EL FÚTBOL PERFECTO

Todo empezó después de una
final que acabó mal.
No recuerdo quién jugaba. En
realidad, tampoco importa. Uno ganó, otro perdió, el árbitro fue insultado, el
VAR necesitó cuatro minutos y treinta y siete segundos para decidir si un
delantero tenía adelantado el hombro, la rodilla, la nariz o quizá una intención,
y al día siguiente media nación discutía sobre una línea trazada por ordenador.
Hubo disturbios.
Dos aficionados acabaron en
el hospital.
Un entrenador declaró que
aquello no era fútbol.
El presidente del club
derrotado aseguró que habían adulterado la competición.
El vencedor respondió que el
resultado estaba en el marcador.
Y un ministro, que hasta
entonces se había limitado prudentemente a no saber demasiado de fútbol,
comprendió que había llegado el momento de intervenir.
—No podemos dejar algo tan
importante en manos del azar —declaró.
La frase gustó.
Sobre todo lo de «azar».
El azar siempre ha tenido
mala prensa entre quienes gobiernan. No tributa, no obedece instrucciones y
tiene la desagradable costumbre de producir resultados que nadie había
previsto.
Se creó inmediatamente la Comisión
Nacional para la Ordenación, Transparencia y Sostenibilidad del Resultado
Deportivo.
CNOTSRD.
El nombre ya inspiraba
confianza.
La Comisión estaba integrada
por dos economistas, tres juristas, un sociólogo, cuatro antiguos árbitros, un
especialista en inteligencia artificial, dos representantes de las
televisiones, uno de las casas de apuestas y un futbolista retirado que no acudió
a ninguna reunión porque los jueves jugaba al golf.
Después de dieciocho meses de
estudios, ciento veintisiete reuniones y un presupuesto que hubiese permitido
fichar a un lateral brasileño bastante decente, presentaron la solución.
Era extraordinariamente
sencilla.
Antes de empezar la temporada
se fijarían todos los resultados.
No se trataba, explicaron
inmediatamente, de amañar partidos.
Eso sería ilegal.
Se trataba de planificarlos.
Y planificar siempre resulta
respetable.
Cada mes de agosto, la
Comisión publicaría el calendario completo de la competición junto con los
resultados correspondientes.
Real Madrid-Barcelona: 2-2.
Betis-Sevilla: 1-0.
Atlético-Valencia: 3-1.
Y así hasta la última
jornada.
De esta manera desaparecerían
los errores arbitrales, las sospechas de corrupción, las frustraciones
deportivas y, sobre todo, aquella insoportable incertidumbre de tener que
esperar noventa minutos para saber algo que podía conocerse perfectamente en agosto.
Las televisiones fueron las
primeras en entusiasmarse.
Podrían programar las
celebraciones con meses de antelación.
Los ayuntamientos sabrían qué
días instalar pantallas gigantes.
La policía conocería
exactamente qué aficionados iban a enfadarse.
Y las empresas de publicidad
podrían contratar anuncios de champán para los campeones sin correr el riesgo
de terminar promocionándolo entre personas deprimidas.
Los clubes protestaron al
principio.
Hasta que alguien les explicó
que también se establecería de antemano qué equipos descenderían.
Entonces empezaron a
negociar.
El nuevo sistema entró en
vigor la temporada siguiente.
Fue un éxito.
En la primera jornada, un
delantero marcó en el minuto siete.
El problema era que el gol
asignado a su equipo debía producirse en el minuto treinta y cuatro.
El árbitro lo anuló.
—¿Por qué? —preguntó el
jugador.
—Prematuro.
El delantero aceptó la
explicación.
En el minuto treinta y cuatro
volvió a marcar.
Entonces sí.
El público celebró el gol con
entusiasmo, aunque muchos ya estaban de pie desde el minuto treinta y tres para
evitar aglomeraciones.
También se reguló la emoción.
Las autoridades consideraron
que resultaba poco edificante que los aficionados del equipo destinado a perder
permanecieran callados todo el encuentro, así que se estableció que debían
animar durante al menos cuarenta minutos.
El tiempo de protesta quedó
limitado a ocho.
Los insultos al árbitro
fueron suprimidos porque, al no decidir ya nada, insultarlo carecía de
fundamento jurídico.
Los árbitros respiraron
tranquilos.
El VAR también mejoró
notablemente.
Ya no tenía que decidir si
había sido penalti.
Solo comprobar si estaba
previsto.
—Hay contacto —decía el
árbitro.
—Sí, pero el penalti está
programado para el otro equipo en el segundo tiempo.
—Entendido.
—Siga el juego.
Hasta los periodistas
deportivos encontraron ventajas.
Las tertulias dejaron de
discutir sobre quién ganaría la Liga.
Ahora debatían durante horas
si era justo que la Comisión hubiese asignado cuarenta y tres puntos al Getafe
en lugar de cuarenta y uno.
El fútbol se hizo más serio.
Más organizado.
Más científico.
Los niños recibían en
septiembre el álbum de cromos junto con la clasificación final.
Los entrenadores dejaron de
utilizar expresiones como «partido a partido», que fueron consideradas
engañosas.
Y los jugadores celebraban
los goles con una espontaneidad previamente ensayada los miércoles.
Durante algunos años nadie
pareció echar de menos nada.
Hasta que una tarde vi a
cinco niños jugando en una plaza.
Habían dejado dos mochilas en
el suelo para hacer una portería.
No llevaban árbitro.
Ni cámaras.
Ni reglamento audiovisual.
Ni Comisión.
Uno de ellos cogió la pelota,
regateó a otro, tropezó, volvió a levantarse y chutó desde demasiado lejos.
Los demás miraron el balón
mientras volaba.
Yo también.
Nadie sabía si entraría.
Y durante dos segundos
ocurrió algo extraordinario.
Todos esperamos.
El balón golpeó contra una
mochila y salió fuera.
Los niños gritaron,
discutieron si había sido gol, se empujaron un poco y volvieron a colocar la
pelota en el centro.
Me quedé observándolos.
Entonces comprendí qué
habíamos eliminado del fútbol para hacerlo perfecto.
El fútbol.
«Por libertad entendemos la
libertad verdaderamente humana, es decir, la libertad política.» (Arnold Ruge Nacido
el 13 de setiembre de 1802 para ser filósofo empeñado en definir lo que se
considera Libertad. Creía que la Libertad era la política no la metafísica o interior…
discrepaba en aquello que “lo importante está en el interior”)
Hoy el caballero que lleva el sombrero de cowboy y atiende al nombre de Randy Jones cumple 74 años y su música no ha parado. La de alguno de los componentes del grupo Village People, si.
Quan s’apaga
tot
La ciutat es
va quedar sense llum a les onze i disset.
Primer van
callar els televisors. Després, els ascensors. Finalment, els mòbils.
Durant uns
minuts ningú no va saber què fer.
Fins que, des
d’un balcó, algú va començar a picar dues culleres contra una cassola.
Una dona va
cantar.
Un nen va
seguir-la desafinant.
Al carrer,
algú va treure una guitarra.
Quan va tornar
l’electricitat, ningú no va encendre res.
Potser havíem
oblidat que la música existia abans dels endolls.
I que
nosaltres també.



