Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
lunes, 25 de mayo de 2026
LES
MANS DE LA BLANCA
La taula va quedar com queden
les taules quan la infància guanya una batalla: gots de colors, plats amb
restes de berenar, tovallons vençuts, suc en una gerra i unes estovalles roses
que semblaven haver sobreviscut a una guerra alegre.
La Blanca era asseguda a la
cadira.
Sis anys.
Dit així sembla poca cosa. Sis
anys caben en un pastís, en una cançó desafinada, en sis espelmes que algú bufa
amb la serietat de qui apaga incendis importants. Però jo, que soc el seu padrí
i ja començo a mesurar el temps per les nenes que creixen, sé que sis anys són
tot un país.
La Blanca somreia amb aquella
felicitat neta que no demana explicacions. Tenia les mans posades damunt del
cap de la Coral, la seva germana, que amb set anys ja fa de gran amb una
barreja perfecta de paciència, teatre i resignació. La Coral es deixava fer,
ajupida, somrient, com si entengués que aquell dia tocava cedir el tron. I la
Blanca, des de la seva cadira, la coronava al revés: la petita beneint la gran.
Em vaig quedar mirant l’escena
i vaig pensar que la vida, quan vol ser intel·ligent, no necessita grans
discursos. Col·loca dues nenes en una terrassa, deixa una taula desordenada al
darrere, penja unes lletres d’aniversari i permet que una germana posi les mans
damunt l’altra. La resta ens l’inventem els adults per complicar-ho tot.
Jo voldria guardar aquesta
fotografia en un lloc on no arribin els anys. Però els anys sempre arriben.
Arriben amb sabates silencioses, canvien les veus, allarguen les cames, amaguen
les joguines i converteixen els vestits d’aniversari en records plegats dins
d’un calaix.
Avui no.
Avui la Blanca fa sis anys.
Avui la Coral en té set i
encara accepta que la seva germana petita li posi les mans al cap com si
estigués arreglant el món.
Avui jo les miro i torno a
creure, encara que sigui una estona, que la felicitat existeix. No com a idea,
ni com a promesa, ni com una frase de tassa ensucrada.
Existeix així:
una cadira,
dues germanes,
una taula plena de restes,
i un padrí intentant que no se li noti gaire que se li ha fet un nus a la
mirada.
¡T'estimo Blanca!
domingo, 24 de mayo de 2026
LA
VEJEZ COMO INSURRECCIÓN
La noche que los jubilados
robaron sus propios expedientes médicos nadie sospechó nada, entre otras cosas
porque nadie sospecha nunca de un grupo de personas mayores salvo que ocupen
demasiado tiempo la cola de la farmacia.
Se reunieron a las siete de la
tarde en el bar La Parada, frente al ambulatorio. Cuatro cafés descafeinados,
una infusión digestiva y un cortado con leche fría, porque Fermín decía que a
sus ochenta y dos años ya no iba a permitir que el calcio decidiera la
temperatura de sus placeres.
—Esto no es un robo —dijo
Carmen, antigua administrativa del juzgado, con una carpeta azul sobre las
rodillas—. Es una recuperación patrimonial.
—Como las preferentes —añadió
Paquita.
—No me nombres bancos, que me
sube la tensión —protestó Fermín.
Eran seis. Carmen, que había
organizado la operación con la precisión de quien había archivado divorcios
durante treinta años. Paquita, diabética, viuda y capaz de mentirle a un médico
con más elegancia que un ministro en campaña. Fermín, bastón de nogal, rodilla
de titanio y una mala leche perfectamente conservada. Encarna, antigua modista,
dedos torcidos de artrosis pero aún capaces de abrir una cremallera sin mirar.
Julián, que había trabajado de celador en aquel mismo ambulatorio cuando los
ordenadores eran unas máquinas con complejo de frigorífico. Y Rosita, la más
joven, setenta y uno, recién jubilada, a la que todos llamaban “la niña” con
una crueldad cariñosa.
El plan era sencillo.
Entrarían por la puerta lateral a las ocho y diez, justo cuando Pilar, la
limpiadora, dejaba abierta la salida para tirar las bolsas. Julián conocía el
pasillo, Carmen sabía dónde estaban los archivos antiguos y Encarna llevaba en
el bolso unas herramientas pequeñas, envueltas en un pañuelo de flores, que
según ella no eran ganzúas sino “recursos de costura avanzada”.
—Recordad —dijo Carmen—:
venimos a por lo nuestro.
—Lo nuestro son las pensiones
—murmuró Fermín— y mira cómo nos las van devolviendo, a pellizcos y con cara de
favor.
A las ocho y doce cruzaron la
puerta lateral. Nadie les vio. O sí, pero una anciana con bolsa de tela, un
viejo con bastón y cuatro sombras lentas no parecen una banda organizada.
Parecen una visita equivocada. La sociedad tiene esa ventaja: cuando cumples
cierta edad te vuelve invisible y luego se queja de que no participes.
El ambulatorio olía a lejía, a
silla fría y a espera. Las luces del pasillo parpadeaban con esa vocación de
hospital público que tienen algunas bombillas: iluminar lo justo para que nadie
se haga ilusiones.
Llegaron al archivo.
Encarna se arrodilló ante la
cerradura.
—No hagas esfuerzos —le dijo
Rosita.
—Niña, he parido a tres hijos,
he cosido vestidos de novia para mujeres que no sabían ni querer al novio y he
aguantado cuarenta años a un marido del Espanyol. Esta cerradura no sabe con
quién se está metiendo.
Tardó veinte segundos.
Dentro, los expedientes
dormían en estanterías metálicas. Carpetas, cajas, etiquetas, fechas. Vidas
reducidas a cartulinas, analíticas, resonancias, informes, diagnósticos
escritos con una letra que parecía diseñada para que Dios tampoco pudiera
recurrir.
Carmen encendió una linterna.
—Cada uno busca el suyo.
Lo hicieron en silencio. Al
principio con prisa. Después con algo parecido al pudor. No era fácil verse
convertido en papeles. No era fácil encontrar la propia vida resumida en
palabras como “crónico”, “frágil”, “pluripatológico”, “dependiente”, “deterioro”,
“control”, “seguimiento”.
Paquita encontró el suyo y se
sentó en una silla.
—Aquí pone “mujer de setenta y
ocho años, obesa, viuda, con escasa adherencia a la dieta”.
—¿Y no es verdad? —preguntó
Fermín.
—Lo de viuda sí. Lo demás
depende del día y del pastel.
Pasó las hojas despacio. De
pronto se quedó quieta.
—No pone que cuidé a mi marido
seis años cuando ya no sabía quién era yo. No pone que aprendí a pincharme sola
porque mi hija vive en Málaga. No pone que los domingos hago canelones para mi
nieto, aunque diga que ahora es vegano y luego repita dos veces.
Nadie dijo nada.
Fermín encontró su carpeta y
soltó una carcajada seca.
—A mí me llaman “paciente poco
colaborador”.
—Normal —dijo Carmen—. Una vez
le dijiste al traumatólogo que tenía menos sensibilidad que una mesa de
formica.
—Y no mentí. Eso deberían
ponerlo también. “Paciente sincero ante mobiliario médico”.
Rosita, al abrir el suyo,
descubrió que seguía constando como “ama de casa”.
—He llevado la contabilidad de
una empresa treinta y cinco años.
—Para ellos, si una mujer no
lleva bata blanca o toga, es ama de casa —dijo Carmen—. Y si la lleva, también,
pero con horario.
Julián no hablaba. Tenía su
expediente sobre la mesa y acariciaba la tapa con los dedos. En la primera
página constaba su nombre, su edad, sus alergias, sus antecedentes. Más
adelante, un informe de cardiología. Más allá, la palabra que nadie quiere encontrar
aunque ya la haya oído: insuficiencia.
—Aquí está todo lo que falla
—dijo al fin—. Pero no está lo que aún funciona.
—¿Qué funciona? —preguntó
Encarna.
Julián levantó la vista.
—Que esta mañana he bajado a
comprar pan y la panadera me ha guardado la barra tostada porque sabe que me
gusta. Que todavía distingo la voz de mi mujer en sueños. Que me acuerdo de la
alineación del Barça del setenta y cuatro y no del nombre del nuevo médico,
pero eso no es deterioro cognitivo, es criterio.
Carmen sacó de su carpeta azul
seis folios escritos a mano.
—Por eso estamos aquí.
Repartió uno a cada uno. En la
parte superior había un título: Anexo personal al historial clínico.
—Vamos a añadir lo que falta.
—¿Al expediente? —preguntó
Rosita.
—Al expediente, sí. Si ellos
escriben sobre nosotros, nosotros también podemos comparecer en nuestra propia
causa.
Durante media hora rellenaron
aquellos folios. Con letra grande, torcida, viva. Paquita escribió que su
azúcar subía cuando se acordaba de su marido, no solo cuando comía crema
catalana. Fermín añadió que el dolor de rodilla empeoraba con la humedad y con
los discursos del presidente de la comunidad. Encarna dejó constancia de que
sus manos no estaban deformadas, sino usadas. Rosita tachó “ama de casa” y
escribió debajo: “directora general de supervivencia doméstica y laboral no
remunerada en la parte emocional”. Julián anotó que su corazón fallaba, sí,
pero que había amado con él más de sesenta años y eso también debería puntuar
en alguna escala.
Carmen guardó los anexos
dentro de cada expediente.
—Ahora sí.
—¿No nos los llevamos?
—preguntó Fermín, decepcionado—. Yo venía preparado para delinquir un poco más.
—No —dijo Carmen—. Robarlos
sería aceptar que nos pertenecen solo si desaparecen. Vamos a dejarlos aquí,
contaminados de vida.
Antes de marcharse, pegaron en
la puerta del archivo una nota escrita con rotulador negro:
No somos vuestros pacientes.
Somos vuestra biografía pendiente.
Salieron por el mismo pasillo,
despacio, con la dignidad sospechosa de quienes acaban de cometer un acto
revolucionario sin romper una papelera. Fuera, la noche seguía igual. Los
coches pasaban. El bar La Parada bajaba la persiana. Una ambulancia cruzó la
avenida con la sirena encendida, llevando a alguien hacia ese lugar donde todos
acabamos alguna vez: una cama, una máquina, una pregunta.
Al día siguiente, en el
ambulatorio, hubo cierto revuelo. Se habló de intrusión, de vandalismo
documental, de falta de seguridad. Nadie utilizó la palabra justicia. Para eso,
como para tantas cosas importantes, no había casilla en el sistema.
Una médica joven encontró el
anexo de Julián y lo leyó entero. Luego hizo algo raro. Algo mínimo. Algo casi
peligroso.
En la siguiente visita, al
abrir el historial, no preguntó primero por la insuficiencia cardíaca.
Miró a Julián y le dijo:
—Hábleme de su mujer.
Y Julián, que había ido
preparado para enseñar el pecho, se llevó la mano al corazón.
Por una vez, no para que se lo
auscultaran.
«Todo fracaso es un paso hacia
el éxito; cada detección de lo falso nos dirige hacia lo verdadero.» (William
Whewell nacido el 24 de mayo de 1794 ya sabía y así lo dijo que la experiencia
es haber acumulado errores. Lo que ya es un arte más complicado es detectar lo
falso sobre todo cuando estamos convencid@s de lo contrario)
Rosanne Cash cumple hoy 71 años y espero que lo celebre a menos de 500 millas de donde ella quiere estar.
El tren que no perdona
La mare deia que els trens
només marxen si algú els deixa marxar. Ella no la va creure. Va pujar amb una
bossa, un abric prim i aquella dignitat absurda que només escalfa els primers
quilòmetres. Després vingueren les estacions buides, les monedes comptades, el
fred sota les ungles. A cinc-centes milles de casa, va descobrir que la
distància no fa soroll: et mira des del vidre i espera. Quan el tren va xiular,
no va plorar. Va fer una cosa pitjor. Va recordar el camí de tornada.
sábado, 23 de mayo de 2026
EL
COLECCIONISTA DE DESPEDIDAS
En el cajón de la mesita
guardaba servilletas de bares cerrados, billetes de tren ya inválidos, entradas
de cine con la tinta comida por los años, tarjetas de hoteles donde no había
dormido bien y una colección bastante absurda de notas escritas con prisas.
No eran recuerdos exactamente.
Los recuerdos tienen algo de turismo sentimental, de postal bien colocada en la
nevera del alma. Aquello era otra cosa. Restos. Migas. Las pruebas pequeñas de
que alguien, alguna vez, se había ido.
A Daniel le gustaba decir que
coleccionaba despedidas. Lo decía en voz baja, porque en voz alta parecía una
enfermedad de esas que acaban en documental sueco o en terapia de grupo con
sillas plegables.
La primera despedida la guardó
a los nueve años. Fue una piedra lisa que su abuelo le puso en la mano en la
estación de Francia.
—Para que no te olvides de
volver —le dijo.
Su abuelo se marchaba a
Zaragoza, a casa de una hermana, porque en Barcelona empezaba a sobrar espacio
donde antes faltaba. Cosas de la edad. Cosas de la familia. Cosas de esas que
se dicen para no decir: “ya no podemos cuidarte sin enfadarnos contigo”.
Daniel no entendió nada. Solo
vio a su abuelo subir al tren con una bolsa marrón, una boina triste y una
dignidad excesiva para aquel vagón de segunda. Guardó la piedra en el bolsillo.
Durante años creyó que servía para traerlo de vuelta.
No sirvió.
Desde entonces, cada pérdida
dejó un objeto.
De Marta conservaba una
cucharilla de un bar de Gràcia. Ella se fue después de decirle que lo quería
mucho, frase peligrosa donde las haya. Cuando alguien te quiere “mucho”,
conviene ponerse a cubierto. El “mucho” suele ser el recibidor del “pero”.
—No eres tú —le dijo ella.
—Menos mal —contestó Daniel—.
Ya empezaba a preocuparme.
Ella sonrió sin ganas. Él
también. A veces dos personas sonríen justo antes de romperse, como quien firma
un documento que no ha leído.
De su padre guardaba el ticket
del parking del hospital. Tres horas y doce minutos. Seis euros con cuarenta.
Le pareció una precisión obscena para una muerte. Su padre había tardado
setenta y ocho años en irse y la máquina lo resumía todo en una tarifa.
De Laura, su hija, conservaba
una llave pequeña. No era una pérdida, se repetía. Se había ido a estudiar
fuera. Eso hacen los hijos: se van para demostrar que los has criado bien y
vuelven para pedirte que no opines. Pero la noche en que ella cerró la maleta,
Daniel sintió el mismo vacío que dejan los cuerpos cuando abandonan una
habitación donde todavía queda su forma.
—Papá, no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de perro abandonado con
hipoteca.
—Es mi cara normal.
Laura lo abrazó. Olía a champú
barato, a juventud organizada a última hora, a miedo disimulado. Daniel no le
dijo nada de eso. Los padres tenemos esa manía ridícula de callarnos lo
importante para no estropear las salidas.
Cuando ella bajó al taxi, él
encontró en la mesa la copia de la llave de casa.
La guardó con las demás
despedidas.
Con los años, la colección
creció hasta ocupar una caja de zapatos, luego dos, luego un armario entero. Su
mujer, Clara, toleraba aquella manía con la paciencia de quien ya ha decidido
no pelear por todo.
—Un día nos van a echar de
casa tus muertos —le dijo una mañana.
—No exageres.
—No exagero. Tienes más
objetos de gente que se ha ido que calcetines.
—Los calcetines también se
van. Sobre todo los izquierdos.
—Qué gracioso eres cuando
quieres evitar hablar.
Clara tenía esa habilidad
cruel de acertar sin levantar la voz. Llevaban treinta y dos años juntos. Una
cantidad de tiempo suficiente para saber cuándo el otro se esconde detrás de
una broma, de una compra pendiente o de una supuesta urgencia laboral. En el
caso de Daniel, casi siempre se escondía detrás del orden. Ordenaba las
despedidas por años, por personas, por tipo de pérdida. Había etiquetado cajas
con una precisión casi administrativa. “Amores”. “Familia”. “Amigos”.
“Lugares”. “Cosas que no supe decir”.
Esa última era la más llena.
Una tarde de noviembre, Clara
entró en el dormitorio mientras él revisaba la caja de “Lugares”. Había
encontrado una postal de Cadaqués, un mapa doblado de Lisboa y una ficha de
guardarropa de un teatro donde habían visto una obra espantosa.
—¿Te acuerdas? —preguntó él—.
Nos fuimos en el descanso.
—No. Te fuiste tú. Yo quería
quedarme.
—Era malísima.
—Sí. Pero yo quería quedarme.
Daniel levantó la vista. Clara
estaba apoyada en el marco de la puerta. Llevaba una bata vieja, las gafas
caídas en la punta de la nariz y una expresión que no encajaba con la
conversación.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Ese “nada” ocupó la habitación
entera.
—Clara.
Ella entró despacio, se sentó
en la cama y cogió una de las cajas. Leyó una etiqueta.
—“Cosas que no supe decir”
—dijo—. Bonito título. Muy literario. Muy inútil también.
—No empieces.
—No empiezo. Precisamente ese
es el problema. Que tú nunca empiezas. Guardas finales.
Daniel cerró la caja.
—Todos guardamos cosas.
—Sí. Pero tú no guardas cosas.
Las embalsamas.
La frase cayó sobre la colcha.
No hizo ruido, pero lo desordenó todo.
Clara le contó entonces que
había pedido cita con una abogada. No para divorciarse, aclaró, porque la vida
aún no le había quitado el sentido del ridículo. Pero sí para informarse. Para
saber qué pasaría si un día decidía marcharse.
—¿Marcharte dónde?
—A algún sitio donde todavía
esté yo.
Daniel sintió el impulso de
contestar con una ironía. Algo sobre retiros espirituales, divorcios modernos o
esa moda de encontrarse a una misma cuando una ya debería saber por dónde anda.
Pero no dijo nada. Por una vez, tuvo el buen gusto de callarse.
—No es que no te quiera
—añadió Clara.
Otra frase peligrosa.
Daniel miró el armario. Miró
las cajas. Allí estaban todas sus despedidas, ordenadas, quietas, obedientes.
Ninguna le pedía explicaciones. Ninguna le reprochaba llegar tarde. Ninguna le
exigía vivir en presente. Eran cómodas, las pérdidas. Dolían, sí, pero no
discutían.
Clara, en cambio, seguía allí.
Eso era lo difícil.
—¿Y qué quieres que haga?
—preguntó él.
—No lo sé. Pero podrías
empezar por no guardarme antes de que me vaya.
Aquella noche Daniel no
durmió. Fue al comedor, abrió el armario y sacó todas las cajas. Las puso sobre
la mesa como quien prepara una junta de acreedores de la memoria. Había
demasiadas. Demasiados nombres. Demasiados objetos convertidos en coartada.
A las tres de la madrugada
encontró una servilleta doblada. Era de un restaurante de la Barceloneta. Clara
había escrito en ella, hacía muchos años: “Compra pan. Y no te olvides de
besarme al volver”.
Daniel no recordaba si compró
pan.
Tampoco recordaba si la besó.
Eso fue lo que le dolió.
No la gran tragedia. No el
desamor con música de violines. No la amenaza de una abogada ni el posible
reparto de los libros, los platos y la cafetera. Le dolió no recordar si había
cumplido una frase sencilla escrita en una servilleta. La vida, al final, no se
pierde en los grandes incendios. Se pierde en encargos pequeños que dejamos
para luego.
Al amanecer, Clara lo encontró
en la cocina. Había preparado tostadas. Mal, como siempre. Quemadas por un
lado, blandas por el otro. El equilibrio matrimonial, pensó Daniel, también era
eso: saber qué defectos del otro ya no merecen comentario.
—¿Qué haces? —preguntó ella.
—Desayuno.
—Ya veo. Me refiero a todo
esto.
Sobre la mesa había una bolsa
grande de basura. Dentro estaban las cajas.
Clara la miró sin acercarse.
—¿Vas a tirarlo todo?
—No.
Daniel sacó la piedra de su
abuelo, la llave de Laura, el ticket del hospital de su padre y la servilleta
de Clara.
—Voy a quedarme con cuatro
cosas.
—¿Por qué cuatro?
—Porque cinco ya parecería una
colección.
Clara no sonrió. Pero casi.
—¿Y lo demás?
—Lo demás lo bajo al
contenedor.
—¿Tú solo?
—Sí.
—Te va a dar un ataque de
nostalgia en el ascensor.
—Probablemente.
—Pues baja en dos viajes. No
seas héroe.
Daniel cogió la bolsa. Pesaba
mucho menos de lo que esperaba. Esa fue la primera sorpresa. La segunda fue
que, al abrir la puerta, Clara lo llamó.
—Daniel.
Él se giró.
—Cuando vuelvas, compra pan.
La frase quedó suspendida
entre los dos. No era una reconciliación. No era una promesa. No era una escena
de película, gracias a Dios, porque a cierta edad uno ya no está para correr
bajo la lluvia ni para besar contra una pared como si Hacienda no existiera.
Era algo más pequeño.
Y por eso mismo, más serio.
Daniel bajó al contenedor con
la bolsa. La dejó dentro sin mirar demasiado. Luego fue a la panadería de la
esquina. Compró una barra normal, de las de toda la vida, de esas que llegan a
casa con una punta menos porque todavía conservamos alguna forma menor de
felicidad.
Al volver, Clara estaba en la
cocina.
Daniel dejó el pan sobre la
mesa.
Y esta vez la besó antes de
que aquello también se convirtiera en recuerdo.
«La fuerza moral y política
del socialismo continuará viva mientras haya desigualdades, injusticias,
discriminaciones y humillaciones.» (La frase es de mi profesor de derecho
político, Jordi Solé Tura nacido el 23 de mayo de 1930 para ser un ilustre
fundador del PSUC -Partido Socialista Unificado de Catalunya- y de los llamados
“padres de la Constitución de 1978. Falleció en 2009 como miembro del PSC-PSOE:
no consta relación de causalidad entre su pertenencia al partido y su óbito)
Rosemary Clooney hubiese cumplido 98 años y aún se estaría preguntando quién sería el que la quisiera a ella y le diera su amor. Solo se lo preguntó hasta los 74. Cantaba "Sway" y Fred Astaire y Ginger Rogers no se balanceaban del todo mal a su canción. Y si, me ha pillado el día "retro" en grado superlattivo.La cadira que sabia
Quan ella va entrar,
l’orquestra va fer veure que afinava. Ell també. Tenia setanta anys, dues
pròtesis i una dignitat massa planxada. Ella li va oferir la mà com qui ofereix
una sortida d’emergència. Van ballar. O això va dir la gent. En realitat, es van
moure tan poc que només els records van suar. A cada pas, ell preguntava en
silenci qui seria capaç de voler-lo encara. Ella va somriure:
—No preguntis tant.
Balanceja’t.
viernes, 22 de mayo de 2026
EL
AUTO, EL SUMARIO Y LA AFICIÓN NACIONAL A SENTENCIAR SIN LEER
El país entró en la sala antes
que el juez.
Entró con prisa, con hambre,
con los bolsillos llenos de opiniones recién planchadas. Nadie sabía muy bien
qué había pasado, pero todos sabían perfectamente qué debía significar.
Sobre la mesa había una
carpeta fina.
AUTO,
ponía.
Brillaba bajo la luz blanca
como esas verdades provisionales que se creen definitivas porque vienen con
sello, firma y palabras largas. La gente la miraba con devoción o con rabia,
según el bando que hubiera elegido antes de desayunar.
—Esto lo demuestra todo —dijo
uno.
—Esto no demuestra nada —dijo
otro.
Los dos tenían razón a medias,
que es una forma elegante de equivocarse entero.
Al fondo, casi arrinconada,
había otra carpeta. Mucho más gruesa. Sin fotogenia. Sin frase fácil. Sin
vocación de tertulia.
SUMARIO,
ponía.
Pesaba tanto que nadie quiso
levantarla.
Una mujer se acercó, apoyó la
mano encima y preguntó:
—¿Y esto cuándo se lee?
La sala se incomodó.
Leer el sumario era peligroso.
Podían aparecer indicios. O dudas. O contradicciones. O cosas que no encajaran
con la pancarta interior de cada uno. Leer siempre tiene ese defecto: estropea
las certezas limpias.
El investigado miró al juez.
El juez miró los papeles.
Los periodistas miraron los
móviles.
Y el país, que ya había
condenado, absuelto, insultado, canonizado y enterrado el caso en menos de una
mañana, preguntó:
—¿Pero hace falta leerlo todo?
El ujier cerró la puerta con
cuidado.
No por solemnidad.
Para que no se escapara la
poca prudencia que quedaba dentro.
«Jamás transigiremos con los
Borbones.» (No fue muy prudente ni acertado en su aseveración Manuel Ruiz Zorrilla nacido
el 22 de mayo de 1833 porque a día de hoy aún soportamos a los borbones. Y eso
que llegó a ser presidente del gobierno de este País, monárquico con Amadeo I
hasta que le conoció y se “pasó” a republicano acérrimo)
Elton John desea fervientemente que Bernie Taupin cumpla muchos más de los 76 años de hoy. Se quedaría sin letras en sus canciones. Así se lo dice en la canción del vídeo... es "Your Song".
La casa petita
Ell no sabia dir “t’estimo”
sense ensopegar amb la llengua. Li sortien excuses, rebuts, bromes dolentes i
silencis amb mitjons desaparellats. Una nit va escriure una cançó en un paper
de cuina, entre una taca d’oli i la llista del súper. No era gran cosa: quatre
frases coixes, una promesa tímida, un món massa petit per a tanta vergonya.
Ella la va llegir, va somriure i va dir:
—No calia tant.
I ell va entendre, tard com
sempre, que a vegades una casa sencera cap dins d’una cançó.
jueves, 21 de mayo de 2026
LA
EXCURSIÓN
El primer ovni aterrizó en el
aparcamiento del Lidl, porque hasta el misterio tiene que buscar sitio.
Yo estaba cargando dos bolsas
de la compra y una tristeza pequeña, de esas que no justifican terapia pero
tampoco se van con yogures en oferta. La nave no hizo ruido. Solo dobló el
aire, como quien arruga una sábana limpia antes de dormir mal.
De ella bajaron tres seres
delgados, cabezones, con ojos enormes y una elegancia de insecto triste. La
gente grabó. Un niño gritó:
—¡Son extraterrestres!
Uno de ellos giró la cabeza
hacia mí. No hacia todos. Hacia mí. Eso ya me pareció de mala educación.
Se acercó con pasos delicados,
como si el suelo le diera pena.
—No somos extraterrestres
—dijo en un castellano antiguo, casi correcto—. Somos vosotros.
La señora del carrito murmuró:
—Pues vaya futuro más
desmejorado.
El ser sonrió sin boca. O eso
intentó.
—Venimos de muy lejos.
—¿De otra galaxia?
—De las consecuencias.
Aquello sí que asustó. Las
galaxias quedan lejos, pero las consecuencias suelen vivir en el rellano.
Me enseñó una fotografía
transparente. Allí estaba yo, más joven, firmando algo en una pantalla. Un
consentimiento, una renuncia, una comodidad. No supe cuál. En las fotos del
futuro todos salimos culpables aunque miremos a cámara.
—Solo venimos a observar
—dijo.
—Eso decís todos los que no
queréis ayudar.
El ser bajó sus ojos enormes.
Dentro de ellos había ciudades sin sombra, mares educados por decreto y niños
estudiando árboles en hologramas, como nosotros estudiábamos dinosaurios: con
nostalgia y cierta superioridad imbécil.
—No podemos cambiar nada
—susurró.
—Claro. Muy humano eso.
Entonces sacó una libreta. Una
libreta de papel. La acarició como si fuera un animal extinguido.
—Estamos de excursión escolar
—confesó—. El tema de hoy es “el último siglo en que todavía era posible”.
Miré alrededor. La gente
seguía grabando. Nadie escuchaba. Una adolescente pidió que repitieran la
frase, pero más dramática, para subirla bien. Un repartidor aprovechó para
aparcar en doble fila. El encargado del Lidl salió a preguntar si la nave
consumía plaza de cliente.
El ser me tendió la libreta.
—Escriba algo para nosotros.
Pensé en advertencias
solemnes, en frases con músculo moral, en esas palabras que los humanos usamos
cuando ya hemos perdido la vergüenza pero queremos conservar el estilo.
Al final escribí: “No éramos
malos. Solo estábamos ocupados”.
El ser leyó la frase. Luego
miró el aparcamiento, las bolsas, los móviles, el cielo con esa luz de tarde
que aún no sabía que era un privilegio.
—Eso pone en todos los libros
—dijo.
Y antes de subir a la nave, me
llamó abuelo.
«Las discusiones permiten que
la pasión se calme.» (Charles Albert Gobat, nacido el 21 de mayo de 1843 para
ser premio Nobel de la Paz en 1902 y, como tant@s otr@s, quedarse solo en
palabras)
Leo Sayer cumple hoy 78 años y muchas generaciones han necesitado esta canción para enamorarse... o desenamorarse.
La distància també truca
Quan la nit li queia damunt com una
manta mal posada, ell acostava el telèfon a l’orella encara que ningú no
truqués. A l’altra banda del món, ella dormia amb una mà fora del llençol, com
si busqués una absència concreta.
No calia parlar. Havien après que
l’amor, quan no pot tocar, inventa passadissos.
Ell tancava els ulls.
Ella, sense despertar-se, somreia.
I durant uns
segons la distància feia veure que no existia.