MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA NO DAR ASCO

Hay gente que se pasea por la vida como si llevara una medalla colgada del cuello: “Estoy aquí, así que agradécemelo”. Y luego se sorprende cuando el mundo, en lugar de aplaudir, se cambia de acera.
Él era de esos. No malo. Peor: convencido. Convencido de que su presencia ya era un regalo, de que su “yo” venía con garantía, sin necesidad de mantenimiento. Entraba en un bar y el ambiente se tensaba un poco, como cuando alguien abre una bolsa de basura cerca. En casa pasaba igual: reproche por aquí, gesto feo por allá, la frase letal de “yo soy así” como si fuera un certificado médico.
Una noche, en el espejo del baño, se vio de verdad. No la cara: el efecto. Se imaginó a sí mismo llegando y a la gente recogiendo las ganas de vivir del suelo, deprisa. Se dio cuenta de algo simple: a nadie le dan amor por decreto. Ni por costumbre. Ni por pena.
Al día siguiente probó el experimento más difícil del mundo: tratar bien.
Dijo “gracias” sin esperar ovación. Escuchó sin preparar un contraataque. No recordó defectos ajenos como si fueran una lista de la compra. Puso cariño donde antes ponía orgullo. Y, mira tú, nadie salió corriendo.
No era magia. Era educación emocional.
Y entonces entendió la premisa sin poesía: para que te quieran, tienes que ser querible.
No indispensable. No víctima. No benefactor.
Solo alguien con quien apetezca quedarse.
«Da la impresión de que los malditos pervertidos son los más felices… como si nada les royera la conciencia.» (La frase de alguien con un nombre difícil de pronunciar para l@s que no somos islandeses, Arnaldur Indriðason, es tan cierta como que l@s pervertid@s tienen la conciencia limpia. De no usarla. El escritor islandés celebra hoy su 65 cumpleaños pero no se jubilará. L@s que escribimos lo hacemos hasta que nos amputan las manos)
Nick Carter cumple hoy 46 años es decir, que hace algunos años que dejó de ser un muchacho de la calle de atrás aunque aún cante con ellos.
Així, però amb dents
Va tornar amb la mateixa frase enganxada al paladar: “ho vull així”. Com si l’amor fos una comanda a domicili. Jo vaig parar taula igualment: dos plats, una copa per a ningú i el silenci fent de cambrer. Ell parlava de “per sempre” amb veu de karaoke, però els ulls li miraven el mòbil, com qui mira una sortida d’emergència.
Quan va dir “creu-me”, vaig assentir. I vaig signar el rebut: sí, ho volia així… però lluny.
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