viernes, 11 de septiembre de 2026

 

ÉREM POCS QUAN TOTS VOLÍEM EL MATEIX



Bé, això dèiem.

Volíem la independència. Una paraula enorme. Prou gran perquè a dins hi cabessin republicans, conservadors, antisistema, burgesos, obrers, empresaris, jubilats, estudiants, àvies amb estelada i joves convençuts que la història començava amb ells.

Mentre miràvem en la mateixa direcció, ningú no preguntava gaire què hi havia darrere.

Després va passar el temps.

I vam descobrir una cosa incòmoda: no n’hi ha prou amb voler marxar del mateix lloc. També cal saber cap on es vol anar.

Aquí van començar els problemes.

Perquè uns volien una Catalunya d’esquerres. D’altres, de dretes. Alguns somiaven una república social. D’altres, menys impostos. Uns parlaven d’integració. D’altres van començar a parlar d’identitat. Uns volien obrir fronteres i d’altres van començar a preguntar-se qui podia entrar-hi.

I aleshores va aparèixer la pregunta que ningú no havia volgut formular quan les manifestacions semblaven interminables:

Independència per fer què?

Perquè allò que semblava unir-nos va començar a dividir-nos.

Abans discutíem amb Madrid.

Ara discutim entre nosaltres.

Abans l’adversari era fora.

Ara pot estar assegut tres cadires més enllà a la mateixa manifestació.

I potser això és el més curiós de tot.

Durant anys se’ns va dir que el gran problema era que Espanya no entenia Catalunya.

I potser ara el problema és que Catalunya ja no acaba d’entendre’s a si mateixa.

Ens hem tornat experts a repartir carnets.

Aquest és independentista de debò.

Aquest no ho és prou.

Aquest es va vendre.

Aquest és massa radical.

Aquest, massa moderat.

Aquest és feixista.

Aquest és ingenu.

Aquest, traïdor.

I al final hem aconseguit una proesa extraordinària: construir més fronteres entre nosaltres que les que volíem aixecar fora.

Érem molts quan tots volíem el mateix.

O ens pensàvem que ho volíem.

Ara som menys.

I el més preocupant no és ser menys.

El preocupant és que ja no sabem què volem junts.

Potser perquè durant massa temps vam confondre un destí amb un projecte.

I un país no es construeix únicament dient d’on vol marxar.

També hauria de saber cap on vol caminar.

Perquè potser algun dia aconseguirem decidir si ens volem separar d’Espanya.

El veritablement difícil serà decidir què fem després amb nosaltres mateixos.

jueves, 10 de septiembre de 2026

 

LA ETIQUETADORA


El otro día compré una etiquetadora.

Una de esas maquinitas pequeñas que escriben palabras sobre una cinta adhesiva. Me pareció muy práctica. Empecé por lo sencillo.

AZÚCAR.

SAL.

CAFÉ.

ARROZ.

Hasta ahí, ninguna discusión ideológica. Nadie ha fundado todavía el Frente Popular del Garbanzo ni Vox ha reivindicado la españolidad de las lentejas. Tiempo al tiempo.

El problema empezó cuando pensé que una etiquetadora como aquella debía de existir también para las personas.

Porque vivimos rodeados de etiquetas.

Este es de izquierdas.

Aquel, de derechas.

El otro es fascista.

Ese, comunista.

Aquella, feminista.

El de más allá, machista.

Progre.

Facha.

Rojo.

Nazi.

Bolivariano.

Terrorista.

Negacionista.

Buenista.

Radical.

Moderado.

Y así hasta conseguir que ocho mil millones de seres humanos quepamos perfectamente ordenados en unas cuantas cajas.

Lo que nunca he conseguido averiguar es quién tiene la etiquetadora.

¿Quién decide?

Me gustaría conocerlo.

No para discutir con él. Solo por curiosidad.

Debe de ser alguien extraordinario. Una persona de una altura moral considerable, con una biblioteca inmensa, conocimiento enciclopédico de historia, filosofía, economía, sociología, derecho, política internacional y, además, esa rara capacidad para asomarse al interior de las personas y saber exactamente qué piensan.

Porque para llamar fascista a alguien con propiedad habrá que saber qué es el fascismo.

Y para llamar nazi a otro habrá que conocer algo más del nazismo que cuatro documentales sobre Hitler y una fotografía en blanco y negro de unas botas desfilando.

Igual que para llamar comunista a alguien habría que distinguir entre Marx, Lenin, Stalin, Gramsci, eurocomunismo y probablemente unas cuantas cosas más que no caben en un tuit.

Y terrorista…

Esa palabra ya debería obligarnos a detener la mano antes de pegar la etiqueta.

Porque las palabras también tienen cadáveres dentro.

El problema es que ahora no utilizamos muchas de estas palabras para describir.

Las utilizamos para expulsar.

Si consigo convencer a los demás de que tú eres fascista, ya no tengo que discutir contigo.

Si eres comunista, tampoco.

Si eres ultraderechista, ultraizquierdista, reaccionario, woke, machista, supremacista o cualquier otra denominación suficientemente desagradable, me ahorro el enorme esfuerzo de escuchar lo que dices.

La etiqueta hace el trabajo.

Es comodísima.

Antes había que rebatir argumentos.

Ahora basta con clasificar personas.

Y además tiene una ventaja extraordinaria: cuando etiquetamos al contrario, nosotros quedamos automáticamente situados en el lado correcto.

Ese es probablemente el gran negocio moral de nuestro tiempo.

No demostrar que soy bueno.

Demostrar que tú eres malo.

Escucho a alguien defender que habría que controlar mejor la inmigración y alguien grita:

—¡Fascista!

Escucho a otro pedir impuestos más altos para financiar determinados servicios públicos y aparece inmediatamente otro:

—¡Comunista!

Uno critica al Gobierno:

—Extrema derecha.

Otro critica a la oposición:

—Radical de izquierdas.

Y así vamos construyendo un país extraordinariamente sencillo, compuesto únicamente por santos y demonios.

Curiosamente, los santos siempre somos nosotros.

No niego que existan fascistas.

Claro que existen.

Como existen comunistas, racistas, fanáticos, totalitarios y terroristas.

Las palabras tienen significado. Historia. Consecuencias.

Precisamente por eso deberíamos utilizarlas con cuidado.

Porque cuando llamamos fascista a cualquiera que piensa distinto acabamos consiguiendo algo paradójico: que cuando aparezca un fascista de verdad quizá ya no sepamos reconocerlo.

Será uno más entre tantos.

Como aquel pastor del cuento que gritaba «¡que viene el lobo!» hasta que el lobo decidió presentarse.

También ocurre algo curioso con la izquierda y la derecha.

Tengo algunas ideas que alguien calificará de izquierdas.

Otras, probablemente, de derechas.

Y unas cuantas que no sé dónde colocar.

Eso empieza a preocuparme.

¿Dónde está escrito que una persona tenga que comprar el paquete ideológico completo?

Si defiendo una sanidad pública potente, ¿me dan puntos de izquierdas?

Si creo que debe controlarse rigurosamente el gasto público, ¿pierdo esos puntos?

Si defiendo la libertad sexual, vuelvo a sumar.

Si considero que determinados delitos deberían castigarse con mayor dureza, ¿me desplazo otra vez hacia la derecha?

¿Existe algún marcador luminoso?

¿Voy 3-2?

¿Quién arbitra este partido?

Quizá el verdadero problema sea que hemos convertido las ideas en equipos de fútbol.

Y cuando uno se hace de un equipo ya no analiza cada jugada.

Protesta el penalti si se lo pitan en contra y lo considera clarísimo cuando favorece a los suyos.

La misma entrada.

El mismo árbitro.

El mismo césped.

Solo cambia la camiseta.

Tal vez deberíamos recuperar una costumbre antigua y bastante revolucionaria.

Escuchar.

Escuchar una idea antes de preguntar quién la dice.

Discutirla.

Pensarla.

Aceptar incluso la incómoda posibilidad de que alguien que está muy lejos de nosotros pueda tener razón en algo.

Y que alguien de los nuestros pueda decir una estupidez.

Eso último cuesta muchísimo más.

Porque cuestionar al adversario fortalece nuestras convicciones.

Cuestionar a los nuestros nos obliga a pensar.

Y pensar, como es sabido, cansa.

He decidido guardar la etiquetadora.

La seguiré utilizando para el azúcar, la sal, el café y el arroz.

Con las personas prefiero no hacerlo.

Entre otras cosas porque llevo años intentando averiguar qué etiqueta debería ponerme a mí mismo.

Y cada vez que creo haberla encontrado, digo algo que no encaja.

Por suerte.

«He llegado a comprender que siempre seré conocida como la primera esposa de John.» (Cynthia Lennon es la autora de la frase y sabia muy bien lo que eran las etiquetas. A ella le pusieron una e incluso la wiquipedia la recuerda por esa etiqueta. Nació el 10 de setiembre de 1939 y hace 11 años que pasó a la habitación de al lado. Supongo que no hace falta que os diga de quién se trata)

Carlos Santana puso la música allá por 1970 y José Feliciano la letra que escucharéis en el vídeo. Felicidades José en tu 81 aniversario.

Ballar amb qui ja no hi és

Va posar el disc quan ja havia recollit dues copes.

Una, la seva.

L’altra continuava davant de la cadira buida.

Quan la guitarra va començar a parlar, ell va allargar la mà, com feia abans. No esperava res. Potser per això va notar uns dits entre els seus.

Van ballar lentament pel menjador.

En acabar la cançó, estava sol.

Va mirar la copa de l’altra banda.

Era buida.

I va somriure.

—Encara beus massa.


miércoles, 9 de septiembre de 2026

 

EL INFORME QUE NOS PISA


Dicen que nuestros alumnos empiezan a perderse cuando un texto supera las cuatrocientas palabras.

No me preocupa demasiado.

Para votar no hacen falta tantas.

De hecho, últimamente parece que sobran.

«Espanya se rompe».

«Que te vote Txapote».

«No pasarán».

«Sí se puede».

«Haz que vuelva».

«Por una Espanya mejor».

No importa demasiado qué venga después. Lo importante es que la frase quepa en una pancarta, pueda gritarse sin respirar y permita identificar rápidamente quiénes son los nuestros y quiénes los hijos de puta.

Luego llamamos debate político a dos personas interrumpiéndose en televisión.

Y programa electoral a doscientas páginas que nadie lee, incluidos probablemente algunos de quienes lo han firmado.

Nos escandaliza que los jóvenes no comprendan textos largos mientras elegimos gobiernos mediante vídeos de treinta segundos en los que un candidato acaricia un perro, visita un mercado o mira con gesto grave hacia un punto indeterminado del horizonte.

Debe de estar pensando.

O esperando que termine la grabación.

La política también ha aprendido que explicar demasiado resulta peligroso.

Porque cuando explicas aparecen los matices.

Y los matices son unos cabrones.

Obligan a reconocer que el adversario puede tener razón en algo. Que nosotros podemos equivocarnos. Que un problema complejo quizá no tenga una solución de siete palabras.

Eso no cabe bien en Twitter.

Así que simplificamos.

Izquierda.

Derecha.

Fascista.

Comunista.

Patriota.

Traidor.

Y listo.

No hace falta leer cuatrocientas palabras para odiar a alguien.

Bastan cinco.

Quizá por eso deberíamos preocuparnos menos de que nuestros adolescentes no comprendan textos largos y preguntarnos quién les ha enseñado que pensar debe ser breve.

Porque algún día esos jóvenes votarán.

Bueno, algunos ya votan.

Y tendrán que decidir sobre economía, guerras, impuestos, inmigración, vivienda, derechos o pensiones.

Asuntos ligeramente más complejos que un eslogan.

Aunque tengo la sospecha de que nadie espera que los comprendan.

Solo que escojan uno.

Y lo repitan.

A ser posible sin pasar de cuatrocientas palabras. Como este escrito que tiene 329 palabras.

«No existe la muerte. Solo hay un nuevo comienzo.» (Hana Andronikova nacida el 9 de setiembre de 1967 para comenzar de nuevo 44 años después)

David A. Stewart cumple hoy 74 años. Es guitarrista de la banda Eurythmics que en 1985 se encontraron con un ángel equivocado. Le llamaron así para no decir que era un demonio.


L’àngel equivocat

Ella deia que els àngels existien.

Jo reia. Fins que va aparèixer.

Em va tocar el braç al metro, em va somriure com si ens coneguéssim de sempre i, durant tres parades, vaig tornar a tenir vint anys.

—Baixes aquí? —va preguntar.

Vaig negar amb el cap.

Les portes es van tancar i ella va quedar a l’andana.

No vaig tornar a veure-la.

Des d’aleshores, cada matí agafo la mateixa línia, a la mateixa hora.

Potser els àngels existeixen.

El problema és que, de vegades, baixen una parada abans.


martes, 8 de septiembre de 2026

 

LÍNEAS ROJAS


La primera línea roja la crucé por amor.

Eso me dije.

Era una mentira pequeña, casi elegante, de esas que uno puede guardar en el bolsillo sin que abulten demasiado. Después crucé otra por necesidad. La tercera porque «todo el mundo lo hace». La cuarta porque ya había cruzado tres y regresar empezaba a parecerme una extravagancia.

Con los años fui encontrando líneas rojas por todas partes.

En el trabajo. En la cama. En las amistades. En los silencios. Algunas estaban pintadas con trazo grueso y otras apenas se veían, desgastadas por tanta gente que había pasado antes que yo.

Aprendí incluso a ponerles nombres más cómodos.

A la cobardía la llamé prudencia.

A la mentira, protección.

A la traición, supervivencia.

Al egoísmo, amor propio.

Y así fui avanzando.

Un día miré hacia atrás y descubrí que había cruzado todas las líneas rojas que alguna vez juré no atravesar.

Todas menos una.

Frente a mí estaba ella.

La había dibujado yo mismo muchos años atrás, cuando todavía creía que convertirse en alguien distinto era algo que les sucedía a los demás.

Debajo había escrito:

«Hasta aquí puedo dejar de ser yo».

Miré alrededor.

No quedaba nadie.

Entonces comprendí que aquella última línea no estaba delante de mí.

La llevaba años cruzando.

«El secreto del mundo no debe buscarse detrás de los objetos, sino detrás de los sujetos.» (Una frase simple y definitoria der un hombre con un nombre complejo: Jakob Johann von Uexküll nacido el 8 de setiembre de 1864)

Richard Hughes cumple hoy 51 años y sin él no sonaría la batería del grupo Keane. 

El mateix banc

Cada tarda s’asseia al mateix banc i observava com el món canviava de pressa.

La fleca es convertí en una immobiliària. El quiosc, en una botiga de mòbils. Els nens que jugaven a pilota començaren a empènyer cotxets. Després, a caminar més a poc a poc.

Ell continuava allà.

Un dia, una dona de cabells blancs s’assegué al seu costat.

—Encara vens?

La va mirar. Va reconèixer aquells ulls.

—Tu també has canviat.

Ella somrigué.

—Tu no?

Llavors es mirà les mans.

I descobrí que feia anys que el banc era l’únic que no havia envellit.



lunes, 7 de septiembre de 2026

 

UN RATITO


Mi nieta me preguntó cuánto tiempo faltaba para que se apagara aquella estrella.

Estábamos en la terraza. Ella tenía siete años, un vaso de leche entre las manos y esa edad en la que uno todavía cree que los adultos sabemos las respuestas.

—Muchísimo —le dije.

—¿Más que tú?

Miré la estrella.

—Bastante más que yo.

Se quedó callada. Luego preguntó cuánto iba a durar yo.

Los niños tienen esa desagradable costumbre de llegar directamente a las preguntas para las que los adultos hemos inventado religiones, filosofías, testamentos y seguros de vida.

—Un ratito —contesté.

—¿Y yo?

—Otro ratito. Espero que más largo.

Pareció conformarse.

Le expliqué que aquella luz probablemente había salido de la estrella muchísimo antes de que ella naciera. Tal vez antes de que naciera yo. Incluso podía ocurrir que la estrella ya no existiese y nosotros estuviéramos contemplando algo muerto.

Me miró preocupada.

—Entonces estamos viendo el pasado.

—Sí.

Sonrió.

—Pues qué suerte.

No entendí.

—Podemos ver cosas que ya no están.

Volví a mirar el cielo.

Allí arriba había miles de millones de estrellas, galaxias que nunca pisaremos, mundos que jamás conoceremos y distancias tan enormes que mi cabeza, acostumbrada a medir el universo entre casa, el supermercado y algún viaje de vacaciones, renunció a comprenderlas.

Mi nieta acabó la leche.

—Padrí, ¿mañana podemos seguir mirando?

—Claro.

Se levantó y volvió dentro.

Yo permanecí un rato más en la terraza.

Pensé que tenía razón. Vivimos un instante ridículamente corto y apenas recorremos unos pocos kilómetros de una inmensidad que no parece haberse construido pensando en nosotros.

Y, sin embargo, aquí seguimos.

Levantando la cabeza.

Preguntando.

Quizá nuestra grandeza consista precisamente en eso: en saber que disponemos de muy poco tiempo y gastarlo intentando comprender lo eterno.

«Para describir exactamente hay que haber visto, vuelto a ver, examinado y comparado aquello que se quiere describir, y todo ello sin prejuicios ni ideas preconcebidas.» (Georges-Louis Leclerc de Buffon es el autor de la frase. Nació el 7 de setiembre de 1707 y fue un consumado naturalista, por eso le daba tanta importancia a la observación y examen de las cosas; cosa difícil para cualquier ser humano)

Chrissie Hynde cantante de los Pretenders no consta que en los 75 años que ha estado en este mundo, haya estado en alguna cadena de prisioner@s a pesar de su ferviente activismo. Porque para ser declarad@ activista un requisito es haber pasado por "chirona".

Dilluns

Va guardar la seva fotografia dins la cartera, darrere la targeta de fitxar.

Feia tres dies que l’havien enterrada.

Dilluns, a les vuit, la fàbrica va xiular com sempre. Ningú no li va preguntar com estava. Les màquines tampoc no acostumen a interessar-se pels morts.

Va ocupar el seu lloc a la cadena i començà a cargolar peces.

Una. Dues. Tres.

A la quarta, va mirar la fotografia.

—No sé què faig aquí.

El capatàs cridà que anava endarrerit.

Ell la besà d’amagat i continuà treballant.

Els morts poden aturar-te el cor.

La vida, gairebé mai.