sábado, 21 de marzo de 2026

 

EL HOMBRE QUE CENABA DESPACIO


Entró en el restaurante con esa clase de calma que en un hombre de más de cincuenta años ya no es timidez ni educación: es oficio. No miró a nadie de inmediato. Se quitó el abrigo, se lo entregó al camarero, recorrió la sala con una lentitud cortés y solo entonces la vio. O, mejor dicho, dejó que pareciera que la veía en ese momento.

Ella estaba sola, junto al cristal, con una copa de vino y esa expresión de las mujeres que han aprendido a cenar sin pedirle compañía al mundo.

Él se acercó.

—Qué mala suerte la mía —dijo—. Venir a cenar tranquilo y encontrarte aquí.

Ella lo miró de arriba abajo. Sin prisa. Como quien revisa una prenda cara y no acaba de decidir si merece el precio.

—A tu edad, la mala suerte ya no entra tan bien vestida.

Él sonrió. Ahí estaba lo suyo: no entraba a matar. Rodeaba. Medía. Esperaba. Tenía una elegancia seca, un encanto sin aspavientos, una voz grave que no buscaba impresionar y por eso impresionaba más. No era un hombre cálido a primera vista. Era un hombre interesante, que es una forma más lenta y a veces más peligrosa de la seducción.

—¿Puedo sentarme?

—Ya te has sentado medio segundo antes de preguntarlo.

—Entonces aún conservo reflejos.

—Y descaro.

—El descaro bien llevado es casi una virtud.

Ella señaló la carta.

—Depende del animal.

Él pidió un vino mejor del que ella estaba bebiendo. No por exhibición, sino por costumbre. Como esos depredadores elegantes que nunca corren si pueden acercarse andando. Habló poco al principio. Le preguntó por su trabajo, por un viaje, por una cicatriz pequeña que asomaba junto a su muñeca izquierda. Escuchaba con una atención casi insolente. No interrumpía. No se justificaba. No llenaba los huecos por miedo. De vez en cuando sonreía de lado, como si supiera algo del deseo que los demás todavía no habían aprendido.

Ese era su atractivo. Y también su defecto.

Porque la misma calma que seducía podía parecer cálculo. La misma seguridad que protegía también aislaba. Había en él algo de hombre que ha dormido demasiados años consigo mismo y se ha acostumbrado a no compartir del todo la intemperie. Alguien que sabe acercarse, rozar, tentar, pero mantiene a salvo una parte esencial de su hambre.

—Tú estás muy entrenado —dijo ella, llevándose la copa a los labios.

—¿En qué?

—En gustar sin exponerte.

Él sostuvo la mirada. No la esquivó. Tampoco se precipitó a desmentirla.

—Y tú estás muy entrenada en notarlo.

—Es la edad.

—No. Es la puntería.

Ella sonrió, pese a sí misma. Él la había hecho reír y eso, a ciertas alturas de la vida, cotiza más que unos abdominales y bastante más que un poema malo.

Llegó el plato principal. Compartieron un trozo de lubina, un silencio cómodo, el aroma de mantequilla y limón, la luz ámbar sobre el mantel. Él cortaba despacio. Bebía despacio. Miraba despacio. Como si entendiera que la prisa es una ordinariez de principiantes. En un momento dado, le rozó los dedos al apartar su copa. Nada teatral. Apenas un contacto. Pero lo hizo con una precisión que no tenía nada de inocente.

Ella retiró la mano un segundo tarde.

Él lo notó. Claro que lo notó.

—Perdona —dijo, sin parecer arrepentido.

—No te creo nada.

—No era para que me creyeras.

Y ahí estuvo a punto de perderlo todo, porque a veces el leopardo se delata en el brillo de los ojos. Esa autosuficiencia leve, ese placer por el juego, esa convicción masculina, un poco irritante, de que el cuerpo del otro acabará aceptando lo que la inteligencia se discute.

Ella dejó los cubiertos.

—No te confundas —dijo—. Que me guste cenar contigo no significa que ya hayas cruzado la selva.

Él bajó la vista un instante. Sonrió. Pero esta vez la sonrisa tenía algo menos de triunfo y algo más de verdad.

—Lo sé.

—No lo parecía.

—A veces uno también tropieza con su personaje.

La frase la desarmó un poco. Porque debajo del hombre preciso, del cazador elegante, del animal hermoso que sabía esperar oculto entre la conversación y el vino, apareció de pronto algo más tierno: el cansancio. La edad. La sospecha de que quizá el deseo ya no consistía en conquistar nada, sino en encontrar a alguien ante quien no hiciera falta fingir tanto control.

Ella alargó la mano y le rozó la muñeca.

—Ahora estás mejor.

—¿Más dócil?

—Más humano.

Él soltó una risa baja.

—Qué palabra tan ofensiva.

—Y tan merecida.

Siguieron cenando. Afuera, la ciudad se lamía sus luces. Dentro, él conservaba intactas sus cualidades: la belleza contenida, la paciencia, la atención, el magnetismo de lo sigiloso. Y también sus defectos: la distancia, el orgullo, esa costumbre de subir sus afectos a una rama alta para que nadie los tocara.

Pero aquella noche, por una vez, no pareció un hombre dispuesto a cazar.

Pareció un hombre que, después de mucho acecho, empezaba a tener ganas de bajar del árbol.

«Lo que vivimos está por encima de las palabras.» (Youssef Rzouga es el autor de la frase y al que hoy podemos felicitar en su 69 cumpleaños. Estoy muy de acuerdo con su apreciación: a veces no hay palabras para describir la vida en sus maravillas y sus horrores)

Chris Isaak nos advierte en su canción del vídeo de los juegos perversos; no obstante visto lo visto en el vídeo, tal vez merezca la pena arriesgarse un poco... o mucho.

La trampa més dolça

Vaig obrir-te la porta com qui obre una finestra en ple hivern: sabent que entraria el fred i, tot i així, necessitant-lo. Duies aquell somriure cansat de qui ja ha fet mal abans i encara en conserva l’ofici. Em vas dir “només una copa”, i jo vaig sentir com les cadires, la llum i fins i tot el rellotge s’apartaven per deixar-nos passar. Després va venir el petó, aquella manera tan elegant de començar una ruïna. L’endemà, casa meva feia olor de tu i de derrota. Vaig pensar: quin joc més miserable. I quines ganes de perdre.



viernes, 20 de marzo de 2026

 

LA ALTURA DEL DESEO


Ella entró en el bar con esa clase de presencia que no pide sitio: lo ocupa sin violencia. Alta, seca, elegante. El cuello largo, la espalda recta, los ojos lejos. Más de cincuenta años y ya sin ganas de parecer más joven, que es una esclavitud muy cutre. Llevaba un vestido oscuro, sencillo, y una forma de mirar que parecía venir de bastante más arriba que el resto.

Él la vio y sonrió con esa mezcla de hambre y educación que algunos hombres confunden con encanto.

—¿Te puedo invitar a una copa? —preguntó, acercándose con prudencia de cazador civilizado.

Ella lo miró un segundo. Luego otro. Como si antes de responder quisiera comprobar si valía la pena agachar un poco el mundo.

—Puedes —dijo—. Otra cosa es que debas.

Él soltó una risa breve, complacida. No entendió que aquello era una advertencia y no una coquetería.

Se sentaron junto a la ventana. Afuera, la ciudad hacía su ruido de cubiertos, motores y gente que vuelve sola a casa. Dentro, ella sostenía la copa con dos dedos y lo escuchaba inclinarse hacia ella, hablar de viajes, de libros, de una hija que vivía en Berlín, de su reciente entusiasmo por cocinar. Hablaba bien. Demasiado bien. Como esos hombres que han confundido la conversación con una entrevista de trabajo.

—Hablas mucho —dijo ella.

—Cuando me pongo nervioso, sí.

—Pues procura no ponerte tanto. Las palabras, cuando sobran, huelen.

Él volvió a reír. Esta vez menos seguro.

Ella tenía eso: una ternura rara, con filo. No humillaba. Podía haberlo hecho. Simplemente marcaba distancia. Miraba por encima de las cosas, como si llevara años viendo venir la decepción desde mucho antes de que se presentara. Ese era su don y su condena. Detectaba el peligro, sí; pero también sospechaba del milagro. Se acercaba con gracia y se retiraba con la misma. Como si una parte de ella quisiera beber y otra recordara siempre el barro.

—¿Siempre estás tan a la defensiva? —preguntó él.

Ella giró la cabeza despacio. El gesto fue hermoso y un poco triste.

—No. A veces estoy cansada. Que parece lo mismo, pero no lo es.

Él bajó la mirada. Por primera vez dejó de interpretarse a sí mismo.

—Perdona. No quería hacerme el interesante.

—Ya —dijo ella, suave—. Pero te estaba saliendo.

Entonces él calló. Y en ese silencio, por fin, pasó algo. Ella lo observó como observan algunos animales nobles cuando el ruido cesa y el mundo deja de presumir. Le vio la torpeza, la vanidad pequeña, las ganas sinceras de gustar, la soledad mal peinada. Y algo en todo aquello, tan poco heroico, le enterneció.

Le rozó la muñeca.

—Ahora mejor —murmuró.

Él alzó los ojos.

—¿Mejor yo o mejor el silencio?

Ella sonrió.

—No seas ambicioso.

La punta de sus dedos siguió allí un instante más. Tibios. Leves. Suficientes. Había seducción en aquella caricia, sí, pero no entrega. Ella no descendía del todo. Nunca del todo. Conservaba la altura, la vigilancia, esa forma suya de querer sin dejar de mirar alrededor. Como si la vida le hubiera enseñado que el deseo puede ser hermoso y ridículo a la vez, y que conviene no olvidar ninguna de las dos cosas.

—¿En qué piensas? —preguntó él.

—En que los hombres sois muy graciosos.

—Eso no parece buena señal.

—No lo es. Pero tampoco mala.

Y lo sostuvo con la mirada. Desde arriba, sí. Desde muy arriba. No por soberbia, sino por naturaleza. Como quien ha nacido para ver antes, más lejos, mejor… y también para tardar más en bajar la cabeza hasta el corazón de otro.

«La humanidad se enfrenta hoy a una amenaza sin precedentes de autoextinción, derivada de la acumulación masiva y competitiva de las armas más destructivas jamás producidas.» (Alfonso García Robles nacido el 20 de marzo de 1911 es el autor de la frase y no se aleja mucho de la realidad actual a pesar de que murió en 1991. Antes, en 1982, le concedieron el Nobel de la paz)

Etta James cantó la versión más icónica de "At last" (¡Por fín!) que popularizó una tal Glen Miller allá por 1942.


Quan el cos, per fi, es rendeix

Ella va entrar tard, amb aquella calma de qui ja ha plorat prou.
Ell es va aixecar, maldestre.

—Pensava que no vindries.
—Jo també.

Van riure poc, però amb veritat. A fora, la nit feia olor de pluja vella. A dins, les mans d’ell tremolaven com si també haguessin esperat una vida sencera.

Ella li va tocar la galta.

—Ara no corris.
—Ja no sé córrer.
—Millor. Jo tampoc.

I, per fi, ningú no va haver de fingir joventut per desitjar-se.

martes, 17 de marzo de 2026

 

TANZANIA EN HORARIO DE OFICINA


Javier volvió de vacaciones con más energía, más color y bastante menos vergüenza.

Es admirable lo que algunas personas pueden hacer en dos semanas de descanso: no descansar, exactamente, sino empeorar. Javier se fue siendo un pesado local y ha regresado como un pesado internacional, con acreditación moral de la sabana y un repertorio de estampitas africanas dispuesto a colonizar la mañana entera de oficina.


Mientras los demás seguíamos aquí, fichando, tragando café malo y soportando en directo el festival de amenazas, misiles, comunicados y postureo sangriento entre Estados Unidos, Israel e Irán, Javier estaba en Tanzania. Viendo elefantes, fotografiando jirafas y encontrándose a sí mismo, que es una actividad muy bonita cuando no la pagas con la paciencia ajena.

Ha dedicado toda la mañana a hablarnos del viaje con ese entusiasmo del converso, con esa alegría ofensiva de quien vuelve convencido de haber rozado una verdad superior porque ha dormido dos noches oyendo bichos y ha visto una puesta de sol con nombre en suajili. Que si el Serengeti. Que si Ngorongoro. Que si “la gente allí tiene otra conexión con la vida”. Nosotros, mientras tanto, intentando mantener la nuestra con la nómina, la pantalla y el parte de guerra.


Luego, claro, llega su defensa favorita, esa coartada de miserable con barniz de inocencia:

—Bueno, pero si tú me has preguntado por el viaje...

Sí, Javier. Igual que uno pregunta “qué tal” al vecino en el ascensor sin esperar una tesis doctoral, un documental de fauna salvaje y una humillación comparativa por capítulos. Si de verdad no quisiera restregárnoslo, contestaría con un “bien” y seguiría andando. Pero no. Javier no contesta: administra su felicidad como una agresión pasiva.

Hay gente que vuelve de vacaciones descansada. Javier ha vuelto crecido, que es peor. Más tostado, más expansivo, más espiritual y más hijo de puta. Como si Tanzania, en lugar de cambiarle la vida, le hubiera confirmado que ya era exactamente el tipo de persona que podía permitirse contárnosla.

«Haraka haraka haina baraka.» (Proverbio del archipiélago de Zanzíbar que traducido del suajili quiere decir: “La prisa no trae bendición”. En Zanzíbar el tiempo tiene otro ritmo. Este proverbio es casi una filosofía de vida: quien va demasiado rápido suele equivocarse… o perderse lo importante)

Freddie Mercury como podéis ver en la última foto, era natural de Zanzíbar y en esa casa -hoy museo dedicado a él- vivió con su "mamá y su papá" unos años. A su madre le dedicó una de las mejores canciones que conozco: Bohemian Rhapsody.

Judici al lavabo

Es va tancar al lavabo del bar com qui entra a un confessionari de saldo. Duia rimel als dits, sang a la memòria i una mare que encara li planxava la culpa. Al mirall hi comparegueren tots: el nen obedient, l’amant covard, el farsant que somreia a taula. Va voler demanar perdó, després absolució, després una mica de teatre.

A fora, la ciutat continuava cobrant cafès i venjant misèries. Quan va obrir la porta, ja no sabia si havia matat algú, si l’havien matat a ell o si tot plegat era la mateixa òpera amb distinta factura.


lunes, 16 de marzo de 2026

 

LOS REYES DEL ATASCO



La leona se tumbó detrás del todoterreno con una calma que ningún ministro ha conocido jamás. Ni rugió, ni avisó, ni pidió paso. Simplemente se echó allí, en mitad del barro seco y la hierba encendida, como quien firma una ley antigua: hoy el camino es mío.


Dentro de los coches, los humanos hacían lo de siempre: mirar, callar, fotografiar, fingir que entendían algo. Les temblaba la emoción en las manos y llamaban aventura a quedarse quietos mientras una reina descansaba a dos metros de su miedo.

Más allá, entre la hierba alta, un cachorro miraba el mundo con esa mezcla de hambre y torpeza con la que empieza todo lo importante. Un poco después, otro se subía a un tronco muerto para ensayar la altura, como si la infancia consistiera precisamente en eso: jugar a ser invencible sobre las ruinas de algo.


Y entonces apareció él. El macho. Lento. Soberbio. Sin prisa. Caminaba como si el paisaje se hubiera construido para acompañarlo. No necesitaba correr. La autoridad de verdad nunca corre. Ya bastante hacen los demás apartándose.


Aquella tarde entendí algo incómodo: en la sabana no manda el más cruel, sino el que no discute su lugar. Nosotros, en cambio, llenamos el mundo de cláxones, fronteras, discursos y currículums para mendigar una importancia que un león resuelve con un paso, una sombra y un silencio.



Volvimos al campamento hablando bajito, como se sale de una iglesia.

Ellos no habían hecho nada extraordinario.

Los extraordinarios, otra vez, éramos nosotros por seguir vivos y llamarlo normal.

«Un jefe no discute su posición; si lo hace, acabará perdiéndola.» (Proverbio africano)


domingo, 15 de marzo de 2026

 

LO QUE ÁFRICA DEJA DENTRO


Hay lugares que no se visitan: te atraviesan.

Primero fue el árbol seco, levantando sus brazos negros contra el cielo, como si todavía discutiera con Dios después de siglos de intemperie. Luego el camino roto, lleno de agua y barro, ese idioma de la tierra cuando quiere decirte que pasar no es gratis, que toda belleza exige una pequeña derrota de los zapatos, del miedo o de la comodidad. Después llegaron los elefantes, inmensos y serios, avanzando con su lentitud de catedrales vivas; las jirafas, en cambio, parecían dos pensamientos enamorados inclinándose el uno hacia el otro; y los hombres masáis, envueltos en color, quietos como si conocieran un secreto antiguo que nosotros, con nuestras prisas y nuestras cámaras, ya no sabremos descifrar nunca.

El río, visto desde arriba, no corría: recordaba. Se retorcía por la llanura como una cicatriz brillante, como una frase escrita por alguien que supo amar el mundo sin necesidad de poseerlo. Y al entrar en el Serengeti, entre polvo, nubes y coches diminutos, uno comprendía algo incómodo y hermoso: que la inmensidad no está hecha para acogerte, sino para colocarte en tu sitio.

Y luego el baobab. Su vientre abierto. Su sombra. Yo solo dentro, sonriendo. Pero no estaba solo. Me acompañaban todos los paisajes que ya se le habían metido en la sangre. Porque hay viajes que no terminan cuando deshaces la maleta. Terminan mucho después, una tarde cualquiera, cuando descubres que miras el cielo de tu ciudad y lo notas demasiado bajo, demasiado domesticado, demasiado obediente.

Entonces entiendes la verdad: no volviste igual.

Volvió tu cuerpo. Lo demás se quedó allí, pastando entre nubes, barro, árboles y silencio.











«Quien entra en la sabana mirando animales, sale viéndose a sí mismo.» (Proverbio africano)