TANZANIA
EN HORARIO DE OFICINA
Javier volvió de vacaciones
con más energía, más color y bastante menos vergüenza.
Es admirable lo que algunas
personas pueden hacer en dos semanas de descanso: no descansar, exactamente,
sino empeorar. Javier se fue siendo un pesado local y ha regresado como un
pesado internacional, con acreditación moral de la sabana y un repertorio de
estampitas africanas dispuesto a colonizar la mañana entera de oficina.
Ha dedicado toda la mañana a
hablarnos del viaje con ese entusiasmo del converso, con esa alegría ofensiva
de quien vuelve convencido de haber rozado una verdad superior porque ha
dormido dos noches oyendo bichos y ha visto una puesta de sol con nombre en
suajili. Que si el Serengeti. Que si Ngorongoro. Que si “la gente allí tiene
otra conexión con la vida”. Nosotros, mientras tanto, intentando mantener la
nuestra con la nómina, la pantalla y el parte de guerra.
—Bueno, pero si tú me has
preguntado por el viaje...
Sí, Javier. Igual que uno
pregunta “qué tal” al vecino en el ascensor sin esperar una tesis doctoral, un
documental de fauna salvaje y una humillación comparativa por capítulos. Si de
verdad no quisiera restregárnoslo, contestaría con un “bien” y seguiría
andando. Pero no. Javier no contesta: administra su felicidad como una agresión
pasiva.
Hay gente que vuelve de
vacaciones descansada. Javier ha vuelto crecido, que es peor. Más tostado, más
expansivo, más espiritual y más hijo de puta. Como si Tanzania, en lugar de
cambiarle la vida, le hubiera confirmado que ya era exactamente el tipo de persona
que podía permitirse contárnosla.
«Haraka haraka haina baraka.»
(Proverbio del archipiélago de Zanzíbar que traducido del suajili quiere decir:
“La prisa no trae bendición”. En Zanzíbar el tiempo tiene otro ritmo. Este
proverbio es casi una filosofía de vida: quien va demasiado rápido suele
equivocarse… o perderse lo importante)
Freddie Mercury como podéis ver en la última foto, era natural de Zanzíbar y en esa casa -hoy museo dedicado a él- vivió con su "mamá y su papá" unos años. A su madre le dedicó una de las mejores canciones que conozco: Bohemian Rhapsody.
Es va tancar al lavabo del bar com qui entra a un confessionari de saldo. Duia rimel als dits, sang a la memòria i una mare que encara li planxava la culpa. Al mirall hi comparegueren tots: el nen obedient, l’amant covard, el farsant que somreia a taula. Va voler demanar perdó, després absolució, després una mica de teatre.
A fora, la ciutat continuava cobrant cafès i venjant misèries. Quan va obrir la porta, ja no sabia si havia matat algú, si l’havien matat a
ell o si tot plegat era la mateixa òpera amb distinta factura.






















