Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
sábado, 14 de febrero de 2026
EL
AMOR EMPIEZA CON EL TIEMPO Y ES EL TIEMPO QUIEN MESURA SU INTENSIDAD.
No es una frase cómoda. Porque
desmonta de un golpe esa fantasía tan nuestra de que el amor nace como un
incendio y se mantiene por voluntad, por promesas, por “yo soy así”. No. El
amor, si es amor y no un anuncio, empieza cuando pasa el primer temblor. Cuando
se va la música de fondo y te quedas con la persona, con su manera de cerrar
una puerta, con su silencio cuando está cansada, con su risa repetida en la
misma esquina del sofá.
El tiempo no es un juez moral.
No viene a premiar a quien lo hace “bien” ni a castigar a quien se equivoca. El
tiempo mide, simplemente. Como un vaso medidor en la cocina: no opina, no
felicita. Te dice cuánto hay. Y a veces lo que hay sorprende. Porque hay amores
que empiezan “fuertes” y, cuando el tiempo los prueba, se deshacen como azúcar
en agua caliente: dulces un instante, invisibles después. Y hay otros que
parecen poca cosa al principio—una conversación sin fuegos artificiales, una
calma rara—y el tiempo, con sus días repetidos, los vuelve densos. No ruidosos.
Densos. Habitables.
La intensidad del amor no
siempre se nota. A veces se disfraza de costumbre, que es una palabra
injustamente despreciada. La costumbre puede ser una tumba… o una casa. La
diferencia está en si el tiempo te apaga o te afina. Si con los años te vuelves
más pequeño al lado de alguien, o más tú. Si la rutina te encierra, o te
sostiene.
Y es curioso: el tiempo no
mide solo lo que sientes, mide lo que haces cuando no te apetece sentir. Mide
cómo miras cuando estás de mal humor. Cómo cuidas cuando nadie aplaude. Cómo
reparas lo que rompes con la lengua. Mide si eliges, una y otra vez, aunque no
haya emoción épica. Porque ahí empieza el amor: en la repetición consciente. En
el “hoy también” que nadie publica.
Quizá por eso duele tanto
cuando se acaba. Porque no se rompe solo un sentimiento: se rompe una medida.
Un ritmo. Un calendario compartido. Y, aun así, el tiempo sigue. Como si fuera
un tipo imperturbable que te mira y te dice: “Vale. ¿Y ahora qué haces con lo
aprendido?”
El amor empieza con el tiempo.
Y el tiempo, que no sabe de romanticismo pero sí de verdad, te acaba mostrando
si aquello era intensidad… o solo prisa.
«¡Creer! He ahí toda la magia
de la vida.» (Poco comentario hay que añadir a la frase de Raúl Scalabrini
Ortiz; o te la crees o no te la crees. Poeta, filósofo,pensador,
historiador, periodista, escritor, ensayista y, como no con tanta titulación,
argentino. Nació el 14 de febrero de 1898 y no le pusieron Valentín de nombre)
Hoy una de las canciones de amor más bellas que se han escrito jamás. Se han hecho muchas versiones pero solo cantada en catalán y por Carles Sabater tiene sentido. Ayer hizo 27 años que partió hacia la luz.
Quan el teu nom fa llum
T’he estimat a foc baix, com
s’estima el que no vol fer soroll.
Mentre la ciutat badava, jo aprenia el teu ritme: el pas curt, la mirada que
s’escapa, la manera com el silenci et fa de jaqueta quan tens fred.
No sé si això és amor o una
mena d’ofici: esperar-te sense fer-me el valent.
Però quan et penso, tot s’ordena. Els semàfors semblen menys arbitraris. La
nit, menys dura. I fins el temps, aquest cobrador antipàtic, afluixa.
No et demano miracles.
Només que tornis una mica,
encara que sigui com torna una cançó: de sobte, i sense permís.
I jo, boig per tu, però amb la
calma de qui ja ha entès que la passió també pot respirar.
viernes, 13 de febrero de 2026
EL
TAMAÑO SÍ IMPORTA (PERO A VECES SE NOTA DEMASIADO)
En Cortina todo parecía
normal: nieve impecable, banderas limpias, y esa emoción olímpica que huele a
patrocinio.
Yo estaba en la zona
mixta —ese lugar donde el deporte se confiesa y la prensa finge que entiende—
cuando un entrenador, con la cara blanca de quien ha visto al diablo en un
vestuario, me susurró:
—Hay saltadores… que se
están inyectando ácido hialurónico ahí… para “justificar” un traje más grande.
Dijo “ahí” como quien
señala un volcán activo sin mirarlo. Y añadió, orgulloso del horror:
—Más tela, más
superficie. Más vuelo.
A mi lado, un juez de
equipamiento asentía con la solemnidad de un notario en una boda que no
aprueba.
—Aquí medimos todo —me
dijo—. Longitudes, costuras, holguras…
—Lo sé —respondí—. En
algunos matrimonios también, y fíjese cómo acaban.
El rumor ya tenía
nombre de película mala: Penisgate. Y como toda película mala, venía con
guion: el atleta se infla para pasar el control, sonríe como un santo recién
canonizado, y luego… cuando llega el momento del salto, el milagro pierde
presión.
—¿Y entonces qué?
—pregunté, por puro periodismo y por pura mala educación.
El entrenador hizo un
gesto amplio con las manos, como si estuviera explicando el funcionamiento de
un paraguas en una tormenta.
—Queda un hueco.
El juez bajó la voz:
—Y ese hueco… crea un
efecto aeroplano.
Yo miré al trampolín.
Miré al saltador. Miré a la humanidad. Y pensé: nos pasamos siglos
inventando alas y al final lo que vuela es la autoestima.
Cuando el deportista se
lanzó, por un segundo pareció que iba a batir récord. Se abrió en el aire con
una elegancia casi poética… y, sin embargo, hubo algo… un temblor… una
vibración sospechosa entre la ciencia y el ridículo.
Aterrizó cinco metros
más allá.
La grada rugió.
Y yo, que he visto
muchas cosas en la vida —y peores en cenas de empresa—, solo pude concluir:
—El tamaño sí importa…
pero sobre todo importa dónde lo pones. Y en esta Olimpiada, desde
luego, lo han puesto en el reglamento.
Fuera, en un cartel
luminoso, se leía: Fair Play.
Debajo, alguien había
escrito con rotulador:
“Y por favor,
desinflen antes de salir.”
«Lo que impide saber no
es ni el tiempo ni la inteligencia, sino únicamente la falta de curiosidad.»
(No es que Agostinho da Silva nacido el 13 de febrero de 1906 dijera que hay
que ser cotilla. Una cosa es ser curios@ y la otra participar de las miserías
del prójimo. Por cierto, no puedo estar más de acuerdo con lo dicho por el fillósofo)
Peter Tork, cantautor y bajista de The Monkees, hubiese cumplido hoy 84 años; se quedó en 77. Tenía dos convencimientos: que el amor era un cuento y que la traducción al castellano del nombre de su grupo era "los monos".
La
fe dels dilluns
Quan
vaig jurar que l’amor era un conte, ho vaig fer amb la serietat d’un adult i la
covardia d’un nen. I després vas arribar tu: no amb trompetes, sinó amb la teva
manera de riure quan el cafè surt dolent, com si el món no mereixés cap drama.
Des
d’aleshores, cada “no” que em deia la vida s’ha convertit en un “ja ho veurem”.
Em fa ràbia admetre-ho: no he trobat la veritat, només una mania nova.
Però
quan em mires, torno a creure. I això —maleït— funciona.
jueves, 12 de febrero de 2026
LO QUE EL VIENTO NO SE LLEVÓ
Hoy el viento sopla en Catalunya como si tuviera
prisa. Entra por las calles con la arrogancia de quien cree que todo se arregla
moviendo cosas: levanta papeles, tumba alguna silla de terraza, le da una
bofetada al toldo de un bar que ya estaba cansado de fingir sombra. Hay rachas
que parecen redactadas por un humorista: te despeinan el orgullo, te empujan un
paso y, si te descuidas, te obligan a mirar de frente lo que llevabas semanas
esquivando.
A mí me gusta imaginar —solo imaginar, que la
realidad es menos poética y más tercamente burocrática— que el viento tiene
criterio ciudadano. Que hoy, con ese silbido afilado, decide llevarse lo que
estorba de verdad.
Se lleva el cinismo que se disfraza de “gestión”.
Se lleva las promesas con fecha de caducidad, esas
que se anuncian con sonrisa y se ejecutan con excusa.
Se lleva la pobreza energética que nadie mira porque
no hace ruido.
Se lleva el alquiler que muerde, el sueldo que no
llega, la cola que humilla.
Se lleva la hipocresía de los que piden “paciencia”
desde sillones con calefacción.
Y, sin embargo, el viento no se lleva lo peor. No
puede.
No se lleva la normalidad del abuso, porque está
anclada en costumbres y en silencios.
No se lleva la corrupción, porque aprendió a atarse
con nudos legales.
No se lleva la indiferencia, porque pesa más que un
contenedor lleno y, encima, nadie la reclama.
Entonces lo entiendo: el viento es fuerte, sí. Pero
no es milagroso. Hace su parte —desordena, revela, incomoda— y luego te mira,
como diciendo: ahora te toca. Porque lo que de verdad estorba o hace
daño no sale volando solo. Hay cosas que no se van con rachas: se expulsan con
memoria, con rabia bien dirigida, con votos, con barrio, con calle, con una
decencia que no se compra en Amazon.
El viento de hoy, al final, no se llevó lo malo.
Lo dejó ahí, bien visible, para que nadie pueda
decir mañana que no lo vio.
«Las alegrías y las tristezas
del amor se parecen dulcemente… una sonrisa brilla en medio de las lágrimas, y
una sonrisa llama a las lágrimas.» (Friedrich de la Motte Fouqué nació el 12 de
febrero de 1777, era romántico -como se observa en la frase- tenia apellidos
franceses y, sin embargo, era alemán)
Michael McDonald cumple hoy 74 años y continúa siendo un poco "beneit" (pardillo) en temas como el amor. Aquí lo canta con sus hermanos Dobbie (qué mal queda dicho así)
La memòria amb trampa
Ell torna a aquell bar com qui
torna a una foto antiga: convençut que encara hi surt guapo. Demana un te, mira
la porta, i es fabrica una entrada triomfal que ningú no ha assajat. Quan ella
apareix, no és la d’abans: és la d’ara, amb una vida sencera a la mirada i zero
espai per a la seva pel·lícula. Ell somriu igual, com si el somriure fos un
contracte. Ella el saluda educada, breu. I ell, fidel al seu autoengany, ho
interpreta com esperança.
miércoles, 11 de febrero de 2026
EL FALSO CONSENSO
Yo pensaba que lo normal era saber.
No “saber de memoria”, no “haberlo leído en un
hilo”, sino ese saber que se te queda en los dedos: resolver sin ruido,
conectar cosas, intuir el fallo antes de que el fallo nazca. Lo hacía en
silencio, como quien pone el intermitente aunque no venga nadie.
Cuando me decían “qué bien lo has explicado”, yo
sonreía con educación y por dentro respondía: bah, si esto lo hace
cualquiera. Lo decía con sinceridad, que es una forma elegante de
arruinarse.
Por eso nunca levantaba la mano en clase. Por eso
no pedía aumentos. Por eso enviaba currículums a puestos pequeños, como quien
se compra zapatos una talla menos “para no ir sobrado”. Por eso, cuando una
amiga me dijo “preséntate a esa plaza, es para ti”, le contesté lo que siempre:
“no es para tanto”.
La gente “para tanto” eran otros. Los que
hablaban fuerte. Los que tenían ese brillo de confianza que no se aprende, se
finge. Yo tenía otra cosa: precisión. Pero la precisión, si no la enseñas, se
convierte en un talento clandestino.
Un día me obligaron a dar una charla. “Solo
veinte minutos”, me dijeron. Como si el pánico se midiera en minutos.
Hablé. Sin fuegos artificiales. Con calma. Con
ese tono de quien no quiere molestar a la verdad.
Al terminar, se hizo un silencio raro. Denso. De
los que no piden perdón.
Y entonces empezó el aplauso.
Primero dos palmas sueltas. Luego muchas. Luego
todas. Un aplauso entero, redondo, de esos que no son cortesía sino
reconocimiento.
Yo noté algo extraño: no alegría.
Miedo.
Miedo a haber estado equivocada todo este tiempo.
A que no fuera “lo normal”. A que, si de verdad era buena, ya no pudiera
esconderme detrás de la frase más cómoda del mundo: esto lo hace cualquiera.
Sonreí, asentí, agradecí. Hice lo correcto.
Pero por dentro solo pensaba una cosa, como si me
hubieran cambiado el suelo bajo los pies:
Si no lo hace cualquiera… entonces ahora me toca
estar a la altura de mí.
Y eso no se enseña en ningún sitio.
«La
educación es educarse.» (Hans-Georg Gadamer lo dijo en cuatro palabras como
buen filósofo que fue. Y tenía razón: nadie puede educarte por ti; pueden
acompañarte, pero el acto decisivo es tuyo. Nació el 11 de febrero de 1900 y
filosofó hasta los 102)
Llevo años escuchando la canción de Gene Vincent y aún no sé lo que significa Be-Bop-A-Lula; lo cierto es que queda bien así como la cantaba él hace 69 ó 70 años. Nació el 11 de febrero de 1935 y estuvo por aquí hasta los 36 años.
L’eco del
tupè
Al
jukebox del bar, la cançó fa crac i arrenca: “Be-Bop-A-Lula”. En Pep, que
sempre ha sigut tímid com una butlleta de loteria perduda, es posa dret com si
algú li hagués estirat la columna amb un fil invisible. La camisa li fa olor de
tabac vell i colònia barata; a la boca, gust de ginebra i valentia prestada.
Ella riu, li clava els ulls i li diu: “Balla, home”. I ell balla… com si el
1956 fos avui i ningú no mirés.
martes, 10 de febrero de 2026
COALICIÓN DE EGO
(Imagen creada con inteligencia artificial)
El político descubrió el efecto Dunning-Kruger como
se descubren las verdades importantes en su gremio: en un carrusel de Instagram
con música épica y subtítulos grandes.
“Los incompetentes no saben que lo son”.
Se quedó mirándolo un rato, como si estuviera
leyendo una profecía escrita para otros. Luego lo interpretó con su talento
principal: el autoengaño profesional.
Si yo no dudo, es que estoy preparado.
La cadena de televisión —ámbito estatal, capital
privado y vocación de salvadora nacional a cambio de audiencia— lo colocó en
una tertulia con una silla cómoda, un vaso de agua intocable y un rótulo que
decía “ANALISTA”. Él vio el rótulo y sintió que el país, por fin, lo
entendía. O al menos lo subtitulaba.
—La izquierda tiene un problema de cohesión
—anunció, acomodándose el nudo de la corbata como quien ajusta el destino—. Y
yo soy la solución.
El presentador, que había visto soluciones que
venían con factura y manual de instrucciones, le sonrió con esa sonrisa de “hoy
nos das buen contenido”.
—¿Y por qué ahora?
Ahí sacó su gran excusa. La carta de “si no me
hacéis caso, os arrepentiréis”. El comodín emocional que sirve para todo cuando
no tienes nada.
—Porque si no nos unimos, el próximo gobierno lo
formará la derecha… y la extrema derecha.
Lo dijo mirando a cámara como si la cámara fuese una
urna y él, el sobre.
En el plató se hizo ese silencio que no es respeto:
es realización. Alguien en realización subió un rótulo: “ALARMA
DEMOCRÁTICA”. Y él, al ver el rótulo, se sintió aún más estadista.
Por dentro, sin embargo, la frase era otra, más
humilde y más verdadera:
Yo lo que quiero es salvar mi puesto.
No era cohesión: era conservación. La
cohesión de su culo con el escaño. Seguir medrando, que es como subir una
montaña sin piernas: a base de empujones ajenos y fotos desde el ángulo bueno.
La cadena lo promocionó como “el hombre puente”. En
pantalla le pusieron un fondo con un puente precioso, de esos que no llevan a
ninguna parte pero quedan bien. Él empezó a hablar de “síntesis”, “unidad”,
“responsabilidad histórica”, palabras que suenan a programa y no comprometen a
nada.
Y cada vez que alguien preguntaba “¿medidas?”, él
respondía con la épica:
—¿De verdad vamos a discutir detalles cuando viene
la derecha con la extrema derecha?
Detalles era el nombre que él le daba a todo lo que
no sabía.
Una semana después lo invitaron a una reunión
“discreta” con gente de varios partidos de izquierda. Él llegó con una carpeta
gorda, de esas que intimidan por plástico y porque hacen clac al
cerrarse, como si fueran importantes por sonido.
—Traigo un plan —dijo, dejando la carpeta en la mesa
como si acabara de depositar un Código Civil.
—Adelante —dijo una mujer que no sonreía, por
higiene institucional.
Él abrió la carpeta. Primera página: “HOJA DE
RUTA”. Debajo, un esquema con flechas.
Flechas.
Solo flechas.
Había flechas que iban a flechas. Había flechas que
volvían sobre sí mismas. Una flecha hacía una curva elegante, como si tuviera
formación en danza contemporánea. Otra terminaba en un asterisco que remitía a
una nota al pie inexistente. Y al final, en mayúsculas: “CONSENSO”.
—Aquí —señaló él con solemnidad— es cuando dejamos
atrás los personalismos.
—¿Y esto qué significa? —preguntó un hombre,
acercándose—. “Flecha 3.2: transversalidad afectiva”.
—Significa… —el político carraspeó—… que nos
abrazamos sin complejos.
Se miraron. Nadie se movió.
—Vale —dijo la mujer—. ¿Propuestas concretas? Por
ejemplo: vivienda.
El político sonrió como si la respuesta estuviera en
un bolsillo interno. Sacó un bolígrafo y lo sostuvo como si fuese un puntero
láser.
Él vio cómo se acercaba el abismo de la concreción.
Y, como buen político en peligro, volvió a la épica.
—Es que no lo entendéis. Si seguimos así, el
gobierno será de la derecha y la extrema derecha.
—Eso ya lo has dicho —respondió la mujer—. Cuatro
veces. Te lo digo para que lo sepas, no por fastidiar: lo tenemos memorizado.
El político decidió que era el momento de
impresionar. Sacó de la carpeta un pendrive y lo dejó sobre la mesa como si
fuese una prueba nuclear.
—Traigo un PowerPoint.
Hubo un murmullo. No de interés: de supervivencia.
—¿PowerPoint? —preguntó alguien—. ¿En 2026?
—Es una versión ligera —aclaró él—. Muy visual. Muy
emocional.
Conectó el portátil. La pantalla se encendió.
Apareció la primera diapositiva con un fondo de atardecer y letras blancas
enormes:
“UNIDAD”
Abajo, en pequeño: “Presentación definitiva
vFinal_ahoraSí_revisada(2)”.
Pasó a la segunda:
“UNIDAD”
(con otra foto distinta del mismo atardecer).
Tercera:
“UNIDAD”
(esta vez con una paloma).
Cuarta:
“UNIDAD”
(pero la paloma era un icono pixelado, como si la democracia hubiera sido
recortada en Paint).
—Esto es… repetitivo —murmuró alguien.
—Es intencional —dijo él—. Es pedagogía.
La mujer levantó la mano.
—¿Podemos ver la diapositiva donde explicas las
medidas?
—Está al final —dijo él con seguridad.
Siguió pasando: unidad, unidad, unidad, unidad. En
la diapositiva doce, apareció una frase:
“NO ES EL MOMENTO DE DIVIDIRSE”
Y debajo, en letra más pequeña:
“Porque viene la derecha y la extrema derecha.”
La mujer cerró el portátil con delicadeza, como
quien tapa un plato que ya se ha enfriado.
—Perfecto —dijo—. Entonces lo tenemos.
Él se iluminó. El corazón le hizo un pequeño mitin.
—¿Lo tenemos?
—Sí —confirmó ella—. Te necesitamos para una cosa.
Él se inclinó hacia adelante.
—¿Cuál?
—Para salir en la tele diciendo que has intentado
unirnos y que nosotros no hemos sabido estar a la altura. Quedas como
estadista, nosotros como infantiles. La cadena tiene su narrativa, tú salvas tu
puesto… y todos seguimos exactamente igual, pero en alta definición.
Él abrió la boca para protestar, pero le salió algo
más sincero: un “ah”.
Porque era perfecto. Era su plan sin necesidad de
plan.
Y al día siguiente, en prime time, miró a cámara con
ojos graves y frase de mármol:
—Lo he intentado todo. Pero algunos prefieren el
sillón.
La presentadora asintió con gesto compungido. El
rótulo en pantalla: “EL HOMBRE QUE QUISO UNIR”.
Él bajó la vista un segundo, por si el micrófono
recogía lo único verdadero que pensó, ya sin épica:
Que no se note que hablo de mí.
«¿No sería entonces más
sencillo para el gobierno disolver al pueblo y elegir otro?» (Bertolt Brecht
nacido el 10 de febrero de 1898 es uno de mis dramaturgos preferides. La frase
es genial porque, algun día, llegaremos a esto)
Jerry Goldsmith compositor de numerosas (y conocidas) bandas sonoras hubiese cumplido hoy 97 años. Le dio tiempo a darle tonadilla al personaje del vídeo que encaja bien con el del relato.
La motxilla buida
Aquell poble nou em rebia
sempre igual: llums fredes, somriures que no volien saber el meu nom. Caminava
amb la motxilla buida i, tot i així, pesava com si hi portés els crits que no
vaig dir. A cada cantonada, una promesa barata: “aquí començaràs de zero”. Però
el zero també té memòria. Vaig aprendre a dormir amb l’orella enganxada al
silenci, a beure aigua com si fos perdó. I un dia, sense música, vaig notar-ho:
el camí no s’acabava… jo sí que començava.