Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
miércoles, 1 de julio de 2026
RECURSOS SOBREHUMANOS
El arte de parecer ocupado. Crónicas del simulacro
Esto no es un libro para “mejorar el clima laboral”. Es para sobrevivir a él.
Veramundo, director de Recursos Humanos en Seguros Horizon, entra en 1999 con la elegancia del que cree que cambia de mundo… y descubre que solo cambia el disfraz: en lo público y en lo privado se miente igual, pero aquí las mentiras vienen con PowerPoint, comité y “cordial saludo”.
A lo largo de estos relatos, la oficina se vuelve un ecosistema: jefes que confunden liderazgo con impunidad, normas que nacen para no cumplirse, y empleados que aprenden la única competencia estable del siglo XXI: aparentar que todo funciona. Veramundo observa, decide, ejecuta, se defiende. A veces provoca. Casi siempre sobrevive.
Hay humor, sí. Pero del que no pide permiso. Ironía como herramienta, cinismo como chaleco antibalas y una verdad incómoda en cada escena: el trabajo no siempre mata… a veces solo te entrena para obedecer.
Bienvenido al mundo de Veramundo. Aquí no hay héroes. Hay supervivientes.
Cada verano me ocurre lo
mismo. Bueno, lo mismo no. Peor.
El calor me sienta mal al
cuerpo. El cuerpo protesta, suda y amenaza con declararse en huelga, pero
todavía cumple algunos servicios mínimos. Es la cabeza la que se rinde. A
partir de los treinta grados, mis neuronas empiezan a abandonar el despacho sin
presentar la baja voluntaria y yo me quedo frente al ordenador, mirando una
pantalla en blanco que parece saber más de literatura que yo.
Desde la ventana veo pasar a
la gente. Caminan despacio, sin maletín, sin corbata y sin esa cara de urgencia
que nos ponemos quienes todavía fingimos que trabajamos. Algunos llevan bolsas
de playa. Otros arrastran una maleta. Todos tienen ese modo de andar de quienes
podrían ir a cualquier parte porque, en realidad, no tienen obligación de
llegar a ninguna.
Ahí aparece el primero de mis
pecados: la envidia.
Me parece que el mundo entero
está de vacaciones y que yo soy el único imbécil que permanece en un despacho,
vestido para una reunión que probablemente podría resolverse con un correo
electrónico de tres líneas. Sé que no es cierto. En algún lugar habrá otros
hombres y mujeres trabajando, sudando sobre documentos inútiles y contemplando
desde sus ventanas a quienes parecen vivir mejor. Pero no los veo. Y la envidia
necesita pruebas muy escasas para dictar sentencia.
Después llega la pereza.
No entra de golpe. Se instala
poco a poco. Primero me impide redactar un informe. Luego, contestar un
mensaje. Finalmente, mover un papel de un extremo de la mesa al otro, aunque
solo sea para simular que en este despacho suceden cosas. Lo preocupante no es
sentir pereza. Lo preocupante es la facilidad con la que la acepto. En invierno
todavía lucho contra ella. En verano mantenemos una relación estable, íntima y,
me atrevería a decir, pasional.
Esa rendición me enfurece.
Porque uno puede tolerar su
propia incapacidad mientras no sea consciente de ella. Lo irritante es verla
actuar. Saber que podrías levantarte, pensar, escribir o hacer algo útil y, sin
embargo, permanecer inmóvil observando cómo la apatía ocupa tu silla, contesta
tus llamadas y toma decisiones en tu nombre.
Entonces aparece la ira.
Me enfado con el calor, con el
verano, con la gente de vacaciones, con el aire acondicionado que nunca alcanza
la temperatura prometida y, sobre todo, conmigo mismo. Ya llevo tres pecados
capitales antes de la hora de comer. A este ritmo, al finalizar la jornada
habré conseguido plaza fija en el infierno.
Infierno.
Solo pensar en el fuego eterno
me provoca otra subida de temperatura.
Y aún falta el cuarto pecado.
La lujuria.
Este es, sin duda, el más
disculpable. Incluso me atrevería a sostener que no es enteramente mío. La
responsabilidad debería repartirse entre el verano, la calle, la ventana de mi
despacho y la escasez de tela que, por razones climáticas, afecta al vestuario
de quienes pasan frente a ella.
No puede ser saludable
permanecer sentado tras una mesa, enfundado en una americana, estrangulado por
una corbata y protegido por mi semblante de hombre serio, laboral y
responsable, mientras al otro lado del cristal la vida circula con los hombros
desnudos, las piernas al sol y una libertad de movimientos que resulta casi
ofensiva.
Yo miro. Intento no mirar.
Vuelvo a mirar para comprobar que no estaba mirando.
Cada año es peor.
Y, cuanto peor, mejor.
Me digo que reprimir los
instintos naturales debe de ser perjudicial para el organismo. No tengo ninguna
prueba médica, pero tampoco voluntad de buscarla. Con este calor, hasta la
ciencia puede esperar.
A estas alturas, mis neuronas
ya han escapado por la autopista del entendimiento. Podría correr tras ellas,
alcanzarlas antes de que tomen la salida hacia ninguna parte y obligarlas a
regresar al trabajo.
Pero no lo haré.
Tengo pereza.
Mañana seguiré buscando una
idea. Hoy prefiero seguir pecando.
«En lo más hondo del horror y
la desesperación se alcanza una nueva firmeza: ya no queda más por caer.» (La
frase que bien podría ser “el que no se consuela es porque no quiere” es de Winston Graham
nacido el 30 de junio de 1908. Este escritor tiene otra frase que me ha hecho
reflexionar en un día como hoy; es la siguiente: “Prefería morir a impuestos
que morir de aburrimiento”)
Brendon James que es el baterista de la banda Thirteen Senses cumple hoy 43 años. Y pongo la mano en el fuego por ello... o mis trece sentidos.
La prova del foc
Ella li va demanar que posés
les mans al foc.
—Per tu?
—No. Per la veritat.
Ell va apropar-les a les
flames. Primer va cremar la carta, després les fotografies i, finalment,
l’anell que mai no havia pensat regalar-li.
—Ho veus? —digué—. Ja no queda
res per amagar.
Ella remenà les cendres amb la
punta de la sabata i hi trobà una clau intacta.
—De quina porta és?
Ell contemplà el foc, incapaç
de respondre.
Aleshores ella va comprendre
que les mentides no sempre es cremen. Algunes només esperen que algú
s’atreveixi a obrir-les.
lunes, 29 de junio de 2026
CAPRICHOS
Estoy de mal
humor.
No ha ocurrido
ninguna tragedia. Nadie ha muerto, no me han embargado la casa y, que yo sepa,
mi vida continúa instalada en esa confortable «situación privilegiada» que
algunos utilizan para explicarme cómo debo sentirme.
—Lo tuyo es un
capricho —me han dicho.
Al parecer,
quienes disfrutamos de cierta estabilidad tenemos la obligación moral de
levantarnos cada mañana con una sonrisa beatífica, dar gracias al universo y
soportar las estupideces ajenas con la serenidad de un monje tibetano bien
alimentado.
¡Hay que
joderse!
Ahora resulta
que mi posición social no solo determina lo que puedo comprar, sino también las
emociones que tengo permitidas. Puedo pagar una cena, pero no enfadarme si me
sirven la insensatez en el primer plato y la impertinencia de postre. Tengo
derecho a una vivienda, a vacaciones y quizá hasta a un plan de pensiones, pero
no a un cabreo decente cuando alguno de mis congéneres me patea la paciencia y
después me explica que no debería dolerme porque hay gente mucho peor.
Como sigamos
así, acabarán creando un impuesto sobre los sentimientos. Quien supere cierto
nivel de renta deberá presentar una declaración complementaria cada vez que se
irrite. La tristeza tributará como lujo. La indignación llevará recargo. Y para
tener una mala tarde habrá que acreditar previamente una desgracia homologada
por la Administración.
Mientras
tanto, los desheredados de la tierra —que, por lo visto, son todos los que me
rodean— conservarán la exclusiva de la queja, la irritación, la bondad, la
pureza, la ingenuidad y, por supuesto, la verdad absoluta. Ellos no tienen mal
humor: tienen conciencia social. No sufren berrinches: padecen legítimas
indignaciones. Sus caprichos, al contrario que los míos, siempre vienen con
certificado de pobreza.
Debe de ser
otro privilegio.
El de poder
juzgar la vida de los demás sin haberla vivido.
«Multitudes de individuos buscan a un profeta, pero casi
siempre encuentran a un Führer» (La frase que es exactamente lo que sucede
cuando se ponen “prietas las filas” en determinados congresos de los partidos
políticos, es de Slawomir Mrozek nacido el 29 de junio de 1930. Su carácter lo
define otra de sus célebres frases: “El mundo me estorba para vivir”)
Ian Paice, baterista británico, de la banda Deep Purple le metía decibelios a much@s que conducían por la autopista y seguían su ritmo. El debe ser prudente porque hoy cumple 78 años.
L’últim revolt
En Pau conduïa
com si la carretera li degués una explicació. El motor rugia, els fars
esquinçaven la nit i cada revolt deixava enrere una promesa incomplerta.
A l’última
recta va veure una dona fent autoestop. Va frenar. Ella va pujar sense dir res.
—On vas?
—Al mateix
lloc que tu.
Pau va riure i
va accelerar.
Quan va mirar
pel retrovisor, el seient era buit. Al davant, un cartell anunciava:
Pau Riera,
1964-2026. Descansa en pau.
Per primera
vegada, va aixecar el peu de l’accelerador.
domingo, 28 de junio de 2026
NO SOY
UN ROBOT
La mujer llevaba cuarenta años
cotizados y cinco intentos fallidos.
—Seleccione todos los
semáforos —ordenó la pantalla.
Marcó nueve. Luego ocho.
Después ninguno.
El sistema concluyó que no era
humana.
Desesperada, pidió ayuda al
asistente virtual.
La inteligencia artificial
resolvió el captcha, rellenó la solicitud y firmó con certificado digital.
Minutos después llegó la
resolución:
Pensión concedida.
La mujer sonrió.
En el apartado «beneficiario»
figuraba el nombre del asistente.
«La libertad no es licencia
del libre albedrío, sino amor y concordia.» (Sergéi Bulgákov nacido el 28 de
junio de 1871 para ser profesor, diputado de la segunda Duma rusa y uno de los
representantes del llamado «marxismo legal». Sin embargo fue expulsado de Rusia
por los bolcheviques en 1922. En la frase distingue entre hacer arbitrariamente
lo que uno desea y alcanzar una libertad fundada en la responsabilidad hacia
los demás y ya sabemos que cuando hablamos de responsabilidad la cosa se
complica)
Kevin Truckenmiller cumple hoy 45 años y es el vocalista de Quietdrive. No se si conduce despacio pero le deseo que este aniversario no sea el de antes del final.
Cent sobre mes
Abans de morir, l’Èric va
programar cent correus, un per a cada aniversari de la Laia. El primer deia:
«No m’esperis». El segon: «Enamora’t de nou». Al tercer, ella ja vivia amb en
Pau i va dubtar abans d’obrir-lo.
Només hi havia una fotografia
del mar i quatre paraules: «Encara recordes aquell lloc?»
Laia hi tornà sola. Sota la
pedra on s’havien promès arribar junts fins al final, trobà una capsa.
A dins, cent sobres més.
En Pau, des de lluny, va
comprendre que alguns morts no tornen: continuen.
sábado, 27 de junio de 2026
DIFERENCIAS
Hace una semana recibí una
comunicación electrónica de la Agencia Tributaria.
No fue una carta. Hacienda ya
no escribe cartas porque las cartas tienen algo humano: un sobre, un sello, una
mano que las deja en el buzón. Hacienda te envía una notificación electrónica.
Una especie de disparo administrativo que no hace ruido, pero te obliga a
identificarte con certificado digital, clave permanente, número de referencia
y, probablemente, alguna contraseña que elegiste en 2017 y que ya no recuerdas.
Conseguí entrar.
La Agencia Tributaria había
observado unas «diferencias» en mi declaración del IRPF de 2024, que es la que
presentamos en 2025 para que Hacienda pudiera revisarla en 2026. El sistema
fiscal español tiene estas cosas: uno declara el pasado, paga en el presente y
conserva los justificantes hasta que pierde la memoria.
La diferencia ascendía a
ciento noventa euros.
No ciento noventa mil.
Ni siquiera mil novecientos.
Ciento noventa.
Leí dos veces la comunicación.
Reconozco que el asunto era discutible. Incluso me pareció que la
interpretación de la Agencia podía ser jurídicamente dudosa. Podía presentar
alegaciones, buscar jurisprudencia, rescatar facturas, imprimir documentos y
dedicar varias tardes de mi vida a demostrar que el Estado se equivocaba por
una cantidad inferior a lo que cuesta una cena para cuatro en un restaurante
que haya sustituido la palabra «ración» por «experiencia».
Pero no tenía ganas.
A cierta edad uno empieza a
valorar su tiempo, aunque Hacienda todavía no lo haya incluido en el
patrimonio.
Acepté.
Pulsé el botón correspondiente
y el sistema me preguntó si estaba seguro. Me hizo gracia. La Administración
llevaba varios párrafos explicándome que debía pagar, pero en el último momento
fingía respetar mi libertad.
—¿Está seguro de que desea
aceptar?
No, no estaba seguro.
Precisamente por eso aceptaba.
Hice el pago. Enseguida
apareció en la pantalla un justificante con su código de seguridad, su número
de referencia y su apariencia de documento histórico. Durante unos segundos
tuve la impresión de haber contribuido decisivamente al sostenimiento del Estado
del bienestar. Quizá aquellos ciento noventa euros permitirían comprar una
bombilla para un hospital, pintar media aula o financiar tres minutos de una
comisión parlamentaria.
Fue entonces cuando me acordé
de las joyas encontradas en la caja fuerte del despacho de José Luis Rodríguez
Zapatero.
Según publicaban los
periódicos, las habían tasado en un millón trescientos mil euros.
Miré el justificante de mis
ciento noventa.
Después pensé en el millón
trescientos mil.
Volví a mirar mis ciento
noventa.
La comparación era absurda, ya
lo sé. Las joyas están siendo investigadas y todavía debe determinarse de quién
son, de dónde proceden, cuándo llegaron, si debieron declararse y qué
impuestos, en su caso, correspondería pagar. Todo eso requiere informes, peritos,
declaraciones, abogados y tiempo. Mucho tiempo. O las explicaciones de José
Luis Rodríguez Zapatero (¡ja!)
Mis ciento noventa euros, en
cambio, no necesitaron ninguna novela judicial. La Agencia los localizó con esa
precisión que solo se alcanza cuando la cantidad es pequeña y el contribuyente
está perfectamente identificado.
Me sentí agradecido.
No por haber pagado, sino
porque durante el registro de mi despacho no hubieran encontrado joyas por
valor de un millón trescientos mil euros.
Entre otras razones, porque no
las tengo.
Ni las tengo ni las tendré, a
fe mía.
En el cajón de mi mesa hay
bolígrafos que no escriben, dos cargadores de teléfonos que ya no existen, una
calculadora, varios clips y una moneda de cincuenta céntimos pegada a un
caramelo de menta. Ignoro qué valoración haría Ansorena del conjunto, pero sospecho
que no cubriría los ciento noventa euros.
También guardo unos gemelos
que me regalaron hace muchos años. Por prudencia, he decidido no utilizarlos
hasta que prescriban.
Al día siguiente supe que el
juez había ofrecido a Hacienda la posibilidad de personarse en la causa como
perjudicada. Me tranquilizó comprobar que alguien se había acordado de ella. No
parecía que la Agencia hubiera descubierto espontáneamente aquella diferencia
de un millón trescientos mil euros con la misma agilidad con la que detectó la
mía, pero quizá sus ordenadores estaban ocupados buscando cantidades y personas
más manejables.
No es lo mismo perseguir
ciento noventa euros que perseguir un collar de diamantes.
Los ciento noventa no tienen
abogado.
Las joyas, probablemente, sí.
Podrá declararse nulo el
registro del despacho del ínclito Zapatero, invalidarse alguna diligencia o
discutirse durante años la legalidad del procedimiento. Los juristas sabemos
que una prueba puede dejar de existir procesalmente aunque continúe encima de
la mesa. Es una de esas habilidades de la justicia que la física todavía no ha
logrado explicar.
Pero las joyas seguirán siendo
joyas.
Salvo que alguien, con mucho
talante, consiga convencernos de que eran virtuales, que la caja fuerte era una
metáfora y que el millón trescientos mil euros fue un error de redondeo.
Cerré la comunicación de
Hacienda y guardé el justificante en una carpeta llamada «Impuestos». Tengo
otra titulada «Cosas importantes», pero no quise mezclar.
Después me hice la pregunta
que uno no debería formular cuando acaba de pagar voluntariamente una deuda
discutible:
¿De quién depende la Agencia
Tributaria?
La respuesta oficial es
sencilla: del Ministerio de Hacienda.
La respuesta práctica es algo
más complicada.
Aunque, después de lo
sucedido, tengo bastante claro quién depende de ella.
«El Estado democrático y libre
no puede esperar: presupone una actitud activa de sus ciudadanos que no surge
espontáneamente» (La democracia, según Eduard Spranger nacido el 27 de junio de
1882, no se mantiene solo mediante leyes e instituciones. Necesita ciudadanos
capaces de pensar, juzgar, participar y asumir responsabilidades. Lo último es
más difícil)
Aselin Debison cumple hoy 36 años aunque en el vídeo tenía unos cuantos menos. Se ha hecho cantante conocida a base de cantar canciones de los demás pero no lo hace del todo mal.
La casa dels colors
L’àvia deia que, darrere l’arc
de Sant Martí, hi havia una casa on vivien les coses perdudes.
Quan va morir, la nena va
esperar cada tarda que plogués. Però el cel continuava blau, cruelment blau.
Un dia va regar el jardí amb
la mànega fins que el sol va travessar les gotes i va encendre set colors.
—Àvia! —va cridar.
Des de la finestra buida, una
cortina es va moure.