PLUMAJE
Lo vi entrar en la sala como
entran algunos hombres en su propia leyenda: medio centímetro por encima del
suelo y dos palmos por encima de los demás. Traje azul demasiado azul, pañuelo
en el bolsillo, sonrisa barnizada y esa forma de saludar que no saluda, sino
que se exhibe. Venía a presentar un proyecto al comité de la asociación y,
antes de abrir la carpeta, ya había desplegado el cuello, el pecho y la voz.
Hay personas que no hablan: despliegan plumas.
Yo estaba al fondo, tomando
notas y fingiendo paciencia.
A su lado venía Laura, la
socia discreta, la que casi nadie miraba. Vestía beige, gris o una tristeza
práctica de esas que no dejan huella en la memoria de los vanidosos. No
interrumpía. No posaba. No necesitaba gustar. Mientras él brillaba, ella
observaba. Mientras él ocupaba el aire, ella medía la habitación. Yo la vi
revisar el proyector, recolocar un cable con el pie, apartar un vaso que
alguien había dejado al borde de la mesa y mirar de reojo el reloj como quien
mira el parte meteorológico antes de la tormenta.
Él empezó su intervención con
una frase sobre liderazgo, innovación y no sé qué otra palabra musculada. Se
gustaba tanto escuchándose que daba un poco de ternura y bastante cansancio.
Cada vez que alguien hacía una pregunta, él sonreía con ese desprecio fino de
quienes creen que responder es rebajarse. Laura, en cambio, anotaba cifras,
fechas, objeciones. Tenía la inteligencia de los que no hacen ruido porque
están demasiado ocupados evitando el desastre.
El desastre, por supuesto,
llegó.
No fue nada heroico: una tabla
de costes mal calculada, una subvención duplicada y una diapositiva que se
quedó congelada justo en la cara triunfal del hombre. Él intentó salir del paso
con chistes, con pecho, con color, con más voz. Cuanto más se movía, más
evidente resultaba el temblor. Entonces Laura le puso una mano en el antebrazo
—seca, breve, sin cariño ni crueldad— y dijo:
—Perdón. Lo explico yo.
Y lo explicó.
Sin adornos. Sin vuelo. Sin
una sola pluma de más.
Al salir, él seguía siendo el
más vistoso del pasillo. Ella, la menos memorable para casi todos. Pero yo ya
sabía quién habría sobrevivido en el campo y quién no. A ciertas edades, uno
aprende que el brillo sirve para atraer miradas y el camuflaje, a veces, para
salvar la vida.
«Penalty y expulsión» (Famosísima
frase pronunciada por Rafa
Guerrero nacido el 20 de abril de 1963 y de profesión árbitro asistente en un Real
Zaragoza y el F. C. Barcelona cuyo árbitro principal, Mejuto González,
le contestó con una no menos famosa: “Vaya, joder, Rafa, me cago
en mi madre, ¿expulsión de quién?”. El bueno de Rafa le señaló el número “6”,
Aguado jugador del Zaragoza en vez de a Solana que había propinado un puñetazo
dentro del área a Fernando Couto del Barça. La escena y las palabras fueron
captadas por las cámaras de televisión y el pobre de Rafa fue el hazmerreir del
universo futbolístico. Por cierto: la vida del fútbol sigue igual con VAR o sin
VAR)
El 20 de abril de 1992 en el estadio de estadio Wembley de Londres se realizó el tributo a Freddie Mercury, en el que participaron, además de los restantes miembros de Queen, otros miembros invitados de los que hoy destacaré a uno de mis preferidos: Elton John. Ya advierto que la pega es qué canción elegir.
El balcó dels valents
Quan el pare va dir que
marxava, la mare va encendre un cigarret com si inaugurés una guerra petita. Jo
el vaig veure des del balcó, amb la maleta blava i aquella manera ridícula de
caminar com si el carrer fos la Lluna i ell hagués nascut per trepitjar-la. No
era un astronauta. Era pitjor: era un home convençut que fugir també compta com
a somni.
Al vespre, la mare va regar
els geranis i va dir, sense mirar-me:
—Els coets sempre fan llum.
Després només deixen fum.
Jo vaig aplaudir en silenci.









