LA
ESPINA
Llegué con el cielo a medio
romper, esa hora rara en que no sabes si la tarde se retira o si la tormenta
todavía está pensando dónde descargar del todo. La plaza estaba vacía. Vacía de
verdad. Ni una conversación mal aparcada, ni una puerta batiendo, ni ese ruido
pequeño que suele dejar la gente incluso cuando ya se ha ido. Solo la piedra.
La piedra en el suelo, en las fachadas, en los bancos, en las chimeneas que
parecían vigilar el pueblo con una paciencia mineral, casi ofensiva.
Caminé despacio, como se
camina en los lugares que no quieren parecer decorado. Había algo allí —en la
barandilla húmeda, en las casas cerradas, en la montaña al fondo con esa cara
de haber visto demasiado— que no invitaba a mirar, sino a callarse. Y eso, a
cierta edad, ya es una forma de hospitalidad.
Pensé que los pueblos así no
envejecen: se endurecen. Se les va cayendo la gente, las voces, los oficios,
las costumbres, pero la piedra sigue en su sitio, sosteniendo el gesto. Uno
llega creyendo que visita un lugar hermoso y, al cabo de unos minutos, entiende
que la belleza no tiene nada que ver. Lo que hay allí es otra cosa. Una forma
vieja de resistencia. O de orgullo. A veces se parecen mucho.
Seguí andando y la vi.
Estaba medio escondida bajo un
arco, rodeada de hiedra, como si el tiempo hubiese querido taparla sin
conseguirlo. Un muchacho de mármol, desnudo, inclinado sobre su propio pie,
concentrado en sacarse una espina. Ni héroe, ni santo, ni rey, ni mártir. Solo
alguien ocupado en ese dolor pequeño y exacto que no deja andar.
Me quedé mirándolo más de la
cuenta.
Entonces entendí algo que no
estaba en las casas ni en la plaza ni en la montaña. Lo entendí en esa figura
blanca empeñada en su herida mínima. La historia no suele caerse por las
grandes tragedias. Eso viene después, cuando ya todo estaba roto por dentro.
Antes llegan las espinas: una ausencia que no se dijo, un miedo que se dejó
crecer, una culpa que se vuelve costumbre, una vida entera caminando raro para
no reconocer dónde duele.

Quizá por eso aquel lugar me
resultó tan humano.
No por sus piedras.
Por su manera de esconder el dolor sin dejar de exhibirlo.
Y mientras regresaba sobre las
losas mojadas de la plaza, con el cielo ya rendido del todo, pensé que a lo
mejor la memoria no consiste en recordar fechas ni nombres, sino en seguir
tocándose el mismo pie, año tras año, fingiendo que cualquier día, por fin,
saldrá la espina.
«La guerra es una enfermedad.»
(Si eso es así, tal y como afirmaba Sven Hassel nacido el 19 de abril de 1917, la
humanidad está asolada por una pandemia peor que la peste, la gripe o la
COVID-19. Aunque fue un antibelicista, se ganaba la vida -y muy bien- con
novelas sobre la guerra. Residió en Barcelona casi toda su vida y su casa de
veraneo estaba en Caldetas)
Mark Volman hubiese cumplido hoy 79 años pero se quedó en los 78 y sin la felicidad junto a sus compañeros de The Turtles.
El banc dels diumenges
Ens asseiem sempre al mateix
banc, com si la felicitat fos això: repetir un lloc fins que el dolor s’hi
cansi. Tu portes pa pels coloms. Jo porto silencis. De vegades em toques la mà
i sembla que el món, tan fatxenda, s’hagi equivocat de guerra. No som joves, ni
guapos, ni gaire simpàtics abans del cafè, però junts fem una cosa estranya:
espantem la tristesa. Quan t’aixeques i em dius “anem?”, jo encara et miro com
si m’acabessin de concedir una segona vida.








