sábado, 3 de enero de 2026

QUEDA INAUGURADO EL NUEVO (VIEJO) ORDEN MUNDIAL

Hoy, 3 de enero de 2026, se ha descorrido el telón con la elegancia de un portazo: Estados Unidos ha atacado Venezuela y ha capturado a Nicolás Maduro y a su esposa para trasladarlos a territorio estadounidense y procesarlos.  

Y entonces, como quien no quiere la cosa, queda inaugurado el nuevo (viejo) orden mundial: ese que se vende como “defensa de la libertad” cuando en realidad suena a “te quito el gobierno y luego ya vemos qué pone el folleto”. Porque Trump —siempre generoso en metáforas de inmobiliaria— ha llegado a insinuar que EE. UU. “va a dirigir” Venezuela de forma temporal hasta una “transición” conveniente. Conveniente para quién, ya tal.

Lo más bonito de todo es la naturalidad. Esa forma de hacerlo como si fuese lo más normal del mundo. Como si el planeta fuese un edificio sin conserje, con vecinos ruidosos, y el del ático decidiera bajar a “poner orden” con un ariete. No hace falta ni inventarse una excusa demasiado sofisticada: basta con pronunciar dos o tres palabras de las que abren puertas en la mente del votante (“narco”, “terror”, “seguridad”) y ya tienes el pasillo despejado.

Y claro, al otro lado del escenario aparece la letra pequeña, esa que molesta porque huele a manual: juristas y expertos ya han señalado que una acción así encaja mal —por decirlo con delicadeza diplomática— con la prohibición del uso de la fuerza y con el marco del derecho internacional. Pero el derecho internacional, ya se sabe, es ese paraguas que se abre solo cuando llueve sobre países pequeños.

Lo verdaderamente pedagógico de este día no es Venezuela. Es el mensaje. Ese que no se molesta en disimular: hay países con derechos premium y países con derechos de prueba. Unos pueden invocar la ley; otros pueden ser invocados por la ley como si fueran un expediente. Y si alguien se indigna, siempre quedará el recurso universal: decir que es por “el bien del pueblo”, ese pueblo abstracto que nunca firma el contrato pero siempre paga la cuota.

A partir de aquí, la imaginación no trabaja simplemente toma nota

Estados Unidos se reserva el papel de guardia de seguridad del “mundo occidental”: entra, registra, ordena, detiene, y luego da una rueda de prensa con cara de padre cansado.

Rusia, mientras tanto, observa el procedimiento con esa expresión de “ah, ¿era así?” que da miedo. Si esto se normaliza, no es una excepción: es una invitación con tipografía elegante. Y ya hay voces que alertan precisamente de ese precedente peligroso.

China, pragmática, hace lo que mejor se le da: mirar el mapa como si fuera un tablero de logística. Comercio por aquí, influencia por allá, sin pisar demasiado al que hoy lleva la porra. (La porra es importante: marca el ritmo.)

Y entonces preguntas por Europa y te entra la risa, pero una risa que no suena a humor: suena a resignación con Wi-Fi.

Europa será —como tú decías el mayor parque temático del universo. Una especie de decorado con encanto, donde los poderosos vienen a sacarse fotos delante de catedrales, a decir “qué mona esta plaza” y a comprar nostalgia embotellada en aeropuertos. Un continente convertido en postal premium: mucha piedra bonita, mucha historia para la vitrina y poca voz cuando se reparte el mundo en despachos con moqueta.

Nos quedará el privilegio —porque aquí todo se vende como privilegio— de ser el sitio donde se recuerda. Donde se conserva el pasado como quien conserva un vino caro: lo hueles, lo comentas, lo enseñas a las visitas… y luego te lo beben otros. Mientras tanto, nosotros haremos lo de siempre: debatir si el problema es de comunicación, redactar una declaración “profundamente preocupada” y, con suerte, aprobar un reglamento para que el parque temático sea sostenible. Sostenible para el turismo, claro. Para la dignidad, ya veremos.

Y lo más irónico es que este “nuevo” orden no tiene nada de nuevo. Solo le han quitado la vergüenza y le han puesto un nombre de operación militar con sabor a videojuego. Te lo empaquetan como modernidad, pero es la misma vieja coreografía: el fuerte decide, el débil se adapta, y el resto aplaude o calla por miedo a quedarse fuera de la foto.

Hoy se inaugura algo, sí. No sé si un orden mundial o una forma renovada de normalizar la impunidad con lenguaje corporativo: “transición”, “estabilización”, “objetivo”, “daños colaterales”. Palabras que suenan limpias, pero manchan.

Y tú, que estás en Europa, en el parque temático, ¿qué papel te toca? ¿Ser figurante educado? ¿Vender entradas? ¿Posar con cara de civilización mientras te convierten en museo?

Yo, por si acaso, hoy he dejado la puerta entreabierta. No por miedo a que entren: por costumbre de quien ya sabe que, cuando los grandes se reparten el mundo, los demás solo podemos elegir el tipo de silencio con el que lo miramos.

«Puede haber ‘analfabetismo’ en gente que lee y escribe muy bien: cuando se trata del espíritu, la razón o la justicia, no entienden nada.» (Eric Voegelin fue un filósofo alemano-estadounidense nacido el 3 de enero de 1901; marchó de su país rumbo a EEUU en 1938 por culpa de aquellos “leídos y escritos” que querían tener siempre la razón y la imponían a sangre y cámaras de gas)

Y algo muy parecido a lo ocurrido esta madrugada en Caracas (Venezuela) pero hace ya muchos años...

Helicòpters a l’ampit

A l’alba, el cel grinyola com metall calent. A la ràdio del taxi, les valquíries entren sense demanar permís i el conductor somriu, com si l’haguessin ascendit a déu de l’asfalt. Jo duc a la butxaca una carta que no obriré mai; pesa com una granada educada. Els motors llunyans —o la meva sang— fan tremolar el retrovisor. A cada semàfor, algú mor una mica: la pressa, la por, la fe. I la música, impune, ens corona mentre fem veure que només anem a treballar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario