martes, 25 de agosto de 2026

SE BUSCA IGNORANTE CON EXPERIENCIA

Me han despedido por experto.

No por llegar tarde, discutir con los compañeros, robar material o presentarme borracho en la cena de Navidad. Por experto. Al parecer, después de treinta años trabajando en la misma empresa, había adquirido un exceso de conocimiento incompatible con mi puesto.

Me lo explicó la directora de Recursos Humanos mientras colocaba sobre la mesa una carpeta con mi nombre. Las carpetas de Recursos Humanos siempre contienen malas noticias. Cuando la noticia es buena, basta con un correo electrónico y un emoticono.

—Henry Ford decía que, cuando un trabajador se considera experto, hay que despedirlo.

Lo dijo con esa solemnidad con la que algunas personas citan a los muertos para evitar discutir con los vivos.

Yo no me consideraba experto. Me consideraba cansado, que es distinto. Había visto aquella máquina detenerse tantas veces que reconocía sus averías por el ruido. Cuando hacía clac, fallaba el engranaje. Cuando hacía cloc, era la correa. Y cuando dejaba de hacer ruido, convenía apartarse porque algo estaba a punto de salir disparado.

Pero llegó el nuevo director de Producción con un máster en liderazgo, dos cursos de transformación digital y una presentación de ciento cuarenta diapositivas. Nos anunció que reduciríamos el tiempo de fabricación un veinte por ciento.

—Eso no funcionará —dije.

Debí añadir «probablemente», «en mi modesta opinión» o «quizá podríamos valorar». Las empresas actuales permiten decir cualquier cosa siempre que se diga de una manera que parezca que no se ha dicho.

El director me preguntó por qué.

Se lo expliqué: si aumentábamos la velocidad, la pieza se calentaría, el sensor se bloquearía y la cadena acabaría deteniéndose.

—Hay que abandonar las viejas certezas —respondió.

La vieja certeza era la temperatura a la que se fundía el plástico. Pero no quise discutir. Supuse que, con la transformación digital, también habrían digitalizado las leyes de la física.

Aumentaron la velocidad. La pieza se calentó, el sensor se bloqueó y la cadena se detuvo.

El director reunió al equipo para averiguar por qué nadie había previsto el problema. Yo levanté la mano. Ese fue mi segundo error. El primero había sido preverlo.

Desde aquel día comenzaron a observarme con preocupación. Yo conocía demasiado bien mi trabajo. Sabía cuánto tardaba cada proceso, qué proveedores cumplían, cuáles mentían y qué tornillo se aflojaba siempre aunque en los informes figurase como perfectamente apretado. Aquel conocimiento, en lugar de convertirme en imprescindible, me convirtió en incómodo.

La experiencia tiene ese defecto: recuerda lo que la empresa necesita olvidar.

En Recursos Humanos me explicaron que el verdadero experto es consciente de todo lo que ignora. Estuve de acuerdo. Cuanto más trabajaba, más dudas tenía. Dudaba de los plazos, de los presupuestos, de los nuevos procedimientos y, sobre todo, de quienes entraban en la fábrica sin quitarse la chaqueta y aseguraban conocerla después de mirar un gráfico.

Pero, por lo visto, mis dudas no eran humildad intelectual. Eran resistencia al cambio.

La humildad solo resulta apreciada cuando se practica hacia arriba.

Nadie le preguntó al director si se consideraba experto en dirigirnos. Nadie pensó en despedirlo cuando afirmó que su plan era infalible. La empresa desconfiaba de quienes sabían hacer su trabajo, pero conservaba una fe conmovedora en quienes sabían explicar el trabajo de los demás.

Supongo que Henry Ford tenía parte de razón. El que cree saberlo todo deja de aprender. El problema comienza cuando esa frase la pronuncia el hombre que tiene la última palabra. Entonces deja de ser una defensa de la curiosidad y se convierte en una forma elegante de obediencia.

Antes, las empresas buscaban trabajadores con experiencia. Ahora publican ofertas solicitando diez años de experiencia, dominio de cuatro idiomas, capacidad de liderazgo, adaptación al cambio y mentalidad de principiante. Quieren que uno lo sepa todo para contratarlo y que, una vez contratado, actúe como si no supiera nada.

Entregué la tarjeta de acceso, el teléfono y el ordenador portátil.

—¿Alguna pregunta? —me dijo la directora.

—Sí. ¿Quién arreglará la máquina cuando vuelva a detenerse?

Sonrió con paciencia.

—No debemos pensar que solo existe una solución.

Tenía razón. Existen muchas. Cambiar el sensor, reducir la velocidad, revisar el engranaje o contratar a una consultora para que, después de seis meses y cuarenta mil euros, recomiende cambiar el sensor, reducir la velocidad y revisar el engranaje.

A la mañana siguiente me llamó un compañero. La cadena se había detenido. Me preguntó qué podía ser.

Le dije que no lo sabía.

Desde que me despidieron, estoy aprendiendo muy deprisa.

«La muerte ayuda. La muerte nos da algo que hacer, porque mirar hacia otro lado es un trabajo de jornada completa.» (El osado autor de la frase,  Martin Amis nacido el 25 de agosto de 1949, dejó de mirar hacia otro lado y empezó a hacer algo en 2023)

Billy Ray Cyrus no se cansa de repetir a una señora -para nosotr@s- anónima que no le rompa el corazón. Pero hoy cumple 65 años y me da a mi que se va a jubilar con el corazón entero.


Cardiologia domèstica

La Maria va marxar sense acomiadar-se.

—No ho digui al seu marit —va demanar al metge—. Té el cor delicat.

Durant mesos vaig posar dos plats, vaig discutir amb la seva cadira i vaig respectar la seva meitat del llit.

Ahir el cor va trobar una arracada sota el coixí.

Des d’aleshores no em parla.

Però cada nit, quan apago el llum, el sento plorar dins meu.

  

lunes, 24 de agosto de 2026

 

NO TENGO NADA QUE OCULTAR

Yo no tengo nada que ocultar.

Lo digo con frecuencia, aunque nadie me lo pregunta. Debe de ser la edad. Antes uno presumía de tener secretos; ahora presume de que podrían registrarle la casa sin encontrar nada más comprometedor que unas pastillas para la tensión y una caja de preservativos caducados.

En Estados Unidos han instalado miles de cámaras Flock. No se limitan a leer la matrícula. Identifican la marca, el modelo, el color y hasta determinados rasgos del vehículo. Es decir, saben más de mi coche que el mecánico y bastante más que yo.

—¿Qué coche tienes?

—Uno gris.

La cámara, en cambio, respondería:

—Un Toyota Corolla híbrido, matriculado en 2022, con un arañazo en la puerta derecha, una pegatina descolorida y un propietario que lleva tres meses sin comprobar la presión de los neumáticos.

Eso es vigilancia profesional.

La explicación oficial es tranquilizadora: sirve para localizar coches robados, perseguir delincuentes y encontrar personas desaparecidas.

Siempre empieza así.

Nadie instala ciento veinte mil cámaras diciendo:

—Queremos saber adónde va usted, cuánto tarda y con quién se reúne.

No. Te dicen que es por tu seguridad. La seguridad es una palabra maravillosa. Sirve para abrir todas las puertas que la libertad había cerrado.

Imagino que pronto llegará aquí. En España somos extraordinarios importando tecnología y poniéndole una tasa. Las cámaras se llamarán Sistema Integral de Movilidad Ciudadana Responsable. SIMOCR, porque toda intromisión necesita unas siglas que parezcan una subvención europea.

El Ayuntamiento las instalará para protegernos. Después lanzará una aplicación: «Mi Trayecto Seguro». Un nombre amable, como de excursión escolar.

Cada noche recibiré un resumen:

09:12. Sale del domicilio.
09:26. Entra en el aparcamiento del supermercado.
10:03. Se detiene frente a una farmacia.
10:41. Permanece diecisiete minutos en la calle Provenza.
11:08. Regresa al domicilio.

Debajo aparecerá un botón:

¿Desea compartir su recorrido con su unidad familiar?

Vendrá marcado por defecto.

Mi mujer me preguntará qué hacía en la calle Provenza.

Le diré la verdad: allí vivió una mujer a la que quise hace cuarenta años. Pasaba cerca y me desvié para comprobar si continuaba aquel balcón donde una noche me prometió que nunca me olvidaría.

La mujer se fue. El balcón permanece.

Intentaré explicarlo, pero los algoritmos son como los cónyuges: cuanto más explicas una desviación, más sospechosa resulta.

Al día siguiente modificaré mi recorrido para despistar a las cámaras. Daré dos vueltas a la manzana, atravesaré un aparcamiento y saldré por la otra puerta.

La aplicación me enviará una alerta:

Hemos detectado un comportamiento anómalo. ¿Necesita ayuda?

Pulsaré «No».

Aparecerá otra pregunta:

¿Por qué ha alterado su ruta habitual?

Las opciones serán:

  • Obras.
  • Accidente.
  • Emergencia médica.
  • Actividad profesional.

No existirá la casilla «Necesitaba hacer algo que nadie supiera».

Porque ese es el problema. Ya no bastará con ser inocente. Habrá que comportarse como espera el sistema que se comporte un inocente.

El ciudadano ejemplar circulará siempre por la ruta más corta, comprará en los mismos establecimientos y visitará únicamente a personas previamente verificadas. Quien dé tres vueltas a una rotonda será sospechoso de terrorismo o de no saber conducir, que en algunas ciudades empieza a considerarse lo mismo.

Si protestas, te responderán:

—Si no ha hecho nada malo, no tiene por qué preocuparse.

Es una frase impecable. También podría instalar una cámara en su dormitorio y decirle que duerma tranquilo si no piensa cometer ningún delito entre las sábanas.

Pero la intimidad no consiste en esconder crímenes. Consiste en poder hacer cosas que no necesitan defensa: sentarse dentro del coche a llorar, visitar una calle antigua, acompañar a alguien a una clínica, entrar en un hotel para usar el lavabo o permanecer veinte minutos frente a una casa sin atreverse a llamar.

Una cámara registra el trayecto.

Una base de datos lo conserva.

Un algoritmo lo relaciona.

Y finalmente alguien lo interpreta.

Ahí empieza el peligro. Las máquinas podrán saber dónde estuvimos, cuándo y con quién. Lo único que no sabrán es por qué. Pero ya encontrarán a una persona dispuesta a inventarlo.

En algunas ciudades estadounidenses han cubierto esas cámaras con bolsas de basura. Me parece una solución profundamente humana: cuando la tecnología se vuelve demasiado inteligente, recurrimos a una bolsa del supermercado.

Aquí no funcionaría. El Ayuntamiento sancionaría la bolsa por no ser biodegradable y contrataría otra cámara para vigilar la primera.

Yo sigo diciendo que no tengo nada que ocultar.

Sin embargo, desde hace unos días, cuando necesito estar solo, bajo al garaje, entro en el coche y permanezco allí, en silencio, sin arrancar.

La cámara de la salida solo fotografía los vehículos que pasan.

De momento.

«La diferencia entre el revolucionario y el terrorista reside en la causa por la que cada uno combate.» (La delgada línea roja que siempre ha existido la trazó Yasir Arafat nacido el 24 de agosto de 1929 para ser premio Nobel de la Paz en 1994 y muerto en extrañas circunstancias -por decirlo de una manera generosa-  en 2004)

Jean-Michel Jarré hoy cumple 78 años y sigue respirando oxígeno, cosa que nos hace falta a tod@s l@s que leímos el escrito de ayer.

Tot l’aire que ens faltava

L’home va comprar una bombona d’oxigen quan el metge li va dir que li quedava poc aire. La dona, en canvi, va obrir totes les finestres.

—Et refredaràs —murmurà ell.

—Fa quaranta anys que m’ofego.

Aquella nit, mentre els sintetitzadors omplien el menjador d’un futur que ja s’havia fet vell, ell es va treure la mascareta per besar-la.

L’endemà, la bombona era buida.

La casa, no


domingo, 23 de agosto de 2026

 

EL VIGESIMOSEXTO PEDO

Dicen los expertos que una persona sana expulsa entre doce y veinticinco pedos al día.

Me tranquiliza saber que la ciencia se ocupa de estas cosas. Mientras nosotros investigamos quién se ha tirado uno en el ascensor, hay científicos averiguando si era el decimotercero o el vigesimocuarto.

Por debajo de doce, al parecer, podríamos tener un problema intestinal. Uno se tira solo once y debe pedir hora con el digestólogo.

—Doctor, estoy preocupado.

—¿Dolor abdominal?

—No. Me falta uno.

El médico te mira con gravedad, te ausculta y te receta un plato de lentejas. Si no funciona, resonancia magnética.

Lo que ninguna fuente explica es qué ocurre cuando superamos los veinticinco. Existe un vacío legal y sanitario preocupante. Hasta el vigesimoquinto eres una persona saludable; en el vigesimosexto, el diagnóstico deja de ser intestinal y pasa a ser moral: eres un guarro con emisiones acreditadas.

Porque una cosa es la salud y otra la convivencia.

El pedo, mientras permanece dentro, pertenece al ámbito de la intimidad. Está protegido por la Constitución, el secreto médico y, probablemente, la normativa europea de protección de gases personales. Pero cuando sale, adquiere naturaleza pública. Deja de ser un asunto de tu colon y pasa a formar parte del aire que respiramos todos.

Mi mujer, desde que conoce la estadística, ha comenzado a llevar la cuenta.

—Ese es el dieciocho —me dijo ayer.

—No puedes demostrar que haya sido yo.

—Estamos solos.

—Eso es un indicio, no una prueba.

A partir del número veinte empecé a administrarlos con prudencia. Reservé dos para después de cenar y guardé los tres últimos para emergencias. Nunca se sabe cuándo puede presentarse una fabada o una reunión familiar.

También he descubierto que hay pedos que deberían contar doble. El silencioso con consecuencias, por ejemplo. Ese que no se oye, pero consigue que seis personas abandonen una habitación culpando al perro. Y luego está el pedo con reincidencia: parece uno, pero regresa a los pocos segundos acompañado de sus familiares.

Lo sorprendente es que esta estadística también se aplica a las mujeres. Por fin hemos alcanzado la igualdad en algo verdaderamente importante. El intestino no entiende de sexo, ideología ni clase social. Puede distinguir entre una ensalada y un cocido, pero no entre un consejero delegado y un becario.

Aunque la sociedad sí distingue.

El pedo de un hombre se recibe con resignación antropológica: «Son cosas de hombres». El de una mujer provoca una crisis cultural. Hay personas convencidas de que ellas no expulsan gases, sino que liberan pequeñas brisas perfumadas con aroma de lavanda.

Propongo que Sanidad reparta contadores, como los podómetros. Una pulsera que vibre a partir del número veinte:

«Le quedan cinco emisiones saludables».

En el veinticinco aparecería una felicitación:

«Objetivo diario alcanzado».

Y en el veintiséis, una advertencia:

«Abra una ventana. Su salud continúa siendo excelente, pero su matrimonio corre peligro».

Porque ese es el límite que los científicos todavía no se han atrevido a fijar. Por debajo de cierta cantidad puede haber un problema intestinal. Por encima, quizá el intestino funcione perfectamente.

Lo que empieza a fallar es la educación.

«El escepticismo, lejos de volver perezosa a la razón humana en la búsqueda de la verdad, la despierta al esfuerzo más intenso.» (Gottlob Ernst Schulze nacido el 23 de agosto de 1761 para ser filósofo y un furibundo adversario de Kant. Lamentablemente para él la gente hicimos más caso a éste último ¿o no?)

Y allá por 1961 causaba furor el ritmo y la canción de Chubby Checker, Let's Twist Again. Anda que no hemos intentado bailarla veces a riesgo de partirnos la cadera.

Encara no

Quan l’orquestra va anunciar el twist, la Mercè deixà el bastó recolzat a la cadira. En Miquel, que feia trenta anys que no li demanava res sense rondinar, li allargà la mà.

Ballaren malament, com abans, quan encara tenien futur i cap ritme. Els fills reien; els nets gravaven.

En acabar, ella recuperà el bastó i ell, l’orgull.

—Demà hi tornem?

La Mercè se’l mirà de costat.

—Demà no. Però no esperis trenta anys.

L’orquestra ja tocava una altra cosa. Ells encara no.


sábado, 22 de agosto de 2026

 

EL MAR NO PASA LISTA


Todas las mañanas, Nayah llegaba al puerto con una mochila llena de cuadernos que no abría. A sus padres les decía que iba al instituto. El instituto la anotaba como ausente. Al mar no tenía que darle explicaciones.

Se bajaba del autobús en el paseo marítimo y dejaba la mochila en el minimercado de Salim.

—Algún día tendrás que entrar en clase —le decía él.

—Algún día volveré a Bata.

Salim no discutía. Quizá también guardaba una ciudad dentro y sabía que hay lugares de los que uno se marcha sin conseguir abandonarlos.

Su familia había huido de Guinea Ecuatorial. Sus padres llamaban a aquello empezar de nuevo. Nayah lo llamaba exilio, aunque nunca en voz alta. Se ponía los auriculares sin música y caminaba junto al puerto mientras fingía no escuchar.

—¿Qué hace una niña negra sola todo el día?

—A estos les dan casa y todavía se quejan.

—Vigila la cartera.

Las frases la seguían unos metros y después regresaban a sus dueños, satisfechas de haber cumplido con su deber.

Al llegar a la playa se quitaba las zapatillas, enterraba los pies en la arena y miraba el horizonte. Al otro lado no estaba Bata, pero Nayah pensaba que todas las aguas terminaban encontrándose. Eso le bastaba.

Cada día se internaba un poco más. Dentro del mar nadie le preguntaba de dónde era, ni le recomendaba volver a su país, ni pronunciaba su nombre con esa lentitud que utilizan algunos para hablar con quien consideran inferior. Allí podía cerrar los ojos y escuchar a sus amigas llamándola por el apodo que nadie conocía en aquella ciudad.

Aquel último día de junio, el cielo estaba bajo y el agua, inquieta. Nayah avanzó hasta dejar de hacer pie.

Por primera vez desde que llegó, se sintió ligera.

Una corriente le rodeó las piernas. Después la cintura. Después el pecho.

—Tranquila, ya estás conmigo —oyó.

No supo si era el mar o su propia voz pronunciada, por fin, sin miedo.

A la mañana siguiente, las olas devolvieron una de sus zapatillas.

La mochila continuó junto a la caja del minimercado, esperando que Nayah volviera tarde, como todos los días.

«De hombres de acción somos ricos; pobres, de pensamiento director.» (Manuel Sales y Ferré nacido el 22 de agosto de 1843 en Ulldecona ya dejó claro en esa frase, su crítica a una Espanya inclinada a actuar e improvisar antes que a reflexionar, planificar y fundamentar sus decisiones)

Jhon Lee Hooker hubiese cumplido hoy 114 años; llegó hasta los 88 que no está mal. Además le dio tiempo a formar duetos con los grandes, como el del vídeo. No digo quién es porque seguro que lo reconocéis desde el primer acorde de guitarra.

Les coses canvien

Cada vespre, en Miquel li deia:

—Tranquil·la. Les coses canviaran.

Ho repetia quan tallaven la llum, quan el noi tornava sense feina, quan la nevera començava a parlar amb veu de buit.

Ella assentia i posava dos plats.

Un dimarts, en Miquel va arribar amb roses i una maleta.

—Ho veus? Ja han canviat.

Ella li va obrir la porta, li besà la galta i es quedà les roses.

Feia mesos que només parava taula per costum


viernes, 21 de agosto de 2026

                                                     LA PRÓXIMA VEZ

Habías firmado tres veces que no querías que te reanimaran.

La primera, como paciente.
La segunda, como abogada.
La tercera, mirándome a los ojos.

—Prométeme que no permitirás que me conviertan en una habitación donde ya no vive nadie.

Te lo prometí.

Pero cuando tu corazón se detuvo, aparté el documento y ordené la descarga. Tu cuerpo se arqueó sobre la cama. Después otra. Y otra. Olía a piel quemada y a miedo.

—Basta —dijo la enfermera.

No le hice caso.

Te golpeé el pecho con las dos manos, pronunciando tu nombre entre cada compresión, como si el amor también fuera una técnica de resucitación.

Volviste al cuarto intento.

Cuando despertaste, tres días después, me pediste agua. Luego miraste los hematomas de tu pecho y comprendiste.

—Has hecho un milagro —murmuró la enfermera.

—Ha cometido un delito —dijiste tú.

Intenté besarte, pero apartaste la cara.

—No me salvaste a mí. Te salvaste tú de perderme.

Pediste un bolígrafo. Creí que ibas a denunciarme. En cambio, firmaste otra voluntad anticipada y la dejaste sobre mi mano.

—La próxima vez, ámame un poco menos.

Aquella noche dormí abrazado a ti, escuchando tu corazón.

Latía como un indulto.

También como una condena.

«Os amo con ese amor que hace realizar milagros y cometer crímenes al mismo tiempo.» (Es una frase de Emilio Salgari nacido el 21 de agosto de 1862. No es la frase más famosa; es: “Sandokán queremos un hijo tuyo”. Aysss la pasión! Sin ella es imposible vivir)

Kenny Rogers que hoy cumpliría 88 años es, para mí, uno de los mejores en música country que cantó con su voz rota, una de las canciones más pasionales a una mujer, Lady. Por cierto, Lady fue compuesta por Lionel Richie.

La dona que em sabia el nom

Cada nit, abans d’apagar el llum, ell li deia «senyora», com quan encara li feia vergonya pronunciar el seu nom.

Ella reia i li arreglava el nus de la corbata, tot i que feia deu anys que s’havia jubilat.

Aquell matí, davant del mirall, va tornar a cordar-se-la. Després entrà a l’habitació buida i deixà una rosa damunt del coixí.

—Bona nit, senyora.

Per primera vegada, ella no el va corregir.