LA
NOCHE DEL HÉROE

La primera vez que Julián puso
música de película para hacer el amor, pensé que era una tontería inofensiva.
Un capricho tardío. Una manera de ponerle un poco de épica a dos cuerpos que ya
se conocían hasta los silencios.
Empezó suave. Piano, cuerdas,
una melodía elegante. Bien. Incluso bonito. A nuestra edad una agradece
cualquier gesto que no consista en preguntar dónde están las pastillas para el
colesterol.
El problema llegó cuando se
vino arriba.
La segunda noche eligió una
banda sonora de aventuras. Nada más sonar los metales, me cogió por la cintura
con una decisión que no le conocía desde 2009 y me susurró:
—No te muevas. Esto requiere
valor.
Yo, que estaba en camisón y
con una crema antiarrugas secándose en el cuello, empecé a sospechar que el
cine había entrado en casa por una rendija muy poco recomendable.
La tercera vez apareció con
una chaqueta de cuero vieja, la tripa discretamente vencida sobre el pijama y
una mirada de hombre dispuesto a rescatar algo. No sabía si a mí, a su juventud
o al último resto de testosterona con dignidad.
—Julián —le dije—, baja de la
cama ahora mismo.
—Todavía no —contestó—. Falta
la parte del puente.
Y esperó. Ahí quieto.
Dramático. Ridículo. Hermoso también, qué remedio.
Cuando por fin entraron los
violines, se lanzó hacia mí con una convicción casi juvenil y una rodilla
claramente imprudente. El grito que pegó no fue de pasión. Fue de menisco.
Acabamos en urgencias a las
dos y cuarto de la mañana.
Mientras le ponían hielo, me
apretó la mano y sonrió con esa mezcla de vergüenza y ternura que sólo dan los
matrimonios largos.
—He calculado mal la escena
—murmuró.
Yo le besé la frente.
—No. La escena estaba bien. Lo que falla es el especialista.
«Hay personas que viven con
tanta prudencia que mueren como nuevas, y otras que solo usan su cerebro para
leer y nunca para pensar.» (Me he leído todos
los libros de Erich von Däniken autor de la -acertada- frase y mi primer maestro en el
realismo fantástico. Nació el 14 de abril de 1935 y hace muy pocas semanas se
fue… y no precisamente en una nave espacial)
Mark Sheehan murió de una enfermedad desconocida hoy hace 3 años., a los 47. No sé si saber cuál era su enfermedad le hubiese servido de algo si el final era el mismo. Aunque la parca presentarse asi, sin nombre, es de mala educación.
La medalla invisible
El pare sempre deia que els
herois surten a la televisió. La mare, que no: que també freguen plats,
aguanten nòmines curtes i callen massa. Quan va morir, vam trobar al calaix una
medalla de joguina, daurada i barata, dins d’una capsa de galetes. Al darrere
hi havia escrit amb retolador: Per haver continuat. Ningú no l’havia
aplaudit mai. Ni discursos, ni himnes, ni selfies. Només aquell soroll antic de
les claus entrant a casa cada vespre. Vaig entendre llavors que la glòria no
sempre puja a un escenari. A vegades només seu, sopa i demà hi torna.



