LA
VACA DE CAMPAÑA
La vaca se llamaba Paca,
aunque en los papeles de la explotación figuraba como ES-140087-Madre-12,
que era una forma muy administrativa de decir que había parido más veces de las
que ningún consejero recordaría jamás.
Paca vivía en una finca
limpia, con barro suficiente para no creerse marquesa y sombra bastante para no
hacerse socialista de repente. Tenía una rutina seria: comer, rumiar, mirar al
horizonte y desconfiar de los humanos que llegaban con zapatos demasiado
brillantes.
Aquella mañana aparecieron
tres coches negros.
Después llegó una furgoneta.
Después otra.
Después un hombre con
auricular que miró a Paca como si estuviera calculando si podía colocarse mejor
para la foto.
—¿Es esta? —preguntó.
El ganadero, Rafael, se limpió
las manos en el pantalón.
—Es la que sale siempre.
La frase hizo que Paca
levantara la cabeza.
La que sale siempre.
No “la vaca”. No “Paca”. No
“la madre de tres terneros”. No “la que ayer tiró una valla porque se le cruzó
una avispa con complejo de notario”.
La que sale siempre.
A los pocos minutos apareció
el candidato.
Venía rodeado de sonrisas
técnicas. De esas sonrisas que no nacen en la boca sino en la agenda. Traje
claro, camisa blanca, botas limpias recién compradas para parecer campo sin
haber pisado una piedra con malas intenciones.
—¡Rafael! —dijo el candidato,
abriendo los brazos.
Rafael lo miró como se mira a
un hombre que te abraza cada cuatro años y te olvida los otros mil
cuatrocientos cincuenta y nueve días.
—Presidente.
—Bueno, bueno, todavía
candidato.
—Para algunas cosas nunca se
deja de serlo.
El candidato no supo si
aquello era elogio o pedrada. Sonrió por si acaso. En política, sonreír por si
acaso es una asignatura troncal.
Paca observó la escena. Había
visto aquello antes. La primera vez se asustó. La segunda pensó que era una
feria. La tercera comprendió que era una misa sin Dios, pero con fotógrafo.
El asesor principal se acercó
al candidato y le habló bajo.
—Presidente, recuerde: mano en
el lomo, mirada cercana, nada de tocar el cuerno, que en la última imagen
pareció que estaba negociando con la vaca.
—¿Y qué digo?
—Sector primario, raíces,
Andalucía real, compromiso, futuro.
—¿Todo eso junto?
—No. En frases cortas. La vaca
ayuda.
Paca parpadeó.
La vaca ayuda.
Había servido para leche,
cría, compañía, fotografía institucional y ahora también para sintaxis
electoral. Lo suyo ya no era ganadería. Era multifunción.
El candidato se aproximó
despacio. Demasiado despacio. Como si Paca fuese un piano antiguo o una suegra
indecisa.
—Hola, preciosa —dijo.
Paca lo miró.
Había hombres que llamaban
preciosa a cualquier cosa que no pudiese contestarles.
El fotógrafo se agachó.
—Un poquito más cerca. Eso.
Mano natural. No tan rígida. Que parezca confianza.
El candidato apoyó la mano
sobre el lomo de Paca.
La mano estaba fría.
Paca pensó que los humanos
importantes tenían las manos frías porque nunca las metían donde la vida se
complicaba: tierra, agua, parto, pienso, alambre, noche.
—Perfecto —dijo el fotógrafo—.
Ahora mire a la vaca.
El candidato miró a Paca con
intensidad de anuncio.
—Esta tierra —empezó— sabe lo
que es trabajar.
Paca siguió masticando.
—Esta tierra no pide
privilegios.
Rafael bajó la vista.
—Esta tierra pide respeto.
Un periodista levantó la mano.
—Presidente, ¿qué medidas
concretas propone para el sector ganadero?
El asesor tosió.
El candidato acarició a Paca
dos veces, como si el programa electoral estuviera escondido bajo la piel.
—Vamos a seguir estando al
lado de quienes madrugan, de quienes sostienen nuestra identidad, de quienes
mantienen viva la Andalucía profunda, real, auténtica.
Paca dejó de rumiar.
La Andalucía profunda, real y
auténtica solía aparecer en campaña con botas nuevas y desaparecer cuando
tocaba hablar de precios, agua, relevo generacional o veterinarios.
Otro periodista preguntó:
—¿Habrá ayudas directas?
—Habrá diálogo.
Rafael murmuró:
—Eso engorda poco.
Paca soltó un mugido.
No fue largo. No fue
dramático. Fue un mugido seco, con más criterio que muchas ruedas de prensa.
Los fotógrafos dispararon como
si acabara de producirse un milagro rural.
—¡Eso! ¡Eso es buenísimo!
—dijo uno—. La vaca ha intervenido.
El asesor sonrió.
—Tenemos vídeo.
El candidato, animado,
acarició de nuevo a Paca.
—Hasta ella sabe que este
proyecto es bueno para Andalucía.
Paca movió la cola.
Rafael dio un paso.
—Con perdón, presidente. La
vaca no sabe de proyectos.
El aire se quedó quieto, que
es lo que ocurre cuando alguien dice algo sencillo en medio de una ceremonia
complicada.
El candidato mantuvo la
sonrisa, pero se le aflojó un poco por los bordes.
—Bueno, Rafael, era una forma
de hablar.
—Ya. Pero ustedes hablan mucho
por los que no hablan.
El asesor principal miró al
ganadero con cara de incendio pequeño.
—No entremos ahora en debates.
—Claro —dijo Rafael—. Para eso
están los programas. Aunque vienen con menos páginas que el folleto del pienso.
Paca volvió a mugir.
Esta vez más bajo.
El cámara se acercó. Olía la
pieza. Un ganadero respondón, una vaca expresiva, un candidato atrapado entre
el campo real y el campo de decorado. Aquello daba para redes.
El candidato respiró.
—Rafael, sabes que nuestro
compromiso es firme.
—Firme está la valla del fondo
y ayer se cayó.
Alguien rió. Un becario. El
becario fue fulminado por cuatro miradas y perdió media carrera política en dos
segundos.
El candidato cambió de
estrategia. La más antigua: abrazar al problema.
—Entiendo perfectamente
vuestra situación.
Rafael levantó una ceja.
—¿Cuál?
—La del campo.
—¿Cuál parte? ¿La de vender
por debajo de coste? ¿La de no encontrar gente joven que quiera quedarse? ¿La
de llenar papeles hasta para mover una cabra? ¿La de esperar ayudas que llegan
cuando el ternero ya tiene bigote?
Paca no sabía qué era un
bigote, pero aprobó la imagen.
El candidato bajó la mano del
lomo de la vaca.
Sin la vaca, parecía más
pequeño.
Los asesores se movieron. Uno
habló de agenda. Otro de luz. Otro de que había que ir cerrando. La política,
cuando el barro sube, siempre recuerda que tiene otro acto.
Pero entonces ocurrió lo
inesperado.
Paca dio un paso adelante.
No mucho. Lo justo para quedar
entre el candidato y las cámaras.
El fotógrafo, por instinto,
disparó.
El candidato intentó recuperar
el encuadre.
Paca avanzó otro poco.
Rafael sonrió por primera vez.
—Se ha puesto delante.
—Ya lo veo —dijo el asesor.
—Eso también lo hace cuando
quiere que la ordeñen.
—No compare.
—No, claro. La vaca produce
más.
El vídeo se subió a los veinte
minutos.
En redes lo titularon de todas
las formas posibles: “La vaca que eclipsó al candidato”, “Paca
presidenta”, “La Andalucía real se coloca delante”, “Ni mu:
programa electoral completo”.
Hubo tertulias.
Un politólogo explicó que la
vaca simbolizaba el arraigo.
Una consultora dijo que la
escena humanizaba al candidato.
Un humorista pidió el voto
para Paca.
Un portavoz aseguró que todo
había sido espontáneo.
Rafael apagó la televisión
antes de que alguien hablara de “ruralidad líquida”.
Esa noche, mientras la finca
se quedaba en silencio, Paca comió despacio. No sabía que era tendencia. No
sabía que su imagen circulaba por teléfonos donde nadie había tocado jamás una
cuerda de pacas. No sabía que al día siguiente algunos dirían que había sido
usada por la derecha, otros por la izquierda y otros por la nostalgia de una
España que solo existe cuando conviene.
Paca sabía otras cosas.
Sabía cuándo iba a llover.
Sabía quién se acercaba con
miedo.
Sabía distinguir una caricia
de una estrategia.
Y sabía, sobre todo, que los
humanos tenían una capacidad extraordinaria para convertir cualquier ser vivo
en decorado, incluso mientras hablaban de defenderlo.
A la mañana siguiente, Rafael
encontró al candidato otra vez en todos los periódicos.
Salía sonriente.
Paca también.
Pero Paca ocupaba el centro de
la foto.
Rafael la miró desde la puerta
del establo.
—Al final vas a tener más
tirón que ellos.
Paca levantó la cabeza.
Rafael se rascó la nuca.
—Aunque no te emociones. En
cuanto ganen o pierdan, no volverán hasta la próxima.
Paca volvió a rumiar.
No le sorprendió.
Los humanos también eran
animales de temporada.
«Me doy a veces consejos
admirables, pero soy incapaz de seguirlos.» (En castellano castizo la frase es:
“consejos doy que para mi no tengo”. La frase es de Lady Mary Wortley Montagu
nacida el 15 de mayo de 1689 y que con toda probabilidad sea absolutamente
cierta)
Lainie Kazan cumple hoy 86 años y está para encender pocos días; ni los viernes como hoy. En cualquier caso le deseo que cumpla muchos mas.
La dona que encenia els
dilluns
Cada dilluns, la Sunny
arribava al bar amb un paraigua groc, encara que fes sol. Deia que el món
sempre acaba plovent per algun lloc. Els cambrers li guardaven la taula del
racó, on ella llegia cartes antigues i somreia com qui perdona una guerra
petita. Un dia no va venir. Al seu lloc, hi havia el paraigua, obert, damunt la
cadira. Des de llavors, quan plou, ningú s’asseu allà. Per respecte. O per por
que torni la llum.




