miércoles, 25 de febrero de 2026

 

LA CORREA INVISIBLE


Me descubrí la cola una mañana de lunes, justo cuando el ascensor decidió oler a jefe.

No era una cola de carne y foto de carnet. Era peor: una cola íntima, nerviosa, hecha de impulso. Se me movía por dentro, como si mi espalda recordara un idioma antiguo que el cuerpo dejó de hablar por vergüenza.

En la oficina nadie vio nada. Nadie ve nada, en realidad. Te pueden cambiar la vida en un Excel y te lo llaman “ajuste”. Aun así, yo notaba el mundo distinto: los ruidos tenían esquinas, los perfumes eran anuncios de guerra, y la alfombra de moqueta —ese pantano corporativo— me pedía la planta del pie como si fuera barro real.

Yo era therian. Eso decía la palabra que encontré una noche, buscando sin quererme. No “me sentía” lobo, ni zorro, ni gato. No iba de disfraz ni de postureo. Era más simple y más difícil: había una parte de mí que no cabía en lo humano sin hacerse daño. Una parte que, cuando me obligaban a sonreír en reuniones, enseñaba los dientes por debajo.

En la pausa del café —yo siempre lo pedía sin cafeína, por puro miedo a mí mismo— me miraban como se mira a un archivo corrupto.

—¿Te pasa algo? —preguntó Clara, con su voz de “te lo digo por tu bien”, que en realidad significa “me incomoda tu existencia”.

Yo noté su pulso en el cuello, esa luz tibia bajo la piel. Noté la mentira en el aire, esa humedad. Y pensé: si hablara como lo que soy, la sala se quedaría sin oxígeno.

—Nada —dije—. Solo… que me cuesta la correa.

Clara soltó una risa pequeña, administrativa.

—¿Correa?

—Sí. La que no se ve.

El director general entró justo entonces, peinado como un decreto. Se acercó con esa autoridad que no nace del talento sino del miedo ajeno.

—Equipo —dijo—. Este trimestre vamos a apretar.

Yo escuché la palabra apretar y mi cuerpo hizo lo que hace un animal cuando presiente la trampa: se preparó para correr, para morder o para desaparecer.

Apreté yo también. Pero por dentro.

Esa tarde, al volver a casa, me quité la camisa como quien se quita un uniforme de especie. En el espejo me miré y no vi nada extraordinario: un hombre cansado, ojos de lunes permanente, manos que han firmado demasiadas renuncias sin firmar las propias.

Entonces noté algo más: la correa invisible no estaba en mi cuello.

Estaba en la muñeca.

Era una pulsera corporativa, de esas “motivacionales”, con letras amables: WE ARE FAMILY.

Me la habían regalado en la cena de empresa, brindando por “el compromiso”. Yo la llevaba por educación, por no ser “raro”, por ese instinto humano de parecer domesticado.

La arranqué.

Y, al hacerlo, no apareció ninguna cola. No aullé. No me convertí.

Solo respiré.

Y entendí lo que me había confundido todo este tiempo: yo no era un animal dentro de un humano.

Era un animal fuera de una jaula que me habían enseñado a llamar “normalidad”.

El lunes siguiente fui a la oficina sin pulsera.

Nadie dijo nada.

Pero el ascensor, por primera vez, olió a aire.

«Se extiende ante nosotros un caos de opiniones tan inextricable, que orientarse parece casi imposible.» (Esta frase la escribió -o dijo- Otto Liebmann entre el 25 de febrero de 1840 y el día donde se fue a la habitación de al lado allá por 1912. Como puede leerse seguimos más o menos igual)

A George Harrison es la tercera vez que lo felicito: hoy hubiese cumplido 83 años pero hace 25 que "yanoestáentrenosotr@s". Es curioso que la canción que más bailé en un baldosín agarrado a una moza, todavía no había llegado a este lugar. My sweet lord. Bona nit.

L’escala que no porta enlloc

Vaig pujar l’escala del terrat amb la gola plena de “ja n’hi ha prou”. A baix, la ciutat feia soroll de monedes i presses. Jo, en canvi, buscava una veu neta, una mà invisible que m’ordenés el caos sense renyar-me. Vaig murmurar un nom —no sé si era Déu, amor o pura necessitat— i el vent me’l va tornar com una rialla suau. No va aparèixer cap miracle: només un silenci càlid, com una promesa que no exigeix res. I, estranyament, em va bastar.



martes, 24 de febrero de 2026

 

CUANDO POR FIN CALLA EL MUNDO


Hay días en los que me sorprendo negociando conmigo mismo como si fuera un país extranjero: “cinco minutos más”, “solo miro esto”, “después empiezo”. Y lo curioso no es que me pase; lo curioso es que me creo mis propias excusas con una facilidad que asusta.

Por eso me fascina esa idea de 1925: alguien se tomó tan en serio la procrastinación que diseñó un casco para aislarte del mundo. Un artefacto que reduce el campo de visión, amortigua el ruido y te deja a solas con la tarea… y con tu cabeza. Casi una confesión tecnológica: no confío en mí, así que me pongo una armadura contra mí mismo.

Pero ahí está la trampa. Pensamos que lo que nos distrae viene de fuera: la gente, el móvil, el ruido, el mundo que insiste. Y sí, claro que influye. Pero cuando el silencio llega, cuando por fin no hay nada que mirar ni escuchar, aparece lo que de verdad pesa: el miedo a hacerlo mal, el cansancio, la pereza que no es pereza sino saturación, la ansiedad disfrazada de “no pasa nada si lo dejo para luego”.

El casco promete foco, pero también revela algo incómodo: aislarse no siempre es concentrarse; a veces es solo quedarse encerrado con lo que uno estaba evitando. Y entonces entiendo por qué muchas “soluciones definitivas” duran lo que dura el entusiasmo: porque no atacan el núcleo, solo le ponen una tapadera.

Así que, cuando me descubro postergando, intento cambiar la pregunta. No “¿qué me distrae?”, sino “¿qué emoción estoy tratando de no sentir?”. Y desde ahí, el foco deja de ser una disciplina militar y se vuelve una cosa más humana: hacer sitio, bajar el ruido lo justo, empezar pequeño… y aceptar que, a veces, el verdadero aislamiento no es del mundo, sino de la excusa.

«¿Por qué soy exactamente este ser y no otro? ¿En este punto del espacio ilimitado y en este instante del tiempo infinito? ¿En este grupo de seres, en este planeta? ¿Por qué existo, si podría haber no existido?» (No hace falta explicar que Stanisław Ignacy Witkiewicz nacido el 24 de febrero de 1885 era filósofo; por su frase lo conoceréis. No contento con eso también se dedicó a la pintura, la fotografía, a la novela, a la dramaturgia y ser teórico del arte. Tal vez fue su afán por responderse a sus preguntas lo que le hizo dedicarse a todo eso)

Michel Legrand tenía 10 años en el verano del 42 (del siglo pasado) Much@s de nosotr@s ni habíamos nacido pero, ese verano, nos produce una nostalgía como si hubiésemos vivido en él.

El que sap l’estiu

A la platja, el vent fa d’advocat: repassa proves invisibles sobre la pell. Ell té catorze anys i un cor que encara no sap mentir. Ella fuma com si el fum pogués tapar una carta que encara no ha arribat.

Quan ballen a la cuina, el terra cruix com un secret vell. Ell aprèn el pes d’un cos trist, la calor d’una dona que no és promesa, només naufragi.

L’endemà, el mar torna a ser mar. Però l’estiu, ja ho sap: el primer tacte no s’oblida mai.


lunes, 23 de febrero de 2026

 

SOMBRAS


Las sombras no vienen a estropear la fiesta. Vienen a recordar que hay un cuerpo frente a la luz.

Nos enseñaron a perseguir la claridad como si fuera una absolución: más luz, menos grietas, cero rincones. Pero la luz no perdona; la luz señala. Y, cuando aprieta, la sombra se vuelve nítida, casi orgullosa, como un trazo de carbón sobre una pared recién pintada.

La sombra te acompaña porque tú existes. Porque ocupas sitio. Porque no eres aire. Caminas y ella camina, pegada a tus tobillos, a tu nuca, a esa zona del pecho donde guardas lo que no te atreves a decir en voz alta. Hay días en que querrías despegarte de ella, dejarla atrás como se deja un abrigo pesado al entrar en casa. Pero la sombra no se deja: no es un objeto, es un resultado.

Cuanto más intensa es la luz, más se nota el relieve de lo que ilumina. La alegría, cuando es de verdad, proyecta su propio contrapeso. Un amor que te despierta dibuja también el miedo a perder. Un logro, con su aplauso, enciende el inventario de renuncias. Y ahí aparece la sombra, más grande, no como amenaza, sino como prueba: hay algo valioso ardiendo.

Confundimos sombra con defecto. Con mancha. Con culpa. Y la sombra, a menudo, es solo el sitio donde la vida no posa para la foto. Ese margen que no entra en el discurso perfecto. La parte que no cabe en una explicación rápida y, por eso mismo, es real.

Hay sombras que son duda —una duda fina, casi elegante—. Otras son vergüenza, que se pega a la piel como una camisa húmeda. Otras son nostalgia: esa punzada suave que aparece justo cuando te ríes, como si alguien, desde lejos, te tocara el hombro. Y también está la sombra del cansancio, que no pide épica, solo una silla y un rato de silencio.

La luz intensa no te hace impecable: te hace visible. Y ser visible es un pacto con lo imperfecto. Se ven tus bordes. Tus cicatrices. Tus contradicciones. Se ve lo que te sobra y lo que te falta. La luz no te mejora: te desvela. Y la sombra no te condena: te da volumen.

Quizá la paz no sea vivir sin sombras, sino dejar de discutir con ellas. Aprender a caminar con esa presencia sin dramatizarla, sin convertirla en enemigo. Mirarla de reojo y decir: estás ahí; yo también.

Porque si hoy tu sombra pesa más, tal vez no sea porque te estés hundiendo. Tal vez sea porque, por fin, estás bajo una luz que importa.

«El coste de la libertad es menor que el precio de la represión. Aunque ese coste sea de sangre» (William Edward Burghardt Du Bois su nombre fue tan largo como su vida: nació el 23 de febrero de 1868 y murió el 27 de agosto de 1963. Aunque hablaba de costes no fue economista ni nada parecido, fue sociólogohistoriadoractivista por los derechos civilespanafricanista, autor y editor estadounidense)

Skylar Grey cumple hoy 40 espléndidos años; la canción del vídeo la co-escribió con Eminem y Rihanna para hacer luego su propia versión. Le quedó preciosa como podréis oir.

La mentida en veu baixa

Canta sense bateria, sense foc d’escenari: només una veu que es rasca el cor. A cada “t’estimo” li cau una engruna de vidre. Ell no hi és, però encara ocupa el passadís: sabates invisibles, alè antic, la clau girant dins el cap. Ella posa les mans al piano com qui posa benes.

No el disculpa. No es disculpa.

Només descriu el cercle: el cop, la carícia, el “perdona”, la pau falsa. I el silenci final, que pesa més que qualsevol crit.


domingo, 22 de febrero de 2026

 

PARA SIEMPRE, POR SIEMPRE, HASTA SIEMPRE


Para siempre, por siempre, hasta siempre…
lo dijimos con la boca ardiendo y las manos temblando,
como quien firma con sangre en la niebla.
La lluvia nos coronó de sal,
y el mundo, por un segundo, dejó de parpadear.

Para siempre, repetí pegado a tu cuello,
y el olor de tu piel —vaina de vainilla y noche—
se me quedó viviendo en la camisa.
Por siempre, juraste, con los ojos brillando
como faros que solo reconocen un barco.
Hasta siempre, brindamos,
y el cristal del vaso vibró como si nos creyera.

Luego vinieron las estaciones con su maquinaria,
los lunes con su peso de plomo,
y el hueco tibio en mitad de la cama
dijo mi nombre en voz muy baja.
Aguanté el filo de tus silencios,
la distancia apoyada en la barandilla de los días,
y aun así te quise: más, más, todavía más.

Si el para siempre se nos quedó grande,
que sea entonces este instante, desobediente y total:
tu boca en la mía, el pulso desbocado,
mi espalda aprendiendo de memoria tus dedos,
las lágrimas como vino dulce detrás de la lengua.

No es promesa, es incendio.
No es futuro, es un ahora que tiembla.
Y si mañana nos falla el valor,
déjame decirlo sin vergüenza:
te amaré igual —con melancolía, con hambre, con fe—,
hasta donde me alcance el cuerpo
y un poco más allá del cuerpo, si me lo pide tu nombre.

«La tierra es cruel, sobre todo la tierra marginal.» (Peadar O’Donnell nació el 22 de febrero de 1893 en la República de Irlanda que es como decir que la tierra era cruel. Su vida de republicano socialista, militante del ira, diputado y escritor no le proporcionaron una vida fácil, pero resistió hasta los 93)

Hoy Jame Blunt cumple 52 años; ya lo felicitamos hace 4 y todavía sigue vivo: parece mentira que aguante tanto el frío y los cuatro años que llevamos ya de guerra en Europa (en alguna ha participado, por si no lo sabíais)

Un mirall al metro

Al metro, ella em mira com si em conegués d’una altra vida: dos segons, prou per encendre’m la pell. Fa olor de xampú car i de pressa. Jo duc una corbata que em penja com una excusa i un somriure que no sé si és valent o patètic.

Les portes s’obren. Ella baixa. Jo no.

Em queda el reflex al vidre: jo, clavat al meu seient, fent-me l’heroi d’una història que no he tingut el cor de començar.


sábado, 21 de febrero de 2026

 

NO QUIERO QUE ME QUITEN EL ESCAÑO

 


Hay algo casi enternecedor —si no fuera tan reiterativo— en ver a la izquierda hablándose a sí misma como quien se deja una nota de voz para convencerse de que mañana sí va a cambiar de vida. Sábado, 21 de febrero de 2026: en Madrid, IU, Sumar, Comuns y Más Madrid presentan alianza para 2027 ante unas 600 personas en el Círculo de Bellas Artes; en Valladolid, Irene Montero suelta una frase pensada para grabarla en mármol: que las alianzas “van a caer por su propio peso” porque “la gente quiere izquierda” para “parar a la derecha”.

El problema es ese: el “propio peso”. Porque si algo ha demostrado la izquierda española en la última década es que cae, sí… pero no siempre hacia la unidad. A veces cae hacia “la casa común”; otras, hacia “mi marca, mi lista, mi espacio, mi relato”. Y así la política se nos queda como un edificio en obras donde todos discuten el plano mientras el ascensor ya se lo han llevado los de mantenimiento.

Lo más fino —lo que convierte esto en sátira sin necesidad de añadirle adorno— es esa otra perla: “lo importante que ha pasado esta semana ya ha pasado”. Es un haiku de partido. Una forma elegante de decir: “Sí, os he visto… y he decidido que ya sois ayer”. Mientras tanto, los del acto se entregan al vicio nacional de la izquierda: la épica del PowerPoint. Unidad, no resignación, proyecto ganador. Todo suena bien hasta que preguntas lo indecente: quién manda, cómo se llama la criatura, qué acuerdo mínimo tiene… y si alguien ha visto a la fundadora de Sumar por el edificio. Porque el detalle de que Yolanda Díaz no acuda no es un dato: es un símbolo con piernas.

Y entonces aparece el intento de ponerle traje serio a la fiesta: Urtasun recordando que la “aritmética” es necesaria, pero que no se gana solo maximizando escaños, que hace falta “un proyecto político ganador”. Traducción al castellano de calle: sumar está muy bien, pero si la gente os ve como una reunión de antiguos compañeros que no se soportan, no hay Excel que lo arregle.

También está la propuesta de Rufián sobre candidaturas de unidad entre izquierda federal y nacionalista, que es como decir: “ya que os cuesta quereros, por lo menos firmad algo juntos antes de que os fusilen… políticamente”. Y la izquierda, que tiene un talento innato para convertir cualquier pregunta en un congreso, responde con otra pregunta, y luego con un matiz, y luego con una mesa de trabajo.

Hasta aquí, el teatro conocido. Pero lo que chirría de verdad —lo que huele a guion repetido— es que, cuando uno rasca el barniz de “proyecto”, lo único nítido del supuesto programa es una cosa: atizar el miedo. Que viene la derecha. Que viene la ultraderecha. Y ojo: puede ser cierto, puede ser un riesgo real, puede ser incluso urgente. Pero como programa suena demasiado a alarma antiincendios: muy útil para avisar del humo, pésima para cocinar.

Porque cuando tu principal propuesta consiste en gritar “¡lobo!” cada tres frases, llega el momento incómodo —ese que nadie quiere oír con micrófono, pero que se oye perfecto en el bar— en que toca hacerse la pregunta prohibida: ¿de qué tienen miedo exactamente? ¿De que gobiernen los otros… o de que se les acabe el escaño y con él el sueldo, el despacho, el asesor, la agenda llena y esa sensación embriagadora de “importar” aunque el balance de resultados sea, digamos, discutible?

El electorado —esa entidad mística a la que todos invocan— quizá sí “quiere izquierda”. Pero también quiere algo mucho más humillante para la clase política: coherencia, resultados, y la sensación de que no le están vendiendo una reconciliación que dura lo que tarda en filtrarse un WhatsApp. Quiere que le hablen del alquiler, de la sanidad que no llega, de la precariedad que no se va, del cansancio que ya no cabe en un eslogan. Y no solo del monstruo que viene… sino de la casa que se supone que quieren construir.

La derecha y la ultraderecha funcionan aquí como comodín perfecto: sirven para tapar costuras, para aplazar el programa y para justificar cualquier pacto… menos el pacto más difícil: el de renunciar a un trocito de poder propio para construir algo que no dependa de la amenaza constante. Y por eso la “unidad” se invoca como un espíritu, como si bastara con pronunciarla tres veces delante del espejo del Círculo de Bellas Artes para que aparezca, maquillada y peinada, con un acuerdo real bajo el brazo.

Así que sí: habría que preguntarse —con toda la mala leche del mundo, pero con la lucidez intacta— si el miedo que reparten es por responsabilidad democrática o por instinto de conservación laboral. Porque a veces la política no es ideología: es nómina con micrófono.

«Llamé al cielo y no me oyó, / y pues sus puertas me cierra, / de mis pasos en la tierra / responda el cielo, y no yo.» (Cualquier lector habrá reconocido la anterior estrofa  del “Tenorio” de José Zorrilla. La parrafada viene que ni pintada a la reflexión de hoy: yo hice lo que pude pero nadie me escuchó, así que darles las culpas a los que no me escucharon porque ell@s son l@s causantes de la “catástrofe”. Zorrilla, el dramaturgo, nació el 21 de febrero de 1817 y no hablaba de política en “Don Juan Tenorio”; hablaba de seductores)

Leo Délibes fue un compositor romántico francés que nació el 21 de febrero de 1836; su obra más conocida es la ópera Lakmé y, dentro de ella, ese Dueto de las Flores que es una auténtica maravilla.

Sota la cúpula, ningú mana

Baixen al riu com qui baixa una persiana: sense fer soroll. Les flors, obedients, s’obren amb olor de promesa barata. Elles canten i el món s’hi posa bé, com un vestit prestat. Però jo les miro les mans: no recullen pètals, recullen temps. I el temps punxa. La melodia fa d’aigua, fa de seda, fa de “no passa res”. Mentida. Sota la cúpula espessa, fins i tot l’amor té un vigilant. I somriu.

Y algún/a cinéfil@ habrá reconocido también el dueto que sirvió de fondo para la llamada "escena de los sicilianos" de la película "Amor a quemarropa", con guión de "yasabéisquién". Si, si... Quentin Tarantino.