Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
lunes, 1 de junio de 2026
SI FOS…
Si fos sol, seria calor que insisteix.
Si fos lluna, seria llum que acompanya.
Si fos planeta, seria Mercuri: ràpid, prop del foc.
Si fos cel, seria blau sense coartades.
Si fos au, seria ala i salt.
Si fos mar, seria escuma que torna.
Si fos muntanya, seria neu que no demana permís.
Si fos cançó, seria lletra que et nomena sense dir-te.
Si fos llibre, seria argument amb batec.
Si fos dia, seria color a la pell.
Si fos veu, seria xiuxiueig que desarma.
Si fos paraula, seria carícia sense teatre.
Si fos nit, seria penombra amb refugi.
Si fos ball, seria ritme a la cintura.
Si fos espai, seria aire per respirar amb tu.
Si fos petó, seria humit i veritat.
Si fos carícia, seria frec que desperta.
Si fos sentiment, seria sensibilitat sense armadura.
Si fos món, seria pau amb esquerdes humanes.
Si fos fletxa, seria Cupido amb mala punteria.
Si fos himne, seria “Imagine”, però en veu baixa.
Si fos mag, seria il·lusió amb conseqüències.
Si fos poeta, seria rima que no presumeix.
Si fos passat, seria present.
Si fos present, seria futur.
Si fos futur… seria, sense dubtar-ho, passat.
Si fos substància, seria ànima.
Si fos cor, seria batec que es nega a rendir-se.
Si fos governant, seria súbdit: per aprendre.
Si fos record, seria ella.
Si fos ella, seria ell.
Si fos tot, seria res.
Si fos fruita, seria raïm madur.
Si fos fuet, seria ploma.
Si fos heroi, seria perdedor… dels que tornen.
…Si fos humà, m’agradaria ser persona.
¡T’esperem aviat Sofía!
«La moralidad no asegura el
funcionamiento de una sociedad, sino la humanidad de los seres humanos.» (La
frase es del filósofo Jan Patočka nacido el 1 de junio de 1907 y ferviente
anticomunista. Está de actualidad y nos viene a decir que la moral no está para
que el sistema vaya fino, como un ascensor recién revisado; está para que las
personas no se conviertan en piezas)
Karen Mulder dejó las pasarelas por la música; de pasarelas sabía un rato. De música tuvo que cantar canciones de otras: en este caso de la reina de las discotecas, Gloria Gaynor que popularizó un tema de George Hearn. Karen cumple hoy 56 espléndidos años.
La pell sense excuses
Va passar mitja vida demanant
permís per ocupar la seva pròpia cadira. Somreia quan tocava, callava quan
convenia, s’empassava els noms que li penjaven com abrics molls. Una tarda,
davant del mirall, es va treure la corbata, la por i dues opinions alienes. No
va veure un heroi. Va veure algú cansat de fer de versió corregida.
Va sortir al carrer amb els
llavis pintats de veritat.
I ningú no va aplaudir.
Millor.
Per fi no actuava.
domingo, 31 de mayo de 2026
¿PARA CUÁNDO EL DÍA MUNDIAL SIN REDES SOCIALES?
Nos vendieron el tabaco como
elegancia y las redes sociales como libertad. En ambos casos el truco era el
mismo: disfrazar una dependencia de elección personal. Antes el gesto era sacar
un cigarrillo, llevarlo a la boca, encenderlo con una cierta pose de adulto
interesante. Ahora el gesto es sacar el móvil, bajar el dedo, entrar en la
pantalla con la misma liturgia triste del que busca algo y casi nunca sabe qué.
Cambia el objeto, pero no la ceremonia. Cambia la época, pero no la trampa.
El tabaco dejaba olor en la
ropa, en los dedos, en las cortinas, en los pulmones. Las redes sociales dejan
otro tipo de humo: ansiedad, comparación, necesidad de aprobación, miedo a
desaparecer si nadie te mira. Uno te iba consumiendo el pecho; las otras te van
ocupando la cabeza. Uno amarilleaba los dientes; las otras te blanquean la vida
hasta volverla irreconocible, como si vivir fuera parecer feliz en lugar de
serlo. Ambos negocios entendieron antes que nadie una verdad indecente: el ser
humano soporta mal el vacío y paga caro cualquier cosa que le prometa llenarlo.
Durante años, las tabacaleras
negaron lo evidente. Dijeron que no había pruebas concluyentes, que la gente
fumaba porque quería, que cada uno era dueño de sus vicios. Suena familiar. Hoy
las grandes plataformas dicen algo parecido con mejor diseño y peores modales:
que ellas solo ofrecen herramientas, que el usuario decide, que la
responsabilidad está en el uso. Es una coartada de manual. Como si la máquina
tragaperras pudiera declararse inocente porque nadie obliga a meter la moneda.
Como si diseñar una dependencia no tuviera nada que ver con que esa dependencia
exista.
También hay una coincidencia
más incómoda: ambas industrias necesitaron tiempo para normalizar el daño. El
tabaco se coló en el cine, en la publicidad, en las sobremesas, en el
prestigio. Las redes se han colado en la infancia, en la cama, en el aula, en
el tedio, en la autoestima. No entraron por la fuerza; entraron por seducción.
Y casi siempre es así como se instalan las cosas que más cuesta expulsar:
primero te acompañan, luego te ordenan, al final te administran.
La diferencia quizá sea esta:
el fumador acababa sabiendo que fumaba. En cambio, mucha gente entra en las
redes convencida de que simplemente se informa, se distrae o se relaciona. No
percibe el momento exacto en que deja de usar la herramienta y pasa a ser usada
por ella. Con el tabaco el cuerpo avisaba con tos, fatiga, ahogo. Con las redes
los síntomas son más silenciosos y por eso más eficaces: incapacidad para
aburrirse, atención hecha migas, necesidad constante de estímulo, tristeza sin
nombre, irritación, insomnio, esa rara sensación de estar siempre acompañado y
cada vez más solo.
Ni el tabaco ni las redes
triunfaron solo por el producto. Triunfaron porque entendieron una debilidad
humana y construyeron un negocio alrededor. El primero explotó la ansiedad del
cuerpo. Las segundas explotan la del alma, que es más rentable y da peor prensa
reconocerla. Por eso cuesta tanto discutirlas con honestidad: porque no solo
nos perjudican, también nos consuelan. Y uno siempre defiende con una pasión
absurda aquello que lo hiere y al mismo tiempo lo calma.
Tal vez el verdadero
paralelismo sea ese. No que ambos maten del mismo modo, sino que ambos hicieron
fortuna convirtiendo una necesidad humana en dependencia industrial. El tabaco
se alimentó del nervio. Las redes, del desamparo. Y en los dos casos hubo una
mentira central, repetida hasta el cansancio: que el problema estaba en la
debilidad del consumidor y no en la codicia del vendedor.
Hemos tardado décadas en
admitir que fumar no era una costumbre inocente envuelta en humo. Ahora
empezamos a sospechar que mirar la pantalla tampoco es un gesto neutral
envuelto en luz. El cigarrillo prometía calma y dejaba enfermedad. Las redes
prometen conexión y a menudo dejan ruido, comparación y hambre de más. No sé si
hemos cambiado tanto. Solo hemos sustituido la nicotina por el dedo pulgar. Y
seguimos llamando libertad a aquello que, si nos lo quitan, nos pone nerviosos.
«Ahora que ya no estoy, os
digo: no fuméis. Hagáis lo que hagáis, no fuméis.» (Yul Brynner Actor
ruso-estadounidense, célebre por El rey y yo. Murió de cáncer de pulmón
y dejó grabado un anuncio antitabaco que se emitió tras su muerte)
Y el "padre" del fútbol moderno, Johan Cruyff, también nos advirtió. Much@s recordaréis este anuncio.
sábado, 30 de mayo de 2026
RECURSO
DE AMPARO CONTRA MÍ MISMO
El día que me denuncié a mí
mismo, el juzgado ya estaba abierto.
No me sorprendió. Uno, con los
años, aprende que los tribunales importantes no cierran nunca. Ni en agosto. Ni
los domingos. Ni siquiera cuando uno se toma una copa de vino y decide, con una
solemnidad bastante ridícula, que a partir de mañana será una persona distinta.
El mío estaba en el pecho,
justo detrás de una costilla que crujía cuando subía escaleras. Tenía sala de
vistas, ujier, fiscal, abogado defensor y un juez con cara de haber nacido
cansado. Todos se parecían a mí, lo cual facilitaba mucho los trámites y complicaba
bastante la esperanza.
—Se abre la sesión —dijo el
juez, golpeando la mesa con una cucharilla de café.
Yo estaba sentado en el
banquillo. Llevaba el traje oscuro de las ocasiones importantes: entierros,
bodas ajenas y reuniones donde uno sabe que le van a pedir algo que no quiere
dar.
—Se acusa al procesado —empezó
el fiscal— de haber callado cuando debía hablar, de haber hablado cuando debía
callar, de haber querido tarde, de haber perdonado mal y de haber pedido perdón
con cara de factura vencida.
El público murmuró.
En la primera fila estaban mis
antiguos amores, mis errores administrativos, dos amigos perdidos por orgullo y
mi madre, que no decía nada, pero movía la cabeza con esa precisión cruel con
la que las madres resumen un expediente entero.
—También se le acusa —añadió
el fiscal, relamiéndose— de haberse comparado constantemente con los demás, de
haber confundido prudencia con miedo y de haber llamado “carácter” a lo que
muchas veces era simple cobardía con chaqueta.
Mi abogado defensor se
levantó. Era una versión mía más joven, con pelo, fe y una corbata imposible.
—Protesto, señoría.
—¿Por qué?
—Porque todo eso es verdad,
pero contado así parece grave.
El juez se ajustó las gafas.
—La verdad casi siempre parece
grave cuando se lee en voz alta.
No pude evitar pensar que
aquel juez interior tenía frases buenas. Lástima que las usara siempre contra
mí.
El juicio llevaba años
celebrándose. A veces se aplazaba por vacaciones, trabajo, cenas familiares o
pequeñas distracciones modernas: mirar el móvil, opinar de política, comprar
cosas innecesarias por internet. Pero siempre volvía. Bastaba una frase escuchada
en la calle, una foto antigua, una canción en un taxi, la mano de alguien que
ya no estaba.
Y entonces el tribunal
reaparecía con su toga invisible.
—Llamen al primer testigo
—ordenó el juez.
Entró Laura.
No era exactamente Laura. Era
la Laura que yo recordaba, que no siempre coincidía con la real. Tenía
veintinueve años, los ojos encendidos y aquella manera de mirar como si cada
silencio fuera una habitación sin ventanas.
—¿Reconoce al acusado?
—Sí —dijo ella—. Era experto
en llegar tarde incluso cuando estaba sentado delante.
Hubo risas.
—Objeción —dijo mi abogado—.
Eso es una metáfora.
—Se admite —respondió el
juez—. Aquí juzgamos principalmente metáforas.
Laura me miró. No había odio.
Eso fue lo peor. El odio al menos tiene música de guerra. Lo suyo era otra
cosa: una distancia limpia, como una sábana tendida donde ya no queda olor de
nadie.
—Yo solo quería que estuviera
—dijo.
Bajé la cabeza.
El fiscal sonrió. Había ganado
medio juicio con una frase sencilla. Los fiscales interiores son así: no
necesitan pruebas, les basta con escoger bien el recuerdo.
Luego declaró mi hijo
adolescente, aunque ya tenía treinta y tantos. Declaró mi padre muerto. Declaró
aquel socio al que envidié sin admitirlo. Declaró incluso un camarero de Sants
que una noche me oyó decir “no pasa nada” con la cara exacta de que pasaba
todo.
Mi abogado defensor sudaba.
—Mi cliente no es malo —dijo
por fin—. Solo ha estado muchas veces asustado.
El fiscal soltó una carcajada
seca.
—Qué bonito. Propongo que
sustituyamos el Código Penal por un cojín emocional.
—No estaría mal —murmuró
alguien desde el fondo.
Era mi terapeuta. O mi
conciencia disfrazada de terapeuta. En aquel tribunal nunca se sabía quién
venía contratado y quién venía de serie.
El juez pidió silencio.
—El acusado puede decir la
última palabra.
Me levanté. Noté la madera
bajo los zapatos, el aire tibio, la garganta llena de expedientes mal cerrados.
Podría haber negado algo.
Podría haberme defendido con esa dignidad barata que usamos cuando ya no
tenemos argumentos. Podría haber dicho que hice lo que pude, que bastante
tenía, que nadie me enseñó, que la vida no trae manual y que, además, algunos
manuales los escriben idiotas.
Pero estaba cansado.
Cansado de ganar absoluciones
pequeñas y perder la paz entera.
—No pido que me declaren
inocente —dije—. Eso sería excesivo, incluso para mí.
El juez levantó una ceja.
—¿Entonces?
—Pido dejar de repetir el
juicio.
El fiscal se puso en pie.
—¡Eso es inadmisible! Sin
juicio no hay control. Sin culpa este hombre podría empezar a vivir
alegremente. Imaginen el precedente.
—Tiene razón —dije—. Sería
peligroso.
Alguien en la sala rió. Creo
que fui yo, pero no estoy seguro.
—No quiero borrar lo que hice
—continué—. Quiero recordarlo sin convertirme cada noche en verdugo de guardia.
Quiero escuchar a los testigos, sí. Pero no dejar que vivan en mi casa, coman
de mi nevera y me cambien el canal de la televisión.
Mi abogado defensor me miró
como si por fin hubiera encontrado cliente.
El juez permaneció callado.
Después tomó la cucharilla y la dejó sobre la mesa con cuidado. No golpeó. Solo
la dejó. Y ese sonido mínimo, casi doméstico, fue más solemne que cualquier
sentencia.
—Este tribunal —dijo— no puede
absolverle.
Asentí. Lo esperaba.
—Pero puede jubilarse.
El fiscal palideció.
—Señoría…
—Cállese. Lleva demasiado
tiempo hablando.
El público empezó a
desvanecerse. Laura fue la última en irse. Antes de desaparecer, me sonrió
apenas. No como quien perdona. Más bien como quien deja de esperar una
explicación.
Cuando abrí los ojos, estaba
en mi cocina. Eran las seis y media de la mañana. La ciudad empezaba a fingir
que sabía adónde iba.
En la mesa había una hoja
doblada.
La abrí.
No decía “inocente”.
Tampoco decía “culpable”.
Solo ponía:
Visto para vivir.
«La verdadera vida es
reflexión sobre sí misma.» ( Para Giovanni Gentile nacido el 30 de mayo de
1874 vivir no sería solo actuar, sino saberse actuando. GG era el principal
ideólogo del fascismo. Por ese motivo lo asesinaron los comunistas el 15 abril
de1944)
Cuando una canción me gusta no hay aniversario ni deceso que se abra paso en estas páginas. Hoy me tropecé con Brian May (Queen) y su "Too Much Love Will Kill You" (Demasiado amor te matará). Preciosa.
L’excés
Va estimar tres vides alhora: la que
tenia, la que havia promès i la que encara li feia tremolar les mans.
Cada nit repartia el cor com qui talla
pa sec: una engruna per a la culpa, una altra per al desig, l’última per fingir
que tot era normal.
Quan finalment va triar, ja no quedava
ningú a l’altra banda.
Només ell,
amb tant d’amor dins, que no li cabia ni la respiració.
viernes, 29 de mayo de 2026
LIQUIDACIÓN
PROVISIONAL DE ILUSIONES
La carta llegó un martes, que
es el día que el Estado ha elegido desde antiguo para recordarte que existes.
Los lunes sería demasiado cruel, los viernes demasiado humano. Venía en sobre
blanco, con membrete azul, código de barras y esa seriedad de funeral
administrativo que tienen las comunicaciones de Hacienda.
La dejé sobre la mesa de la
cocina durante diez minutos, mirándola como se mira a un animal pequeño que
todavía no sabes si está muerto o fingiendo.
Luego la abrí.
Agencia Estatal de
Administración Tributaria.Liquidación provisional por
rendimientos presuntos derivados de sueños no cumplidos.
Al principio pensé que se
trataba de un error. Siempre pensamos eso. Es la primera defensa del ciudadano:
creer que el monstruo se ha equivocado de puerta. Luego sigues leyendo y
descubres que no. Que el monstruo sabe tu nombre, tu NIF, tu domicilio fiscal,
el año exacto en que dejaste de tocar la guitarra y hasta aquel verano en que
dijiste que escribirías una novela y solo compraste una libreta cara.
Según Hacienda, yo debía
3.742,16 euros por “incremento patrimonial no realizado, pero emocionalmente
declarado en reiteradas ocasiones”.
Confieso que me senté.
No por la cantidad. Uno, a
cierta edad, ya se sienta por casi todo. Me senté por la precisión.
La carta detallaba mis sueños
pendientes con una obscenidad técnica admirable:
—Una cafetería literaria nunca inaugurada.
—Un viaje a Islandia aplazado siete veces.
—Aprendizaje de italiano iniciado y abandonado en la unidad dos.
—Novela familiar anunciada a terceros en comidas de Navidad.
—Mejora física prometida cada enero.
—Reconciliación pendiente con amigo de infancia.
Cada concepto venía con su
base imponible, su tipo de gravamen y sus recargos. La reconciliación, por lo
visto, tributaba al 21 %. Los afectos, cuando no se ejercen, generan IVA.
Pedí cita previa, claro. Uno
no discute con Hacienda sin permiso de Hacienda. El sistema me concedió hora
para el día 17, a las 9:40, en la planta tercera, mesa 14, “Unidad de
Expectativas Diferidas”. Me pareció un nombre precioso. Si alguna vez montaba la
cafetería literaria, le pondría así: Expectativas Diferidas. Serviría
bocadillos de resignación y agua del grifo sin derecho a deducción.
El edificio de la Agencia
Tributaria tenía la temperatura moral de una pescadería cerrada. En la sala de
espera, varias personas sostenían carpetas, justificantes, certificados
médicos, facturas, fotografías, cartas antiguas y una señora, muy digna, llevaba
una caja de zapatos llena de pétalos secos.
—Son pruebas —me dijo, al verme mirar.
—¿De qué?
—De que sí estuve enamorada. Pero no me atreví.
No supe qué contestar. En
estos casos, el silencio es la única asesoría gratuita que queda.
Cuando apareció mi número en
la pantalla, entré en el despacho. La funcionaria no levantó la vista hasta que
me senté. Era una mujer de unos cincuenta años, rostro correcto, gafas finas y
esa serenidad de quien ha visto llorar a contribuyentes más fuertes que yo.
—Usted dirá.
—He recibido esta liquidación.
Le entregué la carta. La leyó
sin sorpresa. Eso me preocupó más que la propia carta.
—Sí. Procedimiento ordinario.
—¿Ordinario?
—Desde la reforma fiscal de los intangibles personales.
—No sabía que los sueños tributaran.
—No tributan los sueños,
señor. Tributan los sueños no cumplidos cuando han generado expectativa social,
autoengaño prolongado o beneficio moral indebido.
—¿Beneficio moral?
—Usted dijo durante años que escribiría una novela.
—Como todo el mundo.
—Precisamente por eso se está regularizando.
La miré. Ella siguió.
—Durante ese tiempo usted
obtuvo una posición simbólica de escritor potencial. Eso desgrava
emocionalmente ante familiares, amigos y conocidos. “Estoy escribiendo algo”,
“lo tengo en la cabeza”, “cuando me jubile me pondré”. Frases así producen
rendimiento.
—Pero no gané dinero.
—No hablamos de dinero. Hablamos de presunción de grandeza.
Me quedé callado. Había algo
obsceno y exacto en aquella expresión. Presunción de grandeza. Me vi a mí
mismo, años atrás, comprando libretas, guardando recortes, hablando de
proyectos con una copa en la mano y una seguridad prestada. Me vi prometiéndome
versiones mejores de mí mismo con la alegría irresponsable de quien compra un
billete de tren y nunca va a la estación.
—Además —añadió la funcionaria—, tiene usted un viaje a
Islandia pendiente.
—Eso era ilusión.
—Con reserva mental reiterada.
—No llegué a reservar nada.
—Pero miró vuelos.
—Mirar vuelos no puede ser hecho imponible.
—Desde 2024, sí.
—¿Y cómo lo saben?
La funcionaria me miró por encima de las gafas, con una
tristeza breve.
—No haga preguntas que ya conoce.
En la mesa tenía un pequeño
cactus junto al ordenador. Me fijé en él porque era lo único vivo de aquella
habitación, aunque tampoco parecía muy convencido.
—¿Y si renuncio oficialmente a mis sueños? —pregunté.
La funcionaria abrió un desplegable en la pantalla.
—Existe el modelo 813.
—¿Renuncia a sueños?
—Renuncia, desistimiento o sustitución por objetivos
realistas.
—¿Y eso cuánto cuesta?
—Depende del sueño. La
cafetería literaria, por ejemplo, puede cancelarse con una declaración
responsable de falta de capital y una memoria justificativa de miedo al
fracaso.
—Eso sí lo tengo.
—Lo imaginaba.
Por primera vez sonrió.
Apenas. Como si dentro de aquella empleada pública hubiera una mujer que
también había dejado cosas sin hacer y se le escapara, por una rendija, algo
parecido a la compasión.
—Mire —me dijo, bajando la voz—. Puede recurrir.
—¿Sirve de algo?
—Sirve para ganar tiempo.
—¿Y luego?
—Luego el tiempo también se liquida.
No sé por qué, pensé en mi
padre. En todas las veces que dijo que, cuando pudiera, volvería al pueblo. En
mi madre, que quiso aprender a nadar y se murió sin meter la cabeza bajo el
agua. En aquella amiga de juventud a la que nunca llamé porque siempre había un
día mejor, una ocasión más limpia, una frase más adecuada. Pensé en los sueños
no cumplidos no como deuda con Hacienda, sino como pequeños recibos que uno
deja sin pagar por dentro.
La funcionaria imprimió varios documentos.
—Firme aquí.
—¿Qué es?
—Aplazamiento.
—¿De la deuda?
—No. De usted.
Firmé.
Al salir, la señora de los
pétalos secos seguía esperando. Le habían pedido acreditar que aquel amor no
consumado no había generado enriquecimiento injusto. Ella sostenía la caja con
ambas manos, como si dentro llevara cenizas o una primavera ya caducada.
En la calle hacía sol. Un sol
vulgar, de trámite, pero sol al fin. Caminé sin rumbo durante un rato. Pasé por
delante de una tienda de instrumentos y vi una guitarra en el escaparate. No
era bonita ni cara. Era una guitarra de principiante, de esas que no permiten
grandes excusas.
Entré.
El dependiente me preguntó si quería probarla.
Le dije que sí.
Y mientras mis dedos torpes
sacaban un sonido pobre, casi ridículo, pensé que Hacienda podía reclamarme
muchas cosas: intereses, recargos, sanciones, declaraciones complementarias,
incluso el impuesto revolucionario de haber querido ser mejor sin conseguirlo.
Pero aquella nota, mala y viva, ya no se la podían quedar.
Esa, por pequeña que fuera, acababa de prescribir a mi
favor.
«La flecha prevista llega más
despacio.» (Saber lo que viene no evita el golpe, pero permite encajarlo algo mejor.
Frase útil para la vejez, para Hacienda, para l@s corrupt@s y para casi todo lo
desagradable. Y eso lo dijo Dante Alighieri nacido el 29 de mayo de 1265 que
fue tan divino como su comedia)
Mike Porcaro cumpliría hoy 71 años. Se quedó en los 60, al principio de la década prodigiosa. Como la lluvia que cae sobre África, ese tema que el grupo Totó no hubiese podido componer sin su bajo.
La pluja que no era d’aigua
Ell deia que tornaria quan
plogués sobre la terra vermella. Ella, que ja no creia en promeses ni en
meteorologia sentimental, va esperar igualment. Cada nit deixava una cadira
buida al balcó, per si el vent arribava amb accent llunyà.
Van passar anys. El món va
canviar de pell. Una matinada, va sentir trons.
Va sortir corrents.
No plovia.
Era ell, trucant a la porta
amb les mans plenes de pols i els ulls fent tard.
jueves, 28 de mayo de 2026
MAYO
DECLARÓ COMO TESTIGO
A finales de mayo, el país
empezó a sudar antes de desayunar.
No era un sudor noble, de
obrero con camisa pegada a la espalda y bocadillo envuelto en papel de
aluminio. Era un sudor de despacho, de moqueta, de rueda de prensa, de garganta
seca frente a un micrófono. El tipo de sudor que no moja: delata.
En los juzgados habían
encendido los ventiladores antiguos, esos que remueven el aire sin mejorarlo,
como ciertos portavoces. Las aspas giraban sobre las cabezas de abogados,
periodistas, asesores, investigados y señores que siempre dicen “máxima tranquilidad”
con la cara de quien ha escondido una cerilla en un almacén de gasolina.
Fuera, el asfalto se
ablandaba. Dentro, las versiones también.
El juez entró en la sala con
una carpeta bajo el brazo. No traía tormenta, aunque todos la esperaban. Traía
folios. En este país los folios pesan más que las nubes. Una nube descarga y se
va. Un folio se queda, se incorpora a las actuaciones, cría anexos, funda una
familia procesal y termina sentando a alguien donde antes se sentaban las
excusas.
—Hace mucho calor —dijo un
abogado, para romper el hielo.
Nadie se rió.
El hielo llevaba años
desaparecido.
Los partidos políticos habían
enviado a sus mejores intérpretes del bochorno. A la derecha, una señora con
abanico patriótico juraba que el calor venía de la corrupción ajena. A la
izquierda, un señor con corbata floja aseguraba que aquello no era calor, sino
una ofensiva térmica de los poderes oscuros. En el centro, como siempre,
alguien intentaba vender aire acondicionado moderado con financiación europea.
El termómetro de la entrada
marcaba cuarenta grados.
El de la sala, imputaciones.
Cada partido llevaba su propia
sombra plegable. Cuando el foco apuntaba al vecino, hablaban de regeneración
democrática, higiene institucional y respeto absoluto a la justicia. Cuando el
foco giraba hacia ellos, aparecían las palabras grandes, esas sombrillas caras:
persecución, lawfare, cloacas, montaje, maniobra, campaña.
El calor, que no entiende de
argumentarios, seguía subiendo.
En la cafetería del juzgado,
los periodistas bebían agua tibia en vasos de plástico. Uno preguntó:
—¿Tú crees que esto acabará en
algo?
El otro miró hacia la puerta
de la sala, donde varios asesores caminaban deprisa sin moverse de sitio.
—Acabar, acabar… aquí no acaba
nada. Aquí las causas prescriben, las carreras sobreviven y la culpa cambia de
chaqueta.
En la calle, una anciana se
protegía la cabeza con una carpeta azul. No sabía quién era culpable. Tampoco
le importaba mucho. Había venido por un asunto de comunidad de propietarios y
llevaba tres horas esperando en un pasillo que olía a papel, cansancio y café
quemado de máquina. Miró a los políticos entrando por la puerta reservada y
preguntó al funcionario:
—¿Estos también esperan turno?
El funcionario sonrió con
tristeza administrativa.
—No, señora. Estos vienen a
explicar por qué nunca les toca.
A mediodía, el aire dejó de
circular. Los ventiladores seguían girando, pero ya no engañaban a nadie. Eran
como comisiones de investigación: mucho movimiento, poco alivio.
Entonces se fue la luz.
Durante unos segundos, la sala
quedó en penumbra. Sin cámaras, sin pantallas, sin pinganillos, sin asesores
susurrando frases de salvamento. Solo cuerpos sudando. Personas. Carne con
cargo público. Carne con toga. Carne con prisa. Carne con miedo.
Y en esa oscuridad breve, casi
decente, todos escucharon lo mismo: el zumbido del país recalentado.
No venía solo del clima.
Venía de años de promesas
cocidas al sol, de expedientes guardados en cajones templados, de discursos que
habían aprendido a transpirar indignación por encargo. Venía de una política
que había confundido gobernar con sobrevivir al siguiente titular. Venía de
unos tribunales convertidos en estación meteorológica de la democracia: cada
auto, una alerta naranja; cada sumario, una masa de aire caliente; cada
declaración, una nube de polvo levantada para que nadie viera el suelo.
Cuando volvió la luz, todos
recompusieron la cara.
El juez pidió continuar.
Los abogados se ajustaron las
chaquetas empapadas. Los políticos recuperaron la dignidad facial. Los
periodistas encendieron los móviles. Los portavoces prepararon frases con la
eficacia de quien pela fruta podrida para servirla en bandeja.
Fuera, el cielo estaba blanco,
sin misericordia.
Alguien dijo que el martes
bajarían las temperaturas.
Nadie se atrevió a preguntar
cuándo bajaría la vergüenza.
«El misterio de la vida no se
resuelve con el éxito, que es un fin en sí mismo, sino con el fracaso, con la
lucha perpetua, con el llegar a ser.» (Patrick White nacido el 28 de mayo de
1912 lo consiguió, el éxito quiero decir. Fue premio noble de literatura en
1973)
A Kylie Minogue la conocí hace unos 28 años a través de tevetrés. Intervenía en un culebrón "Veïns" que nos tenía enganchados a mi hija Flors y a mi a mediodía hasta el capítulo 1700... más o menos. Hoy cumple 58 espléndidos años.
La inquilina
Des que vas marxar, el meu cap
cobra lloguer per hores. Hi vius tu, amb aquella cançó enganxada als llavis i
una maleta que mai no acabes de desfer.
He provat de fer neteja,
canviar els mobles, obrir finestres. Res. Tu continues asseguda al mig del
pensament, creuant les cames com si fossis propietària.
Ahir vaig decidir oblidar-te.
Vaig tancar els ulls, vaig
respirar fons i, durant tres segons, ho vaig aconseguir.