domingo, 21 de junio de 2026

 

 NO PENSAR



A las once y veinte de la noche solo quedaban dos luces encendidas en el edificio.

Una estaba en la quinta planta, en el despacho de una abogada llamada Irene. La otra, tres pisos más arriba, iluminaba el estudio de Marta, una arquitecta que llevaba quince minutos moviendo una ventana dos centímetros hacia la izquierda y otros dos hacia la derecha.

No se conocían.

Irene llevaba allí desde las ocho de la mañana. Había redactado tres demandas, respondido cuarenta y siete correos y corregido dos veces un contrato que ya estaba bien la primera. Desde que Daniel se marchó de casa, aceptaba cualquier asunto que apareciera sobre su mesa. Laboral, mercantil, matrimonial. Sobre todo matrimonial. Le gustaba comprobar que las desgracias de los demás podían ordenarse en hechos numerados.

Marta tampoco quería volver a casa. Su madre llevaba varias semanas ingresada y su hermano había decidido que, como ella no tenía hijos, disponía de más tiempo para ocuparse de todo.

—Tú tienes más libertad —le había dicho.

La libertad, descubrió Marta, consistía en visitar hospitales, llamar a médicos y responder mensajes familiares mientras diseñaba cocinas para gente que jamás cocinaría.

Aquella noche trabajaban para no pensar.

A las once y veintitrés, el edificio se quedó a oscuras.

Irene levantó las manos del teclado. Marta dejó de mover la ventana.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Después se encendieron las luces de emergencia, débiles y amarillas, con ese tono que convierte cualquier oficina en el escenario previo a un asesinato.

Las dos salieron al pasillo casi al mismo tiempo y llamaron al ascensor. Naturalmente, no funcionaba.

Se encontraron en la escalera, entre la sexta y la séptima planta.

—¿También atrapada? —preguntó Marta.

—No. Yo vivo aquí —contestó Irene.

Marta sonrió. No era una gran sonrisa, pero llevaba días sin usar ninguna.

Bajaron juntas. Al llegar a la tercera planta comprobaron que la puerta cortafuegos se había bloqueado. Irene llamó al teléfono de emergencias del edificio. Una voz automática les comunicó que la incidencia había sido registrada y que serían atendidas «a la mayor brevedad posible».

—Eso, en lenguaje humano, significa que podemos pasar aquí la noche —dijo Irene.

Se sentaron en los escalones.

Marta sacó de su bolso una bolsa de almendras. Irene llevaba una chocolatina aplastada entre unos expedientes. Cenaron aquello sin ceremonia, compartiendo una botella de agua que sabía a plástico.

—¿Mucho trabajo? —preguntó Marta.

—Muchísimo.

—Yo también.

Guardaron silencio.

—En realidad, no —admitió Irene—. Bueno, sí. Pero podría haberme ido hace cuatro horas.

—Yo también.

Otro silencio. Esta vez algo más cómodo.

Irene le contó que Daniel se había marchado después de dieciséis años. No hubo amantes, gritos ni platos rotos. Solo una conversación en la cocina y una frase que aún le daba vueltas por dentro:

—Ya no sé quién soy cuando estoy contigo.

—Una frase preciosa para quien se va —dijo Marta—. Los que se quedan suelen recibir frases menos elaboradas.

Irene soltó una carcajada inesperada. Resonó en la escalera vacía.

Marta le habló de su madre, de su hermano y de aquella libertad que la obligaba a ocuparse de todo. Le confesó que llevaba semanas durmiendo mal y que a veces se ponía a llorar en el coche antes de entrar en el hospital. Luego se retocaba los ojos y subía a la habitación con fruta cortada y una sonrisa de hija eficiente.

—No quiero pensar —dijo.

—Yo tampoco.

Las palabras quedaron allí, sentadas entre ambas.

Irene miró sus zapatos. Tenía una carrera, un despacho, clientes importantes y una agenda en la que no cabía un alfiler. Marta diseñaba edificios premiados y sabía calcular el peso que podía soportar una estructura.

Ninguna de las dos sabía qué peso podía soportar ella misma.

—Quizá estamos haciendo el idiota —dijo Irene.

—Eso explicaría muchas cosas.

A medianoche apareció el vigilante. Había tardado porque se encontraba en otro edificio y porque, según explicó, «el sistema no esperaba que quedase nadie trabajando a estas horas».

—El sistema es más sensato que nosotras —dijo Marta.

El hombre desbloqueó la puerta y las acompañó hasta la calle.

Fuera hacía una noche tibia. Los árboles de la avenida estaban llenos de hojas nuevas. Irene respiró hondo. Marta levantó la cara, como si acabara de recordar que sobre los edificios también había cielo.

—Mañana tengo que llegar temprano —dijo Irene.

—Yo también.

Se miraron.

—O no —añadió Marta.

No intercambiaron teléfonos. Tampoco prometieron llamarse ni hacerse amigas. Cada una se marchó en una dirección distinta, cargando todavía con sus problemas, que seguían allí, intactos y bastante poco impresionados por la conversación.

A la mañana siguiente, Irene llegó al despacho a las diez y media.

Marta llamó al hospital, pidió el día libre y le dijo a su hermano que aquella tarde iría él.

Ninguna había solucionado su vida.

Pero, por primera vez en varios meses, dejaron de trabajar para no pensar.

Y fue, probablemente, el trabajo más útil que hicieron aquella semana.

«Las libertades públicas no son otra cosa que resistencias.» (Pierre-Paul Royer-Collard nacido al inicio del solsticio de Verano en el hemisferio norte de 1763 para ser abogado, profesor de Filosofía, diputado, presidente de la Cámara de Diputados y miembro de la Academia Francesa, en la que ocupó el sillón número 8 desde 1827. Pensaba que la libertad no consiste únicamente en reconocer derechos sobre el papel. Necesita instituciones, tribunales, parlamentos y periódicos capaces de oponerse eficazmente al poder)

Joey Kramer baterista dse Aerosmith cumple hoy 76 años. La canción del vídeo es de una película Armaggedon, de la que no se quiso perder nada. Ni yo tampoco.


El segon que faltava

Va prometre que no es perdria res: ni els seus badalls, ni la manera com arrufava el nas abans de riure, ni aquell silenci petit que deixava entre dues paraules. Per això no dormia. La vigilava respirar, com si estimar fos fer guàrdia.

Una matinada, ella va obrir els ulls.

—T’estàs perdent una cosa.

—Quina?

—La vida.

Ell va parpellejar. Només un segon.

Quan tornà a mirar-la, ella ja dormia.

I, per primera vegada, ell també.

 



sábado, 20 de junio de 2026

 

ANÁLISIS IRRELEVANTE


El juez José Luis Calama entró en la sala con tres carpetas, dos bolígrafos y la expresión de quien sospecha que la verdad ha aparcado en doble fila.

Frente a él estaba José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno, consultor internacional y, según iba a descubrirse aquella mañana, especialista en trabajos que no dejan huella porque la huella, como todo el mundo sabe, estropea mucho el parqué.

—Empecemos por Análisis Relevante —dijo el juez—. ¿Tenía usted contrato?

—No.

—¿No?

—Teníamos confianza.

El juez anotó algo.

—Comprendo. ¿Y cuánto cobraba por la confianza?

—Una cantidad global.

—¿Global de cuánto?

—Dependía del globo.

Calama levantó la vista. Zapatero mantenía aquella sonrisa suya capaz de anunciar una crisis económica como si acabara de encontrar aparcamiento en el centro de Madrid.

—Según la documentación, usted cobró cerca de medio millón de euros.

—Es que era una confianza de alta intensidad.

—¿Y qué trabajo realizaba?

—Consultoría.

—Eso ya lo sé. Le pregunto qué hacía.

—Consultaba.

—¿A quién?

—A mí mismo, principalmente. Soy una persona que se consulta mucho y suele quedar bastante satisfecha con las respuestas.

El juez respiró hondo.

—¿Redactaba informes?

—No necesariamente.

—¿Entonces qué entregaba al cliente?

—Conocimiento.

—¿Por escrito?

—El conocimiento pierde mucho cuando se escribe. Pasa como con las promesas electorales.

Calama abrió la segunda carpeta.

—Aquí aparecen reuniones, viajes y comidas.

—Ahí tiene usted los informes.

—Esto es una agenda.

—Una agenda bien interpretada es un informe. Y un informe mal interpretado puede acabar siendo una agenda judicial, como estamos comprobando.

El juez se quitó las gafas, las limpió y volvió a ponérselas. Quería asegurarse de que el interrogado seguía allí y no era una alegoría.

—Hablemos de Plus Ultra. ¿Tuvo relación con sus responsables?

—Prácticamente ninguna.

—Pero elaboró informes para la compañía.

—Sí.

—Sin hablar con la compañía.

—Exacto.

—¿Cómo sabía lo que necesitaban?

—Soy consultor, señoría. Si tuviera que hablar con los clientes, sería camarero.

Calama hojeó unos papeles.

—Consta una conversación telefónica.

—No la recuerdo.

—Duró once minutos.

—Eso explicaría que no la recuerde. Mis conversaciones importantes duran más.

—También consta un almuerzo con sus responsables.

—Eso sí. Pero comer con alguien no significa tener relación con él. De ser así, yo estaría casado con la mitad de los camareros de Madrid.

—¿Intervino en el rescate de la aerolínea?

—No. Es una verdad incuestionable.

—Aquí las verdades se cuestionan. Por eso se llama interrogatorio.

—Pues retiro lo de incuestionable. Dejémosla en verdad con derecho a recurso.

El juez sacó otra hoja.

—En unos mensajes hablan de usted como «nuestro pana Zapatero».

—No puedo responsabilizarme de lo que dicen terceros.

—También hablan de una «vía Zapatero».

—Habrá muchas vías con mi nombre. Fui presidente. Lo preocupante sería que hubieran construido una autopista y me cobraran el peaje.

—¿Habló con algún miembro del Gobierno sobre el rescate?

—Con nadie.

—¿Y con el Banco Santander?

—Eso fue distinto. Hice una gestión para que recibieran a los responsables de la aerolínea.

—¿Una gestión?

—Sí, pero sin influencia.

—¿Cómo se hace una gestión sin influencia?

—Con educación. Uno llama, pide un favor y, si se lo conceden, procura no influir demasiado en el agradecimiento.

El juez apoyó los codos sobre la mesa.

—Señor Rodríguez Zapatero, según lo que usted explica, no tenía contrato, recibía los encargos verbalmente, no trataba apenas con el cliente, no redactaba necesariamente los informes definitivos y, aun así, cobraba cantidades importantes.

—Dicho así parece extraño.

—Lo ha dicho usted.

—Por eso parece extraño. Yo lo explicaría de otra manera.

—¿Cómo?

—Era una relación profesional basada en la confianza, el pensamiento estratégico y la ausencia de papeles innecesarios.

—Desde mi perspectiva, la empresa parece creada para cobrar comisiones.

—Eso es una conjetura.

—Puede ser, pero tiene que comprender que yo no soy una madre abadesa.

Zapatero guardó silencio unos segundos.

—Me tranquiliza, señoría. Durante toda la mañana había temido estar declarando en un convento.

Calama abrió la tercera carpeta.

—Ahora vamos con las joyas.

—De eso no declararé.

—¿Por qué?

—Porque está recurrido.

—El recurso no suspende el interrogatorio.

—Pero suspende mucho el ánimo.

El juez cerró las carpetas. Parecía cansado. Zapatero, en cambio, conservaba el rostro sereno de quien ha sobrevivido a dos legislaturas, una crisis financiera y varias horas explicando un negocio cuya principal materia prima era la confianza ajena.

—Una última pregunta —dijo Calama—. ¿Sabe qué es una sociedad offshore?

—No.

—¿Nunca ha oído hablar de ellas?

—Jamás.

—Son sociedades creadas en determinados territorios para obtener ventajas fiscales o mantener cierta opacidad.

Zapatero meditó la explicación.

—Entonces no debería llamarse offshore.

—¿Y cómo la llamaría usted?

—Análisis Irrelevante.

El juez dio por concluida la sesión.

Al salir, un periodista preguntó al expresidente cómo había ido el interrogatorio.

—Muy bien —respondió—. El juez hacía preguntas y yo daba respuestas.

—¿Y coincidían?

—No siempre. Pero eso habría convertido el interrogatorio en un contrato.

—¿Y qué tiene de malo un contrato?

Zapatero sonrió.

—Que deja huella.

«En una democracia, los ciudadanos deben amar la igualdad, respetar los derechos de sus conciudadanos y unirse al Estado mediante vínculos comunes de afecto.» (Cuando he leído la frase de Adam Ferguson nacido el 20 de junio de 1723 para ser filósofo, me ha entrado la risa; sobre todo lo del “vínculo de afecto al estado”. Y es que acabo de hacer la declaración del IRPF)

John Taylor es el bajo que se oye en el vídeo de Durán, Duran, Ordinary World. Hoy cumple 66 años y por eso traemos aquí la canción que ya dura unos 34 años.



La tassa que faltava

Després de l’enterrament, va tornar a casa i va trobar dues tasses damunt la taula. En va guardar una a l’armari, però l’endemà reaparegué al mateix lloc.

No va tenir por. Li va servir te, va seure davant la cadira buida i li explicà el dia: el pa massa torrat, la veïna que cantava fatal, el gos que havia tornat a fugir.

Durant mesos, aquella tassa va escoltar-lo.

Un matí ja no hi era.

Ell va somriure, va obrir la finestra i sortí al carrer. El món continuava sent vulgar.

Per fi, també era seu.



viernes, 19 de junio de 2026

 

EL REFERENTE


En la sede del partido habían inaugurado una sala nueva: el Museo de los Referentes Éticos.

En el centro, bajo una luz blanca que borraba las arrugas y parte de la memoria, estaba José Luis Rodríguez Zapatero. No él, naturalmente, sino una estatua con sonrisa serena, cejas responsables y la mano derecha levantada en actitud de conceder algún derecho civil.

—Aquí tenemos a uno de nuestros grandes referentes —explicó el guía.

Un visitante se acercó a la placa.

—¿No fue este el presidente que dejó más de cinco millones de parados?

El guía carraspeó.

—Aquello fue una crisis internacional.

—¿Y no redujo el sueldo a los funcionarios?

—Una media del cinco por ciento —precisó el guía—. Pero con sensibilidad social.

El visitante miró alrededor.

—¿Dónde están los funcionarios?

—En otra sala. La de los sacrificios necesarios.

—¿Y los parados?

—No cabían todos.

La visita continuó. En una vitrina se exponía una tijera de plata con la inscripción: «Recorte progresista». A su lado, una fotografía del presidente negando la crisis y otra, tomada meses después, aplicando medidas para combatir aquello que todavía no existía.

—Es una pieza histórica —dijo el guía—. Representa la capacidad de adaptación.

Al fondo había una puerta cerrada.

—¿Qué hay ahí? —preguntó el visitante.

—El presente.

—¿Podemos entrar?

—Todavía no. Está bajo investigación.

El visitante volvió la vista hacia la estatua. La luz seguía iluminando solo la parte delantera.

—Entonces —dijo—, si este es el referente ético, ¿cómo serán los que no lo son?

El guía sonrió con profesionalidad.

—Esos están en el Gobierno.

«Todo paraíso, para ser paraíso, debe contener la serpiente.» (Una perfección creada y limitada nunca puede ser absoluta: siempre encierra la posibilidad del cambio, la caída o el sufrimiento. Eso es lo que creía Marco Pallis nacido el 19 de junio de 1895 para ser escritor, músico, compositor, alpinista y estudioso británico)

Allá por junio de 1990 una de las canciones más populares en el mundo fue Hold On (aguanta o resiste) de Wilson Phillips ¡Quién iba a decir que hoy se iba a convertir en un referente de los círculos políticos!

Cap a demà

Cada matí, la Clara es prometia resistir un dia més. La hipoteca, el silenci d’ell, la feina que li xuclava les hores.

Aquell dimarts va arribar fins al vespre. Després va obrir l’armari, va treure la maleta i hi va posar només roba seva.

—On vas? —preguntà ell, per fi.

La Clara somrigué.

—Cap a demà.

A vegades, aguantar no vol dir quedar-se.



jueves, 18 de junio de 2026

 

EL GRAN FINAL

La última noche de 2026, el mundo estrenó la paz definitiva.

En la plaza central habían retirado las estatuas de los antiguos vencedores y colocado árboles artificiales que permanecían verdes todo el año. Una orquesta tocaba Imagine mientras las pantallas gigantes repetían el lema oficial:

LA HUMANIDAD HA APRENDIDO.

Una pareja caminaba entre drones de vigilancia, puestos de abrazos gratuitos y voluntarios que repartían pulseras para medir el nivel de felicidad.

—¿Tú crees que esto durará? —preguntó ella.

Él miró a su alrededor. La gente sonreía. Algunos porque estaban contentos. Otros porque las cámaras reconocían mejor las caras cuando sonreían.

—Claro que durará —contestó—. Al menos hasta que alguien recuerde por qué se enfadó.

Ella soltó una risa breve.

La pulsera vibró en su muñeca.

IRONÍA DETECTADA. MODERE SU ACTITUD.

Siguieron andando sin hablar. Al final de la plaza, un cartel luminoso despedía a los visitantes:

EL FUTURO ES NUESTRO.
POR FAVOR, NO LO DEVUELVA CON MANCHAS.

—Tengo frío —dijo ella.

—Te advertí que cogieras el abrigo.

—No me advertiste nada.

—Sí te lo dije.

—No.

Él se detuvo. Ella también. Se miraron durante unos segundos, cada uno aferrado a su pequeña versión de la verdad.

Un dron descendió sobre sus cabezas.

—Ciudadanos —anunció con voz amable—, se ha detectado un posible conflicto. Procedan a abrazarse.

Obedecieron.

Desde lejos parecía amor.

«Hay dos momentos que lo son todo: el presente, en el que podemos elegir, y la muerte, cuando ya no podemos hacerlo.» (Frithjof Schuon nacido el 18 de junio de 1907 para ser poeta y filósofo y elegir cuando ejercer una o la otra faceta de su vida. A vosotr@s: no esperéis mucho y hacerlo ya que luego ya sabéis el final)

¿Qué se puede decir de Paul McCartney, uno entre los grandes? Seguro que repito con el personaje cada vez que cumpla años, como hoy que llega a los 84 aunque él sea eterno. "My Love" os espera en el vídeo... y a vuestro lado seguro que lo encontraréis.


La cadira del costat

Cada vespre, l’Arnau posava dos plats a taula. Els veïns deien que la Maria feia tres anys que havia mort, però ell continuava discutint amb la cadira buida.

—Avui tampoc m’has trucat.

El silenci, com sempre, li donava la raó.

Després sopava lentament, deixant-li la part més tendra del peix. Abans d’anar al llit, apagava el llum de la cuina i deia:

—No triguis.

Aquella nit, la cadira va cruixir.

L’Arnau va somriure, sense girar-se.

—Ja sabia que encara m’estimaves.


miércoles, 17 de junio de 2026

 

EL PARQUE DE LOS BUENOS MODALES


El Ayuntamiento acababa de inaugurar los Juegos por la Convivencia 2026. No había vencedores, porque ganar podía herir la autoestima del otro equipo. Tampoco perdedores. Ahora se llamaban participantes con resultado adverso.

La primera prueba consistía en formar una piña humana mientras los niños repetían:

—¡Abraza tu conflicto!

En la segunda debían compartir el almuerzo. Un niño ofreció un trozo de brócoli a su compañera.

—¿Tienes el informe de alérgenos? —preguntó ella.

Un padre grababa la escena con el móvil en vertical.

—Muy bien, cariño. Recuerda que la humanidad necesita personas capaces de dialogar.

El hombre mayor que ocupaba el otro extremo del banco negó con la cabeza.

—En mis tiempos jugábamos a policías y ladrones.

—Eso normalizaba la violencia —respondió el padre sin dejar de grabar.

—Puede ser. Pero al menos sabíamos quién era el ladrón.

En ese momento, dos niños empezaron a discutir por una pelota.

—Me toca.

—La he reservado con la aplicación.

—Pero no estás jugando.

—Estoy gestionando mi turno.

Hubo un empujón. Nada grave. Uno de esos empujones que antes terminaban con una bronca, dos lágrimas y los niños jugando juntos cinco minutos después.

El dron de vigilancia descendió sobre ellos y encendió una luz naranja.

—Se ha detectado un desacuerdo no constructivo. Permanezcan quietos mientras se activa el protocolo de mediación.

El padre dejó de grabar.

—¿Lo ve? —dijo satisfecho—. Ahora las cosas se resuelven hablando.

—No están hablando —respondió el anciano—. Están esperando instrucciones.

La luz del dron cambió a rojo.

—Comentario potencialmente hostil. Usuario adulto, modere su lenguaje.

El anciano se levantó del banco. La pelota, olvidada, rodó por el sendero hasta caer dentro de una alcantarilla.

Ningún niño corrió a buscarla.

Aquello no figuraba en el protocolo.

«Sacúdete el polvo de los pies, sal al mundo, trabaja duro, diviértete si puedes y ama si no puedes evitarlo.» (Una frase muy aseadita la de Aloisia Kirschner nacida el 17 de junio de 1854. Aseada y algo pesimista; seguramente no pudo evitar serlo)

Eric Stefani no tiene dudas que hoy cumple 59 años. Lo que no tiene tan claro es si aún conserva a su pareja.


El silenci va sortir primer

Quan ella va començar a dir «hem de parlar», ell va aixecar la mà.

—No.

No perquè no volgués saber-ho. Ja ho sabia tot: la maleta al passadís, el raspall de dents desaparegut, aquell futur conjugat en singular.

Ella va callar. Ell també.

Durant uns segons encara van ser parella, sostinguts per una frase que ningú no s’atrevia a acabar.

Després, ella va obrir la porta.

El silenci, molt educat, va sortir primer.