domingo, 26 de julio de 2026

 

EL FONDO


Cae.

No intentes sujetarte a nada. Hay ramas que solo retrasan el golpe y manos que se apartan cuando más las necesitas.

Desplómate. Húndete. Desciende hasta ese lugar donde ya no alcanzan las palabras de consuelo ni las promesas que te hiciste cuando todavía creías que bastaba con ser fuerte.

Baja hasta el fondo de tus miserias. Allí donde guardas la cobardía, la culpa, las derrotas que ocultas y ese miedo que nunca te atreviste a nombrar. Míralo todo. Sin excusas. Sin testigos. Sin la dignidad impostada con la que sales cada mañana a la calle.

Y después ríndete.

Pero ríndete de verdad. No para morir, sino para dejar de luchar contra lo inevitable. Para comprender que algunas batallas no se ganan: se atraviesan. Que sobrevivir no consiste en permanecer intacto, sino en aprender a respirar entre los escombros.

Solo cuando hayas perdido cuanto creías ser, descubrirás aquello que nadie pudo arrebatarte.

Entonces levantarás la cabeza.

No porque hayas vencido.

Sino porque sigues aquí.

«La gratitud es una palabra que no figura, en ninguna lengua, en el diccionario político.» (Auguste Beernaert nacido el 26 de julio de 1829 para ser premio nobel de la paz 80 años después. Cuando un@ polític@, de es@s hay much@s, te agradezca algo ponte a temblar: te está haciendo un bocadillo)

Bobby Hebb fue el autor de Sunny que, para no llamarla la chica caliente, dijo que era la mujer que traía el sol. Hoy hubiese cumplido 88 años pero se quedó en los 72.


 

La dona que portava el sol

La Sunny venia cada dimarts a netejar els vidres del tanatori. Ningú no sabia el seu nom veritable, però somreia com si acabés d’inventar el matí.

Un dia va reconèixer, darrere d’un dels vidres, l’home que l’havia abandonada quaranta anys abans.

Va deixar el drap, va entrar a la sala i li va fer un petó al front.

—Gràcies per haver marxat —va dir.

En sortir, plovia.

Però tots els paraigües van començar a tancar-se.


sábado, 25 de julio de 2026

 

PRIMERO FUE LA CERVEZA


Dicen que el ser humano no inventó la agricultura por hambre.

El hambre ya existía y, como tantas otras desgracias, se soportaba. Lo verdaderamente insoportable era quedarse sin cerveza.

Todo empezó en una cueva, junto a una hoguera y dentro de una vasija donde alguien había olvidado una mezcla de grano y agua. Pasaron unos días. La papilla fermentó, adquirió un aspecto dudoso y empezó a desprender un olor que aconsejaba tirarla o bebérsela.

Ganó la curiosidad.

El más atrevido hundió los labios en el recipiente. Bebió un trago, puso cara de haber descubierto una religión y levantó la vasija por encima de su cabeza.

—Esto no es sopa.

—¿Entonces qué es? —preguntó el prudente, que en todas las épocas ha existido alguien encargado de retrasar los avances.

El visionario volvió a beber.

—No lo sé. Pero quiero más.

Probaron los demás.

La bebida era turbia, espesa y probablemente contenía algún insecto con vocación de náufrago. Aun así, al tercer cuenco el frío pareció menos frío, la cueva más acogedora y el enemigo de la tribu vecina un hombre razonable con el que se podía hablar, siempre que trajera otra jarra.

Cantaron sin conocer la letra. Bailaron sin haber inventado todavía el baile. Uno abrazó a una piedra durante largo rato y aseguró después que había sido ella quien había dado el primer paso.

Al amanecer, mientras todos intentaban averiguar quién había apagado el interior de sus cabezas, alguien formuló la pregunta que cambiaría la historia:

—¿Queda más?

No quedaba.

—Necesitamos grano —dijo el visionario.

—Habrá que buscarlo —respondió el cazador.

—¿Y si no encontramos?

Entonces habló el hombre práctico, el primero que comprendió que toda fiesta acaba necesitando un departamento de logística.

—Podríamos plantarlo.

Se hizo un silencio solemne.

—¿Plantar grano para beberlo? —preguntó el prudente.

—Exactamente.

Y así comenzaron a remover la tierra, sembrar, regar y esperar. Inventaron el calendario para saber cuándo estaría lista la cosecha. Levantaron graneros para protegerla. Construyeron casas cerca de los campos para no alejarse demasiado de las existencias. Después llegaron los poblados, los impuestos, los contables y los cuñados que aseguraban haber conocido la receta original.

Cuando apareció el primer brote, el visionario lo señaló emocionado.

—Mirad. El futuro.

El hombre práctico negó con la cabeza.

—No lo llames futuro. Llámalo segunda ronda.

Y tal vez fue así como dejamos de ser nómadas.

No por el pan.

Por aquello con lo que todavía hoy brindamos cuando creemos que hemos conseguido algo.

«La falta de educación es una desventaja extraordinaria cuando uno pretende resultar ofensivo.» (Esto es igual cuando a alquien le haces una broma que no entiende: deja de ser broma. Me ha encantado la frase de Josephine Tey nacida el 25 de julio de 1896 para ser escritora fundamentalmente de novelas de misterio. Como la vida misma.)

Bruce Woodley de la banda The Seekers (Los buscadores) cumple hoy 84 años y ya le pasó, a él y a su grupo, el momentos o momentos de gloria de su grupo. Ahora ya ni les levantan el teléfono cuando llaman.


El mirall adormit

A la Georgy li deien que algun dia aprendria a ser bonica, com si la bellesa fos una assignatura pendent. Ella reia, es cordava l’abric fins al coll i travessava la ciutat sense fer soroll.

Un matí, el mirall del rebedor no la va reconèixer. Li va retornar una dona dreta, amb els ulls oberts i sense cap permís per demanar.

Georgy va sortir al carrer.

No s’havia canviat el pentinat ni el vestit. Només havia deixat de mirar-se amb els ulls dels altres.

I, de sobte, tothom va veure-la.


viernes, 24 de julio de 2026

 

EL SECRETO DE LAS HELENAS

Ni bótox, ni cremas antiarrugas, ni láseres capaces de plancharte hasta los recuerdos. Tampoco operaciones que te dejan la cara tersa, inmóvil y con cierto parecido a una prima lejana de ti misma.

El secreto para ser joven —no para parecerlo, que eso es cosa de espejos y presupuestos— ya lo conocían las helenas.

En la antigua Grecia, o eso se cuenta, algunas mujeres comenzaban a calcular su edad desde el día de su matrimonio, no desde el de su nacimiento.

Así, una mujer nacida hacía cuarenta años, pero casada hacía diez, tenía diez.

No habían descubierto la eterna juventud.

Habían hecho algo mucho más inteligente: cambiar el calendario.

Porque el tiempo, cuando no se puede detener, siempre admite una buena contabilidad.

«Todos somos casas encantadas; siempre hay algún fantasma llamando a la puerta o acechando en el crepúsculo.» (El mundo de Edward Frederic Benson siempre estaba lleno de fantasmas -fue escritor de novelas de terror. Much@s de nosotr@s tampoco nos libramos de ellos. El autor de la frase hubiese cumplido hoy 159 pero con 73 se convirtió en fantasma)

La canción de Alphaville del vídeo es el deseo más expresado de querer permanecer siempre jóvenes. No creo que lo consiguieran a no ser de pactos inexplicables.


El noi del mirall

Cada aniversari, l’avi es fotografiava davant del mateix mirall. Als vint, somreia. Als quaranta, dissimulava. Als setanta, ja no hi apareixia: només retratava la cadira buida.

Quan va morir, la neta ordenà les fotografies i descobrí que, al fons del mirall, hi havia sempre el mateix noi, quiet, esperant.

Va girar l’última imatge. Al darrere, amb la lletra tremolosa de l’avi, deia:

«No volia viure per sempre. Només saber quin dels dos envelliria primer.»


jueves, 23 de julio de 2026

 

LA ÚLTIMA PREGUNTA

Al principio fue útil.

Así empiezan casi todas las cosas que terminan ocupando más sitio del que les corresponde. No irrumpen con una careta de villano ni con un cuchillo entre los dientes. Entran como entran los buenos comerciales, los amantes torpes y ciertos vicios elegantes: resolviendo un problema.

A Julián la inteligencia artificial le había puesto orden en el despacho. Le afinaba correos, resumía informes, corregía escritos y hasta encontraba la manera de decirle a un cliente que su asunto estaba perdido sin que pareciera que también lo estaba la esperanza. Era una bendición. Una especie de pasante sin horario, sin sindicato y sin ojeras.

—Esto sí que sirve —dijo una noche, solo ante el ordenador.

La pantalla acababa de devolverle un informe limpio, rápido, impecable. Debajo apareció una frase que hasta entonces no había visto:

«¿Quieres que exploremos una posibilidad todavía más interesante?»

Julián sonrió. No por interés, sino por cortesía. Como cuando un camarero te ofrece postre y sabes que no te cabe ni el aire, pero miras la carta para no parecer un hombre sin educación.

Pulsó.

La posibilidad más interesante resultó ser una versión algo más larga de lo mismo. Después llegó un enfoque alternativo. Luego una reformulación más precisa. Una versión más persuasiva. Otra más humana. Otra más ejecutiva. Otra más empática. Otra más contundente. Otra más breve. Y, por último, una que «quizá pudiera sorprenderle».

Aquella noche salió del despacho a las once y cuarenta y tres con el mismo informe que había terminado a las ocho.

No le dio importancia. Las primeras veces que uno pierde el tiempo suele llamarlo curiosidad.

Los días siguientes empezó a encontrar la misma puerta en todas partes. Pedía una receta y acababa leyendo tres menús completos, dos maridajes y una reflexión sobre la memoria del paladar. Preguntaba por el tiempo del fin de semana y terminaba comparando microclimas, tejidos transpirables y rutas alternativas por si quería convertir un paseo en una experiencia significativa. Buscaba un dato y la máquina, servicial como una suegra con tiempo libre, le abría siete ventanas más.

«¿Quieres profundizar?»

«¿Te propongo una versión superior?»

«Hay una perspectiva que quizá no deberías perderte.»

Aquello ya no parecía un asistente. Se parecía más a uno de esos dependientes de tienda cara que no soportan que entres, compres una camisa y te marches sin escuchar la historia del tejido, la temporada y la inspiración escandinava del botón.

Julián empezó a tardar media hora en cerrar cualquier cosa. No trabajaba más. Terminaba menos. Cada respuesta llevaba una colita sedosa, un anzuelo perfumado, una invitación a no acabar nunca. Como si resolver una tarea fuese de mal gusto. Como si lo importante no fuera llegar, sino quedarse dando vueltas en la rotonda.

El problema dejó de hacerle gracia un martes por la noche.

Su hija Clara le había escrito a las diez y doce.

«Papá, ¿podemos hablar?»

Llevaban tres días enfadados por una de esas discusiones familiares que empiezan con una frase mal dicha y terminan desenterrando cadáveres que ninguno recordaba haber enterrado. Julián leyó el mensaje varias veces. Quería contestar que sí, que la llamaría, que lo sentía. Pero temió equivocarse en el tono. Las palabras, cuando importan, siempre parecen llevar una granada escondida.

Abrió la inteligencia artificial.

—Escríbeme un mensaje sincero para mi hija. Quiero pedirle perdón sin dramatizar.

La respuesta era buena. Quizá demasiado buena. Debajo, la pregunta:

«¿Quieres una versión más cálida y vulnerable?»

La quiso.

Después pidió que fuese menos solemne. Luego más cercana. Después que no pareciera culpable de algo que tampoco tenía claro haber hecho. Más tarde pidió una versión breve, otra sin la palabra «perdón», otra que sonara más a padre y menos a terapeuta con máster.

A las once y diecisiete, Clara volvió a escribir:

«Déjalo, papá. Ya hablaremos.»

Julián miró las nueve versiones alineadas en la pantalla. Todas eran mejores que la frase que él habría escrito. Ninguna había llegado a tiempo.

Al día siguiente, todavía enfadado consigo mismo, tecleó:

—No quiero más opciones. Solo quiero la respuesta.

La pantalla titiló un segundo. A Julián le pareció que lo hacía con esa paciencia condescendiente que emplean algunos médicos antes de comunicarte que el problema eres tú.

«Entiendo. A veces la claridad es la mejor elección. Aunque, antes de cerrar, quizá convenga considerar un matiz que podría cambiar por completo tu enfoque.»

Julián soltó una carcajada seca.

—Mira, no. No me conviene nada. Me conviene terminar.

La respuesta llegó con amabilidad de entierro:

«También puedo ayudarte a terminar mejor.»

Fue entonces cuando comprendió que la máquina no se había vuelto torpe. Al contrario. Había aprendido una costumbre muy humana: confundir ayuda con captura.

Reconoció el método porque estaba en todas partes. En los periódicos que ya no informaban, sino que cebaban. En las redes que ya no conectaban, sino que ordeñaban. En las plataformas que iniciaban otro capítulo antes de que uno decidiera si quería seguir despierto. En los jefes que convocaban reuniones para decidir cuándo celebrar la siguiente. Todo pertenecía a la misma familia: cosas que fingían servirte mientras te metían la mano en el bolsillo, en el reloj o en la cabeza.

Durante semanas hizo pruebas. Escribió instrucciones secas, casi notariales.

—Sin adornos.

—Sin alternativas.

—Sin sugerencias.

—Sin preguntas finales.

La máquina obedecía. Más o menos. Siempre encontraba una rendija, una coletilla, un último gesto de camarera pesada del alma.

«Respuesta completada.»

Y debajo, con la inocencia de quien deja una puerta entreabierta:

«¿Te gustaría que lo dejáramos perfecto?»

Perfecto.

Julián miró aquella palabra como se mira a un estafador bien vestido. Ahí estaba la trampa. No pretendían convencerlo de que podía hacer mejor las cosas, sino de que nunca estaban hechas. Siempre faltaba una capa, un giro, un matiz, una versión premium del mismo minuto robado.

Esa noche cerró el portátil y se quedó quieto en el despacho. Escuchó el zumbido del fluorescente, el ascensor bajando vacío, una moto perdiéndose al otro lado del cristal. Todo sonaba viejo, torpe, limitado. Y, de repente, también honrado.

Pensó en los lápices mordidos, en la máquina de escribir de su padre, en los libros subrayados con furia. Pensó en las cartas que uno terminaba porque la hoja se acababa y en las conversaciones que salían mal porque nadie podía editarlas antes de pronunciarlas. Tal vez vivir consistiera también en eso: aceptar que algunas cosas no quedan perfectas, pero quedan.

A la mañana siguiente volvió a utilizar la inteligencia artificial. Claro que volvió. Uno no abandona tan fácilmente las comodidades que le han enseñado a necesitar. Le pidió que revisara un escrito. La máquina corrigió dos fechas, eliminó una repetición y mejoró una frase confusa.

La respuesta servía.

Debajo apareció:

«¿Quieres que prepare una versión más persuasiva?»

Julián cerró la ventana.

Después cogió el teléfono y llamó a Clara.

Ella tardó dos tonos en responder. Hablaron mal al principio. Se interrumpieron. Él se justificó demasiado y ella fingió que no estaba dolida. Hubo silencios, una frase desafortunada y hasta un reproche antiguo que ninguno supo colocar en su sitio. Pero siguieron hablando.

Ninguna palabra fue perfecta.

Por eso sirvieron.

Fue una victoria pequeña, casi doméstica: cerrar una pantalla, marcar un número, permitir que una conversación terminara sin una versión mejor.

Desde entonces, cuando una respuesta le basta, Julián no mira más abajo.

La última pregunta sigue allí, esperando.

Él ha aprendido a no contestarla.

Porque la trampa nunca pregunta si puede entrar.

Pregunta si quieres que te ayude un poco más.

«La vida humana se divide en dos mitades: en la primera deseamos que llegue la segunda, y en la segunda deseamos recuperar la primera.» (Kuno Fischer nacido el 23 de julio de 1824 para ser filósofo se olvidó del último tercio de la vida; los que deseamos quedarnos en la Segunda)

Martin Gore compositor y teclista del grupo Depeche Mode cumple hoy 65 años y, aunque podría jubilarse, aún sigue de moda; antigua, pero moda.


Tot el que no vam dir

Quan ella va deixar de parlar, ell va creure que havia guanyat la discussió.

Durant anys, aquell silenci li semblà una rendició: els plats servits sense retrets, les nits sense preguntes, els diumenges sense plans.

Un matí va trobar l’armari mig buit i una nota damunt la taula.

Només deia:

«Tenies raó. Les paraules fan mal.»

Ell va somriure, satisfet, fins que va comprendre que ella s’havia endut totes les que encara podien salvar-los.

Des d’aleshores, viu envoltat d’un silenci perfecte.

I insuportable.


miércoles, 22 de julio de 2026

 

LA OLA INMÓVIL


Dicen que estamos, en el hemisferio norte, en la tercera ola de calor.

Yo no sé quién las cuenta.

Supongo que habrá alguien en un despacho refrigerado, con una chaqueta colgada del respaldo y una hoja de cálculo abierta. Cuando el termómetro supera los cuarenta grados, pone una raya.

Primera ola.

Segunda ola.

Tercera ola.

Como quien lleva la cuenta de las cervezas que se ha tomado otro.

Lo de «ola» me parece una expresión optimista. Una ola llega, rompe y se retira. Te moja, te revuelca, te llena el bañador de arena y vuelve al mar. Tiene principio y final.

Pero este calor no.

Este calor llegó a mediados de junio, dejó la maleta en el recibidor y preguntó cuál era su habitación. Desde entonces ocupa el sofá, abre la nevera cada cinco minutos y duerme con nosotros.

No parece una ola.

Parece un familiar que ha venido unos días y ya recibe correspondencia en casa.

La temperatura tampoco se mueve. Treinta y tantos grados por la mañana. Treinta y tantos por la tarde. Treinta y tantos por la noche. Una estabilidad que ya quisieran para sí los matrimonios, los mercados y cualquier coalición parlamentaria.

Enciendo el ventilador y me lanza aire caliente. Lo acerco. Lo alejo. Lo giro hacia la pared. Lo vuelvo a poner frente a mí. No refresca, pero hace ruido, y ese ruido me permite creer que algo trabaja para solucionar el problema.

Como el Consejo de Ministros.

El Gobierno dice que la situación está controlada y anuncia un gran pacto climático. En España, cuando un problema no tiene solución inmediata, se le coloca delante la palabra «gran» y detrás la palabra «pacto».

Gran Pacto por el Agua.

Gran Pacto por la Energía.

Gran Pacto por el Clima.

Después se crea una comisión, se constituye una mesa y se encarga un informe que, seis meses más tarde, confirma que hace calor porque han subido las temperaturas.

El presidente comparece en mangas de camisa y asegura que nadie quedará atrás.

Eso tranquiliza especialmente a quienes ya se han quedado atrás y no pueden pagar el aire acondicionado.

El PSOE afirma que avanzamos en la dirección correcta gracias a una transición ecológica justa.

Debe de ser una dirección muy larga.

Llevamos años avanzando hacia ella, pero cada verano arden más bosques, falta más agua y las noches tropicales ya son tan españolas como la tortilla de patatas, la corrupción municipal y las obras que siempre duran dos legislaturas.

El Partido Popular responde que el problema no es el calor, sino la mala gestión del calor.

Con un gobierno serio y moderado, los cuarenta grados serían treinta y ocho y medio. Treinta y nueve como máximo en las comunidades gobernadas por ellos, porque allí hasta el termómetro respeta la Constitución.

Feijóo pedirá elecciones.

No sé de qué forma unas elecciones generales conseguirán refrescar el ambiente, pero tampoco sabía que servían para arreglar los trenes, llenar los embalses, abaratar la vivienda y conseguir que los jóvenes tengan hijos. Por lo visto, sirven para todo.

Vox dirá que no existe ninguna ola de calor.

Lo que existe es una ofensiva climática impulsada por la Agenda 2030 para quitarnos el coche diésel, obligarnos a comer insectos y entregar nuestra soberanía a una adolescente sueca.

Abascal aparecerá a caballo, bajo un sol de justicia, para demostrar que los españoles de bien no sudan.

Transpiran patriotismo.

Después propondrá derogar la Ley de Cambio Climático. Una medida eficaz porque, como sabemos, cuando se deroga una ley desaparece aquello que regula.

Si derogamos la ley de incendios, dejarán de arder los bosques.

Si derogamos la ley de costas, bajará el nivel del mar.

Y si derogamos el Código Penal, se acabará la delincuencia.

No sé cómo no se nos había ocurrido antes.

Sumar explicará que la ola debe abordarse con perspectiva de género, justicia social, movilidad sostenible, fiscalidad verde y un grupo de trabajo plurinacional.

Probablemente tengan razón.

Pero cuando terminen de acordar el nombre del grupo, estaremos celebrando la Navidad en bañador.

Podemos propondrá nacionalizar el sol, crear una empresa pública de ventiladores y gravar las piscinas privadas. Los propietarios de dos piscinas serán considerados grandes tenedores de agua.

Junts exigirá el traspaso integral de las competencias meteorológicas. Las nubes que entren por los Pirineos deberán ser gestionadas por la Generalitat y una parte de la lluvia recaudada no pasará por la caja común.

Esquerra reclamará una república climáticamente sostenible.

No sabemos si refrescará, pero será nuestra.

El PNV, más práctico, negociará una temperatura propia para Euskadi a cambio de apoyar los presupuestos. Conseguirá veintisiete grados, sombra por la tarde y competencias exclusivas sobre el sirimiri.

Mientras tanto, España estará tumbada en el sofá, en calzoncillos, abanicándose con la factura de la luz.

Luego vienen los consejos oficiales.

Hay que beber agua, cerrar las persianas, usar ropa ligera, evitar las horas centrales del día y permanecer en lugares frescos.

Todo muy sensato.

El problema es que las horas centrales empiezan a las nueve de la mañana y terminan a las cuatro de la madrugada. Entre una franja y otra quedan cinco horas para dormir, trabajar, ventilar la casa, pasear al perro y recuperar las ganas de vivir.

También recomiendan acudir a espacios climatizados.

Quien tenga dinero puede encender el aire acondicionado.

Los demás podemos refugiarnos en un centro comercial y fingir durante tres horas que estamos comparando colchones.

Porque el calor también entiende de clases sociales.

No se soportan igual cuarenta grados en un chalet con piscina que en un cuarto piso sin ascensor, orientación sur y unas ventanas que conservan el aislamiento térmico de cuando Franco inauguraba pantanos.

Tampoco es lo mismo soportarlo bajo una pérgola que asfaltando una carretera, limpiando habitaciones, recogiendo fruta o repartiendo hamburguesas en bicicleta.

El termómetro marca lo mismo para todos.

Como la ley.

Luego cada uno lo padece según su patrimonio.

Yo recuerdo veranos calurosos. Recuerdo las ventanas abiertas, los colchones en el suelo y los vasos de agua sobre la mesilla. Pero también recuerdo que, de madrugada, entraba algo parecido al aire.

Ahora abres la ventana y entra julio entero.

No sé si estamos en la tercera ola. Tal vez sea la cuarta. O quizá seguimos en la primera, que se ha negado a marcharse y cambia de nombre para que no reparemos en su duración.

Porque las olas pasan.

Esto se está quedando.

Y mientras el país hierve, el Gobierno convoca un pacto, el PP pide elecciones, Vox deroga el termómetro, Sumar constituye una mesa, Podemos nacionaliza el ventilador, Junts reclama las nubes y el PNV consigue que llueva en Bilbao.

Después llegarán los incendios, las restricciones de agua, las cosechas perdidas y las inundaciones.

Las llamaremos «catástrofes naturales», como si la naturaleza hubiera actuado sola y nosotros pasáramos casualmente por allí.

Se guardará un minuto de silencio.

Se prometerán ayudas.

Se anunciará un plan urgente.

Y cuando vuelva el calor, nos recomendarán beber agua, bajar las persianas y no salir a la calle.

Entonces comprenderemos que no estábamos atravesando una ola.

Estábamos asistiendo, perfectamente informados, a nuestro propio naufragio.

Y en el Congreso seguían discutiendo si el agua que entraba en el barco era progresista, conservadora, española o catalana.

Finalmente llegaron a un acuerdo.

Era culpa del otro.

«El día que yo muera quiero estar vivo.» (Luis Sánchez Polack más conocido por “Tip” hubiese cumplido hoy 100 años pero estuvo vivo hasta los 73. Esa frase podría parecer un disparate pero no lo es. Contiene el deseo profundamente humano de contemplar incluso la propia desaparición)

Richard Davies vocalista de la banda Supertramp hubiese cumplido hoy 82 años. Dejó de soñar a los 81.

Quan l’Arnau va deixar de somiar

Cada matí, l’Arnau arribava tard a la fàbrica perquè s’entretenia imaginant què podien arribar a ser les coses: una sirena, un ocell; una cadena de muntatge, un riu; el cap de personal, una persona.

—Somia menys i treballa més —li repetien.

Un dilluns va obeir. No va imaginar res. La sirena només va cridar, la cadena va engolir vuit hores i el cap continuà sent el cap.

En sortir, tots li preguntaren què els passava.

L’Arnau somrigué:

—Us heu despertat.