AMAR POR RIGUROSO TURNO
El
corazón humano tiene varias habitaciones, pero la moral exige entregar las
llaves de una antes de entrar en la siguiente.
Podemos
enamorarnos muchas veces. Incluso queda bien decirlo cuando uno ha alcanzado
cierta edad. Se cuenta durante una cena, con una copa en la mano y esa
expresión de quien ha sobrevivido a varios naufragios sentimentales:
—He
amado mucho.
Y
los demás asienten con respeto. Algunos hasta sienten envidia. Qué hombre tan
afortunado. Qué mujer tan intensa. Cuánta vida acumulada entre las sábanas y la
memoria.
Eso
sí: los amores deben haber ocurrido por riguroso turno.
Primero
uno. Después otro. Más tarde un tercero. Puede uno prometer amor eterno cuatro
veces, siempre que respete el orden cronológico. La eternidad, por lo visto,
admite renovaciones.
El
problema comienza cuando el corazón, que nunca ha estudiado Derecho, confunde
los plazos. Entonces alguien se enamora antes de haber dejado de querer, o
desea a otra persona mientras todavía comparte cama, hipoteca y contraseña de
Netflix con la anterior.
Si
es hombre, será mujeriego. También seductor, canalla o incorregible, palabras
que a veces se pronuncian con una admiración clandestina.
Si
es mujer, el diccionario despliega su sección de armas blancas: casquivana,
ligera, promiscua y otras expresiones que suelen decir más de quien las utiliza
que de quien las padece. Al hombre se le contabilizan conquistas; a la mujer,
antecedentes.
No
pretendo convertir la infidelidad en una rama de la antropología. La naturaleza
puede explicar el deseo, pero no justifica la mentira. Que seamos capaces de
amar a varias personas no nos autoriza a engañarlas. También somos capaces de
robar un banco y no por eso deberíamos exigir una subvención evolutiva.
La
cuestión es otra.
Una
persona puede amar a tres parejas a lo largo de veinte años y ser considerada
estable. Si las ama durante el mismo año, se convierte en una amenaza para la
civilización occidental. El número no escandaliza. Escandaliza la coincidencia.
Tampoco
importa demasiado si todos lo saben y lo aceptan. La sociedad sospecha de
cualquier relación que no contenga una dosis razonable de sufrimiento
clandestino. Tolera mejor una pareja monógama que se desprecia en silencio que
tres personas que han aprendido a hablar sin mentirse. La infelicidad
convencional siempre ha tenido mejor reputación que la felicidad sin licencia.
Quizá
la monogamia no sea nuestra naturaleza, sino nuestra forma preferida de
organizar el miedo: miedo a ser sustituidos, comparados, abandonados; miedo a
que alguien descubra en otra persona lo que dejó de buscar en nosotros.
Y,
sin embargo, elegimos. Porque la fidelidad no consiste en quedarse ciego ante
los demás, sino en decidir qué hacemos con lo que vemos. No es ausencia de
deseo. Es una promesa consciente, siempre que nadie la haya firmado bajo
engaño.
El
ser humano puede ser polígamo, poliándrico, monógamo o simplemente estar
confundido. A veces todo ello antes del desayuno.
Pero
la sociedad no le exige que ame una sola vez.
Solo
le exige que haga cola.
«Que las olas me
traigan y las olas me lleven, y que jamás me obliguen el camino a elegir»
(Manuel Machado nacido el 29 de agosto de 1874 para ser poeta y hermano de
Antonio. Ambos indolentes. Ambos libres. Ambos escépticos)
El 29 de agosto de 1989 Elton John publica su vigesímosegundo álbum Sleeping with the Past. En el vídeo una de las canciones más conocidas: escucharla sin sacrificio. Merece la pena.
LA
MEITAT INTACTA
Quan
ella va marxar, ell va deixar el seu costat del llit intacte, com si la
fidelitat pogués consistir a no arrugar uns llençols. Cada nit dormia arrapat a
la vora, castigant-se per un desig que havia confós amb amor.
Al
cap d’un any, ella va tornar a buscar una capsa de fotografies.
—Encara
m’esperes?
Ell
va mirar el buit, tan ben conservat, i va negar amb el cap.
No
l’esperava. Només havia après a conviure amb el sacrifici.
Aquella
nit, per fi, dormí al mig.




