sábado, 14 de febrero de 2026

 

EL AMOR EMPIEZA CON EL TIEMPO Y ES EL TIEMPO QUIEN MESURA SU INTENSIDAD.


No es una frase cómoda. Porque desmonta de un golpe esa fantasía tan nuestra de que el amor nace como un incendio y se mantiene por voluntad, por promesas, por “yo soy así”. No. El amor, si es amor y no un anuncio, empieza cuando pasa el primer temblor. Cuando se va la música de fondo y te quedas con la persona, con su manera de cerrar una puerta, con su silencio cuando está cansada, con su risa repetida en la misma esquina del sofá.

El tiempo no es un juez moral. No viene a premiar a quien lo hace “bien” ni a castigar a quien se equivoca. El tiempo mide, simplemente. Como un vaso medidor en la cocina: no opina, no felicita. Te dice cuánto hay. Y a veces lo que hay sorprende. Porque hay amores que empiezan “fuertes” y, cuando el tiempo los prueba, se deshacen como azúcar en agua caliente: dulces un instante, invisibles después. Y hay otros que parecen poca cosa al principio—una conversación sin fuegos artificiales, una calma rara—y el tiempo, con sus días repetidos, los vuelve densos. No ruidosos. Densos. Habitables.

La intensidad del amor no siempre se nota. A veces se disfraza de costumbre, que es una palabra injustamente despreciada. La costumbre puede ser una tumba… o una casa. La diferencia está en si el tiempo te apaga o te afina. Si con los años te vuelves más pequeño al lado de alguien, o más tú. Si la rutina te encierra, o te sostiene.

Y es curioso: el tiempo no mide solo lo que sientes, mide lo que haces cuando no te apetece sentir. Mide cómo miras cuando estás de mal humor. Cómo cuidas cuando nadie aplaude. Cómo reparas lo que rompes con la lengua. Mide si eliges, una y otra vez, aunque no haya emoción épica. Porque ahí empieza el amor: en la repetición consciente. En el “hoy también” que nadie publica.

Quizá por eso duele tanto cuando se acaba. Porque no se rompe solo un sentimiento: se rompe una medida. Un ritmo. Un calendario compartido. Y, aun así, el tiempo sigue. Como si fuera un tipo imperturbable que te mira y te dice: “Vale. ¿Y ahora qué haces con lo aprendido?”

El amor empieza con el tiempo. Y el tiempo, que no sabe de romanticismo pero sí de verdad, te acaba mostrando si aquello era intensidad… o solo prisa.

«¡Creer! He ahí toda la magia de la vida.» (Poco comentario hay que añadir a la frase de Raúl Scalabrini Ortiz; o te la crees o no te la crees. Poeta, filósofo, pensador, historiador, periodista, escritor, ensayista y, como no con tanta titulación, argentino. Nació el 14 de febrero de 1898 y no le pusieron Valentín de nombre)

Hoy una de las canciones de amor más bellas que se han escrito jamás. Se han hecho muchas versiones pero solo cantada en catalán y por Carles Sabater tiene sentido. Ayer hizo 27 años que partió hacia la luz.

Quan el teu nom fa llum

T’he estimat a foc baix, com s’estima el que no vol fer soroll.
Mentre la ciutat badava, jo aprenia el teu ritme: el pas curt, la mirada que s’escapa, la manera com el silenci et fa de jaqueta quan tens fred.

No sé si això és amor o una mena d’ofici: esperar-te sense fer-me el valent.
Però quan et penso, tot s’ordena. Els semàfors semblen menys arbitraris. La nit, menys dura. I fins el temps, aquest cobrador antipàtic, afluixa.

No et demano miracles.

Només que tornis una mica, encara que sigui com torna una cançó: de sobte, i sense permís.

I jo, boig per tu, però amb la calma de qui ja ha entès que la passió també pot respirar.



viernes, 13 de febrero de 2026


EL TAMAÑO SÍ IMPORTA (PERO A VECES SE NOTA DEMASIADO)



En Cortina todo parecía normal: nieve impecable, banderas limpias, y esa emoción olímpica que huele a patrocinio.

Yo estaba en la zona mixta —ese lugar donde el deporte se confiesa y la prensa finge que entiende— cuando un entrenador, con la cara blanca de quien ha visto al diablo en un vestuario, me susurró:

—Hay saltadores… que se están inyectando ácido hialurónico ahí… para “justificar” un traje más grande.

Dijo “ahí” como quien señala un volcán activo sin mirarlo. Y añadió, orgulloso del horror:

—Más tela, más superficie. Más vuelo.

A mi lado, un juez de equipamiento asentía con la solemnidad de un notario en una boda que no aprueba.

—Aquí medimos todo —me dijo—. Longitudes, costuras, holguras…

—Lo sé —respondí—. En algunos matrimonios también, y fíjese cómo acaban.

El rumor ya tenía nombre de película mala: Penisgate. Y como toda película mala, venía con guion: el atleta se infla para pasar el control, sonríe como un santo recién canonizado, y luego… cuando llega el momento del salto, el milagro pierde presión.

—¿Y entonces qué? —pregunté, por puro periodismo y por pura mala educación.

El entrenador hizo un gesto amplio con las manos, como si estuviera explicando el funcionamiento de un paraguas en una tormenta.

—Queda un hueco.

El juez bajó la voz:

—Y ese hueco… crea un efecto aeroplano.

Yo miré al trampolín. Miré al saltador. Miré a la humanidad. Y pensé: nos pasamos siglos inventando alas y al final lo que vuela es la autoestima.

Cuando el deportista se lanzó, por un segundo pareció que iba a batir récord. Se abrió en el aire con una elegancia casi poética… y, sin embargo, hubo algo… un temblor… una vibración sospechosa entre la ciencia y el ridículo.

Aterrizó cinco metros más allá.

La grada rugió.

Y yo, que he visto muchas cosas en la vida —y peores en cenas de empresa—, solo pude concluir:

—El tamaño sí importa… pero sobre todo importa dónde lo pones. Y en esta Olimpiada, desde luego, lo han puesto en el reglamento.

Fuera, en un cartel luminoso, se leía: Fair Play.

Debajo, alguien había escrito con rotulador:

“Y por favor, desinflen antes de salir.”

«Lo que impide saber no es ni el tiempo ni la inteligencia, sino únicamente la falta de curiosidad.» (No es que Agostinho da Silva nacido el 13 de febrero de 1906 dijera que hay que ser cotilla. Una cosa es ser curios@ y la otra participar de las miserías del prójimo. Por cierto, no puedo estar más de acuerdo con lo dicho por el fillósofo)

Peter Tork, cantautor y bajista de The Monkees, hubiese cumplido hoy 84 años; se quedó en 77. Tenía dos convencimientos: que el amor era un cuento y que la traducción al castellano del nombre de su grupo era "los monos". 

La fe dels dilluns

Quan vaig jurar que l’amor era un conte, ho vaig fer amb la serietat d’un adult i la covardia d’un nen. I després vas arribar tu: no amb trompetes, sinó amb la teva manera de riure quan el cafè surt dolent, com si el món no mereixés cap drama.

Des d’aleshores, cada “no” que em deia la vida s’ha convertit en un “ja ho veurem”. Em fa ràbia admetre-ho: no he trobat la veritat, només una mania nova.

Però quan em mires, torno a creure. I això —maleït— funciona.




jueves, 12 de febrero de 2026


LO QUE EL VIENTO NO SE LLEVÓ

Hoy el viento sopla en Catalunya como si tuviera prisa. Entra por las calles con la arrogancia de quien cree que todo se arregla moviendo cosas: levanta papeles, tumba alguna silla de terraza, le da una bofetada al toldo de un bar que ya estaba cansado de fingir sombra. Hay rachas que parecen redactadas por un humorista: te despeinan el orgullo, te empujan un paso y, si te descuidas, te obligan a mirar de frente lo que llevabas semanas esquivando.

A mí me gusta imaginar —solo imaginar, que la realidad es menos poética y más tercamente burocrática— que el viento tiene criterio ciudadano. Que hoy, con ese silbido afilado, decide llevarse lo que estorba de verdad.

Se lleva el cinismo que se disfraza de “gestión”.

Se lleva las promesas con fecha de caducidad, esas que se anuncian con sonrisa y se ejecutan con excusa.

Se lleva la pobreza energética que nadie mira porque no hace ruido.

Se lleva el alquiler que muerde, el sueldo que no llega, la cola que humilla.

Se lleva la hipocresía de los que piden “paciencia” desde sillones con calefacción.

Y, sin embargo, el viento no se lleva lo peor. No puede.

No se lleva la normalidad del abuso, porque está anclada en costumbres y en silencios.

No se lleva la corrupción, porque aprendió a atarse con nudos legales.

No se lleva la indiferencia, porque pesa más que un contenedor lleno y, encima, nadie la reclama.

Entonces lo entiendo: el viento es fuerte, sí. Pero no es milagroso. Hace su parte —desordena, revela, incomoda— y luego te mira, como diciendo: ahora te toca. Porque lo que de verdad estorba o hace daño no sale volando solo. Hay cosas que no se van con rachas: se expulsan con memoria, con rabia bien dirigida, con votos, con barrio, con calle, con una decencia que no se compra en Amazon.

El viento de hoy, al final, no se llevó lo malo.

Lo dejó ahí, bien visible, para que nadie pueda decir mañana que no lo vio.

«Las alegrías y las tristezas del amor se parecen dulcemente… una sonrisa brilla en medio de las lágrimas, y una sonrisa llama a las lágrimas.» (Friedrich de la Motte Fouqué nació el 12 de febrero de 1777, era romántico -como se observa en la frase- tenia apellidos franceses y, sin embargo, era alemán)

Michael McDonald cumple hoy 74 años y continúa siendo un poco "beneit" (pardillo) en temas como el amor. Aquí lo canta con sus hermanos Dobbie (qué mal queda dicho así)

La memòria amb trampa

Ell torna a aquell bar com qui torna a una foto antiga: convençut que encara hi surt guapo. Demana un te, mira la porta, i es fabrica una entrada triomfal que ningú no ha assajat. Quan ella apareix, no és la d’abans: és la d’ara, amb una vida sencera a la mirada i zero espai per a la seva pel·lícula. Ell somriu igual, com si el somriure fos un contracte. Ella el saluda educada, breu. I ell, fidel al seu autoengany, ho interpreta com esperança.



miércoles, 11 de febrero de 2026

 

EL FALSO CONSENSO

Yo pensaba que lo normal era saber.

No “saber de memoria”, no “haberlo leído en un hilo”, sino ese saber que se te queda en los dedos: resolver sin ruido, conectar cosas, intuir el fallo antes de que el fallo nazca. Lo hacía en silencio, como quien pone el intermitente aunque no venga nadie.

Cuando me decían “qué bien lo has explicado”, yo sonreía con educación y por dentro respondía: bah, si esto lo hace cualquiera. Lo decía con sinceridad, que es una forma elegante de arruinarse.

Por eso nunca levantaba la mano en clase. Por eso no pedía aumentos. Por eso enviaba currículums a puestos pequeños, como quien se compra zapatos una talla menos “para no ir sobrado”. Por eso, cuando una amiga me dijo “preséntate a esa plaza, es para ti”, le contesté lo que siempre: “no es para tanto”.

La gente “para tanto” eran otros. Los que hablaban fuerte. Los que tenían ese brillo de confianza que no se aprende, se finge. Yo tenía otra cosa: precisión. Pero la precisión, si no la enseñas, se convierte en un talento clandestino.

Un día me obligaron a dar una charla. “Solo veinte minutos”, me dijeron. Como si el pánico se midiera en minutos.

Hablé. Sin fuegos artificiales. Con calma. Con ese tono de quien no quiere molestar a la verdad.

Al terminar, se hizo un silencio raro. Denso. De los que no piden perdón.

Y entonces empezó el aplauso.

Primero dos palmas sueltas. Luego muchas. Luego todas. Un aplauso entero, redondo, de esos que no son cortesía sino reconocimiento.

Yo noté algo extraño: no alegría.

Miedo.

Miedo a haber estado equivocada todo este tiempo. A que no fuera “lo normal”. A que, si de verdad era buena, ya no pudiera esconderme detrás de la frase más cómoda del mundo: esto lo hace cualquiera.

Sonreí, asentí, agradecí. Hice lo correcto.

Pero por dentro solo pensaba una cosa, como si me hubieran cambiado el suelo bajo los pies:

Si no lo hace cualquiera… entonces ahora me toca estar a la altura de mí.

Y eso no se enseña en ningún sitio.

«La educación es educarse.» (Hans-Georg Gadamer lo dijo en cuatro palabras como buen filósofo que fue. Y tenía razón: nadie puede educarte por ti; pueden acompañarte, pero el acto decisivo es tuyo. Nació el 11 de febrero de 1900 y filosofó hasta los 102)

Llevo años escuchando la canción de Gene Vincent y aún no sé lo que significa Be-Bop-A-Lula; lo cierto es que queda bien así como la cantaba él hace 69 ó 70 años. Nació el 11 de febrero de 1935 y estuvo por aquí hasta los 36 años. 

L’eco del tupè

Al jukebox del bar, la cançó fa crac i arrenca: “Be-Bop-A-Lula”. En Pep, que sempre ha sigut tímid com una butlleta de loteria perduda, es posa dret com si algú li hagués estirat la columna amb un fil invisible. La camisa li fa olor de tabac vell i colònia barata; a la boca, gust de ginebra i valentia prestada. Ella riu, li clava els ulls i li diu: “Balla, home”. I ell balla… com si el 1956 fos avui i ningú no mirés.



martes, 10 de febrero de 2026

                                                   COALICIÓN DE EGO

(Imagen creada con inteligencia artificial)

El político descubrió el efecto Dunning-Kruger como se descubren las verdades importantes en su gremio: en un carrusel de Instagram con música épica y subtítulos grandes.

“Los incompetentes no saben que lo son”.

Se quedó mirándolo un rato, como si estuviera leyendo una profecía escrita para otros. Luego lo interpretó con su talento principal: el autoengaño profesional.

Si yo no dudo, es que estoy preparado.

La cadena de televisión —ámbito estatal, capital privado y vocación de salvadora nacional a cambio de audiencia— lo colocó en una tertulia con una silla cómoda, un vaso de agua intocable y un rótulo que decía “ANALISTA”. Él vio el rótulo y sintió que el país, por fin, lo entendía. O al menos lo subtitulaba.

—La izquierda tiene un problema de cohesión —anunció, acomodándose el nudo de la corbata como quien ajusta el destino—. Y yo soy la solución.

El presentador, que había visto soluciones que venían con factura y manual de instrucciones, le sonrió con esa sonrisa de “hoy nos das buen contenido”.

—¿Y por qué ahora?

Ahí sacó su gran excusa. La carta de “si no me hacéis caso, os arrepentiréis”. El comodín emocional que sirve para todo cuando no tienes nada.

—Porque si no nos unimos, el próximo gobierno lo formará la derecha… y la extrema derecha.

Lo dijo mirando a cámara como si la cámara fuese una urna y él, el sobre.

En el plató se hizo ese silencio que no es respeto: es realización. Alguien en realización subió un rótulo: “ALARMA DEMOCRÁTICA”. Y él, al ver el rótulo, se sintió aún más estadista.

Por dentro, sin embargo, la frase era otra, más humilde y más verdadera:

Yo lo que quiero es salvar mi puesto.

No era cohesión: era conservación. La cohesión de su culo con el escaño. Seguir medrando, que es como subir una montaña sin piernas: a base de empujones ajenos y fotos desde el ángulo bueno.

La cadena lo promocionó como “el hombre puente”. En pantalla le pusieron un fondo con un puente precioso, de esos que no llevan a ninguna parte pero quedan bien. Él empezó a hablar de “síntesis”, “unidad”, “responsabilidad histórica”, palabras que suenan a programa y no comprometen a nada.

Y cada vez que alguien preguntaba “¿medidas?”, él respondía con la épica:

—¿De verdad vamos a discutir detalles cuando viene la derecha con la extrema derecha?

Detalles era el nombre que él le daba a todo lo que no sabía.

Una semana después lo invitaron a una reunión “discreta” con gente de varios partidos de izquierda. Él llegó con una carpeta gorda, de esas que intimidan por plástico y porque hacen clac al cerrarse, como si fueran importantes por sonido.

—Traigo un plan —dijo, dejando la carpeta en la mesa como si acabara de depositar un Código Civil.

—Adelante —dijo una mujer que no sonreía, por higiene institucional.

Él abrió la carpeta. Primera página: “HOJA DE RUTA”. Debajo, un esquema con flechas.

Flechas.
Solo flechas.

Había flechas que iban a flechas. Había flechas que volvían sobre sí mismas. Una flecha hacía una curva elegante, como si tuviera formación en danza contemporánea. Otra terminaba en un asterisco que remitía a una nota al pie inexistente. Y al final, en mayúsculas: “CONSENSO”.

—Aquí —señaló él con solemnidad— es cuando dejamos atrás los personalismos.

—¿Y esto qué significa? —preguntó un hombre, acercándose—. “Flecha 3.2: transversalidad afectiva”.

—Significa… —el político carraspeó—… que nos abrazamos sin complejos.

Se miraron. Nadie se movió.

—Vale —dijo la mujer—. ¿Propuestas concretas? Por ejemplo: vivienda.

El político sonrió como si la respuesta estuviera en un bolsillo interno. Sacó un bolígrafo y lo sostuvo como si fuese un puntero láser.

—Unidad.

—Sanidad.

—Unidad.

—Salarios.

—Unidad con responsabilidad.

—Cambio climático.

—Unidad sostenible.

—Corrupción.

—Unidad… transparente.

La mujer lo apuntó en una libreta.

—“Unidad transparente”. Ajá.

Otro intervino:

—Pero… ¿qué harías, exactamente? ¿Qué medidas defenderías? ¿Qué priorizarías?

Él vio cómo se acercaba el abismo de la concreción. Y, como buen político en peligro, volvió a la épica.

—Es que no lo entendéis. Si seguimos así, el gobierno será de la derecha y la extrema derecha.

—Eso ya lo has dicho —respondió la mujer—. Cuatro veces. Te lo digo para que lo sepas, no por fastidiar: lo tenemos memorizado.

El político decidió que era el momento de impresionar. Sacó de la carpeta un pendrive y lo dejó sobre la mesa como si fuese una prueba nuclear.

—Traigo un PowerPoint.

Hubo un murmullo. No de interés: de supervivencia.

—¿PowerPoint? —preguntó alguien—. ¿En 2026?

—Es una versión ligera —aclaró él—. Muy visual. Muy emocional.

Conectó el portátil. La pantalla se encendió. Apareció la primera diapositiva con un fondo de atardecer y letras blancas enormes:

“UNIDAD”

Abajo, en pequeño: “Presentación definitiva vFinal_ahoraSí_revisada(2)”.

Pasó a la segunda:

“UNIDAD”
(con otra foto distinta del mismo atardecer).

Tercera:

“UNIDAD”
(esta vez con una paloma).

Cuarta:

“UNIDAD”
(pero la paloma era un icono pixelado, como si la democracia hubiera sido recortada en Paint).

—Esto es… repetitivo —murmuró alguien.

—Es intencional —dijo él—. Es pedagogía.

La mujer levantó la mano.

—¿Podemos ver la diapositiva donde explicas las medidas?

—Está al final —dijo él con seguridad.

Siguió pasando: unidad, unidad, unidad, unidad. En la diapositiva doce, apareció una frase:

“NO ES EL MOMENTO DE DIVIDIRSE”

Y debajo, en letra más pequeña:

“Porque viene la derecha y la extrema derecha.”

La mujer cerró el portátil con delicadeza, como quien tapa un plato que ya se ha enfriado.

—Perfecto —dijo—. Entonces lo tenemos.

Él se iluminó. El corazón le hizo un pequeño mitin.

—¿Lo tenemos?

—Sí —confirmó ella—. Te necesitamos para una cosa.

Él se inclinó hacia adelante.

—¿Cuál?

—Para salir en la tele diciendo que has intentado unirnos y que nosotros no hemos sabido estar a la altura. Quedas como estadista, nosotros como infantiles. La cadena tiene su narrativa, tú salvas tu puesto… y todos seguimos exactamente igual, pero en alta definición.

Él abrió la boca para protestar, pero le salió algo más sincero: un “ah”.

Porque era perfecto. Era su plan sin necesidad de plan.

Y al día siguiente, en prime time, miró a cámara con ojos graves y frase de mármol:

—Lo he intentado todo. Pero algunos prefieren el sillón.

La presentadora asintió con gesto compungido. El rótulo en pantalla: “EL HOMBRE QUE QUISO UNIR”.

Él bajó la vista un segundo, por si el micrófono recogía lo único verdadero que pensó, ya sin épica:

Que no se note que hablo de mí.

«¿No sería entonces más sencillo para el gobierno disolver al pueblo y elegir otro?» (Bertolt Brecht nacido el 10 de febrero de 1898 es uno de mis dramaturgos preferides. La frase es genial porque, algun día, llegaremos a esto)

Jerry Goldsmith compositor de numerosas (y conocidas) bandas sonoras hubiese cumplido hoy 97 años. Le dio tiempo a darle tonadilla al personaje del vídeo que encaja bien con el del relato.

La motxilla buida

Aquell poble nou em rebia sempre igual: llums fredes, somriures que no volien saber el meu nom. Caminava amb la motxilla buida i, tot i així, pesava com si hi portés els crits que no vaig dir. A cada cantonada, una promesa barata: “aquí començaràs de zero”. Però el zero també té memòria. Vaig aprendre a dormir amb l’orella enganxada al silenci, a beure aigua com si fos perdó. I un dia, sense música, vaig notar-ho: el camí no s’acabava… jo sí que començava.