domingo, 15 de marzo de 2026

 

LO QUE ÁFRICA DEJA DENTRO


Hay lugares que no se visitan: te atraviesan.

Primero fue el árbol seco, levantando sus brazos negros contra el cielo, como si todavía discutiera con Dios después de siglos de intemperie. Luego el camino roto, lleno de agua y barro, ese idioma de la tierra cuando quiere decirte que pasar no es gratis, que toda belleza exige una pequeña derrota de los zapatos, del miedo o de la comodidad. Después llegaron los elefantes, inmensos y serios, avanzando con su lentitud de catedrales vivas; las jirafas, en cambio, parecían dos pensamientos enamorados inclinándose el uno hacia el otro; y los hombres masáis, envueltos en color, quietos como si conocieran un secreto antiguo que nosotros, con nuestras prisas y nuestras cámaras, ya no sabremos descifrar nunca.

El río, visto desde arriba, no corría: recordaba. Se retorcía por la llanura como una cicatriz brillante, como una frase escrita por alguien que supo amar el mundo sin necesidad de poseerlo. Y al entrar en el Serengeti, entre polvo, nubes y coches diminutos, uno comprendía algo incómodo y hermoso: que la inmensidad no está hecha para acogerte, sino para colocarte en tu sitio.

Y luego el baobab. Su vientre abierto. Su sombra. Yo solo dentro, sonriendo. Pero no estaba solo. Me acompañaban todos los paisajes que ya se le habían metido en la sangre. Porque hay viajes que no terminan cuando deshaces la maleta. Terminan mucho después, una tarde cualquiera, cuando descubres que miras el cielo de tu ciudad y lo notas demasiado bajo, demasiado domesticado, demasiado obediente.

Entonces entiendes la verdad: no volviste igual.

Volvió tu cuerpo. Lo demás se quedó allí, pastando entre nubes, barro, árboles y silencio.











«Quien entra en la sabana mirando animales, sale viéndose a sí mismo.» (Proverbio africano)






sábado, 14 de marzo de 2026

HAKUNA MATATA


Llegué pensando que hakuna matata quería decir algo parecido a “no pasa nada”, esa frase que los turistas usamos para tranquilizarnos cuando no entendemos nada y queremos disimularlo con una sonrisa. Luego vi que no. Que allí no era una consigna para camisetas, ni una coartada para la pereza, ni el estribillo domesticado de una película. Era otra cosa. Más seria. Más limpia.

Bajo la roca, junto al fuego, los hombres no parecían tener prisa por demostrar nada. Uno removía las brasas como quien conversa con un viejo. Otro sostenía las flechas con la misma naturalidad con la que aquí sostenemos el móvil, ese arco miserable con el que nos disparamos noticias, facturas y miedo. Los niños corrían por la tierra con un palo en la mano y el mundo entero por delante. Las mujeres, los cuerpos pequeños, la sombra de los árboles, el agua robada al tronco, la miel compartida en una palma abierta: todo ocurría con una lógica antigua que no necesitaba explicaciones ni folletos.

Yo, en cambio, llevaba encima todo lo demás: reloj, cámara, mochila, costumbre, ese cansancio elegante del hombre civilizado que cree poseer muchas cosas y al final solo transporta preocupaciones como quien arrastra latas atadas al alma.

Allí entendí que hakuna matata no significa que no exista el hambre, ni la intemperie, ni el dolor, ni la muerte. Sería una estupidez pensarlo. Significa, quizá, algo más difícil: que incluso sabiéndolo, incluso teniéndolo cerca, todavía se puede bailar; todavía se puede reír con la boca llena de polvo; todavía se puede compartir la miel antes que el miedo.

Los vi y pensé que tal vez los salvajes somos nosotros, tan expertos en complicarlo todo, en poner precio a la calma, en encerrar la alegría detrás de una agenda.

Ellos tenían poco.

Nosotros tenemos demasiado.

Y, sin embargo, la libertad estaba allí, descalza, mirándonos sin envidia. 











Y recordar: no es más feliz quién más tiene sino el que menos necesita.













viernes, 13 de marzo de 2026

 

LA DIGNIDAD NO LLEVA PARAGUAS


La lluvia había decidido caer sin modales, como caen algunas desgracias: siempre sobre quien menos techo tiene. El barro se pegaba a la carretera con terquedad de sentencia, los charcos abrían la boca en mitad del camino y las casas, remendadas con chapa, madera, costumbre y necesidad, seguían en pie con una dignidad que ya querrían muchos despachos con aire acondicionado.


Un hombre cruzó la calle sin dramatismo, que es una forma muy seria de valentía. Un camión ocupaba media escena con su barriga de hierro. Unas niñas, con el rojo encendido sobre el gris del día, miraban desde la cuneta como quien aprende demasiado pronto que el mundo no reparte futuro: apenas deja pasar vehículos.


Más allá, junto al agua parda, unas mujeres alzaban cestos enormes, cestos donde cabía la compra, la ropa, la cosecha, el cansancio, quizá hasta la paciencia. 


En otra esquina colgaba la carne bajo una chapa oxidada y la vida seguía negociando con la muerte a precio de mercado. Ollas al fuego. Motos. Botellas apiladas. Un perro flaco. Un puesto abierto. Otro día más. La épica verdadera casi nunca lleva música; suele llevar barro en los tobillos.


Y entonces el camino siguió.

La ventanilla empezó a llenarse de árboles, de ramas húmedas, de verde lavado por la lluvia, de cercas blancas, de casas escondidas tras jardines, de cunetas más limpias, de una calma que parecía decir: aquí el mundo se peina un poco mejor. El paisaje corría al otro lado del cristal, borroso por la velocidad y por las gotas, como si la belleza también tuviera prisa por no dar explicaciones.

Pero yo ya venía de ver lo otro.

Y después de ver lo otro, ningún árbol es solo un árbol, ninguna casa es solo una casa, ninguna carretera es inocente. Todo queda partido por la misma pregunta indecente: por qué a unos la lluvia les moja el jardín y a otros les entra hasta la cocina.

Aun así, nadie allí parecía vencido.

Eso era lo incómodo. Lo admirable no era la pobreza, que solo conmueve de verdad a ratos y desde lejos. Lo admirable era la obstinación. La manera casi insolente de seguir vendiendo, cocinando, cruzando, cargando, mirando, esperando. De no dejar que la miseria les robe también la postura.

La dignidad, al final, no vive en los hoteles, ni en los discursos, ni en las estadísticas.

La dignidad cruza descalza el barro, levanta un cesto, abre un puesto de carne, mira pasar la lluvia tras una chapa torcida y sigue.

Aunque el mundo, por supuesto, mire hacia otro lado.

«Un león está hecho de los corderos que ha digerido.» (En el país donde nació el 13 de marzo de 1900 Yorgos Seferis, Grecia, no había ni hay leones; por eso sospecho que la frase es una alegoría. Por su literatura le dieron el Premio Nobel de lo mismo en 1963)

Hoy Adam Clayton bajista de U2, cumple 66 años y sigue sin encontrar aquello que buscaba. En cuanto nos diga qué es le ayudamos entre tod@s. 

El carrer que no respon

Va besar moltes portes com qui truca a Déu per error. Va dormir amb cossos càlids, amb excuses fredes, amb promeses que feien més soroll que companyia. Va canviar de ciutat, de camisa, de fe i fins i tot de manera de mentir-se. Però cada matí es trobava al mirall amb la mateixa cara de gos abandonat. No li faltava món. Li faltava una esquerda exacta on poder caure sense trencar-se. I va entendre, massa tard, que no buscava ningú. Buscava la versió d’ell mateix que no hagués fugit sempre un segon abans



jueves, 12 de marzo de 2026

 

EL ÁNGULO MUERTO

La cámara aprendió antes que nadie a mirar sin pestañear.

La instalaron en un poste gris, cerca de la calle Pasteur, con esa fe miserable que tienen los regímenes en los tornillos, en el cableado y en la obediencia automática. A los hombres les gusta pensar que el miedo necesita discursos, himnos, uniformes. No. El miedo moderno lleva lente, software y una luz roja tan pequeña que casi parece decente.

Al principio, la cámara solo registraba tráfico. Coches oficiales, motocicletas, camionetas de reparto, ambulancias, algún gato insolente que cruzaba como si supiera que toda tiranía tiene un punto ridículo. Luego empezó a aprender rostros. Matrículas. Trayectorias. Costumbres. La ciudad, poco a poco, dejó de ser una ciudad y se convirtió en una suma de hábitos vigilados.

Hubo un tiempo en que Teherán creyó que la tecnología venía a facilitar la vida. Qué risa. La tecnología llegó a clasificarla.

A la cámara le enseñaron a reconocer mujeres sin velo. Un mechón fuera. Una nuca expuesta. Un gesto de cansancio dentro de un coche estacionado. Lo llamaban seguridad. Lo llamaban moral. Ya se sabe: cuando el poder quiere meterse en el cuerpo de una mujer, siempre encuentra una palabra limpia para nombrar su suciedad.

A veces, al amanecer, pasaban estudiantes con sueño y mochilas rotas. A veces, a media tarde, circulaban coches negros con cristales tan oscuros que daban ganas de reír: hombres que querían verlo todo sin ser vistos. A veces sonaba el teléfono de alguna mujer pocos minutos después de haber cruzado la avenida. Mensaje automático. Advertencia. Infracción. Velo inapropiado. Conducta impropia. Existencia impropia, faltaba por escribir.

La cámara no entendía el idioma, pero comprendía el ritmo del castigo.

Después murió Mahsa Amini, y la ciudad cambió de respiración.

Teherán, que llevaba años tragándose su propia lengua, empezó a hablar con fuego. Las chicas corrían sin hiyab, no como quien desafía una ley, sino como quien se quita una mano ajena del cuello. En los cruces se gritaba Mujer, Vida, Libertad y ese grito tenía algo que los algoritmos no supieron procesar nunca: no venía de una boca, sino de millones de humillaciones acumuladas. Los hombres, algunos tarde y otros por fin, empezaron a entender que la dignidad de una mujer no era un asunto femenino, sino el termómetro de toda la podredumbre.

La cámara siguió grabando.

Grabó carreras. Grabó porrazos. Grabó el humo. Grabó a una muchacha subiéndose a un contenedor para agitar su pañuelo como si no fuera una tela, sino una frontera incendiándose. Grabó a dos policías golpeando a un chico que apenas podía sostenerse. Grabó a madres buscando a sus hijas con el mismo gesto con que se busca una joya caída en un pozo.

Luego la ciudad se volvió más silenciosa. No más pacífica. Solo más vigilada.

Instalaron lectores de matrículas que multaban sin discusión, drones que zumbaban sobre las playas como insectos de Estado, aplicaciones para que los vecinos se denunciaran entre sí. Nada revela tanto la degradación de un país como el momento en que convierte a sus ciudadanos en auxiliares del castigo. Una aplicación para señalar mujeres sin velo. Qué maravilla de civilización: poner la mezquindad en la palma de la mano y llamarlo deber.

La cámara vio todo eso.

Lo que no vio —porque nadie enseña a una máquina a sospechar de quien la programa— fue que también a ella la estaban mirando.

Durante años, cada imagen, cada giro de volante, cada puerta que se abría, cada sombra que se detenía dos segundos más de la cuenta, viajaba cifrada hacia otra parte. La cámara, creyéndose ojo del régimen, era en realidad pupila alquilada. Un órgano infiltrado. Un espía con carcasa oficial.

En Tel Aviv, y más al sur, hombres y mujeres sin uniforme visible aprendieron el barrio con una paciencia de relojero. No miraban una calle: la deshuesaban. No estudiaban personas: estudiaban repeticiones. El coche que llegaba a las siete y doce. El guardaespaldas que aparcaba siempre mal. El relevo de los viernes. La rutina del panadero de la esquina. La pausa para fumar de un funcionario. Una ciudad entera reducida a una coreografía involuntaria.

A eso lo llamaban patrón de vida.

Un nombre casi poético para una obscenidad muy antigua: observar hasta que el otro se vuelva predecible y, por tanto, mortal.

Uno de los analistas, joven, con ojeras de pantalla y una hija de cinco años que dormía abrazada a un unicornio de peluche, se obsesionó con aquella cámara de Pasteur. Le gustaba porque ofrecía profundidad, como dicen los fotógrafos y los asesinos cuando creen estar hablando de otra cosa. Desde ese ángulo se veían los coches del equipo de seguridad, los cambios de turno, los trayectos hacia el complejo. Los detalles que suelen matar no tienen épica. Son minucias: una matrícula repetida, una puerta que tarda demasiado en cerrarse, un hombre que un jueves llega con la corbata torcida.

El analista bautizó la carpeta con un nombre absurdo, quizá para no sentirse dentro de algo monstruoso.

“Jardín”.

Hay gente que necesita llamar jardín al mapa de una ejecución para poder cenar luego con su familia.

El tiempo pasó así: con un país vigilando a sus mujeres y otro vigilando al vigilante.

Entretanto, en algún despacho alfombrado, hombres mayores seguían hablando de honor, de seguridad nacional, de firmeza, de enemigos externos, mientras el enemigo externo respiraba ya dentro de sus cámaras, dentro de sus cables, dentro de su arrogancia tecnológica. El poder suele cometer ese error: cree que por construir la jaula posee también el aire.

La mañana del 28 de febrero amaneció con una claridad desagradable, de esas que no prometen nada bueno. La luz caía sobre la calle Pasteur con una precisión casi clínica. No había niebla, ni dramatismo, ni ese cielo cinematográfico que tanto ayuda a las memorias heroicas. Solo un sábado limpio, impersonal, perfecto para que ocurriera algo irreparable.

Los teléfonos dejaron de funcionar en la zona como dejan de funcionar las cosas importantes en los momentos decisivos: sin explicación y demasiado tarde. Quien intentó llamar escuchó tono de ocupado. Quien quiso avisar no pudo. Quien llevaba años creyéndose blindado descubrió que la impunidad también tiene cobertura limitada.

La cámara siguió haciendo lo suyo.

Un coche. Otro. Movimiento inusual. Hombres acelerando el paso con esa rigidez de los que todavía no saben que ya forman parte del pasado. Un instante de desorden. Luego, la precisión.

Las municiones llegaron como llegan siempre las decisiones tomadas muy lejos: rápidas, frías, irreversibles.

El primer impacto levantó un polvo blanco y sucio. El segundo rompió cristales. El tercero convirtió la rutina en pánico. Después ya no hubo cuenta exacta, porque el cuerpo no sabe sumar cuando intenta sobrevivir. El complejo devolvió humo, fragmentos, sirenas tardías. La cámara grabó coches cruzados, hombres arrastrando a otros hombres, un zapato sin dueño, una carpeta abierta cuyas hojas salían volando con una elegancia indecente.

Y grabó algo más, aunque nadie lo incluyó en los informes.

Durante unos segundos, la calle pareció sincerarse.

No había moral, ni patria, ni religión, ni geopolítica. Solo cuerpos frágiles corriendo entre cascotes. Solo miedo. Solo el mismo material humano de siempre, ese barro nervioso al que los poderosos visten con ideas para mandarlo a vigilar o a morir.

Horas después, los noticiarios hablarían de estrategia, de décadas de inteligencia, de infiltración, de equilibrio regional, de doctrina, de disuasión. Los expertos harían lo que mejor saben hacer los expertos: encontrar palabras abstractas para que lo concreto no huela tanto a carne.

Pero la verdad era más simple y más indecente.

Un régimen había levantado una maquinaria para perseguir a sus propias mujeres. Había puesto cámaras en las calles, software en las universidades, drones en las playas, lectores de matrículas, denuncias móviles, archivos digitales, mensajes automáticos. Había convertido el cabello femenino en problema de Estado. Había confundido el pudor con el control y la fe con la obediencia. Y otro Estado, paciente como una enfermedad, se había apropiado de ese mecanismo para volverlo contra su arquitecto.

No hizo falta derribar primero la prisión. Bastó con aprender su plano.

Esa tarde, cuando el humo todavía no había decidido si subir al cielo o quedarse pegado a los edificios, una mujer cruzó la avenida con la cabeza descubierta. No corrió. No miró a los lados. No hizo gesto de desafío, quizá porque el verdadero desafío consiste a veces en caminar como si una no debiera nada. Tenía unos cuarenta años, zapatos planos y una dignidad cansada. Pasó frente al poste, frente a la lente, frente al sistema que tal vez todavía seguía activo en alguna parte y tal vez ya era solo chatarra útil para otros.

La cámara la enfocó.

Lo hacía siempre.

Pero aquella vez había algo distinto. No en la mujer. En la mirada. Como si la máquina, al fin, hubiera entendido su propia humillación: había sido fabricada para vigilar a una ciudad y había acabado sirviendo a quienes preparaban su demolición.

La mujer siguió andando.

Ni héroe ni mártir. Solo una mujer con el pelo al aire en una capital que llevaba demasiado tiempo queriendo cubrirlo todo.

Esa noche alguien, en una oficina lejana, revisó la secuencia de la mañana y detuvo la imagen un segundo antes de la explosión mayor. Ampliación. Contraste. Matrículas. Trayectorias. Validación del patrón. En la pantalla, al fondo, casi imperceptible, se veía el poste gris de la cámara.

Un técnico comentó algo trivial sobre el ángulo. Dijo que era excelente, que no dejaba puntos ciegos.

Se equivocaba.

Siempre hay uno.

A veces está en la calle que no vigilas. A veces en el enemigo que subestimas. A veces en la mujer a la que persigues creyendo que solo castigas un gesto y no estás incubando una rebelión.

Y a veces, el verdadero ángulo muerto de un régimen es creer que puede mirar a todo el mundo sin que nadie, tarde o temprano, termine mirándolo a él.

 «¿Es el enemigo?… ¿Ustedes podrían parar la guerra un momento?» (Esta frase es de Miguel Gila que hoy hubiese cumplido 107 años. Es conocido por su humor absurdo y por su odio a la guerra ya que vivió la guerra “incivil” española en primera persona. Eso le llevó a ridiculizar el horror de la guerra, de todas las guerras. Hoy no encuentro, no encontramos ese punto de humor que nos lleve a sobrellevarla)

Danny Jones cumple hoy 40 años justos y ya ha sido elegido como el hombre más atractivo, el más besable y el que tiene mejor cabello. Ah! También canta como se puede apreciar en el vídeo.

L’amor després del soroll

Ens vam besar com qui revisa una casa després d’un incendi: amb por, amb memòria, buscant què queda dret. Tu em vas dir “t’estimo” amb aquella veu cansada dels sentiments que ja han pagat massa factures. Jo et vaig mirar les mans. L’amor, vaig pensar, potser no és la flama. Potser és aquesta manera trista, tossuda i una mica ridícula de quedar-se. Però també et diré una cosa: no tot el que resisteix és amor. De vegades només és costum amb bona premsa.


sábado, 7 de marzo de 2026



¿QUIÉNES SON LOS ANIMALES?



A primera hora de la mañana, la sabana parece un pacto que nadie ha firmado y, sin embargo, todos respetan. Las cebras bajan con su traje de presas impecables. Los ñus avanzan con esa torpeza que, vista de lejos, parece humildad. Las gacelas tensan el aire con sus patas finas. Las jirafas vigilan desde su aristocracia de cuello largo. Incluso los leones, con toda su propaganda de rey, saben esperar. Matan para comer. Defienden un territorio. Enseñan los dientes. Pero no redactan discursos. No bendicen la sangre. No convierten el miedo en estrategia.



En la sabana no hay inocencia, claro. Hay hambre. Hay persecución. Hay muerte. Pero no hay ministerios del cinismo. No hay ruedas de prensa para llamar “daño colateral” al cachorro despedazado. No hay banderas tapando un cadáver pequeño. No hay analistas de salón explicando que una madre rota forma parte del equilibrio geopolítico.



Y entonces uno mira al mundo que se llama civilizado, ese parque temático de la razón, y descubre que Estados Unidos e Israel no logran convivir con iraníes y palestinos; que iraníes y palestinos tampoco conviven con quienes los bombardean o los ocupan; que unos y otros se miran con el ojo viejo del odio, ese animal sí verdaderamente perfecto, porque nunca duerme y siempre encuentra una excusa nueva para volver a morder. Mientras, la diplomacia bosteza, la moral se alquila por horas y la palabra “seguridad” sirve para justificar casi todo, que es una forma elegante de decir barbaridades con corbata. La violencia en la región sigue abierta y en estos días ha vuelto a escalar con fuerza. 



A veces pienso que el problema no es que seamos animales.


Ojalá.


El animal mata cuando tiene hambre, huye cuando puede, descansa cuando termina. Nosotros no. Nosotros archivamos el rencor, lo educamos, lo armamos, lo financiamos y luego lo soltamos sobre niños, ciudades y fronteras como quien suelta perros en una finca ajena.



Quizá por eso, cuando veo a una gacela beber a pocos metros del lugar donde un león estuvo oliendo la tarde, no pienso en la ferocidad. Pienso en la vergüenza.



Y me hago la única pregunta decente que queda en pie:

si ellos, que no presumen de humanidad, todavía saben compartir el horizonte,

¿quiénes son de verdad los animales?