viernes, 20 de febrero de 2026

 

LA PUERTA QUE RODEÉ


Te lo diré como me lo dije a mí, una noche cualquiera, cuando ya no quedaban excusas frescas en la nevera.

Había entrenado el autoengaño como quien entrena el core: respiración controlada, postura digna, sonrisa de “todo bien”. Me salía perfecto. En el trabajo, en la cama, en las sobremesas. Incluso delante del espejo, que es el único testigo que nunca firma nada pero lo ve todo.

La realidad, en cambio, esperaba. Paciente. Sin dramatismo. Como ese mensaje que no contestas porque “ahora no” y que, cuando por fin lo abres, ya no importa.

La decepción llegó con un gesto tonto: una frase mal puesta en una conversación que creí segura. Yo hablaba de futuros, de planes, de “cuando”. Y la otra persona —tú, cualquiera, da igual— me miró con esa piedad seca que solo tienen los que ya se han bajado del barco.

—No era eso —dijiste.

No “no te quiero”. No “me voy”. No “se acabó”. Solo: no era eso.

Y de pronto entendí que la decepción no es una puñalada: es un golpe de frente contra la puerta que llevas meses rodeando para no admitir que está cerrada. Te duele la nariz, sí. Pero lo peor es que, por primera vez, hueles el aire tal como es: sin perfume de fantasía.

Me senté. No por tristeza. Por cansancio. Ese cansancio de sostener una versión de la vida que exige más energía que vivirla.

Luego pasó lo inevitable: empecé a recordar todas las señales que había convertido en decoración. Las silenciosas. Las pequeñas. Las que no hacen ruido hasta que juntas te construyen una pared.

La realidad no había cambiado. El que había cambiado era yo, al fin. Dejé de esquivarla. Y ahí, justo ahí, en el momento exacto en que aceptas que te estabas mintiendo con educación, la decepción se transforma en otra cosa: en una libertad fea, pero respirable.

Me levanté. Me miré al espejo otra vez.

Esta vez no sonreí.

Y, curiosamente, fue la primera vez en mucho tiempo que me vi.

«El amor no pide nada cuando ama; lo pide todo cuando es amado.» (Eso lo dijo Jacques d'Adelswärd-Fersen nacido el 20 de febrero de 1880 y que le tocó vivir en unas circunstancias bastante complicadas por su condición homosexual)

Rick Dufay cumple 74 años y se fue hace unos años de la banda Aerosmith. La verdad no sé si participó en la canción del vídeo, pero me ha servido de excusa para poner una canción que me encanta.

La parpella rebel

Vaig aprendre a dormir amb els ulls mig oberts, com els gats i els desconfiats. No per por: per tu. Per si respiraves diferent, per si el teu somriure feia soroll, per si el món s’acabava en silenci i jo m’ho perdia. La nit ens feia de sostre baix; la ciutat, de rellotge mal educat. Em vas dir: “Parpelleja, home”. I jo, orgullós, vaig negar amb el cap. L’endemà, quan vas marxar, vaig parpellejar per fi. I em vaig perdre tot.


jueves, 19 de febrero de 2026

 

LA ENGRAPADORA


Él apareció con una bolsa de papelería, como si acabara de atracar una oficina sin cámaras.

—Feliz aniversario —dijo.

En su voz había esa tranquilidad de los hombres que no saben envolver un regalo, pero sí saben quedarse. Cincuenta y siete años siendo la misma sombra a mi lado, a veces estorbo, a veces abrigo.

Yo abrí la bolsa con una mezcla de ironía y miedo. A estas alturas, el romanticismo siempre parece una promesa con letra pequeña.

Una engrapadora.

Roja. Plástica. Barata. Con esa sonrisa de objeto condenado a terminar en un cajón con pilas muertas.

Me quedé mirándola como se mira una broma.

—¿Una engrapadora?

Él no se defendió. No corrió a buscar una explicación brillante. Solo apoyó la palma sobre la mesa y me miró.

—La tuya se atasca.

—¿Y eso es…? —dejé la frase colgando, esperando que cayera algo más: un sobre, una caja, un “era broma”.

Él se sentó, despacio, como si el cuerpo también celebrara el aniversario.

—Tú llevas toda la vida juntando cosas —dijo—. Cosas pequeñas. Cosas que si se pierden, nadie las echa de menos… hasta que faltan.

Yo iba a contestar con sarcasmo, pero él siguió, y me desarmó con una precisión que no le conocía:

—Engrapaste los recibos cuando yo aún creía que el banco era una especie de dios caprichoso. Engrapaste los dibujos del niño, y luego los del nieto. Engrapaste recetas, facturas, notas, papeles del médico… —hizo una pausa—. Engrapaste incluso aquella carta del hospital. La doblaste dos veces antes, para que ocupara menos. Como si el dolor, doblado, también pesara menos.

Mi garganta hizo ese gesto de traición: querer llorar. Y yo, que siempre he sido más de aguantar que de mostrar, apreté los labios.

Él alargó la mano y me tocó los dedos. No como un gesto de película, sino como lo que ha sido nuestra historia: una verdad pequeña repetida mil veces.

—Nunca te compré flores sin motivo —dijo, casi pidiendo perdón sin decirlo—. Pero me sé de memoria dónde dejas las llaves cuando estás nerviosa. Sé cuándo te duele la espalda por cómo te recoges el pelo. Sé cuándo piensas que estás sola aunque yo esté en la misma habitación.

Yo miré la engrapadora otra vez. Ya no parecía un objeto. Era un idioma.

Él la acercó a mí y, como si me ofreciera una joya rara, explicó:

—Esto es para que no tengas que pelearte con el atasco. Para que la vida te haga menos resistencia. Y… —tragó saliva, como si lo que venía fuera demasiado íntimo para su educación sentimental— y para recordarte que yo he estado aquí, viendo cómo sostenías el mundo con dos grapas.

Me reí, pero la risa salió con agua. Él sonrió, vencido y orgulloso a la vez.

Le di la vuelta a la engrapadora. Debajo, con rotulador negro, había escrito una frase torpe, con letra de hombre que nunca escribió cartas de amor:

“Para que no se te desarme la vida.”

Me quedé un rato quieta. Con el objeto en la mano. Con el tiempo apoyado en el pecho.

No era un regalo bonito. Era algo mejor: era un hombre aprendiendo tarde, sí, pero aprendiendo. Poniendo en palabras lo que siempre hizo a su manera: quedarse, reparar, sujetar.

Esa noche la dejé en la mesilla, al lado del vaso de agua y las gafas. Como si la cama tuviera, por fin, un tercer testigo: la prueba de que el amor no siempre brilla… a veces simplemente engrapa.

Al apagar la luz, él me rozó el hombro con la punta de los dedos.

—¿Te ha gustado? —preguntó, con esa inseguridad de quien se juega algo grande con un objeto pequeño.

Yo no respondí enseguida. Me giré hacia él y le besé la frente, despacio, como si estuviera comprobando que seguía ahí.

—Me ha gustado porque no es una cosa —susurré—. Es que me has mirado.

Y en la oscuridad, sentí su respiración cambiar. Como cuando algo se queda sujeto por dentro, sin hacer ruido.

«El amor es una experiencia compartida… pero no significa que se viva de forma parecida por las dos personas.» (Carson McCullers nacida el 19 de febrero de 1917 sólo vivió 50 años pero fueron suficientes para escribir “La balada del café triste” de donde se extrae esa cita realista y la mayor parte de las veces, triste)

Alan Merrill cumpliría hoy 75 años pero se plantó a los 69 declarando que le gustaba mucho, pero que mucho el rock and roll. Era un "flecha". Literalmente.

La moneda del jukebox

Al bar hi ha una llum bruta, com de nevera vella. Tu tires una moneda i el jukebox escup la guitarra: clac, clac, clac, com si piqués a la porta del pit. Jo faig veure que no t’he mirat, però ja m’has guanyat: somriure de llauna, jaqueta que rasca, olor de cervesa i colònia barata.

—M’encanta el rock-and-roll —dius.

I jo, que sempre dic “no”, em trobo dient “toca’n més”. I m’hi quedo. Com si la vida fos això: soroll, pell i una cançó que no demana permís.


miércoles, 18 de febrero de 2026

 

MARCA BLANCA


El día que me dieron el premio a Mejor Yo del Año supe que había ganado algo… y perdido otra cosa.

La gala tenía esa solemnidad que convierte cualquier tontería en destino: luces, música grande, rostros entrenados para parecer felices sin despeinarse. En la pantalla, frases cortas como órdenes: Sé imparable. Sé tu mejor versión. Sé tú, pero mejor.

Me llamaron por mi nombre y subí como sube uno a un altar: con paso firme y por dentro pidiendo permiso.

La presentadora —una sonrisa con micrófono— me cruzó una banda en el pecho: AUTÓNOMO. Luego me entregó el trofeo: un espejo enmarcado en metal, pulido hasta el exceso.

—Mírate —dijo—. Te lo has ganado.

Me miré. Sonreí. El público respondió con una sonrisa idéntica, un gesto replicado, como si el aplauso viniera preinstalado.

Pero el espejo tenía una grieta. Muy fina. Como una arruga que todavía no se atreve a ser arruga.

Me acerqué a un técnico que estaba a un lado, casi invisible en su camiseta negra.

—¿Esto está roto?

Él no levantó la voz ni la importancia.

—No. Es el modo humilde.

—¿Modo… humilde?

Señaló la grieta con un dedo tranquilo.

—Si el espejo fuera perfecto, usted solo se vería a usted. Con esa grieta se cuelan otras cosas.

Lo miré otra vez. Y se colaron.

Se coló mi necesidad de que me miraran. Se coló mi empeño en tener razón incluso cuando callo. Se coló el orgullo con corbata, el orgullo con “buenas intenciones”, el orgullo con lenguaje de superación. Se coló, sobre todo, una sospecha: que yo no había venido a mejorar, sino a demostrar.

—Entonces la humildad es… ¿rebajarme? —pregunté, con esa prudencia que usamos cuando tememos perder el cargo de protagonista.

El técnico se encogió de hombros.

—La humildad es dejar de vivir como si el mundo fuera un jurado. Es saber dónde termina usted… y empezar a respetar lo que hay fuera.

Volví al centro del escenario con el espejo en la mano. Era mi turno de hablar. Miré al público, miré el trofeo, miré la grieta.

—Gracias por este premio —dije—. Prometo seguir creciendo… pero también prometo dejar de confundirme con mi etiqueta. No soy una marca. No soy un producto. No soy “mi mejor versión”.

Hubo un silencio. No un silencio bonito: un silencio de esos que no caben en un eslogan.

Entonces alguien aplaudió.

Un aplauso raro, imperfecto.

Un aplauso con grieta.

Y, por primera vez en toda la noche, me sentí —no mejor— sino más cerca.

«Vivimos en una época en que uno de los mayores actos de resistencia consiste en no desear, no poseer, negarse a ser feliz según la lógica articulada por el capitalismo.» (A Ricardo Menéndez Salmón hoy lo podemos felicitar por su 55 cumpleaños y, además, porque intenta ser feliz escribiendo y filosofando)

 ¿Se puede hablar de fidelidad a los 46 años que son los que cumple hoy Regina Spektor? Ella no solo habla sino que canta. Otra cosa es como sea esa fidelidad.

Fidelitat de butxaca

Ell em va jurar fidelitat com qui jura que no mirará el mòbil: amb la mà al cor i els ulls fent zàping. Jo li vaig creure el somriure, que era més net que la seva història.

A casa, la seva camisa olia a carrer i a excusa. Vaig posar-la a la rentadora i vaig sentir el tambor: cloc, cloc, com un tribunal petit.

Vaig entendre que la fidelitat no és un temple: és una moneda. I jo ja no en tenia canvi.


martes, 17 de febrero de 2026

 

NO SOMOS DUEÑOS DE LA LONGEVIDAD, PERO SÍ ADMINISTRADORES DEL MARGEN


Lo leí y tuve la tentación de convertirlo en un eslogan, de esos que caben en una taza y te perdonan el lunes. Pero no. Esta frase no sirve para decorar; sirve para discutir contigo mismo cuando te pilla la noche y estás a punto de negociar con la nevera como si fuera una mediadora familiar.

Porque, seamos claros: a todos nos gusta pensar que la vida es un contrato que, si cumples las cláusulas (no fumes, camina, come verde, duerme ocho horas, sonríe a la vida como un idiota funcional), te garantiza una prórroga sin letra pequeña. Y luego llega la realidad, que no firma nada, y te recuerda que hay gente que se cuida como un monje y se apaga pronto, y gente que ha tratado su cuerpo como una discoteca de los noventa y sigue aquí, pidiendo otra ronda.

Ahí entra el golpe limpio: no somos dueños. No tenemos la escritura de propiedad de nuestra duración. Ni siquiera la nuda propiedad. A lo sumo, un usufructo con visitas inesperadas del azar, la genética, la época en que naciste, tu barrio, tu trabajo, tu estrés, tus duelos, tus silencios. Todo eso que no sale en las fotos de “vida saludable” pero te vive por dentro.

Entonces, ¿qué nos queda? Administrar el margen.

El margen es esa franja estrecha donde sí puedes meter mano sin ponerte místico. No para controlar la muerte —qué pretencioso— sino para negociar con el desgaste. El margen es elegir, la mayoría de los días, algo que no te destruya: moverte aunque sea poco, comer sin castigarte, dormir sin convertirlo en otro examen, pedir ayuda antes de que el orgullo te dé una palmadita en la espalda y te hunda. El margen es aprender a distinguir la disciplina de la penitencia. Y también aceptar que hay jornadas en las que el margen es mínimo, ridículo, casi una broma: hoy solo pude no empeorarlo. Y eso ya cuenta.

Me interesa esta idea porque quita dos venenos de un solo golpe.

El primero: la culpa. Esa industria que te vende salud como si fuera una moral. “Si enfermaste, algo hiciste mal.” No, a veces lo que hiciste fue nacer con una baraja distinta. O vivir en un mundo que reparte cartas marcadas.

El segundo: la resignación. El “para qué”. Ese derrotismo cómodo que se disfraza de lucidez: si todo está escrito, déjalo correr. No. Aunque el libro tenga capítulos ya encuadernados, siempre hay páginas en blanco, y en ellas cabe una cosa: cuidado. No como moda, sino como acto práctico y casi político: cuidarte para no llegar roto a lo que venga. Cuidarte para poder seguir decidiendo.

Administrar el margen, al final, también es una forma de dignidad. No la dignidad solemne de los discursos, sino la de lo pequeño: poner límites, bajar el volumen, salir a andar aunque sea tarde, llamar a quien no llamas, hacerte la revisión, dejar de tratar tu cuerpo como un almacén y tu mente como un tribunal.

Y sí, hay un punto incómodo: administrar el margen implica responsabilidad. Pero una responsabilidad adulta, sin látigo. La que admite que no controlas la partida, pero eliges cómo juegas tus cartas. No para ganar —nadie gana— sino para llegar menos engañado, menos roto, menos solo.

No somos dueños de la longevidad, pero sí administradores del margen.

Y ese margen —pequeño, imperfecto, humano— es, curiosamente, lo único que se parece a la libertad.

«Morirse es fácil; lo difícil —lo verdaderamente difícil— es vivir sin hacerse trampes» (Mo Yan autor de la frase, aún no tiene experiència en eso de morirse; así que le felicitaré porque hoy es su 71 cumpleaños y por su Nobel de literatura de 2012 aunque sea un poco tarde)

A mi Ed Sheeran me gusta bastante, por eso esta es la segunda vez que lo felicito en 3 años. Hoy cumple 35 y, si se cuida, aún le queda para que le salgan arrugas.

Promesa amb arrugues

Al mirall del lavabo, ell s’afaita a cops de llum. Ella li marca amb el dit una ferida antiga a la barbeta i riu com si fos nova. A la cuina, el pa cruix, el te fumeja, i el silenci fa de metrònom.

—Quan siguem vells… —diu ell, i s’atura, perquè ja ho són una mica.

Ella li pren la mà: pell fina, pols tossut.

—No em prometis eternitats —li xiuxiueja—. Promet-me avui.

I avui, sense heroismes, els encaixa perfecte



lunes, 16 de febrero de 2026

 

IMPOSIBLE



Me lo dices con esa voz de oficina —la voz que ya viene con el “no se puede” de serie— y a mí se me activa el reflejo: el imposible como excusa elegante para seguir viviendo en modo automático.

Imposible. Qué palabra tan cómoda. Es una manta. Te la echas encima y ya no hace falta moverse. No hace falta pensar. No hace falta exponerse a la pequeña humillación de intentarlo y que salga regular. Porque lo regular también duele, aunque no lo reconozcamos.

Lo peor es que el “imposible” casi nunca habla del mundo. Habla de ti. De mí. De ese punto exacto donde preferimos la rutina a la vergüenza. Donde llamamos prudencia a la cobardía, y experiencia a la pereza. Y luego, claro, nos ponemos serios: “No, si yo no soy negativo… soy realista”.

Realista.

En Londres, hace años, alguien ofrecía dinero al primer avión que cruzara el Canal de la Mancha, y la gente se apostaba para ver el fracaso, no el éxito. Igual que cuando Fulton probó su barco a vapor y las multitudes fueron a mirar cómo se hundía… y tuvo la mala educación de no hundirse.

Los empleados de oficina combatieron las primeras máquinas de escribir —imagínate: el futuro atacado por gente con manguitos— porque el cambio siempre parece una falta de respeto personal.

Y Edison, con su iluminación incandescente, recibió una sentencia solemne: “verdadero fracaso”. Lo dijo un presidente de instituto, que es una manera fina de decir “yo mando también sobre lo que todavía no existe”.

Luego está esa historia que me persigue más que cualquier discurso motivacional: el doctor Gori, el precursor de la refrigeración, burlado, abandonado, endeudado, muerto sin reconocimiento. Cuatro años después, el mundo empezó a enfriarse sin pedirle perdón.

Y yo aquí, en Barcelona, mirando mi pantalla como si fuera una ventana con vistas al mismo patio interior de siempre, oyendo el zumbido de la fotocopiadora como una religión triste. Me digo “imposible” para no tener que admitir que lo que de verdad me asusta no es el proyecto, ni el cambio, ni el salto.

Lo que me asusta es que salga bien.

Porque si sale bien, se acaba la coartada. Se termina la épica de “yo habría podido, pero…”. Y entonces me quedo desnudo frente a esa pregunta que no se puede archivar: ¿y ahora qué hago con mi vida si ya no tengo excusas?

Hoy he hecho un gesto mínimo: he aplastado las dos primeras letras. Como quien pisa una colilla en la acera. Inútil, casi ridículo. Y, sin embargo, ha pasado algo: posible.

No ha sido un milagro. Ha sido un movimiento.

Y eso —lo sé— es lo que más molesta al “imposible”: que no es una verdad. Es un hábito.

Imposible. La palabra vuelve con traje nuevo, pero sigue oliendo a lo mismo: a seguridad barata.

Me la soltaron hace nada con dos ejemplos encima de la mesa, como quien pone un sello y se queda tranquilo. Y yo pensé: qué rápido envejece el “imposible”.

Porque hace cuatro días —en términos de historia, ayer con resaca— parecía ciencia ficción que una vacuna se diseñara en semanas a partir de un trozo de código. Y ahí lo tienes: vacunas de ARN mensajero, un “copiar-pegar” biológico que nos vacunó a medio planeta mientras aún discutíamos si el virus era un invento o una mala idea. Lo imposible se hizo normal y, como todo lo que se vuelve normal, dejó de emocionarnos. Pasamos del asombro al “ponme la tercera dosis, pero que no me maree”.

Y lo otro: esos cohetes que vuelven y aterrizan de pie, como si el cielo les devolviera el cuerpo intacto. Antes era una fantasía de cómic; hoy es un vídeo que ves en el móvil mientras esperas el metro y bostezas. Lo imposible, cuando se repite, pierde glamour. Se convierte en costumbre. Y la costumbre es una trituradora de milagros.

Pero luego está el imposible de ahora, el que todavía no se ha dejado domesticar.

El de la muerte, por ejemplo. No esa muerte solemne de poemas y ataúdes caros, sino la de andar envejeciendo por dentro como una fruta que nadie mira hasta que se pudre. Hay gente prometiendo que “se frenará”, que “se revertirá”, que “la juventud será una tecnología”. Y yo, que tengo fe pero no ingenuidad, lo miro con esa mezcla de deseo y desconfianza: quiero que sea cierto… y a la vez sospecho que, si un día lo logran, nos lo venderán en cuotas, con letra pequeña y atención al cliente enlatada.

Porque lo imposible de hoy, el que aún no se ha realizado, no es solo técnico. Es moral. Es social. Es económico. No es “¿se puede?”, sino “¿quién podrá?”.

Y ahí está la trampa: lo imposible no siempre es una pared. A veces es una puerta con portero.

Así que sigo escuchando esa palabra —imposible— y ya no sé si me habla del universo… o de nosotros, que somos capaces de aterrizar un cohete y, al mismo tiempo, seguir creyendo que cambiar ciertas cosas básicas (la soledad, el cinismo, la desigualdad de oportunidades, el miedo a vivir sin excusas) es demasiado complicado.

Qué forma tan elegante de decir: no nos conviene.

«Nada ha ocurrido en el pasado; ocurrió en el Ahora. Nada ocurrirá jamás en el futuro; ocurrirá en el Ahora.» (… y el ahora se vuelve pasado en este instante que escribo; Eckhart Tolle, escritor alemán que hoy cumple 78 años)

En el vídeo hay una pareja cantando. Es él, James Ingram, quién hoy hubiese cumplido 74 años, se quedó en 67. Ella no, ella sigue pero, como no nació hoy, no le toca tener espacio aquí.


Torna’m la veu

Quan vas marxar, el pis va canviar de gravetat. La tassa va quedar a mig rentar, el sofà va perdre el centre, i el silenci va començar a fer soroll: tic-tac d’un rellotge que abans no manava. Em vaig inventar una rutina per no escoltar-me: llums, notícies, excuses. Però a la nit, el teu nom s’encén com el pilot d’un electrodomèstic vell: petit, constant, humiliant. No et demano miracles. Només que tornis —una estona— i em desprogramis la tristesa amb dos dits a la nuca.