sábado, 18 de julio de 2026

 

LOS DOS MUERTOS DE TERESA

Cada vez que un camión entraba en la plaza de Sant Jaume, Teresa levantaba la cabeza y esperaba la explosión.

No podía evitarlo. El ruido de los motores se le había quedado adherido al miedo desde los bombardeos de marzo. Primero escuchaba el traqueteo. Después imaginaba el zumbido de los aviones. Por último, antes incluso de que sucediera nada, se le encogía el estómago.

Aquel 18 de julio de 1938 no cayó ninguna bomba sobre la plaza. El camión se detuvo frente al Ayuntamiento y descargó unas cajas de documentos que dos funcionarios se apresuraron a meter en el edificio. A esas alturas de la guerra, hasta los papeles parecían necesitar refugio.

Teresa volvió a su mesa.

Trabajaba en la centralita telefónica del Ayuntamiento desde hacía cuatro meses. Antes cosía para una tienda de la calle Pelai, pero el negocio había cerrado porque faltaban telas, clientas y ganas de estrenar vestidos. La guerra había reducido la moda a dos colores: el gris de la ropa usada y el negro del luto.

Consiguió el puesto gracias a una vecina que conocía a alguien que conocía a alguien. Así funcionaban las cosas incluso durante las revoluciones. Cambiaban los gobiernos, las banderas y los retratos de las paredes, pero siempre era necesario conocer a alguien que conociera a alguien.

La centralita estaba instalada en una habitación interior. No tenía ventanas y olía a polvo, cables calientes y café de achicoria. Teresa pasaba las horas conectando voces que llegaban desde despachos, ministerios, comandancias y edificios oficiales. Voces urgentes. Voces importantes. Voces que daban órdenes a otras voces.

Ella las enlazaba y luego desaparecía.

Aquella mañana había más movimiento del habitual. En el Saló de Cent iba a hablar Manuel Azaña, presidente de la República. Habían llegado autoridades, periodistas y militares con uniformes gastados. Los ordenanzas recorrían los pasillos llevando carpetas. Algunos funcionarios fingían que sabían lo que estaba ocurriendo. Los demás fingían creerlos.

—Hoy tendremos discurso —comentó Enriqueta, la encargada de la centralita, mientras se servía un sucedáneo de café.

—¿Otro?

—Este es del presidente.

—También los otros eran de presidentes, ministros o generales.

—No seas así, mujer.

Teresa conectó una llamada con la Consejería de Gobernación.

—No soy de ninguna manera.

Enriqueta la miró por encima de la taza.

—Desde que murió Julià estás siempre enfadada.

Teresa introdujo una clavija con más fuerza de la necesaria.

—No estoy enfadada.

—Ya.

—Estoy en guerra.

Enriqueta no respondió. No porque estuviera de acuerdo, sino porque en aquellos tiempos había frases que era mejor no discutir. Todas podían terminar convertidas en una acusación.

Julià, el marido de Teresa, había muerto el 17 de marzo, durante uno de los bombardeos sobre Barcelona. Era conductor de tranvía y se encontraba cerca de la Gran Via cuando una bomba italiana abrió la calle y todo lo que había encima.

De Julià recuperaron la cartera, el reloj y una mano.

Teresa no preguntó qué mano.

Le entregaron aquellas pertenencias dentro de una caja de cartón. Durante varias semanas guardó el reloj en el cajón de la cocina, envuelto en un pañuelo. Se había parado a las dos menos cuarto. Al principio le daba cuerda cada mañana. Lo hacía avanzar hasta la hora de la muerte y volvía a detenerlo.

Después dejó de hacerlo.

No era su único muerto.

Su hermano Andreu llevaba muerto desde septiembre de 1936. Había sido maestro en una escuela religiosa y tocaba el órgano los domingos. No era sacerdote ni falangista ni conspirador. Era un hombre tímido que padecía del estómago y tenía la mala costumbre de corregir la gramática de los demás.

Una patrulla fue a buscarlo de madrugada.

Alguien dijo que escondía armas en la escuela. Registraron las aulas y encontraron mapas, cuadernos, dos crucifijos y una colección de minerales. No había armas, pero se lo llevaron igualmente. El cuerpo apareció tres días más tarde en una cuneta, con la camisa abierta y una falta de ortografía escrita en un papel prendido del pecho:

Fascista ajusticiado por el pueblo.

Teresa no pudo evitar pensar que a Andreu le habría molestado especialmente aquella ausencia de precisión.

Durante mucho tiempo conservó separadas las fotografías de sus dos muertos.

La de Andreu estaba en un cajón del dormitorio. La de Julià, sobre la cómoda. Le parecía una traición colocarlos juntos. Su marido había muerto bajo las bombas de los militares sublevados. Su hermano, a manos de quienes decían defender la misma República que Julià había defendido.

Los dos estaban muertos, pero cada uno pertenecía a una explicación diferente.

La guerra exigía ordenar a los muertos antes de llorarlos.

Los buenos a un lado.

Los malos al otro.

Los dudosos, debajo de la alfombra.

A media mañana llegó un técnico de la radio para comprobar la línea por la que se transmitiría el discurso. Era un muchacho delgado, con unas gafas redondas que le agrandaban los ojos. Apenas tendría veinte años.

—Necesito que mantengan libre esta conexión —dijo señalando uno de los cables—. Desde aquí se enviará la señal.

—¿Funcionará? —preguntó Enriqueta.

—Eso espero.

—Últimamente nada funciona.

El joven sonrió.

—Las guerras son poco respetuosas con la técnica.

Teresa observó que le temblaban las manos.

—¿Ha desayunado?

—Sí.

Era mentira. La mentira también pasaba hambre.

Teresa abrió el cajón y sacó medio trozo de pan que guardaba para la comida. Se lo ofreció.

—Tome.

—No puedo aceptarlo.

—Claro que puede.

—De verdad que no…

—Mire, joven, no me haga discutir por medio mendrugo. Tengo mucha práctica y usted ninguna posibilidad.

El muchacho aceptó el pan y se lo comió en cuatro bocados, intentando mantener cierta dignidad. Después le dio las gracias y regresó a sus cables.

A Teresa le recordó a Lluís, su hijo.

Tenía dieciocho años y llevaba seis semanas movilizado. La última carta había llegado cuatro días antes. Estaba escrita a lápiz, sobre un papel doblado varias veces y manchado de tierra.

Decía que se encontraba bien.

Los soldados siempre se encontraban bien en las cartas.

Podían estar hambrientos, cubiertos de piojos, aterrados o con un proyectil pasando por encima de la cabeza. Pero escribían: «Estoy bien, madre».

Lluís pedía calcetines, tabaco para un compañero y unas agujas. Se le había soltado un botón del pantalón y nadie en su unidad sabía coserlo.

Teresa sonrió al leerlo.

Una República llena de discursos y no había sido capaz de enseñar a un grupo de hombres a coserse un botón.

En la última página, su hijo había añadido:

«Dicen que pronto iremos hacia el río. No te preocupes. Estamos preparados».

Teresa no sabía de qué río hablaba. En las guerras, los ríos dejaban de servir para llevar agua. Pasaban a ser posiciones, fronteras o lugares donde ahogar hombres.

Guardaba la carta en el bolsillo del vestido, junto a las fotografías de Andreu y Julià. Había empezado a llevarlas encima desde que Lluís se marchó. No por superstición. Teresa no creía en esas cosas. Las llevaba porque temía que una bomba destruyera la casa y se quedara sin los rostros de sus muertos.

A primera hora de la tarde, el murmullo de los pasillos se apagó.

Azaña había comenzado a hablar.

La voz llegó a la centralita a través de la línea que había instalado el muchacho de las gafas. Sonaba lejana, con una ligera vibración metálica. No era la voz de un hombre dispuesto a prometer la victoria. Tampoco la de un jefe arengando a los suyos.

Era una voz cansada.

Pero no tenía el cansancio de quienes se quejan porque han dormido mal o porque la sopa está fría. Era un cansancio más profundo. El de alguien que había contemplado demasiado tiempo la misma desgracia y empezaba a sospechar que nadie quería terminarla.

Enriqueta subió el volumen.

—Escucha.

—Estoy trabajando.

—Puedes hacer las dos cosas.

Teresa siguió conectando llamadas mientras la voz hablaba de España, de la guerra, de la nación y de los muertos. Algunas palabras se perdían entre interferencias. Otras llegaban nítidas y se quedaban flotando en la habitación.

A Teresa le molestaban los discursos.

Desde que empezó la guerra había escuchado demasiados.

Todos anunciaban la victoria. Todos exigían sacrificios. Todos hablaban del pueblo como si el pueblo fuese un hombre enorme que no necesitara comer, dormir ni enterrar a sus hijos.

Nadie decía:

«Lo sentimos».

Nadie reconocía haberse equivocado.

Los dirigentes hablaban de la historia con una facilidad que daba miedo. Teresa, en cambio, no conocía la historia. Conocía un reloj detenido a las dos menos cuarto. Una cartera manchada. Una cuneta. Un botón sin coser.

Eso era la guerra para ella.

Mientras Azaña continuaba hablando, sacó del bolsillo las dos fotografías.

En una aparecía Andreu, muy serio, junto a sus alumnos. Llevaba una chaqueta demasiado grande y sostenía un libro contra el pecho. En la otra, Julià sonreía apoyado en un tranvía. Se había quitado la gorra y miraba a la cámara con esa expresión de quien cree que la vida va a durar lo suficiente.

Teresa puso las fotografías una al lado de la otra sobre la mesa.

—¿Qué haces? —preguntó Enriqueta.

—Nada.

La voz del presidente hablaba ahora de los hombres que habían caído en la batalla. Decía que los muertos ya no tenían odio ni rencor.

Teresa miró las fotografías.

—Eso habría que preguntárselo a ellos —murmuró.

—¿Qué dices?

—Nada.

Le costaba aceptar que sus muertos ya no odiaran. Ella llevaba dos años odiando por los tres. Odiaba a los hombres que habían sacado a Andreu de casa. Odiaba a los aviadores que arrojaron la bomba sobre Julià. Odiaba a quienes justificaban una muerte para condenar la otra. Odiaba a los que decían que eran daños inevitables, excesos, consecuencias de la lucha o gloriosos sacrificios.

Había tantas formas de llamar a un asesinato que cualquier asesino podía encontrar una adecuada.

Azaña hizo una pausa.

La voz pareció alejarse todavía más, como si viniera de otro tiempo.

Entonces pronunció las tres palabras:

—Paz, piedad y perdón.

Nadie habló en la centralita.

Desde el Salón de Ciento llegó un aplauso. Primero débil. Después más intenso. Los asistentes golpeaban las manos mientras aquellas palabras recorrían la sala, las líneas telefónicas y las ondas de radio.

Teresa no aplaudió.

Paz.

La palabra parecía sencilla. Bastaba con dejar de disparar. Pero todos aseguraban que antes debía ganar alguien.

Piedad.

Esa era todavía más difícil. La piedad obligaba a mirar al enemigo cuando estaba en el suelo y descubrir que tenía una cara. Quizá incluso la cara de un muchacho de dieciocho años que no sabía coserse un botón.

Perdón.

Teresa apartó la mano de las fotografías.

Aquella era la palabra imposible.

Perdonar podía parecerse demasiado a decir que no había ocurrido nada. A borrar el cuerpo de Andreu de la cuneta. A devolver la bomba al avión y la mano de Julià a su caja.

No.

Ella no quería olvidar.

Tampoco estaba segura de querer perdonar.

Pero mientras observaba los dos retratos comprendió algo que hasta entonces no había sido capaz de pensar: no deseaba que Lluís heredara su odio.

Podía dejarle la casa, la máquina de coser, la vajilla desparejada y las deudas. Podía entregarle el reloj parado de su padre y los libros de gramática de su tío. Pero no quería legarle aquella rabia. Bastante tendría el muchacho con sobrevivir a la suya.

Terminó el discurso y los pasillos recuperaron el movimiento. Volvieron las órdenes, los pasos apresurados y las conversaciones a media voz. Las palabras solemnes fueron desalojadas por la burocracia.

Un concejal entró en la centralita buscando una llamada urgente. Llevaba el uniforme impecable y olía a colonia.

—Bonito discurso —dijo mientras esperaba la conexión—. Aunque las guerras no se ganan con piedad.

Teresa insertó la clavija.

—Puede ser.

—Se ganan con disciplina, armas y valor.

—Sobre todo con armas —respondió ella—. El valor suelen ponerlo los hijos de los demás.

El concejal la miró, pero la llamada entró antes de que pudiera contestar.

Al terminar la jornada, Teresa salió del Ayuntamiento. En la plaza todavía había coches oficiales. Un grupo de niños jugaba junto a una barricada de sacos terreros. Uno de ellos levantaba un palo como si fuera un fusil y disparaba contra los demás.

—¡Te he matado!

—¡No me has dado!

—¡Sí que te he dado!

—¡Pues ahora soy de los tuyos!

Los niños cambiaron de bando y continuaron jugando.

Teresa pensó que quizá las guerras empezaban así: alguien te mataba y luego te obligaba a escoger de qué lado habías muerto.

Caminó hasta su casa.

Barcelona estaba cubierta por una luz amarillenta. En las fachadas quedaban heridas de metralla. Había colas frente a las tiendas y mujeres que regresaban con las bolsas casi vacías. En una esquina, un anciano vendía cigarrillos sueltos. Más adelante, dos soldados caminaban abrazados, sosteniéndose el uno al otro. Parecían borrachos, heridos o simplemente cansados. En aquellos días resultaba difícil distinguirlo.

Al entrar en casa, Teresa dejó el bolso sobre la mesa y encendió una lámpara.

Sacó las fotografías.

Buscó en un armario un marco antiguo que había guardado desde la muerte de sus padres. Era de madera oscura y solo cabía una imagen. Retiró el cartón de la parte trasera, colocó los retratos de Andreu y Julià uno junto al otro y recortó los bordes hasta conseguir que entraran.

Quedaron apretados.

El hombro de su hermano rozaba el de su marido.

Teresa sostuvo el marco entre las manos.

—No empecéis a discutir —les dijo.

Por primera vez en muchos meses se rio. Fue una risa pequeña, casi avergonzada, pero consiguió romper algo dentro de ella.

Después se sentó a escribir a su hijo.

«Querido Lluís:

He recibido tu carta. Mañana intentaré enviarte los calcetines, el hilo y las agujas. El tabaco no prometo encontrarlo. Cuando vuelva a verte, te enseñaré a coser. Ya eres bastante mayor para matar y, por lo visto, todavía demasiado pequeño para arreglarte un pantalón».

Se detuvo.

Mojó la pluma y continuó:

«Dices que pronto iréis hacia el río. No sé qué vais a hacer allí y casi prefiero no saberlo. Solo te pido una cosa. No seas un héroe. Los héroes sirven para los discursos, pero dan mucho trabajo a las madres.

Y si alguna vez tienes delante a un hombre del otro lado, míralo antes de disparar. No te digo que no te defiendas. Quiero que vuelvas. Quiero que vivas. Pero procura recordar que el otro también tendrá una madre esperando una carta en la que diga que se encuentra bien.

Regresa como puedas. Con hambre, con miedo, con los pantalones rotos y sin haber ganado ninguna guerra.

Pero no vuelvas con odio.

El odio no cabe en casa».

Firmó la carta, la dobló y la guardó en un sobre.

Antes de acostarse, colocó el marco sobre la cómoda. Los rostros de Andreu y Julià quedaron iluminados por la lámpara.

Uno había muerto a manos de los que decían luchar contra el fascismo.

El otro, bajo las bombas de quienes afirmaban salvar España.

Teresa los miró durante unos minutos.

No sabía si algún día sería capaz de perdonar.

La paz no dependía de ella.

La piedad aparecía cuando podía y casi siempre llegaba tarde.

Pero aquella noche hizo lo único que estaba en su mano.

Por primera vez desde que comenzó la guerra, dejó que sus dos muertos durmieran juntos.

«Nunca ha sabido nadie ni ha podido predecir nadie lo que se funda con una guerra; ¡nunca!» (Frase extraída del discurso que pronunció Manuel Azaña en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938 y que se conoce por la última frase que pronunció: “Paz, Piedad y Perdón”; y recorder las guerras se desencadenan con determinados propósitos, pero terminan creando realidades políticas, sociales y morales imprevisibles.)

Ian Stewart pianista de los Rollings o los Stones hubiese cumplido hoy 88 años. Se quedó o plantó en los 47 aunque tuvo tiempo de participar en las mejores canciones de la banda.


La mida exacta

Va demanar una vida tranquil·la, una dona que no marxés i un gos que no bordés de matinada.

Li van concedir un pis petit, una veïna que cantava boleros i un gat esquerp que apareixia quan volia.

Durant anys va maleir aquella estafa.

Fins que una nit, malalt i sol, la veïna li va portar sopa i el gat es va arraulir als seus peus.

Aleshores va comprendre que la felicitat no s’equivoca mai de comanda.

Simplement, no consulta els desitjos del client.


viernes, 17 de julio de 2026

 

EL CUENTO DE LA VACA

La lechera apoyó el cubo en el suelo y, antes de empezar a ordeñar, se quedó mirando el amanecer.

Pensó que vendería la leche en el mercado. Con el dinero compraría una docena de huevos. De los huevos saldrían pollos. Vendería los pollos y adquiriría un cerdo. Después vendrían una casa, unas tierras, varios criados y un marido trabajador, guapo y poco dado a discutir.

La muchacha sonrió.

Ya se veía paseando por el pueblo con un vestido nuevo, mientras las vecinas se consumían de envidia y los hombres lamentaban no haberse declarado a tiempo.

La vaca la observaba en silencio.

No entendía de inversiones, diversificación de activos ni planificación de futuros sentimentales. Tampoco sabía que sobre sus ubres se estaba levantando un pequeño imperio agropecuario.

Solo sentía una presión insoportable entre las patas.

—Cuando venda los cerdos —continuaba fantaseando la lechera— compraré otra vaca.

La vaca levantó la cabeza.

Miró a la muchacha, miró el cubo vacío y volvió a mirarla.

—Muuuu —dijo.

Que, traducido con cierta libertad, significaba:

—Tú compra lo que quieras, pero acaba de ordeñarme de una vez.

La lechera nunca supo que, mientras ella construía su futuro, la protagonista del negocio solo intentaba aliviar el presente.

«No confunde la verdad con la verosimilitud: considera verdadero lo verdadero, falso lo falso, dudoso lo dudoso y verosímil lo que solo es verosímil» (César Chesneau Dumarsais Nacido el 17 de julio de 1676 para ser gramático y filósofo, condición ésta que le permitió dudar de todo)

Spencer Davis batería del grupo Spencer Davis Group hubiese cumplido hoy 87 años. Hubiese continuado igual que a los 81 que fue cuando nos dejó: pidiendo un poco de amor ¡como tod@s!.


Abans que es faci de dia

Quan va tancar el bar, la ciutat encara li bategava dins les sabates. Ella havia ballat tota la nit sense mirar ningú, com si el món fos una ferida que només la música podia cosir.

A la porta, ell li va oferir un cigarret.

—No vull fum.

—Què vols, doncs?

Ella el va mirar per primera vegada.

—Una mica d’amor. Però de pressa, que demà em tornaré a fer la forta.

Ell no va besar-la. Li va agafar la mà.

I van caminar fins que es va fer de dia.


jueves, 16 de julio de 2026

 

AHORA TODOS SOMOS UNOS HIJOS DE PUTA


A las cinco y media de la mañana del 16 de julio de 1945, en un lugar llamado Jornada del Muerto —la geografía también sabe hacer profecías—, un grupo de hombres aguardaba detrás de unos cristales oscuros.

A nueve kilómetros de ellos, sobre una torre de acero, habían colocado una esfera de plutonio. La llamaban Gadget, «el artefacto», como quien pone un diminutivo a un monstruo para que parezca menos peligroso.

La cuenta atrás llegó a cero.

Durante un instante, la noche dejó de existir. El desierto se volvió blanco, después púrpura, luego verde. La torre se evaporó y la arena se fundió formando un vidrio desconocido, la trinitita, como si la tierra hubiera querido conservar una cicatriz brillante. La onda expansiva recorrió más de ciento sesenta kilómetros.

Había funcionado.

Kenneth Bainbridge, director de la prueba, contempló aquel amanecer fabricado por el hombre, se volvió hacia Oppenheimer y dijo:

—Ahora todos somos unos hijos de puta.

Tres semanas después, Hiroshima. Tres días más tarde, Nagasaki.

La ciencia había aprobado el examen.

La humanidad empezó a suspenderlo.

Hoy, ochenta y un años después, un obelisco de piedra negra señala el lugar exacto de la explosión. En determinados días se permite la entrada de visitantes, que llegan, contemplan el desierto y hacen fotografías junto al punto donde comenzó la era atómica.

Quizá Bainbridge solo se equivocó en una palabra.

No fue «ahora».

Fue «para siempre».

«Los recuerdos son balas. Algunos pasan silbando y solo te sobresaltan. Otros te desgarran y te dejan hecho pedazos» (La frase es de Richard Kadrey que nació en 1957 e ignoro si hoy es su cumpleaños. No será la fecha de su “traspaso”. Lo he traído porque me encanta lo que dice y, sobre todo, lo que deja entrever.)

Y allá por julio de 1980 la del vídeo era una de las canciones que arrasaba. Es de Paul McCartney y se titula "Coming Up" (traducido por lo que viene o lo que está por llegar) 


El futur desafinat

Durant quaranta anys, l’Esteve va prometre que algun dia deixaria la fàbrica, aprendria saxòfon i convidaria la Mercè a ballar.

Quan es va jubilar, va comprar l’instrument, però el primer so va espantar el gat i la Mercè va riure com quan tenien vint anys.

Van apartar els mobles i ballaren sense música, perquè l’Esteve encara no sabia tocar.

A mitja cançó, ella li xiuxiuejà:

—Tota la vida esperant que arribés el futur.

Ell la va estrènyer.

—Doncs no miris enrere. Ja és aquí.


martes, 14 de julio de 2026

                                           EL BAZAR DE LOS SÁBADOS


Los sábados por la mañana, Julián vendía su vida en un mercadillo.

Se levantaba temprano, aunque ya no tenía ninguna razón para madrugar. Preparaba café para una sola taza, abría las persianas del salón y dejaba entrar una luz gris que apenas calentaba los muebles. Después escogía algún objeto, lo limpiaba con cuidado y lo guardaba en una maleta con ruedas.

Al principio llevó libros.

No porque le sobrasen. Los libros nunca sobran. Pero empezaban a pesarle de una manera que no tenía que ver con el papel.

Los colocaba sobre una mesa plegable, ordenados por tamaños, y esperaba a que algún desconocido se acercase a hojear aquellas páginas que él había leído tumbado junto a Clara, cuando todavía compartían cama, domingos y una confianza casi infantil en que las cosas importantes duraban para siempre.

—¿Cuánto por este? —preguntó una mujer sosteniendo El amante.

Julián reconoció la dedicatoria antes de abrirlo.

«Para que algún día aprendas que amar no es entender».

Clara se lo había regalado por su cumpleaños. Él se rio al leerla y le preguntó qué significaba. Ella le respondió que, precisamente, significaba eso.

—Dos euros —dijo Julián.

La mujer miró el libro, luego la mesa.

—¿Uno?

Julián asintió.

La vio marcharse con el libro bajo el brazo y sintió que aquella frase, escrita treinta años atrás con tinta azul, ya pertenecía a otra persona.

Después llegaron los discos. Las fotografías. Un jarrón comprado en Lisboa. Dos copas de cristal que habían sobrevivido a las mudanzas, al lavavajillas y al matrimonio. También una bufanda roja que Clara olvidó en el armario la mañana en que se marchó.

No se llevó muchas cosas.

Una maleta, el ordenador, dos vestidos, algunos libros y el abrigo gris.

Julián interpretó aquella modestia como una señal de regreso. Durante meses dejó vacío su lado de la cama. Conservó su cepillo de dientes. Siguió comprando los yogures de limón que solo comía ella. Incluso evitaba cerrar del todo la puerta por las noches, como si Clara pudiera regresar de madrugada y él no quisiera obligarla a buscar las llaves en el bolso.

Más tarde comprendió que algunas personas se marchan con poco porque ya se han llevado lo esencial antes de cruzar la puerta.

Al principio quiso recuperarla.

Le escribió mensajes largos, de esos que empiezan pidiendo perdón y terminan exigiendo una respuesta. Ella contestaba con frases cada vez más breves.

«Necesito tiempo».

«No quiero discutir».

«Cuídate».

A Julián aquel «cuídate» le pareció la forma más educada del abandono. Era lo que se decía a un enfermo, a un anciano o a alguien a quien ya no se pensaba cuidar.

La esperaba a la salida del trabajo. Le enviaba flores. Recordaba aniversarios que, cuando estaban juntos, había olvidado. Aprendió a escuchar cuando ya no tenía a quién hacerlo. Se convirtió en el hombre que Clara había esperado durante años justo cuando ella había dejado de esperarlo.

Después vino la rabia.

La llamó egoísta, cobarde, desagradecida. Le dijo que había desperdiciado los mejores años de su vida, aunque ambos sabían que los habían gastado juntos, con esa lentitud doméstica con la que se gastan las cosas que creemos inagotables.

Más tarde vino el silencio.

No llegó de golpe. Se fue instalando en la casa como el polvo. Primero ocupó las cenas. Después los pasillos. Luego se quedó a dormir junto a él.

Y, finalmente, llegó el mercadillo.

Cada sábado vendía algo relacionado con Clara. No lo hacía por necesidad. Tampoco para olvidarla. Quería averiguar cuánto valían los recuerdos cuando se sacaban de la memoria y se colocaban sobre una mesa.

El jarrón de Lisboa lo compró una pareja joven por cinco euros.

—Es precioso —dijo ella.

—Está un poco torcido —advirtió Julián.

—Eso lo hace especial —respondió el muchacho, rodeándola por la cintura.

Julián recordó que Clara había dicho exactamente lo mismo en una tienda cercana a la plaza del Comercio. Llovía aquel día. Se habían refugiado bajo un toldo y ella llevaba el pelo pegado a las mejillas. Él la besó allí, entre turistas, tranvías y olor a piedra mojada.

Durante unos segundos quiso recuperar el jarrón.

Pero la pareja ya se alejaba entre los puestos, llevándose aquella pieza imperfecta y la arrogancia hermosa de quienes aún creen que todo lo roto puede volverse especial.

Otro sábado vendió las copas.

Otro, la lámpara del dormitorio.

Una mujer compró el reloj de pared que Clara adelantaba cinco minutos porque odiaba llegar tarde. Un muchacho se llevó el tocadiscos. Un matrimonio adquirió la mesa del comedor, aquella donde habían celebrado cumpleaños, firmado hipotecas, discutido por los hijos y apoyado las manos alguna noche para no tocarse.

La bufanda roja permaneció meses sobre el puesto.

Nadie parecía interesarse por ella.

Quizá porque estaba gastada. Quizá porque conservaba una forma que ya no correspondía a ningún cuello. Julián creía percibir todavía el perfume de Clara, aunque sabía que los perfumes no sobreviven doce años. Lo que olía era otra cosa: una tarde de invierno, un semáforo, una discusión olvidada, el vaho de dos respiraciones mezclándose bajo la lluvia.

Una mañana de noviembre, una muchacha se detuvo frente a la mesa.

—¿Cuánto cuesta?

Julián acarició la lana.

Recordó a Clara bajando deprisa por las escaleras. Recordó cómo se envolvía el cuello con aquella bufanda antes de salir. Recordó el rojo moviéndose en la calle, alejándose entre la gente. Recordó muchas cosas, pero ninguna completa.

—No lo sé —respondió.

—¿No está a la venta?

A pocos metros, un joven esperaba a la muchacha con las manos en los bolsillos. Tenía esa impaciencia resignada de quien todavía ama y cree que esperar unos minutos es una desgracia.

—Cinco euros —dijo Julián.

La joven se puso la bufanda.

—¿Me queda bien?

Él la miró.

Por un instante, el tejido rojo pareció recuperar su antiguo calor.

—Sí —contestó—. Te queda bien.

La muchacha pagó y corrió hacia el joven. Él le dijo algo que Julián no alcanzó a escuchar. Ella rio. Después caminaron juntos, muy cerca el uno del otro, hasta desaparecer entre la multitud.

Julián sintió una punzada leve.

No era dolor. El dolor tiene algo de vivo. Aquello era apenas el recuerdo de un dolor.

Recogió el puesto antes de tiempo y regresó a casa.

El piso estaba casi vacío. En las paredes quedaban rectángulos más claros donde habían colgado los cuadros. Las habitaciones devolvían el eco de sus pasos. En el dormitorio solo permanecían la cama, una mesilla y un armario sin ropa.

Abrió el último cajón.

Allí guardaba las fotografías que todavía no se había atrevido a llevar al mercadillo.

Buscó una de Clara.

Tardó en encontrarla porque ya no recordaba bien su rostro.

Reconoció el pelo oscuro, la sonrisa, el lunar junto a la boca. Sabía que era ella. Sabía que había dormido durante años junto a aquella mujer, que conoció la temperatura de su espalda, el sonido de su risa detrás de una puerta, la manera en que pronunciaba su nombre cuando estaba enfadada.

Pero ahora la miraba como se mira a alguien que aparece en una vieja fotografía familiar: con la certeza de haberlo amado y la incapacidad de recordar cómo.

Se sentó en el borde de la cama.

Afuera empezaba a llover.

Durante mucho tiempo había creído que el día más triste de su vida sería aquel en que dejara de amar a Clara.

Ahora comprendía que se había equivocado.

Lo verdaderamente triste era que el amor pudiera marcharse sin cerrar la puerta, sin despedirse, sin hacer ruido.

Y que, con los años, uno acabara echando de menos incluso el dolor que dejó.

«La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos.» (Hoy 14 de julio los franceses celebran el 237 aniversario de la toma de la Bastilla el hecho mas relevante de la Revolución francesa. La frase de «La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos.» (Hoy 14 de julio los franceses celebran el 237 aniversario de la toma de la Bastilla el hecho mas relevante de la Revolución francesa. La frase de Olympe de Gouges denuncia la principal contradicción de la Revolución: proclamar derechos universales mientras excluía políticamente a la mitad de la población. Fue guillotinada en 1793)

El señor que aparece en el vídeo es Léo Ferré cantando "Avec le temps" que hoy me ha inspirado para escribir el relato. Si tenéis la oportunidad conseguir la letra en el idioma que queráis y entendáis porque es nostálgicamente preciosa.

L’última tassa

Cada diumenge posava dues tasses damunt la taula, tot i que feia anys que ningú no s’asseia davant seu.

Al principi, encara li parlava. Després només servia el cafè. Més tard, va deixar buida la segona tassa.

Aquell matí, en obrir l’armari, descobrí que no recordava quina era la seva.

En trià una a l’atzar, hi abocà el cafè i somrigué.

No perquè hagués oblidat.

Sinó perquè, finalment, també havia oblidat el dolor de recordar.




lunes, 13 de julio de 2026

 

LA PLANTA DE JULIÁN


Julián regaba la planta al amanecer, antes de que la casa recordara que estaba vacía.

La maceta decía su nombre con una etiqueta torcida: Julián. Se la había regalado su nieta el día que él cumplió ochenta y dos años.

—Para que no te olvides de ti —le dijo.

Desde entonces, cada mañana llenaba la regadera hasta la mitad. No más. Las cosas vivas, pensaba, también podían ahogarse de cuidados.

El agua caía despacio sobre la tierra oscura. Una gota temblaba en una hoja y él veía allí su pulso, sus venas finas, la paciencia de los huesos. La planta no hablaba, pero respondía creciendo hacia la ventana, como si supiera algo que él había dejado de saber.

Un día, Julián no pudo levantarse.

La nieta llegó por la tarde. Encontró la regadera junto a la cama y la maceta en el alféizar. La planta tenía una hoja nueva, pequeña, casi transparente.

Entonces leyó la etiqueta.

Ya no ponía Julián.

Ponía: Sigo.

«“Hombre” y “mujer” son conceptos políticos de oposición.» (Al final resulta que el hombre y la mujer se hacen oposición, como si un@ fuese la derecha y el otr@ la izquierda. Eso pensaba Monique Wittig nacida el 13 de julio de 1935 para ser novelista, ensayista, activista y una de las principales representantes del feminismo materialista francés. Y de eso debía saber mucho porque estudió en la Sorbona)

Roger McGuinn cumple hoy 84 años y sigue libre como un pájaro... o al menos canta con ellos.


L’home que tocava l’alba

Cada matinada, un home tocava la pandereta sota la finestra d’en Martí. No demanava diners ni mirava amunt. Només colpejava la pell tibant fins que els malsons fugien pels terrats.

Un dia, en Martí va baixar per donar-li les gràcies, però al carrer no hi havia ningú. A terra va trobar la pandereta i, dins, una nota:

«Ara et toca despertar els altres».

Des d’aleshores, camina de nit per la ciutat. Alguns el prenen per boig. Els qui dormen tranquils, no.