MAYO
DECLARÓ COMO TESTIGO

A finales de mayo, el país
empezó a sudar antes de desayunar.
No era un sudor noble, de
obrero con camisa pegada a la espalda y bocadillo envuelto en papel de
aluminio. Era un sudor de despacho, de moqueta, de rueda de prensa, de garganta
seca frente a un micrófono. El tipo de sudor que no moja: delata.
En los juzgados habían
encendido los ventiladores antiguos, esos que remueven el aire sin mejorarlo,
como ciertos portavoces. Las aspas giraban sobre las cabezas de abogados,
periodistas, asesores, investigados y señores que siempre dicen “máxima tranquilidad”
con la cara de quien ha escondido una cerilla en un almacén de gasolina.
Fuera, el asfalto se
ablandaba. Dentro, las versiones también.
El juez entró en la sala con
una carpeta bajo el brazo. No traía tormenta, aunque todos la esperaban. Traía
folios. En este país los folios pesan más que las nubes. Una nube descarga y se
va. Un folio se queda, se incorpora a las actuaciones, cría anexos, funda una
familia procesal y termina sentando a alguien donde antes se sentaban las
excusas.
—Hace mucho calor —dijo un
abogado, para romper el hielo.
Nadie se rió.
El hielo llevaba años
desaparecido.
Los partidos políticos habían
enviado a sus mejores intérpretes del bochorno. A la derecha, una señora con
abanico patriótico juraba que el calor venía de la corrupción ajena. A la
izquierda, un señor con corbata floja aseguraba que aquello no era calor, sino
una ofensiva térmica de los poderes oscuros. En el centro, como siempre,
alguien intentaba vender aire acondicionado moderado con financiación europea.
El termómetro de la entrada
marcaba cuarenta grados.
El de la sala, imputaciones.
Cada partido llevaba su propia
sombra plegable. Cuando el foco apuntaba al vecino, hablaban de regeneración
democrática, higiene institucional y respeto absoluto a la justicia. Cuando el
foco giraba hacia ellos, aparecían las palabras grandes, esas sombrillas caras:
persecución, lawfare, cloacas, montaje, maniobra, campaña.
El calor, que no entiende de
argumentarios, seguía subiendo.
En la cafetería del juzgado,
los periodistas bebían agua tibia en vasos de plástico. Uno preguntó:
—¿Tú crees que esto acabará en
algo?
El otro miró hacia la puerta
de la sala, donde varios asesores caminaban deprisa sin moverse de sitio.
—Acabar, acabar… aquí no acaba
nada. Aquí las causas prescriben, las carreras sobreviven y la culpa cambia de
chaqueta.
En la calle, una anciana se
protegía la cabeza con una carpeta azul. No sabía quién era culpable. Tampoco
le importaba mucho. Había venido por un asunto de comunidad de propietarios y
llevaba tres horas esperando en un pasillo que olía a papel, cansancio y café
quemado de máquina. Miró a los políticos entrando por la puerta reservada y
preguntó al funcionario:
—¿Estos también esperan turno?
El funcionario sonrió con
tristeza administrativa.
—No, señora. Estos vienen a
explicar por qué nunca les toca.
A mediodía, el aire dejó de
circular. Los ventiladores seguían girando, pero ya no engañaban a nadie. Eran
como comisiones de investigación: mucho movimiento, poco alivio.
Entonces se fue la luz.
Durante unos segundos, la sala
quedó en penumbra. Sin cámaras, sin pantallas, sin pinganillos, sin asesores
susurrando frases de salvamento. Solo cuerpos sudando. Personas. Carne con
cargo público. Carne con toga. Carne con prisa. Carne con miedo.
Y en esa oscuridad breve, casi
decente, todos escucharon lo mismo: el zumbido del país recalentado.
No venía solo del clima.
Venía de años de promesas
cocidas al sol, de expedientes guardados en cajones templados, de discursos que
habían aprendido a transpirar indignación por encargo. Venía de una política
que había confundido gobernar con sobrevivir al siguiente titular. Venía de
unos tribunales convertidos en estación meteorológica de la democracia: cada
auto, una alerta naranja; cada sumario, una masa de aire caliente; cada
declaración, una nube de polvo levantada para que nadie viera el suelo.
Cuando volvió la luz, todos
recompusieron la cara.
El juez pidió continuar.
Los abogados se ajustaron las
chaquetas empapadas. Los políticos recuperaron la dignidad facial. Los
periodistas encendieron los móviles. Los portavoces prepararon frases con la
eficacia de quien pela fruta podrida para servirla en bandeja.
Fuera, el cielo estaba blanco,
sin misericordia.
Alguien dijo que el martes
bajarían las temperaturas.
Nadie se atrevió a preguntar
cuándo bajaría la vergüenza.
«El misterio de la vida no se
resuelve con el éxito, que es un fin en sí mismo, sino con el fracaso, con la
lucha perpetua, con el llegar a ser.» (Patrick White nacido el 28 de mayo de
1912 lo consiguió, el éxito quiero decir. Fue premio noble de literatura en
1973)
A Kylie Minogue la conocí hace unos 28 años a través de tevetrés. Intervenía en un culebrón "Veïns" que nos tenía enganchados a mi hija Flors y a mi a mediodía hasta el capítulo 1700... más o menos. Hoy cumple 58 espléndidos años.
La inquilina
Des que vas marxar, el meu cap
cobra lloguer per hores. Hi vius tu, amb aquella cançó enganxada als llavis i
una maleta que mai no acabes de desfer.
He provat de fer neteja,
canviar els mobles, obrir finestres. Res. Tu continues asseguda al mig del
pensament, creuant les cames com si fossis propietària.
Ahir vaig decidir oblidar-te.
Vaig tancar els ulls, vaig
respirar fons i, durant tres segons, ho vaig aconseguir.
Llavors vas trucar
des de dins.



