EL
MINISTERIO EQUIVOCADO
Cuando
el juez leyó la sentencia, Ábalos levantó la mano.
—Señoría, antes de que
continúe, quisiera plantear una cuestión de competencia.
El presidente del tribunal
dejó los folios sobre la mesa.
—¿Otra?
—Yo era ministro de
Transportes.
—Eso consta.
—Y esto se llama caso
mascarillas.
—También consta.
—Entonces falta alguien.
En la sala se hizo un
silencio tan limpio que parecía recién adjudicado.
Koldo, sentado a su lado,
asintió con la cabeza. Llevaba meses pensando lo mismo, aunque no había
encontrado el momento de decirlo porque casi siempre estaba ocupado recordando
cosas que antes no recordaba.
—Tiene razón el ministro
—intervino—. Las mascarillas pertenecían a Sanidad. Nosotros, como mucho,
podíamos trasladarlas.
—Las compraron Puertos del
Estado y Adif —respondió el juez.
Ábalos sonrió. Por fin
aparecía una explicación razonable.
—Ahí lo tiene. Eran
mascarillas viajeras.
El fiscal se quitó las gafas.
—Se adjudicaron contratos
millonarios y se cobraron comisiones.
—Pero con criterios
logísticos —precisó Koldo—. Cada comisión tenía un punto de salida, un destino
y, probablemente, billete de vuelta.
En aquel momento entró
Salvador Illa en la sala. Lo habían llamado para aclarar el misterio nacional
de cómo el ministro de Sanidad había conseguido mantenerse fuera del caso de
las mascarillas mientras el ministro de Transportes acababa condenado por ellas.
—Señor Illa —preguntó el
juez—, ¿puede explicarnos por qué las mascarillas se compraban desde
Transportes?
Illa se ajustó las gafas con
esa serenidad de quien ha sobrevivido a una pandemia, varias elecciones y
suficientes ruedas de prensa como para no responder jamás a la pregunta
formulada.
—En aquel momento, todas las
administraciones trabajábamos coordinadamente.
—¿Coordinadamente?
—Sí. Sanidad necesitaba
mascarillas, Transportes las compraba y otros se llevaban el dinero. Un modelo
transversal.
Ábalos golpeó suavemente la
mesa.
—¡Eso es trabajo en equipo!
El juez continuó leyendo.
Veinticuatro años y tres meses para Ábalos. Diecinueve años y ocho meses para
Koldo. Aldama, que había colaborado con la Justicia, recibió una pena bastante
menor.
—Perdone —volvió a
interrumpir Ábalos—, ¿Aldama no era el comisionista?
—Sí.
—¿Y es quien menos condena
recibe?
—Ha colaborado.
Koldo se inclinó hacia su
antiguo jefe.
—Nos equivocamos desde el
principio.
—¿En qué?
—Teníamos que haber
colaborado antes de delinquir.
El tribunal pidió silencio.
Fuera, los periodistas
esperaban una declaración. Ábalos salió serio, rodeado de abogados y cámaras.
—¿Cómo valora la sentencia?
—gritó una reportera.
El exministro se detuvo.
—Con enorme extrañeza. Yo era
responsable de carreteras, trenes, puertos y aeropuertos. Nadie me explicó que
también debía gestionar quirófanos.
—Pero las mascarillas se
compraron desde su ministerio.
—Precisamente. Si hubieran
sido respiradores, los habría comprado Agricultura.
—¿Por qué Agricultura?
—Porque daban aire.
Koldo apareció detrás.
—Y si hubieran sido vacunas,
las habría comprado Correos.
—¿Por qué?
—Porque había que
repartirlas.
Subieron al furgón policial.
Antes de cerrar la puerta, Ábalos miró por última vez a los periodistas.
—Lo verdaderamente grave
—dijo— es la descoordinación administrativa. En Espanya uno entra en Transportes
para gestionar trenes y termina traficando con mascarillas. Así no hay quien
prepare unas oposiciones.
El vehículo arrancó.
Salvador Illa salió poco
después por otra puerta. Nadie le preguntó por las mascarillas. En Espanya,
hasta los escándalos públicos respetan el reparto de competencias: Sanidad pone
la pandemia, Transportes pone los contratos y Justicia, cuando consigue llegar,
pone los años.
Eso sí, con retraso.
Como los trenes.
«Nadie emplea ya la parafernalia
fascista. El fascismo se va insertando de otra manera» (Aunque se conozca a Pere Gimferrer con
su nombre en catalán ocupa el sillón O de la Real Academia Española. Y
es cierto lo que dice: el fascismo no necesita de parafernalia, se incrusta en
la Sociedad por la desmemoria de ésta. Hoy el bueno de Pere cumple 81 años)
No es un secreto que hoy Álvaro Urquijo cumple 64 años al lado de alguien. Espero que eso si sea un secreto porque somos muy cotillas.
La porta oberta
Quan ella va morir, ell no va moure res. La tassa
esquerdada, les sabatilles sota el llit, el llibre obert per la mateixa pàgina.
Els fills deien que allò no era viure. Ell assentia i canviava de tema.
Cada nit posava dos plats. No esperava cap miracle;
només detestava sopar sol.
Un vespre, mentre recollia, va sentir una mà damunt
l’espatlla.
—Ja n’hi ha prou —va dir ella.
Ell es va girar. No hi havia ningú.
L’endemà va sortir de casa.
Però va deixar la porta oberta.




