DESPUÉS DEL MATCH

La
aplicación dice que Clara y yo somos compatibles en un ochenta y siete por
ciento.
No
sé qué ha ocurrido con el trece restante. Tal vez ella madruga los domingos.
Tal vez yo ronco. Tal vez uno de los dos considera que las croquetas congeladas
son croquetas. Hay incompatibilidades que no deberían descubrirse cuando ya se
ha firmado una hipoteca.
Hicimos
match el martes a las once y treinta y siete de la noche. Lo sé porque
la aplicación conserva la hora exacta. Antes, uno recordaba dónde había
conocido a alguien: en una fiesta, en el trabajo, en el entierro de un pariente
especialmente sociable. Ahora conservamos el momento administrativo en que dos
desconocidos se autorizaron mutuamente a dirigirse la palabra.
Primero
miré sus fotografías.
En
una aparecía en la playa. En otra, abrazada a un perro. En la tercera sostenía
una copa de vino y miraba hacia un lugar situado fuera del encuadre, como si
allí estuviera esperándola el hombre que todavía no había encontrado. Amplié la
imagen por si era yo.
No
era.
Después
leí su descripción:
«Me
gusta viajar, reír y disfrutar de las pequeñas cosas».
Una
declaración valiente. Hasta ahora no he conocido a nadie que confiese que
detesta viajar, procura no reírse y solo disfruta de acontecimientos de gran
envergadura.
Le
escribí:
—Hola,
Clara. ¿Qué tal?
Diez
minutos después me respondió:
—Bien,
¿y tú?
Y
así comenzó nuestra historia: dos seres humanos fingiendo que aquella
conversación no había sido utilizada ya por varios millones de personas.
Durante
tres días hablamos de cine, de restaurantes, de ciudades visitadas y de las
virtudes del café sin azúcar. Ninguno mencionó sus neurosis, sus operaciones
quirúrgicas ni a las personas que todavía viven dentro de nosotros sin pagar
alquiler. En las aplicaciones uno no miente exactamente. Se limita a presentar
la versión reformada de sí mismo, recién pintada y sin humedades visibles.
Al
cuarto día le propuse vernos.
Clara
eligió una cafetería céntrica, con terraza, camareros y mucha gente alrededor.
Cuando llegó, vi que enviaba un mensaje antes de sentarse.
—Le
he dicho a una amiga que ya estoy aquí —explicó.
Yo
había avisado a un amigo para presumir de que tenía una cita. Ella había
avisado a una amiga para que supiera dónde encontrarla si algo salía mal.
Los
dos habíamos quedado con un desconocido, pero no acudíamos a la misma clase de
peligro.
Aquello
me quitó las ganas de hacer uno de mis chistes. Afortunadamente, solo durante
unos minutos.
Había
leído un estudio sobre lo que sucede después del match. Seiscientas
sesenta y siete personas examinadas, una media de once citas presenciales, unos
cuantos besos, relaciones sexuales con tres personas y apenas dos parejas
estables. El amor convertido en un embudo estadístico.
Se
lo conté.
—Entonces
tú ¿por qué número vas? —preguntó Clara.
—Prefiero
no saberlo.
—Eso
dicen todos los que llevan mal la contabilidad.
Nos
reímos.
No
ocurrió nada extraordinario. No se detuvo el tráfico. Nadie empezó a tocar el
violín. No descendió una luz sobre nuestra mesa para confirmar el ochenta y
siete por ciento de compatibilidad.
Ella
retiraba las aceitunas de la ensalada y las dejaba ordenadas en el borde del
plato. Yo hablaba demasiado cuando estaba nervioso. En un momento se quedó
callada, mirándome, y pensé que había perdido el interés.
—En
persona pareces más cansado —dijo.
No
era el cumplido que esperaba.
—Tú
pareces menos segura.
Tampoco
era el que esperaba ella.
Nos
quedamos en silencio. Por primera vez durante la cita ninguno intentó venderse.
Dos productos con el embalaje abierto, las instrucciones perdidas y alguna
pieza sobrante.
A
partir de ahí empezamos a hablar de verdad.
Me
contó que llevaba dos años separada. Que al principio había entrado en la
aplicación buscando amor, después sexo, más tarde conversación y últimamente ya
no sabía muy bien qué buscaba. Yo le confesé que algunas noches deslizaba
perfiles sin intención de conocer a nadie. Solo quería comprobar que todavía
podía gustarle a una mujer situada a menos de veinte kilómetros.
La
aplicación llamaba a eso «buscar pareja».
Nosotros
lo llamamos sentirnos un poco menos solos.
Al
despedirnos no hubo beso. Nos acercamos, dudamos y terminamos dándonos un
abrazo lateral, esa maniobra torpe con la que dos cuerpos reconocen una
posibilidad sin asumir todavía sus consecuencias.
Volví
a casa convencido de que la cita había ido razonablemente bien. A los pocos
minutos recibí su mensaje:
«Ya
he llegado».
Nada
más.
Estuve
a punto de preguntarle si quería volver a verme, pero decidí esperar. No
demasiado para no parecer frío. No tan poco para no parecer desesperado. El
deseo contemporáneo exige dominar el cálculo infinitesimal.
La
aplicación, mientras tanto, me mostró otros perfiles.
Una
mujer que adoraba los atardeceres. Otra que buscaba a alguien «sin mochilas
emocionales», como si a ciertas edades pudiéramos presentarnos únicamente con
equipaje de mano. Una tercera tenía una compatibilidad del noventa y uno por
ciento.
Cuatro
puntos más que Clara.
Mi
dedo se quedó suspendido sobre la pantalla.
Ahí
comprendí el verdadero negocio. La aplicación no vive de que encontremos a
alguien. Vive de que sospechemos que, un poco más abajo, existe alguien mejor.
Más guapo, más divertido, más cercano, más disponible. Una persona sin
silencios incómodos, sin aceitunas apartadas en el plato y sin un pasado que
haya que aprender a respetar.
Cerré
la aplicación y escribí a Clara:
«¿Volvemos
a vernos?».
Tardó
veintisiete minutos en responder. También lo sé porque, mientras aguardaba,
miré el teléfono cuarenta y tres veces.
«Sí.
Pero esta vez sin estadísticas».
Llevamos
seis meses juntos.
La
aplicación continúa instalada. Ninguno de los dos se ha atrevido a borrarla. No
porque sigamos buscando, sino porque eliminarla sería reconocer que esto va en
serio, y todavía conservamos esa prudencia sentimental de quienes han aprendido
que el amor puede terminar incluso después de haber aceptado todas las
condiciones de uso.
El
otro día el teléfono me preguntó si deseaba reactivar las notificaciones.
Le
respondí que no.
Porque
el problema nunca fue conseguir un match. El problema empieza cuando
encuentras a alguien y debes decidir si dejas de seguir buscando.
«El viejo prejuicio
metafísico de que el hombre “siempre piensa” aún no ha desaparecido; yo creo
que piensa muy poco y muy rara vez». (Wilhelm Wundt nacido el 16 de agosto de
1832 escribió esta frase para expresar algo que pienso yo... y eso que nací muchísimo
más tarde que él)
Tim Faririss de la banda australiana INXS cumple hoy 69 años, una edad muy interesante si a quién necesitas por la noche está dispuesta a celebrar tu aniversario haciendo honor a los números.
La
porta oberta
El
missatge encara dormia al telèfon:
—Et
necessito aquesta nit.
Feia
deu anys.
Quan
ella va obrir, duia els cabells blancs, la mateixa olor de gessamí i una bata
massa cordada. Ell alçà la mà, sense atrevir-se a tocar-la.
—Arribes
tard.
—Ho
sé.
Ella
li posà dos dits als llavis. Després deixà la porta oberta i tornà cap a dins.
Ell
no sabia si l’havia perdonat.
Però la casa
començava a descordar-se el silenci.



