COALICIÓN DE EGO

El político descubrió el efecto Dunning-Kruger como
se descubren las verdades importantes en su gremio: en un carrusel de Instagram
con música épica y subtítulos grandes.
“Los incompetentes no saben que lo son”.
Se quedó mirándolo un rato, como si estuviera
leyendo una profecía escrita para otros. Luego lo interpretó con su talento
principal: el autoengaño profesional.
Si yo no dudo, es que estoy preparado.
La cadena de televisión —ámbito estatal, capital
privado y vocación de salvadora nacional a cambio de audiencia— lo colocó en
una tertulia con una silla cómoda, un vaso de agua intocable y un rótulo que
decía “ANALISTA”. Él vio el rótulo y sintió que el país, por fin, lo
entendía. O al menos lo subtitulaba.
—La izquierda tiene un problema de cohesión
—anunció, acomodándose el nudo de la corbata como quien ajusta el destino—. Y
yo soy la solución.
El presentador, que había visto soluciones que
venían con factura y manual de instrucciones, le sonrió con esa sonrisa de “hoy
nos das buen contenido”.
—¿Y por qué ahora?
Ahí sacó su gran excusa. La carta de “si no me
hacéis caso, os arrepentiréis”. El comodín emocional que sirve para todo cuando
no tienes nada.
—Porque si no nos unimos, el próximo gobierno lo
formará la derecha… y la extrema derecha.
Lo dijo mirando a cámara como si la cámara fuese una
urna y él, el sobre.
En el plató se hizo ese silencio que no es respeto:
es realización. Alguien en realización subió un rótulo: “ALARMA
DEMOCRÁTICA”. Y él, al ver el rótulo, se sintió aún más estadista.
Por dentro, sin embargo, la frase era otra, más
humilde y más verdadera:
Yo lo que quiero es salvar mi puesto.
No era cohesión: era conservación. La
cohesión de su culo con el escaño. Seguir medrando, que es como subir una
montaña sin piernas: a base de empujones ajenos y fotos desde el ángulo bueno.
La cadena lo promocionó como “el hombre puente”. En
pantalla le pusieron un fondo con un puente precioso, de esos que no llevan a
ninguna parte pero quedan bien. Él empezó a hablar de “síntesis”, “unidad”,
“responsabilidad histórica”, palabras que suenan a programa y no comprometen a
nada.
Y cada vez que alguien preguntaba “¿medidas?”, él
respondía con la épica:
—¿De verdad vamos a discutir detalles cuando viene
la derecha con la extrema derecha?
Detalles era el nombre que él le daba a todo lo que
no sabía.
Una semana después lo invitaron a una reunión
“discreta” con gente de varios partidos de izquierda. Él llegó con una carpeta
gorda, de esas que intimidan por plástico y porque hacen clac al
cerrarse, como si fueran importantes por sonido.
—Traigo un plan —dijo, dejando la carpeta en la mesa
como si acabara de depositar un Código Civil.
—Adelante —dijo una mujer que no sonreía, por
higiene institucional.
Él abrió la carpeta. Primera página: “HOJA DE
RUTA”. Debajo, un esquema con flechas.
Flechas.
Solo flechas.
Había flechas que iban a flechas. Había flechas que
volvían sobre sí mismas. Una flecha hacía una curva elegante, como si tuviera
formación en danza contemporánea. Otra terminaba en un asterisco que remitía a
una nota al pie inexistente. Y al final, en mayúsculas: “CONSENSO”.
—Aquí —señaló él con solemnidad— es cuando dejamos
atrás los personalismos.
—¿Y esto qué significa? —preguntó un hombre,
acercándose—. “Flecha 3.2: transversalidad afectiva”.
—Significa… —el político carraspeó—… que nos
abrazamos sin complejos.
Se miraron. Nadie se movió.
—Vale —dijo la mujer—. ¿Propuestas concretas? Por
ejemplo: vivienda.
El político sonrió como si la respuesta estuviera en
un bolsillo interno. Sacó un bolígrafo y lo sostuvo como si fuese un puntero
láser.
—Unidad.
—Sanidad.
—Unidad.
—Salarios.
—Unidad con responsabilidad.
—Cambio climático.
—Unidad sostenible.
—Corrupción.
—Unidad… transparente.
La mujer lo apuntó en una libreta.
—“Unidad transparente”. Ajá.
Otro intervino:
—Pero… ¿qué harías, exactamente? ¿Qué medidas
defenderías? ¿Qué priorizarías?
Él vio cómo se acercaba el abismo de la concreción.
Y, como buen político en peligro, volvió a la épica.
—Es que no lo entendéis. Si seguimos así, el
gobierno será de la derecha y la extrema derecha.
—Eso ya lo has dicho —respondió la mujer—. Cuatro
veces. Te lo digo para que lo sepas, no por fastidiar: lo tenemos memorizado.
El político decidió que era el momento de
impresionar. Sacó de la carpeta un pendrive y lo dejó sobre la mesa como si
fuese una prueba nuclear.
—Traigo un PowerPoint.
Hubo un murmullo. No de interés: de supervivencia.
—¿PowerPoint? —preguntó alguien—. ¿En 2026?
—Es una versión ligera —aclaró él—. Muy visual. Muy
emocional.
Conectó el portátil. La pantalla se encendió.
Apareció la primera diapositiva con un fondo de atardecer y letras blancas
enormes:
“UNIDAD”
Abajo, en pequeño: “Presentación definitiva
vFinal_ahoraSí_revisada(2)”.
Pasó a la segunda:
“UNIDAD”
(con otra foto distinta del mismo atardecer).
Tercera:
“UNIDAD”
(esta vez con una paloma).
Cuarta:
“UNIDAD”
(pero la paloma era un icono pixelado, como si la democracia hubiera sido
recortada en Paint).
—Esto es… repetitivo —murmuró alguien.
—Es intencional —dijo él—. Es pedagogía.
La mujer levantó la mano.
—¿Podemos ver la diapositiva donde explicas las
medidas?
—Está al final —dijo él con seguridad.
Siguió pasando: unidad, unidad, unidad, unidad. En
la diapositiva doce, apareció una frase:
“NO ES EL MOMENTO DE DIVIDIRSE”
Y debajo, en letra más pequeña:
“Porque viene la derecha y la extrema derecha.”
La mujer cerró el portátil con delicadeza, como
quien tapa un plato que ya se ha enfriado.
—Perfecto —dijo—. Entonces lo tenemos.
Él se iluminó. El corazón le hizo un pequeño mitin.
—¿Lo tenemos?
—Sí —confirmó ella—. Te necesitamos para una cosa.
Él se inclinó hacia adelante.
—¿Cuál?
—Para salir en la tele diciendo que has intentado
unirnos y que nosotros no hemos sabido estar a la altura. Quedas como
estadista, nosotros como infantiles. La cadena tiene su narrativa, tú salvas tu
puesto… y todos seguimos exactamente igual, pero en alta definición.
Él abrió la boca para protestar, pero le salió algo
más sincero: un “ah”.
Porque era perfecto. Era su plan sin necesidad de
plan.
Y al día siguiente, en prime time, miró a cámara con
ojos graves y frase de mármol:
—Lo he intentado todo. Pero algunos prefieren el
sillón.
La presentadora asintió con gesto compungido. El
rótulo en pantalla: “EL HOMBRE QUE QUISO UNIR”.
Él bajó la vista un segundo, por si el micrófono
recogía lo único verdadero que pensó, ya sin épica:
Que no se note que hablo de mí.
«¿No sería entonces más
sencillo para el gobierno disolver al pueblo y elegir otro?» (Bertolt Brecht
nacido el 10 de febrero de 1898 es uno de mis dramaturgos preferides. La frase
es genial porque, algun día, llegaremos a esto)
Jerry Goldsmith compositor de numerosas (y conocidas) bandas sonoras hubiese cumplido hoy 97 años. Le dio tiempo a darle tonadilla al personaje del vídeo que encaja bien con el del relato.
La motxilla buida
Aquell poble nou em rebia
sempre igual: llums fredes, somriures que no volien saber el meu nom. Caminava
amb la motxilla buida i, tot i així, pesava com si hi portés els crits que no
vaig dir. A cada cantonada, una promesa barata: “aquí començaràs de zero”. Però
el zero també té memòria. Vaig aprendre a dormir amb l’orella enganxada al
silenci, a beure aigua com si fos perdó. I un dia, sense música, vaig notar-ho:
el camí no s’acabava… jo sí que començava.

