LA PUERTA
QUE RODEÉ

Te lo diré como me lo dije a
mí, una noche cualquiera, cuando ya no quedaban excusas frescas en la nevera.
Había entrenado el autoengaño
como quien entrena el core: respiración controlada, postura digna, sonrisa de
“todo bien”. Me salía perfecto. En el trabajo, en la cama, en las sobremesas.
Incluso delante del espejo, que es el único testigo que nunca firma nada pero
lo ve todo.
La realidad, en cambio,
esperaba. Paciente. Sin dramatismo. Como ese mensaje que no contestas porque
“ahora no” y que, cuando por fin lo abres, ya no importa.
La decepción llegó con un
gesto tonto: una frase mal puesta en una conversación que creí segura. Yo
hablaba de futuros, de planes, de “cuando”. Y la otra persona —tú, cualquiera,
da igual— me miró con esa piedad seca que solo tienen los que ya se han bajado
del barco.
—No era eso —dijiste.
No “no te quiero”. No “me
voy”. No “se acabó”. Solo: no era eso.
Y de pronto entendí que la
decepción no es una puñalada: es un golpe de frente contra la puerta que llevas
meses rodeando para no admitir que está cerrada. Te duele la nariz, sí. Pero lo
peor es que, por primera vez, hueles el aire tal como es: sin perfume de
fantasía.
Me senté. No por tristeza. Por
cansancio. Ese cansancio de sostener una versión de la vida que exige más
energía que vivirla.
Luego pasó lo inevitable:
empecé a recordar todas las señales que había convertido en decoración. Las
silenciosas. Las pequeñas. Las que no hacen ruido hasta que juntas te
construyen una pared.
La realidad no había cambiado.
El que había cambiado era yo, al fin. Dejé de esquivarla. Y ahí, justo ahí, en
el momento exacto en que aceptas que te estabas mintiendo con educación, la
decepción se transforma en otra cosa: en una libertad fea, pero respirable.
Me levanté. Me miré al espejo
otra vez.
Esta vez no sonreí.
Y, curiosamente, fue la
primera vez en mucho tiempo que me vi.
«El amor no pide nada cuando
ama; lo pide todo cuando es amado.» (Eso lo dijo Jacques d'Adelswärd-Fersen
nacido el 20 de febrero de 1880 y que le tocó vivir en unas circunstancias
bastante complicadas por su condición homosexual)
Rick Dufay cumple 74 años y se fue hace unos años de la banda Aerosmith. La verdad no sé si participó en la canción del vídeo, pero me ha servido de excusa para poner una canción que me encanta.
La parpella rebel
Vaig aprendre a dormir amb els
ulls mig oberts, com els gats i els desconfiats. No per por: per tu. Per si
respiraves diferent, per si el teu somriure feia soroll, per si el món
s’acabava en silenci i jo m’ho perdia. La nit ens feia de sostre baix; la ciutat,
de rellotge mal educat. Em vas dir: “Parpelleja, home”. I jo, orgullós, vaig
negar amb el cap. L’endemà, quan vas marxar, vaig parpellejar per fi. I em vaig
perdre tot.



