LA PAZ
DEL ÁGUILA
El cartel colgaba torcido en
la pared del despacho, como si hasta el clavo hubiera entendido tarde el
chiste.
Arriba, en letras gordas,
decía Pax Americana. Debajo, un águila enorme abría las alas sobre el
mapa de Estados Unidos con la naturalidad de quien no vuela: ocupa. A un lado
aparecían Hawai, Guam, las Marianas, Puerto Rico; al fondo, unos rayos que
fingían amanecer y parecían otra cosa, una manera gráfica de decirle al mundo
que la luz siempre viene del mismo sitio cuando el que dibuja también lleva el
fusil.
Lo había comprado en una
subasta un asesor joven de Washington, de esos hombres con mandíbula de anuncio
dental y ojos de PowerPoint, para decorar la sala donde se reunían a hablar de
orden internacional, fronteras, aranceles, disuasión, influencia, seguridad,
liderazgo, es decir: dominación con corbata.
Nadie decía dominación. Eso
sonaba romano, antiguo, casi sincero.
Aquella tarde yo estaba allí
porque me habían contratado para catalogar unos documentos heredados de no sé
qué fundación patriótica. Me tocaba poner fecha, contexto y una breve nota
explicativa a piezas viejas que servían para justificar ideas nuevas. O quizá
era al revés: ideas viejas con maquillaje nuevo. En política exterior pasa
mucho. Cambian las pantallas, no las tripas.
—Bonito, ¿verdad? —me dijo el
asesor, entrando con un café tan largo como su ambición.
Miré el cartel.
—Bonito no es la palabra que
usaría un país sobrevolado por esa ave.
Él sonrió con esa
condescendencia higiénica de los convencidos.
—Es historia. Estados Unidos
garantizó estabilidad.
—Roma también.
—Exacto —dijo, encantado de
que yo le hubiera puesto la pelota en el pie—. La pax romana.
Carreteras, comercio, ley, prosperidad. Civilización.
—Y legiones.
No contestó enseguida. Sorbió
café. Sonrió otra vez. En aquella sala se sonreía como se firma un embargo: sin
mancharse.
—A veces —dijo— la paz
necesita músculo.
Me dieron ganas de preguntarle
cuántos músculos necesita un niño para dormir bajo una sirena, pero preferí
seguir mirando el grabado. La verdad suele entrar mejor por los objetos que por
la boca de los hombres.
En el dibujo, el águila no
parecía feroz. Parecía inevitable. Ahí estaba la trampa. Roma también
perfeccionó eso: lograr que el sometimiento pareciera destino, que la
obediencia sonara a sensatez, que pagar tributo pareciera una forma inferior
pero razonable de seguir vivo.
La pax romana consistía
en decir: “No os matéis entre vosotros; ya os administramos nosotros la
violencia”.
La pax americana, en su
versión clásica, añadía algo más sofisticado: “Podéis llamarlo libertad
mientras compráis nuestros productos, aceptáis nuestras bases, escucháis
nuestra música y teméis nuestras sanciones”.
La diferencia entre Roma y
Estados Unidos no estaba en la inocencia, que ninguno tuvo, sino en el
decorado. Roma entraba con sandalias, estandartes y centuriones. América entró
con portaaviones, préstamos, tratados, películas y la sonrisa blanqueada de quien
bombardea por el bien común. Primero el águila, luego Hollywood, luego el
dólar, luego el discurso sobre derechos humanos, y entre una cosa y otra, si
hacía falta, los marines.
El joven asesor se había
sentado al borde de la mesa. En la televisión sin sonido, detrás de él, Donald
Trump hablaba en un atril rodeado de banderas. Movía la boca con ese gesto suyo
de vendedor que no ofrece un producto sino una revancha. Yo no oía nada, pero
no me hacía falta. Hay hombres a los que se les entiende demasiado bien sin
volumen.
Se giró un momento para
mirarlo.
—Él lo tiene claro —dijo—.
Peace through strength.
Ya. La paz a través de la
fuerza. Como si la historia no fuera un armario lleno de cadáveres envueltos en
esa frase.
Trump no había inventado la pax
americana. Ni de lejos. Lo suyo era más tosco y por eso, en cierto modo,
más honesto. Otros presidentes habían llevado el mismo hierro dentro de un
guante diplomático. Él prefería enseñar el puño, sacarlo en televisión, darle
nombre comercial, ponerle arancel, muro, amenaza, humillación pública y una
gorra con eslogan. Donde otros maquillaban el imperio con universidades,
cumbres, fundaciones y palabras como “multilateralismo”, él entraba como un
contratista enfadado que llega a una finca y pregunta quién manda allí sin
esperar respuesta.
Su mérito, si puede llamarse
así, consistía en quitarle poesía al engaño.
Roma decía: “Traemos orden”.
Washington dijo durante
décadas: “Traemos democracia”.
Trump venía a decir: “Traemos
trato. Y si no os gusta, también traemos castigo”.
Era la misma pax, pero sin
latín y sin perfume.
El asesor, que ya se había
puesto de pie otra vez, me pidió una ficha breve para el grabado.
—Algo elegante —dijo—. Algo
sobre la proyección histórica de Estados Unidos como garante de la paz
hemisférica.
Lo dijo sin pestañear. Hay
gente que ha convertido la retórica en un gimnasio: levantan toneladas sin
notar el peso de las palabras.
Saqué mi libreta. En lugar de
escribir, recordé a Tácito, que sabía más de imperios que todos los tertulianos
juntos. No lo cité en voz alta porque las citas solo sirven con quien aún
siente vergüenza. Pero me vino aquella idea suya, seca y feroz, esa que más o
menos dice que crean un desierto y lo llaman paz.
La paz del imperio siempre
tiene algo de solar vacío. Calles limpias después de la redada. Mercados
abiertos tras la invasión. Puertos funcionando mientras alguien cuenta
desaparecidos. Paz para el inversor, miedo para el barrio. Seguridad para la
ruta comercial, duelo para quien vivía debajo de la ruta.
Pensé en Roma pacificando
provincias a golpe de disciplina y crucifixión ejemplar. Pensé en América
pacificando regiones enteras con bloqueos, golpes blandos, bases militares,
deuda o fuego, según conviniera. Pensé en Trump rescatando la versión más primaria
de ese catecismo: América primero, los demás después, y si es posible de
rodillas. Una pax de casino: el crupier sonríe, la banca siempre gana y el que
protesta acaba fuera, sin ficha y sin voz.
—¿Lo tiene? —preguntó el
asesor.
Lo miré. Detrás de él seguía
el cartel con el águila desplegada, la geografía convertida en trofeo, el año
1898 como una fecha de boda entre la codicia y la propaganda.
—Sí —le dije.
Arranqué una hoja y le leí en
voz alta:
“Litografía de finales del
siglo XIX. Ejemplo temprano de propaganda imperial estadounidense. Reinterpreta
la idea de la pax romana: no la paz entre iguales, sino la paz impuesta
por una potencia que confunde estabilidad con obediencia. Su vigencia
contemporánea reside en que todo imperio, cuando envejece, deja de disimular y
llama paz a que nadie pueda discutirle el precio”.
El asesor me miró como si
acabara de oler algo averiado.
—Eso no es exactamente lo que
necesitamos.
—Ya lo sé —le dije—.
Precisamente por eso es lo que significa.
Se hizo un silencio corto, de
esos silencios que duran poco pero enseñan mucho. En la televisión, Trump
alzaba una mano con la misma delicadeza con que un emperador habría pedido otro
vino o una cabeza menos.
Entonces entendí que el cartel
no estaba torcido por descuido.
Estaba torcido porque toda paz
imperial acaba colgando así: sostenida, sí, visible, sí, pero vencida de un
lado por el peso de lo que tapa.
«El poder actúa siempre de
manera destructiva, empeñado en meter toda manifestación de la vida en el corsé
de sus leyes.» (Esta frase no podía venir más que de un anarquista; Rudolf
Rocker lo era y es suya. Nació el 25 de marzo de 1873 y fue figura clave del anarcosindicalismo
en el siglo XX aunque como buen alemán era bastante organizado)
Johnny Burnette nació el 25 de marzo de 1934 es decir, hoy cumpliría 92 años. Llegó hasta pasados unos meses de los 30 así que dejó para el más allá muchos de sus sueños.
El llit dels dilluns
Ella dormia amb una cama fora
del llençol, com si encara confiés en el món. Jo la mirava des de la vora del
llit, amb aquella por tan ridícula de qui ha estimat tard i malament. Al
carrer, el camió de les escombraries feia més soroll que la nostra història. Va
obrir un ull i va dir:
—Encara hi ets?
No era tendresa. Era sorpresa.
Vaig somriure com somriuen els
derrotats elegants.
—Només estava somiant.
Però no. Somiar és gratis.
Quedar-se sempre surt car.




