Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
jueves, 7 de mayo de 2026
ASILO
POLÍTICO EN MALLORCA
El abogado dejó el pasaporte
sobre la mesa como quien deposita una prueba de vida.
—Mi cliente solicita
protección internacional —dijo.
El guardia miró el pasaporte,
luego al hombre. Estadounidense. Treinta y tantos. Camisa de lino. Pulsera de
hotel. La piel con ese rojo de quien todavía cree que el sol europeo es
decorativo.
—¿Motivo?
El abogado carraspeó.
—Temor fundado a regresar a su
país por razones políticas.
El hombre tragó saliva. Tenía
las manos juntas, como si rezara a una administración pública, que es una
religión más lenta.
—Tengo miedo —dijo en inglés.
El abogado tradujo.
Fuera, Mallorca seguía
funcionando con una crueldad preciosa: turistas con chanclas, jubilados
contando olas, camareros cargando bandejas, niños gritando en idiomas que aún
no habían aprendido a tener patria.
—¿Ha recibido amenazas
directas? —preguntó el guardia.
El abogado miró al hombre.
El hombre bajó la vista.
—Todo el país es una amenaza
—murmuró.
El abogado no tradujo eso. Lo
dejó morir entre el fluorescente y el formulario.
El guardia cogió un bolígrafo.
—Vamos a tomar declaración.
Entonces el estadounidense
respiró hondo, como si acabaran de abrirle una frontera dentro del pecho.
—Gracias —dijo.
Y por primera vez desde que
llegó a la isla, no pensó en Trump, ni en Florida, ni en la palabra democracia
escrita con letras grandes en pancartas pequeñas.
Pensó en su maleta, todavía en
el hotel.
Allí dentro, doblado entre dos
camisas, seguía intacto el miedo.
Nadie le había explicado que
también pasaba los controles.
«Quien sabe proporcionar
ilusiones a las masas se convierte fácilmente en su amo; quien intenta
destruirlas, siempre será su víctima.» (A Gustave Le Bon nacido el 7 de mayo de 1845 le
gustaban poco o nada las multitudes. Este psicólogo lo dejo bien claro con la
frase hoy escogida. Sólo añadiría que cada vez las masas son menos exigentes)
Hoy tiraremos de nostalgia y, además, antigua e incluiré un vídeo en blanco y negro de hace muchos años (75). Si Teresa Brewer nació el 7 de mayo de 1931 y ahí aún es una pipiola, pues hacer cuentas. Ahora la canción es bastante conocida a pesar de ser la cara "B" del disco.
La moneda que faltava
La iaia guardava una moneda
dins del calaix dels fils. Deia que no era diners, sinó una porta.
Quan va morir, el net la va
trobar i la va ficar en una màquina de discos que ningú havia vist funcionar
des del franquisme, cosa força normal en aquell bar, on fins i tot les olives
semblaven jubilades.
La música va començar.
Primer va ballar la pols.
Després, les cadires. Finalment, la iaia va aparèixer al mirall, amb vint anys
i un somriure descarat.
—Ja era hora —va dir—. Sempre
arribeu tard a la felicitat.
miércoles, 6 de mayo de 2026
DOS
EUROS LA HORA
A Yassin le enseñaron primero
a barrer.
No a cortar.
No a afeitar.
No a perfilar barbas con esa
precisión casi religiosa que tienen algunos barberos cuando acercan la cuchilla
al cuello de un cliente y el cliente, por un instante, finge confiar en la
humanidad.
Primero, barrer.
El pelo caía al suelo en
mechones negros, grises, castaños, rubios de bote, blancos de edad y de
preocupación. Yassin lo recogía con una escoba azul. El dueño decía que eso
formaba parte del aprendizaje.
—Aquí se empieza desde abajo
—le dijo.
Yassin miró el suelo.
Abajo ya estaba.
Tenía diecisiete años, una
mochila con dos mudas, un permiso administrativo que no entendía del todo y una
carpeta de la administración donde aparecía como menor protegido. Esa expresión
le hacía gracia por dentro. Menor protegido. Como si alguien le hubiera puesto
una manta invisible encima. Una manta que no calentaba, no pagaba habitación,
no contestaba mensajes y no impedía que un hombre le ofreciera dos euros por
hora para trabajar en una barbería.
Dos euros.
La primera vez pensó que había
entendido mal.
—¿Dos?
—Dos. Y aprendes oficio.
El dueño, Hamid, lo dijo con
tono de favor. No de contrato. Los contratos eran para otra gente. Gente con
padres cerca, con papeles claros, con domicilio, con una madre que pudiera
llamar enfadada si al niño le explotaban la vida.
Yassin aceptó.
No porque fuera tonto. Esa era
la mentira favorita de quienes miraban desde lejos. Aceptó porque tenía hambre
de futuro y el futuro, en ciertos barrios, se vende por horas sueltas.
La barbería estaba en una
calle estrecha de Melilla, con motos mal aparcadas, persianas a medio pintar y
hombres que entraban sin pedir cita porque la cita, allí, era una forma de
debilidad europea. En la pared había fotos de cortes modernos: degradados imposibles,
barbas perfectas, cejas amenazantes. También había un televisor que hablaba
todo el día sin que nadie lo escuchara.
Yassin limpiaba peines,
cambiaba toallas, preparaba espuma, barría, fregaba, iba a por cafés, sujetaba
el espejo por detrás de la cabeza de los clientes.
—¿Te gusta España? —le
preguntaban algunos.
Él decía que sí.
No porque le gustara siempre.
Porque había preguntas que no se respondían de verdad. ¿Te gusta España? ¿Estás
bien? ¿Tienes familia? ¿Viniste solo? Todas querían una historia corta para no
estropear el corte.
—¿De dónde eres?
—De Marruecos.
—Ah.
Ah.
El “ah” era una habitación
pequeña. Metían dentro todo lo que no querían preguntar.
Con el tiempo, Hamid le dejó
usar la máquina. Primero en los niños, porque los niños se mueven y nadie
espera milagros. Luego en algún cliente de confianza. Después, los lunes por la
mañana, cuando no había mucha gente.
Yassin aprendió rápido.
Tenía buena mano. Eso se decía
en la barbería como si la mano fuera un animal independiente. Buena mano. Mano
limpia. Mano fina. La mano de Yassin sabía escuchar la cabeza de los demás. La
nuca tensa de un camionero. La prisa de un estudiante. El orgullo de un chico
antes de una cita. La tristeza de un viejo que pedía “lo de siempre” aunque ya
casi no quedara nada que cortar.
Un día entró un hombre con
camisa clara, barriga discreta y reloj serio.
—Lo de siempre, Hamid.
Hamid sonrió demasiado.
—Claro, don Rafael. Siéntese.
Don Rafael trabajaba en la
administración. Eso lo supo Yassin porque todos parecían saberlo y porque Hamid
cambió la voz. La hizo más limpia. Más correcta. Menos calle.
—Este chico aprende rápido
—dijo Hamid, poniendo una mano en el hombro de Yassin—. Muy trabajador.
Don Rafael lo miró por el
espejo.
—¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete.
—¿Estudias?
Yassin dudó.
La máquina estaba encima del
mostrador. El suelo, todavía con pelos del cliente anterior. El televisor
hablaba de una rueda de prensa. Hamid dejó de sonreír un segundo.
—Estoy aprendiendo —dijo
Yassin.
Don Rafael asintió, como si
aquello fuera una respuesta.
—Eso está bien. Hay que
integrarse.
Integrarse.
Yassin conocía ya algunas
palabras españolas que servían para no mirar demasiado. Integrarse era una de
ellas. Significaba trabajar mucho, cobrar poco, no molestar, dar las gracias y
parecer contento si alguien te permitía existir en una esquina.
—¿Le puedo cortar yo?
—preguntó Yassin.
Hamid abrió los ojos apenas.
Don Rafael sonrió.
—Venga. A ver qué tal.
Yassin le puso la capa negra.
Le ajustó el papel en el cuello. Cogió la máquina con cuidado.
El pelo de don Rafael era
fácil. Ordenado. Obediente. Un pelo de nómina fija.
—¿Y tus padres? —preguntó el
hombre.
—Lejos.
—Bueno. Aquí estarás mejor.
La máquina zumbó junto a la
oreja.
Yassin pensó en la palabra
“mejor”. En su cama compartida. En las llamadas cortas. En las noches donde
miraba el techo y se preguntaba si uno podía echar de menos una casa que ya no
le esperaba igual. Pensó en los dos euros por hora. En la carpeta donde ponía
protegido. En las manos de don Rafael descansando tranquilas bajo la capa.
—Sí —dijo—. Mejor.
Hamid, detrás, limpiaba una
navaja sin necesidad de limpiarla.
Don Rafael siguió hablando.
—Lo importante es que
aprovechéis las oportunidades. Porque muchos venís aquí y claro…
No terminó la frase.
Las frases contra los pobres
muchas veces no se terminan. No hace falta. Ya vienen completas en la cabeza
del que escucha.
Yassin perfiló la nuca. Lo
hizo despacio. Perfecto. Ni un tirón. Ni una marca. Ni una excusa.
Cuando acabó, le enseñó el
espejo.
—Muy bien —dijo don Rafael—.
Tienes futuro.
Yassin sostuvo el espejo.
Futuro.
Otra palabra cara.
Don Rafael pagó a Hamid. Dejó
un euro de propina sobre el mostrador.
—Para el chico.
Hamid lo cogió antes que
Yassin.
—Yo se lo guardo.
Don Rafael no vio nada.
O lo vio y no quiso verlo, que
a veces es la forma adulta de mirar.
Al salir, dijo:
—Sigue así, muchacho.
La puerta se cerró.
Durante unos segundos, la
barbería quedó muda. Solo sonaba el televisor. Una presentadora hablaba de
protección de menores, pero sin ganas, como quien lee la previsión del tiempo.
Yassin miró a Hamid.
—Ese euro era mío.
Hamid soltó una risa corta.
—No empieces.
—Era mío.
—Aquí todo es de la barbería
hasta que yo diga.
Yassin sintió calor en la
cara. No rabia grande, no todavía. Algo más pequeño y más peligroso: claridad.
La claridad llega a veces como
una bofetada sin mano.
Miró la escoba azul apoyada
junto a la pared. Miró las toallas húmedas. Miró la máquina. Miró el suelo
lleno de pelos de don Rafael, que ya caminaba por la calle con la nuca limpia y
la conciencia intacta.
—Me voy —dijo.
Hamid se quedó quieto.
—¿Dónde vas a ir?
Buena pregunta.
Magnífica.
La clase de pregunta que usan
los fuertes cuando saben que tienen razón material aunque no tengan razón
moral.
¿Dónde vas a ir?
Yassin no lo sabía.
Pero supo, de golpe, que no
saber adónde ir no obligaba a quedarse donde lo estaban borrando.
Se quitó el delantal.
—Mañana vuelves —dijo Hamid—.
Siempre volvéis.
Yassin dejó el delantal sobre
la silla.
No dijo nada. Porque las
grandes frases, cuando uno tiene diecisiete años y dos euros por hora, suelen
quedar ridículas.
Salió.
La calle le pegó en la cara
con su ruido habitual. Motos. Voces. Una persiana bajando. Un niño comiendo
pipas. Dos mujeres discutiendo por el precio de algo. El mundo no había
cambiado. Eso era lo humillante. Uno puede tomar una decisión enorme y el semáforo
sigue en rojo.
Caminó sin rumbo.
En el bolsillo llevaba solo
unas monedas y un peine pequeño que se había olvidado devolver. Lo tocó con los
dedos. Un peine negro, barato, de plástico. Nada.
Pero era suyo.
Al pasar frente a un
escaparate, se vio reflejado. Delgado. Joven. Cansado. Con pelos ajenos pegados
a la camiseta.
Parecía mayor de diecisiete.
Eso también era una forma de
robo.
Sacó el móvil. Buscó el número
de la educadora del centro. Lo había guardado sin nombre, solo con una inicial,
porque a veces la ayuda oficial también daba vergüenza.
Tardó en llamar.
No por miedo a Hamid.
Por miedo a que nadie
contestara.
Al tercer tono, una voz dijo:
—¿Yassin?
Él cerró los ojos un segundo.
Que alguien dijera su nombre
ya era casi una puerta.
—Necesito hablar —dijo.
La voz cambió. Se hizo menos
administrativa.
—Dime dónde estás.
Yassin miró la calle, las
luces, los coches, la ciudad estrecha entre fronteras visibles e invisibles.
—Estoy fuera —contestó.
—¿Fuera de dónde?
Yassin miró hacia la barbería,
al final de la calle. El rótulo brillaba como si allí dentro se arreglaran
hombres y no se rompieran chicos.
—Fuera de dos euros la hora.
Hubo silencio al otro lado.
Luego la educadora dijo:
—No te muevas. Voy.
Yassin guardó el móvil.
Se sentó en un bordillo.
Por primera vez en semanas, no
barrió el pelo de nadie.
Solo esperó.
Y esperar, aquella tarde, no
fue obedecer.
Fue empezar a irse.
«La discusión es un disolvente
universal» (Según Donoso Cortés nacido el 6 de mayo de 1809, discutirlo todo acaba
destruyéndolo todo. Se pasó un poco: hay que discutir casi todo; lo difícil
está en determinar el “casi”)
Orson Wells fue el tercer hombre y Antoni Karas le puso música. Orson Wells nació el 5 de mayo de 1915 y fue uno de los grandes.
El tercer que callava
A Viena, les ombres no
caminen: negocien.
Ella esperava sota un fanal
tort, amb els guants mullats i una mentida petita entre les dents. Jo vaig
arribar tard, com fan els homes que volen semblar innocents.
—Has vingut sol?
Vaig mirar el carrer buit.
Sonava una cítara en algun lloc, prima com una rialla amb gana.
—No —vaig dir.
El tercer home no es veia.
Però era allà, dins meu, cobrant comissió per cada silenci.
martes, 5 de mayo de 2026
NO
DESEMBARCARÁN LOS SANOS
El folleto decía expedición.
No decía pasillo 3B cerrado
con cinta amarilla. No decía médico con gafas empañadas. No decía señoras
alemanas llorando en silencio frente a una máquina de té. No decía capitán
hablando por megafonía con esa voz de hombre que intenta parecer tranquilo mientras
por dentro está haciendo cuentas con el desastre.
Álvaro había pagado aquel
viaje como quien paga una absolución. Setenta y un años, dos prótesis, una
pensión razonable, tres hijos que le llamaban los domingos con cariño
administrativo y una viudedad reciente que le había dejado la casa demasiado
ordenada. Su mujer, Clara, siempre quiso hacer un crucero de esos donde la
gente mira el mundo como si fuera suyo durante diez días.
—Cuando me jubilemos —decía
ella.
Lo decía mal a propósito. “Me
jubilemos”. Como si la jubilación fuera una enfermedad matrimonial.
Pero Clara se murió antes. Una
mañana cualquiera. Ni épica ni justa. Se levantó, dejó una taza en el
fregadero, dijo “luego compro pan” y luego no compró nada. Desde entonces,
Álvaro había aprendido que la muerte no avisa porque es muy maleducada o porque
tiene mucho trabajo.
Así que reservó el crucero.
—Hazlo por mamá —le dijo su
hija mayor.
Eso significaba: hazlo para
que no tengamos que verte triste en Nochebuena.
Y allí estaba. En un barco con
nombre extranjero, camarote interior, suplemento individual y una ventana falsa
en la televisión que mostraba un mar perfecto aunque fuera de noche.
El primer día todos caminaron
por cubierta con chaquetas técnicas recién estrenadas. Parecían exploradores
financiados por una tienda de deportes. Se hicieron fotos mirando al horizonte,
sujetando tazas térmicas, señalando aves que no sabían nombrar.
Un señor de Valencia dijo:
—Esto sí que es vida.
Álvaro pensó que la vida, si
era aquello, venía con demasiadas cremalleras.
El tercer día hubo un rumor.
Los rumores en un barco no
corren: rebotan. Salen de un camarote, chocan con un ascensor, bajan a
recepción, suben al comedor y se sientan en todas las mesas antes que la sopa.
Que si uno de la cubierta dos
estaba malo.
Que si eran dos.
Que si habían traído algo de
una excursión.
Que si unas heces de roedor.
Que si un virus raro.
Que si no era grave.
Que si precisamente por eso no
dejaban acercarse a nadie.
En el comedor, la tripulación
seguía sonriendo con esa disciplina que tienen los trabajadores que cobran para
parecer paisaje. Ponían panecillos, retiraban platos, servían agua, decían
“enjoy” mientras los pasajeros miraban las manos de los demás como si cada dedo
pudiera declarar la guerra.
Álvaro se sentó con el
matrimonio de Zaragoza. Él se llamaba Félix y llevaba una gorra con visera
incluso dentro. Ella, Marisa, había comprado cinco excursiones antes de
embarcar y ahora repasaba el programa con cara de notaria traicionada.
—A mí lo que me molesta —dijo
Marisa— es la falta de información.
—A mí lo que me molesta es
morirme —dijo Félix.
—No seas bruto.
—Es que has empezado tú con lo
importante.
Álvaro sonrió. No porque
tuviera gracia, sino porque todavía quedaba una costumbre humana en la mesa.
Aquella tarde hablaron por
megafonía.
La voz del capitán pidió
calma. La calma fue solicitada en inglés, español, francés y alemán, lo cual le
dio a la alarma un aire de congreso internacional. Dijo que había una situación
sanitaria bajo evaluación. Dijo que las autoridades competentes estaban
coordinando los pasos necesarios. Dijo que algunos pasajeros serían atendidos
de forma preventiva. Dijo muchas palabras largas, de esas que se ponen delante
del miedo para que no se vea desnudo.
No dijo “problema”.
No dijo “peligro”.
No dijo “ratas”.
No dijo “Canarias” hasta el
final.
Cuando lo dijo, la cubierta se
quedó rara. Como si alguien hubiera encendido tierra firme a lo lejos.
Canarias.
Hasta ese momento, Canarias
era sol, hoteles, jubilados del norte de Europa caminando con calcetines
blancos, camareros veloces, playas de postal y terrazas donde pedir lo de
siempre con acento de fuera.
Ahora Canarias era otra cosa.
Una puerta.
O una frontera.
O un lugar al que quizá no les
dejarían bajar.
—¿Nos van a evacuar? —preguntó
una mujer a nadie.
Nadie contestó, que es una de
las respuestas favoritas del mundo cuando las cosas se complican.
Álvaro volvió a su camarote.
La pantalla mostraba un mar azul inventado. Apagó la televisión. El cuarto se
quedó sin ventana. Se sentó en la cama y abrió el móvil.
Tenía siete mensajes de sus
hijos.
“Papá, ¿estás bien?”
“Acabamos de ver algo en
internet.”
“Llámame cuando puedas.”
“¿Pero qué crucero es ese?”
Eso le molestó. No el miedo de
ellos. El tono. Esa manera de preguntar como si él, a los setenta y un años, se
hubiera apuntado voluntariamente a una negligencia familiar.
Les escribió: “Estoy bien. No
exageréis.”
Luego borró el mensaje.
Les escribió: “Hay un
protocolo.”
Lo volvió a borrar.
Al final puso: “Estoy en el
barco. Os aviso.”
Era una frase pobre, pero
exacta. En la vida, a veces solo se puede informar de la ubicación del cuerpo.
A las ocho, dejaron una
bandeja frente a la puerta. Sándwich, fruta, una botella de agua y una
chocolatina. La comida tenía el aspecto triste de lo que alguien deja sin
querer tocarte.
Álvaro abrió, recogió la
bandeja y vio al final del pasillo a una camarera joven, con mascarilla,
guantes y una bolsa negra en la mano. La chica parecía filipina o quizá
latinoamericana, pero Álvaro no quiso decidirle la biografía con la ignorancia
puesta. Tenía los ojos cansados. Muy cansados. Ojos de quien había aprendido a
sonreír por turnos.
—Gracias —dijo él.
Ella levantó la mano.
—Please stay inside, sir.
Lo dijo con suavidad. No era
una orden. Era una súplica vestida de uniforme.
Álvaro cerró.
Comió medio sándwich. La
chocolatina entera. Hay decadencias que se afrontan mejor con azúcar.
Después oyó golpes en el
camarote de al lado. Una discusión amortiguada. Una voz masculina exigía hablar
con “alguien responsable”. Como si, en el fondo, todos no estuviéramos siempre
buscando a alguien responsable desde que nacemos.
—¡Yo he pagado por este viaje!
—gritó el vecino en inglés.
Álvaro apoyó la cabeza en la
pared.
Claro que había pagado.
Todos habían pagado.
Habían pagado para que el frío
pareciera limpio, para que el mar pareciera suyo, para poder contar en una cena
que habían estado lejos, muy lejos, allí donde el mundo todavía no tiene
centros comerciales. Habían pagado por una aventura con seguro de cancelación.
Pero el miedo no venía
incluido en letra pequeña. El miedo no aceptaba reclamaciones.
A la mañana siguiente les
permitieron salir por grupos a cubierta. Distancia. Mascarilla. Nada de
aglomeraciones. El barco parecía una residencia de ancianos con vistas al
apocalipsis.
El cielo estaba claro. El mar
tenía esa indiferencia brillante de las cosas que no opinan. A lo lejos, quizá,
había costa. O una nube con vocación de esperanza.
Félix apareció con su gorra.
—Dicen que si no hay más casos
nos dejan seguir.
—¿Seguir adónde? —preguntó
Álvaro.
Félix se encogió de hombros.
—Al programa.
El programa. Esa palabra lo
sostuvo todo durante unos segundos. El programa, como si la vida fuera una
carpeta plastificada. Desayuno a las ocho. Conferencia sobre aves marinas a las
diez. Posible evacuación de contactos estrechos a las doce. Cena temática a las
nueve. Muerte opcional no incluida.
Marisa se acercó por detrás.
—Yo no pienso hacer ninguna
excursión más.
—No te preocupes —dijo Félix—.
Igual no nos dejan hacer ni la digestión.
Álvaro miró el horizonte.
Pensó en Clara. En cómo se habría reído de todo aquello. Ella habría dicho que
tanto pagar por ver naturaleza salvaje y al final lo salvaje era el pasillo de
los camarotes cuando se acababa la información.
—Clara habría pedido otro
folleto —dijo Álvaro sin darse cuenta.
—¿Quién? —preguntó Marisa.
—Mi mujer.
No añadió que estaba muerta.
Hay muertos que no necesitan presentación porque ya ocupan bastante.
Marisa bajó la mirada.
—A mí estos viajes me dan
miedo desde siempre —dijo—. Pero una se apunta porque parece que si no haces
cosas, envejeces más rápido.
Álvaro no respondió.
Eso sí era verdad. La vejez
contemporánea venía con deberes. Viajar. Aprender idiomas. Hacer pilates.
Sonreír en fotos de familia. No molestar. No parecer acabado. Consumir
experiencias antes de que el cuerpo presentara la dimisión definitiva.
Una sirena sonó a lo lejos. No
era del barco. Venía de una embarcación pequeña que se acercaba despacio, con
personal sanitario o técnico o administrativo o todo a la vez. En cubierta, la
gente empezó a grabar con el móvil.
Eso también era moderno:
temblar y documentarlo.
La megafonía pidió que nadie
grabara. Nadie obedeció del todo. Algunos bajaron los móviles un poco, como si
la vergüenza también tuviera modo discreto.
Álvaro vio a la camarera de la
noche anterior. Estaba junto a una puerta, sosteniendo una caja de guantes. La
reconoció por los ojos. Nadie la grababa. Nadie preguntaba si ella estaba bien.
Los pasajeros eran la noticia. La tripulación era el mecanismo.
Se acercó lo justo.
—¿Tú puedes bajar? —preguntó
en español, sabiendo que quizá no le entendería.
Ella tardó un segundo.
—No, señor.
—¿Y tu familia?
La chica miró hacia el mar.
Luego hacia las personas con móviles. Luego otra vez a él.
—Mi familia está lejos.
Álvaro asintió. No se le
ocurrió nada útil. La mayor parte de la compasión humana consiste en asentir
tarde.
—Lo siento —dijo.
Ella hizo un gesto pequeño.
—Todos quieren bajar
—respondió—. Pero no todos tienen casa abajo.
Y se fue.
La frase quedó allí, de pie,
más firme que el barco.
Todos quieren bajar. Pero no
todos tienen casa abajo.
Álvaro pensó en su piso de
Barcelona, con la taza que Clara dejó en el fregadero aquel día y que él lavó
tres veces, como si pudiera borrar el hueco. Pensó en sus hijos escribiendo
mensajes desde sofás seguros. Pensó en el vecino que gritaba porque había
pagado. Pensó en Canarias esperando con mascarilla, formularios y una paciencia
de isla usada a recibir necesidades ajenas.
Aquella noche anunciaron que
evacuarían a unos pocos. Sintomáticos, contactos, personal necesario. El resto
permanecería a bordo hasta nueva valoración.
El vecino volvió a gritar.
Una mujer rezó en alemán.
Alguien preguntó si habría
cena caliente.
Álvaro apagó el móvil. Se
tumbó vestido. Durante un rato escuchó el zumbido del barco, ese corazón
industrial que no duerme nunca. Fuera, el mar seguía moviéndose sin consultar a
nadie.
En la pantalla apagada vio su
reflejo: un hombre viejo en una habitación sin ventana, dentro de un barco que
prometía mundo y ahora solo ofrecía espera.
Entonces entendió que no había
viajado para ver paisajes remotos.
Había viajado para descubrir
una verdad bastante menos turística: que todos queremos aventura hasta que la
aventura llama a la puerta con guantes de látex y nos deja la comida en el
suelo.
A medianoche encendió el móvil
y escribió a sus hijos:
“Estoy bien. No sé cuándo
bajaremos.”
Luego añadió:
“Cuando vuelva, venid a comer
un domingo sin prisa.”
Lo envió.
Después se levantó, abrió
apenas la puerta y dejó la chocolatina de la cena en el pasillo, junto a la
pared, donde la camarera pudiera verla al pasar.
No era heroísmo.
Era solo azúcar.
Pero en aquel barco, aquella
noche, casi todo lo humano cabía en gestos pequeños.
A la mañana siguiente, desde
cubierta, vieron las luces de tierra.
Canarias parecía cerca.
Tan cerca que dolía.
El capitán volvió a hablar.
Pidió calma.
La palabra cruzó el barco como
una sábana demasiado corta.
Y nadie aplaudió.
«Yo no llevaba disfraz: solo
un sombrero de copa; hablaba con todos con normalidad mientras los demás decían
disparates.» (Horace de Vere Cole fue un provocador social con gracia. E ironía
como se transluce en la frase: el más falso de tod@s y el único que “iba de si
mismo”. Nació el 5 de mayo de 1881 y era irlandés)
Ya se que a Adele la felicitamos el año pasado pero tengo debilidad por ella y por lo que dice en sus canciones. Hoy cumple 38 años y seguiré (espero) felicitándola el año que viene.
La trucada que no volia ningú
Vaig dir “hola” i el silenci
va fer aquella ganyota de qui encara et coneix massa. A l’altra banda, ella
respirava com si obrís un calaix ple de fotografies mal guardades.
—Arribes tard —va dir.
—Ja ho sé.
No vaig afegir excuses. Les
excuses, amb els anys, fan olor de moble vell encara que les perfumis.
Ella va riure fluix, sense
alegria.
—Almenys aquesta vegada no has
mentit.
I vam quedar així: dos
desconeguts amb memòria, sostenint un telèfon com qui aguanta una tassa
esquerdada perquè encara escalfa.
lunes, 4 de mayo de 2026
PRIORIDAD NACIONAL TAMBIÉN EN EL CEMENTERIO (y III)
A los pocos días había firmas. No una multitud
épica. En los pueblos la épica suele coincidir con la fiesta mayor o con la
apertura de un supermercado. Pero había firmas: vecinos, comerciantes, dos
maestros, un guardia jubilado, el farmacéutico, tres mujeres que no se hablaban
entre ellas pero firmaron en la misma hoja por fastidiar a la cuarta.
El asunto llegó al pleno.
El salón estaba lleno. Eso ya era raro.
Normalmente al pleno iban los concejales, un periodista local y un señor que
protestaba por las cacas de perro desde 1997.
Julián defendió la posición municipal.
—No estamos ante un problema de libertad
religiosa, sino de gestión responsable de recursos. La prioridad nacional no
excluye, solo ordena.
Puri, sentada al fondo, susurró:
—Como los cementerios. Ordenan mucho. Por filas.
El alcalde le lanzó una mirada.
Samira pidió la palabra.
—Mi padre no quiere pasar delante de nadie. Solo
quiere que no le cierren la puerta después de cuarenta años aquí.
—No se le cierra la puerta —dijo Julián.
—Está muerto en una sala refrigerada mientras
ustedes discuten cómo llamarle a la puerta.
El secretario bajó la vista. El alcalde también.
Julián no. Julián era más resistente a la vergüenza; seguramente por
entrenamiento.
Entonces habló Tomasa.
Nadie la había invitado, pero a ciertas edades
una invitación es solo una opinión ajena.
—Yo no sé de leyes —empezó—. Ni de musulmanes. Ni
de Cataluña. Ni de esas prioridades que se inventan los políticos cuando no
saben arreglar una acera. Pero sé una cosa: si un hombre ha vivido aquí, ha
trabajado aquí, ha saludado aquí, ha pagado aquí y se ha muerto aquí, algo de
aquí será. Aunque rece mirando para otro lado.
Se oyó un murmullo.
Tomasa siguió:
—Mi marido era ateo. Pero ateo pesado. De esos
que en las bodas decían “yo entro por compromiso, pero no participo”. Pues lo
enterraron al lado de la capilla porque era el hueco que quedaba. Y no vino
nadie a decir que se rompía España.
Paco, desde la puerta, añadió:
—España aguanta cosas peores.
El alcalde golpeó suavemente la mesa.
—Orden, por favor.
Tomasa levantó el bastón.
—Orden ya tienen ustedes demasiado. Lo que les
falta es vergüenza.
El pleno se suspendió diez minutos.
Durante el receso, el alcalde, el secretario y
Julián se encerraron en el despacho.
—Esto se nos va —dijo el alcalde.
—Jurídicamente —dijo el secretario—, lo prudente
es rehacer el expediente, completar informes reales y no denegar con frases
huecas. La sentencia del TSJ de Cataluña no nos obliga automáticamente a
conceder una parcela, pero sí deja claro que una negativa floja es mala
defensa.
—¿Y políticamente?
—Políticamente, alcalde, enterrar a un vecino no
debería ser un suicidio.
Julián insistió:
—Pero nuestros votantes…
El secretario lo cortó.
—Sus votantes también se mueren.
Fue el argumento definitivo. No por profundo. Por
electoral.
La nueva resolución salió dos semanas después. No
era hermosa. Ninguna resolución municipal lo es, salvo para quien cobra por
recurrirla. Pero al menos tenía algo de decencia escondida entre los
considerandos.
Se acordaba completar los informes técnicos,
estudiar una zona compatible para enterramientos conforme al rito musulmán,
abrir audiencia a la familia y valorar expresamente la libertad religiosa.
También se eliminó la referencia a la prioridad nacional funeraria.
Julián protestó.
—Es una renuncia ideológica.
Puri, que estaba archivando copias, dijo:
—No. Es una pala haciendo su trabajo.
Finalmente, Yusef fue enterrado.
No hubo invasión. No se hundió el cementerio. No
aparecieron grietas en la identidad municipal. Ningún difunto pidió traslado
por objeción cultural. El cielo siguió igual de indiferente, que es una de las
formas más antiguas de la sabiduría.
Samira permaneció junto a la tumba con las manos
quietas. No lloró mucho. A veces, cuando una persona ha tenido que pelear
demasiado por lo evidente, el llanto se queda sin presupuesto.
Paco terminó de cubrir la tierra con una
delicadeza que no pegaba con sus botas.
—Era buena persona tu padre —dijo.
—¿Lo conocía?
—Me arregló una puerta una vez.
—Era mecánico.
—Ya. Pero aquí todos acabamos arreglando cosas
que no son de nuestro ramo.
Puri cerró el registro.
—Sepultura concedida —dijo.
Samira la miró.
—Gracias.
—No me dé las gracias. Esto debería haber sido
más fácil.
—Pero no lo fue.
—Aquí nada lo es. Ni morirse.
Al salir, el alcalde se acercó para hacerse
presente sin parecer oportunista. Lo logró a medias, que en política local ya
es bastante.
—Villanueva es un pueblo de convivencia —dijo.
Puri murmuró:
—Desde hace veinte minutos.
Paco se agachó a recoger una pala.
—Alcalde, ¿sabe cuál es la verdadera prioridad
nacional?
El alcalde temió la respuesta.
—¿Cuál?
—No hacer el ridículo delante de los muertos.
Nadie contestó.
Esa noche, en el cementerio, los cipreses se
movieron apenas. Dicen que fue el viento. Puede ser. El viento tiene la ventaja
de no levantar acta.
Tomasa, que había ido a dejar flores a su marido,
se detuvo ante la tumba nueva de Yusef.
—Bienvenido —dijo—. Aquí se está tranquilo, salvo
cuando gobiernan los vivos.
Luego miró la fila de nichos, las lápidas, las
cruces, las fechas, los nombres partidos por el tiempo. Todo aquello parecía
muy ordenado desde fuera. Pero debajo había gallegos, murcianos, andaluces,
catalanes, ateos, beatas, emigrantes, retornados, cornudos, santos de cocina,
ladrones pequeños, buenas personas insoportables y algún patriota con dinero en
Suiza.
La nación entera, vamos.
Solo que más sincera.
Puri apagó la luz de la caseta y cerró la verja.
Antes de irse, miró la parcela nueva y pensó que
la tierra tenía una forma muy sencilla de resolver los debates identitarios: no
preguntaba de dónde venía nadie, no exigía certificados de arraigo, no pedía
pactos, no salía en rueda de prensa.
Solo esperaba.
Y cuando llegaba alguien, abría sitio.
La prioridad nacional se quedó fuera, pegada a la
puerta del cementerio como un cartel mojado.
Dentro, por fin, descansaban todos. No porque los
vivos hubieran entendido la igualdad. Sino porque la tierra llevaba siglos
practicándola sin necesidad de concejalía.
«El valor del hombre no reside
en su saber, sino en su querer.» (Johann Friedrich Herbart nacido el 4 de mayo
de 1766 inmortalizó aquello de ‘querer es poder’… aunque no siempre. El añadido
es mío)
Como veréis en el vídeo, Dick Dale le daba muy bien a la guitarra eléctrica desde el 4 de mayo de 1937 (un poco más tarde) hasta el 2019 que ya se marchó con la música "yasabéisdónde".
La dona que corria dins la
guitarra
Ella va entrar al bar com si
l’hagués perseguit el mar. Ningú va preguntar-li el nom; feia massa soroll la
guitarra, mossegant les parets, aixecant la pols, posant nerviosos els gots.
Jo servia copes i fracassos
amb gel.
—D’on vens? —li vaig dir.
—D’un lloc on els homes
confonen amor amb propietat.
Va somriure. Després va ballar
sola, ràpida, impossible, com una notícia dolenta ben vestida.
Quan la música va acabar, ja
no hi era.
Només quedava sorra damunt la
barra. I jo, clar, escombrant el miracle.