Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
martes, 28 de abril de 2026
DIEZ
HORAS SIN ENCHUFE
La luz se fue a las doce y treinta y tres, justo cuando el
microondas prometía calentar unas lentejas que ya venían tristes de la nevera.
Primero pensé que era mi casa. Luego el edificio. Luego la
calle. Después miré por la ventana y vi los semáforos apagados, los comercios
con las persianas a media altura, una señora atrapada en el portal con una
bolsa de congelados derritiéndosele en la mano y un repartidor mirando el móvil
como quien reza ante un santo que ha perdido cobertura.
—Se ha ido la luz —dijo alguien en la escalera.
Gran diagnóstico. España, Portugal y medio sur de Francia
paralizados, y nosotros empezando por lo obvio, como siempre.
En diez minutos dejamos de ser ciudadanos digitales y
volvimos a ser vecinos. Bajamos por las escaleras con linternas, velas,
mecheros, baterías externas que ya no servían para presumir y esa cara antigua
de cuando uno necesita al otro sin haberlo previsto. En el cuarto piso, un
hombre joven confesó que no sabía abrir la puerta del garaje manualmente. En el
segundo, una niña preguntó si Internet también dormía. Su padre le dijo que sí,
que a veces descansaba. Mentir a los hijos sigue siendo una infraestructura
crítica.
Las tiendas no podían cobrar con tarjeta. Los bares
regalaban hielo antes de que muriera en los cubos. Los ascensores se habían
quedado quietos, como si hubieran entendido algo antes que nosotros. En la
farmacia hacían cuentas a mano. En una esquina, dos desconocidos dirigían el
tráfico con más dignidad que muchos ministros en rueda de prensa.
A media tarde, cuando los móviles empezaron a convertirse
en espejos negros, la gente levantó la cabeza. Fue raro. Casi indecente. Nos
vimos las caras sin pantalla de por medio. Había ojeras, miedo, sudor,
impaciencia. También algo parecido a la calma, pero no quiero exagerar, que
seguimos siendo humanos y a la tercera hora ya había quien hablaba de
conspiraciones con la autoridad científica de un cuñado con linterna.
Por la noche cenamos pan, queso y fruta. En la mesa puse
una vela. Mi mujer dijo:
—Hace años que no cenábamos así.
No supe si lo decía con nostalgia o reproche. A veces son
la misma cosa con distinta luz.
Cuando volvió la electricidad, todos aplaudimos un segundo,
como si regresara un familiar querido. Luego cada uno corrió a cargar el móvil.
Y entonces entendí que el apagón había durado diez horas.
La oscuridad, bastante más.
«La paz no se improvisa: se
organiza.» (Eso creía Tobias Michael Carel Asser nacido el 28 de abril de 1838:
hay que organizar la paz mediante instituciones, conferencias, tratados y
arbitrajes. Por eso le dieron el Nobel del ramo en 1911. No obstante algo hemos hecho mal organizando la paz)
Robin Schulz es de los que populariza canciones de otr@s; en este caso es de la canción Wawes del rapero Mr. Probz. Menos mal que lo hizo porque no aparecería en esta sección. Felicidades por ello y por su 39 aniversario de hoy.
La sal que torna
Va deixar-la a la platja amb
una frase seca, d’aquelles que no sagnen fins l’endemà. Ella no va plorar. Va
mirar el mar, tan exagerat, tan professional fent drama, i va pensar que l’amor
s’assemblava massa a les onades: tornava sempre, sí, però cada vegada portava
menys promeses i més restes.
Anys després, ell li va
escriure.
“Encara penso en tu.”
Ella va somriure, va tastar la
sal dels llavis i va respondre:
“Jo també. Però ja no
m’ofego.”
lunes, 27 de abril de 2026
¿TE
PUEDES ENAMORAR EN UNA NOCHE? ®
Mi amiga sostiene que una
mujer puede enamorarse en una noche.
Lo dice así, sin pedir
permiso, como quien deja el bolso sobre una silla y ya no piensa moverlo. Luego
matiza, porque todavía conserva cierta fe en la prudencia y en las resacas
emocionales.
—El problema no es enamorarse
en una noche —me dijo—. El problema es seguir enamorada al día siguiente.
La encontré en una terraza, a
media tarde, con unas gafas de sol demasiado grandes y esa cara que ponen
algunas personas cuando han dormido poco, pero no exactamente mal. Tenía la
piel despierta. No se me ocurre otra forma de decirlo. Hay días en que una
persona parece venir de una discusión, de una enfermedad o de Hacienda. Ella
venía de una noche.
—No pongas esa cara —me dijo.
—¿Qué cara?
—La de abogado de divorcios
sentimentales.
Levanté las manos. Absolución
provisional. Ella pidió vino blanco. Yo café. Cada uno afronta las revelaciones
como puede.
Todo empezó, me contó, por
culpa del algoritmo. O más bien por cansancio del algoritmo. Llevaba casi una
hora sentada en el sofá, pasando títulos en una plataforma sin decidirse por
ninguno. Drama nórdico con nieve y secretos familiares. Comedia romántica con
gente demasiado guapa para sufrir de verdad. Documental sobre crímenes reales,
que es como llaman ahora a dormir mal voluntariamente. Nada.
—Me harté —dijo—. Apagué la
tele y salí a la calle. A veces una sale a buscar una película y, si se
descuida, se encuentra a sí misma haciendo el ridículo.
Entró en una tienda pequeña de
Gràcia, de esas que aún venden libros usados, vinilos, carteles antiguos y
películas en DVD para nostálgicos con espacio en las estanterías. Un local
estrecho, con luz cálida y olor a papel viejo, madera y polvo limpio. En la
pared, un cartel de Casablanca miraba al mundo con esa superioridad
moral de las películas que saben que nunca van a envejecer del todo.
Ella hojeaba una caja de
películas sin fe. Metía los dedos entre las carátulas como quien remueve
recuerdos ajenos. Entonces notó una mirada.
—No fue una mirada de esas de
gimnasio, de inventario —me dijo—. No era el repaso barato de quien cree que
mirar ya le concede derechos. Era otra cosa. Como si me hubiese reconocido sin
conocerme.
Levantó la vista.
El hombre estaba al otro lado
de la mesa de saldos, con un libro en una mano y una película en la otra.
Tendría cincuenta y tantos, quizá alguno más, pero llevaba la edad con esa
tranquilidad que no se compra en las farmacias ni en los gimnasios. Camisa azul,
vaqueros oscuros, barba corta, ojos de quien ya no necesita fingir juventud
porque conserva algo más peligroso: presencia.
Sonrió.
Ella no bajó la mirada.
Tampoco supo qué hacer con ella. Se quedó allí, sosteniéndosela como se
sostiene una copa demasiado llena.
—Yo pensaba: ahora me
preguntará qué película busco, si me gusta Truffaut, si soy más de Bergman o de
Almodóvar, alguna de esas frases que los hombres cultos usan para parecer menos
básicos.
—¿Y?
—Nada de eso.
Él se acercó despacio. No
invadió. Eso, según mi amiga, fue importante. Se detuvo a una distancia
razonable, como si aún existiera la cortesía antes del deseo.
—Perdona —le dijo—, conozco
una bodega en la calle de al lado donde sirven un vino que arregla casi
cualquier mala elección cinematográfica.
Ella miró la película que
tenía en la mano. Una comedia francesa con una pareja sonriendo bajo la lluvia.
La dejó de nuevo en la caja.
—¿Y si mi mala elección eres
tú? —le preguntó.
Él no se ofendió. Sonrió un
poco más, pero sin enseñarse demasiado.
—Entonces al menos no tendrás
que verla entera.
Mi amiga me juró que no sabe
por qué aceptó. Naturalmente, eso es mentira. Uno siempre sabe por qué acepta
algunas invitaciones, aunque luego le ponga al asunto una niebla literaria para
no parecer demasiado responsable de su propia hambre.
La bodega era pequeña, con
pocas mesas y muchas botellas detrás de la barra. No era uno de esos sitios
diseñados para salir en Instagram, gracias a Dios o al mal gusto del
propietario. Allí las paredes no suplicaban ser fotografiadas. Tenía algo más
raro: verdad. Una luz baja, madera oscura, servilletas de papel grueso y un
camarero que no preguntaba cada tres minutos si todo estaba bien, quizá porque
sabía que casi nada lo está del todo.
Él se llamaba Eduardo.
O al menos eso dijo.
—Podría haberse llamado Juan,
Manuel o incluso Eusebio —me aclaró ella—. Pero aquella noche se llamaba
Eduardo y con eso bastaba.
No hablaron de nada
importante. Ese fue el primer acierto. Nada de trabajos, exparejas, hijos,
hipotecas, terapias, colesterol ni proyectos vitales. La gente estropea
demasiado pronto la magia con currículums emocionales. Hablaron de películas
que no habían visto, de ciudades en las que habían sido felices sin merecerlo,
de canciones que uno escucha de joven y luego reaparecen cuando ya no hay
manera de defenderse.
Antes del primer sorbo entero,
se besaron.
—¿Así, sin más?
—Sin más no. Con todo.
Me lo dijo bajando la voz,
pero sin vergüenza. Se besaron como se besa cuando una ya no espera demasiado
de la vida y, de pronto, la vida se presenta sin cita previa, apoyada en una
barra, con una copa en la mano. Se besaron con torpeza al principio, con esa
torpeza hermosa de los adultos que creen haberlo aprendido todo y descubren que
un beso nuevo siempre suspende un poco el examen. Luego ya no. Luego la boca
encontró su idioma.
Salieron de la bodega cogidos
de la mano.
No hacía frío, pero ella
recuerda haberse pegado a él. Recuerda la calle estrecha, las persianas
bajadas, el ruido de una moto, una pareja discutiendo en un balcón, el olor a
pan caliente de una tienda que preparaba la madrugada. Recuerda que Eduardo le dijo
algo al oído. No un piropo de albañil reciclado ni una frase de calendario
erótico. Algo sencillo.
—Me gusta cómo miras cuando no
quieres que se note.
Eso, según mi amiga, fue peor
que cualquier caricia.
En su casa no hubo sorpresa.
Quizá porque ella ya había entrado mucho antes de cruzar la puerta. Era un piso
ordenado sin estar muerto. Libros en el suelo, una chaqueta en una silla, dos
copas sobre una mesa baja, una lámpara encendida junto al sofá. Nada de
fotografías familiares a la vista. Nada que reclamara explicación. La casa tuvo
la delicadeza de no pedir biografía.
—Me sentí cómoda —dijo—. Como
si hubiese estado allí otras veces en una vida que no me había dado tiempo a
vivir.
Eduardo puso música baja. Ella
no recuerda qué sonaba. Eso me pareció un buen síntoma. Cuando la música
importa demasiado en una escena así, suele ser porque falta lo demás.
Se besaron de nuevo en medio
del salón. Ya sin la cortesía de la bodega. Ya con esa urgencia adulta que no
necesita correr para ser urgente. Él le quitó el abrigo despacio. Ella le
desabrochó la camisa con manos menos firmes de lo que habría querido. Se rieron.
Esa risa breve salvó la escena de cualquier solemnidad. La pasión, cuando se
toma demasiado en serio, acaba pareciéndose a una reunión de vecinos con poca
ropa.
—No era un amante joven —me
dijo.
—Eso ya lo habías dejado
claro.
—No, quiero decir que no tenía
esa ansiedad de los hombres que creen que el deseo es una carrera de cien
metros y que el cuerpo de una mujer es la meta. Eduardo sabía detenerse.
Ahí estaba el verdadero lujo
de la noche. No en el vino, ni en la casa, ni en la seguridad con la que él
había jugado desde el principio. Estaba en el tiempo. En cómo administraba la
lentitud. En cómo parecía escuchar no solo lo que ella decía, sino lo que su
cuerpo iba aceptando, rechazando, pidiendo sin formularlo.
La llevó hasta el dormitorio
sin empujarla hacia ningún destino. Ella fue porque quería. Y eso, después de
una ruptura larga, mal cerrada, llena de frases pendientes y mensajes que una
no debería releer de madrugada, era casi una forma de victoria.
—Me miró como si yo no
estuviera rota —dijo.
Se quedó callada. Yo también.
A veces una frase basta para
explicar una noche entera.
En la cama no hubo promesas.
Por eso fue tan limpio. No limpio en el sentido moral, que es una palabra que
ha estropeado demasiadas camas, sino limpio de futuro. No había que demostrar
nada. No había que convencer a nadie. No había que fingir juventud, ni
inocencia, ni amor eterno, ni indiferencia moderna. Solo dos cuerpos adultos
reconociéndose en la penumbra.
Ella habló de sus manos. De la
calma con que él le recorría la espalda. De su boca bajando sin prisa. De la
manera en que alternaba delicadeza y hambre, como si supiera que el deseo no
sube en línea recta, sino en círculos, en oleadas, en pequeños regresos. De
cómo la hizo reír en mitad de una caricia porque se golpeó con la mesilla al
buscar un preservativo.
—Eso también fue importante
—dijo—. Que no pareciera una escena perfecta.
La perfección tiene mala
prensa entre quienes han vivido un poco. Cansa. Huele a decorado. En cambio, un
tropiezo a tiempo, una risa debajo de las sábanas, una mano que duda, un
calcetín que no aparece, devuelven a la pasión su condición humana. Y mi amiga,
aquella noche, no necesitaba sentirse diosa. Necesitaba sentirse viva.
Se abandonaron al placer del
anonimato. Me gustó esa expresión cuando la dijo, aunque se la discutí.
—No era anonimato —le dije—.
Sabías su nombre.
—Eduardo no cuenta.
Tenía razón. Eduardo era menos
un nombre que una contraseña. Una puerta abierta durante unas horas. Un hombre
concreto y, al mismo tiempo, una excepción. Ella no quería saber más. Ni dónde
trabajaba, ni si tenía hijos, ni a quién llamaba cuando estaba enfermo, ni qué
manías arrastraba por las mañanas. Sobre todo por las mañanas.
Porque mi amiga, incluso en
pleno naufragio de deseo, conservó la cabeza suficiente para no quedarse a
dormir.
—¿Te fuiste?
—Sí.
—¿A qué hora?
—No sé. Tarde. O pronto. Esa
hora en la que la ciudad parece recién absuelta.
Él le preguntó si quería
quedarse. Lo hizo bien. Sin presión. Sin convertir la invitación en una prueba
sentimental. Ella le acarició la cara. Me dijo que le gustó la aspereza de la
barba en la palma de la mano, esa pequeña lija de realidad después de tanto
sueño.
—No —le contestó—. Si me
quedo, mañana tendré que desayunar contigo.
—¿Y eso sería tan grave?
—Muchísimo.
Eduardo entendió. O fingió
entender, que a veces es la forma más elegante de comprender a alguien.
No se intercambiaron
teléfonos. Ni Instagram. Ni correo. Ni una de esas despedidas cobardes que
dicen “nos escribimos” para que nadie tenga que reconocer que no volverá a
escribir. Ella se vistió despacio. Él la acompañó hasta la puerta. Se besaron
una última vez, ya con el cuerpo satisfecho y esa tristeza leve que aparece
cuando algo ha sido hermoso precisamente porque se acaba.
—¿Sabes qué fue lo mejor? —me
preguntó mi amiga.
—Sorpréndeme.
—Que no me prometió nada.
Bajó sola por la escalera. En
la calle, el aire le tocó la cara con una franqueza casi obscena. Caminó hasta
casa sin pedir un taxi. Quería notar las piernas. Quería llevarse puesta la
noche, no delegarla en un asiento trasero. Pasó junto a la tienda de películas,
ya cerrada. En el escaparate, las carátulas seguían allí, ofreciendo vidas
ajenas por poco dinero.
Al llegar a casa, no lloró.
Eso fue lo que más la
sorprendió.
Dejó las llaves en el
recibidor, se quitó los zapatos y fue al baño. Se miró en el espejo. Tenía el
pelo revuelto, la boca algo hinchada, una marca leve en el cuello que al día
siguiente tendría que disimular con un pañuelo o con esa dignidad que una usa
cuando ya no quiere dar explicaciones.
—Me vi distinta —dijo—. No más
joven. No más guapa. Distinta.
Luego se metió en la cama,
sola, y durmió como hacía meses que no dormía. Sin revisar el móvil. Sin releer
mensajes antiguos. Sin imaginar conversaciones imposibles con su ex. Sin
preguntarse en qué momento exacto se había roto lo que antes parecía tan firme.
Durmió con esa paz indecente de quien ha dejado el dolor fuera de la
habitación, aunque solo sea una noche.
—Entonces —le dije—, no te
enamoraste de Eduardo.
Ella bebió un poco de vino.
Sonrió mirando la copa.
—No.
—¿De quién te enamoraste?
Tardó en contestar.
—De la posibilidad.
Me pareció una respuesta
peligrosa y exacta.
Porque quizá eso es lo que
pasa algunas noches. No te enamoras de un hombre, ni de una mujer, ni de un
nombre dicho junto a una barra. Te enamoras de comprobar que aún puedes arder
sin pedir permiso. De descubrir que la piel, esa vieja compañera maltratada por
la rutina, todavía sabe abrir ventanas. Te enamoras de una versión de ti que no
suplica, no espera, no mendiga explicaciones. Una versión que entra en una
tienda buscando una película y acaba encontrando una escena que nadie había
escrito.
Mi amiga no volvió a ver a
Eduardo.
O eso dice.
Tampoco lo buscó. Conservó su
nombre como se conserva una entrada de cine antigua: no para volver al mismo
sitio, sino para recordar que una vez estuvimos allí y que, durante un rato, la
vida tuvo argumento.
Ahora, cuando la tristeza de
su última ruptura amenaza con visitarla, mi amiga no le abre enseguida. Primero
se sirve una copa de vino, pone música baja y recuerda aquella calle de
madrugada. Recuerda una bodega pequeña, una mano en su espalda, una casa sin
preguntas, una despedida sin promesas.
No sé si una persona puede
enamorarse en una noche.
Pero sí sé que, a veces, una
noche basta para desenamorarse un poco de la tristeza.
«Todo hombre puede reclamar la
más plena libertad para ejercer sus facultades, compatible con la posesión de
una libertad semejante por parte de los demás.» (O dicho de otro modo: la
libertad no es un capricho sino un límite recíproco. Herbert Spencer, autor de la frase, nació el 27
de abril de 1820 y por si no os habíais dado cuenta, fue filósofo)
Kate Pierson que es la que sale junto al grupo R.E.M. en el vídeo cantando y bailando cumple hoy 78 años. Conviene (o no) aclarar que la canción tiene ya sus años.
Somriures amb cremallera
El dia que van ordenar ser
feliços, tothom va sortir al carrer amb dents noves i ulleres de sol. Reien
davant dels aparadors, abraçaven desconeguts i saludaven les càmeres com si la
vida fos un anunci amb pressupost.
Només la Clara va notar el
soroll: un clic petit cada vegada que algú somreia.
A la tarda, va trobar una
cremallera darrere l’orella del seu marit.
—No l’obris —va dir ell,
encara brillant.
Però ella ja havia vist, dins,
la tristesa fent hores extres.
domingo, 26 de abril de 2026
EL APLAUSO DEL
IGNORANTE
En El Cañonazo la cerveza no se servía:
aterrizaba. Los vasos caían sobre la mesa con una espuma breve y un golpe seco,
como si el camarero tuviera prisa por apartarse de las opiniones. Era viernes,
llovía lo justo para que todo el mundo se creyera con derecho a arreglar el
país y la televisión del fondo gritaba con ese entusiasmo de matadero que han
perfeccionado algunas tertulias.
Roni tenía el sitio de siempre: de espaldas a la
pared, codo en la mesa, barriga cómoda y una autoridad que nadie le había
concedido pero que él ejercía con vocación de funcionario vitalicio.
—Yo es que sé de todo —dijo, removiendo las
patatas bravas con un palillo como quien señala un mapa de guerra—. Historia,
economía, medicina, coches, mujeres, geopolítica… Lo que me pongas.
Iván levantó el vaso.
—Y modestia, que también dominas bastante.
—La modestia está sobrevalorada —contestó Roni—.
La gente modesta suele ser gente que no sabe.
Dani soltó una carcajada. No porque la frase
fuese buena, sino porque en los bares la risa muchas veces no celebra: se
alinea. Reírse a tiempo evita pensar. Y pensar, a esas horas, con la segunda
cerveza y una semana de facturas encima, tenía mala prensa.
—Venga, sabio —dijo Iván—. Explícanos por qué
sube la luz.
Roni ni se tomó el trabajo de parpadear.
—Por lo de siempre. Impuestos, eléctricas, Europa
y toda la panda esa de listos que vive de tenernos agarrados por el enchufe.
—Eso es verdad —dijo Dani, que no sabía si era
verdad, pero le parecía muy cómodo que lo fuera.
—Es de cajón —remató Roni.
La frase cayó en la mesa con el peso de un sello
de caucho. Es de cajón. Una expresión magnífica porque no explica nada y, sin
embargo, deja a quien la dice con cara de haber cerrado un tratado
internacional. Los demás asintieron. El mundo, de pronto, cabía en una
servilleta manchada de salsa.
—¿Y lo de las vacunas? —preguntó Iván, más por
encenderlo que por informarse.
Roni sonrió. Tenía esa sonrisa de hombre que
guarda secretos no porque los tenga, sino porque le sale rentable insinuarlo.
—Si yo hablara…
—Habla, hombre.
—No. Algunas cosas es mejor no decirlas.
Aquello fue recibido con un murmullo respetuoso.
Nada produce más prestigio que fingir que se sabe algo demasiado grave para
contarlo. A Roni se le ensanchó el pecho. La ignorancia, cuando encuentra
público, se pone chaqueta.
En ese momento se abrió la puerta del bar y entró
una mujer. No hizo nada extraordinario. Se quitó la bufanda, sacudió un poco el
agua de los hombros y se sentó en la barra. Llevaba un abrigo oscuro, un bolso
pequeño y un libro bajo el brazo. Pidió agua con gas. Aquello, en El Cañonazo,
equivalía a entrar en una iglesia con una trompeta.
Roni la vio por el espejo de la barra. Le bastó
un segundo para convertirla en territorio.
—Oye —dijo, alzando la voz—. Tú que tienes pinta
de leer cosas con letras pequeñas. Estamos debatiendo.
La mujer giró la cabeza. No parecía molesta.
Tampoco interesada. Tenía esa calma peligrosa de quien no ha venido a ganar
ninguna discusión.
—Qué suerte —dijo.
Iván y Dani rieron. Roni interpretó la ironía
como permiso.
—A ver. Lo de la luz. Un robo, ¿no?
Ella apoyó el libro en la barra y miró la mesa.
Miró los vasos, las patatas, la televisión, las tres caras dispuestas a
escucharla solo hasta que dejara de confirmarles.
—Depende de qué parte del recibo estéis hablando
—respondió—. Está el precio de la energía, los peajes, los cargos, los
impuestos, el mercado mayorista, el gas, la demanda, la regulación europea…
Dani bostezó por dentro y por fuera tuvo la
delicadeza de taparse con el vaso.
—Ya estamos —dijo Roni—. Depende. Siempre
depende.
—Casi todo depende —contestó ella—. Es una
molestia, sí. Pero suele ser así.
—No, perdona. Eso lo dicen los que no se quieren
mojar.
La mujer respiró despacio. No fue un suspiro
teatral. Fue algo más pequeño: una renuncia mínima. Como cuando uno sabe que ha
llegado tarde a una habitación que ya estaba cerrada antes de entrar.
—Mojarse no significa simplificar hasta mentir
—dijo—. Si queréis, os lo explico con un ejemplo sencillo.
—No hace falta —intervino Iván, mirando a Roni
como se mira al capitán de un equipo de barrio—. Al final todos sabemos de qué
va esto.
—¿De qué va? —preguntó ella.
Hubo un silencio raro. No largo. Raro. De esos en
los que se oye la máquina del hielo, el zumbido de la nevera y la fragilidad de
una certeza cuando alguien le pide el DNI.
Roni acudió al rescate.
—Va de que nos roban. Punto.
—¿Quiénes?
—Los de arriba.
—¿Qué arriba?
—Pues arriba. Los que mandan. Los que controlan.
Los que se forran.
La mujer sonrió sin alegría.
—Eso no es un argumento. Es un altillo.
Dani soltó una risita, pero la retiró enseguida
al ver la cara de Roni.
—Mira —dijo él, ya con el orgullo tocado—. Yo no
tendré tus estudios, si es que los tienes, pero tengo calle. Y la calle enseña
mucho.
—La calle enseña —dijo ella—. Pero no corrige
exámenes.
—¿Ves? —Roni levantó el dedo—. Ahí está la
soberbia de los listos. Que si no hablas como vosotros, no sabes. Que si no
dices “mercado mayorista” ya eres un ignorante.
—No. Ignorante no es quien no sabe. Ignorante es
quien no sabe y además aplaude su ignorancia como si fuera una virtud.
La frase quedó colgando sobre la mesa. No era una
frase de tertulia. Tenía filo. Dejó de sonar la televisión durante un instante,
o al menos a ellos les pareció. El camarero, que llevaba años oyendo
discusiones sobre fútbol, política, virología, educación, feminismo, urbanismo,
derecho penal y paellas valencianas explicadas siempre por los mismos cinco
hombres, levantó una ceja y siguió secando vasos.
Roni se rió.
—Muy bonito. Eso lo habrás leído en algún libro.
—Puede ser —dijo ella—. Leer no siempre
perjudica.
Iván volvió a reír, esta vez con prudencia. Dani
miró el móvil como si allí pudiera encontrar una posición ideológica
intermedia.
Roni se inclinó hacia delante. Ya no quería
hablar de la luz. Nadie quería hablar nunca de la luz. La luz solo había sido
la excusa para encender otra cosa: esa pequeña hoguera donde algunos hombres
queman el matiz para calentarse las manos.
—A ver, explícame tú entonces —dijo—. Pero
clarito, ¿eh? Sin palabras raras.
—Clarito no significa amputado.
—Otra frasecita.
—No. Una advertencia.
La mujer bebió un trago de agua. Las burbujas
subieron como si también ellas quisieran marcharse de allí.
—El problema —continuó— es que tú no quieres una
explicación. Quieres una contraseña. Algo corto, repetible, que te permita
sentir que entiendes lo que no has querido mirar. “Nos roban”. “Es de cajón”.
“Los de arriba”. Son frases cómodas. Cierran la puerta y encima te dejan dentro
con calefacción.
—Vaya, ahora soy tonto.
—No. Ahora estás haciendo todo lo posible para no
dejar de parecerlo.
El golpe fue limpio. No hubo grito. No hizo
falta. En El Cañonazo, donde la ofensa solía venir con volumen y salpicaduras
de cerveza, aquella precisión resultó casi obscena.
Roni buscó apoyo en sus amigos.
—¿Lo estáis oyendo?
—Bueno —dijo Iván—, tampoco te ha llamado…
—Sí me ha llamado.
—Te he descrito —corrigió ella—. No es lo mismo.
El camarero dejó tres platos en otra mesa y se
quedó lo bastante cerca para no perderse el desenlace. La televisión volvió a
rugir. Un tertuliano gritaba “la gente está harta de que le mientan”, y otro,
que seguramente cobraba por estar más harto todavía, lo interrumpía con las
manos.
Roni encontró ahí el aire que necesitaba.
—Mira —dijo señalando la pantalla—. Eso. La gente
está harta.
—La gente está harta de muchas cosas —respondió
ella—. También de escuchar. Pero eso no lo dicen en la tele porque da poca
audiencia.
—Al final me estás dando la razón.
La mujer cerró los ojos un segundo. Fue casi
imperceptible. Había peleas que no se perdían por falta de argumentos, sino por
exceso de paciencia.
Guardó el libro en el bolso. Pagó el agua. Se
puso la bufanda con una lentitud que parecía educación, pero era despedida.
Antes de salir, se acercó a la mesa. No
demasiado. Lo justo para que Roni no pudiera fingir que no la oía.
—No te doy la razón —dijo—. Te doy una salida
fácil. Y ni siquiera la vas a usar para salir.
Abrió la puerta. Entró un golpe de lluvia, olor a
calle mojada y una corriente breve que movió las servilletas. Luego se fue.
Durante unos segundos nadie habló. La mesa quedó
como después de una visita médica incómoda: todos sanos en apariencia y con
algo raro en el análisis.
Dani fue el primero en romper el silencio.
—La tía era borde.
Iván asintió.
—Un poco intensa.
Roni aprovechó el puente.
—Mucho matiz, mucho recibo y mucha burbuja de
agua, pero no ha dicho nada claro.
—Claro, claro, no —dijo Dani, agradecido de
volver a un mundo donde las frases cortas mandaban.
Roni levantó el vaso. Había recuperado el trono.
No porque hubiera vencido, sino porque los suyos necesitaban que venciera. La
manada no siempre sigue al más fuerte. A veces sigue al que menos dudas tiene.
—Yo leo —dijo—. Yo me informo.
Nadie preguntó dónde.
Brindaron. En la televisión, el tertuliano de la
corbata roja golpeó la mesa y gritó:
—¡Es clarísimo!
Los tres miraron la pantalla y asintieron al
mismo tiempo, con la devoción exacta de quienes acaban de ser absueltos sin
juicio.
El camarero recogió el vaso vacío de la mujer. En
el posavasos había quedado un círculo de agua, pequeño y perfecto, como una
prueba que nadie iba a presentar.
Y en El Cañonazo, aquella noche, la verdad no se
marchó derrotada.
Solo se cansó antes que ellos
«Si intentaras dudar de todo,
no llegarías ni siquiera a dudar de nada. El juego de la duda presupone
certeza.» (He dudado del significado de la frase de Ludwig Wittgenstein un
filósofo -como no podía ser de otra manera- nacido el 26 de abril de 1889 y al
final le he visto el significado: incluso las dudas se apoyan en certezas)
Leonard Cohen nos cantó con su peculiar voz que todo el mundo lo sabia y, casi tod@s, se pusieron de perfíl.
El secret públic
Tothom ho sabia, però ningú ho
deia prou alt perquè semblés veritat.
El banc robava amb somriure, l’amor venia amb lletra petita i els honestos
arribaven sempre tard, com si la decència agafés el bus equivocat.
Ella el va mirar mentre
plegaven les cadires del banquet.
—També sabies que marxaria?
Ell va beure l’últim glop de
vi calent.
—Ho sabia tothom.
A fora, la ciutat seguia
funcionant amb aquella vergonya ben planxada que només tenen les coses
inevitables.
sábado, 25 de abril de 2026
LA LUZ
QUE SOBRA
La primera vez que vi a Elisa
estaba discutiendo con un bodegón.
No con el pintor, que llevaba
muerto lo suficiente como para no poder defenderse, sino con el cuadro. Ella,
plantada frente a una mesa pintada hacía siglo y medio, decía en voz baja pero
con una firmeza de mujer acostumbrada a llevarse la contraria hasta a las cosas
mudas:
—Esa pera no está triste. Está
harta.
Yo estaba allí por error, que
es una manera muy digna de entrar en algunos sitios. Había acompañado a mi hija
a una exposición en el museo porque ella tenía una reunión después y necesitaba
que le cuidara el abrigo, el bolso y supongo que una parte de su mala
conciencia filial. A mis sesenta y dos años, yo seguía pensando que los museos
eran lugares donde uno iba a confirmar que no entendía nada delante de personas
que fingían entenderlo todo.
Pero aquella mujer me hizo
gracia.
Llevaba el pelo blanco
recogido de cualquier manera, un abrigo azul oscuro y unas botas sensatas, de
esas que no prometen nada y luego te llevan lejos. No era guapa en el sentido
idiota en que se usa esa palabra. Era mejor: tenía una cara donde habían pasado
cosas. Una cara con invierno, con ironía, con alguna noche mal dormida y una
boca viva, todavía dispuesta a reírse del mundo antes de que el mundo se riera
de ella.
Me acerqué con esa prudencia
del hombre que ya ha hecho bastante el ridículo en la vida y no necesita batir
su propia marca.
—Perdone —le dije—. Yo de
peras sé poco, pero hartas parecen muchas.
Ella me miró de arriba abajo.
No con desprecio. Con evaluación. Como si estuviera pensando si yo era un
imbécil completo o solo parcial.
—La mayoría de los hombres
—dijo— creen que en los cuadros hay que buscar belleza. Yo busco fatiga.
—Entonces está usted en el
siglo correcto.
Se echó a reír. Una risa
breve, limpia, sin coqueteo. Casi un accidente. Luego volvió a mirar el cuadro
como si el cuadro también hubiera oído la conversación y quisiera opinar.
Nos encontramos otra vez dos
jueves después. Ya no por error. Yo había regresado al museo con la excusa
miserable de ver una sala que me había quedado pendiente. Era mentira. Lo que
me había quedado pendiente era ella. Y allí estaba, sentada en un banco, frente
a una mujer desnuda pintada por alguien que seguramente tuvo mucho talento y
una vida amorosa insoportable.
—Hoy no discute con la fruta
—le dije.
—Hoy vengo a por la carne
—respondió.
Me senté a su lado.
A esa edad uno ya no pregunta
ciertas cosas de entrada. No pregunta si vive sola, si enviudó, si la dejó
alguien, si tiene hijos, si le duele la rodilla cuando cambia el tiempo o si
alguna vez la besaron como debía. Primero habla del cuadro. Luego del frío.
Luego de un café. Y, si hay suerte, de la vida.
Con Elisa ocurrió así. El café
fue en la cafetería del museo, que era cara y mala, como casi todas las cosas
que se ponen de moda. Ella pidió té. Yo café solo. Hablamos del cuadro, de
Barcelona, de por qué la gente baja la voz en los museos como si el arte
estuviera convaleciente. Me dijo que había dado clase de literatura en un
instituto durante treinta y ocho años. Yo le conté que había trabajado media
vida entre papeles, convenios, despidos y reuniones que parecían escritas por
un enemigo del ser humano. Ella levantó una ceja.
—Entonces usted viene del arte
contemporáneo de verdad.
A partir de ahí fue fácil.
Nos vimos algunos jueves más.
Luego también un martes. Después un domingo por la mañana. La ciudad, que a
veces solo sirve para llegar tarde, empezó a regalarnos pequeñas costumbres: un
vermú en una terraza discreta, un paseo por librerías, una exposición absurda
que criticábamos con entusiasmo, una cena donde ella me confesó que llevaba
siete años sola y que la soledad al principio le había parecido una habitación
enorme y luego una vajilla: acabas usándola sin pensar demasiado.
Yo le dije que mi matrimonio
había durado veintinueve años y que no terminó con un portazo ni con una
infidelidad cinematográfica, sino con ese desgaste vulgar que tienen las cosas
importantes cuando nadie las limpia a tiempo. Se quedó callada. No por juicio.
Por delicadeza. Después me tocó la mano como quien corrige apenas una arruga en
una camisa.
Aquel gesto me desordenó más
que muchos cuerpos enteros.
Fue en febrero cuando subimos
por primera vez a su casa. Había cuadros por todas partes. No cuadros caros ni
famosos. Cuadros pintados por ella. Algunos eran buenos. Otros querían serlo.
Todos tenían algo que se parecía demasiado a una respiración.
—Empecé a pintar tarde —me
dijo—. A los cincuenta y ocho.
—Hay gente que empieza a vivir
más tarde.
—Y hay gente que muere años
antes de enterrarse.
No respondí. Ella tampoco
parecía necesitar respuesta. Encendió una lámpara pequeña del salón. La luz le
cayó en la clavícula, en la base del cuello, en esa zona donde la edad no resta
erotismo: lo afina. Me acerqué. No con hambre. Con una especie de respeto
tembloroso. Como si fuera a tocar por primera vez una obra frágil que, sin
embargo, llevaba décadas resistiendo.
Nos besamos.
No fue un beso joven. Gracias
a Dios. No tuvo prisa, ni exhibición, ni ese entusiasmo gimnástico que tanto
prestigio tiene y tan poco sentido suele dejar. Fue un beso adulto, que viene
con memoria, con miedo, con deseo y con la sospecha de que ya no estamos para
fingir eternidades pero sí para reconocer un instante cuando vale la pena.
Después, al apartarse, Elisa
sonrió.
—¿Ves? —dijo—. Al final la
pera no estaba triste.
—No. Solo esperaba la luz
correcta.
Ahora hace casi un año de
aquello. Los jueves seguimos yendo al museo. A veces miramos cuadros. A veces
nos miramos nosotros, que tampoco está mal como disciplina artística. Yo sigo
sin entender muchas obras. Ella dice que no hace falta entenderlo todo, que la
mitad de la belleza consiste en quedarse un rato delante de algo sin dominarlo.
Supongo que con el amor pasa
parecido.
A nuestra edad, enamorarse no
tiene la épica de una promesa. Tiene algo mejor: la puntería.
«Cuanto mejor se ata el tiempo
a las acciones, mayor claridad tiene la narración.» (Francesco Patrizi nacido
el 25 de abril de 1529 vino a decir aquello de que las frases se construyen
así: “sujeto, verbo y predicado” de toda la vida. De esta manera las cosas
empiezan a ser entendibles)
Paulo Vanzolini que hoy hubiese cumplido 102 años era zoólogo y también se dedicaba a cantar y no precísamente como los cisnes o las ballenas, sino como brasileiro que fue.
La ciutat que no responia
De nit feia la ronda pels
carrers, buscant-lo en cada bar com qui busca una moneda dins d’un pou.
Els cambrers ja no
preguntaven. Apartaven els gots, les cadires, la llàstima.
Ella mirava les finestres
enceses i pensava que l’amor, quan fuig, deixa sempre el llum obert per pura
crueltat.
A l’alba tornava sola.
No l’havia trobat mai.
Però la ciutat, de tant
veure-la passar, ja havia après a estimar-la una mica.