lunes, 30 de marzo de 2026

 

CORREO ORDINARIO


Durante años, la amistad me llegó por el buzón.

No hablo de felicitaciones navideñas con renos obesos ni de esas cartas del banco que empiezan con un “estimado cliente” y terminan recordándote que tu cuenta corriente tiene menos dignidad que tú. Hablo de sobres de verdad. Sobres torcidos, con sellos mal pegados, con la letra inclinada de alguien que no escribía para quedar bien sino para llegar.

Irene me escribía así.

Nunca fue mi amante, que es una decepción que a cierta edad uno aprende a gestionar con elegancia. Fue algo más raro y quizá más útil: una amiga. Una de esas amistades que no exigen presencia pero tampoco toleran el abandono. Nos conocimos en un taller literario de barrio, en una sala con fluorescentes tristes y sillas de plástico donde casi todos iban a que les aplaudieran los adjetivos. Ella no. Ella llevaba tijeras, pegamento, recortes de revistas viejas y una paciencia de costurera japonesa. Decía que una carta tenía que parecerse un poco a quien la enviaba. Que si mandabas una hoja doblada sin alma, estabas mandando también tu pereza.

Por eso sus sobres parecían pequeños apartamentos amueblados.

Dentro había una nota, sí, pero también una hoja seca encontrada en un parque, una servilleta con una frase oída en un bar, una receta de sopa escrita al dorso de una multa, una entrada de cine de una película que ya no daban en ninguna parte, un botón azul “por si un día se te cae algo importante”. Una vez me mandó medio mapa de Lisboa y la advertencia: “La otra mitad te la mandaré cuando te atrevas a perderte”.

Yo le contestaba peor. Mucho peor. Folios blancos. Sobres comprados en un estanco. Mi letra de abogado cansado. Aun así, Irene seguía escribiéndome como si yo mereciera aquella caligrafía lenta, aquellos sellos elegidos, aquella absurda generosidad artesanal en un mundo donde ya nadie tiene tiempo ni para mentir con calma.

Luego pasó lo de siempre: la vida. Su madre enfermó. Mi matrimonio se llenó de habitaciones cerradas. Ella cambió de ciudad. Yo cambié de médico. Nos seguimos escribiendo. Menos, pero mejor. Hay afectos que, cuando se vuelven escasos, por fin se ponen serios.

La última carta tardó más de la cuenta. El sobre era beige, sin adornos, con una letra que no era la suya. La abrió mi miedo antes que mis manos. Me escribía su hija. Irene había muerto en marzo. Ordenando sus cosas, encontró una caja con mis cartas —las mías, tan sosas, tan administrativas, tan poca cosa— atadas con una cinta roja. “Decía que eran bonitas”, me puso la hija, “porque llegaban”.

Me quedé un rato mirando aquella frase como se mira un espejo cuando ya no estás para demasiadas heroicidades.

Desde entonces contesto a todo por correo electrónico, como un ciudadano moderno, funcional y un poco cobarde. Pero a veces, cuando abro el buzón y no hay nada salvo publicidad de funerarias o supermercados, pienso que la verdadera soledad no consiste en que nadie te escriba.

Consiste en que ya nadie te recorte el mundo para metértelo en un sobre.

«La unidad del lenguaje es, en el fondo, política.» (Yo iría más allá en la frase: en el fondo y en la superficie la unidad del lenguaje es política. Félix Guattari filósofo -y activista- francés nacido el 30 de marzo de 1930 antes de las Olimpiadas de Barcelona-92 dejó de estar en activo… y en pasivo)

Hoy es el cumpleaños de uno de los grandes, Eric Clapton que ya va por los 81 y espero que sean muchos más aunque siga con el dolor de no poder olvidar aquella fatídica noche en la que subió al cielo un ángel más.


La cadira petita

Vaig deixar la seva cadira al mateix lloc, al costat de la finestra, com si la tarda tingués memòria. La pols hi va anar posant una pàtina d’absència, però jo encara hi sentia el pes mínim d’un cos que ja no tornaria. De vegades, quan el sol entrava amb aquella insolència neta dels dies bells, em semblava una burla. Altres cops, un perdó. He après que el dolor no crida sempre: a vegades s’asseu, espera i et mira. I tu vius així, fent veure que no has après a parlar amb el cel.


domingo, 29 de marzo de 2026

DUCHAS CORTAS PARA TAPAR LOS OLEODUCTOS


Nos piden duchas cortas cuando lo que han hecho largo, larguísimo, ha sido el negocio de la dependencia.

Siempre pasa igual. Se rompe una tubería en el mundo, tiembla un estrecho, arde un mapa, suben los seguros, se encarece el gas, y de pronto el dedo no señala a los que diseñaron esa fragilidad con traje, despacho y bonus, sino a la gente que enciende la luz de la cocina, al viejo que pone la estufa porque tiene huesos y no discurso, a la mujer que vuelve cansada y quiere agua caliente sin sentir que está bombardeando el planeta con la alcachofa de la ducha.

El truco es viejo, pero funciona. A los responsables del edificio se les perdona el hormigón malo y a los inquilinos se les exige que bajen la voz para no molestar al derrumbe.

Entonces empieza la liturgia. Apaga aquí. Recorta allá. No cojas el coche. No pongas el aire. Dúchate menos. Consume con moderación. Sufre con civismo. Y todo envuelto en ese tono de sermón doméstico que convierte una chapuza geopolítica de décadas en examen moral del ciudadano. Como si la crisis no la hubieran fabricado decisiones, intereses, cobardías y negocios, sino tu cafetera, mi radiador y la bombilla del pasillo.

A eso le llaman concienciación. A veces no es más que maquillaje con contador.

Porque una cosa es ahorrar por inteligencia, por respeto, por sentido común. Y otra muy distinta es pedir sacrificios al final de la cadena mientras al principio de la cadena siguen cenando los de siempre, con mantel limpio y la culpa bien repartida entre millones. Ahí está la obscenidad. No en apagar una farola. No en subir dos pisos por la escalera. La obscenidad está en convertir la necesidad de la gente en coartada para que nadie pregunte quién montó este sistema con una sola puerta de entrada y luego fingió sorpresa cuando esa puerta empezó a arder.

Hay noticias que no informan: domestican. No te cuentan el diseño del problema; te enseñan sus síntomas para que los aceptes como clima. No te hablan de dependencia, de rutas, de poder, de contratos, de miedo, de reservas, de chantajes. Te enseñan una ducha, una persiana bajada, una oficina a medio gas, una familia calculando si pone la calefacción una hora más. Y así el desastre entra mejor en casa: ya no parece una decisión política, parece una penitencia compartida.

Eso tranquiliza mucho a los culpables. Si todos somos un poco responsables, ya no hay responsables de verdad.

Pero sí los hay. Siempre los hay.

Hay responsables cuando durante años se levanta una prosperidad con pies alquilados. Hay responsables cuando se vende seguridad donde solo había suerte. Hay responsables cuando la fragilidad se tapa con propaganda y luego se presenta la factura como si fuese un castigo divino, una mala racha, una nube pasajera. No. No era una nube. Era humo. Y venía de lejos.

Lo más cruel de estas crisis no es solo el precio. Es la pedagogía. Te enseñan a agradecer el recorte. Te entrenan para llamar madurez a la renuncia. Te piden patriotismo térmico mientras otros blindan márgenes, posiciones y excusas. Y uno acaba casi disculpándose por querer vivir con un mínimo de calor, de movilidad, de dignidad, como si la comodidad elemental fuese un vicio burgués y no una conquista sencilla de la vida corriente.

Luego dirán que la gente no entiende la complejidad del mundo. Claro que la entiende. Lo que pasa es que ya está cansada de que la complejidad siempre baje por la escalera de servicio y se siente a su mesa con forma de recibo.

La verdad es menos elegante y más sucia: no estamos pagando solo energía; estamos pagando obediencia. Nos cobran la costumbre de aceptar que los grandes errores vengan siempre con instrucciones para pequeños sacrificios.

Y quizá la reflexión empiece ahí, en dejar de llamar responsabilidad a lo que muchas veces no es más que resignación bien redactada. Porque ahorrar tiene sentido. Callar, no. Y una ducha corta puede ser prudencia. Pero también puede ser la coartada perfecta de quienes llevan demasiados años bañándose en petróleo ajeno y conciencia prestada. 

«La organización humana se parece al cosmos en esto: que, de vez en cuando, para nacer de nuevo, debe sumergirse en el fuego.» (Supongo que Ernst Jünger nacido el 29 de marzo de 1895 y fallecido 103 años más tarde se sumergió en el fuego más de una vez)

Terry Jacks que hoy cumple 82 años, popularizó la canción del vídeo cuyo autor es ni más ni menos que Jacques Brel. Originariamente se llamaba "Le moribond" y el bueno de Terry la rebautizó como "Seasons in the sun".

L’últim estiu

Quan el metge va dir prou, el pare va sortir al balcó amb una manta i la seva mala educació intacta. Va mirar els testos morts, els crits del pati, la roba estesa del veí, i va somriure com qui perd una aposta antiga.

—No ha estat tan mal negoci.

La mare plorava dins. Jo comptava orenetes per no comptar-li els dies. Aquella tarda el sol feia veure que tot continuava igual. Només ell sabia la veritat: les estacions no tornen; passen, et despullen, i després deixen la casa plena d’absència.


sábado, 28 de marzo de 2026

 

BOSQUES ANTES QUE PLANETAS


Llevamos décadas mirando a Marte como quien mira un piso nuevo para no reconocer que se le está cayendo la casa encima. Le dibujamos atmósferas, le sembramos bosques imaginarios, le ponemos agua en simulaciones, cúpulas, colonias, esperanza tecnológica y hasta un futuro con vistas. Todo muy limpio, muy rojo, muy épico. Muy de especie que sueña a lo grande cuando no quiere agacharse a recoger lo que ha roto.

Mientras tanto, aquí abajo, un bosque arde sin marketing. Un río baja enfermo. Un mar devuelve plástico como quien escupe una verdad. Los insectos desaparecen sin rueda de prensa. La tierra se agrieta en silencio, que es la manera más educada que tiene el planeta de decirnos que nos estamos pasando.

Quizá la pregunta no sea cómo terraformar Marte, sino por qué necesitamos fantasear con otro mundo para no cuidar este. Qué clase de inteligencia diseña jardines en un desierto lejano mientras convierte en desierto su propio jardín. Qué clase de ambición presume de conquistar un planeta muerto cuando todavía no ha aprendido a convivir con uno vivo.

Nos fascina la épica de marcharnos. Tiene mejor prensa que la humildad de quedarnos y arreglar. Suena más heroico hablar de colonias interplanetarias que de suelos, humedales, abejas, semillas, sombra, agua potable y aire respirable. Marte no nos exige memoria. La Tierra, sí. Y ahí empiezan los problemas.

Porque cuidar la Tierra no tiene la estética brillante de la conquista. Tiene barro en las botas, leyes que molestan, renuncias, límites, responsabilidades y la desagradable costumbre de recordarnos que no somos dioses ni propietarios, apenas inquilinos bastante torpes.

A lo mejor no queremos otro planeta.

A lo mejor lo que queremos es no sentirnos culpables por estar estropeando este.

«Cuando el trabajo es un placer, la vida es una alegría; cuando es una obligación, la vida es esclavitud.» (Aleksei Maksímovich Peshkov es el autor de la frase bastante acertada, solo hay que ver lo malhumorad@s que andan algun@s por los pasillos de los despachos. El nombre tal vez no os diga gran cosa pero su seudónimo seguro que si: Máximo Gorki escritor ruso nacido el 28 de marzo de 1868 y cuyo apellido de seudónimo, Gorki, era bastante coherente con la vida que llevó y su literatura. Significa amargo)

Milan Williams cumplió 62 años, así que no llegó a jubilarse de su grupo The Commodores, suponiendo que la jubilación por supuesto fuese a partir de los 65 años y no antes. Lo cierto es que hoy hubiese celebrado su 82 cumpleaños y, quién sabe, su tiempo de jubileo.

Diumenge sense perdó

Va deixar les claus damunt la taula com qui deixa una propina ridícula.

—No t’ho compliquis —va dir—. Vull una vida fàcil.

Fàcil.

Com si els anys plegats fossin una camisa que et treus perquè pica. Com si l’amor fos això: un moble que no combina amb el menjador nou.

Jo no vaig plorar. Vaig obrir la finestra, vaig sentir els veïns discutint, una moto, una ràdio llunyana. La vida, fent de vida.

Llavors vaig entendre-ho: el fàcil no era marxar. El fàcil havia estat estimar-me malament.



viernes, 27 de marzo de 2026

 

TURISMO MORAL

Hay gente que no pisa una desgracia: la estrena.

Llegan a un país roto con la sonrisa limpia, la consigna planchada y el alma recién peinada para la foto. No vienen a mirar el hambre. Vienen a salir bien al lado de ella. Eso cambia mucho las cosas. El que mira de verdad baja la voz. El que viene a usarse a sí mismo sube el tono, ensancha el gesto, reparte abrazos como quien lanza confeti sobre un incendio.

Cuba lleva demasiados años convertida en escaparate de coartadas. Unos la enseñan para justificar la represión con palabras solemnes. Otros la exhiben para hacer músculo ideológico desde lejos, con el estómago lleno y el billete de vuelta en el bolsillo. Entre unos y otros, la gente hace cola. Cola para comer, cola para medicarse, cola para alumbrarse un poco la vida mientras los iluminados del mundo se disputan el foco.

Lo más obsceno no es la mentira. La mentira, a estas alturas, ya casi forma parte del mobiliario. Lo más obsceno es la vanidad. Esa necesidad infantil de convertir el dolor ajeno en escenario propio. Hay quien no soporta que una tragedia exista sin su presencia. Necesita entrar en plano, posar junto a la ruina, poner cara de conciencia y regresar a casa con la sensación de haber rozado la Historia, cuando en realidad solo ha rozado su propio narcisismo con acento internacional.

Después vendrán los artículos, los tuits, las discusiones de café, los héroes de sobremesa. Unos dirán bloqueo. Otros dirán dictadura. Unos dirán solidaridad. Otros dirán propaganda. Y probablemente todos llevarán algo de razón y bastante interés. Pero mientras las palabras se pelean por ver cuál manda más, hay una nevera vacía que no admite matices. Hay una madre que no puede hervir la cena con consignas. Hay un anciano que no enchufa un ventilador con retórica. Hay cuerpos. Siempre acaba habiendo cuerpos. Y el cuerpo, cuando falta lo básico, se vuelve un juez bastante serio.

A veces pienso que la peor miseria no es la de un país sin recursos, sino la de quienes necesitan sacar brillo a su conciencia con el sufrimiento de otros. Esa gente no ayuda: se administra. No acompaña: se exhibe. No escucha: interpreta. Son peregrinos de sí mismos. Van por el mundo buscando causas, pero en el fondo solo buscan espejo.

Y, sin embargo, tampoco conviene caer en la trampa fácil de reírse solo de ellos. Porque el problema no son únicamente los farsantes que aterrizan con el catecismo bajo el brazo. El problema grande, el podrido de verdad, es que hay lugares donde la miseria se ha vuelto sistema y la dignidad una actividad clandestina. Y ahí ya no bastan ni el sarcasmo ni la superioridad moral. Ahí hace falta decencia. Esa palabra tan vieja, tan poco vistosa, tan incompatible con los focos.

Quizá por eso convendría empezar a desconfiar de todo el que llega a una desgracia hablando demasiado de sí mismo. Del que convierte la ayuda en pasarela. Del que necesita explicar su bondad antes de ejercerla. Del que usa el dolor como altavoz. Porque cuando alguien entra en una casa en ruinas y lo primero que hace es colocarse bien para la foto, no ha venido a salvar nada. Ha venido a conservarse.

Y el hambre, por desgracia, distingue muy bien entre una mano y un decorado.

«De todas las pasiones, la que más se esconde es la vanidad; se oculta hasta de sí misma.» (He elegido a Matias Aires Ramos da Silva de Eça porque nació el 27 de marzo de 1705. El maridaje de la frase con el relato/reflexión de hoy, pura casualidad: la vanidad no solo engaña a los demás, también se disfraza ante quien la padece)

Mariah Carey cumple hoy 57 años y es por eso que la felicito dejándola cantar el cover de "Without You" que ni es suya ni fue quién la popularizó. He de reconocer que su versión es bastante apañada pero yo bailé mucho más la que está debajo (y es la que más me gusta)


La de Harry Nilsson es la que me gusta más... de 1972.


Y el grupo que compuso y cantó "Sin ti" allá por 1970; justo es reconocer a Badfinger la autoría de una de las mejores canciones de "baldosín"

La cadira del costat

Quan vas marxar, la casa no va quedar buida: va quedar mal acostumada. La tassa et buscava als matins, el passadís feia més soroll del compte i fins i tot el rellotge semblava tossir abans de donar l’hora. Jo, que sempre havia presumit de saber perdre, vaig descobrir que mentia amb una elegància admirable. No era amor etern, quin remei; era pitjor: era costum amb memòria. I la memòria, ja se sap, té la indecència de seure cada vespre a la teva cadira i mirar-me com si l’abandonat fos ella.


jueves, 26 de marzo de 2026

 

EN LA GUERRA Y EN EL AMOR


Anoche dieron otra guerra en el telediario mientras tú partías una naranja en la cocina. Así de obsceno es el mundo: un edificio abierto en canal en la pantalla, una niña cubierta de polvo mirando a ninguna parte, un hombre hablando de objetivos estratégicos con la misma cara con la que otro recomienda un seguro de vida, y tú intentando que no saltara el zumo sobre la encimera recién limpia.

Yo te miraba a ti y luego miraba la televisión. A ti y luego a la televisión. Tus dedos. Los escombros. Tu cuello. Una camilla. El cuchillo entrando en la fruta. Un misil entrando en un barrio. Y pensé que quizá toda la historia de la humanidad cabe en esa diferencia miserable: hay gente que aprende a cortar pan para compartirlo y hay gente que aprende a partir cuerpos para defender una bandera, un dios, una frontera o su pobre hombría con uniforme.

Luego salen los expertos. Siempre salen. Le ponen nombre serio a la carnicería, como si cambiarle el traje al crimen lo volviera razonable. Hablan de daños colaterales, de respuesta proporcional, de escalada, de geopolítica. Nunca dicen lo esencial: que matar sigue siendo matar aunque lo haga un Estado, aunque lo bendiga un himno, aunque lo justifique un mapa lleno de flechas.

Tú dejaste medio vaso de zumo a mi lado y me acariciaste la nuca como quien todavía cree que un gesto pequeño puede sujetar el mundo. A lo mejor no lo sujeta. A lo mejor apenas lo contradice. Pero algo es algo. Frente a su obsesión por la fuerza, nosotros aún pelamos fruta, tendemos la cama, besamos despacio, preguntamos “¿has llegado bien?”, encendemos una lámpara para que el otro no entre a oscuras. También eso es una forma de resistencia.

No es un lugar común. Es sentido común con la ropa manchada de siglos: matar no ha resuelto nunca nada. Solo cambia de dueño el miedo, de idioma el odio y de tumba el hijo.

Por eso, cada vez que ellos declaran una guerra, yo te abrazo un poco más fuerte. No por cobardía. Por inteligencia. Porque frente a su religión de la destrucción, todavía me parece más revolucionario seguir eligiendo la vida. La nuestra. La de cualquiera. La que tiembla, la que sangra, la que ama. La única que importa.

«La soledad también puede llamarse libertad; solo hay que saber vivirla y vivir de ella.» (Se ha escrito tanto sobre la soledad que una helenista y mujer como Jacqueline de Romilly no podía ser menos; nació el 26 de marzo de 1913 y probablemente en algunos momentos de su larga vida estuvo en libertad)

Sting plasmó en la canción del vídeo esa mezcla de violencia absurda y fragilidad humana: la guerra como estupidez repetida y, enfrente, lo único decente que nos queda, que es cuidar, tocar, amar, seguir vivos sin volvernos piedra.

La tassa esquerdada

Quan ella va deixar caure la tassa, ell no es va aixecar de seguida. Va mirar el terra com si allà s’hi hagués trencat alguna cosa més antiga. Després, amb els genolls cansats, va recollir els trossos un a un.

—Encara fem soroll per qualsevol cop —va dir ella.

—Sí, però ara sabem què no s’ha de llençar.

Van enganxar la nansa amb una paciència de gent gran i de gent enamorada. A fora, el món seguia practicant la seva brutalitat de sempre. A dins, dues mans tremoloses salvaven una cosa inútil. Potser l’amor era això: protegir la por de trencar-se.