PRIORIDAD NACIONAL TAMBIÉN EN EL CEMENTERIO (II)
Puri conocía esa frase. En el Ayuntamiento,
“habrá que estudiarlo” significaba: “vamos a meterlo en una carpeta hasta que
pierda temperatura humana”.
Yusef, mientras tanto, esperaba en el tanatorio.
Ese detalle no aparecía en los informes. En los
informes no aparece nunca lo importante. Los informes hablan de normativa,
disponibilidad, antecedentes, viabilidad, subsuelo. No dicen que una hija
vuelve a casa con el abrigo puesto porque no tiene fuerzas para quitárselo. No
dicen que un cuerpo no debería convertirse en una consulta jurídica. No dicen
que la muerte tiene prisa, aunque los vivos se empeñen en darle número de
registro.
Al día siguiente se reunieron en el despacho del
alcalde.
El alcalde, don Evaristo Morón, era un hombre de
bigote serio y pensamiento flexible cuando soplaba el viento electoral. Había
gobernado con todos, contra todos y, en alguna ocasión, a pesar de sí mismo.
Tenía detrás una bandera, delante una mesa enorme y dentro una prudencia que se
activaba solo cuando olía a juzgado.
—Julián, explícame esto.
El concejal dejó la sentencia encima de la mesa.
—Una familia musulmana quiere enterramiento
conforme a su rito.
—¿Y?
—Y traen una sentencia del TSJ de Cataluña.
El alcalde hizo una mueca.
—Malo.
—Dice que no se puede denegar sin motivar bien.
—Peor.
—Y que hay que ponderar la libertad religiosa.
—Eso ya es lenguaje de condena en costas.
El secretario municipal, que estaba sentado al
fondo, intervino con voz de bisturí.
—Conviene no improvisar.
—¿Qué propones? —preguntó el alcalde.
—Pedir informes.
El alcalde se relajó.
—Eso me gusta.
—Informes completos —añadió el secretario.
El alcalde se tensó.
—Eso me gusta menos.
—Y dar audiencia.
—¿Audiencia a quién?
—A la interesada.
Julián se revolvió.
—Pero entonces podrá alegar.
—Esa suele ser la finalidad.
El alcalde miró por la ventana. En la plaza, dos
jubilados discutían junto a una papelera como si defendieran fronteras
imperiales.
—¿Y la prioridad nacional?
El secretario se quitó las gafas.
—Alcalde, la prioridad nacional puede ser un
concepto político. Pero si la metemos en un cementerio, conviene que no parezca
que clasificamos cadáveres por afinidad ideológica.
—Dicho así suena feo.
—Porque lo es.
Julián se ofendió.
—No se trata de discriminar. Se trata de ordenar.
El secretario suspiró.
—La historia está llena de gente que empezó
ordenando y acabó separando.
Hubo silencio. Un silencio breve, porque Julián
no toleraba mucho tiempo sin oírse.
—La gente del pueblo no lo entenderá.
Puri, que había entrado con unos expedientes y se
había quedado en la puerta, habló sin pedir permiso.
—La gente del pueblo entiende perfectamente que
un padre se entierre como pidió su familia. Lo que no entiende es que haya que
hacer un máster para cavar un hoyo.
El alcalde la miró.
—Puri, esto es delicado.
—No. Delicado es decirle a una hija que su padre
no cabe en el reglamento.
Pidieron informes.
El primero lo hizo Urbanismo. Decía que la zona
de ampliación del cementerio “podría presentar condicionantes derivados de
antiguos usos del suelo”. Traducido: quizá hubo un vertedero, quizá no, quizá
sí, quizá pregunte usted mañana.
El segundo lo hizo Medio Ambiente. Era más
poético:
“No consta que el terreno distinga, por su
naturaleza geológica, entre confesiones religiosas, nacionalidades, grados de
arraigo o adscripciones culturales.”
Puri lo leyó en voz alta.
—Mira, Paco. La tierra nos ha salido
constitucionalista.
El tercero lo hizo Cultura. Se titulaba La
identidad funeraria del municipio ante los nuevos retos de convivencia.
Tenía treinta y cuatro páginas y ni una sola frase que sirviera para enterrar a
nadie.
Paco lo hojeó.
—Esto pesa.
—Algo útil tenía que tener —dijo Puri.
El cuarto informe lo encargaron a una consultora.
La consultora se llamaba Horizonte Común, S.L., que es como se llaman las
empresas cuando van a cobrar por no mojarse. Enviaron a un chico joven con
portátil, zapatillas blancas y una manera de decir “ecosistema” que hizo
sospechar a Puri que nunca había visto un muerto de cerca.
El chico preguntó:
—¿Cuál es el principal desafío del cementerio?
Paco respondió:
—Que todos acaban entrando.
El consultor tecleó.
—Universalidad de la demanda. Interesante.
Puri le quitó el bolígrafo de las manos antes de
que cobrara otro suplemento.
Pasaron los días.
Samira volvía cada mañana. Ya no preguntaba con
enfado. Preguntaba con algo peor: educación persistente.
—¿Hay resolución?
—Todavía no.
—¿Hay informe?
—Hay varios.
—¿Dicen algo?
—Depende de cuánto quiera usted sufrir.
Una mañana, al salir del Ayuntamiento, Samira se
encontró con una anciana sentada en un banco. Era Tomasa, viuda de un
electricista, sorda selectiva y peligrosa con bastón.
—Tú eres la hija de Yusef.
—Sí.
—Tu padre me arregló la persiana una vez.
—Era mecánico.
—Ya. Pero tu padre arreglaba cosas aunque no
fueran de su ramo. Eso antes se llamaba ser vecino. Ahora lo llaman intrusismo.
Samira sonrió de verdad por primera vez en varios
días.
—Estamos intentando enterrarlo.
—Ya lo sé. Aquí todo se sabe menos lo que
importa.
—Dicen que hay problemas técnicos.
Tomasa escupió al suelo con precisión de
sentencia.
—Problemas técnicos tienen ellos para parecer
personas.
Aquella tarde, Tomasa fue al cementerio y se
plantó delante de Puri.
—Yo quiero firmar algo.
—¿El qué?
—Lo que sea a favor del moro.
Puri la miró.
—Tomasa.
—¿Qué?
—No digas “el moro”.
—Pues dime cómo.
—Yusef.
—Eso. A favor de Yusef. Pero si digo “el moro” no
es por desprecio. Es porque tengo noventa años y ya no me actualizo ni pagando.
Puri le dio una hoja.
—Firme aquí.
—¿Esto sirve?
—No lo sé. Pero molesta.
—Entonces sirve.
«No se trata de podar ramas,
sino de derribar un árbol.» (No se andaba con “chiquitas” el bueno -y marxista-
de Georges Politzer nacido el 3 de mayo de 1903: cuando algo andaba mal no había
que corregirlo, sino volverlo a hacer de nuevo)
Frankie Valli cumple hoy 92 años y no le queda pelo para ponerse brillantina... ni fuerzas para cantarla ni bailarla y eso que es lenta.
Brillantina a les mans
El pare es pentinava davant
del mirall amb una solemnitat de ministre i la brillantina li deixava els dits
com si hagués reparat un motor.
—Avui ballaré —va dir.
La mare va riure des de la
porta.
—Amb aquest genoll?
Ell va fer un pas, va cruixir
tot el passadís i, durant tres segons, va tornar a tenir divuit anys.
Després es va asseure.
Però el mirall, educat, no va
dir res.


