Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
martes, 31 de marzo de 2026
POLÍTICA
DE DEVOLUCIONES
Se lo conté todo.
No de golpe, claro. Nadie se
desnuda del todo a la primera. Fui dejándole piezas: la infancia en una casa
donde pedir perdón era un deporte de riesgo, esta costumbre idiota de mirar el
móvil como si el amor tuviera horario de oficina, y hasta un futuro doméstico,
casi cutre, que a mí me parecía gloria: dos tazas sin fregar, una discusión por
una cortina, tu risa volviendo justo cuando el día ya venía torcido.
Le acerqué la boca a la oreja
para decirle mis miedos. Olía a jabón limpio y a salida de emergencia.
No le pedí tanto. Lo justo
para arruinarse un poco la vida conmigo: quédate, mírame, no me dejes solo
haciendo de hombre sensato mientras me hundo por dentro.
Le enseñé mis zonas blandas.
Mis cicatrices. Lo que uno no enseña salvo que esté enamorado o ya bastante mal
de la cabeza.
Y se fue.
Así, sin épica. Sin un portazo
de película. Con esa educación higiénica de quien abandona a otro procurando no
manchar.
Lo peor no fue perderlo.
Lo peor fue quedarme con todo
lo que le había entregado todavía caliente entre las manos, como un paquete
rechazado.
Mi amor, por una vez, había
encontrado destinatario.
Lástima que el destinatario lo
devolviera por exceso de contenido.
«El amor es una de las
respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte.» (Una
de las definiciones del amor que mejor condensa todas las existentes; es de Octavio
Paz nacido el 31 de marzo de 1915 y premio nobel de literatura en 1990, así que
no era inventor, sino escritor, diplomático y un largo etcétera)
Hoy hace 40 que O'Kelly Isley Jr. no canta ni grita la canción del vídeo. Ni a él tampoco le gritan: como mucho, le rezan.
La veu que no vaig gastar
Vaig passar mitja vida
empassant crits com qui empassa pastilles sense aigua. A la feina, somriure. A casa, callar. Al llit, fer veure.
Un dia se’m va esquerdar la
gola davant del mirall i no va sortir ràbia: va sortir el meu nom. El vaig dir
fort, com si me’l tornés d’un embargament antic. Els veïns van picar la paret. Jo també, però des de dins.
Des d’aleshores no crido per
fer por ni per convèncer ningú. Crido perquè, després de tants anys, ja no em
penso demanar perdó per sonar viu.
lunes, 30 de marzo de 2026
CORREO
ORDINARIO
Durante años, la amistad me
llegó por el buzón.
No hablo de felicitaciones
navideñas con renos obesos ni de esas cartas del banco que empiezan con un
“estimado cliente” y terminan recordándote que tu cuenta corriente tiene menos
dignidad que tú. Hablo de sobres de verdad. Sobres torcidos, con sellos mal
pegados, con la letra inclinada de alguien que no escribía para quedar bien
sino para llegar.
Irene me escribía así.
Nunca fue mi amante, que es
una decepción que a cierta edad uno aprende a gestionar con elegancia. Fue algo
más raro y quizá más útil: una amiga. Una de esas amistades que no exigen
presencia pero tampoco toleran el abandono. Nos conocimos en un taller literario
de barrio, en una sala con fluorescentes tristes y sillas de plástico donde
casi todos iban a que les aplaudieran los adjetivos. Ella no. Ella llevaba
tijeras, pegamento, recortes de revistas viejas y una paciencia de costurera
japonesa. Decía que una carta tenía que parecerse un poco a quien la enviaba.
Que si mandabas una hoja doblada sin alma, estabas mandando también tu pereza.
Por eso sus sobres parecían
pequeños apartamentos amueblados.
Dentro había una nota, sí,
pero también una hoja seca encontrada en un parque, una servilleta con una
frase oída en un bar, una receta de sopa escrita al dorso de una multa, una
entrada de cine de una película que ya no daban en ninguna parte, un botón azul
“por si un día se te cae algo importante”. Una vez me mandó medio mapa de
Lisboa y la advertencia: “La otra mitad te la mandaré cuando te atrevas a
perderte”.
Yo le contestaba peor. Mucho
peor. Folios blancos. Sobres comprados en un estanco. Mi letra de abogado
cansado. Aun así, Irene seguía escribiéndome como si yo mereciera aquella
caligrafía lenta, aquellos sellos elegidos, aquella absurda generosidad artesanal
en un mundo donde ya nadie tiene tiempo ni para mentir con calma.
Luego pasó lo de siempre: la
vida. Su madre enfermó. Mi matrimonio se llenó de habitaciones cerradas. Ella
cambió de ciudad. Yo cambié de médico. Nos seguimos escribiendo. Menos, pero
mejor. Hay afectos que, cuando se vuelven escasos, por fin se ponen serios.
La última carta tardó más de
la cuenta. El sobre era beige, sin adornos, con una letra que no era la suya.
La abrió mi miedo antes que mis manos. Me escribía su hija. Irene había muerto
en marzo. Ordenando sus cosas, encontró una caja con mis cartas —las mías, tan
sosas, tan administrativas, tan poca cosa— atadas con una cinta roja. “Decía
que eran bonitas”, me puso la hija, “porque llegaban”.
Me quedé un rato mirando
aquella frase como se mira un espejo cuando ya no estás para demasiadas
heroicidades.
Desde entonces contesto a todo
por correo electrónico, como un ciudadano moderno, funcional y un poco cobarde.
Pero a veces, cuando abro el buzón y no hay nada salvo publicidad de funerarias
o supermercados, pienso que la verdadera soledad no consiste en que nadie te
escriba.
Consiste en que ya nadie te
recorte el mundo para metértelo en un sobre.
«La unidad del lenguaje es, en
el fondo, política.» (Yo iría más allá en la frase: en el fondo y en la
superficie la unidad del lenguaje es política. Félix Guattari filósofo -y
activista- francés nacido el 30 de marzo de 1930 antes de las Olimpiadas de
Barcelona-92 dejó de estar en activo… y en pasivo)
Hoy es el cumpleaños de uno de los grandes, Eric Clapton que ya va por los 81 y espero que sean muchos más aunque siga con el dolor de no poder olvidar aquella fatídica noche en la que subió al cielo un ángel más.
La cadira petita
Vaig deixar la seva cadira al
mateix lloc, al costat de la finestra, com si la tarda tingués memòria. La pols
hi va anar posant una pàtina d’absència, però jo encara hi sentia el pes mínim
d’un cos que ja no tornaria. De vegades, quan el sol entrava amb aquella
insolència neta dels dies bells, em semblava una burla. Altres cops, un perdó.
He après que el dolor no crida sempre: a vegades s’asseu, espera i et mira. I
tu vius així, fent veure que no has après a parlar amb el cel.
domingo, 29 de marzo de 2026
DUCHAS CORTAS PARA TAPAR LOS OLEODUCTOS
Nos piden duchas cortas cuando
lo que han hecho largo, larguísimo, ha sido el negocio de la dependencia.
Siempre pasa igual. Se rompe
una tubería en el mundo, tiembla un estrecho, arde un mapa, suben los seguros,
se encarece el gas, y de pronto el dedo no señala a los que diseñaron esa
fragilidad con traje, despacho y bonus, sino a la gente que enciende la luz de
la cocina, al viejo que pone la estufa porque tiene huesos y no discurso, a la
mujer que vuelve cansada y quiere agua caliente sin sentir que está
bombardeando el planeta con la alcachofa de la ducha.
El truco es viejo, pero
funciona. A los responsables del edificio se les perdona el hormigón malo y a
los inquilinos se les exige que bajen la voz para no molestar al derrumbe.
Entonces empieza la liturgia.
Apaga aquí. Recorta allá. No cojas el coche. No pongas el aire. Dúchate menos.
Consume con moderación. Sufre con civismo. Y todo envuelto en ese tono de
sermón doméstico que convierte una chapuza geopolítica de décadas en examen
moral del ciudadano. Como si la crisis no la hubieran fabricado decisiones,
intereses, cobardías y negocios, sino tu cafetera, mi radiador y la bombilla
del pasillo.
A eso le llaman
concienciación. A veces no es más que maquillaje con contador.
Porque una cosa es ahorrar por
inteligencia, por respeto, por sentido común. Y otra muy distinta es pedir
sacrificios al final de la cadena mientras al principio de la cadena siguen
cenando los de siempre, con mantel limpio y la culpa bien repartida entre
millones. Ahí está la obscenidad. No en apagar una farola. No en subir dos
pisos por la escalera. La obscenidad está en convertir la necesidad de la gente
en coartada para que nadie pregunte quién montó este sistema con una sola
puerta de entrada y luego fingió sorpresa cuando esa puerta empezó a arder.
Hay noticias que no informan:
domestican. No te cuentan el diseño del problema; te enseñan sus síntomas para
que los aceptes como clima. No te hablan de dependencia, de rutas, de poder, de
contratos, de miedo, de reservas, de chantajes. Te enseñan una ducha, una
persiana bajada, una oficina a medio gas, una familia calculando si pone la
calefacción una hora más. Y así el desastre entra mejor en casa: ya no parece
una decisión política, parece una penitencia compartida.
Eso tranquiliza mucho a los
culpables. Si todos somos un poco responsables, ya no hay responsables de
verdad.
Pero sí los hay. Siempre los
hay.
Hay responsables cuando
durante años se levanta una prosperidad con pies alquilados. Hay responsables
cuando se vende seguridad donde solo había suerte. Hay responsables cuando la
fragilidad se tapa con propaganda y luego se presenta la factura como si fuese
un castigo divino, una mala racha, una nube pasajera. No. No era una nube. Era
humo. Y venía de lejos.
Lo más cruel de estas crisis
no es solo el precio. Es la pedagogía. Te enseñan a agradecer el recorte. Te
entrenan para llamar madurez a la renuncia. Te piden patriotismo térmico
mientras otros blindan márgenes, posiciones y excusas. Y uno acaba casi disculpándose
por querer vivir con un mínimo de calor, de movilidad, de dignidad, como si la
comodidad elemental fuese un vicio burgués y no una conquista sencilla de la
vida corriente.
Luego dirán que la gente no
entiende la complejidad del mundo. Claro que la entiende. Lo que pasa es que ya
está cansada de que la complejidad siempre baje por la escalera de servicio y
se siente a su mesa con forma de recibo.
La verdad es menos elegante y
más sucia: no estamos pagando solo energía; estamos pagando obediencia. Nos
cobran la costumbre de aceptar que los grandes errores vengan siempre con
instrucciones para pequeños sacrificios.
Y quizá la reflexión empiece
ahí, en dejar de llamar responsabilidad a lo que muchas veces no es más que
resignación bien redactada. Porque ahorrar tiene sentido. Callar, no. Y una
ducha corta puede ser prudencia. Pero también puede ser la coartada perfecta de
quienes llevan demasiados años bañándose en petróleo ajeno y conciencia
prestada.
«La organización humana se
parece al cosmos en esto: que, de vez en cuando, para nacer de nuevo, debe
sumergirse en el fuego.» (Supongo que Ernst Jünger nacido el 29 de marzo de
1895 y fallecido 103 años más tarde se sumergió en el fuego más de una vez)
Terry Jacks que hoy cumple 82 años, popularizó la canción del vídeo cuyo autor es ni más ni menos que Jacques Brel. Originariamente se llamaba "Le moribond" y el bueno de Terry la rebautizó como "Seasons in the sun".
L’últim estiu
Quan el metge va dir prou, el
pare va sortir al balcó amb una manta i la seva mala educació intacta. Va mirar
els testos morts, els crits del pati, la roba estesa del veí, i va somriure com
qui perd una aposta antiga.
—No ha estat tan mal negoci.
La mare plorava dins. Jo
comptava orenetes per no comptar-li els dies. Aquella tarda el sol feia veure
que tot continuava igual. Només ell sabia la veritat: les estacions no tornen;
passen, et despullen, i després deixen la casa plena d’absència.
sábado, 28 de marzo de 2026
BOSQUES
ANTES QUE PLANETAS
Llevamos décadas mirando a
Marte como quien mira un piso nuevo para no reconocer que se le está cayendo la
casa encima. Le dibujamos atmósferas, le sembramos bosques imaginarios, le
ponemos agua en simulaciones, cúpulas, colonias, esperanza tecnológica y hasta
un futuro con vistas. Todo muy limpio, muy rojo, muy épico. Muy de especie que
sueña a lo grande cuando no quiere agacharse a recoger lo que ha roto.
Mientras tanto, aquí abajo, un
bosque arde sin marketing. Un río baja enfermo. Un mar devuelve plástico como
quien escupe una verdad. Los insectos desaparecen sin rueda de prensa. La
tierra se agrieta en silencio, que es la manera más educada que tiene el
planeta de decirnos que nos estamos pasando.
Quizá la pregunta no sea cómo
terraformar Marte, sino por qué necesitamos fantasear con otro mundo para no
cuidar este. Qué clase de inteligencia diseña jardines en un desierto lejano
mientras convierte en desierto su propio jardín. Qué clase de ambición presume
de conquistar un planeta muerto cuando todavía no ha aprendido a convivir con
uno vivo.
Nos fascina la épica de
marcharnos. Tiene mejor prensa que la humildad de quedarnos y arreglar. Suena
más heroico hablar de colonias interplanetarias que de suelos, humedales,
abejas, semillas, sombra, agua potable y aire respirable. Marte no nos exige memoria.
La Tierra, sí. Y ahí empiezan los problemas.
Porque cuidar la Tierra no
tiene la estética brillante de la conquista. Tiene barro en las botas, leyes
que molestan, renuncias, límites, responsabilidades y la desagradable costumbre
de recordarnos que no somos dioses ni propietarios, apenas inquilinos bastante
torpes.
A lo mejor no queremos otro
planeta.
A lo mejor lo que queremos es
no sentirnos culpables por estar estropeando este.
«Cuando el trabajo es un
placer, la vida es una alegría; cuando es una obligación, la vida es
esclavitud.» (Aleksei Maksímovich Peshkov es el autor de la frase bastante acertada, solo hay que ver lo malhumorad@s que andan algun@s por los pasillos de los
despachos. El nombre tal vez no os diga gran cosa pero su seudónimo seguro que
si: Máximo Gorki escritor ruso nacido el 28 de marzo de 1868 y cuyo apellido de
seudónimo, Gorki, era bastante coherente con la vida que llevó y su literatura.
Significa amargo)
Milan Williams cumplió 62 años, así que no llegó a jubilarse de su grupo The Commodores, suponiendo que la jubilación por supuesto fuese a partir de los 65 años y no antes. Lo cierto es que hoy hubiese celebrado su 82 cumpleaños y, quién sabe, su tiempo de jubileo.
Diumenge sense perdó
Va deixar les claus damunt la
taula com qui deixa una propina ridícula.
—No t’ho compliquis —va dir—.
Vull una vida fàcil.
Fàcil.
Com si els anys plegats fossin
una camisa que et treus perquè pica. Com si l’amor fos això: un moble que no
combina amb el menjador nou.
Jo no vaig plorar. Vaig obrir
la finestra, vaig sentir els veïns discutint, una moto, una ràdio llunyana. La
vida, fent de vida.
Llavors vaig entendre-ho: el
fàcil no era marxar. El fàcil havia estat estimar-me malament.
viernes, 27 de marzo de 2026
TURISMO
MORAL
Hay gente que no pisa una
desgracia: la estrena.
Llegan a un país roto con la
sonrisa limpia, la consigna planchada y el alma recién peinada para la foto. No
vienen a mirar el hambre. Vienen a salir bien al lado de ella. Eso cambia mucho
las cosas. El que mira de verdad baja la voz. El que viene a usarse a sí mismo
sube el tono, ensancha el gesto, reparte abrazos como quien lanza confeti sobre
un incendio.
Cuba lleva demasiados años
convertida en escaparate de coartadas. Unos la enseñan para justificar la
represión con palabras solemnes. Otros la exhiben para hacer músculo ideológico
desde lejos, con el estómago lleno y el billete de vuelta en el bolsillo. Entre
unos y otros, la gente hace cola. Cola para comer, cola para medicarse, cola
para alumbrarse un poco la vida mientras los iluminados del mundo se disputan
el foco.
Lo más obsceno no es la
mentira. La mentira, a estas alturas, ya casi forma parte del mobiliario. Lo
más obsceno es la vanidad. Esa necesidad infantil de convertir el dolor ajeno
en escenario propio. Hay quien no soporta que una tragedia exista sin su presencia.
Necesita entrar en plano, posar junto a la ruina, poner cara de conciencia y
regresar a casa con la sensación de haber rozado la Historia, cuando en
realidad solo ha rozado su propio narcisismo con acento internacional.
Después vendrán los artículos,
los tuits, las discusiones de café, los héroes de sobremesa. Unos dirán
bloqueo. Otros dirán dictadura. Unos dirán solidaridad. Otros dirán propaganda.
Y probablemente todos llevarán algo de razón y bastante interés. Pero mientras
las palabras se pelean por ver cuál manda más, hay una nevera vacía que no
admite matices. Hay una madre que no puede hervir la cena con consignas. Hay un
anciano que no enchufa un ventilador con retórica. Hay cuerpos. Siempre acaba
habiendo cuerpos. Y el cuerpo, cuando falta lo básico, se vuelve un juez
bastante serio.
A veces pienso que la peor
miseria no es la de un país sin recursos, sino la de quienes necesitan sacar
brillo a su conciencia con el sufrimiento de otros. Esa gente no ayuda: se
administra. No acompaña: se exhibe. No escucha: interpreta. Son peregrinos de
sí mismos. Van por el mundo buscando causas, pero en el fondo solo buscan
espejo.
Y, sin embargo, tampoco
conviene caer en la trampa fácil de reírse solo de ellos. Porque el problema no
son únicamente los farsantes que aterrizan con el catecismo bajo el brazo. El
problema grande, el podrido de verdad, es que hay lugares donde la miseria se
ha vuelto sistema y la dignidad una actividad clandestina. Y ahí ya no bastan
ni el sarcasmo ni la superioridad moral. Ahí hace falta decencia. Esa palabra
tan vieja, tan poco vistosa, tan incompatible con los focos.
Quizá por eso convendría
empezar a desconfiar de todo el que llega a una desgracia hablando demasiado de
sí mismo. Del que convierte la ayuda en pasarela. Del que necesita explicar su
bondad antes de ejercerla. Del que usa el dolor como altavoz. Porque cuando
alguien entra en una casa en ruinas y lo primero que hace es colocarse bien
para la foto, no ha venido a salvar nada. Ha venido a conservarse.
Y el hambre, por desgracia,
distingue muy bien entre una mano y un decorado.
«De todas las pasiones, la que
más se esconde es la vanidad; se oculta hasta de sí misma.» (He elegido a Matias
Aires Ramos da Silva de Eça porque nació el 27 de marzo de 1705. El maridaje de
la frase con el relato/reflexión de hoy, pura casualidad: la vanidad no solo
engaña a los demás, también se disfraza ante quien la padece)
Mariah Carey cumple hoy 57 años y es por eso que la felicito dejándola cantar el cover de "Without You" que ni es suya ni fue quién la popularizó. He de reconocer que su versión es bastante apañada pero yo bailé mucho más la que está debajo (y es la que más me gusta)
La de Harry Nilsson es la que me gusta más... de 1972.
Y el grupo que compuso y cantó "Sin ti" allá por 1970; justo es reconocer a Badfinger la autoría de una de las mejores canciones de "baldosín"
La cadira del costat
Quan vas marxar, la casa no va
quedar buida: va quedar mal acostumada. La tassa et buscava als matins, el
passadís feia més soroll del compte i fins i tot el rellotge semblava tossir
abans de donar l’hora. Jo, que sempre havia presumit de saber perdre, vaig
descobrir que mentia amb una elegància admirable. No era amor etern, quin
remei; era pitjor: era costum amb memòria. I la memòria, ja se sap, té la
indecència de seure cada vespre a la teva cadira i mirar-me com si l’abandonat
fos ella.