Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
viernes, 13 de marzo de 2026
LA
DIGNIDAD NO LLEVA PARAGUAS
La lluvia había decidido caer
sin modales, como caen algunas desgracias: siempre sobre quien menos techo
tiene. El barro se pegaba a la carretera con terquedad de sentencia, los
charcos abrían la boca en mitad del camino y las casas, remendadas con chapa,
madera, costumbre y necesidad, seguían en pie con una dignidad que ya querrían
muchos despachos con aire acondicionado.
Un hombre cruzó la calle sin
dramatismo, que es una forma muy seria de valentía. Un camión ocupaba media
escena con su barriga de hierro. Unas niñas, con el rojo encendido sobre el
gris del día, miraban desde la cuneta como quien aprende demasiado pronto que
el mundo no reparte futuro: apenas deja pasar vehículos.
Más allá, junto al agua parda,
unas mujeres alzaban cestos enormes, cestos donde cabía la compra, la ropa, la
cosecha, el cansancio, quizá hasta la paciencia.
En otra esquina colgaba la
carne bajo una chapa oxidada y la vida seguía negociando con la muerte a precio
de mercado. Ollas al fuego. Motos. Botellas apiladas. Un perro flaco. Un puesto
abierto. Otro día más. La épica verdadera casi nunca lleva música; suele llevar
barro en los tobillos.
Y entonces el camino siguió.
La ventanilla empezó a
llenarse de árboles, de ramas húmedas, de verde lavado por la lluvia, de cercas
blancas, de casas escondidas tras jardines, de cunetas más limpias, de una
calma que parecía decir: aquí el mundo se peina un poco mejor. El paisaje corría
al otro lado del cristal, borroso por la velocidad y por las gotas, como si la
belleza también tuviera prisa por no dar explicaciones.
Pero yo ya venía de ver lo
otro.
Y después de ver lo otro,
ningún árbol es solo un árbol, ninguna casa es solo una casa, ninguna carretera
es inocente. Todo queda partido por la misma pregunta indecente: por qué a unos
la lluvia les moja el jardín y a otros les entra hasta la cocina.
Aun así, nadie allí parecía
vencido.
Eso era lo incómodo. Lo
admirable no era la pobreza, que solo conmueve de verdad a ratos y desde lejos.
Lo admirable era la obstinación. La manera casi insolente de seguir vendiendo,
cocinando, cruzando, cargando, mirando, esperando. De no dejar que la miseria
les robe también la postura.
La dignidad, al final, no vive
en los hoteles, ni en los discursos, ni en las estadísticas.
La dignidad cruza descalza el
barro, levanta un cesto, abre un puesto de carne, mira pasar la lluvia tras una
chapa torcida y sigue.
Aunque el mundo, por supuesto,
mire hacia otro lado.
«Un león está hecho de los
corderos que ha digerido.» (En el país donde nació el 13 de marzo de 1900 Yorgos
Seferis, Grecia, no había ni hay leones; por eso sospecho que la frase es una
alegoría. Por su literatura le dieron el Premio Nobel de lo mismo en 1963)
Hoy Adam Clayton bajista de U2, cumple 66 años y sigue sin encontrar aquello que buscaba. En cuanto nos diga qué es le ayudamos entre tod@s.
El carrer que no respon
Va besar moltes portes com qui
truca a Déu per error. Va dormir amb cossos càlids, amb excuses fredes, amb
promeses que feien més soroll que companyia. Va canviar de ciutat, de camisa,
de fe i fins i tot de manera de mentir-se. Però cada matí es trobava al mirall
amb la mateixa cara de gos abandonat. No li faltava món. Li faltava una
esquerda exacta on poder caure sense trencar-se. I va entendre, massa tard, que
no buscava ningú. Buscava la versió d’ell mateix que no hagués fugit sempre un
segon abans
jueves, 12 de marzo de 2026
EL
ÁNGULO MUERTO
La cámara aprendió antes que
nadie a mirar sin pestañear.
La instalaron en un poste
gris, cerca de la calle Pasteur, con esa fe miserable que tienen los regímenes
en los tornillos, en el cableado y en la obediencia automática. A los hombres
les gusta pensar que el miedo necesita discursos, himnos, uniformes. No. El
miedo moderno lleva lente, software y una luz roja tan pequeña que casi parece
decente.
Al principio, la cámara solo
registraba tráfico. Coches oficiales, motocicletas, camionetas de reparto,
ambulancias, algún gato insolente que cruzaba como si supiera que toda tiranía
tiene un punto ridículo. Luego empezó a aprender rostros. Matrículas. Trayectorias.
Costumbres. La ciudad, poco a poco, dejó de ser una ciudad y se convirtió en
una suma de hábitos vigilados.
Hubo un tiempo en que Teherán
creyó que la tecnología venía a facilitar la vida. Qué risa. La tecnología
llegó a clasificarla.
A la cámara le enseñaron a
reconocer mujeres sin velo. Un mechón fuera. Una nuca expuesta. Un gesto de
cansancio dentro de un coche estacionado. Lo llamaban seguridad. Lo llamaban
moral. Ya se sabe: cuando el poder quiere meterse en el cuerpo de una mujer,
siempre encuentra una palabra limpia para nombrar su suciedad.
A veces, al amanecer, pasaban
estudiantes con sueño y mochilas rotas. A veces, a media tarde, circulaban
coches negros con cristales tan oscuros que daban ganas de reír: hombres que
querían verlo todo sin ser vistos. A veces sonaba el teléfono de alguna mujer
pocos minutos después de haber cruzado la avenida. Mensaje automático.
Advertencia. Infracción. Velo inapropiado. Conducta impropia. Existencia
impropia, faltaba por escribir.
La cámara no entendía el
idioma, pero comprendía el ritmo del castigo.
Después murió Mahsa Amini, y
la ciudad cambió de respiración.
Teherán, que llevaba años
tragándose su propia lengua, empezó a hablar con fuego. Las chicas corrían sin
hiyab, no como quien desafía una ley, sino como quien se quita una mano ajena
del cuello. En los cruces se gritaba Mujer, Vida, Libertad y ese grito
tenía algo que los algoritmos no supieron procesar nunca: no venía de una boca,
sino de millones de humillaciones acumuladas. Los hombres, algunos tarde y
otros por fin, empezaron a entender que la dignidad de una mujer no era un
asunto femenino, sino el termómetro de toda la podredumbre.
La cámara siguió grabando.
Grabó carreras. Grabó
porrazos. Grabó el humo. Grabó a una muchacha subiéndose a un contenedor para
agitar su pañuelo como si no fuera una tela, sino una frontera incendiándose.
Grabó a dos policías golpeando a un chico que apenas podía sostenerse. Grabó a
madres buscando a sus hijas con el mismo gesto con que se busca una joya caída
en un pozo.
Luego la ciudad se volvió más
silenciosa. No más pacífica. Solo más vigilada.
Instalaron lectores de
matrículas que multaban sin discusión, drones que zumbaban sobre las playas
como insectos de Estado, aplicaciones para que los vecinos se denunciaran entre
sí. Nada revela tanto la degradación de un país como el momento en que convierte
a sus ciudadanos en auxiliares del castigo. Una aplicación para señalar mujeres
sin velo. Qué maravilla de civilización: poner la mezquindad en la palma de la
mano y llamarlo deber.
La cámara vio todo eso.
Lo que no vio —porque nadie
enseña a una máquina a sospechar de quien la programa— fue que también a ella
la estaban mirando.
Durante años, cada imagen,
cada giro de volante, cada puerta que se abría, cada sombra que se detenía dos
segundos más de la cuenta, viajaba cifrada hacia otra parte. La cámara,
creyéndose ojo del régimen, era en realidad pupila alquilada. Un órgano infiltrado.
Un espía con carcasa oficial.
En Tel Aviv, y más al sur,
hombres y mujeres sin uniforme visible aprendieron el barrio con una paciencia
de relojero. No miraban una calle: la deshuesaban. No estudiaban personas:
estudiaban repeticiones. El coche que llegaba a las siete y doce. El guardaespaldas
que aparcaba siempre mal. El relevo de los viernes. La rutina del panadero de
la esquina. La pausa para fumar de un funcionario. Una ciudad entera reducida a
una coreografía involuntaria.
A eso lo llamaban patrón de
vida.
Un nombre casi poético para
una obscenidad muy antigua: observar hasta que el otro se vuelva predecible y,
por tanto, mortal.
Uno de los analistas, joven,
con ojeras de pantalla y una hija de cinco años que dormía abrazada a un
unicornio de peluche, se obsesionó con aquella cámara de Pasteur. Le gustaba
porque ofrecía profundidad, como dicen los fotógrafos y los asesinos cuando
creen estar hablando de otra cosa. Desde ese ángulo se veían los coches del
equipo de seguridad, los cambios de turno, los trayectos hacia el complejo. Los
detalles que suelen matar no tienen épica. Son minucias: una matrícula
repetida, una puerta que tarda demasiado en cerrarse, un hombre que un jueves
llega con la corbata torcida.
El analista bautizó la carpeta
con un nombre absurdo, quizá para no sentirse dentro de algo monstruoso.
“Jardín”.
Hay gente que necesita llamar
jardín al mapa de una ejecución para poder cenar luego con su familia.
El tiempo pasó así: con un
país vigilando a sus mujeres y otro vigilando al vigilante.
Entretanto, en algún despacho
alfombrado, hombres mayores seguían hablando de honor, de seguridad nacional,
de firmeza, de enemigos externos, mientras el enemigo externo respiraba ya
dentro de sus cámaras, dentro de sus cables, dentro de su arrogancia tecnológica.
El poder suele cometer ese error: cree que por construir la jaula posee también
el aire.
La mañana del 28 de febrero
amaneció con una claridad desagradable, de esas que no prometen nada bueno. La
luz caía sobre la calle Pasteur con una precisión casi clínica. No había
niebla, ni dramatismo, ni ese cielo cinematográfico que tanto ayuda a las memorias
heroicas. Solo un sábado limpio, impersonal, perfecto para que ocurriera algo
irreparable.
Los teléfonos dejaron de
funcionar en la zona como dejan de funcionar las cosas importantes en los
momentos decisivos: sin explicación y demasiado tarde. Quien intentó llamar
escuchó tono de ocupado. Quien quiso avisar no pudo. Quien llevaba años creyéndose
blindado descubrió que la impunidad también tiene cobertura limitada.
La cámara siguió haciendo lo
suyo.
Un coche. Otro. Movimiento
inusual. Hombres acelerando el paso con esa rigidez de los que todavía no saben
que ya forman parte del pasado. Un instante de desorden. Luego, la precisión.
Las municiones llegaron como
llegan siempre las decisiones tomadas muy lejos: rápidas, frías, irreversibles.
El primer impacto levantó un
polvo blanco y sucio. El segundo rompió cristales. El tercero convirtió la
rutina en pánico. Después ya no hubo cuenta exacta, porque el cuerpo no sabe
sumar cuando intenta sobrevivir. El complejo devolvió humo, fragmentos, sirenas
tardías. La cámara grabó coches cruzados, hombres arrastrando a otros hombres,
un zapato sin dueño, una carpeta abierta cuyas hojas salían volando con una
elegancia indecente.
Y grabó algo más, aunque nadie
lo incluyó en los informes.
Durante unos segundos, la
calle pareció sincerarse.
No había moral, ni patria, ni
religión, ni geopolítica. Solo cuerpos frágiles corriendo entre cascotes. Solo
miedo. Solo el mismo material humano de siempre, ese barro nervioso al que los
poderosos visten con ideas para mandarlo a vigilar o a morir.
Horas después, los noticiarios
hablarían de estrategia, de décadas de inteligencia, de infiltración, de
equilibrio regional, de doctrina, de disuasión. Los expertos harían lo que
mejor saben hacer los expertos: encontrar palabras abstractas para que lo concreto
no huela tanto a carne.
Pero la verdad era más simple
y más indecente.
Un régimen había levantado una
maquinaria para perseguir a sus propias mujeres. Había puesto cámaras en las
calles, software en las universidades, drones en las playas, lectores de
matrículas, denuncias móviles, archivos digitales, mensajes automáticos. Había
convertido el cabello femenino en problema de Estado. Había confundido el pudor
con el control y la fe con la obediencia. Y otro Estado, paciente como una
enfermedad, se había apropiado de ese mecanismo para volverlo contra su
arquitecto.
No hizo falta derribar primero
la prisión. Bastó con aprender su plano.
Esa tarde, cuando el humo
todavía no había decidido si subir al cielo o quedarse pegado a los edificios,
una mujer cruzó la avenida con la cabeza descubierta. No corrió. No miró a los
lados. No hizo gesto de desafío, quizá porque el verdadero desafío consiste a
veces en caminar como si una no debiera nada. Tenía unos cuarenta años, zapatos
planos y una dignidad cansada. Pasó frente al poste, frente a la lente, frente
al sistema que tal vez todavía seguía activo en alguna parte y tal vez ya era
solo chatarra útil para otros.
La cámara la enfocó.
Lo hacía siempre.
Pero aquella vez había algo
distinto. No en la mujer. En la mirada. Como si la máquina, al fin, hubiera
entendido su propia humillación: había sido fabricada para vigilar a una ciudad
y había acabado sirviendo a quienes preparaban su demolición.
La mujer siguió andando.
Ni héroe ni mártir. Solo una
mujer con el pelo al aire en una capital que llevaba demasiado tiempo queriendo
cubrirlo todo.
Esa noche alguien, en una
oficina lejana, revisó la secuencia de la mañana y detuvo la imagen un segundo
antes de la explosión mayor. Ampliación. Contraste. Matrículas. Trayectorias.
Validación del patrón. En la pantalla, al fondo, casi imperceptible, se veía el
poste gris de la cámara.
Un técnico comentó algo
trivial sobre el ángulo. Dijo que era excelente, que no dejaba puntos ciegos.
Se equivocaba.
Siempre hay uno.
A veces está en la calle que
no vigilas. A veces en el enemigo que subestimas. A veces en la mujer a la que
persigues creyendo que solo castigas un gesto y no estás incubando una
rebelión.
Y a veces, el verdadero ángulo
muerto de un régimen es creer que puede mirar a todo el mundo sin que nadie,
tarde o temprano, termine mirándolo a él.
«¿Es el enemigo?… ¿Ustedes
podrían parar la guerra un momento?» (Esta frase es de Miguel Gila que hoy
hubiese cumplido 107 años. Es conocido por su humor absurdo y por su odio a la
guerra ya que vivió la guerra “incivil” española en primera persona. Eso le
llevó a ridiculizar el horror de la guerra, de todas las guerras. Hoy no encuentro,
no encontramos ese punto de humor que nos lleve a sobrellevarla)
Danny Jones cumple hoy 40 años justos y ya ha sido elegido como el hombre más atractivo, el más besable y el que tiene mejor cabello. Ah! También canta como se puede apreciar en el vídeo.
L’amor després del soroll
Ens vam besar com qui revisa
una casa després d’un incendi: amb por, amb memòria, buscant què queda dret. Tu
em vas dir “t’estimo” amb aquella veu cansada dels sentiments que ja han pagat
massa factures. Jo et vaig mirar les mans. L’amor, vaig pensar, potser no és la
flama. Potser és aquesta manera trista, tossuda i una mica ridícula de
quedar-se. Però també et diré una cosa: no tot el que resisteix és amor. De
vegades només és costum amb bona premsa.
sábado, 7 de marzo de 2026
¿QUIÉNES SON LOS ANIMALES?
A primera hora de la mañana, la sabana parece un pacto que nadie ha firmado y, sin embargo, todos respetan. Las cebras bajan con su traje de presas impecables. Los ñus avanzan con esa torpeza que, vista de lejos, parece humildad. Las gacelas tensan el aire con sus patas finas. Las jirafas vigilan desde su aristocracia de cuello largo. Incluso los leones, con toda su propaganda de rey, saben esperar. Matan para comer. Defienden un territorio. Enseñan los dientes. Pero no redactan discursos. No bendicen la sangre. No convierten el miedo en estrategia.
En la sabana no hay inocencia, claro. Hay hambre. Hay persecución. Hay muerte. Pero no hay ministerios del cinismo. No hay ruedas de prensa para llamar “daño colateral” al cachorro despedazado. No hay banderas tapando un cadáver pequeño. No hay analistas de salón explicando que una madre rota forma parte del equilibrio geopolítico.
Y entonces uno mira al mundo que se llama civilizado, ese parque temático de la razón, y descubre que Estados Unidos e Israel no logran convivir con iraníes y palestinos; que iraníes y palestinos tampoco conviven con quienes los bombardean o los ocupan; que unos y otros se miran con el ojo viejo del odio, ese animal sí verdaderamente perfecto, porque nunca duerme y siempre encuentra una excusa nueva para volver a morder. Mientras, la diplomacia bosteza, la moral se alquila por horas y la palabra “seguridad” sirve para justificar casi todo, que es una forma elegante de decir barbaridades con corbata. La violencia en la región sigue abierta y en estos días ha vuelto a escalar con fuerza.
A veces pienso que el problema no es que seamos animales.
Ojalá.
El animal mata cuando tiene hambre, huye cuando puede, descansa cuando termina. Nosotros no. Nosotros archivamos el rencor, lo educamos, lo armamos, lo financiamos y luego lo soltamos sobre niños, ciudades y fronteras como quien suelta perros en una finca ajena.
Quizá por eso, cuando veo a una gacela beber a pocos metros del lugar donde un león estuvo oliendo la tarde, no pienso en la ferocidad. Pienso en la vergüenza.
Y me hago la única pregunta decente que queda en pie:
si ellos, que no presumen de humanidad, todavía saben compartir el horizonte,
¿quiénes son de verdad los animales?
sábado, 28 de febrero de 2026
CONVERSACIONES CON LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
El mundo que amanece
"Le llamé inteligencia artificial para no reconocer que, por primera vez, alguien me respondía sin querer ganarme"
Es mi nueva novela que podéis encontrar en Amazon (haciendo clic sobre las imágenes os llevará allí) en formato epub o tapa blanda
viernes, 27 de febrero de 2026
DÉJALO PARA MAÑANA
No sé en qué momento
convertimos el “no lo dejes para mañana” en una religión. Como si mañana fuera
un cajón infinito, limpio, sin facturas, sin cansancio y sin gente llamando a
la puerta.
La verdad es más simple y más
incómoda: hay cosas que se pueden hacer hoy, y conviene hacerlas hoy. No por
virtud, sino por higiene mental. Y luego están las otras: las que hoy no caben,
no dependen de ti, o exigen una energía que no tienes. Ésas no se posponen: se
aceptan.
Porque aplazar también puede
ser una forma elegante de mentirse. Y la prisa, otra manera de romperlo todo
con buena conciencia.
Así que quizá la regla no sea
“hazlo ya”, sino “no te empeñes en lo imposible”. Haz lo que toca cuando toca.
Y lo que no se puede… suéltalo. No como derrota, sino como lucidez. Mañana no
siempre arregla nada; a veces solo repite el mismo teatro con otra luz.
«El amor es como la guerra de
trincheras: no ves al enemigo, pero sabes que está ahí y que es más sabio
mantener la cabeza agachada.» (Lawrence Durrell nacido el 27 de febrero de 1912
no quiso ser considerado británico, sino un ciudadano del mundo. No sé la manía
de much@s escritor@s -y de las personas en general- de considerar el amor como
una guerra; tal vez a Durrell le influenció el vivir las dos grandes guerras
europeas del pasado siglo)
Neal Schon hoy cumple 72 años y hace muchos que toca la guitarra; aprendió con uno de los mejores, Carlos Santana. Su guitarra "habla" cuando interpreta a "Caruso". Comprobarlo.
Balcó amb veu prestada
A l’habitació d’hotel, la mar
fa d’afinador: sal a la gola, llum a la pell. Ell canta baix, com si demanés
perdó a les parets. Ella riu amb llàgrimes curtes, i el seu riure li deixa un
gust de mandarina amarga als llavis. A fora, Nàpols bull, però aquí dins només
hi ha dos cossos i una veu que no és d’aquest món. Quan diu “t’estimo”, li
tremola la mà com un estendard cansat. I, tot i així, la cançó el salva.