LA VIDA COMPLETADA
La
notificación apareció a las nueve y diecisiete de la mañana, justo después de
que Marta firmara la compra de la empresa que llevaba diez años intentando
adquirir.
ENHORABUENA,
MARTA. HA COMPLETADO USTED SU VIDA.
Debajo,
una barra verde ocupaba toda la pantalla.
Objetivos cumplidos:
47 de 47.
Progreso vital: 100 %.
Tiempo estimado restante: 30 años y 4 meses.
Marta
pensó que era una broma del departamento de informática. Miró alrededor. Nadie
parecía observarla. Al otro lado del cristal, los miembros del consejo
descorchaban una botella de champán y ensayaban las sonrisas con las que
aparecerían en la fotografía oficial.
Había
instalado la aplicación a los veintitrés años, cuando todavía se llamaba Mi
Futuro. Después cambió de nombre varias veces: LifePlan, Destino,
Ítaca y, finalmente, Tú decides. La empresa propietaria había
sido comprada por otra, después por un fondo de inversión y más tarde por una
compañía aseguradora, pero sus propósitos sobrevivieron a todas las fusiones.
Licenciarse
con buenas notas.
Conseguir
un trabajo estable.
No
depender económicamente de nadie.
Comprar
una vivienda antes de los treinta y cinco.
Tener
una hija.
Aprender
a tocar el piano.
Visitar
los cinco continentes.
Dejar
de fumar.
Perdonar
a su padre.
Separarse
de Andrés antes de que el cariño se convirtiera en rencor.
Presidir
una gran compañía antes de los cincuenta y cinco.
Los
había cumplido todos.
Algunos,
como dejar de fumar, le costaron tres intentos. Otros resultaron más fáciles de
lo previsto. Perdonó a su padre después de muerto, circunstancia que simplificó
bastante la conversación. En cuanto al piano, la aplicación consideró alcanzado
el objetivo cuando interpretó Para Elisa sin equivocarse más de cinco
veces.
El
último era aquel que acababa de tachar: presidir la compañía.
—Lo
has conseguido —le dijo su secretaria, entrando con una copa de champán—. Ya no
te queda nada.
Marta
miró el teléfono.
—Eso
parece.
Durante
la celebración recibió cuarenta y siete felicitaciones, tres abrazos sinceros y
diecinueve abrazos corporativos. Pronunció unas palabras sobre el esfuerzo, la
constancia y el trabajo en equipo. Los empleados aplaudieron. Los consejeros
sonrieron. El fotógrafo le pidió que levantara un poco más la copa.
Aquella
noche, al llegar a casa, la aplicación volvió a felicitarla.
No
tiene objetivos pendientes.
Marta
dejó el bolso sobre la mesa y abrió la nevera. Había media botella de champán,
dos yogures caducados y un recipiente con quinoa. Pensó en brindar consigo
misma, pero la idea le pareció excesivamente triste. Calentó la quinoa.
Después
intentó añadir un nuevo objetivo.
Ser
feliz.
La
aplicación tardó unos segundos en responder.
Objetivo
no cuantificable. Especifique indicadores verificables.
Probó
de nuevo.
Enamorarme.
Indique
fecha límite, duración estimada de la relación y grado de compromiso deseado.
Lo
borró.
A la
mañana siguiente llamó al servicio de asistencia.
—Es
normal experimentar una sensación de vacío después de completar la vida —le
explicó una voz extraordinariamente amable—. Disponemos de varios paquetes de
ampliación.
—¿Ampliación
de qué?
—De
vida.
Le
ofrecieron tres modalidades: Reinvención, Bienestar y Legado.
La primera incluía aprender un idioma, cambiar de profesión y trasladarse a
otro país. La segunda proponía meditar, eliminar el azúcar y alcanzar diez mil
pasos diarios. Legado, la más cara, permitía escribir unas memorias,
crear una fundación y plantar un árbol con una placa conmemorativa.
—¿Qué
elige? —preguntó la voz.
Marta
contrató Legado. Treinta años sin tareas le parecieron demasiados.
En
menos de dieciocho meses escribió un libro que redactó un periodista, creó una
fundación administrada por un sobrino y plantó un olivo en los jardines de la
empresa. Durante la ceremonia, un concejal pronunció mal su apellido y el árbol
se inclinó hacia un lado por culpa del viento.
La
aplicación volvió a mostrar la barra verde.
Progreso
vital: 100 %.
Marta
empezó a sospechar que había confundido vivir con cumplir los requisitos de una
subvención.
Abrió
el armario donde guardaba las fotografías de sus viajes. En una aparecía
delante del Taj Mahal; en otra, sobrevolando el Gran Cañón; en una tercera,
abrazada a una tortuga en las Galápagos. Recordaba haber estado en todos
aquellos lugares, pero no recordaba haberlos mirado. Durante los viajes había
dedicado buena parte del tiempo a comprobar itinerarios, subir imágenes y
registrar experiencias.
La
tortuga, en cambio, parecía haber aprovechado bien la mañana.
Un
domingo llamó a su hija.
—¿Ha
ocurrido algo? —preguntó ella.
—No.
—Entonces,
¿por qué me llamas?
Marta
iba a responder que una madre podía telefonear a su hija sin motivo, pero
revisó mentalmente sus últimas conversaciones. Siempre había llamado para
felicitarla, recordarle algo, organizar una comida o preguntarle por el
trabajo.
—No
quiero nada —dijo—. Solo hablar contigo.
Al
otro lado se hizo un silencio desconfiado.
Hablaron
durante casi dos horas. De cosas inútiles. De una vecina que paseaba un perro
con abrigo, de la alergia de la niña, de una receta que nunca les salía igual
que a la abuela. Su hija le contó que había pensado cambiar las cortinas del
salón y Marta la escuchó como si estuvieran decidiendo el destino del mundo.
Al
terminar, el teléfono vibró.
Actividad social
detectada.
Duración: 117 minutos.
Calidad estimada del vínculo: 82 %.
¿Desea fijar una frecuencia semanal?
Marta
desactivó la aplicación.
A la
mañana siguiente volvió a activarla. Le inquietaba no saber qué debía hacer. La
pantalla mostró de inmediato una advertencia:
Lleva
14 horas sin avanzar.
Ese
mismo día salió del despacho antes de las cinco. No tenía cita médica, reunión
ni compromiso. Su secretaria la miró con preocupación.
—¿Adónde
vas?
Marta
estuvo a punto de inventar una excusa.
—No
lo sé.
Caminó
sin rumbo hasta una cafetería en la que nunca había estado. Se sentó junto a la
ventana. El camarero le entregó la carta.
—¿Qué
desea?
La
pregunta la incomodó. Durante años había sabido qué convenía, qué tocaba, qué
faltaba y qué debía conseguir después. Pero nadie le había preguntado qué
deseaba sin ofrecerle, al mismo tiempo, una casilla donde anotarlo.
Dejó
el teléfono boca abajo.
—Todavía
no lo sé.
El
camarero se alejó sin exigirle una fecha límite.
Marta
miró a la gente pasar, el reflejo del sol en los cristales y una servilleta que
alguien había dejado arrugada sobre la mesa. El teléfono vibró varias veces. La
aplicación quería saber si se encontraba bien, si necesitaba ayuda o si deseaba
contratar un nuevo plan.
No
lo tocó.
Todavía
le quedaban treinta años y cuatro meses.
Por
primera vez, no tuvo prisa en aprovecharlos.
«No hay soledad
comparable a la que pesa sobre el corazón en medio de rostros interminables,
sin una voz ni una palabra dirigida a nosotros.» (Thomas de Quincey como buen
escritor romántico, lo hizo sobre la soledad. Con la frase exageró: seguro que
la administración de hacienda británica se dirigió a él alguna vez. Nació el 15
agosto de 1785)
Y aunque la canción del vídeo es de la banda Opus, Live is Life la interpretó de maravilla Diego Armando Maradona.
El
ball que faltava
Cada
agost, en Miquel treia la Teresa a ballar quan sonava aquella cançó. No sabia
anglès, però cridava el na-na-na com si n’hagués escrit la lletra.
Aquell
any, ella arribà sola a la festa major. En sentir els primers acords, deixà la
bossa damunt d’una cadira i estengué els braços davant del buit.
—Vinga,
que comença.
Els
joves van riure. Després, sense saber per què, tota la plaça cantà amb ella.
En
acabar, la Teresa recollí la bossa.
—Ja
ho veus, Miquel. Encara no saben que ballaven amb tu.




