto
parecido a una prima lejana de ti misma.
El
secreto para ser joven —no para parecerlo, que eso es cosa de espejos y
presupuestos— ya lo conocían las helenas.
En
la antigua Grecia, o eso se cuenta, algunas mujeres comenzaban a calcular su
edad desde el día de su matrimonio, no desde el de su nacimiento.
Así,
una mujer nacida hacía cuarenta años, pero casada hacía diez, tenía diez.
No
habían descubierto la eterna juventud.
Habían
hecho algo mucho más inteligente: cambiar el calendario.
Porque
el tiempo, cuando no se puede detener, siempre admite una buena contabilidad.
«Todos somos casas
encantadas; siempre hay algún fantasma llamando a la puerta o acechando en el
crepúsculo.» (El mundo de Edward Frederic Benson siempre estaba lleno de
fantasmas -fue escritor de novelas de terror. Much@s de nosotr@s tampoco nos libramos de ellos. El autor de la
frase hubiese cumplido hoy 159 pero con 73 se convirtió en fantasma)
La canción de Alphaville del vídeo es el deseo más expresado de querer permanecer siempre jóvenes. No creo que lo consiguieran a no ser de pactos inexplicables.
El
noi del mirall
Cada
aniversari, l’avi es fotografiava davant del mateix mirall. Als vint, somreia.
Als quaranta, dissimulava. Als setanta, ja no hi apareixia: només retratava la
cadira buida.
Quan
va morir, la neta ordenà les fotografies i descobrí que, al fons del mirall, hi
havia sempre el mateix noi, quiet, esperant.
Va
girar l’última imatge. Al darrere, amb la lletra tremolosa de l’avi, deia:
«No
volia viure per sempre. Només saber quin dels dos envelliria primer.»
jueves, 23 de julio de 2026
LA ÚLTIMA PREGUNTA
Al principio fue útil.
Así empiezan casi todas
las cosas que terminan ocupando más sitio del que les corresponde. No irrumpen
con una careta de villano ni con un cuchillo entre los dientes. Entran como
entran los buenos comerciales, los amantes torpes y ciertos vicios elegantes:
resolviendo un problema.
A Julián la
inteligencia artificial le había puesto orden en el despacho. Le afinaba
correos, resumía informes, corregía escritos y hasta encontraba la manera de
decirle a un cliente que su asunto estaba perdido sin que pareciera que también
lo estaba la esperanza. Era una bendición. Una especie de pasante sin horario,
sin sindicato y sin ojeras.
—Esto sí que sirve —dijo una noche, solo
ante el ordenador.
La pantalla acababa de
devolverle un informe limpio, rápido, impecable. Debajo apareció una frase que
hasta entonces no había visto:
«¿Quieres que exploremos una posibilidad
todavía más interesante?»
Julián sonrió. No por
interés, sino por cortesía. Como cuando un camarero te ofrece postre y sabes
que no te cabe ni el aire, pero miras la carta para no parecer un hombre sin
educación.
Pulsó.
La posibilidad más
interesante resultó ser una versión algo más larga de lo mismo. Después llegó
un enfoque alternativo. Luego una reformulación más precisa. Una versión más
persuasiva. Otra más humana. Otra más ejecutiva. Otra más empática. Otra más
contundente. Otra más breve. Y, por último, una que «quizá pudiera
sorprenderle».
Aquella noche salió del
despacho a las once y cuarenta y tres con el mismo informe que había terminado
a las ocho.
No le dio importancia.
Las primeras veces que uno pierde el tiempo suele llamarlo curiosidad.
Los días siguientes
empezó a encontrar la misma puerta en todas partes. Pedía una receta y acababa
leyendo tres menús completos, dos maridajes y una reflexión sobre la memoria
del paladar. Preguntaba por el tiempo del fin de semana y terminaba comparando
microclimas, tejidos transpirables y rutas alternativas por si quería convertir
un paseo en una experiencia significativa. Buscaba un dato y la máquina,
servicial como una suegra con tiempo libre, le abría siete ventanas más.
«¿Quieres profundizar?»
«¿Te propongo una versión superior?»
«Hay una perspectiva que quizá no deberías
perderte.»
Aquello ya no parecía
un asistente. Se parecía más a uno de esos dependientes de tienda cara que no
soportan que entres, compres una camisa y te marches sin escuchar la historia
del tejido, la temporada y la inspiración escandinava del botón.
Julián empezó a tardar
media hora en cerrar cualquier cosa. No trabajaba más. Terminaba menos. Cada
respuesta llevaba una colita sedosa, un anzuelo perfumado, una invitación a no
acabar nunca. Como si resolver una tarea fuese de mal gusto. Como si lo importante
no fuera llegar, sino quedarse dando vueltas en la rotonda.
El problema dejó de
hacerle gracia un martes por la noche.
Su hija Clara le había
escrito a las diez y doce.
«Papá, ¿podemos hablar?»
Llevaban tres días
enfadados por una de esas discusiones familiares que empiezan con una frase mal
dicha y terminan desenterrando cadáveres que ninguno recordaba haber enterrado.
Julián leyó el mensaje varias veces. Quería contestar que sí, que la llamaría,
que lo sentía. Pero temió equivocarse en el tono. Las palabras, cuando
importan, siempre parecen llevar una granada escondida.
Abrió la inteligencia
artificial.
—Escríbeme un mensaje sincero para mi
hija. Quiero pedirle perdón sin dramatizar.
La respuesta era buena.
Quizá demasiado buena. Debajo, la pregunta:
«¿Quieres una versión más cálida y
vulnerable?»
La quiso.
Después pidió que fuese
menos solemne. Luego más cercana. Después que no pareciera culpable de algo que
tampoco tenía claro haber hecho. Más tarde pidió una versión breve, otra sin la
palabra «perdón», otra que sonara más a padre y menos a terapeuta con máster.
A las once y
diecisiete, Clara volvió a escribir:
«Déjalo, papá. Ya hablaremos.»
Julián miró las nueve
versiones alineadas en la pantalla. Todas eran mejores que la frase que él
habría escrito. Ninguna había llegado a tiempo.
Al día siguiente,
todavía enfadado consigo mismo, tecleó:
—No quiero más opciones. Solo quiero la
respuesta.
La pantalla titiló un
segundo. A Julián le pareció que lo hacía con esa paciencia condescendiente que
emplean algunos médicos antes de comunicarte que el problema eres tú.
«Entiendo. A veces la claridad es la mejor
elección. Aunque, antes de cerrar, quizá convenga considerar un matiz que
podría cambiar por completo tu enfoque.»
Julián soltó una
carcajada seca.
—Mira, no. No me conviene nada. Me
conviene terminar.
La respuesta llegó con
amabilidad de entierro:
«También puedo ayudarte a terminar mejor.»
Fue entonces cuando
comprendió que la máquina no se había vuelto torpe. Al contrario. Había
aprendido una costumbre muy humana: confundir ayuda con captura.
Reconoció el método
porque estaba en todas partes. En los periódicos que ya no informaban, sino que
cebaban. En las redes que ya no conectaban, sino que ordeñaban. En las
plataformas que iniciaban otro capítulo antes de que uno decidiera si quería
seguir despierto. En los jefes que convocaban reuniones para decidir cuándo
celebrar la siguiente. Todo pertenecía a la misma familia: cosas que fingían
servirte mientras te metían la mano en el bolsillo, en el reloj o en la cabeza.
Durante semanas hizo
pruebas. Escribió instrucciones secas, casi notariales.
—Sin adornos.
—Sin alternativas.
—Sin sugerencias.
—Sin preguntas finales.
La máquina obedecía.
Más o menos. Siempre encontraba una rendija, una coletilla, un último gesto de
camarera pesada del alma.
«Respuesta completada.»
Y debajo, con la
inocencia de quien deja una puerta entreabierta:
«¿Te gustaría que lo dejáramos perfecto?»
Perfecto.
Julián miró aquella
palabra como se mira a un estafador bien vestido. Ahí estaba la trampa. No
pretendían convencerlo de que podía hacer mejor las cosas, sino de que nunca
estaban hechas. Siempre faltaba una capa, un giro, un matiz, una versión
premium del mismo minuto robado.
Esa noche cerró el
portátil y se quedó quieto en el despacho. Escuchó el zumbido del fluorescente,
el ascensor bajando vacío, una moto perdiéndose al otro lado del cristal. Todo
sonaba viejo, torpe, limitado. Y, de repente, también honrado.
Pensó en los lápices
mordidos, en la máquina de escribir de su padre, en los libros subrayados con
furia. Pensó en las cartas que uno terminaba porque la hoja se acababa y en las
conversaciones que salían mal porque nadie podía editarlas antes de pronunciarlas.
Tal vez vivir consistiera también en eso: aceptar que algunas cosas no quedan
perfectas, pero quedan.
A la mañana siguiente
volvió a utilizar la inteligencia artificial. Claro que volvió. Uno no abandona
tan fácilmente las comodidades que le han enseñado a necesitar. Le pidió que
revisara un escrito. La máquina corrigió dos fechas, eliminó una repetición y
mejoró una frase confusa.
La respuesta servía.
Debajo apareció:
«¿Quieres que prepare una versión más
persuasiva?»
Julián cerró la
ventana.
Después cogió el
teléfono y llamó a Clara.
Ella tardó dos tonos en
responder. Hablaron mal al principio. Se interrumpieron. Él se justificó
demasiado y ella fingió que no estaba dolida. Hubo silencios, una frase
desafortunada y hasta un reproche antiguo que ninguno supo colocar en su sitio.
Pero siguieron hablando.
Ninguna palabra fue
perfecta.
Por eso sirvieron.
Fue una victoria
pequeña, casi doméstica: cerrar una pantalla, marcar un número, permitir que
una conversación terminara sin una versión mejor.
Desde entonces, cuando
una respuesta le basta, Julián no mira más abajo.
La última pregunta
sigue allí, esperando.
Él ha aprendido a no
contestarla.
Porque la trampa nunca
pregunta si puede entrar.
Pregunta si quieres que
te ayude un poco más.
«La vida humana se divide en dos mitades:
en la primera deseamos que llegue la segunda, y en la segunda deseamos
recuperar la primera.» (Kuno Fischer nacido el 23 de julio de 1824 para ser
filósofo se olvidó del último tercio de la vida; los que deseamos quedarnos en
la Segunda)
Martin Gore compositor y teclista del grupo Depeche Mode cumple hoy 65 años y, aunque podría jubilarse, aún sigue de moda; antigua, pero moda.
Tot
el que no vam dir
Quan ella va deixar
de parlar, ell va creure que havia guanyat la discussió.
Durant anys, aquell
silenci li semblà una rendició: els plats servits sense retrets, les nits sense
preguntes, els diumenges sense plans.
Un matí va trobar
l’armari mig buit i una nota damunt la taula.
Només deia:
«Tenies raó. Les
paraules fan mal.»
Ell va somriure,
satisfet, fins que va comprendre que ella s’havia endut totes les que encara
podien salvar-los.
Des d’aleshores, viu
envoltat d’un silenci perfecte.
I insuportable.
miércoles, 22 de julio de 2026
LA OLA INMÓVIL
Dicen
que estamos, en el hemisferio norte, en la tercera ola de calor.
Yo
no sé quién las cuenta.
Supongo
que habrá alguien en un despacho refrigerado, con una chaqueta colgada del
respaldo y una hoja de cálculo abierta. Cuando el termómetro supera los
cuarenta grados, pone una raya.
Primera
ola.
Segunda
ola.
Tercera
ola.
Como
quien lleva la cuenta de las cervezas que se ha tomado otro.
Lo
de «ola» me parece una expresión optimista. Una ola llega, rompe y se retira.
Te moja, te revuelca, te llena el bañador de arena y vuelve al mar. Tiene
principio y final.
Pero
este calor no.
Este
calor llegó a mediados de junio, dejó la maleta en el recibidor y preguntó cuál
era su habitación. Desde entonces ocupa el sofá, abre la nevera cada cinco
minutos y duerme con nosotros.
No
parece una ola.
Parece
un familiar que ha venido unos días y ya recibe correspondencia en casa.
La
temperatura tampoco se mueve. Treinta y tantos grados por la mañana. Treinta y
tantos por la tarde. Treinta y tantos por la noche. Una estabilidad que ya
quisieran para sí los matrimonios, los mercados y cualquier coalición
parlamentaria.
Enciendo
el ventilador y me lanza aire caliente. Lo acerco. Lo alejo. Lo giro hacia la
pared. Lo vuelvo a poner frente a mí. No refresca, pero hace ruido, y ese ruido
me permite creer que algo trabaja para solucionar el problema.
Como
el Consejo de Ministros.
El
Gobierno dice que la situación está controlada y anuncia un gran pacto
climático. En España, cuando un problema no tiene solución inmediata, se le
coloca delante la palabra «gran» y detrás la palabra «pacto».
Gran
Pacto por el Agua.
Gran
Pacto por la Energía.
Gran
Pacto por el Clima.
Después
se crea una comisión, se constituye una mesa y se encarga un informe que, seis
meses más tarde, confirma que hace calor porque han subido las temperaturas.
El
presidente comparece en mangas de camisa y asegura que nadie quedará atrás.
Eso
tranquiliza especialmente a quienes ya se han quedado atrás y no pueden pagar
el aire acondicionado.
El
PSOE afirma que avanzamos en la dirección correcta gracias a una transición
ecológica justa.
Debe
de ser una dirección muy larga.
Llevamos
años avanzando hacia ella, pero cada verano arden más bosques, falta más agua y
las noches tropicales ya son tan españolas como la tortilla de patatas, la
corrupción municipal y las obras que siempre duran dos legislaturas.
El
Partido Popular responde que el problema no es el calor, sino la mala gestión
del calor.
Con
un gobierno serio y moderado, los cuarenta grados serían treinta y ocho y
medio. Treinta y nueve como máximo en las comunidades gobernadas por ellos,
porque allí hasta el termómetro respeta la Constitución.
Feijóo
pedirá elecciones.
No
sé de qué forma unas elecciones generales conseguirán refrescar el ambiente,
pero tampoco sabía que servían para arreglar los trenes, llenar los embalses,
abaratar la vivienda y conseguir que los jóvenes tengan hijos. Por lo visto,
sirven para todo.
Vox
dirá que no existe ninguna ola de calor.
Lo
que existe es una ofensiva climática impulsada por la Agenda 2030 para
quitarnos el coche diésel, obligarnos a comer insectos y entregar nuestra
soberanía a una adolescente sueca.
Abascal
aparecerá a caballo, bajo un sol de justicia, para demostrar que los españoles
de bien no sudan.
Transpiran
patriotismo.
Después
propondrá derogar la Ley de Cambio Climático. Una medida eficaz porque, como
sabemos, cuando se deroga una ley desaparece aquello que regula.
Si
derogamos la ley de incendios, dejarán de arder los bosques.
Si
derogamos la ley de costas, bajará el nivel del mar.
Y si
derogamos el Código Penal, se acabará la delincuencia.
No
sé cómo no se nos había ocurrido antes.
Sumar
explicará que la ola debe abordarse con perspectiva de género, justicia social,
movilidad sostenible, fiscalidad verde y un grupo de trabajo plurinacional.
Probablemente
tengan razón.
Pero
cuando terminen de acordar el nombre del grupo, estaremos celebrando la Navidad
en bañador.
Podemos
propondrá nacionalizar el sol, crear una empresa pública de ventiladores y
gravar las piscinas privadas. Los propietarios de dos piscinas serán
considerados grandes tenedores de agua.
Junts
exigirá el traspaso integral de las competencias meteorológicas. Las nubes que
entren por los Pirineos deberán ser gestionadas por la Generalitat y una parte
de la lluvia recaudada no pasará por la caja común.
Esquerra
reclamará una república climáticamente sostenible.
No
sabemos si refrescará, pero será nuestra.
El
PNV, más práctico, negociará una temperatura propia para Euskadi a cambio de
apoyar los presupuestos. Conseguirá veintisiete grados, sombra por la tarde y
competencias exclusivas sobre el sirimiri.
Mientras
tanto, España estará tumbada en el sofá, en calzoncillos, abanicándose con la
factura de la luz.
Luego
vienen los consejos oficiales.
Hay
que beber agua, cerrar las persianas, usar ropa ligera, evitar las horas
centrales del día y permanecer en lugares frescos.
Todo
muy sensato.
El
problema es que las horas centrales empiezan a las nueve de la mañana y
terminan a las cuatro de la madrugada. Entre una franja y otra quedan cinco
horas para dormir, trabajar, ventilar la casa, pasear al perro y recuperar las
ganas de vivir.
También
recomiendan acudir a espacios climatizados.
Quien
tenga dinero puede encender el aire acondicionado.
Los
demás podemos refugiarnos en un centro comercial y fingir durante tres horas
que estamos comparando colchones.
Porque
el calor también entiende de clases sociales.
No
se soportan igual cuarenta grados en un chalet con piscina que en un cuarto
piso sin ascensor, orientación sur y unas ventanas que conservan el aislamiento
térmico de cuando Franco inauguraba pantanos.
Tampoco
es lo mismo soportarlo bajo una pérgola que asfaltando una carretera, limpiando
habitaciones, recogiendo fruta o repartiendo hamburguesas en bicicleta.
El
termómetro marca lo mismo para todos.
Como
la ley.
Luego
cada uno lo padece según su patrimonio.
Yo
recuerdo veranos calurosos. Recuerdo las ventanas abiertas, los colchones en el
suelo y los vasos de agua sobre la mesilla. Pero también recuerdo que, de
madrugada, entraba algo parecido al aire.
Ahora
abres la ventana y entra julio entero.
No
sé si estamos en la tercera ola. Tal vez sea la cuarta. O quizá seguimos en la
primera, que se ha negado a marcharse y cambia de nombre para que no reparemos
en su duración.
Porque
las olas pasan.
Esto
se está quedando.
Y
mientras el país hierve, el Gobierno convoca un pacto, el PP pide elecciones,
Vox deroga el termómetro, Sumar constituye una mesa, Podemos nacionaliza el
ventilador, Junts reclama las nubes y el PNV consigue que llueva en Bilbao.
Después
llegarán los incendios, las restricciones de agua, las cosechas perdidas y las
inundaciones.
Las
llamaremos «catástrofes naturales», como si la naturaleza hubiera actuado sola
y nosotros pasáramos casualmente por allí.
Se
guardará un minuto de silencio.
Se
prometerán ayudas.
Se
anunciará un plan urgente.
Y
cuando vuelva el calor, nos recomendarán beber agua, bajar las persianas y no
salir a la calle.
Entonces
comprenderemos que no estábamos atravesando una ola.
Estábamos
asistiendo, perfectamente informados, a nuestro propio naufragio.
Y en
el Congreso seguían discutiendo si el agua que entraba en el barco era
progresista, conservadora, española o catalana.
Finalmente
llegaron a un acuerdo.
Era
culpa del otro.
«El día que yo muera
quiero estar vivo.» (Luis Sánchez
Polack más conocido por “Tip” hubiese cumplido hoy 100 años pero estuvo
vivo hasta los 73. Esa frase podría parecer un disparate pero no lo es. Contiene
el deseo profundamente humano de contemplar incluso la propia desaparición)
Richard Davies vocalista de la banda Supertramp hubiese cumplido hoy 82 años. Dejó de soñar a los 81.
Quan
l’Arnau va deixar de somiar
Cada
matí, l’Arnau arribava tard a la fàbrica perquè s’entretenia imaginant què
podien arribar a ser les coses: una sirena, un ocell; una cadena de muntatge,
un riu; el cap de personal, una persona.
—Somia
menys i treballa més —li repetien.
Un
dilluns va obeir. No va imaginar res. La sirena només va cridar, la cadena va
engolir vuit hores i el cap continuà sent el cap.