jueves, 12 de marzo de 2026

 

EL ÁNGULO MUERTO

La cámara aprendió antes que nadie a mirar sin pestañear.

La instalaron en un poste gris, cerca de la calle Pasteur, con esa fe miserable que tienen los regímenes en los tornillos, en el cableado y en la obediencia automática. A los hombres les gusta pensar que el miedo necesita discursos, himnos, uniformes. No. El miedo moderno lleva lente, software y una luz roja tan pequeña que casi parece decente.

Al principio, la cámara solo registraba tráfico. Coches oficiales, motocicletas, camionetas de reparto, ambulancias, algún gato insolente que cruzaba como si supiera que toda tiranía tiene un punto ridículo. Luego empezó a aprender rostros. Matrículas. Trayectorias. Costumbres. La ciudad, poco a poco, dejó de ser una ciudad y se convirtió en una suma de hábitos vigilados.

Hubo un tiempo en que Teherán creyó que la tecnología venía a facilitar la vida. Qué risa. La tecnología llegó a clasificarla.

A la cámara le enseñaron a reconocer mujeres sin velo. Un mechón fuera. Una nuca expuesta. Un gesto de cansancio dentro de un coche estacionado. Lo llamaban seguridad. Lo llamaban moral. Ya se sabe: cuando el poder quiere meterse en el cuerpo de una mujer, siempre encuentra una palabra limpia para nombrar su suciedad.

A veces, al amanecer, pasaban estudiantes con sueño y mochilas rotas. A veces, a media tarde, circulaban coches negros con cristales tan oscuros que daban ganas de reír: hombres que querían verlo todo sin ser vistos. A veces sonaba el teléfono de alguna mujer pocos minutos después de haber cruzado la avenida. Mensaje automático. Advertencia. Infracción. Velo inapropiado. Conducta impropia. Existencia impropia, faltaba por escribir.

La cámara no entendía el idioma, pero comprendía el ritmo del castigo.

Después murió Mahsa Amini, y la ciudad cambió de respiración.

Teherán, que llevaba años tragándose su propia lengua, empezó a hablar con fuego. Las chicas corrían sin hiyab, no como quien desafía una ley, sino como quien se quita una mano ajena del cuello. En los cruces se gritaba Mujer, Vida, Libertad y ese grito tenía algo que los algoritmos no supieron procesar nunca: no venía de una boca, sino de millones de humillaciones acumuladas. Los hombres, algunos tarde y otros por fin, empezaron a entender que la dignidad de una mujer no era un asunto femenino, sino el termómetro de toda la podredumbre.

La cámara siguió grabando.

Grabó carreras. Grabó porrazos. Grabó el humo. Grabó a una muchacha subiéndose a un contenedor para agitar su pañuelo como si no fuera una tela, sino una frontera incendiándose. Grabó a dos policías golpeando a un chico que apenas podía sostenerse. Grabó a madres buscando a sus hijas con el mismo gesto con que se busca una joya caída en un pozo.

Luego la ciudad se volvió más silenciosa. No más pacífica. Solo más vigilada.

Instalaron lectores de matrículas que multaban sin discusión, drones que zumbaban sobre las playas como insectos de Estado, aplicaciones para que los vecinos se denunciaran entre sí. Nada revela tanto la degradación de un país como el momento en que convierte a sus ciudadanos en auxiliares del castigo. Una aplicación para señalar mujeres sin velo. Qué maravilla de civilización: poner la mezquindad en la palma de la mano y llamarlo deber.

La cámara vio todo eso.

Lo que no vio —porque nadie enseña a una máquina a sospechar de quien la programa— fue que también a ella la estaban mirando.

Durante años, cada imagen, cada giro de volante, cada puerta que se abría, cada sombra que se detenía dos segundos más de la cuenta, viajaba cifrada hacia otra parte. La cámara, creyéndose ojo del régimen, era en realidad pupila alquilada. Un órgano infiltrado. Un espía con carcasa oficial.

En Tel Aviv, y más al sur, hombres y mujeres sin uniforme visible aprendieron el barrio con una paciencia de relojero. No miraban una calle: la deshuesaban. No estudiaban personas: estudiaban repeticiones. El coche que llegaba a las siete y doce. El guardaespaldas que aparcaba siempre mal. El relevo de los viernes. La rutina del panadero de la esquina. La pausa para fumar de un funcionario. Una ciudad entera reducida a una coreografía involuntaria.

A eso lo llamaban patrón de vida.

Un nombre casi poético para una obscenidad muy antigua: observar hasta que el otro se vuelva predecible y, por tanto, mortal.

Uno de los analistas, joven, con ojeras de pantalla y una hija de cinco años que dormía abrazada a un unicornio de peluche, se obsesionó con aquella cámara de Pasteur. Le gustaba porque ofrecía profundidad, como dicen los fotógrafos y los asesinos cuando creen estar hablando de otra cosa. Desde ese ángulo se veían los coches del equipo de seguridad, los cambios de turno, los trayectos hacia el complejo. Los detalles que suelen matar no tienen épica. Son minucias: una matrícula repetida, una puerta que tarda demasiado en cerrarse, un hombre que un jueves llega con la corbata torcida.

El analista bautizó la carpeta con un nombre absurdo, quizá para no sentirse dentro de algo monstruoso.

“Jardín”.

Hay gente que necesita llamar jardín al mapa de una ejecución para poder cenar luego con su familia.

El tiempo pasó así: con un país vigilando a sus mujeres y otro vigilando al vigilante.

Entretanto, en algún despacho alfombrado, hombres mayores seguían hablando de honor, de seguridad nacional, de firmeza, de enemigos externos, mientras el enemigo externo respiraba ya dentro de sus cámaras, dentro de sus cables, dentro de su arrogancia tecnológica. El poder suele cometer ese error: cree que por construir la jaula posee también el aire.

La mañana del 28 de febrero amaneció con una claridad desagradable, de esas que no prometen nada bueno. La luz caía sobre la calle Pasteur con una precisión casi clínica. No había niebla, ni dramatismo, ni ese cielo cinematográfico que tanto ayuda a las memorias heroicas. Solo un sábado limpio, impersonal, perfecto para que ocurriera algo irreparable.

Los teléfonos dejaron de funcionar en la zona como dejan de funcionar las cosas importantes en los momentos decisivos: sin explicación y demasiado tarde. Quien intentó llamar escuchó tono de ocupado. Quien quiso avisar no pudo. Quien llevaba años creyéndose blindado descubrió que la impunidad también tiene cobertura limitada.

La cámara siguió haciendo lo suyo.

Un coche. Otro. Movimiento inusual. Hombres acelerando el paso con esa rigidez de los que todavía no saben que ya forman parte del pasado. Un instante de desorden. Luego, la precisión.

Las municiones llegaron como llegan siempre las decisiones tomadas muy lejos: rápidas, frías, irreversibles.

El primer impacto levantó un polvo blanco y sucio. El segundo rompió cristales. El tercero convirtió la rutina en pánico. Después ya no hubo cuenta exacta, porque el cuerpo no sabe sumar cuando intenta sobrevivir. El complejo devolvió humo, fragmentos, sirenas tardías. La cámara grabó coches cruzados, hombres arrastrando a otros hombres, un zapato sin dueño, una carpeta abierta cuyas hojas salían volando con una elegancia indecente.

Y grabó algo más, aunque nadie lo incluyó en los informes.

Durante unos segundos, la calle pareció sincerarse.

No había moral, ni patria, ni religión, ni geopolítica. Solo cuerpos frágiles corriendo entre cascotes. Solo miedo. Solo el mismo material humano de siempre, ese barro nervioso al que los poderosos visten con ideas para mandarlo a vigilar o a morir.

Horas después, los noticiarios hablarían de estrategia, de décadas de inteligencia, de infiltración, de equilibrio regional, de doctrina, de disuasión. Los expertos harían lo que mejor saben hacer los expertos: encontrar palabras abstractas para que lo concreto no huela tanto a carne.

Pero la verdad era más simple y más indecente.

Un régimen había levantado una maquinaria para perseguir a sus propias mujeres. Había puesto cámaras en las calles, software en las universidades, drones en las playas, lectores de matrículas, denuncias móviles, archivos digitales, mensajes automáticos. Había convertido el cabello femenino en problema de Estado. Había confundido el pudor con el control y la fe con la obediencia. Y otro Estado, paciente como una enfermedad, se había apropiado de ese mecanismo para volverlo contra su arquitecto.

No hizo falta derribar primero la prisión. Bastó con aprender su plano.

Esa tarde, cuando el humo todavía no había decidido si subir al cielo o quedarse pegado a los edificios, una mujer cruzó la avenida con la cabeza descubierta. No corrió. No miró a los lados. No hizo gesto de desafío, quizá porque el verdadero desafío consiste a veces en caminar como si una no debiera nada. Tenía unos cuarenta años, zapatos planos y una dignidad cansada. Pasó frente al poste, frente a la lente, frente al sistema que tal vez todavía seguía activo en alguna parte y tal vez ya era solo chatarra útil para otros.

La cámara la enfocó.

Lo hacía siempre.

Pero aquella vez había algo distinto. No en la mujer. En la mirada. Como si la máquina, al fin, hubiera entendido su propia humillación: había sido fabricada para vigilar a una ciudad y había acabado sirviendo a quienes preparaban su demolición.

La mujer siguió andando.

Ni héroe ni mártir. Solo una mujer con el pelo al aire en una capital que llevaba demasiado tiempo queriendo cubrirlo todo.

Esa noche alguien, en una oficina lejana, revisó la secuencia de la mañana y detuvo la imagen un segundo antes de la explosión mayor. Ampliación. Contraste. Matrículas. Trayectorias. Validación del patrón. En la pantalla, al fondo, casi imperceptible, se veía el poste gris de la cámara.

Un técnico comentó algo trivial sobre el ángulo. Dijo que era excelente, que no dejaba puntos ciegos.

Se equivocaba.

Siempre hay uno.

A veces está en la calle que no vigilas. A veces en el enemigo que subestimas. A veces en la mujer a la que persigues creyendo que solo castigas un gesto y no estás incubando una rebelión.

Y a veces, el verdadero ángulo muerto de un régimen es creer que puede mirar a todo el mundo sin que nadie, tarde o temprano, termine mirándolo a él.

 «¿Es el enemigo?… ¿Ustedes podrían parar la guerra un momento?» (Esta frase es de Miguel Gila que hoy hubiese cumplido 107 años. Es conocido por su humor absurdo y por su odio a la guerra ya que vivió la guerra “incivil” española en primera persona. Eso le llevó a ridiculizar el horror de la guerra, de todas las guerras. Hoy no encuentro, no encontramos ese punto de humor que nos lleve a sobrellevarla)

Danny Jones cumple hoy 40 años justos y ya ha sido elegido como el hombre más atractivo, el más besable y el que tiene mejor cabello. Ah! También canta como se puede apreciar en el vídeo.

L’amor després del soroll

Ens vam besar com qui revisa una casa després d’un incendi: amb por, amb memòria, buscant què queda dret. Tu em vas dir “t’estimo” amb aquella veu cansada dels sentiments que ja han pagat massa factures. Jo et vaig mirar les mans. L’amor, vaig pensar, potser no és la flama. Potser és aquesta manera trista, tossuda i una mica ridícula de quedar-se. Però també et diré una cosa: no tot el que resisteix és amor. De vegades només és costum amb bona premsa.


sábado, 7 de marzo de 2026



¿QUIÉNES SON LOS ANIMALES?



A primera hora de la mañana, la sabana parece un pacto que nadie ha firmado y, sin embargo, todos respetan. Las cebras bajan con su traje de presas impecables. Los ñus avanzan con esa torpeza que, vista de lejos, parece humildad. Las gacelas tensan el aire con sus patas finas. Las jirafas vigilan desde su aristocracia de cuello largo. Incluso los leones, con toda su propaganda de rey, saben esperar. Matan para comer. Defienden un territorio. Enseñan los dientes. Pero no redactan discursos. No bendicen la sangre. No convierten el miedo en estrategia.



En la sabana no hay inocencia, claro. Hay hambre. Hay persecución. Hay muerte. Pero no hay ministerios del cinismo. No hay ruedas de prensa para llamar “daño colateral” al cachorro despedazado. No hay banderas tapando un cadáver pequeño. No hay analistas de salón explicando que una madre rota forma parte del equilibrio geopolítico.



Y entonces uno mira al mundo que se llama civilizado, ese parque temático de la razón, y descubre que Estados Unidos e Israel no logran convivir con iraníes y palestinos; que iraníes y palestinos tampoco conviven con quienes los bombardean o los ocupan; que unos y otros se miran con el ojo viejo del odio, ese animal sí verdaderamente perfecto, porque nunca duerme y siempre encuentra una excusa nueva para volver a morder. Mientras, la diplomacia bosteza, la moral se alquila por horas y la palabra “seguridad” sirve para justificar casi todo, que es una forma elegante de decir barbaridades con corbata. La violencia en la región sigue abierta y en estos días ha vuelto a escalar con fuerza. 



A veces pienso que el problema no es que seamos animales.


Ojalá.


El animal mata cuando tiene hambre, huye cuando puede, descansa cuando termina. Nosotros no. Nosotros archivamos el rencor, lo educamos, lo armamos, lo financiamos y luego lo soltamos sobre niños, ciudades y fronteras como quien suelta perros en una finca ajena.



Quizá por eso, cuando veo a una gacela beber a pocos metros del lugar donde un león estuvo oliendo la tarde, no pienso en la ferocidad. Pienso en la vergüenza.



Y me hago la única pregunta decente que queda en pie:

si ellos, que no presumen de humanidad, todavía saben compartir el horizonte,

¿quiénes son de verdad los animales?





sábado, 28 de febrero de 2026

 


CONVERSACIONES CON LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El mundo que amanece


"Le llamé inteligencia artificial para no reconocer que, por primera vez, alguien me respondía sin querer ganarme"



Es mi nueva novela que podéis encontrar en Amazon (haciendo clic sobre las imágenes os llevará allí) en formato epub o tapa blanda

viernes, 27 de febrero de 2026

 DÉJALO PARA MAÑANA


No sé en qué momento convertimos el “no lo dejes para mañana” en una religión. Como si mañana fuera un cajón infinito, limpio, sin facturas, sin cansancio y sin gente llamando a la puerta.

La verdad es más simple y más incómoda: hay cosas que se pueden hacer hoy, y conviene hacerlas hoy. No por virtud, sino por higiene mental. Y luego están las otras: las que hoy no caben, no dependen de ti, o exigen una energía que no tienes. Ésas no se posponen: se aceptan.

Porque aplazar también puede ser una forma elegante de mentirse. Y la prisa, otra manera de romperlo todo con buena conciencia.

Así que quizá la regla no sea “hazlo ya”, sino “no te empeñes en lo imposible”. Haz lo que toca cuando toca. Y lo que no se puede… suéltalo. No como derrota, sino como lucidez. Mañana no siempre arregla nada; a veces solo repite el mismo teatro con otra luz.

«El amor es como la guerra de trincheras: no ves al enemigo, pero sabes que está ahí y que es más sabio mantener la cabeza agachada.» (Lawrence Durrell nacido el 27 de febrero de 1912 no quiso ser considerado británico, sino un ciudadano del mundo. No sé la manía de much@s escritor@s -y de las personas en general- de considerar el amor como una guerra; tal vez a Durrell le influenció el vivir las dos grandes guerras europeas del pasado siglo)

Neal Schon hoy cumple 72 años y hace muchos que toca la guitarra; aprendió con uno de los mejores, Carlos Santana. Su guitarra "habla" cuando interpreta a "Caruso". Comprobarlo.

Balcó amb veu prestada

A l’habitació d’hotel, la mar fa d’afinador: sal a la gola, llum a la pell. Ell canta baix, com si demanés perdó a les parets. Ella riu amb llàgrimes curtes, i el seu riure li deixa un gust de mandarina amarga als llavis. A fora, Nàpols bull, però aquí dins només hi ha dos cossos i una veu que no és d’aquest món. Quan diu “t’estimo”, li tremola la mà com un estendard cansat. I, tot i així, la cançó el salva.


jueves, 26 de febrero de 2026

 

FILTRO DE POSITIVIDAD

 


En mi móvil aparece una foto como si fuera una amenaza: 2016 vs 2026. A la izquierda, yo con menos barriga y más pelo; a la derecha, yo con el mismo gesto de siempre, pero con una paciencia que antes no tenía porque, claro, antes tenía tiempo para desperdiciarlo.

Lo curioso es que la foto de 2016 me mira con una alegría que no recuerdo haber sentido. Esa es la primera mentira. La segunda: que yo diga “antes todo era más sencillo”. Lo repito con esa solemnidad barata que se compra en redes sociales, como quien compra una vela con olor a “hogar” y luego se pregunta por qué huele a químico.

Estoy en la mesa de la cocina. La ventana da a un patio interior donde las sábanas ajenas se agitan con la dignidad de las cosas que no tienen ambición. Barcelona suena al fondo: un camión, una moto que se cree imprescindible, una vecina que discute con alguien que no está. Yo, en cambio, discuto con alguien que sí está: mi memoria.

Porque mi memoria ha empezado a ponerse dulce. Como si tuviera un pacto con mi edad.

A veces pienso que la jubilación —esa palabra que suena a premio y a castigo a la vez— no llega en el día que firmas el papel, sino antes. Llega cuando te descubres repasando tu vida como quien repasa una lista de compra ya pagada: lo que falta no importa, lo que sobró lo justificas, lo que dolió lo guardas en un cajón que no abres. Me pasa con 2016. Me pasa con todos mis 2016.

En 2016 yo decía que estaba agotado. Que el despacho me chupaba la sangre, que la gente venía con problemas que no eran míos y me los dejaba encima de la mesa como si fueran sobres sin sello. Yo volvía a casa tarde, con la garganta áspera, con el cuello duro, con la sensación de que el día era un pasillo sin salida. Y, sin embargo, la foto dice otra cosa: una sonrisa limpia, un vaso en la mano, una camisa azul que me sienta bien porque mi cuerpo todavía no se había rendido del todo a la gravedad. Detrás, una terraza, una noche de verano, unas luces amarillas, alguien que me está haciendo la foto con cariño o con paciencia.

¿Ves? Ya estoy idealizando incluso a quien apretó el botón.

Me da por ampliar la imagen con los dedos. Busco detalles como un detective de mí mismo. El fondo está ligeramente desenfocado, pero se distingue una mesa, unas manos, un plato a medio terminar. No recuerdo qué comíamos. Recuerdo, eso sí, la discusión de antes.

—No estás —me dijo ella, entonces.

 —Estoy aquí —le contesté, como siempre, como si “aquí” fuera un lugar y no un cuerpo.

A mí me gusta creer que esa frase nunca existió. Mi memoria la disuelve, la vuelve espuma, la manda al fondo donde se guardan las cosas que, con los años, pierden fuerza. Ese es el truco: lo malo no desaparece, solo se vuelve menos accesible. Y en su lugar suben a la superficie los veranos interminables, las conversaciones sin prisa, los problemas que hoy parecen pequeños. No porque fueran pequeños, sino porque yo me he vuelto grande… o porque me he vuelto más cobarde. No lo tengo claro.

Lo que sí tengo claro es que, cuando el presente se pone feo, el pasado se pone guapo. Es un mecanismo de defensa con buen marketing.

Mi hija me manda un audio.

—Papá, ¿has visto lo de las fotos? Qué fuerte, ¿eh? Parece que hace diez años éramos felices.

Me río solo. Me oigo reír y me doy cuenta de que ya no río igual. Antes era una risa corta, rápida, como quien huye. Ahora es una risa lenta, con un poco de arena en los dientes. Le contesto:

—Éramos felices en los ratos que no lo sabíamos. Como siempre.

Ella me deja en visto. Es su manera de quererme sin ponerse cursi.

Salgo a la calle. Necesito aire. En el ascensor me miro en el espejo metálico y me encuentro con la cara del 2026. O del 2025. O del año que sea. Las fechas empiezan a mezclarse, como si el calendario también tuviera nostalgia. Bajo al portal, piso la acera, y el barrio me recibe con su olor: pan recién hecho en una esquina, detergente en otra, el humo de un autobús que parece un animal viejo. Camino hacia el metro, pero en vez de entrar, me quedo un momento mirando el flujo de gente. Todos van con el móvil en la mano, como si llevaran una brújula que solo marca “antes”.

En un banco hay un hombre mayor con una bolsa de plástico y una mirada de domingo. Me mira un segundo y aparta la vista. Me recuerda a mi padre, y mi padre me recuerda a mi adolescencia, y mi adolescencia me recuerda a una chica que nunca besé por miedo a equivocarme. Y el miedo, curiosamente, es el recuerdo más fiel de todos: no se deja endulzar.

Vuelvo a casa. Me siento otra vez en la cocina. Abro la galería de fotos y busco la original, la de 2016, sin filtros, sin ese brillo que ahora parece natural. La encuentro. Y ahí está la grieta.

En la foto original yo no sonrío. Tengo los labios apretados, una sombra bajo los ojos, la camiseta manchada por una gota de vino, y el gesto de quien está pensando en algo que no dice. Detrás, en la mesa, se ve claramente un plato frío y una silla vacía. La silla vacía es la que mi memoria había rellenado con cariño. Y, sin embargo, ahí está: vacía, como una prueba.

Me quedo mirando esa silla como si fuera un agujero en el tiempo. Como si la nostalgia fuera, al final, esto: un montaje. Un recorte. Una edición.

Me dan ganas de enfadarme con la red social, con el algoritmo, con el mundo por venderme la idea de que 2016 fue “el último año bueno”. Pero la verdad es más simple y más incómoda: el filtro lo puse yo. Lo puse cada vez que conté esa historia omitiendo la silla. Lo puse cada vez que dije “antes” para no decir “ahora”.

Entonces hago algo que no tiene épica, pero sí tiene sentido: cierro el móvil.

Me quedo un rato en silencio, escuchando el patio interior, las sábanas, la vida que no posa. Y pienso que quizá recordar no sea volver atrás, sino volver a construir, con las manos de hoy, una versión soportable de lo que fuimos.

La pregunta, la que no me deja en paz, es otra: ¿cuándo empezaré a construir una versión soportable de lo que soy ahora?

«Aniquila los deseos y aniquilarás la mente: quien no tiene pasiones no tiene principio de acción ni motivo para actuar.» (Para escribir esa frase y practicarla no sé podía ser más que filósofo. Claude-Adrien Helvétius es su autor. Nacido el 26 de febrero de 1715 tuvo antecedentes familiares relacionados con la alquimia lo que le da un toque mágico a toda su filosofía)

Hoy Nacho Cano del grupo Mecano, cumple 63 años. No lo voy a felicitar aunque las canciones del grupo estén entre mis preferidas. El destino ha llevado a Nacho Cano por lugares que a mí no me gusta estar.


Semàfors que no perdonen

Vaig sortir de casa amb el cor fent de bateria barata. A l’avinguda, el semàfor em va mirar com si em conegués de tota la vida: vermell, sempre vermell, quan jo tenia pressa per arribar a tu i demanar-te perdó sense paraules cursis.

Un cop de vent em va empènyer el tiquet del metro fins als peus d’un desconegut. El va recollir, va somriure… i eres tu, amb la mateixa jaqueta d’aquell dia.

No crec en el destí. Però el destí, pel que es veu, sí que creu en mi.