PROGRAMA ELECTORAL: JA, JA, JA

Esta mañana me han
enviado un vídeo por WhatsApp. En él, un político anunciaba, con gesto de
extrema gravedad, que había encontrado la solución al problema de la vivienda:
«A partir de ahora los metros cuadrados se medirán en centímetros. De esta
manera, todos tendrán casas mucho mayores».
El vídeo era falso. Eso
se veía enseguida, aunque no porque el disparate delatara el engaño. Era una
caricatura confeccionada por alguien con un ordenador y bastante mala leche. Me
reí. Y lo reenvié, que es la manera moderna de dar una palmada en la espalda
sin tener que levantarse del sofá.
Después me pregunté una
cosa: ¿cuándo dejamos de necesitar a los humoristas para reírnos de los
políticos?
Recuerdo aquellos
programas en que un imitador se ponía una peluca, exageraba la voz de un
presidente y nosotros nos partíamos de risa. Había una cierta distancia,
perfectamente reconocible, entre el personaje y la persona. Sabíamos que aquel
señor no había dicho semejante barbaridad, por mucho que sospechásemos que
podía estar pensándola.
Ahora cuesta más
distinguirlos. Y no me refiero únicamente a los vídeos falsificados con
inteligencia artificial. Basta encender la televisión y escuchar un debate
parlamentario. Hay intervenciones que, sacadas de contexto, parecen escritas
por un guionista de comedia. Y otras que necesitan el contexto para dejar de
parecerlo.
Pero lo curioso del
asunto es que la parodia ha pasado de los escenarios a los teléfonos, y de los
teléfonos al mismísimo campo de batalla político. Ya no esperamos al chiste del
viernes por la noche. Lo fabricamos el lunes por la mañana, lo compartimos antes
de desayunar y, si tiene suerte, el miércoles ya habrá hecho carrera electoral.
A mí el humor político
me parece saludable. Los poderosos suelen tener un exceso de solemnidad y una
resistencia muy limitada a que alguien se ría de ellos. Una carcajada bien
dirigida es capaz de perforar discursos que han resistido treinta entrevistas.
El problema empieza cuando dejamos de escuchar lo que se dice porque nos basta
con disfrutar de cómo queda ridiculizado quien lo dice.
Y ahí también me
incluyo.
Porque tengo la
desagradable sospecha de que nos hace mucha gracia el disparate cuando lo
pronuncia el político al que detestamos y bastante menos cuando sale de la boca
de aquel al que defendemos. De repente, el primero es un payaso y el segundo,
una víctima de la manipulación. Curioso oficio el de la objetividad, que se
toma vacaciones cada vez que llegan nuestras simpatías.
Parece que hacer
política consiste, cada vez más, en lograr que el adversario quede convertido
en un meme antes de que pueda terminar la frase. Una campaña puede no explicar
qué va a hacer con las pensiones, pero si consigue un vídeo de veinte segundos
que provoque cincuenta mil risas, ya tiene media mañana resuelta.
Por cierto, después de
reenviar el vídeo quise saber qué había dicho realmente aquel político. Abrí
una noticia, empecé a leerla, me llegó otra notificación y acabé viendo un gato
que se tiraba de cabeza a una bañera.
El
gato, por lo menos, no prometía nada.
«Solo
eres tan joven como la última vez que cambiaste de opinión» (Timothy Leary nacido el 22 de octubre de 1920 para ser
sicólogo, escritor y activista estadounidense; dio clases en Harvard, Universidad
con la que acabó fatal por sus ideas con LSD. La frase tiene una buena reflexión
sobre la juventud entendida como capacidad de revisar las propias convicciones,
más allá de la edad biológica)
Georges Brassens hubiese cumplido hoy 105 años, pero se quedó en 60 años y siete días. La vida de anarquista y la mala reputación que eso le generaba le pasaron factura.
Les sabates vermelles
El dia que van enterrar el seu marit, la Mercè va comprar unes sabates
vermelles. No va assistir al funeral.
El capellà va parlar d'un home exemplar. Les veïnes van trobar
escandalós que ella ni tan sols dugués dol.
Durant quaranta anys, ell li havia triat les sabates. Sempre negres,
sempre planes. També decidia quan podia sortir.
A la tarda, la Mercè va passar per davant del casino. Els homes van
deixar de parlar.
—Quina poca vergonya! —va escopir algú.
Les sabates li feien mal.
Va continuar caminant.



