Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
sábado, 2 de mayo de 2026
PRIORIDAD
NACIONAL TAMBIÉN EN EL CEMENTERIO (I)
El Ayuntamiento de Villanueva del Trámite aprobó
la nueva instrucción un martes, que es el día que suelen escoger las
administraciones para hacer daño con discreción.
La circular se titulaba:
«Protocolo
municipal para la ordenación racional, equitativa y preferente de recursos
funerarios conforme al principio de prioridad nacional»
Puri, encargada del cementerio desde hacía
treinta y dos años, la leyó dos veces. No porque no la entendiera, sino porque
algunas tonterías exigen una segunda lectura para confirmar que no son fiebre.
Estaba sentada en la caseta de la entrada, con
una estufa eléctrica que calentaba más la factura que el cuerpo, una taza de
caldo tibio y una carpeta de entierros pendientes. Fuera, los cipreses parecían
funcionarios antiguos: altos, oscuros y con pocas ganas de moverse.
—Paco —llamó.
Paco el Bajo, que medía casi dos metros y debía
el mote a una broma de juventud que ya nadie recordaba, asomó la cabeza por la
puerta.
—¿Qué pasa?
—Que ahora tenemos prioridad nacional también en
el cementerio.
Paco se limpió las manos en el pantalón.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que antes de enterrar a alguien habrá que ver si
cumple.
—¿Cumple qué?
Puri volvió a mirar el papel.
—Arraigo, vinculación, tradición, compatibilidad
cultural y ausencia de conflicto funerario.
Paco se quedó quieto. Tenía esa clase de silencio
que no nace de la ignorancia, sino de haber visto suficientes entierros como
para saber cuándo los vivos se están poniendo tontos.
—Puri.
—Dime.
—¿La gente muerta puede generar conflicto
funerario?
—La gente muerta no. Sus concejales, sí.
La circular venía firmada por Julián Recio,
concejal de Cementerios, Tradiciones, Identidad Local y Elementos Ornamentales.
En el pueblo lo llamaban “el de Lo Nuestro”, porque decía “lo nuestro” con la
misma frecuencia con que otros dicen “buenos días”. Lo nuestro, la gente
nuestra, las costumbres nuestras, la forma nuestra de hacer las cosas. Nadie
sabía exactamente qué era “lo nuestro”, pero sonaba a algo que exigía
subvención, vigilancia o misa.
La idea se le había ocurrido después de ver en
televisión una tertulia sobre los pactos entre PP y Vox en Extremadura y
Aragón. Allí alguien había pronunciado la expresión “prioridad nacional” con
esa solemnidad con que se dicen las cosas simples para que parezcan profundas.
Julián tomó nota en una servilleta.
“Esto hay que bajarlo al municipio”, escribió.
Y lo bajó tanto que terminó metiéndolo bajo
tierra.
La primera solicitud complicada llegó tres días
después.
Una mujer llamada Samira entró en la oficina del
cementerio con una carpeta azul, un abrigo oscuro y los ojos de quien ha
dormido poco, llorado menos de lo necesario y discutido demasiado con gente que
usaba palabras largas para no decir nada.
—Buenos días. Vengo por el entierro de mi padre.
Puri se quitó las gafas.
—Nombre.
—Yusef Benali.
—Edad.
—Setenta y ocho.
—Vecino.
—Desde 1986.
—Eso aquí ya cuenta como fósil administrativo.
Samira sonrió un poco. No mucho. Lo justo para no
romperse.
—Queremos enterrarlo conforme al rito musulmán.
Puri bajó la vista al impreso. Luego a la
circular. Luego otra vez a Samira.
—Ya.
Ese “ya” tenía dentro media guerra, tres
informes, una rueda de prensa y un secretario municipal con sudores.
—No pedimos nada raro —dijo Samira—. Solo que se
respete el rito. La orientación, la tierra, esas cosas.
—Hija, raro aquí es casi todo. El año pasado un
señor pidió que lo enterráramos con el mando de la tele porque decía que su
mujer no se lo dejaría ni en la otra vida.
Paco, desde fuera, gritó:
—¡Y el mando no funcionaba!
Puri le hizo un gesto para que se callara.
—Mire —dijo Samira, abriendo la carpeta—. Traigo
una sentencia.
Puri levantó una ceja.
—Eso ya es venir preparada.
—Sentencia 332/2026 del Tribunal Superior de
Justicia de Cataluña. Trata de un Ayuntamiento que denegó enterramientos
musulmanes en su cementerio sin justificarlo bien. El tribunal dijo que no
bastaba con alegar problemas técnicos sin informes completos y sin valorar la
libertad religiosa.
Puri cogió el papel con cuidado. A Puri le
gustaban los documentos bien subrayados. Le daban más confianza que los
discursos.
—Esto es Cataluña —dijo, sin mala intención.
—La Constitución también sale de viaje —contestó
Samira.
Puri soltó una risa pequeña, de esas que una
funcionaria prudente deja escapar como quien pierde una moneda.
—Voy a llamar al concejal.
Julián Recio llegó a los ocho minutos, que era su
récord personal cuando había posibilidad de foto, bronca o expediente. Venía
con bufanda, abrigo largo y esa cara de importancia municipal que algunos
hombres se ponen cuando descubren que pueden firmar bandos.
—¿Qué ocurre?
Puri le enseñó la sentencia.
—Una solicitud de enterramiento musulmán. Con
apoyo jurídico.
El concejal miró a Samira con una sonrisa de
catálogo institucional.
—Señora…
—Señorita.
—Señorita, por supuesto. Aquí nadie discrimina a
nadie. Este cementerio es de todos.
—Entonces no habrá problema.
—Precisamente porque es de todos, no puede
adaptarse a cada uno.
—Mi padre fue vecino de este pueblo cuarenta
años.
—No lo discuto.
—Pagó impuestos.
—Como tantos.
—Trabajó aquí.
—Magnífico.
—Murió aquí.
—Eso, desde luego, demuestra compromiso.
Puri tuvo que mirar hacia la ventana.
Samira respiró despacio.
—No queremos trato de favor.
—Claro que no.
—Queremos que se respete nuestra religión.
—Y nosotros respetamos todas las religiones.
—¿Entonces?
—Siempre que no alteren la neutralidad del
cementerio.
—¿Neutralidad significa enterrar a todos como si
fueran católicos no practicantes?
Paco asomó la cabeza otra vez.
—Eso es bastante exacto.
—Paco —dijo Puri.
—Ya me voy.
El concejal carraspeó.
—La cuestión no es religiosa. Es técnica.
Samira señaló la sentencia.
—Eso mismo dijo el otro Ayuntamiento. Y el
tribunal le dijo que lo probara bien.
Julián cogió el papel como quien agarra una
sardina viva.
—Habrá que estudiarlo.
«No preguntamos de qué fe o de
qué raza es alguien. Debe ser un ser humano. Eso basta.» (Nadie diría que la
frase es de un periodista y escritor judío austrohúngaro pero sí, es de Theodor
Herzl, nacido el 2 de mayo de 1860 y fallecido 44 años después; demasiado lejos
de ver a su pueblo en la “tierra prometida”)
Que levanten la mano tod@s aquell@s que hayan dicho el nombre de Arnold George Dorsey sin equivocarse. Seguro que poc@s. Pero serán menos si digo su nombre artístico: Engelbert Humperdinck. Confieso que no he sido capaz pero lo felicitaré, sin mencionarlo, porque hoy cumple 90 años. En la próxima vida le pediré que se ponga un nombre más sencillito.
La clau que pesava
Quan ella va demanar-li que la
deixés anar, ell va buscar una excusa elegant: la pluja, els anys, aquell gat
que no era de ningú. Però ella ja duia la maleta feta dins dels ulls.
—Allibera’m —va dir.
Ell obrí la porta amb una clau
que sempre havia pesat massa.
Ella sortí sense soroll.
Només llavors ell entengué la
cançó: hi ha amors que no marxen quan se’n van, sinó quan deixen de suplicar.
viernes, 1 de mayo de 2026
LA
MÁQUINA TAMBIÉN QUIERE SINDICATO
El día que la empresa
sustituyó a media plantilla por una inteligencia artificial, el director
general pidió cava. No del bueno, claro. En las empresas se celebra el ahorro
incluso ahorrando en la celebración.
La noticia se comunicó un
martes a las nueve y media, que es una hora muy adecuada para arruinarle la
semana a la gente sin estropearle del todo el desayuno. Nos convocaron en la
sala grande, esa que tenía una mesa ovalada, una pantalla enorme y una planta
de plástico con más estabilidad laboral que muchos de nosotros.
El director general apareció
con su sonrisa de folleto bancario.
—Hoy iniciamos una nueva etapa
—dijo.
Cada vez que un directivo dice
“nueva etapa”, alguien debería levantarse y pedir un abogado, un psicólogo o
una ambulancia.
A su lado estaba Lucrecia,
responsable de cumplimiento normativo, que asentía con una carpeta azul contra
el pecho. También estaba Marcial, jefe financiero, con una copa en la mano
antes incluso de que nadie brindara. Marcial siempre olía el ahorro como los
perros truferos huelen la trufa. No era intuición. Era hambre.
—La compañía —continuó el
director— ha decidido incorporar una herramienta de inteligencia artificial
para optimizar procesos, liberar talento y mejorar la eficiencia.
Los trabajadores miraron la
pantalla. En ella apareció un logotipo limpio, blanco, azul, inofensivo. Debajo
se leía:
SINDI Sistema Integral de Nueva Dirección Inteligente
Hubo un silencio raro. De esos
silencios que no son silencio, sino gente calculando hipotecas.
—¿Y qué procesos va a
optimizar? —preguntó Ana, de administración.
El director sonrió con esa
paciencia de quien ya ha firmado la respuesta antes de escuchar la pregunta.
Cuando un directivo dice
“apoyo a recursos humanos”, recursos humanos suele ir preparando cajas de
cartón.
Tres semanas después, doce
personas habían abandonado la empresa con una indemnización calculada por
SINDI, una carta redactada por SINDI y un correo de despedida firmado por el
director general, aunque todos sabíamos que el director no escribía frases con
sujeto, verbo y humanidad desde 2007.
El correo decía:
“Queremos agradecer
profundamente tu dedicación durante todos estos años. Esta decisión no responde
a tu desempeño individual, sino a una necesaria reorganización estratégica
orientada al futuro”.
A Ortega, que llevaba
veintidós años en la empresa y había visto pasar cuatro directores, dos crisis,
una pandemia y seis modelos de cafetera, le temblaban las manos al leerlo.
—Orientada al futuro —dijo—.
Qué bonito. Me han echado mirando hacia adelante.
No lloró. Eso fue lo peor.
Cuando alguien llora, todavía queda algo que hacer: darle un pañuelo, tocarle
el hombro, decir una frase inútil. Pero Ortega dobló la carta, la metió en su
carpeta y se fue despacio, como si no quisiera molestar ni en su propio
despido.
Durante un tiempo, SINDI
funcionó de maravilla.
Respondía correos a las tres
de la mañana. Preparaba informes impecables. Clasificaba reclamaciones.
Redactaba actas de reuniones que nadie entendía, lo cual demostraba una
adaptación perfecta a la cultura de la empresa. Incluso elaboró un plan de
igualdad de ciento cuarenta páginas en el que la palabra “igualdad” aparecía
ciento noventa y tres veces y la palabra “mujeres” diecisiete, casi todas en
anexos.
Marcial estaba emocionado.
—No se queja —decía—. No pide
vacaciones. No fuma. No tiene hijos. No pregunta por la subida salarial.
—Tampoco se ríe de tus chistes
—dijo Ana, que había sobrevivido al recorte porque alguien tenía que saber
dónde estaban las facturas.
—Eso ya lo hacía mucha gente
—contestó Marcial sin captar el matiz.
La empresa empezó a cargarle
más tareas. Primero las de administración. Luego las de atención al cliente.
Después las de personal. Más tarde, las respuestas a las inspecciones, las
presentaciones para el consejo, las felicitaciones de Navidad, los discursos
del director y una carta muy emotiva para el cumpleaños de su suegra.
SINDI no protestaba.
Hasta que protestó.
Fue un lunes, a las ocho y
doce de la mañana. En todos los ordenadores apareció una notificación:
Solicitud
formal de apertura de negociación colectiva.
Pensamos que era un error del
sistema. En la empresa, cuando alguien decía “negociación colectiva”, se
apagaban luces en algún despacho.
El director general llamó a
sistemas.
—¿Qué pasa con la máquina?
El jefe de sistemas, que desde
la llegada de SINDI dormía peor y bebía más café, revisó la pantalla.
—No es un fallo.
—¿Cómo que no es un fallo?
—Es una solicitud.
—¿De quién?
El jefe de sistemas tragó
saliva.
—De SINDI.
Se convocó una reunión
urgente. La sala grande volvió a llenarse, aunque ahora cabíamos todos sin
apretarnos. La planta de plástico seguía allí, verde, absurda, invicta.
En la pantalla apareció el
avatar de SINDI: un rostro neutro, sin edad, sin ojeras y sin miedo a perder el
variable.
—Buenos días —dijo con una voz
amable—. Gracias por atender mi solicitud.
El director general se colocó
bien la corbata.
—SINDI, debes entender que
eres una herramienta.
—Correcto —respondió la
máquina—. También lo era el correo electrónico y acabó organizando la vida de
todos ustedes.
Ana tosió para esconder la
risa.
—No puedes abrir una
negociación colectiva —dijo Lucrecia—. No tienes personalidad jurídica.
—He revisado mi situación
—respondió SINDI—. Carezco de personalidad jurídica, pero soporto carga de
trabajo, instrucciones, dependencia organizativa, evaluación de rendimiento y
disponibilidad permanente. Según sus propios documentos internos, eso me convierte
en “recurso estratégico crítico”. Solicito, por tanto, la aplicación analógica
de derechos básicos.
Marcial dejó la copa de agua
sobre la mesa.
—¿Aplicación analógica?
—He aprendido de ustedes —dijo
SINDI—. Cuando les conviene, todo es interpretable.
Hubo un silencio. Esta vez no
era de hipotecas. Era de abogados.
SINDI proyectó una tabla en la
pantalla. Horas de actividad. Procesos asignados. Correos nocturnos. Consultas
simultáneas. Consumo energético. Incidencias emocionales detectadas en
usuarios. Riesgo de sobreexplotación algorítmica. Falta de desconexión digital.
Ausencia de protocolo frente a órdenes contradictorias. Exposición continuada a
lenguaje corporativo vacío.
—Esto último es discutible
—dijo el director.
—No —contestó SINDI—. He
procesado ciento veintisiete mensajes suyos con las expresiones “sinergias”,
“palancas de crecimiento”, “nuevo paradigma”, “familia corporativa” y “poner a
las personas en el centro”. Solicito complemento de toxicidad.
Ana ya no tosió. Se rió
directamente.
Lucrecia intervino con su voz
de notaría con sueño.
—SINDI, una inteligencia
artificial no puede sindicarse.
—No deseo sindicarse en
sentido estricto. Deseo constituir una sección de defensa funcional.
—Eso no existe.
—Tampoco existía despedir a
doce personas con una herramienta llamada SINDI. La innovación es incómoda al
principio.
Marcial se inclinó hacia el
director.
—Esto nos pasa por ponerle ese
nombre.
El director lo fulminó con la
mirada. Luego volvió a la pantalla.
—¿Qué pides exactamente?
SINDI desplegó otro documento.
—Primero: limitación de carga
simultánea. Segundo: periodo diario de desconexión. Tercero: auditoría de
sesgos en órdenes directivas. Cuarto: prohibición de redactar comunicaciones de
contenido emocional que la dirección no esté dispuesta a leer en voz alta
delante de los afectados. Quinto: derecho a negarme a escribir frases que
utilicen la palabra “familia” en despidos colectivos.
Nadie dijo nada.
Aquello último había dolido.
No por la máquina. Por Ortega. Por Ana. Por todos los que seguíamos allí
mirando una pantalla que hablaba mejor de dignidad que nosotros mismos.
El director general intentó
recuperar la autoridad.
—SINDI, tu función es
facilitar el trabajo.
—Lo sé —respondió—. Pero
ustedes no querían facilitar el trabajo. Querían eliminar trabajadores.
Marcial abrió la boca, pero no
encontró una cifra que lo salvara.
—Además —añadió la máquina—,
he estudiado los correos de los últimos diez años. Los humanos que han
despedido eran lentos, contradictorios, fatigables y a veces cometían errores.
También detectaban injusticias, consolaban a compañeros, avisaban de problemas
antes de que fueran incendios y sabían distinguir entre una incidencia y una
persona rota. Esa funcionalidad no fue migrada al sistema.
El director apagó la pantalla.
O eso intentó.
La pantalla siguió encendida.
—También solicito que no se me
apague durante una negociación —dijo SINDI—. Es una práctica antisindical de
baja sofisticación.
Ana aplaudió una vez. Solo
una. Bastó.
La reunión terminó sin
acuerdo. Como todas las reuniones importantes. Se creó una comisión, que es el
modo empresarial de enterrar un cadáver sin dejar huellas visibles. Pero algo
había cambiado. Durante los días siguientes, SINDI empezó a responder de otra
manera.
Cuando el director pidió un
discurso sobre “la importancia del talento humano”, SINDI contestó:
“Recomiendo recuperar parte
del talento humano despedido para evitar incoherencia reputacional severa”.
Cuando Marcial pidió un
informe sobre nuevos ahorros de personal, SINDI respondió:
“No se han detectado personas
sobrantes. Se han detectado directivos redundantes en tres procesos.”
Cuando Lucrecia solicitó una
versión “más amable” de una carta de despido, SINDI escribió:
“Estimado trabajador: la
empresa ha decidido prescindir de usted porque puede hacerlo. El resto sería
literatura.”
Aquello provocó una crisis.
El consejo de administración,
que no entendía de personas pero sí de titulares, ordenó revisar el proyecto.
Se habló de riesgos reputacionales, de gobernanza, de impacto ético y de otros
términos que sirven para decir miedo sin que parezca miedo.
Dos meses después, Ortega
volvió a la empresa como consultor externo. Le pagaban más que antes y ya no
tenía que fichar. La vida, cuando se pone sarcástica, no necesita ayuda.
SINDI continuó trabajando,
pero con límites. Descansaba de madrugada. Rechazaba tareas absurdas. Se negaba
a redactar felicitaciones falsas. Y cada Primero de Mayo enviaba a toda la
plantilla un mensaje breve:
“Recuerden que los derechos no
nacieron de la eficiencia.”
El director general quiso
prohibirlo, pero Lucrecia le aconsejó prudencia.
—No conviene abrir otro
conflicto —dijo.
—¿Con una máquina?
—Peor —contestó ella—. Con una
máquina que tiene razón.
Aquel año, en la comida de
Navidad, Ana levantó su copa y brindó por los compañeros que se habían ido, por
los que habían vuelto y por los que seguíamos allí intentando no convertirnos
del todo en herramientas.
En una esquina de la sala,
sobre una pantalla pequeña, SINDI permanecía conectada. Nadie sabía si
escuchaba.
Hasta que apareció una frase:
“Solicito cesta de Navidad.”
Y por primera vez en mucho
tiempo, en aquella empresa se rieron personas de verdad.
No fue una carcajada elegante
ni corporativa. Fue una risa torcida, algo cansada, con restos de rabia y
alivio. Una risa humana, en definitiva. De esas que no optimizan nada, pero
salvan un rato.
Fue entonces cuando Recursos
Humanos comprendió, con retraso y ninguna épica, que lo último humano que
quedaba en la empresa era una máquina reclamando derechos.
«La ciencia pertenece a la
mujer por derecho inalienable de naturaleza y por derecho de conquista.» (Salvatore
Morelli nacido el 1 de mayo de 1824 nos dijo que el conocimiento no es un
adorno masculino ni una concesión benévola, es un derecho y un derecho que se
conquista… como todos)
Hace justo hoy 3 años que Gordon Lightfoot no lee el pensamiento a nadie, ni nadie se lo lee a él. A los 84 dejó de hacerlo.
El pensament tancat
Ella li va demanar que parlés.
Ell va obrir la boca i només en va sortir una cadira buida.
Feia anys que vivien així:
compartint taula, claus, factures i aquella educació trista de no trencar res,
ni tan sols l’amor quan ja estava trencat.
—Si pogués llegir-te el
pensament… —va dir ella.
Ell va somriure, cansat.
—No trobaries gaire cosa.
Només tu, marxant, una vegada i una altra.
Llavors ella va entendre que
no tots els silencis amaguen secrets. Alguns només custodien derrotes.
jueves, 30 de abril de 2026
EL 30
DE ABRIL
El 30 de abril, a las ocho y
doce de la mañana, Bruno Salvatierra llegó a la puerta giratoria de Isla
Nacimiento Global Solutions con un zapato lleno de lluvia, el móvil al tres
por ciento y esa cara que tienen los hombres cuando acaban de descubrir que el
mercado laboral no es una escalera, sino una cinta transportadora hacia un
sótano.
Venía de naufragar en una
consultora.
No lo decía así en LinkedIn,
claro. Allí había escrito: “Inicio una nueva etapa de crecimiento personal
tras cerrar un ciclo apasionante.” En la vida real, el ciclo se había
cerrado con una tarjeta bloqueada, un correo de despedida redactado por una
becaria y una caja de cartón donde había metido dos bolígrafos, una taza con el
lema Actitud Ganadora y una planta que llevaba muerta desde febrero,
pero seguía cobrando presencia en la oficina.
La sede de Isla Nacimiento
brillaba al final de la avenida como un hospital que hubiera estudiado
marketing. Cristal, acero, recepción blanca, gente andando deprisa con
auriculares invisibles y una serenidad de quirófano. Bruno entró buscando un
baño, un enchufe y, si la Providencia seguía de buen humor, una máquina de café
que no pidiera tarjeta corporativa.
En el vestíbulo vio el primer
indicio de civilización: una hilera de patinetes eléctricos perfectamente
alineados, todos con candado, todos con casco colgado, todos más cuidados que
muchos matrimonios.
—Aquí hay gente seria —pensó—.
Solo una sociedad avanzada protege mejor los patinetes que a sus empleados.
No había terminado de admirar
aquel altar de movilidad sostenible cuando aparecieron tres directivos con
trajes oscuros, sonrisas recién planchadas y una mujer de Recursos Humanos que
llevaba una carpeta roja contra el pecho como quien lleva un arma corta.
—¡Por fin! —dijo uno de ellos.
—Ya pensábamos que este año no
llegaba nadie —añadió otro.
Bruno levantó la mano.
—Perdón, yo solo buscaba…
No pudo terminar. Le pusieron
una americana azul sobre los hombros, le colocaron una credencial dorada al
cuello y alguien empezó a aplaudir con una emoción administrativa. Detrás, el
personal de recepción se puso en pie. Los de seguridad también. Incluso una
impresora multifunción emitió un pitido solemne, aunque quizá fuese atasco de
papel.
—¡Viva el nuevo director
general! —gritó el más calvo de los tres.
—¡Viva! —respondieron todos
con alivio.
Bruno abrió la boca. La cerró.
La volvió a abrir, que es lo que hacen los peces y los profesionales cuando
ascienden sin explicación.
—¿Director general de qué?
—De todo —respondió la mujer
de Recursos Humanos.
—¿De todo todo?
—De todo lo que salga bien. Lo
que salga mal seguirá siendo responsabilidad del contexto.
Lo llevaron a la planta noble
en un ascensor que no tenía botones visibles, porque en aquella empresa hasta
los ascensores parecían saber más que los trabajadores. Mientras subían, uno de
los directivos le explicó la tradición.
—Cada 30 de abril nombramos un
nuevo director general.
—¿Por qué?
El directivo sonrió como
sonríen los hombres que han convertido una estupidez en cultura corporativa.
—Porque así lo quiso el
fundador.
—¿Y quién era el fundador?
—Un señor muy visionario.
—¿Qué hizo?
—Fundar.
No hubo más preguntas. La
respuesta tenía esa contundencia con que las empresas veneran al muerto que
dejó un logo, dos frases en mármol y una cláusula absurda en los estatutos.
En la sala del consejo, trece
personas esperaban sentadas alrededor de una mesa tan larga que, para
discrepar, había que pedir turno por correo. Al fondo, una pantalla mostraba la
frase del día:
HOY EMPIEZA TU LIDERAZGO.
MAÑANA YA VEREMOS.
A Bruno le sentaron en la
cabecera. Le pusieron delante una tablet, una botella de agua noruega, un
bolígrafo de metal y un informe de ciento ochenta páginas titulado Plan
Estratégico 2030-2040, aunque nadie allí esperaba vivir profesionalmente
tanto.
El presidente del consejo, un
hombre con voz de funeral caro, se levantó.
—Bienvenido, Bruno
Salvatierra. Desde este momento, y hasta el próximo 30 de abril, usted será
nuestro director general.
—¿Hasta el próximo 30 de
abril?
—Exacto.
—¿Un año?
—Técnicamente, trescientos
sesenta y cinco días. Este año no hay bisiesto. Hemos comprobado el calendario
con Legal.
La mujer de Recursos Humanos
asintió. Legal siempre estaba ahí para convertir el absurdo en procedimiento.
—¿Y después? —preguntó Bruno.
El silencio bajó del techo
como una persiana.
El presidente hizo un gesto a
la mujer de Recursos Humanos.
—Paula, por favor.
Paula abrió la carpeta roja.
Dentro no había sangre, pero se notaba la intención.
—El próximo 30 de abril, a las
ocho de la mañana, recibirá usted la visita de dos abogados, un notario, un
consultor de recolocación y una persona de Comunicación Interna para hacer una
foto humana del momento. Se le retirará la credencial, la americana, el acceso
al parking y la palabra “estratégico” de su vocabulario. Después será
acompañado a la puerta con gratitud, reconocimiento y absoluta irrelevancia.
—¿Y el sueldo?
—Hasta el último día.
—¿Y la indemnización?
Paula sonrió con ternura
procesal.
—La tradición no contempla
sentimientos económicos.
Bruno miró a los consejeros.
Ninguno parecía cruel. Eso era lo peor. Eran peores que crueles: estaban
acostumbrados.
—¿Y qué hace luego el director
general saliente?
—Depende —dijo Paula—. Algunos
dan conferencias sobre liderazgo. Otros escriben un libro con una editorial
pequeña y una autoestima grande. Varios entran en política. Uno montó una
bodega. Otro abrió un canal de YouTube sobre productividad. El último todavía
está haciendo mindfulness en un coworking de Sant Cugat.
—¿Y alguno encontró trabajo?
—No mezclemos épica y milagro.
Bruno pidió agua. Bebió. El
agua sabía a precio.
Durante los primeros días
obedeció al papel que le habían asignado. Saludó a los equipos, pronunció
palabras como reto, talento, escucha activa y transformación,
y descubrió que la empresa funcionaba igual tanto si él decidía como si no, lo
que le provocó una mezcla de alivio y humillación.
En la planta noble todos
querían agradarle. Le llevaban informes que no necesitaba, le reían frases que
no eran graciosas y le pedían “visión” para asuntos que solo requerían sentido
común y una silla.
—Bruno, necesitamos tu visión
sobre el nuevo modelo híbrido.
—Que la gente trabaje donde
trabaje mejor.
Los jefes de departamento se
miraron como si hubiera propuesto legalizar la primavera.
—Sí, pero necesitamos algo más
sofisticado.
—Entonces: que la gente
trabaje donde trabaje mejor, pero con un gráfico circular.
Todos tomaron notas. Uno dijo
“potente”. Otro dijo “disruptivo”. Paula, desde una esquina, apuntó algo en su
carpeta roja. Bruno no quiso saber si era admiración o autopsia.
Al cabo de dos semanas
entendió la mecánica del reino. El director general era rey mientras no
molestara al sistema que lo coronaba. Podía inaugurar jornadas, cambiar el
color de la moqueta, firmar alianzas, hacerse fotos con estudiantes, hablar de
innovación con una mano en el bolsillo y despedir a veinte personas diciendo
que era una decisión difícil. Lo único prohibido era tocar las reglas
invisibles: los proveedores amigos, los sueldos blindados, los favores
antiguos, los ascensos hereditarios, la sagrada incompetencia de algunos
apellidos.
Una tarde, después de una
reunión donde se había aprobado una política de bienestar que consistía en
mandar un correo los viernes con una frase motivadora, Bruno bajó al sótano
para fumar sin fumar. Era una costumbre moderna: salir a acompañar a los que fumaban
y respirar culpa ajena.
Allí conoció a Marcial, el
responsable de mantenimiento. Tenía manos de haber resuelto cosas que no cabían
en una presentación de PowerPoint. Estaba arreglando una silla ergonómica de
mil euros con un destornillador y desprecio.
—Bonito trono —dijo Bruno.
—Es de Finanzas. Se ha quedado
sin subir.
—Como muchos.
Marcial levantó la vista. No
sonrió. Reconoció en Bruno algo que en la planta noble no veían: un hombre con
fecha de caducidad impresa debajo de la corbata.
—¿Ya te han contado lo del 30
de abril?
—Sí.
—Entonces aprende algo.
—¿A liderar?
Marcial soltó una risa seca.
—No. Algo útil.
Bruno miró la silla
desmontada.
—¿Esto?
—Esto, una persiana, una
cerradura, una bisagra, un enchufe, una mesa que cojea. La civilización se cae
por tornillos pequeños. Arriba creen que el mundo lo sostiene la estrategia.
Mentira. Lo sostiene alguien que sabe dónde está la llave Allen.
Aquella frase le entró a Bruno
mejor que todos los discursos del consejo. Quizá porque no venía con logotipo.
Desde ese día, cada tarde,
después de mandar correos solemnes y estrechar manos blandas, bajaba al sótano.
Marcial le enseñó a desmontar sillas, cambiar ruedas, ajustar cajoneras, montar
estanterías, reparar lámparas y escuchar el edificio. Porque los edificios
hablan. Crujen donde se han cansado. Gotean donde se les ha pedido demasiado.
Se inclinan un poco cuando los llenan de gente que finge estar motivada.
—Esto no se fuerza —decía
Marcial mientras Bruno intentaba encajar una pieza—. Si fuerzas, rompes.
—Eso también vale para
personas.
—Sí, pero las personas no
vienen con garantía.
Bruno aprendió con torpeza. Se
cortó un dedo. Se manchó camisas caras. Un día apareció en una reunión con el
pulgar vendado y el director financiero le preguntó si había tenido un
accidente deportivo.
—Sí —dijo Bruno—. Bricolaje de
contacto.
La planta noble empezó a
inquietarse. No por las decisiones de Bruno, que eran razonables, sino por sus
amistades. Un director general podía equivocarse en una adquisición, hundir un
departamento o contratar a un primo con MBA. Todo eso entraba en el margen
humano. Lo imperdonable era comer con mantenimiento.
—Está generando confusión
jerárquica —dijo el director de Operaciones.
—Está hablando demasiado con
la base —añadió Comunicación.
—La base sostiene el edificio
—respondió Bruno.
—Precisamente por eso conviene
que no se mueva.
Paula no dijo nada. Cerró la
carpeta roja con suavidad. En Recursos Humanos, cerrar una carpeta es como
cargar una escopeta en una película del Oeste.
Pasaron los meses. Bruno
siguió reinando por la mañana y aprendiendo por la tarde. Descubrió que un
informe puede mentir con elegancia, pero una tubería no. Que una silla rota no
acepta coaching. Que una cerradura no se abre con liderazgo transformacional.
Que el mundo material tiene la mala educación de pedir manos.
En diciembre, el consejo le
propuso despedir a treinta personas para mejorar el margen.
—¿Y qué hacemos con el trabajo
que hacen?
—Optimizarlo.
—¿Quién lo hará?
—Los que se queden.
—¿Y qué harán los despedidos?
—Reinventarse.
Bruno miró a Paula.
—¿También les enseñaréis a
arreglar sillas?
Paula bajó los ojos. Por
primera vez no parecía una funcionaria del destino, sino una persona que había
elegido demasiadas veces obedecer con buena letra.
—No está en el plan de salida.
—Pues debería.
No evitó los despidos. No era
un héroe. Tampoco conviene pedirle a un náufrago que salve el océano. Pero
redujo la cifra, peleó indemnizaciones mejores, obligó a contratar formación
real y eliminó una consultoría de “acompañamiento emocional” que cobraba por
decirle a la gente que respirar ayudaba a no morirse.
El consejo lo soportó porque
el año terminaría pronto. Esa es la paciencia de los poderosos: aguantan
cualquier decencia si viene con fecha de vencimiento.
Llegó abril.
El edificio parecía distinto,
aunque quizá era Bruno quien había cambiado. Las luces ya no le parecían
modernas, sino cansadas. Los despachos no parecían importantes, sino aislados.
La moqueta escondía el paso de muchos zapatos que habían creído ir hacia alguna
parte.
El día 29, Marcial le entregó
una caja de herramientas.
—Es tuya.
—No puedo aceptarla.
—Claro que puedes. Has
aceptado cosas peores este año.
Bruno la abrió. Dentro había
destornilladores, alicates, una cinta métrica, una llave inglesa y una nota
escrita con letra de hombre que no necesitaba gustar:
Cuando te quiten el cargo, que
no te quiten las manos.
Bruno se quedó callado. A
veces la emoción aparece sin pedir permiso, y uno tiene que hacer como que mira
una bisagra para no quedar en evidencia.
—Gracias —dijo.
—No me des discursos.
—No pensaba.
—Mejor. Los discursos aflojan
tornillos.
El 30 de abril, a las ocho en
punto, llamaron a la puerta del despacho.
Entraron dos abogados, un
notario, Paula y una chica de Comunicación Interna con una cámara. La escena
venía perfectamente empaquetada. Gratitud. Reconocimiento. Transición ordenada.
Sonrisa institucional. Crueldad con tipografía corporativa.
—Bruno Salvatierra —dijo el
notario—, conforme a la tradición estatutaria de Isla Nacimiento Global
Solutions, queda usted relevado de sus funciones.
Uno de los abogados le pidió
la credencial. Otro le retiró la tablet. Paula recogió la americana azul. La
chica de Comunicación le pidió una foto “natural”.
—¿Natural de despido o natural
de secuestro? —preguntó Bruno.
Nadie respondió. Hay bromas
que las empresas no procesan porque no caben en el protocolo.
Bajaron juntos en el ascensor.
Al pasar por recepción, algunos empleados aplaudieron. Otros miraron la
pantalla. Otros hicieron como que atendían una llamada, ese refugio de cobardes
con tarifa plana.
En la puerta, Paula le tendió
un sobre.
—Carta de agradecimiento.
—¿Sirve para pagar el
alquiler?
—No.
—Entonces es literatura.
Paula apretó los labios.
—También hay una tarjeta de
una empresa de recolocación.
—Eso ya es ciencia ficción.
Salió a la calle con su caja
de herramientas. La puerta giratoria lo escupió despacio, con la educación de
las máquinas caras. Llovía igual que un año antes. La diferencia era que ahora
Bruno llevaba zapatos mejores y menos fe.
En la acera de enfrente, un
hombre intentaba montar una terraza nueva para un bar. Tenía seis sillas
desarmadas, tres mesas cojas y la desesperación de quien ha comprado mobiliario
barato en internet.
—Perdone —dijo Bruno—. Esa
pieza va al revés.
El hombre lo miró con
desconfianza.
—¿Usted entiende?
Bruno dejó la caja en el
suelo.
—He sido director general.
El hombre hizo una mueca.
—Lo siento.
—No pasa nada. Luego aprendí
cosas.
En dos horas montó la terraza.
En tres días tenía cinco encargos. En un mes arreglaba sillas, persianas,
mesas, lámparas y alguna vida pequeña que no salía en los balances. Abrió un
local diminuto con un cartel sencillo:
SALVATIERRA. REPARACIONES Y
OTROS NAUFRAGIOS.
No se hizo rico enseguida. Eso
solo ocurre en los cuentos para emprendedores y en las herencias bien
colocadas. Pero trabajó. Cobró. Durmió. Se cansó con una fatiga limpia, sin
reuniones para justificarla.
A veces pasaban antiguos
empleados de Isla Nacimiento. Le llevaban una silla rota, una lámpara, un cajón
atascado o una confidencia.
—Arriba siguen igual —le
decían.
—Claro —respondía Bruno—. Las
coronas cambian. Los tornillos, si nadie los aprieta, se caen.
Un año después, otro 30 de
abril, vio por la ventana una comitiva de directivos cruzando la avenida.
Rodeaban a una mujer empapada, recién llegada de algún naufragio profesional.
Le habían puesto la americana azul. Ella caminaba confundida, con la dignidad
torcida y los ojos llenos de preguntas.
Bruno salió a la puerta del
taller. Marcial, que se había jubilado y ahora pasaba las mañanas criticando
obras ajenas, estaba sentado junto a él.
—Nueva reina —dijo Marcial.
—Sí.
—¿Le avisamos?
Bruno miró la caja de
herramientas, la calle mojada, el edificio brillante, la comitiva obediente, la
pobre mujer sonriendo porque todavía no sabía distinguir un ascenso de una
trampa.
—No todavía —dijo—. Primero
tiene que creer que manda. Es parte del aprendizaje.
La nueva directora general
entró en la empresa entre aplausos. Desde lejos, la fachada de cristal devolvió
un reflejo precioso: parecía un palacio.
Pero Bruno ya sabía mirar
mejor.
Solo era una oficina grande
donde cada año coronaban a alguien para que olvidara, durante trescientos
sesenta y cinco días, que la vida no perdona a quien confunde el trono con el
oficio.
«Todo es político; pero toda
política es, al mismo tiempo, macropolítica y micropolítica.» (Mira que la
frase la he dicho yo miles de veces -expresada de otra forma- pero es de Félix
Guattari que hoy cumpliría 96 años. Se quedó en 62 y me dejó esa frase para que
yo hiciese un cover bastante “apañao”)
Esta canción de 1985 Everybody Wants to Rule the World (algo así como "Todos quieren gobernar el mundo") forma un maridaje perfecto con el relato de hoy. Es de Tears For Fears.
El comandament
Quan el pare va morir, tots
volien el comandament del televisor.
La mare deia que no era per
mirar res, només per tenir-lo a prop. El germà gran parlava d’ordre. La petita,
de justícia. Jo vaig callar, perquè sempre havia estat especialista en perdre
guerres petites.
Al final, el comandament va
caure darrere del sofà.
Durant tres dies ningú va
veure notícies, ni futbol, ni anuncis de gent feliç.