EL VIGESIMOSEXTO PEDO

Dicen
los expertos que una persona sana expulsa entre doce y veinticinco pedos al
día.
Me
tranquiliza saber que la ciencia se ocupa de estas cosas. Mientras nosotros
investigamos quién se ha tirado uno en el ascensor, hay científicos averiguando
si era el decimotercero o el vigesimocuarto.
Por
debajo de doce, al parecer, podríamos tener un problema intestinal. Uno se tira
solo once y debe pedir hora con el digestólogo.
—Doctor,
estoy preocupado.
—¿Dolor
abdominal?
—No.
Me falta uno.
El
médico te mira con gravedad, te ausculta y te receta un plato de lentejas. Si
no funciona, resonancia magnética.
Lo
que ninguna fuente explica es qué ocurre cuando superamos los veinticinco.
Existe un vacío legal y sanitario preocupante. Hasta el vigesimoquinto eres una
persona saludable; en el vigesimosexto, el diagnóstico deja de ser intestinal y
pasa a ser moral: eres un guarro con emisiones acreditadas.
Porque
una cosa es la salud y otra la convivencia.
El
pedo, mientras permanece dentro, pertenece al ámbito de la intimidad. Está
protegido por la Constitución, el secreto médico y, probablemente, la normativa
europea de protección de gases personales. Pero cuando sale, adquiere
naturaleza pública. Deja de ser un asunto de tu colon y pasa a formar parte del
aire que respiramos todos.
Mi
mujer, desde que conoce la estadística, ha comenzado a llevar la cuenta.
—Ese
es el dieciocho —me dijo ayer.
—No
puedes demostrar que haya sido yo.
—Estamos
solos.
—Eso
es un indicio, no una prueba.
A
partir del número veinte empecé a administrarlos con prudencia. Reservé dos
para después de cenar y guardé los tres últimos para emergencias. Nunca se sabe
cuándo puede presentarse una fabada o una reunión familiar.
También
he descubierto que hay pedos que deberían contar doble. El silencioso con
consecuencias, por ejemplo. Ese que no se oye, pero consigue que seis personas
abandonen una habitación culpando al perro. Y luego está el pedo con
reincidencia: parece uno, pero regresa a los pocos segundos acompañado de sus
familiares.
Lo
sorprendente es que esta estadística también se aplica a las mujeres. Por fin
hemos alcanzado la igualdad en algo verdaderamente importante. El intestino no
entiende de sexo, ideología ni clase social. Puede distinguir entre una
ensalada y un cocido, pero no entre un consejero delegado y un becario.
Aunque
la sociedad sí distingue.
El
pedo de un hombre se recibe con resignación antropológica: «Son cosas de
hombres». El de una mujer provoca una crisis cultural. Hay personas convencidas
de que ellas no expulsan gases, sino que liberan pequeñas brisas perfumadas con
aroma de lavanda.
Propongo
que Sanidad reparta contadores, como los podómetros. Una pulsera que vibre a
partir del número veinte:
«Le
quedan cinco emisiones saludables».
En
el veinticinco aparecería una felicitación:
«Objetivo
diario alcanzado».
Y en
el veintiséis, una advertencia:
«Abra
una ventana. Su salud continúa siendo excelente, pero su matrimonio corre
peligro».
Porque
ese es el límite que los científicos todavía no se han atrevido a fijar. Por
debajo de cierta cantidad puede haber un problema intestinal. Por encima, quizá
el intestino funcione perfectamente.
Lo
que empieza a fallar es la educación.
«El escepticismo, lejos
de volver perezosa a la razón humana en la búsqueda de la verdad, la despierta
al esfuerzo más intenso.» (Gottlob Ernst Schulze nacido el 23 de agosto de 1761
para ser filósofo y un furibundo adversario de Kant. Lamentablemente para él la
gente hicimos más caso a éste último ¿o no?)
Y allá por 1961 causaba furor el ritmo y la canción de Chubby Checker, Let's Twist Again. Anda que no hemos intentado bailarla veces a riesgo de partirnos la cadera.
Encara
no
Quan
l’orquestra va anunciar el twist, la Mercè deixà el bastó recolzat a la cadira.
En Miquel, que feia trenta anys que no li demanava res sense rondinar, li
allargà la mà.
Ballaren
malament, com abans, quan encara tenien futur i cap ritme. Els fills reien; els
nets gravaven.
En
acabar, ella recuperà el bastó i ell, l’orgull.
—Demà
hi tornem?
La
Mercè se’l mirà de costat.
—Demà
no. Però no esperis trenta anys.
L’orquestra
ja tocava una altra cosa. Ells encara no.



