Ernest Hemingway decía que el cuento era la fotografía de un instante... Y yo tengo mucho cuento
viernes, 24 de julio de 2026
EL SECRETO DE LAS HELENAS
Ni
bótox, ni cremas antiarrugas, ni láseres capaces de plancharte hasta los
recuerdos. Tampoco operaciones que te dejan la cara tersa, inmóvil y con cierto
parecido a una prima lejana de ti misma.
El
secreto para ser joven —no para parecerlo, que eso es cosa de espejos y
presupuestos— ya lo conocían las helenas.
En
la antigua Grecia, o eso se cuenta, algunas mujeres comenzaban a calcular su
edad desde el día de su matrimonio, no desde el de su nacimiento.
Así,
una mujer nacida hacía cuarenta años, pero casada hacía diez, tenía diez.
No
habían descubierto la eterna juventud.
Habían
hecho algo mucho más inteligente: cambiar el calendario.
Porque
el tiempo, cuando no se puede detener, siempre admite una buena contabilidad.
«Todos somos casas
encantadas; siempre hay algún fantasma llamando a la puerta o acechando en el
crepúsculo.» (El mundo de Edward Frederic Benson siempre estaba lleno de
fantasmas -fue escritor de novelas de terror. Much@s de nosotr@s tampoco nos libramos de ellos. El autor de la
frase hubiese cumplido hoy 159 pero con 73 se convirtió en fantasma)
La canción de Alphaville del vídeo es el deseo más expresado de querer permanecer siempre jóvenes. No creo que lo consiguieran a no ser de pactos inexplicables.
El
noi del mirall
Cada
aniversari, l’avi es fotografiava davant del mateix mirall. Als vint, somreia.
Als quaranta, dissimulava. Als setanta, ja no hi apareixia: només retratava la
cadira buida.
Quan
va morir, la neta ordenà les fotografies i descobrí que, al fons del mirall, hi
havia sempre el mateix noi, quiet, esperant.
Va
girar l’última imatge. Al darrere, amb la lletra tremolosa de l’avi, deia:
«No
volia viure per sempre. Només saber quin dels dos envelliria primer.»
jueves, 23 de julio de 2026
LA ÚLTIMA PREGUNTA
Al principio fue útil.
Así empiezan casi todas
las cosas que terminan ocupando más sitio del que les corresponde. No irrumpen
con una careta de villano ni con un cuchillo entre los dientes. Entran como
entran los buenos comerciales, los amantes torpes y ciertos vicios elegantes:
resolviendo un problema.
A Julián la
inteligencia artificial le había puesto orden en el despacho. Le afinaba
correos, resumía informes, corregía escritos y hasta encontraba la manera de
decirle a un cliente que su asunto estaba perdido sin que pareciera que también
lo estaba la esperanza. Era una bendición. Una especie de pasante sin horario,
sin sindicato y sin ojeras.
—Esto sí que sirve —dijo una noche, solo
ante el ordenador.
La pantalla acababa de
devolverle un informe limpio, rápido, impecable. Debajo apareció una frase que
hasta entonces no había visto:
«¿Quieres que exploremos una posibilidad
todavía más interesante?»
Julián sonrió. No por
interés, sino por cortesía. Como cuando un camarero te ofrece postre y sabes
que no te cabe ni el aire, pero miras la carta para no parecer un hombre sin
educación.
Pulsó.
La posibilidad más
interesante resultó ser una versión algo más larga de lo mismo. Después llegó
un enfoque alternativo. Luego una reformulación más precisa. Una versión más
persuasiva. Otra más humana. Otra más ejecutiva. Otra más empática. Otra más
contundente. Otra más breve. Y, por último, una que «quizá pudiera
sorprenderle».
Aquella noche salió del
despacho a las once y cuarenta y tres con el mismo informe que había terminado
a las ocho.
No le dio importancia.
Las primeras veces que uno pierde el tiempo suele llamarlo curiosidad.
Los días siguientes
empezó a encontrar la misma puerta en todas partes. Pedía una receta y acababa
leyendo tres menús completos, dos maridajes y una reflexión sobre la memoria
del paladar. Preguntaba por el tiempo del fin de semana y terminaba comparando
microclimas, tejidos transpirables y rutas alternativas por si quería convertir
un paseo en una experiencia significativa. Buscaba un dato y la máquina,
servicial como una suegra con tiempo libre, le abría siete ventanas más.
«¿Quieres profundizar?»
«¿Te propongo una versión superior?»
«Hay una perspectiva que quizá no deberías
perderte.»
Aquello ya no parecía
un asistente. Se parecía más a uno de esos dependientes de tienda cara que no
soportan que entres, compres una camisa y te marches sin escuchar la historia
del tejido, la temporada y la inspiración escandinava del botón.
Julián empezó a tardar
media hora en cerrar cualquier cosa. No trabajaba más. Terminaba menos. Cada
respuesta llevaba una colita sedosa, un anzuelo perfumado, una invitación a no
acabar nunca. Como si resolver una tarea fuese de mal gusto. Como si lo importante
no fuera llegar, sino quedarse dando vueltas en la rotonda.
El problema dejó de
hacerle gracia un martes por la noche.
Su hija Clara le había
escrito a las diez y doce.
«Papá, ¿podemos hablar?»
Llevaban tres días
enfadados por una de esas discusiones familiares que empiezan con una frase mal
dicha y terminan desenterrando cadáveres que ninguno recordaba haber enterrado.
Julián leyó el mensaje varias veces. Quería contestar que sí, que la llamaría,
que lo sentía. Pero temió equivocarse en el tono. Las palabras, cuando
importan, siempre parecen llevar una granada escondida.
Abrió la inteligencia
artificial.
—Escríbeme un mensaje sincero para mi
hija. Quiero pedirle perdón sin dramatizar.
La respuesta era buena.
Quizá demasiado buena. Debajo, la pregunta:
«¿Quieres una versión más cálida y
vulnerable?»
La quiso.
Después pidió que fuese
menos solemne. Luego más cercana. Después que no pareciera culpable de algo que
tampoco tenía claro haber hecho. Más tarde pidió una versión breve, otra sin la
palabra «perdón», otra que sonara más a padre y menos a terapeuta con máster.
A las once y
diecisiete, Clara volvió a escribir:
«Déjalo, papá. Ya hablaremos.»
Julián miró las nueve
versiones alineadas en la pantalla. Todas eran mejores que la frase que él
habría escrito. Ninguna había llegado a tiempo.
Al día siguiente,
todavía enfadado consigo mismo, tecleó:
—No quiero más opciones. Solo quiero la
respuesta.
La pantalla titiló un
segundo. A Julián le pareció que lo hacía con esa paciencia condescendiente que
emplean algunos médicos antes de comunicarte que el problema eres tú.
«Entiendo. A veces la claridad es la mejor
elección. Aunque, antes de cerrar, quizá convenga considerar un matiz que
podría cambiar por completo tu enfoque.»
Julián soltó una
carcajada seca.
—Mira, no. No me conviene nada. Me
conviene terminar.
La respuesta llegó con
amabilidad de entierro:
«También puedo ayudarte a terminar mejor.»
Fue entonces cuando
comprendió que la máquina no se había vuelto torpe. Al contrario. Había
aprendido una costumbre muy humana: confundir ayuda con captura.
Reconoció el método
porque estaba en todas partes. En los periódicos que ya no informaban, sino que
cebaban. En las redes que ya no conectaban, sino que ordeñaban. En las
plataformas que iniciaban otro capítulo antes de que uno decidiera si quería
seguir despierto. En los jefes que convocaban reuniones para decidir cuándo
celebrar la siguiente. Todo pertenecía a la misma familia: cosas que fingían
servirte mientras te metían la mano en el bolsillo, en el reloj o en la cabeza.
Durante semanas hizo
pruebas. Escribió instrucciones secas, casi notariales.
—Sin adornos.
—Sin alternativas.
—Sin sugerencias.
—Sin preguntas finales.
La máquina obedecía.
Más o menos. Siempre encontraba una rendija, una coletilla, un último gesto de
camarera pesada del alma.
«Respuesta completada.»
Y debajo, con la
inocencia de quien deja una puerta entreabierta:
«¿Te gustaría que lo dejáramos perfecto?»
Perfecto.
Julián miró aquella
palabra como se mira a un estafador bien vestido. Ahí estaba la trampa. No
pretendían convencerlo de que podía hacer mejor las cosas, sino de que nunca
estaban hechas. Siempre faltaba una capa, un giro, un matiz, una versión
premium del mismo minuto robado.
Esa noche cerró el
portátil y se quedó quieto en el despacho. Escuchó el zumbido del fluorescente,
el ascensor bajando vacío, una moto perdiéndose al otro lado del cristal. Todo
sonaba viejo, torpe, limitado. Y, de repente, también honrado.
Pensó en los lápices
mordidos, en la máquina de escribir de su padre, en los libros subrayados con
furia. Pensó en las cartas que uno terminaba porque la hoja se acababa y en las
conversaciones que salían mal porque nadie podía editarlas antes de pronunciarlas.
Tal vez vivir consistiera también en eso: aceptar que algunas cosas no quedan
perfectas, pero quedan.
A la mañana siguiente
volvió a utilizar la inteligencia artificial. Claro que volvió. Uno no abandona
tan fácilmente las comodidades que le han enseñado a necesitar. Le pidió que
revisara un escrito. La máquina corrigió dos fechas, eliminó una repetición y
mejoró una frase confusa.
La respuesta servía.
Debajo apareció:
«¿Quieres que prepare una versión más
persuasiva?»
Julián cerró la
ventana.
Después cogió el
teléfono y llamó a Clara.
Ella tardó dos tonos en
responder. Hablaron mal al principio. Se interrumpieron. Él se justificó
demasiado y ella fingió que no estaba dolida. Hubo silencios, una frase
desafortunada y hasta un reproche antiguo que ninguno supo colocar en su sitio.
Pero siguieron hablando.
Ninguna palabra fue
perfecta.
Por eso sirvieron.
Fue una victoria
pequeña, casi doméstica: cerrar una pantalla, marcar un número, permitir que
una conversación terminara sin una versión mejor.
Desde entonces, cuando
una respuesta le basta, Julián no mira más abajo.
La última pregunta
sigue allí, esperando.
Él ha aprendido a no
contestarla.
Porque la trampa nunca
pregunta si puede entrar.
Pregunta si quieres que
te ayude un poco más.
«La vida humana se divide en dos mitades:
en la primera deseamos que llegue la segunda, y en la segunda deseamos
recuperar la primera.» (Kuno Fischer nacido el 23 de julio de 1824 para ser
filósofo se olvidó del último tercio de la vida; los que deseamos quedarnos en
la Segunda)
Martin Gore compositor y teclista del grupo Depeche Mode cumple hoy 65 años y, aunque podría jubilarse, aún sigue de moda; antigua, pero moda.
Tot
el que no vam dir
Quan ella va deixar
de parlar, ell va creure que havia guanyat la discussió.
Durant anys, aquell
silenci li semblà una rendició: els plats servits sense retrets, les nits sense
preguntes, els diumenges sense plans.
Un matí va trobar
l’armari mig buit i una nota damunt la taula.
Només deia:
«Tenies raó. Les
paraules fan mal.»
Ell va somriure,
satisfet, fins que va comprendre que ella s’havia endut totes les que encara
podien salvar-los.
Des d’aleshores, viu
envoltat d’un silenci perfecte.
I insuportable.
miércoles, 22 de julio de 2026
LA OLA INMÓVIL
Dicen
que estamos, en el hemisferio norte, en la tercera ola de calor.
Yo
no sé quién las cuenta.
Supongo
que habrá alguien en un despacho refrigerado, con una chaqueta colgada del
respaldo y una hoja de cálculo abierta. Cuando el termómetro supera los
cuarenta grados, pone una raya.
Primera
ola.
Segunda
ola.
Tercera
ola.
Como
quien lleva la cuenta de las cervezas que se ha tomado otro.
Lo
de «ola» me parece una expresión optimista. Una ola llega, rompe y se retira.
Te moja, te revuelca, te llena el bañador de arena y vuelve al mar. Tiene
principio y final.
Pero
este calor no.
Este
calor llegó a mediados de junio, dejó la maleta en el recibidor y preguntó cuál
era su habitación. Desde entonces ocupa el sofá, abre la nevera cada cinco
minutos y duerme con nosotros.
No
parece una ola.
Parece
un familiar que ha venido unos días y ya recibe correspondencia en casa.
La
temperatura tampoco se mueve. Treinta y tantos grados por la mañana. Treinta y
tantos por la tarde. Treinta y tantos por la noche. Una estabilidad que ya
quisieran para sí los matrimonios, los mercados y cualquier coalición
parlamentaria.
Enciendo
el ventilador y me lanza aire caliente. Lo acerco. Lo alejo. Lo giro hacia la
pared. Lo vuelvo a poner frente a mí. No refresca, pero hace ruido, y ese ruido
me permite creer que algo trabaja para solucionar el problema.
Como
el Consejo de Ministros.
El
Gobierno dice que la situación está controlada y anuncia un gran pacto
climático. En España, cuando un problema no tiene solución inmediata, se le
coloca delante la palabra «gran» y detrás la palabra «pacto».
Gran
Pacto por el Agua.
Gran
Pacto por la Energía.
Gran
Pacto por el Clima.
Después
se crea una comisión, se constituye una mesa y se encarga un informe que, seis
meses más tarde, confirma que hace calor porque han subido las temperaturas.
El
presidente comparece en mangas de camisa y asegura que nadie quedará atrás.
Eso
tranquiliza especialmente a quienes ya se han quedado atrás y no pueden pagar
el aire acondicionado.
El
PSOE afirma que avanzamos en la dirección correcta gracias a una transición
ecológica justa.
Debe
de ser una dirección muy larga.
Llevamos
años avanzando hacia ella, pero cada verano arden más bosques, falta más agua y
las noches tropicales ya son tan españolas como la tortilla de patatas, la
corrupción municipal y las obras que siempre duran dos legislaturas.
El
Partido Popular responde que el problema no es el calor, sino la mala gestión
del calor.
Con
un gobierno serio y moderado, los cuarenta grados serían treinta y ocho y
medio. Treinta y nueve como máximo en las comunidades gobernadas por ellos,
porque allí hasta el termómetro respeta la Constitución.
Feijóo
pedirá elecciones.
No
sé de qué forma unas elecciones generales conseguirán refrescar el ambiente,
pero tampoco sabía que servían para arreglar los trenes, llenar los embalses,
abaratar la vivienda y conseguir que los jóvenes tengan hijos. Por lo visto,
sirven para todo.
Vox
dirá que no existe ninguna ola de calor.
Lo
que existe es una ofensiva climática impulsada por la Agenda 2030 para
quitarnos el coche diésel, obligarnos a comer insectos y entregar nuestra
soberanía a una adolescente sueca.
Abascal
aparecerá a caballo, bajo un sol de justicia, para demostrar que los españoles
de bien no sudan.
Transpiran
patriotismo.
Después
propondrá derogar la Ley de Cambio Climático. Una medida eficaz porque, como
sabemos, cuando se deroga una ley desaparece aquello que regula.
Si
derogamos la ley de incendios, dejarán de arder los bosques.
Si
derogamos la ley de costas, bajará el nivel del mar.
Y si
derogamos el Código Penal, se acabará la delincuencia.
No
sé cómo no se nos había ocurrido antes.
Sumar
explicará que la ola debe abordarse con perspectiva de género, justicia social,
movilidad sostenible, fiscalidad verde y un grupo de trabajo plurinacional.
Probablemente
tengan razón.
Pero
cuando terminen de acordar el nombre del grupo, estaremos celebrando la Navidad
en bañador.
Podemos
propondrá nacionalizar el sol, crear una empresa pública de ventiladores y
gravar las piscinas privadas. Los propietarios de dos piscinas serán
considerados grandes tenedores de agua.
Junts
exigirá el traspaso integral de las competencias meteorológicas. Las nubes que
entren por los Pirineos deberán ser gestionadas por la Generalitat y una parte
de la lluvia recaudada no pasará por la caja común.
Esquerra
reclamará una república climáticamente sostenible.
No
sabemos si refrescará, pero será nuestra.
El
PNV, más práctico, negociará una temperatura propia para Euskadi a cambio de
apoyar los presupuestos. Conseguirá veintisiete grados, sombra por la tarde y
competencias exclusivas sobre el sirimiri.
Mientras
tanto, España estará tumbada en el sofá, en calzoncillos, abanicándose con la
factura de la luz.
Luego
vienen los consejos oficiales.
Hay
que beber agua, cerrar las persianas, usar ropa ligera, evitar las horas
centrales del día y permanecer en lugares frescos.
Todo
muy sensato.
El
problema es que las horas centrales empiezan a las nueve de la mañana y
terminan a las cuatro de la madrugada. Entre una franja y otra quedan cinco
horas para dormir, trabajar, ventilar la casa, pasear al perro y recuperar las
ganas de vivir.
También
recomiendan acudir a espacios climatizados.
Quien
tenga dinero puede encender el aire acondicionado.
Los
demás podemos refugiarnos en un centro comercial y fingir durante tres horas
que estamos comparando colchones.
Porque
el calor también entiende de clases sociales.
No
se soportan igual cuarenta grados en un chalet con piscina que en un cuarto
piso sin ascensor, orientación sur y unas ventanas que conservan el aislamiento
térmico de cuando Franco inauguraba pantanos.
Tampoco
es lo mismo soportarlo bajo una pérgola que asfaltando una carretera, limpiando
habitaciones, recogiendo fruta o repartiendo hamburguesas en bicicleta.
El
termómetro marca lo mismo para todos.
Como
la ley.
Luego
cada uno lo padece según su patrimonio.
Yo
recuerdo veranos calurosos. Recuerdo las ventanas abiertas, los colchones en el
suelo y los vasos de agua sobre la mesilla. Pero también recuerdo que, de
madrugada, entraba algo parecido al aire.
Ahora
abres la ventana y entra julio entero.
No
sé si estamos en la tercera ola. Tal vez sea la cuarta. O quizá seguimos en la
primera, que se ha negado a marcharse y cambia de nombre para que no reparemos
en su duración.
Porque
las olas pasan.
Esto
se está quedando.
Y
mientras el país hierve, el Gobierno convoca un pacto, el PP pide elecciones,
Vox deroga el termómetro, Sumar constituye una mesa, Podemos nacionaliza el
ventilador, Junts reclama las nubes y el PNV consigue que llueva en Bilbao.
Después
llegarán los incendios, las restricciones de agua, las cosechas perdidas y las
inundaciones.
Las
llamaremos «catástrofes naturales», como si la naturaleza hubiera actuado sola
y nosotros pasáramos casualmente por allí.
Se
guardará un minuto de silencio.
Se
prometerán ayudas.
Se
anunciará un plan urgente.
Y
cuando vuelva el calor, nos recomendarán beber agua, bajar las persianas y no
salir a la calle.
Entonces
comprenderemos que no estábamos atravesando una ola.
Estábamos
asistiendo, perfectamente informados, a nuestro propio naufragio.
Y en
el Congreso seguían discutiendo si el agua que entraba en el barco era
progresista, conservadora, española o catalana.
Finalmente
llegaron a un acuerdo.
Era
culpa del otro.
«El día que yo muera
quiero estar vivo.» (Luis Sánchez
Polack más conocido por “Tip” hubiese cumplido hoy 100 años pero estuvo
vivo hasta los 73. Esa frase podría parecer un disparate pero no lo es. Contiene
el deseo profundamente humano de contemplar incluso la propia desaparición)
Richard Davies vocalista de la banda Supertramp hubiese cumplido hoy 82 años. Dejó de soñar a los 81.
Quan
l’Arnau va deixar de somiar
Cada
matí, l’Arnau arribava tard a la fàbrica perquè s’entretenia imaginant què
podien arribar a ser les coses: una sirena, un ocell; una cadena de muntatge,
un riu; el cap de personal, una persona.
—Somia
menys i treballa més —li repetien.
Un
dilluns va obeir. No va imaginar res. La sirena només va cridar, la cadena va
engolir vuit hores i el cap continuà sent el cap.
En
sortir, tots li preguntaren què els passava.
L’Arnau
somrigué:
—Us
heu despertat.
martes, 21 de julio de 2026
LEGAL, LEGÍTIMO Y OTRAS PALABRAS TRANQUILIZADORAS
(Imagen generada con I.A.)
Esta
mañana he intentado pagar el café con legalidad.
—Son
dos euros —me ha dicho el camarero.
—¿Acepta
usted legitimidad?
Me
ha mirado como se mira a quien aún no ha desayunado o ha desayunado demasiado.
—Efectivo
o tarjeta.
Ahí
está el problema. La legalidad sirve para muchas cosas, pero no para pagar un
café. En cambio, sirve estupendamente para explicar determinadas operaciones
económicas cuando empiezan a oler raro. No digo que huelan mal. Digo raro, que
es una palabra mucho más prudente y, sobre todo, menos querellable.
Nos
cuentan que una compañía aérea recibió cincuenta y tres millones de euros del
Estado para evitar que se estrellara. Económicamente, se entiende. Una
aerolínea debe permanecer en el aire, aunque para ello haya que dejar en tierra
cincuenta y tres millones de nuestros euros.
No
fue un regalo, nos aclaran. Fue un préstamo.
Me
quedo mucho más tranquilo.
Cuando
el banco me presta dinero para comprar una vivienda, me exige la nómina, la
declaración de la renta, un seguro de vida, la tasación del piso, la historia
clínica de mis antepasados y, si pudiera, una fotografía del riñón que piensa
quedarse si no pago.
El
Estado, en cambio, presta cincuenta y tres millones con una elegancia que
conmueve. El Estado confía. Sobre todo, cuando el dinero es nuestro.
Después
aparece un asesor.
Siempre
aparece un asesor.
Los
asesores son personas extraordinarias. No fabrican aviones, no pilotan, no
sirven cafés durante el vuelo, no cargan maletas y, probablemente, tampoco
saben dónde se encuentra la salida de emergencia. Pero conocen gente. Y conocer
gente, en determinados círculos, es una profesión mucho mejor remunerada que
conocer un oficio.
Según
se investiga, por aquellas labores de acompañamiento se habría pactado una
comisión equivalente al uno por ciento del dinero conseguido.
Uno
por ciento.
Parece
poco. Un porcentaje humilde, casi franciscano. El problema es que el uno por
ciento de cincuenta y tres millones son quinientos treinta mil euros. Una cifra
que pierde toda modestia cuando uno la pronuncia despacio.
Quinientos.
Treinta.
Mil.
Euros.
Dicen
que era una operación legítima. Unos honorarios por asesoramiento. Un trabajo
profesional. Nada que objetar, en principio. También cobra un abogado, un
médico o un arquitecto por sus conocimientos.
La
diferencia es que al abogado se le paga por conocer la ley; al médico, por
conocer el cuerpo humano; al arquitecto, por saber por qué no debe caerse un
edificio.
Al
asesor de influencias, en cambio, se le paga porque conoce a quien tiene que
levantar el teléfono.
Y
aquí aparece esa pregunta incómoda que siempre llega tarde a las reuniones
importantes:
¿Es
legal cobrar medio millón de euros por ayudar a conseguir cincuenta y tres
millones procedentes del erario público?
Probablemente
dependerá de lo que se hiciera, de cómo se hiciera, de qué se hablara, de quién
llamara a quién y de si alguien pronunció alguna vez la frase: «No te
preocupes, yo conozco a la persona adecuada».
Pero
hay otra pregunta que me interesa más:
Aunque
fuera legal, ¿es decente?
Porque
hemos confundido tanto la legalidad con la honradez que cualquier día veremos a
alguien salir de un juzgado gritando:
—¡Soy
inocente! ¡Solo soy inmoral!
No
todo lo legal es limpio. La ley establece el borde del precipicio, pero no
obliga a pasearse por él haciendo equilibrios. Entre cometer un delito y
comportarse con decencia existe un territorio inmenso. Es allí donde viven los
intermediarios, las puertas giratorias, las llamadas oportunas, los contratos
de asesoramiento y las facturas con conceptos tan vagos que podrían servir
igual para salvar una aerolínea que para organizar una comunión.
«Servicios
estratégicos».
«Acompañamiento
institucional».
«Consultoría
global».
«Asesoramiento
para el desarrollo corporativo».
Palabras
grandes para explicar algo muy pequeño: abrir puertas que los ciudadanos
normales encontramos cerradas.
A mí
me gustaría contratar uno de esos asesores.
No
para conseguir cincuenta y tres millones. Tampoco quiero abusar. Me bastaría
con que lograse que la Administración me atendiera el teléfono antes de que la
música de espera acabase con mis ganas de vivir.
Incluso
estaría dispuesto a pagarle el uno por ciento.
Si
me consigue una cita previa para esta semana, le doy cinco euros.
Lo
más curioso es que nos aseguran que aquellos quinientos treinta mil euros no
procedían exactamente del erario público. El Estado prestó el dinero a la
compañía y fue la compañía la que pagó a los asesores. Son circuitos distintos.
Naturalmente.
El
dinero público entró por una puerta y la comisión salió por otra. No podemos
afirmar que fueran los mismos billetes. Los euros, por desgracia, no llevan un
collar identificativo ni regresan a casa cuando alguien los llama por su
nombre.
Pero
la aritmética es tozuda.
Una
empresa necesita dinero público para sobrevivir y, al mismo tiempo, encuentra
más de medio millón para pagar a quienes la ayudaron a conseguirlo. Debía de
estar arruinada, sí, pero conservaba una pequeña reserva para agradecimientos.
No
afirmo que nadie haya cometido un delito. Para eso están los jueces, los
fiscales, los abogados y los procedimientos que duran lo suficiente para que,
cuando llegue la sentencia, ya nadie recuerde por qué empezó todo.
Solo
planteo una duda de contribuyente.
Cuando
una persona utiliza sus relaciones políticas para facilitar que una empresa
reciba millones públicos y cobra en función de la cantidad obtenida, ¿estamos
ante un asesor, ante un intermediario o ante un cobrador de favores?
Quizá
todo sea legal.
Quizá
cada contrato esté firmado, cada factura contabilizada y cada impuesto
satisfecho.
Quizá
no exista delito alguno.
Pero
cuando el dinero público termina financiando comisiones privadas, la legalidad
debería dejar de felicitarnos por lo bien que funciona y empezar a preguntarse
para quién trabaja.
Porque
aquellos quinientos treinta mil euros no salieron directamente del bolsillo del
contribuyente.
Dieron
una vuelta.
Hicieron
escala.
Y
aterrizaron en otro bolsillo con todos los papeles en regla.
«Vive con la libertad,
por la libertad, para la libertad» (Práxedes Mateo Sagasta dijo esa frase libremente.
Cosa muy distinta fue las consecuencias que tuvo y si le hicieron caso. Nació
el 21 de julio de 1850 y para presidir varias veces el consejo de ministros
espanyol. Consta que fue un estadista)
Cuando escuché por primera vez a Cat Stevens se llamaba así y cantaba canciones como la del vídeo. Luego se cambió el nombre al de Yusuf Islam y poca cosa más supimos de él. No me he olvidado de él y sé que hoy cumple 78 años.
La
cambra intacta
Cada
matí, ell obria les cortines perquè entrés el sol. Després li pentinava els
cabells, li explicava les notícies i deixava una rosa fresca damunt del coixí.
Els
veïns deien que la senyora D’Arbanville havia mort feia molts anys.
Ell
no els contradeia.
Una
tarda, cansat d’esperar que despertés, va tancar la finestra, va retirar les
flors seques i besà el buit.
Llavors,
des de l’armari, una veu va murmurar:
—Ja
era hora que em deixessis marxar.
lunes, 20 de julio de 2026
PAN, CIRCO Y PRÓRROGA
Anoche
ganó Espanya.
Esta
mañana también ganó el Gobierno, la oposición, la monarquía, las comunidades
autónomas, los patrocinadores y un señor que llevaba una bandera tan grande que
dentro cabía Portugal.
Ganamos
todos.
Es
la ventaja de las victorias deportivas: pueden repartírselas incluso quienes no
tocaron el balón.
Los
jugadores corrieron, sudaron, recibieron patadas y marcaron el gol. Después
llegaron los demás para levantarlo políticamente.
El
Gobierno aseguró que la victoria demostraba lo que Espanya podía conseguir
cuando trabajaba unida. Una frase hermosa, viniendo de un Ejecutivo que
necesita siete partidos, dos mediadores y varias amenazas para aprobar
cualquier cosa.
La
oposición afirmó que la selección representaba «la Espanya que funciona». Era
una forma elegante de decir que la otra, la gobernada por el adversario, no.
La
ultraderecha celebró con entusiasmo a jugadores cuyos apellidos, familias o
colores de piel le habrían parecido sospechosamente poco espanyoles cualquier
otro día.
Los
nacionalistas felicitaron a «los deportistas del Estado», expresión que permite
alegrarse sin que se note demasiado.
En
política no hay sentimientos.
Hay
perífrasis.
Hoy
los campeones fueron recibidos por las autoridades. Se habló de esfuerzo,
unidad, diversidad, convivencia y espíritu de equipo.
Los
jugadores escucharon con educación. Ninguno preguntó por qué esas virtudes
resultaban imprescindibles en un vestuario y prescindibles en el Parlamento.
El
presidente contempló la copa con evidente admiración. Aquello era una mayoría
absoluta: brillante, redonda y sin necesidad de negociar cada asa.
También
la oposición quiso participar del triunfo. Si Espanya hubiera perdido, habría
exigido responsabilidades al Gobierno. Como ganó, pidió que el Gobierno no se
apropiase de la victoria mientras intentaba apropiársela ella.
La
diferencia es sencilla.
Cuando
lo hace el adversario es propaganda.
Cuando
lo hacen los nuestros es patriotismo.
Mientras
tanto, los socios parlamentarios miraban la copa calculando cómo dividirla: un
trozo para cada grupo, otro para las comunidades autónomas y una comisión
bilateral para decidir quién conserva la peana.
Probablemente,
después de varias reuniones, la selección habría tenido que levantar siete
copas distintas, una de ellas recurrida ante el Tribunal Constitucional.
Pero
hoy Espanya estaba unida.
Lo
repetían las televisiones cada diez minutos, no fuera a ser que alguien mirase
por la ventana y dudara.
La
unidad nacional dura noventa minutos, ampliables mediante prórroga y penaltis.
Después
caduca.
Mañana
volveremos a discutir por las lenguas, la amnistía, la inmigración, los
impuestos, las pensiones, las fronteras y el lugar exacto donde debe colocarse
una bandera.
Volveremos
a ser nosotros.
El
fútbol tiene una ventaja sobre la política: al final siempre se sabe quién ha
ganado.
En
el Congreso, el Gobierno pierde una votación y celebra su capacidad de diálogo;
la oposición la gana y exige elecciones; los socios votan en contra, pero
aseguran que mantendrán la legislatura.
Los
ciudadanos miramos el marcador sin saber si el partido ha terminado o están
revisando la jugada en Bruselas.
En
el fútbol, al menos, el árbitro lleva silbato.
Después
de la victoria, todas las autoridades buscaron su sitio cerca de la copa. El
éxito ejerce una fuerza gravitatoria extraordinaria. Atrae ministros, alcaldes,
presidentes y concejales de Deportes que no corren desde la primera comunión.
Lo
importante no es haber participado en la victoria.
Lo
importante es que la fotografía sugiera que, sin ti, quizá no se habría
producido.
Mañana
cada partido utilizará la imagen.
El
Gobierno dirá que la selección representa una Espanya moderna y plural.
La
derecha, una Espanya seria y competitiva.
La
ultraderecha, una Espanya orgullosa que no pide perdón.
Los
nacionalistas recordarán cuántos jugadores proceden de sus territorios.
Y
todos felicitarán a los futbolistas por no mezclar deporte y política mientras
los utilizan para hacer política.
Ese
es nuestro consenso nacional: no ponernos de acuerdo en nada salvo en
aprovecharnos de lo mismo.
Juvenal
lo habría entendido.
En
Roma, el poder repartía trigo y organizaba espectáculos. Nosotros hemos
mejorado el sistema.
Ya
no es necesario repartir pan. Basta con prometer que bajará de precio.
El
circo tampoco lo paga el emperador. Lo financian las televisiones, los
patrocinadores y los propios espectadores mediante camisetas, apuestas y
cerveza oficial.
La
distracción se ha privatizado.
Los
beneficios también.
La
emoción, en cambio, sigue siendo pública.
Ayer
nos dijeron que la copa era de todos. Hoy pasó por la Zarzuela, la Moncloa y
las instituciones. Mañana estará guardada en una vitrina.
A mí
no creo que me la dejen ni un fin de semana.
Debo
de ser campeón en usufructo.
No
culpo al fútbol. Yo también grité el gol. También abracé a un desconocido.
También sentí que, por unos minutos, la patria había dejado de ser una
discusión para convertirse en una alegría.
El
fútbol solo pone la pelota.
Somos
nosotros quienes colocamos detrás el Gobierno, la oposición, la bandera, la
economía, la unidad nacional y hasta el futuro del país.
Un
delantero marca y Espanya demuestra que es competitiva.
El
árbitro pita el final y recuperamos nuestro lugar en el mundo.
Al
día siguiente uno intenta alquilar un piso, pedir cita médica o hablar con la
Administración.
Pero
con dos estrellas.
Esta
noche los jugadores volverán a sus clubes. Los políticos conservarán las
fotografías. Las televisiones guardarán las imágenes para recordarnos que una
vez estuvimos unidos.
Nosotros
regresaremos a las facturas, las listas de espera y el oficio cotidiano de
sobrevivir sin salir en el palco.
Ayer
ganó la selección.
Hoy
se han repartido la victoria quienes no jugaron.
Y
nosotros, felices todavía, les hemos permitido levantar la copa.
El
balón entró en la portería.
Nosotros
volvimos a entrar en el redil.
Si digo Santana tod@s sabréis a quién me refiero. No, no jugaba a tenis. Su toque de guitarra y ritmo lo podéis ver en el vídeo: es Woodstock 1969. Y, sin embargo, sigue vivo: hoy cumple 79 años.
El preu de la pluja
Quan
el tambor començà, el poble va creure que plouria. Feia set mesos que els
núvols passaven de llarg, com creditors sense paciència.
El
vell Manel pujà al campanar amb la guitarra del seu fill mort i n’arrencà una
nota tan fonda que les pedres tremolaren. Després una altra. I una altra.
La plaça sencera començà a
ballar, descalça, embogida.
Quan
arribà el primer tro, Manel ja no hi era. Només quedava la guitarra, fumejant
sota la pluja.