QUE NO VENGAN LOS OTROS

Esta
tarde he estado mirando unas elecciones alemanas sin entender una sola palabra
de alemán.
Tampoco
hacía falta.
Los
porcentajes son universales.
44,4.
Eso
se entiende en alemán, en castellano, en catalán y hasta en ese idioma extraño
que hablan los políticos cuando intentan explicarnos por qué han perdido unas
elecciones sin utilizar jamás la palabra «perder».
Alternativa
para Alemania, AfD, ha ganado con una ventaja enorme las elecciones de
Sajonia-Anhalt. La extrema derecha. Esa que durante años estuvo detrás del
llamado «cordón sanitario». Esa con la que nadie quería pactar. Esa a la que
había que mantener alejada del poder porque determinadas posiciones suyas no
solo son radicales, sino que cuestionan principios que Europa creyó haber
aprendido a sangre y fuego durante el siglo pasado.
Y,
sin embargo, ahí está.
Más
de cuatro de cada diez votantes.
No
sé si lo más preocupante es el resultado o que todavía haya quien se sorprenda.
Porque
llevo años escuchando una explicación bastante cómoda: la extrema derecha crece
porque la gente se ha vuelto de extrema derecha.
Magnífico
análisis.
Es
como explicar que llueve porque cae agua del cielo.
A mí
me interesa bastante más saber por qué cae.
Y
sobre todo por qué cada vez cae más.
No
creo que millones de europeos se hayan despertado una mañana, hayan desayunado
tranquilamente su café con leche y hayan pensado:
—Cariño,
creo que hoy me voy a hacer fascista.
Algo
habrá ocurrido entre medias.
Algo
han hecho unos.
Algo
han dejado de hacer otros.
Y
aquí es donde quizá deberíamos hablar de una cuestión bastante menos agradable
para quienes durante muchos años se han considerado depositarios naturales del
progreso: ¿y si una parte importante del avance de la derecha radical tiene que
ver con el fracaso de quienes debían impedirlo gobernando bien?
No
digo que sea la única causa.
Sería
demasiado sencillo.
Hay
inmigración, inseguridades culturales, guerras, inflación, pérdida de poder
adquisitivo, miedo al futuro, empleos que desaparecen, industrias que se
marchan, redes sociales que convierten cualquier estupidez en doctrina política
en veinte minutos y una creciente desconfianza hacia unas instituciones que
mucha gente siente cada vez más alejadas de su vida.
Pero
también existe otra cosa.
El
agotamiento.
El
agotamiento de un discurso.
Durante
décadas buena parte de la izquierda europea tuvo palabras muy potentes.
Igualdad.
Trabajo.
Sanidad.
Educación.
Derechos.
Justicia
social.
Vivienda.
Libertad.
Palabras
que hablaban de cosas que podían tocarse. El salario que llegaba a final de
mes. El colegio de tus hijos. El hospital donde atendían a tu madre. La
posibilidad de alquilar una vivienda sin entregar a cambio un riñón
perfectamente funcional.
Ahora,
demasiadas veces, el mensaje parece haberse reducido a otro mucho más sencillo:
«Que
no venga la derecha».
Y,
cuando la derecha crece:
«Que
no venga la ultraderecha».
No
es un programa electoral.
Es
una amenaza.
Vótame
porque, si no, vienen ellos.
Es
una forma curiosa de pedir el voto. Algo así como ese restaurante que, en lugar
de anunciar que cocina bien, colocase en la puerta un cartel:
COMA
AQUÍ. EL RESTAURANTE DE ENFRENTE PODRÍA ENVENENARLE.
Puede
funcionar una temporada.
Pero
algún día alguien cruza la calle para comprobarlo.
Y
luego están los cordones sanitarios.
La
expresión siempre me ha resultado curiosa.
Un
cordón sanitario sirve para aislar una infección. Perfecto.
Pero
el problema surge cuando dentro del cordón ya tienes al cuarenta por ciento de
la población.
Entonces
quizá ya no tengas solamente un problema con la infección.
Tienes
un problema con el paciente.
Y
habrá que preguntarle qué le pasa.
Eso
no significa aceptar sus diagnósticos. Ni comprar sus remedios. Ni mucho menos
considerar democráticamente aceptable cualquier propuesta por el mero hecho de
que consiga votos. La democracia no consiste solamente en contar papeletas.
También consiste en respetar derechos, instituciones, minorías y unas reglas
sin las cuales el voto acaba sirviendo para elegir democráticamente a quien un
día puede decidir que ya no hace falta votar.
La
historia europea debería habernos enseñado algo al respecto.
Pero
precisamente por eso combatir a la extrema derecha exige algo bastante más
difícil que llamarla extrema derecha.
Hay
que convencer a sus votantes.
Y
para convencerlos primero habrá que escucharlos.
Incluso
cuando dicen cosas que no nos gustan.
Sobre
inmigración.
Sobre
seguridad.
Sobre
salarios.
Sobre
vivienda.
Sobre
impuestos.
Sobre
servicios públicos.
Sobre
identidad.
Sobre
el miedo a que sus hijos vivan peor que ellos.
Porque
si ante cada pregunta incómoda la respuesta consiste en acusar a quien pregunta
de racista, insolidario, retrógrado o ignorante, llegará un partido que le
dirá:
—Yo
sí te escucho.
Quizá
después le mienta.
Quizá
le venda soluciones imposibles.
Quizá
convierta sus miedos en votos.
Pero,
para entonces, el otro ya ha cometido el error fundamental: ni siquiera quiso
escuchar la pregunta.
Existe
además una arrogancia política particularmente peligrosa: pensar que
determinados ciudadanos votan mal.
Curioso
concepto democrático.
El
ciudadano es extraordinariamente inteligente cuando me vota a mí y víctima de
la manipulación cuando vota al adversario.
Cuando
gano, «la ciudadanía ha hablado».
Cuando
pierdo, «hay que analizar el auge del populismo».
Nunca
he escuchado a un partido reconocer:
—Quizá
el problema somos nosotros.
Sería
revolucionario.
Imagino
una noche electoral. El dirigente sale al atril, mira a las cámaras y dice:
—Nos
han dado una hostia.
Perdón
por la expresión, pero sería probablemente el discurso político más sincero de
los últimos treinta años.
Después
podría añadir:
—Y
antes de explicarles a nuestros antiguos votantes por qué se han equivocado,
vamos a intentar averiguar en qué nos hemos equivocado nosotros.
Hasta
es posible que recuperasen alguno.
Porque
quizá el gran problema de una parte de la izquierda europea no sea haber
perdido unas elecciones.
Sea
haber perdido algo anterior.
El
relato.
La
capacidad de explicar para qué quiere gobernar.
No
contra quién.
Para
qué.
Qué
sociedad propone.
Qué
hará con la vivienda.
Cómo
sostendrá las pensiones.
Cómo
gestionará la inmigración sin convertir la solidaridad en ingenuidad ni la
seguridad en xenofobia.
Cómo
protegerá los servicios públicos.
Cómo
permitirá que un trabajador vuelva a pensar que trabajar sirve para vivir
mejor.
Cómo
reconciliará la transición ecológica con quien teme perder su empleo.
Cómo
conseguirá que un joven pueda marcharse de casa de sus padres antes de que
tenga que hacerlo para ingresar directamente en una residencia de ancianos.
Eso
es política.
Lo
otro es resistencia.
Y
nadie puede gobernar eternamente atrincherado.
Hoy,
en Sajonia-Anhalt, millones de alemanes han votado. Podemos estar profundamente
en desacuerdo con ellos. Podemos preocuparnos —y hay motivos— por determinadas
posiciones de AfD. Podemos establecer límites democráticos a aquello que ataque
los fundamentos de la propia democracia.
Lo
que no podemos hacer es fingir que esos electores no existen.
Ni
esperar que desaparezcan detrás de un cordón.
Porque
los cordones sirven para separar.
Nunca
para convencer.
Y
quizá ese sea el problema.
Que
durante demasiado tiempo algunos partidos han dedicado más esfuerzo a explicar
a los ciudadanos a quién no deben votar que a conseguir que vuelvan a tener
ganas de votarles a ellos.
Si
tu mejor promesa electoral consiste en que los otros no llegarán al poder, no
deberías sorprenderte demasiado cuando, un día, los ciudadanos decidan
averiguar qué ocurre si llegan.
«Pero quien más no
alcanza, lo hace todo a su pobre semejanza.» (Juan Eugenio Hartzenbusch nacido
el 6 de setiembre de 1806 para escribir “Los amantes de Teruel”… ya sabéis cuál
es la rima fácil)
Macy Gray canta que está fuera de lugar. En realidad no lo canta ella, es un cover de otra intérprete; su mejor canción, dicen las críticas, es otra. A mi me gusta más la del vídeo. Macy cumple hoy 57 años.
Fora
de lloc
Durant anys va procurar passar
desapercebuda.
S’asseia als racons, vestia
colors discrets i va aprendre a riure quan reien els altres.
Fins que va aparèixer ell.
—Ets diferent —li va dir.
Ella va estar a punt
d’enamorar-se.
Després va comprendre que
diferent era una paraula bonica que la gent fa servir quan encara no s’atreveix
a dir estranya.
Aquella nit es va mirar nua
davant del mirall.
Arrugues. Cicatrius. Un cos que
havia sobreviscut a massa explicacions.
Per primera vegada no va voler
ser especial.
Ni tan sols va voler
agradar-li.
Es va posar el vestit vermell.
I va sortir.
Que se sentissin incòmodes els
altres.


