lunes, 13 de abril de 2026

 

LA MALETA D’EL RUFIÁN




Va arribar a Madrid amb una maleta petita i una frase grossa.

La maleta semblava d’aquelles que un s’endú per a dues nits: un parell de camises, un carregador, un llibre que no pensa llegir i la dignitat plegada a la butxaca interior per si refresca. La frase era encara més lleugera. Va dir que s’hi estaria poc. El just. Un tràmit. Una incursió. Gairebé un sacrifici. Madrid era, segons ell, una estació bruta on un no s’havia de quedar a viure, no fos cas que s’encomanés d’Espanya.

Han passat els anys i la maleta continua allà.

No del tot oberta. Aquest és el truc. No la va desfer mai completament, per poder continuar fingint que està a punt de marxar. Hi ha gent que conserva una foto a la cartera. Ell conserva una sortida d’emergència. Li dona un aire èpic. Com si no visqués de l’escó sinó en resistència dins d’ell. Com si no hagués après a estimar els passadissos, els focus, els micròfons, els sopars llargs i aquesta manera tan madrilenya d’indignar-se amb una copa a la mà.

L’he vist alguna vegada a la televisió, caminant cap al Congrés amb aquella seguretat d’actor secundari que somia protagonisme. Parla com si perdonés, que és una manera lletja de parlar. Somriu com si menyspreés, que és una manera encara més lletja de somriure. I al voltant sempre hi ha algú disposat a confondre soroll amb carisma, insolència amb intel·ligència, eslògan amb pensament.

La política espanyola té aquesta malaltia: quan es queda sense idees, s’enamora dels personatges. Els vesteix d’esperança, els posa música de remuntada i s’oblida de preguntar per a què serveixen quan s’apaguen les càmeres. Aleshores arriba l’equívoc. Un home que no creu en la casa vol dirigir el menjador. Un professional del greuge ofereix pedagogia. Un especialista a assenyalar el país com si fes mala olor aspira a salvar-lo sense tocar-lo gaire.

Després es sorprenen que la gent desconfiï.

No per -pressumpte- independentista. No per roig de 136.000 euros de sou a l’any. No per xarnego. No per espanyol. No per català. Tot això, en el fons, importa menys del que sembla. Desconfien perquè flairen la impostura. I la impostura, per més ben entallada que vagi, acaba fent sempre la mateixa olor: a despatx tancat, a ambició amb gomina, a ideologia usada com a targeta restaurant.

Hi ha homes que entren en política per canviar una nació i d’altres que hi entren perquè la nació els pagui el personatge.

La diferència no sempre es veu al principi.

Però s’acaba veient en la maleta. En si un dia la tanquen i se’n van.

O en si fa deu anys que diuen que de seguida.

«Desde el punto de vista ético, nadie puede eludir la responsabilidad con la excusa de que es solo un individuo y de que el destino del mundo no depende de él.» (La frase es de Georg Lukács nacido el 13 de abril de 1885. No tiene nada que ver con el que lleva su mismo nombre y es más conocido por sus películas. Este se dedicaba a la filosofía y a la crítica literaria)

Hoy hace 61 años que los chicos del vídeo lanzaba un grito de ayuda que, visto lo visto, no les hacía falta.

Quan la veu s’esquerda

Vaig passar mitja vida dient “ja puc sol” amb un somriure de ferreteria. Aguantava portes, sopars, dols i dilluns. Fins que un matí la tassa em va tremolar a la mà com si sabés alguna cosa de mi. Vaig mirar el telèfon: cent contactes, cap refugi. Llavors ho vaig entendre: fer-se gran no és perdre força, és deixar de fingir-la. Vaig trucar al meu fill i, abans que parlés, li vaig dir allò que mai no havia sabut pronunciar sense vergonya:

—Ajuda’m.


domingo, 12 de abril de 2026

 

LA CENTRAL ELÉCTRICA


A los sesenta y ocho, Julián decidió tomarse en serio eso de no morirse todavía.

Entró en la tienda con la solemnidad de quien va a comprar un pedazo de futuro. Le vendieron cápsulas para las mitocondrias, sobres para el NAD+, una promesa antioxidante y una palabra nueva cada tres minutos. La dependienta hablaba de sus células como si dentro de él hubiese una junta de accionistas agotada esperando un rescate.

—Esto le da energía a la vida —dijo ella.

Julián pagó como pagan los desesperados: sin discutir.

Al salir, se sentó en un banco. Abrió el frasco. Lo miró. Luego miró sus manos, las manchas, las uñas, la piel fina de quien ya ha firmado demasiados inviernos. Guardó la cápsula en el bolsillo y volvió a casa andando.

Subió las escaleras despacio. Sin ascensor. Sin épica. Sin música de documental. Llegó jadeando al cuarto piso, con el corazón dándole golpes al pecho como un inquilino viejo que aún no quiere marcharse.

En la cocina encontró a su mujer cortando pan, tomate y un poco de queso. Ella lo miró por encima de las gafas.

—¿Qué te han vendido ahora?

Julián dejó la bolsa sobre la mesa.

—Tiempo —dijo.

Ella sonrió con esa crueldad pequeña que tienen los matrimonios largos, abrió la nevera y respondió:

—No, hombre. Tiempo no vende nadie. Como mucho, entretenimiento para el miedo.

Cenaron juntos. Despacio. Hablando de una vecina, de la humedad del baño, de un nieto que pronunciaba mal la erre. Luego fregaron, barrieron las migas y bajaron a tirar la basura cogidos del brazo, como dos supervivientes de una guerra doméstica que nadie iba a condecorar.

Las mitocondrias, mientras tanto, siguieron a lo suyo en la oscuridad del cuerpo, trabajando sin aplausos.

Y tal vez la longevidad no era aquello que prometía el bote, sino esa terquedad vulgar de seguir viviendo un día más sin hacer demasiado ruido, con las piernas aún obedientes, alguien al lado y una cena sencilla esperando en casa.

«Nosotros mismos morimos cada día.» (Marc-Antoine de Muret, Muretus para los que saben latín, nació el 12 de abril de 1526 y en su frase nos recuerda que una vez nacemos ya todo se va para abajo)

David Cassidy es el joven que aparece en el vídeo cantando Daydreamer. Hoy hubiese celebrado su 76 aniversario pero dejó de tener sueños -y recuerdos- a los 67. Me hubiese gustado ver si aún seguía con el aspecto añiñado que lo acompañó siempre.

La cadira del balcó

Cada tarda s’asseia al balcó com si esperés una visita que la vida li devia des de feia anys. Els veïns deien que badava. No entenien res. Ella no mirava el carrer: assajava futures versions d’ella mateixa. En una, reia sense permís. En una altra, marxava sense donar explicacions. Un dimarts de vent, la cadira va quedar buida. Només hi havia una tassa, encara tèbia. L’endemà algú va jurar haver-la vist girant la cantonada amb pas tranquil, com qui finalment entra dins del seu propi somni.

sábado, 11 de abril de 2026

 

LA VELOCIDAD DE LOS OTROS

Empecé a caminar raro por vergüenza.

No por salud, ni por espiritualidad, ni por esa afición contemporánea a ponerse en paz con uno mismo en cuanto te duele la espalda. Empecé porque una mañana, al cruzar el parque, tropecé con mi propio pie delante de una chica que corría como si la persiguiera una hipoteca. No llegué a caerme, pero hice ese gesto torpe, medio baile, medio aviso de derrumbe, que a cierta edad ya no tiene gracia ni siquiera para uno mismo.

Aquella tarde busqué en internet ejercicios para el equilibrio. Quería algo discreto. Algo que no me obligara a saltar, ni a jadear, ni a parecer un jubilado en rebeldía. Así encontré eso de la caminata taichí: andar despacio, mover los brazos con intención, apoyar el pie como si el suelo también tuviera memoria. Me sonó a chino, claro. Nunca mejor dicho. Pero al día siguiente salí al parque decidido a hacer el ridículo en silencio.

Al principio fue humillante.

Mientras yo avanzaba como un santo artrósico o un ladrón arrepentido, la ciudad seguía con su coreografía de siempre: repartidores con prisa, ejecutivos en zapatillas caras, madres empujando carritos y el mundo entero desplazándose como si llegar cinco minutos antes fuera a salvarle de la muerte. Yo, en cambio, iba lento. Tan lento que una anciana me adelantó y, al pasar junto a mí, me dijo:

—No te me mueras ahora, guapo.

Aquello, lejos de hundirme, me dio cierta alegría. Todavía había alguien que me llamaba guapo y además me concedía unos minutos más de vida.

Seguí.

Descubrí que mi cuerpo protestaba menos cuando dejaba de tratarlo como a un enemigo torpe. Que la rodilla no dolía igual si no la obligaba a obedecer de golpe. Que el aire entraba mejor cuando no quería convertir cada paseo en una competición absurda contra hombres más jóvenes, más delgados o más imbéciles que yo. Descubrí también que los árboles no tienen prisa. Ni los bancos. Ni la luz de las ocho de la mañana sobre la grava húmeda.

Lo más raro fue otra cosa: empecé a notar que no caminaba para no caerme, sino para volver.

Volver a mí, quiero decir. A este cuerpo que ya no sirve para ciertas hazañas, pero todavía sabe sostenerme. A esta edad en la que uno empieza a entender que la elegancia no consiste en correr más que nadie, sino en no derrumbarse por dentro mientras finge que llega a todo.

Ahora camino así cada mañana.

Despacio. Respirando. Con una dignidad un poco ridícula, sí, pero mía.

Y por primera vez en muchos años, no siento que voy tarde.

«Vence la ira con la no ira; al mal con el bien; al avaro con la generosidad; al mentiroso con la verdad.» (Si esto ya se sabía cuando vivía Gautama Buda -entre el 563 al11 de abril del 483 a d. C, me pregunto porque poc@s han seguido sus instrucciones ¿Será que es muy complicado?)

Stuart Adamson cumpliría hoy 68 años; llegó hasta los 43 y únicamente quedó la sombra de su guitarra seguramente heredaría algún compañero suyo de Big Country.

L’ombra que es queda

Quan ella va marxar, no es va endur res: ni els llibres, ni la tassa esquerdada, ni aquell jersei que feia olor de diumenge. Va deixar el pitjor, que sempre surt gratis: la seva forma d’estar-se. Des d’aleshores, a casa hi ha una ombra que obre calaixos, s’asseu al sofà i em mira amb la seva paciència de difunta mal educada. Jo li parlo de vegades. No per amor. Per costum. Que és una manera bastant més humiliant de no superar ningú.



viernes, 10 de abril de 2026

 

EL COLOR DE LLEGAR

El abuelo Julián salía cada tarde al descampado de las afueras cuando el sol empezaba a retirarse del pueblo. No decía “vamos a ver el atardecer”, como dicen ahora en las redes. Decía: “vamos un momento”, como si fuese a saludar a alguien.

Lucía lo acompañaba a veces. Bajaba con el móvil en la mano, los auriculares al cuello y esa mezcla de desgana y prisa que tienen los jóvenes cuando aún no saben que el tiempo también se gasta por dentro.

—¿Qué miras tanto, abuelo?

Julián tardó en contestar. Delante de ellos, el cielo cambiaba de color sin pedir permiso: un resto de oro, una mancha violeta, un rojo que ya empezaba a doler un poco.

—Miro cómo se va el día —dijo—. Hay gente que no sabe irse ni cuando le toca. El día sí.

Lucía hizo una foto casi sin ganas. Guardó aquella imagen con el mismo descuido con que se guardan las cosas que todavía no significan nada. Luego volvió a su vida, que era rápida, urgente, llena de cosas pequeñas que entonces parecían enormes.

Pasaron los años. Murió el abuelo. Llegaron otras tardes, otras pérdidas, otras formas más discretas de cansancio. Y una mañana, delante del espejo, Lucía se vio una arruga junto al ojo. No era gran cosa. Apenas una línea. Pero estaba ahí, como una firma.

Esa noche buscó no sabía muy bien qué en el teléfono viejo y encontró la foto.

El cielo seguía ardiendo en silencio. También seguía allí, debajo de la imagen, la letra temblona del abuelo:

“Lo triste no es hacerse mayor. Lo triste sería no haber tenido tiempo para llegar.”

«Te vas durante mucho tiempo y regresas siendo otra persona; nunca vuelves del todo.» (Paul Theroux nacido el 10 de abril de 1941 y al que felicito hoy por su cumpleaños es el autor de la frase. Viaja o viajaba mucho y escribía sobre ello. Seguro que, como yo, estuvo de safari -fotográfico- en algún lugar del África profunda y por eso escribió “La costa de los mosquitos”. Y tiene razón en que viajar te cambia, África tiene un especial influjo… al menos en mi)

Eddie Hazel hubiese cumplido hoy 76 años. Se quedó en los 42 y no sé si llegó a saber que su papá no era un rolling stone aunque él insistía en ello. 

Herència

Al meu pare només li quedava l’ombra: entrava al barri amb sabates lluents, prometia diumenges, deixava fum. La mare no deia “ha marxat”; deia “ja tornarà a necessitar-nos”, com qui anuncia pluja bruta. Quan va morir, els veïns van inventariar les seves conquestes, els seus deutes, els seus vestits. Jo només vaig heretar una manera de marxar abans que m’estimin massa. Anys després, mirant el meu fill dormir, vaig entendre l’ofici miserable dels homes absents: primer excusa, després llegenda, al final coartada.


jueves, 9 de abril de 2026

 

LOS EXTRATERRESTRES NO BAJAN A LA COCINA

Me vendieron la experiencia como quien vende una escapada de lujo con suplemento metafísico: cuatro días en una isla, comida orgánica, sábanas blancas, respiración consciente, médicos sonrientes y la posibilidad nada despreciable de mantener una conversación seria con inteligencias no humanas.

Yo fui por una razón bastante menos elegante.

Quería preguntarle a alguien —a lo que fuera— en qué momento una mujer deja de quererte sin dejar de saber dónde guardas los calcetines de invierno.

Mi ex no estaba muerta, que conste. Eso habría simplificado el drama y habría dado al asunto una dignidad de novela rusa. No. Estaba viva, trabajando, saliendo a correr por las tardes, supongo que riéndose a veces, pagando impuestos y siguiendo con su vida con esa eficacia ofensiva de algunas personas. Lo único que había muerto era lo nuestro. Y ni siquiera de golpe. Lo nuestro no tuvo entierro. Tuvo desgaste, que es una forma administrativa de la tragedia.

En el centro me pusieron una bata color arena, una pulsera con mi nombre y una malla de electrodos en la cabeza que me daba un aire entre santo de extrarradio y pollo listo para entrar en el horno. La doctora, una mujer joven con voz de hotel caro, me explicó el procedimiento mientras me acariciaba el brazo con la precisión emocional de quien ya ha cobrado.

—Puede que vea entidades —dijo—. Intente no resistirse.

—Llevo años sin resistirme a casi nada —le contesté.

Ella sonrió sin entender si bromeaba o pedía auxilio.

El suero empezó a bajar por el tubo con esa parsimonia ofensiva que tienen las cosas importantes cuando aún no han sucedido. Durante unos segundos no pasó nada. Luego pasó todo.

No sabría explicarlo sin quedar como un idiota, que supongo que es la forma más honesta de contar ciertas experiencias. El techo se abrió sin abrirse. La habitación se plegó como una servilleta mal doblada. El aire adquirió textura. No textura de aire, sino de pensamiento. Y entonces aparecieron.

No eran los marcianitos de mi infancia ni los ángeles de las estampitas ni los monstruos que uno espera cuando se mete algo fuerte en el cuerpo. Eran otra cosa. Figuras cambiantes, veloces, con un brillo indecente. Tenían algo de insecto de lujo, algo de cirujano barroco, algo de juguete sagrado. Eran absurdos y solemnes a la vez, como casi todo lo que da miedo de verdad.

Me rodearon sin tocarme. O tocándome de una forma que no era táctil. Uno de ellos —si es que aquello podía llamarse uno— se colocó frente a mí y me inspeccionó con una atención casi médica. Sentí vergüenza. No por estar allí, drogado, con una vía en el brazo y una bata ridícula. Vergüenza de la otra: la de sentirse leído.

—Has venido a preguntar por el amor —dijo.

No movió la boca. Quizá no tenía. Pero lo oí con una claridad humillante.

—He venido a entender —respondí, o creí responder.

Entonces ocurrió algo peor que el miedo: se rieron. No con crueldad. Con una especie de compasión divertida, como si acabaran de escuchar a un niño afirmar muy serio que ha perdido el mar en un cubo.

A mi alrededor empezaron a desfilar escenas. No imágenes grandiosas del origen del universo ni fórmulas secretas ni ciudades imposibles. Mi cocina. El pasillo de casa. Su espalda frente al armario. Una taza con un resto de café seco. La frase “ya hablaremos” flotando durante meses entre dos personas que ya no sabían hablar. La veía doblar una camiseta. Yo la veía desde una puerta sin entrar del todo. Lo peor no era recordar. Lo peor era entender la cantidad de veces que había estado allí sin estar.

—Querías contactar con inteligencias superiores —dijo la entidad.

—Sí.

—Y no supiste sostener una inteligencia igual a la tuya sentada al borde de tu cama.

Eso dolió más que la aguja.

Intenté defenderme. Dije que yo había querido. Dije que hice lo que pude. Dije que nadie nos enseña. Dije lo que dicen los hombres cuando todavía quieren parecer dignos delante de lo incomprensible.

Las figuras siguieron moviéndose a mi alrededor como si montaran y desmontaran el decorado de mi vida.

—Confundís misterio con distancia —dijeron—. Os fascina lo extraterrestre porque apenas sabéis mirar lo terrestre. Queréis hablar con seres de otras dimensiones y no soportáis cinco minutos de silencio verdadero en una mesa de comedor.

Vi entonces algo que no esperaba: a mi ex buscándose las gafas. Las llevaba puestas en la cabeza. Era una escena mínima, ridícula, doméstica. Una de las miles que forman una vida con alguien y que uno desprecia por pequeñas, como si el amor tuviera que manifestarse siempre con música de fondo y no con esos gestos tontos que se repiten hasta volverse invisibles. Yo, en la visión, levantaba un dedo y le señalaba las gafas. Ella se echaba a reír.

La risa me atravesó como una noticia atrasada.

—¿Sois reales? —pregunté.

No sé por qué esa fue la pregunta. Supongo que la cobardía siempre busca una salida técnica.

La respuesta llegó enseguida.

—Lo bastante.

Desperté con la garganta seca y la sensación de haber regresado de un sitio que no figuraba en ningún mapa pero estaba sospechosamente cerca de mi fregadero.

La doctora estaba a mi lado con una libreta. Un hombre con barba revisaba gráficas en una pantalla. Parecían decepcionados de que yo hubiera vuelto con cara de viudo funcional y no de profeta.

—¿Ha habido contacto? —preguntó ella.

Miré el techo blanco. Miré la vía en mi brazo. Miré mis manos de hombre corriente, que seguían siendo mis manos a pesar del viaje.

—Sí —dije.

—¿Y qué le han dicho?

Pensé en contarles la verdad. Decirles que no había descubierto ninguna civilización avanzada, que el universo, cuando quiere humillar a un hombre, no le enseña galaxias: le enseña su cocina. Que a veces la entidad no humana más difícil de comprender no viene de otra dimensión, sino de esa parte de uno mismo que lleva años haciéndose el sordo.

Pero no dije eso.

Dije:

—Que hablar con los aliens es fácil. Lo difícil era hablar con mi mujer.

La doctora anotó algo. El de la barba me miró como se mira a los pacientes que no rentabilizan del todo el milagro.

Aquella tarde, ya vestido y sobrio, me senté frente al mar con el móvil en la mano. Tardé veinte minutos en decidirme y otros diez en encontrar una frase que no sonara a recaída ni a cobardía tardía. Al final le escribí solo esto:

“Hoy he ido muy lejos para entender una cosa bastante cercana. Perdona lo que no supe ver mientras estaba delante.”

No me contestó.

Y, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, no sentí que el silencio viniera del espacio exterior.

«No perdamos de vista que, entre la autoridad prácticamente indispensable para todo gobierno y la libertad legítimamente reivindicada por los pueblos y los individuos, la medida exacta es muy difícil de trazar y de conservar.» (Es difícil encontrar a alguien que abiertamente practique o ni tan siquiera diga lo expresado en la frase. Un@s tildarán de fascistas a l@s que prediquen la autoridad como medida de seguridad, física y jurídica. L@s otr@s llamarán comunistas o ultraizquierda a l@s reclamantes de libertades. Fue Léon Blum político socialista el autor de la frase; claro que él la escribió más allá del 9 de abril de 1872 día de su nacimiento)

Carl Perkins hace ya unos cuantos años que no está entre nosotr@s (28) aunque bien podría haber estado, cumpliría 92. Todo ello para decir que la canción que canta en el vídeo no sólo ha cumplido más años de permanencia que él, sino los muchos que le quedan. Los zapatos de color azul hace mucho que están de moda.

La dignitat del peu

Va entrar al bar com si el món li degués respecte i una cadira lliure. No era guapo, ni ric, ni gaire llest. Però duia unes sabates blaves que brillaven com una promesa absurda. Ningú no el mirava fins que una dona li va trepitjar la punta sense voler. Ell va apartar el peu com qui salva l’última cosa decent de la seva vida. Aleshores ho vaig entendre: hi ha gent que no defensa l’amor, ni la feina, ni la fe. Defensa només allò que encara no li han trepitjat.