martes, 7 de abril de 2026

 

EL CAMELLO


A las dos y diecisiete de la madrugada, el móvil ilumina la mesita de noche como un confesionario barato. No suena. Respira. Eso hacen ahora los teléfonos: no te llaman, pero respiran cerca, para que no olvides quién manda.

Yo también respiro, aunque peor.

En la cocina hay una copa con dos dedos de vino, un plato con restos de queso seco y una dignidad que dejé hace meses entre las sábanas de un hombre que nunca se quedaba a dormir. Decía que madrugaba. Hay gente que llama trabajo a cualquier cobardía.

No era el único. Antes de él hubo otro que solo aparecía cuando su matrimonio se le hacía estrecho, otro que me trataba como una pausa higiénica entre dos fracasos, otro que me hablaba de su infancia rota mientras me desabrochaba la blusa. Yo, en lugar de salir corriendo, abría más la puerta. Qué talento el mío para confundir una herida con una invitación.

Durante años pensé que mi problema era el sexo. Luego creí que era el amor. Más tarde descubrí que no: mi verdadera especialidad era la espera. Esa gimnasia obscena de mirar la pantalla, justificar silencios, rebajarme el alma para que cupiera en el deseo escaso de otro. El cuerpo, al final, era solo la coartada. Lo adictivo no era acostarme con alguien. Lo adictivo era sentir que, por unas horas, dejaba de sobrarme la vida.

Hay quien bebe. Hay quien apuesta. Yo me enamoraba del hombre equivocado con una disciplina casi funcionarial.

Lo peor no era sufrir. Lo peor era la épica. Nos han vendido que amar mucho tiene algo noble, algo de incendio, algo de película con lluvia. Y no. A veces no es amor, ni pasión, ni destino. A veces es solo una forma elegante de arrastrarse. Una dependencia con perfume, una abstinencia con labios, una jaula tapizada de frases hermosas.

El móvil vibra por fin.

No es él. Es la compañía telefónica recordándome que mañana vence un recibo.

Me echo a reír. Una risa fea, sola, pero limpia. Por primera vez en mucho tiempo nadie viene a salvarme, ni a usarme, ni a desordenarme la cama. Por primera vez la noche no promete nada. Y quizá por eso, precisamente por eso, empieza a parecerse un poco a la paz.

Apago la pantalla.

En la cocina, el vino sigue ahí. También mi cuerpo. También yo.

Y de pronto entiendo algo miserable y precioso: curarse no siempre consiste en dejar de amar, sino en dejar de llamar amor a lo que te vacía.

«La contaminación del medio ambiente no es más que el efecto tardío de una contaminación del alma humana.» (Hosein Nasr filósofo nacido el 7 de abril de 1933 en algún lugar de Irán y que hoy celebra su 93 aniversario a salvo de los misiles)

Hoy Anne-Marie cumple 35 años pero tiene verdadera fijación en el 2002; algo debió pasarle cuando tenía 11 añitos y no nos lo canta en la canción del vídeo.

L’any que encara sua

Al bar on ara serveixen cafè d’especialitat i decepcions adultes, ella va riure igual que als disset. No millor: igual. Va ser això el que em va destrossar una mica. La cançó va entrar per la porta com una exnòvia sense demanar permís, i de cop el 2002 no era una data, sinó una olor de carrer calent, uns genolls sense por i aquella manera ridícula de creure que besar algú podia arreglar-te la vida. Ens vam mirar dos segons. Després vam brindar com fan els covards: celebrant el passat perquè el present no s’atreveix.


lunes, 6 de abril de 2026

 

LA CARA OCULTA


El móvil vibró sobre el mantel de plástico, entre las tostadas frías y mis gafas de cerca. Leí la noticia en voz alta, quizá por costumbre, quizá por no admitir que en esta casa el silencio lleva meses ganándonos por puntos.

—Artemis 2 supera el récord del Apolo 13. Más de medio siglo después, vuelven tan lejos que la Tierra ya casi debe de parecer una disculpa.

Tú levantaste la cabeza un segundo, lo justo para asentir con esa educación cansada que se usa con los desconocidos y con los matrimonios largos. Luego seguiste untando mermelada en una tostada con la precisión de quien firma un armisticio que no piensa cumplir.

Me quedé mirando la pantalla. Cuatro personas cruzando la cara oculta de la Luna. La frase tiene algo hermoso y algo miserable. Hermoso porque seguimos empeñados en llegar más lejos. Miserable porque a veces uno tarda menos en mandar seres humanos al otro lado del satélite que en decir aquí, en una cocina cualquiera, “perdona”, “te echo de menos” o “ya no sé cómo volver”.

Siempre nos ha excitado la distancia cuando viene con épica, con cascos, con pantallas azules y voces de control de misión. La cercanía, en cambio, nos da una pereza obscena. Nos cuesta más cruzar una mesa que el vacío. Nos da más miedo la verdad de una conversación que la negrura limpia del espacio.

Pensé entonces que quizá la hazaña no era superar a Apolo 13. Ni siquiera rozar esa parte de la Luna que nunca enseña la cara. La verdadera proeza, la que no sale en los titulares, sería aprender a no vivir tan lejos de quien duerme a nuestro lado, de quien nos conoce el olor del cuello, la rabia, la torpeza y hasta la forma exacta de cerrar una puerta.

Tú terminaste la tostada, te levantaste sin mirarme y dejaste el plato en el fregadero.

Yo seguí leyendo la noticia como un idiota.

Y entendí, con retraso de misión terrestre, que la cara oculta no estaba a cientos de miles de kilómetros.

Estaba enfrente de mí.

«Lo esencial es invisible a los ojos.» (Esta frase está extraída de “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry; este maravilloso libro fue publicado el 6 de abril de 1943 y hoy la frase viene a colación porque el ojo humano verá por primera vez -o eso dicen- la cara oculta de la Luna es decir, la esencial)

John Pizzarelli cumple hoy 66 años y por eso lo traigo aquí. Bueno, por eso y porque el sol estaba un poco celoso de que hablásemos tanto de la Luna y el bueno de John tiene una versión apañadita de "Here comes the sun" de ya sabéis quiénes. 

Quan torna la claror

Vaig obrir la finestra per inèrcia, no per esperança. Feia mesos que a casa hi vivia una llum de despatx: útil, blanca, antipàtica. Però aquell matí el sol va entrar sense demanar permís, com fan les bones notícies i alguns records. Va tocar la tassa bruta, la cadira buida, la fotografia girada cap per avall. No va arreglar res, és clar; el sol no té vocació d’advocat. Només va deixar clar que la tristesa, per molt moblada que estigui, també paga lloguer. I que un dia o altre l’acaben desnonant.



jueves, 2 de abril de 2026

 

CULOS PRIETOS EN TIEMPOS DE CRISIS

Dicen que ahorrar es una virtud. Lo repiten los gobiernos, los bancos, los tertulianos y hasta ese cuñado que no distingue una crisis de una costumbre, pero siempre recomienda apretarse el cinturón… ajeno, a ser posible. En Pekín han decidido tomárselo en serio y llevar la pedagogía del ahorro hasta el último pliegue de la intimidad humana.

En algunos lavabos públicos han instalado dispensadores de papel higiénico que entregan sesenta centímetros exactos por usuario. Sesenta. Ni uno más. La generosidad, como casi todo en este mundo, también se administra con algoritmo. El aparato no solo dispensa papel: te escanea la cara. Te mira. Te reconoce. Te ficha. Y si descubre que vuelves a por una segunda ayuda porque la biología se ha puesto pesada, te castiga con nueve minutos de espera.

Nueve minutos.

Es fácil pronunciarlo desde una oficina, con la tripa en paz y el culo en diferido. Pero nueve minutos, según qué retortijón, no son tiempo: son una humillación. Una prueba de fe. Un máster acelerado en dignidad bajo mínimos.

Eso sí, el sistema, que además de tacaño quiere parecer compasivo, contempla emergencias. Si la urgencia intestinal adquiere proporciones bíblicas, el afectado puede dirigirse al personal y solicitar más papel. Hay algo conmovedor en esa escena: un ser humano, vencido por sus tripas, negociando con otro ser humano la ampliación extraordinaria de su cupo de limpieza.

La modernidad prometía coches voladores, ciudades inteligentes y un porvenir luminoso. Y aquí estamos: dejando que una máquina decida cuánta decencia necesita nuestro culo para salir del trámite con algo parecido al honor.

«La vida no basta; hace falta sol, libertad y una pequeña flor.» (Y yo añadiría: i que per l’Ampurdà faci una mica menys de vent. Hans Christian Andersen nacido el 2 de abril de 1815 es el autor de la frase. Fue un cuentista de los buenos. No hay niñ@, ni padre-madre, ni abuel@ que no lo haya leído alguna vez. Confieso que estos días me estoy re-leyendo aquél del “emperador no lleva nada”. Me recuerda tanto a P. D. Trump y tant@s otr@s)

Emmylou Harrys cumple hoy 79 años y sigue cantando aunque muchas de sus canciones no sean suyas "¡Es la vida!" como diría aquella y Chuck Berry.


Vaixella bona

Van guardar la vaixella bona durant trenta anys, com si la felicitat hagués d’arribar amb invitació i estovalles planxades. Quan ell va començar a oblidar els noms de les coses, ella va treure els plats de l’armari i hi va servir una truita massa feta, vi barat i dues olives pansides.

—Avui què celebrem? —va preguntar ell.

Ella va somriure amb aquella valentia domèstica dels qui ja han perdut alguna guerra.

—Res. Justament per això.

I van sopar com si la vida, per fi, hagués decidit seure amb ells.




martes, 31 de marzo de 2026

 

POLÍTICA DE DEVOLUCIONES

Se lo conté todo.

No de golpe, claro. Nadie se desnuda del todo a la primera. Fui dejándole piezas: la infancia en una casa donde pedir perdón era un deporte de riesgo, esta costumbre idiota de mirar el móvil como si el amor tuviera horario de oficina, y hasta un futuro doméstico, casi cutre, que a mí me parecía gloria: dos tazas sin fregar, una discusión por una cortina, tu risa volviendo justo cuando el día ya venía torcido.

Le acerqué la boca a la oreja para decirle mis miedos. Olía a jabón limpio y a salida de emergencia.

No le pedí tanto. Lo justo para arruinarse un poco la vida conmigo: quédate, mírame, no me dejes solo haciendo de hombre sensato mientras me hundo por dentro.

Le enseñé mis zonas blandas. Mis cicatrices. Lo que uno no enseña salvo que esté enamorado o ya bastante mal de la cabeza.

Y se fue.

Así, sin épica. Sin un portazo de película. Con esa educación higiénica de quien abandona a otro procurando no manchar.

Lo peor no fue perderlo.

Lo peor fue quedarme con todo lo que le había entregado todavía caliente entre las manos, como un paquete rechazado.

Mi amor, por una vez, había encontrado destinatario.

Lástima que el destinatario lo devolviera por exceso de contenido.

«El amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte.» (Una de las definiciones del amor que mejor condensa todas las existentes; es de Octavio Paz nacido el 31 de marzo de 1915 y premio nobel de literatura en 1990, así que no era inventor, sino escritor, diplomático y un largo etcétera)

Hoy hace 40 que O'Kelly Isley Jr. no canta ni grita la canción del vídeo. Ni a él tampoco le gritan: como mucho, le rezan.

La veu que no vaig gastar

Vaig passar mitja vida empassant crits com qui empassa pastilles sense aigua. A la feina, somriure. A casa, callar. Al llit, fer veure.

Un dia se’m va esquerdar la gola davant del mirall i no va sortir ràbia: va sortir el meu nom. El vaig dir fort, com si me’l tornés d’un embargament antic. Els veïns van picar la paret. Jo també, però des de dins.

Des d’aleshores no crido per fer por ni per convèncer ningú. Crido perquè, després de tants anys, ja no em penso demanar perdó per sonar viu.



lunes, 30 de marzo de 2026

 

CORREO ORDINARIO


Durante años, la amistad me llegó por el buzón.

No hablo de felicitaciones navideñas con renos obesos ni de esas cartas del banco que empiezan con un “estimado cliente” y terminan recordándote que tu cuenta corriente tiene menos dignidad que tú. Hablo de sobres de verdad. Sobres torcidos, con sellos mal pegados, con la letra inclinada de alguien que no escribía para quedar bien sino para llegar.

Irene me escribía así.

Nunca fue mi amante, que es una decepción que a cierta edad uno aprende a gestionar con elegancia. Fue algo más raro y quizá más útil: una amiga. Una de esas amistades que no exigen presencia pero tampoco toleran el abandono. Nos conocimos en un taller literario de barrio, en una sala con fluorescentes tristes y sillas de plástico donde casi todos iban a que les aplaudieran los adjetivos. Ella no. Ella llevaba tijeras, pegamento, recortes de revistas viejas y una paciencia de costurera japonesa. Decía que una carta tenía que parecerse un poco a quien la enviaba. Que si mandabas una hoja doblada sin alma, estabas mandando también tu pereza.

Por eso sus sobres parecían pequeños apartamentos amueblados.

Dentro había una nota, sí, pero también una hoja seca encontrada en un parque, una servilleta con una frase oída en un bar, una receta de sopa escrita al dorso de una multa, una entrada de cine de una película que ya no daban en ninguna parte, un botón azul “por si un día se te cae algo importante”. Una vez me mandó medio mapa de Lisboa y la advertencia: “La otra mitad te la mandaré cuando te atrevas a perderte”.

Yo le contestaba peor. Mucho peor. Folios blancos. Sobres comprados en un estanco. Mi letra de abogado cansado. Aun así, Irene seguía escribiéndome como si yo mereciera aquella caligrafía lenta, aquellos sellos elegidos, aquella absurda generosidad artesanal en un mundo donde ya nadie tiene tiempo ni para mentir con calma.

Luego pasó lo de siempre: la vida. Su madre enfermó. Mi matrimonio se llenó de habitaciones cerradas. Ella cambió de ciudad. Yo cambié de médico. Nos seguimos escribiendo. Menos, pero mejor. Hay afectos que, cuando se vuelven escasos, por fin se ponen serios.

La última carta tardó más de la cuenta. El sobre era beige, sin adornos, con una letra que no era la suya. La abrió mi miedo antes que mis manos. Me escribía su hija. Irene había muerto en marzo. Ordenando sus cosas, encontró una caja con mis cartas —las mías, tan sosas, tan administrativas, tan poca cosa— atadas con una cinta roja. “Decía que eran bonitas”, me puso la hija, “porque llegaban”.

Me quedé un rato mirando aquella frase como se mira un espejo cuando ya no estás para demasiadas heroicidades.

Desde entonces contesto a todo por correo electrónico, como un ciudadano moderno, funcional y un poco cobarde. Pero a veces, cuando abro el buzón y no hay nada salvo publicidad de funerarias o supermercados, pienso que la verdadera soledad no consiste en que nadie te escriba.

Consiste en que ya nadie te recorte el mundo para metértelo en un sobre.

«La unidad del lenguaje es, en el fondo, política.» (Yo iría más allá en la frase: en el fondo y en la superficie la unidad del lenguaje es política. Félix Guattari filósofo -y activista- francés nacido el 30 de marzo de 1930 antes de las Olimpiadas de Barcelona-92 dejó de estar en activo… y en pasivo)

Hoy es el cumpleaños de uno de los grandes, Eric Clapton que ya va por los 81 y espero que sean muchos más aunque siga con el dolor de no poder olvidar aquella fatídica noche en la que subió al cielo un ángel más.


La cadira petita

Vaig deixar la seva cadira al mateix lloc, al costat de la finestra, com si la tarda tingués memòria. La pols hi va anar posant una pàtina d’absència, però jo encara hi sentia el pes mínim d’un cos que ja no tornaria. De vegades, quan el sol entrava amb aquella insolència neta dels dies bells, em semblava una burla. Altres cops, un perdó. He après que el dolor no crida sempre: a vegades s’asseu, espera i et mira. I tu vius així, fent veure que no has après a parlar amb el cel.