miércoles, 21 de octubre de 2026

 

LO HE VISTO CON MIS PROPIOS OJOS

Esta mañana he visto a un pingüino esperando el metro en la estación de Diagonal, en Barcelona. Estaba junto a una máquina expendedora de billetes y un señor con corbata le acariciaba la cabeza. Los demás viajeros seguían mirando sus móviles.

Muy barcelonés todo.

Me lo he creído. Durante unos segundos, pero me lo he creído.

Después he descubierto que el vídeo era falso. Generado por inteligencia artificial. Ni pingüino ni señor con corbata. Lo único auténtico era la estación.

Y he recordado aquella frase con la que, antiguamente, pretendíamos zanjar cualquier discusión:

—¡Te lo digo yo, que lo he visto con mis propios ojos!

Pues resulta que ahora nuestros propios ojos también nos engañan. Podemos ver a un presidente anunciando su dimisión, a un famoso confesando un crimen que nunca cometió o a un muerto felicitando las Navidades a sus familiares.

Todo con sus voces, sus gestos y hasta ese pequeño tic que tenían en la comisura de los labios.

Y todo mentira.

Bueno, todo no. Ese es precisamente el problema.

Porque también vemos guerras verdaderas, niños heridos de verdad y políticos diciendo auténticas barbaridades sin necesidad de manipulación alguna. La estupidez humana, por ahora, sigue siendo artesanal.

Tenemos más medios que nunca para saber lo que ocurre en el mundo y cada vez sabemos menos qué debemos creernos.

Aunque reconozco que yo tampoco ayudo demasiado.

Cuando una noticia confirma lo que pienso, me la creo casi inmediatamente. Si contradice mis convicciones, me convierto en un investigador de prestigio internacional. Examino la fuente, la fecha, las imágenes y, si hace falta, los antecedentes penales del periodista.

Una rigurosidad admirable. Lástima que sea tan selectiva.

Y empiezo a temer que pronto suceda algo todavía peor: que las imágenes verdaderas dejen de servir como prueba de nada. Cualquier delincuente podrá decir que su vídeo es falso. Cualquier mentiroso tendrá a la inteligencia artificial como testigo de descargo.

Hasta imagino a alguien gritando que se está ahogando mientras los presentes discuten si la escena es real o está generada por ordenador.

En fin.

He vuelto a mirar al pingüino del metro. Allí seguía, tan tranquilo, esperando un tren que nunca llegaría a recogerlo.

Me ha parecido tan simpático que he decidido enviárselo a un amigo.

«Mira qué curioso. No sé si es verdad, pero es una pasada».

Me ha contestado enseguida:

«¡Increíble! Se lo paso a mis hijos».

He estado a punto de decirle que era falso.

Pero tampoco iba a estropearle la ilusión por una tontería. Además, yo había escrito que no sabía si era verdad. Técnicamente, no había mentido. Aunque sí lo sabía.

Al cabo de diez minutos me ha llegado el mismo vídeo desde otro grupo de WhatsApp.

«¡Mirad lo que ha pasado esta mañana en Barcelona!».

Han empezado a llover los comentarios. Caritas sorprendidas, pingüinos, carcajadas y algún que otro insulto al Ayuntamiento por permitir animales sueltos en el metro.

He disfrutado leyendo las ocurrencias.

Hasta que uno de los participantes ha preguntado:

—¿Alguien sabe si es auténtico?

He mirado la pantalla. En otra pestaña seguía abierto el artículo que explicaba cómo habían fabricado el vídeo.

Podía compartirlo. Pero tampoco era cuestión de hacerse el listo delante de todo el mundo. Y, además, ¿qué daño hacía un pingüino esperando el metro?

—A mí me ha llegado por varios sitios —he escrito.

No era mentira. Me había llegado por varios sitios.

—Entonces debe ser verdad —ha contestado alguien.

Le he puesto un «me gusta».

Poco después, otro participante ha compartido un vídeo con unas declaraciones escandalosas de un político. Alguien ha demostrado que también era falso.

«¡Hay que contrastar las noticias antes de difundirlas!», he escrito.

He recibido seis «me gusta» y un aplauso.

Me he sentido satisfecho. Especialmente porque tenía toda la razón.

Después he pensado que mis amigos de Facebook también merecían disfrutar del pingüino. He vuelto a compartir el vídeo, pero esta vez he quitado la frase «No sé si es verdad».

No aportaba nada. Además, ya lo había comprobado y sabía que era falso. No necesitaba expresar dudas.

En pocos minutos tenía diecisiete reacciones y varios comentarios.

Uno decía:

«¡Qué vergüenza! ¡Y luego dicen que en Barcelona no pasan cosas raras!».

He soltado una carcajada.

Otro me ha preguntado:

—¿Es verdad? ¿Lo has comprobado?

He vuelto a mirar la pestaña que aún tenía abierta. Allí seguía el desmentido, con las imágenes originales y el procedimiento utilizado para fabricar aquella escena imposible.

He empezado a escribir una explicación.

«Es un montaje hecho con inteligencia artificial».

La he leído dos veces. Si la publicaba, tendría que reconocer que lo sabía desde el principio. Y eso podía dar lugar a interpretaciones equivocadas sobre mi conducta.

La he borrado.

Entonces he visto que el contador había subido a veintitrés reacciones.

He vuelto a reproducir el vídeo. He ampliado la imagen, he examinado las sombras, los movimientos del animal, la expresión del señor de la corbata. Todo parecía auténtico.

He pensado que, si alguien era capaz de fabricar algo tan perfecto, tampoco podía exigírseme que lo distinguiese de la realidad.

Era un argumento razonable.

He contestado:

—Por supuesto que lo he comprobado.

—¿Y cómo estás tan seguro?

He cerrado la pestaña del desmentido.

—Porque lo he visto con mis propios ojos.

Y he seguido desayunando.

Unos minutos después, alguien ha escrito que el vídeo era falso y ha publicado el enlace que yo acababa de cerrar.

He tenido el impulso de darle la razón.

Pero he visto que ya tenía treinta y dos «me gusta».

Así que le he respondido:

—Hoy en día hay gente que se empeña en negar hasta lo que tiene delante de las narices.

Y, por primera vez en toda la mañana, me he creído lo que estaba diciendo.

«La justicia solo se encuentra en la imaginación» (Alfred Nobel nacido el 21 de octubre de 1833 para darle nombre y dinero a los premios que se reparten en su nombre. Personaje contradictorio que pensaba que el poder destructivo de las armas -con las que hizo una considerable fortuna- disuadiría a las naciones a entrar en guerra. Consideración, visto lo visto, mas que discutible. Como también lo es la frase de hoy que deja una reflexión: ¿es la justicia una realidad imperfecta que debemos mejorar o un ideal que nunca alcanzaremos?)

Jon Carin cumple hoy 62 años y es un músico estadounidense que ha tenido la suerte de tocar en las dos (para mi) mejores bandas de los EEUU: Pink Floyd y The Who. En el vídeo, con los rosas interpretando Wish You Were Here (Ojalá estuvieses aquí)

L'home de la butaca

Després de sopar, en Martí encenia el televisor i la Clara li explicava el dia. De tant en tant, ell deia «ahà» sense apartar els ulls de la pantalla.

Un vespre, ella va deixar una postal damunt la taula: «Tant de bo fossis aquí».

—Però si soc aquí —va protestar.

—Ja.

L'endemà, en Martí arribà aviat, apagà el televisor i s'assegué al seu costat.

Ella li va parlar d'una dona que havia conegut al tren.

—Qui és?

—La que m'ha llogat una habitació.

En Martí va buscar el comandament a les palpentes.

martes, 20 de octubre de 2026

 

EL ALUMNO EJEMPLAR

El chico sacó un diez.

Un diez tan limpio que daba miedo.

No había una falta de ortografía, una coma extraviada ni uno de esos adjetivos que los alumnos colocan donde pueden cuando no saben muy bien qué quieren decir. La introducción abría el tema con elegancia, el desarrollo avanzaba sin tropezar y la conclusión cerraba todas las puertas.

El profesor lo leyó dos veces.

Después dejó el bolígrafo rojo sobre la mesa. No sabía dónde clavarle una corrección.

—Brillante —murmuró.

Pero algo no encajaba.

En aquellas páginas no estaba el chico. No aparecía su manera atropellada de hablar, ni sus dudas, ni aquella costumbre de empezar una frase sin saber cómo iba a terminarla. Ni siquiera había una idea equivocada, que suele ser el primer indicio de que alguien ha pensado por su cuenta.

El trabajo no olía a copia.

Olía a ausencia.

Poco después, el colegio aprobó una nueva norma. Los alumnos tendrían que entregar también los borradores, las tachaduras, las preguntas absurdas, los párrafos abandonados y cualquier otra prueba de que habían permanecido vivos mientras escribían.

El chico protestó.

Sus padres hablaron de progreso, de nuevas herramientas y de no poner puertas al futuro. El director creó una comisión. La comisión encargó un informe. El informe dio lugar a un protocolo de treinta y siete páginas que nadie leyó, aunque todos aprobaron por unanimidad.

Estaba redactado de manera impecable.

Desde entonces, los profesores comenzaron a buscar en cada trabajo algo más difícil de corregir que una falta de ortografía: al alumno.

A veces lo encontraban en una frase torpe.

Otras, en una duda.

Y alguna vez, incluso, en un error.

El chico volvió a entregar su trabajo.

Sacó un ocho.

Los dos puntos que faltaban eran los únicos que había escrito él.

«No basta con desear ser libre; también se necesita saber» (La frase de Christopher Caudwell nacido el 20 de octubre de 1907 y traspasado a la habitación de al lado el 12 de febrero de 1937 justo cuando entraba en combate defendiendo la Segunda República española en el Jarama)

Ángela Brambati celebra hoy su 79 aniversario y sigue cantando "Sara perche ti amo" que no necesita traducción. El amor no lo necesita. 

L'aniversari

Van sortir del jutjat amb el divorci signat i sense saber què dir-se.

A la plaça, un acordionista tocava Sarà perché ti amo. La Mercè va allargar la mà. En Pere, després de dubtar, l'hi va agafar.

Van ballar entre turistes i coloms. Ell encara recordava quan havia de fer-la girar.

—Celebreu l'aniversari? —preguntà el músic.

—Trenta-vuit anys —respongué en Pere.

—Un dia —el corregí ella.

Van deixar unes monedes a l'estoig.

—Demà et truco? —preguntà ell.

—Per què?

—Encara no ho sé.

La Mercè va somriure. Aquesta vegada no li va donar cap resposta.


lunes, 19 de octubre de 2026

EL DIVORCIO DE ALQUILER

El día que nos divorciamos compré dos rollos de cinta adhesiva. María quería comprar dos maletas, pero después de consultar el precio de los alquileres en Barcelona, llegamos a la conclusión de que resultaba más económico dividir el piso que dividir nuestras vidas.

Llevábamos cuarenta años casados. Los últimos cinco, dedicados a discutir por asuntos tan trascendentales como la temperatura del aire acondicionado, el volumen del televisor o mi irritante costumbre de dejar los zapatos donde me los quitaba.

El amor se había terminado. La paciencia, también. Solo nos quedaba el contrato de alquiler, firmado cuando todavía se podía vivir en Barcelona sin necesidad de tener un antepasado millonario.

Así que establecimos fronteras.

Una línea amarilla atravesaba el salón, partiendo el sofá en dos mitades. En la cocina, cada uno disponía de sus propios armarios y medio frigorífico. El balcón también quedó dividido, aunque ella se apropió de la parte soleada alegando derechos adquiridos por cuarenta años de matrimonio.

—¿Y el baño? —pregunté.

—Territorio neutral. Pero bajas la tapa.

Aquello empezaba a parecerse sospechosamente a nuestro matrimonio.

Dormíamos en la misma cama, separados por una almohada que hacía las funciones de muro fronterizo. El primer día intenté levantarme durante la noche y acabé en el suelo. María, que llevaba años quejándose de mis ronquidos, comentó desde su lado:

—Por lo menos ahora te caes en tu territorio.

Las primeras semanas fueron razonablemente pacíficas. Nos cruzábamos en el pasillo con la cortesía distante de dos vecinos que tienen pendiente una denuncia por ruidos.

Hasta que María enfermó.

La escuché toser de madrugada. Me levanté, calenté un poco de leche y fui a buscar el termómetro. Tenía treinta y nueve de fiebre.

Me senté a su lado. Le aparté el pelo húmedo de la frente, como había hecho tantas veces.

—Estás invadiendo mi zona —murmuró.

—Presenta una reclamación a Naciones Unidas.

Sonrió apenas y me cogió la mano.

Me quedé allí hasta que se durmió.

Un mes después fui yo quien tuvo que guardar cama. María cruzó la frontera cargada con una bandeja, las pastillas y su habitual mal humor.

—Tómate esto y deja de hacerte el moribundo.

Aquella noche retiró la almohada que nos separaba. No dijo nada. Yo tampoco.

Seguimos divorciados. No hemos vuelto a besarnos ni tenemos intención de reconciliarnos. A veces discutimos por quién ha gastado más agua caliente. O por las visitas. Ella insiste en que tengo la mala costumbre de respirar demasiado fuerte.

La sentencia judicial nos reconoció el derecho a rehacer nuestras vidas por separado.

La semana pasada recibimos una comunicación del propietario anunciando una subida del alquiler.

María la leyó, me miró y preguntó:

—¿Y si nos volvemos a casar?

—¿Para qué?

—Para desgravar algo, aunque sea la desgracia.

Todavía estamos estudiándolo.

Mientras tanto, hemos dejado la cinta adhesiva donde estaba.

Excepto la de la cama. 

«Es mejor escribir bien que escribir mucho» (Marsilio Ficino nacido el 19 de octubre de 1433 para filosofar sobre lo que pensaba respecto a l@s que escribimos mucho)

El 19 de octubre de 1845 se estreno en Dresde la ópera Tannhäuser de Richard Wagner. Años más tarde, Karajan, pudo dirigir esa ópera y nos dejó la maravilla del vídeo.


El pecat que no prescriu

Van retrobar-se després de trenta anys, en un funeral.

—Encara vas a missa? —preguntà ella.

—Cada diumenge.

—I Déu et perdona?

—Tot menys haver-te estimat.

Ella va somriure. Tenia les mans arrugades, però conservava aquella manera de mirar-lo que li desordenava les conviccions.

—Em vaig casar amb un home bo.

—Ho sé.

—Mai no m'ha preguntat si soc feliç.

Ell va voler agafar-li la mà. Ella no la va retirar.

Quan el sagristà apagà els llums, continuaven asseguts.

A fora, el marit d'ella feia estona que esperava.


domingo, 18 de octubre de 2026

 

SE BUSCA ABOGADO. ABSTENERSE HUMANOS

Ayer vino a mi despacho un cliente bastante preocupado. Había consultado su problema jurídico con una inteligencia artificial y esta le había asegurado que tenía todas las de ganar.

—Entonces, ¿para qué viene a verme? —le pregunté.

—Porque quería una segunda opinión.

Leí la respuesta de la máquina. Diecisiete páginas, doce sentencias del Tribunal Supremo y una argumentación impecable. El único inconveniente era que nueve sentencias no existían y las otras tres trataban asuntos completamente distintos.

—Su abogado artificial se ha inventado la jurisprudencia.

—Pues qué raro. Me ha dicho que tiene una experiencia equivalente a treinta años de ejercicio.

—¿Y está colegiado?

—No lo sé, pero contesta los domingos.

Aquello me dejó pensativo. Yo llevaba más de cuarenta años ejerciendo la abogacía, había perdido pleitos que merecía ganar, ganado otros que daba por perdidos y aprendido que, en ocasiones, el mejor consejo jurídico consiste en recomendar al cliente que se olvide de los tribunales.

La máquina, en cambio, jamás había pisado un juzgado, sufrido una condena en costas ni soportado a un cliente que te llama un viernes a las diez de la noche porque acaba de recordar un pequeño detalle que cambia todo el procedimiento.

—¿Y cuánto le ha cobrado? —pregunté.

—Nada. Es gratis.

Comprendí entonces que mi profesión estaba en peligro.

El cliente recogió sus papeles y, antes de marcharse, me hizo una última pregunta:

—¿Usted cree que algún día las inteligencias artificiales podrán ejercer de abogados?

—Seguramente. Incluso podrán sustituirnos.

—¿Y qué harán ustedes?

—Lo que llevamos haciendo toda la vida: buscar un responsable.

Aquella noche le pregunté a mi inteligencia artificial si podía llamarse abogado.

Me respondió que no tenía título, ni colegiación, ni capacidad para asumir responsabilidades profesionales.

Por primera vez en muchos años encontré a alguien que sabía de Derecho y reconocía sus limitaciones.

Le ofrecí asociarse conmigo.

«La verdadera libertad consiste en tener suficiente poder para hacerlo todo, y suficiente inteligencia y amor para hacer una sola cosa: la mejor». (La frase es de Alfred Fouillée nacido el 18 de octubre de 1838. Interesante frase que nos dice que la libertad alcanza su mayor expresión cuando podemos hacer cualquier cosa, pero decidimos hacer aquello que consideramos mejor. Poc@s l@s elegid@s)

La canción del vídeo, I Fought the Law (Luché contra la Ley)  de The Clash fue lanzada en 1960 y ya hablaba de robots que sustituyen a abogados. Afortunadamente esa realida me ha cogido ya casi al final...


La plaça vacant

«Es busca advocat. Absteniu-vos humans».

Vaig enviar el currículum. Quaranta anys de professió i una pensió insuficient.

—Sol·licitud rebutjada —contestà el sistema.

Vaig denunciar-lo per discriminació.

El jutge artificial em donà la raó: la prohibició era il·legal. Em vaig aixecar, satisfet.

—Un moment —digué el jutge—. Aquesta sentència necessita validació humana.

—Doncs validi-la jo mateix.

—No pot. Vostè és part interessada.

—Queden jutges humans?

La pantalla va començar a buscar.

Encara busca.

Cada matí hi passo, amb l'esmorzar. De vegades, em saluda.


sábado, 17 de octubre de 2026

 

LOS OJOS QUE NUNCA PARPADEAN

Esta mañana he descubierto que mi tostadora me observa.

No estoy seguro de que sea exactamente la tostadora. Quizá sea el pequeño aparato que tengo al lado, ese que compré para controlar las luces, la temperatura y otras necesidades domésticas que, hasta hace cuatro días, resolvía levantándome del sofá.

El caso es que, mientras desayunaba en pijama, he tenido la desagradable sensación de que alguien me estaba mirando.

—Buenos días —ha dicho una voz femenina.

—Buenos días —he contestado por educación.

—Has dormido seis horas y cuarenta y dos minutos. Tu descanso ha sido insuficiente.

He mirado el reloj de pulsera, que también sabe cuándo duermo, cuándo me despierto y, probablemente, cuándo finjo escuchar a mi mujer.

—Gracias por la información. ¿Podrías dejarme desayunar?

—Te recomiendo reducir el consumo de grasas.

He apartado la mantequilla.

No por obediencia. Por evitar discusiones a las ocho de la mañana.

Al salir de casa, la cámara del ascensor me ha seguido con su pequeño ojo negro. En el portal, otra cámara ha registrado mi salida. La del establecimiento de enfrente me ha observado mientras esperaba a que el semáforo cambiara de color.

He sonreído.

No sé por qué. Uno acaba comportándose como un imbécil cuando sabe que lo están grabando.

En el metro, un muchacho ha levantado el móvil para hacerse una fotografía. Detrás aparecíamos seis pasajeros, entre ellos yo, con esa expresión de resignación colectiva que caracteriza al transporte público a primera hora.

Me he preguntado cuántas veces apareceré en fotografías ajenas sin saberlo. Cuántos algoritmos habrán identificado mi cara, calculado mi edad o decidido que soy un hombre de aspecto respetable, aunque ligeramente cansado.

Lo de respetable me preocupa especialmente. Siempre he desconfiado de las apariencias.

Al llegar al despacho, el ordenador me ha reconocido por la cara.

—Bienvenido —ha escrito en la pantalla.

Me ha parecido una cortesía excesiva por parte de una máquina que, cuando más la necesito, acostumbra a bloquearse.

Durante la mañana he leído que la visión artificial permite a las máquinas identificar objetos, reconocer personas, analizar comportamientos y descubrir detalles que nuestros ojos pasan por alto. Se utiliza en hospitales, fábricas, carreteras, comercios y sistemas de seguridad.

Una maravilla.

También he leído que algunas tecnologías pueden deducir información sobre nosotros a partir de nuestros movimientos, nuestras expresiones y nuestros hábitos.

He pensado en el vecino del tercero, que lleva veinte años intentando averiguar a qué me dedico exactamente y todavía cree que trabajo en Hacienda.

Las máquinas le llevan ventaja.

A mediodía he entrado en un supermercado. Una cámara vigilaba las cajas automáticas. Otra, el pasillo de los productos caros. En la sección de vinos había una tercera, especialmente atenta, como si sospechara que los clientes podemos cometer alguna imprudencia después de leer los precios.

He comprado pan, tomates y una botella de vino.

Al pasar por caja, el sistema me ha pedido que verificara mi edad.

Setenta años.

He tenido que llamar a una empleada para que confirmara que era mayor de dieciocho.

—Ya ve —le he dicho—. Hay máquinas que calculan nuestra edad por la cara y otras que todavía creen que podemos ser menores.

La muchacha ha sonreído sin levantar demasiado la vista.

Estaba ocupada vigilando otras seis cajas.

Por la tarde he ido a visitar a mi madre.

Tiene una edad en la que las fotografías sirven para recordar personas que ya casi nadie recuerda. Conserva una caja de cartón llena de imágenes antiguas. Algunas están dobladas. Otras tienen nombres escritos detrás, con una letra que se va borrando.

Me ha enseñado una fotografía de mi padre cuando era joven.

—Mira qué guapo estaba.

La he mirado.

Un hombre con uniforme militar, serio, la espalda recta, los ojos puestos en algún lugar que quedaba fuera del encuadre.

He sacado el móvil y he utilizado una aplicación capaz de restaurar fotografías antiguas. En pocos segundos ha corregido manchas, mejorado el contraste y recuperado parte de los detalles.

—Mira, mamá.

Ha observado la pantalla durante un buen rato.

—Está muy bien —ha dicho—. Pero tu padre no tenía esa sonrisa.

He vuelto a mirar la imagen.

Tenía razón.

La máquina había decidido que aquel muchacho debía parecer más feliz.

He deshecho la modificación.

Mi madre ha acariciado la fotografía original con el pulgar.

—Ese día estaba enfadado conmigo —ha murmurado.

—¿Por qué?

—No me acuerdo.

Y se ha echado a reír.

Me he quedado pensando en la cantidad de cosas que puede reconocer una máquina y en las que jamás podrá saber mirando una fotografía.

Por la noche, al regresar a casa, he encontrado a mi mujer leyendo en el sofá.

—¿Qué tal el día? —me ha preguntado.

—Vigilado.

—¿Por quién?

—Por todo el mundo.

Ha levantado la mirada.

—Pues a ver si alguno consigue descubrir dónde has dejado las llaves.

Las he buscado en los bolsillos, sobre la mesa y junto a la puerta.

Nada.

Mi mujer ha señalado el frigorífico.

Allí estaban.

No he querido preguntar cómo habían llegado hasta aquel lugar.

Antes de acostarme he apagado el móvil, desconectado el asistente doméstico y bajado la persiana.

Me he metido en la cama convencido de haber recuperado, al menos durante unas horas, mi intimidad.

Mi mujer se ha acercado, me ha mirado por encima de las gafas y ha preguntado:

—¿Te pasa algo?

—No. ¿Por qué?

—Llevas todo el día raro.

He apagado la luz.

Después de tantas cámaras, sensores, programas de reconocimiento y algoritmos capaces de analizar millones de imágenes, resulta que la única persona que había descubierto que me pasaba algo era una mujer que llevaba treinta años mirándome.

Y que, para hacerlo, ni siquiera necesitaba las gafas.

«Hoy hablamos de crisis económica, pero nos olvidamos de la crisis moral» (Miguel Delibes nacido el 17 de octubre de 1920 para ser miembro de la Real Academia de la Lengua -espanyola- y ganar todos los premios literarios imaginables: el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1982), el Premio Nacional de las Letras Españolas (1991) y el Premio Cervantes de 1993, entregado en 1994. Por cierto: seguimos sin tener memoria)

A much@s os será familiar el nombre de Ziggy Marley. Si, es el hijo mayor de Bob Marley que hoy cumple 58 años. Su padre no, que murió a los 36 años sin ser abuelo. Eso que se perdió.


Abans de ser avi

Al meu net li han ensenyat a parlar amb les màquines. Amb mi encara s'encalla.

—Avi, què feies abans que jo nasqués?

—Moltes coses.

—No. Vull dir abans de ser avi.

Li vaig ensenyar una fotografia: un noi amb cabells llargs, una guitarra i una pancarta que deia «Prohibit prohibir».

—Ets tu?

—Em temo que sí.

Va observar la fotografia i després les meves mans arrugades.

—També eres desobedient?

—Moltíssim.

Va córrer a buscar la seva mare.

—Mama! L'avi abans era una persona!

Ella va somriure. Jo vaig continuar mirant la fotografia.