NO PENSAR
A las once y veinte de la noche solo
quedaban dos luces encendidas en el edificio.
Una estaba en la quinta planta, en el
despacho de una abogada llamada Irene. La otra, tres pisos más arriba,
iluminaba el estudio de Marta, una arquitecta que llevaba quince minutos
moviendo una ventana dos centímetros hacia la izquierda y otros dos hacia la
derecha.
No se conocían.
Irene llevaba allí desde las ocho de la
mañana. Había redactado tres demandas, respondido cuarenta y siete correos y
corregido dos veces un contrato que ya estaba bien la primera. Desde que Daniel
se marchó de casa, aceptaba cualquier asunto que apareciera sobre su mesa.
Laboral, mercantil, matrimonial. Sobre todo matrimonial. Le gustaba comprobar
que las desgracias de los demás podían ordenarse en hechos numerados.
Marta tampoco quería volver a casa. Su
madre llevaba varias semanas ingresada y su hermano había decidido que, como
ella no tenía hijos, disponía de más tiempo para ocuparse de todo.
—Tú tienes más libertad —le había dicho.
La libertad, descubrió Marta, consistía
en visitar hospitales, llamar a médicos y responder mensajes familiares
mientras diseñaba cocinas para gente que jamás cocinaría.
Aquella noche trabajaban para no pensar.
A las once y veintitrés, el edificio se
quedó a oscuras.
Irene levantó las manos del teclado.
Marta dejó de mover la ventana.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después se encendieron las luces de emergencia, débiles y amarillas, con ese
tono que convierte cualquier oficina en el escenario previo a un asesinato.
Las dos salieron al pasillo casi al
mismo tiempo y llamaron al ascensor. Naturalmente, no funcionaba.
Se encontraron en la escalera, entre la
sexta y la séptima planta.
—¿También atrapada? —preguntó Marta.
—No. Yo vivo aquí —contestó Irene.
Marta sonrió. No era una gran sonrisa,
pero llevaba días sin usar ninguna.
Bajaron juntas. Al llegar a la tercera
planta comprobaron que la puerta cortafuegos se había bloqueado. Irene llamó al
teléfono de emergencias del edificio. Una voz automática les comunicó que la
incidencia había sido registrada y que serían atendidas «a la mayor brevedad
posible».
—Eso, en lenguaje humano, significa que
podemos pasar aquí la noche —dijo Irene.
Se sentaron en los escalones.
Marta sacó de su bolso una bolsa de
almendras. Irene llevaba una chocolatina aplastada entre unos expedientes.
Cenaron aquello sin ceremonia, compartiendo una botella de agua que sabía a
plástico.
—¿Mucho trabajo? —preguntó Marta.
—Muchísimo.
—Yo también.
Guardaron silencio.
—En realidad, no —admitió Irene—. Bueno,
sí. Pero podría haberme ido hace cuatro horas.
—Yo también.
Otro silencio. Esta vez algo más cómodo.
Irene le contó que Daniel se había
marchado después de dieciséis años. No hubo amantes, gritos ni platos rotos.
Solo una conversación en la cocina y una frase que aún le daba vueltas por
dentro:
—Ya no sé quién soy cuando estoy
contigo.
—Una frase preciosa para quien se va
—dijo Marta—. Los que se quedan suelen recibir frases menos elaboradas.
Irene soltó una carcajada inesperada.
Resonó en la escalera vacía.
Marta le habló de su madre, de su
hermano y de aquella libertad que la obligaba a ocuparse de todo. Le confesó
que llevaba semanas durmiendo mal y que a veces se ponía a llorar en el coche
antes de entrar en el hospital. Luego se retocaba los ojos y subía a la
habitación con fruta cortada y una sonrisa de hija eficiente.
—No quiero pensar —dijo.
—Yo tampoco.
Las palabras quedaron allí, sentadas
entre ambas.
Irene miró sus zapatos. Tenía una
carrera, un despacho, clientes importantes y una agenda en la que no cabía un
alfiler. Marta diseñaba edificios premiados y sabía calcular el peso que podía
soportar una estructura.
Ninguna de las dos sabía qué peso podía
soportar ella misma.
—Quizá estamos haciendo el idiota —dijo
Irene.
—Eso explicaría muchas cosas.
A medianoche apareció el vigilante.
Había tardado porque se encontraba en otro edificio y porque, según explicó,
«el sistema no esperaba que quedase nadie trabajando a estas horas».
—El sistema es más sensato que nosotras
—dijo Marta.
El hombre desbloqueó la puerta y las
acompañó hasta la calle.
Fuera hacía una noche tibia. Los árboles
de la avenida estaban llenos de hojas nuevas. Irene respiró hondo. Marta
levantó la cara, como si acabara de recordar que sobre los edificios también
había cielo.
—Mañana tengo que llegar temprano —dijo
Irene.
—Yo también.
Se miraron.
—O no —añadió Marta.
No intercambiaron teléfonos. Tampoco
prometieron llamarse ni hacerse amigas. Cada una se marchó en una dirección
distinta, cargando todavía con sus problemas, que seguían allí, intactos y
bastante poco impresionados por la conversación.
A la mañana siguiente, Irene llegó al
despacho a las diez y media.
Marta llamó al hospital, pidió el día
libre y le dijo a su hermano que aquella tarde iría él.
Ninguna había solucionado su vida.
Pero, por primera vez en varios meses,
dejaron de trabajar para no pensar.
Y fue, probablemente, el trabajo más
útil que hicieron aquella semana.
«Las libertades públicas no son otra
cosa que resistencias.» (Pierre-Paul Royer-Collard nacido al inicio del
solsticio de Verano en el hemisferio norte de 1763 para ser abogado, profesor
de Filosofía, diputado, presidente de la Cámara de Diputados y miembro de la
Academia Francesa, en la que ocupó el sillón número 8 desde 1827. Pensaba que la
libertad no consiste únicamente en reconocer derechos sobre el papel. Necesita
instituciones, tribunales, parlamentos y periódicos capaces de oponerse
eficazmente al poder)
Joey Kramer baterista dse Aerosmith cumple hoy 76 años. La canción del vídeo es de una película Armaggedon, de la que no se quiso perder nada. Ni yo tampoco.
El segon que faltava
Va prometre que no es perdria res: ni els seus
badalls, ni la manera com arrufava el nas abans de riure, ni aquell silenci
petit que deixava entre dues paraules. Per això no dormia. La vigilava
respirar, com si estimar fos fer guàrdia.
Una matinada, ella va obrir els ulls.
—T’estàs perdent una cosa.
—Quina?
—La vida.
Ell va parpellejar. Només un segon.
Quan tornà a mirar-la, ella ja dormia.
I, per primera vegada, ell també.




