NO TENGO NADA QUE OCULTAR

Yo
no tengo nada que ocultar.
Lo
digo con frecuencia, aunque nadie me lo pregunta. Debe de ser la edad. Antes
uno presumía de tener secretos; ahora presume de que podrían registrarle la
casa sin encontrar nada más comprometedor que unas pastillas para la tensión y
una caja de preservativos caducados.
En
Estados Unidos han instalado miles de cámaras Flock. No se limitan a leer la
matrícula. Identifican la marca, el modelo, el color y hasta determinados
rasgos del vehículo. Es decir, saben más de mi coche que el mecánico y bastante
más que yo.
—¿Qué
coche tienes?
—Uno
gris.
La
cámara, en cambio, respondería:
—Un
Toyota Corolla híbrido, matriculado en 2022, con un arañazo en la puerta
derecha, una pegatina descolorida y un propietario que lleva tres meses sin
comprobar la presión de los neumáticos.
Eso
es vigilancia profesional.
La
explicación oficial es tranquilizadora: sirve para localizar coches robados,
perseguir delincuentes y encontrar personas desaparecidas.
Siempre
empieza así.
Nadie
instala ciento veinte mil cámaras diciendo:
—Queremos
saber adónde va usted, cuánto tarda y con quién se reúne.
No.
Te dicen que es por tu seguridad. La seguridad es una palabra maravillosa.
Sirve para abrir todas las puertas que la libertad había cerrado.
Imagino
que pronto llegará aquí. En España somos extraordinarios importando tecnología
y poniéndole una tasa. Las cámaras se llamarán Sistema Integral de Movilidad
Ciudadana Responsable. SIMOCR, porque toda intromisión necesita unas siglas que
parezcan una subvención europea.
El
Ayuntamiento las instalará para protegernos. Después lanzará una aplicación:
«Mi Trayecto Seguro». Un nombre amable, como de excursión escolar.
Cada
noche recibiré un resumen:
09:12. Sale del
domicilio.
09:26. Entra en el aparcamiento del supermercado.
10:03. Se detiene frente a una farmacia.
10:41. Permanece diecisiete minutos en la calle Provenza.
11:08. Regresa al domicilio.
Debajo
aparecerá un botón:
¿Desea
compartir su recorrido con su unidad familiar?
Vendrá
marcado por defecto.
Mi
mujer me preguntará qué hacía en la calle Provenza.
Le
diré la verdad: allí vivió una mujer a la que quise hace cuarenta años. Pasaba
cerca y me desvié para comprobar si continuaba aquel balcón donde una noche me
prometió que nunca me olvidaría.
La
mujer se fue. El balcón permanece.
Intentaré
explicarlo, pero los algoritmos son como los cónyuges: cuanto más explicas una
desviación, más sospechosa resulta.
Al
día siguiente modificaré mi recorrido para despistar a las cámaras. Daré dos
vueltas a la manzana, atravesaré un aparcamiento y saldré por la otra puerta.
La
aplicación me enviará una alerta:
Hemos
detectado un comportamiento anómalo. ¿Necesita ayuda?
Pulsaré
«No».
Aparecerá
otra pregunta:
¿Por
qué ha alterado su ruta habitual?
Las
opciones serán:
- Obras.
- Accidente.
- Emergencia
médica.
- Actividad
profesional.
No
existirá la casilla «Necesitaba hacer algo que nadie supiera».
Porque
ese es el problema. Ya no bastará con ser inocente. Habrá que comportarse como
espera el sistema que se comporte un inocente.
El
ciudadano ejemplar circulará siempre por la ruta más corta, comprará en los
mismos establecimientos y visitará únicamente a personas previamente
verificadas. Quien dé tres vueltas a una rotonda será sospechoso de terrorismo
o de no saber conducir, que en algunas ciudades empieza a considerarse lo
mismo.
Si
protestas, te responderán:
—Si
no ha hecho nada malo, no tiene por qué preocuparse.
Es
una frase impecable. También podría instalar una cámara en su dormitorio y
decirle que duerma tranquilo si no piensa cometer ningún delito entre las
sábanas.
Pero
la intimidad no consiste en esconder crímenes. Consiste en poder hacer cosas
que no necesitan defensa: sentarse dentro del coche a llorar, visitar una calle
antigua, acompañar a alguien a una clínica, entrar en un hotel para usar el
lavabo o permanecer veinte minutos frente a una casa sin atreverse a llamar.
Una
cámara registra el trayecto.
Una
base de datos lo conserva.
Un
algoritmo lo relaciona.
Y
finalmente alguien lo interpreta.
Ahí
empieza el peligro. Las máquinas podrán saber dónde estuvimos, cuándo y con
quién. Lo único que no sabrán es por qué. Pero ya encontrarán a una persona
dispuesta a inventarlo.
En
algunas ciudades estadounidenses han cubierto esas cámaras con bolsas de
basura. Me parece una solución profundamente humana: cuando la tecnología se
vuelve demasiado inteligente, recurrimos a una bolsa del supermercado.
Aquí
no funcionaría. El Ayuntamiento sancionaría la bolsa por no ser biodegradable y
contrataría otra cámara para vigilar la primera.
Yo
sigo diciendo que no tengo nada que ocultar.
Sin
embargo, desde hace unos días, cuando necesito estar solo, bajo al garaje,
entro en el coche y permanezco allí, en silencio, sin arrancar.
La
cámara de la salida solo fotografía los vehículos que pasan.
De momento.
«La diferencia entre el revolucionario y el terrorista reside en la causa por la que cada uno combate.» (La delgada línea roja que siempre ha existido la trazó Yasir Arafat nacido el 24 de agosto de 1929 para ser premio Nobel de la Paz en 1994 y muerto en extrañas circunstancias -por decirlo de una manera generosa- en 2004)
Jean-Michel Jarré hoy cumple 78 años y sigue respirando oxígeno, cosa que nos hace falta a tod@s l@s que leímos el escrito de ayer.
Tot
l’aire que ens faltava
L’home
va comprar una bombona d’oxigen quan el metge li va dir que li quedava poc
aire. La dona, en canvi, va obrir totes les finestres.
—Et
refredaràs —murmurà ell.
—Fa
quaranta anys que m’ofego.
Aquella
nit, mentre els sintetitzadors omplien el menjador d’un futur que ja s’havia
fet vell, ell es va treure la mascareta per besar-la.
L’endemà,
la bombona era buida.
La
casa, no



