17 D'AGOST DE 2017
Des d’aquell agost, Barcelona i Cambrils guarden setze absències a la memòria: ferides que el temps no esborra i un dolor que ens obliga a defensar la vida davant l’odi.
Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
DESPUÉS DEL MATCH

La
aplicación dice que Clara y yo somos compatibles en un ochenta y siete por
ciento.
No
sé qué ha ocurrido con el trece restante. Tal vez ella madruga los domingos.
Tal vez yo ronco. Tal vez uno de los dos considera que las croquetas congeladas
son croquetas. Hay incompatibilidades que no deberían descubrirse cuando ya se
ha firmado una hipoteca.
Hicimos
match el martes a las once y treinta y siete de la noche. Lo sé porque
la aplicación conserva la hora exacta. Antes, uno recordaba dónde había
conocido a alguien: en una fiesta, en el trabajo, en el entierro de un pariente
especialmente sociable. Ahora conservamos el momento administrativo en que dos
desconocidos se autorizaron mutuamente a dirigirse la palabra.
Primero
miré sus fotografías.
En
una aparecía en la playa. En otra, abrazada a un perro. En la tercera sostenía
una copa de vino y miraba hacia un lugar situado fuera del encuadre, como si
allí estuviera esperándola el hombre que todavía no había encontrado. Amplié la
imagen por si era yo.
No
era.
Después
leí su descripción:
«Me
gusta viajar, reír y disfrutar de las pequeñas cosas».
Una
declaración valiente. Hasta ahora no he conocido a nadie que confiese que
detesta viajar, procura no reírse y solo disfruta de acontecimientos de gran
envergadura.
Le
escribí:
—Hola,
Clara. ¿Qué tal?
Diez
minutos después me respondió:
—Bien,
¿y tú?
Y
así comenzó nuestra historia: dos seres humanos fingiendo que aquella
conversación no había sido utilizada ya por varios millones de personas.
Durante
tres días hablamos de cine, de restaurantes, de ciudades visitadas y de las
virtudes del café sin azúcar. Ninguno mencionó sus neurosis, sus operaciones
quirúrgicas ni a las personas que todavía viven dentro de nosotros sin pagar
alquiler. En las aplicaciones uno no miente exactamente. Se limita a presentar
la versión reformada de sí mismo, recién pintada y sin humedades visibles.
Al
cuarto día le propuse vernos.
Clara
eligió una cafetería céntrica, con terraza, camareros y mucha gente alrededor.
Cuando llegó, vi que enviaba un mensaje antes de sentarse.
—Le
he dicho a una amiga que ya estoy aquí —explicó.
Yo
había avisado a un amigo para presumir de que tenía una cita. Ella había
avisado a una amiga para que supiera dónde encontrarla si algo salía mal.
Los
dos habíamos quedado con un desconocido, pero no acudíamos a la misma clase de
peligro.
Aquello
me quitó las ganas de hacer uno de mis chistes. Afortunadamente, solo durante
unos minutos.
Había
leído un estudio sobre lo que sucede después del match. Seiscientas
sesenta y siete personas examinadas, una media de once citas presenciales, unos
cuantos besos, relaciones sexuales con tres personas y apenas dos parejas
estables. El amor convertido en un embudo estadístico.
Se
lo conté.
—Entonces
tú ¿por qué número vas? —preguntó Clara.
—Prefiero
no saberlo.
—Eso
dicen todos los que llevan mal la contabilidad.
Nos
reímos.
No
ocurrió nada extraordinario. No se detuvo el tráfico. Nadie empezó a tocar el
violín. No descendió una luz sobre nuestra mesa para confirmar el ochenta y
siete por ciento de compatibilidad.
Ella
retiraba las aceitunas de la ensalada y las dejaba ordenadas en el borde del
plato. Yo hablaba demasiado cuando estaba nervioso. En un momento se quedó
callada, mirándome, y pensé que había perdido el interés.
—En
persona pareces más cansado —dijo.
No
era el cumplido que esperaba.
—Tú
pareces menos segura.
Tampoco
era el que esperaba ella.
Nos
quedamos en silencio. Por primera vez durante la cita ninguno intentó venderse.
Dos productos con el embalaje abierto, las instrucciones perdidas y alguna
pieza sobrante.
A
partir de ahí empezamos a hablar de verdad.
Me
contó que llevaba dos años separada. Que al principio había entrado en la
aplicación buscando amor, después sexo, más tarde conversación y últimamente ya
no sabía muy bien qué buscaba. Yo le confesé que algunas noches deslizaba
perfiles sin intención de conocer a nadie. Solo quería comprobar que todavía
podía gustarle a una mujer situada a menos de veinte kilómetros.
La
aplicación llamaba a eso «buscar pareja».
Nosotros
lo llamamos sentirnos un poco menos solos.
Al
despedirnos no hubo beso. Nos acercamos, dudamos y terminamos dándonos un
abrazo lateral, esa maniobra torpe con la que dos cuerpos reconocen una
posibilidad sin asumir todavía sus consecuencias.
Volví
a casa convencido de que la cita había ido razonablemente bien. A los pocos
minutos recibí su mensaje:
«Ya
he llegado».
Nada
más.
Estuve
a punto de preguntarle si quería volver a verme, pero decidí esperar. No
demasiado para no parecer frío. No tan poco para no parecer desesperado. El
deseo contemporáneo exige dominar el cálculo infinitesimal.
La
aplicación, mientras tanto, me mostró otros perfiles.
Una
mujer que adoraba los atardeceres. Otra que buscaba a alguien «sin mochilas
emocionales», como si a ciertas edades pudiéramos presentarnos únicamente con
equipaje de mano. Una tercera tenía una compatibilidad del noventa y uno por
ciento.
Cuatro
puntos más que Clara.
Mi
dedo se quedó suspendido sobre la pantalla.
Ahí
comprendí el verdadero negocio. La aplicación no vive de que encontremos a
alguien. Vive de que sospechemos que, un poco más abajo, existe alguien mejor.
Más guapo, más divertido, más cercano, más disponible. Una persona sin
silencios incómodos, sin aceitunas apartadas en el plato y sin un pasado que
haya que aprender a respetar.
Cerré
la aplicación y escribí a Clara:
«¿Volvemos
a vernos?».
Tardó
veintisiete minutos en responder. También lo sé porque, mientras aguardaba,
miré el teléfono cuarenta y tres veces.
«Sí.
Pero esta vez sin estadísticas».
Llevamos
seis meses juntos.
La
aplicación continúa instalada. Ninguno de los dos se ha atrevido a borrarla. No
porque sigamos buscando, sino porque eliminarla sería reconocer que esto va en
serio, y todavía conservamos esa prudencia sentimental de quienes han aprendido
que el amor puede terminar incluso después de haber aceptado todas las
condiciones de uso.
El
otro día el teléfono me preguntó si deseaba reactivar las notificaciones.
Le
respondí que no.
Porque
el problema nunca fue conseguir un match. El problema empieza cuando
encuentras a alguien y debes decidir si dejas de seguir buscando.
«El viejo prejuicio
metafísico de que el hombre “siempre piensa” aún no ha desaparecido; yo creo
que piensa muy poco y muy rara vez». (Wilhelm Wundt nacido el 16 de agosto de
1832 escribió esta frase para expresar algo que pienso yo... y eso que nací muchísimo
más tarde que él)
Tim Faririss de la banda australiana INXS cumple hoy 69 años, una edad muy interesante si a quién necesitas por la noche está dispuesta a celebrar tu aniversario haciendo honor a los números.
La
porta oberta
El
missatge encara dormia al telèfon:
—Et
necessito aquesta nit.
Feia
deu anys.
Quan
ella va obrir, duia els cabells blancs, la mateixa olor de gessamí i una bata
massa cordada. Ell alçà la mà, sense atrevir-se a tocar-la.
—Arribes
tard.
—Ho
sé.
Ella
li posà dos dits als llavis. Després deixà la porta oberta i tornà cap a dins.
Ell
no sabia si l’havia perdonat.
Però la casa
començava a descordar-se el silenci.
LA VIDA COMPLETADA
La
notificación apareció a las nueve y diecisiete de la mañana, justo después de
que Marta firmara la compra de la empresa que llevaba diez años intentando
adquirir.
ENHORABUENA,
MARTA. HA COMPLETADO USTED SU VIDA.
Debajo,
una barra verde ocupaba toda la pantalla.
Objetivos cumplidos:
47 de 47.
Progreso vital: 100 %.
Tiempo estimado restante: 30 años y 4 meses.
Marta
pensó que era una broma del departamento de informática. Miró alrededor. Nadie
parecía observarla. Al otro lado del cristal, los miembros del consejo
descorchaban una botella de champán y ensayaban las sonrisas con las que
aparecerían en la fotografía oficial.
Había
instalado la aplicación a los veintitrés años, cuando todavía se llamaba Mi
Futuro. Después cambió de nombre varias veces: LifePlan, Destino,
Ítaca y, finalmente, Tú decides. La empresa propietaria había
sido comprada por otra, después por un fondo de inversión y más tarde por una
compañía aseguradora, pero sus propósitos sobrevivieron a todas las fusiones.
Licenciarse
con buenas notas.
Conseguir
un trabajo estable.
No
depender económicamente de nadie.
Comprar
una vivienda antes de los treinta y cinco.
Tener
una hija.
Aprender
a tocar el piano.
Visitar
los cinco continentes.
Dejar
de fumar.
Perdonar
a su padre.
Separarse
de Andrés antes de que el cariño se convirtiera en rencor.
Presidir
una gran compañía antes de los cincuenta y cinco.
Los
había cumplido todos.
Algunos,
como dejar de fumar, le costaron tres intentos. Otros resultaron más fáciles de
lo previsto. Perdonó a su padre después de muerto, circunstancia que simplificó
bastante la conversación. En cuanto al piano, la aplicación consideró alcanzado
el objetivo cuando interpretó Para Elisa sin equivocarse más de cinco
veces.
El
último era aquel que acababa de tachar: presidir la compañía.
—Lo
has conseguido —le dijo su secretaria, entrando con una copa de champán—. Ya no
te queda nada.
Marta
miró el teléfono.
—Eso
parece.
Durante
la celebración recibió cuarenta y siete felicitaciones, tres abrazos sinceros y
diecinueve abrazos corporativos. Pronunció unas palabras sobre el esfuerzo, la
constancia y el trabajo en equipo. Los empleados aplaudieron. Los consejeros
sonrieron. El fotógrafo le pidió que levantara un poco más la copa.
Aquella
noche, al llegar a casa, la aplicación volvió a felicitarla.
No
tiene objetivos pendientes.
Marta
dejó el bolso sobre la mesa y abrió la nevera. Había media botella de champán,
dos yogures caducados y un recipiente con quinoa. Pensó en brindar consigo
misma, pero la idea le pareció excesivamente triste. Calentó la quinoa.
Después
intentó añadir un nuevo objetivo.
Ser
feliz.
La
aplicación tardó unos segundos en responder.
Objetivo
no cuantificable. Especifique indicadores verificables.
Probó
de nuevo.
Enamorarme.
Indique
fecha límite, duración estimada de la relación y grado de compromiso deseado.
Lo
borró.
A la
mañana siguiente llamó al servicio de asistencia.
—Es
normal experimentar una sensación de vacío después de completar la vida —le
explicó una voz extraordinariamente amable—. Disponemos de varios paquetes de
ampliación.
—¿Ampliación
de qué?
—De
vida.
Le
ofrecieron tres modalidades: Reinvención, Bienestar y Legado.
La primera incluía aprender un idioma, cambiar de profesión y trasladarse a
otro país. La segunda proponía meditar, eliminar el azúcar y alcanzar diez mil
pasos diarios. Legado, la más cara, permitía escribir unas memorias,
crear una fundación y plantar un árbol con una placa conmemorativa.
—¿Qué
elige? —preguntó la voz.
Marta
contrató Legado. Treinta años sin tareas le parecieron demasiados.
En
menos de dieciocho meses escribió un libro que redactó un periodista, creó una
fundación administrada por un sobrino y plantó un olivo en los jardines de la
empresa. Durante la ceremonia, un concejal pronunció mal su apellido y el árbol
se inclinó hacia un lado por culpa del viento.
La
aplicación volvió a mostrar la barra verde.
Progreso
vital: 100 %.
Marta
empezó a sospechar que había confundido vivir con cumplir los requisitos de una
subvención.
Abrió
el armario donde guardaba las fotografías de sus viajes. En una aparecía
delante del Taj Mahal; en otra, sobrevolando el Gran Cañón; en una tercera,
abrazada a una tortuga en las Galápagos. Recordaba haber estado en todos
aquellos lugares, pero no recordaba haberlos mirado. Durante los viajes había
dedicado buena parte del tiempo a comprobar itinerarios, subir imágenes y
registrar experiencias.
La
tortuga, en cambio, parecía haber aprovechado bien la mañana.
Un
domingo llamó a su hija.
—¿Ha
ocurrido algo? —preguntó ella.
—No.
—Entonces,
¿por qué me llamas?
Marta
iba a responder que una madre podía telefonear a su hija sin motivo, pero
revisó mentalmente sus últimas conversaciones. Siempre había llamado para
felicitarla, recordarle algo, organizar una comida o preguntarle por el
trabajo.
—No
quiero nada —dijo—. Solo hablar contigo.
Al
otro lado se hizo un silencio desconfiado.
Hablaron
durante casi dos horas. De cosas inútiles. De una vecina que paseaba un perro
con abrigo, de la alergia de la niña, de una receta que nunca les salía igual
que a la abuela. Su hija le contó que había pensado cambiar las cortinas del
salón y Marta la escuchó como si estuvieran decidiendo el destino del mundo.
Al
terminar, el teléfono vibró.
Actividad social
detectada.
Duración: 117 minutos.
Calidad estimada del vínculo: 82 %.
¿Desea fijar una frecuencia semanal?
Marta
desactivó la aplicación.
A la
mañana siguiente volvió a activarla. Le inquietaba no saber qué debía hacer. La
pantalla mostró de inmediato una advertencia:
Lleva
14 horas sin avanzar.
Ese
mismo día salió del despacho antes de las cinco. No tenía cita médica, reunión
ni compromiso. Su secretaria la miró con preocupación.
—¿Adónde
vas?
Marta
estuvo a punto de inventar una excusa.
—No
lo sé.
Caminó
sin rumbo hasta una cafetería en la que nunca había estado. Se sentó junto a la
ventana. El camarero le entregó la carta.
—¿Qué
desea?
La
pregunta la incomodó. Durante años había sabido qué convenía, qué tocaba, qué
faltaba y qué debía conseguir después. Pero nadie le había preguntado qué
deseaba sin ofrecerle, al mismo tiempo, una casilla donde anotarlo.
Dejó
el teléfono boca abajo.
—Todavía
no lo sé.
El
camarero se alejó sin exigirle una fecha límite.
Marta
miró a la gente pasar, el reflejo del sol en los cristales y una servilleta que
alguien había dejado arrugada sobre la mesa. El teléfono vibró varias veces. La
aplicación quería saber si se encontraba bien, si necesitaba ayuda o si deseaba
contratar un nuevo plan.
No
lo tocó.
Todavía
le quedaban treinta años y cuatro meses.
Por
primera vez, no tuvo prisa en aprovecharlos.
«No hay soledad
comparable a la que pesa sobre el corazón en medio de rostros interminables,
sin una voz ni una palabra dirigida a nosotros.» (Thomas de Quincey como buen
escritor romántico, lo hizo sobre la soledad. Con la frase exageró: seguro que
la administración de hacienda británica se dirigió a él alguna vez. Nació el 15
agosto de 1785)
Y aunque la canción del vídeo es de la banda Opus, Live is Life la interpretó de maravilla Diego Armando Maradona.
El
ball que faltava
Cada
agost, en Miquel treia la Teresa a ballar quan sonava aquella cançó. No sabia
anglès, però cridava el na-na-na com si n’hagués escrit la lletra.
Aquell
any, ella arribà sola a la festa major. En sentir els primers acords, deixà la
bossa damunt d’una cadira i estengué els braços davant del buit.
—Vinga,
que comença.
Els
joves van riure. Després, sense saber per què, tota la plaça cantà amb ella.
En
acabar, la Teresa recollí la bossa.
—Ja
ho veus, Miquel. Encara no saben que ballaven amb tu.
ENTRE DOS PISOS
El
ascensor se detuvo entre el cuarto y el quinto con un temblor breve, casi
educado. Después se apagó la pantalla y quedó encendida una luz amarillenta que
nos hizo parecer más íntimos de lo que éramos.
Ella
pulsó la alarma. La voz del técnico prometió quince minutos, que en un ascensor
son una indiscreción.
Se
quitó el abrigo. Al doblarlo, su codo rozó mi camisa. Ninguno pidió disculpas.
Olía a lluvia atrapada en la lana y a algo cítrico que no supe identificar. Yo
me aflojé la corbata. Ella siguió el movimiento con los ojos y luego fingió
interesarse por los números apagados.
—¿Le
incomodan los espacios cerrados? —preguntó.
—Solo
cuando estoy solo.
Sonrió
sin mirarme.
Un
mechón le cayó sobre la mejilla. Lo apartó una vez. Volvió a caer. A la tercera
levanté la mano, pero me detuve antes de tocarla. Ella vio el gesto y no movió
la cabeza.
Entonces
el ascensor dio una sacudida. Su palma quedó apoyada sobre mi pecho. Noté la
presión de sus dedos, su respiración demasiado cerca y el silencio exacto en
que una desconocida deja de serlo.
La
cabina reanudó la marcha. Ella retiró la mano con lentitud.
Cuando
las puertas se abrieron, ninguno de los dos recordó enseguida que aquello era
lo que estábamos esperando.
«El mundo ya no puede
mantenerse unido; se desmorona.» (Esto que cualquiera de nosotr@s puede
suscribirlo hoy, ya lo dijo Ferdinand Friedrich Zimmermann nacido el 14 de
agosto de 1898; coqueteó con los nazis y fue un convencido antisemita aunque
hoy día para alguna izquierda “chupiguay” sería un mérito. Lo dicho: el mundo
se va a la mierda)
James Horner que hoy cumpliría 73 años se "hundió" a los 62 no como su Titanic que se fué a pique en su primer viaje.
La
promesa de tercera classe
A
tercera classe, en Miquel va prometre a l’Anna que, a Amèrica, tindrien
finestres. A coberta, els rics brindaven perquè el mar semblava haver après
modals. Quan el vaixell tremolà, ningú no interrompé l’orquestra: els pobres ja
coneixien aquell so; era el mateix que feia la vida abans d’enfonsar-los.
Ell
li donà l’abric i mentí:
—Només
és una maniobra.
L’Anna
li agafà la mà. A l’horitzó, Nova York continuava encesa dins dels seus ulls.
L’endemà,
només hi arribà la promesa.
EL SEGUNDO QUE FUE PRIMERO
Hoy
hablaremos de fútbol, ese lugar donde un hombre puede pasar de estorbo a
estatua en lo que tarda una pelota en cruzar una línea.
Ferran
Torres todavía es jugador del Barça. Digo todavía porque, en el fútbol moderno,
los contratos duran años, pero las fidelidades suelen caducar durante el
mercado de verano. Al parecer, el PSG está dispuesto a pagar cerca de cincuenta
millones de euros por él. Una de esas cantidades que ya no escandalizan a
nadie, quizá porque hemos perdido la noción del dinero o porque nunca la
tuvimos.
Ferran
llegó al Barça en enero de 2022 y ha completado cinco temporadas vestido de
azulgrana. No puede decirse que haya sido un fracaso, pero tampoco que haya
impuesto su autoridad en el área. Nunca fue ese delantero cuya presencia
obligaba al contrario a reorganizar la defensa y al aficionado a incorporarse
del asiento. Fue, más bien, un jugador intermitente: aparecía, desaparecía y,
cuando uno empezaba a echarlo de menos, regresaba para fallar una ocasión que
parecía más difícil enviar fuera que dentro.
La
afición, que puede perdonarlo casi todo menos la falta de puntería, lo
rebautizó como «Fallán Torres». En el fútbol, la crueldad suele caber en un
juego de palabras. Él prefería llamarse el Tiburón; algunos aficionados
sospechaban que se alimentaba de ocasiones de gol.
Tuvo
buenas rachas, marcó goles importantes y hasta terminó ofreciendo cifras
respetables. Conviene reconocerlo. Pero nunca llegó a consolidarse como
indiscutible. Vivió durante años en ese territorio incómodo reservado a los
jugadores que sirven para todo sin resultar imprescindibles para nada. Era el
hombre al que se recurría cuando el titular estaba cansado, lesionado o
necesitaba recordar que podía perder el puesto.
Y
entonces llegó la final del Mundial.
Espanya
contra Argentina. Minuto 106. Ferran saltó al campo desde el banquillo, como
tantas otras veces. La ironía también sabe confeccionar alineaciones. Recibió
el balón, disparó y, esta vez, la pelota entró.
Entró
en la portería y entró en la historia.
España
ganó su segundo Mundial y Ferran Torres dejó de ser, durante unas horas, aquel
delantero al que se le contaban los fallos para convertirse en un héroe
nacional. Los mismos que habían pronunciado «Fallán» con resignación comenzaron
a pronunciar «Ferran» con lágrimas en los ojos. El fútbol posee esa
extraordinaria capacidad para reescribir una trayectoria con una sola patada.
Después
llegó el problema.
Ferran
debió de pensar que quien marca el gol que decide un Mundial ya no puede
regresar al banquillo como si nada hubiera sucedido. Que los héroes merecen
reconocimiento. Que el Barça debía quererlo un poco más.
Y
todos sabemos que, en el fútbol profesional, querer significa minutos, años de
contrato y algún cero añadido a la nómina. Los besos al escudo son gratuitos;
el cariño verdadero acostumbra a negociarlo un representante.
No
se le puede reprochar que pretenda ganar más. Cualquiera de nosotros utilizaría
un éxito extraordinario para mejorar sus condiciones laborales, aunque la
mayoría no tenemos un PSG dispuesto a pagar cincuenta millones por sacarnos de
la oficina. Si alguien ofrece esa cantidad por Ferran, será porque su valor no
es una fantasía nacida durante la celebración del Mundial.
Pero
una cosa es marcar un gol histórico y otra convertirse, de repente, en un
jugador histórico.
El
Barça no puede valorar cinco temporadas por un disparo realizado con la
camiseta de la selección. Tiene que recordar los goles, pero también los meses
sin marcar; las buenas actuaciones, pero también las oportunidades
desperdiciadas; la entrega, pero también aquellas tardes en las que Ferran
parecía estar esperando el mismo partido que los espectadores.
Y la
afición tampoco debería fingir ahora una superioridad moral que no posee.
Cuando fallaba, se burlaba de él. Cuando marcó el gol del Mundial, se abrazó a
su gloria. Y cuando ha decidido marcharse, proclama que nadie lo echará de
menos.
Aquí
nadie es completamente inocente.
Ferran
no debe al Barça fidelidad eterna. El Barça tampoco le debe una renovación
sentimental. Y la afición tiene derecho a despedirlo sin lágrimas, aunque quizá
debería reconocer que durante una noche pronunció su nombre como si nunca antes
se hubiera reído de él.
Si
finalmente se marcha al PSG, no habrá minuto de silencio en el Camp Nou. Otro
delantero ocupará su sitio, la grada aprenderá un nuevo apellido y la camiseta
con el número siete aparecerá rebajada en las tiendas. El fútbol sabe fabricar
héroes, pero también liquidar sus existencias.
Ferran
Torres será recordado siempre como el hombre que marcó el gol del segundo
Mundial de Espanya. Eso ya no se lo quitará nadie.
En
el Barça, sin embargo, quedará un recuerdo más doméstico: el de un jugador que
fue primero durante una noche y segundo durante demasiadas tardes.
A
veces, una sola noche basta para entrar en la historia.
Lo
que no siempre basta es para cambiarla.
«El coste económico de
los delitos de cuello blanco probablemente sea varias veces mayor que el de
todos los delitos considerados habitualmente como el problema criminal» (La
frase de Edwin Hardin Sutherland nacido el 13 de agosto de 1883 para ser
sociólogo y criminólogo es de lo más acertada. Hoy los peores son los delitos
de cuello blanco que no los lavan nunca)
Y por estas fechas pero de hace 40 años irrumpió con fuerza una dama de rojo que nos cantó Chris de Burgh. Tiene más pero ninguna como esta.
La
dona de verd
Durant
quaranta anys, ell explicà que se n’havia enamorat perquè era l’única dona
vestida de vermell. Ho repetia als fills, als nets i fins i tot al metge que li
anuncià la ceguesa.
La
nit abans de morir, ella li confessà que aquell vestit era verd.
—Però
no em vas corregir.
—Em
va semblar poc romàntic espatllar la nit a un home tan guapo i tan daltònic.
Ell
somrigué. Havia construït tota una vida sobre un color equivocat.
Per
primera vegada, la va veure tal com era.