Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
lunes, 13 de abril de 2026
LA
MALETA D’EL RUFIÁN
Va arribar a Madrid amb una
maleta petita i una frase grossa.
La maleta semblava d’aquelles
que un s’endú per a dues nits: un parell de camises, un carregador, un llibre
que no pensa llegir i la dignitat plegada a la butxaca interior per si
refresca. La frase era encara més lleugera. Va dir que s’hi estaria poc. El
just. Un tràmit. Una incursió. Gairebé un sacrifici. Madrid era, segons ell,
una estació bruta on un no s’havia de quedar a viure, no fos cas que
s’encomanés d’Espanya.
Han passat els anys i la
maleta continua allà.
No del tot oberta. Aquest és
el truc. No la va desfer mai completament, per poder continuar fingint que està
a punt de marxar. Hi ha gent que conserva una foto a la cartera. Ell conserva
una sortida d’emergència. Li dona un aire èpic. Com si no visqués de l’escó
sinó en resistència dins d’ell. Com si no hagués après a estimar els
passadissos, els focus, els micròfons, els sopars llargs i aquesta manera tan
madrilenya d’indignar-se amb una copa a la mà.
L’he vist alguna vegada a la
televisió, caminant cap al Congrés amb aquella seguretat d’actor secundari que
somia protagonisme. Parla com si perdonés, que és una manera lletja de parlar.
Somriu com si menyspreés, que és una manera encara més lletja de somriure. I al
voltant sempre hi ha algú disposat a confondre soroll amb carisma, insolència
amb intel·ligència, eslògan amb pensament.
La política espanyola té
aquesta malaltia: quan es queda sense idees, s’enamora dels personatges. Els
vesteix d’esperança, els posa música de remuntada i s’oblida de preguntar per a
què serveixen quan s’apaguen les càmeres. Aleshores arriba l’equívoc. Un home
que no creu en la casa vol dirigir el menjador. Un professional del greuge
ofereix pedagogia. Un especialista a assenyalar el país com si fes mala olor
aspira a salvar-lo sense tocar-lo gaire.
Després es sorprenen que la
gent desconfiï.
No per -pressumpte-
independentista. No per roig de 136.000 euros de sou a l’any. No per xarnego.
No per espanyol. No per català. Tot això, en el fons, importa menys del que
sembla. Desconfien perquè flairen la impostura. I la impostura, per més ben
entallada que vagi, acaba fent sempre la mateixa olor: a despatx tancat, a
ambició amb gomina, a ideologia usada com a targeta restaurant.
Hi ha homes que entren en
política per canviar una nació i d’altres que hi entren perquè la nació els
pagui el personatge.
La diferència no sempre es veu
al principi.
Però s’acaba veient en la
maleta. En si un dia la tanquen i se’n van.
O en si fa deu anys que diuen
que de seguida.
«Desde el punto de vista
ético, nadie puede eludir la responsabilidad con la excusa de que es solo un
individuo y de que el destino del mundo no depende de él.» (La frase es de Georg Lukács
nacido el 13 de abril de 1885. No tiene nada que ver con el que lleva su mismo
nombre y es más conocido por sus películas. Este se dedicaba a la filosofía y a
la crítica literaria)
Hoy hace 61 años que los chicos del vídeo lanzaba un grito de ayuda que, visto lo visto, no les hacía falta.
Quan la veu s’esquerda
Vaig passar mitja vida dient
“ja puc sol” amb un somriure de ferreteria. Aguantava portes, sopars, dols i
dilluns. Fins que un matí la tassa em va tremolar a la mà com si sabés alguna
cosa de mi. Vaig mirar el telèfon: cent contactes, cap refugi. Llavors ho vaig
entendre: fer-se gran no és perdre força, és deixar de fingir-la. Vaig trucar
al meu fill i, abans que parlés, li vaig dir allò que mai no havia sabut
pronunciar sense vergonya:
—Ajuda’m.
domingo, 12 de abril de 2026
LA
CENTRAL ELÉCTRICA
A los sesenta y ocho, Julián
decidió tomarse en serio eso de no morirse todavía.
Entró en la tienda con la
solemnidad de quien va a comprar un pedazo de futuro. Le vendieron cápsulas
para las mitocondrias, sobres para el NAD+, una promesa antioxidante y una
palabra nueva cada tres minutos. La dependienta hablaba de sus células como si
dentro de él hubiese una junta de accionistas agotada esperando un rescate.
—Esto le da energía a la vida
—dijo ella.
Julián pagó como pagan los
desesperados: sin discutir.
Al salir, se sentó en un
banco. Abrió el frasco. Lo miró. Luego miró sus manos, las manchas, las uñas,
la piel fina de quien ya ha firmado demasiados inviernos. Guardó la cápsula en
el bolsillo y volvió a casa andando.
Subió las escaleras despacio.
Sin ascensor. Sin épica. Sin música de documental. Llegó jadeando al cuarto
piso, con el corazón dándole golpes al pecho como un inquilino viejo que aún no
quiere marcharse.
En la cocina encontró a su
mujer cortando pan, tomate y un poco de queso. Ella lo miró por encima de las
gafas.
—¿Qué te han vendido ahora?
Julián dejó la bolsa sobre la
mesa.
—Tiempo —dijo.
Ella sonrió con esa crueldad
pequeña que tienen los matrimonios largos, abrió la nevera y respondió:
—No, hombre. Tiempo no vende
nadie. Como mucho, entretenimiento para el miedo.
Cenaron juntos. Despacio.
Hablando de una vecina, de la humedad del baño, de un nieto que pronunciaba mal
la erre. Luego fregaron, barrieron las migas y bajaron a tirar la basura
cogidos del brazo, como dos supervivientes de una guerra doméstica que nadie
iba a condecorar.
Las mitocondrias, mientras
tanto, siguieron a lo suyo en la oscuridad del cuerpo, trabajando sin aplausos.
Y tal vez la longevidad no era
aquello que prometía el bote, sino esa terquedad vulgar de seguir viviendo un
día más sin hacer demasiado ruido, con las piernas aún obedientes, alguien al
lado y una cena sencilla esperando en casa.
«Nosotros mismos morimos cada día.» (Marc-Antoine de Muret,
Muretus para los que saben latín, nació el 12 de abril de 1526 y en su frase
nos recuerda que una vez nacemos ya todo se va para abajo)
David Cassidy es el joven que aparece en el vídeo cantando Daydreamer. Hoy hubiese celebrado su 76 aniversario pero dejó de tener sueños -y recuerdos- a los 67. Me hubiese gustado ver si aún seguía con el aspecto añiñado que lo acompañó siempre.
La cadira del balcó
Cada tarda s’asseia al balcó
com si esperés una visita que la vida li devia des de feia anys. Els veïns
deien que badava. No entenien res. Ella no mirava el carrer: assajava futures
versions d’ella mateixa. En una, reia sense permís. En una altra, marxava sense
donar explicacions. Un dimarts de vent, la cadira va quedar buida. Només hi
havia una tassa, encara tèbia. L’endemà algú va jurar haver-la vist girant la
cantonada amb pas tranquil, com qui finalment entra dins del seu propi somni.
sábado, 11 de abril de 2026
LA
VELOCIDAD DE LOS OTROS
Empecé a caminar raro por
vergüenza.
No por salud, ni por
espiritualidad, ni por esa afición contemporánea a ponerse en paz con uno mismo
en cuanto te duele la espalda. Empecé porque una mañana, al cruzar el parque,
tropecé con mi propio pie delante de una chica que corría como si la persiguiera
una hipoteca. No llegué a caerme, pero hice ese gesto torpe, medio baile, medio
aviso de derrumbe, que a cierta edad ya no tiene gracia ni siquiera para uno
mismo.
Aquella tarde busqué en
internet ejercicios para el equilibrio. Quería algo discreto. Algo que no me
obligara a saltar, ni a jadear, ni a parecer un jubilado en rebeldía. Así
encontré eso de la caminata taichí: andar despacio, mover los brazos con intención,
apoyar el pie como si el suelo también tuviera memoria. Me sonó a chino, claro.
Nunca mejor dicho. Pero al día siguiente salí al parque decidido a hacer el
ridículo en silencio.
Al principio fue humillante.
Mientras yo avanzaba como un
santo artrósico o un ladrón arrepentido, la ciudad seguía con su coreografía de
siempre: repartidores con prisa, ejecutivos en zapatillas caras, madres
empujando carritos y el mundo entero desplazándose como si llegar cinco minutos
antes fuera a salvarle de la muerte. Yo, en cambio, iba lento. Tan lento que
una anciana me adelantó y, al pasar junto a mí, me dijo:
—No te me mueras ahora, guapo.
Aquello, lejos de hundirme, me
dio cierta alegría. Todavía había alguien que me llamaba guapo y además me
concedía unos minutos más de vida.
Seguí.
Descubrí que mi cuerpo
protestaba menos cuando dejaba de tratarlo como a un enemigo torpe. Que la
rodilla no dolía igual si no la obligaba a obedecer de golpe. Que el aire
entraba mejor cuando no quería convertir cada paseo en una competición absurda
contra hombres más jóvenes, más delgados o más imbéciles que yo. Descubrí
también que los árboles no tienen prisa. Ni los bancos. Ni la luz de las ocho
de la mañana sobre la grava húmeda.
Lo más raro fue otra cosa:
empecé a notar que no caminaba para no caerme, sino para volver.
Volver a mí, quiero decir. A
este cuerpo que ya no sirve para ciertas hazañas, pero todavía sabe sostenerme.
A esta edad en la que uno empieza a entender que la elegancia no consiste en
correr más que nadie, sino en no derrumbarse por dentro mientras finge que
llega a todo.
Ahora camino así cada mañana.
Despacio. Respirando. Con una
dignidad un poco ridícula, sí, pero mía.
Y por primera vez en muchos
años, no siento que voy tarde.
«Vence la ira con la no ira; al mal con el bien; al avaro
con la generosidad; al mentiroso con la verdad.» (Si esto ya se sabía cuando
vivía Gautama Buda -entre el 563 al11 de abril del 483 a d. C, me pregunto porque
poc@s han seguido sus instrucciones ¿Será que es muy complicado?)
Stuart Adamson cumpliría hoy 68 años; llegó hasta los 43 y únicamente quedó la sombra de su guitarra seguramente heredaría algún compañero suyo de Big Country.
L’ombra que es queda
Quan ella va marxar, no es va
endur res: ni els llibres, ni la tassa esquerdada, ni aquell jersei que feia
olor de diumenge. Va deixar el pitjor, que sempre surt gratis: la seva forma
d’estar-se. Des d’aleshores, a casa hi ha una ombra que obre calaixos, s’asseu
al sofà i em mira amb la seva paciència de difunta mal educada. Jo li parlo de
vegades. No per amor. Per costum. Que és una manera bastant més humiliant de no
superar ningú.
viernes, 10 de abril de 2026
EL
COLOR DE LLEGAR
El
abuelo Julián salía cada tarde al descampado de las afueras cuando el sol
empezaba a retirarse del pueblo. No decía “vamos a ver el atardecer”, como
dicen ahora en las redes. Decía: “vamos un momento”, como si fuese a saludar a
alguien.
Lucía
lo acompañaba a veces. Bajaba con el móvil en la mano, los auriculares al
cuello y esa mezcla de desgana y prisa que tienen los jóvenes cuando aún no
saben que el tiempo también se gasta por dentro.
—¿Qué
miras tanto, abuelo?
Julián
tardó en contestar. Delante de ellos, el cielo cambiaba de color sin pedir
permiso: un resto de oro, una mancha violeta, un rojo que ya empezaba a doler
un poco.
—Miro
cómo se va el día —dijo—. Hay gente que no sabe irse ni cuando le toca. El día
sí.
Lucía
hizo una foto casi sin ganas. Guardó aquella imagen con el mismo descuido con
que se guardan las cosas que todavía no significan nada. Luego volvió a su
vida, que era rápida, urgente, llena de cosas pequeñas que entonces parecían
enormes.
Pasaron
los años. Murió el abuelo. Llegaron otras tardes, otras pérdidas, otras formas
más discretas de cansancio. Y una mañana, delante del espejo, Lucía se vio una
arruga junto al ojo. No era gran cosa. Apenas una línea. Pero estaba ahí, como
una firma.
Esa
noche buscó no sabía muy bien qué en el teléfono viejo y encontró la foto.
El
cielo seguía ardiendo en silencio. También seguía allí, debajo de la imagen, la
letra temblona del abuelo:
“Lo
triste no es hacerse mayor. Lo triste sería no haber tenido tiempo para
llegar.”
«Te
vas durante mucho tiempo y regresas siendo otra persona; nunca vuelves del
todo.» (Paul Theroux nacido el 10 de abril de 1941 y al que felicito hoy por su
cumpleaños es el autor de la frase. Viaja o viajaba mucho y escribía sobre
ello. Seguro que, como yo, estuvo de safari -fotográfico- en algún lugar del
África profunda y por eso escribió “La costa de los mosquitos”. Y tiene razón
en que viajar te cambia, África tiene un especial influjo… al menos en mi)
Eddie Hazel hubiese cumplido hoy 76 años. Se quedó en los 42 y no sé si llegó a saber que su papá no era un rolling stone aunque él insistía en ello.
Herència
Al
meu pare només li quedava l’ombra: entrava al barri amb sabates lluents,
prometia diumenges, deixava fum. La mare no deia “ha marxat”; deia “ja tornarà
a necessitar-nos”, com qui anuncia pluja bruta. Quan va morir, els veïns van
inventariar les seves conquestes, els seus deutes, els seus vestits. Jo només
vaig heretar una manera de marxar abans que m’estimin massa. Anys després,
mirant el meu fill dormir, vaig entendre l’ofici miserable dels homes absents:
primer excusa, després llegenda, al final coartada.
jueves, 9 de abril de 2026
LOS
EXTRATERRESTRES NO BAJAN A LA COCINA
Me vendieron la experiencia
como quien vende una escapada de lujo con suplemento metafísico: cuatro días en
una isla, comida orgánica, sábanas blancas, respiración consciente, médicos
sonrientes y la posibilidad nada despreciable de mantener una conversación
seria con inteligencias no humanas.
Yo fui por una razón bastante
menos elegante.
Quería preguntarle a alguien
—a lo que fuera— en qué momento una mujer deja de quererte sin dejar de saber
dónde guardas los calcetines de invierno.
Mi ex no estaba muerta, que
conste. Eso habría simplificado el drama y habría dado al asunto una dignidad
de novela rusa. No. Estaba viva, trabajando, saliendo a correr por las tardes,
supongo que riéndose a veces, pagando impuestos y siguiendo con su vida con esa
eficacia ofensiva de algunas personas. Lo único que había muerto era lo
nuestro. Y ni siquiera de golpe. Lo nuestro no tuvo entierro. Tuvo desgaste,
que es una forma administrativa de la tragedia.
En el centro me pusieron una
bata color arena, una pulsera con mi nombre y una malla de electrodos en la
cabeza que me daba un aire entre santo de extrarradio y pollo listo para entrar
en el horno. La doctora, una mujer joven con voz de hotel caro, me explicó el
procedimiento mientras me acariciaba el brazo con la precisión emocional de
quien ya ha cobrado.
—Puede que vea entidades
—dijo—. Intente no resistirse.
—Llevo años sin resistirme a
casi nada —le contesté.
Ella sonrió sin entender si
bromeaba o pedía auxilio.
El suero empezó a bajar por el
tubo con esa parsimonia ofensiva que tienen las cosas importantes cuando aún no
han sucedido. Durante unos segundos no pasó nada. Luego pasó todo.
No sabría explicarlo sin
quedar como un idiota, que supongo que es la forma más honesta de contar
ciertas experiencias. El techo se abrió sin abrirse. La habitación se plegó
como una servilleta mal doblada. El aire adquirió textura. No textura de aire,
sino de pensamiento. Y entonces aparecieron.
No eran los marcianitos de mi
infancia ni los ángeles de las estampitas ni los monstruos que uno espera
cuando se mete algo fuerte en el cuerpo. Eran otra cosa. Figuras cambiantes,
veloces, con un brillo indecente. Tenían algo de insecto de lujo, algo de
cirujano barroco, algo de juguete sagrado. Eran absurdos y solemnes a la vez,
como casi todo lo que da miedo de verdad.
Me rodearon sin tocarme. O
tocándome de una forma que no era táctil. Uno de ellos —si es que aquello podía
llamarse uno— se colocó frente a mí y me inspeccionó con una atención casi
médica. Sentí vergüenza. No por estar allí, drogado, con una vía en el brazo y
una bata ridícula. Vergüenza de la otra: la de sentirse leído.
—Has venido a preguntar por el
amor —dijo.
No movió la boca. Quizá no
tenía. Pero lo oí con una claridad humillante.
—He venido a entender
—respondí, o creí responder.
Entonces ocurrió algo peor que
el miedo: se rieron. No con crueldad. Con una especie de compasión divertida,
como si acabaran de escuchar a un niño afirmar muy serio que ha perdido el mar
en un cubo.
A mi alrededor empezaron a
desfilar escenas. No imágenes grandiosas del origen del universo ni fórmulas
secretas ni ciudades imposibles. Mi cocina. El pasillo de casa. Su espalda
frente al armario. Una taza con un resto de café seco. La frase “ya hablaremos”
flotando durante meses entre dos personas que ya no sabían hablar. La veía
doblar una camiseta. Yo la veía desde una puerta sin entrar del todo. Lo peor
no era recordar. Lo peor era entender la cantidad de veces que había estado
allí sin estar.
—Querías contactar con
inteligencias superiores —dijo la entidad.
—Sí.
—Y no supiste sostener una
inteligencia igual a la tuya sentada al borde de tu cama.
Eso dolió más que la aguja.
Intenté defenderme. Dije que
yo había querido. Dije que hice lo que pude. Dije que nadie nos enseña. Dije lo
que dicen los hombres cuando todavía quieren parecer dignos delante de lo
incomprensible.
Las figuras siguieron
moviéndose a mi alrededor como si montaran y desmontaran el decorado de mi
vida.
—Confundís misterio con
distancia —dijeron—. Os fascina lo extraterrestre porque apenas sabéis mirar lo
terrestre. Queréis hablar con seres de otras dimensiones y no soportáis cinco
minutos de silencio verdadero en una mesa de comedor.
Vi entonces algo que no
esperaba: a mi ex buscándose las gafas. Las llevaba puestas en la cabeza. Era
una escena mínima, ridícula, doméstica. Una de las miles que forman una vida
con alguien y que uno desprecia por pequeñas, como si el amor tuviera que manifestarse
siempre con música de fondo y no con esos gestos tontos que se repiten hasta
volverse invisibles. Yo, en la visión, levantaba un dedo y le señalaba las
gafas. Ella se echaba a reír.
La risa me atravesó como una
noticia atrasada.
—¿Sois reales? —pregunté.
No sé por qué esa fue la
pregunta. Supongo que la cobardía siempre busca una salida técnica.
La respuesta llegó enseguida.
—Lo bastante.
Desperté con la garganta seca
y la sensación de haber regresado de un sitio que no figuraba en ningún mapa
pero estaba sospechosamente cerca de mi fregadero.
La doctora estaba a mi lado
con una libreta. Un hombre con barba revisaba gráficas en una pantalla.
Parecían decepcionados de que yo hubiera vuelto con cara de viudo funcional y
no de profeta.
—¿Ha habido contacto?
—preguntó ella.
Miré el techo blanco. Miré la
vía en mi brazo. Miré mis manos de hombre corriente, que seguían siendo mis
manos a pesar del viaje.
—Sí —dije.
—¿Y qué le han dicho?
Pensé en contarles la verdad.
Decirles que no había descubierto ninguna civilización avanzada, que el
universo, cuando quiere humillar a un hombre, no le enseña galaxias: le enseña
su cocina. Que a veces la entidad no humana más difícil de comprender no viene
de otra dimensión, sino de esa parte de uno mismo que lleva años haciéndose el
sordo.
Pero no dije eso.
Dije:
—Que hablar con los aliens es
fácil. Lo difícil era hablar con mi mujer.
La doctora anotó algo. El de
la barba me miró como se mira a los pacientes que no rentabilizan del todo el
milagro.
Aquella tarde, ya vestido y
sobrio, me senté frente al mar con el móvil en la mano. Tardé veinte minutos en
decidirme y otros diez en encontrar una frase que no sonara a recaída ni a
cobardía tardía. Al final le escribí solo esto:
“Hoy he ido muy lejos para
entender una cosa bastante cercana. Perdona lo que no supe ver mientras estaba
delante.”
No me contestó.
Y, sin embargo, por primera
vez en mucho tiempo, no sentí que el silencio viniera del espacio exterior.
«No perdamos de vista que,
entre la autoridad prácticamente indispensable para todo gobierno y la libertad
legítimamente reivindicada por los pueblos y los individuos, la medida exacta
es muy difícil de trazar y de conservar.» (Es difícil encontrar a alguien que
abiertamente practique o ni tan siquiera diga lo expresado en la frase. Un@s tildarán
de fascistas a l@s que prediquen la autoridad como medida de seguridad, física
y jurídica. L@s otr@s llamarán comunistas o ultraizquierda a l@s reclamantes de
libertades. Fue Léon Blum político socialista el autor de la frase; claro que él
la escribió más allá del 9 de abril de 1872 día de su nacimiento)
Carl Perkins hace ya unos cuantos años que no está entre nosotr@s (28) aunque bien podría haber estado, cumpliría 92. Todo ello para decir que la canción que canta en el vídeo no sólo ha cumplido más años de permanencia que él, sino los muchos que le quedan. Los zapatos de color azul hace mucho que están de moda.
La dignitat del peu
Va entrar al bar com si el món
li degués respecte i una cadira lliure. No era guapo, ni ric, ni gaire llest.
Però duia unes sabates blaves que brillaven com una promesa absurda. Ningú no
el mirava fins que una dona li va trepitjar la punta sense voler. Ell va
apartar el peu com qui salva l’última cosa decent de la seva vida. Aleshores ho
vaig entendre: hi ha gent que no defensa l’amor, ni la feina, ni la fe. Defensa
només allò que encara no li han trepitjat.