domingo, 26 de abril de 2026

 

EL APLAUSO DEL IGNORANTE


En El Cañonazo la cerveza no se servía: aterrizaba. Los vasos caían sobre la mesa con una espuma breve y un golpe seco, como si el camarero tuviera prisa por apartarse de las opiniones. Era viernes, llovía lo justo para que todo el mundo se creyera con derecho a arreglar el país y la televisión del fondo gritaba con ese entusiasmo de matadero que han perfeccionado algunas tertulias.

Roni tenía el sitio de siempre: de espaldas a la pared, codo en la mesa, barriga cómoda y una autoridad que nadie le había concedido pero que él ejercía con vocación de funcionario vitalicio.

—Yo es que sé de todo —dijo, removiendo las patatas bravas con un palillo como quien señala un mapa de guerra—. Historia, economía, medicina, coches, mujeres, geopolítica… Lo que me pongas.

Iván levantó el vaso.

—Y modestia, que también dominas bastante.

—La modestia está sobrevalorada —contestó Roni—. La gente modesta suele ser gente que no sabe.

Dani soltó una carcajada. No porque la frase fuese buena, sino porque en los bares la risa muchas veces no celebra: se alinea. Reírse a tiempo evita pensar. Y pensar, a esas horas, con la segunda cerveza y una semana de facturas encima, tenía mala prensa.

—Venga, sabio —dijo Iván—. Explícanos por qué sube la luz.

Roni ni se tomó el trabajo de parpadear.

—Por lo de siempre. Impuestos, eléctricas, Europa y toda la panda esa de listos que vive de tenernos agarrados por el enchufe.

—Eso es verdad —dijo Dani, que no sabía si era verdad, pero le parecía muy cómodo que lo fuera.

—Es de cajón —remató Roni.

La frase cayó en la mesa con el peso de un sello de caucho. Es de cajón. Una expresión magnífica porque no explica nada y, sin embargo, deja a quien la dice con cara de haber cerrado un tratado internacional. Los demás asintieron. El mundo, de pronto, cabía en una servilleta manchada de salsa.

—¿Y lo de las vacunas? —preguntó Iván, más por encenderlo que por informarse.

Roni sonrió. Tenía esa sonrisa de hombre que guarda secretos no porque los tenga, sino porque le sale rentable insinuarlo.

—Si yo hablara…

—Habla, hombre.

—No. Algunas cosas es mejor no decirlas.

Aquello fue recibido con un murmullo respetuoso. Nada produce más prestigio que fingir que se sabe algo demasiado grave para contarlo. A Roni se le ensanchó el pecho. La ignorancia, cuando encuentra público, se pone chaqueta.

En ese momento se abrió la puerta del bar y entró una mujer. No hizo nada extraordinario. Se quitó la bufanda, sacudió un poco el agua de los hombros y se sentó en la barra. Llevaba un abrigo oscuro, un bolso pequeño y un libro bajo el brazo. Pidió agua con gas. Aquello, en El Cañonazo, equivalía a entrar en una iglesia con una trompeta.

Roni la vio por el espejo de la barra. Le bastó un segundo para convertirla en territorio.

—Oye —dijo, alzando la voz—. Tú que tienes pinta de leer cosas con letras pequeñas. Estamos debatiendo.

La mujer giró la cabeza. No parecía molesta. Tampoco interesada. Tenía esa calma peligrosa de quien no ha venido a ganar ninguna discusión.

—Qué suerte —dijo.

Iván y Dani rieron. Roni interpretó la ironía como permiso.

—A ver. Lo de la luz. Un robo, ¿no?

Ella apoyó el libro en la barra y miró la mesa. Miró los vasos, las patatas, la televisión, las tres caras dispuestas a escucharla solo hasta que dejara de confirmarles.

—Depende de qué parte del recibo estéis hablando —respondió—. Está el precio de la energía, los peajes, los cargos, los impuestos, el mercado mayorista, el gas, la demanda, la regulación europea…

Dani bostezó por dentro y por fuera tuvo la delicadeza de taparse con el vaso.

—Ya estamos —dijo Roni—. Depende. Siempre depende.

—Casi todo depende —contestó ella—. Es una molestia, sí. Pero suele ser así.

—No, perdona. Eso lo dicen los que no se quieren mojar.

La mujer respiró despacio. No fue un suspiro teatral. Fue algo más pequeño: una renuncia mínima. Como cuando uno sabe que ha llegado tarde a una habitación que ya estaba cerrada antes de entrar.

—Mojarse no significa simplificar hasta mentir —dijo—. Si queréis, os lo explico con un ejemplo sencillo.

—No hace falta —intervino Iván, mirando a Roni como se mira al capitán de un equipo de barrio—. Al final todos sabemos de qué va esto.

—¿De qué va? —preguntó ella.

Hubo un silencio raro. No largo. Raro. De esos en los que se oye la máquina del hielo, el zumbido de la nevera y la fragilidad de una certeza cuando alguien le pide el DNI.

Roni acudió al rescate.

—Va de que nos roban. Punto.

—¿Quiénes?

—Los de arriba.

—¿Qué arriba?

—Pues arriba. Los que mandan. Los que controlan. Los que se forran.

La mujer sonrió sin alegría.

—Eso no es un argumento. Es un altillo.

Dani soltó una risita, pero la retiró enseguida al ver la cara de Roni.

—Mira —dijo él, ya con el orgullo tocado—. Yo no tendré tus estudios, si es que los tienes, pero tengo calle. Y la calle enseña mucho.

—La calle enseña —dijo ella—. Pero no corrige exámenes.

—¿Ves? —Roni levantó el dedo—. Ahí está la soberbia de los listos. Que si no hablas como vosotros, no sabes. Que si no dices “mercado mayorista” ya eres un ignorante.

—No. Ignorante no es quien no sabe. Ignorante es quien no sabe y además aplaude su ignorancia como si fuera una virtud.

La frase quedó colgando sobre la mesa. No era una frase de tertulia. Tenía filo. Dejó de sonar la televisión durante un instante, o al menos a ellos les pareció. El camarero, que llevaba años oyendo discusiones sobre fútbol, política, virología, educación, feminismo, urbanismo, derecho penal y paellas valencianas explicadas siempre por los mismos cinco hombres, levantó una ceja y siguió secando vasos.

Roni se rió.

—Muy bonito. Eso lo habrás leído en algún libro.

—Puede ser —dijo ella—. Leer no siempre perjudica.

Iván volvió a reír, esta vez con prudencia. Dani miró el móvil como si allí pudiera encontrar una posición ideológica intermedia.

Roni se inclinó hacia delante. Ya no quería hablar de la luz. Nadie quería hablar nunca de la luz. La luz solo había sido la excusa para encender otra cosa: esa pequeña hoguera donde algunos hombres queman el matiz para calentarse las manos.

—A ver, explícame tú entonces —dijo—. Pero clarito, ¿eh? Sin palabras raras.

—Clarito no significa amputado.

—Otra frasecita.

—No. Una advertencia.

La mujer bebió un trago de agua. Las burbujas subieron como si también ellas quisieran marcharse de allí.

—El problema —continuó— es que tú no quieres una explicación. Quieres una contraseña. Algo corto, repetible, que te permita sentir que entiendes lo que no has querido mirar. “Nos roban”. “Es de cajón”. “Los de arriba”. Son frases cómodas. Cierran la puerta y encima te dejan dentro con calefacción.

—Vaya, ahora soy tonto.

—No. Ahora estás haciendo todo lo posible para no dejar de parecerlo.

El golpe fue limpio. No hubo grito. No hizo falta. En El Cañonazo, donde la ofensa solía venir con volumen y salpicaduras de cerveza, aquella precisión resultó casi obscena.

Roni buscó apoyo en sus amigos.

—¿Lo estáis oyendo?

—Bueno —dijo Iván—, tampoco te ha llamado…

—Sí me ha llamado.

—Te he descrito —corrigió ella—. No es lo mismo.

El camarero dejó tres platos en otra mesa y se quedó lo bastante cerca para no perderse el desenlace. La televisión volvió a rugir. Un tertuliano gritaba “la gente está harta de que le mientan”, y otro, que seguramente cobraba por estar más harto todavía, lo interrumpía con las manos.

Roni encontró ahí el aire que necesitaba.

—Mira —dijo señalando la pantalla—. Eso. La gente está harta.

—La gente está harta de muchas cosas —respondió ella—. También de escuchar. Pero eso no lo dicen en la tele porque da poca audiencia.

—Al final me estás dando la razón.

La mujer cerró los ojos un segundo. Fue casi imperceptible. Había peleas que no se perdían por falta de argumentos, sino por exceso de paciencia.

Guardó el libro en el bolso. Pagó el agua. Se puso la bufanda con una lentitud que parecía educación, pero era despedida.

Antes de salir, se acercó a la mesa. No demasiado. Lo justo para que Roni no pudiera fingir que no la oía.

—No te doy la razón —dijo—. Te doy una salida fácil. Y ni siquiera la vas a usar para salir.

Abrió la puerta. Entró un golpe de lluvia, olor a calle mojada y una corriente breve que movió las servilletas. Luego se fue.

Durante unos segundos nadie habló. La mesa quedó como después de una visita médica incómoda: todos sanos en apariencia y con algo raro en el análisis.

Dani fue el primero en romper el silencio.

—La tía era borde.

Iván asintió.

—Un poco intensa.

Roni aprovechó el puente.

—Mucho matiz, mucho recibo y mucha burbuja de agua, pero no ha dicho nada claro.

—Claro, claro, no —dijo Dani, agradecido de volver a un mundo donde las frases cortas mandaban.

Roni levantó el vaso. Había recuperado el trono. No porque hubiera vencido, sino porque los suyos necesitaban que venciera. La manada no siempre sigue al más fuerte. A veces sigue al que menos dudas tiene.

—Yo leo —dijo—. Yo me informo.

Nadie preguntó dónde.

Brindaron. En la televisión, el tertuliano de la corbata roja golpeó la mesa y gritó:

—¡Es clarísimo!

Los tres miraron la pantalla y asintieron al mismo tiempo, con la devoción exacta de quienes acaban de ser absueltos sin juicio.

El camarero recogió el vaso vacío de la mujer. En el posavasos había quedado un círculo de agua, pequeño y perfecto, como una prueba que nadie iba a presentar.

Y en El Cañonazo, aquella noche, la verdad no se marchó derrotada.

Solo se cansó antes que ellos

«Si intentaras dudar de todo, no llegarías ni siquiera a dudar de nada. El juego de la duda presupone certeza.» (He dudado del significado de la frase de Ludwig Wittgenstein un filósofo -como no podía ser de otra manera- nacido el 26 de abril de 1889 y al final le he visto el significado: incluso las dudas se apoyan en certezas)

Leonard Cohen nos cantó con su peculiar voz que todo el mundo lo sabia y, casi tod@s, se pusieron de perfíl. 

El secret públic

Tothom ho sabia, però ningú ho deia prou alt perquè semblés veritat.
El banc robava amb somriure, l’amor venia amb lletra petita i els honestos arribaven sempre tard, com si la decència agafés el bus equivocat.

Ella el va mirar mentre plegaven les cadires del banquet.

—També sabies que marxaria?

Ell va beure l’últim glop de vi calent.

—Ho sabia tothom.

A fora, la ciutat seguia funcionant amb aquella vergonya ben planxada que només tenen les coses inevitables.


sábado, 25 de abril de 2026

 

LA LUZ QUE SOBRA


La primera vez que vi a Elisa estaba discutiendo con un bodegón.

No con el pintor, que llevaba muerto lo suficiente como para no poder defenderse, sino con el cuadro. Ella, plantada frente a una mesa pintada hacía siglo y medio, decía en voz baja pero con una firmeza de mujer acostumbrada a llevarse la contraria hasta a las cosas mudas:

—Esa pera no está triste. Está harta.

Yo estaba allí por error, que es una manera muy digna de entrar en algunos sitios. Había acompañado a mi hija a una exposición en el museo porque ella tenía una reunión después y necesitaba que le cuidara el abrigo, el bolso y supongo que una parte de su mala conciencia filial. A mis sesenta y dos años, yo seguía pensando que los museos eran lugares donde uno iba a confirmar que no entendía nada delante de personas que fingían entenderlo todo.

Pero aquella mujer me hizo gracia.

Llevaba el pelo blanco recogido de cualquier manera, un abrigo azul oscuro y unas botas sensatas, de esas que no prometen nada y luego te llevan lejos. No era guapa en el sentido idiota en que se usa esa palabra. Era mejor: tenía una cara donde habían pasado cosas. Una cara con invierno, con ironía, con alguna noche mal dormida y una boca viva, todavía dispuesta a reírse del mundo antes de que el mundo se riera de ella.

Me acerqué con esa prudencia del hombre que ya ha hecho bastante el ridículo en la vida y no necesita batir su propia marca.

—Perdone —le dije—. Yo de peras sé poco, pero hartas parecen muchas.

Ella me miró de arriba abajo. No con desprecio. Con evaluación. Como si estuviera pensando si yo era un imbécil completo o solo parcial.

—La mayoría de los hombres —dijo— creen que en los cuadros hay que buscar belleza. Yo busco fatiga.

—Entonces está usted en el siglo correcto.

Se echó a reír. Una risa breve, limpia, sin coqueteo. Casi un accidente. Luego volvió a mirar el cuadro como si el cuadro también hubiera oído la conversación y quisiera opinar.

Nos encontramos otra vez dos jueves después. Ya no por error. Yo había regresado al museo con la excusa miserable de ver una sala que me había quedado pendiente. Era mentira. Lo que me había quedado pendiente era ella. Y allí estaba, sentada en un banco, frente a una mujer desnuda pintada por alguien que seguramente tuvo mucho talento y una vida amorosa insoportable.

—Hoy no discute con la fruta —le dije.

—Hoy vengo a por la carne —respondió.

Me senté a su lado.

A esa edad uno ya no pregunta ciertas cosas de entrada. No pregunta si vive sola, si enviudó, si la dejó alguien, si tiene hijos, si le duele la rodilla cuando cambia el tiempo o si alguna vez la besaron como debía. Primero habla del cuadro. Luego del frío. Luego de un café. Y, si hay suerte, de la vida.

Con Elisa ocurrió así. El café fue en la cafetería del museo, que era cara y mala, como casi todas las cosas que se ponen de moda. Ella pidió té. Yo café solo. Hablamos del cuadro, de Barcelona, de por qué la gente baja la voz en los museos como si el arte estuviera convaleciente. Me dijo que había dado clase de literatura en un instituto durante treinta y ocho años. Yo le conté que había trabajado media vida entre papeles, convenios, despidos y reuniones que parecían escritas por un enemigo del ser humano. Ella levantó una ceja.

—Entonces usted viene del arte contemporáneo de verdad.

A partir de ahí fue fácil.

Nos vimos algunos jueves más. Luego también un martes. Después un domingo por la mañana. La ciudad, que a veces solo sirve para llegar tarde, empezó a regalarnos pequeñas costumbres: un vermú en una terraza discreta, un paseo por librerías, una exposición absurda que criticábamos con entusiasmo, una cena donde ella me confesó que llevaba siete años sola y que la soledad al principio le había parecido una habitación enorme y luego una vajilla: acabas usándola sin pensar demasiado.

Yo le dije que mi matrimonio había durado veintinueve años y que no terminó con un portazo ni con una infidelidad cinematográfica, sino con ese desgaste vulgar que tienen las cosas importantes cuando nadie las limpia a tiempo. Se quedó callada. No por juicio. Por delicadeza. Después me tocó la mano como quien corrige apenas una arruga en una camisa.

Aquel gesto me desordenó más que muchos cuerpos enteros.

Fue en febrero cuando subimos por primera vez a su casa. Había cuadros por todas partes. No cuadros caros ni famosos. Cuadros pintados por ella. Algunos eran buenos. Otros querían serlo. Todos tenían algo que se parecía demasiado a una respiración.

—Empecé a pintar tarde —me dijo—. A los cincuenta y ocho.

—Hay gente que empieza a vivir más tarde.

—Y hay gente que muere años antes de enterrarse.

No respondí. Ella tampoco parecía necesitar respuesta. Encendió una lámpara pequeña del salón. La luz le cayó en la clavícula, en la base del cuello, en esa zona donde la edad no resta erotismo: lo afina. Me acerqué. No con hambre. Con una especie de respeto tembloroso. Como si fuera a tocar por primera vez una obra frágil que, sin embargo, llevaba décadas resistiendo.

Nos besamos.

No fue un beso joven. Gracias a Dios. No tuvo prisa, ni exhibición, ni ese entusiasmo gimnástico que tanto prestigio tiene y tan poco sentido suele dejar. Fue un beso adulto, que viene con memoria, con miedo, con deseo y con la sospecha de que ya no estamos para fingir eternidades pero sí para reconocer un instante cuando vale la pena.

Después, al apartarse, Elisa sonrió.

—¿Ves? —dijo—. Al final la pera no estaba triste.

—No. Solo esperaba la luz correcta.

Ahora hace casi un año de aquello. Los jueves seguimos yendo al museo. A veces miramos cuadros. A veces nos miramos nosotros, que tampoco está mal como disciplina artística. Yo sigo sin entender muchas obras. Ella dice que no hace falta entenderlo todo, que la mitad de la belleza consiste en quedarse un rato delante de algo sin dominarlo.

Supongo que con el amor pasa parecido.

A nuestra edad, enamorarse no tiene la épica de una promesa. Tiene algo mejor: la puntería.

«Cuanto mejor se ata el tiempo a las acciones, mayor claridad tiene la narración.» (Francesco Patrizi nacido el 25 de abril de 1529 vino a decir aquello de que las frases se construyen así: “sujeto, verbo y predicado” de toda la vida. De esta manera las cosas empiezan a ser entendibles)

Paulo Vanzolini que hoy hubiese cumplido 102 años era zoólogo y también se dedicaba a cantar y no precísamente como los cisnes o las ballenas, sino como brasileiro que fue.


La ciutat que no responia

De nit feia la ronda pels carrers, buscant-lo en cada bar com qui busca una moneda dins d’un pou.

Els cambrers ja no preguntaven. Apartaven els gots, les cadires, la llàstima.

Ella mirava les finestres enceses i pensava que l’amor, quan fuig, deixa sempre el llum obert per pura crueltat.

A l’alba tornava sola.

No l’havia trobat mai.

Però la ciutat, de tant veure-la passar, ja havia après a estimar-la una mica.


viernes, 24 de abril de 2026

 

LA PARTE DEL CUERPO QUE NO SALE EN LAS FOTOS


La chica del vídeo decía, con una serenidad que daba hasta rabia, que llevaba tres años sin acostarse con nadie y que no se le había caído ningún órgano al suelo. Sonreía. Tenía treinta mil seguidores, una lámpara cálida detrás y esa piel descansada de quien duerme o de quien, al menos, ya no finge.

Yo la escuchaba en el móvil mientras Laura se desmaquillaba en el baño.

Llevábamos ocho meses sin tocarnos de verdad.

No hablo de rozarnos al pasar, ni de ese beso de turno que parece firmado por una gestoría. Hablo de tocarse como se toca uno una herida para saber si sigue ahí. Hablo de entrar en el otro sin pedir perdón ni permiso al cansancio. Hablo de recordar que el cuerpo también piensa.

La influencer dijo que había descubierto una paz nueva desde que dejó de obedecer el calendario del deseo, esa especie de oficina clandestina donde el mundo te exige ganas, rendimiento, frecuencia y hasta entusiasmo. Lo dijo bien. Demasiado bien. Como quien ha ganado una guerra pequeña y privada.

Laura salió del baño con mi camiseta vieja y una pinza mal puesta en el pelo. Se sirvió un vaso de agua. Ni siquiera me miró con hostilidad. Peor: me miró con costumbre.

—¿Qué ves? —preguntó.

—Nada. Una chica que dice que se puede vivir sin sexo.

Laura bebió despacio. Luego dejó el vaso en la encimera con ese cuidado que solo se tiene con lo que podría romperse.

—Claro que se puede —dijo—. Lo que no sé es si se puede vivir mucho tiempo sin que nadie te mire como si todavía fueras deseable.

No supe qué contestar.

En la pantalla, la chica seguía hablando de libertad.

En la cocina, entre el grifo mal cerrado, la luz blanca de la campana y aquel silencio lleno de muebles compartidos, entendí que quizá el problema no era vivir sin sexo.

El problema era empezar a vivir sin ser tocado por dentro.

«La verdad no es redonda, sino afilada; no es suave, sino áspera.» (Carl Friedrich Georg Spitteler autor de la frase, nació el 24 de abril de 1845 para ser premio nobel de literatura en 1919. Con la frase vino a decir que las verdades no es bueno pulirlas porque acaban siendo solo decoración)

Dick Rivers nació y murió el mismo día pero con 74 años de diferencia. En el entremedio versionó al francés una canción de un grupo muy conocido y que veréis presentándolo al principio del vídeo.

La pols de les promeses

Va trobar la carta dins una capsa de galetes daneses, entre botons morts i claus sense pany. No recordava haver escrit aquelles frases tan valentes: “sempre”, “mai”, “t’esperaré”. Li va fer vergonya aquella joventut tan mal educada, entrant al present sense trucar. A la cuina, la seva dona remenava una sopa amb la paciència de qui ja no pregunta. Ell va doblegar el paper, el va guardar a la butxaca i va sortir al balcó. A baix, algú cridava un nom equivocat. Va pensar que l’amor també era això: oblidar les paraules i quedar-se igualment.


jueves, 23 de abril de 2026

 

SANT JORDI Y OTROS COSMÉTICOS


En Sant Jordi, Barcelona se llena de gente que compra libros con la misma fe con la que otros compran cremas antiedad: no para cambiar de vida, sino para darse una capa de aspecto presentable.

Los ves salir de las paradas con la rosa en una mano y la novela en la otra, felices, civilizados, convencidos de haber hecho algo importante por la humanidad y, sobre todo, por sí mismos. Ese día la idiotez se disfraza de sensibilidad. Hay quien no abre un libro en once meses, pero el 23 de abril se pasea con tapa dura bajo el brazo como quien lleva un carné provisional de persona interesante.

A mí la escena me enternece y me irrita a partes iguales. Porque comprar libros siempre es mejor que comprar humo, eso está claro. El problema es la superstición. Hay demasiada gente que cree que adquirir un libro produce el mismo efecto que leerlo, del mismo modo que colgarse una esterilla del gimnasio no te fortalece los abdominales. El libro, cerrado, no mejora a nadie. Como mucho, decora una mesa, calza un mueble cojo o ayuda a parecer menos bruto en una videollamada.

Leer ya es otra cosa. Leer exige sentarse, callarse, entender lo que uno no quería entender, sospechar de sí mismo, convivir unas horas con ideas ajenas y salir un poco menos encantado con la propia estupidez. Por eso leer cansa. Por eso incomoda. Por eso tanta gente prefiere comprar el libro y dejarlo intacto, como si fuera una reliquia. Hay quien no quiere una novela: quiere la coartada.

Si todo el mundo que compra libros en Sant Jordi se los leyese de verdad, sí, disminuiría el número de idiotas. No desaparecerían, tampoco soñemos. La idiotez es resistente, se adapta, prospera incluso en ambientes cultos. Pero al menos bajaría el censo. Habría menos opinador con frases prestadas, menos fanático con vocabulario de taza, menos imbécil envuelto en papel de regalo.

Lo trágico, o quizá lo cómico, es que muchos seguirán comprando libros para no leerlos y hablando de literatura como quien habla de sexo: con entusiasmo público y una práctica sospechosamente escasa.

Sant Jordi está lleno de libros.

Lo que sigue siendo raro es encontrar lectores.

¡Que tingueu una bona Diada de Sant Jordi!

miércoles, 22 de abril de 2026

 

EL HOTEL Y EL ESTRECHO


En el tiempo en que el presidente de la gran república occidental, hombre más inclinado al golpe súbito que al cálculo duradero, mandó castigar a la nación persa del petróleo, creyó que la superioridad de sus armas bastaría para abreviar la guerra y que la rapidez del daño produciría obediencia. No pidió, según decían sus adversarios, el asentimiento de quienes en su patria debían compartir una decisión tan grave; tampoco procuró, como otros antes que él, el acuerdo firme de los aliados, a muchos de los cuales había cansado con desprecios, amenazas y mudanzas de ánimo. Le bastó su propia convicción, que en los gobernantes de esa clase suele parecerse mucho al capricho.

Mas no acontece casi nunca que la guerra se deje gobernar por quien la inicia. Porque esta, una vez soltada, toma consejo del miedo, del interés y del azar, y devuelve al agresor no lo que había previsto, sino aquello que la parte ofendida encuentra a mano para no perecer sin precio.

Por eso, cuando todavía ardían depósitos, radares y hangares, el mar comenzó a dictar su ley. El estrecho por donde transitan los mercaderes del mundo, y que hasta entonces muchos habían considerado un simple paso de agua entre montes secos, resultó ser una garganta. Y el que aprieta una garganta no necesita vencer del todo; le basta con recordar a los demás que puede cerrarla.

Sucedió entonces que, al término de unas semanas de bombardeos, se anunció una suspensión de hostilidades. Los mediadores habían dispuesto en Islamabad un gran hotel, desalojando huéspedes y cerrando salones, como si el mármol, las lámparas y las moquetas pudieran por sí solos producir acuerdo entre enemigos que seguían hablándose con barcos, drones y amenazas. Se prepararon mesas largas, banderas bien alineadas y jarras de agua que nadie bebería. Los hombres del país mediador andaban de un lado a otro con ese afán que tienen los neutrales cuando desean que la paz ajena les confirme su importancia.

Pero los unos no llegaron, y los otros tampoco.

Sí acudieron, sin embargo, algunos emisarios menores, autorizados no para pactar, sino para medir la disposición del contrario. Y así, en una sala demasiado grande para la verdad y demasiado lujosa para la prudencia, hablaron un consejero de la potencia marítima y un negociador del país cercado. No hablaron ante el público, ni delante de periodistas, sino en la intimidad que buscan los poderosos cuando desean decir con claridad lo que en las plazas no puede decirse sin escándalo.

El consejero del Imperio tomó la palabra y dijo:

—Nuestro presidente, movido por clemencia y por deseo de concluir, prolonga la suspensión de los ataques. Ningún avión despegará mientras vuestros jefes presenten una propuesta unida y se mantenga la discusión. Veis, pues, que no buscamos vuestra ruina, sino vuestra rectificación.

El otro respondió:

—No llamáis rectificación a lo mismo que nosotros. Si mantenéis el bloqueo de nuestros puertos y pretendéis que eso no es guerra, también podríais llamar lluvia al fuego y medicina al hambre.

El consejero, sin irritarse, contestó:

—Os conviene entender las palabras según la fuerza que las sostiene. Nosotros podemos detener los bombardeos y continuar el cerco. Vosotros no podéis exigirnos el levantamiento del cerco y, al mismo tiempo, conservar intacta vuestra capacidad de daño. En toda negociación se distingue entre la parte que concede tiempo y la parte que lo aprovecha.

El persa dijo:

—También se distingue entre el que posee muchas armas y el que ha encontrado el lugar preciso donde esas armas no bastan. Vosotros domináis el cielo y habláis como amos del mar; pero hoy mismo tres naves han sido alcanzadas en el estrecho, y el comercio del mundo sigue temiendo más a una lancha pequeña que a vuestras declaraciones.

Al oír esto, el consejero miró hacia la mesa, como quien no desea conceder demasiado a una verdad enunciada por su enemigo, y dijo:

—Aun así, vuestra situación es peor. Vuestras ciudades han sufrido, vuestro aparato militar ha sido reducido y vuestra economía depende de una paz que no podéis imponer. Nosotros, en cambio, podemos sostener la presión el tiempo necesario.

Entonces el persa, que no ignoraba la diferencia entre el daño sufrido y la ventaja conseguida, respondió de esta manera:

—Puede que hayáis destruido mucho y conseguido poco. Porque no toda victoria consiste en arrasar; a veces consiste en obligar al vencedor a mostrar que sus medios son grandes y sus fines pequeños. Antes de la guerra, cerrar el estrecho nos exponía a castigos que no deseábamos. Después de vuestro ataque, el castigo ya estaba consumado, y lo que temíamos se volvió instrumento. Nos habéis enseñado con vuestros golpes lo que podíamos haceros con nuestra necesidad.

Aquí calló un momento y prosiguió:

—Además, quienes eran vuestros amigos no se han apresurado a compartir esta empresa. Algunos os han negado ayuda; otros os la han dado con la lentitud con que se sirve a quien inspira más recelo que afecto. Creíais mandar sobre una coalición y ahora descubrís que mandabais, sobre todo, sobre el recuerdo de lo que fuisteis.

El consejero, que no carecía de inteligencia aunque servía a un señor inclinado a despreciarla, percibió que aquella herida era verdadera. Porque ya se hablaba en los ministerios de sus aliados con menos reverencia que antes, y se contaban los misiles gastados no como trofeos, sino como deuda. Sin embargo, no quiso ceder nada y dijo:

—Los aliados vuelven siempre al más fuerte. Y si algunos se alejan, lo hacen por cálculo, no por virtud. Cuando comprendan que seguimos siendo necesarios, regresarán. Así ha ocurrido otras veces.

El persa respondió:

—Puede ser. Pero también ocurre que, cuando un poder obliga a sus amigos a elegir entre obedecerle y salvarse de su imprudencia, aprende demasiado tarde que la necesidad no produce lealtad, sino distancia. Y hay otra pérdida mayor que no medís en vuestras tablas: habéis acostumbrado al mundo a oír de vuestra boca amenazas contra pueblos enteros, palabras de exterminio y desprecio por las leyes que antes os servían para reprender a otros. Quien se proclama guardián del orden y habla como pirata, debilita su estandarte más deprisa que su flota.

El consejero sonrió apenas, como hombre que oye una verdad desagradable en labios que detesta.

—No confundáis el lenguaje de la guerra con la esencia del dominio —dijo—. Los hombres olvidan pronto las palabras si el vencedor conserva el poder.

Mas el otro contestó:

—Y olvidan también pronto la majestad, si ven que un imperio necesita incendiar un país para descubrir después que no puede abrir un paso marítimo sin pedir ayuda a quienes ya no confían en él.

Mientras hablaban así, en los teléfonos de ambos entraban mensajes: en una costa se había disparado contra un mercante; en otra capital subía el precio del petróleo; en otras, más lejanas, hombres que no habían amado ni a uno ni a otro bando calculaban provechos. Los chinos ofrecían mediación con la paciencia con que se ocupa una silla que otro abandona. Los rusos esperaban. Europa protestaba a media voz, como hace quien teme tanto la guerra como la verdad sobre su propia impotencia. Y en el hotel vacío, donde se había fingido preparar la paz, no había en realidad más que un espejo bien iluminado en el que cada cual veía lo que la guerra le había quitado.

Al cabo, ninguno de los dos quiso continuar, porque ambos habían dicho ya lo esencial. El americano salió primero. El persa se quedó aún un momento mirando las banderas dispuestas en la mesa, y luego dijo para sí que en las guerras modernas se destruyen instalaciones con gran perfección, pero los errores siguen siendo antiguos.

Así terminó aquella conversación, que no cambió nada y, sin embargo, mostró mucho. Porque quedó manifiesto que el gobernante que había entrado en la guerra creyéndose árbitro de los hechos había pasado a ser rehén de sus efectos; que el débil, sin dejar de ser débil, había encontrado en la herida una forma de poder; que los amigos del fuerte empezaban a parecer socios cansados; y que la autoridad moral, una vez cambiada por la amenaza desnuda, no se recupera con un alto el fuego anunciado en redes ni con un hotel vacío.

Y lo más notable fue esto: que el Imperio no comprendió enseguida su pérdida, ya que había destruido mucho y seguía siendo formidable a los ojos de todos. Pero los más atentos vieron que su dominio había menguado precisamente en aquello que no podía bombardear. Porque había logrado atemorizar, sí, pero ya no persuadir; había conseguido castigar, pero no ordenar; y había probado, ante amigos, enemigos y neutrales, que una gran potencia puede golpear a un país entero y, aun así, no ser capaz de someter un estrecho.

«Las ideas nuevas disgustan a las personas mayores; les gusta convencerse de que el mundo no ha hecho más que perder, en vez de ganar, desde que dejaron de ser jóvenes» (Esta frase la escribió Anne-Louise-Germaine Necker, baronesa de Staël-Holstein, más conocida como Madame de Staël. Nació el 22 de abril dew1766 y vivió durante 51 años en la que creó uno de los primeros salones literarios de París. Soy de los que piensa que el mundo ha ganado es decir, soy joven todavía. Lo que no enumeraré por falta de espacio, es en qué)

Daniel Johns cumple hoy 47 años y le dedica canciones muy bonitas a Anna. Bueno él y toda la banda Silverchair.

La gana amb nom de noia

A taula, l’Ana tallava l’enciam en trossos tan petits que semblaven excuses. La mare hi posava oli; el pare, silencis. Ella somreia amb aquella educació de qui ja ha decidit desaparèixer sense fer soroll. A la nit, el pis cruixia com un cos que es nega. Obria la nevera, mirava la llum, tancava la llum. No volia menjar: volia manar sobre alguna cosa. Un matí, el vestit li va caure damunt com una rendició. I la mare, per primer cop, no li va dir “que guapa”, sinó “queda’t”.