Hay una forma muy elegante de no arreglar nada: ponerle nombre a un problema y fundar un grupo para estudiarlo. Es como cuando en una pareja alguien dice “tenemos que hablar” y, en vez de hablar, se compra una libreta nueva. La libreta huele a futuro. La relación sigue igual. Rodalies también.
La noticia vende una idea amable: el cambio climático como culpable invisible. Y ojo, no digo que no exista ni que no afecte. Claro que afecta: lluvias más intensas, episodios más extremos, taludes que ceden, muros que caen, vías que se comportan como una cuerda vieja en manos de un acróbata cansado. Pero lo que se está jugando aquí no es el debate científico, sino el arte político de cambiar el foco: del mantenimiento a la meteorología; de la responsabilidad concreta a la causa global; del “¿quién no hizo lo que tocaba?” al “esto nos supera a todos”.
Porque el ciudadano que se queda colgado en un andén no está pensando en la temperatura media del planeta en 2050. Está pensando en su jefe, en la escuela del niño, en el médico al que llega tarde, en esa humillación cotidiana de pedir perdón por algo que no ha hecho. Ahí es donde Rodalies deja de ser un servicio y se convierte en una máquina de desgaste moral: no te rompe el día de una vez, te lo va raspando, como una lija fina, hasta que te acostumbras a vivir con la piel más dura. Y cuando la gente se acostumbra, ya no protesta: se resigna. Eso es peligrosísimo.
El “grupo de trabajo” suena a sensatez, suena a adultos en una sala con gráficos y corbatas sobrias. Pero la pregunta que importa no es si hay una sala. La pregunta es: ¿qué pasa mañana a las 7:15? ¿Qué punto crítico se interviene? ¿Qué protocolo evita que una incidencia se convierta en una estampida de retrasos? ¿Qué cambia para que la próxima lluvia no sea, otra vez, una excusa?
Porque la lluvia, seamos serios, no es una sorpresa. La sorpresa es que una infraestructura que lleva décadas recibiendo avisos, que arrastra déficits de inversión y una complejidad de competencias que parece diseñada para que nadie sea culpable, siga funcionando como si el clima fuera un invitado educado que avisa antes de entrar.
Y aquí está el truco: cuando un problema es de “cambio climático”, nadie lo ha hecho mal. Cuando un problema es de mantenimiento, coordinación, planificación y presupuesto, alguien sí lo ha hecho mal o, como mínimo, alguien ha priorizado otras cosas. Y eso tiene nombre y apellido, aunque sea institucional.
A mí lo que me inquieta no es el grupo en sí. Me inquieta el momento. El grupo aparece cuando hay tensión pública, cuando hay indignación acumulada, cuando ya hay un relato de colapso. Entonces el anuncio sirve como analgésico: da sensación de acción sin obligarte a demostrar resultados inmediatos. Se abre una ventana de tiempo muy útil: “estamos trabajando en ello”. Un verbo comodín. Trabajando. Como si trabajar fuera un resultado y no un proceso.
Y, mientras tanto, el ciudadano aprende otra lección: que la verdad se estira. Hoy se explica por la lluvia; mañana por el cambio climático; pasado por “incidencias puntuales”; al final por “un sistema complejo”. Siempre hay una frase para que el problema no aterrice donde duele.
La noticia también deja otra cosa en el aire: la rentabilidad política del caos. Cuando un servicio público falla, se genera un ambiente perfecto para dos discursos opuestos pero gemelos: uno dice “hay que invertir”, el otro dice “ves, lo público no funciona”. Ambos se alimentan del mismo desastre. Y en medio, la gente que solo quiere llegar a casa no es protagonista: es material estadístico.
Lo que se echa de menos —y se echa de menos con rabia— es lo básico: un plan con fechas, con responsabilidades, con prioridades claras. Un lenguaje menos ceremonial y más quirúrgico: qué tramos, qué taludes, qué drenajes, qué señalización, qué recursos humanos en centros de control, qué coordinación real entre operadores. Y, sobre todo, qué métricas se van a publicar para que el ciudadano no tenga que creer, sino comprobar.
Porque esa es la diferencia entre una democracia adulta y una democracia de teatrillo: en la primera, se rinde cuentas; en la segunda, se rinden titulares.
Y sí, el cambio climático obliga a replantear muchas infraestructuras. Pero no puede convertirse en el paraguas bajo el cual se refugia lo de siempre: la desidia, el parche, la excusa técnica para tapar una decisión política. Si mañana llueve y el tren se para, el ciudadano no necesita que le hablen del planeta. Necesita que alguien le diga: “Esto es lo que falló, esto es lo que hemos hecho hoy, y esto no volverá a pasar por esta causa.” Y si no se puede prometer, que se diga también, con honestidad: “No podemos garantizarlo aún”. La honestidad sería casi revolucionaria.
La lectura que me queda, y que creo que el lector debería replantearse, es incómoda pero útil: cuando te anuncian un grupo de trabajo, no mires el nombre del grupo; mira lo que cambia en el calendario real de tu vida. Si nada cambia, el grupo no es gestión: es narrativa. Y una narrativa, por muy bien redactada que esté, no te lleva a casa. Te deja esperando en el andén, con una verdad grande y abstracta cayéndote encima como lluvia, mientras el problema pequeño y concreto —el de siempre— sigue sin tocarse.
«El ministro y la consellera han acordado la creación de una Comisión Política para coordinar y supervisar el proceso de traspaso de Rodalies.»«De esta Comisión colgarán diferentes grupos de trabajo que abordarán el traspaso del servicio, el traspaso de la infraestructura y las inversiones necesarias.» (Fuente: la Moncloa, 10 de enero de 2024; el Ministro es Oscar Puente y la consellera Silvia Paneque, l@s mism@s de ahora)
Aquí os dejo la versión original de "Trains And Boats And Planes" de Burt Bacharach del 1965 Aunque a mi me gusta más la versión que os pongo a continuación.
A l’andana, el rellotge fa trampes: marca sempre l’hora en què vas dir “tornaré”. Jo compro bitllets com qui compra excuses.
Tren: sacseig que m’espolsa la dignitat.
Vaixell: sal a la boca i una promesa que s’ofega.
Avió: un soroll blanc que tapa el teu silenci.
Quan arribo, la ciutat és la mateixa, però el teu nom ja no s’hi obre.
Llavors entenc el viatge: no era per trobar-te, era per aprendre a baixar.


