Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
jueves, 26 de marzo de 2026
EN LA
GUERRA Y EN EL AMOR
Anoche dieron otra guerra en
el telediario mientras tú partías una naranja en la cocina. Así de obsceno es
el mundo: un edificio abierto en canal en la pantalla, una niña cubierta de
polvo mirando a ninguna parte, un hombre hablando de objetivos estratégicos con
la misma cara con la que otro recomienda un seguro de vida, y tú intentando que
no saltara el zumo sobre la encimera recién limpia.
Yo te miraba a ti y luego
miraba la televisión. A ti y luego a la televisión. Tus dedos. Los escombros.
Tu cuello. Una camilla. El cuchillo entrando en la fruta. Un misil entrando en
un barrio. Y pensé que quizá toda la historia de la humanidad cabe en esa
diferencia miserable: hay gente que aprende a cortar pan para compartirlo y hay
gente que aprende a partir cuerpos para defender una bandera, un dios, una
frontera o su pobre hombría con uniforme.
Luego salen los expertos.
Siempre salen. Le ponen nombre serio a la carnicería, como si cambiarle el
traje al crimen lo volviera razonable. Hablan de daños colaterales, de
respuesta proporcional, de escalada, de geopolítica. Nunca dicen lo esencial:
que matar sigue siendo matar aunque lo haga un Estado, aunque lo bendiga un
himno, aunque lo justifique un mapa lleno de flechas.
Tú dejaste medio vaso de zumo
a mi lado y me acariciaste la nuca como quien todavía cree que un gesto pequeño
puede sujetar el mundo. A lo mejor no lo sujeta. A lo mejor apenas lo
contradice. Pero algo es algo. Frente a su obsesión por la fuerza, nosotros aún
pelamos fruta, tendemos la cama, besamos despacio, preguntamos “¿has llegado
bien?”, encendemos una lámpara para que el otro no entre a oscuras. También eso
es una forma de resistencia.
No es un lugar común. Es
sentido común con la ropa manchada de siglos: matar no ha resuelto nunca nada.
Solo cambia de dueño el miedo, de idioma el odio y de tumba el hijo.
Por eso, cada vez que ellos
declaran una guerra, yo te abrazo un poco más fuerte. No por cobardía. Por
inteligencia. Porque frente a su religión de la destrucción, todavía me parece
más revolucionario seguir eligiendo la vida. La nuestra. La de cualquiera. La
que tiembla, la que sangra, la que ama. La única que importa.
«La soledad también puede
llamarse libertad; solo hay que saber vivirla y vivir de ella.» (Se ha escrito
tanto sobre la soledad que una helenista y mujer como Jacqueline de Romilly no
podía ser menos; nació el 26 de marzo de 1913 y probablemente en algunos
momentos de su larga vida estuvo en libertad)
Sting plasmó en la canción del vídeo esa mezcla de violencia absurda y fragilidad humana: la guerra como estupidez repetida y, enfrente, lo único decente que nos queda, que es cuidar, tocar, amar, seguir vivos sin volvernos piedra.
La tassa esquerdada
Quan ella va deixar caure la
tassa, ell no es va aixecar de seguida. Va mirar el terra com si allà s’hi
hagués trencat alguna cosa més antiga. Després, amb els genolls cansats, va
recollir els trossos un a un.
—Encara fem soroll per
qualsevol cop —va dir ella.
—Sí, però ara sabem què no
s’ha de llençar.
Van enganxar la nansa amb una
paciència de gent gran i de gent enamorada. A fora, el món seguia practicant la
seva brutalitat de sempre. A dins, dues mans tremoloses salvaven una cosa
inútil. Potser l’amor era això: protegir la por de trencar-se.
miércoles, 25 de marzo de 2026
LA PAZ
DEL ÁGUILA
El cartel colgaba torcido en
la pared del despacho, como si hasta el clavo hubiera entendido tarde el
chiste.
Arriba, en letras gordas,
decía Pax Americana. Debajo, un águila enorme abría las alas sobre el
mapa de Estados Unidos con la naturalidad de quien no vuela: ocupa. A un lado
aparecían Hawai, Guam, las Marianas, Puerto Rico; al fondo, unos rayos que
fingían amanecer y parecían otra cosa, una manera gráfica de decirle al mundo
que la luz siempre viene del mismo sitio cuando el que dibuja también lleva el
fusil.
Lo había comprado en una
subasta un asesor joven de Washington, de esos hombres con mandíbula de anuncio
dental y ojos de PowerPoint, para decorar la sala donde se reunían a hablar de
orden internacional, fronteras, aranceles, disuasión, influencia, seguridad,
liderazgo, es decir: dominación con corbata.
Nadie decía dominación. Eso
sonaba romano, antiguo, casi sincero.
Aquella tarde yo estaba allí
porque me habían contratado para catalogar unos documentos heredados de no sé
qué fundación patriótica. Me tocaba poner fecha, contexto y una breve nota
explicativa a piezas viejas que servían para justificar ideas nuevas. O quizá
era al revés: ideas viejas con maquillaje nuevo. En política exterior pasa
mucho. Cambian las pantallas, no las tripas.
—Bonito, ¿verdad? —me dijo el
asesor, entrando con un café tan largo como su ambición.
Miré el cartel.
—Bonito no es la palabra que
usaría un país sobrevolado por esa ave.
Él sonrió con esa
condescendencia higiénica de los convencidos.
—Es historia. Estados Unidos
garantizó estabilidad.
—Roma también.
—Exacto —dijo, encantado de
que yo le hubiera puesto la pelota en el pie—. La pax romana.
Carreteras, comercio, ley, prosperidad. Civilización.
—Y legiones.
No contestó enseguida. Sorbió
café. Sonrió otra vez. En aquella sala se sonreía como se firma un embargo: sin
mancharse.
—A veces —dijo— la paz
necesita músculo.
Me dieron ganas de preguntarle
cuántos músculos necesita un niño para dormir bajo una sirena, pero preferí
seguir mirando el grabado. La verdad suele entrar mejor por los objetos que por
la boca de los hombres.
En el dibujo, el águila no
parecía feroz. Parecía inevitable. Ahí estaba la trampa. Roma también
perfeccionó eso: lograr que el sometimiento pareciera destino, que la
obediencia sonara a sensatez, que pagar tributo pareciera una forma inferior
pero razonable de seguir vivo.
La pax romana consistía
en decir: “No os matéis entre vosotros; ya os administramos nosotros la
violencia”.
La pax americana, en su
versión clásica, añadía algo más sofisticado: “Podéis llamarlo libertad
mientras compráis nuestros productos, aceptáis nuestras bases, escucháis
nuestra música y teméis nuestras sanciones”.
La diferencia entre Roma y
Estados Unidos no estaba en la inocencia, que ninguno tuvo, sino en el
decorado. Roma entraba con sandalias, estandartes y centuriones. América entró
con portaaviones, préstamos, tratados, películas y la sonrisa blanqueada de quien
bombardea por el bien común. Primero el águila, luego Hollywood, luego el
dólar, luego el discurso sobre derechos humanos, y entre una cosa y otra, si
hacía falta, los marines.
El joven asesor se había
sentado al borde de la mesa. En la televisión sin sonido, detrás de él, Donald
Trump hablaba en un atril rodeado de banderas. Movía la boca con ese gesto suyo
de vendedor que no ofrece un producto sino una revancha. Yo no oía nada, pero
no me hacía falta. Hay hombres a los que se les entiende demasiado bien sin
volumen.
Se giró un momento para
mirarlo.
—Él lo tiene claro —dijo—.
Peace through strength.
Ya. La paz a través de la
fuerza. Como si la historia no fuera un armario lleno de cadáveres envueltos en
esa frase.
Trump no había inventado la pax
americana. Ni de lejos. Lo suyo era más tosco y por eso, en cierto modo,
más honesto. Otros presidentes habían llevado el mismo hierro dentro de un
guante diplomático. Él prefería enseñar el puño, sacarlo en televisión, darle
nombre comercial, ponerle arancel, muro, amenaza, humillación pública y una
gorra con eslogan. Donde otros maquillaban el imperio con universidades,
cumbres, fundaciones y palabras como “multilateralismo”, él entraba como un
contratista enfadado que llega a una finca y pregunta quién manda allí sin
esperar respuesta.
Su mérito, si puede llamarse
así, consistía en quitarle poesía al engaño.
Roma decía: “Traemos orden”.
Washington dijo durante
décadas: “Traemos democracia”.
Trump venía a decir: “Traemos
trato. Y si no os gusta, también traemos castigo”.
Era la misma pax, pero sin
latín y sin perfume.
El asesor, que ya se había
puesto de pie otra vez, me pidió una ficha breve para el grabado.
—Algo elegante —dijo—. Algo
sobre la proyección histórica de Estados Unidos como garante de la paz
hemisférica.
Lo dijo sin pestañear. Hay
gente que ha convertido la retórica en un gimnasio: levantan toneladas sin
notar el peso de las palabras.
Saqué mi libreta. En lugar de
escribir, recordé a Tácito, que sabía más de imperios que todos los tertulianos
juntos. No lo cité en voz alta porque las citas solo sirven con quien aún
siente vergüenza. Pero me vino aquella idea suya, seca y feroz, esa que más o
menos dice que crean un desierto y lo llaman paz.
La paz del imperio siempre
tiene algo de solar vacío. Calles limpias después de la redada. Mercados
abiertos tras la invasión. Puertos funcionando mientras alguien cuenta
desaparecidos. Paz para el inversor, miedo para el barrio. Seguridad para la
ruta comercial, duelo para quien vivía debajo de la ruta.
Pensé en Roma pacificando
provincias a golpe de disciplina y crucifixión ejemplar. Pensé en América
pacificando regiones enteras con bloqueos, golpes blandos, bases militares,
deuda o fuego, según conviniera. Pensé en Trump rescatando la versión más primaria
de ese catecismo: América primero, los demás después, y si es posible de
rodillas. Una pax de casino: el crupier sonríe, la banca siempre gana y el que
protesta acaba fuera, sin ficha y sin voz.
—¿Lo tiene? —preguntó el
asesor.
Lo miré. Detrás de él seguía
el cartel con el águila desplegada, la geografía convertida en trofeo, el año
1898 como una fecha de boda entre la codicia y la propaganda.
—Sí —le dije.
Arranqué una hoja y le leí en
voz alta:
“Litografía de finales del
siglo XIX. Ejemplo temprano de propaganda imperial estadounidense. Reinterpreta
la idea de la pax romana: no la paz entre iguales, sino la paz impuesta
por una potencia que confunde estabilidad con obediencia. Su vigencia
contemporánea reside en que todo imperio, cuando envejece, deja de disimular y
llama paz a que nadie pueda discutirle el precio”.
El asesor me miró como si
acabara de oler algo averiado.
—Eso no es exactamente lo que
necesitamos.
—Ya lo sé —le dije—.
Precisamente por eso es lo que significa.
Se hizo un silencio corto, de
esos silencios que duran poco pero enseñan mucho. En la televisión, Trump
alzaba una mano con la misma delicadeza con que un emperador habría pedido otro
vino o una cabeza menos.
Entonces entendí que el cartel
no estaba torcido por descuido.
Estaba torcido porque toda paz
imperial acaba colgando así: sostenida, sí, visible, sí, pero vencida de un
lado por el peso de lo que tapa.
«El poder actúa siempre de
manera destructiva, empeñado en meter toda manifestación de la vida en el corsé
de sus leyes.» (Esta frase no podía venir más que de un anarquista; Rudolf
Rocker lo era y es suya. Nació el 25 de marzo de 1873 y fue figura clave del anarcosindicalismo
en el siglo XX aunque como buen alemán era bastante organizado)
Johnny Burnette nació el 25 de marzo de 1934 es decir, hoy cumpliría 92 años. Llegó hasta pasados unos meses de los 30 así que dejó para el más allá muchos de sus sueños.
El llit dels dilluns
Ella dormia amb una cama fora
del llençol, com si encara confiés en el món. Jo la mirava des de la vora del
llit, amb aquella por tan ridícula de qui ha estimat tard i malament. Al
carrer, el camió de les escombraries feia més soroll que la nostra història. Va
obrir un ull i va dir:
—Encara hi ets?
No era tendresa. Era sorpresa.
Vaig somriure com somriuen els
derrotats elegants.
—Només estava somiant.
Però no. Somiar és gratis.
Quedar-se sempre surt car.
martes, 24 de marzo de 2026
LA
MALDAD QUE SONRÍE
No siempre hace falta un arma
para matar.
A veces basta una mesa de
despacho, una voz baja, una sonrisa bien colocada y esa educación impecable que
deja el crimen sin manchas.
Hay gente que no dispara, no
apuñala, no grita. Hace algo peor: va empujando a otros hacia el borde con
gestos pequeños. Una frase dicha “por tu bien”. Una duda sembrada con
delicadeza. Una injusticia presentada como si fuera un trámite. Una humillación
envuelta en cortesía. Y así, poco a poco, te van quitando el aire sin rozarte
apenas.
Lo más cruel no es el daño. Lo
más cruel es verlo venir.
Porque cuando uno es torpe, o
ingenuo, o sencillamente vive distraído, todavía le queda el consuelo de no
enterarse. Pero cuando entiendes el subtexto, cuando percibes el veneno detrás
de cada palabra limpia, ya no hay refugio. Te quedas con la lucidez. Y la
lucidez, aunque algunos la veneren, a veces no ilumina: disecciona. Te enseña
la herida antes de que sangre.
Hay especialistas en matar a
disgustos. Gente refinada. Gente correcta. Gente que te clava una frase entre
las costillas y, acto seguido, te pregunta si te ocurre algo con una ternura
casi administrativa. No dejan huellas visibles. Dejan insomnio. Dejan desgaste.
Dejan esa fatiga del alma que luego nadie sabe fechar en un parte médico. Ese
es su talento: hacer que el daño parezca una exageración tuya.
Después llegan las palabras
nobles, siempre tan bien peinadas: equilibrio, prudencia, moderación, sentido
común. Palabras limpias para tapar manos sucias. Porque hay quien contempla una
injusticia con el mismo gesto con que elegiría un vino: sin alterarse
demasiado. Hablan de valores mientras sostienen al miserable. Invocan la ética
mientras premian la infamia. Y todavía se sorprenden de que uno acabe dudando
de la condición humana.
Llevan máscaras, sí, pero ni
siquiera hace falta que se las ajusten mucho: la costumbre ya se las ha pegado
a la cara. Fingen afecto, interés, cercanía. A veces hasta admiración. Lo hacen
tan bien que durante un segundo casi caes. Casi. Pero el cuerpo no suele
equivocarse. El cuerpo sabe antes que la cabeza. Nota la traición en la nuca,
en el estómago, en la forma en que se te enfría la sangre cuando alguien te
sonríe demasiado.
Por eso he acabado pensando
que lo que más destruye no es el golpe franco, ni el enemigo declarado, ni la
violencia que enseña los dientes. Lo que más destruye es la hipocresía. La
calumnia con perfume. La crueldad con modales. Esa forma de maldad que no
necesita levantar la voz, porque ha aprendido algo mucho más eficaz: te sonríe.
«No hay plazo que no llegue ni
deuda que no se pague.» (La tan acertada y anterior frase fue pronunciada por Gabriel
Téllez más conocido en todos los libros de literatura por Tirso de Molina, uno
de los grandes del teatro del Siglo de Oro. Nació el 24 de marzo de 1579 y
sabía muy bien lo que se decía y escribía)
Hay músicas que reconoces desde el primer acorde de la canción. La del vídeo es una de ellas y hoy viene a cuento porque el bajo del grupo, Dougie Thomson, cumple 75 años. La película también se reconoce con solo ver a los protagonistas ¿a qué si?
L’últim soroll del passadís
Quan ella va dir que marxava,
ell va assentir com si li confirmessin una avaria antiga.
—No em miris així.
—Així com?
—Com si jo fos la ruïna.
Va sentir les claus, la porta,
l’ascensor. Tot molt domèstic. Tot molt final. A la cuina, el rellotge
continuava fent feina de funcionari mentre el sopar es refredava amb una
dignitat absurda.
Ell va seure davant la cadira
buida i va comprendre la burla: no li feia por perdre-la a ella. Li feia por
quedar-se sol amb l’home que havia estat mentre la tenia.
lunes, 23 de marzo de 2026
MASTERCLASS
Nos hicieron bajar al salón de
actos a las once. Dijeron que venía “un referente para la juventud”. Esa frase
ya traía dentro fluorescentes, PowerPoint y café de máquina, pero bajamos
igual, arrastrando mochilas, acné y sueño.
En el escenario habían puesto
una pantalla gigante, dos focos y una botella de agua con la etiqueta bien
girada hacia delante, como si hasta el agua quisiera salir en la foto. La
directora sonreía con esa alegría administrativa que solo aparece cuando hay
cámaras. A su lado, el invitado: un chico de dientes perfectos, bíceps de
gimnasio y vocabulario de ascensor. Famoso por hacerse vídeos diciendo que
madrugar, visualizar y quererse mucho eran la clave del éxito.
—Yo no leo —dijo entre risas—.
Para aprender, la calle. Y para triunfar, actitud.
El salón de actos aplaudió
como si acabara de citar a Séneca.
Un profesor de Filosofía,
interino, sentado en la última fila, bajó la cabeza. Lo vi porque estaba a dos
asientos de mí. Tenía la americana gastada en los codos, ojeras de corregir
exámenes y esa dignidad algo derrotada de los hombres que todavía subrayan
libros con lápiz. Llevaba meses encadenando sustituciones, cobrando tarde y
mal, y aquella misma semana le habían dicho que quizá en junio no renovaba. En
otro país, pensé, a ese hombre le habrían dado una cátedra. Allí le daban una
silla plegable y un silencio educado.
El chico del escenario siguió
repartiendo frases como quien lanza caramelos en una cabalgata.
—La cultura está
sobrevalorada. Hoy todo está en internet.
Otra ovación.
Una alumna de primero levantó
la mano y preguntó qué se hacía cuando en casa no había dinero, ni contactos,
ni tiempo para “emprenderse a una misma”, que fue la expresión exacta. El
referente la miró con compasión fotogénica y respondió:
—Mentalidad. La pobreza
empieza aquí —y se tocó la sien, muy convencido de su cerebro, que parecía
recién alquilado.
Hasta la directora sonrió.
Al terminar, le entregaron una
placa. “Por inspirar a nuestros jóvenes”. El fotógrafo pidió otra foto porque
en la primera no se veía bien el lema del instituto. Mientras tanto, el
profesor de Filosofía salió por una puerta lateral con una caja de cartón entre
los brazos: dos libros, una libreta, una taza desconchada, un jersey para el
frío del aula.
Nadie le hizo fotos.
Los chicos se fueron
repitiendo las frases del escenario como si fuesen un himno. El hombre que
sabía pensar cruzó el patio solo, con los hombros un poco vencidos y la caja
pegada al pecho, como quien rescata lo poco que aún no le han quitado.
Entonces entendí que la
mediocridad no gana porque brille más.
Gana porque cobra entrada,
pone focos y consigue que el talento salga por la puerta de servicio.
«Los países poco armados
pueden ir a la guerra con la misma facilidad que los armados hasta los dientes,
si no se eliminan las causas habituales de la guerra.» (Ludwig Quidde nació el 23 de
marzo de 1858 para ser premio nobel de la Paz en 1927; le dio tiempo, además,
de exiliarse de su país, Alemania, cuando los nazis alcanzaron el poder. Como
todos los premios nobeles de la Paz se sentiría muy decepcionado al ver como no
hemos eliminado las causas de la guerra. Hay hasta quién se inventa esas
causas)
Ric Ocasek que era el cantante del grupo The Cars, cumpliría hoy 82 años. Llegó con su coche, despeinado, polvoriento y con 6 hijos de 3 matrimonios, hasta los 75.
El copilot
Ell conduïa com estimen els covards: sense mirar gaire,
però exigint fe.
—Confia en mi.
I ella, que ja tenia una edat i prou ferides per no
confondre volant amb destí, va mirar la carretera negra, els llums trèmuls, la
seva mà massa segura.
—No —va dir.
Va baixar del cotxe enmig de
la nit. Feia fred. Feia por. Feia vida. Ell va marxar ofès, com marxen els
homes acostumats a ser porta i paret.
Ella es va quedar sola a la
cuneta, sí, però per primer cop no anava d’acompanyant.
domingo, 22 de marzo de 2026
LA
GENTE BRÚJULA
La gente suele presentarse
como brújula, pero funciona como veleta: hoy te marca norte con la solemnidad
de quien jura lealtad, y mañana gira al sur con la naturalidad de quien cambia
de canción. Sin explicación. Sin aviso. Sin que tú hayas tocado nada. Un golpe
de timón y ya está: una de cal, otra de arena, y tú con la boca llena de polvo
intentando entender en qué minuto exacto dejaste de merecer el mismo trato.
Por eso hay una prudencia que
no sale en las películas: no poner tu vida —tu calma, tus planes, tu futuro— en
manos de alguien capaz de soltarte cuando más pesas. Porque hay personas que no
abandonan cuando todo va bien (eso lo hace cualquiera), abandonan cuando te ven
vulnerable, cuando ya no eres aplauso sino responsabilidad. Y ahí es donde se
sabe si había amor o solo había costumbre; si había compromiso o solo
conveniencia con buena educación.
Lo temible no es que cambien
de opinión: lo temible es que te construyan una dependencia. Una telaraña fina,
casi elegante, hecha de mensajes tibios, promesas a medias, gestos que parecen
cuidado y son control. Te van envolviendo sin ruido, y cuando por fin te das
cuenta, no estás enamorado: estás atrapado. Y cuesta salir porque la trampa no
está en el otro, está en tu propia necesidad de creer.
Al final la falta de amor no
siempre llega con gritos. A veces llega con eficiencia: te usan, te exprimen,
te sostienen lo justo para que sigas sirviendo y, cuando ya no les vales, te
desechan como un objeto que estorba. Sin moral, sin culpa, con la coartada
moderna de que “cada uno mira por sí mismo”. Un mundo donde todo vale… hasta
que te toca a ti.
«Ideas suelen durar un día;
los sentimientos y los sueños, casi para siempre.» (Gabrielle Roy nacida el 22
de marzo de 1909 para ser novelista y retratar la vida cotidiana de la gente humilde,
aunque ella no lo fuese. Es verdad que las ideas duran muy poco y es de esperar
que siempre, siempre tengamos sueños y sentimientos)
¡Como pasa el tiempo! hoy hace 63 años que The Beatles lanzaron su primer éxito: ¡Please me, please mi!
La fam de dir-ho
Va entrar al bar amb aquella
cara de no haver estat estimada bé en tota la setmana. Jo li vaig oferir foc,
tot i que no fumava. Ella va riure, que ja era una manera bastant indecent
d’acostar-se. Vam parlar poc: dues mentides petites, tres silencis útils i una
set antiga fent soroll sota la taula. Quan em va dir “sigues amable”, vaig
entendre una altra cosa. De vegades l’amor no arriba com una promesa, sinó com
una súplica mal dissimulada. I tothom, tard o d’hora, vol que algú li digui que
sí amb el cos sencer.