RECURSO
DE AMPARO CONTRA MÍ MISMO
El día que me denuncié a mí
mismo, el juzgado ya estaba abierto.
No me sorprendió. Uno, con los
años, aprende que los tribunales importantes no cierran nunca. Ni en agosto. Ni
los domingos. Ni siquiera cuando uno se toma una copa de vino y decide, con una
solemnidad bastante ridícula, que a partir de mañana será una persona distinta.
El mío estaba en el pecho,
justo detrás de una costilla que crujía cuando subía escaleras. Tenía sala de
vistas, ujier, fiscal, abogado defensor y un juez con cara de haber nacido
cansado. Todos se parecían a mí, lo cual facilitaba mucho los trámites y complicaba
bastante la esperanza.
—Se abre la sesión —dijo el
juez, golpeando la mesa con una cucharilla de café.
Yo estaba sentado en el
banquillo. Llevaba el traje oscuro de las ocasiones importantes: entierros,
bodas ajenas y reuniones donde uno sabe que le van a pedir algo que no quiere
dar.
—Se acusa al procesado —empezó
el fiscal— de haber callado cuando debía hablar, de haber hablado cuando debía
callar, de haber querido tarde, de haber perdonado mal y de haber pedido perdón
con cara de factura vencida.
El público murmuró.
En la primera fila estaban mis
antiguos amores, mis errores administrativos, dos amigos perdidos por orgullo y
mi madre, que no decía nada, pero movía la cabeza con esa precisión cruel con
la que las madres resumen un expediente entero.
—También se le acusa —añadió
el fiscal, relamiéndose— de haberse comparado constantemente con los demás, de
haber confundido prudencia con miedo y de haber llamado “carácter” a lo que
muchas veces era simple cobardía con chaqueta.
Mi abogado defensor se
levantó. Era una versión mía más joven, con pelo, fe y una corbata imposible.
—Protesto, señoría.
—¿Por qué?
—Porque todo eso es verdad,
pero contado así parece grave.
El juez se ajustó las gafas.
—La verdad casi siempre parece
grave cuando se lee en voz alta.
No pude evitar pensar que
aquel juez interior tenía frases buenas. Lástima que las usara siempre contra
mí.
El juicio llevaba años
celebrándose. A veces se aplazaba por vacaciones, trabajo, cenas familiares o
pequeñas distracciones modernas: mirar el móvil, opinar de política, comprar
cosas innecesarias por internet. Pero siempre volvía. Bastaba una frase escuchada
en la calle, una foto antigua, una canción en un taxi, la mano de alguien que
ya no estaba.
Y entonces el tribunal
reaparecía con su toga invisible.
—Llamen al primer testigo
—ordenó el juez.
Entró Laura.
No era exactamente Laura. Era
la Laura que yo recordaba, que no siempre coincidía con la real. Tenía
veintinueve años, los ojos encendidos y aquella manera de mirar como si cada
silencio fuera una habitación sin ventanas.
—¿Reconoce al acusado?
—Sí —dijo ella—. Era experto
en llegar tarde incluso cuando estaba sentado delante.
Hubo risas.
—Objeción —dijo mi abogado—.
Eso es una metáfora.
—Se admite —respondió el
juez—. Aquí juzgamos principalmente metáforas.
Laura me miró. No había odio.
Eso fue lo peor. El odio al menos tiene música de guerra. Lo suyo era otra
cosa: una distancia limpia, como una sábana tendida donde ya no queda olor de
nadie.
—Yo solo quería que estuviera
—dijo.
Bajé la cabeza.
El fiscal sonrió. Había ganado
medio juicio con una frase sencilla. Los fiscales interiores son así: no
necesitan pruebas, les basta con escoger bien el recuerdo.
Luego declaró mi hijo
adolescente, aunque ya tenía treinta y tantos. Declaró mi padre muerto. Declaró
aquel socio al que envidié sin admitirlo. Declaró incluso un camarero de Sants
que una noche me oyó decir “no pasa nada” con la cara exacta de que pasaba
todo.
Mi abogado defensor sudaba.
—Mi cliente no es malo —dijo
por fin—. Solo ha estado muchas veces asustado.
El fiscal soltó una carcajada
seca.
—Qué bonito. Propongo que
sustituyamos el Código Penal por un cojín emocional.
—No estaría mal —murmuró
alguien desde el fondo.
Era mi terapeuta. O mi
conciencia disfrazada de terapeuta. En aquel tribunal nunca se sabía quién
venía contratado y quién venía de serie.
El juez pidió silencio.
—El acusado puede decir la
última palabra.
Me levanté. Noté la madera
bajo los zapatos, el aire tibio, la garganta llena de expedientes mal cerrados.
Podría haber negado algo.
Podría haberme defendido con esa dignidad barata que usamos cuando ya no
tenemos argumentos. Podría haber dicho que hice lo que pude, que bastante
tenía, que nadie me enseñó, que la vida no trae manual y que, además, algunos
manuales los escriben idiotas.
Pero estaba cansado.
Cansado de ganar absoluciones
pequeñas y perder la paz entera.
—No pido que me declaren
inocente —dije—. Eso sería excesivo, incluso para mí.
El juez levantó una ceja.
—¿Entonces?
—Pido dejar de repetir el
juicio.
El fiscal se puso en pie.
—¡Eso es inadmisible! Sin
juicio no hay control. Sin culpa este hombre podría empezar a vivir
alegremente. Imaginen el precedente.
—Tiene razón —dije—. Sería
peligroso.
Alguien en la sala rió. Creo
que fui yo, pero no estoy seguro.
—No quiero borrar lo que hice
—continué—. Quiero recordarlo sin convertirme cada noche en verdugo de guardia.
Quiero escuchar a los testigos, sí. Pero no dejar que vivan en mi casa, coman
de mi nevera y me cambien el canal de la televisión.
Mi abogado defensor me miró
como si por fin hubiera encontrado cliente.
El juez permaneció callado.
Después tomó la cucharilla y la dejó sobre la mesa con cuidado. No golpeó. Solo
la dejó. Y ese sonido mínimo, casi doméstico, fue más solemne que cualquier
sentencia.
—Este tribunal —dijo— no puede
absolverle.
Asentí. Lo esperaba.
—Pero puede jubilarse.
El fiscal palideció.
—Señoría…
—Cállese. Lleva demasiado
tiempo hablando.
El público empezó a
desvanecerse. Laura fue la última en irse. Antes de desaparecer, me sonrió
apenas. No como quien perdona. Más bien como quien deja de esperar una
explicación.
Cuando abrí los ojos, estaba
en mi cocina. Eran las seis y media de la mañana. La ciudad empezaba a fingir
que sabía adónde iba.
En la mesa había una hoja
doblada.
La abrí.
No decía “inocente”.
Tampoco decía “culpable”.
Solo ponía:
Visto para vivir.
«La verdadera vida es
reflexión sobre sí misma.» ( Para Giovanni Gentile nacido el 30 de mayo de
1874 vivir no sería solo actuar, sino saberse actuando. GG era el principal
ideólogo del fascismo. Por ese motivo lo asesinaron los comunistas el 15 abril
de1944)
Cuando una canción me gusta no hay aniversario ni deceso que se abra paso en estas páginas. Hoy me tropecé con Brian May (Queen) y su "Too Much Love Will Kill You" (Demasiado amor te matará). Preciosa.
L’excés
Va estimar tres vides alhora: la que
tenia, la que havia promès i la que encara li feia tremolar les mans.
Cada nit repartia el cor com qui talla
pa sec: una engruna per a la culpa, una altra per al desig, l’última per fingir
que tot era normal.
Quan finalment va triar, ja no quedava
ningú a l’altra banda.
Només ell,
amb tant d’amor dins, que no li cabia ni la respiració.




