sábado, 31 de enero de 2026

RODALIES: DISCULPE LAS MOLESTIAS DEL PLANETA
 
(Imagen creada con inteligencia artificial)

Hay una forma muy elegante de no arreglar nada: ponerle nombre a un problema y fundar un grupo para estudiarlo. Es como cuando en una pareja alguien dice “tenemos que hablar” y, en vez de hablar, se compra una libreta nueva. La libreta huele a futuro. La relación sigue igual. Rodalies también.

La noticia vende una idea amable: el cambio climático como culpable invisible. Y ojo, no digo que no exista ni que no afecte. Claro que afecta: lluvias más intensas, episodios más extremos, taludes que ceden, muros que caen, vías que se comportan como una cuerda vieja en manos de un acróbata cansado. Pero lo que se está jugando aquí no es el debate científico, sino el arte político de cambiar el foco: del mantenimiento a la meteorología; de la responsabilidad concreta a la causa global; del “¿quién no hizo lo que tocaba?” al “esto nos supera a todos”.

Porque el ciudadano que se queda colgado en un andén no está pensando en la temperatura media del planeta en 2050. Está pensando en su jefe, en la escuela del niño, en el médico al que llega tarde, en esa humillación cotidiana de pedir perdón por algo que no ha hecho. Ahí es donde Rodalies deja de ser un servicio y se convierte en una máquina de desgaste moral: no te rompe el día de una vez, te lo va raspando, como una lija fina, hasta que te acostumbras a vivir con la piel más dura. Y cuando la gente se acostumbra, ya no protesta: se resigna. Eso es peligrosísimo.

El “grupo de trabajo” suena a sensatez, suena a adultos en una sala con gráficos y corbatas sobrias. Pero la pregunta que importa no es si hay una sala. La pregunta es: ¿qué pasa mañana a las 7:15? ¿Qué punto crítico se interviene? ¿Qué protocolo evita que una incidencia se convierta en una estampida de retrasos? ¿Qué cambia para que la próxima lluvia no sea, otra vez, una excusa?

Porque la lluvia, seamos serios, no es una sorpresa. La sorpresa es que una infraestructura que lleva décadas recibiendo avisos, que arrastra déficits de inversión y una complejidad de competencias que parece diseñada para que nadie sea culpable, siga funcionando como si el clima fuera un invitado educado que avisa antes de entrar.

Y aquí está el truco: cuando un problema es de “cambio climático”, nadie lo ha hecho mal. Cuando un problema es de mantenimiento, coordinación, planificación y presupuesto, alguien sí lo ha hecho mal o, como mínimo, alguien ha priorizado otras cosas. Y eso tiene nombre y apellido, aunque sea institucional.

A mí lo que me inquieta no es el grupo en sí. Me inquieta el momento. El grupo aparece cuando hay tensión pública, cuando hay indignación acumulada, cuando ya hay un relato de colapso. Entonces el anuncio sirve como analgésico: da sensación de acción sin obligarte a demostrar resultados inmediatos. Se abre una ventana de tiempo muy útil: “estamos trabajando en ello”. Un verbo comodín. Trabajando. Como si trabajar fuera un resultado y no un proceso.

Y, mientras tanto, el ciudadano aprende otra lección: que la verdad se estira. Hoy se explica por la lluvia; mañana por el cambio climático; pasado por “incidencias puntuales”; al final por “un sistema complejo”. Siempre hay una frase para que el problema no aterrice donde duele.

La noticia también deja otra cosa en el aire: la rentabilidad política del caos. Cuando un servicio público falla, se genera un ambiente perfecto para dos discursos opuestos pero gemelos: uno dice “hay que invertir”, el otro dice “ves, lo público no funciona”. Ambos se alimentan del mismo desastre. Y en medio, la gente que solo quiere llegar a casa no es protagonista: es material estadístico.

Lo que se echa de menos —y se echa de menos con rabia— es lo básico: un plan con fechas, con responsabilidades, con prioridades claras. Un lenguaje menos ceremonial y más quirúrgico: qué tramos, qué taludes, qué drenajes, qué señalización, qué recursos humanos en centros de control, qué coordinación real entre operadores. Y, sobre todo, qué métricas se van a publicar para que el ciudadano no tenga que creer, sino comprobar.

Porque esa es la diferencia entre una democracia adulta y una democracia de teatrillo: en la primera, se rinde cuentas; en la segunda, se rinden titulares.

Y sí, el cambio climático obliga a replantear muchas infraestructuras. Pero no puede convertirse en el paraguas bajo el cual se refugia lo de siempre: la desidia, el parche, la excusa técnica para tapar una decisión política. Si mañana llueve y el tren se para, el ciudadano no necesita que le hablen del planeta. Necesita que alguien le diga: “Esto es lo que falló, esto es lo que hemos hecho hoy, y esto no volverá a pasar por esta causa.” Y si no se puede prometer, que se diga también, con honestidad: “No podemos garantizarlo aún”. La honestidad sería casi revolucionaria.

La lectura que me queda, y que creo que el lector debería replantearse, es incómoda pero útil: cuando te anuncian un grupo de trabajo, no mires el nombre del grupo; mira lo que cambia en el calendario real de tu vida. Si nada cambia, el grupo no es gestión: es narrativa. Y una narrativa, por muy bien redactada que esté, no te lleva a casa. Te deja esperando en el andén, con una verdad grande y abstracta cayéndote encima como lluvia, mientras el problema pequeño y concreto —el de siempre— sigue sin tocarse.

«El ministro y la consellera han acordado la creación de una Comisión Política para coordinar y supervisar el proceso de traspaso de Rodalies.»«De esta Comisión colgarán diferentes grupos de trabajo que abordarán el traspaso del servicio, el traspaso de la infraestructura y las inversiones necesarias.» (Fuente: la Moncloa, 10 de enero de 2024; el Ministro es Oscar Puente y la consellera Silvia Paneque, l@s mism@s de ahora)

Aquí os dejo la versión original de  "Trains And Boats And Planes" de Burt Bacharach del 1965 Aunque a mi me gusta más la versión que os pongo a continuación.


 
 
Bitllet d’anada i tornada a ningú

A l’andana, el rellotge fa trampes: marca sempre l’hora en què vas dir “tornaré”. Jo compro bitllets com qui compra excuses.

Tren: sacseig que m’espolsa la dignitat.

Vaixell: sal a la boca i una promesa que s’ofega.

Avió: un soroll blanc que tapa el teu silenci.

Quan arribo, la ciutat és la mateixa, però el teu nom ja no s’hi obre.

Llavors entenc el viatge: no era per trobar-te, era per aprendre a baixar.




 

 

viernes, 30 de enero de 2026

EL PASADO CON FILTRO

Me pasa una cosa bastante humana y muy tramposa: cuanto más incómodo se pone el presente, más simpático me cae el pasado.

No es que 2016 fuera un paraíso ni que en 2026 se haya acabado el mundo. Es que la memoria no es una caja fuerte; es una cocina. No guarda, cocina. Recalienta. Quita espinas. Baja la sal de lo malo. Y cuando lo sirve, lo presenta con una guarnición de “qué bien estábamos”, que en realidad significa “qué cansado estoy hoy”.

Idealizar el pasado es un acto de supervivencia. La mente hace lo que puede para que yo siga andando: me da continuidad, me protege del ruido, me devuelve una versión de mí mismo que parece tener sentido. Me ayuda a respirar. Pero también me engaña con una eficacia deliciosa: compara un ayer editado con un hoy sin filtros. Así cualquiera pierde.

Y entonces llega el eslogan interno: “antes se vivía mejor”. A veces es verdad en algo concreto, medible, sin poesía: estabilidad, vivienda, ritmo, menos miedo. Pero muchas veces es solo una forma elegante de decir “ya no me reconozco” o “me cuesta sostener esto”. No echo de menos el año: echo de menos la sensación.

Por eso intento usar la nostalgia como un indicador, no como un veredicto. Si me sorprendo diciendo “qué bien antes”, me paro y pregunto: ¿qué necesito ahora que no me estoy dando? ¿Más calma? ¿Más vínculos? ¿Un ritmo menos roto? ¿Menos pantallas y más cuerpo? ¿Menos futuro y más presente?

El pasado, cuando lo idealizo, no me está llamando hacia atrás: me está señalando una carencia de hoy. Y si lo entiendo así, deja de ser un refugio que me inmoviliza y se convierte en una brújula. No para volver, sino para ajustar el rumbo.

Porque recordar puede ser un abrazo. Pero vivir es otra cosa. Y si voy a usar mi memoria, prefiero que sea para seguir adelante, no para convertirme en turista de mí mismo.

«Los libros son los portadores de la civilización. Sin libros, la historia enmudece, la literatura se queda muda, la ciencia queda lisiada, y el pensamiento y la especulación se paralizan.» (La dos veces premiada con el Pulitzer, Barbara Tuchman, hubiese bendecido la civilización digital de hoy… en cuanto a los libros, por supuesto. Nació el 30 de enero de 1912) 

Marianne Faithfull hace justo un año que pasó a la habitación de al lado. Tenía 79 años y se puso a cantar mientras las lágrimas pasaban. Los Rolling popularizaron esas lágrimas.

El banc que no s’esborra

M’assec al banc de sempre, com si fos una cita amb ningú. Els nens corren i el seu riure em frega la pell com una bufanda vella: escalfa, però pica. El te se’m refreda a la tassa i el sucre fa una crosta tímida, com les promeses. Jo miro passar la tarda, disciplinada, i m’adono que la tristesa no fa escàndol: només camina. Quan em cau una llàgrima, no la nego; la deixo anar. Com qui tanca una porta sense fer soroll.


 

 

jueves, 29 de enero de 2026

UN GRANO DE UNIVERSO


Vuelvo a la vida, a mi vida porque hoy he decidido dejar de pedirle permiso al miedo.

No ha sido una decisión heroica. Ha sido más bien como abrir una ventana que llevaba meses cerrada: al principio entra una luz torpe, casi molesta, y luego te das cuenta de que lo que te asfixiaba no era el aire de fuera, sino la costumbre de no respirar hondo.

Me nutro de la vida con esa hambre sencilla de quien se ha pasado demasiado tiempo masticando pensamientos. La vida no se agota, me digo, aunque yo me haya empeñado en tratarla como si fuera un producto limitado, como si cada gesto tuviera existencias contadas, como si la alegría fuera un lujo al que solo acceden los que tienen el alma sin facturas pendientes.

Hoy he mirado el universo con el descaro de un niño. Lo he mirado y he pensado: es grande porque ocupa, sí… pero también es pequeño porque se dice pronto. “Universo”. Ya está. Una palabra y parece que lo has entendido.

He cerrado los ojos. Y ahí estaba: lo enorme reducido a una cosa mínima, casi ridícula, un grano de arroz en la palma de la mano. Me ha dado vértigo, no por lo grande, sino por lo contrario: por lo fácil que sería perderlo. Por lo fácil que es pasar por la vida como quien atraviesa un pasillo sin mirar las puertas.

Entonces he entendido algo que no sé explicar sin que parezca una frase de taza, y aun así lo digo: lo que hay para todos no se acaba, pero hay que atreverse a cogerlo. Hay que estirar la mano. Hay que aceptar que la vida no siempre te abraza: a veces solo se deja tocar, un segundo, y si no estás atento, se te va.

Por eso vuelvo. No porque esté curado. No porque tenga respuestas. Vuelvo porque no quiero seguir viviendo como si estuviera esperando a que empiece lo bueno.

Y ahora, con la noche ya instalada en la habitación como una presencia tranquila, te dejo esto, por si te sirve, por si te acompaña, por si hoy también necesitas volver sin saber muy bien a qué.

Buenas noches, querid@s.

«Un héroe es todo aquel que hace lo que puede» (Romain Rolland no sé si fue un héroe pero nos hizo héroes a much@s. Nació el 29 de enero de 1866 y llegó a tiempo para que le diesen el premio Nobel de Literatura en 1915)

Me gusta ese sonido desgarrado y pasional del tango. El del vídeo es uno de mis preferidos: "Cacho" Castaña se lo dedicó a otro tanguista Roberto "Polaco" Goyeneche que hoy hubiese cumplido 100 años.  

El got i la sorra

Va cantar sense veu, com qui obre una porta amb les ungles. La sala feia olor de fusta vella i derrota cara. Aplaudien, sí: l’aplaudiment és una moneda que no paga cap ferida. Ell somreia com un culpable elegant, i cada nota li grinyolava a la gola, plena de sorra. Va mirar el mirall del bar i s’hi va veure més vell que el whisky. “Una altra”, va dir. I el silenci li va servir el tango.