EL PASADO CON FILTRO

Me pasa una cosa bastante humana y muy tramposa: cuanto más incómodo se pone el presente, más simpático me cae el pasado.
No es que 2016 fuera un paraíso ni que en 2026 se haya acabado el mundo. Es que la memoria no es una caja fuerte; es una cocina. No guarda, cocina. Recalienta. Quita espinas. Baja la sal de lo malo. Y cuando lo sirve, lo presenta con una guarnición de “qué bien estábamos”, que en realidad significa “qué cansado estoy hoy”.
Idealizar el pasado es un acto de supervivencia. La mente hace lo que puede para que yo siga andando: me da continuidad, me protege del ruido, me devuelve una versión de mí mismo que parece tener sentido. Me ayuda a respirar. Pero también me engaña con una eficacia deliciosa: compara un ayer editado con un hoy sin filtros. Así cualquiera pierde.
Y entonces llega el eslogan interno: “antes se vivía mejor”. A veces es verdad en algo concreto, medible, sin poesía: estabilidad, vivienda, ritmo, menos miedo. Pero muchas veces es solo una forma elegante de decir “ya no me reconozco” o “me cuesta sostener esto”. No echo de menos el año: echo de menos la sensación.
Por eso intento usar la nostalgia como un indicador, no como un veredicto. Si me sorprendo diciendo “qué bien antes”, me paro y pregunto: ¿qué necesito ahora que no me estoy dando? ¿Más calma? ¿Más vínculos? ¿Un ritmo menos roto? ¿Menos pantallas y más cuerpo? ¿Menos futuro y más presente?
El pasado, cuando lo idealizo, no me está llamando hacia atrás: me está señalando una carencia de hoy. Y si lo entiendo así, deja de ser un refugio que me inmoviliza y se convierte en una brújula. No para volver, sino para ajustar el rumbo.
Porque recordar puede ser un abrazo. Pero vivir es otra cosa. Y si voy a usar mi memoria, prefiero que sea para seguir adelante, no para convertirme en turista de mí mismo.
«Los libros son los portadores de la civilización. Sin libros, la historia enmudece, la literatura se queda muda, la ciencia queda lisiada, y el pensamiento y la especulación se paralizan.» (La dos veces premiada con el Pulitzer, Barbara Tuchman, hubiese bendecido la civilización digital de hoy… en cuanto a los libros, por supuesto. Nació el 30 de enero de 1912)
El banc que no s’esborra
M’assec al banc de sempre, com si fos una cita amb ningú. Els nens corren i el seu riure em frega la pell com una bufanda vella: escalfa, però pica. El te se’m refreda a la tassa i el sucre fa una crosta tímida, com les promeses. Jo miro passar la tarda, disciplinada, i m’adono que la tristesa no fa escàndol: només camina. Quan em cau una llàgrima, no la nego; la deixo anar. Com qui tanca una porta sense fer soroll.
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