EL
HOMBRE QUE CENABA DESPACIO
Entró en el restaurante con
esa clase de calma que en un hombre de más de cincuenta años ya no es timidez
ni educación: es oficio. No miró a nadie de inmediato. Se quitó el abrigo, se
lo entregó al camarero, recorrió la sala con una lentitud cortés y solo
entonces la vio. O, mejor dicho, dejó que pareciera que la veía en ese momento.
Ella estaba sola, junto al
cristal, con una copa de vino y esa expresión de las mujeres que han aprendido
a cenar sin pedirle compañía al mundo.
Él se acercó.
—Qué mala suerte la mía
—dijo—. Venir a cenar tranquilo y encontrarte aquí.
Ella lo miró de arriba abajo.
Sin prisa. Como quien revisa una prenda cara y no acaba de decidir si merece el
precio.
—A tu edad, la mala suerte ya
no entra tan bien vestida.
Él sonrió. Ahí estaba lo suyo:
no entraba a matar. Rodeaba. Medía. Esperaba. Tenía una elegancia seca, un
encanto sin aspavientos, una voz grave que no buscaba impresionar y por eso
impresionaba más. No era un hombre cálido a primera vista. Era un hombre
interesante, que es una forma más lenta y a veces más peligrosa de la
seducción.
—¿Puedo sentarme?
—Ya te has sentado medio
segundo antes de preguntarlo.
—Entonces aún conservo
reflejos.
—Y descaro.
—El descaro bien llevado es
casi una virtud.
Ella señaló la carta.
—Depende del animal.
Él pidió un vino mejor del que
ella estaba bebiendo. No por exhibición, sino por costumbre. Como esos
depredadores elegantes que nunca corren si pueden acercarse andando. Habló poco
al principio. Le preguntó por su trabajo, por un viaje, por una cicatriz
pequeña que asomaba junto a su muñeca izquierda. Escuchaba con una atención
casi insolente. No interrumpía. No se justificaba. No llenaba los huecos por
miedo. De vez en cuando sonreía de lado, como si supiera algo del deseo que los
demás todavía no habían aprendido.
Ese era su atractivo. Y
también su defecto.
Porque la misma calma que
seducía podía parecer cálculo. La misma seguridad que protegía también aislaba.
Había en él algo de hombre que ha dormido demasiados años consigo mismo y se ha
acostumbrado a no compartir del todo la intemperie. Alguien que sabe acercarse,
rozar, tentar, pero mantiene a salvo una parte esencial de su hambre.
—Tú estás muy entrenado —dijo
ella, llevándose la copa a los labios.
—¿En qué?
—En gustar sin exponerte.
Él sostuvo la mirada. No la
esquivó. Tampoco se precipitó a desmentirla.
—Y tú estás muy entrenada en
notarlo.
—Es la edad.
—No. Es la puntería.
Ella sonrió, pese a sí misma.
Él la había hecho reír y eso, a ciertas alturas de la vida, cotiza más que unos
abdominales y bastante más que un poema malo.
Llegó el plato principal.
Compartieron un trozo de lubina, un silencio cómodo, el aroma de mantequilla y
limón, la luz ámbar sobre el mantel. Él cortaba despacio. Bebía despacio.
Miraba despacio. Como si entendiera que la prisa es una ordinariez de principiantes.
En un momento dado, le rozó los dedos al apartar su copa. Nada teatral. Apenas
un contacto. Pero lo hizo con una precisión que no tenía nada de inocente.
Ella retiró la mano un segundo
tarde.
Él lo notó. Claro que lo notó.
—Perdona —dijo, sin parecer
arrepentido.
—No te creo nada.
—No era para que me creyeras.
Y ahí estuvo a punto de
perderlo todo, porque a veces el leopardo se delata en el brillo de los ojos.
Esa autosuficiencia leve, ese placer por el juego, esa convicción masculina, un
poco irritante, de que el cuerpo del otro acabará aceptando lo que la inteligencia
se discute.
Ella dejó los cubiertos.
—No te confundas —dijo—. Que
me guste cenar contigo no significa que ya hayas cruzado la selva.
Él bajó la vista un instante.
Sonrió. Pero esta vez la sonrisa tenía algo menos de triunfo y algo más de
verdad.
—Lo sé.
—No lo parecía.
—A veces uno también tropieza
con su personaje.
La frase la desarmó un poco.
Porque debajo del hombre preciso, del cazador elegante, del animal hermoso que
sabía esperar oculto entre la conversación y el vino, apareció de pronto algo
más tierno: el cansancio. La edad. La sospecha de que quizá el deseo ya no
consistía en conquistar nada, sino en encontrar a alguien ante quien no hiciera
falta fingir tanto control.
Ella alargó la mano y le rozó
la muñeca.
—Ahora estás mejor.
—¿Más dócil?
—Más humano.
Él soltó una risa baja.
—Qué palabra tan ofensiva.
—Y tan merecida.
Siguieron cenando. Afuera, la
ciudad se lamía sus luces. Dentro, él conservaba intactas sus cualidades: la
belleza contenida, la paciencia, la atención, el magnetismo de lo sigiloso. Y
también sus defectos: la distancia, el orgullo, esa costumbre de subir sus
afectos a una rama alta para que nadie los tocara.
Pero aquella noche, por una
vez, no pareció un hombre dispuesto a cazar.
Pareció un hombre que, después
de mucho acecho, empezaba a tener ganas de bajar del árbol.
«Lo que vivimos está por
encima de las palabras.» (Youssef Rzouga es el autor de la frase y al que hoy
podemos felicitar en su 69 cumpleaños. Estoy muy de acuerdo con su apreciación:
a veces no hay palabras para describir la vida en sus maravillas y sus
horrores)
Chris Isaak nos advierte en su canción del vídeo de los juegos perversos; no obstante visto lo visto en el vídeo, tal vez merezca la pena arriesgarse un poco... o mucho.
La trampa més dolça
Vaig obrir-te la porta com qui
obre una finestra en ple hivern: sabent que entraria el fred i, tot i així,
necessitant-lo. Duies aquell somriure cansat de qui ja ha fet mal abans i
encara en conserva l’ofici. Em vas dir “només una copa”, i jo vaig sentir com
les cadires, la llum i fins i tot el rellotge s’apartaven per deixar-nos
passar. Després va venir el petó, aquella manera tan elegant de començar una
ruïna. L’endemà, casa meva feia olor de tu i de derrota. Vaig pensar: quin joc
més miserable. I quines ganes de perdre.













