EL SEGUNDO QUE FUE PRIMERO
Hoy
hablaremos de fútbol, ese lugar donde un hombre puede pasar de estorbo a
estatua en lo que tarda una pelota en cruzar una línea.
Ferran
Torres todavía es jugador del Barça. Digo todavía porque, en el fútbol moderno,
los contratos duran años, pero las fidelidades suelen caducar durante el
mercado de verano. Al parecer, el PSG está dispuesto a pagar cerca de cincuenta
millones de euros por él. Una de esas cantidades que ya no escandalizan a
nadie, quizá porque hemos perdido la noción del dinero o porque nunca la
tuvimos.
Ferran
llegó al Barça en enero de 2022 y ha completado cinco temporadas vestido de
azulgrana. No puede decirse que haya sido un fracaso, pero tampoco que haya
impuesto su autoridad en el área. Nunca fue ese delantero cuya presencia
obligaba al contrario a reorganizar la defensa y al aficionado a incorporarse
del asiento. Fue, más bien, un jugador intermitente: aparecía, desaparecía y,
cuando uno empezaba a echarlo de menos, regresaba para fallar una ocasión que
parecía más difícil enviar fuera que dentro.
La
afición, que puede perdonarlo casi todo menos la falta de puntería, lo
rebautizó como «Fallán Torres». En el fútbol, la crueldad suele caber en un
juego de palabras. Él prefería llamarse el Tiburón; algunos aficionados
sospechaban que se alimentaba de ocasiones de gol.
Tuvo
buenas rachas, marcó goles importantes y hasta terminó ofreciendo cifras
respetables. Conviene reconocerlo. Pero nunca llegó a consolidarse como
indiscutible. Vivió durante años en ese territorio incómodo reservado a los
jugadores que sirven para todo sin resultar imprescindibles para nada. Era el
hombre al que se recurría cuando el titular estaba cansado, lesionado o
necesitaba recordar que podía perder el puesto.
Y
entonces llegó la final del Mundial.
Espanya
contra Argentina. Minuto 106. Ferran saltó al campo desde el banquillo, como
tantas otras veces. La ironía también sabe confeccionar alineaciones. Recibió
el balón, disparó y, esta vez, la pelota entró.
Entró
en la portería y entró en la historia.
España
ganó su segundo Mundial y Ferran Torres dejó de ser, durante unas horas, aquel
delantero al que se le contaban los fallos para convertirse en un héroe
nacional. Los mismos que habían pronunciado «Fallán» con resignación comenzaron
a pronunciar «Ferran» con lágrimas en los ojos. El fútbol posee esa
extraordinaria capacidad para reescribir una trayectoria con una sola patada.
Después
llegó el problema.
Ferran
debió de pensar que quien marca el gol que decide un Mundial ya no puede
regresar al banquillo como si nada hubiera sucedido. Que los héroes merecen
reconocimiento. Que el Barça debía quererlo un poco más.
Y
todos sabemos que, en el fútbol profesional, querer significa minutos, años de
contrato y algún cero añadido a la nómina. Los besos al escudo son gratuitos;
el cariño verdadero acostumbra a negociarlo un representante.
No
se le puede reprochar que pretenda ganar más. Cualquiera de nosotros utilizaría
un éxito extraordinario para mejorar sus condiciones laborales, aunque la
mayoría no tenemos un PSG dispuesto a pagar cincuenta millones por sacarnos de
la oficina. Si alguien ofrece esa cantidad por Ferran, será porque su valor no
es una fantasía nacida durante la celebración del Mundial.
Pero
una cosa es marcar un gol histórico y otra convertirse, de repente, en un
jugador histórico.
El
Barça no puede valorar cinco temporadas por un disparo realizado con la
camiseta de la selección. Tiene que recordar los goles, pero también los meses
sin marcar; las buenas actuaciones, pero también las oportunidades
desperdiciadas; la entrega, pero también aquellas tardes en las que Ferran
parecía estar esperando el mismo partido que los espectadores.
Y la
afición tampoco debería fingir ahora una superioridad moral que no posee.
Cuando fallaba, se burlaba de él. Cuando marcó el gol del Mundial, se abrazó a
su gloria. Y cuando ha decidido marcharse, proclama que nadie lo echará de
menos.
Aquí
nadie es completamente inocente.
Ferran
no debe al Barça fidelidad eterna. El Barça tampoco le debe una renovación
sentimental. Y la afición tiene derecho a despedirlo sin lágrimas, aunque quizá
debería reconocer que durante una noche pronunció su nombre como si nunca antes
se hubiera reído de él.
Si
finalmente se marcha al PSG, no habrá minuto de silencio en el Camp Nou. Otro
delantero ocupará su sitio, la grada aprenderá un nuevo apellido y la camiseta
con el número siete aparecerá rebajada en las tiendas. El fútbol sabe fabricar
héroes, pero también liquidar sus existencias.
Ferran
Torres será recordado siempre como el hombre que marcó el gol del segundo
Mundial de Espanya. Eso ya no se lo quitará nadie.
En
el Barça, sin embargo, quedará un recuerdo más doméstico: el de un jugador que
fue primero durante una noche y segundo durante demasiadas tardes.
A
veces, una sola noche basta para entrar en la historia.
Lo
que no siempre basta es para cambiarla.
«El coste económico de
los delitos de cuello blanco probablemente sea varias veces mayor que el de
todos los delitos considerados habitualmente como el problema criminal» (La
frase de Edwin Hardin Sutherland nacido el 13 de agosto de 1883 para ser
sociólogo y criminólogo es de lo más acertada. Hoy los peores son los delitos
de cuello blanco que no los lavan nunca)
Y por estas fechas pero de hace 40 años irrumpió con fuerza una dama de rojo que nos cantó Chris de Burgh. Tiene más pero ninguna como esta.
La
dona de verd
Durant
quaranta anys, ell explicà que se n’havia enamorat perquè era l’única dona
vestida de vermell. Ho repetia als fills, als nets i fins i tot al metge que li
anuncià la ceguesa.
La
nit abans de morir, ella li confessà que aquell vestit era verd.
—Però
no em vas corregir.
—Em
va semblar poc romàntic espatllar la nit a un home tan guapo i tan daltònic.
Ell
somrigué. Havia construït tota una vida sobre un color equivocat.
Per
primera vegada, la va veure tal com era.




