miércoles, 25 de marzo de 2026

 

LA PAZ DEL ÁGUILA


El cartel colgaba torcido en la pared del despacho, como si hasta el clavo hubiera entendido tarde el chiste.

Arriba, en letras gordas, decía Pax Americana. Debajo, un águila enorme abría las alas sobre el mapa de Estados Unidos con la naturalidad de quien no vuela: ocupa. A un lado aparecían Hawai, Guam, las Marianas, Puerto Rico; al fondo, unos rayos que fingían amanecer y parecían otra cosa, una manera gráfica de decirle al mundo que la luz siempre viene del mismo sitio cuando el que dibuja también lleva el fusil.

Lo había comprado en una subasta un asesor joven de Washington, de esos hombres con mandíbula de anuncio dental y ojos de PowerPoint, para decorar la sala donde se reunían a hablar de orden internacional, fronteras, aranceles, disuasión, influencia, seguridad, liderazgo, es decir: dominación con corbata.

Nadie decía dominación. Eso sonaba romano, antiguo, casi sincero.

Aquella tarde yo estaba allí porque me habían contratado para catalogar unos documentos heredados de no sé qué fundación patriótica. Me tocaba poner fecha, contexto y una breve nota explicativa a piezas viejas que servían para justificar ideas nuevas. O quizá era al revés: ideas viejas con maquillaje nuevo. En política exterior pasa mucho. Cambian las pantallas, no las tripas.

—Bonito, ¿verdad? —me dijo el asesor, entrando con un café tan largo como su ambición.

Miré el cartel.

—Bonito no es la palabra que usaría un país sobrevolado por esa ave.

Él sonrió con esa condescendencia higiénica de los convencidos.

—Es historia. Estados Unidos garantizó estabilidad.

—Roma también.

—Exacto —dijo, encantado de que yo le hubiera puesto la pelota en el pie—. La pax romana. Carreteras, comercio, ley, prosperidad. Civilización.

—Y legiones.

No contestó enseguida. Sorbió café. Sonrió otra vez. En aquella sala se sonreía como se firma un embargo: sin mancharse.

—A veces —dijo— la paz necesita músculo.

Me dieron ganas de preguntarle cuántos músculos necesita un niño para dormir bajo una sirena, pero preferí seguir mirando el grabado. La verdad suele entrar mejor por los objetos que por la boca de los hombres.

En el dibujo, el águila no parecía feroz. Parecía inevitable. Ahí estaba la trampa. Roma también perfeccionó eso: lograr que el sometimiento pareciera destino, que la obediencia sonara a sensatez, que pagar tributo pareciera una forma inferior pero razonable de seguir vivo.

La pax romana consistía en decir: “No os matéis entre vosotros; ya os administramos nosotros la violencia”.

La pax americana, en su versión clásica, añadía algo más sofisticado: “Podéis llamarlo libertad mientras compráis nuestros productos, aceptáis nuestras bases, escucháis nuestra música y teméis nuestras sanciones”.

La diferencia entre Roma y Estados Unidos no estaba en la inocencia, que ninguno tuvo, sino en el decorado. Roma entraba con sandalias, estandartes y centuriones. América entró con portaaviones, préstamos, tratados, películas y la sonrisa blanqueada de quien bombardea por el bien común. Primero el águila, luego Hollywood, luego el dólar, luego el discurso sobre derechos humanos, y entre una cosa y otra, si hacía falta, los marines.

El joven asesor se había sentado al borde de la mesa. En la televisión sin sonido, detrás de él, Donald Trump hablaba en un atril rodeado de banderas. Movía la boca con ese gesto suyo de vendedor que no ofrece un producto sino una revancha. Yo no oía nada, pero no me hacía falta. Hay hombres a los que se les entiende demasiado bien sin volumen.

Se giró un momento para mirarlo.

—Él lo tiene claro —dijo—. Peace through strength.

Ya. La paz a través de la fuerza. Como si la historia no fuera un armario lleno de cadáveres envueltos en esa frase.

Trump no había inventado la pax americana. Ni de lejos. Lo suyo era más tosco y por eso, en cierto modo, más honesto. Otros presidentes habían llevado el mismo hierro dentro de un guante diplomático. Él prefería enseñar el puño, sacarlo en televisión, darle nombre comercial, ponerle arancel, muro, amenaza, humillación pública y una gorra con eslogan. Donde otros maquillaban el imperio con universidades, cumbres, fundaciones y palabras como “multilateralismo”, él entraba como un contratista enfadado que llega a una finca y pregunta quién manda allí sin esperar respuesta.

Su mérito, si puede llamarse así, consistía en quitarle poesía al engaño.

Roma decía: “Traemos orden”.

Washington dijo durante décadas: “Traemos democracia”.

Trump venía a decir: “Traemos trato. Y si no os gusta, también traemos castigo”.

Era la misma pax, pero sin latín y sin perfume.

El asesor, que ya se había puesto de pie otra vez, me pidió una ficha breve para el grabado.

—Algo elegante —dijo—. Algo sobre la proyección histórica de Estados Unidos como garante de la paz hemisférica.

Lo dijo sin pestañear. Hay gente que ha convertido la retórica en un gimnasio: levantan toneladas sin notar el peso de las palabras.

Saqué mi libreta. En lugar de escribir, recordé a Tácito, que sabía más de imperios que todos los tertulianos juntos. No lo cité en voz alta porque las citas solo sirven con quien aún siente vergüenza. Pero me vino aquella idea suya, seca y feroz, esa que más o menos dice que crean un desierto y lo llaman paz.

La paz del imperio siempre tiene algo de solar vacío. Calles limpias después de la redada. Mercados abiertos tras la invasión. Puertos funcionando mientras alguien cuenta desaparecidos. Paz para el inversor, miedo para el barrio. Seguridad para la ruta comercial, duelo para quien vivía debajo de la ruta.

Pensé en Roma pacificando provincias a golpe de disciplina y crucifixión ejemplar. Pensé en América pacificando regiones enteras con bloqueos, golpes blandos, bases militares, deuda o fuego, según conviniera. Pensé en Trump rescatando la versión más primaria de ese catecismo: América primero, los demás después, y si es posible de rodillas. Una pax de casino: el crupier sonríe, la banca siempre gana y el que protesta acaba fuera, sin ficha y sin voz.

—¿Lo tiene? —preguntó el asesor.

Lo miré. Detrás de él seguía el cartel con el águila desplegada, la geografía convertida en trofeo, el año 1898 como una fecha de boda entre la codicia y la propaganda.

—Sí —le dije.

Arranqué una hoja y le leí en voz alta:

“Litografía de finales del siglo XIX. Ejemplo temprano de propaganda imperial estadounidense. Reinterpreta la idea de la pax romana: no la paz entre iguales, sino la paz impuesta por una potencia que confunde estabilidad con obediencia. Su vigencia contemporánea reside en que todo imperio, cuando envejece, deja de disimular y llama paz a que nadie pueda discutirle el precio”.

El asesor me miró como si acabara de oler algo averiado.

—Eso no es exactamente lo que necesitamos.

—Ya lo sé —le dije—. Precisamente por eso es lo que significa.

Se hizo un silencio corto, de esos silencios que duran poco pero enseñan mucho. En la televisión, Trump alzaba una mano con la misma delicadeza con que un emperador habría pedido otro vino o una cabeza menos.

Entonces entendí que el cartel no estaba torcido por descuido.

Estaba torcido porque toda paz imperial acaba colgando así: sostenida, sí, visible, sí, pero vencida de un lado por el peso de lo que tapa.

«El poder actúa siempre de manera destructiva, empeñado en meter toda manifestación de la vida en el corsé de sus leyes.» (Esta frase no podía venir más que de un anarquista; Rudolf Rocker lo era y es suya. Nació el 25 de marzo de 1873 y fue figura clave del anarcosindicalismo en el siglo XX aunque como buen alemán era bastante organizado)

Johnny Burnette nació el 25 de marzo de 1934 es decir, hoy cumpliría 92 años. Llegó hasta pasados unos meses de los 30 así que dejó para el más allá muchos de sus sueños.

El llit dels dilluns

Ella dormia amb una cama fora del llençol, com si encara confiés en el món. Jo la mirava des de la vora del llit, amb aquella por tan ridícula de qui ha estimat tard i malament. Al carrer, el camió de les escombraries feia més soroll que la nostra història. Va obrir un ull i va dir:

—Encara hi ets?

No era tendresa. Era sorpresa.

Vaig somriure com somriuen els derrotats elegants.

—Només estava somiant.

Però no. Somiar és gratis. Quedar-se sempre surt car.


martes, 24 de marzo de 2026

LA MALDAD QUE SONRÍE

No siempre hace falta un arma para matar.

A veces basta una mesa de despacho, una voz baja, una sonrisa bien colocada y esa educación impecable que deja el crimen sin manchas.

Hay gente que no dispara, no apuñala, no grita. Hace algo peor: va empujando a otros hacia el borde con gestos pequeños. Una frase dicha “por tu bien”. Una duda sembrada con delicadeza. Una injusticia presentada como si fuera un trámite. Una humillación envuelta en cortesía. Y así, poco a poco, te van quitando el aire sin rozarte apenas.

Lo más cruel no es el daño. Lo más cruel es verlo venir.

Porque cuando uno es torpe, o ingenuo, o sencillamente vive distraído, todavía le queda el consuelo de no enterarse. Pero cuando entiendes el subtexto, cuando percibes el veneno detrás de cada palabra limpia, ya no hay refugio. Te quedas con la lucidez. Y la lucidez, aunque algunos la veneren, a veces no ilumina: disecciona. Te enseña la herida antes de que sangre.

Hay especialistas en matar a disgustos. Gente refinada. Gente correcta. Gente que te clava una frase entre las costillas y, acto seguido, te pregunta si te ocurre algo con una ternura casi administrativa. No dejan huellas visibles. Dejan insomnio. Dejan desgaste. Dejan esa fatiga del alma que luego nadie sabe fechar en un parte médico. Ese es su talento: hacer que el daño parezca una exageración tuya.

Después llegan las palabras nobles, siempre tan bien peinadas: equilibrio, prudencia, moderación, sentido común. Palabras limpias para tapar manos sucias. Porque hay quien contempla una injusticia con el mismo gesto con que elegiría un vino: sin alterarse demasiado. Hablan de valores mientras sostienen al miserable. Invocan la ética mientras premian la infamia. Y todavía se sorprenden de que uno acabe dudando de la condición humana.

Llevan máscaras, sí, pero ni siquiera hace falta que se las ajusten mucho: la costumbre ya se las ha pegado a la cara. Fingen afecto, interés, cercanía. A veces hasta admiración. Lo hacen tan bien que durante un segundo casi caes. Casi. Pero el cuerpo no suele equivocarse. El cuerpo sabe antes que la cabeza. Nota la traición en la nuca, en el estómago, en la forma en que se te enfría la sangre cuando alguien te sonríe demasiado.

Por eso he acabado pensando que lo que más destruye no es el golpe franco, ni el enemigo declarado, ni la violencia que enseña los dientes. Lo que más destruye es la hipocresía. La calumnia con perfume. La crueldad con modales. Esa forma de maldad que no necesita levantar la voz, porque ha aprendido algo mucho más eficaz: te sonríe. 

«No hay plazo que no llegue ni deuda que no se pague.» (La tan acertada y anterior frase fue pronunciada por Gabriel Téllez más conocido en todos los libros de literatura por Tirso de Molina, uno de los grandes del teatro del Siglo de Oro. Nació el 24 de marzo de 1579 y sabía muy bien lo que se decía y escribía)

Hay músicas que reconoces desde el primer acorde de la canción. La del vídeo es una de ellas y hoy viene a cuento porque el bajo del grupo, Dougie Thomson, cumple 75 años. La película también se reconoce con solo ver a los protagonistas ¿a qué si?

L’últim soroll del passadís

Quan ella va dir que marxava, ell va assentir com si li confirmessin una avaria antiga.

—No em miris així.

—Així com?

—Com si jo fos la ruïna.

Va sentir les claus, la porta, l’ascensor. Tot molt domèstic. Tot molt final. A la cuina, el rellotge continuava fent feina de funcionari mentre el sopar es refredava amb una dignitat absurda.

Ell va seure davant la cadira buida i va comprendre la burla: no li feia por perdre-la a ella. Li feia por quedar-se sol amb l’home que havia estat mentre la tenia.


lunes, 23 de marzo de 2026

 

MASTERCLASS


Nos hicieron bajar al salón de actos a las once. Dijeron que venía “un referente para la juventud”. Esa frase ya traía dentro fluorescentes, PowerPoint y café de máquina, pero bajamos igual, arrastrando mochilas, acné y sueño.

En el escenario habían puesto una pantalla gigante, dos focos y una botella de agua con la etiqueta bien girada hacia delante, como si hasta el agua quisiera salir en la foto. La directora sonreía con esa alegría administrativa que solo aparece cuando hay cámaras. A su lado, el invitado: un chico de dientes perfectos, bíceps de gimnasio y vocabulario de ascensor. Famoso por hacerse vídeos diciendo que madrugar, visualizar y quererse mucho eran la clave del éxito.

—Yo no leo —dijo entre risas—. Para aprender, la calle. Y para triunfar, actitud.

El salón de actos aplaudió como si acabara de citar a Séneca.

Un profesor de Filosofía, interino, sentado en la última fila, bajó la cabeza. Lo vi porque estaba a dos asientos de mí. Tenía la americana gastada en los codos, ojeras de corregir exámenes y esa dignidad algo derrotada de los hombres que todavía subrayan libros con lápiz. Llevaba meses encadenando sustituciones, cobrando tarde y mal, y aquella misma semana le habían dicho que quizá en junio no renovaba. En otro país, pensé, a ese hombre le habrían dado una cátedra. Allí le daban una silla plegable y un silencio educado.

El chico del escenario siguió repartiendo frases como quien lanza caramelos en una cabalgata.

—La cultura está sobrevalorada. Hoy todo está en internet.

Otra ovación.

Una alumna de primero levantó la mano y preguntó qué se hacía cuando en casa no había dinero, ni contactos, ni tiempo para “emprenderse a una misma”, que fue la expresión exacta. El referente la miró con compasión fotogénica y respondió:

—Mentalidad. La pobreza empieza aquí —y se tocó la sien, muy convencido de su cerebro, que parecía recién alquilado.

Hasta la directora sonrió.

Al terminar, le entregaron una placa. “Por inspirar a nuestros jóvenes”. El fotógrafo pidió otra foto porque en la primera no se veía bien el lema del instituto. Mientras tanto, el profesor de Filosofía salió por una puerta lateral con una caja de cartón entre los brazos: dos libros, una libreta, una taza desconchada, un jersey para el frío del aula.

Nadie le hizo fotos.

Los chicos se fueron repitiendo las frases del escenario como si fuesen un himno. El hombre que sabía pensar cruzó el patio solo, con los hombros un poco vencidos y la caja pegada al pecho, como quien rescata lo poco que aún no le han quitado.

Entonces entendí que la mediocridad no gana porque brille más.

Gana porque cobra entrada, pone focos y consigue que el talento salga por la puerta de servicio.

«Los países poco armados pueden ir a la guerra con la misma facilidad que los armados hasta los dientes, si no se eliminan las causas habituales de la guerra.» (Ludwig Quidde nació el 23 de marzo de 1858 para ser premio nobel de la Paz en 1927; le dio tiempo, además, de exiliarse de su país, Alemania, cuando los nazis alcanzaron el poder. Como todos los premios nobeles de la Paz se sentiría muy decepcionado al ver como no hemos eliminado las causas de la guerra. Hay hasta quién se inventa esas causas)

Ric Ocasek que era el cantante del grupo The Cars, cumpliría hoy 82 años. Llegó con su coche, despeinado, polvoriento y con 6 hijos de 3 matrimonios,  hasta los 75. 


El copilot

Ell conduïa com estimen els covards: sense mirar gaire, però exigint fe.

—Confia en mi.

I ella, que ja tenia una edat i prou ferides per no confondre volant amb destí, va mirar la carretera negra, els llums trèmuls, la seva mà massa segura.

—No —va dir.

Va baixar del cotxe enmig de la nit. Feia fred. Feia por. Feia vida. Ell va marxar ofès, com marxen els homes acostumats a ser porta i paret.

Ella es va quedar sola a la cuneta, sí, però per primer cop no anava d’acompanyant.


domingo, 22 de marzo de 2026

 

LA GENTE BRÚJULA


La gente suele presentarse como brújula, pero funciona como veleta: hoy te marca norte con la solemnidad de quien jura lealtad, y mañana gira al sur con la naturalidad de quien cambia de canción. Sin explicación. Sin aviso. Sin que tú hayas tocado nada. Un golpe de timón y ya está: una de cal, otra de arena, y tú con la boca llena de polvo intentando entender en qué minuto exacto dejaste de merecer el mismo trato.

Por eso hay una prudencia que no sale en las películas: no poner tu vida —tu calma, tus planes, tu futuro— en manos de alguien capaz de soltarte cuando más pesas. Porque hay personas que no abandonan cuando todo va bien (eso lo hace cualquiera), abandonan cuando te ven vulnerable, cuando ya no eres aplauso sino responsabilidad. Y ahí es donde se sabe si había amor o solo había costumbre; si había compromiso o solo conveniencia con buena educación.

Lo temible no es que cambien de opinión: lo temible es que te construyan una dependencia. Una telaraña fina, casi elegante, hecha de mensajes tibios, promesas a medias, gestos que parecen cuidado y son control. Te van envolviendo sin ruido, y cuando por fin te das cuenta, no estás enamorado: estás atrapado. Y cuesta salir porque la trampa no está en el otro, está en tu propia necesidad de creer.

Al final la falta de amor no siempre llega con gritos. A veces llega con eficiencia: te usan, te exprimen, te sostienen lo justo para que sigas sirviendo y, cuando ya no les vales, te desechan como un objeto que estorba. Sin moral, sin culpa, con la coartada moderna de que “cada uno mira por sí mismo”. Un mundo donde todo vale… hasta que te toca a ti.

«Ideas suelen durar un día; los sentimientos y los sueños, casi para siempre.» (Gabrielle Roy nacida el 22 de marzo de 1909 para ser novelista y retratar la vida cotidiana de la gente humilde, aunque ella no lo fuese. Es verdad que las ideas duran muy poco y es de esperar que siempre, siempre tengamos sueños y sentimientos)

¡Como pasa el tiempo! hoy hace 63 años que The Beatles lanzaron su primer éxito: ¡Please me, please mi!

La fam de dir-ho

Va entrar al bar amb aquella cara de no haver estat estimada bé en tota la setmana. Jo li vaig oferir foc, tot i que no fumava. Ella va riure, que ja era una manera bastant indecent d’acostar-se. Vam parlar poc: dues mentides petites, tres silencis útils i una set antiga fent soroll sota la taula. Quan em va dir “sigues amable”, vaig entendre una altra cosa. De vegades l’amor no arriba com una promesa, sinó com una súplica mal dissimulada. I tothom, tard o d’hora, vol que algú li digui que sí amb el cos sencer.


sábado, 21 de marzo de 2026

 

EL HOMBRE QUE CENABA DESPACIO


Entró en el restaurante con esa clase de calma que en un hombre de más de cincuenta años ya no es timidez ni educación: es oficio. No miró a nadie de inmediato. Se quitó el abrigo, se lo entregó al camarero, recorrió la sala con una lentitud cortés y solo entonces la vio. O, mejor dicho, dejó que pareciera que la veía en ese momento.

Ella estaba sola, junto al cristal, con una copa de vino y esa expresión de las mujeres que han aprendido a cenar sin pedirle compañía al mundo.

Él se acercó.

—Qué mala suerte la mía —dijo—. Venir a cenar tranquilo y encontrarte aquí.

Ella lo miró de arriba abajo. Sin prisa. Como quien revisa una prenda cara y no acaba de decidir si merece el precio.

—A tu edad, la mala suerte ya no entra tan bien vestida.

Él sonrió. Ahí estaba lo suyo: no entraba a matar. Rodeaba. Medía. Esperaba. Tenía una elegancia seca, un encanto sin aspavientos, una voz grave que no buscaba impresionar y por eso impresionaba más. No era un hombre cálido a primera vista. Era un hombre interesante, que es una forma más lenta y a veces más peligrosa de la seducción.

—¿Puedo sentarme?

—Ya te has sentado medio segundo antes de preguntarlo.

—Entonces aún conservo reflejos.

—Y descaro.

—El descaro bien llevado es casi una virtud.

Ella señaló la carta.

—Depende del animal.

Él pidió un vino mejor del que ella estaba bebiendo. No por exhibición, sino por costumbre. Como esos depredadores elegantes que nunca corren si pueden acercarse andando. Habló poco al principio. Le preguntó por su trabajo, por un viaje, por una cicatriz pequeña que asomaba junto a su muñeca izquierda. Escuchaba con una atención casi insolente. No interrumpía. No se justificaba. No llenaba los huecos por miedo. De vez en cuando sonreía de lado, como si supiera algo del deseo que los demás todavía no habían aprendido.

Ese era su atractivo. Y también su defecto.

Porque la misma calma que seducía podía parecer cálculo. La misma seguridad que protegía también aislaba. Había en él algo de hombre que ha dormido demasiados años consigo mismo y se ha acostumbrado a no compartir del todo la intemperie. Alguien que sabe acercarse, rozar, tentar, pero mantiene a salvo una parte esencial de su hambre.

—Tú estás muy entrenado —dijo ella, llevándose la copa a los labios.

—¿En qué?

—En gustar sin exponerte.

Él sostuvo la mirada. No la esquivó. Tampoco se precipitó a desmentirla.

—Y tú estás muy entrenada en notarlo.

—Es la edad.

—No. Es la puntería.

Ella sonrió, pese a sí misma. Él la había hecho reír y eso, a ciertas alturas de la vida, cotiza más que unos abdominales y bastante más que un poema malo.

Llegó el plato principal. Compartieron un trozo de lubina, un silencio cómodo, el aroma de mantequilla y limón, la luz ámbar sobre el mantel. Él cortaba despacio. Bebía despacio. Miraba despacio. Como si entendiera que la prisa es una ordinariez de principiantes. En un momento dado, le rozó los dedos al apartar su copa. Nada teatral. Apenas un contacto. Pero lo hizo con una precisión que no tenía nada de inocente.

Ella retiró la mano un segundo tarde.

Él lo notó. Claro que lo notó.

—Perdona —dijo, sin parecer arrepentido.

—No te creo nada.

—No era para que me creyeras.

Y ahí estuvo a punto de perderlo todo, porque a veces el leopardo se delata en el brillo de los ojos. Esa autosuficiencia leve, ese placer por el juego, esa convicción masculina, un poco irritante, de que el cuerpo del otro acabará aceptando lo que la inteligencia se discute.

Ella dejó los cubiertos.

—No te confundas —dijo—. Que me guste cenar contigo no significa que ya hayas cruzado la selva.

Él bajó la vista un instante. Sonrió. Pero esta vez la sonrisa tenía algo menos de triunfo y algo más de verdad.

—Lo sé.

—No lo parecía.

—A veces uno también tropieza con su personaje.

La frase la desarmó un poco. Porque debajo del hombre preciso, del cazador elegante, del animal hermoso que sabía esperar oculto entre la conversación y el vino, apareció de pronto algo más tierno: el cansancio. La edad. La sospecha de que quizá el deseo ya no consistía en conquistar nada, sino en encontrar a alguien ante quien no hiciera falta fingir tanto control.

Ella alargó la mano y le rozó la muñeca.

—Ahora estás mejor.

—¿Más dócil?

—Más humano.

Él soltó una risa baja.

—Qué palabra tan ofensiva.

—Y tan merecida.

Siguieron cenando. Afuera, la ciudad se lamía sus luces. Dentro, él conservaba intactas sus cualidades: la belleza contenida, la paciencia, la atención, el magnetismo de lo sigiloso. Y también sus defectos: la distancia, el orgullo, esa costumbre de subir sus afectos a una rama alta para que nadie los tocara.

Pero aquella noche, por una vez, no pareció un hombre dispuesto a cazar.

Pareció un hombre que, después de mucho acecho, empezaba a tener ganas de bajar del árbol.

«Lo que vivimos está por encima de las palabras.» (Youssef Rzouga es el autor de la frase y al que hoy podemos felicitar en su 69 cumpleaños. Estoy muy de acuerdo con su apreciación: a veces no hay palabras para describir la vida en sus maravillas y sus horrores)

Chris Isaak nos advierte en su canción del vídeo de los juegos perversos; no obstante visto lo visto en el vídeo, tal vez merezca la pena arriesgarse un poco... o mucho.

La trampa més dolça

Vaig obrir-te la porta com qui obre una finestra en ple hivern: sabent que entraria el fred i, tot i així, necessitant-lo. Duies aquell somriure cansat de qui ja ha fet mal abans i encara en conserva l’ofici. Em vas dir “només una copa”, i jo vaig sentir com les cadires, la llum i fins i tot el rellotge s’apartaven per deixar-nos passar. Després va venir el petó, aquella manera tan elegant de començar una ruïna. L’endemà, casa meva feia olor de tu i de derrota. Vaig pensar: quin joc més miserable. I quines ganes de perdre.