miércoles, 28 de octubre de 2026

 

URDA, ADAMUZ Y LA FACILIDAD DE ENCONTRAR UN CULPABLE EN PERÍODO ELECTORAL

Esta mañana estaba desayunando cuando he visto las primeras imágenes del accidente ferroviario de Toledo.

Dos trenes de alta velocidad. Vagones destrozados. Equipos de emergencia intentando rescatar a los pasajeros. Familias pendientes de un teléfono que, por una vez, deseaban desesperadamente que sonara.

El número de muertos aumentaba a medida que avanzaba la mañana.

Todavía no sabíamos exactamente qué había sucedido cuando ha aparecido una expresión que conozco bastante bien.

«Posible error humano».

Hay que reconocer que es una expresión extraordinaria.

Sirve para casi todo.

Se hunde un barco, se estrella un avión o descarrila un tren. Al poco tiempo alguien menciona la posibilidad de que una persona se haya equivocado.

Y yo me pregunto qué otra clase de error podría ser.

Porque los trenes los diseñan personas, las vías las construyen personas, los sistemas de seguridad los programan personas y las decisiones sobre su mantenimiento también las toman personas.

La cuestión es averiguar cuál de ellas se equivocó, si es que alguna lo hizo, y qué circunstancias permitieron que su equivocación terminara en una catástrofe.

Pero eso requiere investigar.

Y las investigaciones tienen un inconveniente.

Tardan.

En cambio, la opinión es inmediata.

Todavía estaban trabajando los equipos de rescate cuando ya circulaban las primeras hipótesis.

Unas señalaban problemas técnicos. Otras apuntaban a posibles equivocaciones en la gestión de la circulación ferroviaria.

Todo hipótesis.

Pero a las hipótesis les ocurre algo curioso cuando llegan a las redes sociales: en cuestión de minutos se transforman en certezas.

Y, si además estamos en período electoral, adquieren una velocidad que ya quisieran para sí los trenes de alta velocidad.

Falta un mes para las elecciones generales.

Así que el accidente apenas ha tenido tiempo de convertirse en noticia cuando ya amenaza con transformarse en argumento de campaña.

Unos pedirán dimisiones. Otros denunciarán la instrumentalización política de la tragedia. Habrá quien recuerde las inversiones realizadas y quien saque a relucir las que quedaron pendientes.

Se discutirán presupuestos, competencias, declaraciones ministeriales y hasta las promesas que alguien hizo hace cinco años.

Todo ello puede ser legítimo.

Lo que me sorprende es la facilidad con que algunos parecen conocer las conclusiones antes de que los investigadores hayan terminado de examinar los restos.

No hace tanto, en enero, ocurrió la tragedia de Adamuz.

Cuarenta y seis personas perdieron la vida.

Allí, las investigaciones han ido señalando una posible rotura de la vía y problemas en una soldadura.

Ahora, en Toledo, las primeras hipótesis son diferentes.

Dos accidentes gravísimos en el mismo año.

No sé si eso demuestra que la red ferroviaria sea estadísticamente más insegura. Para afirmarlo necesitaría datos que todavía no tengo.

Pero tampoco me parece una frivolidad empezar a preocuparme.

He pasado buena parte de mi vida profesional leyendo informes, estudiando responsabilidades y escuchando explicaciones sobre accidentes laborales.

Recuerdo uno en particular.

El informe atribuía el accidente a que un trabajador no había seguido el procedimiento establecido.

Tres líneas.

Después empezaban las preguntas.

¿Conocía el procedimiento? ¿Había recibido formación? ¿Disponía de los medios necesarios? ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando de aquella manera? ¿Quién supervisaba el cumplimiento de las instrucciones?

Las respuestas ocupaban tres carpetas.

Y es que la seguridad no debería depender exclusivamente de que nadie se equivoque jamás.

Por eso me inquieta la rapidez con que buscamos un nombre.

Especialmente cuando la persona cuya actuación se investiga también ha fallecido.

No sabemos si eso ocurrirá en el caso de Toledo. Conviene recordarlo antes de repartir responsabilidades.

Pero imaginemos que el señalado ha muerto.

Entonces la situación adquiere una particular comodidad.

El fallecido no puede explicar qué instrucciones recibió. No puede aportar un documento olvidado ni recordar una incidencia que comunicó semanas antes.

Tampoco puede defenderse de las afirmaciones hechas en una tertulia.

Y, desde luego, no celebrará una rueda de prensa.

Se puede investigar su conducta y determinar su responsabilidad, naturalmente. Lo que no debería hacerse es convertir su silencio en la explicación definitiva de todo lo sucedido.

Claro que también existe el peligro contrario.

Que las responsabilidades se diluyan en interminables discusiones administrativas hasta que nadie responda de nada.

No quisiera caer yo mismo en aquello que estoy criticando.

Si hubo una negligencia, que se investigue. Si fallaron los mecanismos de seguridad, que se determine por qué. Y si las responsabilidades alcanzan a quienes toman decisiones en los despachos, que no se detenga la investigación en la puerta de sus oficinas.

No parece pedir demasiado.

Aunque sospecho que, en período electoral, resulta bastante más sencillo repartir culpas que asumir responsabilidades.

He abierto las redes sociales.

En un mensaje, el responsable del accidente ya tenía nombre, apellido y cargo político.

En otro, toda la tragedia se explicaba por la incompetencia de un trabajador.

Un tercero acusaba a los medios de ocultar información.

Ninguno parecía albergar la menor duda.

He estado a punto de contestarles.

Después he recordado que hace unos meses yo mismo compartí una noticia política sin comprobarla demasiado, sencillamente porque decía exactamente lo que me apetecía leer.

He cerrado la aplicación.

En la televisión continuaban apareciendo imágenes de los vagones.

He pensado en las familias que ahora mismo estarán viajando hacia Toledo sin saber todavía qué van a encontrarse.

Y he recordado algo que no me gusta demasiado de mí mismo.

También yo preferiría que todo hubiera sido consecuencia de la equivocación de una sola persona.

Un descuido excepcional. Una decisión desafortunada. Algo que pudiera identificarse, corregirse y archivarse.

Sería tranquilizador.

Mucho más que descubrir que una sucesión de pequeñas decisiones, toleradas durante años, puede terminar provocando una catástrofe.

He apagado la televisión.

Mañana tengo que viajar a Madrid.

He abierto el billete en el móvil.

Coche 6. Asiento 12A.

Durante unos segundos he pensado en anularlo.

Después he decidido que no.

Quiero confiar en que lo ocurrido esta mañana no volverá a suceder.

Y reconozco que casi deseo que encuentren cuanto antes a alguien que se haya equivocado.

Uno solo.

Porque mañana tengo que coger ese tren.

«A vegades s’enclou molt millor una lliçó, una idea, en una narració breu que en una novel·la» (La frase es de Sebastián Juan Arbó nacido el 28 de octubre de 1902 con la que estoy completamente de acuerdo: el cuento, el relato breve es, como decía Hemingway “la fotografía de un instante”, un espacio pequeño donde debes desarrollar tu historia)

Eros Ramazzotti ya no es un niño: hoy cumple 63 años y, por esas cosas de la vida, canta la contradicción que supone separarse de alguien y estar toda la vida pensando en ella.


Sense ceba

Ens vam trobar davant dels congelats, catorze anys després. Duies una paella per a dues persones. Jo, una altra.

—Encara apartes la ceba? —em vas preguntar.

—Ara me la menjo.

Vas mirar-me com si aquella fos la notícia més difícil d’encaixar.

Vam parlar dels fills, de les cervicals, del preu del peix. Quan van anunciar que tancaven, encara érem allà.

—A casa tinc arròs —vas dir.

Vaig tornar la paella al congelador. Tu també.

Pel camí em vas preguntar què més havia canviat. Vaig necessitar tot el carrer per començar.

martes, 27 de octubre de 2026

 EL PREMIO AL MEJOR “PADRÍ”

Mi nieta tenía los pies metidos debajo de mi muslo cuando me hizo la pregunta.

—Padrí, ¿tú has ganado alguna vez un premio?

En la televisión, un futbolista recogía el Balón de Oro. Llevaba un reloj que asomaba por el puño de la camisa y parecía costar más que mi coche.

—Alguno.

—¿Cuál?

Pensé en la placa de mi jubilación. Cuarenta y seis años trabajando en la misma empresa y mi apellido mal escrito. La tenía en un cajón, debajo de las instrucciones de una lavadora que ya habíamos cambiado.

—Una placa. Del trabajo.

—¿Por ser el mejor?

—Por llegar a los sesenta y cinco sin morirme.

Me miró.

—Padrí...

—Por trabajar muchos años.

En la pantalla aplaudían. El futbolista se acercó al micrófono.

—¿Y no te han dado ninguno más?

—No, que yo recuerde.

—¿Por qué?

—Supongo que no hice nada extraordinario.

Sacó los pies de debajo de mi muslo y se sentó sobre ellos. A sus seis años, todavía necesitaba cambiar de postura para pensar.

Después me pidió que subiera el volumen.

Al día siguiente apareció con una caja de zapatos forrada de papel dorado. Reconocí el papel: habíamos envuelto con él el regalo de cumpleaños de su madre. Quedaba un trozo de celo con una pelusa.

—Abre.

Dentro había una medalla de cartón.

«AL MEJOR PADRÍ DEL MUNDO».

Me la puso antes de que pudiera decir nada. La cinta era tan corta que tuve que quitarme las gafas para pasar la cabeza.

—¿Y quién ha decidido que soy el mejor?

—Yo.

—¿Y los demás abuelos?

Se encogió de hombros.

—No se han presentado.

Me reí. Ella seguía ocupada en colocarme la medalla sobre el jersey.

—Ahora tienes que decir unas palabras.

Me levanté un poco del sofá.

—Muchas gracias.

—Más.

—Estoy muy contento.

Esperó.

—¿Ya?

—Es mi primer premio importante. No tengo práctica.

Me dejó sentarme.

Miré la medalla. En el reverso se veía media galleta y la información nutricional de los cereales. Tenía pegamento en los bordes. Pasé el pulgar por una esquina que empezaba a despegarse y apreté un rato.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—Puedes quitártela si te molesta.

A los setenta años, la cinta me apretaba un poco el cuello.

No me la quité en todo el día.

 «Habla suavemente y lleva un gran garrote; llegarás lejos» (Theodore Roosevelt nacido el 27 de octubre de 1858 para ser presidente de los EEUU y, por ende, premio nobel de la paz en 1906; la frase deja clara cuál era el santo y seña de su política)

Hoy sin ningún motivo, o tal vez porque quiero que pienses en mi... 


El coll de la camisa

Va venir a buscar els últims llibres. Duia el coll de la camisa doblegat, com sempre.

—Vine.

Mentre l’hi arreglava, em va tocar el canell.

—Penses en mi?

—Quan se m’espatlla alguna cosa.

Va somriure. Vaig estar a punt de dir-li que també quan em sortia bé l’arròs.

Va agafar la caixa.

—Et deixo les claus damunt…

—Ja ho sé.

Quan va marxar, vaig abaixar el foc. N’havia tornat a fer per a dos.


lunes, 26 de octubre de 2026

 

EL PADRE RESPONSABLE

Cuando lo llamaron de comisaría, estaba terminando un artículo sobre los actos vandálicos en el centro de Barcelona. Había visto las imágenes de los escaparates rotos y los contenedores ardiendo.

«Ya está bien de buscar excusas», había escrito.

Su hijo tenía dieciséis años y llevaba dos horas detenido por aquellos mismos disturbios.

—Mi hijo no es un delincuente —le dijo a su mujer mientras buscaba las llaves.

Ella levantó la vista del ordenador.

—Los de ayer tampoco tenían antecedentes.

—Ahora no, por favor.

En comisaría preguntó por el abogado que asistía al muchacho. Después quiso saber qué pruebas había, quién lo había identificado y dónde estaba exactamente cuando rompieron el escaparate.

—Lo detuvieron con los otros —le explicaron.

—Eso no es una conducta. Es una ubicación.

Hasta aquella tarde, en sus artículos bastaba con «los otros».

Durante las semanas siguientes vio varias veces las grabaciones. Un chico con capucha levantaba el brazo. Otro corría con algo en las manos. Su hijo aparecía unos segundos junto a una papelera.

Había que precisar los hechos. Separar conductas. No se podía atribuir a cualquiera todo lo que hubiera hecho el grupo.

Dejó el artículo sin terminar.

Cuando le pidieron una nueva colaboración, escribió sobre los peligros de juzgar a los jóvenes mediante vídeos de veinte segundos.

Su mujer lo leyó en la cocina.

—Este me gusta más.

Él recogió el plato sin contestar.

Finalmente, las pruebas no permitieron acreditar que el muchacho hubiera intervenido en los daños que le atribuían.

Salieron juntos del juzgado. El padre llevaba la resolución doblada dentro de la americana.

—¿Ves? Para eso está el Estado de derecho.

El chico asintió y sacó el móvil.

—¿Puedo ir a ver a estos?

—Tú te vienes a casa. Estás castigado.

—Pero si han dicho que no hay pruebas.

Su padre se detuvo.

—No me tomes por idiota. Yo sé perfectamente lo que hiciste.

El muchacho guardó el móvil.

—Pues demuéstralo.

«Después del pan, la educación es la primera necesidad del pueblo» (Parece mentira que esta frase venga de un revolucionario, Georges-Jacques Danton nacido el 26 de octubre de 1759 y ministro de justicia durante la revolución francesa que se llevó por delante las cabezas de much@s)

Canito (José Enrique Cano Leal) hubiese cumplido hoy 67 años sino hubiese sido porque un coche se cruzó en su camino a los 20. Era el batería del grupo Tos más tarde reconvertido en  Los Secretos. Muy conocidos en la llamada movida madrileña.


El degoteig

Va venir a buscar el trepant sis mesos després de marxar.

Mentre l’esperava al rebedor, va sentir l’aixeta de la cuina.

—Encara degota?

Vaig anar a buscar el trepant a l’armari.

Quan vaig tornar, s’havia tret la jaqueta i remenava sota l’aigüera.

—Porta’m un drap.

Vaig obrir el calaix de sempre. Ell va allargar la mà sense mirar-me.

Em vaig quedar amb el drap entre els dits.

—Vesteix-te.

Va treure el cap.

—Però si això és un moment.

—Deixa-ho, sisplau.

Vaig posar el trepant al costat de la porta.


domingo, 25 de octubre de 2026

 

POR PRECAUCIÓN

Mis vacas se han hecho famosas. Y yo, desgraciadamente, también.

Todo empezó ayer, cuando mi cuñado me envió por WhatsApp una noticia sobre un virus llamado Shamonda. Por lo visto, lo habían encontrado en un hombre en Francia que posteriormente había fallecido.

La noticia venía acompañada de una fotografía de varias vacas pastando.

Una de ellas se parecía muchísimo a la Margarita.

—¡Coño, si esa es tu vaca! —me dijo el vecino cuando nos encontramos en el bar.

Le expliqué que no, que Margarita llevaba ocho años sin salir de la comarca y que, por lo que yo sabía, nunca había solicitado un pasaporte.

No le hizo gracia.

A media mañana comenzaron las llamadas. Primero, la señora Carmen, que llevaba veinte años comprándome productos lácteos.

—Oye, Josep, que por ahora no me traigas nada. Hasta que se aclare lo del virus.

—Pero, Carmen, que mis vacas están sanas.

—Ya, ya. Si yo me fío de ti. Pero una cosa es fiarse y otra arriesgarse.

No supe qué contestarle. Especialmente porque Carmen fuma dos paquetes diarios desde que tengo memoria y asegura que el tabaco es malo únicamente para quienes lo dejan.

Después llamó el propietario de la tienda del pueblo. Que mejor suspendíamos las entregas. Por precaución.

Esa palabra empezó a perseguirme.

Por precaución, dejaron de comprarme. Por precaución, algunos vecinos cambiaban de acera cuando me veían. Y por precaución, el camarero del bar me preguntó si quería el cortado con leche de avena.

—¿Y qué tiene de malo la de vaca?

—Nada, hombre, nada. Pero ya sabes cómo están las cosas.

No. No sabía cómo estaban las cosas.

Mi hija, que de esto de internet entiende bastante más que yo, me enseñó un comunicado de las autoridades sanitarias. Decía que no se había identificado transmisión entre personas y que, con los conocimientos disponibles, no existía riesgo sanitario para la población general.

Lo compartimos en las redes sociales.

Veintitrés personas lo leyeron.

En cambio, alguien colgó un vídeo de una vaca estornudando con el título «EL VIRUS YA ESTÁ AQUÍ».

Cuarenta y siete mil reproducciones.

Aquella noche, mientras revisaba las cuentas de la explotación, me llamó Carmen.

—Josep, ¿te queda leche?

—Toda la que quieras.

—Pues tráeme dos litros mañana. Pero ven por la puerta de atrás, ¿eh? Que no quiero que me vean las vecinas.

Esta mañana he ido a ordeñar a Margarita. Estaba tranquila, rumiando como siempre, absolutamente ajena a su nueva condición de amenaza internacional.

Le he acariciado el lomo.

—¿Sabes una cosa, Margarita? —le he dicho—. Llevas ocho años dándonos leche y nunca has hecho daño a nadie.

Me ha mirado y ha seguido comiendo.

Luego he salido al patio. Allí estaba el camión cisterna de la cooperativa, esperando para recoger la producción que, después de pasar sus controles, acabaría en envases con dibujos de vacas felices pastando en prados verdes.

Sin mi nombre, naturalmente.

He firmado el albarán.

Por precaución.

«Escribo porque quiero vivir más de una vida; insisto en tener más donde elegir. Es codicia, pura y simple» (Coincido en los motivos de Anne Tyler para escribir y añado alguno más: para que mis descendientes y, sobre todo, descendientas sepan algo de quién era y lo que hice; hoy, nuestra frasista cumple 85 años)

Chris Norman cumple hoy 76 años y de verdad que espero que a esa edad le haya confesado su amor a Alice no vaya a ser que ella esté también por la labor. 


La finestra del menjador

El meu marit va mirar com carregaven els mobles de la veïna. Quan el camió va arrencar, encara es va quedar una estona amb la cortina entre els dits.

—Vindràs a dinar?

Va seure sense respondre. Li vaig acostar el pa.

Feia anys que volia posar un prestatge davant d’aquella finestra. Ell deia que ens trauria llum.

—Demà trucaré al fuster.

Va alçar els ulls del plat.

—Per què?

—Pel prestatge.

Va continuar menjant. Jo vaig apartar la seva mà per poder agafar la sal.


sábado, 24 de octubre de 2026

 

UNA HORA MÁS DE VIDA, CORTESÍA DE LA ADMINISTRACIÓN

Esta noche, a las tres volverán a ser las dos. En Canarias, a las dos será la una. Lo dice el BOE.

¡Una hora de regalo!

Llevo años quejándome de que me falta tiempo para escribir, visitar a los amigos o no hacer absolutamente nada, actividad a la que cada día encuentro mayores atractivos.

Y ahora va la Administración y me concede sesenta minutos.

¡Gratis! Sin instancia, sin tasas, sin certificado digital y, lo más sorprendente, ¡sin tener que acreditar mediante una fe de vida que sigo vivo!

Demasiado bonito.

He buscado la letra pequeña y, efectivamente, hay trampa. La concesión tiene carácter temporal, no admite prórroga y en marzo deberé reintegrarla íntegramente.

¡Hay que joderse! Tantos años esperando que la Administración me regale algo y resulta que es un préstamo.

Y encima me lo entregan mientras duermo.

Ahora solo me preocupa una cosa.

Como me muera antes de marzo, son capaces de reclamarles la hora a mis herederos.

Con recargo, por supuesto.

«El fanatismo religioso ha sido en España (y lo es todavía) el mayor enemigo de la libertad y de la cultura.» (Manuel de la Revilla aunque nació el 24 de octubre de 1846 y sólo estuvo entre nosotr@s 34 años y unos meses, supo dónde estaba el freno de nuestro avance)

El 24 de octubre de 2006 Taylor Swift lanzaba su primer album bautizado con su nombre. 20 años de aquello... y de lo otro.


La lletra equivocada

Al cotxe, tornant del tanatori, va sonar aquella cançó.

—Canvia-la —va dir la mare.

La filla va allargar la mà cap a la ràdio, però ella la va aturar.

—Espera.

Havia conegut el seu marit en un ball d'estiu. Ell sempre s'inventava la segona estrofa i estava convençut que ningú no se n'adonava.

La filla va apujar el volum.

Quan va arribar aquell tros, la mare va començar a cantar les paraules equivocades.

—Mama, que no diu això.

—Ja ho sé, filla.

I va continuar cantant, desafinant tant com ell.