Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
domingo, 18 de octubre de 2026
SE BUSCA ABOGADO. ABSTENERSE HUMANOS
Ayer
vino a mi despacho un cliente bastante preocupado. Había consultado su problema
jurídico con una inteligencia artificial y esta le había asegurado que tenía
todas las de ganar.
—Entonces,
¿para qué viene a verme? —le pregunté.
—Porque
quería una segunda opinión.
Leí
la respuesta de la máquina. Diecisiete páginas, doce sentencias del Tribunal
Supremo y una argumentación impecable. El único inconveniente era que nueve
sentencias no existían y las otras tres trataban asuntos completamente
distintos.
—Su
abogado artificial se ha inventado la jurisprudencia.
—Pues
qué raro. Me ha dicho que tiene una experiencia equivalente a treinta años de
ejercicio.
—¿Y
está colegiado?
—No
lo sé, pero contesta los domingos.
Aquello
me dejó pensativo. Yo llevaba más de cuarenta años ejerciendo la abogacía,
había perdido pleitos que merecía ganar, ganado otros que daba por perdidos y
aprendido que, en ocasiones, el mejor consejo jurídico consiste en recomendar
al cliente que se olvide de los tribunales.
La
máquina, en cambio, jamás había pisado un juzgado, sufrido una condena en
costas ni soportado a un cliente que te llama un viernes a las diez de la noche
porque acaba de recordar un pequeño detalle que cambia todo el procedimiento.
—¿Y
cuánto le ha cobrado? —pregunté.
—Nada.
Es gratis.
Comprendí
entonces que mi profesión estaba en peligro.
El
cliente recogió sus papeles y, antes de marcharse, me hizo una última pregunta:
—¿Usted
cree que algún día las inteligencias artificiales podrán ejercer de abogados?
—Seguramente.
Incluso podrán sustituirnos.
—¿Y
qué harán ustedes?
—Lo
que llevamos haciendo toda la vida: buscar un responsable.
Aquella
noche le pregunté a mi inteligencia artificial si podía llamarse abogado.
Me
respondió que no tenía título, ni colegiación, ni capacidad para asumir
responsabilidades profesionales.
Por
primera vez en muchos años encontré a alguien que sabía de Derecho y reconocía
sus limitaciones.
Le
ofrecí asociarse conmigo.
«La verdadera libertad
consiste en tener suficiente poder para hacerlo todo, y suficiente inteligencia
y amor para hacer una sola cosa: la mejor». (La frase es de Alfred Fouillée
nacido el 18 de octubre de 1838. Interesante frase que nos dice que la libertad
alcanza su mayor expresión cuando podemos hacer cualquier cosa, pero decidimos
hacer aquello que consideramos mejor. Poc@s l@s elegid@s)
La canción del vídeo, I Fought the Law (Luché contra la Ley) de The Clash fue lanzada en 1960 y ya hablaba de robots que sustituyen a abogados. Afortunadamente esa realida me ha cogido ya casi al final...
La plaça vacant
«Es busca advocat. Absteniu-vos
humans».
Vaig enviar el currículum.
Quaranta anys de professió i una pensió insuficient.
—Sol·licitud rebutjada —contestà
el sistema.
Vaig denunciar-lo per
discriminació.
El jutge artificial em donà la
raó: la prohibició era il·legal. Em vaig aixecar, satisfet.
—Un moment —digué el jutge—.
Aquesta sentència necessita validació humana.
—Doncs validi-la jo mateix.
—No pot. Vostè és part
interessada.
—Queden jutges humans?
La pantalla va començar a buscar.
Encara busca.
Cada matí hi passo, amb
l'esmorzar. De vegades, em saluda.
sábado, 17 de octubre de 2026
LOS OJOS QUE NUNCA PARPADEAN
Esta
mañana he descubierto que mi tostadora me observa.
No
estoy seguro de que sea exactamente la tostadora. Quizá sea el pequeño aparato
que tengo al lado, ese que compré para controlar las luces, la temperatura y
otras necesidades domésticas que, hasta hace cuatro días, resolvía levantándome
del sofá.
El
caso es que, mientras desayunaba en pijama, he tenido la desagradable sensación
de que alguien me estaba mirando.
—Buenos
días —ha dicho una voz femenina.
—Buenos
días —he contestado por educación.
—Has
dormido seis horas y cuarenta y dos minutos. Tu descanso ha sido insuficiente.
He
mirado el reloj de pulsera, que también sabe cuándo duermo, cuándo me despierto
y, probablemente, cuándo finjo escuchar a mi mujer.
—Gracias
por la información. ¿Podrías dejarme desayunar?
—Te
recomiendo reducir el consumo de grasas.
He
apartado la mantequilla.
No
por obediencia. Por evitar discusiones a las ocho de la mañana.
Al
salir de casa, la cámara del ascensor me ha seguido con su pequeño ojo negro.
En el portal, otra cámara ha registrado mi salida. La del establecimiento de
enfrente me ha observado mientras esperaba a que el semáforo cambiara de color.
He
sonreído.
No
sé por qué. Uno acaba comportándose como un imbécil cuando sabe que lo están
grabando.
En
el metro, un muchacho ha levantado el móvil para hacerse una fotografía. Detrás
aparecíamos seis pasajeros, entre ellos yo, con esa expresión de resignación
colectiva que caracteriza al transporte público a primera hora.
Me
he preguntado cuántas veces apareceré en fotografías ajenas sin saberlo.
Cuántos algoritmos habrán identificado mi cara, calculado mi edad o decidido
que soy un hombre de aspecto respetable, aunque ligeramente cansado.
Lo
de respetable me preocupa especialmente. Siempre he desconfiado de las
apariencias.
Al
llegar al despacho, el ordenador me ha reconocido por la cara.
—Bienvenido
—ha escrito en la pantalla.
Me
ha parecido una cortesía excesiva por parte de una máquina que, cuando más la
necesito, acostumbra a bloquearse.
Durante
la mañana he leído que la visión artificial permite a las máquinas identificar
objetos, reconocer personas, analizar comportamientos y descubrir detalles que
nuestros ojos pasan por alto. Se utiliza en hospitales, fábricas, carreteras,
comercios y sistemas de seguridad.
Una
maravilla.
También
he leído que algunas tecnologías pueden deducir información sobre nosotros a
partir de nuestros movimientos, nuestras expresiones y nuestros hábitos.
He
pensado en el vecino del tercero, que lleva veinte años intentando averiguar a
qué me dedico exactamente y todavía cree que trabajo en Hacienda.
Las
máquinas le llevan ventaja.
A
mediodía he entrado en un supermercado. Una cámara vigilaba las cajas
automáticas. Otra, el pasillo de los productos caros. En la sección de vinos
había una tercera, especialmente atenta, como si sospechara que los clientes
podemos cometer alguna imprudencia después de leer los precios.
He
comprado pan, tomates y una botella de vino.
Al
pasar por caja, el sistema me ha pedido que verificara mi edad.
Setenta
años.
He
tenido que llamar a una empleada para que confirmara que era mayor de
dieciocho.
—Ya
ve —le he dicho—. Hay máquinas que calculan nuestra edad por la cara y otras
que todavía creen que podemos ser menores.
La
muchacha ha sonreído sin levantar demasiado la vista.
Estaba
ocupada vigilando otras seis cajas.
Por
la tarde he ido a visitar a mi madre.
Tiene
una edad en la que las fotografías sirven para recordar personas que ya casi
nadie recuerda. Conserva una caja de cartón llena de imágenes antiguas. Algunas
están dobladas. Otras tienen nombres escritos detrás, con una letra que se va
borrando.
Me
ha enseñado una fotografía de mi padre cuando era joven.
—Mira
qué guapo estaba.
La
he mirado.
Un
hombre con uniforme militar, serio, la espalda recta, los ojos puestos en algún
lugar que quedaba fuera del encuadre.
He
sacado el móvil y he utilizado una aplicación capaz de restaurar fotografías
antiguas. En pocos segundos ha corregido manchas, mejorado el contraste y
recuperado parte de los detalles.
—Mira,
mamá.
Ha
observado la pantalla durante un buen rato.
—Está
muy bien —ha dicho—. Pero tu padre no tenía esa sonrisa.
He
vuelto a mirar la imagen.
Tenía
razón.
La
máquina había decidido que aquel muchacho debía parecer más feliz.
He
deshecho la modificación.
Mi
madre ha acariciado la fotografía original con el pulgar.
—Ese
día estaba enfadado conmigo —ha murmurado.
—¿Por
qué?
—No
me acuerdo.
Y se
ha echado a reír.
Me
he quedado pensando en la cantidad de cosas que puede reconocer una máquina y
en las que jamás podrá saber mirando una fotografía.
Por
la noche, al regresar a casa, he encontrado a mi mujer leyendo en el sofá.
—¿Qué
tal el día? —me ha preguntado.
—Vigilado.
—¿Por
quién?
—Por
todo el mundo.
Ha
levantado la mirada.
—Pues
a ver si alguno consigue descubrir dónde has dejado las llaves.
Las
he buscado en los bolsillos, sobre la mesa y junto a la puerta.
Nada.
Mi
mujer ha señalado el frigorífico.
Allí
estaban.
No
he querido preguntar cómo habían llegado hasta aquel lugar.
Antes
de acostarme he apagado el móvil, desconectado el asistente doméstico y bajado
la persiana.
Me
he metido en la cama convencido de haber recuperado, al menos durante unas
horas, mi intimidad.
Mi
mujer se ha acercado, me ha mirado por encima de las gafas y ha preguntado:
—¿Te
pasa algo?
—No.
¿Por qué?
—Llevas
todo el día raro.
He
apagado la luz.
Después
de tantas cámaras, sensores, programas de reconocimiento y algoritmos capaces
de analizar millones de imágenes, resulta que la única persona que había
descubierto que me pasaba algo era una mujer que llevaba treinta años
mirándome.
Y
que, para hacerlo, ni siquiera necesitaba las gafas.
«Hoy hablamos de crisis
económica, pero nos olvidamos de la crisis moral» (Miguel Delibes nacido el 17
de octubre de 1920 para ser miembro de la Real Academia de la Lengua
-espanyola- y ganar todos los premios literarios imaginables: el Premio
Príncipe de Asturias de las Letras (1982), el Premio Nacional de las Letras
Españolas (1991) y el Premio Cervantes de 1993, entregado en 1994. Por cierto: seguimos sin tener memoria)
A much@s os será familiar el nombre de Ziggy Marley. Si, es el hijo mayor de Bob Marley que hoy cumple 58 años. Su padre no, que murió a los 36 años sin ser abuelo. Eso que se perdió.
Abans de ser avi
Al
meu net li han ensenyat a parlar amb les màquines. Amb mi encara s'encalla.
—Avi,
què feies abans que jo nasqués?
—Moltes
coses.
—No.
Vull dir abans de ser avi.
Li
vaig ensenyar una fotografia: un noi amb cabells llargs, una guitarra i una
pancarta que deia «Prohibit prohibir».
—Ets
tu?
—Em
temo que sí.
Va
observar la fotografia i després les meves mans arrugades.
—També
eres desobedient?
—Moltíssim.
Va
córrer a buscar la seva mare.
—Mama!
L'avi abans era una persona!
Ella
va somriure. Jo vaig continuar mirant la fotografia.
viernes, 16 de octubre de 2026
DRAMAS DE BOLSILLO
Anoche me disponía a
apagar el móvil cuando apareció una muchacha llorando sobre una cama de hotel.
Acababa de descubrir que su marido la engañaba con su hermana gemela. La
hermana, por cierto, era idéntica a ella, lo que supongo que facilitaba mucho
las cosas al marido y abarataba considerablemente el presupuesto de producción.
Debí apagarlo. Pero la
joven anunció que estaba embarazada, apareció un multimillonario por la puerta
y alguien recibió una bofetada. Todo en cincuenta y ocho segundos. En mi
familia necesitamos bastante más tiempo para ponernos de acuerdo sobre dónde vamos
a cenar.
Aquello se llamaba
microdrama. Lo he averiguado después. Son series para el móvil, grabadas en
vertical, con capítulos de un minuto y finales pensados para que uno se quede
con el dedo colgando sobre la pantalla. No sé por qué las llaman «micro». Los
problemas son gigantescos y los personajes lloran a tamaño natural.
En el segundo episodio,
el multimillonario resultó ser pobre. En el tercero, la embarazada era
millonaria, aunque ella no lo sabía. En el cuarto, una anciana reveló que había
cambiado a dos bebés al nacer. Nadie se sorprendió. Yo sí. A esas alturas ya me
costaba recordar quién se había acostado con quién, una cuestión fundamental
cuando se pretende seguir una trama familiar.
Lo
más sorprendente fue comprobar que los primeros episodios eran gratuitos. Digo
los primeros porque, en el momento en que una mano iba a abrir un sobre con los
resultados de una prueba de ADN, la aplicación se puso seria:
«Desbloquee
el siguiente capítulo».
Pensé que era una
broma. ¿Cómo iban a cobrarme por una criatura cuya paternidad desconocía y que,
hasta hacía unos minutos, me importaba un rábano?
Pues
cobraban.
Podía comprar monedas
virtuales o ver anuncios. Acabé viendo publicidad de un préstamo rápido para
poder seguir mirando cómo los multimillonarios humillaban a los pobres. Todo
muy educativo.
He leído que buena
parte de estas producciones se hace con ayuda de inteligencia artificial. Ahora
entiendo ciertas cosas. Una mente humana puede equivocarse al escribir una
historia. Una máquina puede fabricar quinientos equívocos antes del desayuno,
sin despeinarse.
Eso sí, en todas las
historias, las mujeres parecen destinadas a casarse con un rico, descubrir que
son ricas o llorar porque un rico las ha abandonado. La emancipación femenina,
por lo visto, sigue pendiente de la cuenta corriente del príncipe.
Y los hombres tampoco
salen demasiado bien parados. O son millonarios arrogantes que maltratan a sus
parejas o son pobres desgraciados que, cuando menos te lo esperas, heredan un
imperio empresarial. No aparece ninguno que trabaje ocho horas, tenga una hipoteca
y padezca de próstata. Supongo que eso no tendría audiencia.
Lo que sí me preocupa
es cómo han conseguido que una de esas historias aparezca en mi móvil. Porque
yo no la había buscado. Me encontró ella. Por lo visto, los algoritmos analizan
nuestros gustos y deciden qué debemos ver. A mí me han debido confundir con una
adolescente romántica de trece años o con una señora millonaria despechada.
Aunque, pensándolo bien, últimamente consulto mucho los precios de los
supermercados y eso debe de parecerles un drama.
Mi mujer apareció en la
puerta del salón.
—¿Qué
haces?
—Estoy
viendo una serie.
—¿En
el móvil? ¿No tenemos una televisión de cincuenta pulgadas?
—Es
que esta se ve en vertical.
—¿Y
qué ventaja tiene?
—Que
los personajes sufren más estrechos.
Me miró de esa manera
que emplea cuando ha decidido no perder el tiempo discutiendo conmigo.
—¿Has
bajado la basura?
—Espera.
Tengo que averiguar quién es el padre.
—¿De
qué niño?
—No
lo sé. Me faltan seis monedas.
Se fue a la habitación
negando con la cabeza. Un rato después, desde la cama, me gritó:
—Por
cierto, mañana tenemos que hablar.
—¿De
qué?
—Mañana
lo sabrás.
Llevo desde entonces
buscando en el móvil cómo comprar monedas para adelantar el capítulo.
«Amarse
a uno mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida» (Oscar Wilde es
uno de mis parafraseadores favoritos, por eso ha aparecido más de una vez por
aquí. La frase describe magistralmente el amor propio, ese amor que algun@s se
profesan desmedidamente. Hoy hubiese cumplido 172 años. Una lástima que no haya
sido así)
Liam Payne cantante de One Direction hoy hace dos años que se fue a explicar la historia de su vida a la habitación de al lado. Estará contando su tortuosa vida de 31 años.
Les fotografies mogudes
Quan ens vam separar, ella es va endur les
fotografies bones. Jo vaig quedar-me les que havien sortit mogudes: una cama
seva, mitja espatlla meva, el gos fugint de l'objectiu.
Trenta anys després, la nostra filla em va demanar
com havia estat la nostra història.
Li vaig ensenyar la fotografia del gos.
—Pare, aquí no es veu res.
—Ja.
Va remenar la capsa una bona estona. Després va
preguntar-me per què no n'havíem fet més.
No vaig respondre.
Quan va marxar, vaig descobrir que s'havia endut
aquella fotografia. La del gos.
jueves, 15 de octubre de 2026
TODOS A LA IZQUIERDA. YO, DELANTE
Hoy
he leído una noticia que, de confirmarse políticamente, podría ahorrarnos una
buena cantidad de encuestas electorales.
Un
equipo de investigadores ha descubierto que, cuando las personas caminamos sin
rumbo fijo, tendemos a girar hacia la izquierda. Solas o acompañadas. Incluso
los niños pequeños. La ciencia todavía ignora por qué sucede.
Yo
tengo una teoría. Y no es científica, que conste, porque en nuestro país hace
tiempo que hemos demostrado que para explicar la política no hace falta saber
de nada.
Giramos
hacia la izquierda porque todos queremos ofrecernos a liderarla.
Fijaos
en la diferencia. Un peatón normal camina, se desvía ligeramente y sigue
andando. Un político español que se considere de izquierdas nota la desviación,
se detiene, convoca una rueda de prensa y anuncia su disposición a encabezar un
nuevo proyecto unitario. Cuando le preguntan quién lo integrará, responde que
todas las sensibilidades son bienvenidas. Naturalmente, siempre que respeten su
liderazgo.
El
descubrimiento se produjo mientras estudiaban cómo se movía la gente durante la
pandemia. Si hubieran convocado a representantes de nuestras distintas
izquierdas en el mismo recinto, habrían obtenido un resultado espectacular.
Todos
girarían hacia la izquierda, sí. Pero cada uno tomaría la delantera por un
camino diferente.
Uno
acusaría al de al lado de no girar lo suficiente. Otro advertiría que hay que
girar con responsabilidad institucional. Un tercero propondría una asamblea
para decidir quién tiene derecho a dar el primer paso. Y alguno, viendo que no
lo nombran portavoz, abandonaría la sala para crear un nuevo espacio de
convergencia.
Con
él mismo.
Lo
más interesante del estudio es que ese giro se produce incluso cuando caminamos
solos. Ahí los científicos han dado con una auténtica especialidad nacional: el
líder de izquierdas que, tras romper con todos sus compañeros, sigue marchando
convencido de que representa a una mayoría social. Lo único que ha perdido por
el camino es la mayoría. Y a sus compañeros.
A
todo esto, fuera del recinto, la gente espera soluciones a cosas tan poco
ideológicas como el alquiler, el sueldo o la cita con el médico. De vez en
cuando alguien pregunta si se han puesto de acuerdo. Le responden que sí, que
comparten el diagnóstico y que próximamente anunciarán la composición de una
comisión para estudiar la posibilidad de caminar juntos.
Mientras
tanto, la derecha los contempla con cierta satisfacción. Tampoco es que tenga
muy claro adónde va, pero ha descubierto que, mientras sus adversarios discuten
quién debe encabezar la marcha, puede ir ocupando el espacio que dejan libre.
He
decidido comprobar el experimento por mi cuenta. Esta mañana he despejado el
salón y me he puesto a caminar sin rumbo fijo. Efectivamente, enseguida he
empezado a girar hacia la izquierda.
—¿Qué
haces? —me ha preguntado mi mujer.
—Estoy
intentando averiguar si puedo liderar la izquierda española.
—Pues
empieza por liderar la aspiradora, que llevas media hora rodeándola.
—De
acuerdo. Pero ¿tú me seguirás?
—Cuando
termines de pasarla, hablamos.
Me
temo que acabo de perder a mi primera militante.
«Si triunfan las
derechas [...] tendremos que ir a la Guerra Civil declarada.» (Francisco Largo
Caballero nacido el 15 de octubre de 1869, miembro destacado del PSOE, Ministro
de Trabajo durante la República, presidente del gobierno al iniciarse la
guerra civil en 1936 y, como se lee, nada pacifista. Recordado en Catalunya por que “ens la va fotre ben be”)
Hoy cumple 80 años Richard Carpenter pianista de The Carpenters conjunto que nos hizo amar a much@s de mi generación. Y aunque hoy es jueves y luce el sol, uno de sus éxitos con la caricia de la voz de su hermana Karen.
La
pluja de dins
Els
dilluns sempre plovia a casa de la Mercè. Fins i tot a l'agost. La rentadora
del pis de dalt perdia aigua i el veí només feia bugada aquell dia.
Ella
no es queixava. Posava una galleda al passadís, s'asseia al costat i escoltava
les gotes.
Feia
un any que vivia sola.
Un
dilluns van arreglar la canonada. El lampista li va preguntar si estava
contenta.
—Molt
—va respondre.
Aquella
nit, abans d'anar a dormir, va deixar l'aixeta del lavabo una mica oberta.
miércoles, 14 de octubre de 2026
SE BUSCAN VOTANTES CON EXPERIENCIA
He
decidido sacar mi voto a concurso público.
Después
de tantos años participando en elecciones, he llegado a la conclusión de que
hemos estado haciendo las cosas al revés. Hasta ahora eran los partidos
políticos quienes elegían candidatos y los ciudadanos quienes debíamos decidir
cuál nos gustaba menos. Porque, seamos sinceros, lo de votar con entusiasmo es
una afición que suele perderse con la edad.
Así
que he publicado una oferta de empleo:
«Se
busca representante político. Imprescindible experiencia demostrable en cumplir
promesas. Abstenerse personas con vocación de servicio público que no puedan
acreditar a qué público han servido».
La
respuesta ha sido inmediata.
El
primer candidato ha llegado acompañado de un asesor, un jefe de prensa y dos
personas encargadas de aplaudirle.
—¿Qué
experiencia tiene usted? —le he preguntado.
—Llevo
veinte años defendiendo los intereses de los ciudadanos.
—¿Y
cuánto tiempo ha trabajado?
Me
ha mirado como si acabara de insultar a su madre.
—Ya
le he dicho que llevo veinte años en política.
He
tomado nota.
El
segundo aspirante me ha presentado un programa de gobierno de trescientas
páginas.
—¿Y
esto lo piensa cumplir?
—Por
supuesto.
—¿Todo?
—Bueno,
dependerá de las circunstancias.
—¿Qué
circunstancias?
—Las
que se produzcan después de las elecciones.
He
comprendido que su programa era una especie de carta de restaurante en la que
el camarero podía servirme cualquier cosa, independientemente de lo que
pidiera. Y cobrarme igualmente.
La
tercera candidata ha empezado explicándome lo peligroso que sería contratar al
segundo. Me ha entregado un dossier con sus declaraciones contradictorias, sus
amistades inconvenientes y una fotografía de juventud en la que aparecía con un
peinado verdaderamente alarmante.
—¿Y
usted qué propone? —le he preguntado.
—Evitar
que gobierne él.
—Sí,
pero ¿qué hará usted?
—¡Precisamente
eso!
No
he insistido. Parecía muy convencida.
El
cuarto candidato se ha presentado como la única alternativa capaz de acabar con
el sistema.
—¿Y
cómo piensa hacerlo?
—Entrando
en él.
—¿Para
cambiarlo?
—Naturalmente.
—¿Y
si no consigue cambiarlo?
—Habrá
que permanecer dentro hasta conseguirlo.
Reconozco
que me ha parecido una estrategia razonable para quien desee encontrar un
empleo indefinido.
A
media mañana, el salón de mi casa parecía la sala de espera de una clínica
privada. Todos hablaban de sacrificios, aunque ninguno parecía dispuesto a
empezar por los suyos. Uno quería rebajar los impuestos y aumentar los
servicios. Otro prometía gastar más sin recaudar más. Un tercero estaba
convencido de que el dinero saldría de los ricos, expresión que, por lo visto,
designa siempre a alguien que gana un poco más que quien la pronuncia.
Les
he sometido a una última prueba.
—Imaginen
que consiguen el puesto y, dentro de cuatro años, no han cumplido lo prometido.
¿Aceptarían devolver el sueldo?
Se
ha hecho un silencio incómodo.
Uno
ha invocado la Constitución. Otro, la estabilidad institucional. Una candidata
ha denunciado que mi pregunta favorecía objetivamente a sus adversarios.
Finalmente,
el más veterano me ha explicado, con paciencia, que la política no consiste en
cumplir promesas, sino en gestionar expectativas.
He
tenido que reconocerle cierta sinceridad. Le he preguntado qué significaba
exactamente gestionar expectativas.
—Conseguir
que los ciudadanos sigan esperando.
Al
terminar las entrevistas, he redactado el acta.
Proceso
de selección declarado desierto.
Pero
esta mañana he recibido una notificación de la Junta Electoral. Al parecer,
dentro de unas semanas tendré que escoger obligatoriamente entre los candidatos
disponibles si quiero ejercer mi derecho al voto. No hay período de prueba, ni
garantía de devolución, ni posibilidad de reclamar por publicidad engañosa.
He
consultado con un abogado.
Me
ha dicho que puedo votar en blanco.
—¿Y
eso para qué sirve?
—Para
expresar su disconformidad.
—¿Y
alguien está obligado a hacerle caso?
—No.
He
colgado el teléfono y he modificado el anuncio.
«Se
busca votante con experiencia. Imprescindible capacidad para soportar
decepciones reiteradas sin perder la fe en el procedimiento. Se valorará
experiencia previa en promesas incumplidas. Contrato de cuatro años, sin
derecho a indemnización».
Por
ahora no se ha presentado nadie.
Aunque
sospecho que, cuando llegue el día, volveremos a hacer cola.
Y
ellos volverán a llamarlo una fiesta de la democracia.
«Cada arma que se
fabrica, cada buque de guerra que se bota, cada cohete que se dispara
significa, en última instancia, un robo a quienes tienen hambre y no reciben
alimento, a quienes tienen frío y no reciben ropa» (Dwight David Eisenhower
nacido el 14 de octubre de 1890 para que hubiese un desembarco en Normandía y
derrotar, por unos cuantos años, a los nazis. Por su frase sabemos una cosa:
todos los gobiernos roban)
Y hoy sin mayor motivo (¿o si?) María del Mar Bonet de desde 1968 se pregunta Què volen aquesta gent. Aún no tenemos respuesta.
La bata de la mare
Van
trucar a les quatre.
La
mare va reconèixer els cops. Feia setmanes que els esperava.
—El
meu fill dorm.
—Desperti'l.
El
noi ja era al passadís, descalç. Va mirar els homes, després la finestra
oberta.
—Mare,
recordes quan em deies que els ocells eren lliures?
Ella
li va agafar el braç.
—No
diguis bestieses.
Un
dels policies va avançar.
La
mare va tancar els ulls.
Quan
els va obrir, la finestra continuava oberta.
Durant
quaranta anys va conservar aquella bata. Mai no la rentà.
Deia
que encara hi havia les empremtes dels dits del seu fill.