martes, 29 de septiembre de 2026

 

ESTE ES MI DECRETO; PERO SI NO LE GUSTA, TENGO ESTE OTRO

Esta mañana el Gobierno tenía un problema.

Bueno, tenía varios, pero a las nueve y media tocaba el de la vivienda.

Sobre la mesa del Consejo de Ministros descansaba un Real Decreto. Uno. Entero. Con sus artículos, disposiciones, prórrogas, prohibiciones y esa hermosa expresión «extraordinaria y urgente necesidad» que sirve para casi todo, excepto para encontrar piso.

El problema era que el Decreto no acababa de gustar.

—Así no.

—Pues así sí.

—Pues nosotros no lo aprobamos.

—Pues nosotros tampoco aprobamos el vuestro.

Hubo un silencio institucional.

Alguien pidió café.

Otro miró el reloj.

Y un tercero, seguramente el más inteligente de la sala, tuvo una idea revolucionaria:

—¿Y si en vez de un decreto hacemos dos?

Todos se quedaron mirándolo.

Acababa de inventar la mitosis legislativa.

El Decreto fue colocado cuidadosamente sobre la mesa y dividido en dos. A un lado quedaron unas medidas. Al otro, otras. Las que molestaban más se pusieron aquí; las que podían molestar menos, allá. Lo importante era que ninguna molestase a todos al mismo tiempo.

—¿Y esto arregla el problema de la vivienda?

La pregunta debió de hacerla algún becario porque nadie contestó.

A media mañana ya había fumata blanca.

Donde horas antes existía un decreto que no conseguía poner de acuerdo a quienes gobiernan juntos, aparecieron dos decretos que permitían continuar gobernando juntos sin necesidad de ponerse demasiado de acuerdo.

La política también tiene sus avances científicos.

Luego llegó la rueda de prensa.

Se habló de derechos, protección, alquileres, vulnerabilidad, fondos, contratos y soluciones. Palabras importantes. Algunas incluso necesarias.

Mientras tanto, en algún lugar de Madrid, Barcelona, Málaga o cualquier ciudad donde un dormitorio empieza a cotizar como si tuviera vistas al Taj Mahal, una pareja abrió un portal inmobiliario.

—Mira este.

—Mil cuatrocientos.

—Tiene cuarenta metros.

—Pero pone «acogedor».

Siguieron buscando.

En La Moncloa, en cambio, el problema del día estaba resuelto.

Había acuerdo.

Bueno, dos.

Porque hemos alcanzado tal grado de perfección democrática que, cuando nuestros principios no caben dentro del mismo decreto, ya no hace falta cambiarlos.

Se cambia el decreto.

O mejor aún: se hacen dos.

«La fantasia, com sempre, intenta donar una determinada evidència a la realitat.» ( Pere Calders nacido el 29 de septiembre de 1912 para decirnos en nuestra lengua que la fantasía no es un escondite, sino una lupa extraña: deforma un poco las cosas y, precisamente por eso, permite verlas mejor)

Miguel Gallardo hubiese cumplido hoy 76 años pero se "quedó" entre nosotr@s hasta los 55. Por cierto la canción del vídeo está inspirada en un poema de Pablo Neruda: Farewell.


La clau

Vaig deixar la maleta al replà.

—Queda’t.

Feia vint anys que esperava sentir aquella paraula. Potser per això vaig trigar uns segons a girar-me.

Ella continuava asseguda a la cuina, amb les mans damunt la taula.

—Ho dius de debò?

Va somriure. Aquell somriure petit que encara sabia desarmar-me.

Vaig entrar, vaig tancar la porta i vaig desfer la maleta.

L’endemà, quan em vaig despertar, ella ja no hi era.

Damunt la taula hi havia les claus de casa i una nota:

«Jo no sabia quedar-me. Tu sí.»


lunes, 28 de septiembre de 2026

 

CERTEZAS Y DUDAS

Estoy lleno de vacío.

Lo sé. No parece una manera demasiado seria de empezar una reflexión, pero últimamente mis certezas tienen esa mala costumbre: en cuanto las miro de cerca, empiezan a parecerse sospechosamente a mis dudas.

Quizá sea porque he pintado algunos pensamientos de negro transparente. Desde lejos parecen sólidos. Rotundos. Incluso elegantes. Pero basta acercarse un poco para descubrir que se puede mirar a través de ellos y que, detrás, no hay respuestas. Solo más preguntas.

También puede ser culpa de mis actos. Procuro caminar con esa seguridad que uno adquiere con los años, aunque he descubierto que cumplir años no significa saber adónde vas. Significa, como mucho, haber aprendido a disimular mejor cuando te pierdes.

Durante mucho tiempo creí que la experiencia servía para construir un suelo firme bajo los pies. Ahora sospecho que sirve para otra cosa: para saber que cualquier suelo puede moverse.

Y luego está mi fortaleza.

Esa que enseño al mundo con bastante dignidad. La que utilizo para proteger precisamente aquello que más vulnerable me hace. Una magnífica armadura con una pequeña particularidad: tiene la abertura exactamente donde podrían herirme.

No sé si esto es una contradicción o simplemente estar vivo.

Porque cada vez tengo menos respuestas y, curiosamente, algunas cosas las entiendo mejor.

He dejado de desconfiar de mis dudas. Las certezas, en cambio, empiezan a preocuparme. Sobre todo las de quienes jamás dudan de nada. Debe de ser agotador tener siempre razón. Y bastante peligroso.

Yo ya no aspiro a tanto.

Me conformo con unas pocas evidencias provisionales, algunas convicciones revisables y un puñado de preguntas que todavía no he conseguido contestar.

Así que, si alguien me pide una certeza, por fin tengo una: dudo.

Y de eso estoy casi seguro.

«Solo hay que cometer las tonterías que nos gustan.» (Prosper Mérimée fue el que le dio un toque literario a aquella frase de “a vivir que son dos días”. Nació el 28 de setiembre de 1803 y tuvo la suerte de escribir una novela corta, Carmen, que la convirtieron en ópera universal)

Supongo que la canción del vídeo, Stand By Me, la habré colocado en alguna ocasión por estas páginas en cualesquiera versiones que se han hecho. Me encanta. Ahí está la original de Ben E. King, en un blanco y negro precioso de 1961. 

La cadira del costat

Cada vespre parava taula per a dos.

—No cal que em facis companyia —deia mentre servia la sopa.

La cadira del davant continuava buida.

Després explicava el dia: el preu del pa, la veïna del tercer, aquell dolor al genoll que no marxava. De vegades reia. Altres, s’enfadava perquè ningú li contestava.

Abans de recollir, deixava sempre la mà uns segons sobre el respatller.

Una nit va guardar el segon plat dins l’armari.

Va sopar en silenci.

Quan es va aixecar, la cadira buida va grinyolar.

Ell es va girar.

—Ja ho sé —va dir—. Tu tampoc estàs preparat.


domingo, 27 de septiembre de 2026

 

OCHO AÑOS Y CUATRO DÍAS

España acaba de descubrir que tiene un problema con la vivienda.

Ha debido de ser esta semana.

Antes, por lo visto, eran casos aislados. Jóvenes de treinta y tantos viviendo con sus padres, familias entregando medio sueldo al casero, habitaciones alquiladas al precio al que antes se alquilaba un piso entero, colas para visitar cuarenta metros cuadrados con «muchas posibilidades» —la principal, desarrollar claustrofobia— y trabajadores que han descubierto que tener nómina ya no garantiza poder pagarse un sitio donde guardar la nómina.

Pero problema, problema… no.

Ahora sí.

Ahora tenemos emergencia habitacional.

La política española tiene estas cosas. Puede contemplar durante años cómo una gotera se extiende por el techo, ponerle un observatorio, crear una comisión para estudiar la humedad, encargar un informe sobre la conveniencia de comprar un cubo y, cuando finalmente se desploma el techo, convocar una rueda de prensa para anunciar:

—Vamos a actuar de inmediato.

Y actúan.

De inmediato.

Pedro Sánchez es presidente del Gobierno desde junio de 2018. Han pasado más de ocho años. Ocho años dan para bastante. Da tiempo a que un niño nazca, aprenda a andar, empiece el colegio, haga la primera comunión si sus padres son de costumbres y descubra, al cumplir ocho, que probablemente necesitará otros treinta para comprarse una vivienda.

Pero ahora hay prisa.

Mucha.

Parece que el problema de la vivienda tiene que resolverse en cuatro días.

Debe de ser que hasta ahora habíamos marcado mal el número de urgencias.

Porque durante estos ocho años hemos tenido leyes, decretos, planes, anuncios, índices, bonos, zonas tensionadas, promesas de miles de viviendas y comparecencias donde todo estaba a punto de empezar a solucionarse.

La vivienda, mientras tanto, siguió a lo suyo.

Subiendo.

Hay que reconocerle una virtud: ha sido mucho más constante que la política.

Y entonces apareció Maricarmen.

Ochenta y siete años. Más de setenta viviendo en la misma casa. Y una imagen que ningún informe ministerial podía esconder debajo de una gráfica: una anciana saliendo de su hogar en una camilla.

De repente, alguien debió de mirar el calendario en Moncloa.

—¿Cuánto tiempo llevamos gobernando?

—Ocho años.

—¿Y cuándo hay que arreglar esto?

—El martes.

Ah.

Pues manos a la obra.

«El proceso vital [...] no puede representarse por una recta, sino por una curva.» (Adolfo Bonilla nacido el 27 de setiembre de 1875 es el autor de la frase y, su vida, como las nuestras, estuvo no sólo llena de curvas, sino de bajas, subidas y caminos empedrados)

Brad Arnold nació el 27 de setiembre de 1978 es decir, hoy cumpliría 48 años. Ha llegado hasta los 47. Se quedó tres puertas más abajo.

L’altra banda del llit

Encara dormo a la meva banda.

No perquè esperi que tornis. Això seria ridícul després de sis anys.

Però la teva continua intacta.

De vegades hi deixo el llibre, les ulleres, alguna camisa per plegar. Petites ocupacions provisionals, com si l’espai no pogués quedar buit massa estona.

Ahir, adormit, vaig allargar la mà.

Vaig trobar escalfor.

Vaig obrir els ulls de cop.

Era el gat.

Em va mirar amb aquella indiferència seva i va tornar a dormir.

Jo també.

Però una mica més a prop.



sábado, 26 de septiembre de 2026

 

LA LUNA LLEGÓ TEMPRANO

La luna se equivocó de hora.

Apareció cuando el cielo todavía era azul, enorme, redonda, descaradamente visible, como esas personas que llegan antes a una cita y luego fingen que pasaban por allí.

Me quedé mirándola.

Siempre había pensado que la luna pertenecía a la noche. A los insomnes, a los amantes, a los poetas y a quienes vuelven solos a casa. De día me pareció fuera de sitio. Casi indecente.

Entonces comprendí que el problema no era suyo.

Somos nosotros quienes hemos decidido cuándo deben ocurrir las cosas.

Estudiar a los veinte. Casarse a los treinta. Triunfar antes de los cuarenta. Jubilarse a los sesenta y tantos. Enamorarse cuando corresponde. Desear mientras el cuerpo tenga permiso. Envejecer procurando no molestar demasiado.

La luna, en cambio, estaba allí.

A plena luz.

Con todas sus cicatrices visibles y sin molestarse siquiera en disimularlas.

Pensé que quizá llevaba demasiados años llegando puntualmente a lugares donde ya no quería estar.

Así que aquella tarde hice algo extraordinario.

Nada.

Me senté a contemplarla mientras el día terminaba a su manera.

Y por primera vez en mucho tiempo comprendí que llegar tarde a ciertas cosas puede ser una desgracia.

Pero llegar cuando a uno le da la gana puede ser una forma de libertad.

«Si el error se corrige siempre que se reconoce como tal, el camino del error es el camino de la verdad.» (Hans Reichenbach nacido el 26 de setiembre de 1891 para filosofar en Viena. Muy cierta su aseveración por eso estamos tan alejad@s de la verdad)

Olivia Newton-John cumpliría hoy 78 años pero hace 4 que se fue en busca de su Xanadú... mientras otr@s aún estamos camino de Ítaca.


Ja hi havíem estat

Durant quaranta anys vam buscar Xanadu.

El vam buscar en cases més grans, viatges més llunyans, restaurants impossibles i fotografies on sempre somrèiem.

Quan ens vam jubilar, vam decidir trobar-lo de debò.

—Potser no existeix —vas dir.

Aquella tarda vam obrir una capsa de sabates. Hi havia una fotografia: nosaltres dos, amb vint-i-pocs anys, asseguts a terra d’un pis sense mobles, menjant una truita directament de la paella.

Al darrere havies escrit:

«Quan siguem rics, recordarem això.»

Et vaig mirar.

Tu també ho havies entès.

Xanadu quedava quaranta anys enrere.


viernes, 25 de septiembre de 2026

 

REGRESO AL OTOÑO

Nunca me dijiste dónde podía encontrarte.

Tampoco te lo reprocho. Quizá ni tú lo sabías.

Así que llevo toda la vida buscándote. Y cuando digo toda la vida no exagero: exactamente tantos años como tengo. He mirado detrás de algunas puertas que no debía abrir, he recorrido caminos que terminaban donde empezaban y he esperado en lugares de los que tú ya te habías marchado. A veces por unas horas. Otras, por unos cuantos años.

No te encontré.

Pero tampoco regresé con las manos vacías.

Me llevé el azul de aquellos cielos que parecían no terminar nunca. El rojo de las hojas antes de rendirse y caer. El dorado de las que ya descansaban en el suelo, pisadas por quienes caminaban deprisa sin saber que estaban aplastando un otoño entero.

Guardé también el pardo de la corteza de los pinos, el verde húmedo del musgo abrazado a las piedras, el amarillo de ese sol de última hora que todavía presume de verano aunque ya no engaña a nadie.

Me llevé el blanco de la luna cuando consigue hacerse sitio entre las nubes. El grana de los matorrales. El naranja de esas flores tardías que se empeñan en sobrevivir cuando todo a su alrededor empieza a despedirse.

Los fui guardando sin saber muy bien para qué.

Tal vez porque, con los años, uno aprende que buscar también consiste en recoger lo que encuentra mientras no encuentra aquello que busca.

Ahora ha vuelto el otoño.

Lo reconozco porque la luz llega más cansada, las tardes empiezan a encogerse y los árboles vuelven a desprenderse de lo que ya no necesitan. Nosotros deberíamos aprender algo de ellos.

Sigo sin saber dónde estás.

Pero ya no tengo tanta prisa por encontrarte.

Tengo todos estos colores.

Y pienso conservarlos durante el invierno, cuando los días sean cortos y la memoria se empeñe en quedarse a oscuras.

Luego, cuando vuelva la primavera, iré a buscarte otra vez.

Y si entonces consigo encontrarte, te los regalaré todos.

Aunque para entonces quizá comprenda que llevaba toda una vida buscándote solo para tener algo hermoso que ofrecerte cuando llegaras.

«Por regla general, cuando no encontramos ni una sola cualidad buena en alguien, estamos prejuzgando.» (Me preocupa la afirmación de Jessica Anderson nacida el 25 de setiembre de 1916. Me preocupa porque me doy cuenta que estoy prejuzgando en más de un 90% y va en aumento)

En mis tiempos de casi juventud quería largarme a Venus; por eso me gustaba tanto la canción de Shocking Blue, un grupo neerlandés -en aquella época lo llamabamos holandés- de mi color preferido.


La deesa del Quart segona

La vaig veure cada vespre al balcó del davant.

Jo li havia posat Venus. Ella, probablement, es deia Montse.

Sortia descalça, regava dues plantes i, de vegades, mirava cap a casa meva. Aquells segons em bastaven per inventar-nos una vida sencera.

Una nit vaig reunir valor i vaig creuar el carrer.

Va obrir-me un home en pijama.

—Busques la meva mare?

Darrere seu, Venus va aparèixer amb la regadora.

Devia tenir setanta anys.

Va somriure.

—Ja era hora.

I aleshores vaig comprendre que els déus també envelleixen.

Nosaltres som els que arribem tard.