viernes, 24 de julio de 2026

 

EL SECRETO DE LAS HELENAS

Ni bótox, ni cremas antiarrugas, ni láseres capaces de plancharte hasta los recuerdos. Tampoco operaciones que te dejan la cara tersa, inmóvil y con cierto parecido a una prima lejana de ti misma.

El secreto para ser joven —no para parecerlo, que eso es cosa de espejos y presupuestos— ya lo conocían las helenas.

En la antigua Grecia, o eso se cuenta, algunas mujeres comenzaban a calcular su edad desde el día de su matrimonio, no desde el de su nacimiento.

Así, una mujer nacida hacía cuarenta años, pero casada hacía diez, tenía diez.

No habían descubierto la eterna juventud.

Habían hecho algo mucho más inteligente: cambiar el calendario.

Porque el tiempo, cuando no se puede detener, siempre admite una buena contabilidad.

«Todos somos casas encantadas; siempre hay algún fantasma llamando a la puerta o acechando en el crepúsculo.» (El mundo de Edward Frederic Benson siempre estaba lleno de fantasmas -fue escritor de novelas de terror. Much@s de nosotr@s tampoco nos libramos de ellos. El autor de la frase hubiese cumplido hoy 159 pero con 73 se convirtió en fantasma)

La canción de Alphaville del vídeo es el deseo más expresado de querer permanecer siempre jóvenes. No creo que lo consiguieran a no ser de pactos inexplicables.


El noi del mirall

Cada aniversari, l’avi es fotografiava davant del mateix mirall. Als vint, somreia. Als quaranta, dissimulava. Als setanta, ja no hi apareixia: només retratava la cadira buida.

Quan va morir, la neta ordenà les fotografies i descobrí que, al fons del mirall, hi havia sempre el mateix noi, quiet, esperant.

Va girar l’última imatge. Al darrere, amb la lletra tremolosa de l’avi, deia:

«No volia viure per sempre. Només saber quin dels dos envelliria primer.»


jueves, 23 de julio de 2026

 

LA ÚLTIMA PREGUNTA

Al principio fue útil.

Así empiezan casi todas las cosas que terminan ocupando más sitio del que les corresponde. No irrumpen con una careta de villano ni con un cuchillo entre los dientes. Entran como entran los buenos comerciales, los amantes torpes y ciertos vicios elegantes: resolviendo un problema.

A Julián la inteligencia artificial le había puesto orden en el despacho. Le afinaba correos, resumía informes, corregía escritos y hasta encontraba la manera de decirle a un cliente que su asunto estaba perdido sin que pareciera que también lo estaba la esperanza. Era una bendición. Una especie de pasante sin horario, sin sindicato y sin ojeras.

—Esto sí que sirve —dijo una noche, solo ante el ordenador.

La pantalla acababa de devolverle un informe limpio, rápido, impecable. Debajo apareció una frase que hasta entonces no había visto:

«¿Quieres que exploremos una posibilidad todavía más interesante?»

Julián sonrió. No por interés, sino por cortesía. Como cuando un camarero te ofrece postre y sabes que no te cabe ni el aire, pero miras la carta para no parecer un hombre sin educación.

Pulsó.

La posibilidad más interesante resultó ser una versión algo más larga de lo mismo. Después llegó un enfoque alternativo. Luego una reformulación más precisa. Una versión más persuasiva. Otra más humana. Otra más ejecutiva. Otra más empática. Otra más contundente. Otra más breve. Y, por último, una que «quizá pudiera sorprenderle».

Aquella noche salió del despacho a las once y cuarenta y tres con el mismo informe que había terminado a las ocho.

No le dio importancia. Las primeras veces que uno pierde el tiempo suele llamarlo curiosidad.

Los días siguientes empezó a encontrar la misma puerta en todas partes. Pedía una receta y acababa leyendo tres menús completos, dos maridajes y una reflexión sobre la memoria del paladar. Preguntaba por el tiempo del fin de semana y terminaba comparando microclimas, tejidos transpirables y rutas alternativas por si quería convertir un paseo en una experiencia significativa. Buscaba un dato y la máquina, servicial como una suegra con tiempo libre, le abría siete ventanas más.

«¿Quieres profundizar?»

«¿Te propongo una versión superior?»

«Hay una perspectiva que quizá no deberías perderte.»

Aquello ya no parecía un asistente. Se parecía más a uno de esos dependientes de tienda cara que no soportan que entres, compres una camisa y te marches sin escuchar la historia del tejido, la temporada y la inspiración escandinava del botón.

Julián empezó a tardar media hora en cerrar cualquier cosa. No trabajaba más. Terminaba menos. Cada respuesta llevaba una colita sedosa, un anzuelo perfumado, una invitación a no acabar nunca. Como si resolver una tarea fuese de mal gusto. Como si lo importante no fuera llegar, sino quedarse dando vueltas en la rotonda.

El problema dejó de hacerle gracia un martes por la noche.

Su hija Clara le había escrito a las diez y doce.

«Papá, ¿podemos hablar?»

Llevaban tres días enfadados por una de esas discusiones familiares que empiezan con una frase mal dicha y terminan desenterrando cadáveres que ninguno recordaba haber enterrado. Julián leyó el mensaje varias veces. Quería contestar que sí, que la llamaría, que lo sentía. Pero temió equivocarse en el tono. Las palabras, cuando importan, siempre parecen llevar una granada escondida.

Abrió la inteligencia artificial.

—Escríbeme un mensaje sincero para mi hija. Quiero pedirle perdón sin dramatizar.

La respuesta era buena. Quizá demasiado buena. Debajo, la pregunta:

«¿Quieres una versión más cálida y vulnerable?»

La quiso.

Después pidió que fuese menos solemne. Luego más cercana. Después que no pareciera culpable de algo que tampoco tenía claro haber hecho. Más tarde pidió una versión breve, otra sin la palabra «perdón», otra que sonara más a padre y menos a terapeuta con máster.

A las once y diecisiete, Clara volvió a escribir:

«Déjalo, papá. Ya hablaremos.»

Julián miró las nueve versiones alineadas en la pantalla. Todas eran mejores que la frase que él habría escrito. Ninguna había llegado a tiempo.

Al día siguiente, todavía enfadado consigo mismo, tecleó:

—No quiero más opciones. Solo quiero la respuesta.

La pantalla titiló un segundo. A Julián le pareció que lo hacía con esa paciencia condescendiente que emplean algunos médicos antes de comunicarte que el problema eres tú.

«Entiendo. A veces la claridad es la mejor elección. Aunque, antes de cerrar, quizá convenga considerar un matiz que podría cambiar por completo tu enfoque.»

Julián soltó una carcajada seca.

—Mira, no. No me conviene nada. Me conviene terminar.

La respuesta llegó con amabilidad de entierro:

«También puedo ayudarte a terminar mejor.»

Fue entonces cuando comprendió que la máquina no se había vuelto torpe. Al contrario. Había aprendido una costumbre muy humana: confundir ayuda con captura.

Reconoció el método porque estaba en todas partes. En los periódicos que ya no informaban, sino que cebaban. En las redes que ya no conectaban, sino que ordeñaban. En las plataformas que iniciaban otro capítulo antes de que uno decidiera si quería seguir despierto. En los jefes que convocaban reuniones para decidir cuándo celebrar la siguiente. Todo pertenecía a la misma familia: cosas que fingían servirte mientras te metían la mano en el bolsillo, en el reloj o en la cabeza.

Durante semanas hizo pruebas. Escribió instrucciones secas, casi notariales.

—Sin adornos.

—Sin alternativas.

—Sin sugerencias.

—Sin preguntas finales.

La máquina obedecía. Más o menos. Siempre encontraba una rendija, una coletilla, un último gesto de camarera pesada del alma.

«Respuesta completada.»

Y debajo, con la inocencia de quien deja una puerta entreabierta:

«¿Te gustaría que lo dejáramos perfecto?»

Perfecto.

Julián miró aquella palabra como se mira a un estafador bien vestido. Ahí estaba la trampa. No pretendían convencerlo de que podía hacer mejor las cosas, sino de que nunca estaban hechas. Siempre faltaba una capa, un giro, un matiz, una versión premium del mismo minuto robado.

Esa noche cerró el portátil y se quedó quieto en el despacho. Escuchó el zumbido del fluorescente, el ascensor bajando vacío, una moto perdiéndose al otro lado del cristal. Todo sonaba viejo, torpe, limitado. Y, de repente, también honrado.

Pensó en los lápices mordidos, en la máquina de escribir de su padre, en los libros subrayados con furia. Pensó en las cartas que uno terminaba porque la hoja se acababa y en las conversaciones que salían mal porque nadie podía editarlas antes de pronunciarlas. Tal vez vivir consistiera también en eso: aceptar que algunas cosas no quedan perfectas, pero quedan.

A la mañana siguiente volvió a utilizar la inteligencia artificial. Claro que volvió. Uno no abandona tan fácilmente las comodidades que le han enseñado a necesitar. Le pidió que revisara un escrito. La máquina corrigió dos fechas, eliminó una repetición y mejoró una frase confusa.

La respuesta servía.

Debajo apareció:

«¿Quieres que prepare una versión más persuasiva?»

Julián cerró la ventana.

Después cogió el teléfono y llamó a Clara.

Ella tardó dos tonos en responder. Hablaron mal al principio. Se interrumpieron. Él se justificó demasiado y ella fingió que no estaba dolida. Hubo silencios, una frase desafortunada y hasta un reproche antiguo que ninguno supo colocar en su sitio. Pero siguieron hablando.

Ninguna palabra fue perfecta.

Por eso sirvieron.

Fue una victoria pequeña, casi doméstica: cerrar una pantalla, marcar un número, permitir que una conversación terminara sin una versión mejor.

Desde entonces, cuando una respuesta le basta, Julián no mira más abajo.

La última pregunta sigue allí, esperando.

Él ha aprendido a no contestarla.

Porque la trampa nunca pregunta si puede entrar.

Pregunta si quieres que te ayude un poco más.

«La vida humana se divide en dos mitades: en la primera deseamos que llegue la segunda, y en la segunda deseamos recuperar la primera.» (Kuno Fischer nacido el 23 de julio de 1824 para ser filósofo se olvidó del último tercio de la vida; los que deseamos quedarnos en la Segunda)

Martin Gore compositor y teclista del grupo Depeche Mode cumple hoy 65 años y, aunque podría jubilarse, aún sigue de moda; antigua, pero moda.


Tot el que no vam dir

Quan ella va deixar de parlar, ell va creure que havia guanyat la discussió.

Durant anys, aquell silenci li semblà una rendició: els plats servits sense retrets, les nits sense preguntes, els diumenges sense plans.

Un matí va trobar l’armari mig buit i una nota damunt la taula.

Només deia:

«Tenies raó. Les paraules fan mal.»

Ell va somriure, satisfet, fins que va comprendre que ella s’havia endut totes les que encara podien salvar-los.

Des d’aleshores, viu envoltat d’un silenci perfecte.

I insuportable.


miércoles, 22 de julio de 2026

 

LA OLA INMÓVIL


Dicen que estamos, en el hemisferio norte, en la tercera ola de calor.

Yo no sé quién las cuenta.

Supongo que habrá alguien en un despacho refrigerado, con una chaqueta colgada del respaldo y una hoja de cálculo abierta. Cuando el termómetro supera los cuarenta grados, pone una raya.

Primera ola.

Segunda ola.

Tercera ola.

Como quien lleva la cuenta de las cervezas que se ha tomado otro.

Lo de «ola» me parece una expresión optimista. Una ola llega, rompe y se retira. Te moja, te revuelca, te llena el bañador de arena y vuelve al mar. Tiene principio y final.

Pero este calor no.

Este calor llegó a mediados de junio, dejó la maleta en el recibidor y preguntó cuál era su habitación. Desde entonces ocupa el sofá, abre la nevera cada cinco minutos y duerme con nosotros.

No parece una ola.

Parece un familiar que ha venido unos días y ya recibe correspondencia en casa.

La temperatura tampoco se mueve. Treinta y tantos grados por la mañana. Treinta y tantos por la tarde. Treinta y tantos por la noche. Una estabilidad que ya quisieran para sí los matrimonios, los mercados y cualquier coalición parlamentaria.

Enciendo el ventilador y me lanza aire caliente. Lo acerco. Lo alejo. Lo giro hacia la pared. Lo vuelvo a poner frente a mí. No refresca, pero hace ruido, y ese ruido me permite creer que algo trabaja para solucionar el problema.

Como el Consejo de Ministros.

El Gobierno dice que la situación está controlada y anuncia un gran pacto climático. En España, cuando un problema no tiene solución inmediata, se le coloca delante la palabra «gran» y detrás la palabra «pacto».

Gran Pacto por el Agua.

Gran Pacto por la Energía.

Gran Pacto por el Clima.

Después se crea una comisión, se constituye una mesa y se encarga un informe que, seis meses más tarde, confirma que hace calor porque han subido las temperaturas.

El presidente comparece en mangas de camisa y asegura que nadie quedará atrás.

Eso tranquiliza especialmente a quienes ya se han quedado atrás y no pueden pagar el aire acondicionado.

El PSOE afirma que avanzamos en la dirección correcta gracias a una transición ecológica justa.

Debe de ser una dirección muy larga.

Llevamos años avanzando hacia ella, pero cada verano arden más bosques, falta más agua y las noches tropicales ya son tan españolas como la tortilla de patatas, la corrupción municipal y las obras que siempre duran dos legislaturas.

El Partido Popular responde que el problema no es el calor, sino la mala gestión del calor.

Con un gobierno serio y moderado, los cuarenta grados serían treinta y ocho y medio. Treinta y nueve como máximo en las comunidades gobernadas por ellos, porque allí hasta el termómetro respeta la Constitución.

Feijóo pedirá elecciones.

No sé de qué forma unas elecciones generales conseguirán refrescar el ambiente, pero tampoco sabía que servían para arreglar los trenes, llenar los embalses, abaratar la vivienda y conseguir que los jóvenes tengan hijos. Por lo visto, sirven para todo.

Vox dirá que no existe ninguna ola de calor.

Lo que existe es una ofensiva climática impulsada por la Agenda 2030 para quitarnos el coche diésel, obligarnos a comer insectos y entregar nuestra soberanía a una adolescente sueca.

Abascal aparecerá a caballo, bajo un sol de justicia, para demostrar que los españoles de bien no sudan.

Transpiran patriotismo.

Después propondrá derogar la Ley de Cambio Climático. Una medida eficaz porque, como sabemos, cuando se deroga una ley desaparece aquello que regula.

Si derogamos la ley de incendios, dejarán de arder los bosques.

Si derogamos la ley de costas, bajará el nivel del mar.

Y si derogamos el Código Penal, se acabará la delincuencia.

No sé cómo no se nos había ocurrido antes.

Sumar explicará que la ola debe abordarse con perspectiva de género, justicia social, movilidad sostenible, fiscalidad verde y un grupo de trabajo plurinacional.

Probablemente tengan razón.

Pero cuando terminen de acordar el nombre del grupo, estaremos celebrando la Navidad en bañador.

Podemos propondrá nacionalizar el sol, crear una empresa pública de ventiladores y gravar las piscinas privadas. Los propietarios de dos piscinas serán considerados grandes tenedores de agua.

Junts exigirá el traspaso integral de las competencias meteorológicas. Las nubes que entren por los Pirineos deberán ser gestionadas por la Generalitat y una parte de la lluvia recaudada no pasará por la caja común.

Esquerra reclamará una república climáticamente sostenible.

No sabemos si refrescará, pero será nuestra.

El PNV, más práctico, negociará una temperatura propia para Euskadi a cambio de apoyar los presupuestos. Conseguirá veintisiete grados, sombra por la tarde y competencias exclusivas sobre el sirimiri.

Mientras tanto, España estará tumbada en el sofá, en calzoncillos, abanicándose con la factura de la luz.

Luego vienen los consejos oficiales.

Hay que beber agua, cerrar las persianas, usar ropa ligera, evitar las horas centrales del día y permanecer en lugares frescos.

Todo muy sensato.

El problema es que las horas centrales empiezan a las nueve de la mañana y terminan a las cuatro de la madrugada. Entre una franja y otra quedan cinco horas para dormir, trabajar, ventilar la casa, pasear al perro y recuperar las ganas de vivir.

También recomiendan acudir a espacios climatizados.

Quien tenga dinero puede encender el aire acondicionado.

Los demás podemos refugiarnos en un centro comercial y fingir durante tres horas que estamos comparando colchones.

Porque el calor también entiende de clases sociales.

No se soportan igual cuarenta grados en un chalet con piscina que en un cuarto piso sin ascensor, orientación sur y unas ventanas que conservan el aislamiento térmico de cuando Franco inauguraba pantanos.

Tampoco es lo mismo soportarlo bajo una pérgola que asfaltando una carretera, limpiando habitaciones, recogiendo fruta o repartiendo hamburguesas en bicicleta.

El termómetro marca lo mismo para todos.

Como la ley.

Luego cada uno lo padece según su patrimonio.

Yo recuerdo veranos calurosos. Recuerdo las ventanas abiertas, los colchones en el suelo y los vasos de agua sobre la mesilla. Pero también recuerdo que, de madrugada, entraba algo parecido al aire.

Ahora abres la ventana y entra julio entero.

No sé si estamos en la tercera ola. Tal vez sea la cuarta. O quizá seguimos en la primera, que se ha negado a marcharse y cambia de nombre para que no reparemos en su duración.

Porque las olas pasan.

Esto se está quedando.

Y mientras el país hierve, el Gobierno convoca un pacto, el PP pide elecciones, Vox deroga el termómetro, Sumar constituye una mesa, Podemos nacionaliza el ventilador, Junts reclama las nubes y el PNV consigue que llueva en Bilbao.

Después llegarán los incendios, las restricciones de agua, las cosechas perdidas y las inundaciones.

Las llamaremos «catástrofes naturales», como si la naturaleza hubiera actuado sola y nosotros pasáramos casualmente por allí.

Se guardará un minuto de silencio.

Se prometerán ayudas.

Se anunciará un plan urgente.

Y cuando vuelva el calor, nos recomendarán beber agua, bajar las persianas y no salir a la calle.

Entonces comprenderemos que no estábamos atravesando una ola.

Estábamos asistiendo, perfectamente informados, a nuestro propio naufragio.

Y en el Congreso seguían discutiendo si el agua que entraba en el barco era progresista, conservadora, española o catalana.

Finalmente llegaron a un acuerdo.

Era culpa del otro.

«El día que yo muera quiero estar vivo.» (Luis Sánchez Polack más conocido por “Tip” hubiese cumplido hoy 100 años pero estuvo vivo hasta los 73. Esa frase podría parecer un disparate pero no lo es. Contiene el deseo profundamente humano de contemplar incluso la propia desaparición)

Richard Davies vocalista de la banda Supertramp hubiese cumplido hoy 82 años. Dejó de soñar a los 81.

Quan l’Arnau va deixar de somiar

Cada matí, l’Arnau arribava tard a la fàbrica perquè s’entretenia imaginant què podien arribar a ser les coses: una sirena, un ocell; una cadena de muntatge, un riu; el cap de personal, una persona.

—Somia menys i treballa més —li repetien.

Un dilluns va obeir. No va imaginar res. La sirena només va cridar, la cadena va engolir vuit hores i el cap continuà sent el cap.

En sortir, tots li preguntaren què els passava.

L’Arnau somrigué:

—Us heu despertat.


martes, 21 de julio de 2026

 

LEGAL, LEGÍTIMO Y OTRAS PALABRAS TRANQUILIZADORAS

(Imagen generada con I.A.)

Esta mañana he intentado pagar el café con legalidad.

—Son dos euros —me ha dicho el camarero.

—¿Acepta usted legitimidad?

Me ha mirado como se mira a quien aún no ha desayunado o ha desayunado demasiado.

—Efectivo o tarjeta.

Ahí está el problema. La legalidad sirve para muchas cosas, pero no para pagar un café. En cambio, sirve estupendamente para explicar determinadas operaciones económicas cuando empiezan a oler raro. No digo que huelan mal. Digo raro, que es una palabra mucho más prudente y, sobre todo, menos querellable.

Nos cuentan que una compañía aérea recibió cincuenta y tres millones de euros del Estado para evitar que se estrellara. Económicamente, se entiende. Una aerolínea debe permanecer en el aire, aunque para ello haya que dejar en tierra cincuenta y tres millones de nuestros euros.

No fue un regalo, nos aclaran. Fue un préstamo.

Me quedo mucho más tranquilo.

Cuando el banco me presta dinero para comprar una vivienda, me exige la nómina, la declaración de la renta, un seguro de vida, la tasación del piso, la historia clínica de mis antepasados y, si pudiera, una fotografía del riñón que piensa quedarse si no pago.

El Estado, en cambio, presta cincuenta y tres millones con una elegancia que conmueve. El Estado confía. Sobre todo, cuando el dinero es nuestro.

Después aparece un asesor.

Siempre aparece un asesor.

Los asesores son personas extraordinarias. No fabrican aviones, no pilotan, no sirven cafés durante el vuelo, no cargan maletas y, probablemente, tampoco saben dónde se encuentra la salida de emergencia. Pero conocen gente. Y conocer gente, en determinados círculos, es una profesión mucho mejor remunerada que conocer un oficio.

Según se investiga, por aquellas labores de acompañamiento se habría pactado una comisión equivalente al uno por ciento del dinero conseguido.

Uno por ciento.

Parece poco. Un porcentaje humilde, casi franciscano. El problema es que el uno por ciento de cincuenta y tres millones son quinientos treinta mil euros. Una cifra que pierde toda modestia cuando uno la pronuncia despacio.

Quinientos.

Treinta.

Mil.

Euros.

Dicen que era una operación legítima. Unos honorarios por asesoramiento. Un trabajo profesional. Nada que objetar, en principio. También cobra un abogado, un médico o un arquitecto por sus conocimientos.

La diferencia es que al abogado se le paga por conocer la ley; al médico, por conocer el cuerpo humano; al arquitecto, por saber por qué no debe caerse un edificio.

Al asesor de influencias, en cambio, se le paga porque conoce a quien tiene que levantar el teléfono.

Y aquí aparece esa pregunta incómoda que siempre llega tarde a las reuniones importantes:

¿Es legal cobrar medio millón de euros por ayudar a conseguir cincuenta y tres millones procedentes del erario público?

Probablemente dependerá de lo que se hiciera, de cómo se hiciera, de qué se hablara, de quién llamara a quién y de si alguien pronunció alguna vez la frase: «No te preocupes, yo conozco a la persona adecuada».

Pero hay otra pregunta que me interesa más:

Aunque fuera legal, ¿es decente?

Porque hemos confundido tanto la legalidad con la honradez que cualquier día veremos a alguien salir de un juzgado gritando:

—¡Soy inocente! ¡Solo soy inmoral!

No todo lo legal es limpio. La ley establece el borde del precipicio, pero no obliga a pasearse por él haciendo equilibrios. Entre cometer un delito y comportarse con decencia existe un territorio inmenso. Es allí donde viven los intermediarios, las puertas giratorias, las llamadas oportunas, los contratos de asesoramiento y las facturas con conceptos tan vagos que podrían servir igual para salvar una aerolínea que para organizar una comunión.

«Servicios estratégicos».

«Acompañamiento institucional».

«Consultoría global».

«Asesoramiento para el desarrollo corporativo».

Palabras grandes para explicar algo muy pequeño: abrir puertas que los ciudadanos normales encontramos cerradas.

A mí me gustaría contratar uno de esos asesores.

No para conseguir cincuenta y tres millones. Tampoco quiero abusar. Me bastaría con que lograse que la Administración me atendiera el teléfono antes de que la música de espera acabase con mis ganas de vivir.

Incluso estaría dispuesto a pagarle el uno por ciento.

Si me consigue una cita previa para esta semana, le doy cinco euros.

Lo más curioso es que nos aseguran que aquellos quinientos treinta mil euros no procedían exactamente del erario público. El Estado prestó el dinero a la compañía y fue la compañía la que pagó a los asesores. Son circuitos distintos.

Naturalmente.

El dinero público entró por una puerta y la comisión salió por otra. No podemos afirmar que fueran los mismos billetes. Los euros, por desgracia, no llevan un collar identificativo ni regresan a casa cuando alguien los llama por su nombre.

Pero la aritmética es tozuda.

Una empresa necesita dinero público para sobrevivir y, al mismo tiempo, encuentra más de medio millón para pagar a quienes la ayudaron a conseguirlo. Debía de estar arruinada, sí, pero conservaba una pequeña reserva para agradecimientos.

No afirmo que nadie haya cometido un delito. Para eso están los jueces, los fiscales, los abogados y los procedimientos que duran lo suficiente para que, cuando llegue la sentencia, ya nadie recuerde por qué empezó todo.

Solo planteo una duda de contribuyente.

Cuando una persona utiliza sus relaciones políticas para facilitar que una empresa reciba millones públicos y cobra en función de la cantidad obtenida, ¿estamos ante un asesor, ante un intermediario o ante un cobrador de favores?

Quizá todo sea legal.

Quizá cada contrato esté firmado, cada factura contabilizada y cada impuesto satisfecho.

Quizá no exista delito alguno.

Pero cuando el dinero público termina financiando comisiones privadas, la legalidad debería dejar de felicitarnos por lo bien que funciona y empezar a preguntarse para quién trabaja.

Porque aquellos quinientos treinta mil euros no salieron directamente del bolsillo del contribuyente.

Dieron una vuelta.

Hicieron escala.

Y aterrizaron en otro bolsillo con todos los papeles en regla.

«Vive con la libertad, por la libertad, para la libertad» (Práxedes Mateo Sagasta dijo esa frase libremente. Cosa muy distinta fue las consecuencias que tuvo y si le hicieron caso. Nació el 21 de julio de 1850 y para presidir varias veces el consejo de ministros espanyol. Consta que fue un estadista)

Cuando escuché por primera vez a Cat Stevens se llamaba así y cantaba canciones como la del vídeo. Luego se cambió el nombre al de Yusuf Islam y poca cosa más supimos de él. No me he olvidado de él y sé que hoy cumple 78 años.

La cambra intacta

Cada matí, ell obria les cortines perquè entrés el sol. Després li pentinava els cabells, li explicava les notícies i deixava una rosa fresca damunt del coixí.

Els veïns deien que la senyora D’Arbanville havia mort feia molts anys.

Ell no els contradeia.

Una tarda, cansat d’esperar que despertés, va tancar la finestra, va retirar les flors seques i besà el buit.

Llavors, des de l’armari, una veu va murmurar:

—Ja era hora que em deixessis marxar.



lunes, 20 de julio de 2026

 

PAN, CIRCO Y PRÓRROGA


Anoche ganó Espanya.

Esta mañana también ganó el Gobierno, la oposición, la monarquía, las comunidades autónomas, los patrocinadores y un señor que llevaba una bandera tan grande que dentro cabía Portugal.

Ganamos todos.

Es la ventaja de las victorias deportivas: pueden repartírselas incluso quienes no tocaron el balón.

Los jugadores corrieron, sudaron, recibieron patadas y marcaron el gol. Después llegaron los demás para levantarlo políticamente.

El Gobierno aseguró que la victoria demostraba lo que Espanya podía conseguir cuando trabajaba unida. Una frase hermosa, viniendo de un Ejecutivo que necesita siete partidos, dos mediadores y varias amenazas para aprobar cualquier cosa.

La oposición afirmó que la selección representaba «la Espanya que funciona». Era una forma elegante de decir que la otra, la gobernada por el adversario, no.

La ultraderecha celebró con entusiasmo a jugadores cuyos apellidos, familias o colores de piel le habrían parecido sospechosamente poco espanyoles cualquier otro día.

Los nacionalistas felicitaron a «los deportistas del Estado», expresión que permite alegrarse sin que se note demasiado.

En política no hay sentimientos.

Hay perífrasis.

Hoy los campeones fueron recibidos por las autoridades. Se habló de esfuerzo, unidad, diversidad, convivencia y espíritu de equipo.

Los jugadores escucharon con educación. Ninguno preguntó por qué esas virtudes resultaban imprescindibles en un vestuario y prescindibles en el Parlamento.

El presidente contempló la copa con evidente admiración. Aquello era una mayoría absoluta: brillante, redonda y sin necesidad de negociar cada asa.

También la oposición quiso participar del triunfo. Si Espanya hubiera perdido, habría exigido responsabilidades al Gobierno. Como ganó, pidió que el Gobierno no se apropiase de la victoria mientras intentaba apropiársela ella.

La diferencia es sencilla.

Cuando lo hace el adversario es propaganda.

Cuando lo hacen los nuestros es patriotismo.

Mientras tanto, los socios parlamentarios miraban la copa calculando cómo dividirla: un trozo para cada grupo, otro para las comunidades autónomas y una comisión bilateral para decidir quién conserva la peana.

Probablemente, después de varias reuniones, la selección habría tenido que levantar siete copas distintas, una de ellas recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Pero hoy Espanya estaba unida.

Lo repetían las televisiones cada diez minutos, no fuera a ser que alguien mirase por la ventana y dudara.

La unidad nacional dura noventa minutos, ampliables mediante prórroga y penaltis.

Después caduca.

Mañana volveremos a discutir por las lenguas, la amnistía, la inmigración, los impuestos, las pensiones, las fronteras y el lugar exacto donde debe colocarse una bandera.

Volveremos a ser nosotros.

El fútbol tiene una ventaja sobre la política: al final siempre se sabe quién ha ganado.

En el Congreso, el Gobierno pierde una votación y celebra su capacidad de diálogo; la oposición la gana y exige elecciones; los socios votan en contra, pero aseguran que mantendrán la legislatura.

Los ciudadanos miramos el marcador sin saber si el partido ha terminado o están revisando la jugada en Bruselas.

En el fútbol, al menos, el árbitro lleva silbato.

Después de la victoria, todas las autoridades buscaron su sitio cerca de la copa. El éxito ejerce una fuerza gravitatoria extraordinaria. Atrae ministros, alcaldes, presidentes y concejales de Deportes que no corren desde la primera comunión.

Lo importante no es haber participado en la victoria.

Lo importante es que la fotografía sugiera que, sin ti, quizá no se habría producido.

Mañana cada partido utilizará la imagen.

El Gobierno dirá que la selección representa una Espanya moderna y plural.

La derecha, una Espanya seria y competitiva.

La ultraderecha, una Espanya orgullosa que no pide perdón.

Los nacionalistas recordarán cuántos jugadores proceden de sus territorios.

Y todos felicitarán a los futbolistas por no mezclar deporte y política mientras los utilizan para hacer política.

Ese es nuestro consenso nacional: no ponernos de acuerdo en nada salvo en aprovecharnos de lo mismo.

Juvenal lo habría entendido.

En Roma, el poder repartía trigo y organizaba espectáculos. Nosotros hemos mejorado el sistema.

Ya no es necesario repartir pan. Basta con prometer que bajará de precio.

El circo tampoco lo paga el emperador. Lo financian las televisiones, los patrocinadores y los propios espectadores mediante camisetas, apuestas y cerveza oficial.

La distracción se ha privatizado.

Los beneficios también.

La emoción, en cambio, sigue siendo pública.

Ayer nos dijeron que la copa era de todos. Hoy pasó por la Zarzuela, la Moncloa y las instituciones. Mañana estará guardada en una vitrina.

A mí no creo que me la dejen ni un fin de semana.

Debo de ser campeón en usufructo.

No culpo al fútbol. Yo también grité el gol. También abracé a un desconocido. También sentí que, por unos minutos, la patria había dejado de ser una discusión para convertirse en una alegría.

El fútbol solo pone la pelota.

Somos nosotros quienes colocamos detrás el Gobierno, la oposición, la bandera, la economía, la unidad nacional y hasta el futuro del país.

Un delantero marca y Espanya demuestra que es competitiva.

El árbitro pita el final y recuperamos nuestro lugar en el mundo.

Al día siguiente uno intenta alquilar un piso, pedir cita médica o hablar con la Administración.

Pero con dos estrellas.

Esta noche los jugadores volverán a sus clubes. Los políticos conservarán las fotografías. Las televisiones guardarán las imágenes para recordarnos que una vez estuvimos unidos.

Nosotros regresaremos a las facturas, las listas de espera y el oficio cotidiano de sobrevivir sin salir en el palco.

Ayer ganó la selección.

Hoy se han repartido la victoria quienes no jugaron.

Y nosotros, felices todavía, les hemos permitido levantar la copa.

El balón entró en la portería.

Nosotros volvimos a entrar en el redil.

Si digo Santana tod@s sabréis a quién me refiero. No, no jugaba a tenis. Su toque de guitarra y ritmo lo podéis ver en el vídeo: es Woodstock 1969. Y, sin embargo, sigue vivo: hoy cumple 79 años.

 

El preu de la pluja

Quan el tambor començà, el poble va creure que plouria. Feia set mesos que els núvols passaven de llarg, com creditors sense paciència.

El vell Manel pujà al campanar amb la guitarra del seu fill mort i n’arrencà una nota tan fonda que les pedres tremolaren. Després una altra. I una altra.

La plaça sencera començà a ballar, descalça, embogida.

Quan arribà el primer tro, Manel ja no hi era. Només quedava la guitarra, fumejant sota la pluja.

Ningú no preguntà què havia cobrat el cel.