SE VENDEN RECUERDOS

Durante cincuenta años
aquella casa había ido aprendiendo su vida.
La marca junto a la puerta de
la cocina todavía señalaba cuánto medían sus hijos a los seis, a los nueve, a
los doce años. En una baldosa del pasillo quedaba la pequeña grieta que hizo su
marido cuando se le cayó el martillo intentando colgar un cuadro. Y en la pared
del dormitorio, aunque ya nadie pudiera verla, seguía apoyada la espalda de él
la última noche que durmieron juntos.
Ahora tenía que marcharse.
El nuevo propietario recorrió
el piso mirando más los metros cuadrados que las habitaciones.
—Los muebles pueden quedarse
—dijo—. Me sirven para el apartamento turístico.
Ella miró la mesa del
comedor. Allí habían celebrado cumpleaños, discutido por tonterías y firmado
papeles importantes sin saber que lo eran. Pasó la mano por el respaldo de una
silla.
—¿Cuánto quiere por todo?
Ella hizo cuentas.
Vendió la mesa.
El armario donde aún colgaba
una corbata de su marido que nunca se había atrevido a tirar.
La cama.
Las mesitas.
El aparador.
Hasta aquella lámpara
horrible que habían comprado recién casados porque entonces les pareció moderna
y después conservaron durante medio siglo por no darle la razón al otro.
El hombre anotaba cantidades
en el móvil.
Cuando terminaron, observó el
piso vacío.
—Bueno —dijo satisfecho—,
creo que ya está todo.
Ella negó con la cabeza.
—Faltan los recuerdos.
Él sonrió, creyendo que
bromeaba.
—¿Y cuánto quiere por ellos?
La mujer no contestó.
Sacó las llaves del bolsillo
y las dejó sobre la mesa que ya no era suya.
Después recorrió lentamente
el pasillo. Tocó la marca de altura de sus hijos, la grieta del martillo, la
pared del dormitorio. Cerró los ojos un instante.
Cuando salió del piso llevaba
las manos vacías.
A la mañana siguiente, el
propietario volvió acompañado del arquitecto.
Los muebles seguían allí.
También las puertas, las
ventanas y el suelo.
Pero las paredes habían
desaparecido.
Todas.
El arquitecto miró
desconcertado aquel espacio abierto al cielo.
—¿Qué demonios ha pasado
aquí?
El propietario recordó
entonces a la anciana y la última pregunta que le había hecho.
Y comprendió que los muebles
podían venderse.
Los recuerdos, no.
Porque algunos, cuando se
van, se llevan la casa.
«¿Cómo
es posible que la mente ejerza sus poderes causales en un mundo que es
fundamentalmente físico?» (Jaegwon Kim es un filósofo surcoreano que hoy cumple
92 años; es una edad longeva que, a buen suguro, ha alcanzado a base de cuidar
cuerpo y mente)
Mylène Farmer nos explica en su canción «Des lols et des quoi» el empobrecimiento del lenguaje y pregunta que pasa cuando las palabras pierden el alma, los matices y la memoria. Tengo una respuesta: llega la incomunicación. ¡Feliz 65 cumpleaños!
L’última
paraula
Van prohibir les paraules difícils perquè feien pensar massa.
Després van eliminar les llargues. Més tard, les que tenien doble
sentit.
Al final només quedaren LOL, TOP, WTF i quatre emoticones
autoritzades.
L’avi, abans de morir, em va cridar a cau d’orella i em va regalar una
paraula clandestina:
—Tendresa.
No sabia què volia dir.
La vaig buscar a internet.
Error 404.
Aquella nit vaig escriure-la a la paret.
L’endemà algú hi havia afegit una altra paraula:
—Resistència.
I vaig comprendre que encara no ho havíem perdut tot.



