Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
jueves, 27 de agosto de 2026
LA ÚLTIMA EX
Su
última relación acabó mal. El día que la abandonó, ella no lloró ni le pidió
explicaciones. Se abrochó el abrigo negro y, antes de cerrar la puerta, le
dijo:
—Volverás
conmigo. Y entonces será para siempre.
Él
atribuyó la frase al orgullo herido. Aun así, se prometió no enamorarse nunca
más. En adelante sería frío, prudente, uno de esos hombres que llaman
experiencia al miedo.
Entonces
conoció a Elena.
Al
principio solo fue su risa. Después, la manera en que lo miraba. Una mañana
descubrió las primeras mariposas en el estómago y se puso a dieta. Supuso que,
si dejaba de alimentarlas, acabarían buscando otro cuerpo donde revolotear.
Primero
suprimió los postres. Luego el pan, las cenas y, finalmente, casi todo. Elena
le rogaba que comiera. Él se negaba: bastante peligroso era alimentar el amor.
Las
mariposas no se fueron.
Él
sí.
En
el funeral, Elena lloraba frente al ataúd. Detrás de ella, la mujer del abrigo
negro acarició la tapa y sonrió.
—Te
dije que volverías.
Porque
a la Muerte se la puede abandonar. Despecharla, nunca.
«Lo que la experiencia
y la historia enseñan es que los pueblos y los gobiernos jamás han aprendido
nada de la historia.» (Georg Wilhelm Friedrich Hegel -Hegel para los que le
estudiamos- nacido el 27 de agosto de 1770 es el autor de la frase. La podría
haber escrito o dicho hoy mismo y no le cambiaría ni una coma)
No sé si Yolanda Adams sabe volar pero como no lo haga pronto, no le va a quedar tiempo. Hoy cumple 65 años.
El
vestit del cel
Cada
diumenge, l’avi pujava al terrat amb el vestit bo i una maleta buida.
—On vas?
—A aprendre a volar.
Jo
reia. Ell obria els braços i deixava que el vent li despentinés els pocs
cabells que conservava.
El
dia que va morir, vaig trobar la maleta sota el llit. A dins només hi havia una
ploma i una nota: «Volar és deixar de preguntar-se on cauràs».
Aquest
matí he pujat al terrat amb el seu vestit.
Em
queda gran.
El
cel, no.
miércoles, 26 de agosto de 2026
SE BUSCA MENTIROSO CON EXPERIENCIA
Yo
no soy idiota.
Lo
aclaro porque últimamente se utiliza la palabra con demasiada ligereza. Basta
con votar a un inútil, compartir una noticia falsa o defender a un político
sorprendido con las manos dentro de la caja para que alguien te llame idiota.
Como
si uno no pudiera hacer esas tres cosas y seguir siendo una persona respetable.
Yo
participo en la vida política. Cada cuatro años. Tampoco conviene abusar. La
democracia, como el marisco, puede provocar indigestión si se consume con
demasiada frecuencia.
El
día de las elecciones me levanto temprano, desayuno, leo varios mensajes que
confirman lo que ya pensaba y acudo al colegio electoral convencido de que voy
a salvar el país. No sé exactamente de qué, pero eso ya me lo explican durante
la campaña.
En
realidad, votar es como participar en una entrevista de trabajo. La empresa se
llama España, los ciudadanos somos los propietarios y los candidatos vienen a
pedirnos el puesto.
El
primero que entrevisté parecía un hombre serio.
—¿Qué
piensa hacer con los impuestos?
—Dependerá
de los servicios que queramos mantener.
Mala
respuesta.
—¿Y
con las pensiones?
—Habrá
que estudiar cómo financiarlas dentro de veinte años.
Peor.
—¿Puede
garantizar que mejorará la sanidad, bajará la vivienda, aumentará los salarios
y reducirá la deuda?
—No
puedo garantizarlo.
Lo
descarté inmediatamente.
Le
faltaba liderazgo.
Además,
tenía la desagradable costumbre de explicar las dificultades. Cada vez que le
preguntábamos algo, aparecía un límite, una cifra o una consecuencia. Daba la
impresión de que gobernar consistía en elegir entre cosas posibles.
¿Quién
vota a una persona así?
El
segundo candidato entró sonriendo.
Traía
un currículum magnífico. Había estudiado en varias universidades, aunque
ninguna recordaba haberlo visto. Dominaba cuatro idiomas, siempre que no
tuviera que hablarlos, y poseía una amplia experiencia internacional porque
había cambiado de avión en Frankfurt.
—¿Qué
piensa hacer con los impuestos?
—Bajarlos.
—¿Y
con las pensiones?
—Subirlas.
—¿Y
con la deuda?
—Eliminarla.
—¿Cómo?
—Con
voluntad política.
Aquello
nos impresionó.
La
voluntad política sirve para todo. Es una energía limpia, barata y renovable
que solo aparece durante las campañas electorales. Después desaparece
misteriosamente, como los calcetines dentro de la lavadora.
El
candidato continuó. Prometió médicos sin espera, viviendas asequibles, trabajos
bien pagados, electricidad barata, trenes puntuales y terrazas con sombra.
También aseguró que castigaría a los culpables.
—¿Qué
culpables? —pregunté.
—Los
otros.
Nos
pusimos en pie para aplaudir.
No
concretó quiénes eran los otros, pero todos supimos que no éramos nosotros.
Eso
es liderazgo.
Un
buen político no debe decirte lo que puede hacer. Debe decirte que tú tienes
razón. Que tus problemas no dependen de tus decisiones, que tus errores son
derechos pendientes y que detrás de cada fracaso personal hay un enemigo
financiado con dinero público.
El
candidato nos miró a los ojos.
—El
pueblo nunca se equivoca.
Aquella
frase decidió mi voto.
Era
evidente que aquel hombre conocía al pueblo. Sobre todo porque jamás había
viajado en metro, solicitado una cita médica ni intentado alquilar un piso con
un sueldo normal.
Ganó
las elecciones.
Al
principio todo fue bien. Salía mucho por televisión. Inauguraba cosas, abrazaba
niños y visitaba fábricas donde nadie parecía estar trabajando. Cada vez que
hablaba, el futuro mejoraba.
Luego
llegó el presente.
Los
impuestos no bajaron: fueron reorganizados. Las pensiones no subieron:
avanzaron hacia un horizonte sostenible. La vivienda siguió igual, pero se creó
una comisión para observarla. Las listas de espera aumentaron, aunque el
ministro explicó que aquello demostraba la confianza de los ciudadanos en la
sanidad pública.
Cuando
preguntamos por sus promesas, el presidente puso cara de hombre traicionado por
la realidad.
—La
situación es más complicada de lo que parecía.
Curiosamente,
eso era lo mismo que había dicho el candidato sincero.
Pero
en boca del ganador sonaba a estadista.
En
el bar empezamos a quejarnos.
—Todos
los políticos mienten —dije.
El
camarero, que tiene la mala costumbre de recordar las cosas, me miró mientras
limpiaba un vaso.
—El
otro no mentía.
—Por
eso no lo votamos. Era un cenizo.
Cuatro
años después volvimos a celebrar elecciones.
El
presidente se presentó otra vez. Llevaba una corbata diferente y las mismas
promesas, aunque ahora los culpables eran más numerosos. Dijo que necesitaba
otros cuatro años para cumplir lo que no había podido hacer en los cuatro
anteriores.
Me
pareció razonable.
Antes
de introducir la papeleta, dudé unos segundos. Recordé los impuestos, las
listas de espera, el alquiler de mi hija y aquella comisión que todavía estaba
observando la vivienda con gran atención.
Después
recordé que el adversario podía ganar.
Y
voté al mismo.
Al
salir del colegio electoral, murmuré indignado:
—Los
políticos nos toman por idiotas.
Mi
mujer me cogió del brazo.
—No
te toman —dijo—. Te presentas tú solo.
«No es el hogar lo que añoramos, sino el yo que
éramos cuando estábamos en casa.» (Christopher Isherwood nacido el 26 de agosto de 1904 para ser
escritor aunque a él lo que le gustaba eran los juegos de niños)
Dolly Parton pasó ayer 25 de agosto a la habitación de al lado a los 80 años de edad. Hizo muchos duetos, especialmente con Kenny Rogers, y cuando sacaba una canción original como la del vídeo (I Will Always Love You) venía otra y la hacía famosa ¿Adivináis quién? -para eso hace falta escucharla claro.
El cafè dels diumenges
Quan vas marxar, vas deixar dues
tasses al prestatge. Durant anys només en vaig fer servir una, però cada
diumenge n’omplia l’altra de cafè i la deixava refredar davant de la teva
cadira.
Els fills deien que havia
d’acceptar-ho. Jo assentia, educat, com qui firma una renúncia que no pensa
complir.
Avui he trencat la teva tassa
sense voler. He recollit els bocins, els he besat un per un i, per primera
vegada, he preparat cafè només per a mi.
Encara t’estimo.
Però ja no t’espero.
martes, 25 de agosto de 2026
SE BUSCA IGNORANTE CON EXPERIENCIA
Me
han despedido por experto.
No
por llegar tarde, discutir con los compañeros, robar material o presentarme
borracho en la cena de Navidad. Por experto. Al parecer, después de treinta
años trabajando en la misma empresa, había adquirido un exceso de conocimiento
incompatible con mi puesto.
Me
lo explicó la directora de Recursos Humanos mientras colocaba sobre la mesa una
carpeta con mi nombre. Las carpetas de Recursos Humanos siempre contienen malas
noticias. Cuando la noticia es buena, basta con un correo electrónico y un
emoticono.
—Henry
Ford decía que, cuando un trabajador se considera experto, hay que despedirlo.
Lo
dijo con esa solemnidad con la que algunas personas citan a los muertos para
evitar discutir con los vivos.
Yo
no me consideraba experto. Me consideraba cansado, que es distinto. Había visto
aquella máquina detenerse tantas veces que reconocía sus averías por el ruido.
Cuando hacía clac, fallaba el engranaje. Cuando hacía cloc, era la correa. Y
cuando dejaba de hacer ruido, convenía apartarse porque algo estaba a punto de
salir disparado.
Pero
llegó el nuevo director de Producción con un máster en liderazgo, dos cursos de
transformación digital y una presentación de ciento cuarenta diapositivas. Nos
anunció que reduciríamos el tiempo de fabricación un veinte por ciento.
—Eso
no funcionará —dije.
Debí
añadir «probablemente», «en mi modesta opinión» o «quizá podríamos valorar».
Las empresas actuales permiten decir cualquier cosa siempre que se diga de una
manera que parezca que no se ha dicho.
El
director me preguntó por qué.
Se
lo expliqué: si aumentábamos la velocidad, la pieza se calentaría, el sensor se
bloquearía y la cadena acabaría deteniéndose.
—Hay
que abandonar las viejas certezas —respondió.
La
vieja certeza era la temperatura a la que se fundía el plástico. Pero no quise
discutir. Supuse que, con la transformación digital, también habrían
digitalizado las leyes de la física.
Aumentaron
la velocidad. La pieza se calentó, el sensor se bloqueó y la cadena se detuvo.
El
director reunió al equipo para averiguar por qué nadie había previsto el
problema. Yo levanté la mano. Ese fue mi segundo error. El primero había sido
preverlo.
Desde
aquel día comenzaron a observarme con preocupación. Yo conocía demasiado bien
mi trabajo. Sabía cuánto tardaba cada proceso, qué proveedores cumplían, cuáles
mentían y qué tornillo se aflojaba siempre aunque en los informes figurase como
perfectamente apretado. Aquel conocimiento, en lugar de convertirme en
imprescindible, me convirtió en incómodo.
La
experiencia tiene ese defecto: recuerda lo que la empresa necesita olvidar.
En
Recursos Humanos me explicaron que el verdadero experto es consciente de todo
lo que ignora. Estuve de acuerdo. Cuanto más trabajaba, más dudas tenía. Dudaba
de los plazos, de los presupuestos, de los nuevos procedimientos y, sobre todo,
de quienes entraban en la fábrica sin quitarse la chaqueta y aseguraban
conocerla después de mirar un gráfico.
Pero,
por lo visto, mis dudas no eran humildad intelectual. Eran resistencia al
cambio.
La
humildad solo resulta apreciada cuando se practica hacia arriba.
Nadie
le preguntó al director si se consideraba experto en dirigirnos. Nadie pensó en
despedirlo cuando afirmó que su plan era infalible. La empresa desconfiaba de
quienes sabían hacer su trabajo, pero conservaba una fe conmovedora en quienes
sabían explicar el trabajo de los demás.
Supongo
que Henry Ford tenía parte de razón. El que cree saberlo todo deja de aprender.
El problema comienza cuando esa frase la pronuncia el hombre que tiene la
última palabra. Entonces deja de ser una defensa de la curiosidad y se
convierte en una forma elegante de obediencia.
Antes,
las empresas buscaban trabajadores con experiencia. Ahora publican ofertas
solicitando diez años de experiencia, dominio de cuatro idiomas, capacidad de
liderazgo, adaptación al cambio y mentalidad de principiante. Quieren que uno
lo sepa todo para contratarlo y que, una vez contratado, actúe como si no
supiera nada.
Entregué
la tarjeta de acceso, el teléfono y el ordenador portátil.
—¿Alguna
pregunta? —me dijo la directora.
—Sí.
¿Quién arreglará la máquina cuando vuelva a detenerse?
Sonrió
con paciencia.
—No
debemos pensar que solo existe una solución.
Tenía
razón. Existen muchas. Cambiar el sensor, reducir la velocidad, revisar el
engranaje o contratar a una consultora para que, después de seis meses y
cuarenta mil euros, recomiende cambiar el sensor, reducir la velocidad y
revisar el engranaje.
A la
mañana siguiente me llamó un compañero. La cadena se había detenido. Me
preguntó qué podía ser.
Le
dije que no lo sabía.
Desde
que me despidieron, estoy aprendiendo muy deprisa.
«La muerte ayuda. La
muerte nos da algo que hacer, porque mirar hacia otro lado es un trabajo de
jornada completa.» (El osado autor de la frase, Martin Amis nacido el 25 de agosto de 1949,
dejó de mirar hacia otro lado y empezó a hacer algo en 2023)
Billy Ray Cyrus no se cansa de repetir a una señora -para nosotr@s- anónima que no le rompa el corazón. Pero hoy cumple 65 años y me da a mi que se va a jubilar con el corazón entero.
Cardiologia
domèstica
La
Maria va marxar sense acomiadar-se.
—No
ho digui al seu marit —va demanar al metge—. Té el cor delicat.
Durant
mesos vaig posar dos plats, vaig discutir amb la seva cadira i vaig respectar
la seva meitat del llit.
Ahir
el cor va trobar una arracada sota el coixí.
Des
d’aleshores no em parla.
Però
cada nit, quan apago el llum, el sento plorar dins meu.
lunes, 24 de agosto de 2026
NO TENGO NADA QUE OCULTAR
Yo
no tengo nada que ocultar.
Lo
digo con frecuencia, aunque nadie me lo pregunta. Debe de ser la edad. Antes
uno presumía de tener secretos; ahora presume de que podrían registrarle la
casa sin encontrar nada más comprometedor que unas pastillas para la tensión y
una caja de preservativos caducados.
En
Estados Unidos han instalado miles de cámaras Flock. No se limitan a leer la
matrícula. Identifican la marca, el modelo, el color y hasta determinados
rasgos del vehículo. Es decir, saben más de mi coche que el mecánico y bastante
más que yo.
—¿Qué
coche tienes?
—Uno
gris.
La
cámara, en cambio, respondería:
—Un
Toyota Corolla híbrido, matriculado en 2022, con un arañazo en la puerta
derecha, una pegatina descolorida y un propietario que lleva tres meses sin
comprobar la presión de los neumáticos.
Eso
es vigilancia profesional.
La
explicación oficial es tranquilizadora: sirve para localizar coches robados,
perseguir delincuentes y encontrar personas desaparecidas.
Siempre
empieza así.
Nadie
instala ciento veinte mil cámaras diciendo:
—Queremos
saber adónde va usted, cuánto tarda y con quién se reúne.
No.
Te dicen que es por tu seguridad. La seguridad es una palabra maravillosa.
Sirve para abrir todas las puertas que la libertad había cerrado.
Imagino
que pronto llegará aquí. En España somos extraordinarios importando tecnología
y poniéndole una tasa. Las cámaras se llamarán Sistema Integral de Movilidad
Ciudadana Responsable. SIMOCR, porque toda intromisión necesita unas siglas que
parezcan una subvención europea.
El
Ayuntamiento las instalará para protegernos. Después lanzará una aplicación:
«Mi Trayecto Seguro». Un nombre amable, como de excursión escolar.
Cada
noche recibiré un resumen:
09:12. Sale del
domicilio.
09:26. Entra en el aparcamiento del supermercado.
10:03. Se detiene frente a una farmacia.
10:41. Permanece diecisiete minutos en la calle Provenza.
11:08. Regresa al domicilio.
Debajo
aparecerá un botón:
¿Desea
compartir su recorrido con su unidad familiar?
Vendrá
marcado por defecto.
Mi
mujer me preguntará qué hacía en la calle Provenza.
Le
diré la verdad: allí vivió una mujer a la que quise hace cuarenta años. Pasaba
cerca y me desvié para comprobar si continuaba aquel balcón donde una noche me
prometió que nunca me olvidaría.
La
mujer se fue. El balcón permanece.
Intentaré
explicarlo, pero los algoritmos son como los cónyuges: cuanto más explicas una
desviación, más sospechosa resulta.
Al
día siguiente modificaré mi recorrido para despistar a las cámaras. Daré dos
vueltas a la manzana, atravesaré un aparcamiento y saldré por la otra puerta.
La
aplicación me enviará una alerta:
Hemos
detectado un comportamiento anómalo. ¿Necesita ayuda?
Pulsaré
«No».
Aparecerá
otra pregunta:
¿Por
qué ha alterado su ruta habitual?
Las
opciones serán:
Obras.
Accidente.
Emergencia
médica.
Actividad
profesional.
No
existirá la casilla «Necesitaba hacer algo que nadie supiera».
Porque
ese es el problema. Ya no bastará con ser inocente. Habrá que comportarse como
espera el sistema que se comporte un inocente.
El
ciudadano ejemplar circulará siempre por la ruta más corta, comprará en los
mismos establecimientos y visitará únicamente a personas previamente
verificadas. Quien dé tres vueltas a una rotonda será sospechoso de terrorismo
o de no saber conducir, que en algunas ciudades empieza a considerarse lo
mismo.
Si
protestas, te responderán:
—Si
no ha hecho nada malo, no tiene por qué preocuparse.
Es
una frase impecable. También podría instalar una cámara en su dormitorio y
decirle que duerma tranquilo si no piensa cometer ningún delito entre las
sábanas.
Pero
la intimidad no consiste en esconder crímenes. Consiste en poder hacer cosas
que no necesitan defensa: sentarse dentro del coche a llorar, visitar una calle
antigua, acompañar a alguien a una clínica, entrar en un hotel para usar el
lavabo o permanecer veinte minutos frente a una casa sin atreverse a llamar.
Una
cámara registra el trayecto.
Una
base de datos lo conserva.
Un
algoritmo lo relaciona.
Y
finalmente alguien lo interpreta.
Ahí
empieza el peligro. Las máquinas podrán saber dónde estuvimos, cuándo y con
quién. Lo único que no sabrán es por qué. Pero ya encontrarán a una persona
dispuesta a inventarlo.
En
algunas ciudades estadounidenses han cubierto esas cámaras con bolsas de
basura. Me parece una solución profundamente humana: cuando la tecnología se
vuelve demasiado inteligente, recurrimos a una bolsa del supermercado.
Aquí
no funcionaría. El Ayuntamiento sancionaría la bolsa por no ser biodegradable y
contrataría otra cámara para vigilar la primera.
Yo
sigo diciendo que no tengo nada que ocultar.
Sin
embargo, desde hace unos días, cuando necesito estar solo, bajo al garaje,
entro en el coche y permanezco allí, en silencio, sin arrancar.
La
cámara de la salida solo fotografía los vehículos que pasan.
De
momento.
«La diferencia entre el
revolucionario y el terrorista reside en la causa por la que cada uno combate.»
(La delgada línea roja que siempre ha existido la trazó Yasir Arafat nacido el
24 de agosto de 1929 para ser premio Nobel de la Paz en 1994 y muerto en
extrañas circunstancias -por decirlo de una manera generosa-en 2004)
Jean-Michel Jarré hoy cumple 78 años y sigue respirando oxígeno, cosa que nos hace falta a tod@s l@s que leímos el escrito de ayer.
Tot
l’aire que ens faltava
L’home
va comprar una bombona d’oxigen quan el metge li va dir que li quedava poc
aire. La dona, en canvi, va obrir totes les finestres.
—Et
refredaràs —murmurà ell.
—Fa
quaranta anys que m’ofego.
Aquella
nit, mentre els sintetitzadors omplien el menjador d’un futur que ja s’havia
fet vell, ell es va treure la mascareta per besar-la.
L’endemà,
la bombona era buida.
La
casa, no
domingo, 23 de agosto de 2026
EL VIGESIMOSEXTO PEDO
Dicen
los expertos que una persona sana expulsa entre doce y veinticinco pedos al
día.
Me
tranquiliza saber que la ciencia se ocupa de estas cosas. Mientras nosotros
investigamos quién se ha tirado uno en el ascensor, hay científicos averiguando
si era el decimotercero o el vigesimocuarto.
Por
debajo de doce, al parecer, podríamos tener un problema intestinal. Uno se tira
solo once y debe pedir hora con el digestólogo.
—Doctor,
estoy preocupado.
—¿Dolor
abdominal?
—No.
Me falta uno.
El
médico te mira con gravedad, te ausculta y te receta un plato de lentejas. Si
no funciona, resonancia magnética.
Lo
que ninguna fuente explica es qué ocurre cuando superamos los veinticinco.
Existe un vacío legal y sanitario preocupante. Hasta el vigesimoquinto eres una
persona saludable; en el vigesimosexto, el diagnóstico deja de ser intestinal y
pasa a ser moral: eres un guarro con emisiones acreditadas.
Porque
una cosa es la salud y otra la convivencia.
El
pedo, mientras permanece dentro, pertenece al ámbito de la intimidad. Está
protegido por la Constitución, el secreto médico y, probablemente, la normativa
europea de protección de gases personales. Pero cuando sale, adquiere
naturaleza pública. Deja de ser un asunto de tu colon y pasa a formar parte del
aire que respiramos todos.
Mi
mujer, desde que conoce la estadística, ha comenzado a llevar la cuenta.
—Ese
es el dieciocho —me dijo ayer.
—No
puedes demostrar que haya sido yo.
—Estamos
solos.
—Eso
es un indicio, no una prueba.
A
partir del número veinte empecé a administrarlos con prudencia. Reservé dos
para después de cenar y guardé los tres últimos para emergencias. Nunca se sabe
cuándo puede presentarse una fabada o una reunión familiar.
También
he descubierto que hay pedos que deberían contar doble. El silencioso con
consecuencias, por ejemplo. Ese que no se oye, pero consigue que seis personas
abandonen una habitación culpando al perro. Y luego está el pedo con
reincidencia: parece uno, pero regresa a los pocos segundos acompañado de sus
familiares.
Lo
sorprendente es que esta estadística también se aplica a las mujeres. Por fin
hemos alcanzado la igualdad en algo verdaderamente importante. El intestino no
entiende de sexo, ideología ni clase social. Puede distinguir entre una
ensalada y un cocido, pero no entre un consejero delegado y un becario.
Aunque
la sociedad sí distingue.
El
pedo de un hombre se recibe con resignación antropológica: «Son cosas de
hombres». El de una mujer provoca una crisis cultural. Hay personas convencidas
de que ellas no expulsan gases, sino que liberan pequeñas brisas perfumadas con
aroma de lavanda.
Propongo
que Sanidad reparta contadores, como los podómetros. Una pulsera que vibre a
partir del número veinte:
«Le
quedan cinco emisiones saludables».
En
el veinticinco aparecería una felicitación:
«Objetivo
diario alcanzado».
Y en
el veintiséis, una advertencia:
«Abra
una ventana. Su salud continúa siendo excelente, pero su matrimonio corre
peligro».
Porque
ese es el límite que los científicos todavía no se han atrevido a fijar. Por
debajo de cierta cantidad puede haber un problema intestinal. Por encima, quizá
el intestino funcione perfectamente.
Lo
que empieza a fallar es la educación.
«El escepticismo, lejos
de volver perezosa a la razón humana en la búsqueda de la verdad, la despierta
al esfuerzo más intenso.» (Gottlob Ernst Schulze nacido el 23 de agosto de 1761
para ser filósofo y un furibundo adversario de Kant. Lamentablemente para él la
gente hicimos más caso a éste último ¿o no?)
Y allá por 1961 causaba furor el ritmo y la canción de Chubby Checker, Let's Twist Again. Anda que no hemos intentado bailarla veces a riesgo de partirnos la cadera.
Encara
no
Quan
l’orquestra va anunciar el twist, la Mercè deixà el bastó recolzat a la cadira.
En Miquel, que feia trenta anys que no li demanava res sense rondinar, li
allargà la mà.
Ballaren
malament, com abans, quan encara tenien futur i cap ritme. Els fills reien; els
nets gravaven.
En
acabar, ella recuperà el bastó i ell, l’orgull.
—Demà
hi tornem?
La
Mercè se’l mirà de costat.
—Demà
no. Però no esperis trenta anys.
L’orquestra
ja tocava una altra cosa. Ells encara no.