TODO LO QUE SE QUEDA AL IRSE
Cuando
por fin cerré la maleta, supe que no me iba del todo.
Las
cremalleras sonaron despacio, como si también estuvieran cansadas. Apagué la
luz del dormitorio y me quedé un segundo a oscuras, con la mano extendida sobre
la colcha arrugada. Acaricié la tela como quien se despide de algo querido y
antiguo. En ese gesto estaba todo lo que no nos habíamos dicho.
Irse,
pensé, nunca es solo marcharse de un lugar. Es dejar palabras a medio camino,
cenas interrumpidas, cafés que ya no compartiremos. Me llevo la ropa, el
cepillo de dientes y unos cuantos libros, pero aquí se quedan los “luego te lo
cuento”, los planes de viaje en otoño, las películas que prometimos ver
abrazados cualquier día de lluvia.
En
el pasillo olía a lejía. La vecina del tercero subía con las bolsas de la
compra.
—¿Te
vas? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y cariño.
Asentí,
sin encontrar otra respuesta. Ella me dedicó una sonrisa breve, de esas que uno
guarda para los momentos delicados, y siguió subiendo. Pensé que nunca sabría
cuántas veces había cruzado yo esa escalera con la ilusión de volver a casa y
encontrarte despierto, esperándome.
Saqué
el móvil. No había mensajes tuyos. Ningún “quédate”, ningún “¿hablamos?”. El
silencio pesaba, pero esta vez no cortaba. Era un silencio lleno de recuerdos:
tu risa en la cocina, tus pasos en el pasillo de madrugada, tu forma de
acomodar el cojín cuando te quedabas dormido en el sofá.
Durante
años, volver fue mi manera de posponer la despedida. Volver una y otra vez a la
misma cama, al mismo olor de sábanas limpias, a ese abrazo que parecía decir
“aún podemos”. Me quedaba porque sentía que todavía quedaban cosas que dar, que
decir, que hacer juntos. Porque cada regreso era una promesa de que, quizá,
esta vez sí.
Llamé
al ascensor. Mientras bajaba, el teléfono vibró.
“Si
te vas, al menos dime algo”, escribiste.
Me
quedé mirando la pantalla mientras notaba el leve traqueteo del ascensor
bajando planta a planta. Vi reflejada mi cara en la puerta metálica: más
arrugada, sí, pero con esa expresión que uno tiene cuando por fin acepta que ha
vivido algo importante.
Empecé
a escribir despacio. No sabía si esta vez me iría del todo ni si, en algún
momento, el camino me traería de vuelta. Lo único que tenía claro era que no me
marchaba porque faltara amor, sino porque, tal vez, el amor ya había dado todo
lo que podía darnos.
Y mientras escribía, sentí una gratitud extraña y serena: por lo compartido, por lo que no supimos hacer mejor y por todo eso que quedará en el lugar exacto donde fuimos felices alguna vez.
«Un genocidio en África no ha
recibido la misma atención que un genocidio en Europa o en Turquía o en
cualquier otra parte del mundo. Sigue existiendo una discriminación básica
contra los pueblos africanos y sus problemas.» (No consta que se haya enviado
ninguna “flotilla”, ni tan siquiera una mención diària en los medios de
comunicación de las matanzas que existent en África. De eso se quejaba y con
más razón que un secretario general de la ONU, Butros Butros-Ghali, que nació un 14
de novembre de 1922)
Hubiese cumplido 106 años pero se quedó en 65, justo en la edad de jubilación. Seguro que fue por que se le cayeron encima 16 toneladas no se de qué pero, sea de lo que sea, es una barbaridad.
L’ànima en còmodes terminis
Quan fitxo al torn de nit, el
cap em diu «avui has de fer setze tones, nano».
Jo assenteixo, perquè el banc no accepta excuses, només rebuts.
A cada pala de carbó penso en
la nevera buida, en els peus del meu fill creixent més ràpid que les sabates.
Al bar de la companyia fiem el
pa, el tabac, fins i tot els records.
A final de mes el sou no
arriba: fa mitja volta i se’n torna a la botiga.
Jo també.
Fa anys que treballo aquí,
però encara dec la meva ànima en còmodes terminis.

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