PROPIEDAD PRIVADA, RESPONSABILIDAD PÚBLICA

El propietario se levantó ese lunes con el mismo ritual de siempre: café (descafeinado, por si la realidad venía con taquicardia), correo del banco y una notificación judicial que, como todas, olía a “usted no manda aquí”.
En el piso seguía viviendo Mireia —exinquilina, excontrato, excualquier cosa menos “ex”— con la puntualidad de un reloj suizo: nunca se iba, pero cambiaba las excusas cada semana, para que el guion no se aburriera.
—Me quedo porque estoy en tránsito emocional —dijo por teléfono, como si el pasillo fuera una aduana.
Él intentó el razonamiento clásico, ese que funciona en los cuentos infantiles:
—Mireia, el contrato terminó.
—Sí, pero yo todavía no he terminado con el piso.
El propietario consultó a su abogado, que se encogió de hombros con una elegancia aprendida en sala:
—Lo importante es que usted conserve la calma.
—¿Conservar? Si ni siquiera conservo mi salón.
Un día, por fin, el destino decidió hacer de perito. La barandilla del balcón, vieja como una promesa electoral, cedió con un “crack” que sonó a acta notarial. Mireia cayó, pero no cayó sola: cayó también la lógica, la paciencia y un trozo de fe en la especie humana.
Al mes siguiente, el propietario recibió la sentencia. La ley, siempre creativa, dictaminaba que él debía responder por el accidente.
—Pero… ¡si no puedo entrar al piso! —protestó.
—Precisamente —contestó la Justicia, con voz de profesora de primaria—: usted es el propietario. Y el propietario, como Dios, está obligado a estar en todas partes a la vez.
El abogado lo tradujo a lenguaje humano:
—Usted es responsable aunque no tenga llaves, aunque no tenga acceso, aunque no tenga ganas de vivir. La propiedad es un derecho… y una condena.
El propietario volvió a llamar a Mireia.
—Necesito arreglar la barandilla.
—¿Ahora sí te preocupa mi seguridad? Qué bonito —dijo ella—. Te doy cita para 2043. Trae herramientas y una actitud menos capitalista.
Colgó. Él miró el balcón en su mente: un agujero con vistas y un país entero asomado a él, haciendo equilibrio sobre una frase: “No es tu casa, pero es tu responsabilidad.”
Esa noche, antes de dormir, apuntó en una libreta su plan de futuro: venderlo todo, comprarse una tienda de globos y vivir de lo único que aún flotaba sin pleitos: el aire.
Y entendió la moraleja: si no mandas en tu casa, al menos paga por ella.
(Basado en un hecho real)
«Todo el mundo recibe tanta información cada día que pierde el sentido común.» (La frase es de Gertrude Stein que vivió entre el 3 de febrero de 1874 y el 27 de julio de 1946 es decir, cuando aún no existían ni la televisión, ni internet, ni las redes sociales, ni el/la vecin@ del quinto que todo lo sabe)
Ritchie Valens hace 67 años que ya no canta "La Bamba" (ni ninguna otra canción) Nosotr@s, si. O al menos podemos intentarlo.
Amb un peu a la vora
A la cuina, la ràdio grinyola i jo practico: una mica de cintura, una mica de vergonya. Per ballar La Bamba no cal ser artista, diuen; només cal saber perdre la por sense fer gaire soroll. Però a mi el silenci em surt car.
La cadira fa de parella. El terra, de jutge. Cada pas és una firma al parquet: avui em dono permís. Em moc com qui demana perdó i, de sobte, com qui no en demana.
Quan la cançó s’acaba, el món continua. Jo també, però diferent: una mica més dret.


