LIQUIDACIÓN
PROVISIONAL DE ILUSIONES
La carta llegó un martes, que
es el día que el Estado ha elegido desde antiguo para recordarte que existes.
Los lunes sería demasiado cruel, los viernes demasiado humano. Venía en sobre
blanco, con membrete azul, código de barras y esa seriedad de funeral
administrativo que tienen las comunicaciones de Hacienda.
La dejé sobre la mesa de la
cocina durante diez minutos, mirándola como se mira a un animal pequeño que
todavía no sabes si está muerto o fingiendo.
Luego la abrí.
Agencia Estatal de
Administración Tributaria. Liquidación provisional por
rendimientos presuntos derivados de sueños no cumplidos.
Al principio pensé que se
trataba de un error. Siempre pensamos eso. Es la primera defensa del ciudadano:
creer que el monstruo se ha equivocado de puerta. Luego sigues leyendo y
descubres que no. Que el monstruo sabe tu nombre, tu NIF, tu domicilio fiscal,
el año exacto en que dejaste de tocar la guitarra y hasta aquel verano en que
dijiste que escribirías una novela y solo compraste una libreta cara.
Según Hacienda, yo debía
3.742,16 euros por “incremento patrimonial no realizado, pero emocionalmente
declarado en reiteradas ocasiones”.
Confieso que me senté.
No por la cantidad. Uno, a
cierta edad, ya se sienta por casi todo. Me senté por la precisión.
La carta detallaba mis sueños
pendientes con una obscenidad técnica admirable:
—Una cafetería literaria nunca inaugurada.
—Un viaje a Islandia aplazado siete veces.
—Aprendizaje de italiano iniciado y abandonado en la unidad dos.
—Novela familiar anunciada a terceros en comidas de Navidad.
—Mejora física prometida cada enero.
—Reconciliación pendiente con amigo de infancia.
Cada concepto venía con su
base imponible, su tipo de gravamen y sus recargos. La reconciliación, por lo
visto, tributaba al 21 %. Los afectos, cuando no se ejercen, generan IVA.
Pedí cita previa, claro. Uno
no discute con Hacienda sin permiso de Hacienda. El sistema me concedió hora
para el día 17, a las 9:40, en la planta tercera, mesa 14, “Unidad de
Expectativas Diferidas”. Me pareció un nombre precioso. Si alguna vez montaba la
cafetería literaria, le pondría así: Expectativas Diferidas. Serviría
bocadillos de resignación y agua del grifo sin derecho a deducción.
El edificio de la Agencia
Tributaria tenía la temperatura moral de una pescadería cerrada. En la sala de
espera, varias personas sostenían carpetas, justificantes, certificados
médicos, facturas, fotografías, cartas antiguas y una señora, muy digna, llevaba
una caja de zapatos llena de pétalos secos.
—Son pruebas —me dijo, al verme mirar.
—¿De qué?
—De que sí estuve enamorada. Pero no me atreví.
No supe qué contestar. En
estos casos, el silencio es la única asesoría gratuita que queda.
Cuando apareció mi número en
la pantalla, entré en el despacho. La funcionaria no levantó la vista hasta que
me senté. Era una mujer de unos cincuenta años, rostro correcto, gafas finas y
esa serenidad de quien ha visto llorar a contribuyentes más fuertes que yo.
—Usted dirá.
—He recibido esta liquidación.
Le entregué la carta. La leyó
sin sorpresa. Eso me preocupó más que la propia carta.
—Sí. Procedimiento ordinario.
—¿Ordinario?
—Desde la reforma fiscal de los intangibles personales.
—No sabía que los sueños tributaran.
—No tributan los sueños,
señor. Tributan los sueños no cumplidos cuando han generado expectativa social,
autoengaño prolongado o beneficio moral indebido.
—¿Beneficio moral?
—Usted dijo durante años que escribiría una novela.
—Como todo el mundo.
—Precisamente por eso se está regularizando.
La miré. Ella siguió.
—Durante ese tiempo usted
obtuvo una posición simbólica de escritor potencial. Eso desgrava
emocionalmente ante familiares, amigos y conocidos. “Estoy escribiendo algo”,
“lo tengo en la cabeza”, “cuando me jubile me pondré”. Frases así producen
rendimiento.
—Pero no gané dinero.
—No hablamos de dinero. Hablamos de presunción de grandeza.
Me quedé callado. Había algo
obsceno y exacto en aquella expresión. Presunción de grandeza. Me vi a mí
mismo, años atrás, comprando libretas, guardando recortes, hablando de
proyectos con una copa en la mano y una seguridad prestada. Me vi prometiéndome
versiones mejores de mí mismo con la alegría irresponsable de quien compra un
billete de tren y nunca va a la estación.
—Además —añadió la funcionaria—, tiene usted un viaje a
Islandia pendiente.
—Eso era ilusión.
—Con reserva mental reiterada.
—No llegué a reservar nada.
—Pero miró vuelos.
—Mirar vuelos no puede ser hecho imponible.
—Desde 2024, sí.
—¿Y cómo lo saben?
La funcionaria me miró por encima de las gafas, con una
tristeza breve.
—No haga preguntas que ya conoce.
En la mesa tenía un pequeño
cactus junto al ordenador. Me fijé en él porque era lo único vivo de aquella
habitación, aunque tampoco parecía muy convencido.
—¿Y si renuncio oficialmente a mis sueños? —pregunté.
La funcionaria abrió un desplegable en la pantalla.
—Existe el modelo 813.
—¿Renuncia a sueños?
—Renuncia, desistimiento o sustitución por objetivos
realistas.
—¿Y eso cuánto cuesta?
—Depende del sueño. La
cafetería literaria, por ejemplo, puede cancelarse con una declaración
responsable de falta de capital y una memoria justificativa de miedo al
fracaso.
—Eso sí lo tengo.
—Lo imaginaba.
Por primera vez sonrió.
Apenas. Como si dentro de aquella empleada pública hubiera una mujer que
también había dejado cosas sin hacer y se le escapara, por una rendija, algo
parecido a la compasión.
—Mire —me dijo, bajando la voz—. Puede recurrir.
—¿Sirve de algo?
—Sirve para ganar tiempo.
—¿Y luego?
—Luego el tiempo también se liquida.
No sé por qué, pensé en mi
padre. En todas las veces que dijo que, cuando pudiera, volvería al pueblo. En
mi madre, que quiso aprender a nadar y se murió sin meter la cabeza bajo el
agua. En aquella amiga de juventud a la que nunca llamé porque siempre había un
día mejor, una ocasión más limpia, una frase más adecuada. Pensé en los sueños
no cumplidos no como deuda con Hacienda, sino como pequeños recibos que uno
deja sin pagar por dentro.
La funcionaria imprimió varios documentos.
—Firme aquí.
—¿Qué es?
—Aplazamiento.
—¿De la deuda?
—No. De usted.
Firmé.
Al salir, la señora de los
pétalos secos seguía esperando. Le habían pedido acreditar que aquel amor no
consumado no había generado enriquecimiento injusto. Ella sostenía la caja con
ambas manos, como si dentro llevara cenizas o una primavera ya caducada.
En la calle hacía sol. Un sol
vulgar, de trámite, pero sol al fin. Caminé sin rumbo durante un rato. Pasé por
delante de una tienda de instrumentos y vi una guitarra en el escaparate. No
era bonita ni cara. Era una guitarra de principiante, de esas que no permiten
grandes excusas.
Entré.
El dependiente me preguntó si quería probarla.
Le dije que sí.
Y mientras mis dedos torpes
sacaban un sonido pobre, casi ridículo, pensé que Hacienda podía reclamarme
muchas cosas: intereses, recargos, sanciones, declaraciones complementarias,
incluso el impuesto revolucionario de haber querido ser mejor sin conseguirlo.
Pero aquella nota, mala y viva, ya no se la podían quedar.
Esa, por pequeña que fuera, acababa de prescribir a mi
favor.
«La flecha prevista llega más
despacio.» (Saber lo que viene no evita el golpe, pero permite encajarlo algo mejor.
Frase útil para la vejez, para Hacienda, para l@s corrupt@s y para casi todo lo
desagradable. Y eso lo dijo Dante Alighieri nacido el 29 de mayo de 1265 que
fue tan divino como su comedia)
La pluja que no era d’aigua
Ell deia que tornaria quan
plogués sobre la terra vermella. Ella, que ja no creia en promeses ni en
meteorologia sentimental, va esperar igualment. Cada nit deixava una cadira
buida al balcó, per si el vent arribava amb accent llunyà.
Van passar anys. El món va
canviar de pell. Una matinada, va sentir trons.
Va sortir corrents.
No plovia.
Era ell, trucant a la porta
amb les mans plenes de pols i els ulls fent tard.




