EL PREMIO AL MEJOR “PADRÍ”

Mi
nieta tenía los pies metidos debajo de mi muslo cuando me hizo la pregunta.
—Padrí,
¿tú has ganado alguna vez un premio?
En
la televisión, un futbolista recogía el Balón de Oro. Llevaba un reloj que
asomaba por el puño de la camisa y parecía costar más que mi coche.
—Alguno.
—¿Cuál?
Pensé
en la placa de mi jubilación. Cuarenta y seis años trabajando en la misma
empresa y mi apellido mal escrito. La tenía en un cajón, debajo de las
instrucciones de una lavadora que ya habíamos cambiado.
—Una
placa. Del trabajo.
—¿Por
ser el mejor?
—Por
llegar a los sesenta y cinco sin morirme.
Me
miró.
—Padrí...
—Por
trabajar muchos años.
En
la pantalla aplaudían. El futbolista se acercó al micrófono.
—¿Y
no te han dado ninguno más?
—No,
que yo recuerde.
—¿Por
qué?
—Supongo
que no hice nada extraordinario.
Sacó
los pies de debajo de mi muslo y se sentó sobre ellos. A sus seis años,
todavía necesitaba cambiar de postura para pensar.
Después
me pidió que subiera el volumen.
Al
día siguiente apareció con una caja de zapatos forrada de papel dorado.
Reconocí el papel: habíamos envuelto con él el regalo de cumpleaños de su
madre. Quedaba un trozo de celo con una pelusa.
—Abre.
Dentro
había una medalla de cartón.
«AL
MEJOR PADRÍ DEL MUNDO».
Me
la puso antes de que pudiera decir nada. La cinta era tan corta que tuve que
quitarme las gafas para pasar la cabeza.
—¿Y
quién ha decidido que soy el mejor?
—Yo.
—¿Y
los demás abuelos?
Se
encogió de hombros.
—No
se han presentado.
Me
reí. Ella seguía ocupada en colocarme la medalla sobre el jersey.
—Ahora
tienes que decir unas palabras.
Me
levanté un poco del sofá.
—Muchas
gracias.
—Más.
—Estoy
muy contento.
Esperó.
—¿Ya?
—Es
mi primer premio importante. No tengo práctica.
Me
dejó sentarme.
Miré
la medalla. En el reverso se veía media galleta y la información nutricional de
los cereales. Tenía pegamento en los bordes. Pasé el pulgar por una esquina que
empezaba a despegarse y apreté un rato.
—¿Te
gusta?
—Mucho.
—Puedes
quitártela si te molesta.
A
los setenta años, la cinta me apretaba un poco el cuello.
No
me la quité en todo el día.
«Habla suavemente y lleva un gran garrote; llegarás lejos» (Theodore Roosevelt nacido el 27 de octubre de 1858 para ser presidente de los EEUU y, por ende, premio nobel de la paz en 1906; la frase deja clara cuál era el santo y seña de su política)
Hoy sin ningún motivo, o tal vez porque quiero que pienses en mi...
El coll de la camisa
Va venir a buscar els últims
llibres. Duia el coll de la camisa doblegat, com sempre.
—Vine.
Mentre l’hi arreglava, em va
tocar el canell.
—Penses en mi?
—Quan se m’espatlla alguna
cosa.
Va somriure. Vaig estar a punt
de dir-li que també quan em sortia bé l’arròs.
Va agafar la caixa.
—Et deixo les claus damunt…
—Ja ho sé.
Quan va marxar, vaig abaixar el
foc. N’havia tornat a fer per a dos.



