LOS
REYES DEL ATASCO
La
leona se tumbó detrás del todoterreno con una calma que ningún ministro ha
conocido jamás. Ni rugió, ni avisó, ni pidió paso. Simplemente se echó allí, en
mitad del barro seco y la hierba encendida, como quien firma una ley antigua:
hoy el camino es mío.
Dentro
de los coches, los humanos hacían lo de siempre: mirar, callar, fotografiar,
fingir que entendían algo. Les temblaba la emoción en las manos y llamaban
aventura a quedarse quietos mientras una reina descansaba a dos metros de su
miedo.
Más
allá, entre la hierba alta, un cachorro miraba el mundo con esa mezcla de
hambre y torpeza con la que empieza todo lo importante. Un poco después, otro
se subía a un tronco muerto para ensayar la altura, como si la infancia
consistiera precisamente en eso: jugar a ser invencible sobre las ruinas de
algo.
Volvimos
al campamento hablando bajito, como se sale de una iglesia.
Ellos
no habían hecho nada extraordinario.
Los
extraordinarios, otra vez, éramos nosotros por seguir vivos y llamarlo normal.
«Un jefe no discute su
posición; si lo hace, acabará perdiéndola.» (Proverbio africano)




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