domingo, 2 de agosto de 2026

 

SILENCIAR FAMILIA


Carlos silenció el grupo familiar después de recibir cuarenta y tres mensajes para decidir quién llevaba el hielo a una comida a la que no pensaba asistir.

No lo abandonó. Salirse habría provocado preguntas, reproches y, probablemente, la creación de otro grupo llamado «Familia sin malos rollos».

Durante meses vio aumentar el número de mensajes pendientes. Al principio eran cientos; después, miles. Le tranquilizaba saber que todos seguían allí dentro, hablando sin que él tuviera que escucharlos.

Una noche abrió el grupo por error.

Encontró felicitaciones, tartas, fotografías de sobremesas, una discusión política, otra por la venta de la casa de sus padres, el nacimiento de un niño llamado Leo y el funeral de la tía Carmen.

Su familia había continuado viviendo con una facilidad que le pareció casi ofensiva.

Intentó escribir:

«¿Cuándo ha pasado todo esto?»

Entonces descubrió que no podía enviar mensajes.

«Ya no perteneces a este grupo».

Llamó a su hermana.

—¿Cuándo me expulsasteis?

—¿Te expulsamos? Pensábamos que te habías ido tú.

Ella preguntó a los demás. Nadie lo recordaba. Uno dijo que habría sido después de una discusión sobre las elecciones. Otro, antes del nacimiento de Leo. Su madre aseguró que él seguía en el grupo.

—Lo que pasa es que nunca dice nada —añadió.

Antes de cerrar, Carlos volvió hasta el día de su cumpleaños. Había treinta y dos felicitaciones, siete tartas animadas y una fotografía suya de cuando todavía tenía pelo.

Su madre había preguntado:

—¿Carlos no piensa dar las gracias?

Su hermana respondió:

—Ya sabes cómo es.

Fue el mensaje con más corazones de toda la conversación.

«Una cosa es la utopía y otra la esperanza» (Joaquín Ruiz-Giménez Cortés Nacido el 2 de Agosto de 1913 para ser catedrático, politico, abogado español y el primer defensor del pueblo de esta democracia. Aunque empezó siendo franquista se alejó del regimen hacia posiciones democratacristianas: Fue el fundador de la revista “Cuadernos para el diálogo” en 1963, diálogo que hacía mucha falta en aquellos días)

No sé si Garth Hudson de The Band a sus 89 años que cumple hoy se seguirá preguntando por el peso de los favores. Tal vez siga delgado como en 1968 que es cuando se escribió la canción del vídeo.

El pes dels favors

En Miquel mai no deia que no. Va regar les plantes de la veïna, va avalar el cunyat, va cuidar el gos del fill i va guardar els secrets de tothom. A cada favor li deien:

—No et costa res.

Ell somreia i se’l carregava a l’esquena.

Al funeral, tots van elogiar la seva generositat. Ningú no va preguntar per què el taüt pesava tant.

Només la vídua ho sabia. Abans de tancar-lo, hi havia ficat, un per un, tots els favors pendents de tornar.


sábado, 1 de agosto de 2026

 

LA INVASIÓN DE LAS COMILLAS


Una zapatilla flotaba junto al espigón del Tarajal.

Era una zapatilla deportiva, negra, barata, de esas que empiezan a despegarse por la puntera después de tres carreras y dos lluvias. Daba vueltas sobre sí misma empujada por el agua. No llevaba bandera, ni pasaporte, ni programa electoral. Tampoco parecía tener intención de conquistar nada.

Solo tenía el mar dentro.

En la televisión hablaban de «invasión».

La palabra aparecía escrita en letras enormes, rojas, urgentes. La repetían los tertulianos, los políticos y esa nueva especie de estrategas militares que se forma durante la pausa publicitaria y adquiere el grado de coronel nada más regresar al plató.

—Esto es una invasión —decían.

Y puede que lo fuera. No lo sé. Las palabras también tienen fronteras y conviene vigilarlas antes de que entren en tromba y ocupen el pensamiento.

Porque decenas de miles de personas atravesando en pocas horas una frontera no constituyen una anécdota migratoria. Ni una incidencia. Ni uno de esos «episodios de presión» con los que la Administración convierte el desastre en una nota de prensa. Cuando una ciudad ve aumentada su población de golpe, los centros de acogida revientan, los hospitales se saturan, los vecinos tienen miedo y los agentes no saben dónde termina una emergencia y empieza la siguiente, algo muy grave ha ocurrido.

Negarlo sería una estupidez.

Pero llamar ejército a una multitud de muchachos descalzos, familias con niños y hombres agotados tampoco ayuda a comprenderlo. Un ejército lleva mando, estrategia, armamento y objetivos militares. Aquellos llevaban flotadores, teléfonos móviles metidos en bolsas y la fantasía de que, una vez alcanzada la playa, Europa les abriría una puerta que lleva décadas cerrada.

No eran soldados.

Aunque alguien los utilizara como munición.

Ese es el primer asunto del que nadie quiere hablar demasiado. Marruecos afirma que aquello no le complacía, que deseaba el regreso de sus ciudadanos y que colaboraba con España. Me tranquiliza mucho saberlo. Siempre es agradable comprobar que una frontera puede desaparecer durante horas sin complacer a ninguno de los dos países encargados de vigilarla.

Debe de haber fronteras espontáneas.

Fronteras que se toman vacaciones.

Fronteras que, aprovechando la Fiesta del Trono, deciden dejar de trabajar por su cuenta.

Porque cuando decenas de miles de personas consiguen cruzar desde un territorio sometido a un considerable control policial solo caben algunas posibilidades: que las autoridades marroquíes no pudieran impedirlo, que no supieran impedirlo o que durante algún tiempo no tuvieran demasiado interés en hacerlo.

Las tres merecen una explicación.

No una sonrisa diplomática.

No una declaración sobre la magnífica amistad entre ambos reinos.

No otra fotografía de ministros estrechándose la mano mientras, detrás, alguien recoge cadáveres del agua.

El Gobierno español reaccionó desplegando policías, guardias civiles y soldados. Hizo lo que debía hacer, aunque quizá demasiado tarde, cuando Ceuta ya estaba desbordada y la frontera había dejado de ser una línea para convertirse en una dirección aproximada. Después llegaron las explicaciones: las mafias, las redes sociales, la sentencia del Supremo, la confusión jurídica, el engaño propagado entre los jóvenes.

Todo eso puede ser cierto.

Pero ninguna sentencia retira a los agentes marroquíes de una frontera. Ningún mensaje de WhatsApp desactiva por sí solo los dispositivos de vigilancia. Ninguna mafia consigue movilizar a semejante multitud si previamente no existe un inmenso depósito de desesperación dispuesto a estallar.

Y, sobre todo, ninguna excusa debería impedir que nos hagamos la pregunta incómoda: ¿cómo es posible que un Estado se entere de que su frontera ha cedido al mismo tiempo que los espectadores del telediario?

El Ministerio del Interior habló de «cooperación ejemplar» con Marruecos mientras el Ejército español salía a la calle para reparar las consecuencias de esa ejemplaridad.

Debe de ser una nueva acepción del término.

Cuando un Gobierno califica de excelente aquello que acaba de fracasar, ya no está haciendo diplomacia. Está administrando anestesia.

El Gobierno de Ceuta pidió ayuda, cierre de la frontera, mando único y una respuesta nacional. Hizo bien. Una ciudad de ese tamaño no puede afrontar sola una situación semejante. Sería como pedirle a una comunidad de vecinos que apagara un incendio forestal con los cubos de fregar.

También convendría recordar que Ceuta lleva años advirtiendo de su fragilidad. Años escuchando que es una prioridad estratégica, una frontera europea, un territorio irrenunciable y otras expresiones solemnes que quedan muy bien en los discursos del Día de Ceuta.

Luego llega la noche, empiezan a entrar personas por el mar y descubrimos que la prioridad estratégica tenía pocos recursos, escaso espacio de acogida y un plan de emergencia redactado, probablemente, en futuro.

Después apareció la oposición.

El Partido Popular formuló preguntas legítimas. Hay que revisar los instrumentos legales, reforzar la frontera, solicitar apoyo europeo y aclarar las responsabilidades políticas. Eso es oposición. Para eso se le paga.

El problema empieza cuando alguno de sus dirigentes deja de fiscalizar al Gobierno y acusa al presidente de permitir una invasión para ocultar sus procesos judiciales. Entonces la tragedia se convierte en una pieza más de la gresca nacional, como si los muertos del Tarajal hubieran nadado hasta Ceuta para colaborar en una estrategia de comunicación de La Moncloa. El PP pidió reformar la ley, movilizar a Frontex y declarar la situación de interés para la Seguridad Nacional; junto a esas propuestas aparecieron acusaciones que reducían el episodio a otra conspiración partidista.

Vox tampoco perdió el tiempo.

Nunca lo pierde cuando hay miedo disponible.

Donde otros veían personas, ellos vieron hordas. Donde había una crisis humanitaria y de seguridad, encontraron una oportunidad para exigir deportaciones masivas, señalar a las organizaciones humanitarias y convertir a cualquier extranjero en sospechoso preventivo.

Es una habilidad política muy rentable: llegar después de la tragedia y fingir que llevabas años esperándola para tener razón.

En el extremo contrario, cierta izquierda continúa actuando como si pronunciar la palabra «frontera» fuera una indecencia ideológica. Habla de derechos —y hace bien—, pero en ocasiones parece olvidar que los derechos necesitan instituciones capaces de garantizarlos. Un Estado que no controla quién entra tampoco puede proteger adecuadamente a quien entra, atender al que pide asilo, identificar a los menores ni impedir que las redes criminales trafiquen con seres humanos.

Defender una frontera no obliga a odiar a quienes intentan atravesarla.

Y defender a los migrantes no exige fingir que las fronteras no existen.

Esa falsa elección nos ha llevado hasta aquí: o la alambrada sin humanidad o la humanidad sin ninguna organización. Como si no hubiera una tercera posibilidad llamada Estado de derecho, planificación, cooperación exigente y respeto por la vida.

Europa, mientras tanto, descubrió repentinamente que Ceuta también era Europa. Algunos gobiernos expresaron solidaridad. Otros empezaron a reforzar controles por miedo a que aquellas personas llegaran a sus aeropuertos, estaciones o campañas electorales. Europa siempre reconoce sus fronteras cuando sospecha que el problema puede cruzarlas.

Hasta entonces son españolas.

O ceutíes.

O de alguien que viva suficientemente lejos de Bruselas.

Y en medio de todos estaban los de siempre: guardias civiles sacando personas del agua, policías intentando mantener el orden, militares improvisando espacios, sanitarios atendiendo cuerpos agotados, organizaciones humanitarias repartiendo comida y vecinos de Ceuta contemplando cómo su ciudad se convertía en escenario, titular y arma arrojadiza.

Ellos no tuvieron tiempo de discutir si se trataba de una invasión, una crisis migratoria, una violación territorial o un episodio de instrumentalización.

Tenían gente delante.

Gente mojada, asustada, hambrienta.

Y también tenían miedo.

Porque los ceutíes tienen derecho a sentir miedo sin que nadie los llame racistas. Tienen derecho a exigir seguridad, control y ayuda. Del mismo modo que quienes llegaron tienen derecho a no ser descritos como una plaga, una enfermedad o una tropa enemiga.

Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Esa es la parte que peor soporta la política.

La realidad no cabe bien en una pancarta.

Ni en un tuit.

Ni en una palabra escrita con letras rojas.

Aquella noche continué mirando la zapatilla flotando junto al espigón. Pensé en su dueño. Quizá había regresado a Marruecos. Quizá estaba durmiendo sobre un cartón. Quizá era uno de los que ya no regresarían a ninguna parte.

En el plató seguían discutiendo.

Unos culpaban a Sánchez.

Otros a Marruecos.

Otros a las mafias.

Otros al Tribunal Supremo.

Otros a las ONG.

Todos parecían tener clarísimo quién era el responsable, salvo quienes tenían la responsabilidad.

Apagué la televisión.

La zapatilla siguió flotando en la pantalla negra durante unos segundos, como esas imágenes que permanecen en los ojos después de mirar demasiado tiempo una luz.

La llamaron invasión.

Pero quizá la verdadera invasión fue otra: la de la incompetencia, los eufemismos, los cálculos electorales y las frases fabricadas para no asumir culpas.

Las personas cruzaron la frontera empapadas.

Las excusas llegaron secas.

viernes, 31 de julio de 2026

 

CUESTIÓN DE TAMAÑO


Los expertos lo han confirmado: el tamaño importa.

Las pequeñas suelen ser más dulces, más compactas y bastante más manejables. Se conservan mejor, caben en cualquier sitio y no exigen esas maniobras aparatosas que obligan a utilizar las dos manos y, en ocasiones, hasta pedir ayuda.

También presentan una ventaja decisiva: se disfrutan sin prisas, pero sin esfuerzo. Basta acercarlas a la boca, hundir los labios y dejar que suelten el jugo. Un jugo fresco, abundante, pegajoso, que resbala por la barbilla si uno se entrega al placer con demasiado entusiasmo.

Las grandes impresionan, desde luego. Despiertan comentarios, miradas y alguna fantasía exagerada. Pero después llega el momento de la verdad: pesan, estorban, cuesta encontrarles acomodo y casi nunca se terminan. Mucha exhibición y poco sentido práctico.

Por eso este verano se ha disparado la demanda de las pequeñas. La gente empieza a comprender que la satisfacción no depende de los centímetros, sino del sabor, la consistencia y la habilidad con que se maneje lo que uno tiene delante.

La noticia me ha devuelto cierta confianza en mí mismo.

Hablo de las sandías negras pequeñas, naturalmente.

Aunque reconozco que no había pensado en ellas hasta la última frase.

«Es imposible vivir sin fracasar en algo, salvo que vivas con tanta cautela que sea como si no hubieras vivido en absoluto; en cuyo caso, habrás fracasado por defecto» (J. K. Rowling nacida el 31 de julio de 1965 para hacernos soñar a niños, adolescentes, no tan adolescente y mayores con los libros de Harry Potter. La frase que la acompaña en su aniversario es un compendio de lo que fue su vida hasta los 32 años. Por cierto ¡feliz cumpleaños!)

Hoy Bill Berry, baterista de la banda REM, cumple 68 años. Ya lo felicité con anterioridad y anuncio que volverá. Adivinad el porqué.


Somriure obligatori

Quan el Govern va prohibir la tristesa, van desaparèixer els enterraments, els acomiadaments i les cançons lentes.

Tothom havia de somriure. També els vidus, els desnonats i els nens sense berenar. Les càmeres vigilaven que les dents fossin visibles.

Ella complia la llei escrupolosament. Somreia al carrer, a la feina, fins i tot mentre dormia.

Un matí, davant del mirall, va descobrir que ja no sabia deixar de fer-ho.

Va demanar ajuda.

El metge, radiant, li receptà felicitat.


jueves, 30 de julio de 2026

 

EL ERROR HUMANO

El escritor terminó el relato a las tres y diecisiete de la madrugada.

Lo leyó una vez. Luego otra. No encontró una sola falta de ortografía, los personajes actuaban con coherencia y el final cerraba la historia con una precisión que hasta a él le pareció sospechosa.

Las bases del premio prohibían expresamente el uso de inteligencia artificial. El jurado podía exigir borradores, historial de cambios y cualquier otra prueba de humanidad.

Preocupado, abrió de nuevo el archivo.

Escribió haber sin hache, confundió un porque con un por qué y colocó una coma entre el sujeto y el verbo. Después hizo que la protagonista, vegetariana desde la primera página, pidiera un filete poco hecho. Por último, sustituyó el final por una frase insípida:

«Y desde aquel día todo volvió a ser como antes».

Sonrió satisfecho. Aquello ya tenía imperfecciones, contradicciones, cansancio. Aquello parecía suyo.

El relato ganó el primer premio.

El jurado destacó «su extraordinaria autenticidad», «la emoción torpe pero sincera» y, sobre todo, «esas pequeñas grietas que solo puede cometer un ser humano».

Durante la ceremonia, el escritor subió al escenario, recogió el trofeo y agradeció el reconocimiento con la voz temblorosa.

Nadie supo que el discurso se lo había escrito una inteligencia artificial.

Era perfecto.

Por eso lo leyó mal.

«Només amb la llengua sobreviurem.» (Joan Triadú Nacido el 30 de julio de 1921 para ser escritor, pedagogo y crítico literario, activista cultural y resistente antifranquista. Solo con la frase se condensaba todo lo que fue)

Sean Moore cumple hoy 58 años y sin él la batería del grupo Manic Street Preachers (algo así como los maníacos predicadores de la calle) no sonaría o no lo haría igual. Por cierto, la canción del vídeo se inspira en la Guerra Civil espanyola y en los voluntarios galeses que combatieron en las brigadas internacionales.

L’herència de callar

L’avi mai no explicava la guerra. Només, quan algú deia «no n’hi ha per tant», apartava el plat i mirava els néts com si els comptés.

Una tarda, el petit tornà de l’escola amb un blau a la galta. Ningú havia vist res. Ningú volia embolics.

L’avi s’alçà lentament, es posà l’abric que reservava per als enterraments i anà a buscar el director.

—Avui és ell —digué abans de sortir—. Demà, potser, sereu vosaltres.

La família va entendre, massa tard, que el silenci també deixa descendència.



miércoles, 29 de julio de 2026

 

EL TURNO DE LLAMAR A MAMÁ


La idea fue de Carlos, el mayor, que para eso era economista y llevaba toda la vida intentando ordenar a la familia como si fuese una empresa con pérdidas.

Creó una hoja de cálculo titulada Llamar a mamá. Cuatro columnas, una para cada hermano; siete filas, una por cada día de la semana. A Laura le correspondían los lunes y jueves. A Carlos, los martes. A Elena, miércoles y sábados. A mí me dejaron los viernes y domingos porque, según ellos, yo tenía más tiempo.

Mamá no sabía nada.

Ella se limitaba a esperar junto al teléfono, con esa paciencia antigua de las madres que no quieren molestar. Cuando alguno llamaba, decía siempre lo mismo:

—No hacía falta, hijo. Si estoy bien.

A veces nadie cumplía su turno. Carlos tenía una reunión. Laura estaba recogiendo a los niños. Elena se había quedado sin batería. Yo pensaba llamarla después de cenar y, cuando me acordaba, ya era demasiado tarde.

Pero todos marcábamos la casilla.

Un clic bastaba para convertir el olvido en deber cumplido. La celda se ponía verde y la conciencia quedaba razonablemente limpia.

Mamá murió un martes.

Los cuatro llegamos al hospital casi al mismo tiempo, aunque ninguno supo explicar por qué, para llegar hasta ella, no habíamos necesitado nunca una hoja de cálculo.

Durante unos días nadie abrió el archivo.

Hasta que el domingo, a las seis de la tarde, el programa envió el recordatorio automático:

Hoy te toca llamar a mamá.

Ninguno se atrevió a desactivarlo.

A las seis y cinco llamó Carlos. Después Laura. Luego Elena. Yo fui el último.

Los cuatro marcamos el mismo número.

En la casa vacía, el teléfono sonó durante mucho tiempo.

Fue la primera vez que cumplimos todos.

«La política de partido se reduce a expedientes en los que las conveniencias del partido prevalecen sobre los intereses del país.» (Étienne Vacherot nacido el 29 de julio de 1809 ya predijo como estaríamos 217 años después de su Nacimiento. Hasta creo que pasarán otros 217 años más y continuaremos igual)

Neal Doughty cumple hoy 80 años siendo el teclista de la banda REO Speedwagon y luchando con el pensamiento de jubilarse algún día.

La rendició

Durant anys va anomenar amistat a tot allò que sentia per ella.

Amistat quan li guardava la cadira. Amistat quan recordava com prenia el cafè. Amistat quan imaginava besar-la i després s’avergonyia davant del mirall.

Una nit, ella li va preguntar:

—Fins quan continuaràs fugint?

Ell va buscar una excusa, però totes havien envellit.

Aleshores va comprendre que alguns sentiments no volen ser vençuts, sinó reconeguts.

La va besar.

I, per primera vegada, perdre una batalla li va semblar una victòria.