lunes, 23 de marzo de 2026

 

MASTERCLASS


Nos hicieron bajar al salón de actos a las once. Dijeron que venía “un referente para la juventud”. Esa frase ya traía dentro fluorescentes, PowerPoint y café de máquina, pero bajamos igual, arrastrando mochilas, acné y sueño.

En el escenario habían puesto una pantalla gigante, dos focos y una botella de agua con la etiqueta bien girada hacia delante, como si hasta el agua quisiera salir en la foto. La directora sonreía con esa alegría administrativa que solo aparece cuando hay cámaras. A su lado, el invitado: un chico de dientes perfectos, bíceps de gimnasio y vocabulario de ascensor. Famoso por hacerse vídeos diciendo que madrugar, visualizar y quererse mucho eran la clave del éxito.

—Yo no leo —dijo entre risas—. Para aprender, la calle. Y para triunfar, actitud.

El salón de actos aplaudió como si acabara de citar a Séneca.

Un profesor de Filosofía, interino, sentado en la última fila, bajó la cabeza. Lo vi porque estaba a dos asientos de mí. Tenía la americana gastada en los codos, ojeras de corregir exámenes y esa dignidad algo derrotada de los hombres que todavía subrayan libros con lápiz. Llevaba meses encadenando sustituciones, cobrando tarde y mal, y aquella misma semana le habían dicho que quizá en junio no renovaba. En otro país, pensé, a ese hombre le habrían dado una cátedra. Allí le daban una silla plegable y un silencio educado.

El chico del escenario siguió repartiendo frases como quien lanza caramelos en una cabalgata.

—La cultura está sobrevalorada. Hoy todo está en internet.

Otra ovación.

Una alumna de primero levantó la mano y preguntó qué se hacía cuando en casa no había dinero, ni contactos, ni tiempo para “emprenderse a una misma”, que fue la expresión exacta. El referente la miró con compasión fotogénica y respondió:

—Mentalidad. La pobreza empieza aquí —y se tocó la sien, muy convencido de su cerebro, que parecía recién alquilado.

Hasta la directora sonrió.

Al terminar, le entregaron una placa. “Por inspirar a nuestros jóvenes”. El fotógrafo pidió otra foto porque en la primera no se veía bien el lema del instituto. Mientras tanto, el profesor de Filosofía salió por una puerta lateral con una caja de cartón entre los brazos: dos libros, una libreta, una taza desconchada, un jersey para el frío del aula.

Nadie le hizo fotos.

Los chicos se fueron repitiendo las frases del escenario como si fuesen un himno. El hombre que sabía pensar cruzó el patio solo, con los hombros un poco vencidos y la caja pegada al pecho, como quien rescata lo poco que aún no le han quitado.

Entonces entendí que la mediocridad no gana porque brille más.

Gana porque cobra entrada, pone focos y consigue que el talento salga por la puerta de servicio.

«Los países poco armados pueden ir a la guerra con la misma facilidad que los armados hasta los dientes, si no se eliminan las causas habituales de la guerra.» (Ludwig Quidde nació el 23 de marzo de 1858 para ser premio nobel de la Paz en 1927; le dio tiempo, además, de exiliarse de su país, Alemania, cuando los nazis alcanzaron el poder. Como todos los premios nobeles de la Paz se sentiría muy decepcionado al ver como no hemos eliminado las causas de la guerra. Hay hasta quién se inventa esas causas)

Ric Ocasek que era el cantante del grupo The Cars, cumpliría hoy 82 años. Llegó con su coche, despeinado, polvoriento y con 6 hijos de 3 matrimonios,  hasta los 75. 


El copilot

Ell conduïa com estimen els covards: sense mirar gaire, però exigint fe.

—Confia en mi.

I ella, que ja tenia una edat i prou ferides per no confondre volant amb destí, va mirar la carretera negra, els llums trèmuls, la seva mà massa segura.

—No —va dir.

Va baixar del cotxe enmig de la nit. Feia fred. Feia por. Feia vida. Ell va marxar ofès, com marxen els homes acostumats a ser porta i paret.

Ella es va quedar sola a la cuneta, sí, però per primer cop no anava d’acompanyant.


domingo, 22 de marzo de 2026

 

LA GENTE BRÚJULA


La gente suele presentarse como brújula, pero funciona como veleta: hoy te marca norte con la solemnidad de quien jura lealtad, y mañana gira al sur con la naturalidad de quien cambia de canción. Sin explicación. Sin aviso. Sin que tú hayas tocado nada. Un golpe de timón y ya está: una de cal, otra de arena, y tú con la boca llena de polvo intentando entender en qué minuto exacto dejaste de merecer el mismo trato.

Por eso hay una prudencia que no sale en las películas: no poner tu vida —tu calma, tus planes, tu futuro— en manos de alguien capaz de soltarte cuando más pesas. Porque hay personas que no abandonan cuando todo va bien (eso lo hace cualquiera), abandonan cuando te ven vulnerable, cuando ya no eres aplauso sino responsabilidad. Y ahí es donde se sabe si había amor o solo había costumbre; si había compromiso o solo conveniencia con buena educación.

Lo temible no es que cambien de opinión: lo temible es que te construyan una dependencia. Una telaraña fina, casi elegante, hecha de mensajes tibios, promesas a medias, gestos que parecen cuidado y son control. Te van envolviendo sin ruido, y cuando por fin te das cuenta, no estás enamorado: estás atrapado. Y cuesta salir porque la trampa no está en el otro, está en tu propia necesidad de creer.

Al final la falta de amor no siempre llega con gritos. A veces llega con eficiencia: te usan, te exprimen, te sostienen lo justo para que sigas sirviendo y, cuando ya no les vales, te desechan como un objeto que estorba. Sin moral, sin culpa, con la coartada moderna de que “cada uno mira por sí mismo”. Un mundo donde todo vale… hasta que te toca a ti.

«Ideas suelen durar un día; los sentimientos y los sueños, casi para siempre.» (Gabrielle Roy nacida el 22 de marzo de 1909 para ser novelista y retratar la vida cotidiana de la gente humilde, aunque ella no lo fuese. Es verdad que las ideas duran muy poco y es de esperar que siempre, siempre tengamos sueños y sentimientos)

¡Como pasa el tiempo! hoy hace 63 años que The Beatles lanzaron su primer éxito: ¡Please me, please mi!

La fam de dir-ho

Va entrar al bar amb aquella cara de no haver estat estimada bé en tota la setmana. Jo li vaig oferir foc, tot i que no fumava. Ella va riure, que ja era una manera bastant indecent d’acostar-se. Vam parlar poc: dues mentides petites, tres silencis útils i una set antiga fent soroll sota la taula. Quan em va dir “sigues amable”, vaig entendre una altra cosa. De vegades l’amor no arriba com una promesa, sinó com una súplica mal dissimulada. I tothom, tard o d’hora, vol que algú li digui que sí amb el cos sencer.


sábado, 21 de marzo de 2026

 

EL HOMBRE QUE CENABA DESPACIO


Entró en el restaurante con esa clase de calma que en un hombre de más de cincuenta años ya no es timidez ni educación: es oficio. No miró a nadie de inmediato. Se quitó el abrigo, se lo entregó al camarero, recorrió la sala con una lentitud cortés y solo entonces la vio. O, mejor dicho, dejó que pareciera que la veía en ese momento.

Ella estaba sola, junto al cristal, con una copa de vino y esa expresión de las mujeres que han aprendido a cenar sin pedirle compañía al mundo.

Él se acercó.

—Qué mala suerte la mía —dijo—. Venir a cenar tranquilo y encontrarte aquí.

Ella lo miró de arriba abajo. Sin prisa. Como quien revisa una prenda cara y no acaba de decidir si merece el precio.

—A tu edad, la mala suerte ya no entra tan bien vestida.

Él sonrió. Ahí estaba lo suyo: no entraba a matar. Rodeaba. Medía. Esperaba. Tenía una elegancia seca, un encanto sin aspavientos, una voz grave que no buscaba impresionar y por eso impresionaba más. No era un hombre cálido a primera vista. Era un hombre interesante, que es una forma más lenta y a veces más peligrosa de la seducción.

—¿Puedo sentarme?

—Ya te has sentado medio segundo antes de preguntarlo.

—Entonces aún conservo reflejos.

—Y descaro.

—El descaro bien llevado es casi una virtud.

Ella señaló la carta.

—Depende del animal.

Él pidió un vino mejor del que ella estaba bebiendo. No por exhibición, sino por costumbre. Como esos depredadores elegantes que nunca corren si pueden acercarse andando. Habló poco al principio. Le preguntó por su trabajo, por un viaje, por una cicatriz pequeña que asomaba junto a su muñeca izquierda. Escuchaba con una atención casi insolente. No interrumpía. No se justificaba. No llenaba los huecos por miedo. De vez en cuando sonreía de lado, como si supiera algo del deseo que los demás todavía no habían aprendido.

Ese era su atractivo. Y también su defecto.

Porque la misma calma que seducía podía parecer cálculo. La misma seguridad que protegía también aislaba. Había en él algo de hombre que ha dormido demasiados años consigo mismo y se ha acostumbrado a no compartir del todo la intemperie. Alguien que sabe acercarse, rozar, tentar, pero mantiene a salvo una parte esencial de su hambre.

—Tú estás muy entrenado —dijo ella, llevándose la copa a los labios.

—¿En qué?

—En gustar sin exponerte.

Él sostuvo la mirada. No la esquivó. Tampoco se precipitó a desmentirla.

—Y tú estás muy entrenada en notarlo.

—Es la edad.

—No. Es la puntería.

Ella sonrió, pese a sí misma. Él la había hecho reír y eso, a ciertas alturas de la vida, cotiza más que unos abdominales y bastante más que un poema malo.

Llegó el plato principal. Compartieron un trozo de lubina, un silencio cómodo, el aroma de mantequilla y limón, la luz ámbar sobre el mantel. Él cortaba despacio. Bebía despacio. Miraba despacio. Como si entendiera que la prisa es una ordinariez de principiantes. En un momento dado, le rozó los dedos al apartar su copa. Nada teatral. Apenas un contacto. Pero lo hizo con una precisión que no tenía nada de inocente.

Ella retiró la mano un segundo tarde.

Él lo notó. Claro que lo notó.

—Perdona —dijo, sin parecer arrepentido.

—No te creo nada.

—No era para que me creyeras.

Y ahí estuvo a punto de perderlo todo, porque a veces el leopardo se delata en el brillo de los ojos. Esa autosuficiencia leve, ese placer por el juego, esa convicción masculina, un poco irritante, de que el cuerpo del otro acabará aceptando lo que la inteligencia se discute.

Ella dejó los cubiertos.

—No te confundas —dijo—. Que me guste cenar contigo no significa que ya hayas cruzado la selva.

Él bajó la vista un instante. Sonrió. Pero esta vez la sonrisa tenía algo menos de triunfo y algo más de verdad.

—Lo sé.

—No lo parecía.

—A veces uno también tropieza con su personaje.

La frase la desarmó un poco. Porque debajo del hombre preciso, del cazador elegante, del animal hermoso que sabía esperar oculto entre la conversación y el vino, apareció de pronto algo más tierno: el cansancio. La edad. La sospecha de que quizá el deseo ya no consistía en conquistar nada, sino en encontrar a alguien ante quien no hiciera falta fingir tanto control.

Ella alargó la mano y le rozó la muñeca.

—Ahora estás mejor.

—¿Más dócil?

—Más humano.

Él soltó una risa baja.

—Qué palabra tan ofensiva.

—Y tan merecida.

Siguieron cenando. Afuera, la ciudad se lamía sus luces. Dentro, él conservaba intactas sus cualidades: la belleza contenida, la paciencia, la atención, el magnetismo de lo sigiloso. Y también sus defectos: la distancia, el orgullo, esa costumbre de subir sus afectos a una rama alta para que nadie los tocara.

Pero aquella noche, por una vez, no pareció un hombre dispuesto a cazar.

Pareció un hombre que, después de mucho acecho, empezaba a tener ganas de bajar del árbol.

«Lo que vivimos está por encima de las palabras.» (Youssef Rzouga es el autor de la frase y al que hoy podemos felicitar en su 69 cumpleaños. Estoy muy de acuerdo con su apreciación: a veces no hay palabras para describir la vida en sus maravillas y sus horrores)

Chris Isaak nos advierte en su canción del vídeo de los juegos perversos; no obstante visto lo visto en el vídeo, tal vez merezca la pena arriesgarse un poco... o mucho.

La trampa més dolça

Vaig obrir-te la porta com qui obre una finestra en ple hivern: sabent que entraria el fred i, tot i així, necessitant-lo. Duies aquell somriure cansat de qui ja ha fet mal abans i encara en conserva l’ofici. Em vas dir “només una copa”, i jo vaig sentir com les cadires, la llum i fins i tot el rellotge s’apartaven per deixar-nos passar. Després va venir el petó, aquella manera tan elegant de començar una ruïna. L’endemà, casa meva feia olor de tu i de derrota. Vaig pensar: quin joc més miserable. I quines ganes de perdre.



viernes, 20 de marzo de 2026

 

LA ALTURA DEL DESEO


Ella entró en el bar con esa clase de presencia que no pide sitio: lo ocupa sin violencia. Alta, seca, elegante. El cuello largo, la espalda recta, los ojos lejos. Más de cincuenta años y ya sin ganas de parecer más joven, que es una esclavitud muy cutre. Llevaba un vestido oscuro, sencillo, y una forma de mirar que parecía venir de bastante más arriba que el resto.

Él la vio y sonrió con esa mezcla de hambre y educación que algunos hombres confunden con encanto.

—¿Te puedo invitar a una copa? —preguntó, acercándose con prudencia de cazador civilizado.

Ella lo miró un segundo. Luego otro. Como si antes de responder quisiera comprobar si valía la pena agachar un poco el mundo.

—Puedes —dijo—. Otra cosa es que debas.

Él soltó una risa breve, complacida. No entendió que aquello era una advertencia y no una coquetería.

Se sentaron junto a la ventana. Afuera, la ciudad hacía su ruido de cubiertos, motores y gente que vuelve sola a casa. Dentro, ella sostenía la copa con dos dedos y lo escuchaba inclinarse hacia ella, hablar de viajes, de libros, de una hija que vivía en Berlín, de su reciente entusiasmo por cocinar. Hablaba bien. Demasiado bien. Como esos hombres que han confundido la conversación con una entrevista de trabajo.

—Hablas mucho —dijo ella.

—Cuando me pongo nervioso, sí.

—Pues procura no ponerte tanto. Las palabras, cuando sobran, huelen.

Él volvió a reír. Esta vez menos seguro.

Ella tenía eso: una ternura rara, con filo. No humillaba. Podía haberlo hecho. Simplemente marcaba distancia. Miraba por encima de las cosas, como si llevara años viendo venir la decepción desde mucho antes de que se presentara. Ese era su don y su condena. Detectaba el peligro, sí; pero también sospechaba del milagro. Se acercaba con gracia y se retiraba con la misma. Como si una parte de ella quisiera beber y otra recordara siempre el barro.

—¿Siempre estás tan a la defensiva? —preguntó él.

Ella giró la cabeza despacio. El gesto fue hermoso y un poco triste.

—No. A veces estoy cansada. Que parece lo mismo, pero no lo es.

Él bajó la mirada. Por primera vez dejó de interpretarse a sí mismo.

—Perdona. No quería hacerme el interesante.

—Ya —dijo ella, suave—. Pero te estaba saliendo.

Entonces él calló. Y en ese silencio, por fin, pasó algo. Ella lo observó como observan algunos animales nobles cuando el ruido cesa y el mundo deja de presumir. Le vio la torpeza, la vanidad pequeña, las ganas sinceras de gustar, la soledad mal peinada. Y algo en todo aquello, tan poco heroico, le enterneció.

Le rozó la muñeca.

—Ahora mejor —murmuró.

Él alzó los ojos.

—¿Mejor yo o mejor el silencio?

Ella sonrió.

—No seas ambicioso.

La punta de sus dedos siguió allí un instante más. Tibios. Leves. Suficientes. Había seducción en aquella caricia, sí, pero no entrega. Ella no descendía del todo. Nunca del todo. Conservaba la altura, la vigilancia, esa forma suya de querer sin dejar de mirar alrededor. Como si la vida le hubiera enseñado que el deseo puede ser hermoso y ridículo a la vez, y que conviene no olvidar ninguna de las dos cosas.

—¿En qué piensas? —preguntó él.

—En que los hombres sois muy graciosos.

—Eso no parece buena señal.

—No lo es. Pero tampoco mala.

Y lo sostuvo con la mirada. Desde arriba, sí. Desde muy arriba. No por soberbia, sino por naturaleza. Como quien ha nacido para ver antes, más lejos, mejor… y también para tardar más en bajar la cabeza hasta el corazón de otro.

«La humanidad se enfrenta hoy a una amenaza sin precedentes de autoextinción, derivada de la acumulación masiva y competitiva de las armas más destructivas jamás producidas.» (Alfonso García Robles nacido el 20 de marzo de 1911 es el autor de la frase y no se aleja mucho de la realidad actual a pesar de que murió en 1991. Antes, en 1982, le concedieron el Nobel de la paz)

Etta James cantó la versión más icónica de "At last" (¡Por fín!) que popularizó una tal Glen Miller allá por 1942.


Quan el cos, per fi, es rendeix

Ella va entrar tard, amb aquella calma de qui ja ha plorat prou.
Ell es va aixecar, maldestre.

—Pensava que no vindries.
—Jo també.

Van riure poc, però amb veritat. A fora, la nit feia olor de pluja vella. A dins, les mans d’ell tremolaven com si també haguessin esperat una vida sencera.

Ella li va tocar la galta.

—Ara no corris.
—Ja no sé córrer.
—Millor. Jo tampoc.

I, per fi, ningú no va haver de fingir joventut per desitjar-se.

martes, 17 de marzo de 2026

 

TANZANIA EN HORARIO DE OFICINA


Javier volvió de vacaciones con más energía, más color y bastante menos vergüenza.

Es admirable lo que algunas personas pueden hacer en dos semanas de descanso: no descansar, exactamente, sino empeorar. Javier se fue siendo un pesado local y ha regresado como un pesado internacional, con acreditación moral de la sabana y un repertorio de estampitas africanas dispuesto a colonizar la mañana entera de oficina.


Mientras los demás seguíamos aquí, fichando, tragando café malo y soportando en directo el festival de amenazas, misiles, comunicados y postureo sangriento entre Estados Unidos, Israel e Irán, Javier estaba en Tanzania. Viendo elefantes, fotografiando jirafas y encontrándose a sí mismo, que es una actividad muy bonita cuando no la pagas con la paciencia ajena.

Ha dedicado toda la mañana a hablarnos del viaje con ese entusiasmo del converso, con esa alegría ofensiva de quien vuelve convencido de haber rozado una verdad superior porque ha dormido dos noches oyendo bichos y ha visto una puesta de sol con nombre en suajili. Que si el Serengeti. Que si Ngorongoro. Que si “la gente allí tiene otra conexión con la vida”. Nosotros, mientras tanto, intentando mantener la nuestra con la nómina, la pantalla y el parte de guerra.


Luego, claro, llega su defensa favorita, esa coartada de miserable con barniz de inocencia:

—Bueno, pero si tú me has preguntado por el viaje...

Sí, Javier. Igual que uno pregunta “qué tal” al vecino en el ascensor sin esperar una tesis doctoral, un documental de fauna salvaje y una humillación comparativa por capítulos. Si de verdad no quisiera restregárnoslo, contestaría con un “bien” y seguiría andando. Pero no. Javier no contesta: administra su felicidad como una agresión pasiva.

Hay gente que vuelve de vacaciones descansada. Javier ha vuelto crecido, que es peor. Más tostado, más expansivo, más espiritual y más hijo de puta. Como si Tanzania, en lugar de cambiarle la vida, le hubiera confirmado que ya era exactamente el tipo de persona que podía permitirse contárnosla.

«Haraka haraka haina baraka.» (Proverbio del archipiélago de Zanzíbar que traducido del suajili quiere decir: “La prisa no trae bendición”. En Zanzíbar el tiempo tiene otro ritmo. Este proverbio es casi una filosofía de vida: quien va demasiado rápido suele equivocarse… o perderse lo importante)

Freddie Mercury como podéis ver en la última foto, era natural de Zanzíbar y en esa casa -hoy museo dedicado a él- vivió con su "mamá y su papá" unos años. A su madre le dedicó una de las mejores canciones que conozco: Bohemian Rhapsody.

Judici al lavabo

Es va tancar al lavabo del bar com qui entra a un confessionari de saldo. Duia rimel als dits, sang a la memòria i una mare que encara li planxava la culpa. Al mirall hi comparegueren tots: el nen obedient, l’amant covard, el farsant que somreia a taula. Va voler demanar perdó, després absolució, després una mica de teatre.

A fora, la ciutat continuava cobrant cafès i venjant misèries. Quan va obrir la porta, ja no sabia si havia matat algú, si l’havien matat a ell o si tot plegat era la mateixa òpera amb distinta factura.