jueves, 27 de agosto de 2026

 

LA ÚLTIMA EX


Su última relación acabó mal. El día que la abandonó, ella no lloró ni le pidió explicaciones. Se abrochó el abrigo negro y, antes de cerrar la puerta, le dijo:

—Volverás conmigo. Y entonces será para siempre.

Él atribuyó la frase al orgullo herido. Aun así, se prometió no enamorarse nunca más. En adelante sería frío, prudente, uno de esos hombres que llaman experiencia al miedo.

Entonces conoció a Elena.

Al principio solo fue su risa. Después, la manera en que lo miraba. Una mañana descubrió las primeras mariposas en el estómago y se puso a dieta. Supuso que, si dejaba de alimentarlas, acabarían buscando otro cuerpo donde revolotear.

Primero suprimió los postres. Luego el pan, las cenas y, finalmente, casi todo. Elena le rogaba que comiera. Él se negaba: bastante peligroso era alimentar el amor.

Las mariposas no se fueron.

Él sí.

En el funeral, Elena lloraba frente al ataúd. Detrás de ella, la mujer del abrigo negro acarició la tapa y sonrió.

—Te dije que volverías.

Porque a la Muerte se la puede abandonar. Despecharla, nunca.

«Lo que la experiencia y la historia enseñan es que los pueblos y los gobiernos jamás han aprendido nada de la historia.» (Georg Wilhelm Friedrich Hegel -Hegel para los que le estudiamos- nacido el 27 de agosto de 1770 es el autor de la frase. La podría haber escrito o dicho hoy mismo y no le cambiaría ni una coma)

No sé si Yolanda Adams sabe volar pero como no lo haga pronto, no le va a quedar tiempo. Hoy cumple 65 años.


El vestit del cel

Cada diumenge, l’avi pujava al terrat amb el vestit bo i una maleta buida.

—On vas?
—A aprendre a volar.

Jo reia. Ell obria els braços i deixava que el vent li despentinés els pocs cabells que conservava.

El dia que va morir, vaig trobar la maleta sota el llit. A dins només hi havia una ploma i una nota: «Volar és deixar de preguntar-se on cauràs».

Aquest matí he pujat al terrat amb el seu vestit.

Em queda gran.

El cel, no.


miércoles, 26 de agosto de 2026

 

SE BUSCA MENTIROSO CON EXPERIENCIA

Yo no soy idiota.

Lo aclaro porque últimamente se utiliza la palabra con demasiada ligereza. Basta con votar a un inútil, compartir una noticia falsa o defender a un político sorprendido con las manos dentro de la caja para que alguien te llame idiota.

Como si uno no pudiera hacer esas tres cosas y seguir siendo una persona respetable.

Yo participo en la vida política. Cada cuatro años. Tampoco conviene abusar. La democracia, como el marisco, puede provocar indigestión si se consume con demasiada frecuencia.

El día de las elecciones me levanto temprano, desayuno, leo varios mensajes que confirman lo que ya pensaba y acudo al colegio electoral convencido de que voy a salvar el país. No sé exactamente de qué, pero eso ya me lo explican durante la campaña.

En realidad, votar es como participar en una entrevista de trabajo. La empresa se llama España, los ciudadanos somos los propietarios y los candidatos vienen a pedirnos el puesto.

El primero que entrevisté parecía un hombre serio.

—¿Qué piensa hacer con los impuestos?

—Dependerá de los servicios que queramos mantener.

Mala respuesta.

—¿Y con las pensiones?

—Habrá que estudiar cómo financiarlas dentro de veinte años.

Peor.

—¿Puede garantizar que mejorará la sanidad, bajará la vivienda, aumentará los salarios y reducirá la deuda?

—No puedo garantizarlo.

Lo descarté inmediatamente.

Le faltaba liderazgo.

Además, tenía la desagradable costumbre de explicar las dificultades. Cada vez que le preguntábamos algo, aparecía un límite, una cifra o una consecuencia. Daba la impresión de que gobernar consistía en elegir entre cosas posibles.

¿Quién vota a una persona así?

El segundo candidato entró sonriendo.

Traía un currículum magnífico. Había estudiado en varias universidades, aunque ninguna recordaba haberlo visto. Dominaba cuatro idiomas, siempre que no tuviera que hablarlos, y poseía una amplia experiencia internacional porque había cambiado de avión en Frankfurt.

—¿Qué piensa hacer con los impuestos?

—Bajarlos.

—¿Y con las pensiones?

—Subirlas.

—¿Y con la deuda?

—Eliminarla.

—¿Cómo?

—Con voluntad política.

Aquello nos impresionó.

La voluntad política sirve para todo. Es una energía limpia, barata y renovable que solo aparece durante las campañas electorales. Después desaparece misteriosamente, como los calcetines dentro de la lavadora.

El candidato continuó. Prometió médicos sin espera, viviendas asequibles, trabajos bien pagados, electricidad barata, trenes puntuales y terrazas con sombra. También aseguró que castigaría a los culpables.

—¿Qué culpables? —pregunté.

—Los otros.

Nos pusimos en pie para aplaudir.

No concretó quiénes eran los otros, pero todos supimos que no éramos nosotros.

Eso es liderazgo.

Un buen político no debe decirte lo que puede hacer. Debe decirte que tú tienes razón. Que tus problemas no dependen de tus decisiones, que tus errores son derechos pendientes y que detrás de cada fracaso personal hay un enemigo financiado con dinero público.

El candidato nos miró a los ojos.

—El pueblo nunca se equivoca.

Aquella frase decidió mi voto.

Era evidente que aquel hombre conocía al pueblo. Sobre todo porque jamás había viajado en metro, solicitado una cita médica ni intentado alquilar un piso con un sueldo normal.

Ganó las elecciones.

Al principio todo fue bien. Salía mucho por televisión. Inauguraba cosas, abrazaba niños y visitaba fábricas donde nadie parecía estar trabajando. Cada vez que hablaba, el futuro mejoraba.

Luego llegó el presente.

Los impuestos no bajaron: fueron reorganizados. Las pensiones no subieron: avanzaron hacia un horizonte sostenible. La vivienda siguió igual, pero se creó una comisión para observarla. Las listas de espera aumentaron, aunque el ministro explicó que aquello demostraba la confianza de los ciudadanos en la sanidad pública.

Cuando preguntamos por sus promesas, el presidente puso cara de hombre traicionado por la realidad.

—La situación es más complicada de lo que parecía.

Curiosamente, eso era lo mismo que había dicho el candidato sincero.

Pero en boca del ganador sonaba a estadista.

En el bar empezamos a quejarnos.

—Todos los políticos mienten —dije.

El camarero, que tiene la mala costumbre de recordar las cosas, me miró mientras limpiaba un vaso.

—El otro no mentía.

—Por eso no lo votamos. Era un cenizo.

Cuatro años después volvimos a celebrar elecciones.

El presidente se presentó otra vez. Llevaba una corbata diferente y las mismas promesas, aunque ahora los culpables eran más numerosos. Dijo que necesitaba otros cuatro años para cumplir lo que no había podido hacer en los cuatro anteriores.

Me pareció razonable.

Antes de introducir la papeleta, dudé unos segundos. Recordé los impuestos, las listas de espera, el alquiler de mi hija y aquella comisión que todavía estaba observando la vivienda con gran atención.

Después recordé que el adversario podía ganar.

Y voté al mismo.

Al salir del colegio electoral, murmuré indignado:

—Los políticos nos toman por idiotas.

Mi mujer me cogió del brazo.

—No te toman —dijo—. Te presentas tú solo.

«No es el hogar lo que añoramos, sino el yo que éramos cuando estábamos en casa.» (Christopher Isherwood nacido el 26 de agosto de 1904 para ser escritor aunque a él lo que le gustaba eran los juegos de niños)

Dolly Parton pasó ayer 25 de agosto a la habitación de al lado a los 80 años de edad. Hizo muchos duetos, especialmente con Kenny Rogers, y cuando sacaba una canción original como la del vídeo (I Will Always Love You) venía otra y la hacía famosa ¿Adivináis quién? -para eso hace falta escucharla claro.


El cafè dels diumenges

Quan vas marxar, vas deixar dues tasses al prestatge. Durant anys només en vaig fer servir una, però cada diumenge n’omplia l’altra de cafè i la deixava refredar davant de la teva cadira.

Els fills deien que havia d’acceptar-ho. Jo assentia, educat, com qui firma una renúncia que no pensa complir.

Avui he trencat la teva tassa sense voler. He recollit els bocins, els he besat un per un i, per primera vegada, he preparat cafè només per a mi.

Encara t’estimo.

Però ja no t’espero.

 


martes, 25 de agosto de 2026

SE BUSCA IGNORANTE CON EXPERIENCIA

Me han despedido por experto.

No por llegar tarde, discutir con los compañeros, robar material o presentarme borracho en la cena de Navidad. Por experto. Al parecer, después de treinta años trabajando en la misma empresa, había adquirido un exceso de conocimiento incompatible con mi puesto.

Me lo explicó la directora de Recursos Humanos mientras colocaba sobre la mesa una carpeta con mi nombre. Las carpetas de Recursos Humanos siempre contienen malas noticias. Cuando la noticia es buena, basta con un correo electrónico y un emoticono.

—Henry Ford decía que, cuando un trabajador se considera experto, hay que despedirlo.

Lo dijo con esa solemnidad con la que algunas personas citan a los muertos para evitar discutir con los vivos.

Yo no me consideraba experto. Me consideraba cansado, que es distinto. Había visto aquella máquina detenerse tantas veces que reconocía sus averías por el ruido. Cuando hacía clac, fallaba el engranaje. Cuando hacía cloc, era la correa. Y cuando dejaba de hacer ruido, convenía apartarse porque algo estaba a punto de salir disparado.

Pero llegó el nuevo director de Producción con un máster en liderazgo, dos cursos de transformación digital y una presentación de ciento cuarenta diapositivas. Nos anunció que reduciríamos el tiempo de fabricación un veinte por ciento.

—Eso no funcionará —dije.

Debí añadir «probablemente», «en mi modesta opinión» o «quizá podríamos valorar». Las empresas actuales permiten decir cualquier cosa siempre que se diga de una manera que parezca que no se ha dicho.

El director me preguntó por qué.

Se lo expliqué: si aumentábamos la velocidad, la pieza se calentaría, el sensor se bloquearía y la cadena acabaría deteniéndose.

—Hay que abandonar las viejas certezas —respondió.

La vieja certeza era la temperatura a la que se fundía el plástico. Pero no quise discutir. Supuse que, con la transformación digital, también habrían digitalizado las leyes de la física.

Aumentaron la velocidad. La pieza se calentó, el sensor se bloqueó y la cadena se detuvo.

El director reunió al equipo para averiguar por qué nadie había previsto el problema. Yo levanté la mano. Ese fue mi segundo error. El primero había sido preverlo.

Desde aquel día comenzaron a observarme con preocupación. Yo conocía demasiado bien mi trabajo. Sabía cuánto tardaba cada proceso, qué proveedores cumplían, cuáles mentían y qué tornillo se aflojaba siempre aunque en los informes figurase como perfectamente apretado. Aquel conocimiento, en lugar de convertirme en imprescindible, me convirtió en incómodo.

La experiencia tiene ese defecto: recuerda lo que la empresa necesita olvidar.

En Recursos Humanos me explicaron que el verdadero experto es consciente de todo lo que ignora. Estuve de acuerdo. Cuanto más trabajaba, más dudas tenía. Dudaba de los plazos, de los presupuestos, de los nuevos procedimientos y, sobre todo, de quienes entraban en la fábrica sin quitarse la chaqueta y aseguraban conocerla después de mirar un gráfico.

Pero, por lo visto, mis dudas no eran humildad intelectual. Eran resistencia al cambio.

La humildad solo resulta apreciada cuando se practica hacia arriba.

Nadie le preguntó al director si se consideraba experto en dirigirnos. Nadie pensó en despedirlo cuando afirmó que su plan era infalible. La empresa desconfiaba de quienes sabían hacer su trabajo, pero conservaba una fe conmovedora en quienes sabían explicar el trabajo de los demás.

Supongo que Henry Ford tenía parte de razón. El que cree saberlo todo deja de aprender. El problema comienza cuando esa frase la pronuncia el hombre que tiene la última palabra. Entonces deja de ser una defensa de la curiosidad y se convierte en una forma elegante de obediencia.

Antes, las empresas buscaban trabajadores con experiencia. Ahora publican ofertas solicitando diez años de experiencia, dominio de cuatro idiomas, capacidad de liderazgo, adaptación al cambio y mentalidad de principiante. Quieren que uno lo sepa todo para contratarlo y que, una vez contratado, actúe como si no supiera nada.

Entregué la tarjeta de acceso, el teléfono y el ordenador portátil.

—¿Alguna pregunta? —me dijo la directora.

—Sí. ¿Quién arreglará la máquina cuando vuelva a detenerse?

Sonrió con paciencia.

—No debemos pensar que solo existe una solución.

Tenía razón. Existen muchas. Cambiar el sensor, reducir la velocidad, revisar el engranaje o contratar a una consultora para que, después de seis meses y cuarenta mil euros, recomiende cambiar el sensor, reducir la velocidad y revisar el engranaje.

A la mañana siguiente me llamó un compañero. La cadena se había detenido. Me preguntó qué podía ser.

Le dije que no lo sabía.

Desde que me despidieron, estoy aprendiendo muy deprisa.

«La muerte ayuda. La muerte nos da algo que hacer, porque mirar hacia otro lado es un trabajo de jornada completa.» (El osado autor de la frase,  Martin Amis nacido el 25 de agosto de 1949, dejó de mirar hacia otro lado y empezó a hacer algo en 2023)

Billy Ray Cyrus no se cansa de repetir a una señora -para nosotr@s- anónima que no le rompa el corazón. Pero hoy cumple 65 años y me da a mi que se va a jubilar con el corazón entero.


Cardiologia domèstica

La Maria va marxar sense acomiadar-se.

—No ho digui al seu marit —va demanar al metge—. Té el cor delicat.

Durant mesos vaig posar dos plats, vaig discutir amb la seva cadira i vaig respectar la seva meitat del llit.

Ahir el cor va trobar una arracada sota el coixí.

Des d’aleshores no em parla.

Però cada nit, quan apago el llum, el sento plorar dins meu.

  

lunes, 24 de agosto de 2026

 

NO TENGO NADA QUE OCULTAR

Yo no tengo nada que ocultar.

Lo digo con frecuencia, aunque nadie me lo pregunta. Debe de ser la edad. Antes uno presumía de tener secretos; ahora presume de que podrían registrarle la casa sin encontrar nada más comprometedor que unas pastillas para la tensión y una caja de preservativos caducados.

En Estados Unidos han instalado miles de cámaras Flock. No se limitan a leer la matrícula. Identifican la marca, el modelo, el color y hasta determinados rasgos del vehículo. Es decir, saben más de mi coche que el mecánico y bastante más que yo.

—¿Qué coche tienes?

—Uno gris.

La cámara, en cambio, respondería:

—Un Toyota Corolla híbrido, matriculado en 2022, con un arañazo en la puerta derecha, una pegatina descolorida y un propietario que lleva tres meses sin comprobar la presión de los neumáticos.

Eso es vigilancia profesional.

La explicación oficial es tranquilizadora: sirve para localizar coches robados, perseguir delincuentes y encontrar personas desaparecidas.

Siempre empieza así.

Nadie instala ciento veinte mil cámaras diciendo:

—Queremos saber adónde va usted, cuánto tarda y con quién se reúne.

No. Te dicen que es por tu seguridad. La seguridad es una palabra maravillosa. Sirve para abrir todas las puertas que la libertad había cerrado.

Imagino que pronto llegará aquí. En España somos extraordinarios importando tecnología y poniéndole una tasa. Las cámaras se llamarán Sistema Integral de Movilidad Ciudadana Responsable. SIMOCR, porque toda intromisión necesita unas siglas que parezcan una subvención europea.

El Ayuntamiento las instalará para protegernos. Después lanzará una aplicación: «Mi Trayecto Seguro». Un nombre amable, como de excursión escolar.

Cada noche recibiré un resumen:

09:12. Sale del domicilio.
09:26. Entra en el aparcamiento del supermercado.
10:03. Se detiene frente a una farmacia.
10:41. Permanece diecisiete minutos en la calle Provenza.
11:08. Regresa al domicilio.

Debajo aparecerá un botón:

¿Desea compartir su recorrido con su unidad familiar?

Vendrá marcado por defecto.

Mi mujer me preguntará qué hacía en la calle Provenza.

Le diré la verdad: allí vivió una mujer a la que quise hace cuarenta años. Pasaba cerca y me desvié para comprobar si continuaba aquel balcón donde una noche me prometió que nunca me olvidaría.

La mujer se fue. El balcón permanece.

Intentaré explicarlo, pero los algoritmos son como los cónyuges: cuanto más explicas una desviación, más sospechosa resulta.

Al día siguiente modificaré mi recorrido para despistar a las cámaras. Daré dos vueltas a la manzana, atravesaré un aparcamiento y saldré por la otra puerta.

La aplicación me enviará una alerta:

Hemos detectado un comportamiento anómalo. ¿Necesita ayuda?

Pulsaré «No».

Aparecerá otra pregunta:

¿Por qué ha alterado su ruta habitual?

Las opciones serán:

  • Obras.
  • Accidente.
  • Emergencia médica.
  • Actividad profesional.

No existirá la casilla «Necesitaba hacer algo que nadie supiera».

Porque ese es el problema. Ya no bastará con ser inocente. Habrá que comportarse como espera el sistema que se comporte un inocente.

El ciudadano ejemplar circulará siempre por la ruta más corta, comprará en los mismos establecimientos y visitará únicamente a personas previamente verificadas. Quien dé tres vueltas a una rotonda será sospechoso de terrorismo o de no saber conducir, que en algunas ciudades empieza a considerarse lo mismo.

Si protestas, te responderán:

—Si no ha hecho nada malo, no tiene por qué preocuparse.

Es una frase impecable. También podría instalar una cámara en su dormitorio y decirle que duerma tranquilo si no piensa cometer ningún delito entre las sábanas.

Pero la intimidad no consiste en esconder crímenes. Consiste en poder hacer cosas que no necesitan defensa: sentarse dentro del coche a llorar, visitar una calle antigua, acompañar a alguien a una clínica, entrar en un hotel para usar el lavabo o permanecer veinte minutos frente a una casa sin atreverse a llamar.

Una cámara registra el trayecto.

Una base de datos lo conserva.

Un algoritmo lo relaciona.

Y finalmente alguien lo interpreta.

Ahí empieza el peligro. Las máquinas podrán saber dónde estuvimos, cuándo y con quién. Lo único que no sabrán es por qué. Pero ya encontrarán a una persona dispuesta a inventarlo.

En algunas ciudades estadounidenses han cubierto esas cámaras con bolsas de basura. Me parece una solución profundamente humana: cuando la tecnología se vuelve demasiado inteligente, recurrimos a una bolsa del supermercado.

Aquí no funcionaría. El Ayuntamiento sancionaría la bolsa por no ser biodegradable y contrataría otra cámara para vigilar la primera.

Yo sigo diciendo que no tengo nada que ocultar.

Sin embargo, desde hace unos días, cuando necesito estar solo, bajo al garaje, entro en el coche y permanezco allí, en silencio, sin arrancar.

La cámara de la salida solo fotografía los vehículos que pasan.

De momento.

«La diferencia entre el revolucionario y el terrorista reside en la causa por la que cada uno combate.» (La delgada línea roja que siempre ha existido la trazó Yasir Arafat nacido el 24 de agosto de 1929 para ser premio Nobel de la Paz en 1994 y muerto en extrañas circunstancias -por decirlo de una manera generosa-  en 2004)

Jean-Michel Jarré hoy cumple 78 años y sigue respirando oxígeno, cosa que nos hace falta a tod@s l@s que leímos el escrito de ayer.

Tot l’aire que ens faltava

L’home va comprar una bombona d’oxigen quan el metge li va dir que li quedava poc aire. La dona, en canvi, va obrir totes les finestres.

—Et refredaràs —murmurà ell.

—Fa quaranta anys que m’ofego.

Aquella nit, mentre els sintetitzadors omplien el menjador d’un futur que ja s’havia fet vell, ell es va treure la mascareta per besar-la.

L’endemà, la bombona era buida.

La casa, no


domingo, 23 de agosto de 2026

 

EL VIGESIMOSEXTO PEDO

Dicen los expertos que una persona sana expulsa entre doce y veinticinco pedos al día.

Me tranquiliza saber que la ciencia se ocupa de estas cosas. Mientras nosotros investigamos quién se ha tirado uno en el ascensor, hay científicos averiguando si era el decimotercero o el vigesimocuarto.

Por debajo de doce, al parecer, podríamos tener un problema intestinal. Uno se tira solo once y debe pedir hora con el digestólogo.

—Doctor, estoy preocupado.

—¿Dolor abdominal?

—No. Me falta uno.

El médico te mira con gravedad, te ausculta y te receta un plato de lentejas. Si no funciona, resonancia magnética.

Lo que ninguna fuente explica es qué ocurre cuando superamos los veinticinco. Existe un vacío legal y sanitario preocupante. Hasta el vigesimoquinto eres una persona saludable; en el vigesimosexto, el diagnóstico deja de ser intestinal y pasa a ser moral: eres un guarro con emisiones acreditadas.

Porque una cosa es la salud y otra la convivencia.

El pedo, mientras permanece dentro, pertenece al ámbito de la intimidad. Está protegido por la Constitución, el secreto médico y, probablemente, la normativa europea de protección de gases personales. Pero cuando sale, adquiere naturaleza pública. Deja de ser un asunto de tu colon y pasa a formar parte del aire que respiramos todos.

Mi mujer, desde que conoce la estadística, ha comenzado a llevar la cuenta.

—Ese es el dieciocho —me dijo ayer.

—No puedes demostrar que haya sido yo.

—Estamos solos.

—Eso es un indicio, no una prueba.

A partir del número veinte empecé a administrarlos con prudencia. Reservé dos para después de cenar y guardé los tres últimos para emergencias. Nunca se sabe cuándo puede presentarse una fabada o una reunión familiar.

También he descubierto que hay pedos que deberían contar doble. El silencioso con consecuencias, por ejemplo. Ese que no se oye, pero consigue que seis personas abandonen una habitación culpando al perro. Y luego está el pedo con reincidencia: parece uno, pero regresa a los pocos segundos acompañado de sus familiares.

Lo sorprendente es que esta estadística también se aplica a las mujeres. Por fin hemos alcanzado la igualdad en algo verdaderamente importante. El intestino no entiende de sexo, ideología ni clase social. Puede distinguir entre una ensalada y un cocido, pero no entre un consejero delegado y un becario.

Aunque la sociedad sí distingue.

El pedo de un hombre se recibe con resignación antropológica: «Son cosas de hombres». El de una mujer provoca una crisis cultural. Hay personas convencidas de que ellas no expulsan gases, sino que liberan pequeñas brisas perfumadas con aroma de lavanda.

Propongo que Sanidad reparta contadores, como los podómetros. Una pulsera que vibre a partir del número veinte:

«Le quedan cinco emisiones saludables».

En el veinticinco aparecería una felicitación:

«Objetivo diario alcanzado».

Y en el veintiséis, una advertencia:

«Abra una ventana. Su salud continúa siendo excelente, pero su matrimonio corre peligro».

Porque ese es el límite que los científicos todavía no se han atrevido a fijar. Por debajo de cierta cantidad puede haber un problema intestinal. Por encima, quizá el intestino funcione perfectamente.

Lo que empieza a fallar es la educación.

«El escepticismo, lejos de volver perezosa a la razón humana en la búsqueda de la verdad, la despierta al esfuerzo más intenso.» (Gottlob Ernst Schulze nacido el 23 de agosto de 1761 para ser filósofo y un furibundo adversario de Kant. Lamentablemente para él la gente hicimos más caso a éste último ¿o no?)

Y allá por 1961 causaba furor el ritmo y la canción de Chubby Checker, Let's Twist Again. Anda que no hemos intentado bailarla veces a riesgo de partirnos la cadera.

Encara no

Quan l’orquestra va anunciar el twist, la Mercè deixà el bastó recolzat a la cadira. En Miquel, que feia trenta anys que no li demanava res sense rondinar, li allargà la mà.

Ballaren malament, com abans, quan encara tenien futur i cap ritme. Els fills reien; els nets gravaven.

En acabar, ella recuperà el bastó i ell, l’orgull.

—Demà hi tornem?

La Mercè se’l mirà de costat.

—Demà no. Però no esperis trenta anys.

L’orquestra ja tocava una altra cosa. Ells encara no.