miércoles, 3 de junio de 2026

 

LA MOCIÓN QUE NO QUERÍA HACER LA MALETA


La agencia de viajes se llamaba Horizontes Democráticos, aunque desde fuera parecía más bien una gestoría triste. De esas donde uno entra a preguntar por un viaje a Praga y sale con la sensación de haber firmado una declaración de la renta.

Yo había entrado para mirar destinos baratos, sin mucho convencimiento. Más por entretener la tarde que por viajar a ninguna parte. En el escaparate había ofertas a Benidorm, Lisboa y Lourdes. Esta última, dadas las circunstancias del país, me pareció la más realista.

Dentro había cola. Tres asesores con traje oscuro, una señora que hojeaba un folleto de la Toscana y un hombre que sujetaba bajo el brazo una carpeta blanca con una palabra escrita en grande: Moción.

No hacía falta ser muy listo para entender que aquel hombre no iba a preguntar por un fin de semana romántico.

—Siguiente —dijo la chica del mostrador.

El hombre avanzó. Los asesores avanzaron con él, pero un poco por detrás, como si no quisieran aparecer demasiado en la foto de la responsabilidad.

—Querría información sobre un viaje —dijo.

La empleada, joven, con gafas y cara de haber visto ya demasiadas cosas para su edad, puso los dedos sobre el teclado.

—Destino.

El hombre dudó.

—Waterloo.

La señora de la Toscana levantó la vista del folleto. El silencio hizo lo suyo. Incluso la impresora, que estaba tragándose una hoja con dificultad, pareció detenerse por respeto o por vergüenza ajena.

—¿Waterloo, Bélgica? —preguntó la empleada.

—Sí. Bueno. No exactamente. Es una consulta.

—¿Quiere viajar o solo quiere que parezca que está dispuesto a viajar?

Uno de los asesores tosió. Tosió como se tose en política: para ganar tiempo, no aire.

—Mire —dijo el hombre—, yo necesito saber qué opciones hay para ir sin ir del todo.

La chica lo miró.

—Eso no lo tengo en el sistema.

—Pues debería. Es una necesidad bastante frecuente.

—¿Billete de ida y vuelta?

—Más bien de ida y titular.

La empleada tecleó algo. Luego miró la carpeta.

—¿Viaja con equipaje?

—Lo normal.

—¿Maleta?

—Insultos.

—¿Perdón?

—Insultos antiguos. Cosas dichas en mítines, entrevistas, ruedas de prensa. Ya sabe. Lo habitual.

—Eso cuenta como exceso de equipaje.

—No puede ser. En España siempre ha viajado gratis.

La chica respiró hondo. Se notaba que le pagaban poco para según qué conversaciones.

—Aquí me sale una incidencia. Si usted quiere negociar en Waterloo, no puede facturar según qué palabras y luego presentarse en el mostrador como si viniera con flores.

—No voy con flores. Voy con una moción.

—Peor me lo pone.

El hombre apretó la carpeta contra el pecho. Detrás, los asesores miraban los folletos con un interés repentino. Uno fingía leer una oferta de crucero por el Danubio. Otro observaba un mapa de Bélgica con la concentración de quien busca una salida de emergencia.

—Yo no puedo ir allí —dijo el hombre al fin—. Compréndalo. ¿Qué dirían los míos?

—No sé quiénes son los suyos hoy.

La frase cayó sobre el mostrador sin levantar la voz. Fue peor así.

La señora de la Toscana cerró el folleto despacio. Yo hice como que miraba una oferta a Oporto, pero me quedé escuchando, naturalmente. Uno tiene principios, pero tampoco hay que exagerar.

—Los míos son los míos —respondió él.

—Claro —dijo la empleada—. El problema es que para este destino el sistema pide coherencia mínima.

—¿Y eso cuánto cuesta?

—Muchísimo.

—Entonces descarte esa tarifa.

La chica giró la pantalla un poco hacia él.

—Hay otra opción más económica. Usted anuncia que quiere presentar una moción, pide apoyos por televisión, exige elecciones, dice que la culpa es del Gobierno, de Puigdemont, de los socios, de la aritmética parlamentaria y, si se complica mucho la tarde, hasta del tiempo. Luego espera a que alguien le diga que no, y ya puede explicar que no se dan las condiciones.

El hombre pareció aliviado.

—Esa opción me resulta familiar.

—Sí. Es la más contratada.

—¿Incluye rueda de prensa?

—Dos.

—¿Y gesto grave?

—De serie.

—Perfecto.

—Pero tiene un pequeño inconveniente.

—¿Cuál?

—Que se nota.

Ahí el hombre dejó de sonreír. No mucho. Lo justo para que se le viera el cansancio. No el cansancio noble de quien ha trabajado demasiado, sino ese otro cansancio de quien lleva meses repitiendo una frase y empieza a sospechar que la frase ya no trabaja para él.

En ese momento entró un mensajero con casco de moto. Traía una carpeta amarilla.

—Paquete para el señor de Waterloo.

Nadie preguntó quién era. Todos lo sabíamos.

El hombre abrió la carpeta. Dentro había un espejo pequeño y una nota escrita a mano:

Las ofertas serias se hacen mirando a la cara.

Lo cerró enseguida.

—Esto es una provocación.

—Puede ser —dijo la empleada—. Pero también puede ser un espejo. A veces se parecen bastante.

Los asesores se movieron inquietos. Uno miró el reloj. Otro consultó el móvil. El tercero tenía la expresión de quien está calculando si todavía queda alguna salida por la puerta del baño.

—Lo pensaré —dijo el hombre, recogiendo su moción.

—¿Le reservo el billete?

—No. De momento seguiré pidiendo elecciones.

—¿Desde dónde?

—Desde donde pueda.

Y se marchó. La carpeta bajo el brazo, los asesores detrás, la cabeza alta y los pies quietos, que es una postura muy española para afrontar los viajes incómodos.

La empleada me miró entonces.

—¿Y usted?

—Yo venía a preguntar por un destino tranquilo.

—No me queda ninguno.

—¿Ni fuera de España?

—Fuera sí. Pero luego hay que volver.

Salí de la agencia sin comprar nada. En la acera hacía sol. Un sol vulgar, de miércoles, sin épica y sin comunicado oficial.

Al pasar junto al escaparate, vi reflejada la carpeta blanca del hombre alejándose calle abajo. Durante un segundo me pareció que la moción caminaba sola, arrastrando una maleta vacía, buscando un taxi hacia un aeropuerto donde nadie tuviera que embarcar de verdad.

Y pensé que quizá el problema no era Waterloo.

Quizá el problema era que aquí todo el mundo quiere llegar a alguna parte sin moverse del sitio.

«Nunca he pedido los adornos de los cargos; prefiero hacer guardia y trabajar como el soldado más humilde por la seguridad del emperador.» (El autor de la frase es Sejano que nació el 3 de junio del año 20 a. de C. Suena humilde, pero huele a ambición envuelta en uniforme limpio es decir, bien podría haberla suscrito Leire Díaz  o de su entorno. Adivinar quién es el emperador)

Michael Clarke baterista de The Birds nació el 3 de junio de 1946 y se fue a la habitación de al lado 27 años después. No me consta que pertenezca al excelso club de los 27 pero, en el más allá, no creo que le pidiesen acreditaciones. La canción que es de 1965 parece hecha compuesta por el mismo Nuñez Feijó: Gira, gira y gira.


L’ofici de girar

Quan la mare va morir, l’avi va deixar de reparar rellotges. Deia que el temps també es cansava de donar explicacions. Al taller, les agulles dormien en capses petites, com insectes de llautó. Un dia, la néta va entrar plorant perquè l’havien deixada. Ell va obrir un rellotge vell i li va donar una roda dentada.

—Guarda-la.

—Per què?

—Per recordar que tot gira, fins i tot el dolor.

Ella el va abraçar. A fora, la primavera feia veure que no sabia res.


martes, 2 de junio de 2026

 

EL ÚLTIMO CALMANTE


A mi padre, en los últimos días, dejaron de visitarlo los médicos y empezaron a visitarlo los muertos.

No lo digo en plan místico. En la habitación seguían entrando enfermeras con zuecos blandos, auxiliares con cara de final de turno y un oncólogo que hablaba como si cada frase tuviera que pedir permiso. Pero mi padre, que ya casi no podía con su cuerpo, empezó a dormirse de otra manera. Dormía hondo, con una expresión rara de hombre que por fin ha encontrado algo. Y al despertar no preguntaba por la morfina ni por el agua ni por la hora. Preguntaba por su madre.

—Ha estado aquí —decía.

Su madre llevaba cuarenta años muerta.

También habló de un hermano al que perdió de niño, de un perro que tuvo en el pueblo, de una verbena de agosto y de una mujer con vestido azul que yo no conocí, pero que por la forma en que sonreía al nombrarla debió de enseñarle algo importante sobre la vida o sobre el deseo, que a veces es casi lo mismo.

Mi hermana decía que eran alucinaciones. Yo también lo pensé. El cerebro, acorralado por el dolor y por el miedo, haciendo sus fuegos artificiales de despedida. Una descarga final de memoria emocional. El viejo truco neurológico de envolver el espanto con papel de regalo. Nada sobrenatural. Solo química, electricidad y nostalgia trabajando horas extra.

Pero una noche me pidió que le incorporara un poco la almohada. Miró hacia la butaca vacía que había junto a la ventana y me dijo, muy serio, casi ofendido:

—No pongas esa cara. La gente viene a buscar a quien quiere.

Luego se quedó dormido con una paz que no le había visto en meses. Ni siquiera respiraba como un enfermo terminal. Respiraba como un hombre que ya no tenía que defenderse de nada.

Yo me senté a su lado y entendí algo que no me gustó, quizá porque era verdad: cuando la muerte se acerca, el cerebro no se vuelve religioso; se vuelve doméstico. No abre puertas al más allá. Abre cajones. Saca voces, olores, manos antiguas, tardes intactas. Reúne a los nuestros en silencio y nos los pone alrededor de la cama para que el miedo no entre solo.

Mi padre murió dos días después.

Desde entonces, cuando alguien habla del viaje al otro lado, yo asiento por educación.

Pero en el fondo creo otra cosa.

Creo que, al final, no nos salva la fe.

Nos salva la memoria haciendo de anestesia.

«Hay que corregir lo extraño, pero conservar lo espontáneo.» (La frase de Segismundo Moret nacido el 2 de junio de 1833 es magnífica: educar no quiere decir domesticar hasta dejar a todos igual de obedientes y aburridos. Es lo que dijo)

Marvin Hamlisch (2 de junio de 1944 a 2 de agosto de 2012) se pasó toda su vida profesional componiendo y recibiendo premios por ello: los Grammy, Emmy, Tony y Oscar por "Tal como éramos" y "El golpe" (geniales ambas). Con la del vídeo, sorpresivamente, ganó el Pulitzer. 


El pas que faltava

A la prova tots somreien igual, com si la felicitat vingués amb instruccions i mitges brillants. La Marta va oblidar la coreografia al tercer gir. Va quedar-se quieta, sola, mentre la resta picava el terra amb dents de claqué. El director va aixecar una cella.

—Continua.

Ella va fer un pas petit, seu, ridícul i perfecte. No servia per a la línia. Massa humana, potser.

La van descartar.

Aquella nit, davant del mirall, va aplaudir-se sense públic. I va sonar millor.


lunes, 1 de junio de 2026

 

SI FOS…


Si fos sol, seria calor que insisteix.
Si fos lluna, seria llum que acompanya.
Si fos planeta, seria Mercuri: ràpid, prop del foc.
Si fos cel, seria blau sense coartades.
Si fos au, seria ala i salt.
Si fos mar, seria escuma que torna.

Si fos muntanya, seria neu que no demana permís.
Si fos cançó, seria lletra que et nomena sense dir-te.
Si fos llibre, seria argument amb batec.
Si fos dia, seria color a la pell.
Si fos veu, seria xiuxiueig que desarma.
Si fos paraula, seria carícia sense teatre.
Si fos nit, seria penombra amb refugi.
Si fos ball, seria ritme a la cintura.
Si fos espai, seria aire per respirar amb tu.

Si fos petó, seria humit i veritat.
Si fos carícia, seria frec que desperta.
Si fos sentiment, seria sensibilitat sense armadura.
Si fos món, seria pau amb esquerdes humanes.
Si fos fletxa, seria Cupido amb mala punteria.
Si fos himne, seria “Imagine”, però en veu baixa.
Si fos mag, seria il·lusió amb conseqüències.
Si fos poeta, seria rima que no presumeix.

Si fos passat, seria present.
Si fos present, seria futur.
Si fos futur… seria, sense dubtar-ho, passat.

Si fos substància, seria ànima.
Si fos cor, seria batec que es nega a rendir-se.
Si fos governant, seria súbdit: per aprendre.
Si fos record, seria ella.
Si fos ella, seria ell.
Si fos tot, seria res.
Si fos fruita, seria raïm madur.
Si fos fuet, seria ploma.
Si fos heroi, seria perdedor… dels que tornen.

…Si fos humà, m’agradaria ser persona.

¡T’esperem aviat Sofía!

«La moralidad no asegura el funcionamiento de una sociedad, sino la humanidad de los seres humanos.» (La frase es del filósofo Jan Patočka nacido el 1 de junio de 1907 y ferviente anticomunista. Está de actualidad y nos viene a decir que la moral no está para que el sistema vaya fino, como un ascensor recién revisado; está para que las personas no se conviertan en piezas)

Karen Mulder dejó las pasarelas por la música; de pasarelas sabía un rato. De música tuvo que cantar canciones de otras: en este caso de la reina de las discotecas, Gloria Gaynor que popularizó un tema de George Hearn. Karen cumple hoy 56 espléndidos años.

La pell sense excuses

Va passar mitja vida demanant permís per ocupar la seva pròpia cadira. Somreia quan tocava, callava quan convenia, s’empassava els noms que li penjaven com abrics molls. Una tarda, davant del mirall, es va treure la corbata, la por i dues opinions alienes. No va veure un heroi. Va veure algú cansat de fer de versió corregida.

Va sortir al carrer amb els llavis pintats de veritat.

I ningú no va aplaudir.

Millor.

Per fi no actuava.


domingo, 31 de mayo de 2026

 ¿PARA CUÁNDO EL DÍA MUNDIAL SIN REDES SOCIALES?


Nos vendieron el tabaco como elegancia y las redes sociales como libertad. En ambos casos el truco era el mismo: disfrazar una dependencia de elección personal. Antes el gesto era sacar un cigarrillo, llevarlo a la boca, encenderlo con una cierta pose de adulto interesante. Ahora el gesto es sacar el móvil, bajar el dedo, entrar en la pantalla con la misma liturgia triste del que busca algo y casi nunca sabe qué. Cambia el objeto, pero no la ceremonia. Cambia la época, pero no la trampa.

El tabaco dejaba olor en la ropa, en los dedos, en las cortinas, en los pulmones. Las redes sociales dejan otro tipo de humo: ansiedad, comparación, necesidad de aprobación, miedo a desaparecer si nadie te mira. Uno te iba consumiendo el pecho; las otras te van ocupando la cabeza. Uno amarilleaba los dientes; las otras te blanquean la vida hasta volverla irreconocible, como si vivir fuera parecer feliz en lugar de serlo. Ambos negocios entendieron antes que nadie una verdad indecente: el ser humano soporta mal el vacío y paga caro cualquier cosa que le prometa llenarlo.

Durante años, las tabacaleras negaron lo evidente. Dijeron que no había pruebas concluyentes, que la gente fumaba porque quería, que cada uno era dueño de sus vicios. Suena familiar. Hoy las grandes plataformas dicen algo parecido con mejor diseño y peores modales: que ellas solo ofrecen herramientas, que el usuario decide, que la responsabilidad está en el uso. Es una coartada de manual. Como si la máquina tragaperras pudiera declararse inocente porque nadie obliga a meter la moneda. Como si diseñar una dependencia no tuviera nada que ver con que esa dependencia exista.

También hay una coincidencia más incómoda: ambas industrias necesitaron tiempo para normalizar el daño. El tabaco se coló en el cine, en la publicidad, en las sobremesas, en el prestigio. Las redes se han colado en la infancia, en la cama, en el aula, en el tedio, en la autoestima. No entraron por la fuerza; entraron por seducción. Y casi siempre es así como se instalan las cosas que más cuesta expulsar: primero te acompañan, luego te ordenan, al final te administran.

La diferencia quizá sea esta: el fumador acababa sabiendo que fumaba. En cambio, mucha gente entra en las redes convencida de que simplemente se informa, se distrae o se relaciona. No percibe el momento exacto en que deja de usar la herramienta y pasa a ser usada por ella. Con el tabaco el cuerpo avisaba con tos, fatiga, ahogo. Con las redes los síntomas son más silenciosos y por eso más eficaces: incapacidad para aburrirse, atención hecha migas, necesidad constante de estímulo, tristeza sin nombre, irritación, insomnio, esa rara sensación de estar siempre acompañado y cada vez más solo.

Ni el tabaco ni las redes triunfaron solo por el producto. Triunfaron porque entendieron una debilidad humana y construyeron un negocio alrededor. El primero explotó la ansiedad del cuerpo. Las segundas explotan la del alma, que es más rentable y da peor prensa reconocerla. Por eso cuesta tanto discutirlas con honestidad: porque no solo nos perjudican, también nos consuelan. Y uno siempre defiende con una pasión absurda aquello que lo hiere y al mismo tiempo lo calma.

Tal vez el verdadero paralelismo sea ese. No que ambos maten del mismo modo, sino que ambos hicieron fortuna convirtiendo una necesidad humana en dependencia industrial. El tabaco se alimentó del nervio. Las redes, del desamparo. Y en los dos casos hubo una mentira central, repetida hasta el cansancio: que el problema estaba en la debilidad del consumidor y no en la codicia del vendedor.

Hemos tardado décadas en admitir que fumar no era una costumbre inocente envuelta en humo. Ahora empezamos a sospechar que mirar la pantalla tampoco es un gesto neutral envuelto en luz. El cigarrillo prometía calma y dejaba enfermedad. Las redes prometen conexión y a menudo dejan ruido, comparación y hambre de más. No sé si hemos cambiado tanto. Solo hemos sustituido la nicotina por el dedo pulgar. Y seguimos llamando libertad a aquello que, si nos lo quitan, nos pone nerviosos.

«Ahora que ya no estoy, os digo: no fuméis. Hagáis lo que hagáis, no fuméis.» (Yul Brynner Actor ruso-estadounidense, célebre por El rey y yo. Murió de cáncer de pulmón y dejó grabado un anuncio antitabaco que se emitió tras su muerte)

Y el "padre" del fútbol moderno, Johan Cruyff, también nos advirtió. Much@s recordaréis este anuncio.


sábado, 30 de mayo de 2026

 

RECURSO DE AMPARO CONTRA MÍ MISMO


El día que me denuncié a mí mismo, el juzgado ya estaba abierto.

No me sorprendió. Uno, con los años, aprende que los tribunales importantes no cierran nunca. Ni en agosto. Ni los domingos. Ni siquiera cuando uno se toma una copa de vino y decide, con una solemnidad bastante ridícula, que a partir de mañana será una persona distinta.

El mío estaba en el pecho, justo detrás de una costilla que crujía cuando subía escaleras. Tenía sala de vistas, ujier, fiscal, abogado defensor y un juez con cara de haber nacido cansado. Todos se parecían a mí, lo cual facilitaba mucho los trámites y complicaba bastante la esperanza.

—Se abre la sesión —dijo el juez, golpeando la mesa con una cucharilla de café.

Yo estaba sentado en el banquillo. Llevaba el traje oscuro de las ocasiones importantes: entierros, bodas ajenas y reuniones donde uno sabe que le van a pedir algo que no quiere dar.

—Se acusa al procesado —empezó el fiscal— de haber callado cuando debía hablar, de haber hablado cuando debía callar, de haber querido tarde, de haber perdonado mal y de haber pedido perdón con cara de factura vencida.

El público murmuró.

En la primera fila estaban mis antiguos amores, mis errores administrativos, dos amigos perdidos por orgullo y mi madre, que no decía nada, pero movía la cabeza con esa precisión cruel con la que las madres resumen un expediente entero.

—También se le acusa —añadió el fiscal, relamiéndose— de haberse comparado constantemente con los demás, de haber confundido prudencia con miedo y de haber llamado “carácter” a lo que muchas veces era simple cobardía con chaqueta.

Mi abogado defensor se levantó. Era una versión mía más joven, con pelo, fe y una corbata imposible.

—Protesto, señoría.

—¿Por qué?

—Porque todo eso es verdad, pero contado así parece grave.

El juez se ajustó las gafas.

—La verdad casi siempre parece grave cuando se lee en voz alta.

No pude evitar pensar que aquel juez interior tenía frases buenas. Lástima que las usara siempre contra mí.

El juicio llevaba años celebrándose. A veces se aplazaba por vacaciones, trabajo, cenas familiares o pequeñas distracciones modernas: mirar el móvil, opinar de política, comprar cosas innecesarias por internet. Pero siempre volvía. Bastaba una frase escuchada en la calle, una foto antigua, una canción en un taxi, la mano de alguien que ya no estaba.

Y entonces el tribunal reaparecía con su toga invisible.

—Llamen al primer testigo —ordenó el juez.

Entró Laura.

No era exactamente Laura. Era la Laura que yo recordaba, que no siempre coincidía con la real. Tenía veintinueve años, los ojos encendidos y aquella manera de mirar como si cada silencio fuera una habitación sin ventanas.

—¿Reconoce al acusado?

—Sí —dijo ella—. Era experto en llegar tarde incluso cuando estaba sentado delante.

Hubo risas.

—Objeción —dijo mi abogado—. Eso es una metáfora.

—Se admite —respondió el juez—. Aquí juzgamos principalmente metáforas.

Laura me miró. No había odio. Eso fue lo peor. El odio al menos tiene música de guerra. Lo suyo era otra cosa: una distancia limpia, como una sábana tendida donde ya no queda olor de nadie.

—Yo solo quería que estuviera —dijo.

Bajé la cabeza.

El fiscal sonrió. Había ganado medio juicio con una frase sencilla. Los fiscales interiores son así: no necesitan pruebas, les basta con escoger bien el recuerdo.

Luego declaró mi hijo adolescente, aunque ya tenía treinta y tantos. Declaró mi padre muerto. Declaró aquel socio al que envidié sin admitirlo. Declaró incluso un camarero de Sants que una noche me oyó decir “no pasa nada” con la cara exacta de que pasaba todo.

Mi abogado defensor sudaba.

—Mi cliente no es malo —dijo por fin—. Solo ha estado muchas veces asustado.

El fiscal soltó una carcajada seca.

—Qué bonito. Propongo que sustituyamos el Código Penal por un cojín emocional.

—No estaría mal —murmuró alguien desde el fondo.

Era mi terapeuta. O mi conciencia disfrazada de terapeuta. En aquel tribunal nunca se sabía quién venía contratado y quién venía de serie.

El juez pidió silencio.

—El acusado puede decir la última palabra.

Me levanté. Noté la madera bajo los zapatos, el aire tibio, la garganta llena de expedientes mal cerrados.

Podría haber negado algo. Podría haberme defendido con esa dignidad barata que usamos cuando ya no tenemos argumentos. Podría haber dicho que hice lo que pude, que bastante tenía, que nadie me enseñó, que la vida no trae manual y que, además, algunos manuales los escriben idiotas.

Pero estaba cansado.

Cansado de ganar absoluciones pequeñas y perder la paz entera.

—No pido que me declaren inocente —dije—. Eso sería excesivo, incluso para mí.

El juez levantó una ceja.

—¿Entonces?

—Pido dejar de repetir el juicio.

El fiscal se puso en pie.

—¡Eso es inadmisible! Sin juicio no hay control. Sin culpa este hombre podría empezar a vivir alegremente. Imaginen el precedente.

—Tiene razón —dije—. Sería peligroso.

Alguien en la sala rió. Creo que fui yo, pero no estoy seguro.

—No quiero borrar lo que hice —continué—. Quiero recordarlo sin convertirme cada noche en verdugo de guardia. Quiero escuchar a los testigos, sí. Pero no dejar que vivan en mi casa, coman de mi nevera y me cambien el canal de la televisión.

Mi abogado defensor me miró como si por fin hubiera encontrado cliente.

El juez permaneció callado. Después tomó la cucharilla y la dejó sobre la mesa con cuidado. No golpeó. Solo la dejó. Y ese sonido mínimo, casi doméstico, fue más solemne que cualquier sentencia.

—Este tribunal —dijo— no puede absolverle.

Asentí. Lo esperaba.

—Pero puede jubilarse.

El fiscal palideció.

—Señoría…

—Cállese. Lleva demasiado tiempo hablando.

El público empezó a desvanecerse. Laura fue la última en irse. Antes de desaparecer, me sonrió apenas. No como quien perdona. Más bien como quien deja de esperar una explicación.

Cuando abrí los ojos, estaba en mi cocina. Eran las seis y media de la mañana. La ciudad empezaba a fingir que sabía adónde iba.

En la mesa había una hoja doblada.

La abrí.

No decía “inocente”.

Tampoco decía “culpable”.

Solo ponía:

Visto para vivir.

«La verdadera vida es reflexión sobre sí misma.» ( Para Giovanni Gentile nacido el 30 de mayo de 1874 vivir no sería solo actuar, sino saberse actuando. GG era el principal ideólogo del fascismo. Por ese motivo lo asesinaron los comunistas el 15 abril de1944)

Cuando una canción me  gusta no hay aniversario ni deceso que se abra paso en estas páginas. Hoy me tropecé con Brian May (Queen) y su "Too Much Love Will Kill You" (Demasiado amor te matará). Preciosa.


L’excés

Va estimar tres vides alhora: la que tenia, la que havia promès i la que encara li feia tremolar les mans.

Cada nit repartia el cor com qui talla pa sec: una engruna per a la culpa, una altra per al desig, l’última per fingir que tot era normal.

Quan finalment va triar, ja no quedava ningú a l’altra banda.

Només ell, amb tant d’amor dins, que no li cabia ni la respiració.