martes, 17 de febrero de 2026

 

NO SOMOS DUEÑOS DE LA LONGEVIDAD, PERO SÍ ADMINISTRADORES DEL MARGEN


Lo leí y tuve la tentación de convertirlo en un eslogan, de esos que caben en una taza y te perdonan el lunes. Pero no. Esta frase no sirve para decorar; sirve para discutir contigo mismo cuando te pilla la noche y estás a punto de negociar con la nevera como si fuera una mediadora familiar.

Porque, seamos claros: a todos nos gusta pensar que la vida es un contrato que, si cumples las cláusulas (no fumes, camina, come verde, duerme ocho horas, sonríe a la vida como un idiota funcional), te garantiza una prórroga sin letra pequeña. Y luego llega la realidad, que no firma nada, y te recuerda que hay gente que se cuida como un monje y se apaga pronto, y gente que ha tratado su cuerpo como una discoteca de los noventa y sigue aquí, pidiendo otra ronda.

Ahí entra el golpe limpio: no somos dueños. No tenemos la escritura de propiedad de nuestra duración. Ni siquiera la nuda propiedad. A lo sumo, un usufructo con visitas inesperadas del azar, la genética, la época en que naciste, tu barrio, tu trabajo, tu estrés, tus duelos, tus silencios. Todo eso que no sale en las fotos de “vida saludable” pero te vive por dentro.

Entonces, ¿qué nos queda? Administrar el margen.

El margen es esa franja estrecha donde sí puedes meter mano sin ponerte místico. No para controlar la muerte —qué pretencioso— sino para negociar con el desgaste. El margen es elegir, la mayoría de los días, algo que no te destruya: moverte aunque sea poco, comer sin castigarte, dormir sin convertirlo en otro examen, pedir ayuda antes de que el orgullo te dé una palmadita en la espalda y te hunda. El margen es aprender a distinguir la disciplina de la penitencia. Y también aceptar que hay jornadas en las que el margen es mínimo, ridículo, casi una broma: hoy solo pude no empeorarlo. Y eso ya cuenta.

Me interesa esta idea porque quita dos venenos de un solo golpe.

El primero: la culpa. Esa industria que te vende salud como si fuera una moral. “Si enfermaste, algo hiciste mal.” No, a veces lo que hiciste fue nacer con una baraja distinta. O vivir en un mundo que reparte cartas marcadas.

El segundo: la resignación. El “para qué”. Ese derrotismo cómodo que se disfraza de lucidez: si todo está escrito, déjalo correr. No. Aunque el libro tenga capítulos ya encuadernados, siempre hay páginas en blanco, y en ellas cabe una cosa: cuidado. No como moda, sino como acto práctico y casi político: cuidarte para no llegar roto a lo que venga. Cuidarte para poder seguir decidiendo.

Administrar el margen, al final, también es una forma de dignidad. No la dignidad solemne de los discursos, sino la de lo pequeño: poner límites, bajar el volumen, salir a andar aunque sea tarde, llamar a quien no llamas, hacerte la revisión, dejar de tratar tu cuerpo como un almacén y tu mente como un tribunal.

Y sí, hay un punto incómodo: administrar el margen implica responsabilidad. Pero una responsabilidad adulta, sin látigo. La que admite que no controlas la partida, pero eliges cómo juegas tus cartas. No para ganar —nadie gana— sino para llegar menos engañado, menos roto, menos solo.

No somos dueños de la longevidad, pero sí administradores del margen.

Y ese margen —pequeño, imperfecto, humano— es, curiosamente, lo único que se parece a la libertad.

«Morirse es fácil; lo difícil —lo verdaderamente difícil— es vivir sin hacerse trampes» (Mo Yan autor de la frase, aún no tiene experiència en eso de morirse; así que le felicitaré porque hoy es su 71 cumpleaños y por su Nobel de literatura de 2012 aunque sea un poco tarde)

A mi Ed Sheeran me gusta bastante, por eso esta es la segunda vez que lo felicito en 3 años. Hoy cumple 35 y, si se cuida, aún le queda para que le salgan arrugas.

Promesa amb arrugues

Al mirall del lavabo, ell s’afaita a cops de llum. Ella li marca amb el dit una ferida antiga a la barbeta i riu com si fos nova. A la cuina, el pa cruix, el te fumeja, i el silenci fa de metrònom.

—Quan siguem vells… —diu ell, i s’atura, perquè ja ho són una mica.

Ella li pren la mà: pell fina, pols tossut.

—No em prometis eternitats —li xiuxiueja—. Promet-me avui.

I avui, sense heroismes, els encaixa perfecte



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