Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
sábado, 31 de octubre de 2026
YO SOLO LO COMPARTÍ
Mi
hijo sujetaba la plancha de madera mientras yo buscaba con el taladro los
agujeros del sábado anterior.
—Un
poco más arriba.
Detrás
quedaban los zapatos que su madre había colocado por la mañana. Los de
invierno, con el precio escrito a mano. Habíamos discutido porque ella quería
dejarlos expuestos.
—Para
eso tenemos escaparate.
Ahora
lo estábamos tapando.
A mi
hijo le vibró el móvil. Soltó una mano y la madera se venció hacia mí.
—Hostia.
Sujeta.
—Espera,
que están diciendo algo de esta tarde.
Dejé
el taladro en el suelo.
Me
enseñó un cartel con llamas, una multitud y una frase que prometía cambiarlo
todo a partir de las siete. Se lo había enviado un compañero de clase.
—¿Y
quién organiza esto?
—No
sé. Está en todos los grupos.
—¿Tú
también lo has enviado?
—Sí,
pero yo no voy.
Desde
la tienda, su madre nos pidió que dejáramos libre un trozo para poner el
horario.
Mi
hijo seguía mirando la pantalla.
—Ahora
dicen que lo de saquear es mentira.
—¿Los
mismos?
Pasó
el dedo varias veces.
—No
sé, papá. Hay un montón de mensajes.
Le
pedí que borrara el que había enviado.
—Aunque
lo borre, ya lo tienen. Además, yo solo lo compartí.
Me
agaché a recoger un tornillo. Se me había metido debajo del zapatero que
sacábamos a la calle cuando hacía buen tiempo.
—Papá.
Había
una fotografía de nuestro escaparate en la pantalla. Debajo, alguien preguntaba
si abríamos por la tarde. Se distinguían los botines y el cartón donde su madre
había escrito «Piel. 49 euros».
Mi
hijo levantó la vista hacia los zapatos. Después volvió al teléfono y mantuvo
el dedo sobre el cartel que había reenviado.
Lo
borró.
Durante
unos segundos se quedó mirando la conversación.
—Pero
ya lo tienen —dijo.
Guardó
el móvil y empujó la madera contra el marco.
—¿Así
está bien?
Recogí
el taladro.
—Sí.
Ahora aguanta.
«Cuando se conversa se
vive, cuando se vive se ama y cuando se ama se está triunfando» (Esta frase “in crescendo” es de Godofredo Garabito
Gregorio nacido el 31 de octubre de 1932 para tener un nombre curioso y ser
poeta e historiador. No me consta que su firma fuese GGG)
Y ya que estamos en la fecha que estamos y en el batiburrillo de no saber qué debemos celebrar si Jalobin, la Castanyada o el Día de difunt@s, Mecano y la poca seriedad del cementerio.
Amb
el permís de la família
La
mare va començar a sortir del nínxol sis mesos després d’enterrar-la.
El
vigilant ens va avisar: ballava amb un desconegut davant del panteó dels
industrials.
—Amb
la vida que ha portat, ja li tocava —vaig dir.
El
meu germà volia presentar una queixa. Li preocupava que algú la reconegués.
Hi
vam anar plegats. La mare duia el vestit amb què l’havíem enterrada, escurçat
per damunt dels genolls.
—El
pare ho sap? —va preguntar ell.
Ella
va assenyalar una tomba.
El
pare hi seia, amb les sabates d’ella a la falda.
—Avui
em toca esperar.
viernes, 30 de octubre de 2026
EL RESPONSABLE DE SEGURIDAD
Me
nombraron responsable de seguridad un jueves, al terminar una reunión.
Yo
estaba recogiendo los vasos.
—Tú,
que eres metódico, podrías revisar los protocolos.
Dije
que sí. A veces uno acepta una responsabilidad porque ya tiene otra cosa en las
manos y quiere salir de la sala.
El
viernes me dieron acceso a una carpeta con ciento cuarenta y tres
procedimientos. Abrí el primero. Lo había firmado un director fallecido hacía
ocho años. El segundo remitía a un anexo que nadie encontraba.
Seguí
leyendo.
Según
el protocolo de evacuación, al sonar la alarma debíamos abandonar
inmediatamente el edificio. Según el de protección de datos, antes de abandonar
el puesto había que guardar bajo llave todos los documentos confidenciales.
La
llave estaba en poder de una compañera que teletrabajaba los viernes.
Pregunté
qué instrucción prevalecía.
—Depende
de la emergencia.
—Un
incendio.
—Habría
que ver dónde.
Empecé
a hacer anotaciones. Había teléfonos de empresas desaparecidas y un punto de
encuentro situado en lo que ahora era la terraza de un bar. Pensé que aquello
podía arreglarse sin demasiada dificultad.
Solicité
autorización para actualizar los documentos.
Mi
jefe me llamó al despacho.
—¿Qué
les pasa?
—Algunos
se contradicen. Otros están desactualizados.
—Eso
tendrás que justificarlo.
Le
enseñé las anotaciones.
Las
miró sin cogerlas.
—En
un informe.
Durante
tres meses redacté el informe. Entretanto, seguían vigentes los ciento cuarenta
y tres procedimientos, porque retirar uno exigía disponer de otro que lo
sustituyera.
Una
mañana sonó la alarma. Resultó ser una prueba de mantenimiento que no nos
habían comunicado. Bajamos por la escalera y nos quedamos junto al bar, sin
saber si podíamos ocupar la terraza.
El
director salió el último.
—Hay
que mejorar esta coordinación.
Lo
añadí al informe.
Cuando
lo entregué, me felicitaron por el trabajo. Mi jefe incluso me pidió una copia
para presentarla en el comité de dirección.
Una
semana después volvió a llamarme.
—Lo
han visto muy bien. Ahora necesitamos que redactes un protocolo para aplicar
tus recomendaciones.
—¿Y
quién tiene que aprobarlo?
Consultó
el procedimiento de aprobación de procedimientos. Tardó un poco en encontrar la
versión vigente.
—El
responsable de seguridad.
—Pero
si soy yo.
Levantó
la vista del documento.
—Precisamente.
No podemos permitir que te controles tú mismo.
«Desperté de ser niño.
Nunca despiertes» (Miguel Hernández nacido el 30 de octubre de 1910 para ser
uno de los poetas más grandes de todos los tiempos en lengua castellana. A
Miguel Hernández los franquistas lo metieron en la cárcel donde una
tuberculosis lo mató. Murió siendo un niño, 31 años)
Enrique Iglesias, poco habitual por estas página, publicó en 2001 su album "Escape" donde incluía la canción "Hero" (Héroe) que escucharéis en el vídeo. Una desgarradora expresión del deseo de amar y proteger a alguien, con el miedo de no ser correspondid@.
El
clatell
Em
va posar les tisores a la mà i va acostar una cadira a la finestra.
—Comença
pel darrere.
Duia
dies recollint cabells del coixí abans que jo els veiés. Jo feia veure que no
mirava la paperera.
Vaig
agafar-li un floc. Les tisores no tallaven.
—Són
les del peix —va dir.
Vam
riure. Després vaig anar a buscar les altres.
A
mig clatell vaig haver d’aturar-me.
Ella
em va buscar la mà, sense girar-se.
—Descansa
una mica. Tenim tota la tarda.
jueves, 29 de octubre de 2026
VISTO PARA MITIN
He
apagado la televisión justo cuando un señor ha dicho que no era momento de
hacer política. Llevaba diez minutos explicando a quién no debíamos votar.
Soy
abogado. Tengo cierta costumbre de escuchar a personas que ya conocen la
sentencia y vienen al despacho por si puedo encontrarles unos hechos que
encajen.
A mí
también me pasa. Esta mañana, al escuchar la noticia del accidente, he empezado
a escribir en el grupo de WhatsApp:
«Esto
se veía venir».
Lo
he borrado. Yo no había visto venir nada. Ayer estuve veinte minutos buscando
las gafas y las llevaba colgadas de la camisa.
Después
han llegado las comparecencias.
Uno
exigía responsabilidades antes de que los técnicos hubieran podido explicar las
causas. Otro pedía esperar a la investigación con una serenidad que no le
recuerdo cuando gobernaban los demás.
Esperar
puede ser prudencia. También puede ser una manera de llegar al domingo.
Y
exigir explicaciones puede ser una obligación. Depende de si uno escucha la
respuesta.
No
necesito una sentencia firme para preguntarle a un ministro qué sabía, qué
decisiones tomó o por qué no atendió una advertencia, si la hubo. Tampoco tengo
que esperar diez años para juzgar su gestión. Las responsabilidades políticas
tienen sus propias preguntas.
Pero
si afirmo que alguien causó unas muertes, tendré que aportar algo más que mi
indignación. Incluso aunque la comparta mucha gente. Incluso aunque consiga
decirlo mirando fijamente a la cámara.
En
un juzgado, a veces basta una pregunta incómoda para que una certeza empiece a
deshacerse. En un mitin la pregunta suele hacerla el mismo que contesta, y así
todo avanza bastante.
Lo
de la investigación independiente me parece bien. Habrá que ver de quién debe
ser independiente y si aceptaremos sus conclusiones cuando nos estropeen el
discurso.
Porque
esa es otra. Queremos que se sepa toda la verdad, pero ya hemos encargado las
pancartas.
He
vuelto a encender la televisión. Seguían hablando. Abajo corría una banda con
palabras que iban demasiado deprisa para lo que contaban.
Entonces
ha vibrado el móvil.
En
el grupo alguien había escrito:
«¿Y
tú qué opinas, que eres abogado?».
He
puesto: «Todavía no hay información suficiente».
Mientras
esperaba las respuestas, he ido a buscar aquel vídeo que dejaba tan mal al
ministro.
30226
«Ningún sistema moral
puede basarse únicamente en la autoridad» (Alfred Jules Ayer nacido el 29 de
octubre de 1910 recalcó que no porque una autoridad ordene algo debe ser
moralmente correcto. De hecho ejemplos, tenemos miles cerca)
Peter Green era el guitarrista de Fleetwood Mac; hoy hubiese cumplido 80 años pero se paró en los 74, no como el maldito tren AVE que siguió adelante arranstrando la vida de más de 70 personas.
La
paret del menjador
Quan
va venir a buscar l’última caixa, jo estava tapant els forats dels quadres.
—Deixa’ls.
Els nous propietaris ja pintaran.
—No
venc el pis.
Va
deixar la caixa a terra.
—Tu
sola?
Vaig
prémer massa el tub de massilla. Em va quedar un bon grumoll al dit.
Ell
va esperar una explicació. Encara ho feia, això.
—M’aguantes
l’escala?
S’hi
va posar d’esma. Vaig pujar dos graons.
Des
d’allà vaig veure la marca del quadre que havia despenjat: un rectangle net,
envoltat de brutícia.
Hauria
de pintar tot el menjador. Potser de groc.
miércoles, 28 de octubre de 2026
URDA, ADAMUZ Y LA FACILIDAD DE ENCONTRAR
UN CULPABLE EN PERÍODO ELECTORAL
Esta
mañana estaba desayunando cuando he visto las primeras imágenes del accidente
ferroviario de Toledo.
Dos
trenes de alta velocidad. Vagones destrozados. Equipos de emergencia intentando
rescatar a los pasajeros. Familias pendientes de un teléfono que, por una vez,
deseaban desesperadamente que sonara.
El
número de muertos aumentaba a medida que avanzaba la mañana.
Todavía
no sabíamos exactamente qué había sucedido cuando ha aparecido una expresión
que conozco bastante bien.
«Posible
error humano».
Hay
que reconocer que es una expresión extraordinaria.
Sirve
para casi todo.
Se
hunde un barco, se estrella un avión o descarrila un tren. Al poco tiempo
alguien menciona la posibilidad de que una persona se haya equivocado.
Y yo
me pregunto qué otra clase de error podría ser.
Porque
los trenes los diseñan personas, las vías las construyen personas, los sistemas
de seguridad los programan personas y las decisiones sobre su mantenimiento
también las toman personas.
La
cuestión es averiguar cuál de ellas se equivocó, si es que alguna lo hizo, y
qué circunstancias permitieron que su equivocación terminara en una catástrofe.
Pero
eso requiere investigar.
Y
las investigaciones tienen un inconveniente.
Tardan.
En
cambio, la opinión es inmediata.
Todavía
estaban trabajando los equipos de rescate cuando ya circulaban las primeras
hipótesis.
Unas
señalaban problemas técnicos. Otras apuntaban a posibles equivocaciones en la
gestión de la circulación ferroviaria.
Todo
hipótesis.
Pero
a las hipótesis les ocurre algo curioso cuando llegan a las redes sociales: en
cuestión de minutos se transforman en certezas.
Y,
si además estamos en período electoral, adquieren una velocidad que ya
quisieran para sí los trenes de alta velocidad.
Falta
un mes para las elecciones generales.
Así
que el accidente apenas ha tenido tiempo de convertirse en noticia cuando ya
amenaza con transformarse en argumento de campaña.
Unos
pedirán dimisiones. Otros denunciarán la instrumentalización política de la
tragedia. Habrá quien recuerde las inversiones realizadas y quien saque a
relucir las que quedaron pendientes.
Se
discutirán presupuestos, competencias, declaraciones ministeriales y hasta las
promesas que alguien hizo hace cinco años.
Todo
ello puede ser legítimo.
Lo
que me sorprende es la facilidad con que algunos parecen conocer las
conclusiones antes de que los investigadores hayan terminado de examinar los
restos.
No
hace tanto, en enero, ocurrió la tragedia de Adamuz.
Cuarenta
y seis personas perdieron la vida.
Allí,
las investigaciones han ido señalando una posible rotura de la vía y problemas
en una soldadura.
Ahora,
en Toledo, las primeras hipótesis son diferentes.
Dos
accidentes gravísimos en el mismo año.
No
sé si eso demuestra que la red ferroviaria sea estadísticamente más insegura.
Para afirmarlo necesitaría datos que todavía no tengo.
Pero
tampoco me parece una frivolidad empezar a preocuparme.
He
pasado buena parte de mi vida profesional leyendo informes, estudiando
responsabilidades y escuchando explicaciones sobre accidentes laborales.
Recuerdo
uno en particular.
El
informe atribuía el accidente a que un trabajador no había seguido el
procedimiento establecido.
Tres
líneas.
Después
empezaban las preguntas.
¿Conocía
el procedimiento? ¿Había recibido formación? ¿Disponía de los medios
necesarios? ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando de aquella manera? ¿Quién
supervisaba el cumplimiento de las instrucciones?
Las
respuestas ocupaban tres carpetas.
Y es
que la seguridad no debería depender exclusivamente de que nadie se equivoque
jamás.
Por
eso me inquieta la rapidez con que buscamos un nombre.
Especialmente
cuando la persona cuya actuación se investiga también ha fallecido.
No
sabemos si eso ocurrirá en el caso de Toledo. Conviene recordarlo antes de
repartir responsabilidades.
Pero
imaginemos que el señalado ha muerto.
Entonces
la situación adquiere una particular comodidad.
El
fallecido no puede explicar qué instrucciones recibió. No puede aportar un
documento olvidado ni recordar una incidencia que comunicó semanas antes.
Tampoco
puede defenderse de las afirmaciones hechas en una tertulia.
Y,
desde luego, no celebrará una rueda de prensa.
Se
puede investigar su conducta y determinar su responsabilidad, naturalmente. Lo
que no debería hacerse es convertir su silencio en la explicación definitiva de
todo lo sucedido.
Claro
que también existe el peligro contrario.
Que
las responsabilidades se diluyan en interminables discusiones administrativas
hasta que nadie responda de nada.
No
quisiera caer yo mismo en aquello que estoy criticando.
Si
hubo una negligencia, que se investigue. Si fallaron los mecanismos de
seguridad, que se determine por qué. Y si las responsabilidades alcanzan a
quienes toman decisiones en los despachos, que no se detenga la investigación
en la puerta de sus oficinas.
No
parece pedir demasiado.
Aunque
sospecho que, en período electoral, resulta bastante más sencillo repartir
culpas que asumir responsabilidades.
He
abierto las redes sociales.
En
un mensaje, el responsable del accidente ya tenía nombre, apellido y cargo
político.
En
otro, toda la tragedia se explicaba por la incompetencia de un trabajador.
Un
tercero acusaba a los medios de ocultar información.
Ninguno
parecía albergar la menor duda.
He
estado a punto de contestarles.
Después
he recordado que hace unos meses yo mismo compartí una noticia política sin
comprobarla demasiado, sencillamente porque decía exactamente lo que me
apetecía leer.
He
cerrado la aplicación.
En
la televisión continuaban apareciendo imágenes de los vagones.
He
pensado en las familias que ahora mismo estarán viajando hacia Toledo sin saber
todavía qué van a encontrarse.
Y he
recordado algo que no me gusta demasiado de mí mismo.
También
yo preferiría que todo hubiera sido consecuencia de la equivocación de una sola
persona.
Un
descuido excepcional. Una decisión desafortunada. Algo que pudiera
identificarse, corregirse y archivarse.
Sería
tranquilizador.
Mucho
más que descubrir que una sucesión de pequeñas decisiones, toleradas durante
años, puede terminar provocando una catástrofe.
He
apagado la televisión.
Mañana
tengo que viajar a Madrid.
He
abierto el billete en el móvil.
Coche
6. Asiento 12A.
Durante
unos segundos he pensado en anularlo.
Después
he decidido que no.
Quiero
confiar en que lo ocurrido esta mañana no volverá a suceder.
Y
reconozco que casi deseo que encuentren cuanto antes a alguien que se haya
equivocado.
Uno
solo.
Porque
mañana tengo que coger ese tren.
«A vegades s’enclou
molt millor una lliçó, una idea, en una narració breu que en una novel·la» (La
frase es de Sebastián Juan Arbó nacido el 28 de octubre de 1902 con la que
estoy completamente de acuerdo: el cuento, el relato breve es, como decía
Hemingway “la fotografía de un instante”, un espacio pequeño donde debes
desarrollar tu historia)
Eros Ramazzotti ya no es un niño: hoy cumple 63 años y, por esas cosas de la vida, canta la contradicción que supone separarse de alguien y estar toda la vida pensando en ella.
Sense
ceba
Ens
vam trobar davant dels congelats, catorze anys després. Duies una paella per a
dues persones. Jo, una altra.
—Encara
apartes la ceba? —em vas preguntar.
—Ara
me la menjo.
Vas
mirar-me com si aquella fos la notícia més difícil d’encaixar.
Vam
parlar dels fills, de les cervicals, del preu del peix. Quan van anunciar que
tancaven, encara érem allà.
—A
casa tinc arròs —vas dir.
Vaig
tornar la paella al congelador. Tu també.
Pel
camí em vas preguntar què més havia canviat. Vaig necessitar tot el carrer per
començar.
martes, 27 de octubre de 2026
EL PREMIO AL MEJOR “PADRÍ”
Mi
nieta tenía los pies metidos debajo de mi muslo cuando me hizo la pregunta.
—Padrí,
¿tú has ganado alguna vez un premio?
En
la televisión, un futbolista recogía el Balón de Oro. Llevaba un reloj que
asomaba por el puño de la camisa y parecía costar más que mi coche.
—Alguno.
—¿Cuál?
Pensé
en la placa de mi jubilación. Cuarenta y seis años trabajando en la misma
empresa y mi apellido mal escrito. La tenía en un cajón, debajo de las
instrucciones de una lavadora que ya habíamos cambiado.
—Una
placa. Del trabajo.
—¿Por
ser el mejor?
—Por
llegar a los sesenta y cinco sin morirme.
Me
miró.
—Padrí...
—Por
trabajar muchos años.
En
la pantalla aplaudían. El futbolista se acercó al micrófono.
—¿Y
no te han dado ninguno más?
—No,
que yo recuerde.
—¿Por
qué?
—Supongo
que no hice nada extraordinario.
Sacó
los pies de debajo de mi muslo y se sentó sobre ellos. A sus seis años,
todavía necesitaba cambiar de postura para pensar.
Después
me pidió que subiera el volumen.
Al
día siguiente apareció con una caja de zapatos forrada de papel dorado.
Reconocí el papel: habíamos envuelto con él el regalo de cumpleaños de su
madre. Quedaba un trozo de celo con una pelusa.
—Abre.
Dentro
había una medalla de cartón.
«AL
MEJOR PADRÍ DEL MUNDO».
Me
la puso antes de que pudiera decir nada. La cinta era tan corta que tuve que
quitarme las gafas para pasar la cabeza.
—¿Y
quién ha decidido que soy el mejor?
—Yo.
—¿Y
los demás abuelos?
Se
encogió de hombros.
—No
se han presentado.
Me
reí. Ella seguía ocupada en colocarme la medalla sobre el jersey.
—Ahora
tienes que decir unas palabras.
Me
levanté un poco del sofá.
—Muchas
gracias.
—Más.
—Estoy
muy contento.
Esperó.
—¿Ya?
—Es
mi primer premio importante. No tengo práctica.
Me
dejó sentarme.
Miré
la medalla. En el reverso se veía media galleta y la información nutricional de
los cereales. Tenía pegamento en los bordes. Pasé el pulgar por una esquina que
empezaba a despegarse y apreté un rato.
—¿Te
gusta?
—Mucho.
—Puedes
quitártela si te molesta.
A
los setenta años, la cinta me apretaba un poco el cuello.
No
me la quité en todo el día.
«Habla suavemente y
lleva un gran garrote; llegarás lejos» (Theodore Roosevelt nacido el 27 de octubre
de 1858 para ser presidente de los EEUU y, por ende, premio nobel de la paz en
1906; la frase deja clara cuál era el santo y seña de su política)
Hoy sin ningún motivo, o tal vez porque quiero que pienses en mi...
El coll de la camisa
Va venir a buscar els últims
llibres. Duia el coll de la camisa doblegat, com sempre.
—Vine.
Mentre l’hi arreglava, em va
tocar el canell.
—Penses en mi?
—Quan se m’espatlla alguna
cosa.
Va somriure. Vaig estar a punt
de dir-li que també quan em sortia bé l’arròs.
Va agafar la caixa.
—Et deixo les claus damunt…
—Ja ho sé.
Quan va marxar, vaig abaixar el
foc. N’havia tornat a fer per a dos.