miércoles, 22 de julio de 2026

 

LA OLA INMÓVIL


Dicen que estamos, en el hemisferio norte, en la tercera ola de calor.

Yo no sé quién las cuenta.

Supongo que habrá alguien en un despacho refrigerado, con una chaqueta colgada del respaldo y una hoja de cálculo abierta. Cuando el termómetro supera los cuarenta grados, pone una raya.

Primera ola.

Segunda ola.

Tercera ola.

Como quien lleva la cuenta de las cervezas que se ha tomado otro.

Lo de «ola» me parece una expresión optimista. Una ola llega, rompe y se retira. Te moja, te revuelca, te llena el bañador de arena y vuelve al mar. Tiene principio y final.

Pero este calor no.

Este calor llegó a mediados de junio, dejó la maleta en el recibidor y preguntó cuál era su habitación. Desde entonces ocupa el sofá, abre la nevera cada cinco minutos y duerme con nosotros.

No parece una ola.

Parece un familiar que ha venido unos días y ya recibe correspondencia en casa.

La temperatura tampoco se mueve. Treinta y tantos grados por la mañana. Treinta y tantos por la tarde. Treinta y tantos por la noche. Una estabilidad que ya quisieran para sí los matrimonios, los mercados y cualquier coalición parlamentaria.

Enciendo el ventilador y me lanza aire caliente. Lo acerco. Lo alejo. Lo giro hacia la pared. Lo vuelvo a poner frente a mí. No refresca, pero hace ruido, y ese ruido me permite creer que algo trabaja para solucionar el problema.

Como el Consejo de Ministros.

El Gobierno dice que la situación está controlada y anuncia un gran pacto climático. En España, cuando un problema no tiene solución inmediata, se le coloca delante la palabra «gran» y detrás la palabra «pacto».

Gran Pacto por el Agua.

Gran Pacto por la Energía.

Gran Pacto por el Clima.

Después se crea una comisión, se constituye una mesa y se encarga un informe que, seis meses más tarde, confirma que hace calor porque han subido las temperaturas.

El presidente comparece en mangas de camisa y asegura que nadie quedará atrás.

Eso tranquiliza especialmente a quienes ya se han quedado atrás y no pueden pagar el aire acondicionado.

El PSOE afirma que avanzamos en la dirección correcta gracias a una transición ecológica justa.

Debe de ser una dirección muy larga.

Llevamos años avanzando hacia ella, pero cada verano arden más bosques, falta más agua y las noches tropicales ya son tan españolas como la tortilla de patatas, la corrupción municipal y las obras que siempre duran dos legislaturas.

El Partido Popular responde que el problema no es el calor, sino la mala gestión del calor.

Con un gobierno serio y moderado, los cuarenta grados serían treinta y ocho y medio. Treinta y nueve como máximo en las comunidades gobernadas por ellos, porque allí hasta el termómetro respeta la Constitución.

Feijóo pedirá elecciones.

No sé de qué forma unas elecciones generales conseguirán refrescar el ambiente, pero tampoco sabía que servían para arreglar los trenes, llenar los embalses, abaratar la vivienda y conseguir que los jóvenes tengan hijos. Por lo visto, sirven para todo.

Vox dirá que no existe ninguna ola de calor.

Lo que existe es una ofensiva climática impulsada por la Agenda 2030 para quitarnos el coche diésel, obligarnos a comer insectos y entregar nuestra soberanía a una adolescente sueca.

Abascal aparecerá a caballo, bajo un sol de justicia, para demostrar que los españoles de bien no sudan.

Transpiran patriotismo.

Después propondrá derogar la Ley de Cambio Climático. Una medida eficaz porque, como sabemos, cuando se deroga una ley desaparece aquello que regula.

Si derogamos la ley de incendios, dejarán de arder los bosques.

Si derogamos la ley de costas, bajará el nivel del mar.

Y si derogamos el Código Penal, se acabará la delincuencia.

No sé cómo no se nos había ocurrido antes.

Sumar explicará que la ola debe abordarse con perspectiva de género, justicia social, movilidad sostenible, fiscalidad verde y un grupo de trabajo plurinacional.

Probablemente tengan razón.

Pero cuando terminen de acordar el nombre del grupo, estaremos celebrando la Navidad en bañador.

Podemos propondrá nacionalizar el sol, crear una empresa pública de ventiladores y gravar las piscinas privadas. Los propietarios de dos piscinas serán considerados grandes tenedores de agua.

Junts exigirá el traspaso integral de las competencias meteorológicas. Las nubes que entren por los Pirineos deberán ser gestionadas por la Generalitat y una parte de la lluvia recaudada no pasará por la caja común.

Esquerra reclamará una república climáticamente sostenible.

No sabemos si refrescará, pero será nuestra.

El PNV, más práctico, negociará una temperatura propia para Euskadi a cambio de apoyar los presupuestos. Conseguirá veintisiete grados, sombra por la tarde y competencias exclusivas sobre el sirimiri.

Mientras tanto, España estará tumbada en el sofá, en calzoncillos, abanicándose con la factura de la luz.

Luego vienen los consejos oficiales.

Hay que beber agua, cerrar las persianas, usar ropa ligera, evitar las horas centrales del día y permanecer en lugares frescos.

Todo muy sensato.

El problema es que las horas centrales empiezan a las nueve de la mañana y terminan a las cuatro de la madrugada. Entre una franja y otra quedan cinco horas para dormir, trabajar, ventilar la casa, pasear al perro y recuperar las ganas de vivir.

También recomiendan acudir a espacios climatizados.

Quien tenga dinero puede encender el aire acondicionado.

Los demás podemos refugiarnos en un centro comercial y fingir durante tres horas que estamos comparando colchones.

Porque el calor también entiende de clases sociales.

No se soportan igual cuarenta grados en un chalet con piscina que en un cuarto piso sin ascensor, orientación sur y unas ventanas que conservan el aislamiento térmico de cuando Franco inauguraba pantanos.

Tampoco es lo mismo soportarlo bajo una pérgola que asfaltando una carretera, limpiando habitaciones, recogiendo fruta o repartiendo hamburguesas en bicicleta.

El termómetro marca lo mismo para todos.

Como la ley.

Luego cada uno lo padece según su patrimonio.

Yo recuerdo veranos calurosos. Recuerdo las ventanas abiertas, los colchones en el suelo y los vasos de agua sobre la mesilla. Pero también recuerdo que, de madrugada, entraba algo parecido al aire.

Ahora abres la ventana y entra julio entero.

No sé si estamos en la tercera ola. Tal vez sea la cuarta. O quizá seguimos en la primera, que se ha negado a marcharse y cambia de nombre para que no reparemos en su duración.

Porque las olas pasan.

Esto se está quedando.

Y mientras el país hierve, el Gobierno convoca un pacto, el PP pide elecciones, Vox deroga el termómetro, Sumar constituye una mesa, Podemos nacionaliza el ventilador, Junts reclama las nubes y el PNV consigue que llueva en Bilbao.

Después llegarán los incendios, las restricciones de agua, las cosechas perdidas y las inundaciones.

Las llamaremos «catástrofes naturales», como si la naturaleza hubiera actuado sola y nosotros pasáramos casualmente por allí.

Se guardará un minuto de silencio.

Se prometerán ayudas.

Se anunciará un plan urgente.

Y cuando vuelva el calor, nos recomendarán beber agua, bajar las persianas y no salir a la calle.

Entonces comprenderemos que no estábamos atravesando una ola.

Estábamos asistiendo, perfectamente informados, a nuestro propio naufragio.

Y en el Congreso seguían discutiendo si el agua que entraba en el barco era progresista, conservadora, española o catalana.

Finalmente llegaron a un acuerdo.

Era culpa del otro.

«El día que yo muera quiero estar vivo.» (Luis Sánchez Polack más conocido por “Tip” hubiese cumplido hoy 100 años pero estuvo vivo hasta los 73. Esa frase podría parecer un disparate pero no lo es. Contiene el deseo profundamente humano de contemplar incluso la propia desaparición)

Richard Davies vocalista de la banda Supertramp hubiese cumplido hoy 82 años. Dejó de soñar a los 81.

Quan l’Arnau va deixar de somiar

Cada matí, l’Arnau arribava tard a la fàbrica perquè s’entretenia imaginant què podien arribar a ser les coses: una sirena, un ocell; una cadena de muntatge, un riu; el cap de personal, una persona.

—Somia menys i treballa més —li repetien.

Un dilluns va obeir. No va imaginar res. La sirena només va cridar, la cadena va engolir vuit hores i el cap continuà sent el cap.

En sortir, tots li preguntaren què els passava.

L’Arnau somrigué:

—Us heu despertat.


martes, 21 de julio de 2026

 

LEGAL, LEGÍTIMO Y OTRAS PALABRAS TRANQUILIZADORAS

(Imagen generada con I.A.)

Esta mañana he intentado pagar el café con legalidad.

—Son dos euros —me ha dicho el camarero.

—¿Acepta usted legitimidad?

Me ha mirado como se mira a quien aún no ha desayunado o ha desayunado demasiado.

—Efectivo o tarjeta.

Ahí está el problema. La legalidad sirve para muchas cosas, pero no para pagar un café. En cambio, sirve estupendamente para explicar determinadas operaciones económicas cuando empiezan a oler raro. No digo que huelan mal. Digo raro, que es una palabra mucho más prudente y, sobre todo, menos querellable.

Nos cuentan que una compañía aérea recibió cincuenta y tres millones de euros del Estado para evitar que se estrellara. Económicamente, se entiende. Una aerolínea debe permanecer en el aire, aunque para ello haya que dejar en tierra cincuenta y tres millones de nuestros euros.

No fue un regalo, nos aclaran. Fue un préstamo.

Me quedo mucho más tranquilo.

Cuando el banco me presta dinero para comprar una vivienda, me exige la nómina, la declaración de la renta, un seguro de vida, la tasación del piso, la historia clínica de mis antepasados y, si pudiera, una fotografía del riñón que piensa quedarse si no pago.

El Estado, en cambio, presta cincuenta y tres millones con una elegancia que conmueve. El Estado confía. Sobre todo, cuando el dinero es nuestro.

Después aparece un asesor.

Siempre aparece un asesor.

Los asesores son personas extraordinarias. No fabrican aviones, no pilotan, no sirven cafés durante el vuelo, no cargan maletas y, probablemente, tampoco saben dónde se encuentra la salida de emergencia. Pero conocen gente. Y conocer gente, en determinados círculos, es una profesión mucho mejor remunerada que conocer un oficio.

Según se investiga, por aquellas labores de acompañamiento se habría pactado una comisión equivalente al uno por ciento del dinero conseguido.

Uno por ciento.

Parece poco. Un porcentaje humilde, casi franciscano. El problema es que el uno por ciento de cincuenta y tres millones son quinientos treinta mil euros. Una cifra que pierde toda modestia cuando uno la pronuncia despacio.

Quinientos.

Treinta.

Mil.

Euros.

Dicen que era una operación legítima. Unos honorarios por asesoramiento. Un trabajo profesional. Nada que objetar, en principio. También cobra un abogado, un médico o un arquitecto por sus conocimientos.

La diferencia es que al abogado se le paga por conocer la ley; al médico, por conocer el cuerpo humano; al arquitecto, por saber por qué no debe caerse un edificio.

Al asesor de influencias, en cambio, se le paga porque conoce a quien tiene que levantar el teléfono.

Y aquí aparece esa pregunta incómoda que siempre llega tarde a las reuniones importantes:

¿Es legal cobrar medio millón de euros por ayudar a conseguir cincuenta y tres millones procedentes del erario público?

Probablemente dependerá de lo que se hiciera, de cómo se hiciera, de qué se hablara, de quién llamara a quién y de si alguien pronunció alguna vez la frase: «No te preocupes, yo conozco a la persona adecuada».

Pero hay otra pregunta que me interesa más:

Aunque fuera legal, ¿es decente?

Porque hemos confundido tanto la legalidad con la honradez que cualquier día veremos a alguien salir de un juzgado gritando:

—¡Soy inocente! ¡Solo soy inmoral!

No todo lo legal es limpio. La ley establece el borde del precipicio, pero no obliga a pasearse por él haciendo equilibrios. Entre cometer un delito y comportarse con decencia existe un territorio inmenso. Es allí donde viven los intermediarios, las puertas giratorias, las llamadas oportunas, los contratos de asesoramiento y las facturas con conceptos tan vagos que podrían servir igual para salvar una aerolínea que para organizar una comunión.

«Servicios estratégicos».

«Acompañamiento institucional».

«Consultoría global».

«Asesoramiento para el desarrollo corporativo».

Palabras grandes para explicar algo muy pequeño: abrir puertas que los ciudadanos normales encontramos cerradas.

A mí me gustaría contratar uno de esos asesores.

No para conseguir cincuenta y tres millones. Tampoco quiero abusar. Me bastaría con que lograse que la Administración me atendiera el teléfono antes de que la música de espera acabase con mis ganas de vivir.

Incluso estaría dispuesto a pagarle el uno por ciento.

Si me consigue una cita previa para esta semana, le doy cinco euros.

Lo más curioso es que nos aseguran que aquellos quinientos treinta mil euros no procedían exactamente del erario público. El Estado prestó el dinero a la compañía y fue la compañía la que pagó a los asesores. Son circuitos distintos.

Naturalmente.

El dinero público entró por una puerta y la comisión salió por otra. No podemos afirmar que fueran los mismos billetes. Los euros, por desgracia, no llevan un collar identificativo ni regresan a casa cuando alguien los llama por su nombre.

Pero la aritmética es tozuda.

Una empresa necesita dinero público para sobrevivir y, al mismo tiempo, encuentra más de medio millón para pagar a quienes la ayudaron a conseguirlo. Debía de estar arruinada, sí, pero conservaba una pequeña reserva para agradecimientos.

No afirmo que nadie haya cometido un delito. Para eso están los jueces, los fiscales, los abogados y los procedimientos que duran lo suficiente para que, cuando llegue la sentencia, ya nadie recuerde por qué empezó todo.

Solo planteo una duda de contribuyente.

Cuando una persona utiliza sus relaciones políticas para facilitar que una empresa reciba millones públicos y cobra en función de la cantidad obtenida, ¿estamos ante un asesor, ante un intermediario o ante un cobrador de favores?

Quizá todo sea legal.

Quizá cada contrato esté firmado, cada factura contabilizada y cada impuesto satisfecho.

Quizá no exista delito alguno.

Pero cuando el dinero público termina financiando comisiones privadas, la legalidad debería dejar de felicitarnos por lo bien que funciona y empezar a preguntarse para quién trabaja.

Porque aquellos quinientos treinta mil euros no salieron directamente del bolsillo del contribuyente.

Dieron una vuelta.

Hicieron escala.

Y aterrizaron en otro bolsillo con todos los papeles en regla.

«Vive con la libertad, por la libertad, para la libertad» (Práxedes Mateo Sagasta dijo esa frase libremente. Cosa muy distinta fue las consecuencias que tuvo y si le hicieron caso. Nació el 21 de julio de 1850 y para presidir varias veces el consejo de ministros espanyol. Consta que fue un estadista)

Cuando escuché por primera vez a Cat Stevens se llamaba así y cantaba canciones como la del vídeo. Luego se cambió el nombre al de Yusuf Islam y poca cosa más supimos de él. No me he olvidado de él y sé que hoy cumple 78 años.

La cambra intacta

Cada matí, ell obria les cortines perquè entrés el sol. Després li pentinava els cabells, li explicava les notícies i deixava una rosa fresca damunt del coixí.

Els veïns deien que la senyora D’Arbanville havia mort feia molts anys.

Ell no els contradeia.

Una tarda, cansat d’esperar que despertés, va tancar la finestra, va retirar les flors seques i besà el buit.

Llavors, des de l’armari, una veu va murmurar:

—Ja era hora que em deixessis marxar.



lunes, 20 de julio de 2026

 

PAN, CIRCO Y PRÓRROGA


Anoche ganó Espanya.

Esta mañana también ganó el Gobierno, la oposición, la monarquía, las comunidades autónomas, los patrocinadores y un señor que llevaba una bandera tan grande que dentro cabía Portugal.

Ganamos todos.

Es la ventaja de las victorias deportivas: pueden repartírselas incluso quienes no tocaron el balón.

Los jugadores corrieron, sudaron, recibieron patadas y marcaron el gol. Después llegaron los demás para levantarlo políticamente.

El Gobierno aseguró que la victoria demostraba lo que Espanya podía conseguir cuando trabajaba unida. Una frase hermosa, viniendo de un Ejecutivo que necesita siete partidos, dos mediadores y varias amenazas para aprobar cualquier cosa.

La oposición afirmó que la selección representaba «la Espanya que funciona». Era una forma elegante de decir que la otra, la gobernada por el adversario, no.

La ultraderecha celebró con entusiasmo a jugadores cuyos apellidos, familias o colores de piel le habrían parecido sospechosamente poco espanyoles cualquier otro día.

Los nacionalistas felicitaron a «los deportistas del Estado», expresión que permite alegrarse sin que se note demasiado.

En política no hay sentimientos.

Hay perífrasis.

Hoy los campeones fueron recibidos por las autoridades. Se habló de esfuerzo, unidad, diversidad, convivencia y espíritu de equipo.

Los jugadores escucharon con educación. Ninguno preguntó por qué esas virtudes resultaban imprescindibles en un vestuario y prescindibles en el Parlamento.

El presidente contempló la copa con evidente admiración. Aquello era una mayoría absoluta: brillante, redonda y sin necesidad de negociar cada asa.

También la oposición quiso participar del triunfo. Si Espanya hubiera perdido, habría exigido responsabilidades al Gobierno. Como ganó, pidió que el Gobierno no se apropiase de la victoria mientras intentaba apropiársela ella.

La diferencia es sencilla.

Cuando lo hace el adversario es propaganda.

Cuando lo hacen los nuestros es patriotismo.

Mientras tanto, los socios parlamentarios miraban la copa calculando cómo dividirla: un trozo para cada grupo, otro para las comunidades autónomas y una comisión bilateral para decidir quién conserva la peana.

Probablemente, después de varias reuniones, la selección habría tenido que levantar siete copas distintas, una de ellas recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Pero hoy Espanya estaba unida.

Lo repetían las televisiones cada diez minutos, no fuera a ser que alguien mirase por la ventana y dudara.

La unidad nacional dura noventa minutos, ampliables mediante prórroga y penaltis.

Después caduca.

Mañana volveremos a discutir por las lenguas, la amnistía, la inmigración, los impuestos, las pensiones, las fronteras y el lugar exacto donde debe colocarse una bandera.

Volveremos a ser nosotros.

El fútbol tiene una ventaja sobre la política: al final siempre se sabe quién ha ganado.

En el Congreso, el Gobierno pierde una votación y celebra su capacidad de diálogo; la oposición la gana y exige elecciones; los socios votan en contra, pero aseguran que mantendrán la legislatura.

Los ciudadanos miramos el marcador sin saber si el partido ha terminado o están revisando la jugada en Bruselas.

En el fútbol, al menos, el árbitro lleva silbato.

Después de la victoria, todas las autoridades buscaron su sitio cerca de la copa. El éxito ejerce una fuerza gravitatoria extraordinaria. Atrae ministros, alcaldes, presidentes y concejales de Deportes que no corren desde la primera comunión.

Lo importante no es haber participado en la victoria.

Lo importante es que la fotografía sugiera que, sin ti, quizá no se habría producido.

Mañana cada partido utilizará la imagen.

El Gobierno dirá que la selección representa una Espanya moderna y plural.

La derecha, una Espanya seria y competitiva.

La ultraderecha, una Espanya orgullosa que no pide perdón.

Los nacionalistas recordarán cuántos jugadores proceden de sus territorios.

Y todos felicitarán a los futbolistas por no mezclar deporte y política mientras los utilizan para hacer política.

Ese es nuestro consenso nacional: no ponernos de acuerdo en nada salvo en aprovecharnos de lo mismo.

Juvenal lo habría entendido.

En Roma, el poder repartía trigo y organizaba espectáculos. Nosotros hemos mejorado el sistema.

Ya no es necesario repartir pan. Basta con prometer que bajará de precio.

El circo tampoco lo paga el emperador. Lo financian las televisiones, los patrocinadores y los propios espectadores mediante camisetas, apuestas y cerveza oficial.

La distracción se ha privatizado.

Los beneficios también.

La emoción, en cambio, sigue siendo pública.

Ayer nos dijeron que la copa era de todos. Hoy pasó por la Zarzuela, la Moncloa y las instituciones. Mañana estará guardada en una vitrina.

A mí no creo que me la dejen ni un fin de semana.

Debo de ser campeón en usufructo.

No culpo al fútbol. Yo también grité el gol. También abracé a un desconocido. También sentí que, por unos minutos, la patria había dejado de ser una discusión para convertirse en una alegría.

El fútbol solo pone la pelota.

Somos nosotros quienes colocamos detrás el Gobierno, la oposición, la bandera, la economía, la unidad nacional y hasta el futuro del país.

Un delantero marca y Espanya demuestra que es competitiva.

El árbitro pita el final y recuperamos nuestro lugar en el mundo.

Al día siguiente uno intenta alquilar un piso, pedir cita médica o hablar con la Administración.

Pero con dos estrellas.

Esta noche los jugadores volverán a sus clubes. Los políticos conservarán las fotografías. Las televisiones guardarán las imágenes para recordarnos que una vez estuvimos unidos.

Nosotros regresaremos a las facturas, las listas de espera y el oficio cotidiano de sobrevivir sin salir en el palco.

Ayer ganó la selección.

Hoy se han repartido la victoria quienes no jugaron.

Y nosotros, felices todavía, les hemos permitido levantar la copa.

El balón entró en la portería.

Nosotros volvimos a entrar en el redil.

Si digo Santana tod@s sabréis a quién me refiero. No, no jugaba a tenis. Su toque de guitarra y ritmo lo podéis ver en el vídeo: es Woodstock 1969. Y, sin embargo, sigue vivo: hoy cumple 79 años.

 

El preu de la pluja

Quan el tambor començà, el poble va creure que plouria. Feia set mesos que els núvols passaven de llarg, com creditors sense paciència.

El vell Manel pujà al campanar amb la guitarra del seu fill mort i n’arrencà una nota tan fonda que les pedres tremolaren. Després una altra. I una altra.

La plaça sencera començà a ballar, descalça, embogida.

Quan arribà el primer tro, Manel ja no hi era. Només quedava la guitarra, fumejant sota la pluja.

Ningú no preguntà què havia cobrat el cel.


domingo, 19 de julio de 2026

 

FUERA DE JUEGO


Eusebio conocía de memoria el reglamento del fútbol. Sabía cuándo una mano era voluntaria, cuándo un delantero interfería en la jugada y cuántos centímetros bastaban para convertir una rodilla en fuera de juego.

Lo que no sabía era por qué le pagaban parte del sueldo en un sobre, por qué el alquiler subía cada año ni qué significaban aquellas cartas certificadas que el banco enviaba a su hermana.

—Eso son cosas de políticos —decía—. Todos iguales.

En cambio, el domingo se levantaba temprano, ajustaba la antena del tejado y colocaba frente al televisor una silla que había rescatado de un contenedor. Durante noventa minutos dejaba de ser un hombre que compartía habitación con sus dos hijos y se convertía en entrenador, árbitro, presidente del club y ministro de Justicia.

—¡Penalti! —gritaba—. ¡Esto es un robo!

Aquella tarde, mientras el equipo de su vida perdía por un gol, llamaron a la puerta. Dos agentes judiciales y un cerrajero le entregaron una orden de desahucio. Eusebio leyó las primeras líneas, no entendió nada y dejó el papel sobre la mesa.

—Ahora no puedo atenderles. Estamos en el descuento.

Los hombres esperaron. El delantero cayó dentro del área y el árbitro mandó seguir. Eusebio se puso en pie, golpeó la pared y exigió justicia con una voz que se oyó en todo el barrio.

Nadie protestó cuando el cerrajero cambió la cerradura.

Al salir, Eusebio todavía miraba por la ventana el televisor encendido. El árbitro consultaba el VAR.

—A ver si rectifica —murmuró.

Pero aquella tarde, como tantas otras, la única injusticia que pudo revisarse fue la del partido.

«Siempre existe algún fenómeno cultural o social ridículo sobre el que se puede escribir.» (Steve O’Donnell cumple hoy 72 años y lo traigo aquí porque me ha copiado el pensamiento. De autoayuda para l@s escritor@s que se encuentran ante la página en blanco)

Urs Bühler miembro del grupo Il Divo cumple 55 años. El grupo, para quién no los conozca, son representantes de la música pastel, esa tan necesaria escuchar para cuando estamos deprimid@s y acabarnos de rematar.

El segon plat

Cada vespre, l’Arnau parava taula per a dos. Deia que era costum, però deixava el plat d’ella calent, com si l’absència pogués arribar tard. Una nit, va sentir la clau al pany. Va córrer cap a la porta amb el cor disposat a perdonar-ho tot.

Era la veïna. Li tornava una carta extraviada.

A dins, la seva dona només havia escrit: «No tornaré. Però no deixis d’estimar-me».

L’Arnau va somriure, va retirar el segon plat i, per primera vegada, va sopar sense esperar ningú.


sábado, 18 de julio de 2026

 

LOS DOS MUERTOS DE TERESA

Cada vez que un camión entraba en la plaza de Sant Jaume, Teresa levantaba la cabeza y esperaba la explosión.

No podía evitarlo. El ruido de los motores se le había quedado adherido al miedo desde los bombardeos de marzo. Primero escuchaba el traqueteo. Después imaginaba el zumbido de los aviones. Por último, antes incluso de que sucediera nada, se le encogía el estómago.

Aquel 18 de julio de 1938 no cayó ninguna bomba sobre la plaza. El camión se detuvo frente al Ayuntamiento y descargó unas cajas de documentos que dos funcionarios se apresuraron a meter en el edificio. A esas alturas de la guerra, hasta los papeles parecían necesitar refugio.

Teresa volvió a su mesa.

Trabajaba en la centralita telefónica del Ayuntamiento desde hacía cuatro meses. Antes cosía para una tienda de la calle Pelai, pero el negocio había cerrado porque faltaban telas, clientas y ganas de estrenar vestidos. La guerra había reducido la moda a dos colores: el gris de la ropa usada y el negro del luto.

Consiguió el puesto gracias a una vecina que conocía a alguien que conocía a alguien. Así funcionaban las cosas incluso durante las revoluciones. Cambiaban los gobiernos, las banderas y los retratos de las paredes, pero siempre era necesario conocer a alguien que conociera a alguien.

La centralita estaba instalada en una habitación interior. No tenía ventanas y olía a polvo, cables calientes y café de achicoria. Teresa pasaba las horas conectando voces que llegaban desde despachos, ministerios, comandancias y edificios oficiales. Voces urgentes. Voces importantes. Voces que daban órdenes a otras voces.

Ella las enlazaba y luego desaparecía.

Aquella mañana había más movimiento del habitual. En el Saló de Cent iba a hablar Manuel Azaña, presidente de la República. Habían llegado autoridades, periodistas y militares con uniformes gastados. Los ordenanzas recorrían los pasillos llevando carpetas. Algunos funcionarios fingían que sabían lo que estaba ocurriendo. Los demás fingían creerlos.

—Hoy tendremos discurso —comentó Enriqueta, la encargada de la centralita, mientras se servía un sucedáneo de café.

—¿Otro?

—Este es del presidente.

—También los otros eran de presidentes, ministros o generales.

—No seas así, mujer.

Teresa conectó una llamada con la Consejería de Gobernación.

—No soy de ninguna manera.

Enriqueta la miró por encima de la taza.

—Desde que murió Julià estás siempre enfadada.

Teresa introdujo una clavija con más fuerza de la necesaria.

—No estoy enfadada.

—Ya.

—Estoy en guerra.

Enriqueta no respondió. No porque estuviera de acuerdo, sino porque en aquellos tiempos había frases que era mejor no discutir. Todas podían terminar convertidas en una acusación.

Julià, el marido de Teresa, había muerto el 17 de marzo, durante uno de los bombardeos sobre Barcelona. Era conductor de tranvía y se encontraba cerca de la Gran Via cuando una bomba italiana abrió la calle y todo lo que había encima.

De Julià recuperaron la cartera, el reloj y una mano.

Teresa no preguntó qué mano.

Le entregaron aquellas pertenencias dentro de una caja de cartón. Durante varias semanas guardó el reloj en el cajón de la cocina, envuelto en un pañuelo. Se había parado a las dos menos cuarto. Al principio le daba cuerda cada mañana. Lo hacía avanzar hasta la hora de la muerte y volvía a detenerlo.

Después dejó de hacerlo.

No era su único muerto.

Su hermano Andreu llevaba muerto desde septiembre de 1936. Había sido maestro en una escuela religiosa y tocaba el órgano los domingos. No era sacerdote ni falangista ni conspirador. Era un hombre tímido que padecía del estómago y tenía la mala costumbre de corregir la gramática de los demás.

Una patrulla fue a buscarlo de madrugada.

Alguien dijo que escondía armas en la escuela. Registraron las aulas y encontraron mapas, cuadernos, dos crucifijos y una colección de minerales. No había armas, pero se lo llevaron igualmente. El cuerpo apareció tres días más tarde en una cuneta, con la camisa abierta y una falta de ortografía escrita en un papel prendido del pecho:

Fascista ajusticiado por el pueblo.

Teresa no pudo evitar pensar que a Andreu le habría molestado especialmente aquella ausencia de precisión.

Durante mucho tiempo conservó separadas las fotografías de sus dos muertos.

La de Andreu estaba en un cajón del dormitorio. La de Julià, sobre la cómoda. Le parecía una traición colocarlos juntos. Su marido había muerto bajo las bombas de los militares sublevados. Su hermano, a manos de quienes decían defender la misma República que Julià había defendido.

Los dos estaban muertos, pero cada uno pertenecía a una explicación diferente.

La guerra exigía ordenar a los muertos antes de llorarlos.

Los buenos a un lado.

Los malos al otro.

Los dudosos, debajo de la alfombra.

A media mañana llegó un técnico de la radio para comprobar la línea por la que se transmitiría el discurso. Era un muchacho delgado, con unas gafas redondas que le agrandaban los ojos. Apenas tendría veinte años.

—Necesito que mantengan libre esta conexión —dijo señalando uno de los cables—. Desde aquí se enviará la señal.

—¿Funcionará? —preguntó Enriqueta.

—Eso espero.

—Últimamente nada funciona.

El joven sonrió.

—Las guerras son poco respetuosas con la técnica.

Teresa observó que le temblaban las manos.

—¿Ha desayunado?

—Sí.

Era mentira. La mentira también pasaba hambre.

Teresa abrió el cajón y sacó medio trozo de pan que guardaba para la comida. Se lo ofreció.

—Tome.

—No puedo aceptarlo.

—Claro que puede.

—De verdad que no…

—Mire, joven, no me haga discutir por medio mendrugo. Tengo mucha práctica y usted ninguna posibilidad.

El muchacho aceptó el pan y se lo comió en cuatro bocados, intentando mantener cierta dignidad. Después le dio las gracias y regresó a sus cables.

A Teresa le recordó a Lluís, su hijo.

Tenía dieciocho años y llevaba seis semanas movilizado. La última carta había llegado cuatro días antes. Estaba escrita a lápiz, sobre un papel doblado varias veces y manchado de tierra.

Decía que se encontraba bien.

Los soldados siempre se encontraban bien en las cartas.

Podían estar hambrientos, cubiertos de piojos, aterrados o con un proyectil pasando por encima de la cabeza. Pero escribían: «Estoy bien, madre».

Lluís pedía calcetines, tabaco para un compañero y unas agujas. Se le había soltado un botón del pantalón y nadie en su unidad sabía coserlo.

Teresa sonrió al leerlo.

Una República llena de discursos y no había sido capaz de enseñar a un grupo de hombres a coserse un botón.

En la última página, su hijo había añadido:

«Dicen que pronto iremos hacia el río. No te preocupes. Estamos preparados».

Teresa no sabía de qué río hablaba. En las guerras, los ríos dejaban de servir para llevar agua. Pasaban a ser posiciones, fronteras o lugares donde ahogar hombres.

Guardaba la carta en el bolsillo del vestido, junto a las fotografías de Andreu y Julià. Había empezado a llevarlas encima desde que Lluís se marchó. No por superstición. Teresa no creía en esas cosas. Las llevaba porque temía que una bomba destruyera la casa y se quedara sin los rostros de sus muertos.

A primera hora de la tarde, el murmullo de los pasillos se apagó.

Azaña había comenzado a hablar.

La voz llegó a la centralita a través de la línea que había instalado el muchacho de las gafas. Sonaba lejana, con una ligera vibración metálica. No era la voz de un hombre dispuesto a prometer la victoria. Tampoco la de un jefe arengando a los suyos.

Era una voz cansada.

Pero no tenía el cansancio de quienes se quejan porque han dormido mal o porque la sopa está fría. Era un cansancio más profundo. El de alguien que había contemplado demasiado tiempo la misma desgracia y empezaba a sospechar que nadie quería terminarla.

Enriqueta subió el volumen.

—Escucha.

—Estoy trabajando.

—Puedes hacer las dos cosas.

Teresa siguió conectando llamadas mientras la voz hablaba de España, de la guerra, de la nación y de los muertos. Algunas palabras se perdían entre interferencias. Otras llegaban nítidas y se quedaban flotando en la habitación.

A Teresa le molestaban los discursos.

Desde que empezó la guerra había escuchado demasiados.

Todos anunciaban la victoria. Todos exigían sacrificios. Todos hablaban del pueblo como si el pueblo fuese un hombre enorme que no necesitara comer, dormir ni enterrar a sus hijos.

Nadie decía:

«Lo sentimos».

Nadie reconocía haberse equivocado.

Los dirigentes hablaban de la historia con una facilidad que daba miedo. Teresa, en cambio, no conocía la historia. Conocía un reloj detenido a las dos menos cuarto. Una cartera manchada. Una cuneta. Un botón sin coser.

Eso era la guerra para ella.

Mientras Azaña continuaba hablando, sacó del bolsillo las dos fotografías.

En una aparecía Andreu, muy serio, junto a sus alumnos. Llevaba una chaqueta demasiado grande y sostenía un libro contra el pecho. En la otra, Julià sonreía apoyado en un tranvía. Se había quitado la gorra y miraba a la cámara con esa expresión de quien cree que la vida va a durar lo suficiente.

Teresa puso las fotografías una al lado de la otra sobre la mesa.

—¿Qué haces? —preguntó Enriqueta.

—Nada.

La voz del presidente hablaba ahora de los hombres que habían caído en la batalla. Decía que los muertos ya no tenían odio ni rencor.

Teresa miró las fotografías.

—Eso habría que preguntárselo a ellos —murmuró.

—¿Qué dices?

—Nada.

Le costaba aceptar que sus muertos ya no odiaran. Ella llevaba dos años odiando por los tres. Odiaba a los hombres que habían sacado a Andreu de casa. Odiaba a los aviadores que arrojaron la bomba sobre Julià. Odiaba a quienes justificaban una muerte para condenar la otra. Odiaba a los que decían que eran daños inevitables, excesos, consecuencias de la lucha o gloriosos sacrificios.

Había tantas formas de llamar a un asesinato que cualquier asesino podía encontrar una adecuada.

Azaña hizo una pausa.

La voz pareció alejarse todavía más, como si viniera de otro tiempo.

Entonces pronunció las tres palabras:

—Paz, piedad y perdón.

Nadie habló en la centralita.

Desde el Salón de Ciento llegó un aplauso. Primero débil. Después más intenso. Los asistentes golpeaban las manos mientras aquellas palabras recorrían la sala, las líneas telefónicas y las ondas de radio.

Teresa no aplaudió.

Paz.

La palabra parecía sencilla. Bastaba con dejar de disparar. Pero todos aseguraban que antes debía ganar alguien.

Piedad.

Esa era todavía más difícil. La piedad obligaba a mirar al enemigo cuando estaba en el suelo y descubrir que tenía una cara. Quizá incluso la cara de un muchacho de dieciocho años que no sabía coserse un botón.

Perdón.

Teresa apartó la mano de las fotografías.

Aquella era la palabra imposible.

Perdonar podía parecerse demasiado a decir que no había ocurrido nada. A borrar el cuerpo de Andreu de la cuneta. A devolver la bomba al avión y la mano de Julià a su caja.

No.

Ella no quería olvidar.

Tampoco estaba segura de querer perdonar.

Pero mientras observaba los dos retratos comprendió algo que hasta entonces no había sido capaz de pensar: no deseaba que Lluís heredara su odio.

Podía dejarle la casa, la máquina de coser, la vajilla desparejada y las deudas. Podía entregarle el reloj parado de su padre y los libros de gramática de su tío. Pero no quería legarle aquella rabia. Bastante tendría el muchacho con sobrevivir a la suya.

Terminó el discurso y los pasillos recuperaron el movimiento. Volvieron las órdenes, los pasos apresurados y las conversaciones a media voz. Las palabras solemnes fueron desalojadas por la burocracia.

Un concejal entró en la centralita buscando una llamada urgente. Llevaba el uniforme impecable y olía a colonia.

—Bonito discurso —dijo mientras esperaba la conexión—. Aunque las guerras no se ganan con piedad.

Teresa insertó la clavija.

—Puede ser.

—Se ganan con disciplina, armas y valor.

—Sobre todo con armas —respondió ella—. El valor suelen ponerlo los hijos de los demás.

El concejal la miró, pero la llamada entró antes de que pudiera contestar.

Al terminar la jornada, Teresa salió del Ayuntamiento. En la plaza todavía había coches oficiales. Un grupo de niños jugaba junto a una barricada de sacos terreros. Uno de ellos levantaba un palo como si fuera un fusil y disparaba contra los demás.

—¡Te he matado!

—¡No me has dado!

—¡Sí que te he dado!

—¡Pues ahora soy de los tuyos!

Los niños cambiaron de bando y continuaron jugando.

Teresa pensó que quizá las guerras empezaban así: alguien te mataba y luego te obligaba a escoger de qué lado habías muerto.

Caminó hasta su casa.

Barcelona estaba cubierta por una luz amarillenta. En las fachadas quedaban heridas de metralla. Había colas frente a las tiendas y mujeres que regresaban con las bolsas casi vacías. En una esquina, un anciano vendía cigarrillos sueltos. Más adelante, dos soldados caminaban abrazados, sosteniéndose el uno al otro. Parecían borrachos, heridos o simplemente cansados. En aquellos días resultaba difícil distinguirlo.

Al entrar en casa, Teresa dejó el bolso sobre la mesa y encendió una lámpara.

Sacó las fotografías.

Buscó en un armario un marco antiguo que había guardado desde la muerte de sus padres. Era de madera oscura y solo cabía una imagen. Retiró el cartón de la parte trasera, colocó los retratos de Andreu y Julià uno junto al otro y recortó los bordes hasta conseguir que entraran.

Quedaron apretados.

El hombro de su hermano rozaba el de su marido.

Teresa sostuvo el marco entre las manos.

—No empecéis a discutir —les dijo.

Por primera vez en muchos meses se rio. Fue una risa pequeña, casi avergonzada, pero consiguió romper algo dentro de ella.

Después se sentó a escribir a su hijo.

«Querido Lluís:

He recibido tu carta. Mañana intentaré enviarte los calcetines, el hilo y las agujas. El tabaco no prometo encontrarlo. Cuando vuelva a verte, te enseñaré a coser. Ya eres bastante mayor para matar y, por lo visto, todavía demasiado pequeño para arreglarte un pantalón».

Se detuvo.

Mojó la pluma y continuó:

«Dices que pronto iréis hacia el río. No sé qué vais a hacer allí y casi prefiero no saberlo. Solo te pido una cosa. No seas un héroe. Los héroes sirven para los discursos, pero dan mucho trabajo a las madres.

Y si alguna vez tienes delante a un hombre del otro lado, míralo antes de disparar. No te digo que no te defiendas. Quiero que vuelvas. Quiero que vivas. Pero procura recordar que el otro también tendrá una madre esperando una carta en la que diga que se encuentra bien.

Regresa como puedas. Con hambre, con miedo, con los pantalones rotos y sin haber ganado ninguna guerra.

Pero no vuelvas con odio.

El odio no cabe en casa».

Firmó la carta, la dobló y la guardó en un sobre.

Antes de acostarse, colocó el marco sobre la cómoda. Los rostros de Andreu y Julià quedaron iluminados por la lámpara.

Uno había muerto a manos de los que decían luchar contra el fascismo.

El otro, bajo las bombas de quienes afirmaban salvar España.

Teresa los miró durante unos minutos.

No sabía si algún día sería capaz de perdonar.

La paz no dependía de ella.

La piedad aparecía cuando podía y casi siempre llegaba tarde.

Pero aquella noche hizo lo único que estaba en su mano.

Por primera vez desde que comenzó la guerra, dejó que sus dos muertos durmieran juntos.

«Nunca ha sabido nadie ni ha podido predecir nadie lo que se funda con una guerra; ¡nunca!» (Frase extraída del discurso que pronunció Manuel Azaña en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938 y que se conoce por la última frase que pronunció: “Paz, Piedad y Perdón”; y recorder las guerras se desencadenan con determinados propósitos, pero terminan creando realidades políticas, sociales y morales imprevisibles.)

Ian Stewart pianista de los Rollings o los Stones hubiese cumplido hoy 88 años. Se quedó o plantó en los 47 aunque tuvo tiempo de participar en las mejores canciones de la banda.


La mida exacta

Va demanar una vida tranquil·la, una dona que no marxés i un gos que no bordés de matinada.

Li van concedir un pis petit, una veïna que cantava boleros i un gat esquerp que apareixia quan volia.

Durant anys va maleir aquella estafa.

Fins que una nit, malalt i sol, la veïna li va portar sopa i el gat es va arraulir als seus peus.

Aleshores va comprendre que la felicitat no s’equivoca mai de comanda.

Simplement, no consulta els desitjos del client.