jueves, 22 de octubre de 2026

 

PROGRAMA ELECTORAL: JA, JA, JA

Esta mañana me han enviado un vídeo por WhatsApp. En él, un político anunciaba, con gesto de extrema gravedad, que había encontrado la solución al problema de la vivienda: «A partir de ahora los metros cuadrados se medirán en centímetros. De esta manera, todos tendrán casas mucho mayores».

El vídeo era falso. Eso se veía enseguida, aunque no porque el disparate delatara el engaño. Era una caricatura confeccionada por alguien con un ordenador y bastante mala leche. Me reí. Y lo reenvié, que es la manera moderna de dar una palmada en la espalda sin tener que levantarse del sofá.

Después me pregunté una cosa: ¿cuándo dejamos de necesitar a los humoristas para reírnos de los políticos?

Recuerdo aquellos programas en que un imitador se ponía una peluca, exageraba la voz de un presidente y nosotros nos partíamos de risa. Había una cierta distancia, perfectamente reconocible, entre el personaje y la persona. Sabíamos que aquel señor no había dicho semejante barbaridad, por mucho que sospechásemos que podía estar pensándola.

Ahora cuesta más distinguirlos. Y no me refiero únicamente a los vídeos falsificados con inteligencia artificial. Basta encender la televisión y escuchar un debate parlamentario. Hay intervenciones que, sacadas de contexto, parecen escritas por un guionista de comedia. Y otras que necesitan el contexto para dejar de parecerlo.

Pero lo curioso del asunto es que la parodia ha pasado de los escenarios a los teléfonos, y de los teléfonos al mismísimo campo de batalla político. Ya no esperamos al chiste del viernes por la noche. Lo fabricamos el lunes por la mañana, lo compartimos antes de desayunar y, si tiene suerte, el miércoles ya habrá hecho carrera electoral.

A mí el humor político me parece saludable. Los poderosos suelen tener un exceso de solemnidad y una resistencia muy limitada a que alguien se ría de ellos. Una carcajada bien dirigida es capaz de perforar discursos que han resistido treinta entrevistas. El problema empieza cuando dejamos de escuchar lo que se dice porque nos basta con disfrutar de cómo queda ridiculizado quien lo dice.

Y ahí también me incluyo.

Porque tengo la desagradable sospecha de que nos hace mucha gracia el disparate cuando lo pronuncia el político al que detestamos y bastante menos cuando sale de la boca de aquel al que defendemos. De repente, el primero es un payaso y el segundo, una víctima de la manipulación. Curioso oficio el de la objetividad, que se toma vacaciones cada vez que llegan nuestras simpatías.

Parece que hacer política consiste, cada vez más, en lograr que el adversario quede convertido en un meme antes de que pueda terminar la frase. Una campaña puede no explicar qué va a hacer con las pensiones, pero si consigue un vídeo de veinte segundos que provoque cincuenta mil risas, ya tiene media mañana resuelta.

Por cierto, después de reenviar el vídeo quise saber qué había dicho realmente aquel político. Abrí una noticia, empecé a leerla, me llegó otra notificación y acabé viendo un gato que se tiraba de cabeza a una bañera.

El gato, por lo menos, no prometía nada.

«Solo eres tan joven como la última vez que cambiaste de opinión» (Timothy Leary nacido el 22 de octubre de 1920 para ser sicólogo, escritor y activista estadounidense; dio clases en Harvard, Universidad con la que acabó fatal por sus ideas con LSD. La frase tiene una buena reflexión sobre la juventud entendida como capacidad de revisar las propias convicciones, más allá de la edad biológica)

Georges Brassens hubiese cumplido hoy 105 años, pero se quedó en 60 años y siete días. La vida de anarquista y la mala reputación que eso le generaba le pasaron factura.


Les sabates vermelles

El dia que van enterrar el seu marit, la Mercè va comprar unes sabates vermelles. No va assistir al funeral.

El capellà va parlar d'un home exemplar. Les veïnes van trobar escandalós que ella ni tan sols dugués dol.

Durant quaranta anys, ell li havia triat les sabates. Sempre negres, sempre planes. També decidia quan podia sortir.

A la tarda, la Mercè va passar per davant del casino. Els homes van deixar de parlar.

—Quina poca vergonya! —va escopir algú.

Les sabates li feien mal.

Va continuar caminant.

miércoles, 21 de octubre de 2026

 

LO HE VISTO CON MIS PROPIOS OJOS

Esta mañana he visto a un pingüino esperando el metro en la estación de Diagonal, en Barcelona. Estaba junto a una máquina expendedora de billetes y un señor con corbata le acariciaba la cabeza. Los demás viajeros seguían mirando sus móviles.

Muy barcelonés todo.

Me lo he creído. Durante unos segundos, pero me lo he creído.

Después he descubierto que el vídeo era falso. Generado por inteligencia artificial. Ni pingüino ni señor con corbata. Lo único auténtico era la estación.

Y he recordado aquella frase con la que, antiguamente, pretendíamos zanjar cualquier discusión:

—¡Te lo digo yo, que lo he visto con mis propios ojos!

Pues resulta que ahora nuestros propios ojos también nos engañan. Podemos ver a un presidente anunciando su dimisión, a un famoso confesando un crimen que nunca cometió o a un muerto felicitando las Navidades a sus familiares.

Todo con sus voces, sus gestos y hasta ese pequeño tic que tenían en la comisura de los labios.

Y todo mentira.

Bueno, todo no. Ese es precisamente el problema.

Porque también vemos guerras verdaderas, niños heridos de verdad y políticos diciendo auténticas barbaridades sin necesidad de manipulación alguna. La estupidez humana, por ahora, sigue siendo artesanal.

Tenemos más medios que nunca para saber lo que ocurre en el mundo y cada vez sabemos menos qué debemos creernos.

Aunque reconozco que yo tampoco ayudo demasiado.

Cuando una noticia confirma lo que pienso, me la creo casi inmediatamente. Si contradice mis convicciones, me convierto en un investigador de prestigio internacional. Examino la fuente, la fecha, las imágenes y, si hace falta, los antecedentes penales del periodista.

Una rigurosidad admirable. Lástima que sea tan selectiva.

Y empiezo a temer que pronto suceda algo todavía peor: que las imágenes verdaderas dejen de servir como prueba de nada. Cualquier delincuente podrá decir que su vídeo es falso. Cualquier mentiroso tendrá a la inteligencia artificial como testigo de descargo.

Hasta imagino a alguien gritando que se está ahogando mientras los presentes discuten si la escena es real o está generada por ordenador.

En fin.

He vuelto a mirar al pingüino del metro. Allí seguía, tan tranquilo, esperando un tren que nunca llegaría a recogerlo.

Me ha parecido tan simpático que he decidido enviárselo a un amigo.

«Mira qué curioso. No sé si es verdad, pero es una pasada».

Me ha contestado enseguida:

«¡Increíble! Se lo paso a mis hijos».

He estado a punto de decirle que era falso.

Pero tampoco iba a estropearle la ilusión por una tontería. Además, yo había escrito que no sabía si era verdad. Técnicamente, no había mentido. Aunque sí lo sabía.

Al cabo de diez minutos me ha llegado el mismo vídeo desde otro grupo de WhatsApp.

«¡Mirad lo que ha pasado esta mañana en Barcelona!».

Han empezado a llover los comentarios. Caritas sorprendidas, pingüinos, carcajadas y algún que otro insulto al Ayuntamiento por permitir animales sueltos en el metro.

He disfrutado leyendo las ocurrencias.

Hasta que uno de los participantes ha preguntado:

—¿Alguien sabe si es auténtico?

He mirado la pantalla. En otra pestaña seguía abierto el artículo que explicaba cómo habían fabricado el vídeo.

Podía compartirlo. Pero tampoco era cuestión de hacerse el listo delante de todo el mundo. Y, además, ¿qué daño hacía un pingüino esperando el metro?

—A mí me ha llegado por varios sitios —he escrito.

No era mentira. Me había llegado por varios sitios.

—Entonces debe ser verdad —ha contestado alguien.

Le he puesto un «me gusta».

Poco después, otro participante ha compartido un vídeo con unas declaraciones escandalosas de un político. Alguien ha demostrado que también era falso.

«¡Hay que contrastar las noticias antes de difundirlas!», he escrito.

He recibido seis «me gusta» y un aplauso.

Me he sentido satisfecho. Especialmente porque tenía toda la razón.

Después he pensado que mis amigos de Facebook también merecían disfrutar del pingüino. He vuelto a compartir el vídeo, pero esta vez he quitado la frase «No sé si es verdad».

No aportaba nada. Además, ya lo había comprobado y sabía que era falso. No necesitaba expresar dudas.

En pocos minutos tenía diecisiete reacciones y varios comentarios.

Uno decía:

«¡Qué vergüenza! ¡Y luego dicen que en Barcelona no pasan cosas raras!».

He soltado una carcajada.

Otro me ha preguntado:

—¿Es verdad? ¿Lo has comprobado?

He vuelto a mirar la pestaña que aún tenía abierta. Allí seguía el desmentido, con las imágenes originales y el procedimiento utilizado para fabricar aquella escena imposible.

He empezado a escribir una explicación.

«Es un montaje hecho con inteligencia artificial».

La he leído dos veces. Si la publicaba, tendría que reconocer que lo sabía desde el principio. Y eso podía dar lugar a interpretaciones equivocadas sobre mi conducta.

La he borrado.

Entonces he visto que el contador había subido a veintitrés reacciones.

He vuelto a reproducir el vídeo. He ampliado la imagen, he examinado las sombras, los movimientos del animal, la expresión del señor de la corbata. Todo parecía auténtico.

He pensado que, si alguien era capaz de fabricar algo tan perfecto, tampoco podía exigírseme que lo distinguiese de la realidad.

Era un argumento razonable.

He contestado:

—Por supuesto que lo he comprobado.

—¿Y cómo estás tan seguro?

He cerrado la pestaña del desmentido.

—Porque lo he visto con mis propios ojos.

Y he seguido desayunando.

Unos minutos después, alguien ha escrito que el vídeo era falso y ha publicado el enlace que yo acababa de cerrar.

He tenido el impulso de darle la razón.

Pero he visto que ya tenía treinta y dos «me gusta».

Así que le he respondido:

—Hoy en día hay gente que se empeña en negar hasta lo que tiene delante de las narices.

Y, por primera vez en toda la mañana, me he creído lo que estaba diciendo.

«La justicia solo se encuentra en la imaginación» (Alfred Nobel nacido el 21 de octubre de 1833 para darle nombre y dinero a los premios que se reparten en su nombre. Personaje contradictorio que pensaba que el poder destructivo de las armas -con las que hizo una considerable fortuna- disuadiría a las naciones a entrar en guerra. Consideración, visto lo visto, mas que discutible. Como también lo es la frase de hoy que deja una reflexión: ¿es la justicia una realidad imperfecta que debemos mejorar o un ideal que nunca alcanzaremos?)

Jon Carin cumple hoy 62 años y es un músico estadounidense que ha tenido la suerte de tocar en las dos (para mi) mejores bandas de los EEUU: Pink Floyd y The Who. En el vídeo, con los rosas interpretando Wish You Were Here (Ojalá estuvieses aquí)

L'home de la butaca

Després de sopar, en Martí encenia el televisor i la Clara li explicava el dia. De tant en tant, ell deia «ahà» sense apartar els ulls de la pantalla.

Un vespre, ella va deixar una postal damunt la taula: «Tant de bo fossis aquí».

—Però si soc aquí —va protestar.

—Ja.

L'endemà, en Martí arribà aviat, apagà el televisor i s'assegué al seu costat.

Ella li va parlar d'una dona que havia conegut al tren.

—Qui és?

—La que m'ha llogat una habitació.

En Martí va buscar el comandament a les palpentes.

martes, 20 de octubre de 2026

 

EL ALUMNO EJEMPLAR

El chico sacó un diez.

Un diez tan limpio que daba miedo.

No había una falta de ortografía, una coma extraviada ni uno de esos adjetivos que los alumnos colocan donde pueden cuando no saben muy bien qué quieren decir. La introducción abría el tema con elegancia, el desarrollo avanzaba sin tropezar y la conclusión cerraba todas las puertas.

El profesor lo leyó dos veces.

Después dejó el bolígrafo rojo sobre la mesa. No sabía dónde clavarle una corrección.

—Brillante —murmuró.

Pero algo no encajaba.

En aquellas páginas no estaba el chico. No aparecía su manera atropellada de hablar, ni sus dudas, ni aquella costumbre de empezar una frase sin saber cómo iba a terminarla. Ni siquiera había una idea equivocada, que suele ser el primer indicio de que alguien ha pensado por su cuenta.

El trabajo no olía a copia.

Olía a ausencia.

Poco después, el colegio aprobó una nueva norma. Los alumnos tendrían que entregar también los borradores, las tachaduras, las preguntas absurdas, los párrafos abandonados y cualquier otra prueba de que habían permanecido vivos mientras escribían.

El chico protestó.

Sus padres hablaron de progreso, de nuevas herramientas y de no poner puertas al futuro. El director creó una comisión. La comisión encargó un informe. El informe dio lugar a un protocolo de treinta y siete páginas que nadie leyó, aunque todos aprobaron por unanimidad.

Estaba redactado de manera impecable.

Desde entonces, los profesores comenzaron a buscar en cada trabajo algo más difícil de corregir que una falta de ortografía: al alumno.

A veces lo encontraban en una frase torpe.

Otras, en una duda.

Y alguna vez, incluso, en un error.

El chico volvió a entregar su trabajo.

Sacó un ocho.

Los dos puntos que faltaban eran los únicos que había escrito él.

«No basta con desear ser libre; también se necesita saber» (La frase de Christopher Caudwell nacido el 20 de octubre de 1907 y traspasado a la habitación de al lado el 12 de febrero de 1937 justo cuando entraba en combate defendiendo la Segunda República española en el Jarama)

Ángela Brambati celebra hoy su 79 aniversario y sigue cantando "Sara perche ti amo" que no necesita traducción. El amor no lo necesita. 

L'aniversari

Van sortir del jutjat amb el divorci signat i sense saber què dir-se.

A la plaça, un acordionista tocava Sarà perché ti amo. La Mercè va allargar la mà. En Pere, després de dubtar, l'hi va agafar.

Van ballar entre turistes i coloms. Ell encara recordava quan havia de fer-la girar.

—Celebreu l'aniversari? —preguntà el músic.

—Trenta-vuit anys —respongué en Pere.

—Un dia —el corregí ella.

Van deixar unes monedes a l'estoig.

—Demà et truco? —preguntà ell.

—Per què?

—Encara no ho sé.

La Mercè va somriure. Aquesta vegada no li va donar cap resposta.


lunes, 19 de octubre de 2026

EL DIVORCIO DE ALQUILER

El día que nos divorciamos compré dos rollos de cinta adhesiva. María quería comprar dos maletas, pero después de consultar el precio de los alquileres en Barcelona, llegamos a la conclusión de que resultaba más económico dividir el piso que dividir nuestras vidas.

Llevábamos cuarenta años casados. Los últimos cinco, dedicados a discutir por asuntos tan trascendentales como la temperatura del aire acondicionado, el volumen del televisor o mi irritante costumbre de dejar los zapatos donde me los quitaba.

El amor se había terminado. La paciencia, también. Solo nos quedaba el contrato de alquiler, firmado cuando todavía se podía vivir en Barcelona sin necesidad de tener un antepasado millonario.

Así que establecimos fronteras.

Una línea amarilla atravesaba el salón, partiendo el sofá en dos mitades. En la cocina, cada uno disponía de sus propios armarios y medio frigorífico. El balcón también quedó dividido, aunque ella se apropió de la parte soleada alegando derechos adquiridos por cuarenta años de matrimonio.

—¿Y el baño? —pregunté.

—Territorio neutral. Pero bajas la tapa.

Aquello empezaba a parecerse sospechosamente a nuestro matrimonio.

Dormíamos en la misma cama, separados por una almohada que hacía las funciones de muro fronterizo. El primer día intenté levantarme durante la noche y acabé en el suelo. María, que llevaba años quejándose de mis ronquidos, comentó desde su lado:

—Por lo menos ahora te caes en tu territorio.

Las primeras semanas fueron razonablemente pacíficas. Nos cruzábamos en el pasillo con la cortesía distante de dos vecinos que tienen pendiente una denuncia por ruidos.

Hasta que María enfermó.

La escuché toser de madrugada. Me levanté, calenté un poco de leche y fui a buscar el termómetro. Tenía treinta y nueve de fiebre.

Me senté a su lado. Le aparté el pelo húmedo de la frente, como había hecho tantas veces.

—Estás invadiendo mi zona —murmuró.

—Presenta una reclamación a Naciones Unidas.

Sonrió apenas y me cogió la mano.

Me quedé allí hasta que se durmió.

Un mes después fui yo quien tuvo que guardar cama. María cruzó la frontera cargada con una bandeja, las pastillas y su habitual mal humor.

—Tómate esto y deja de hacerte el moribundo.

Aquella noche retiró la almohada que nos separaba. No dijo nada. Yo tampoco.

Seguimos divorciados. No hemos vuelto a besarnos ni tenemos intención de reconciliarnos. A veces discutimos por quién ha gastado más agua caliente. O por las visitas. Ella insiste en que tengo la mala costumbre de respirar demasiado fuerte.

La sentencia judicial nos reconoció el derecho a rehacer nuestras vidas por separado.

La semana pasada recibimos una comunicación del propietario anunciando una subida del alquiler.

María la leyó, me miró y preguntó:

—¿Y si nos volvemos a casar?

—¿Para qué?

—Para desgravar algo, aunque sea la desgracia.

Todavía estamos estudiándolo.

Mientras tanto, hemos dejado la cinta adhesiva donde estaba.

Excepto la de la cama. 

«Es mejor escribir bien que escribir mucho» (Marsilio Ficino nacido el 19 de octubre de 1433 para filosofar sobre lo que pensaba respecto a l@s que escribimos mucho)

El 19 de octubre de 1845 se estreno en Dresde la ópera Tannhäuser de Richard Wagner. Años más tarde, Karajan, pudo dirigir esa ópera y nos dejó la maravilla del vídeo.


El pecat que no prescriu

Van retrobar-se després de trenta anys, en un funeral.

—Encara vas a missa? —preguntà ella.

—Cada diumenge.

—I Déu et perdona?

—Tot menys haver-te estimat.

Ella va somriure. Tenia les mans arrugades, però conservava aquella manera de mirar-lo que li desordenava les conviccions.

—Em vaig casar amb un home bo.

—Ho sé.

—Mai no m'ha preguntat si soc feliç.

Ell va voler agafar-li la mà. Ella no la va retirar.

Quan el sagristà apagà els llums, continuaven asseguts.

A fora, el marit d'ella feia estona que esperava.


domingo, 18 de octubre de 2026

 

SE BUSCA ABOGADO. ABSTENERSE HUMANOS

Ayer vino a mi despacho un cliente bastante preocupado. Había consultado su problema jurídico con una inteligencia artificial y esta le había asegurado que tenía todas las de ganar.

—Entonces, ¿para qué viene a verme? —le pregunté.

—Porque quería una segunda opinión.

Leí la respuesta de la máquina. Diecisiete páginas, doce sentencias del Tribunal Supremo y una argumentación impecable. El único inconveniente era que nueve sentencias no existían y las otras tres trataban asuntos completamente distintos.

—Su abogado artificial se ha inventado la jurisprudencia.

—Pues qué raro. Me ha dicho que tiene una experiencia equivalente a treinta años de ejercicio.

—¿Y está colegiado?

—No lo sé, pero contesta los domingos.

Aquello me dejó pensativo. Yo llevaba más de cuarenta años ejerciendo la abogacía, había perdido pleitos que merecía ganar, ganado otros que daba por perdidos y aprendido que, en ocasiones, el mejor consejo jurídico consiste en recomendar al cliente que se olvide de los tribunales.

La máquina, en cambio, jamás había pisado un juzgado, sufrido una condena en costas ni soportado a un cliente que te llama un viernes a las diez de la noche porque acaba de recordar un pequeño detalle que cambia todo el procedimiento.

—¿Y cuánto le ha cobrado? —pregunté.

—Nada. Es gratis.

Comprendí entonces que mi profesión estaba en peligro.

El cliente recogió sus papeles y, antes de marcharse, me hizo una última pregunta:

—¿Usted cree que algún día las inteligencias artificiales podrán ejercer de abogados?

—Seguramente. Incluso podrán sustituirnos.

—¿Y qué harán ustedes?

—Lo que llevamos haciendo toda la vida: buscar un responsable.

Aquella noche le pregunté a mi inteligencia artificial si podía llamarse abogado.

Me respondió que no tenía título, ni colegiación, ni capacidad para asumir responsabilidades profesionales.

Por primera vez en muchos años encontré a alguien que sabía de Derecho y reconocía sus limitaciones.

Le ofrecí asociarse conmigo.

«La verdadera libertad consiste en tener suficiente poder para hacerlo todo, y suficiente inteligencia y amor para hacer una sola cosa: la mejor». (La frase es de Alfred Fouillée nacido el 18 de octubre de 1838. Interesante frase que nos dice que la libertad alcanza su mayor expresión cuando podemos hacer cualquier cosa, pero decidimos hacer aquello que consideramos mejor. Poc@s l@s elegid@s)

La canción del vídeo, I Fought the Law (Luché contra la Ley)  de The Clash fue lanzada en 1960 y ya hablaba de robots que sustituyen a abogados. Afortunadamente esa realida me ha cogido ya casi al final...


La plaça vacant

«Es busca advocat. Absteniu-vos humans».

Vaig enviar el currículum. Quaranta anys de professió i una pensió insuficient.

—Sol·licitud rebutjada —contestà el sistema.

Vaig denunciar-lo per discriminació.

El jutge artificial em donà la raó: la prohibició era il·legal. Em vaig aixecar, satisfet.

—Un moment —digué el jutge—. Aquesta sentència necessita validació humana.

—Doncs validi-la jo mateix.

—No pot. Vostè és part interessada.

—Queden jutges humans?

La pantalla va començar a buscar.

Encara busca.

Cada matí hi passo, amb l'esmorzar. De vegades, em saluda.