viernes, 6 de febrero de 2026

¿PROHIBIR POR EL BIEN COMÚN?

(Imagen creada con inteligencia artificial)

Nos lo están vendiendo como una cruzada por la infancia, por la salud mental, por el “bien común” y por el rescate heroico de un espacio digital convertido en lodazal. Y, sin embargo, yo no consigo quitarme de encima una sospecha más terrenal: que detrás de la palabra prohibición no siempre hay un menor; a veces hay un adversario.

Porque prohibir es un verbo con vocación de linterna: ilumina lo que quieres que se vea y deja en sombra lo que te conviene no mirar. Si de verdad el problema fuesen “las redes”, la conversación sería incómoda, técnica, poco sexy: hablaríamos de diseño adictivo, de scroll infinito, de métricas que te muerden el sueño, de modelos de negocio que convierten la atención en botín, de verificación de edad sin vigilancia, de auditorías, de sanciones aplicables y de resultados medibles. Eso no da titulares. No sirve para salir a escena con gesto grave y frase redonda. En cambio, decir “las prohibimos” es como dar un golpe en la mesa: suena a autoridad, a control, a orden… aunque por debajo sea espuma.

Y aquí llega lo que de verdad me incomoda: ¿quién decide qué red es “peligrosa” y cuál es “apta”? ¿Quién define qué es “odio”, qué es “desinformación”, qué es “contenido ilegal” cuando el límite real, el que se aplica en la práctica, suele depender menos de un código penal y más de la temperatura política del día?

Porque la tentación es humana, antigua, casi infantil: si un altavoz no me favorece, lo llamo tóxico; si me favorece, lo llamo pluralidad. Si una plataforma me sirve, la convierto en “espacio de libertad”; si no me sirve, la declaro “salvaje Oeste”, “Estado fallido”, “amenaza para los menores”. Y entonces la prohibición deja de ser una medida sanitaria para convertirse en una herramienta de gestión del relato.

El truco es elegante: no dices “voy a cerrar el grifo a lo que me incomoda”. Dices “voy a proteger a los niños”. ¿Quién va a ponerse en contra? Nadie quiere aparecer como el defensor oficial del bullying, de la pornografía precoz, del acoso, del algoritmo que te escupe ansiedad por la boca. Es el paraguas perfecto: bajo esa tela cabe casi cualquier cosa. Incluso una purga discreta de plazas públicas digitales que ya no controlas.

Pero hay otra incomodidad, menos brillante y más verdadera: la educación de un menor de 16 años no empieza en un BOE, empieza en casa. Empieza en los padres, en la familia, en los límites que se ponen cuando no hay cámaras, en el ejemplo —ese juez implacable— de lo que hacemos los adultos con el móvil. Empieza en la conversación difícil, en el “no” sostenido, en el “esto no te conviene” sin chantaje emocional, en aprender a tolerar que el hijo se enfade. Empieza también en la coherencia: no puedes prohibirle TikTok al niño mientras tú te tragas horas de indignación en pantalla con la misma ansiedad que dices querer evitarle.

Por eso me huele a coartada cuando el Estado se presenta como padre sustituto con el dedo levantado. No porque el Estado no tenga nada que hacer —claro que lo tiene—, sino porque cuando lo público ocupa todo el escenario, lo privado se escaquea. Y el riesgo es perfecto: los padres descansan (“ya lo arreglarán”), los políticos posan (“ya lo anunciamos”) y las plataformas se adaptan (“ya encontraremos la forma”). Resultado: la responsabilidad se reparte tanto que acaba sin dueño.

¿Que hay un problema real con menores y redes? Sí. Sería absurdo negarlo. Pero por eso mismo me irrita que se elija el camino más teatral: el de la prohibición como bandera, en vez del trabajo ingrato de atacar el diseño, exigir transparencia, imponer auditorías, poner límites a la amplificación y educar con recursos —no con folletos— a familias y escuelas. Lo otro es fácil: se anuncia, se aplaude, se fotografía. Y se pospone lo complicado.

Así que mi lectura, la que me queda flotando como un sabor amargo, es esta: la prohibición tiene un sesgo político casi inevitable. Prohibimos lo que no controlamos. Prohibimos lo que nos contradice. Prohibimos, si hace falta, hasta la pregunta. Y lo hacemos con una coartada intachable: “es por los niños”.

Y, mientras tanto, lo esencial queda sin decir: si una familia no educa, ninguna ley educará por ella; y si un Estado solo prohíbe, pero no exige a las plataformas ni acompaña a las familias, lo único que hace es mover el problema de lugar y colgarse la medalla.

Conviene mirar dos veces. No vaya a ser que el objetivo real no sea proteger a los menores… sino protegernos a nosotros mismos de lo que no queremos oír.

«Si se hubiera de definir la democracia podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no sólo es permitido, sino exigido, el ser persona» (María Zambrano que se fue allá dónde no es necesario filosofar hace hoy 35 años, ya sabía que de lo que está llena la sociedad es de personajes y personajillos)

A Ken Nelson productor musical de Coldplay, le doy las gracias por haber "inventado" al grupo y le felicito por cumplir hoy 67 años.

La corona al prestatge

Em desperto amb una corona de cartró al front i una plaça sencera fent veure que m’estima. Ahir manava; avui només firmo excuses. La gent no canvia de bàndol: canvia de soroll. Em trec l’anell, el poso dins d’un got d’aigua i el miro enfonsar-se com una promesa massa pesada. Algú crida “viva la vida” i jo ric, perquè la vida no crida: et tanca la porta amb educació i et deixa fora, escoltant els teus propis tambors.


 

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