LOS ZAPATOS EN EL PASILLO

—¿Sabes qué creo que nos ha
pasado?
—Que llevamos media hora buscando
las llaves del coche y las tienes en la mano.
Él miró su mano derecha.
—No me refería a eso.
—Pues deberías. Empieza a
preocuparme.
Ella sonrió y siguió doblando la
ropa sobre la mesa del comedor. Él permaneció de pie junto a la ventana, con
las llaves todavía en la mano y aquella expresión solemne que utilizaba cuando
estaba a punto de decir algo importante o de soltar una tontería.
Después de tantos años, ella aún
no había aprendido a distinguirlo.
—Creo que hemos perdido la
novedad.
—¿Qué novedad?
—La nuestra.
Ella dejó una camiseta sobre la
pila.
—¿Se nos ha perdido por casa?
—Hablo en serio.
—Yo también. Podemos buscarla
después de las gafas que perdiste ayer y llevabas puestas.
Él suspiró.
—Antes todo era distinto.
—Por supuesto.
—Cuando empezamos, podíamos
pasarnos horas hablando.
—Ahora también.
—No es lo mismo.
—Claro que no. Ahora ya sé lo que
vas a decir.
—Eso es exactamente lo que quiero
decir.
—Ya lo sabía.
Él la miró.
—¿Ves?
Ella soltó una carcajada.
—Sigue.
—Antes todo era nuevo. Tú eras
nueva para mí. Tu manera de reírte, de dormir, de enfadarte. Descubrirte era…
Buscó la palabra.
—¿Emocionante?
—Sí.
—Y ahora soy una señora que deja
los zapatos en medio del pasillo.
—No quería decir eso.
—Pero lo has pensado muchas
veces.
—Cada vez que tropiezo con ellos.
—Al principio te parecía
encantador.
—Al principio también me parecía
encantador que tardaras hora y media en arreglarte.
—Ahora tardo cuarenta minutos.
—Porque ya no tengo paciencia
para esperar hora y media.
Ella volvió a sonreír.
Hubo unos segundos de silencio.
—Supongo que eso es lo que pasa
—continuó él—. Nos acostumbramos.
—¿Y qué tiene de malo?
—Que la pasión necesita sorpresa.
Ella dejó de doblar ropa.
—¿Estás seguro?
—Bastante.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Por qué?
—Porque yo sé cómo me vas a
besar.
Él frunció el ceño.
—Sé cómo vas a abrazarme. Sé qué
mano pondrás primero sobre mi cintura. Sé incluso el ruido que haces cuando te
duermes.
—Yo no hago ningún ruido.
—Precisamente ese.
Él no pudo evitar reír.
—Pero ¿no echas de menos
descubrir cosas nuevas?
Ella pensó unos segundos.
—A veces.
—¿Lo ves?
—No te emociones. También echo de
menos tener veinte años y no por eso voy buscando una adolescencia nueva cada
seis meses.
Él volvió la mirada hacia la
ventana.
—Supongo que por eso algunas
personas cambian de pareja.
—Naturalmente. Lo nuevo siempre
tiene ventaja.
—¿Ventaja?
—Claro. Una persona nueva todavía
no te ha decepcionado.
Él se volvió.
—Eso ha sonado terrible.
—Pero es verdad. Con alguien
nuevo todo está por descubrir. Su infancia, sus manías, su cuerpo, sus
secretos… Hasta sus defectos tienen un cierto encanto porque todavía no has
tenido tiempo de sufrirlos.
—Y luego…
—Luego deja los zapatos en medio
del pasillo.
Él rio.
—Otra vez los zapatos.
—Los zapatos son fundamentales en
cualquier teoría seria sobre el amor.
Ella recogió otra camiseta.
—Mira. Conoces a alguien. Primera
cena. Primer mensaje a medianoche. Primer beso. Primer fin de semana. Todo
maravilloso.
—Sí.
—Después empiezas a contarle tu
vida.
—Naturalmente.
—La infancia, tus padres, tus
sueños, tus heridas…
—Es normal.
—Hasta que un día te das cuenta
de que estás contando por cuarta vez la misma infancia a cuatro personas
distintas.
Él guardó silencio.
—Visto así parece agotador.
—Es que lo es. Hay gente que se
pasa la vida estrenando relaciones porque cree que estrenarlas significa estar
viva.
—¿Y no puede serlo?
—Claro que sí. A veces marcharse
es necesario. Hay relaciones que mueren, otras que hacen daño y algunas que
nunca debieron empezar.
—Pero no estás hablando de esas.
—No.
Ella lo miró.
—Estoy hablando de nosotros.
Él se sentó frente a ella.
—¿Y nosotros qué somos?
—Dos personas que ya se conocen
demasiado.
—Eso no suena muy romántico.
—A mí me lo parece.
—¿Por qué?
—Porque sé perfectamente quién
eres y sigo aquí.
Él hizo una mueca.
—Gracias. Creo.
—Y tú sabes quién soy.
—Sí.
—Sabes que dejo los zapatos en el
pasillo.
—Lo sé.
—Que me enfado cuando tengo
hambre.
—También.
—Que cuando digo «no pasa nada»
significa exactamente lo contrario.
—Eso lo aprendí pronto.
—Sabes cómo ha cambiado mi
cuerpo.
Él la miró.
—Sí.
—Y yo el tuyo.
—Desgraciadamente.
Ella le dio un pequeño golpe en
el brazo.
—Idiota.
—Continúa.
—Quizá la intimidad sea
precisamente eso. Llegar al momento en que ya no queda demasiado por esconder.
Él bajó la vista hacia sus manos.
—Pero sigue existiendo la
monotonía.
—Claro.
—¿Y qué hacemos con ella?
Ella se encogió de hombros.
—Vivir.
—Bonita solución.
—¿Qué quieres que te diga? La
vida es bastante repetitiva. Nos levantamos, desayunamos, trabajamos, volvemos
a casa. Dormimos. Al día siguiente repetimos. Incluso hacemos el amor muchas
veces de formas parecidas.
—Podríamos introducir variantes.
—No te vengas arriba.
Él sonrió.
—Entonces ¿hay que resignarse?
Ella negó despacio.
—Ahí está el error.
—¿Cuál?
—Pensar que la alternativa a la
novedad es la resignación.
Volvió a doblar la camiseta que
tenía entre las manos.
—Quizá no necesitemos una persona
nueva. Quizá tengamos que intentar mirar de otra manera a la que tenemos
delante.
—Eso suena complicado.
—Lo es.
—Cambiar de pareja parece más
fácil.
—Muchísimo.
Ella colocó la última prenda
sobre la pila y se levantó.
Al pasar junto a él, le dio un
beso rápido en los labios.
Uno de aquellos besos que habían
repetido miles de veces.
Él la sujetó suavemente del
brazo.
—Espera.
—¿Qué?
La besó de nuevo.
Esta vez despacio.
Ella lo miró al separarse.
—¿Y esto?
—Estoy intentando introducir
novedades.
—Pues empieza por guardar las
llaves del coche.
Él miró otra vez su mano.
Seguían allí.
Ella salió del comedor riéndose.
Él permaneció unos segundos
observándola alejarse por el pasillo.
Y pensó que quizá el problema
nunca había sido conocer demasiado a la persona que amamos.
Quizá consistía en creer que ya
no quedaba nada por conocer.
«Si una mujer triunfa
sobre la mala voluntad de los hombres, las leyes y los prejuicios, debe
enorgullecerse de presentarse como mujer.» (Julia López de Almeida nacida el 24
de setiembre de 1862 para ser una luchadora de todas aquellas causas que aún
hoy continúan sin conquistarse)
L’últim
decibel
A la
residència apagaven els llums a les deu.
En
Miquel, setanta-vuit anys, esperava fins que la infermera tancava la porta.
Llavors es posava els auriculars, apujava el volum i tornava a tenir disset
anys.
Una
nit se’ls va oblidar.
La
guitarra va esclatar pel passadís.
Van
sortir bates, caminadors, alguna pròtesi i molts cabells blancs. La infermera
va córrer disposada a restablir l’ordre.
Va
arribar tard.
Algú
havia començat a ballar.
L’endemà,
la direcció va prohibir la música després de les deu.
A
les deu i cinc, tot l’edifici picava de peus.



