Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
viernes, 2 de octubre de 2026
LA LETRA PEQUEÑA
Vendió
el coche, hipotecó la casa y pidió una excedencia en el trabajo.
Su
mujer le preguntó si estaba seguro.
—Completamente.
Llevaba
quince años estudiando mapas, vídeos censurados, fotografías sospechosas de la
NASA y testimonios de personas que hablaban durante dos horas delante de una
webcam sin pestañear. Sabía que la Tierra era plana. Lo sabía con esa seguridad
que solo proporciona no admitir ninguna prueba en contrario.
Cuando
Columbia anunció que entregaría «la empresa» a quien demostrase la existencia
del borde del mundo, sintió que, por fin, la Historia llamaba a su puerta.
Preparó
la expedición.
Compró
botas Columbia, chaqueta Columbia, mochila Columbia y unos pantalones Columbia
con tantos bolsillos que durante el viaje perdió tres veces el pasaporte dentro
de ellos.
Tardó
nueve meses.
Atravesó
océanos, glaciares y territorios donde hasta Google Maps parecía dudar.
Finalmente llegó.
Delante
de él, la Tierra terminaba.
No
había metáfora posible. El océano se precipitaba hacia una oscuridad infinita y
las nubes caían por aquel abismo como si alguien hubiese olvidado acabar de
dibujar el planeta.
Lloró.
Luego
recordó lo importante.
Sacó
el teléfono y se hizo una fotografía.
La
envió.
Tres
días después recibió respuesta de Columbia.
Enhorabuena.
Había
ganado.
Regresó
a casa convertido en el hombre que había demostrado que miles de años de
astronomía estaban equivocados.
Su
mujer lo esperaba en el aeropuerto.
—¿Somos
ricos?
Él
sonrió.
—Somos
propietarios de Columbia.
El
abogado de la compañía los recibió una semana después. Traía una carpeta
bastante fina para contener una multinacional.
—Firme
aquí.
Él
firmó.
—¿Y
las fábricas?
—No
están incluidas.
—¿Las
tiendas?
—Tampoco.
—¿La
marca?
—No.
—¿Entonces
qué he ganado?
El
abogado consultó los papeles.
—The
Company, LLC.
—¿Y
qué tiene?
—Activos
por valor aproximado de cien mil dólares.
Hubo
un silencio.
El
antiguo terraplanista cogió el contrato que había aceptado nueve meses antes.
Al final de la última página encontró un asterisco. Después otro. Y debajo, en
una letra minúscula que obligaba casi a pegar la nariz al papel, estaba todo
perfectamente explicado.
Miró
a su mujer.
Ella
no dijo nada.
Tampoco
hacía falta.
Había
llegado hasta el mismísimo borde de la Tierra.
Lo
que nunca se le ocurrió fue llegar hasta el final de un contrato.
«Para mí, el comercio
sin trabas iba de la mano de la paz; los altos aranceles y las barreras
comerciales, de la guerra.» (Cordell Hull nacido el 2 de octubre de 1871 para
ser premio nobel de la paz de 1945. Este político norteamericano no se hubiese
llevado nada bien con P. D. Trump)
Philip Oakey, cantautor y teclista de la banda The Human League, cumple hoy 71 años; en la canción veréis que luce una cabellera negra, lacia y abundante; nada que ver con la de hoy. Claro, de eso hace 44 años.
El que
em vas donar
—Sense
mi encara serviries copes.
Ho
va dir sense cridar. Com qui recorda un deute.
Ella
va deixar les claus damunt la taula.
—Potser.
Ell
va somriure, convençut que aquell «potser» era una victòria.
—Jo
et vaig ensenyar tot el que saps.
Ella
es va posar l’abric.
—No.
Em vas ensenyar tot el que sabies tu.
Va
obrir la porta.
—¿I
ara què faràs?
Ella
es va girar un moment.
—Equivocar-me
sola.
Quan
la porta es va tancar, ell encara buscava alguna cosa que pogués atribuir-se.
jueves, 1 de octubre de 2026
UNA EDAD SIN NOMBRE
El
otro día vi a un hombre de unos setenta años salir del gimnasio con una mochila
a la espalda y el teléfono móvil en la mano. Se detuvo en la acera, contestó un
mensaje, se colocó los auriculares y siguió caminando a buen paso.
Nada
extraordinario.
Precisamente
por eso me fijé en él.
Hace
no demasiados años, un hombre de setenta tenía ya asignado un papel bastante
concreto en la representación de la vida. Debía ser abuelo, jubilado, jugar la
partida por las tardes, vigilar alguna obra pública y empezar determinadas
conversaciones diciendo aquello de «cuando yo era joven».
Ahora
resulta que muchos siguen siendo jóvenes.
O
algo parecido.
El
problema es que no sabemos cómo llamarlos.
«Sexagenario»
parece una palabra escrita por un funcionario del Registro Civil. «Tercera
edad» suena a planta de hospital. «Persona mayor» depende mucho de quién la
pronuncie. Y «viejo» continúa teniendo una mala prensa que probablemente no
merece.
Se
inventó incluso la palabra sexalescencia para definir esta nueva etapa.
No está mal, aunque suena un poco a enfermedad de transmisión sexual.
Lo
cierto es que quienes hoy tienen sesenta o setenta años han llegado hasta ahí
de una manera bastante distinta a como llegaron sus padres.
No
todos, por supuesto. La edad tampoco es democrática: reparte años por igual,
pero no salud, dinero, compañía ni suerte.
Pero
hay algo que sí ha cambiado.
Muchos
han llegado a los sesenta sin sentirse en la sala de espera de nada.
Trabajan
porque quieren o porque todavía tienen que hacerlo. Algunos se jubilan
encantados y descubren, con cierto asombro, que el mundo continúa funcionando
sin ellos. Otros retrasan la jubilación porque disfrutan de lo que hacen o
porque sospechan que levantarse un lunes sin ninguna obligación puede ser
maravilloso durante tres semanas y bastante más complicado a partir de la
cuarta.
Durante
buena parte de nuestra vida nos enseñaron que el trabajo dignificaba.
Debe
de ser cierto.
Aunque
algunas reuniones de empresa hacen dudar seriamente de ello.
Después
vienen los hijos, las hipotecas, las facturas, los padres que empiezan a
necesitarte cuando tú creías que ya habías terminado de necesitar a los tuyos.
Y un día, casi sin darte cuenta, parte de todo aquello se ha ido resolviendo.
Los
hijos se marchan.
La
hipoteca, con suerte, termina.
Los
lunes dejan de tener tanta autoridad.
Y
aparece algo que durante décadas parecía un lujo.
Tiempo.
Tiempo
para caminar sin ir a ninguna parte.
Para
leer veinte páginas y quedarse dormido en la veintiuna.
Para
sentarse frente al mar sin sentir la obligación de aprovechar el momento.
Para
mirar desde una ventana cómo una paloma picotea una terraza y dedicarle cinco
minutos de tu vida sin preguntarte si podrías estar haciendo algo más
productivo.
Eso
también debe de ser progreso.
Las
mujeres de esta generación conocen especialmente bien cuánto ha cambiado el
paisaje.
Muchas
vieron a sus madres pedir permiso para cosas que ellas, años después,
simplemente hicieron.
Estudiaron.
Trabajaron.
Ganaron
dinero.
Se
divorciaron.
Decidieron
tener hijos o no tenerlos.
Aprendieron
a vivir solas, acompañadas o alternativamente ambas cosas.
No
hubo una liberación limpia ni instantánea. Hubo contradicciones, errores,
culpas heredadas y alguna factura que todavía continúa llegando.
Pero
conquistaron algo bastante importante: la posibilidad de equivocarse por cuenta
propia.
Quizá
esa sea una de las libertades más difíciles de conseguir.
Los
hombres también hemos tenido que aprender algunas cosas. Algunas deprisa. Otras
bastante mal.
Descubrimos,
por ejemplo, que nuestros padres no tenían siempre razón. Que llorar no provoca
impotencia. Que cambiar un pañal no altera los cromosomas. Que cocinar puede
ser algo más que abrir una lata y que una mujer que gana más dinero que tú no
constituye una anomalía de la naturaleza.
Todavía
quedan algunos resistentes.
La
evolución nunca consigue el cien por cien de participación.
Y
mientras todo esto sucedía llegó internet, el móvil, WhatsApp, las
videollamadas, las redes sociales, la inteligencia artificial y toda esa
tecnología que supuestamente iba a dejarnos fuera de juego.
Pues
no.
Ahí
estamos.
Mandando
mensajes, haciendo fotografías, comprando billetes de avión, hablando con
nuestros hijos al otro lado del mundo y preguntándole a una inteligencia
artificial por qué demonios la impresora ha decidido dejar de imprimir
precisamente hoy.
No
nacimos digitales.
Tuvimos
que aprender.
Quizá
por eso todavía distinguimos, algunas veces, entre estar comunicados y estar
acompañados.
También
hemos aprendido algo sobre el cuerpo.
A
los veinte años uno cree que el cuerpo le pertenece.
A
los setenta descubre que estaba alquilado.
Empieza
a protestar una rodilla. Luego la espalda. El médico incorpora nuevas palabras
a nuestras conversaciones y las analíticas adquieren una relevancia narrativa
que jamás hubiéramos imaginado.
Pero
uno se acostumbra.
Negociamos
con nuestros achaques.
Tú
no me fastidias demasiado por la mañana y yo prometo no subir corriendo las
escaleras.
Hay
pactos que funcionan mejor que algunos matrimonios.
Y
está la belleza.
A
cierta edad uno empieza a comprender que la belleza tampoco era exactamente
aquello que nos habían contado.
Seguimos
mirando a los jóvenes, naturalmente. Sería absurdo negar que un cuerpo de
veinticinco años posee unas ventajas evidentes sobre otro de setenta.
Pero
ya no competimos en esa liga.
Ni
falta que hace.
Porque
aparecen otras cosas.
Una
mirada que entiende antes de que termines la frase.
Una
conversación que no necesita demostrar nada.
Una
mano que conoce dónde tocar.
Una
sonrisa que ha sobrevivido a unas cuantas desgracias.
El
deseo tampoco desaparece. Cambia de modales.
A
veces incluso mejora.
Tiene
menos prisa.
Y
más memoria.
Por
eso quizá el error consiste en empeñarnos en poner nombre a esta edad.
Durante
siglos la vida fue una especie de escalera perfectamente señalizada: infancia,
juventud, madurez y vejez. Subías los peldaños y sabías dónde estabas.
Ahora
alguien ha cambiado la escalera.
Entre
la madurez y la vejez ha aparecido una planta nueva.
Todavía
están colocando los muebles.
Allí
hay hombres y mujeres de sesenta, setenta y algunos más que viajan, se
enamoran, se separan, trabajan, hacen deporte, cuidan nietos, escriben libros,
empiezan proyectos, aprenden cosas y de vez en cuando se levantan por la mañana
con dolor en algún lugar que la noche anterior desconocían que existía.
No
son jóvenes.
Tampoco
necesitan serlo.
Eso
quizá sea lo interesante.
Han
llegado a una edad en la que empiezan a desprenderse de una obligación que nos
persigue durante buena parte de la vida: demostrar quiénes somos.
Ya
lo sabemos.
Más
o menos.
Y si
todavía no lo sabemos, a estas alturas tampoco vamos a dramatizar.
Tal
vez por eso algunos sonríen cuando sale el sol.
No
porque hayan descubierto ningún secreto reservado a los habitantes del siglo
XXI.
Es
algo bastante más sencillo.
Saben
que hay menos mañanas por delante que por detrás.
Y,
precisamente por eso, cuando llega una, procuran no desperdiciarla
preguntándose cómo demonios deberían llamarla.
«El vínculo de nuestra
humanidad común es más fuerte que las divisiones provocadas por nuestros miedos
y prejuicios.» (Jimmy Carter además de ser el autor de la frase, fue otras muchas más
cosas: gobernador de Georgia, presidente de los Estados Unidos y, como a todos
los presidentes de los EEUU, premio Nobel de la Paz. Hoy hubiese cumplido 102
años; llegó, “deunidó, hasta los 100)
Andrés do Barro nació el 1 de octubre de 1947 y se fue -en tren no- antes de cumplir los 42. Seguro que no estaba pensando en "rodalies" cuando le cantó a "O tren".
El
seient del costat
Vaig
pujar al tren amb una maleta petita i quaranta anys de retard.
A
l’altra banda del passadís, una dona dormia contra el vidre. La trena. Les
mans. O potser només era la llum.
Quan
va obrir els ulls, em va mirar un instant massa llarg.
—Perdoni
—vaig dir.
Ella
va somriure. Res més.
Quan
el tren va vorejar el Miño, vaig treure una fotografia antiga de la cartera. Al
revers, una frase:
«Et
vaig esperar fins a l’últim tren.»
En
aixecar el cap, el seient del davant era buit.
No
vaig saber si acabava de perdre-la o de recordar-la.
miércoles, 30 de septiembre de 2026
MORIRSE NO BASTA
Me
morí un martes a las siete y cuarenta y tres de la tarde.
A
las siete y cuarenta y cuatro ya constaba como fallecido en el hospital, pero
seguía vivo en todas las demás partes.
Para
la medicina estaba muerto. Para internet, solo llevaba un minuto sin actividad.
Mi
familia organizó el funeral con relativa facilidad. Tuvieron que decidir entre
entierro o incineración, escoger una urna, redactar una esquela y seleccionar
una fotografía en la que yo pareciera menos muerto de lo que estaba.
Lo
complicado empezó después.
—Habrá
que cancelar sus cuentas —dijo mi hija.
Mi
mujer creyó que se refería a las bancarias. Todavía pertenecía a una generación
para la que las cuentas contenían dinero.
Mi
hija hablaba del correo electrónico, las redes sociales, el almacenamiento en
la nube, las plataformas de televisión, las suscripciones, el blog, las
fotografías, los libros digitales y un monedero de criptomonedas donde, según
parece, yo guardaba catorce euros y la esperanza de hacerme rico algún día.
Les
dejé la vivienda, algunos ahorros, mis libros y una colección de discos que
nadie quería. Sin embargo, no dejé instrucciones sobre los veintitrés mil
correos electrónicos, las cuarenta y ocho mil fotografías y los siete
documentos titulados «Novela definitiva», «Novela definitiva corregida» y
«Novela definitiva ahora sí».
El
notario nunca me preguntó por ellos.
Tampoco
yo pensé que mi vida pudiera acabar repartida entre servidores de países que no
sabría colocar en un mapa.
Mi
hija intentó entrar en el teléfono. Necesitaba mi clave. Probó con mi fecha de
nacimiento, la de mi mujer, la de su boda y el año en que ganó la Liga el
Barça. Nada.
Durante
unos segundos contempló la posibilidad de acercar el aparato a mi rostro dentro
del ataúd.
Finalmente
lo hizo.
El
teléfono me observó.
—Rostro
no reconocido.
Confieso
que me dolió. Uno espera que, después de tantos años juntos, al menos el
teléfono lo reconozca a uno de cuerpo presente.
Después
pidió que abriera los ojos.
La
tecnología tiene maneras muy educadas de ser cruel.
Las
plataformas exigieron certificados de defunción, documentos de identidad,
pruebas de parentesco y formularios distintos para acreditar que yo era yo, que
estaba muerto y que quienes afirmaban quererme no intentaban apropiarse
fraudulentamente de mis fotografías de Benidorm.
Morirse
no era suficiente.
Había
que demostrarlo.
Una
red social ofreció convertir mi perfil en una cuenta conmemorativa. A mi mujer
no le gustó la idea.
—Yo
no necesito que una empresa me diga cómo recordarlo.
Pero
la empresa sí necesitaba saber cómo rentabilizar mi recuerdo.
Durante
semanas, mi perfil siguió recomendando amistades, sugiriendo compras y
recordando aniversarios. Incluso felicitó a mi mujer por nuestros cuarenta años
de matrimonio. Ella lloró delante de la pantalla. No supe si por mí o porque el
algoritmo había sido el único que se acordó.
Llegó
mi cumpleaños.
La
aplicación invitó a todos a escribirme unas palabras. Algunos lo hicieron.
«Muchas
felicidades, amigo. A ver cuándo nos vemos.»
Dos
recibieron varios “me gusta”.
Uno
añadió una tarta.
Nunca
tuve tanta actividad social como después de muerto.
Mientras
tanto, mis fotografías permanecían en la nube. Allí estaban los nacimientos,
los viajes, las Navidades, las comidas familiares, los amigos que murieron
antes que yo y una última imagen de mi mujer desayunando junto a la ventana. No
sabía que la había tomado. Tampoco ella sabía que existía.
Pero
nadie podía descargarla.
Legalmente
era un recuerdo familiar. Técnicamente pertenecía a una cuenta bloqueada.
Sentimentalmente era de mi mujer. En la práctica estaba secuestrada por una
contraseña.
También
quedaron allí mis conversaciones privadas.
Ese
fue el asunto que más me preocupó después de morir.
Uno
desea que sus seres queridos conserven sus recuerdos, pero no necesariamente
todos. Queremos ser recordados, no registrados. Amados, no auditados.
Había
mensajes escritos durante noches de insomnio, enfados que no significaron nada,
búsquedas absurdas, confidencias ajenas y palabras que solo tenían sentido
cuando todavía podía explicarlas.
La
muerte impide ejercer el derecho de réplica.
Un
mes después llegó el cargo por el almacenamiento digital: dos euros con noventa
y nueve céntimos.
El
banco preguntó a mi mujer si quería cancelar la suscripción.
Ella
miró la pantalla durante un rato.
—Todavía
no —respondió.
Desde
entonces paga cada mes por conservar una vida a la que no puede entrar.
Mi
cuerpo ocupa una urna en el salón. Mis recuerdos, doscientos gigabytes en algún
lugar del mundo.
La
urna está pagada.
La
eternidad cuesta dos euros con noventa y nueve al mes y depende de que no
caduque la tarjeta.
«No me importa lo que
digan de mí, siempre que no sea verdad.» (Truman Capote es el autor de la frase
la cual suscribo en su integridad. Hoy hubiese cumplido 102 años. Se quedó en 59)
Y en setiembre de 1965 una de las canciones más escuchadas en todo el mundo era la del vídeo, Hang On Sloopy (Aguanta Sloopy) versionada por The McCoys.
Encara
sabia aguantar
A la
Sílvia li deien Sloopy perquè ballava com si ningú hagués inventat encara la
vergonya.
Aquell
setembre del 65, al casal, posaven el mateix disc tres vegades cada nit.
Jo
no ballava. L’esperava fora, recolzat a la Vespa del meu germà, fingint que
fumava.
Dissabte
em va agafar de la mà.
—Avui
no t’escapes.
Vaig
durar mitja cançó abans de trepitjar-li el peu.
Ella
va riure.
Cinquanta
anys després, quan ja no recordava el meu nom, vaig posar-li aquella cançó.
Va
moure els dits sobre el llençol.
Encara
sabia aguantar.
martes, 29 de septiembre de 2026
ESTE ES MI DECRETO; PERO SI NO LE GUSTA, TENGO ESTE
OTRO
Esta
mañana el Gobierno tenía un problema.
Bueno,
tenía varios, pero a las nueve y media tocaba el de la vivienda.
Sobre
la mesa del Consejo de Ministros descansaba un Real Decreto. Uno. Entero. Con
sus artículos, disposiciones, prórrogas, prohibiciones y esa hermosa expresión
«extraordinaria y urgente necesidad» que sirve para casi todo, excepto para
encontrar piso.
El
problema era que el Decreto no acababa de gustar.
—Así
no.
—Pues
así sí.
—Pues
nosotros no lo aprobamos.
—Pues
nosotros tampoco aprobamos el vuestro.
Hubo
un silencio institucional.
Alguien
pidió café.
Otro
miró el reloj.
Y un
tercero, seguramente el más inteligente de la sala, tuvo una idea
revolucionaria:
—¿Y
si en vez de un decreto hacemos dos?
Todos
se quedaron mirándolo.
Acababa
de inventar la mitosis legislativa.
El
Decreto fue colocado cuidadosamente sobre la mesa y dividido en dos. A un lado
quedaron unas medidas. Al otro, otras. Las que molestaban más se pusieron aquí;
las que podían molestar menos, allá. Lo importante era que ninguna molestase a
todos al mismo tiempo.
—¿Y
esto arregla el problema de la vivienda?
La
pregunta debió de hacerla algún becario porque nadie contestó.
A
media mañana ya había fumata blanca.
Donde
horas antes existía un decreto que no conseguía poner de acuerdo a quienes
gobiernan juntos, aparecieron dos decretos que permitían continuar gobernando
juntos sin necesidad de ponerse demasiado de acuerdo.
La
política también tiene sus avances científicos.
Luego
llegó la rueda de prensa.
Se
habló de derechos, protección, alquileres, vulnerabilidad, fondos, contratos y
soluciones. Palabras importantes. Algunas incluso necesarias.
Mientras
tanto, en algún lugar de Madrid, Barcelona, Málaga o cualquier ciudad donde un
dormitorio empieza a cotizar como si tuviera vistas al Taj Mahal, una pareja
abrió un portal inmobiliario.
—Mira
este.
—Mil
cuatrocientos.
—Tiene
cuarenta metros.
—Pero
pone «acogedor».
Siguieron
buscando.
En
La Moncloa, en cambio, el problema del día estaba resuelto.
Había
acuerdo.
Bueno,
dos.
Porque
hemos alcanzado tal grado de perfección democrática que, cuando nuestros
principios no caben dentro del mismo decreto, ya no hace falta cambiarlos.
Se
cambia el decreto.
O
mejor aún: se hacen dos.
«La fantasia, com
sempre, intenta donar una determinada evidència a la realitat.» ( Pere
Calders nacido el 29 de septiembre de 1912 para decirnos en nuestra lengua que la
fantasía no es un escondite, sino una lupa extraña: deforma un poco las cosas
y, precisamente por eso, permite verlas mejor)
Miguel Gallardo hubiese cumplido hoy 76 años pero se "quedó" entre nosotr@s hasta los 55. Por cierto la canción del vídeo está inspirada en un poema de Pablo Neruda: Farewell.
La
clau
Vaig
deixar la maleta al replà.
—Queda’t.
Feia
vint anys que esperava sentir aquella paraula. Potser per això vaig trigar uns
segons a girar-me.
Ella
continuava asseguda a la cuina, amb les mans damunt la taula.
—Ho
dius de debò?
Va
somriure. Aquell somriure petit que encara sabia desarmar-me.
Vaig
entrar, vaig tancar la porta i vaig desfer la maleta.
L’endemà,
quan em vaig despertar, ella ja no hi era.
Damunt
la taula hi havia les claus de casa i una nota:
«Jo
no sabia quedar-me. Tu sí.»
lunes, 28 de septiembre de 2026
CERTEZAS Y DUDAS
Estoy
lleno de vacío.
Lo
sé. No parece una manera demasiado seria de empezar una reflexión, pero
últimamente mis certezas tienen esa mala costumbre: en cuanto las miro de
cerca, empiezan a parecerse sospechosamente a mis dudas.
Quizá
sea porque he pintado algunos pensamientos de negro transparente. Desde lejos
parecen sólidos. Rotundos. Incluso elegantes. Pero basta acercarse un poco para
descubrir que se puede mirar a través de ellos y que, detrás, no hay
respuestas. Solo más preguntas.
También
puede ser culpa de mis actos. Procuro caminar con esa seguridad que uno
adquiere con los años, aunque he descubierto que cumplir años no significa
saber adónde vas. Significa, como mucho, haber aprendido a disimular mejor
cuando te pierdes.
Durante
mucho tiempo creí que la experiencia servía para construir un suelo firme bajo
los pies. Ahora sospecho que sirve para otra cosa: para saber que cualquier
suelo puede moverse.
Y
luego está mi fortaleza.
Esa
que enseño al mundo con bastante dignidad. La que utilizo para proteger
precisamente aquello que más vulnerable me hace. Una magnífica armadura con una
pequeña particularidad: tiene la abertura exactamente donde podrían herirme.
No
sé si esto es una contradicción o simplemente estar vivo.
Porque
cada vez tengo menos respuestas y, curiosamente, algunas cosas las entiendo
mejor.
He
dejado de desconfiar de mis dudas. Las certezas, en cambio, empiezan a
preocuparme. Sobre todo las de quienes jamás dudan de nada. Debe de ser
agotador tener siempre razón. Y bastante peligroso.
Yo
ya no aspiro a tanto.
Me
conformo con unas pocas evidencias provisionales, algunas convicciones
revisables y un puñado de preguntas que todavía no he conseguido contestar.
Así
que, si alguien me pide una certeza, por fin tengo una: dudo.
Y de
eso estoy casi seguro.
«Solo hay que cometer
las tonterías que nos gustan.» (Prosper Mérimée fue el que le dio un toque literario a
aquella frase de “a vivir que son dos días”. Nació el 28 de setiembre de 1803 y
tuvo la suerte de escribir una novela corta, Carmen, que la convirtieron en
ópera universal)
Supongo que la canción del vídeo, Stand By Me, la habré colocado en alguna ocasión por estas páginas en cualesquiera versiones que se han hecho. Me encanta. Ahí está la original de Ben E. King, en un blanco y negro precioso de 1961.
La cadira del costat
Cada
vespre parava taula per a dos.
—No
cal que em facis companyia —deia mentre servia la sopa.
La
cadira del davant continuava buida.
Després
explicava el dia: el preu del pa, la veïna del tercer, aquell dolor al genoll
que no marxava. De vegades reia. Altres, s’enfadava perquè ningú li contestava.
Abans
de recollir, deixava sempre la mà uns segons sobre el respatller.