EL FALSO CONSENSO

Yo pensaba que lo normal era saber.
No “saber de memoria”, no “haberlo leído en un
hilo”, sino ese saber que se te queda en los dedos: resolver sin ruido,
conectar cosas, intuir el fallo antes de que el fallo nazca. Lo hacía en
silencio, como quien pone el intermitente aunque no venga nadie.
Cuando me decían “qué bien lo has explicado”, yo
sonreía con educación y por dentro respondía: bah, si esto lo hace
cualquiera. Lo decía con sinceridad, que es una forma elegante de
arruinarse.
Por eso nunca levantaba la mano en clase. Por eso
no pedía aumentos. Por eso enviaba currículums a puestos pequeños, como quien
se compra zapatos una talla menos “para no ir sobrado”. Por eso, cuando una
amiga me dijo “preséntate a esa plaza, es para ti”, le contesté lo que siempre:
“no es para tanto”.
La gente “para tanto” eran otros. Los que
hablaban fuerte. Los que tenían ese brillo de confianza que no se aprende, se
finge. Yo tenía otra cosa: precisión. Pero la precisión, si no la enseñas, se
convierte en un talento clandestino.
Un día me obligaron a dar una charla. “Solo
veinte minutos”, me dijeron. Como si el pánico se midiera en minutos.
Hablé. Sin fuegos artificiales. Con calma. Con
ese tono de quien no quiere molestar a la verdad.
Al terminar, se hizo un silencio raro. Denso. De
los que no piden perdón.
Y entonces empezó el aplauso.
Primero dos palmas sueltas. Luego muchas. Luego
todas. Un aplauso entero, redondo, de esos que no son cortesía sino
reconocimiento.
Yo noté algo extraño: no alegría.
Miedo.
Miedo a haber estado equivocada todo este tiempo.
A que no fuera “lo normal”. A que, si de verdad era buena, ya no pudiera
esconderme detrás de la frase más cómoda del mundo: esto lo hace cualquiera.
Sonreí, asentí, agradecí. Hice lo correcto.
Pero por dentro solo pensaba una cosa, como si me
hubieran cambiado el suelo bajo los pies:
Si no lo hace cualquiera… entonces ahora me toca
estar a la altura de mí.
Y eso no se enseña en ningún sitio.
«La
educación es educarse.» (Hans-Georg Gadamer lo dijo en cuatro palabras como
buen filósofo que fue. Y tenía razón: nadie puede educarte por ti; pueden
acompañarte, pero el acto decisivo es tuyo. Nació el 11 de febrero de 1900 y
filosofó hasta los 102)
Llevo años escuchando la canción de Gene Vincent y aún no sé lo que significa Be-Bop-A-Lula; lo cierto es que queda bien así como la cantaba él hace 69 ó 70 años. Nació el 11 de febrero de 1935 y estuvo por aquí hasta los 36 años.
L’eco del
tupè
Al
jukebox del bar, la cançó fa crac i arrenca: “Be-Bop-A-Lula”. En Pep, que
sempre ha sigut tímid com una butlleta de loteria perduda, es posa dret com si
algú li hagués estirat la columna amb un fil invisible. La camisa li fa olor de
tabac vell i colònia barata; a la boca, gust de ginebra i valentia prestada.
Ella riu, li clava els ulls i li diu: “Balla, home”. I ell balla… com si el
1956 fos avui i ningú no mirés.
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