LA
ENGRAPADORA
Él apareció con una bolsa de
papelería, como si acabara de atracar una oficina sin cámaras.
—Feliz aniversario —dijo.
En su voz había esa
tranquilidad de los hombres que no saben envolver un regalo, pero sí saben
quedarse. Cincuenta y siete años siendo la misma sombra a mi lado, a veces
estorbo, a veces abrigo.
Yo abrí la bolsa con una
mezcla de ironía y miedo. A estas alturas, el romanticismo siempre parece una
promesa con letra pequeña.
Una engrapadora.
Roja. Plástica. Barata. Con
esa sonrisa de objeto condenado a terminar en un cajón con pilas muertas.
Me quedé mirándola como se
mira una broma.
—¿Una engrapadora?
Él no se defendió. No corrió a
buscar una explicación brillante. Solo apoyó la palma sobre la mesa y me miró.
—La tuya se atasca.
—¿Y eso es…? —dejé la frase
colgando, esperando que cayera algo más: un sobre, una caja, un “era broma”.
Él se sentó, despacio, como si
el cuerpo también celebrara el aniversario.
—Tú llevas toda la vida
juntando cosas —dijo—. Cosas pequeñas. Cosas que si se pierden, nadie las echa
de menos… hasta que faltan.
Yo iba a contestar con
sarcasmo, pero él siguió, y me desarmó con una precisión que no le conocía:
—Engrapaste los recibos cuando
yo aún creía que el banco era una especie de dios caprichoso. Engrapaste los
dibujos del niño, y luego los del nieto. Engrapaste recetas, facturas, notas,
papeles del médico… —hizo una pausa—. Engrapaste incluso aquella carta del
hospital. La doblaste dos veces antes, para que ocupara menos. Como si el
dolor, doblado, también pesara menos.
Mi garganta hizo ese gesto de
traición: querer llorar. Y yo, que siempre he sido más de aguantar que de
mostrar, apreté los labios.
Él alargó la mano y me tocó
los dedos. No como un gesto de película, sino como lo que ha sido nuestra
historia: una verdad pequeña repetida mil veces.
—Nunca te compré flores sin
motivo —dijo, casi pidiendo perdón sin decirlo—. Pero me sé de memoria dónde
dejas las llaves cuando estás nerviosa. Sé cuándo te duele la espalda por cómo
te recoges el pelo. Sé cuándo piensas que estás sola aunque yo esté en la misma
habitación.
Yo miré la engrapadora otra
vez. Ya no parecía un objeto. Era un idioma.
Él la acercó a mí y, como si
me ofreciera una joya rara, explicó:
—Esto es para que no tengas
que pelearte con el atasco. Para que la vida te haga menos resistencia. Y…
—tragó saliva, como si lo que venía fuera demasiado íntimo para su educación
sentimental— y para recordarte que yo he estado aquí, viendo cómo sostenías el
mundo con dos grapas.
Me reí, pero la risa salió con
agua. Él sonrió, vencido y orgulloso a la vez.
Le di la vuelta a la
engrapadora. Debajo, con rotulador negro, había escrito una frase torpe, con
letra de hombre que nunca escribió cartas de amor:
“Para que no se te desarme la
vida.”
Me quedé un rato quieta. Con
el objeto en la mano. Con el tiempo apoyado en el pecho.
No era un regalo bonito. Era
algo mejor: era un hombre aprendiendo tarde, sí, pero aprendiendo. Poniendo en
palabras lo que siempre hizo a su manera: quedarse, reparar, sujetar.
Esa noche la dejé en la
mesilla, al lado del vaso de agua y las gafas. Como si la cama tuviera, por
fin, un tercer testigo: la prueba de que el amor no siempre brilla… a veces
simplemente engrapa.
Al apagar la luz, él me rozó
el hombro con la punta de los dedos.
—¿Te ha gustado? —preguntó,
con esa inseguridad de quien se juega algo grande con un objeto pequeño.
Yo no respondí enseguida. Me
giré hacia él y le besé la frente, despacio, como si estuviera comprobando que
seguía ahí.
—Me ha gustado porque no es
una cosa —susurré—. Es que me has mirado.
Y en la oscuridad, sentí su
respiración cambiar. Como cuando algo se queda sujeto por dentro, sin hacer
ruido.
«El amor es una experiencia
compartida… pero no significa que se viva de forma parecida por las dos
personas.» (Carson McCullers nacida el 19 de febrero de 1917 sólo vivió 50 años
pero fueron suficientes para escribir “La balada del café triste” de donde se
extrae esa cita realista y la mayor parte de las veces, triste)
Alan Merrill cumpliría hoy 75 años pero se plantó a los 69 declarando que le gustaba mucho, pero que mucho el rock and roll. Era un "flecha". Literalmente.
La moneda del jukebox
Al bar hi ha una llum bruta,
com de nevera vella. Tu tires una moneda i el jukebox escup la guitarra: clac,
clac, clac, com si piqués a la porta del pit. Jo faig veure que no t’he mirat,
però ja m’has guanyat: somriure de llauna, jaqueta que rasca, olor de cervesa i
colònia barata.
—M’encanta el rock-and-roll
—dius.
I jo, que sempre dic “no”, em
trobo dient “toca’n més”. I m’hi quedo. Com si la vida fos això: soroll, pell i
una cançó que no demana permís.




