miércoles, 16 de septiembre de 2026

                                             FACHAS DE TODOS LOS COLORES

Tengo un problema con los fachas.

Con todos.

Con el de derechas ya sé más o menos a qué atenerme. A veces hasta viene etiquetado de fábrica. Bandera, patria, orden, mano dura y esa sospechosa afición a decidir cómo deberían vivir los demás para que el mundo funcione como Dios manda. Dios, además, suele mandar exactamente lo mismo que él.

Pero luego está el otro.

Ese me desconcierta más.

El que se considera progresista, abierto, tolerante, defensor de todas las libertades conocidas y de algunas que todavía están en fase de proyecto, pero que en cuanto discrepas de él te mira como si hubieras confesado que estrangulas gatitos los domingos.

Porque una cosa es defender la libertad y otra bastante distinta aceptar que alguien la utilice para pensar diferente.

Ahí empieza el problema.

Hemos conseguido algo extraordinario: convertir la tolerancia en una virtud que exigimos siempre al contrario.

«Hay que respetar todas las opiniones».

Por supuesto.

Siempre que coincidan con la mía.

Y si no coinciden, entonces ya veremos si aquello es realmente una opinión o estamos ante fascismo, comunismo, machismo, wokismo, populismo, terrorismo, reaccionarismo o cualquiera de las palabras que tenemos preparadas en el cajón de las descalificaciones para ahorrarnos la desagradable tarea de escuchar.

Porque escuchar tiene un inconveniente terrible.

A veces obliga a pensar.

Y pensar comporta el riesgo de descubrir que el otro puede tener razón en alguna cosa.

Solo en alguna.

Tampoco exageremos.

Quizás deberíamos dejar de preguntarnos quién es de izquierdas y quién es de derechas y empezar a observar otra cosa mucho más sencilla: qué hacemos cuando alguien nos lleva la contraria.

Ahí aparecen muchas verdades.

El problema no empieza cuando alguien defiende una determinada política económica, una idea de nación, una forma de entender la igualdad o una determinada organización social. Todo eso se puede discutir.

El problema empieza cuando alguien decide que sus ideas no necesitan ser discutidas porque son moralmente superiores.

Cuando deja de querer convencerte y empieza a querer callarte.

Cuando considera que él no tiene adversarios, sino enemigos.

Cuando justifica en los suyos aquello que denuncia escandalizado en los otros.

Cuando una censura le parece intolerable si la practica el contrario y necesaria si la practica su bando.

Cuando la libertad de expresión resulta sagrada hasta que alguien expresa algo que le molesta.

Ese individuo puede levantarse por la mañana, mirarse al espejo y considerarse conservador, revolucionario, progresista, patriota, antisistema o defensor de la humanidad.

Me da igual.

Yo empiezo a desconfiar cuando alguien posee tantas certezas que ya no necesita escuchar.

Porque las ideas pueden ser de izquierdas o de derechas.

La intolerancia tiene menos escrúpulos.

Se pone cualquier camiseta.

Quizá por eso últimamente procuro no mirar tanto las etiquetas políticas de las personas.

Prefiero mirar qué hacen cuando alguien les dice:

—No estoy de acuerdo contigo.

Ahí, en los dos segundos siguientes, suele aparecer su verdadera ideología.

«El mundo gira, crea y se multiplica porque existe el amor.» (Víctor Jara cantautor chileno que sabía multiplicar. Tras el golpe de estado del 11 de setiembre de 1973 del general Augusto Pinochet fue detenido, trasladado al Estadio Chile, torturado y asesinado el 16 de septiembre de 1973. Años después, el recinto fue rebautizado como Estadio Víctor Jara. A los fascistas no les gustaba su música ni lo que decía la letra)

Bernie Calvert cumple hoy 84 años y le ha dado su música a la banda The Hollies ¡Menos mal porque nos presentó a esa mujer alta e irresistible de la cual nos enamoramos muchos!

El vestit negre

Va entrar quan ja ningú esperava res de la nit.

Alta, vestida de negre, caminava com si el bar fos seu. Jo també ho vaig pensar.

Va demanar whisky. Sense gel.

—No em miris tant —va dir.

—No et miro.

Va somriure. Ja sabia que mentia.

Mitja hora després sonaren sirenes. Dos policies entraren preguntant per una dona.

Ella em va besar, deixà un sobre a la barra i desaparegué per la porta del darrere.

Dins hi havia cinc mil pessetes i una nota:

«Per haver mirat cap a una altra banda.»

Encara avui no sé si parlava dels policies o d’ella.


martes, 15 de septiembre de 2026

 

EL PUENTE

El puente era pequeño.

Tan pequeño que, desde un extremo, podía verte la cara.

Habíamos llegado hasta allí juntos, como casi siempre. Durante años habíamos cruzado calles, ciudades, trabajos, amores, entierros, noches demasiado largas y alguna que otra decepción que entonces nos parecía definitiva.

Éramos amigos.

De esos que no necesitan explicarlo.

Pero aquel día ocurrió algo. Ya ni siquiera recuerdo qué.

Tal vez eso sea lo peor.

Recuerdo, en cambio, que tú te quedaste al otro lado.

—Ven —te dije.

No te moviste.

—Solo tienes que cruzar.

Me miraste durante unos segundos.

Esperé.

Había un hombre apoyado en la barandilla, una mujer empujando un cochecito y dos niños que corrían de un lado a otro como si veinte metros fueran una distancia ridícula.

Para ellos lo era.

Para nosotros, de pronto, no.

—¿Vienes? —pregunté otra vez.

Bajaste la mirada.

Yo tampoco crucé.

Luego cada uno regresó por donde había venido.

Después ocurrió lo que ocurre siempre cuando dos personas dejan que el orgullo administre el tiempo.

Primero pasaron unos días.

Luego semanas.

Más tarde aprendimos a vivir sin llamarnos.

Tuvimos nuevos amigos, nuevas obligaciones, nuevas vidas. Nos enterábamos el uno del otro por gente que todavía nos conocía a los dos.

—Lo vi ayer.

—Está bien.

—Preguntó por ti.

—Ah.

Ese «ah» fue creciendo durante años.

Hubo bodas.

Nacimientos.

Hospitales.

Muertos.

Días en los que seguramente necesitaste hablar conmigo.

Días en los que yo habría dado cualquier cosa por escucharte decir una de aquellas estupideces que antes me irritaban y ahora daría algo por volver a soportar.

Pero ninguno llamó.

Hace poco regresé a aquel lugar.

No sé por qué.

El puente continuaba allí.

Lo habían pintado.

Habían cambiado las farolas.

El río seguía pasando por debajo con esa indiferencia que tiene el agua hacia nuestros dramas.

Me apoyé en la barandilla.

En el otro extremo había un hombre.

Durante un instante, por la forma de caminar, pensé que eras tú.

El corazón cometió ese error antes que los ojos.

No eras tú.

Entonces comprendí que durante todos estos años había pensado que algún día volveríamos a encontrarnos.

Que habría tiempo.

Que cruzaríamos finalmente aquellos veinte metros.

Saqué el teléfono.

Busqué tu nombre.

Seguía allí.

Tardé unos segundos en recordar que ya no podía llamarte.

Habías muerto hacía tres meses.

Guardé el teléfono y miré el otro extremo del puente.

Veinte metros.

Eso fue todo.

Veinte metros que ninguno de los dos quiso recorrer cuando todavía podíamos.

«El hombre es un ser moral, porque es un ser eminentemente libre.» (Nicomedes Pastor Díaz y Corbelle Nacido el 15 de setiembre de 1811 es el autor de la frase. Tiene razón: no hay moral para un ser que tiene ataduras. Y algun@s que están en lo más alto son l@s menos libres)

Barry McGuire convirtió "la víspera de la destrucción" en una de las canciones más escuchadas de setiembre de 1965... aunque se equivocase en sus apreciaciones.


Demà, si encara hi som.

A la televisió, els homes importants discutien sobre qui dispararia primer.

Ell va apagar-la.

—Què fem?

Ella va mirar per la finestra. Al carrer, un nen perseguia una pilota, una dona estenia la roba i un vell regava unes plantes com si el món tingués contracte indefinit.

—Podríem fugir.

—On?

No van trobar cap lloc fora del planeta.

Aleshores ella va obrir una ampolla de vi que guardaven per a una ocasió especial.

Van brindar.

—Per demà.

Ell va somriure.


lunes, 14 de septiembre de 2026

 

DIEZ AÑOS

Esta semana he leído que nos quedan menos de diez años.

No para jubilarnos, terminar de pagar la hipoteca, aprender inglés de una vez o hacer ese viaje que vamos aplazando porque siempre encontramos una excusa razonable. No. Para extinguirnos.

La inteligencia artificial podría acabar con nosotros antes de que termine esta década.

Dicho así, reconozco que impresiona.

Aunque conviene empezar poniendo las palabras en su sitio, porque todavía son una de las pocas cosas que controlamos. Nadie ha demostrado que la inteligencia artificial vaya a exterminar a la humanidad. Ni siquiera existe consenso entre los expertos. Lo que algunos investigadores están diciendo es algo distinto y, a mi juicio, suficientemente preocupante sin necesidad de exagerarlo: que existe una posibilidad no despreciable de que sistemas mucho más inteligentes que nosotros lleguen a escapar de nuestro control. Evan Hubinger, investigador de Anthropic especializado precisamente en alineamiento, ha situado personalmente ese riesgo por encima del 10 % durante la próxima década. Geoffrey Hinton, uno de los padres de la inteligencia artificial moderna, considera que semejante porcentaje no es absurdo.

Un diez por ciento.

Si alguien me dijera que el avión que estoy a punto de coger tiene un diez por ciento de posibilidades de estrellarse, puedo asegurar que perdería el vuelo. Y probablemente también las vacaciones.

Pero con la inteligencia artificial seguimos embarcando.

Y deprisa.

Lo verdaderamente inquietante de las noticias de estos últimos días no son las profecías. Profetas del fin del mundo hemos tenido siempre y, por suerte para ellos, ninguno suele vivir lo suficiente para responder por sus errores. Lo inquietante es quiénes están haciendo las advertencias.

Jacob Coxon dejó esta semana Anthropic después de haber trabajado también en OpenAI. Su acusación resulta difícil de ignorar: sostiene que las grandes compañías están compitiendo por alcanzar sistemas superinteligentes y auto mejorables sin disponer todavía de una solución clara para controlarlos. Otros investigadores de la propia Anthropic respaldaron públicamente una parte sustancial de sus temores.

Y entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Los fabricantes comenzaron a pedir prudencia.

Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, acaba de reclamar que se reduzca el ritmo al que aumentamos las capacidades de estos modelos para permitir que los mecanismos de seguridad puedan alcanzarlos. Su propuesta incluye evaluadores externos, coordinación entre empresas y acuerdos internacionales. Sam Altman se ha mostrado también favorable a frenar cuando la seguridad no pueda garantizarse.

Es una situación bastante peculiar.

Imaginemos que el fabricante de nuestro coche nos llama una mañana:

—El vehículo que le vendimos es extraordinario. Cada semana corre más, consume menos y dentro de poco probablemente conducirá mejor que usted.

—Fantástico.

—Sí. Solo hay un pequeño problema.

—¿Cuál?

—Que quizá llegue un momento en que no podamos detenerlo.

Supongo que nuestra siguiente pregunta no sería cuándo sale el nuevo modelo.

Sin embargo, con la inteligencia artificial parece que sí.

Quizá porque la palabra «extinción» nos queda demasiado grande. Podemos preocuparnos por una hipoteca, una enfermedad, una guerra o el recibo de la luz porque tienen tamaño humano. La desaparición de nuestra especie pertenece al territorio de las películas. Es difícil imaginar el martes siguiente al fin del mundo.

También existen voces solventes que consideran exageradas estas advertencias. La investigadora Timnit Gebru, por ejemplo, sostiene que obsesionarnos con una hipotética superinteligencia exterminadora puede distraernos de problemas mucho más presentes: sistemas utilizados en guerras, vigilancia, precarización laboral, discriminación, concentración de poder o desinformación.

Y probablemente también tenga razón.

Tal vez el error esté en obligarnos a escoger entre ambas preocupaciones.

No necesito creer que una máquina despertará una mañana de mal humor y decidirá eliminarnos. Esa versión siempre me ha parecido demasiado cinematográfica.

Me preocupa algo bastante más humano.

Que vayamos entregándole decisiones.

Primero las pequeñas porque resulta cómoda. Después las importantes porque resulta eficiente. Finalmente las irreversibles porque, para entonces, nos habremos acostumbrado.

La inteligencia artificial no necesita odiarnos para ser peligrosa. Una calculadora tampoco nos odia cuando nos comunica que estamos arruinados. Simplemente calcula.

Y quizá ahí esté precisamente la diferencia.

Nosotros dudamos.

Tenemos miedo. Nos equivocamos. Desobedecemos. A veces apretamos un botón cuando no deberíamos y otras, afortunadamente, retiramos el dedo cuando todos los cálculos aconsejan pulsarlo.

Durante siglos hemos considerado la duda una debilidad humana.

Tal vez descubramos que era un mecanismo de seguridad.

No sé si la inteligencia artificial acabará con nosotros dentro de diez años. Probablemente nadie lo sepa. Pero cuando algunos de los hombres y mujeres que mejor conocen una tecnología empiezan a advertir que existe una posibilidad razonable de perder su control, la respuesta adulta no debería ser reírse del apocalipsis ni anunciarlo para conseguir clics.

Debería ser algo mucho más sencillo.

Preguntar dónde está el freno.

Y comprobar, antes de seguir acelerando, que todavía somos nosotros quienes podemos pisarlo.

«El nacionalismo conduce al totalitarismo, y el totalitarismo conduce a la idolatría.» (Robert Cecil nació el 14 de setiembre de 1864 para ser premio Nobel de la Paz en 1937, dos años antes de estallar la II Guerra Mundial provocada por el ascenso de un nacionalista extremo y la inoperancia del sistema que no supo contrarestarlo)

¡Que noche la de aquél día! cantaban The Beatles allá por setiembre de 1964 y, por lo que parece, con bastante tino y soltura. Ni que decir tiene que estaba entre las canciones más escuchadas en el mundo en ese mes.


Quan tornis

Arribava cada nit quan els nens ja dormien.

Ella deixava el sopar tapat i una nota damunt la taula:

—T’he esperat.

Ell treballava dotze hores per pagar aquella casa, però començava a sospitar que, mentre pagava les parets, perdia tot el que hi havia dins.

Un divendres va sortir abans.

Va comprar flors, va córrer escales amunt i va obrir la porta somrient.

No hi havia ningú.

Damunt la taula, una última nota:

—Avui he deixat d’esperar-te.

Ell va mirar el rellotge.

Per primera vegada havia arribat d’hora.

Massa tard.


domingo, 13 de septiembre de 2026

 

EL FÚTBOL PERFECTO

Todo empezó después de una final que acabó mal.

No recuerdo quién jugaba. En realidad, tampoco importa. Uno ganó, otro perdió, el árbitro fue insultado, el VAR necesitó cuatro minutos y treinta y siete segundos para decidir si un delantero tenía adelantado el hombro, la rodilla, la nariz o quizá una intención, y al día siguiente media nación discutía sobre una línea trazada por ordenador.

Hubo disturbios.

Dos aficionados acabaron en el hospital.

Un entrenador declaró que aquello no era fútbol.

El presidente del club derrotado aseguró que habían adulterado la competición.

El vencedor respondió que el resultado estaba en el marcador.

Y un ministro, que hasta entonces se había limitado prudentemente a no saber demasiado de fútbol, comprendió que había llegado el momento de intervenir.

—No podemos dejar algo tan importante en manos del azar —declaró.

La frase gustó.

Sobre todo lo de «azar».

El azar siempre ha tenido mala prensa entre quienes gobiernan. No tributa, no obedece instrucciones y tiene la desagradable costumbre de producir resultados que nadie había previsto.

Se creó inmediatamente la Comisión Nacional para la Ordenación, Transparencia y Sostenibilidad del Resultado Deportivo.

CNOTSRD.

El nombre ya inspiraba confianza.

La Comisión estaba integrada por dos economistas, tres juristas, un sociólogo, cuatro antiguos árbitros, un especialista en inteligencia artificial, dos representantes de las televisiones, uno de las casas de apuestas y un futbolista retirado que no acudió a ninguna reunión porque los jueves jugaba al golf.

Después de dieciocho meses de estudios, ciento veintisiete reuniones y un presupuesto que hubiese permitido fichar a un lateral brasileño bastante decente, presentaron la solución.

Era extraordinariamente sencilla.

Antes de empezar la temporada se fijarían todos los resultados.

No se trataba, explicaron inmediatamente, de amañar partidos.

Eso sería ilegal.

Se trataba de planificarlos.

Y planificar siempre resulta respetable.

Cada mes de agosto, la Comisión publicaría el calendario completo de la competición junto con los resultados correspondientes.

Real Madrid-Barcelona: 2-2.

Betis-Sevilla: 1-0.

Atlético-Valencia: 3-1.

Y así hasta la última jornada.

De esta manera desaparecerían los errores arbitrales, las sospechas de corrupción, las frustraciones deportivas y, sobre todo, aquella insoportable incertidumbre de tener que esperar noventa minutos para saber algo que podía conocerse perfectamente en agosto.

Las televisiones fueron las primeras en entusiasmarse.

Podrían programar las celebraciones con meses de antelación.

Los ayuntamientos sabrían qué días instalar pantallas gigantes.

La policía conocería exactamente qué aficionados iban a enfadarse.

Y las empresas de publicidad podrían contratar anuncios de champán para los campeones sin correr el riesgo de terminar promocionándolo entre personas deprimidas.

Los clubes protestaron al principio.

Hasta que alguien les explicó que también se establecería de antemano qué equipos descenderían.

Entonces empezaron a negociar.

El nuevo sistema entró en vigor la temporada siguiente.

Fue un éxito.

En la primera jornada, un delantero marcó en el minuto siete.

El problema era que el gol asignado a su equipo debía producirse en el minuto treinta y cuatro.

El árbitro lo anuló.

—¿Por qué? —preguntó el jugador.

—Prematuro.

El delantero aceptó la explicación.

En el minuto treinta y cuatro volvió a marcar.

Entonces sí.

El público celebró el gol con entusiasmo, aunque muchos ya estaban de pie desde el minuto treinta y tres para evitar aglomeraciones.

También se reguló la emoción.

Las autoridades consideraron que resultaba poco edificante que los aficionados del equipo destinado a perder permanecieran callados todo el encuentro, así que se estableció que debían animar durante al menos cuarenta minutos.

El tiempo de protesta quedó limitado a ocho.

Los insultos al árbitro fueron suprimidos porque, al no decidir ya nada, insultarlo carecía de fundamento jurídico.

Los árbitros respiraron tranquilos.

El VAR también mejoró notablemente.

Ya no tenía que decidir si había sido penalti.

Solo comprobar si estaba previsto.

—Hay contacto —decía el árbitro.

—Sí, pero el penalti está programado para el otro equipo en el segundo tiempo.

—Entendido.

—Siga el juego.

Hasta los periodistas deportivos encontraron ventajas.

Las tertulias dejaron de discutir sobre quién ganaría la Liga.

Ahora debatían durante horas si era justo que la Comisión hubiese asignado cuarenta y tres puntos al Getafe en lugar de cuarenta y uno.

El fútbol se hizo más serio.

Más organizado.

Más científico.

Los niños recibían en septiembre el álbum de cromos junto con la clasificación final.

Los entrenadores dejaron de utilizar expresiones como «partido a partido», que fueron consideradas engañosas.

Y los jugadores celebraban los goles con una espontaneidad previamente ensayada los miércoles.

Durante algunos años nadie pareció echar de menos nada.

Hasta que una tarde vi a cinco niños jugando en una plaza.

Habían dejado dos mochilas en el suelo para hacer una portería.

No llevaban árbitro.

Ni cámaras.

Ni reglamento audiovisual.

Ni Comisión.

Uno de ellos cogió la pelota, regateó a otro, tropezó, volvió a levantarse y chutó desde demasiado lejos.

Los demás miraron el balón mientras volaba.

Yo también.

Nadie sabía si entraría.

Y durante dos segundos ocurrió algo extraordinario.

Todos esperamos.

El balón golpeó contra una mochila y salió fuera.

Los niños gritaron, discutieron si había sido gol, se empujaron un poco y volvieron a colocar la pelota en el centro.

Me quedé observándolos.

Entonces comprendí qué habíamos eliminado del fútbol para hacerlo perfecto.

El fútbol.

«Por libertad entendemos la libertad verdaderamente humana, es decir, la libertad política.» (Arnold Ruge Nacido el 13 de setiembre de 1802 para ser filósofo empeñado en definir lo que se considera Libertad. Creía que la Libertad era la política no la metafísica o interior… discrepaba en aquello que “lo importante está en el interior”)

Hoy el caballero que lleva el sombrero de cowboy y atiende al nombre de Randy Jones cumple 74 años y su música no ha parado. La de alguno de los componentes del grupo Village People, si.


Quan s’apaga tot

La ciutat es va quedar sense llum a les onze i disset.

Primer van callar els televisors. Després, els ascensors. Finalment, els mòbils.

Durant uns minuts ningú no va saber què fer.

Fins que, des d’un balcó, algú va començar a picar dues culleres contra una cassola.

Una dona va cantar.

Un nen va seguir-la desafinant.

Al carrer, algú va treure una guitarra.

Quan va tornar l’electricitat, ningú no va encendre res.

Potser havíem oblidat que la música existia abans dels endolls.

I que nosaltres també.


sábado, 12 de septiembre de 2026

 

SE VENDEN RECUERDOS

Durante cincuenta años aquella casa había ido aprendiendo su vida.

La marca junto a la puerta de la cocina todavía señalaba cuánto medían sus hijos a los seis, a los nueve, a los doce años. En una baldosa del pasillo quedaba la pequeña grieta que hizo su marido cuando se le cayó el martillo intentando colgar un cuadro. Y en la pared del dormitorio, aunque ya nadie pudiera verla, seguía apoyada la espalda de él la última noche que durmieron juntos.

Ahora tenía que marcharse.

El nuevo propietario recorrió el piso mirando más los metros cuadrados que las habitaciones.

—Los muebles pueden quedarse —dijo—. Me sirven para el apartamento turístico.

Ella miró la mesa del comedor. Allí habían celebrado cumpleaños, discutido por tonterías y firmado papeles importantes sin saber que lo eran. Pasó la mano por el respaldo de una silla.

—¿Cuánto quiere por todo?

Ella hizo cuentas.

Vendió la mesa.

El armario donde aún colgaba una corbata de su marido que nunca se había atrevido a tirar.

La cama.

Las mesitas.

El aparador.

Hasta aquella lámpara horrible que habían comprado recién casados porque entonces les pareció moderna y después conservaron durante medio siglo por no darle la razón al otro.

El hombre anotaba cantidades en el móvil.

Cuando terminaron, observó el piso vacío.

—Bueno —dijo satisfecho—, creo que ya está todo.

Ella negó con la cabeza.

—Faltan los recuerdos.

Él sonrió, creyendo que bromeaba.

—¿Y cuánto quiere por ellos?

La mujer no contestó.

Sacó las llaves del bolsillo y las dejó sobre la mesa que ya no era suya.

Después recorrió lentamente el pasillo. Tocó la marca de altura de sus hijos, la grieta del martillo, la pared del dormitorio. Cerró los ojos un instante.

Cuando salió del piso llevaba las manos vacías.

A la mañana siguiente, el propietario volvió acompañado del arquitecto.

Los muebles seguían allí.

También las puertas, las ventanas y el suelo.

Pero las paredes habían desaparecido.

Todas.

El arquitecto miró desconcertado aquel espacio abierto al cielo.

—¿Qué demonios ha pasado aquí?

El propietario recordó entonces a la anciana y la última pregunta que le había hecho.

Y comprendió que los muebles podían venderse.

Los recuerdos, no.

Porque algunos, cuando se van, se llevan la casa.

«¿Cómo es posible que la mente ejerza sus poderes causales en un mundo que es fundamentalmente físico?» (Jaegwon Kim es un filósofo surcoreano que hoy cumple 92 años; es una edad longeva que, a buen suguro, ha alcanzado a base de cuidar cuerpo y mente)

Mylène Farmer nos explica en su canción «Des lols et des quoi» el empobrecimiento del lenguaje y pregunta que pasa cuando las palabras pierden el alma, los matices y la memoria. Tengo una respuesta: llega la incomunicación. ¡Feliz 65 cumpleaños!


L’última paraula

Van prohibir les paraules difícils perquè feien pensar massa.

Després van eliminar les llargues. Més tard, les que tenien doble sentit.

Al final només quedaren LOL, TOP, WTF i quatre emoticones autoritzades.

L’avi, abans de morir, em va cridar a cau d’orella i em va regalar una paraula clandestina:

—Tendresa.

No sabia què volia dir.

La vaig buscar a internet.

Error 404.

Aquella nit vaig escriure-la a la paret.

L’endemà algú hi havia afegit una altra paraula:

—Resistència.

I vaig comprendre que encara no ho havíem perdut tot.