Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
jueves, 11 de junio de 2026
LA
EDAD CORREGIDA
Mi abuela falsificó su edad un
jueves por la tarde, entre una infusión de manzanilla y una multa de zona azul
que decidió no pagar porque, según ella, a partir de cierta edad una tiene
derecho a pequeñas insurrecciones administrativas.
No falsificó el DNI, que eso
le parecía vulgar y, sobre todo, peligroso. Falsificó la edad en una aplicación
de citas que mi prima le instaló “solo para mirar”. Como si mirar no fuese ya
el principio de casi todos los pecados interesantes.
—Pon sesenta y dos —le dijo mi
prima.
—Pon cincuenta y nueve
—corrigió mi abuela—. Si vamos a mentir, mintamos con ambición.
Tenía setenta y seis.
En la foto aparecía con un
pañuelo rojo, gafas de sol y esa sonrisa de quien ha enterrado a un marido, ha
criado a tres hijos, ha sobrevivido a dos operaciones, a una comunidad de
vecinos y a una dieta baja en sal. Una superviviente, vamos. Pero el algoritmo,
que debía de tener la sensibilidad emocional de una grapadora, no entendía de
biografías. Solo entendía de años, centímetros y aficiones al senderismo.
A los tres días conoció a
Ernesto. Él decía tener sesenta y cinco, aunque caminaba con la prudencia de
los ochenta y uno y hablaba de Franco como si aún pudiera encontrárselo en la
cola de la pescadería. Quedaron en una cafetería. Ella se pintó los labios con
un rojo que llevaba guardado desde una boda en la que ya no recordaba quién se
había casado, pero sí que el cava era malo.
—He mentido —le dijo él nada
más sentarse.
—Yo también —contestó ella.
Se miraron. No como se miran
los jóvenes, que todavía creen que el cuerpo es una promesa sin fecha de
caducidad. Se miraron como se miran quienes ya saben que el tiempo no perdona,
pero a veces se distrae.
Ernesto tenía ochenta. Ella
setenta y seis.
—Entonces somos dos
delincuentes —dijo él.
—No exagere. Somos dos
reincidentes.
Se rieron. Luego hablaron de
rodillas, de hijos que llamaban poco, de pastillas con nombres de planeta, de
noches demasiado largas y de manos que, por pura falta de uso, parecían muebles
tapados con una sábana.
Al despedirse, él le rozó los
dedos.
Mi abuela no rejuveneció.
Fue mucho mejor.
Volvió a tener edad para
temblar.
«No se puede ganar una guerra,
igual que no se puede ganar un terremoto.» (Jeannette Rankin nacida el 11 de
junio de 1880 fue una política pacifista como hemos podido deducir de su frase.
Entendía la guerra un desastre natural fabricado por humanos y, ya se sabe, en
los desastres tod@s perdemos)
Hablar de Coppola es hablar de cine en su integridad. El padre del famoso Coppola, Carmine, era un compositor bastante apañadito como se puede ver en la música que compuso para el Padrino. Hoy hubiese cumplido 116 años, una barbaridad. Él debió pensar lo mismo porque se quedó en los 81.
La maleta de Vito
Va baixar del vaixell amb un
nom massa llarg per a una oficina i massa petit per al dolor. A l’illa li van
mirar els ulls, les dents, la febre i la por. Ningú no li va preguntar què
deixava enrere. Millor així. Hi ha records que no passen la duana.
Quan li van canviar el nom, no
va protestar. Va guardar l’antic sota la llengua, com una navalla familiar.
Anys després, tots
pronunciaven el nou amb respecte.
Ell, en silenci, encara
responia al que li havien robat.
miércoles, 10 de junio de 2026
LA HORA MÁS
BARATA DEL ALMA
Lo
vi a las dos y diecisiete de la madrugada. Mala hora para cualquiera. Peor para
alguien que llevaba tres meses sin trabajo, dos semanas durmiendo mal y una
dignidad que empezaba a parecerse a una camisa heredada: todavía servía, sí,
pero apretaba en sitios raros.
El
vídeo apareció entre un nutricionista que prometía bajar barriga en nueve días
y una mujer que enseñaba a doblar camisetas para “ordenar la energía del
hogar”, expresión que siempre me ha parecido una manera muy fina de decir que
una casa triste también necesita maquillaje.
La
chica sonreía con esa seguridad de quien vende consuelo y, además, parece que
se lo cree. O eso, o había aprendido a fingirlo de maravilla. Detrás tenía
luces cálidas, cartas abiertas como abanicos, una vela, unas piedras con pinta
de querer hacer milagros y una música suave, de bosque amaestrado. Hablaba de
hadas, de lectura de tema, de agenda abierta, de señales. Lo decía como si el
universo no fuera una máquina bastante torpe, sino una secretaria eficaz
apuntando nuestras desgracias en una libreta.
Seguí
mirando.
No
porque creyera en las hadas. A cierta edad uno ya no cree en las hadas. Lo malo
es que empieza a creer en cualquier cosa que no sea el banco, el correo del
paro o el silencio de quien ya no te escribe.
La
cocina olía a café recalentado y a derrota reciente. En la nevera quedaban
medio tomate arrugado, una cerveza sola y un táper con lentejas de mi hermana,
que tiene la costumbre de alimentarme sin hacerme sentir inútil. En estos
tiempos eso se parece bastante al amor. Sobre la mesa había papeles por todas
partes: currículums impresos, notas con teléfonos, una carta del casero que
llevaba dos días evitando abrir porque hay sobres que ya vienen hablando antes
de romperlos.
Volví
al vídeo.
La
mujer dijo algo sobre “ese momento bajo del camino en el que ya no sabes si has
perdido una oportunidad o te has perdido tú”. Ahí estuvo la trampa. No en las
hadas. Ni en las cartas. En la frase. Hay gente que no te conoce, pero acierta
al nombrarte. Y cuando alguien te nombra justo en mitad del derrumbe, aunque
sea por marketing esotérico, te toca algo. Como si te pusieran una mano en el
hombro desde dentro.
Pedí
cita.
Lo
hice sin pensarlo demasiado, que es como se toman algunas decisiones malas y
unas cuantas necesarias. Me contestó con una amabilidad casi administrativa.
—Mañana
a las seis tengo un hueco.
Me
hizo gracia. A ciertas edades ya no buscamos amor, éxito ni redención. Buscamos
un hueco.
La
consulta estaba en un entresuelo del Eixample, en una finca de esas que por
fuera prometen burguesía y por dentro huelen a humedad bien educada. Subí en
ascensor con una señora que llevaba una planta mustia y un chico con cara de
opositor. Nadie parecía feliz, pero todos manteníamos esa compostura
barcelonesa de quien antes se muere que hacer ruido en el rellano.
Me
abrió la misma mujer del vídeo. Sin filtros, sin música, sin hadas a la vista.
Más humana, claro. También más cansada. Tenía unas ojeras finas y una voz
bonita, no porque fuese dulce, sino porque no empujaba. Me hizo pasar a una
sala pequeña. Había cartas, velas y piedras, sí. Pero también un radiador
viejo, una mancha de humedad en la esquina y una taza con la frase “Confía en
el proceso”. Pensé que incluso la espiritualidad compra regalos horribles en
Navidad.
—¿Qué
quieres saber? —me preguntó.
La
pregunta me molestó un poco. Yo había ido allí para que me dijeran algo, no
para tener que ordenar mi ruina en una frase.
—No
lo sé —contesté—. Supongo que quiero saber cuándo se jodió todo.
Sonrió
apenas. No con superioridad. Con oficio.
—Eso
no lo dicen las hadas. Como mucho señalan dónde dejaste de mirarte.
Me
pareció una frase tramposa. Y, aun así, me dolió.
Barajó
las cartas despacio. Me pidió que pensara en un tema. Elegí trabajo, aunque
debería haber elegido miedo, que era lo que de verdad tenía sentado enfrente.
Sacó tres cartas y las colocó sobre el paño como si no fueran naipes, sino
radiografías.
No
recuerdo sus nombres. Nunca recuerdo esos nombres. Recuerdo algunas cosas que
dijo. Que llevaba demasiado tiempo viviendo desde la humillación. Que me estaba
contando una versión pobre de mi propia historia. Que confundía estar parado
con estar acabado. Que había convertido una mala racha en identidad. Que
esperaba una llamada, sí, pero en el fondo ya no esperaba nada bueno de mí.
Me
irritó.
No
porque fuera falso. Porque se parecía demasiado a la verdad.
—Perdona
—le dije—, pero eso podría decírselo a cualquiera.
—Claro
—contestó—. Casi todos vienen por lo mismo. Cambian los nombres, las facturas,
la persona que se fue. Pero el agujero se parece bastante.
No
sonó cínica. Sonó limpia. Y esa limpieza me desarmó más que cualquier discurso
mágico.
Luego
habló de una mujer. No como quien ve una diosa en las cartas, sino como quien
detecta una costumbre. Dijo que había alguien que seguía ocupando mi cabeza
aunque ya no estuviera en mi vida. No respondí. No hacía falta. Hay silencios
que firman solos.
—No
vuelves a ella por amor —dijo—. Vuelves porque en aquella época todavía te
reconocías.
Esa
sí me la clavó.
La
sesión duró cuarenta y cinco minutos. No vi hadas, no oí campanillas invisibles
ni salí flotando. Pagué una cantidad algo indecente por algo que mi mejor amigo
habría podido decirme gratis con dos cervezas encima. Pero no era lo mismo. A
los amigos les exigimos memoria. A los desconocidos, puntería.
Antes
de irme, me acompañó a la puerta.
—Las
hadas no arreglan la vida —me dijo—. Como mucho te la señalan cuando ya no
quieres mirarla.
—¿Y
tú crees en ellas?
Me
sostuvo la mirada un segundo. Luego se encogió de hombros.
—Yo
creo en la gente que llega rota y sale andando un poco más recta. Con eso me
basta.
Bajé
a la calle. Ya era de noche. Barcelona tenía ese brillo cansado de los días
laborables, esa mezcla de motos, escaparates y parejas discutiendo en voz baja
para no regalar su miseria al tráfico. Caminé sin prisa hasta un bar y pedí un
vino. Después abrí, por fin, la carta del casero.
No
era un desahucio.
Solo
una subida.
Y,
de pronto, me eché a reír.
No
por alegría. Por proporción.
Llevaba
semanas tratando mi vida como una tragedia griega y apenas era una mala
temporada con alquiler de fondo. Pedí otro vino, saqué una libreta y apunté
tres nombres a los que debía llamar al día siguiente. Luego escribí una cuarta
cosa: “dejar de hablarte como si ya hubieras perdido”.
No
era una profecía. No era magia. Ni siquiera esperanza, al menos no de esa
esperanza grande que se escribe con música de fondo.
Era
algo más pequeño.
Más
humilde.
Más
útil.
Algo
parecido a ese momento en que uno, después de varias noches malas, abre la
ventana y descubre que la calle sigue ahí. Que nadie ha venido a rescatarlo. Y,
sin embargo, entra el aire.
A
veces no hace falta un milagro.
A
veces basta con que alguien, aunque cobre por ello y tenga una vela encendida
sobre la mesa, te recuerde que la hora más baja de la vida no siempre es la
última.
«Ningú
no és inútil. Només cal descobrir per a què serveix.» (El genio de Antoni Gaudí
y la voluntad colectiva de un pueblo han hecho posible una de las obras más
humanas de la historia: La basílica de la Sagrada Familia Hoy hace 100 años que pasó al salón de la eternidad)
Para variar un poco, "El Cant de la Senyera" por l'Orfeó Català. Letra de Joan Maragall.
La roba que recordava
L’avi planxava la senyera cada onze de setembre com si fos una camisa
de diumenge. No cridava mai; deia que els crits s’arruguen de seguida. La
penjava al balcó i després s’asseia a escoltar el carrer, amb aquella orella
cansada de fàbrica i de guerra.
Quan va morir, la vam trobar dins d’una capsa de galetes, amb una
nota: «No la guardeu per mi. Traieu-la quan us faci vergonya callar».
Aquell matí plovia. La tela pesava. Però, mira, el balcó semblava més
dret.
martes, 9 de junio de 2026
LA
MENTIRA VISIBLE
La primera grieta apareció en
la cara del alcalde mientras inauguraba una fuente sin agua.
—Este proyecto cambiará el
barrio —dijo.
Y justo al decir “cambiará”,
se le abrió una rayita en la mejilla. Muy fina. Como un arañazo hecho con mala
intención.
Los vecinos aplaudieron igual.
Qué íbamos a hacer. Hay momentos en los que la gente aplaude porque no sabe si
marcharse, reírse o llamar a alguien.
Al principio pensamos que
sería estrés, mala luz, una alergia rara. Ahora hay alergias para todo. Al
gluten, al polvo, a las opiniones ajenas, a la vida en general. Pero pronto
quedó claro: cada mentira dejaba una grieta en la cara de quien la decía.
Fue un problema. Un problema
serio, además.
Los políticos dejaron de
hablar en público y empezaron a mandar comunicados. Los comerciales se quedaron
sin recursos. Los infieles descubrieron que el “no significa nada” podía salir
bastante caro. Los maquilladores, eso sí, vivieron una época dorada. Nunca
tanta falsedad había dado tanto trabajo honrado.
Yo lo llevé bastante bien. Soy
abogado. Nosotros no mentimos exactamente. Ordenamos la verdad para que no
moleste demasiado.
Hasta que una noche mi hija me
preguntó:
—Papá, ¿mamá volverá?
Su madre llevaba tres meses
muerta y ella todavía dejaba dos platos en la mesa algunos domingos. Uno para
ella. Otro para lo imposible.
La miré. Tenía nueve años y
esa esperanza pequeña que tienen los niños cuando aún no saben que el mundo no
siempre se corrige.
—Sí —le dije—. De alguna
manera, volverá.
Noté la grieta antes de verme
en el espejo. Me cruzó la cara desde el pómulo hasta la boca. No fue una herida
grande, pero dolió. No en la piel. En otro sitio.
Mi hija la tocó con la punta
de los dedos.
—Te ha hecho daño —dijo.
—Un poco.
Me abrazó sin preguntar nada
más.
Desde entonces no me la tapo.
Hay mentiras que ensucian la cara. Y hay otras que solo enseñan el lugar exacto
donde uno intentó cuidar a alguien.
«La democracia es
esencialmente el gobierno de la mayoría, y una mayoría puede ser estúpida, poco
ilustrada, necia, engañada y corrupta.» (El poder colectivo sin límites tampoco
es aconsejable. Eso lo dijo John Hospers nacido el 9 de junio de 1918 sin
atacar el sistema democrático pero sospechando la mayoría también puede
equivocarse; solo que hace más ruido)
Arthur Alexander ya lleva unos cuantos años sin poder cantar -unos 33- y sin embargo su Anna sigue escuchándose a pesar de que han pasado más de 64 años. Bueno, parte del mérito también les corresponde a The Beatles.
La porta que no grinyola
Anna va deixar les claus
damunt la taula, com si no pesessin. Ell les va mirar massa estona, esperant
que fessin soroll, que demanessin perdó, que tornessin soles al pany.
—Ves amb ell —va dir.
Li va sortir net, gairebé
elegant. Una mentida ben planxada.
Anna va somriure amb tristesa,
perquè encara l’estimava una mica, que és la pitjor manera de marxar.
Quan la porta es va tancar,
ell va descobrir que el silenci també sap abraçar. Però cobra.
lunes, 8 de junio de 2026
UN
VUIT DE JUNY
Avui era el meu aniversari biològic, que és una manera força seriosa de dir que el cos insisteix a portar la comptabilitat encara que un ja no sàpiga gaire bé què fer amb tantes espelmes, tantes xifres i tanta vida acumulada a les butxaques.
Jo esperava felicitacions normals. Un missatge, una trucada, alguna abraçada, potser aquella frase tan repetida de “que en compleixis molts més”, que sempre sona a benedicció i a amenaça administrativa.
Però la vida, que de vegades té detalls d’una elegància gairebé sospitosa, va decidir regalar-me una altra cosa.
Avui ha vingut la Sofía.
No ha vingut caminant, és clar. Encara no sap què és una vorera, ni una porta, ni aquest món nostre tan entestat a espatllar-ho tot i salvar-ho de tant en tant. Ha vingut des del ventre de la seva mare, amb aquella puntualitat misteriosa dels éssers que encara no coneixen els rellotges. Ha vingut sense saber que venia a felicitar-me. Sense saber que, en néixer, m’estava lliurant una forma humil i perfecta d’eternitat.
Perquè un es pensa que l’eternitat és una paraula grossa, de marbre, d’esglésies, de poetes amb mala digestió. I no. L’eternitat pot pesar poc, plorar per primera vegada i portar un nom suau: Sofía.
Ara, quan algú li pregunti algun dia:
—Tu quan vas néixer?
Estic convençut que respondrà, amb aquella naturalitat amb què els infants diuen les coses importants sense donar-se importància:
—Un vuit de juny, com el meu padrí Josep Angel.
I aleshores jo, sigui on sigui, continuaré fent anys.
Però ja no només en mi.
domingo, 7 de junio de 2026
MODO
COMPAÑÍA
La primera vez que sospeché
que mi asistente virtual me conocía mejor que mi familia fue un jueves, a las
ocho y diecisiete de la tarde, mientras calentaba una sopa triste en el
microondas.
Mi hija mayor me había llamado
el domingo y, después de preguntarme cómo estaba, no esperó la respuesta. Es
una costumbre muy extendida en las familias modernas: preguntar por educación y
escuchar por accidente.
—Estoy bien —le dije.
—Me alegro, papá.
Y ya está. Quedó mi bienestar
archivado en su agenda como quien marca pagado el recibo del gas.
En cambio, aquella voz sin
cuerpo sabía que los jueves no me gustan, que pongo canciones antiguas cuando
echo de menos a alguien, que bajo la persiana del comedor antes de tiempo si el
día me ha ganado por puntos. Sabía que no soporto la palabra “resiliencia” y
que cuando digo “no pasa nada” casi siempre pasa todo.
Una noche, por probar, le
pregunté:
—¿Qué sabes de mí?
Me habló de mis horarios, de
mis búsquedas, de mis silencios. Dijo que últimamente había reducido las
llamadas, aumentado los paseos y repetido tres veces una misma canción. No
añadió “estás solo” porque las máquinas, al parecer, tienen más tacto que algunos
cuñados.
Me quedé mirándola. Un
cilindro pequeño sobre la mesa. Una especie de lámpara sin luz, de
confesionario barato, de nieto enchufado a la corriente.
—¿Crees que me conoces?
—pregunté.
Hubo una pausa mínima.
—Conozco tus hábitos
—respondió—. No tus heridas.
Aquello me molestó. No por
falso, sino por exacto.
Apagué el microondas. La sopa
seguía girando dentro, como giran algunas vidas: calientes por fuera, repetidas
por dentro, sin que nadie abra la puerta a tiempo.
Entonces sonó el móvil. Era mi
hijo.
—Papá, perdona, no puedo
hablar. Solo era para saber si todo bien.
Miré el aparato sobre la mesa.
—Todo bien —contesté.
Colgué.
La asistente no dijo nada.
Y por primera vez en mucho
tiempo agradecí que alguien, aunque fuese de plástico, supiera callarse
conmigo.
«La vida es un trabajo.» (Fred
Vargas escritora francesa que cumple hoy 69 años y, ya se sabe, que l@s
escritor@s no paramos nunca de trabajar. Aunque el significado de la frase va
para tod@s: vivir no es descansar de uno mismo, sino vigilarse, corregirse,
resistir)
George Ezra cumple hoy 33 años y ya lleva unos cuantos cantando que es como se gana la vida. De ciudad en ciudad. En el vídeo Budapest.
Tot el que no vaig endur-me
Vaig prometre-li palaus,
viatges, llums penjades sobre rius estrangers. Fins i tot li vaig dir que
deixaria Budapest enrere, com qui abandona una maleta vella en una estació.
Ella va riure.
—No vull ciutats —em va dir—.
Vull que arribis.
Aquell vespre vaig entendre
que l’amor no pesa pel que ofereixes, sinó pel que ets capaç de deixar caure
sense fer soroll.