miércoles, 2 de septiembre de 2026

 

BESO UNO, GRANDE Y, SOBRE TODO, LIBRE


El viernes por la noche dejaste el móvil boca abajo sobre la mesa.

—Este fin de semana quiero mil besos —dijiste.

—¿Mil exactos?

—Mil para empezar. Luego cien. Después otros mil. Luego cien más…

Te miré con la seriedad que exigen los asuntos importantes.

—Tendremos que llevar la cuenta.

—Ni se te ocurra.

Y me besaste.

Uno.

El segundo llegó mientras abría una botella de vino. El tercero, cuando fingiste ayudarme con la cena y acabaste robándome un trozo de queso. Del cuarto al decimoséptimo perdimos toda precisión porque nos dio la risa. El ciento y pico debió de llegar en el sofá. O quizá en la cocina. Hubo algunos lentos, otros robados, muchos torpes y uno especialmente largo que merecía contar por doce.

El sábado ya habíamos abandonado cualquier disciplina matemática.

Nos besamos al despertar, aún con la boca llena de sueño. En el ascensor. En mitad de una calle. Esperando que cambiara un semáforo. Después de discutir por una tontería que ninguno recordaba diez minutos más tarde.

—¿Cuántos llevamos? —pregunté.

—Los suficientes para que alguien empiece a tenernos envidia.

Así que decidimos hacer lo que aconsejaban los antiguos: embrollar la cuenta.

Mil, cien, dos mil, uno, quinientos, catorce, ninguno.

El domingo por la tarde llegó demasiado pronto.

Preparaste tu bolso. Yo recogí dos copas abandonadas desde la noche anterior. En la puerta nos quedamos mirándonos con esa expresión un poco estúpida que se nos pone cuando sabemos que algo se acaba aunque solo sea un fin de semana.

Entonces me besaste otra vez.

No fue el más largo.

Ni el más apasionado.

Ni siquiera sé qué número le correspondía.

Fue simplemente un beso que no pedía nada, no prometía nada y no pertenecía a nadie.

Por eso comprendí que Catulo se había equivocado en una sola cosa.

No necesitábamos miles.

Nos bastaba uno.

Grande y, sobre todo, libre.

«Millones siguen viviendo en la necesidad, a pesar de que nuestra capacidad de producir se ha multiplicado enormemente.» (Y desde que se pronunció la frase de Hans Jæger nacido el 2 de setiembre de 1854 hasta hoy, los números de la producción se han elevado a la enésima potencia, así que hacer la cuenta de cuántos millones siguen viviendo en la necesidad)

Y como hoy va de besos los vamos a sellar; para que no se nos escapen. Eso cantaba Brian Hyland en 1962... aunque la canción no es suya y es de 1960


No hi ha petons al setembre

Es van acomiadar al juny amb un petó llarg i una promesa curta:

—Al setembre.

Durant l’estiu, ell li va escriure cada dia. Cartes plenes de mar, desig i nits sense ella. Abans de tancar cada sobre, besava el paper.

Ella no en va respondre cap.

El primer de setembre, ell va esperar-la a l’estació amb l’última carta a la butxaca.

Va arribar el tren. Després un altre.

Ella, no.

Aquella nit va obrir la carta que mai havia enviat.

Només hi havia escrit:

«Si tornes, no cal que contestis.»

I va besar-la per última vegada.


martes, 1 de septiembre de 2026

 

LA REVOLUCIÓN

Versión libre de «La revolución», de Sławomir Mrożek


Mi primera revolución empezó un domingo por la tarde, después de la siesta. No hubo barricadas, proclamas ni canciones de protesta. Solo una habitación y yo.

La cama estaba junto a la pared, el armario enfrente y la mesa en medio. Llevaban tantos años en la misma posición que parecían funcionarios con plaza fija.

De repente, aquella distribución me pareció insoportable. No estaba mal, pero me aburría, que es una razón mucho más peligrosa. Así que decidí cambiarlo todo.

Puse la cama donde estaba el armario y el armario donde estaba la cama.

Durante unos días me sentí otro hombre. Entraba en la habitación y necesitaba unos segundos para saber dónde estaba. No era felicidad, pero entonces todavía confundía la novedad con la felicidad.

Luego regresó el aburrimiento.

Observé los muebles con desconfianza y llegué a la conclusión de que el problema era la mesa. Los seres humanos somos así: cuando algo no funciona, buscamos un culpable que no pueda defenderse.

La mesa ocupaba el centro de la habitación desde hacía años. Era el poder establecido. El régimen. La dictadura de las cuatro patas.

La arrastré hasta una esquina y coloqué la cama en medio.

El resultado fue inconformista.

Dormir en el centro de una habitación produce una extraña sensación de libertad. No tienes una pared a la que volver la cara ni un rincón donde esconder los ronquidos. Estás expuesto. Desprotegido. Libre.

Descubrí entonces que la libertad se parece bastante a una corriente de aire.

Durante unos días soporté aquella incomodidad con orgullo. Cada dolor de espalda era una prueba de mi rebeldía. Cada vez que me levantaba por la noche y me golpeaba con la mesa, me sentía un poco más comprometido con la causa.

Pero llegó ese momento terrible en que la novedad deja de ser novedad y solo queda el golpe en la espinilla.

Decidí dar un paso más.

Puse la cama de nuevo junto a la pared y trasladé el armario al centro.

Aquello ya no era inconformismo. Era vanguardia.

El armario dividía la habitación en dos territorios. Para llegar a la ventana tenía que rodearlo. Para abrir la puerta, meter la barriga. Para encontrar los calcetines, realizar una expedición.

No era un mueble. Era una instalación artística.

Pensé incluso en ponerle un título: La ropa interior ocupa el espacio público.

Durante un tiempo me sentí moderno, transgresor y ligeramente idiota. Después volví a acostumbrarme. El armario dejó de parecer una obra de arte y comenzó a parecer lo que era: un armario en medio, molestando.

Comprendí entonces que el problema no estaba en la cama, en la mesa ni en el armario. El problema eran los límites de la habitación.

Si dentro de cuatro paredes no era posible un cambio verdadero, había que traspasar las fronteras de lo razonable. Cuando el inconformismo fracasa y la vanguardia acaba convertida en decoración, solo queda la revolución.

Decidí dormir dentro del armario.

Aparté los abrigos, retiré unas cajas de zapatos y me introduje de pie. Cerré las puertas.

Mi revolución olía a naftalina.

Aquella noche no dormí. Tampoco la siguiente. Se me hincharon los pies, la espalda comenzó a enviarme comunicados de protesta y perdí la sensibilidad en el brazo derecho. Pero, por primera vez, el paso del tiempo no consiguió domesticar el cambio.

Al contrario.

Cada hora que pasaba dentro del armario era más consciente de mi revolución. Principalmente porque me dolía una parte nueva del cuerpo.

Había triunfado.

La costumbre, ese animal que termina durmiendo en cualquier parte, no podía conmigo. Yo continuaba incómodo, dolorido y despierto. Exactamente como el primer día.

El único inconveniente fue que mi capacidad revolucionaria resultó superior a mi resistencia física.

A la tercera noche salí del armario arrastrándome y me metí en la cama.

Dormí tres días seguidos.

Cuando desperté, coloqué el armario junto a la pared, la cama en su lugar de siempre y la mesa en medio. El antiguo régimen recuperó el poder sin necesidad de elecciones.

Desde entonces, cuando el aburrimiento vuelve a visitarme, abro el armario y miro su interior.

A veces me da un pequeño tirón en la espalda.

Y se me pasa.

«Cuando amas, tienes que partir.» (Blaise Cendrars nacido el 1 de setiembre de 1887. Su frase no se refiere a abandonar al ser amado -como ya ha supuesto mi erudito público- sino de rechazar su posesión y la inmovilidad)

Zendaya cumple hoy 30 años justos. La canción del vídeo, Replay, es de 2013, así que ya lleva años en esto... y en lo otro como actriz y bailarina.


BOTÓ DE REPETICIÓ

Ella sempre deia que no repetia amants.

—Les segones parts solen ser pitjors.

Però aquella nit ell va trucar.

No va preguntar res. Ella tampoc.

Van acabar al mateix llit, amb els mateixos errors, les mateixes presses i aquella manera seva de besar-li el coll que encara recordava massa bé.

Quan ell es va adormir, ella el va mirar una estona.

Després va somriure.

Potser tenia raó: les segones parts eren pitjors.

Per això va decidir donar-li al botó de repetició.


domingo, 30 de agosto de 2026

 

BORRAR LA FOTO


He pensado bastante en las fotografías.

En esas fotografías familiares que uno va dejando por las redes sociales casi sin darse cuenta: una comida, unas vacaciones, una boda, un niño que llega, una mirada que no necesita pie de foto porque ya lo dice todo. Antes se guardaban en álbumes y se enseñaban a las visitas después del café. Ahora las colgamos en Instagram para que las vea medio planeta, incluida gente a la que no invitaríamos ni a tomar el café.

Esther González también tenía las suyas.

Una mujer. Su mujer.

Un hijo. Su hijo.

Una familia, vaya.

Nada especialmente revolucionario en España en 2026. Ni siquiera debería ser necesario aclararlo. Pero lo aclaro porque resulta que Esther González, futbolista española de élite, campeona del mundo, ha fichado por el Al Qadsiah de Arabia Saudí y, coincidiendo con su llegada allí, esas fotografías familiares han desaparecido de la primera línea de sus redes sociales.

No sé si alguien se lo pidió.

No sé si fue una recomendación del club, del representante, de un asesor, de un abogado o del Espíritu Santo encargado de las relaciones públicas del fútbol saudí.

Ella no lo ha explicado.

Por tanto, no voy a inventármelo.

Pero existe una coincidencia de esas que te obligan, por lo menos, a levantar una ceja: cambias Estados Unidos por Arabia Saudí y tu mujer y tu hijo desaparecen de Instagram.

Debe de ser cosa del algoritmo.

Ya sabemos cómo son los algoritmos.

Muy suyos.

Lo curioso es que Esther sigue teniendo mujer. Y sigue teniendo hijo. Borrar una fotografía no modifica el Registro Civil ni, afortunadamente, los afectos. La realidad tiene esa mala costumbre de continuar existiendo aunque la elimines de la pantalla.

Y ahí es donde el asunto deja de parecerme una anécdota deportiva.

Porque Arabia Saudí es un país donde las relaciones homosexuales están perseguidas. Un país que quiere modernizar su imagen, organizar grandes acontecimientos deportivos, fichar futbolistas, golfistas, entrenadores y estrellas internacionales, mientras determinadas vidas continúan resultando incómodas cuando salen en la fotografía.

Puedes jugar al fútbol.

Puedes marcar goles.

Puedes ser campeona del mundo.

Puedes ser una estrella.

Pero, por favor, procura que tu biografía no moleste demasiado.

Es una modernidad curiosa.

Algo así como instalar la última versión del sistema operativo en un ordenador del siglo pasado.

Y quiero ser cuidadoso porque resulta muy fácil juzgar desde el sofá de casa, donde uno puede querer a quien le dé la gana sin preguntarse si una fotografía puede traerle problemas. Si Esther González ha retirado esas imágenes para proteger a su familia o protegerse ella, puedo comprender el miedo.

Lo que me cuesta bastante más comprender es el paso anterior.

Porque nadie la ha deportado allí.

Ha fichado.

Y fichar significa elegir.

Ahí empieza para mí la verdadera reflexión.

Todos tenemos un precio.

No nos engañemos.

Nos gusta pensar que no, que somos hombres y mujeres de principios, sólidos como una roca, inmunes al dinero, al poder y a las tentaciones. Hasta que alguien coloca una cifra suficientemente grande encima de la mesa y descubrimos que algunos principios eran sólidos, sí, pero tenían ruedas.

Yo tampoco sé cuál sería mi precio.

Y precisamente por eso procuro no ponerme demasiado solemne.

Pero hay contratos que incluyen cláusulas que no aparecen escritas.

Te pagan por jugar al fútbol y quizá también, indirectamente, por no enseñar demasiado quién eres.

Te pagan por tus goles, pero la factura puede incluir un pequeño descuento sobre tu identidad.

Nada grave.

Solo unas fotografías.

Solo tu mujer.

Solo tu hijo.

Solo una parte de tu vida.

Y aquí aparece una paradoja especialmente amarga tratándose del fútbol femenino.

Durante décadas las mujeres han luchado para poder jugar al fútbol. Para poder vivir profesionalmente de él. Para ser visibles. Para que las televisiones retransmitieran sus partidos. Para que los estadios se llenaran. Para que una niña pudiera decir «quiero ser futbolista» sin que nadie le regalase una muñeca para corregirle la vocación.

Visibilidad.

Esa ha sido precisamente una de las grandes conquistas.

Y ahora resulta que una futbolista alcanza un magnífico contrato profesional en un país donde, para integrarse cómodamente, puede resultarle conveniente hacerse invisible en aquello que forma parte esencial de su vida.

No deja de tener cierta crueldad.

Hemos conseguido que las mujeres sean visibles sobre el césped para pedirles después que determinadas mujeres sean discretas fuera de él.

No quiero convertir a Esther González en símbolo de todos los males.

Sería demasiado fácil y seguramente injusto.

La responsabilidad principal pertenece a una sociedad y a un sistema político que consideran problemático aquello que en otros lugares hemos tardado siglos en aceptar como normal: que dos personas adultas puedan amarse sin pedir permiso.

Pero tampoco compro la teoría de que las decisiones individuales carecen siempre de responsabilidad.

Somos lo que elegimos cuando podemos elegir.

Especialmente cuando nuestras elecciones tienen un valor público.

Un futbolista que anuncia unas zapatillas sabe que está prestando su imagen para vender zapatillas. Una estrella que ficha por una competición sabe también que, además de jugar, presta una parte de su prestigio a quien la contrata.

Eso es precisamente lo que busca Arabia Saudí con buena parte de sus inversiones deportivas: que cuando pensemos en el país pensemos también en fútbol, grandes competiciones, estadios, estrellas y modernidad.

Que miremos el césped.

No demasiado alrededor.

Por eso las fotografías de Esther me parecen importantes.

Mucho más importantes que un gol.

Porque en esas imágenes borradas cabe toda la contradicción.

Una mujer que ha conquistado la libertad suficiente para casarse con otra mujer llega a un país donde ese matrimonio no existe jurídicamente como tal y donde las relaciones entre personas del mismo sexo son perseguidas.

Y para entrar en ese nuevo mundo, la familia desaparece de la pantalla.

Quizá por prudencia.

Quizá por miedo.

Quizá por consejo.

Quizá por dinero.

Probablemente por una mezcla de cosas que desconocemos.

Pero la fotografía ya está hecha aunque haya sido borrada.

Y no me refiero a la de Instagram.

Me refiero a esta otra:

una extraordinaria futbolista posando sonriente con la camiseta de su nuevo equipo mientras, fuera del encuadre, quedan su mujer y su hijo.

A veces lo verdaderamente importante de una fotografía no es lo que aparece en ella.

Es aquello que, para poder hacerla, hemos tenido que sacar del encuadre.

«Lo que un hombre es se compone de tres cosas: lo que posee de nacimiento, lo que recibe de su entorno y, lo más importante, lo que consigue mediante su propio esfuerzo.» (Józef Maria Bocheński nacido el 30 de agosto de 1902 fue fraile dominico, filósofo y lógico polaco gracias a su entorno y a su propio esfuerzo. Supongo que de nacimiento lo estuvieron cuidando y alimentando, que no es poco)

Martin Jackson cumple hoy 68 años y hace 40 la canción de su grupo Swing Out Sister, Breakout, no hubiese sonado igual sin su batería.


La porta ja era oberta

La porta no estava tancada.

Ho va descobrir després de trenta anys demanant permís per sortir.

Al marit. Als fills. A la feina. Als pares morts, fins i tot.

Aquell matí va omplir una maleta petita. Només roba, un llibre i aquell vestit vermell que sempre havia considerat massa atrevit.

Abans de marxar, va deixar una nota:

—No busqueu culpables. He trigat massa a trobar-me.

Va baixar al carrer.

Ningú no la perseguia.

I això, estranyament, va ser el que més li va doldre.


sábado, 29 de agosto de 2026

 

AMAR POR RIGUROSO TURNO


El corazón humano tiene varias habitaciones, pero la moral exige entregar las llaves de una antes de entrar en la siguiente.

Podemos enamorarnos muchas veces. Incluso queda bien decirlo cuando uno ha alcanzado cierta edad. Se cuenta durante una cena, con una copa en la mano y esa expresión de quien ha sobrevivido a varios naufragios sentimentales:

—He amado mucho.

Y los demás asienten con respeto. Algunos hasta sienten envidia. Qué hombre tan afortunado. Qué mujer tan intensa. Cuánta vida acumulada entre las sábanas y la memoria.

Eso sí: los amores deben haber ocurrido por riguroso turno.

Primero uno. Después otro. Más tarde un tercero. Puede uno prometer amor eterno cuatro veces, siempre que respete el orden cronológico. La eternidad, por lo visto, admite renovaciones.

El problema comienza cuando el corazón, que nunca ha estudiado Derecho, confunde los plazos. Entonces alguien se enamora antes de haber dejado de querer, o desea a otra persona mientras todavía comparte cama, hipoteca y contraseña de Netflix con la anterior.

Si es hombre, será mujeriego. También seductor, canalla o incorregible, palabras que a veces se pronuncian con una admiración clandestina.

Si es mujer, el diccionario despliega su sección de armas blancas: casquivana, ligera, promiscua y otras expresiones que suelen decir más de quien las utiliza que de quien las padece. Al hombre se le contabilizan conquistas; a la mujer, antecedentes.

No pretendo convertir la infidelidad en una rama de la antropología. La naturaleza puede explicar el deseo, pero no justifica la mentira. Que seamos capaces de amar a varias personas no nos autoriza a engañarlas. También somos capaces de robar un banco y no por eso deberíamos exigir una subvención evolutiva.

La cuestión es otra.

Una persona puede amar a tres parejas a lo largo de veinte años y ser considerada estable. Si las ama durante el mismo año, se convierte en una amenaza para la civilización occidental. El número no escandaliza. Escandaliza la coincidencia.

Tampoco importa demasiado si todos lo saben y lo aceptan. La sociedad sospecha de cualquier relación que no contenga una dosis razonable de sufrimiento clandestino. Tolera mejor una pareja monógama que se desprecia en silencio que tres personas que han aprendido a hablar sin mentirse. La infelicidad convencional siempre ha tenido mejor reputación que la felicidad sin licencia.

Quizá la monogamia no sea nuestra naturaleza, sino nuestra forma preferida de organizar el miedo: miedo a ser sustituidos, comparados, abandonados; miedo a que alguien descubra en otra persona lo que dejó de buscar en nosotros.

Y, sin embargo, elegimos. Porque la fidelidad no consiste en quedarse ciego ante los demás, sino en decidir qué hacemos con lo que vemos. No es ausencia de deseo. Es una promesa consciente, siempre que nadie la haya firmado bajo engaño.

El ser humano puede ser polígamo, poliándrico, monógamo o simplemente estar confundido. A veces todo ello antes del desayuno.

Pero la sociedad no le exige que ame una sola vez.

Solo le exige que haga cola.

«Que las olas me traigan y las olas me lleven, y que jamás me obliguen el camino a elegir» (Manuel Machado nacido el 29 de agosto de 1874 para ser poeta y hermano de Antonio. Ambos indolentes. Ambos libres. Ambos escépticos)

El 29 de agosto de 1989 Elton John publica su vigesímosegundo álbum Sleeping with the Past. En el vídeo una de las canciones más conocidas: escucharla sin sacrificio. Merece la pena.


LA MEITAT INTACTA

Quan ella va marxar, ell va deixar el seu costat del llit intacte, com si la fidelitat pogués consistir a no arrugar uns llençols. Cada nit dormia arrapat a la vora, castigant-se per un desig que havia confós amb amor.

Al cap d’un any, ella va tornar a buscar una capsa de fotografies.

—Encara m’esperes?

Ell va mirar el buit, tan ben conservat, i va negar amb el cap.

No l’esperava. Només havia après a conviure amb el sacrifici.

Aquella nit, per fi, dormí al mig.


viernes, 28 de agosto de 2026

 

EL DERECHO A ABURRIRSE


El otro día un niño dijo:

—Me aburro.

Y tres adultos se levantaron como si hubiera gritado «¡fuego!».

Uno propuso llevarlo al parque. Otro buscó en el móvil un taller de cerámica infantil. El tercero recordó que, a veinte minutos en coche, había una exposición interactiva sobre dinosaurios con realidad aumentada. Faltó llamar a Protección Civil.

El niño los miraba en silencio. Solo había comunicado un estado de ánimo, pero los mayores ya estaban organizando un dispositivo de emergencia.

Hoy el aburrimiento infantil parece una modalidad de abandono. Si un niño se aburre, alguien considera que sus padres no se esfuerzan lo suficiente, que los abuelos han perdido facultades recreativas o que el tío carece de imaginación. Hemos dejado de ser familiares para convertirnos en animadores socioculturales.

Hay niños con una agenda que haría llorar a un subsecretario: natación, inglés, robótica, teatro, música, fútbol y, cuando empiezan a mostrar síntomas de agotamiento, mindfulness.

Los apuntamos a mindfulness para que aprendan a no hacer nada, pero a una hora determinada, con monitor y cuota mensual.

Todo sea para evitar que se aburran.

Cuando yo era pequeño también me aburría. Supongo. No lo recuerdo porque el aburrimiento no dejaba fotografías. Nadie inmortalizaba aquellos momentos ni escribía debajo: «José Ángel, siete años, mirando una pared durante cuarenta minutos».

Si decía que me aburría, la respuesta solía ser:

—Pues abúrrete.

Entonces aquella frase me parecía de una crueldad extraordinaria. Ahora empiezo a pensar que era una concesión de libertad.

Nadie organizaba nada. Nadie me entregaba materiales reciclables para estimular mi creatividad. Nadie me preguntaba qué actividad prefería realizar para gestionar mis emociones. Tenía que buscarme la vida.

Y me la buscaba.

Convertía una caja de cartón en una fortaleza, una silla en un caballo y dos piedras en enemigos irreconciliables. A veces jugaba con otros niños. Otras veces daba patadas a una lata. También podía pasar un buen rato sin hacer absolutamente nada, que es una actividad mucho más difícil de lo que parece.

No digo que nuestra infancia fuera mejor. En muchas cosas fue peor. Tampoco pretendo confundir el aburrimiento con la soledad, el abandono o la falta de atención. Pero entre desentenderse de un niño y organizarle hasta el último minuto de su existencia debería quedar algún espacio vacío.

Una tarde sin programa.

Un rato sin pantallas.

Un tiempo en el que nadie le diga qué tiene que hacer con su tiempo.

Porque quizá de ese hueco no salga nada. O quizá salga un juego, una historia, una travesura, una pregunta incómoda o la primera conversación seria consigo mismo.

De adulto también me he aburrido. Mucho. Me he aburrido en reuniones, en conferencias, en películas excelentes según la crítica y en conversaciones que no se atrevían a terminar. Me han aburrido y, para ser justo, también he aburrido yo a otros con una eficacia bastante profesional.

Mi vida no ha sido una fiesta diaria. Por fortuna.

He tenido domingos largos, esperas inútiles, viajes interminables y sobremesas en las que el reloj parecía haberse quedado dormido. Y no me considero infeliz. Tal vez porque aprendí que no todos los minutos están obligados a justificar su existencia.

Me preocupa que criemos niños incapaces de soportar un silencio, una espera o una tarde sin acontecimientos. Adultos que necesiten estímulos constantes para no quedarse a solas con sus propios pensamientos. Personas que interpreten cualquier pausa como un fallo del sistema y cualquier rutina como una tragedia.

Por eso reivindico el derecho de los niños y las niñas a aburrirse. A decir «me aburro» sin que toda la familia se movilice para practicarle una reanimación recreativa.

La próxima vez que un niño pronuncie esas dos palabras, quizá deberíamos respirar hondo y contestar como antes:

—Pues abúrrete.

Si al cabo de un rato inventa algo, estupendo.

Y si continúa mirando la pared, dejémoslo tranquilo.

Puede que solo esté aprendiendo a vivir cuando nadie organiza la función.

 «I have a dream» (“He tenido un sueño”. Ese es el título del discurso que pronunció Martin Luther King el 28 de agosto de 1963. En él proclamaba un mundo en el que los hombres de piel negra y los de piel blanca pudiesen vivir en paz. Si, era un sueño porque la realidad es una pesadilla)

El 28 de agosto de 1964 el flamante premio nobel de literatura de 2016 Bob Dylan, inicia a los 4 miembros de The Beatles en el consumo de marihuana. Ellos, dos años más tarde componen una canción, más bien una "oda" a aquella noche.


UNA ALTRA MENA D’AMOR

Va entrar a l’habitació de la mà d’un poeta i amb una rialla estranya. Jo no sabia com es deia, però Ringo mirava el sostre com si el cel hagués baixat a saludar-lo.

La vaig tastar. De sobte, les parets van deixar de ser serioses i Paul anotava frases en un tovalló.

—Això acabarà en una cançó —va dir John.

Dos anys després, tothom va creure que Paul cantava a una dona.

Només nosaltres sabíem que aquella nit no havíem conegut cap noia, sinó una manera nova de perdre el cap.