¿PARA CUÁNDO EL DÍA MUNDIAL SIN REDES SOCIALES?
Nos vendieron el tabaco como
elegancia y las redes sociales como libertad. En ambos casos el truco era el
mismo: disfrazar una dependencia de elección personal. Antes el gesto era sacar
un cigarrillo, llevarlo a la boca, encenderlo con una cierta pose de adulto
interesante. Ahora el gesto es sacar el móvil, bajar el dedo, entrar en la
pantalla con la misma liturgia triste del que busca algo y casi nunca sabe qué.
Cambia el objeto, pero no la ceremonia. Cambia la época, pero no la trampa.
El tabaco dejaba olor en la
ropa, en los dedos, en las cortinas, en los pulmones. Las redes sociales dejan
otro tipo de humo: ansiedad, comparación, necesidad de aprobación, miedo a
desaparecer si nadie te mira. Uno te iba consumiendo el pecho; las otras te van
ocupando la cabeza. Uno amarilleaba los dientes; las otras te blanquean la vida
hasta volverla irreconocible, como si vivir fuera parecer feliz en lugar de
serlo. Ambos negocios entendieron antes que nadie una verdad indecente: el ser
humano soporta mal el vacío y paga caro cualquier cosa que le prometa llenarlo.
Durante años, las tabacaleras
negaron lo evidente. Dijeron que no había pruebas concluyentes, que la gente
fumaba porque quería, que cada uno era dueño de sus vicios. Suena familiar. Hoy
las grandes plataformas dicen algo parecido con mejor diseño y peores modales:
que ellas solo ofrecen herramientas, que el usuario decide, que la
responsabilidad está en el uso. Es una coartada de manual. Como si la máquina
tragaperras pudiera declararse inocente porque nadie obliga a meter la moneda.
Como si diseñar una dependencia no tuviera nada que ver con que esa dependencia
exista.
También hay una coincidencia
más incómoda: ambas industrias necesitaron tiempo para normalizar el daño. El
tabaco se coló en el cine, en la publicidad, en las sobremesas, en el
prestigio. Las redes se han colado en la infancia, en la cama, en el aula, en
el tedio, en la autoestima. No entraron por la fuerza; entraron por seducción.
Y casi siempre es así como se instalan las cosas que más cuesta expulsar:
primero te acompañan, luego te ordenan, al final te administran.
La diferencia quizá sea esta:
el fumador acababa sabiendo que fumaba. En cambio, mucha gente entra en las
redes convencida de que simplemente se informa, se distrae o se relaciona. No
percibe el momento exacto en que deja de usar la herramienta y pasa a ser usada
por ella. Con el tabaco el cuerpo avisaba con tos, fatiga, ahogo. Con las redes
los síntomas son más silenciosos y por eso más eficaces: incapacidad para
aburrirse, atención hecha migas, necesidad constante de estímulo, tristeza sin
nombre, irritación, insomnio, esa rara sensación de estar siempre acompañado y
cada vez más solo.
Ni el tabaco ni las redes
triunfaron solo por el producto. Triunfaron porque entendieron una debilidad
humana y construyeron un negocio alrededor. El primero explotó la ansiedad del
cuerpo. Las segundas explotan la del alma, que es más rentable y da peor prensa
reconocerla. Por eso cuesta tanto discutirlas con honestidad: porque no solo
nos perjudican, también nos consuelan. Y uno siempre defiende con una pasión
absurda aquello que lo hiere y al mismo tiempo lo calma.
Tal vez el verdadero
paralelismo sea ese. No que ambos maten del mismo modo, sino que ambos hicieron
fortuna convirtiendo una necesidad humana en dependencia industrial. El tabaco
se alimentó del nervio. Las redes, del desamparo. Y en los dos casos hubo una
mentira central, repetida hasta el cansancio: que el problema estaba en la
debilidad del consumidor y no en la codicia del vendedor.
Hemos tardado décadas en
admitir que fumar no era una costumbre inocente envuelta en humo. Ahora
empezamos a sospechar que mirar la pantalla tampoco es un gesto neutral
envuelto en luz. El cigarrillo prometía calma y dejaba enfermedad. Las redes
prometen conexión y a menudo dejan ruido, comparación y hambre de más. No sé si
hemos cambiado tanto. Solo hemos sustituido la nicotina por el dedo pulgar. Y
seguimos llamando libertad a aquello que, si nos lo quitan, nos pone nerviosos.
«Ahora que ya no estoy, os digo: no fuméis. Hagáis lo que hagáis, no fuméis.» (Yul Brynner Actor ruso-estadounidense, célebre por El rey y yo. Murió de cáncer de pulmón y dejó grabado un anuncio antitabaco que se emitió tras su muerte)
Y el "padre" del fútbol moderno, Johan Cruyff, también nos advirtió. Much@s recordaréis este anuncio.




