martes, 17 de marzo de 2026

 

TANZANIA EN HORARIO DE OFICINA


Javier volvió de vacaciones con más energía, más color y bastante menos vergüenza.

Es admirable lo que algunas personas pueden hacer en dos semanas de descanso: no descansar, exactamente, sino empeorar. Javier se fue siendo un pesado local y ha regresado como un pesado internacional, con acreditación moral de la sabana y un repertorio de estampitas africanas dispuesto a colonizar la mañana entera de oficina.


Mientras los demás seguíamos aquí, fichando, tragando café malo y soportando en directo el festival de amenazas, misiles, comunicados y postureo sangriento entre Estados Unidos, Israel e Irán, Javier estaba en Tanzania. Viendo elefantes, fotografiando jirafas y encontrándose a sí mismo, que es una actividad muy bonita cuando no la pagas con la paciencia ajena.

Ha dedicado toda la mañana a hablarnos del viaje con ese entusiasmo del converso, con esa alegría ofensiva de quien vuelve convencido de haber rozado una verdad superior porque ha dormido dos noches oyendo bichos y ha visto una puesta de sol con nombre en suajili. Que si el Serengeti. Que si Ngorongoro. Que si “la gente allí tiene otra conexión con la vida”. Nosotros, mientras tanto, intentando mantener la nuestra con la nómina, la pantalla y el parte de guerra.


Luego, claro, llega su defensa favorita, esa coartada de miserable con barniz de inocencia:

—Bueno, pero si tú me has preguntado por el viaje...

Sí, Javier. Igual que uno pregunta “qué tal” al vecino en el ascensor sin esperar una tesis doctoral, un documental de fauna salvaje y una humillación comparativa por capítulos. Si de verdad no quisiera restregárnoslo, contestaría con un “bien” y seguiría andando. Pero no. Javier no contesta: administra su felicidad como una agresión pasiva.

Hay gente que vuelve de vacaciones descansada. Javier ha vuelto crecido, que es peor. Más tostado, más expansivo, más espiritual y más hijo de puta. Como si Tanzania, en lugar de cambiarle la vida, le hubiera confirmado que ya era exactamente el tipo de persona que podía permitirse contárnosla.

«Haraka haraka haina baraka.» (Proverbio del archipiélago de Zanzíbar que traducido del suajili quiere decir: “La prisa no trae bendición”. En Zanzíbar el tiempo tiene otro ritmo. Este proverbio es casi una filosofía de vida: quien va demasiado rápido suele equivocarse… o perderse lo importante)

Freddie Mercury como podéis ver en la última foto, era natural de Zanzíbar y en esa casa -hoy museo dedicado a él- vivió con su "mamá y su papá" unos años. A su madre le dedicó una de las mejores canciones que conozco: Bohemian Rhapsody.

Judici al lavabo

Es va tancar al lavabo del bar com qui entra a un confessionari de saldo. Duia rimel als dits, sang a la memòria i una mare que encara li planxava la culpa. Al mirall hi comparegueren tots: el nen obedient, l’amant covard, el farsant que somreia a taula. Va voler demanar perdó, després absolució, després una mica de teatre.

A fora, la ciutat continuava cobrant cafès i venjant misèries. Quan va obrir la porta, ja no sabia si havia matat algú, si l’havien matat a ell o si tot plegat era la mateixa òpera amb distinta factura.


lunes, 16 de marzo de 2026

 

LOS REYES DEL ATASCO



La leona se tumbó detrás del todoterreno con una calma que ningún ministro ha conocido jamás. Ni rugió, ni avisó, ni pidió paso. Simplemente se echó allí, en mitad del barro seco y la hierba encendida, como quien firma una ley antigua: hoy el camino es mío.


Dentro de los coches, los humanos hacían lo de siempre: mirar, callar, fotografiar, fingir que entendían algo. Les temblaba la emoción en las manos y llamaban aventura a quedarse quietos mientras una reina descansaba a dos metros de su miedo.

Más allá, entre la hierba alta, un cachorro miraba el mundo con esa mezcla de hambre y torpeza con la que empieza todo lo importante. Un poco después, otro se subía a un tronco muerto para ensayar la altura, como si la infancia consistiera precisamente en eso: jugar a ser invencible sobre las ruinas de algo.


Y entonces apareció él. El macho. Lento. Soberbio. Sin prisa. Caminaba como si el paisaje se hubiera construido para acompañarlo. No necesitaba correr. La autoridad de verdad nunca corre. Ya bastante hacen los demás apartándose.


Aquella tarde entendí algo incómodo: en la sabana no manda el más cruel, sino el que no discute su lugar. Nosotros, en cambio, llenamos el mundo de cláxones, fronteras, discursos y currículums para mendigar una importancia que un león resuelve con un paso, una sombra y un silencio.



Volvimos al campamento hablando bajito, como se sale de una iglesia.

Ellos no habían hecho nada extraordinario.

Los extraordinarios, otra vez, éramos nosotros por seguir vivos y llamarlo normal.

«Un jefe no discute su posición; si lo hace, acabará perdiéndola.» (Proverbio africano)


domingo, 15 de marzo de 2026

 

LO QUE ÁFRICA DEJA DENTRO


Hay lugares que no se visitan: te atraviesan.

Primero fue el árbol seco, levantando sus brazos negros contra el cielo, como si todavía discutiera con Dios después de siglos de intemperie. Luego el camino roto, lleno de agua y barro, ese idioma de la tierra cuando quiere decirte que pasar no es gratis, que toda belleza exige una pequeña derrota de los zapatos, del miedo o de la comodidad. Después llegaron los elefantes, inmensos y serios, avanzando con su lentitud de catedrales vivas; las jirafas, en cambio, parecían dos pensamientos enamorados inclinándose el uno hacia el otro; y los hombres masáis, envueltos en color, quietos como si conocieran un secreto antiguo que nosotros, con nuestras prisas y nuestras cámaras, ya no sabremos descifrar nunca.

El río, visto desde arriba, no corría: recordaba. Se retorcía por la llanura como una cicatriz brillante, como una frase escrita por alguien que supo amar el mundo sin necesidad de poseerlo. Y al entrar en el Serengeti, entre polvo, nubes y coches diminutos, uno comprendía algo incómodo y hermoso: que la inmensidad no está hecha para acogerte, sino para colocarte en tu sitio.

Y luego el baobab. Su vientre abierto. Su sombra. Yo solo dentro, sonriendo. Pero no estaba solo. Me acompañaban todos los paisajes que ya se le habían metido en la sangre. Porque hay viajes que no terminan cuando deshaces la maleta. Terminan mucho después, una tarde cualquiera, cuando descubres que miras el cielo de tu ciudad y lo notas demasiado bajo, demasiado domesticado, demasiado obediente.

Entonces entiendes la verdad: no volviste igual.

Volvió tu cuerpo. Lo demás se quedó allí, pastando entre nubes, barro, árboles y silencio.











«Quien entra en la sabana mirando animales, sale viéndose a sí mismo.» (Proverbio africano)






sábado, 14 de marzo de 2026

HAKUNA MATATA


Llegué pensando que hakuna matata quería decir algo parecido a “no pasa nada”, esa frase que los turistas usamos para tranquilizarnos cuando no entendemos nada y queremos disimularlo con una sonrisa. Luego vi que no. Que allí no era una consigna para camisetas, ni una coartada para la pereza, ni el estribillo domesticado de una película. Era otra cosa. Más seria. Más limpia.

Bajo la roca, junto al fuego, los hombres no parecían tener prisa por demostrar nada. Uno removía las brasas como quien conversa con un viejo. Otro sostenía las flechas con la misma naturalidad con la que aquí sostenemos el móvil, ese arco miserable con el que nos disparamos noticias, facturas y miedo. Los niños corrían por la tierra con un palo en la mano y el mundo entero por delante. Las mujeres, los cuerpos pequeños, la sombra de los árboles, el agua robada al tronco, la miel compartida en una palma abierta: todo ocurría con una lógica antigua que no necesitaba explicaciones ni folletos.

Yo, en cambio, llevaba encima todo lo demás: reloj, cámara, mochila, costumbre, ese cansancio elegante del hombre civilizado que cree poseer muchas cosas y al final solo transporta preocupaciones como quien arrastra latas atadas al alma.

Allí entendí que hakuna matata no significa que no exista el hambre, ni la intemperie, ni el dolor, ni la muerte. Sería una estupidez pensarlo. Significa, quizá, algo más difícil: que incluso sabiéndolo, incluso teniéndolo cerca, todavía se puede bailar; todavía se puede reír con la boca llena de polvo; todavía se puede compartir la miel antes que el miedo.

Los vi y pensé que tal vez los salvajes somos nosotros, tan expertos en complicarlo todo, en poner precio a la calma, en encerrar la alegría detrás de una agenda.

Ellos tenían poco.

Nosotros tenemos demasiado.

Y, sin embargo, la libertad estaba allí, descalza, mirándonos sin envidia. 











Y recordar: no es más feliz quién más tiene sino el que menos necesita.













viernes, 13 de marzo de 2026

 

LA DIGNIDAD NO LLEVA PARAGUAS


La lluvia había decidido caer sin modales, como caen algunas desgracias: siempre sobre quien menos techo tiene. El barro se pegaba a la carretera con terquedad de sentencia, los charcos abrían la boca en mitad del camino y las casas, remendadas con chapa, madera, costumbre y necesidad, seguían en pie con una dignidad que ya querrían muchos despachos con aire acondicionado.


Un hombre cruzó la calle sin dramatismo, que es una forma muy seria de valentía. Un camión ocupaba media escena con su barriga de hierro. Unas niñas, con el rojo encendido sobre el gris del día, miraban desde la cuneta como quien aprende demasiado pronto que el mundo no reparte futuro: apenas deja pasar vehículos.


Más allá, junto al agua parda, unas mujeres alzaban cestos enormes, cestos donde cabía la compra, la ropa, la cosecha, el cansancio, quizá hasta la paciencia. 


En otra esquina colgaba la carne bajo una chapa oxidada y la vida seguía negociando con la muerte a precio de mercado. Ollas al fuego. Motos. Botellas apiladas. Un perro flaco. Un puesto abierto. Otro día más. La épica verdadera casi nunca lleva música; suele llevar barro en los tobillos.


Y entonces el camino siguió.

La ventanilla empezó a llenarse de árboles, de ramas húmedas, de verde lavado por la lluvia, de cercas blancas, de casas escondidas tras jardines, de cunetas más limpias, de una calma que parecía decir: aquí el mundo se peina un poco mejor. El paisaje corría al otro lado del cristal, borroso por la velocidad y por las gotas, como si la belleza también tuviera prisa por no dar explicaciones.

Pero yo ya venía de ver lo otro.

Y después de ver lo otro, ningún árbol es solo un árbol, ninguna casa es solo una casa, ninguna carretera es inocente. Todo queda partido por la misma pregunta indecente: por qué a unos la lluvia les moja el jardín y a otros les entra hasta la cocina.

Aun así, nadie allí parecía vencido.

Eso era lo incómodo. Lo admirable no era la pobreza, que solo conmueve de verdad a ratos y desde lejos. Lo admirable era la obstinación. La manera casi insolente de seguir vendiendo, cocinando, cruzando, cargando, mirando, esperando. De no dejar que la miseria les robe también la postura.

La dignidad, al final, no vive en los hoteles, ni en los discursos, ni en las estadísticas.

La dignidad cruza descalza el barro, levanta un cesto, abre un puesto de carne, mira pasar la lluvia tras una chapa torcida y sigue.

Aunque el mundo, por supuesto, mire hacia otro lado.

«Un león está hecho de los corderos que ha digerido.» (En el país donde nació el 13 de marzo de 1900 Yorgos Seferis, Grecia, no había ni hay leones; por eso sospecho que la frase es una alegoría. Por su literatura le dieron el Premio Nobel de lo mismo en 1963)

Hoy Adam Clayton bajista de U2, cumple 66 años y sigue sin encontrar aquello que buscaba. En cuanto nos diga qué es le ayudamos entre tod@s. 

El carrer que no respon

Va besar moltes portes com qui truca a Déu per error. Va dormir amb cossos càlids, amb excuses fredes, amb promeses que feien més soroll que companyia. Va canviar de ciutat, de camisa, de fe i fins i tot de manera de mentir-se. Però cada matí es trobava al mirall amb la mateixa cara de gos abandonat. No li faltava món. Li faltava una esquerda exacta on poder caure sense trencar-se. I va entendre, massa tard, que no buscava ningú. Buscava la versió d’ell mateix que no hagués fugit sempre un segon abans