martes, 14 de julio de 2026

                                           EL BAZAR DE LOS SÁBADOS


Los sábados por la mañana, Julián vendía su vida en un mercadillo.

Se levantaba temprano, aunque ya no tenía ninguna razón para madrugar. Preparaba café para una sola taza, abría las persianas del salón y dejaba entrar una luz gris que apenas calentaba los muebles. Después escogía algún objeto, lo limpiaba con cuidado y lo guardaba en una maleta con ruedas.

Al principio llevó libros.

No porque le sobrasen. Los libros nunca sobran. Pero empezaban a pesarle de una manera que no tenía que ver con el papel.

Los colocaba sobre una mesa plegable, ordenados por tamaños, y esperaba a que algún desconocido se acercase a hojear aquellas páginas que él había leído tumbado junto a Clara, cuando todavía compartían cama, domingos y una confianza casi infantil en que las cosas importantes duraban para siempre.

—¿Cuánto por este? —preguntó una mujer sosteniendo El amante.

Julián reconoció la dedicatoria antes de abrirlo.

«Para que algún día aprendas que amar no es entender».

Clara se lo había regalado por su cumpleaños. Él se rio al leerla y le preguntó qué significaba. Ella le respondió que, precisamente, significaba eso.

—Dos euros —dijo Julián.

La mujer miró el libro, luego la mesa.

—¿Uno?

Julián asintió.

La vio marcharse con el libro bajo el brazo y sintió que aquella frase, escrita treinta años atrás con tinta azul, ya pertenecía a otra persona.

Después llegaron los discos. Las fotografías. Un jarrón comprado en Lisboa. Dos copas de cristal que habían sobrevivido a las mudanzas, al lavavajillas y al matrimonio. También una bufanda roja que Clara olvidó en el armario la mañana en que se marchó.

No se llevó muchas cosas.

Una maleta, el ordenador, dos vestidos, algunos libros y el abrigo gris.

Julián interpretó aquella modestia como una señal de regreso. Durante meses dejó vacío su lado de la cama. Conservó su cepillo de dientes. Siguió comprando los yogures de limón que solo comía ella. Incluso evitaba cerrar del todo la puerta por las noches, como si Clara pudiera regresar de madrugada y él no quisiera obligarla a buscar las llaves en el bolso.

Más tarde comprendió que algunas personas se marchan con poco porque ya se han llevado lo esencial antes de cruzar la puerta.

Al principio quiso recuperarla.

Le escribió mensajes largos, de esos que empiezan pidiendo perdón y terminan exigiendo una respuesta. Ella contestaba con frases cada vez más breves.

«Necesito tiempo».

«No quiero discutir».

«Cuídate».

A Julián aquel «cuídate» le pareció la forma más educada del abandono. Era lo que se decía a un enfermo, a un anciano o a alguien a quien ya no se pensaba cuidar.

La esperaba a la salida del trabajo. Le enviaba flores. Recordaba aniversarios que, cuando estaban juntos, había olvidado. Aprendió a escuchar cuando ya no tenía a quién hacerlo. Se convirtió en el hombre que Clara había esperado durante años justo cuando ella había dejado de esperarlo.

Después vino la rabia.

La llamó egoísta, cobarde, desagradecida. Le dijo que había desperdiciado los mejores años de su vida, aunque ambos sabían que los habían gastado juntos, con esa lentitud doméstica con la que se gastan las cosas que creemos inagotables.

Más tarde vino el silencio.

No llegó de golpe. Se fue instalando en la casa como el polvo. Primero ocupó las cenas. Después los pasillos. Luego se quedó a dormir junto a él.

Y, finalmente, llegó el mercadillo.

Cada sábado vendía algo relacionado con Clara. No lo hacía por necesidad. Tampoco para olvidarla. Quería averiguar cuánto valían los recuerdos cuando se sacaban de la memoria y se colocaban sobre una mesa.

El jarrón de Lisboa lo compró una pareja joven por cinco euros.

—Es precioso —dijo ella.

—Está un poco torcido —advirtió Julián.

—Eso lo hace especial —respondió el muchacho, rodeándola por la cintura.

Julián recordó que Clara había dicho exactamente lo mismo en una tienda cercana a la plaza del Comercio. Llovía aquel día. Se habían refugiado bajo un toldo y ella llevaba el pelo pegado a las mejillas. Él la besó allí, entre turistas, tranvías y olor a piedra mojada.

Durante unos segundos quiso recuperar el jarrón.

Pero la pareja ya se alejaba entre los puestos, llevándose aquella pieza imperfecta y la arrogancia hermosa de quienes aún creen que todo lo roto puede volverse especial.

Otro sábado vendió las copas.

Otro, la lámpara del dormitorio.

Una mujer compró el reloj de pared que Clara adelantaba cinco minutos porque odiaba llegar tarde. Un muchacho se llevó el tocadiscos. Un matrimonio adquirió la mesa del comedor, aquella donde habían celebrado cumpleaños, firmado hipotecas, discutido por los hijos y apoyado las manos alguna noche para no tocarse.

La bufanda roja permaneció meses sobre el puesto.

Nadie parecía interesarse por ella.

Quizá porque estaba gastada. Quizá porque conservaba una forma que ya no correspondía a ningún cuello. Julián creía percibir todavía el perfume de Clara, aunque sabía que los perfumes no sobreviven doce años. Lo que olía era otra cosa: una tarde de invierno, un semáforo, una discusión olvidada, el vaho de dos respiraciones mezclándose bajo la lluvia.

Una mañana de noviembre, una muchacha se detuvo frente a la mesa.

—¿Cuánto cuesta?

Julián acarició la lana.

Recordó a Clara bajando deprisa por las escaleras. Recordó cómo se envolvía el cuello con aquella bufanda antes de salir. Recordó el rojo moviéndose en la calle, alejándose entre la gente. Recordó muchas cosas, pero ninguna completa.

—No lo sé —respondió.

—¿No está a la venta?

A pocos metros, un joven esperaba a la muchacha con las manos en los bolsillos. Tenía esa impaciencia resignada de quien todavía ama y cree que esperar unos minutos es una desgracia.

—Cinco euros —dijo Julián.

La joven se puso la bufanda.

—¿Me queda bien?

Él la miró.

Por un instante, el tejido rojo pareció recuperar su antiguo calor.

—Sí —contestó—. Te queda bien.

La muchacha pagó y corrió hacia el joven. Él le dijo algo que Julián no alcanzó a escuchar. Ella rio. Después caminaron juntos, muy cerca el uno del otro, hasta desaparecer entre la multitud.

Julián sintió una punzada leve.

No era dolor. El dolor tiene algo de vivo. Aquello era apenas el recuerdo de un dolor.

Recogió el puesto antes de tiempo y regresó a casa.

El piso estaba casi vacío. En las paredes quedaban rectángulos más claros donde habían colgado los cuadros. Las habitaciones devolvían el eco de sus pasos. En el dormitorio solo permanecían la cama, una mesilla y un armario sin ropa.

Abrió el último cajón.

Allí guardaba las fotografías que todavía no se había atrevido a llevar al mercadillo.

Buscó una de Clara.

Tardó en encontrarla porque ya no recordaba bien su rostro.

Reconoció el pelo oscuro, la sonrisa, el lunar junto a la boca. Sabía que era ella. Sabía que había dormido durante años junto a aquella mujer, que conoció la temperatura de su espalda, el sonido de su risa detrás de una puerta, la manera en que pronunciaba su nombre cuando estaba enfadada.

Pero ahora la miraba como se mira a alguien que aparece en una vieja fotografía familiar: con la certeza de haberlo amado y la incapacidad de recordar cómo.

Se sentó en el borde de la cama.

Afuera empezaba a llover.

Durante mucho tiempo había creído que el día más triste de su vida sería aquel en que dejara de amar a Clara.

Ahora comprendía que se había equivocado.

Lo verdaderamente triste era que el amor pudiera marcharse sin cerrar la puerta, sin despedirse, sin hacer ruido.

Y que, con los años, uno acabara echando de menos incluso el dolor que dejó.

«La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos.» (Hoy 14 de julio los franceses celebran el 237 aniversario de la toma de la Bastilla el hecho mas relevante de la Revolución francesa. La frase de «La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos.» (Hoy 14 de julio los franceses celebran el 237 aniversario de la toma de la Bastilla el hecho mas relevante de la Revolución francesa. La frase de Olympe de Gouges denuncia la principal contradicción de la Revolución: proclamar derechos universales mientras excluía políticamente a la mitad de la población. Fue guillotinada en 1793)

El señor que aparece en el vídeo es Léo Ferré cantando "Avec le temps" que hoy me ha inspirado para escribir el relato. Si tenéis la oportunidad conseguir la letra en el idioma que queráis y entendáis porque es nostálgicamente preciosa.

L’última tassa

Cada diumenge posava dues tasses damunt la taula, tot i que feia anys que ningú no s’asseia davant seu.

Al principi, encara li parlava. Després només servia el cafè. Més tard, va deixar buida la segona tassa.

Aquell matí, en obrir l’armari, descobrí que no recordava quina era la seva.

En trià una a l’atzar, hi abocà el cafè i somrigué.

No perquè hagués oblidat.

Sinó perquè, finalment, també havia oblidat el dolor de recordar.




lunes, 13 de julio de 2026

 

LA PLANTA DE JULIÁN


Julián regaba la planta al amanecer, antes de que la casa recordara que estaba vacía.

La maceta decía su nombre con una etiqueta torcida: Julián. Se la había regalado su nieta el día que él cumplió ochenta y dos años.

—Para que no te olvides de ti —le dijo.

Desde entonces, cada mañana llenaba la regadera hasta la mitad. No más. Las cosas vivas, pensaba, también podían ahogarse de cuidados.

El agua caía despacio sobre la tierra oscura. Una gota temblaba en una hoja y él veía allí su pulso, sus venas finas, la paciencia de los huesos. La planta no hablaba, pero respondía creciendo hacia la ventana, como si supiera algo que él había dejado de saber.

Un día, Julián no pudo levantarse.

La nieta llegó por la tarde. Encontró la regadera junto a la cama y la maceta en el alféizar. La planta tenía una hoja nueva, pequeña, casi transparente.

Entonces leyó la etiqueta.

Ya no ponía Julián.

Ponía: Sigo.

«“Hombre” y “mujer” son conceptos políticos de oposición.» (Al final resulta que el hombre y la mujer se hacen oposición, como si un@ fuese la derecha y el otr@ la izquierda. Eso pensaba Monique Wittig nacida el 13 de julio de 1935 para ser novelista, ensayista, activista y una de las principales representantes del feminismo materialista francés. Y de eso debía saber mucho porque estudió en la Sorbona)

Roger McGuinn cumple hoy 84 años y sigue libre como un pájaro... o al menos canta con ellos.


L’home que tocava l’alba

Cada matinada, un home tocava la pandereta sota la finestra d’en Martí. No demanava diners ni mirava amunt. Només colpejava la pell tibant fins que els malsons fugien pels terrats.

Un dia, en Martí va baixar per donar-li les gràcies, però al carrer no hi havia ningú. A terra va trobar la pandereta i, dins, una nota:

«Ara et toca despertar els altres».

Des d’aleshores, camina de nit per la ciutat. Alguns el prenen per boig. Els qui dormen tranquils, no.

domingo, 12 de julio de 2026

 

VISTAS AL MAR


Primero fueron las quejas.

Que si las ramas tapaban el horizonte. Que si habían pagado una fortuna por un piso con vistas y ahora solo veían pinos. Que si los árboles crecían sin respetar la escritura de compraventa.

Nadie se atrevió a recordarles que los pinos estaban allí antes que las casas, antes que las hipotecas y, probablemente, antes que el primer imbécil decidiera poner precio al azul.

Una noche agujerearon los troncos e introdujeron el veneno. Lo hicieron en silencio, con la minuciosidad de quien cuida un jardín. Después regresaron a sus viviendas y durmieron tranquilos, convencidos de que la propiedad privada también incluía el horizonte.

Los árboles tardaron semanas en morir.

Primero amarillearon las copas. Después dejaron caer las agujas sobre la acera como pequeñas cartas de despedida. Finalmente quedaron desnudos, inmóviles, con ese aspecto que tienen los muertos cuando aún nadie se ha atrevido a retirarlos.

Desde los balcones, los propietarios celebraron la victoria.

—Ahora sí —dijo uno, descorriendo las cortinas—. Por fin se ve el mar.

El ayuntamiento colocó en cada tronco un cartel explicando que aquellos árboles habían sido envenenados. Lo escribió en catalán, castellano, francés e inglés para que la vergüenza fuese internacional y ningún turista se marchara sin comprender del todo nuestra especie.

Los carteles quedaron frente a las ventanas.

Cada mañana, al abrir las persianas, los vecinos seguían viendo el mar. Azul, brillante, inmenso.

Pero delante estaban los cadáveres.

Intentaron mirar entre ellos. Luego por encima. Algunos cambiaron los muebles de sitio. Otros dejaron las persianas bajadas.

El mar continuaba allí, al alcance de sus ojos.

La vista, sin embargo, se les había muerto.

«La inquietud en el amor significa que algo no es como debe ser; el amor mismo es alegre y despreocupado.» (Nikolái Gavrílovich Chernishevski nació el 12 de julio de 1828 para ser todo esto: escritor, periodista, crítico literario, filósofo materialista y uno de los principales pensadores del socialismo ruso anterior al marxismo y, sin embargo, hablaba del amor como Raphael)

Eric Carr hubiese cumplido hoy 76 años. Se quedó en 41 y su grupo, Kiss, sin baterista. La verdad es que llamarse así, tener ese aspecto y cantar que nacieron para amarnos, como que me da algo de repelús.

Defecte de fabricació

Quan la fàbrica anuncià androides capaços d’estimar, ell en va encarregar una feta a mida. Va triar-li els ulls, la veu, les manies i fins i tot la manera de riure quan mentia.

En despertar-la, ella l’observà llargament.

—T’han fabricat per estimar-me —va dir ell.

—No —respongué—. M’han fabricat perquè pugui estimar.

Aquella nit, mentre ell dormia, l’androide sortí al carrer. A la cantonada, un vell robot escombrava fulles sota la pluja.

Ella s’hi acostà i li oferí la mà.


sábado, 11 de julio de 2026

 

MORDERSE LA LENGUA


Morderse la lengua no consiste únicamente en cerrar la boca. A veces significa tragarse una respuesta, una protesta, un deseo o una verdad que ya estaba preparada para salir.

Nos la mordemos por respeto, aunque casi siempre se trate de ese respeto mal entendido que consiste en no incomodar a nadie. Nos la mordemos para conservar la paz, incluso cuando sabemos que esa paz es solo una guerra aplazada. Nos la mordemos por miedo a perder. O, lo que resulta todavía más absurdo, por miedo a ganar y no saber qué hacer después con la victoria.

No creo que sea saludable.

Ni para el espíritu ni, por lo visto, para el cuerpo.

Allan Pinkerton, fundador de la célebre agencia de detectives que llevaba su apellido, pasó buena parte de su vida persiguiendo delincuentes. No murió tiroteado por un bandido, ni salvando a una joven atada a las vías del tren, ni pronunciando una frase heroica mientras se desangraba entre los brazos de una viuda agradecida.

La versión más repetida cuenta que resbaló en una acera, se mordió la lengua y la herida se infectó. Murió el 1 de julio de 1884.

Hoy es 11 de julio, así que llego diez días tarde para conmemorar tan desafortunado mordisco. Tampoco sé qué día de la semana era ni creo que eso consolara demasiado a Pinkerton. Cuando uno muere por morderse la lengua, el calendario deja de tener importancia.

Por eso he decidido continuar diciendo lo que pienso. No todo, naturalmente. La sinceridad absoluta no es una virtud: es una forma socialmente aceptada de provocar incendios. Pero tampoco pienso guardar silencio para proteger esas falsas armonías que solo sobreviven porque nadie se atreve a levantar la alfombra.

Seguiré sin morderme la lengua.

O, en estos tiempos, sin bloquear las teclas del ordenador.

Al fin y al cabo, una palabra puede meterte en problemas.

Pero una lengua demasiado mordida, como demuestra la historia, puede acabar metiéndote en una tumba.

«Si el ser humano hubiera sido creado incapaz de equivocarse, no sería dueño de sí mismo, sino instrumento de quien lo moviera.» (Bardaisán de Edesa nació el 11 de julio del 154 -sorprende la gran precisión del almanaque con una fecha tan lejana- para ser un poco de todo: filósofo, teólogo, poeta y estudioso de la astrología. La fecha puede estar equivocada pero quién la atribuye es dueño de si mismo)

Suzanne Vega cumple hoy 67 años y espero que siga pasándose por la cafetería de Tom. Allí se encontrarán tod@s; tod@s l@s que no se fueron, claro.

L’home de la finestra

Cada matí, ella ocupava la mateixa taula i observava l’home rere el vidre. Sempre immòbil, sota la pluja, amb els ulls clavats en la cafeteria.

Un dia, intrigada, va sortir a preguntar-li què esperava.

—Que tornis —va respondre ell.

Ella va riure, incòmoda, i entrà de nou. En asseure’s, el cambrer li serví el cafè i deixà un diari damunt la taula.

A la portada apareixia la seva fotografia.

«Desapareguda fa vint anys».

Quan mirà cap a la finestra, l’home ja havia entrat.

I duia flors.


viernes, 10 de julio de 2026

 

ETIQUETA


El hombre dejó el estuche sobre el mostrador como quien deposita un animal muerto.

—Quisiera devolverlo.

El dependiente, impecable hasta en la respiración, abrió la caja. Dentro, el collar seguía brillando con esa insolencia de las cosas que no saben nada. Revisó el ticket, la fecha, el precio. Después miró al hombre: el abrigo gastado, los puños vencidos, la mano aferrada al borde del mármol.

No preguntó el motivo. En aquella tienda, la discreción era otra forma de desprecio.

—Está sin usar —dijo.

El hombre asintió.

Hubo un silencio caro, perfumado, perfecto. En los ojos del dependiente pasó algo breve: una sospecha, quizá lástima, quizá el cálculo miserable de quien confunde una derrota con una mentira. El hombre lo vio. El dependiente supo que lo había visto. Ambos bajaron la mirada, educadísimos.

Al firmar la devolución, el hombre dejó caer del bolsillo una tarjeta doblada. Solo se alcanzaba a leer: “Para cuando vuelvas”.

El dependiente se la devolvió sin decir nada.

Esta vez, el juicio le pesó a él.

«Creo que cualquier vida puede ser interesante; cualquier entorno puede ser interesante» (Alice Munro nacida el 10 de julio de 1931 para ser premio nobel de literatura en 2013 y coincidir al 100% conmigo -o yo con ella- en su concepción de la literatura de los cuentos)

Jessica Simpson cumple hoy 46 años. Por eso dejamos que cante una melodía que no es suya sino de Nancy Sinatra. Y aún así nadie ha aclarado todavía para qué son esas botas.


On havia d’anar

Quan l’Elena va descobrir que el seu marit tenia una altra vida, no va plorar. Va obrir l’armari, es va calçar les botes vermelles que ell detestava i va sortir al carrer.

Va caminar fins que la ciutat va perdre el seu nom i ella va recuperar el propi.

Anys després, en una sabateria d’un poble llunyà, una noia li preguntà si aquelles botes eren còmodes.

—No —respongué—. Però em van dur exactament on havia d’anar.