LA
MENTIRA VISIBLE
La primera grieta apareció en
la cara del alcalde mientras inauguraba una fuente sin agua.
—Este proyecto cambiará el
barrio —dijo.
Y justo al decir “cambiará”,
se le abrió una rayita en la mejilla. Muy fina. Como un arañazo hecho con mala
intención.
Los vecinos aplaudieron igual.
Qué íbamos a hacer. Hay momentos en los que la gente aplaude porque no sabe si
marcharse, reírse o llamar a alguien.
Al principio pensamos que
sería estrés, mala luz, una alergia rara. Ahora hay alergias para todo. Al
gluten, al polvo, a las opiniones ajenas, a la vida en general. Pero pronto
quedó claro: cada mentira dejaba una grieta en la cara de quien la decía.
Fue un problema. Un problema
serio, además.
Los políticos dejaron de
hablar en público y empezaron a mandar comunicados. Los comerciales se quedaron
sin recursos. Los infieles descubrieron que el “no significa nada” podía salir
bastante caro. Los maquilladores, eso sí, vivieron una época dorada. Nunca
tanta falsedad había dado tanto trabajo honrado.
Yo lo llevé bastante bien. Soy
abogado. Nosotros no mentimos exactamente. Ordenamos la verdad para que no
moleste demasiado.
Hasta que una noche mi hija me
preguntó:
—Papá, ¿mamá volverá?
Su madre llevaba tres meses
muerta y ella todavía dejaba dos platos en la mesa algunos domingos. Uno para
ella. Otro para lo imposible.
La miré. Tenía nueve años y
esa esperanza pequeña que tienen los niños cuando aún no saben que el mundo no
siempre se corrige.
—Sí —le dije—. De alguna
manera, volverá.
Noté la grieta antes de verme
en el espejo. Me cruzó la cara desde el pómulo hasta la boca. No fue una herida
grande, pero dolió. No en la piel. En otro sitio.
Mi hija la tocó con la punta
de los dedos.
—Te ha hecho daño —dijo.
—Un poco.
Me abrazó sin preguntar nada
más.
Desde entonces no me la tapo.
Hay mentiras que ensucian la cara. Y hay otras que solo enseñan el lugar exacto
donde uno intentó cuidar a alguien.
«La democracia es
esencialmente el gobierno de la mayoría, y una mayoría puede ser estúpida, poco
ilustrada, necia, engañada y corrupta.» (El poder colectivo sin límites tampoco
es aconsejable. Eso lo dijo John Hospers nacido el 9 de junio de 1918 sin
atacar el sistema democrático pero sospechando la mayoría también puede
equivocarse; solo que hace más ruido)
Arthur Alexander ya lleva unos cuantos años sin poder cantar -unos 33- y sin embargo su Anna sigue escuchándose a pesar de que han pasado más de 64 años. Bueno, parte del mérito también les corresponde a The Beatles.
La porta que no grinyola
Anna va deixar les claus
damunt la taula, com si no pesessin. Ell les va mirar massa estona, esperant
que fessin soroll, que demanessin perdó, que tornessin soles al pany.
—Ves amb ell —va dir.
Li va sortir net, gairebé
elegant. Una mentida ben planxada.
Anna va somriure amb tristesa,
perquè encara l’estimava una mica, que és la pitjor manera de marxar.
Quan la porta es va tancar,
ell va descobrir que el silenci també sap abraçar. Però cobra.




