SAFARI SOBRE LA ESPECIE HUMANA

Hoy he sentido vergüenza de especie. Leí que, durante el asedio de Sarajevo, hubo quien pagó fortunas para jugar a francotirador contra civiles. Que existieron “safaris humanos”. Que el precio subía si la diana tenía trenzas o llevaba una mochila de colegio. La Fiscalía de Milán lo está investigando, empujada por testimonios y un documental que duele mirar incluso de reojo.
No sé qué me inquieta más: si el horror en sí o la logística del horror. Alguien ideó un paquete “experiencial”: transporte, mirilla, posición, disparo, recuerdo. Alguien emitió factura. Otro gestionó la agenda, quizá con un “confirmado, sábado a las 10”, y otro atendió al cliente: “¿Cómo prefiere usted el trofeo, señor?”. La violencia se vuelve insoportable cuando adopta el lenguaje de oficina.
Imaginé el recorrido de un dedo. La yema posa su calor en el gatillo, tantea, respira, calcula. Afuera, una mujer cruza una calle con una bolsa de pan y la prisa quieta de quien ya escuchó demasiadas veces la palabra “correr”. En una ventana, un niño se asoma porque los niños siempre se asoman: el mundo todavía les debe explicaciones. El dedo aprieta. El plomo viaja. La física hace lo suyo. Y, en algún lugar, una cuenta corriente sonríe. No hay metáfora que pueda con esto.
Me pregunto qué pasa por la cabeza del que mira por la óptica y decide que ese punto moviéndose es un blanco. Supongo que necesita una coartada: “Yo no mato personas, yo practico tiro; no disparo a una niña, disparo a una silueta.” El truco de toda atrocidad es el cambio de nombre: llamarlo juego, llamar trofeo a la pérdida, llamar azar al cálculo. La inmundicia humana no tiene límites; la inteligencia, sí, y a veces la usamos para cubrir de barniz lo que apesta.
Pienso en la palabra “prójimo”. Es un sustantivo que suena a pasado de catecismo y, sin embargo, cuando la pronuncio me da frío en los dedos. El prójimo es esa distancia mínima donde empieza la ley y termina el pretexto. Si puedo mirar por la mirilla y ya no veo a un prójimo, entonces todo es posible y nada vale. La civilización no se mide por la velocidad de nuestros teléfonos, sino por lo rápido que reconocemos un rostro como propio antes de apretar un gatillo.
Quisiera decir que esto es una anomalía, una fiebre de una época concreta. Pero basta rascar un poco: siempre hubo público para la humillación, subastas para adquirir poder por un rato, hombres —y no pocos— dispuestos a comprar el derecho a tratar a otros como cosa. Lo nuevo no es la crueldad; lo nuevo es el catálogo.
También me pregunto dónde estaba yo mientras tanto. No en Sarajevo, claro. Pero en el mapa de la responsabilidad, nadie se libra del todo. ¿Qué noticias pasé de largo porque me arruinaban la tarde? ¿Qué chistes reí para no discutir? ¿Cuántas veces me senté cómodo en mi neutralidad como si fuera un sillón que no mancha? No lo pregunto por culpa, la culpa sirve de poco; lo pregunto por higiene. Hay cosas que uno está obligado a mirar, aunque luego necesite lavarse por dentro.
He pensado en una respuesta y solo encuentro gestos pequeños. Nombrar sin adornos. No convertir el espanto en espectáculo. Recordar a los muertos como personas, no como cifras que encajan en una gráfica. Enseñar a los niños que el mundo no es una pantalla con vidas infinitas, que un disparo no “impacta”, mata. Y vigilar el lenguaje: cuando aceptamos hablar con eufemismos, la realidad aprende el camino de vuelta.
Cierro la noticia y quedo mirando la ventana. Hay ropa tendida en la terraza de enfrente. Una niña sacude una toalla y se ríe porque la toalla la cubre y la deja ciega un segundo. En ese segundo, la historia entera podría cambiar de rumbo si a alguien, en algún lugar, le dijeran que eso, esa risa, no tiene precio de entrada. Y si lo tuviera, ¿quién estaría dispuesto a pagarlo?
«De todos los animales, el ser humano es el único cruel. Es el único que inflige dolor por el placer de hacerlo.» (Mark Twain. Sin más comentarios)
Se escucha "Hurt" de Johnny Cash
Cicatriu que no calla
Vaig apagar els miralls per no veure’m l’engany.
La pell era un inventari de promeses gastades; al tacte, cada record punxava com un clau massa curt. Vaig provar de cosir-me amb silenci, però el fil cremava. Quan vas dir el meu nom, va trontollar l’imperi de pols que havia aixecat per no sentir res.
Et vaig oferir la meva vergonya com qui deixa una clau sota el test.
Vas obrir.
I allò que feia mal va aprendre, lent, a dir-se veritat.
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