
Cuando empieza un año nuevo lo llenamos de propósitos, como quien decora una casa que no piensa habitar: listas, promesas, calendarios que huelen a tinta recién estrenada. Yo, en cambio, he llegado a esa edad en la que el ejercicio se hace al revés. Ya no sé con exactitud lo que “voy a conseguir”, pero sí tengo clarísimo lo que no voy a hacer. Ni este año, ni el siguiente, ni en el resto de vida que me quede, si es que la vida admite prórrogas.
Ahí va mi inventario de imposibles (y de renuncias con cierta dignidad):
· Ir en bicicleta por la Vía Láctea.
· Esquiar en el Himalaya.
· Participar el 1 de enero en el concurso de saltos de esquí de Garmisch-Partenkirchen.
· Dirigir la Filarmónica de Viena en el Concierto de Año Nuevo.
· Cruzar el Atlántico —u otro océano cualquiera— navegando en solitario, con cara de novela y espalda de héroe.
· Volver a tener la misma edad que hace un año.
· Cambiar mi estado civil. (*)
· Dibujar palabras de amor en la piel deseada (y que no parezca un tatuaje de urgencia).
· Cerrar los ojos para soñar despierto sin que la realidad me haga un “toc-toc” en la frente.
· Ponerle nombre a una fantasía sin estropearla al pronunciarla.
· Sonreír al verme reflejado en unos ojos y creerme, aunque sea un minuto, esa versión mejorada de mí.
· Escuchar melodías compuestas por el susurro de unas palabras que te despiertan al despuntar el día.
· Pensar cuál será el presente, como si el presente pidiera cita previa.
· Saber cómo fue el futuro.
· Viajar en el tiempo (sin mareos, sin paradojas y sin tener que pedir perdón a mi yo de los veinte).
· Pedir perdón —de corazón— a todas las personas a las que hice daño, con la precisión quirúrgica de quien sabe lo que rompió.
· Despedirme de los miles de millones de habitantes —o los que sean— del planeta Tierra, uno por uno, sin que me falte voz.
· Aparecer en un programa de televisión para declararle mi amor a alguien y no arrepentirme al minuto y medio.
· Escribir el último libro del Universo (aunque sospecho que el Universo no lee).
· Dejar que el tiempo pase por impedir que se quede.
· Regresar a las estrellas en una alfombra mágica, sin que me pregunten por el billete de vuelta.
· Descubrir el centro de la Tierra y que no haya un centro comercial dentro.
· Empeñar la realidad en la ficción del mundo virtual y llamar a eso “vida”.
· Amar a quien amé, como si el amor se pudiera repetir sin cobrar intereses.
· Sentarme —acompañado— en una nube y no mirar abajo con miedo a la caída.
· Congelar el fuego con mis manos.
· Hacer que el hielo se vuelva incandescente solo con escuchar un corazón.
· Comprender ausencias no queridas (esas que no se explican, se enquistan).
· Llenar vacíos ocupados (los más crueles: los que están llenos de algo que no basta).
· Besar labios cautivos.
· Enamorarme de una inteligencia artificial. Soy un antiguo, me enamorara la inteligencia natural.
· Sembrar en tierra baldía y exigirle flores, como si la tierra me debiera algo.
· Averiguar si amanece la noche en que me vaya.
· Observar el crepúsculo la mañana en que ya no esté.
· Entender —de una vez— qué significa “ser muy amig@ de mis amig@s”.
Y es que llega un momento en la vida en que ya no estás: estás fuera. Fuera de las listas. Fuera de los propósitos. Fuera del “este año sí”. Y, lo peor —o lo mejor—: fuera de la obligación de fingir que aún te lo crees.
(*) Por mucho que lo pienso, no logro discernir cuál es el estado civil de un muerto. ¿“Viudador”? ¿“Soltero definitivo”? ¿“Casado con el silencio”?
«Si la humanidad hubiera sido siempre lógica y sabia, la historia no sería una larga crónica de necedad y crimen.» (James George Frazer nació el 1 de enero de 1854 y no por arte de magia sino por la lógica de la biología. No era mago, pero sabía mucho de magia y, en consecuencia, también de religiones y mitología -que todo va unido. Fue filósofo y un buen acuñador de frases)
Bruno Mars lo tiene claro: descendemos del simio como claramente se patentiza en el vídeo lo que trae como consecuencia que todo obligación humana le es ajena.
El despertador borda com un gos petit. Jo li poso un coixí a sobre, amb una tendresa criminal. La ciutat, allà fora, fa olor de pressa i de cafè cremat; aquí dins, la manta és un país sense horaris. El mòbil vibra: “On ets?” Em miro les ungles, com si hi hagués escrit una coartada. A la ràdio, una veu diu que cal ser productiu. Jo apago la ràdio i m’invento una feina: respirar lent, escoltar el silenci, deixar que el món s’espavili sol.
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