EL APLAUSO DEL
IGNORANTE
En El Cañonazo la cerveza no se servía:
aterrizaba. Los vasos caían sobre la mesa con una espuma breve y un golpe seco,
como si el camarero tuviera prisa por apartarse de las opiniones. Era viernes,
llovía lo justo para que todo el mundo se creyera con derecho a arreglar el
país y la televisión del fondo gritaba con ese entusiasmo de matadero que han
perfeccionado algunas tertulias.
Roni tenía el sitio de siempre: de espaldas a la
pared, codo en la mesa, barriga cómoda y una autoridad que nadie le había
concedido pero que él ejercía con vocación de funcionario vitalicio.
—Yo es que sé de todo —dijo, removiendo las
patatas bravas con un palillo como quien señala un mapa de guerra—. Historia,
economía, medicina, coches, mujeres, geopolítica… Lo que me pongas.
Iván levantó el vaso.
—Y modestia, que también dominas bastante.
—La modestia está sobrevalorada —contestó Roni—.
La gente modesta suele ser gente que no sabe.
Dani soltó una carcajada. No porque la frase
fuese buena, sino porque en los bares la risa muchas veces no celebra: se
alinea. Reírse a tiempo evita pensar. Y pensar, a esas horas, con la segunda
cerveza y una semana de facturas encima, tenía mala prensa.
—Venga, sabio —dijo Iván—. Explícanos por qué
sube la luz.
Roni ni se tomó el trabajo de parpadear.
—Por lo de siempre. Impuestos, eléctricas, Europa
y toda la panda esa de listos que vive de tenernos agarrados por el enchufe.
—Eso es verdad —dijo Dani, que no sabía si era
verdad, pero le parecía muy cómodo que lo fuera.
—Es de cajón —remató Roni.
La frase cayó en la mesa con el peso de un sello
de caucho. Es de cajón. Una expresión magnífica porque no explica nada y, sin
embargo, deja a quien la dice con cara de haber cerrado un tratado
internacional. Los demás asintieron. El mundo, de pronto, cabía en una
servilleta manchada de salsa.
—¿Y lo de las vacunas? —preguntó Iván, más por
encenderlo que por informarse.
Roni sonrió. Tenía esa sonrisa de hombre que
guarda secretos no porque los tenga, sino porque le sale rentable insinuarlo.
—Si yo hablara…
—Habla, hombre.
—No. Algunas cosas es mejor no decirlas.
Aquello fue recibido con un murmullo respetuoso.
Nada produce más prestigio que fingir que se sabe algo demasiado grave para
contarlo. A Roni se le ensanchó el pecho. La ignorancia, cuando encuentra
público, se pone chaqueta.
En ese momento se abrió la puerta del bar y entró
una mujer. No hizo nada extraordinario. Se quitó la bufanda, sacudió un poco el
agua de los hombros y se sentó en la barra. Llevaba un abrigo oscuro, un bolso
pequeño y un libro bajo el brazo. Pidió agua con gas. Aquello, en El Cañonazo,
equivalía a entrar en una iglesia con una trompeta.
Roni la vio por el espejo de la barra. Le bastó
un segundo para convertirla en territorio.
—Oye —dijo, alzando la voz—. Tú que tienes pinta
de leer cosas con letras pequeñas. Estamos debatiendo.
La mujer giró la cabeza. No parecía molesta.
Tampoco interesada. Tenía esa calma peligrosa de quien no ha venido a ganar
ninguna discusión.
—Qué suerte —dijo.
Iván y Dani rieron. Roni interpretó la ironía
como permiso.
—A ver. Lo de la luz. Un robo, ¿no?
Ella apoyó el libro en la barra y miró la mesa.
Miró los vasos, las patatas, la televisión, las tres caras dispuestas a
escucharla solo hasta que dejara de confirmarles.
—Depende de qué parte del recibo estéis hablando
—respondió—. Está el precio de la energía, los peajes, los cargos, los
impuestos, el mercado mayorista, el gas, la demanda, la regulación europea…
Dani bostezó por dentro y por fuera tuvo la
delicadeza de taparse con el vaso.
—Ya estamos —dijo Roni—. Depende. Siempre
depende.
—Casi todo depende —contestó ella—. Es una
molestia, sí. Pero suele ser así.
—No, perdona. Eso lo dicen los que no se quieren
mojar.
La mujer respiró despacio. No fue un suspiro
teatral. Fue algo más pequeño: una renuncia mínima. Como cuando uno sabe que ha
llegado tarde a una habitación que ya estaba cerrada antes de entrar.
—Mojarse no significa simplificar hasta mentir
—dijo—. Si queréis, os lo explico con un ejemplo sencillo.
—No hace falta —intervino Iván, mirando a Roni
como se mira al capitán de un equipo de barrio—. Al final todos sabemos de qué
va esto.
—¿De qué va? —preguntó ella.
Hubo un silencio raro. No largo. Raro. De esos en
los que se oye la máquina del hielo, el zumbido de la nevera y la fragilidad de
una certeza cuando alguien le pide el DNI.
Roni acudió al rescate.
—Va de que nos roban. Punto.
—¿Quiénes?
—Los de arriba.
—¿Qué arriba?
—Pues arriba. Los que mandan. Los que controlan.
Los que se forran.
La mujer sonrió sin alegría.
—Eso no es un argumento. Es un altillo.
Dani soltó una risita, pero la retiró enseguida
al ver la cara de Roni.
—Mira —dijo él, ya con el orgullo tocado—. Yo no
tendré tus estudios, si es que los tienes, pero tengo calle. Y la calle enseña
mucho.
—La calle enseña —dijo ella—. Pero no corrige
exámenes.
—¿Ves? —Roni levantó el dedo—. Ahí está la
soberbia de los listos. Que si no hablas como vosotros, no sabes. Que si no
dices “mercado mayorista” ya eres un ignorante.
—No. Ignorante no es quien no sabe. Ignorante es
quien no sabe y además aplaude su ignorancia como si fuera una virtud.
La frase quedó colgando sobre la mesa. No era una
frase de tertulia. Tenía filo. Dejó de sonar la televisión durante un instante,
o al menos a ellos les pareció. El camarero, que llevaba años oyendo
discusiones sobre fútbol, política, virología, educación, feminismo, urbanismo,
derecho penal y paellas valencianas explicadas siempre por los mismos cinco
hombres, levantó una ceja y siguió secando vasos.
Roni se rió.
—Muy bonito. Eso lo habrás leído en algún libro.
—Puede ser —dijo ella—. Leer no siempre
perjudica.
Iván volvió a reír, esta vez con prudencia. Dani
miró el móvil como si allí pudiera encontrar una posición ideológica
intermedia.
Roni se inclinó hacia delante. Ya no quería
hablar de la luz. Nadie quería hablar nunca de la luz. La luz solo había sido
la excusa para encender otra cosa: esa pequeña hoguera donde algunos hombres
queman el matiz para calentarse las manos.
—A ver, explícame tú entonces —dijo—. Pero
clarito, ¿eh? Sin palabras raras.
—Clarito no significa amputado.
—Otra frasecita.
—No. Una advertencia.
La mujer bebió un trago de agua. Las burbujas
subieron como si también ellas quisieran marcharse de allí.
—El problema —continuó— es que tú no quieres una
explicación. Quieres una contraseña. Algo corto, repetible, que te permita
sentir que entiendes lo que no has querido mirar. “Nos roban”. “Es de cajón”.
“Los de arriba”. Son frases cómodas. Cierran la puerta y encima te dejan dentro
con calefacción.
—Vaya, ahora soy tonto.
—No. Ahora estás haciendo todo lo posible para no
dejar de parecerlo.
El golpe fue limpio. No hubo grito. No hizo
falta. En El Cañonazo, donde la ofensa solía venir con volumen y salpicaduras
de cerveza, aquella precisión resultó casi obscena.
Roni buscó apoyo en sus amigos.
—¿Lo estáis oyendo?
—Bueno —dijo Iván—, tampoco te ha llamado…
—Sí me ha llamado.
—Te he descrito —corrigió ella—. No es lo mismo.
El camarero dejó tres platos en otra mesa y se
quedó lo bastante cerca para no perderse el desenlace. La televisión volvió a
rugir. Un tertuliano gritaba “la gente está harta de que le mientan”, y otro,
que seguramente cobraba por estar más harto todavía, lo interrumpía con las
manos.
Roni encontró ahí el aire que necesitaba.
—Mira —dijo señalando la pantalla—. Eso. La gente
está harta.
—La gente está harta de muchas cosas —respondió
ella—. También de escuchar. Pero eso no lo dicen en la tele porque da poca
audiencia.
—Al final me estás dando la razón.
La mujer cerró los ojos un segundo. Fue casi
imperceptible. Había peleas que no se perdían por falta de argumentos, sino por
exceso de paciencia.
Guardó el libro en el bolso. Pagó el agua. Se
puso la bufanda con una lentitud que parecía educación, pero era despedida.
Antes de salir, se acercó a la mesa. No
demasiado. Lo justo para que Roni no pudiera fingir que no la oía.
—No te doy la razón —dijo—. Te doy una salida
fácil. Y ni siquiera la vas a usar para salir.
Abrió la puerta. Entró un golpe de lluvia, olor a
calle mojada y una corriente breve que movió las servilletas. Luego se fue.
Durante unos segundos nadie habló. La mesa quedó
como después de una visita médica incómoda: todos sanos en apariencia y con
algo raro en el análisis.
Dani fue el primero en romper el silencio.
—La tía era borde.
Iván asintió.
—Un poco intensa.
Roni aprovechó el puente.
—Mucho matiz, mucho recibo y mucha burbuja de
agua, pero no ha dicho nada claro.
—Claro, claro, no —dijo Dani, agradecido de
volver a un mundo donde las frases cortas mandaban.
Roni levantó el vaso. Había recuperado el trono.
No porque hubiera vencido, sino porque los suyos necesitaban que venciera. La
manada no siempre sigue al más fuerte. A veces sigue al que menos dudas tiene.
—Yo leo —dijo—. Yo me informo.
Nadie preguntó dónde.
Brindaron. En la televisión, el tertuliano de la
corbata roja golpeó la mesa y gritó:
—¡Es clarísimo!
Los tres miraron la pantalla y asintieron al
mismo tiempo, con la devoción exacta de quienes acaban de ser absueltos sin
juicio.
El camarero recogió el vaso vacío de la mujer. En
el posavasos había quedado un círculo de agua, pequeño y perfecto, como una
prueba que nadie iba a presentar.
Y en El Cañonazo, aquella noche, la verdad no se
marchó derrotada.
Solo se cansó antes que ellos
«Si intentaras dudar de todo,
no llegarías ni siquiera a dudar de nada. El juego de la duda presupone
certeza.» (He dudado del significado de la frase de Ludwig Wittgenstein un
filósofo -como no podía ser de otra manera- nacido el 26 de abril de 1889 y al
final le he visto el significado: incluso las dudas se apoyan en certezas)
Leonard Cohen nos cantó con su peculiar voz que todo el mundo lo sabia y, casi tod@s, se pusieron de perfíl.
El secret públic
Tothom ho sabia, però ningú ho
deia prou alt perquè semblés veritat.
El banc robava amb somriure, l’amor venia amb lletra petita i els honestos
arribaven sempre tard, com si la decència agafés el bus equivocat.
Ella el va mirar mentre
plegaven les cadires del banquet.
—També sabies que marxaria?
Ell va beure l’últim glop de
vi calent.
—Ho sabia tothom.
A fora, la ciutat seguia
funcionant amb aquella vergonya ben planxada que només tenen les coses
inevitables.




