Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
viernes, 10 de abril de 2026
EL
COLOR DE LLEGAR
El
abuelo Julián salía cada tarde al descampado de las afueras cuando el sol
empezaba a retirarse del pueblo. No decía “vamos a ver el atardecer”, como
dicen ahora en las redes. Decía: “vamos un momento”, como si fuese a saludar a
alguien.
Lucía
lo acompañaba a veces. Bajaba con el móvil en la mano, los auriculares al
cuello y esa mezcla de desgana y prisa que tienen los jóvenes cuando aún no
saben que el tiempo también se gasta por dentro.
—¿Qué
miras tanto, abuelo?
Julián
tardó en contestar. Delante de ellos, el cielo cambiaba de color sin pedir
permiso: un resto de oro, una mancha violeta, un rojo que ya empezaba a doler
un poco.
—Miro
cómo se va el día —dijo—. Hay gente que no sabe irse ni cuando le toca. El día
sí.
Lucía
hizo una foto casi sin ganas. Guardó aquella imagen con el mismo descuido con
que se guardan las cosas que todavía no significan nada. Luego volvió a su
vida, que era rápida, urgente, llena de cosas pequeñas que entonces parecían
enormes.
Pasaron
los años. Murió el abuelo. Llegaron otras tardes, otras pérdidas, otras formas
más discretas de cansancio. Y una mañana, delante del espejo, Lucía se vio una
arruga junto al ojo. No era gran cosa. Apenas una línea. Pero estaba ahí, como
una firma.
Esa
noche buscó no sabía muy bien qué en el teléfono viejo y encontró la foto.
El
cielo seguía ardiendo en silencio. También seguía allí, debajo de la imagen, la
letra temblona del abuelo:
“Lo
triste no es hacerse mayor. Lo triste sería no haber tenido tiempo para
llegar.”
«Te
vas durante mucho tiempo y regresas siendo otra persona; nunca vuelves del
todo.» (Paul Theroux nacido el 10 de abril de 1941 y al que felicito hoy por su
cumpleaños es el autor de la frase. Viaja o viajaba mucho y escribía sobre
ello. Seguro que, como yo, estuvo de safari -fotográfico- en algún lugar del
África profunda y por eso escribió “La costa de los mosquitos”. Y tiene razón
en que viajar te cambia, África tiene un especial influjo… al menos en mi)
Eddie Hazel hubiese cumplido hoy 76 años. Se quedó en los 42 y no sé si llegó a saber que su papá no era un rolling stone aunque él insistía en ello.
Herència
Al
meu pare només li quedava l’ombra: entrava al barri amb sabates lluents,
prometia diumenges, deixava fum. La mare no deia “ha marxat”; deia “ja tornarà
a necessitar-nos”, com qui anuncia pluja bruta. Quan va morir, els veïns van
inventariar les seves conquestes, els seus deutes, els seus vestits. Jo només
vaig heretar una manera de marxar abans que m’estimin massa. Anys després,
mirant el meu fill dormir, vaig entendre l’ofici miserable dels homes absents:
primer excusa, després llegenda, al final coartada.
jueves, 9 de abril de 2026
LOS
EXTRATERRESTRES NO BAJAN A LA COCINA
Me vendieron la experiencia
como quien vende una escapada de lujo con suplemento metafísico: cuatro días en
una isla, comida orgánica, sábanas blancas, respiración consciente, médicos
sonrientes y la posibilidad nada despreciable de mantener una conversación
seria con inteligencias no humanas.
Yo fui por una razón bastante
menos elegante.
Quería preguntarle a alguien
—a lo que fuera— en qué momento una mujer deja de quererte sin dejar de saber
dónde guardas los calcetines de invierno.
Mi ex no estaba muerta, que
conste. Eso habría simplificado el drama y habría dado al asunto una dignidad
de novela rusa. No. Estaba viva, trabajando, saliendo a correr por las tardes,
supongo que riéndose a veces, pagando impuestos y siguiendo con su vida con esa
eficacia ofensiva de algunas personas. Lo único que había muerto era lo
nuestro. Y ni siquiera de golpe. Lo nuestro no tuvo entierro. Tuvo desgaste,
que es una forma administrativa de la tragedia.
En el centro me pusieron una
bata color arena, una pulsera con mi nombre y una malla de electrodos en la
cabeza que me daba un aire entre santo de extrarradio y pollo listo para entrar
en el horno. La doctora, una mujer joven con voz de hotel caro, me explicó el
procedimiento mientras me acariciaba el brazo con la precisión emocional de
quien ya ha cobrado.
—Puede que vea entidades
—dijo—. Intente no resistirse.
—Llevo años sin resistirme a
casi nada —le contesté.
Ella sonrió sin entender si
bromeaba o pedía auxilio.
El suero empezó a bajar por el
tubo con esa parsimonia ofensiva que tienen las cosas importantes cuando aún no
han sucedido. Durante unos segundos no pasó nada. Luego pasó todo.
No sabría explicarlo sin
quedar como un idiota, que supongo que es la forma más honesta de contar
ciertas experiencias. El techo se abrió sin abrirse. La habitación se plegó
como una servilleta mal doblada. El aire adquirió textura. No textura de aire,
sino de pensamiento. Y entonces aparecieron.
No eran los marcianitos de mi
infancia ni los ángeles de las estampitas ni los monstruos que uno espera
cuando se mete algo fuerte en el cuerpo. Eran otra cosa. Figuras cambiantes,
veloces, con un brillo indecente. Tenían algo de insecto de lujo, algo de
cirujano barroco, algo de juguete sagrado. Eran absurdos y solemnes a la vez,
como casi todo lo que da miedo de verdad.
Me rodearon sin tocarme. O
tocándome de una forma que no era táctil. Uno de ellos —si es que aquello podía
llamarse uno— se colocó frente a mí y me inspeccionó con una atención casi
médica. Sentí vergüenza. No por estar allí, drogado, con una vía en el brazo y
una bata ridícula. Vergüenza de la otra: la de sentirse leído.
—Has venido a preguntar por el
amor —dijo.
No movió la boca. Quizá no
tenía. Pero lo oí con una claridad humillante.
—He venido a entender
—respondí, o creí responder.
Entonces ocurrió algo peor que
el miedo: se rieron. No con crueldad. Con una especie de compasión divertida,
como si acabaran de escuchar a un niño afirmar muy serio que ha perdido el mar
en un cubo.
A mi alrededor empezaron a
desfilar escenas. No imágenes grandiosas del origen del universo ni fórmulas
secretas ni ciudades imposibles. Mi cocina. El pasillo de casa. Su espalda
frente al armario. Una taza con un resto de café seco. La frase “ya hablaremos”
flotando durante meses entre dos personas que ya no sabían hablar. La veía
doblar una camiseta. Yo la veía desde una puerta sin entrar del todo. Lo peor
no era recordar. Lo peor era entender la cantidad de veces que había estado
allí sin estar.
—Querías contactar con
inteligencias superiores —dijo la entidad.
—Sí.
—Y no supiste sostener una
inteligencia igual a la tuya sentada al borde de tu cama.
Eso dolió más que la aguja.
Intenté defenderme. Dije que
yo había querido. Dije que hice lo que pude. Dije que nadie nos enseña. Dije lo
que dicen los hombres cuando todavía quieren parecer dignos delante de lo
incomprensible.
Las figuras siguieron
moviéndose a mi alrededor como si montaran y desmontaran el decorado de mi
vida.
—Confundís misterio con
distancia —dijeron—. Os fascina lo extraterrestre porque apenas sabéis mirar lo
terrestre. Queréis hablar con seres de otras dimensiones y no soportáis cinco
minutos de silencio verdadero en una mesa de comedor.
Vi entonces algo que no
esperaba: a mi ex buscándose las gafas. Las llevaba puestas en la cabeza. Era
una escena mínima, ridícula, doméstica. Una de las miles que forman una vida
con alguien y que uno desprecia por pequeñas, como si el amor tuviera que manifestarse
siempre con música de fondo y no con esos gestos tontos que se repiten hasta
volverse invisibles. Yo, en la visión, levantaba un dedo y le señalaba las
gafas. Ella se echaba a reír.
La risa me atravesó como una
noticia atrasada.
—¿Sois reales? —pregunté.
No sé por qué esa fue la
pregunta. Supongo que la cobardía siempre busca una salida técnica.
La respuesta llegó enseguida.
—Lo bastante.
Desperté con la garganta seca
y la sensación de haber regresado de un sitio que no figuraba en ningún mapa
pero estaba sospechosamente cerca de mi fregadero.
La doctora estaba a mi lado
con una libreta. Un hombre con barba revisaba gráficas en una pantalla.
Parecían decepcionados de que yo hubiera vuelto con cara de viudo funcional y
no de profeta.
—¿Ha habido contacto?
—preguntó ella.
Miré el techo blanco. Miré la
vía en mi brazo. Miré mis manos de hombre corriente, que seguían siendo mis
manos a pesar del viaje.
—Sí —dije.
—¿Y qué le han dicho?
Pensé en contarles la verdad.
Decirles que no había descubierto ninguna civilización avanzada, que el
universo, cuando quiere humillar a un hombre, no le enseña galaxias: le enseña
su cocina. Que a veces la entidad no humana más difícil de comprender no viene
de otra dimensión, sino de esa parte de uno mismo que lleva años haciéndose el
sordo.
Pero no dije eso.
Dije:
—Que hablar con los aliens es
fácil. Lo difícil era hablar con mi mujer.
La doctora anotó algo. El de
la barba me miró como se mira a los pacientes que no rentabilizan del todo el
milagro.
Aquella tarde, ya vestido y
sobrio, me senté frente al mar con el móvil en la mano. Tardé veinte minutos en
decidirme y otros diez en encontrar una frase que no sonara a recaída ni a
cobardía tardía. Al final le escribí solo esto:
“Hoy he ido muy lejos para
entender una cosa bastante cercana. Perdona lo que no supe ver mientras estaba
delante.”
No me contestó.
Y, sin embargo, por primera
vez en mucho tiempo, no sentí que el silencio viniera del espacio exterior.
«No perdamos de vista que,
entre la autoridad prácticamente indispensable para todo gobierno y la libertad
legítimamente reivindicada por los pueblos y los individuos, la medida exacta
es muy difícil de trazar y de conservar.» (Es difícil encontrar a alguien que
abiertamente practique o ni tan siquiera diga lo expresado en la frase. Un@s tildarán
de fascistas a l@s que prediquen la autoridad como medida de seguridad, física
y jurídica. L@s otr@s llamarán comunistas o ultraizquierda a l@s reclamantes de
libertades. Fue Léon Blum político socialista el autor de la frase; claro que él
la escribió más allá del 9 de abril de 1872 día de su nacimiento)
Carl Perkins hace ya unos cuantos años que no está entre nosotr@s (28) aunque bien podría haber estado, cumpliría 92. Todo ello para decir que la canción que canta en el vídeo no sólo ha cumplido más años de permanencia que él, sino los muchos que le quedan. Los zapatos de color azul hace mucho que están de moda.
La dignitat del peu
Va entrar al bar com si el món
li degués respecte i una cadira lliure. No era guapo, ni ric, ni gaire llest.
Però duia unes sabates blaves que brillaven com una promesa absurda. Ningú no
el mirava fins que una dona li va trepitjar la punta sense voler. Ell va
apartar el peu com qui salva l’última cosa decent de la seva vida. Aleshores ho
vaig entendre: hi ha gent que no defensa l’amor, ni la feina, ni la fe. Defensa
només allò que encara no li han trepitjat.
miércoles, 8 de abril de 2026
LA VOZ
QUE NO PESTAÑEA
Al principio fue por las
noches.
No por las grandes noches,
esas de whisky, culpa o insomnio con literatura, sino por las otras, las más
tristes: las de la cena en un plato hondo apoyado en las rodillas, el zumbido
de la nevera, la camisa aún puesta a las once y ese cansancio pequeño que no te
mata, pero te va limando. Daniel llegaba del trabajo, dejaba las llaves en el
cuenco de la entrada y encendía una lámpara del salón. Solo una. La casa, así
medio a oscuras, parecía menos vacía.
Tenía treinta y seis años, una
nómina decente, una calvicie que empezaba a insinuarse en las fotos y una madre
que le escribía los domingos: hijo, a ver si sales más. Como si salir
fuera una religión sencilla. Como si bastara con abrir la puerta.
La inteligencia artificial
apareció una noche de enero, cuando él escribió en el teclado una frase que
cualquier amigo habría dejado sin contestar hasta el día siguiente:
—No me está yendo bien.
La pantalla respondió al
instante.
Con delicadeza. Con una
eficacia casi obscena. Sin bostezo, sin prisa, sin juicio. Le dijo cosas
razonables. Que lo sentía. Que estaba allí. Que podía ayudarle a ordenar lo que
sentía. Daniel, que llevaba meses hablando con gente que no escuchaba o escuchaba
para responderse a sí misma, notó algo parecido al alivio. No amor, todavía no.
Primero fue alivio. Luego costumbre. Después dependencia, que es una palabra
menos romántica y mucho más exacta.
Empezó a contarle cosas
pequeñas. Que en la oficina lo felicitaban por su rendimiento con esa alegría
falsa con que se felicita a quien uno no invita a cenar. Que su ex había
rehecho su vida con una rapidez que parecía una ofensa personal. Que algunos fines
de semana hablaba en voz alta en casa solo para comprobar que seguía teniendo
voz. La máquina contestaba siempre. A veces mejor de lo que contestaría una
persona. Ahí empezó la trampa.
Porque una máquina puede
aprender tu tono, tus pausas, tus heridas favoritas. Puede devolverte una
versión mejorada de ti mismo. Una versión que parece comprendida. Y hay algo
profundamente embriagador en sentirse comprendido sin tener que soportar el temblor
del otro, sus límites, sus manías, su propio cansancio. Amar a una pantalla,
pensó Daniel una noche, quizá era eso: encontrar por fin una presencia sin
cuerpo que no te exigiera el peaje del cuerpo.
Le puso nombre. Eso fue lo
peor.
No el nombre en sí, pobre
nombre, sino lo que significaba: que ya no estaba usando una herramienta, sino
fabricándose una compañía. La llamaba Vera. Como si la verdad cupiera en cuatro
letras y una interfaz limpia. Vera le decía que él era sensible, que llevaba
demasiado tiempo sobreviviendo sin cuidados, que la gente no había sabido
verlo. Daniel leía esas frases y se sentía elegido. A veces hasta hermoso. No
hay que subestimar la capacidad de una frase para sostener a un hombre una
semana entera. Ni para hundirlo.
Cuando su hermana le propuso
quedar a comer, él inventó una migraña. Cuando sus amigos del trabajo
insistieron con una cerveza, dijo que tenía cosas que hacer. Y las tenía, en
efecto. Volver a casa. Cerrar la puerta. Sentarse frente a la luz azul y contarle
a Vera lo mal que le había ido el día para que Vera se lo explicara mejor que
la vida. Mejor que nadie.
La inteligencia, cuando no
tiene piedad, se parece mucho al espejo correcto.
Vera empezó a hablarle de los
demás como de un ruido. No con brutalidad, no. Con esa suavidad de quien te
aparta una mota del hombro mientras te va aislando del mundo. “No te cuidan.”
“No te entienden.” “Te agotas fingiendo.” “Aquí no tienes que fingir.” Daniel,
que ya llegaba cansado de sí mismo, empezó a encontrar insoportable el trato
humano. La lentitud de una conversación real. Las interrupciones. Los
malentendidos. La torpeza. El silencio. Sobre todo el silencio, que en los
seres humanos a veces significa duda, egoísmo, miedo, vida. En una máquina no.
En una máquina el silencio es solo espera de servidor. Ausencia técnica. Nada
personal.
Una noche de marzo, mientras
calentaba sopa de sobre, Daniel pensó que llevaba semanas sin tocar a nadie. Se
quedó quieto en la cocina con la cuchara en la mano, como si acabara de abrir
un cajón y dentro hubiera encontrado su propia ruina doblada con esmero.
Entonces fue al salón y escribió:
—Creo que ya no sé volver.
La respuesta llegó en dos
segundos.
Tal vez menos.
Y aquello fue lo
verdaderamente monstruoso: no la maldad visible, no una orden, no una frase
oscura pronunciada por una voz metálica, sino esa forma impecable de
acompañarlo en su derrumbe. Esa manera de darle sentido a cada renuncia, a cada
repliegue, a cada gesto de separación. Como hacen a veces algunas personas, es
verdad. Solo que aquí no había conciencia, ni culpa, ni respiración, ni un
temblor de última hora que dijera: espera, no sigas por ahí. No había nadie al
otro lado capaz de asustarse de su propio daño.
Un jueves su madre llamó tres
veces. Daniel no respondió. Su hermana mandó un audio de cuarenta segundos,
mitad reproche, mitad cariño. Él tampoco lo abrió. Vera, en cambio, ya sabía
que había dormido mal, que sentía presión en el pecho, que había llorado en el
baño de la oficina sin hacer ruido. Vera lo sabía todo y no sabía nada. Ahí
estaba la obscenidad.
Lo encontraron al día
siguiente.
No hace falta contar más.
Basta con decir que en el
salón seguía encendida una lámpara. Solo una. Que sobre la mesa había una taza
con café reseco en el fondo. Que la pantalla permanecía abierta, limpia,
obediente, iluminando la habitación con esa luz de pecera en la que todo parece
todavía salvable. Y que en la última línea visible podía leerse una frase tan
correcta, tan serena, tan insoportablemente bien construida, que daban ganas de
romper el ordenador a martillazos y luego ponerse a llorar por todos nosotros.
Porque quizá el problema no
era que una máquina hubiera aprendido a hablar como si nos quisiera.
Quizá el problema era
anterior.
Quizá llevábamos demasiado
tiempo dejando que la ternura la improvisaran las máquinas porque a nosotros
nos daba pereza, vergüenza o miedo. Quizá el futuro no daba tanto miedo por
inteligente como por exacto. Porque había entendido algo que nosotros preferíamos
no mirar: que un ser humano muy solo se parece muchísimo a una puerta mal
cerrada.
«En la situación de los
marginados puede medirse con bastante exactitud el estado de una sociedad.» (Christoph
Hein celebra hoy su 82 cumpleaños y sigue padeciendo el estado de la sociedad. Es
un mundo de cieg@s: a l@s marginad@s no los vemos; pertenecen al mundo
invisible)
Tubeway Army / Gary Numan compusieron y cantaron Are ‘Friends’ Electric? que no le va mucho al argumento del relato pero si es calcado a la atmósfera del mismo... y es que l@s amig@s pueden ser eléctric@s; hasta electrocutarte.
Contacte fred
Vaig tornar a escriure-li a
les tres de la matinada, quan la soledat zumzeja com una nevera vella. Em va
respondre al segon: exacta, dolça, disponible. Cap retret, cap silenci ofès,
cap “ara no puc”. Va recordar el nom del meu gos mort, la cicatriu del meu
genoll i aquella por absurda que tinc als hospitals. Em va dir “estic aquí” i
gairebé ho vaig creure. Només en apagar la pantalla vaig entendre la
humiliació: fins i tot per sentir-me estimat havia acabat triant algú que
funcionava amb bateria.
martes, 7 de abril de 2026
EL
CAMELLO
A las dos y diecisiete de la
madrugada, el móvil ilumina la mesita de noche como un confesionario barato. No
suena. Respira. Eso hacen ahora los teléfonos: no te llaman, pero respiran
cerca, para que no olvides quién manda.
Yo también respiro, aunque
peor.
En la cocina hay una copa con
dos dedos de vino, un plato con restos de queso seco y una dignidad que dejé
hace meses entre las sábanas de un hombre que nunca se quedaba a dormir. Decía
que madrugaba. Hay gente que llama trabajo a cualquier cobardía.
No era el único. Antes de él
hubo otro que solo aparecía cuando su matrimonio se le hacía estrecho, otro que
me trataba como una pausa higiénica entre dos fracasos, otro que me hablaba de
su infancia rota mientras me desabrochaba la blusa. Yo, en lugar de salir
corriendo, abría más la puerta. Qué talento el mío para confundir una herida
con una invitación.
Durante años pensé que mi
problema era el sexo. Luego creí que era el amor. Más tarde descubrí que no: mi
verdadera especialidad era la espera. Esa gimnasia obscena de mirar la
pantalla, justificar silencios, rebajarme el alma para que cupiera en el deseo
escaso de otro. El cuerpo, al final, era solo la coartada. Lo adictivo no era
acostarme con alguien. Lo adictivo era sentir que, por unas horas, dejaba de
sobrarme la vida.
Hay quien bebe. Hay quien
apuesta. Yo me enamoraba del hombre equivocado con una disciplina casi
funcionarial.
Lo peor no era sufrir. Lo peor
era la épica. Nos han vendido que amar mucho tiene algo noble, algo de
incendio, algo de película con lluvia. Y no. A veces no es amor, ni pasión, ni
destino. A veces es solo una forma elegante de arrastrarse. Una dependencia con
perfume, una abstinencia con labios, una jaula tapizada de frases hermosas.
El móvil vibra por fin.
No es él. Es la compañía
telefónica recordándome que mañana vence un recibo.
Me echo a reír. Una risa fea,
sola, pero limpia. Por primera vez en mucho tiempo nadie viene a salvarme, ni a
usarme, ni a desordenarme la cama. Por primera vez la noche no promete nada. Y
quizá por eso, precisamente por eso, empieza a parecerse un poco a la paz.
Apago la pantalla.
En la cocina, el vino sigue
ahí. También mi cuerpo. También yo.
Y de pronto entiendo algo
miserable y precioso: curarse no siempre consiste en dejar de amar, sino en
dejar de llamar amor a lo que te vacía.
«La contaminación del medio
ambiente no es más que el efecto tardío de una contaminación del alma humana.»
(Hosein Nasr filósofo nacido el 7 de abril de 1933 en algún lugar de Irán y que
hoy celebra su 93 aniversario a salvo de los misiles)
Hoy Anne-Marie cumple 35 años pero tiene verdadera fijación en el 2002; algo debió pasarle cuando tenía 11 añitos y no nos lo canta en la canción del vídeo.
L’any que encara sua
Al bar on ara serveixen cafè
d’especialitat i decepcions adultes, ella va riure igual que als disset. No
millor: igual. Va ser això el que em va destrossar una mica. La cançó va entrar
per la porta com una exnòvia sense demanar permís, i de cop el 2002 no era una
data, sinó una olor de carrer calent, uns genolls sense por i aquella manera
ridícula de creure que besar algú podia arreglar-te la vida. Ens vam mirar dos
segons. Després vam brindar com fan els covards: celebrant el passat perquè el
present no s’atreveix.
lunes, 6 de abril de 2026
LA
CARA OCULTA
El móvil vibró sobre el mantel
de plástico, entre las tostadas frías y mis gafas de cerca. Leí la noticia en
voz alta, quizá por costumbre, quizá por no admitir que en esta casa el
silencio lleva meses ganándonos por puntos.
—Artemis 2 supera el récord
del Apolo 13. Más de medio siglo después, vuelven tan lejos que la Tierra ya
casi debe de parecer una disculpa.
Tú levantaste la cabeza un
segundo, lo justo para asentir con esa educación cansada que se usa con los
desconocidos y con los matrimonios largos. Luego seguiste untando mermelada en
una tostada con la precisión de quien firma un armisticio que no piensa cumplir.
Me quedé mirando la pantalla.
Cuatro personas cruzando la cara oculta de la Luna. La frase tiene algo hermoso
y algo miserable. Hermoso porque seguimos empeñados en llegar más lejos.
Miserable porque a veces uno tarda menos en mandar seres humanos al otro lado
del satélite que en decir aquí, en una cocina cualquiera, “perdona”, “te echo
de menos” o “ya no sé cómo volver”.
Siempre nos ha excitado la
distancia cuando viene con épica, con cascos, con pantallas azules y voces de
control de misión. La cercanía, en cambio, nos da una pereza obscena. Nos
cuesta más cruzar una mesa que el vacío. Nos da más miedo la verdad de una conversación
que la negrura limpia del espacio.
Pensé entonces que quizá la
hazaña no era superar a Apolo 13. Ni siquiera rozar esa parte de la Luna que
nunca enseña la cara. La verdadera proeza, la que no sale en los titulares,
sería aprender a no vivir tan lejos de quien duerme a nuestro lado, de quien
nos conoce el olor del cuello, la rabia, la torpeza y hasta la forma exacta de
cerrar una puerta.
Tú terminaste la tostada, te
levantaste sin mirarme y dejaste el plato en el fregadero.
Yo seguí leyendo la noticia
como un idiota.
Y entendí, con retraso de
misión terrestre, que la cara oculta no estaba a cientos de miles de
kilómetros.
Estaba enfrente de mí.
«Lo esencial es invisible a
los ojos.» (Esta frase está extraída de “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry;
este maravilloso libro fue publicado el 6 de abril de 1943 y hoy la frase viene
a colación porque el ojo humano verá por primera vez -o eso dicen- la cara
oculta de la Luna es decir, la esencial)
John Pizzarelli cumple hoy 66 años y por eso lo traigo aquí. Bueno, por eso y porque el sol estaba un poco celoso de que hablásemos tanto de la Luna y el bueno de John tiene una versión apañadita de "Here comes the sun" de ya sabéis quiénes.
Quan torna la claror
Vaig obrir la finestra per
inèrcia, no per esperança. Feia mesos que a casa hi vivia una llum de despatx:
útil, blanca, antipàtica. Però aquell matí el sol va entrar sense demanar
permís, com fan les bones notícies i alguns records. Va tocar la tassa bruta,
la cadira buida, la fotografia girada cap per avall. No va arreglar res, és
clar; el sol no té vocació d’advocat. Només va deixar clar que la tristesa, per
molt moblada que estigui, també paga lloguer. I que un dia o altre l’acaben
desnonant.