Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
lunes, 20 de julio de 2026
PAN, CIRCO Y PRÓRROGA
Anoche
ganó Espanya.
Esta
mañana también ganó el Gobierno, la oposición, la monarquía, las comunidades
autónomas, los patrocinadores y un señor que llevaba una bandera tan grande que
dentro cabía Portugal.
Ganamos
todos.
Es
la ventaja de las victorias deportivas: pueden repartírselas incluso quienes no
tocaron el balón.
Los
jugadores corrieron, sudaron, recibieron patadas y marcaron el gol. Después
llegaron los demás para levantarlo políticamente.
El
Gobierno aseguró que la victoria demostraba lo que Espanya podía conseguir
cuando trabajaba unida. Una frase hermosa, viniendo de un Ejecutivo que
necesita siete partidos, dos mediadores y varias amenazas para aprobar
cualquier cosa.
La
oposición afirmó que la selección representaba «la Espanya que funciona». Era
una forma elegante de decir que la otra, la gobernada por el adversario, no.
La
ultraderecha celebró con entusiasmo a jugadores cuyos apellidos, familias o
colores de piel le habrían parecido sospechosamente poco espanyoles cualquier
otro día.
Los
nacionalistas felicitaron a «los deportistas del Estado», expresión que permite
alegrarse sin que se note demasiado.
En
política no hay sentimientos.
Hay
perífrasis.
Hoy
los campeones fueron recibidos por las autoridades. Se habló de esfuerzo,
unidad, diversidad, convivencia y espíritu de equipo.
Los
jugadores escucharon con educación. Ninguno preguntó por qué esas virtudes
resultaban imprescindibles en un vestuario y prescindibles en el Parlamento.
El
presidente contempló la copa con evidente admiración. Aquello era una mayoría
absoluta: brillante, redonda y sin necesidad de negociar cada asa.
También
la oposición quiso participar del triunfo. Si Espanya hubiera perdido, habría
exigido responsabilidades al Gobierno. Como ganó, pidió que el Gobierno no se
apropiase de la victoria mientras intentaba apropiársela ella.
La
diferencia es sencilla.
Cuando
lo hace el adversario es propaganda.
Cuando
lo hacen los nuestros es patriotismo.
Mientras
tanto, los socios parlamentarios miraban la copa calculando cómo dividirla: un
trozo para cada grupo, otro para las comunidades autónomas y una comisión
bilateral para decidir quién conserva la peana.
Probablemente,
después de varias reuniones, la selección habría tenido que levantar siete
copas distintas, una de ellas recurrida ante el Tribunal Constitucional.
Pero
hoy Espanya estaba unida.
Lo
repetían las televisiones cada diez minutos, no fuera a ser que alguien mirase
por la ventana y dudara.
La
unidad nacional dura noventa minutos, ampliables mediante prórroga y penaltis.
Después
caduca.
Mañana
volveremos a discutir por las lenguas, la amnistía, la inmigración, los
impuestos, las pensiones, las fronteras y el lugar exacto donde debe colocarse
una bandera.
Volveremos
a ser nosotros.
El
fútbol tiene una ventaja sobre la política: al final siempre se sabe quién ha
ganado.
En
el Congreso, el Gobierno pierde una votación y celebra su capacidad de diálogo;
la oposición la gana y exige elecciones; los socios votan en contra, pero
aseguran que mantendrán la legislatura.
Los
ciudadanos miramos el marcador sin saber si el partido ha terminado o están
revisando la jugada en Bruselas.
En
el fútbol, al menos, el árbitro lleva silbato.
Después
de la victoria, todas las autoridades buscaron su sitio cerca de la copa. El
éxito ejerce una fuerza gravitatoria extraordinaria. Atrae ministros, alcaldes,
presidentes y concejales de Deportes que no corren desde la primera comunión.
Lo
importante no es haber participado en la victoria.
Lo
importante es que la fotografía sugiera que, sin ti, quizá no se habría
producido.
Mañana
cada partido utilizará la imagen.
El
Gobierno dirá que la selección representa una Espanya moderna y plural.
La
derecha, una Espanya seria y competitiva.
La
ultraderecha, una Espanya orgullosa que no pide perdón.
Los
nacionalistas recordarán cuántos jugadores proceden de sus territorios.
Y
todos felicitarán a los futbolistas por no mezclar deporte y política mientras
los utilizan para hacer política.
Ese
es nuestro consenso nacional: no ponernos de acuerdo en nada salvo en
aprovecharnos de lo mismo.
Juvenal
lo habría entendido.
En
Roma, el poder repartía trigo y organizaba espectáculos. Nosotros hemos
mejorado el sistema.
Ya
no es necesario repartir pan. Basta con prometer que bajará de precio.
El
circo tampoco lo paga el emperador. Lo financian las televisiones, los
patrocinadores y los propios espectadores mediante camisetas, apuestas y
cerveza oficial.
La
distracción se ha privatizado.
Los
beneficios también.
La
emoción, en cambio, sigue siendo pública.
Ayer
nos dijeron que la copa era de todos. Hoy pasó por la Zarzuela, la Moncloa y
las instituciones. Mañana estará guardada en una vitrina.
A mí
no creo que me la dejen ni un fin de semana.
Debo
de ser campeón en usufructo.
No
culpo al fútbol. Yo también grité el gol. También abracé a un desconocido.
También sentí que, por unos minutos, la patria había dejado de ser una
discusión para convertirse en una alegría.
El
fútbol solo pone la pelota.
Somos
nosotros quienes colocamos detrás el Gobierno, la oposición, la bandera, la
economía, la unidad nacional y hasta el futuro del país.
Un
delantero marca y Espanya demuestra que es competitiva.
El
árbitro pita el final y recuperamos nuestro lugar en el mundo.
Al
día siguiente uno intenta alquilar un piso, pedir cita médica o hablar con la
Administración.
Pero
con dos estrellas.
Esta
noche los jugadores volverán a sus clubes. Los políticos conservarán las
fotografías. Las televisiones guardarán las imágenes para recordarnos que una
vez estuvimos unidos.
Nosotros
regresaremos a las facturas, las listas de espera y el oficio cotidiano de
sobrevivir sin salir en el palco.
Ayer
ganó la selección.
Hoy
se han repartido la victoria quienes no jugaron.
Y
nosotros, felices todavía, les hemos permitido levantar la copa.
El
balón entró en la portería.
Nosotros
volvimos a entrar en el redil.
Si digo Santana tod@s sabréis a quién me refiero. No, no jugaba a tenis. Su toque de guitarra y ritmo lo podéis ver en el vídeo: es Woodstock 1969. Y, sin embargo, sigue vivo: hoy cumple 79 años.
El preu de la pluja
Quan
el tambor començà, el poble va creure que plouria. Feia set mesos que els
núvols passaven de llarg, com creditors sense paciència.
El
vell Manel pujà al campanar amb la guitarra del seu fill mort i n’arrencà una
nota tan fonda que les pedres tremolaren. Després una altra. I una altra.
La plaça sencera començà a
ballar, descalça, embogida.
Quan
arribà el primer tro, Manel ja no hi era. Només quedava la guitarra, fumejant
sota la pluja.
Ningú no preguntà què havia
cobrat el cel.
domingo, 19 de julio de 2026
FUERA
DE JUEGO
Eusebio conocía de memoria el
reglamento del fútbol. Sabía cuándo una mano era voluntaria, cuándo un
delantero interfería en la jugada y cuántos centímetros bastaban para convertir
una rodilla en fuera de juego.
Lo que no sabía era por qué le
pagaban parte del sueldo en un sobre, por qué el alquiler subía cada año ni qué
significaban aquellas cartas certificadas que el banco enviaba a su hermana.
—Eso son cosas de políticos
—decía—. Todos iguales.
En cambio, el domingo se
levantaba temprano, ajustaba la antena del tejado y colocaba frente al
televisor una silla que había rescatado de un contenedor. Durante noventa
minutos dejaba de ser un hombre que compartía habitación con sus dos hijos y se
convertía en entrenador, árbitro, presidente del club y ministro de Justicia.
—¡Penalti! —gritaba—. ¡Esto es
un robo!
Aquella tarde, mientras el
equipo de su vida perdía por un gol, llamaron a la puerta. Dos agentes
judiciales y un cerrajero le entregaron una orden de desahucio. Eusebio leyó
las primeras líneas, no entendió nada y dejó el papel sobre la mesa.
—Ahora no puedo atenderles.
Estamos en el descuento.
Los hombres esperaron. El
delantero cayó dentro del área y el árbitro mandó seguir. Eusebio se puso en
pie, golpeó la pared y exigió justicia con una voz que se oyó en todo el
barrio.
Nadie protestó cuando el
cerrajero cambió la cerradura.
Al salir, Eusebio todavía
miraba por la ventana el televisor encendido. El árbitro consultaba el VAR.
—A ver si rectifica —murmuró.
Pero aquella tarde, como
tantas otras, la única injusticia que pudo revisarse fue la del partido.
«Siempre existe algún fenómeno
cultural o social ridículo sobre el que se puede escribir.» (Steve O’Donnell
cumple hoy 72 años y lo traigo aquí porque me ha copiado el pensamiento. De
autoayuda para l@s escritor@s que se encuentran ante la página en blanco)
Urs Bühler miembro del grupo Il Divo cumple 55 años. El grupo, para quién no los conozca, son representantes de la música pastel, esa tan necesaria escuchar para cuando estamos deprimid@s y acabarnos de rematar.
El segon plat
Cada vespre, l’Arnau parava
taula per a dos. Deia que era costum, però deixava el plat d’ella calent, com
si l’absència pogués arribar tard. Una nit, va sentir la clau al pany. Va
córrer cap a la porta amb el cor disposat a perdonar-ho tot.
Era la veïna. Li tornava una
carta extraviada.
A dins, la seva dona només
havia escrit: «No tornaré. Però no deixis d’estimar-me».
L’Arnau va somriure, va
retirar el segon plat i, per primera vegada, va sopar sense esperar ningú.
sábado, 18 de julio de 2026
LOS
DOS MUERTOS DE TERESA
Cada vez que un camión entraba en la
plaza de Sant Jaume, Teresa levantaba la cabeza y esperaba la explosión.
No podía evitarlo. El ruido de los
motores se le había quedado adherido al miedo desde los bombardeos de marzo.
Primero escuchaba el traqueteo. Después imaginaba el zumbido de los aviones.
Por último, antes incluso de que sucediera nada, se le encogía el estómago.
Aquel 18 de julio de 1938 no cayó
ninguna bomba sobre la plaza. El camión se detuvo frente al Ayuntamiento y
descargó unas cajas de documentos que dos funcionarios se apresuraron a meter
en el edificio. A esas alturas de la guerra, hasta los papeles parecían
necesitar refugio.
Teresa volvió a su mesa.
Trabajaba en la centralita telefónica
del Ayuntamiento desde hacía cuatro meses. Antes cosía para una tienda de la
calle Pelai, pero el negocio había cerrado porque faltaban telas, clientas y
ganas de estrenar vestidos. La guerra había reducido la moda a dos colores: el
gris de la ropa usada y el negro del luto.
Consiguió el puesto gracias a una vecina
que conocía a alguien que conocía a alguien. Así funcionaban las cosas incluso
durante las revoluciones. Cambiaban los gobiernos, las banderas y los retratos
de las paredes, pero siempre era necesario conocer a alguien que conociera a
alguien.
La centralita estaba instalada en una
habitación interior. No tenía ventanas y olía a polvo, cables calientes y café
de achicoria. Teresa pasaba las horas conectando voces que llegaban desde
despachos, ministerios, comandancias y edificios oficiales. Voces urgentes.
Voces importantes. Voces que daban órdenes a otras voces.
Ella las enlazaba y luego desaparecía.
Aquella mañana había más movimiento del
habitual. En el Saló de Cent iba a hablar Manuel Azaña, presidente de la
República. Habían llegado autoridades, periodistas y militares con uniformes
gastados. Los ordenanzas recorrían los pasillos llevando carpetas. Algunos
funcionarios fingían que sabían lo que estaba ocurriendo. Los demás fingían
creerlos.
—Hoy tendremos discurso —comentó
Enriqueta, la encargada de la centralita, mientras se servía un sucedáneo de
café.
—¿Otro?
—Este es del presidente.
—También los otros eran de presidentes,
ministros o generales.
—No seas así, mujer.
Teresa conectó una llamada con la
Consejería de Gobernación.
—No soy de ninguna manera.
Enriqueta la miró por encima de la taza.
—Desde que murió Julià estás siempre
enfadada.
Teresa introdujo una clavija con más
fuerza de la necesaria.
—No estoy enfadada.
—Ya.
—Estoy en guerra.
Enriqueta no respondió. No porque
estuviera de acuerdo, sino porque en aquellos tiempos había frases que era
mejor no discutir. Todas podían terminar convertidas en una acusación.
Julià, el marido de Teresa, había muerto
el 17 de marzo, durante uno de los bombardeos sobre Barcelona. Era conductor de
tranvía y se encontraba cerca de la Gran Via cuando una bomba italiana abrió la
calle y todo lo que había encima.
De Julià recuperaron la cartera, el
reloj y una mano.
Teresa no preguntó qué mano.
Le entregaron aquellas pertenencias
dentro de una caja de cartón. Durante varias semanas guardó el reloj en el
cajón de la cocina, envuelto en un pañuelo. Se había parado a las dos menos
cuarto. Al principio le daba cuerda cada mañana. Lo hacía avanzar hasta la hora
de la muerte y volvía a detenerlo.
Después dejó de hacerlo.
No era su único muerto.
Su hermano Andreu llevaba muerto desde
septiembre de 1936. Había sido maestro en una escuela religiosa y tocaba el
órgano los domingos. No era sacerdote ni falangista ni conspirador. Era un
hombre tímido que padecía del estómago y tenía la mala costumbre de corregir la
gramática de los demás.
Una patrulla fue a buscarlo de
madrugada.
Alguien dijo que escondía armas en la
escuela. Registraron las aulas y encontraron mapas, cuadernos, dos crucifijos y
una colección de minerales. No había armas, pero se lo llevaron igualmente. El
cuerpo apareció tres días más tarde en una cuneta, con la camisa abierta y una
falta de ortografía escrita en un papel prendido del pecho:
Fascista ajusticiado por el pueblo.
Teresa no pudo evitar pensar que a
Andreu le habría molestado especialmente aquella ausencia de precisión.
Durante mucho tiempo conservó separadas
las fotografías de sus dos muertos.
La de Andreu estaba en un cajón del
dormitorio. La de Julià, sobre la cómoda. Le parecía una traición colocarlos
juntos. Su marido había muerto bajo las bombas de los militares sublevados. Su
hermano, a manos de quienes decían defender la misma República que Julià había
defendido.
Los dos estaban muertos, pero cada uno
pertenecía a una explicación diferente.
La guerra exigía ordenar a los muertos
antes de llorarlos.
Los buenos a un lado.
Los malos al otro.
Los dudosos, debajo de la alfombra.
A media mañana llegó un técnico de la
radio para comprobar la línea por la que se transmitiría el discurso. Era un
muchacho delgado, con unas gafas redondas que le agrandaban los ojos. Apenas
tendría veinte años.
—Necesito que mantengan libre esta
conexión —dijo señalando uno de los cables—. Desde aquí se enviará la señal.
—¿Funcionará? —preguntó Enriqueta.
—Eso espero.
—Últimamente nada funciona.
El joven sonrió.
—Las guerras son poco respetuosas con la
técnica.
Teresa observó que le temblaban las
manos.
—¿Ha desayunado?
—Sí.
Era mentira. La mentira también pasaba
hambre.
Teresa abrió el cajón y sacó medio trozo
de pan que guardaba para la comida. Se lo ofreció.
—Tome.
—No puedo aceptarlo.
—Claro que puede.
—De verdad que no…
—Mire, joven, no me haga discutir por
medio mendrugo. Tengo mucha práctica y usted ninguna posibilidad.
El muchacho aceptó el pan y se lo comió
en cuatro bocados, intentando mantener cierta dignidad. Después le dio las
gracias y regresó a sus cables.
A Teresa le recordó a Lluís, su hijo.
Tenía dieciocho años y llevaba seis
semanas movilizado. La última carta había llegado cuatro días antes. Estaba
escrita a lápiz, sobre un papel doblado varias veces y manchado de tierra.
Decía que se encontraba bien.
Los soldados siempre se encontraban bien
en las cartas.
Podían estar hambrientos, cubiertos de
piojos, aterrados o con un proyectil pasando por encima de la cabeza. Pero
escribían: «Estoy bien, madre».
Lluís pedía calcetines, tabaco para un
compañero y unas agujas. Se le había soltado un botón del pantalón y nadie en
su unidad sabía coserlo.
Teresa sonrió al leerlo.
Una República llena de discursos y no
había sido capaz de enseñar a un grupo de hombres a coserse un botón.
En la última página, su hijo había
añadido:
«Dicen que pronto iremos hacia el río.
No te preocupes. Estamos preparados».
Teresa no sabía de qué río hablaba. En
las guerras, los ríos dejaban de servir para llevar agua. Pasaban a ser
posiciones, fronteras o lugares donde ahogar hombres.
Guardaba la carta en el bolsillo del
vestido, junto a las fotografías de Andreu y Julià. Había empezado a llevarlas
encima desde que Lluís se marchó. No por superstición. Teresa no creía en esas
cosas. Las llevaba porque temía que una bomba destruyera la casa y se quedara
sin los rostros de sus muertos.
A primera hora de la tarde, el murmullo
de los pasillos se apagó.
Azaña había comenzado a hablar.
La voz llegó a la centralita a través de
la línea que había instalado el muchacho de las gafas. Sonaba lejana, con una
ligera vibración metálica. No era la voz de un hombre dispuesto a prometer la
victoria. Tampoco la de un jefe arengando a los suyos.
Era una voz cansada.
Pero no tenía el cansancio de quienes se
quejan porque han dormido mal o porque la sopa está fría. Era un cansancio más
profundo. El de alguien que había contemplado demasiado tiempo la misma
desgracia y empezaba a sospechar que nadie quería terminarla.
Enriqueta subió el volumen.
—Escucha.
—Estoy trabajando.
—Puedes hacer las dos cosas.
Teresa siguió conectando llamadas
mientras la voz hablaba de España, de la guerra, de la nación y de los muertos.
Algunas palabras se perdían entre interferencias. Otras llegaban nítidas y se
quedaban flotando en la habitación.
A Teresa le molestaban los discursos.
Desde que empezó la guerra había
escuchado demasiados.
Todos anunciaban la victoria. Todos
exigían sacrificios. Todos hablaban del pueblo como si el pueblo fuese un
hombre enorme que no necesitara comer, dormir ni enterrar a sus hijos.
Nadie decía:
«Lo sentimos».
Nadie reconocía haberse equivocado.
Los dirigentes hablaban de la historia
con una facilidad que daba miedo. Teresa, en cambio, no conocía la historia.
Conocía un reloj detenido a las dos menos cuarto. Una cartera manchada. Una
cuneta. Un botón sin coser.
Eso era la guerra para ella.
Mientras Azaña continuaba hablando, sacó
del bolsillo las dos fotografías.
En una aparecía Andreu, muy serio, junto
a sus alumnos. Llevaba una chaqueta demasiado grande y sostenía un libro contra
el pecho. En la otra, Julià sonreía apoyado en un tranvía. Se había quitado la
gorra y miraba a la cámara con esa expresión de quien cree que la vida va a
durar lo suficiente.
Teresa puso las fotografías una al lado
de la otra sobre la mesa.
—¿Qué haces? —preguntó Enriqueta.
—Nada.
La voz del presidente hablaba ahora de
los hombres que habían caído en la batalla. Decía que los muertos ya no tenían
odio ni rencor.
Teresa miró las fotografías.
—Eso habría que preguntárselo a ellos
—murmuró.
—¿Qué dices?
—Nada.
Le costaba aceptar que sus muertos ya no
odiaran. Ella llevaba dos años odiando por los tres. Odiaba a los hombres que
habían sacado a Andreu de casa. Odiaba a los aviadores que arrojaron la bomba
sobre Julià. Odiaba a quienes justificaban una muerte para condenar la otra.
Odiaba a los que decían que eran daños inevitables, excesos, consecuencias de
la lucha o gloriosos sacrificios.
Había tantas formas de llamar a un
asesinato que cualquier asesino podía encontrar una adecuada.
Azaña hizo una pausa.
La voz pareció alejarse todavía más,
como si viniera de otro tiempo.
Entonces pronunció las tres palabras:
—Paz, piedad y perdón.
Nadie habló en la centralita.
Desde el Salón de Ciento llegó un
aplauso. Primero débil. Después más intenso. Los asistentes golpeaban las manos
mientras aquellas palabras recorrían la sala, las líneas telefónicas y las
ondas de radio.
Teresa no aplaudió.
Paz.
La palabra parecía sencilla. Bastaba con
dejar de disparar. Pero todos aseguraban que antes debía ganar alguien.
Piedad.
Esa era todavía más difícil. La piedad
obligaba a mirar al enemigo cuando estaba en el suelo y descubrir que tenía una
cara. Quizá incluso la cara de un muchacho de dieciocho años que no sabía
coserse un botón.
Perdón.
Teresa apartó la mano de las
fotografías.
Aquella era la palabra imposible.
Perdonar podía parecerse demasiado a
decir que no había ocurrido nada. A borrar el cuerpo de Andreu de la cuneta. A
devolver la bomba al avión y la mano de Julià a su caja.
No.
Ella no quería olvidar.
Tampoco estaba segura de querer
perdonar.
Pero mientras observaba los dos retratos
comprendió algo que hasta entonces no había sido capaz de pensar: no deseaba
que Lluís heredara su odio.
Podía dejarle la casa, la máquina de
coser, la vajilla desparejada y las deudas. Podía entregarle el reloj parado de
su padre y los libros de gramática de su tío. Pero no quería legarle aquella
rabia. Bastante tendría el muchacho con sobrevivir a la suya.
Terminó el discurso y los pasillos
recuperaron el movimiento. Volvieron las órdenes, los pasos apresurados y las
conversaciones a media voz. Las palabras solemnes fueron desalojadas por la
burocracia.
Un concejal entró en la centralita
buscando una llamada urgente. Llevaba el uniforme impecable y olía a colonia.
—Bonito discurso —dijo mientras esperaba
la conexión—. Aunque las guerras no se ganan con piedad.
Teresa insertó la clavija.
—Puede ser.
—Se ganan con disciplina, armas y valor.
—Sobre todo con armas —respondió ella—.
El valor suelen ponerlo los hijos de los demás.
El concejal la miró, pero la llamada
entró antes de que pudiera contestar.
Al terminar la jornada, Teresa salió del
Ayuntamiento. En la plaza todavía había coches oficiales. Un grupo de niños
jugaba junto a una barricada de sacos terreros. Uno de ellos levantaba un palo
como si fuera un fusil y disparaba contra los demás.
—¡Te he matado!
—¡No me has dado!
—¡Sí que te he dado!
—¡Pues ahora soy de los tuyos!
Los niños cambiaron de bando y
continuaron jugando.
Teresa pensó que quizá las guerras
empezaban así: alguien te mataba y luego te obligaba a escoger de qué lado
habías muerto.
Caminó hasta su casa.
Barcelona estaba cubierta por una luz
amarillenta. En las fachadas quedaban heridas de metralla. Había colas frente a
las tiendas y mujeres que regresaban con las bolsas casi vacías. En una
esquina, un anciano vendía cigarrillos sueltos. Más adelante, dos soldados
caminaban abrazados, sosteniéndose el uno al otro. Parecían borrachos, heridos
o simplemente cansados. En aquellos días resultaba difícil distinguirlo.
Al entrar en casa, Teresa dejó el bolso
sobre la mesa y encendió una lámpara.
Sacó las fotografías.
Buscó en un armario un marco antiguo que
había guardado desde la muerte de sus padres. Era de madera oscura y solo cabía
una imagen. Retiró el cartón de la parte trasera, colocó los retratos de Andreu
y Julià uno junto al otro y recortó los bordes hasta conseguir que entraran.
Quedaron apretados.
El hombro de su hermano rozaba el de su
marido.
Teresa sostuvo el marco entre las manos.
—No empecéis a discutir —les dijo.
Por primera vez en muchos meses se rio.
Fue una risa pequeña, casi avergonzada, pero consiguió romper algo dentro de
ella.
Después se sentó a escribir a su hijo.
«Querido Lluís:
He recibido tu carta. Mañana intentaré
enviarte los calcetines, el hilo y las agujas. El tabaco no prometo
encontrarlo. Cuando vuelva a verte, te enseñaré a coser. Ya eres bastante mayor
para matar y, por lo visto, todavía demasiado pequeño para arreglarte un
pantalón».
Se detuvo.
Mojó la pluma y continuó:
«Dices que pronto iréis hacia el río. No
sé qué vais a hacer allí y casi prefiero no saberlo. Solo te pido una cosa. No
seas un héroe. Los héroes sirven para los discursos, pero dan mucho trabajo a
las madres.
Y si alguna vez tienes delante a un
hombre del otro lado, míralo antes de disparar. No te digo que no te defiendas.
Quiero que vuelvas. Quiero que vivas. Pero procura recordar que el otro también
tendrá una madre esperando una carta en la que diga que se encuentra bien.
Regresa como puedas. Con hambre, con
miedo, con los pantalones rotos y sin haber ganado ninguna guerra.
Pero no vuelvas con odio.
El odio no cabe en casa».
Firmó la carta, la dobló y la guardó en
un sobre.
Antes de acostarse, colocó el marco
sobre la cómoda. Los rostros de Andreu y Julià quedaron iluminados por la
lámpara.
Uno había muerto a manos de los que
decían luchar contra el fascismo.
El otro, bajo las bombas de quienes
afirmaban salvar España.
Teresa los miró durante unos minutos.
No sabía si algún día sería capaz de
perdonar.
La paz no dependía de ella.
La piedad aparecía cuando podía y casi
siempre llegaba tarde.
Pero aquella noche hizo lo único que
estaba en su mano.
Por primera vez desde que comenzó la
guerra, dejó que sus dos muertos durmieran juntos.
«Nunca ha sabido nadie ni ha podido
predecir nadie lo que se funda con una guerra; ¡nunca!» (Frase extraída del
discurso que pronunció Manuel Azaña en el Saló de Cent del Ayuntamiento de
Barcelona el 18 de julio de 1938 y que se conoce por la última frase que
pronunció: “Paz, Piedad y Perdón”; y recorder las guerras se desencadenan con
determinados propósitos, pero terminan creando realidades políticas, sociales y
morales imprevisibles.)
Ian Stewart pianista de los Rollings o los Stones hubiese cumplido hoy 88 años. Se quedó o plantó en los 47 aunque tuvo tiempo de participar en las mejores canciones de la banda.
La mida exacta
Va demanar una vida tranquil·la, una dona que no
marxés i un gos que no bordés de matinada.
Li van concedir un pis petit, una veïna que cantava
boleros i un gat esquerp que apareixia quan volia.
Durant anys va maleir aquella estafa.
Fins que una nit, malalt i sol, la veïna li va
portar sopa i el gat es va arraulir als seus peus.
Aleshores va comprendre que la felicitat no
s’equivoca mai de comanda.
Simplement, no consulta els desitjos del client.
viernes, 17 de julio de 2026
EL CUENTO DE LA VACA
La lechera apoyó el cubo en el suelo y,
antes de empezar a ordeñar, se quedó mirando el amanecer.
Pensó que vendería la leche en el
mercado. Con el dinero compraría una docena de huevos. De los huevos saldrían
pollos. Vendería los pollos y adquiriría un cerdo. Después vendrían una casa,
unas tierras, varios criados y un marido trabajador, guapo y poco dado a
discutir.
La muchacha sonrió.
Ya se veía paseando por el pueblo con un
vestido nuevo, mientras las vecinas se consumían de envidia y los hombres
lamentaban no haberse declarado a tiempo.
La vaca la observaba en silencio.
No entendía de inversiones,
diversificación de activos ni planificación de futuros sentimentales. Tampoco
sabía que sobre sus ubres se estaba levantando un pequeño imperio agropecuario.
Solo sentía una presión insoportable
entre las patas.
—Cuando venda los cerdos —continuaba
fantaseando la lechera— compraré otra vaca.
La vaca levantó la cabeza.
Miró a la muchacha, miró el cubo vacío y
volvió a mirarla.
—Muuuu —dijo.
Que, traducido con cierta libertad,
significaba:
—Tú compra lo que quieras, pero acaba de
ordeñarme de una vez.
La lechera nunca supo que, mientras ella
construía su futuro, la protagonista del negocio solo intentaba aliviar el
presente.
«No confunde la verdad con la
verosimilitud: considera verdadero lo verdadero, falso lo falso, dudoso lo
dudoso y verosímil lo que solo es verosímil» (César Chesneau Dumarsais Nacido el
17 de julio de 1676 para ser gramático y filósofo, condición ésta que le
permitió dudar de todo)
Spencer Davis batería del grupo Spencer Davis Group hubiese cumplido hoy 87 años. Hubiese continuado igual que a los 81 que fue cuando nos dejó: pidiendo un poco de amor ¡como tod@s!.
Abans que es faci de dia
Quan va tancar el bar, la ciutat encara li bategava
dins les sabates. Ella havia ballat tota la nit sense mirar ningú, com si el
món fos una ferida que només la música podia cosir.
A la porta, ell li va oferir un cigarret.
—No vull fum.
—Què vols, doncs?
Ella el va mirar per primera vegada.
—Una mica d’amor. Però de pressa, que demà em
tornaré a fer la forta.
Ell no va besar-la. Li va agafar la mà.
I van caminar fins que es va fer de dia.
jueves, 16 de julio de 2026
AHORA TODOS SOMOS UNOS
HIJOS DE PUTA
A
las cinco y media de la mañana del 16 de julio de 1945, en un lugar llamado
Jornada del Muerto —la geografía también sabe hacer profecías—, un grupo de
hombres aguardaba detrás de unos cristales oscuros.
A nueve kilómetros de ellos,
sobre una torre de acero, habían colocado una esfera de plutonio. La llamaban
Gadget, «el artefacto», como quien pone un diminutivo a un monstruo para que
parezca menos peligroso.
La cuenta atrás llegó a cero.
Durante un instante, la noche
dejó de existir. El desierto se volvió blanco, después púrpura, luego verde. La
torre se evaporó y la arena se fundió formando un vidrio desconocido, la
trinitita, como si la tierra hubiera querido conservar una cicatriz brillante.
La onda expansiva recorrió más de ciento sesenta kilómetros.
Había funcionado.
Kenneth Bainbridge, director
de la prueba, contempló aquel amanecer fabricado por el hombre, se volvió hacia
Oppenheimer y dijo:
—Ahora todos somos unos hijos
de puta.
Tres semanas después,
Hiroshima. Tres días más tarde, Nagasaki.
La ciencia había aprobado el
examen.
La humanidad empezó a
suspenderlo.
Hoy, ochenta y un años
después, un obelisco de piedra negra señala el lugar exacto de la explosión. En
determinados días se permite la entrada de visitantes, que llegan, contemplan
el desierto y hacen fotografías junto al punto donde comenzó la era atómica.
Quizá Bainbridge solo se
equivocó en una palabra.
No fue «ahora».
Fue «para siempre».
«Los recuerdos son balas. Algunos pasan
silbando y solo te sobresaltan. Otros te desgarran y te dejan hecho pedazos» (La
frase es de Richard Kadrey que nació en 1957 e ignoro si hoy es su cumpleaños. No será la fecha de su “traspaso”. Lo he traído porque me encanta
lo que dice y, sobre todo, lo que deja entrever.)
Y allá por julio de 1980 la del vídeo era una de las canciones que arrasaba. Es de Paul McCartney y se titula "Coming Up" (traducido por lo que viene o lo que está por llegar)
El futur desafinat
Durant quaranta anys, l’Esteve va prometre que algun
dia deixaria la fàbrica, aprendria saxòfon i convidaria la Mercè a ballar.
Quan es va jubilar, va comprar l’instrument, però el
primer so va espantar el gat i la Mercè va riure com quan tenien vint anys.
Van apartar els mobles i ballaren sense música,
perquè l’Esteve encara no sabia tocar.