martes, 19 de mayo de 2026

 

EL AMIGO DEL AMIGO


El Auto entró en España a media mañana.

No entró por la puerta principal, como las grandes verdades, sino por una impresora cansada, con el tóner justo y una bandeja de folios que llevaba meses soportando providencias, oficios, exhortos y pequeñas catástrofes administrativas.

Primero salió una página.

Luego otra.

Después otra más.

Ochenta y cuatro páginas no parecen muchas hasta que descubres que dentro caben un expresidente, una aerolínea, varios asesores, una pandemia, un rescate público, mensajes de WhatsApp, sociedades con nombres modernos, registros policiales, siglas con vocación de blindaje y esa vieja costumbre nacional de llamar “contacto” a lo que antes se llamaba “poder”.

El funcionario que recogió el Auto no se sorprendió. Los funcionarios de los juzgados ya no se sorprenden de nada. Han visto herencias que destrozan familias, divorcios que parecen guerras coloniales, empresarios que lloran al oír la palabra embargo y políticos que descubren la presunción de inocencia justo cuando la necesitan para ellos.

Lo dejó sobre la mesa.

El papel hizo un ruido seco.

Como si alguien hubiera cerrado una puerta.

En la primera página estaba el escudo. Eso siempre ayuda. El escudo convierte cualquier sospecha en algo con solemnidad. Sin escudo, un Auto parecería una discusión de bar escrita por alguien con acceso a bases de datos. Con escudo, en cambio, las frases pesan. Incluso las que no se entienden.

“Diligencias previas”.

La expresión tenía una elegancia hipócrita. Previa a qué, pensó el funcionario. Previa al juicio. Previa al escándalo. Previa a los tertulianos. Previa al “yo ya lo decía”. Previa al “esto es una persecución”. Previa al “todos son iguales”, que es la frase favorita de quienes no quieren distinguir entre nadie porque distinguir obliga a pensar.

En la página siguiente aparecían nombres.

Los nombres son la parte más delicada de cualquier Auto. Mientras son siglas o sociedades, el lector respira. Una sociedad limitada siempre parece haber nacido culpable. Una consultora, más aún. Un intermediario ya viene medio imputado de fábrica. Pero cuando aparece un nombre conocido, un nombre que estuvo en los balcones del poder, en los informativos, en los libros de historia reciente, la tinta cambia de temperatura.

El expresidente no figuraba como estatua.

Figuraba como persona.

Y eso, en España, siempre resulta ofensivo.

Durante años había hablado de paz, de diálogo, de alianzas, de futuro. Había puesto esa cara de hombre que escucha incluso cuando no escucha. Había aprendido el arte político más difícil: decir frases que no hieren a nadie porque tampoco agarran nada con las manos. Sonreía como quien pide permiso al aire. Contestaba como si todas las preguntas fueran, en el fondo, malentendidos entre personas razonables.

Pero ahora el Auto no sonreía.

El Auto no sabía sonreír.

El Auto enumeraba.

Y enumerar es una forma de crueldad.

Enumeraba teléfonos, domicilios, empresas, registros, autorizaciones, discos duros, correos electrónicos, dispositivos móviles. Enumeraba como solo sabe enumerar la Justicia cuando decide que la realidad ha dejado de ser una conversación y pasa a ser un inventario.

—Hay que intervenir terminales —decía una línea.

—Hay que asegurar soportes —decía otra.

—Hay que clonar dispositivos —decía una tercera.

La tecnología, pensó el funcionario, había acabado con una de las grandes defensas del poderoso: el olvido. Antes uno podía decir “no recuerdo” y la frase se quedaba flotando, digna, casi humana. Ahora no. Ahora el teléfono recordaba por todos. Recordaba a las tres de la mañana, en una carpeta mal borrada, en una copia de seguridad, en una nube extranjera, en un mensaje enviado con prisa, en un audio donde alguien decía lo que jamás habría firmado.

El Auto hablaba de una aerolínea.

Plus Ultra.

El nombre parecía escrito por un publicista romano contratado por una start-up. Más allá. Siempre más allá. Más allá del océano. Más allá del balance. Más allá de la solvencia. Más allá de la prudencia. Más allá, incluso, de esa línea finísima donde lo público deja de ser ayuda y empieza a parecer botín con formulario.

La pandemia aparecía de fondo.

Eso era lo más obsceno.

Mientras medio país contaba camas, respiradores y muertos, otros contaban accesos, llamadas y posibilidades. Mientras la gente aprendía a despedirse por videollamada, algunos descubrían que una crisis también abre puertas. No todas las puertas llevan a hospitales. Algunas llevan a ministerios. Otras a consejos de administración. Otras a despachos donde nadie pide favores, por supuesto, solo “explora opciones”.

España ardía en gel hidroalcohólico y ruedas de prensa.

Y en algún sitio, alguien escribía:

“Hace falta hablar con el amigo del amigo”.

El funcionario se detuvo ahí.

No porque la frase fuera jurídicamente decisiva. Eso lo decidiría otro, con toga, tiempo y suficientes recursos. Se detuvo porque aquella expresión contenía medio país.

El amigo del amigo.

No el cargo. No el expediente. No la norma. No el procedimiento.

El amigo del amigo.

La Constitución no lo menciona, pero funciona. No aparece en el BOE, pero abre puertas. No figura en los manuales de Derecho Administrativo, pero a veces corre más que un recurso de alzada. El amigo del amigo es una institución no escrita, una patria secreta, un pasillo sin ventanas donde la democracia se quita la chaqueta y se queda en mangas de camisa.

El Auto no decía “culpable”.

Los Autos prudentes nunca dicen culpable. Dicen “indicios”. Dicen “presuntamente”. Dicen “podría”. Dicen “a los efectos de”. Dicen “sin perjuicio de ulterior calificación”. El Derecho tiene una manera elegantísima de no quemarse los dedos mientras acerca la mano al incendio.

Pero el país no entiende de subjuntivos.

El país leyó “imputado” y eligió trinchera.

A la derecha le dio un ataque de pureza moral tan intenso que hubo que sentarla. Algunos llevaban décadas abrazados a sus propios imputados, pero ese día despertaron con una pasión nueva por el Código Penal. A la izquierda le dio un ataque de contexto. Todo era contexto. La fecha. El juez. El medio. La derecha. La ultraderecha. Las cloacas. La historia. La paz. La memoria democrática. Faltó poco para que alguien dijera que registrar un despacho era franquismo con impresora láser.

Nadie leyó las veinte páginas.

Leer siempre ha sido una forma peligrosa de traición.

Los periodistas buscaron la frase.

Los partidos buscaron el marco.

Los abogados buscaron el defecto procesal.

Los ciudadanos buscaron confirmación de lo que ya pensaban antes de saber nada.

El expresidente apareció en una pantalla. Negó. Negó con calma. Negó con esa serenidad que antes parecía virtud y ahora algunos interpretaron como estrategia. Dijo que jamás había gestionado nada ante ninguna administración pública. Dijo legalidad. Dijo respeto. Dijo colaboración con la Justicia. Dijo, en suma, lo que debe decir un hombre inteligente cuando un Auto empieza a andar solo por los pasillos.

Y quizá decía la verdad.

O quizá decía su verdad.

O quizá la verdad, como ocurre tantas veces en la política española, estaba escondida entre una llamada no devuelta, una reunión sin acta y un mensaje escrito por alguien que confundió confianza con impunidad.

Por la tarde, los agentes entraron en los despachos.

No entraron como en las películas. Nadie rompió puertas con una patada. La realidad judicial suele tener menos épica y más espera. Se enseña una autorización, se pide colaboración, se mira al suelo, se abre un cajón. Alguien llama a su abogado. Alguien dice que no sabe dónde está la clave. Alguien pregunta si puede hacer una llamada. Alguien se acuerda, tarde, de que los ordenadores también tienen memoria.

En una mesa había carpetas.

En otra, contratos.

En otra, una fotografía de familia.

Eso siempre complica las cosas. Las fotografías de familia tienen la mala educación de recordar que incluso los nombres de un Auto cenan, envejecen, se preocupan, abrazan, se equivocan y creen tener razones. La Justicia, cuando entra en un despacho, no solo registra documentos. Registra una vida puesta en archivadores.

Uno de los agentes levantó un portátil.

—¿Este?

—Ese también.

El ordenador se fue dentro de una bolsa.

Como un pez sacado de una pecera administrativa.

En la calle, las cámaras esperaban.

Las cámaras no buscan verdad. Buscan salida. Una puerta que se abre. Un rostro serio. Un abogado con prisa. Un coche oficial que ya no es oficial pero todavía lo parece. Buscan imágenes para que la gente pueda decir “lo he visto” aunque no haya entendido nada.

Al anochecer, el Auto ya no era un Auto.

Era un arma.

Unos lo blandían como si fuera sentencia. Otros lo despreciaban como si fuera propaganda. Los más prudentes pedían esperar, pero la prudencia no cotiza en horario de máxima audiencia. La prudencia no hace cortes virales. La prudencia no grita. La prudencia no cabe en un titular.

En algún lugar, el expresidente cerró una puerta.

Quizá pensó en sus años de Gobierno. En los aplausos. En los enemigos. En las entrevistas. En las guerras que no quiso. En las guerras que no vio. En los favores que uno no llama favores porque la palabra ensucia demasiado pronto. Quizá pensó que todo era injusto. Quizá pensó que todo era más pequeño de lo que parecía. Quizá pensó, como tantos hombres públicos cuando dejan de controlar el relato, que la historia se había vuelto desagradecida.

El Auto siguió allí.

Sobre la mesa.

Mudo.

Implacable.

No condenaba.

No absolvía.

Solo hacía algo mucho más incómodo: obligaba a mirar.

Y en un país acostumbrado a perdonar a los suyos antes de leer la primera página y a condenar a los otros antes de llegar a la segunda, mirar se había convertido en el último acto revolucionario.

 

lunes, 18 de mayo de 2026

 

EL TREN DELS CALBS


El primer cartell va aparèixer en una estació de Rodalies, just a sobre de la pantalla on abans hi deia “tren amb demora indefinida”, que és una manera catalana de dir eternitat sense posar-se místic.

Línia Orbital. Propera parada: 2040.

La gent ho va llegir amb aquella emoció neta que provoca saber que els teus nets podran arribar tard en un tren més modern.

A mig matí van arribar Salvador Illa i Oriol Junqueras amb casc blanc, somriure institucional i aquella solemnitat de qui inaugura una obra que no pensa fer servir. Van dir que l’acord no tenia res a veure amb les eleccions andaluses del dia anterior. Res. Zero. Casualitat pura. Com quan algú apareix amb flors després d’una infidelitat i assegura que només passava per la floristeria per mirar geranis.

—Hem pensat en el benestar dels catalans i catalanes —va dir un.

—I en les generacions futures —va afegir l’altre.

Allò va tranquil·litzar molt els presents, sobretot els que portaven quaranta minuts esperant un tren per anar a Terrassa i van descobrir que, en realitat, el seu problema no era de mobilitat, sinó de manca de perspectiva històrica.

Un senyor va preguntar si abans del tren orbital podrien arreglar el tren terrenal.

Hi va haver silenci.

No un silenci qualsevol. Un silenci de despatx, de moqueta, d’acta pendent d’aprovació. Un silenci amb dietes.

—Estem mirant cap al futur —van respondre.

I és clar, mirar cap al futur sempre queda millor que mirar el panell d’incidències. El futur no protesta, no sua a l’andana, no perd reunions, no truca al cap per dir-li que una altra vegada arribarà tard perquè un cable, una catenària o la conjunció de Saturn amb la incompetència han decidit intervenir en la seva vida laboral.

Després van explicar que el tren seria orbital.

La paraula va agradar molt. Sonava a NASA, a epopeia, a humanitat sortint de les seves misèries per la via quatre. Ningú no va voler espatllar el moment recordant que encara no som capaços de fer circular amb dignitat un tren entre Martorell i Barcelona sense que sembli una prova iniciàtica dels templers.

Quan va acabar l’acte, els dos líders es van donar la mà.

Els periodistes van preguntar si el pacte arribava per convicció o per necessitat.

—Per país —van contestar.

I el país, que en aquell moment estava atrapat entre dues estacions, va mirar cap al cel per si veia passar el tren orbital.

No va passar.

Encara no era 2040.

Ni érem prou calbs.

domingo, 17 de mayo de 2026

 

LA LLAVE


En la mesa del bar había tres cafés, dos móviles y una conversación repetida desde hacía años.

—No hay derecho —dijo uno—. Mi hija no puede alquilar nada.

—Mi hijo tampoco —añadió otro—. Le piden nómina, aval, riñón izquierdo y una carta manuscrita prometiendo no respirar demasiado fuerte.

Yo removía el azúcar aunque no le había puesto azúcar al café. Costumbres tontas. Como votar siempre lo mismo y luego sorprenderse de que el paisaje no cambie.

En la televisión del bar hablaban de la crisis de la vivienda. Otra vez. La palabra “crisis” ya no parecía una alarma, sino un mueble viejo del comedor. Estaba allí, molestaba, ocupaba sitio, pero nadie se atrevía a sacarlo porque igual debajo aparecía algo peor: nuestra responsabilidad.

—Esto lo tiene que arreglar alguien —dijo el primero.

Alguien.

Esa palabra es magnífica. Sirve para todo. Para bajar la basura, cuidar a los mayores, reformar la Constitución, limpiar las aceras y solucionar que un joven necesite dos vidas laborales para pagar una entrada de piso.

Entonces pregunté, sin levantar mucho la voz:

—¿Y quién ha gobernado estos años?

Se hizo un silencio pequeño, de esos que no salen en los informativos porque no cotizan.

—Bueno, sí, pero la culpa también es de los fondos, de los bancos, de los ayuntamientos, de las comunidades, del turismo, de los especuladores…

Tenía razón. La culpa era una comunidad de propietarios con demasiados vecinos y nadie quería ser presidente.

Pero sobre la mesa, junto a los cafés, apareció de pronto una papeleta doblada. Nadie supo de dónde salió. Tal vez la había traído el camarero entre la cuenta y los palillos. Tal vez llevaba años allí, debajo del azucarero, esperando que alguien la mirase sin entusiasmo de hincha.

La papeleta no decía “solución”. Decía “delegación”.

Y debajo, en letra pequeña, casi notarial, ponía:

No se admiten reclamaciones si usted renueva el contrato cada cuatro años y luego finge que el casero entró por la ventana.

Nadie dijo nada.

Pagamos los cafés.

Al salir, uno de ellos miró un anuncio pegado en una farola: Se alquila habitación interior. 750 euros. Abstenerse parejas, mascotas y personas con futuro.

—Esto no puede seguir así —murmuró.

Y yo pensé que quizá tenía razón.

Pero también pensé que, a veces, una sociedad no pierde la casa de golpe.

Primero entrega la llave.

«Cuando se tienen veinte años, se pide a la vida algo más.» (En la época en que vivió la autora de la frase, Carmen de Icaza y de León nacida el 17 de mayo de 1899, no se pedía vivienda ni en propiedad ni en alquiler, solo una cama donde caerse dormid@)

Vangelis, hace 4 años que ya no compone canciones. Lástima porque el tema de amor de Blade Runner, en el vídeo, me lleva a un sueño difícil de explicar. 


La pluja no sap mentir

La ciutat plovia com si algú hagués oblidat tancar el cel. Ella em va mirar amb ulls de neó cansat i em va preguntar si estimar també caducava.

No vaig saber què dir. Jo només era un home amb massa records i una gabardina que feia veure que protegia.

Ens vam besar sota un anunci de colònies japoneses. Durant tres segons, els cotxes van callar, els androides van respirar i Déu va perdre el paraigua.

Després ella va marxar.

La pluja, educada, va continuar fingint que no havia vist res.


sábado, 16 de mayo de 2026

 

CREMALLERAS


En la oficina hablábamos mucho de libertad. Sobre todo los viernes, cuando alguien abría una botella en la sala de reuniones y el departamento entero se creía revolucionario porque se había quitado la corbata.

Luis era el más libre de todos. Lo decía él. Libre para acostarse con quien quisiera, libre para no dar explicaciones, libre para no repetir restaurante, cama ni promesa. Tenía una agenda sentimental organizada como una hoja de Excel: nombres, horarios, excusas y una columna oculta que debía de llamarse “salida de emergencia”.

Un día, durante el café, Marta le preguntó qué pensaba.

—¿De qué?

—De algo.

Luis sonrió, como si le hubieran pedido que recitara a Sófocles en arameo.

—Yo soy más de sentir.

Mentira. Era más de tocar. Sentir exige quedarse un rato después, cuando ya no hay piel que distraiga ni luces bajas que hagan de abogado defensor.

Marta lo miró con esa paciencia que tienen algunas mujeres antes de decidir que ya han tenido demasiada.

—Pues deberías desabrocharte el cerebro de vez en cuando. También aprieta.

Luis soltó una carcajada. Los demás también. En las oficinas se ríe mucho cuando alguien no entiende que acaba de ser desnudado en público.

Esa tarde, al salir, lo vi en el baño, frente al espejo, ajustándose el pantalón. Parecía preocupado. No sé si por la cremallera o por la frase.

Fue la primera vez que lo vi intentar subirse una idea.

«Es muy difícil mantener los prejuicios personales fuera de algo así. Y, allí donde aparecen, los prejuicios oscurecen la verdad.» (Esa frase es la del Jurado número 8, Davis, interpretado en “12 hombres sin piedad” por un inmenso Henry Fonda nacido el 16 de mayo de 1905)

Hoy es el 73 aniversario de Thomas Crowm, bueno, de Pierce Brosnan que no tiene ningún secreto... ¿o si?

La pedra no volia mentir

Vaig córrer fins que els genolls van aprendre a resar sols. La ciutat cremava darrere meu amb una educació impecable: semàfors, aparadors, veïns traient el gos. Vaig demanar refugi a una pedra i la pedra va apartar la cara. Vaig trucar al cel, però comunicava. A l’infern, en canvi, em van obrir de seguida.

—Ja era hora —va dir algú amb la meva veu.

Llavors vaig entendre el càstig: no era fugir. Era arribar sempre a mi.



viernes, 15 de mayo de 2026

 

LA VACA DE CAMPAÑA


La vaca se llamaba Paca, aunque en los papeles de la explotación figuraba como ES-140087-Madre-12, que era una forma muy administrativa de decir que había parido más veces de las que ningún consejero recordaría jamás.

Paca vivía en una finca limpia, con barro suficiente para no creerse marquesa y sombra bastante para no hacerse socialista de repente. Tenía una rutina seria: comer, rumiar, mirar al horizonte y desconfiar de los humanos que llegaban con zapatos demasiado brillantes.

Aquella mañana aparecieron tres coches negros.

Después llegó una furgoneta.

Después otra.

Después un hombre con auricular que miró a Paca como si estuviera calculando si podía colocarse mejor para la foto.

—¿Es esta? —preguntó.

El ganadero, Rafael, se limpió las manos en el pantalón.

—Es la que sale siempre.

La frase hizo que Paca levantara la cabeza.

La que sale siempre.

No “la vaca”. No “Paca”. No “la madre de tres terneros”. No “la que ayer tiró una valla porque se le cruzó una avispa con complejo de notario”.

La que sale siempre.

A los pocos minutos apareció el candidato.

Venía rodeado de sonrisas técnicas. De esas sonrisas que no nacen en la boca sino en la agenda. Traje claro, camisa blanca, botas limpias recién compradas para parecer campo sin haber pisado una piedra con malas intenciones.

—¡Rafael! —dijo el candidato, abriendo los brazos.

Rafael lo miró como se mira a un hombre que te abraza cada cuatro años y te olvida los otros mil cuatrocientos cincuenta y nueve días.

—Presidente.

—Bueno, bueno, todavía candidato.

—Para algunas cosas nunca se deja de serlo.

El candidato no supo si aquello era elogio o pedrada. Sonrió por si acaso. En política, sonreír por si acaso es una asignatura troncal.

Paca observó la escena. Había visto aquello antes. La primera vez se asustó. La segunda pensó que era una feria. La tercera comprendió que era una misa sin Dios, pero con fotógrafo.

El asesor principal se acercó al candidato y le habló bajo.

—Presidente, recuerde: mano en el lomo, mirada cercana, nada de tocar el cuerno, que en la última imagen pareció que estaba negociando con la vaca.

—¿Y qué digo?

—Sector primario, raíces, Andalucía real, compromiso, futuro.

—¿Todo eso junto?

—No. En frases cortas. La vaca ayuda.

Paca parpadeó.

La vaca ayuda.

Había servido para leche, cría, compañía, fotografía institucional y ahora también para sintaxis electoral. Lo suyo ya no era ganadería. Era multifunción.

El candidato se aproximó despacio. Demasiado despacio. Como si Paca fuese un piano antiguo o una suegra indecisa.

—Hola, preciosa —dijo.

Paca lo miró.

Había hombres que llamaban preciosa a cualquier cosa que no pudiese contestarles.

El fotógrafo se agachó.

—Un poquito más cerca. Eso. Mano natural. No tan rígida. Que parezca confianza.

El candidato apoyó la mano sobre el lomo de Paca.

La mano estaba fría.

Paca pensó que los humanos importantes tenían las manos frías porque nunca las metían donde la vida se complicaba: tierra, agua, parto, pienso, alambre, noche.

—Perfecto —dijo el fotógrafo—. Ahora mire a la vaca.

El candidato miró a Paca con intensidad de anuncio.

—Esta tierra —empezó— sabe lo que es trabajar.

Paca siguió masticando.

—Esta tierra no pide privilegios.

Rafael bajó la vista.

—Esta tierra pide respeto.

Un periodista levantó la mano.

—Presidente, ¿qué medidas concretas propone para el sector ganadero?

El asesor tosió.

El candidato acarició a Paca dos veces, como si el programa electoral estuviera escondido bajo la piel.

—Vamos a seguir estando al lado de quienes madrugan, de quienes sostienen nuestra identidad, de quienes mantienen viva la Andalucía profunda, real, auténtica.

Paca dejó de rumiar.

La Andalucía profunda, real y auténtica solía aparecer en campaña con botas nuevas y desaparecer cuando tocaba hablar de precios, agua, relevo generacional o veterinarios.

Otro periodista preguntó:

—¿Habrá ayudas directas?

—Habrá diálogo.

Rafael murmuró:

—Eso engorda poco.

Paca soltó un mugido.

No fue largo. No fue dramático. Fue un mugido seco, con más criterio que muchas ruedas de prensa.

Los fotógrafos dispararon como si acabara de producirse un milagro rural.

—¡Eso! ¡Eso es buenísimo! —dijo uno—. La vaca ha intervenido.

El asesor sonrió.

—Tenemos vídeo.

El candidato, animado, acarició de nuevo a Paca.

—Hasta ella sabe que este proyecto es bueno para Andalucía.

Paca movió la cola.

Rafael dio un paso.

—Con perdón, presidente. La vaca no sabe de proyectos.

El aire se quedó quieto, que es lo que ocurre cuando alguien dice algo sencillo en medio de una ceremonia complicada.

El candidato mantuvo la sonrisa, pero se le aflojó un poco por los bordes.

—Bueno, Rafael, era una forma de hablar.

—Ya. Pero ustedes hablan mucho por los que no hablan.

El asesor principal miró al ganadero con cara de incendio pequeño.

—No entremos ahora en debates.

—Claro —dijo Rafael—. Para eso están los programas. Aunque vienen con menos páginas que el folleto del pienso.

Paca volvió a mugir.

Esta vez más bajo.

El cámara se acercó. Olía la pieza. Un ganadero respondón, una vaca expresiva, un candidato atrapado entre el campo real y el campo de decorado. Aquello daba para redes.

El candidato respiró.

—Rafael, sabes que nuestro compromiso es firme.

—Firme está la valla del fondo y ayer se cayó.

Alguien rió. Un becario. El becario fue fulminado por cuatro miradas y perdió media carrera política en dos segundos.

El candidato cambió de estrategia. La más antigua: abrazar al problema.

—Entiendo perfectamente vuestra situación.

Rafael levantó una ceja.

—¿Cuál?

—La del campo.

—¿Cuál parte? ¿La de vender por debajo de coste? ¿La de no encontrar gente joven que quiera quedarse? ¿La de llenar papeles hasta para mover una cabra? ¿La de esperar ayudas que llegan cuando el ternero ya tiene bigote?

Paca no sabía qué era un bigote, pero aprobó la imagen.

El candidato bajó la mano del lomo de la vaca.

Sin la vaca, parecía más pequeño.

Los asesores se movieron. Uno habló de agenda. Otro de luz. Otro de que había que ir cerrando. La política, cuando el barro sube, siempre recuerda que tiene otro acto.

Pero entonces ocurrió lo inesperado.

Paca dio un paso adelante.

No mucho. Lo justo para quedar entre el candidato y las cámaras.

El fotógrafo, por instinto, disparó.

El candidato intentó recuperar el encuadre.

Paca avanzó otro poco.

Rafael sonrió por primera vez.

—Se ha puesto delante.

—Ya lo veo —dijo el asesor.

—Eso también lo hace cuando quiere que la ordeñen.

—No compare.

—No, claro. La vaca produce más.

El vídeo se subió a los veinte minutos.

En redes lo titularon de todas las formas posibles: “La vaca que eclipsó al candidato”, “Paca presidenta”, “La Andalucía real se coloca delante”, “Ni mu: programa electoral completo”.

Hubo tertulias.

Un politólogo explicó que la vaca simbolizaba el arraigo.

Una consultora dijo que la escena humanizaba al candidato.

Un humorista pidió el voto para Paca.

Un portavoz aseguró que todo había sido espontáneo.

Rafael apagó la televisión antes de que alguien hablara de “ruralidad líquida”.

Esa noche, mientras la finca se quedaba en silencio, Paca comió despacio. No sabía que era tendencia. No sabía que su imagen circulaba por teléfonos donde nadie había tocado jamás una cuerda de pacas. No sabía que al día siguiente algunos dirían que había sido usada por la derecha, otros por la izquierda y otros por la nostalgia de una España que solo existe cuando conviene.

Paca sabía otras cosas.

Sabía cuándo iba a llover.

Sabía quién se acercaba con miedo.

Sabía distinguir una caricia de una estrategia.

Y sabía, sobre todo, que los humanos tenían una capacidad extraordinaria para convertir cualquier ser vivo en decorado, incluso mientras hablaban de defenderlo.

A la mañana siguiente, Rafael encontró al candidato otra vez en todos los periódicos.

Salía sonriente.

Paca también.

Pero Paca ocupaba el centro de la foto.

Rafael la miró desde la puerta del establo.

—Al final vas a tener más tirón que ellos.

Paca levantó la cabeza.

Rafael se rascó la nuca.

—Aunque no te emociones. En cuanto ganen o pierdan, no volverán hasta la próxima.

Paca volvió a rumiar.

No le sorprendió.

Los humanos también eran animales de temporada.

«Me doy a veces consejos admirables, pero soy incapaz de seguirlos.» (En castellano castizo la frase es: “consejos doy que para mi no tengo”. La frase es de Lady Mary Wortley Montagu nacida el 15 de mayo de 1689 y que con toda probabilidad sea absolutamente cierta)

Lainie Kazan cumple hoy 86 años y está para encender pocos días; ni los viernes como hoy. En cualquier caso le deseo que cumpla muchos mas.


La dona que encenia els dilluns

Cada dilluns, la Sunny arribava al bar amb un paraigua groc, encara que fes sol. Deia que el món sempre acaba plovent per algun lloc. Els cambrers li guardaven la taula del racó, on ella llegia cartes antigues i somreia com qui perdona una guerra petita. Un dia no va venir. Al seu lloc, hi havia el paraigua, obert, damunt la cadira. Des de llavors, quan plou, ningú s’asseu allà. Per respecte. O per por que torni la llum.