jueves, 4 de junio de 2026

 

LA SILLA DE LOS MÉRITOS


La primera vez que la silla tiró al concejal de Modernización, todos pensamos que había sido un fallo hidráulico. La segunda, cuando escupió al jefe de Servicio de Coordinación Estratégica contra el ficus de plástico, empezamos a sospechar que el mobiliario municipal había adquirido conciencia. La tercera, cuando se negó a sostener al director del Área de Innovación Administrativa justo después de pronunciar la palabra sinergias, el interventor pidió que aquello constara en acta.

Nadie supo cómo redactarlo.

En la administración pública existe un formulario para casi todo: pedir una licencia, corregir una licencia mal pedida, extraviar el expediente de una licencia, negar haber extraviado el expediente de una licencia y constituir una comisión para estudiar por qué la licencia sigue debajo de una carpeta azul desde 2018. Pero no había modelo normalizado para una silla con principios.

La silla había llegado el lunes, embalada con cartón ecológico y una pegatina del proveedor: “Ergonomía inteligente para organizaciones del siglo XXI”. La compraron con cargo a una partida de prevención de riesgos laborales, porque el Ayuntamiento llevaba años previniendo riesgos, sobre todo el riesgo de trabajar demasiado.

Era una silla gris, discreta, con respaldo flexible, ruedas suaves y reposabrazos regulables. Una silla de despacho importante. No de esas que se sientan contigo, sino de esas que se sientan sobre ti.

La colocaron en la sala de juntas, en la cabecera de la mesa ovalada donde se celebraban las reuniones que empezaban con retraso, continuaban con PowerPoint y terminaban con la frase “lo seguimos trabajando”, que en la administración significa “esto morirá en una subcarpeta”.

Yo trabajaba en Recursos Humanos. Me llamo Martín Soler y llevaba veintidós años en el Ayuntamiento, tiempo suficiente para haber visto desaparecer tres planes de eficiencia, dos plataformas digitales, cinco concejales de impulso transversal y una máquina de café que funcionaba. Lo de la máquina de café fue lo más traumático, porque al menos aquella daba resultados.

El concejal de Modernización quiso estrenar la silla en una reunión sobre simplificación administrativa. Era un hombre joven, con barba cuidada, zapatillas blancas y esa seguridad de quien ha leído dos libros de liderazgo en diagonal. Traía bajo el brazo una carpeta vacía. No era una metáfora: estaba vacía. En el Ayuntamiento algunos habían llegado muy lejos con menos.

—Hoy empezamos una nueva etapa —dijo, sentándose—. Queremos una administración ágil, cercana y centrada en las personas.

La silla bajó tres centímetros.

El concejal miró debajo, molesto.

—Será el pistón.

Nadie contestó. En una administración pública, cuando alguien dice “será el pistón”, lo prudente es asentir aunque no haya pistón, ni silla, ni esperanza.

—Necesitamos romper silos —continuó—, generar ecosistemas colaborativos y poner al ciudadano en el centro.

La silla se inclinó hacia la derecha y lo depositó en el suelo con una delicadeza insultante.

No fue una caída violenta. Fue peor. Fue educada. La silla lo dejó caer como quien devuelve un expediente mal tramitado.

Durante unos segundos nadie respiró.

Luego Pilar, la auxiliar del Registro, murmuró:

—Pues centrado, centrado, ha quedado.

El concejal se levantó rojo, se sacudió el pantalón y dijo que aquello era inadmisible.

La silla crujió.

No fue un crujido de mueble. Fue un crujido con expediente sancionador.

Llamaron al proveedor esa misma mañana. Apareció un técnico llamado Eusebio, con una caja de herramientas y cara de haber visto muchas sillas, pero pocas revoluciones éticas.

—A ver, que me siente yo —dijo.

Se sentó. La silla no hizo nada.

Subió, bajó, giró, ajustó el respaldo.

—Está perfecta.

—No puede estar perfecta —dijo el jefe de Servicio—. Ha tirado al concejal.

—Eso no lo cubre la garantía.

—¿Cómo que no?

—La garantía cubre defectos de fabricación. No criterios políticos.

El jefe de Servicio lo miró con disgusto.

—Aquí nadie ha hablado de política.

La silla soltó un pequeño sonido neumático. Como una risa, pero con nómina.

A partir de ahí empezó la investigación. Primero informal, que es como empiezan las cosas serias cuando nadie quiere firmarlas. Luego formal, que es como continúan cuando ya no queda más remedio.

La llamaron Comisión de Seguimiento del Incidente Ergonómico.

La presidía el director del Área de Organización, un hombre que llevaba doce años reorganizando sin que nadie hubiera notado mejora alguna, salvo en la longitud de los organigramas. También estaban el jefe de Recursos Humanos, la técnica de Prevención, el interventor, una asesora jurídica y yo, porque alguien tenía que tomar notas y conservar cierta tristeza profesional.

La silla ocupaba el centro de la sala. Nadie quería sentarse.

—Tenemos que abordar esto con rigor —dijo el director de Organización.

La silla giró sola hasta darle la espalda.

—¿Lo habéis visto? —preguntó Pilar desde la puerta.

—Pilar, esta reunión es interna.

—Ya. Como todo lo que luego tengo que arreglar yo.

Pilar era auxiliar administrativa desde hacía treinta y un años. Sabía dónde estaban los expedientes, quién los había perdido, quién fingía buscarlos y qué funcionario tenía escondida una grapadora buena en el cajón. Si el Ayuntamiento hubiera ardido, Pilar habría reconstruido la institución con tres clips y una mirada de desprecio.

—Si queréis comprobar la silla —dijo—, que se siente alguien útil.

Hubo silencio.

Era una propuesta peligrosa. En una administración, la palabra “útil” conviene usarla con guantes.

—Siéntate tú —dije.

Pilar dejó la carpeta sobre la mesa y se sentó.

La silla no solo la sostuvo. Subió un poco. El respaldo se adaptó a su espalda. Los reposabrazos encajaron a la altura exacta. Las ruedas se bloquearon con suavidad. Parecía cómoda. Parecía agradecida.

Pilar arqueó una ceja.

—Pues esta silla entiende.

El interventor tomó nota.

—Debe constar que el bien mueble presenta comportamiento diferencial según usuario.

—Ponga usted lo que quiera —dijo Pilar—, pero la silla no es tonta.

Esa frase circuló por el Ayuntamiento antes del mediodía.

A las dos, ya había cola en el pasillo.

Primero se sentó Tomás, administrativo de Urbanismo, un hombre lento, inseguro, de los que preguntaban siempre antes de estropear algo. La silla lo sostuvo.

—Yo no domino bien el programa nuevo —confesó—, pero me estoy mirando los tutoriales en casa.

La silla subió medio centímetro.

Luego se sentó Maribel, técnica de Medio Ambiente, que había salvado más subvenciones europeas que todos los cargos de confianza juntos.

—Yo he redactado tres planes que luego firmaron otros —dijo.

La silla permaneció firme, casi solemne.

Después se sentó el asesor de Comunicación.

—Mi función es construir relato institucional.

La silla salió rodando hacia atrás y lo dejó en medio del pasillo.

—Eso ha sido violencia mobiliaria —dijo él desde el suelo.

—No —respondió Pilar—. Eso ha sido síntesis.

Durante una semana, la silla se convirtió en el acontecimiento principal del Ayuntamiento. Más que el presupuesto, más que la huelga de limpieza, más que la web municipal, que llevaba caída desde el jueves y aún figuraba en Twitter como “administración digital de referencia”.

Los empleados hablaban de ella en la máquina de agua.

—A mí me sostuvo.

—Normal, tú trabajas.

—Al de Participación Ciudadana lo tiró antes de sentarse.

—Eso es prevención.

Los jefes, en cambio, empezaron a preocuparse. Algunos cambiaban de pasillo para no cruzarse con la sala de juntas. Otros decían que aquello era una superstición. El director de Innovación pidió teletrabajar indefinidamente, cosa sorprendente porque hasta entonces había defendido que “la presencia genera cultura”.

El alcalde convocó una reunión urgente.

El alcalde era un hombre de sonrisa entrenada y frases redondas. Había aprendido a decir “escuchar a la ciudadanía” sin escuchar a nadie en particular. No era mala persona. Ese era precisamente el problema: las malas personas son más fáciles de narrar. Él era amable, simpático y hueco, como una rotonda recién inaugurada.

Entró en la sala con su jefe de gabinete, dos asesores y una fotógrafa.

—Vamos a resolver esto con naturalidad —dijo.

—¿Con fotos? —pregunté.

—La transparencia es importante.

—Sobre todo si hay flash —dijo Pilar.

El alcalde sonrió, aunque no le hizo gracia. Los políticos tienen una resistencia admirable a la vergüenza ajena, especialmente cuando es propia.

—Yo me voy a sentar —anunció—. Y así terminamos con rumores.

La sala se quedó quieta.

El alcalde se acercó a la silla. La miró como se mira a un perro grande que quizá no muerde si nota autoridad.

Se sentó.

Durante dos segundos no ocurrió nada.

El jefe de gabinete suspiró. La fotógrafa levantó la cámara.

—Como veis —dijo el alcalde—, las instituciones deben estar por encima de las anécdotas.

La silla empezó a bajar.

Muy despacio.

—La ciudadanía espera de nosotros altura de miras.

La silla bajó más.

—Y liderazgo compartido.

Más.

—Y una apuesta decidida por el talento interno.

La silla quedó tan baja que la barbilla del alcalde apenas superaba el borde de la mesa.

Pilar tosió para no reírse. Le salió mal.

El alcalde intentó levantarse, pero la silla bloqueó las ruedas y giró hacia la pared, dejándolo de cara a un cartel de prevención que decía: “Tu postura importa”.

El interventor carraspeó.

—Esto ya tiene alcance institucional.

El jefe de gabinete se abalanzó sobre la situación con esa agilidad que solo tienen quienes no hacen nada pero lo hacen deprisa.

—Hay que controlar el relato.

La silla crujió.

—El relato también —añadió Pilar.

La crisis llegó al pleno municipal. La oposición pidió explicaciones. El gobierno habló de sabotaje. Un concejal acusó al proveedor. Otro insinuó que podía tratarse de una campaña contra la estabilidad. Alguien propuso auditar todas las sillas del edificio.

El sindicato, con excelente instinto, exigió que la silla formara parte de los procesos de promoción interna.

—Si evalúa mejor que algunos tribunales —dijo un delegado—, habrá que reconocerle funciones.

Aquello desató el pánico.

El problema no era que la silla tirara a los incompetentes. El problema era que acertaba demasiado.

Se solicitó un informe jurídico.

La asesora redactó veintisiete páginas para concluir que el Ayuntamiento no podía reconocer capacidad valorativa a un bien mueble sin modificar previamente el inventario, el reglamento orgánico y probablemente la autoestima de varios departamentos.

El informe terminaba así:

“No obstante, se recomienda adoptar medidas preventivas para evitar que el uso no regulado del asiento genere expectativas legítimas de justicia organizativa.”

Esa frase fue celebrada por todos los que no pensaban sentarse nunca.

Finalmente, el alcalde dictó una resolución.

La silla fue retirada de la sala de juntas “por razones de seguridad, neutralidad institucional y prudencia administrativa”. Nadie dijo miedo. En las resoluciones no se dice miedo. Se dice prudencia administrativa, que queda igual de cobarde pero con sello.

La llevaron al archivo, planta sótano, junto a expedientes de obras menores, urnas viejas y material electoral caducado.

Pensé que ahí acabaría todo.

Me equivoqué.

Dos meses después, el Ayuntamiento presentó su gran proyecto anual: Plan Integral de Evaluación Objetiva del Talento Público 2030. Había logotipo, vídeo promocional, nota de prensa y una jornada inaugural con café malo y pastas secas, que es como se solemnizan las mentiras modestas.

El alcalde habló de mérito, capacidad, innovación y cultura evaluadora. El concejal de Modernización, sentado en una silla nueva con doble refuerzo, anunció una herramienta digital para medir competencias mediante cuestionarios anónimos.

—Queremos escuchar a nuestra gente —dijo.

Pilar, a mi lado, susurró:

—Mientras no responda.

Al final del acto descubrieron una placa en la entrada del archivo municipal.

Decía:

ESPACIO DE MEMORIA ERGONÓMICA

En reconocimiento a los avances del Ayuntamiento en cultura organizativa.

Debajo, tras una vitrina, estaba la silla.

Limpia. Iluminada. Inofensiva.

Le habían puesto un cordón rojo delante, como a las obras de arte y a las verdades peligrosas.

Los cargos se hicieron fotos a su lado. Ninguno se sentó.

Esa fue la solución definitiva: cuando un mueble empezó a evaluar de verdad, la administración lo convirtió en exposición permanente.

Y así todos pudieron seguir hablando de mérito sin correr el riesgo de practicarlo.

«El impuesto no debe ser destructivo ni desproporcionado a la masa de ingresos de la nación.» (François Quesnay fue un economista y filósofo nacido el 4 de junio de 1694 que ya se dio cuenta de la voracidad del estado para con sus ciudadanos. Una frase que nos viene muy bien por estas fechas)

Supongo que The Beatles tuvieron que pagar sus impuestos por dedicarle la canción del vídeo al "recaudador de impuestos".

La mossegada legal

Cada abril, l’Ernest somreia davant del mirall i practicava cara de ciutadà responsable. Després obria la carta d’Hisenda i li queien deu anys, dues il·lusions i mitja esperança.

—És pel bé comú —deia el funcionari, sense aixecar els ulls.

L’Ernest va assentir. Al carrer, va comprar una llibreta petita i hi va escriure: “Avui m’han robat amb rebut”.

Aquella nit va dormir tranquil. Per fi havia entès la civilització.

 



miércoles, 3 de junio de 2026

 

LA MOCIÓN QUE NO QUERÍA HACER LA MALETA


La agencia de viajes se llamaba Horizontes Democráticos, aunque desde fuera parecía más bien una gestoría triste. De esas donde uno entra a preguntar por un viaje a Praga y sale con la sensación de haber firmado una declaración de la renta.

Yo había entrado para mirar destinos baratos, sin mucho convencimiento. Más por entretener la tarde que por viajar a ninguna parte. En el escaparate había ofertas a Benidorm, Lisboa y Lourdes. Esta última, dadas las circunstancias del país, me pareció la más realista.

Dentro había cola. Tres asesores con traje oscuro, una señora que hojeaba un folleto de la Toscana y un hombre que sujetaba bajo el brazo una carpeta blanca con una palabra escrita en grande: Moción.

No hacía falta ser muy listo para entender que aquel hombre no iba a preguntar por un fin de semana romántico.

—Siguiente —dijo la chica del mostrador.

El hombre avanzó. Los asesores avanzaron con él, pero un poco por detrás, como si no quisieran aparecer demasiado en la foto de la responsabilidad.

—Querría información sobre un viaje —dijo.

La empleada, joven, con gafas y cara de haber visto ya demasiadas cosas para su edad, puso los dedos sobre el teclado.

—Destino.

El hombre dudó.

—Waterloo.

La señora de la Toscana levantó la vista del folleto. El silencio hizo lo suyo. Incluso la impresora, que estaba tragándose una hoja con dificultad, pareció detenerse por respeto o por vergüenza ajena.

—¿Waterloo, Bélgica? —preguntó la empleada.

—Sí. Bueno. No exactamente. Es una consulta.

—¿Quiere viajar o solo quiere que parezca que está dispuesto a viajar?

Uno de los asesores tosió. Tosió como se tose en política: para ganar tiempo, no aire.

—Mire —dijo el hombre—, yo necesito saber qué opciones hay para ir sin ir del todo.

La chica lo miró.

—Eso no lo tengo en el sistema.

—Pues debería. Es una necesidad bastante frecuente.

—¿Billete de ida y vuelta?

—Más bien de ida y titular.

La empleada tecleó algo. Luego miró la carpeta.

—¿Viaja con equipaje?

—Lo normal.

—¿Maleta?

—Insultos.

—¿Perdón?

—Insultos antiguos. Cosas dichas en mítines, entrevistas, ruedas de prensa. Ya sabe. Lo habitual.

—Eso cuenta como exceso de equipaje.

—No puede ser. En España siempre ha viajado gratis.

La chica respiró hondo. Se notaba que le pagaban poco para según qué conversaciones.

—Aquí me sale una incidencia. Si usted quiere negociar en Waterloo, no puede facturar según qué palabras y luego presentarse en el mostrador como si viniera con flores.

—No voy con flores. Voy con una moción.

—Peor me lo pone.

El hombre apretó la carpeta contra el pecho. Detrás, los asesores miraban los folletos con un interés repentino. Uno fingía leer una oferta de crucero por el Danubio. Otro observaba un mapa de Bélgica con la concentración de quien busca una salida de emergencia.

—Yo no puedo ir allí —dijo el hombre al fin—. Compréndalo. ¿Qué dirían los míos?

—No sé quiénes son los suyos hoy.

La frase cayó sobre el mostrador sin levantar la voz. Fue peor así.

La señora de la Toscana cerró el folleto despacio. Yo hice como que miraba una oferta a Oporto, pero me quedé escuchando, naturalmente. Uno tiene principios, pero tampoco hay que exagerar.

—Los míos son los míos —respondió él.

—Claro —dijo la empleada—. El problema es que para este destino el sistema pide coherencia mínima.

—¿Y eso cuánto cuesta?

—Muchísimo.

—Entonces descarte esa tarifa.

La chica giró la pantalla un poco hacia él.

—Hay otra opción más económica. Usted anuncia que quiere presentar una moción, pide apoyos por televisión, exige elecciones, dice que la culpa es del Gobierno, de Puigdemont, de los socios, de la aritmética parlamentaria y, si se complica mucho la tarde, hasta del tiempo. Luego espera a que alguien le diga que no, y ya puede explicar que no se dan las condiciones.

El hombre pareció aliviado.

—Esa opción me resulta familiar.

—Sí. Es la más contratada.

—¿Incluye rueda de prensa?

—Dos.

—¿Y gesto grave?

—De serie.

—Perfecto.

—Pero tiene un pequeño inconveniente.

—¿Cuál?

—Que se nota.

Ahí el hombre dejó de sonreír. No mucho. Lo justo para que se le viera el cansancio. No el cansancio noble de quien ha trabajado demasiado, sino ese otro cansancio de quien lleva meses repitiendo una frase y empieza a sospechar que la frase ya no trabaja para él.

En ese momento entró un mensajero con casco de moto. Traía una carpeta amarilla.

—Paquete para el señor de Waterloo.

Nadie preguntó quién era. Todos lo sabíamos.

El hombre abrió la carpeta. Dentro había un espejo pequeño y una nota escrita a mano:

Las ofertas serias se hacen mirando a la cara.

Lo cerró enseguida.

—Esto es una provocación.

—Puede ser —dijo la empleada—. Pero también puede ser un espejo. A veces se parecen bastante.

Los asesores se movieron inquietos. Uno miró el reloj. Otro consultó el móvil. El tercero tenía la expresión de quien está calculando si todavía queda alguna salida por la puerta del baño.

—Lo pensaré —dijo el hombre, recogiendo su moción.

—¿Le reservo el billete?

—No. De momento seguiré pidiendo elecciones.

—¿Desde dónde?

—Desde donde pueda.

Y se marchó. La carpeta bajo el brazo, los asesores detrás, la cabeza alta y los pies quietos, que es una postura muy española para afrontar los viajes incómodos.

La empleada me miró entonces.

—¿Y usted?

—Yo venía a preguntar por un destino tranquilo.

—No me queda ninguno.

—¿Ni fuera de España?

—Fuera sí. Pero luego hay que volver.

Salí de la agencia sin comprar nada. En la acera hacía sol. Un sol vulgar, de miércoles, sin épica y sin comunicado oficial.

Al pasar junto al escaparate, vi reflejada la carpeta blanca del hombre alejándose calle abajo. Durante un segundo me pareció que la moción caminaba sola, arrastrando una maleta vacía, buscando un taxi hacia un aeropuerto donde nadie tuviera que embarcar de verdad.

Y pensé que quizá el problema no era Waterloo.

Quizá el problema era que aquí todo el mundo quiere llegar a alguna parte sin moverse del sitio.

«Nunca he pedido los adornos de los cargos; prefiero hacer guardia y trabajar como el soldado más humilde por la seguridad del emperador.» (El autor de la frase es Sejano que nació el 3 de junio del año 20 a. de C. Suena humilde, pero huele a ambición envuelta en uniforme limpio es decir, bien podría haberla suscrito Leire Díaz  o de su entorno. Adivinar quién es el emperador)

Michael Clarke baterista de The Birds nació el 3 de junio de 1946 y se fue a la habitación de al lado 27 años después. No me consta que pertenezca al excelso club de los 27 pero, en el más allá, no creo que le pidiesen acreditaciones. La canción que es de 1965 parece hecha compuesta por el mismo Nuñez Feijó: Gira, gira y gira.


L’ofici de girar

Quan la mare va morir, l’avi va deixar de reparar rellotges. Deia que el temps també es cansava de donar explicacions. Al taller, les agulles dormien en capses petites, com insectes de llautó. Un dia, la néta va entrar plorant perquè l’havien deixada. Ell va obrir un rellotge vell i li va donar una roda dentada.

—Guarda-la.

—Per què?

—Per recordar que tot gira, fins i tot el dolor.

Ella el va abraçar. A fora, la primavera feia veure que no sabia res.


martes, 2 de junio de 2026

 

EL ÚLTIMO CALMANTE


A mi padre, en los últimos días, dejaron de visitarlo los médicos y empezaron a visitarlo los muertos.

No lo digo en plan místico. En la habitación seguían entrando enfermeras con zuecos blandos, auxiliares con cara de final de turno y un oncólogo que hablaba como si cada frase tuviera que pedir permiso. Pero mi padre, que ya casi no podía con su cuerpo, empezó a dormirse de otra manera. Dormía hondo, con una expresión rara de hombre que por fin ha encontrado algo. Y al despertar no preguntaba por la morfina ni por el agua ni por la hora. Preguntaba por su madre.

—Ha estado aquí —decía.

Su madre llevaba cuarenta años muerta.

También habló de un hermano al que perdió de niño, de un perro que tuvo en el pueblo, de una verbena de agosto y de una mujer con vestido azul que yo no conocí, pero que por la forma en que sonreía al nombrarla debió de enseñarle algo importante sobre la vida o sobre el deseo, que a veces es casi lo mismo.

Mi hermana decía que eran alucinaciones. Yo también lo pensé. El cerebro, acorralado por el dolor y por el miedo, haciendo sus fuegos artificiales de despedida. Una descarga final de memoria emocional. El viejo truco neurológico de envolver el espanto con papel de regalo. Nada sobrenatural. Solo química, electricidad y nostalgia trabajando horas extra.

Pero una noche me pidió que le incorporara un poco la almohada. Miró hacia la butaca vacía que había junto a la ventana y me dijo, muy serio, casi ofendido:

—No pongas esa cara. La gente viene a buscar a quien quiere.

Luego se quedó dormido con una paz que no le había visto en meses. Ni siquiera respiraba como un enfermo terminal. Respiraba como un hombre que ya no tenía que defenderse de nada.

Yo me senté a su lado y entendí algo que no me gustó, quizá porque era verdad: cuando la muerte se acerca, el cerebro no se vuelve religioso; se vuelve doméstico. No abre puertas al más allá. Abre cajones. Saca voces, olores, manos antiguas, tardes intactas. Reúne a los nuestros en silencio y nos los pone alrededor de la cama para que el miedo no entre solo.

Mi padre murió dos días después.

Desde entonces, cuando alguien habla del viaje al otro lado, yo asiento por educación.

Pero en el fondo creo otra cosa.

Creo que, al final, no nos salva la fe.

Nos salva la memoria haciendo de anestesia.

«Hay que corregir lo extraño, pero conservar lo espontáneo.» (La frase de Segismundo Moret nacido el 2 de junio de 1833 es magnífica: educar no quiere decir domesticar hasta dejar a todos igual de obedientes y aburridos. Es lo que dijo)

Marvin Hamlisch (2 de junio de 1944 a 2 de agosto de 2012) se pasó toda su vida profesional componiendo y recibiendo premios por ello: los Grammy, Emmy, Tony y Oscar por "Tal como éramos" y "El golpe" (geniales ambas). Con la del vídeo, sorpresivamente, ganó el Pulitzer. 


El pas que faltava

A la prova tots somreien igual, com si la felicitat vingués amb instruccions i mitges brillants. La Marta va oblidar la coreografia al tercer gir. Va quedar-se quieta, sola, mentre la resta picava el terra amb dents de claqué. El director va aixecar una cella.

—Continua.

Ella va fer un pas petit, seu, ridícul i perfecte. No servia per a la línia. Massa humana, potser.

La van descartar.

Aquella nit, davant del mirall, va aplaudir-se sense públic. I va sonar millor.


lunes, 1 de junio de 2026

 

SI FOS…


Si fos sol, seria calor que insisteix.
Si fos lluna, seria llum que acompanya.
Si fos planeta, seria Mercuri: ràpid, prop del foc.
Si fos cel, seria blau sense coartades.
Si fos au, seria ala i salt.
Si fos mar, seria escuma que torna.

Si fos muntanya, seria neu que no demana permís.
Si fos cançó, seria lletra que et nomena sense dir-te.
Si fos llibre, seria argument amb batec.
Si fos dia, seria color a la pell.
Si fos veu, seria xiuxiueig que desarma.
Si fos paraula, seria carícia sense teatre.
Si fos nit, seria penombra amb refugi.
Si fos ball, seria ritme a la cintura.
Si fos espai, seria aire per respirar amb tu.

Si fos petó, seria humit i veritat.
Si fos carícia, seria frec que desperta.
Si fos sentiment, seria sensibilitat sense armadura.
Si fos món, seria pau amb esquerdes humanes.
Si fos fletxa, seria Cupido amb mala punteria.
Si fos himne, seria “Imagine”, però en veu baixa.
Si fos mag, seria il·lusió amb conseqüències.
Si fos poeta, seria rima que no presumeix.

Si fos passat, seria present.
Si fos present, seria futur.
Si fos futur… seria, sense dubtar-ho, passat.

Si fos substància, seria ànima.
Si fos cor, seria batec que es nega a rendir-se.
Si fos governant, seria súbdit: per aprendre.
Si fos record, seria ella.
Si fos ella, seria ell.
Si fos tot, seria res.
Si fos fruita, seria raïm madur.
Si fos fuet, seria ploma.
Si fos heroi, seria perdedor… dels que tornen.

…Si fos humà, m’agradaria ser persona.

¡T’esperem aviat Sofía!

«La moralidad no asegura el funcionamiento de una sociedad, sino la humanidad de los seres humanos.» (La frase es del filósofo Jan Patočka nacido el 1 de junio de 1907 y ferviente anticomunista. Está de actualidad y nos viene a decir que la moral no está para que el sistema vaya fino, como un ascensor recién revisado; está para que las personas no se conviertan en piezas)

Karen Mulder dejó las pasarelas por la música; de pasarelas sabía un rato. De música tuvo que cantar canciones de otras: en este caso de la reina de las discotecas, Gloria Gaynor que popularizó un tema de George Hearn. Karen cumple hoy 56 espléndidos años.

La pell sense excuses

Va passar mitja vida demanant permís per ocupar la seva pròpia cadira. Somreia quan tocava, callava quan convenia, s’empassava els noms que li penjaven com abrics molls. Una tarda, davant del mirall, es va treure la corbata, la por i dues opinions alienes. No va veure un heroi. Va veure algú cansat de fer de versió corregida.

Va sortir al carrer amb els llavis pintats de veritat.

I ningú no va aplaudir.

Millor.

Per fi no actuava.


domingo, 31 de mayo de 2026

 ¿PARA CUÁNDO EL DÍA MUNDIAL SIN REDES SOCIALES?


Nos vendieron el tabaco como elegancia y las redes sociales como libertad. En ambos casos el truco era el mismo: disfrazar una dependencia de elección personal. Antes el gesto era sacar un cigarrillo, llevarlo a la boca, encenderlo con una cierta pose de adulto interesante. Ahora el gesto es sacar el móvil, bajar el dedo, entrar en la pantalla con la misma liturgia triste del que busca algo y casi nunca sabe qué. Cambia el objeto, pero no la ceremonia. Cambia la época, pero no la trampa.

El tabaco dejaba olor en la ropa, en los dedos, en las cortinas, en los pulmones. Las redes sociales dejan otro tipo de humo: ansiedad, comparación, necesidad de aprobación, miedo a desaparecer si nadie te mira. Uno te iba consumiendo el pecho; las otras te van ocupando la cabeza. Uno amarilleaba los dientes; las otras te blanquean la vida hasta volverla irreconocible, como si vivir fuera parecer feliz en lugar de serlo. Ambos negocios entendieron antes que nadie una verdad indecente: el ser humano soporta mal el vacío y paga caro cualquier cosa que le prometa llenarlo.

Durante años, las tabacaleras negaron lo evidente. Dijeron que no había pruebas concluyentes, que la gente fumaba porque quería, que cada uno era dueño de sus vicios. Suena familiar. Hoy las grandes plataformas dicen algo parecido con mejor diseño y peores modales: que ellas solo ofrecen herramientas, que el usuario decide, que la responsabilidad está en el uso. Es una coartada de manual. Como si la máquina tragaperras pudiera declararse inocente porque nadie obliga a meter la moneda. Como si diseñar una dependencia no tuviera nada que ver con que esa dependencia exista.

También hay una coincidencia más incómoda: ambas industrias necesitaron tiempo para normalizar el daño. El tabaco se coló en el cine, en la publicidad, en las sobremesas, en el prestigio. Las redes se han colado en la infancia, en la cama, en el aula, en el tedio, en la autoestima. No entraron por la fuerza; entraron por seducción. Y casi siempre es así como se instalan las cosas que más cuesta expulsar: primero te acompañan, luego te ordenan, al final te administran.

La diferencia quizá sea esta: el fumador acababa sabiendo que fumaba. En cambio, mucha gente entra en las redes convencida de que simplemente se informa, se distrae o se relaciona. No percibe el momento exacto en que deja de usar la herramienta y pasa a ser usada por ella. Con el tabaco el cuerpo avisaba con tos, fatiga, ahogo. Con las redes los síntomas son más silenciosos y por eso más eficaces: incapacidad para aburrirse, atención hecha migas, necesidad constante de estímulo, tristeza sin nombre, irritación, insomnio, esa rara sensación de estar siempre acompañado y cada vez más solo.

Ni el tabaco ni las redes triunfaron solo por el producto. Triunfaron porque entendieron una debilidad humana y construyeron un negocio alrededor. El primero explotó la ansiedad del cuerpo. Las segundas explotan la del alma, que es más rentable y da peor prensa reconocerla. Por eso cuesta tanto discutirlas con honestidad: porque no solo nos perjudican, también nos consuelan. Y uno siempre defiende con una pasión absurda aquello que lo hiere y al mismo tiempo lo calma.

Tal vez el verdadero paralelismo sea ese. No que ambos maten del mismo modo, sino que ambos hicieron fortuna convirtiendo una necesidad humana en dependencia industrial. El tabaco se alimentó del nervio. Las redes, del desamparo. Y en los dos casos hubo una mentira central, repetida hasta el cansancio: que el problema estaba en la debilidad del consumidor y no en la codicia del vendedor.

Hemos tardado décadas en admitir que fumar no era una costumbre inocente envuelta en humo. Ahora empezamos a sospechar que mirar la pantalla tampoco es un gesto neutral envuelto en luz. El cigarrillo prometía calma y dejaba enfermedad. Las redes prometen conexión y a menudo dejan ruido, comparación y hambre de más. No sé si hemos cambiado tanto. Solo hemos sustituido la nicotina por el dedo pulgar. Y seguimos llamando libertad a aquello que, si nos lo quitan, nos pone nerviosos.

«Ahora que ya no estoy, os digo: no fuméis. Hagáis lo que hagáis, no fuméis.» (Yul Brynner Actor ruso-estadounidense, célebre por El rey y yo. Murió de cáncer de pulmón y dejó grabado un anuncio antitabaco que se emitió tras su muerte)

Y el "padre" del fútbol moderno, Johan Cruyff, también nos advirtió. Much@s recordaréis este anuncio.