Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
miércoles, 2 de septiembre de 2026
BESO UNO, GRANDE Y, SOBRE TODO, LIBRE
El
viernes por la noche dejaste el móvil boca abajo sobre la mesa.
—Este
fin de semana quiero mil besos —dijiste.
—¿Mil
exactos?
—Mil
para empezar. Luego cien. Después otros mil. Luego cien más…
Te
miré con la seriedad que exigen los asuntos importantes.
—Tendremos
que llevar la cuenta.
—Ni
se te ocurra.
Y me
besaste.
Uno.
El
segundo llegó mientras abría una botella de vino. El tercero, cuando fingiste
ayudarme con la cena y acabaste robándome un trozo de queso. Del cuarto al
decimoséptimo perdimos toda precisión porque nos dio la risa. El ciento y pico
debió de llegar en el sofá. O quizá en la cocina. Hubo algunos lentos, otros
robados, muchos torpes y uno especialmente largo que merecía contar por doce.
El
sábado ya habíamos abandonado cualquier disciplina matemática.
Nos
besamos al despertar, aún con la boca llena de sueño. En el ascensor. En mitad
de una calle. Esperando que cambiara un semáforo. Después de discutir por una
tontería que ninguno recordaba diez minutos más tarde.
—¿Cuántos
llevamos? —pregunté.
—Los
suficientes para que alguien empiece a tenernos envidia.
Así
que decidimos hacer lo que aconsejaban los antiguos: embrollar la cuenta.
Mil,
cien, dos mil, uno, quinientos, catorce, ninguno.
El
domingo por la tarde llegó demasiado pronto.
Preparaste
tu bolso. Yo recogí dos copas abandonadas desde la noche anterior. En la puerta
nos quedamos mirándonos con esa expresión un poco estúpida que se nos pone
cuando sabemos que algo se acaba aunque solo sea un fin de semana.
Entonces
me besaste otra vez.
No
fue el más largo.
Ni
el más apasionado.
Ni
siquiera sé qué número le correspondía.
Fue
simplemente un beso que no pedía nada, no prometía nada y no pertenecía a
nadie.
Por
eso comprendí que Catulo se había equivocado en una sola cosa.
No
necesitábamos miles.
Nos
bastaba uno.
Grande
y, sobre todo, libre.
«Millones siguen
viviendo en la necesidad, a pesar de que nuestra capacidad de producir se ha
multiplicado enormemente.» (Y desde que se pronunció la frase de Hans Jæger
nacido el 2 de setiembre de 1854 hasta hoy, los números de la producción se han
elevado a la enésima potencia, así que hacer la cuenta de cuántos millones
siguen viviendo en la necesidad)
Y como hoy va de besos los vamos a sellar; para que no se nos escapen. Eso cantaba Brian Hyland en 1962... aunque la canción no es suya y es de 1960
No hi ha petons al setembre
Es
van acomiadar al juny amb un petó llarg i una promesa curta:
—Al
setembre.
Durant
l’estiu, ell li va escriure cada dia. Cartes plenes de mar, desig i nits sense
ella. Abans de tancar cada sobre, besava el paper.
Ella
no en va respondre cap.
El
primer de setembre, ell va esperar-la a l’estació amb l’última carta a la
butxaca.
Va
arribar el tren. Després un altre.
Ella,
no.
Aquella
nit va obrir la carta que mai havia enviat.
Només
hi havia escrit:
«Si
tornes, no cal que contestis.»
I va
besar-la per última vegada.
martes, 1 de septiembre de 2026
LA REVOLUCIÓN
Versión libre de «La revolución», de Sławomir Mrożek
Mi
primera revolución empezó un domingo por la tarde, después de la siesta. No
hubo barricadas, proclamas ni canciones de protesta. Solo una habitación y yo.
La
cama estaba junto a la pared, el armario enfrente y la mesa en medio. Llevaban
tantos años en la misma posición que parecían funcionarios con plaza fija.
De
repente, aquella distribución me pareció insoportable. No estaba mal, pero me
aburría, que es una razón mucho más peligrosa. Así que decidí cambiarlo todo.
Puse
la cama donde estaba el armario y el armario donde estaba la cama.
Durante
unos días me sentí otro hombre. Entraba en la habitación y necesitaba unos
segundos para saber dónde estaba. No era felicidad, pero entonces todavía
confundía la novedad con la felicidad.
Luego
regresó el aburrimiento.
Observé
los muebles con desconfianza y llegué a la conclusión de que el problema era la
mesa. Los seres humanos somos así: cuando algo no funciona, buscamos un
culpable que no pueda defenderse.
La
mesa ocupaba el centro de la habitación desde hacía años. Era el poder
establecido. El régimen. La dictadura de las cuatro patas.
La
arrastré hasta una esquina y coloqué la cama en medio.
El
resultado fue inconformista.
Dormir
en el centro de una habitación produce una extraña sensación de libertad. No
tienes una pared a la que volver la cara ni un rincón donde esconder los
ronquidos. Estás expuesto. Desprotegido. Libre.
Descubrí
entonces que la libertad se parece bastante a una corriente de aire.
Durante
unos días soporté aquella incomodidad con orgullo. Cada dolor de espalda era
una prueba de mi rebeldía. Cada vez que me levantaba por la noche y me golpeaba
con la mesa, me sentía un poco más comprometido con la causa.
Pero
llegó ese momento terrible en que la novedad deja de ser novedad y solo queda
el golpe en la espinilla.
Decidí
dar un paso más.
Puse
la cama de nuevo junto a la pared y trasladé el armario al centro.
Aquello
ya no era inconformismo. Era vanguardia.
El
armario dividía la habitación en dos territorios. Para llegar a la ventana
tenía que rodearlo. Para abrir la puerta, meter la barriga. Para encontrar los
calcetines, realizar una expedición.
No
era un mueble. Era una instalación artística.
Pensé
incluso en ponerle un título: La ropa interior ocupa el espacio público.
Durante
un tiempo me sentí moderno, transgresor y ligeramente idiota. Después volví a
acostumbrarme. El armario dejó de parecer una obra de arte y comenzó a parecer
lo que era: un armario en medio, molestando.
Comprendí
entonces que el problema no estaba en la cama, en la mesa ni en el armario. El
problema eran los límites de la habitación.
Si
dentro de cuatro paredes no era posible un cambio verdadero, había que
traspasar las fronteras de lo razonable. Cuando el inconformismo fracasa y la
vanguardia acaba convertida en decoración, solo queda la revolución.
Decidí
dormir dentro del armario.
Aparté
los abrigos, retiré unas cajas de zapatos y me introduje de pie. Cerré las
puertas.
Mi
revolución olía a naftalina.
Aquella
noche no dormí. Tampoco la siguiente. Se me hincharon los pies, la espalda
comenzó a enviarme comunicados de protesta y perdí la sensibilidad en el brazo
derecho. Pero, por primera vez, el paso del tiempo no consiguió domesticar el
cambio.
Al
contrario.
Cada
hora que pasaba dentro del armario era más consciente de mi revolución.
Principalmente porque me dolía una parte nueva del cuerpo.
Había
triunfado.
La
costumbre, ese animal que termina durmiendo en cualquier parte, no podía
conmigo. Yo continuaba incómodo, dolorido y despierto. Exactamente como el
primer día.
El
único inconveniente fue que mi capacidad revolucionaria resultó superior a mi
resistencia física.
A la
tercera noche salí del armario arrastrándome y me metí en la cama.
Dormí
tres días seguidos.
Cuando
desperté, coloqué el armario junto a la pared, la cama en su lugar de siempre y
la mesa en medio. El antiguo régimen recuperó el poder sin necesidad de
elecciones.
Desde
entonces, cuando el aburrimiento vuelve a visitarme, abro el armario y miro su
interior.
A
veces me da un pequeño tirón en la espalda.
Y se
me pasa.
«Cuando amas, tienes
que partir.» (Blaise Cendrars nacido el 1 de setiembre de 1887. Su frase no se
refiere a abandonar al ser amado -como ya ha supuesto mi erudito público- sino
de rechazar su posesión y la inmovilidad)
Zendaya cumple hoy 30 años justos. La canción del vídeo, Replay, es de 2013, así que ya lleva años en esto... y en lo otro como actriz y bailarina.
BOTÓ
DE REPETICIÓ
Ella
sempre deia que no repetia amants.
—Les
segones parts solen ser pitjors.
Però
aquella nit ell va trucar.
No
va preguntar res. Ella tampoc.
Van
acabar al mateix llit, amb els mateixos errors, les mateixes presses i aquella
manera seva de besar-li el coll que encara recordava massa bé.
Quan
ell es va adormir, ella el va mirar una estona.
Després
va somriure.
Potser
tenia raó: les segones parts eren pitjors.
Per
això va decidir donar-li al botó de repetició.
domingo, 30 de agosto de 2026
BORRAR LA FOTO
He
pensado bastante en las fotografías.
En
esas fotografías familiares que uno va dejando por las redes sociales casi sin
darse cuenta: una comida, unas vacaciones, una boda, un niño que llega, una
mirada que no necesita pie de foto porque ya lo dice todo. Antes se guardaban
en álbumes y se enseñaban a las visitas después del café. Ahora las colgamos en
Instagram para que las vea medio planeta, incluida gente a la que no
invitaríamos ni a tomar el café.
Esther
González también tenía las suyas.
Una
mujer. Su mujer.
Un
hijo. Su hijo.
Una
familia, vaya.
Nada
especialmente revolucionario en España en 2026. Ni siquiera debería ser
necesario aclararlo. Pero lo aclaro porque resulta que Esther González,
futbolista española de élite, campeona del mundo, ha fichado por el Al Qadsiah
de Arabia Saudí y, coincidiendo con su llegada allí, esas fotografías
familiares han desaparecido de la primera línea de sus redes sociales.
No
sé si alguien se lo pidió.
No
sé si fue una recomendación del club, del representante, de un asesor, de un
abogado o del Espíritu Santo encargado de las relaciones públicas del fútbol
saudí.
Ella
no lo ha explicado.
Por
tanto, no voy a inventármelo.
Pero
existe una coincidencia de esas que te obligan, por lo menos, a levantar una
ceja: cambias Estados Unidos por Arabia Saudí y tu mujer y tu hijo desaparecen
de Instagram.
Debe
de ser cosa del algoritmo.
Ya
sabemos cómo son los algoritmos.
Muy
suyos.
Lo
curioso es que Esther sigue teniendo mujer. Y sigue teniendo hijo. Borrar una
fotografía no modifica el Registro Civil ni, afortunadamente, los afectos. La
realidad tiene esa mala costumbre de continuar existiendo aunque la elimines de
la pantalla.
Y
ahí es donde el asunto deja de parecerme una anécdota deportiva.
Porque
Arabia Saudí es un país donde las relaciones homosexuales están perseguidas. Un
país que quiere modernizar su imagen, organizar grandes acontecimientos
deportivos, fichar futbolistas, golfistas, entrenadores y estrellas
internacionales, mientras determinadas vidas continúan resultando incómodas
cuando salen en la fotografía.
Puedes
jugar al fútbol.
Puedes
marcar goles.
Puedes
ser campeona del mundo.
Puedes
ser una estrella.
Pero,
por favor, procura que tu biografía no moleste demasiado.
Es
una modernidad curiosa.
Algo
así como instalar la última versión del sistema operativo en un ordenador del
siglo pasado.
Y
quiero ser cuidadoso porque resulta muy fácil juzgar desde el sofá de casa,
donde uno puede querer a quien le dé la gana sin preguntarse si una fotografía
puede traerle problemas. Si Esther González ha retirado esas imágenes para
proteger a su familia o protegerse ella, puedo comprender el miedo.
Lo
que me cuesta bastante más comprender es el paso anterior.
Porque
nadie la ha deportado allí.
Ha
fichado.
Y
fichar significa elegir.
Ahí
empieza para mí la verdadera reflexión.
Todos
tenemos un precio.
No
nos engañemos.
Nos
gusta pensar que no, que somos hombres y mujeres de principios, sólidos como
una roca, inmunes al dinero, al poder y a las tentaciones. Hasta que alguien
coloca una cifra suficientemente grande encima de la mesa y descubrimos que
algunos principios eran sólidos, sí, pero tenían ruedas.
Yo
tampoco sé cuál sería mi precio.
Y
precisamente por eso procuro no ponerme demasiado solemne.
Pero
hay contratos que incluyen cláusulas que no aparecen escritas.
Te
pagan por jugar al fútbol y quizá también, indirectamente, por no enseñar
demasiado quién eres.
Te
pagan por tus goles, pero la factura puede incluir un pequeño descuento sobre
tu identidad.
Nada
grave.
Solo
unas fotografías.
Solo
tu mujer.
Solo
tu hijo.
Solo
una parte de tu vida.
Y
aquí aparece una paradoja especialmente amarga tratándose del fútbol femenino.
Durante
décadas las mujeres han luchado para poder jugar al fútbol. Para poder vivir
profesionalmente de él. Para ser visibles. Para que las televisiones
retransmitieran sus partidos. Para que los estadios se llenaran. Para que una
niña pudiera decir «quiero ser futbolista» sin que nadie le regalase una muñeca
para corregirle la vocación.
Visibilidad.
Esa
ha sido precisamente una de las grandes conquistas.
Y
ahora resulta que una futbolista alcanza un magnífico contrato profesional en
un país donde, para integrarse cómodamente, puede resultarle conveniente
hacerse invisible en aquello que forma parte esencial de su vida.
No
deja de tener cierta crueldad.
Hemos
conseguido que las mujeres sean visibles sobre el césped para pedirles después
que determinadas mujeres sean discretas fuera de él.
No
quiero convertir a Esther González en símbolo de todos los males.
Sería
demasiado fácil y seguramente injusto.
La
responsabilidad principal pertenece a una sociedad y a un sistema político que
consideran problemático aquello que en otros lugares hemos tardado siglos en
aceptar como normal: que dos personas adultas puedan amarse sin pedir permiso.
Pero
tampoco compro la teoría de que las decisiones individuales carecen siempre de
responsabilidad.
Somos
lo que elegimos cuando podemos elegir.
Especialmente
cuando nuestras elecciones tienen un valor público.
Un
futbolista que anuncia unas zapatillas sabe que está prestando su imagen para
vender zapatillas. Una estrella que ficha por una competición sabe también que,
además de jugar, presta una parte de su prestigio a quien la contrata.
Eso
es precisamente lo que busca Arabia Saudí con buena parte de sus inversiones
deportivas: que cuando pensemos en el país pensemos también en fútbol, grandes
competiciones, estadios, estrellas y modernidad.
Que
miremos el césped.
No
demasiado alrededor.
Por
eso las fotografías de Esther me parecen importantes.
Mucho
más importantes que un gol.
Porque
en esas imágenes borradas cabe toda la contradicción.
Una
mujer que ha conquistado la libertad suficiente para casarse con otra mujer
llega a un país donde ese matrimonio no existe jurídicamente como tal y donde
las relaciones entre personas del mismo sexo son perseguidas.
Y
para entrar en ese nuevo mundo, la familia desaparece de la pantalla.
Quizá
por prudencia.
Quizá
por miedo.
Quizá
por consejo.
Quizá
por dinero.
Probablemente
por una mezcla de cosas que desconocemos.
Pero
la fotografía ya está hecha aunque haya sido borrada.
Y no
me refiero a la de Instagram.
Me
refiero a esta otra:
una
extraordinaria futbolista posando sonriente con la camiseta de su nuevo equipo
mientras, fuera del encuadre, quedan su mujer y su hijo.
A
veces lo verdaderamente importante de una fotografía no es lo que aparece en
ella.
Es
aquello que, para poder hacerla, hemos tenido que sacar del encuadre.
«Lo que un hombre es se
compone de tres cosas: lo que posee de nacimiento, lo que recibe de su entorno
y, lo más importante, lo que consigue mediante su propio esfuerzo.» (Józef
Maria Bocheński nacido el 30 de agosto de 1902 fue fraile dominico, filósofo y
lógico polaco gracias a su entorno y a su propio esfuerzo. Supongo que de nacimiento lo estuvieron cuidando y alimentando, que no es poco)
Martin Jackson cumple hoy 68 años y hace 40 la canción de su grupo Swing Out Sister, Breakout, no hubiese sonado igual sin su batería.
La
porta ja era oberta
La
porta no estava tancada.
Ho
va descobrir després de trenta anys demanant permís per sortir.
Al
marit. Als fills. A la feina. Als pares morts, fins i tot.
Aquell
matí va omplir una maleta petita. Només roba, un llibre i aquell vestit vermell
que sempre havia considerat massa atrevit.
Abans
de marxar, va deixar una nota:
—No
busqueu culpables. He trigat massa a trobar-me.
Va
baixar al carrer.
Ningú
no la perseguia.
I
això, estranyament, va ser el que més li va doldre.
sábado, 29 de agosto de 2026
AMAR POR RIGUROSO TURNO
El
corazón humano tiene varias habitaciones, pero la moral exige entregar las
llaves de una antes de entrar en la siguiente.
Podemos
enamorarnos muchas veces. Incluso queda bien decirlo cuando uno ha alcanzado
cierta edad. Se cuenta durante una cena, con una copa en la mano y esa
expresión de quien ha sobrevivido a varios naufragios sentimentales:
—He
amado mucho.
Y
los demás asienten con respeto. Algunos hasta sienten envidia. Qué hombre tan
afortunado. Qué mujer tan intensa. Cuánta vida acumulada entre las sábanas y la
memoria.
Eso
sí: los amores deben haber ocurrido por riguroso turno.
Primero
uno. Después otro. Más tarde un tercero. Puede uno prometer amor eterno cuatro
veces, siempre que respete el orden cronológico. La eternidad, por lo visto,
admite renovaciones.
El
problema comienza cuando el corazón, que nunca ha estudiado Derecho, confunde
los plazos. Entonces alguien se enamora antes de haber dejado de querer, o
desea a otra persona mientras todavía comparte cama, hipoteca y contraseña de
Netflix con la anterior.
Si
es hombre, será mujeriego. También seductor, canalla o incorregible, palabras
que a veces se pronuncian con una admiración clandestina.
Si
es mujer, el diccionario despliega su sección de armas blancas: casquivana,
ligera, promiscua y otras expresiones que suelen decir más de quien las utiliza
que de quien las padece. Al hombre se le contabilizan conquistas; a la mujer,
antecedentes.
No
pretendo convertir la infidelidad en una rama de la antropología. La naturaleza
puede explicar el deseo, pero no justifica la mentira. Que seamos capaces de
amar a varias personas no nos autoriza a engañarlas. También somos capaces de
robar un banco y no por eso deberíamos exigir una subvención evolutiva.
La
cuestión es otra.
Una
persona puede amar a tres parejas a lo largo de veinte años y ser considerada
estable. Si las ama durante el mismo año, se convierte en una amenaza para la
civilización occidental. El número no escandaliza. Escandaliza la coincidencia.
Tampoco
importa demasiado si todos lo saben y lo aceptan. La sociedad sospecha de
cualquier relación que no contenga una dosis razonable de sufrimiento
clandestino. Tolera mejor una pareja monógama que se desprecia en silencio que
tres personas que han aprendido a hablar sin mentirse. La infelicidad
convencional siempre ha tenido mejor reputación que la felicidad sin licencia.
Quizá
la monogamia no sea nuestra naturaleza, sino nuestra forma preferida de
organizar el miedo: miedo a ser sustituidos, comparados, abandonados; miedo a
que alguien descubra en otra persona lo que dejó de buscar en nosotros.
Y,
sin embargo, elegimos. Porque la fidelidad no consiste en quedarse ciego ante
los demás, sino en decidir qué hacemos con lo que vemos. No es ausencia de
deseo. Es una promesa consciente, siempre que nadie la haya firmado bajo
engaño.
El
ser humano puede ser polígamo, poliándrico, monógamo o simplemente estar
confundido. A veces todo ello antes del desayuno.
Pero
la sociedad no le exige que ame una sola vez.
Solo
le exige que haga cola.
«Que las olas me
traigan y las olas me lleven, y que jamás me obliguen el camino a elegir»
(Manuel Machado nacido el 29 de agosto de 1874 para ser poeta y hermano de
Antonio. Ambos indolentes. Ambos libres. Ambos escépticos)
El 29 de agosto de 1989 Elton John publica su vigesímosegundo álbum Sleeping with the Past. En el vídeo una de las canciones más conocidas: escucharla sin sacrificio. Merece la pena.
LA
MEITAT INTACTA
Quan
ella va marxar, ell va deixar el seu costat del llit intacte, com si la
fidelitat pogués consistir a no arrugar uns llençols. Cada nit dormia arrapat a
la vora, castigant-se per un desig que havia confós amb amor.
Al
cap d’un any, ella va tornar a buscar una capsa de fotografies.
—Encara
m’esperes?
Ell
va mirar el buit, tan ben conservat, i va negar amb el cap.
No
l’esperava. Només havia après a conviure amb el sacrifici.
Aquella
nit, per fi, dormí al mig.
viernes, 28 de agosto de 2026
EL DERECHO A ABURRIRSE
El
otro día un niño dijo:
—Me
aburro.
Y
tres adultos se levantaron como si hubiera gritado «¡fuego!».
Uno
propuso llevarlo al parque. Otro buscó en el móvil un taller de cerámica
infantil. El tercero recordó que, a veinte minutos en coche, había una
exposición interactiva sobre dinosaurios con realidad aumentada. Faltó llamar a
Protección Civil.
El
niño los miraba en silencio. Solo había comunicado un estado de ánimo, pero los
mayores ya estaban organizando un dispositivo de emergencia.
Hoy
el aburrimiento infantil parece una modalidad de abandono. Si un niño se
aburre, alguien considera que sus padres no se esfuerzan lo suficiente, que los
abuelos han perdido facultades recreativas o que el tío carece de imaginación.
Hemos dejado de ser familiares para convertirnos en animadores socioculturales.
Hay
niños con una agenda que haría llorar a un subsecretario: natación, inglés,
robótica, teatro, música, fútbol y, cuando empiezan a mostrar síntomas de
agotamiento, mindfulness.
Los
apuntamos a mindfulness para que aprendan a no hacer nada, pero a una hora
determinada, con monitor y cuota mensual.
Todo
sea para evitar que se aburran.
Cuando
yo era pequeño también me aburría. Supongo. No lo recuerdo porque el
aburrimiento no dejaba fotografías. Nadie inmortalizaba aquellos momentos ni
escribía debajo: «José Ángel, siete años, mirando una pared durante cuarenta
minutos».
Si
decía que me aburría, la respuesta solía ser:
—Pues
abúrrete.
Entonces
aquella frase me parecía de una crueldad extraordinaria. Ahora empiezo a pensar
que era una concesión de libertad.
Nadie
organizaba nada. Nadie me entregaba materiales reciclables para estimular mi
creatividad. Nadie me preguntaba qué actividad prefería realizar para gestionar
mis emociones. Tenía que buscarme la vida.
Y me
la buscaba.
Convertía
una caja de cartón en una fortaleza, una silla en un caballo y dos piedras en
enemigos irreconciliables. A veces jugaba con otros niños. Otras veces daba
patadas a una lata. También podía pasar un buen rato sin hacer absolutamente
nada, que es una actividad mucho más difícil de lo que parece.
No
digo que nuestra infancia fuera mejor. En muchas cosas fue peor. Tampoco
pretendo confundir el aburrimiento con la soledad, el abandono o la falta de
atención. Pero entre desentenderse de un niño y organizarle hasta el último
minuto de su existencia debería quedar algún espacio vacío.
Una
tarde sin programa.
Un
rato sin pantallas.
Un
tiempo en el que nadie le diga qué tiene que hacer con su tiempo.
Porque
quizá de ese hueco no salga nada. O quizá salga un juego, una historia, una
travesura, una pregunta incómoda o la primera conversación seria consigo mismo.
De
adulto también me he aburrido. Mucho. Me he aburrido en reuniones, en
conferencias, en películas excelentes según la crítica y en conversaciones que
no se atrevían a terminar. Me han aburrido y, para ser justo, también he
aburrido yo a otros con una eficacia bastante profesional.
Mi
vida no ha sido una fiesta diaria. Por fortuna.
He
tenido domingos largos, esperas inútiles, viajes interminables y sobremesas en
las que el reloj parecía haberse quedado dormido. Y no me considero infeliz.
Tal vez porque aprendí que no todos los minutos están obligados a justificar su
existencia.
Me
preocupa que criemos niños incapaces de soportar un silencio, una espera o una
tarde sin acontecimientos. Adultos que necesiten estímulos constantes para no
quedarse a solas con sus propios pensamientos. Personas que interpreten
cualquier pausa como un fallo del sistema y cualquier rutina como una tragedia.
Por
eso reivindico el derecho de los niños y las niñas a aburrirse. A decir «me
aburro» sin que toda la familia se movilice para practicarle una reanimación
recreativa.
La
próxima vez que un niño pronuncie esas dos palabras, quizá deberíamos respirar
hondo y contestar como antes:
—Pues
abúrrete.
Si
al cabo de un rato inventa algo, estupendo.
Y si
continúa mirando la pared, dejémoslo tranquilo.
Puede
que solo esté aprendiendo a vivir cuando nadie organiza la función.
«I have a dream»
(“He tenido un sueño”. Ese es el título del discurso que pronunció Martin Luther
King el 28 de agosto de 1963. En él proclamaba un mundo en el que los hombres
de piel negra y los de piel blanca pudiesen vivir en paz. Si, era un sueño
porque la realidad es una pesadilla)
El 28 de agosto de 1964 el flamante premio nobel de literatura de 2016 Bob Dylan, inicia a los 4 miembros de The Beatles en el consumo de marihuana. Ellos, dos años más tarde componen una canción, más bien una "oda" a aquella noche.
UNA
ALTRA MENA D’AMOR
Va
entrar a l’habitació de la mà d’un poeta i amb una rialla estranya. Jo no sabia
com es deia, però Ringo mirava el sostre com si el cel hagués baixat a
saludar-lo.
La
vaig tastar. De sobte, les parets van deixar de ser serioses i Paul anotava
frases en un tovalló.
—Això
acabarà en una cançó —va dir John.
Dos
anys després, tothom va creure que Paul cantava a una dona.
Només
nosaltres sabíem que aquella nit no havíem conegut cap noia, sinó una manera
nova de perdre el cap.