lunes, 16 de marzo de 2026

 

LOS REYES DEL ATASCO



La leona se tumbó detrás del todoterreno con una calma que ningún ministro ha conocido jamás. Ni rugió, ni avisó, ni pidió paso. Simplemente se echó allí, en mitad del barro seco y la hierba encendida, como quien firma una ley antigua: hoy el camino es mío.


Dentro de los coches, los humanos hacían lo de siempre: mirar, callar, fotografiar, fingir que entendían algo. Les temblaba la emoción en las manos y llamaban aventura a quedarse quietos mientras una reina descansaba a dos metros de su miedo.

Más allá, entre la hierba alta, un cachorro miraba el mundo con esa mezcla de hambre y torpeza con la que empieza todo lo importante. Un poco después, otro se subía a un tronco muerto para ensayar la altura, como si la infancia consistiera precisamente en eso: jugar a ser invencible sobre las ruinas de algo.


Y entonces apareció él. El macho. Lento. Soberbio. Sin prisa. Caminaba como si el paisaje se hubiera construido para acompañarlo. No necesitaba correr. La autoridad de verdad nunca corre. Ya bastante hacen los demás apartándose.


Aquella tarde entendí algo incómodo: en la sabana no manda el más cruel, sino el que no discute su lugar. Nosotros, en cambio, llenamos el mundo de cláxones, fronteras, discursos y currículums para mendigar una importancia que un león resuelve con un paso, una sombra y un silencio.



Volvimos al campamento hablando bajito, como se sale de una iglesia.

Ellos no habían hecho nada extraordinario.

Los extraordinarios, otra vez, éramos nosotros por seguir vivos y llamarlo normal.

«Un jefe no discute su posición; si lo hace, acabará perdiéndola.» (Proverbio africano)


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