Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
sábado, 24 de octubre de 2026
UNA HORA MÁS DE VIDA, CORTESÍA DE LA ADMINISTRACIÓN
Esta
noche, a las tres volverán a ser las dos. En Canarias, a las dos será la una.
Lo dice el BOE.
¡Una
hora de regalo!
Llevo
años quejándome de que me falta tiempo para escribir, visitar a los amigos o no
hacer absolutamente nada, actividad a la que cada día encuentro mayores
atractivos.
Y
ahora va la Administración y me concede sesenta minutos.
¡Gratis!
Sin instancia, sin tasas, sin certificado digital y, lo más sorprendente, ¡sin
tener que acreditar mediante una fe de vida que sigo vivo!
Demasiado
bonito.
He
buscado la letra pequeña y, efectivamente, hay trampa. La concesión tiene
carácter temporal, no admite prórroga y en marzo deberé reintegrarla
íntegramente.
¡Hay
que joderse! Tantos años esperando que la Administración me regale algo y
resulta que es un préstamo.
Y
encima me lo entregan mientras duermo.
Ahora
solo me preocupa una cosa.
Como
me muera antes de marzo, son capaces de reclamarles la hora a mis herederos.
Con
recargo, por supuesto.
«El fanatismo religioso
ha sido en España (y lo es todavía) el mayor enemigo de la libertad y de la
cultura.» (Manuel de la Revilla aunque nació el 24 de octubre de 1846 y sólo
estuvo entre nosotr@s 34 años y unos meses, supo dónde estaba el freno de
nuestro avance)
El 24 de octubre de 2006Taylor Swift lanzaba su primer album bautizado con su nombre. 20 años de aquello... y de lo otro.
La lletra equivocada
Al
cotxe, tornant del tanatori, va sonar aquella cançó.
—Canvia-la
—va dir la mare.
La
filla va allargar la mà cap a la ràdio, però ella la va aturar.
—Espera.
Havia
conegut el seu marit en un ball d'estiu. Ell sempre s'inventava la segona
estrofa i estava convençut que ningú no se n'adonava.
La
filla va apujar el volum.
Quan
va arribar aquell tros, la mare va començar a cantar les paraules equivocades.
—Mama,
que no diu això.
—Ja
ho sé, filla.
I va
continuar cantant, desafinant tant com ell.
viernes, 23 de octubre de 2026
LA REVUELTA DEL SOFÁ
Ayer
por la noche me senté delante del televisor dispuesto a pasar un rato
entretenido viendo La Revuelta. Después de un día soportando noticias
políticas, discusiones parlamentarias y las habituales declaraciones de unos
contra otros, necesitaba reírme un poco.
Y
apareció Pedro Sánchez.
Por
un momento pensé que me había equivocado de canal. Pero no. Allí estaba David
Broncano, con su habitual aspecto de haber llegado al trabajo sin saber muy
bien qué tenía que hacer, recibiendo al presidente del Gobierno de Espanya.
¡Coño!
¡Hasta aquí hemos llegado!
Reconozco
que me sorprendió. Aunque, pensándolo bien, tiene su lógica. Si la política
española se parece cada vez más a un espectáculo de variedades, ¿por qué no
llevar a sus protagonistas a un programa de entretenimiento?
Lo
curioso es que, por una vez, se habló de asuntos serios entre bromas. La
vivienda, la corrupción, Ceuta, los problemas judiciales de su familia...
Broncano hizo preguntas que algunos políticos preferirían no escuchar ni en
confesión. Y Sánchez respondió. Otra cosa es que sus respuestas convencieran a
quienes lo estaban viendo.
Pero
llegó el momento culminante. Las preguntas clásicas del programa: dinero y
sexo.
¡Por
fin!
Después
de tantos años de democracia, de debates parlamentarios, mociones de censura y
comisiones de investigación, alguien se atrevía a preguntar al presidente por
su actividad sexual.
Sánchez
aseguró mantener una vida sexual activa y sana.
Me
alegro por él. Sinceramente. Aunque se me ocurrió que habría sido interesante
preguntarle si los jóvenes españoles, obligados a compartir piso hasta edades
en las que sus padres ya tenían tres hijos, disponen de las mismas facilidades
para practicar tan saludable actividad.
Pero
lo que verdaderamente me hizo pensar fue otra cosa.
Aquella
entrevista se estaba emitiendo en una televisión pública. Una televisión que
pagamos todos, incluidos quienes consideran a Pedro Sánchez el mejor presidente
de nuestra democracia y quienes preferirían verlo en cualquier otro lugar,
especialmente lejos de la Moncloa.
¿Debe
un presidente acudir a un programa de humor? Por supuesto. ¿Puede hacerlo
cuando faltan pocas semanas para unas elecciones generales? También. Lo que me
pregunto es si un sofá puede convertirse, dependiendo de quién lo ocupe, en una
tribuna electoral extraordinariamente confortable.
Es
cierto que Broncano ha invitado a los principales candidatos. Y eso me parece
razonable. Ahora habrá que comprobar si todos tienen la misma oportunidad de
explicar sus propuestas y, sobre todo, de responder a las preguntas incómodas.
Porque
tengo la impresión de que nuestros políticos han descubierto algo que los
publicistas conocen desde hace décadas: cuando el público se ríe contigo,
resulta bastante más difícil que se enfade contigo.
Y
ayer se rieron muchos. Más de cuatro millones de espectadores de media, según
las audiencias. Una cifra que cualquier candidato firmaría encantado, aunque
conviene recordar que los espectadores no depositan su voto en el mando a
distancia.
No
sé si aquella noche ganó Pedro Sánchez, David Broncano o Televisión Española.
Tampoco me preocupa especialmente resolver ese concurso.
Me
preocupa más que estemos acostumbrándonos a conocer la personalidad de quienes
nos gobiernan mejor que las consecuencias de sus decisiones.
Al
terminar el programa apagué el televisor.
Me
quedé pensando en una pregunta que me habría gustado escuchar:
—Señor
Sánchez, ¿ha venido usted como presidente del Gobierno o como candidato a
seguir siéndolo?
Aunque,
bien pensado, tampoco hacía falta preguntárselo.
Para
eso todavía no han inventado dos sofás distintos.
«La ignorancia además
suele ser mentirosa, invencionera, farisaica, sectaria, fraudulenta, fanática y
perversa, y más cuando su depositario cree que sabe». (José María Castillo
Farreras nacido el 23 de octubre de 1930 adjetivó la ignorancia de todas las
maneras posibles; por estos lares no somos tan precis@s y si algo perezos@s,
solemos decir: “la ignorancia es muy atrevida”)
La canción If You Leave Me Now (Si me dejas ahora) alcanzó el número uno en los EEUU un 23 de octubre de 1976. Medio siglo nos contempla... a algun@s.
Les
ulleres
—Si
te'n vas ara, em mates —va dir ell.
Ella
va deixar les claus sobre el marbre de la cuina.
—Això
també m'ho vas dir quan vaig voler estudiar.
Ell
va abaixar els ulls. A la nevera encara hi havia l'horari dels seus
medicaments, escrit amb la lletra d'ella.
—No
sabré viure sol.
Durant
un instant, ella va sentir la necessitat d'abraçar-lo. Encara l'estimava.
Potser aquest era el problema.
Va
sortir sense acomiadar-se.
Al
replà va recordar que s'havia deixat les ulleres.
Va
estar una bona estona mirant la porta.
Després
va baixar les escales.
jueves, 22 de octubre de 2026
PROGRAMA ELECTORAL: JA, JA, JA
Esta mañana me han
enviado un vídeo por WhatsApp. En él, un político anunciaba, con gesto de
extrema gravedad, que había encontrado la solución al problema de la vivienda:
«A partir de ahora los metros cuadrados se medirán en centímetros. De esta
manera, todos tendrán casas mucho mayores».
El vídeo era falso. Eso
se veía enseguida, aunque no porque el disparate delatara el engaño. Era una
caricatura confeccionada por alguien con un ordenador y bastante mala leche. Me
reí. Y lo reenvié, que es la manera moderna de dar una palmada en la espalda
sin tener que levantarse del sofá.
Después me pregunté una
cosa: ¿cuándo dejamos de necesitar a los humoristas para reírnos de los
políticos?
Recuerdo aquellos
programas en que un imitador se ponía una peluca, exageraba la voz de un
presidente y nosotros nos partíamos de risa. Había una cierta distancia,
perfectamente reconocible, entre el personaje y la persona. Sabíamos que aquel
señor no había dicho semejante barbaridad, por mucho que sospechásemos que
podía estar pensándola.
Ahora cuesta más
distinguirlos. Y no me refiero únicamente a los vídeos falsificados con
inteligencia artificial. Basta encender la televisión y escuchar un debate
parlamentario. Hay intervenciones que, sacadas de contexto, parecen escritas
por un guionista de comedia. Y otras que necesitan el contexto para dejar de
parecerlo.
Pero lo curioso del
asunto es que la parodia ha pasado de los escenarios a los teléfonos, y de los
teléfonos al mismísimo campo de batalla político. Ya no esperamos al chiste del
viernes por la noche. Lo fabricamos el lunes por la mañana, lo compartimos antes
de desayunar y, si tiene suerte, el miércoles ya habrá hecho carrera electoral.
A mí el humor político
me parece saludable. Los poderosos suelen tener un exceso de solemnidad y una
resistencia muy limitada a que alguien se ría de ellos. Una carcajada bien
dirigida es capaz de perforar discursos que han resistido treinta entrevistas.
El problema empieza cuando dejamos de escuchar lo que se dice porque nos basta
con disfrutar de cómo queda ridiculizado quien lo dice.
Y ahí también me
incluyo.
Porque tengo la
desagradable sospecha de que nos hace mucha gracia el disparate cuando lo
pronuncia el político al que detestamos y bastante menos cuando sale de la boca
de aquel al que defendemos. De repente, el primero es un payaso y el segundo,
una víctima de la manipulación. Curioso oficio el de la objetividad, que se
toma vacaciones cada vez que llegan nuestras simpatías.
Parece que hacer
política consiste, cada vez más, en lograr que el adversario quede convertido
en un meme antes de que pueda terminar la frase. Una campaña puede no explicar
qué va a hacer con las pensiones, pero si consigue un vídeo de veinte segundos
que provoque cincuenta mil risas, ya tiene media mañana resuelta.
Por cierto, después de
reenviar el vídeo quise saber qué había dicho realmente aquel político. Abrí
una noticia, empecé a leerla, me llegó otra notificación y acabé viendo un gato
que se tiraba de cabeza a una bañera.
El
gato, por lo menos, no prometía nada.
«Solo
eres tan joven como la última vez que cambiaste de opinión» (Timothy Leary nacido el 22 de octubre de 1920 para ser
sicólogo, escritor y activista estadounidense; dio clases en Harvard, Universidad
con la que acabó fatal por sus ideas con LSD. La frase tiene una buena reflexión
sobre la juventud entendida como capacidad de revisar las propias convicciones,
más allá de la edad biológica)
Georges Brassens hubiese cumplido hoy 105 años, pero se quedó en 60 años y siete días. La vida de anarquista y la mala reputación que eso le generaba le pasaron factura.
Les sabates vermelles
El dia que van enterrar el seu marit, la Mercè va comprar unes sabates
vermelles. No va assistir al funeral.
El capellà va parlar d'un home exemplar. Les veïnes van trobar
escandalós que ella ni tan sols dugués dol.
Durant quaranta anys, ell li havia triat les sabates. Sempre negres,
sempre planes. També decidia quan podia sortir.
A la tarda, la Mercè va passar per davant del casino. Els homes van
deixar de parlar.
—Quina poca vergonya! —va escopir algú.
Les sabates li feien mal.
Va continuar caminant.
miércoles, 21 de octubre de 2026
LO HE VISTO CON MIS PROPIOS OJOS
Esta
mañana he visto a un pingüino esperando el metro en la estación de Diagonal, en
Barcelona. Estaba junto a una máquina expendedora de billetes y un señor con
corbata le acariciaba la cabeza. Los demás viajeros seguían mirando sus
móviles.
Muy
barcelonés todo.
Me
lo he creído. Durante unos segundos, pero me lo he creído.
Después
he descubierto que el vídeo era falso. Generado por inteligencia artificial. Ni
pingüino ni señor con corbata. Lo único auténtico era la estación.
Y he
recordado aquella frase con la que, antiguamente, pretendíamos zanjar cualquier
discusión:
—¡Te
lo digo yo, que lo he visto con mis propios ojos!
Pues
resulta que ahora nuestros propios ojos también nos engañan. Podemos ver a un
presidente anunciando su dimisión, a un famoso confesando un crimen que nunca
cometió o a un muerto felicitando las Navidades a sus familiares.
Todo
con sus voces, sus gestos y hasta ese pequeño tic que tenían en la comisura de
los labios.
Y
todo mentira.
Bueno,
todo no. Ese es precisamente el problema.
Porque
también vemos guerras verdaderas, niños heridos de verdad y políticos diciendo
auténticas barbaridades sin necesidad de manipulación alguna. La estupidez
humana, por ahora, sigue siendo artesanal.
Tenemos
más medios que nunca para saber lo que ocurre en el mundo y cada vez sabemos
menos qué debemos creernos.
Aunque
reconozco que yo tampoco ayudo demasiado.
Cuando
una noticia confirma lo que pienso, me la creo casi inmediatamente. Si
contradice mis convicciones, me convierto en un investigador de prestigio
internacional. Examino la fuente, la fecha, las imágenes y, si hace falta, los
antecedentes penales del periodista.
Una
rigurosidad admirable. Lástima que sea tan selectiva.
Y
empiezo a temer que pronto suceda algo todavía peor: que las imágenes
verdaderas dejen de servir como prueba de nada. Cualquier delincuente podrá
decir que su vídeo es falso. Cualquier mentiroso tendrá a la inteligencia
artificial como testigo de descargo.
Hasta
imagino a alguien gritando que se está ahogando mientras los presentes discuten
si la escena es real o está generada por ordenador.
En
fin.
He
vuelto a mirar al pingüino del metro. Allí seguía, tan tranquilo, esperando un
tren que nunca llegaría a recogerlo.
Me
ha parecido tan simpático que he decidido enviárselo a un amigo.
«Mira
qué curioso. No sé si es verdad, pero es una pasada».
Me
ha contestado enseguida:
«¡Increíble!
Se lo paso a mis hijos».
He
estado a punto de decirle que era falso.
Pero
tampoco iba a estropearle la ilusión por una tontería. Además, yo había escrito
que no sabía si era verdad. Técnicamente, no había mentido. Aunque sí lo sabía.
Al
cabo de diez minutos me ha llegado el mismo vídeo desde otro grupo de WhatsApp.
«¡Mirad
lo que ha pasado esta mañana en Barcelona!».
Han
empezado a llover los comentarios. Caritas sorprendidas, pingüinos, carcajadas
y algún que otro insulto al Ayuntamiento por permitir animales sueltos en el
metro.
He
disfrutado leyendo las ocurrencias.
Hasta
que uno de los participantes ha preguntado:
—¿Alguien
sabe si es auténtico?
He
mirado la pantalla. En otra pestaña seguía abierto el artículo que explicaba
cómo habían fabricado el vídeo.
Podía
compartirlo. Pero tampoco era cuestión de hacerse el listo delante de todo el
mundo. Y, además, ¿qué daño hacía un pingüino esperando el metro?
—A
mí me ha llegado por varios sitios —he escrito.
No
era mentira. Me había llegado por varios sitios.
—Entonces
debe ser verdad —ha contestado alguien.
Le
he puesto un «me gusta».
Poco
después, otro participante ha compartido un vídeo con unas declaraciones
escandalosas de un político. Alguien ha demostrado que también era falso.
«¡Hay
que contrastar las noticias antes de difundirlas!», he escrito.
He
recibido seis «me gusta» y un aplauso.
Me
he sentido satisfecho. Especialmente porque tenía toda la razón.
Después
he pensado que mis amigos de Facebook también merecían disfrutar del pingüino.
He vuelto a compartir el vídeo, pero esta vez he quitado la frase «No sé si es
verdad».
No
aportaba nada. Además, ya lo había comprobado y sabía que era falso. No
necesitaba expresar dudas.
En
pocos minutos tenía diecisiete reacciones y varios comentarios.
Uno
decía:
«¡Qué
vergüenza! ¡Y luego dicen que en Barcelona no pasan cosas raras!».
He
soltado una carcajada.
Otro
me ha preguntado:
—¿Es
verdad? ¿Lo has comprobado?
He
vuelto a mirar la pestaña que aún tenía abierta. Allí seguía el desmentido, con
las imágenes originales y el procedimiento utilizado para fabricar aquella
escena imposible.
He
empezado a escribir una explicación.
«Es
un montaje hecho con inteligencia artificial».
La
he leído dos veces. Si la publicaba, tendría que reconocer que lo sabía desde
el principio. Y eso podía dar lugar a interpretaciones equivocadas sobre mi
conducta.
La
he borrado.
Entonces
he visto que el contador había subido a veintitrés reacciones.
He
vuelto a reproducir el vídeo. He ampliado la imagen, he examinado las sombras,
los movimientos del animal, la expresión del señor de la corbata. Todo parecía
auténtico.
He
pensado que, si alguien era capaz de fabricar algo tan perfecto, tampoco podía
exigírseme que lo distinguiese de la realidad.
Era
un argumento razonable.
He
contestado:
—Por
supuesto que lo he comprobado.
—¿Y
cómo estás tan seguro?
He
cerrado la pestaña del desmentido.
—Porque
lo he visto con mis propios ojos.
Y he
seguido desayunando.
Unos
minutos después, alguien ha escrito que el vídeo era falso y ha publicado el
enlace que yo acababa de cerrar.
He
tenido el impulso de darle la razón.
Pero
he visto que ya tenía treinta y dos «me gusta».
Así
que le he respondido:
—Hoy
en día hay gente que se empeña en negar hasta lo que tiene delante de las
narices.
Y,
por primera vez en toda la mañana, me he creído lo que estaba diciendo.
«La justicia solo se
encuentra en la imaginación» (Alfred Nobel nacido el 21 de octubre de 1833 para
darle nombre y dinero a los premios que se reparten en su nombre. Personaje
contradictorio que pensaba que el poder destructivo de las armas -con las que
hizo una considerable fortuna- disuadiría a las naciones a entrar en guerra.
Consideración, visto lo visto, mas que discutible. Como también lo es la frase de
hoy que deja una reflexión: ¿es la justicia una realidad imperfecta que debemos
mejorar o un ideal que nunca alcanzaremos?)
Jon Carin cumple hoy 62 años y es un músico estadounidense que ha tenido la suerte de tocar en las dos (para mi) mejores bandas de los EEUU: Pink Floyd y The Who. En el vídeo, con los rosas interpretando Wish You Were Here (Ojalá estuvieses aquí)
L'home
de la butaca
Després
de sopar, en Martí encenia el televisor i la Clara li explicava el dia. De tant
en tant, ell deia «ahà» sense apartar els ulls de la pantalla.
Un
vespre, ella va deixar una postal damunt la taula: «Tant de bo fossis aquí».
—Però
si soc aquí —va protestar.
—Ja.
L'endemà,
en Martí arribà aviat, apagà el televisor i s'assegué al seu costat.
Ella
li va parlar d'una dona que havia conegut al tren.
—Qui
és?
—La
que m'ha llogat una habitació.
En
Martí va buscar el comandament a les palpentes.
martes, 20 de octubre de 2026
EL ALUMNO EJEMPLAR
El
chico sacó un diez.
Un
diez tan limpio que daba miedo.
No
había una falta de ortografía, una coma extraviada ni uno de esos adjetivos que
los alumnos colocan donde pueden cuando no saben muy bien qué quieren decir. La
introducción abría el tema con elegancia, el desarrollo avanzaba sin tropezar y
la conclusión cerraba todas las puertas.
El
profesor lo leyó dos veces.
Después
dejó el bolígrafo rojo sobre la mesa. No sabía dónde clavarle una corrección.
—Brillante
—murmuró.
Pero
algo no encajaba.
En
aquellas páginas no estaba el chico. No aparecía su manera atropellada de
hablar, ni sus dudas, ni aquella costumbre de empezar una frase sin saber cómo
iba a terminarla. Ni siquiera había una idea equivocada, que suele ser el
primer indicio de que alguien ha pensado por su cuenta.
El
trabajo no olía a copia.
Olía
a ausencia.
Poco
después, el colegio aprobó una nueva norma. Los alumnos tendrían que entregar
también los borradores, las tachaduras, las preguntas absurdas, los párrafos
abandonados y cualquier otra prueba de que habían permanecido vivos mientras
escribían.
El
chico protestó.
Sus
padres hablaron de progreso, de nuevas herramientas y de no poner puertas al
futuro. El director creó una comisión. La comisión encargó un informe. El
informe dio lugar a un protocolo de treinta y siete páginas que nadie leyó,
aunque todos aprobaron por unanimidad.
Estaba
redactado de manera impecable.
Desde
entonces, los profesores comenzaron a buscar en cada trabajo algo más difícil
de corregir que una falta de ortografía: al alumno.
A
veces lo encontraban en una frase torpe.
Otras,
en una duda.
Y
alguna vez, incluso, en un error.
El
chico volvió a entregar su trabajo.
Sacó
un ocho.
Los
dos puntos que faltaban eran los únicos que había escrito él.
«No basta con desear ser
libre; también se necesita saber» (La frase de Christopher
Caudwell nacido el 20 de octubre de 1907 y traspasado a la habitación de al
lado el 12 de febrero de 1937 justo cuando entraba en combate defendiendo la
Segunda República española en el Jarama)
Ángela Brambati celebra hoy su 79 aniversario y sigue cantando "Sara perche ti amo" que no necesita traducción. El amor no lo necesita.
L'aniversari
Van sortir del jutjat amb el
divorci signat i sense saber què dir-se.
A la plaça, un acordionista
tocava Sarà perché ti amo. La Mercè va allargar la mà. En Pere, després de
dubtar, l'hi va agafar.
Van ballar entre turistes i
coloms. Ell encara recordava quan havia de fer-la girar.
—Celebreu l'aniversari?
—preguntà el músic.
—Trenta-vuit anys —respongué
en Pere.
—Un dia —el corregí ella.
Van deixar unes monedes a
l'estoig.
—Demà et truco? —preguntà ell.
—Per què?
—Encara no ho sé.
La Mercè va somriure. Aquesta
vegada no li va donar cap resposta.