domingo, 4 de enero de 2026

TOD@S SOMOS CULPABLES


Hay tragedias que no necesitan explicación, solo silencio. Pero nosotros somos incapaces de callarnos. Y cuando el silencio aparece —negro, caliente, lleno de humo— corremos a traducirlo a un idioma que entendemos: el vídeo, el “story”, el “mira esto”, el “madre mía”.

En “Le Constellation” no ardieron solo unos tablones y unas cortinas. Ardió una manera de estar en el mundo: esa en la que el cuerpo ya no es el primer reflejo, sino la cámara. Esa en la que el pánico se vive con el pulgar. Esa en la que el instinto de supervivencia compite, en igualdad de condiciones, con la posibilidad de subir contenido antes que el de al lado.

Y entonces, claro, buscamos culpables. Los propietarios, los permisos, el inspector que firmó como quien firma una felicitación de Navidad. El listo que encendió una bengala en un local recubierto de madera, como si la física fuese una opinión. Y sí: todo eso importa. Tiene nombres, apellidos, responsabilidades jurídicas, seguros, indemnizaciones, expedientes. Pero hay otra parte que es más incómoda porque no se puede embargar ni condenar con facilidad: la cultura que nos ha entrenado para mirar el desastre como si fuera entretenimiento.

Porque esto no empezó en Crans-Montana. Empezó cuando nos acostumbramos a grabar antes de ayudar. Cuando premiamos el testigo que “lo captó todo” en vez del que se manchó las manos. Cuando hicimos del “yo estuve allí” un trofeo y de la tragedia un escenario. No lo decidimos en una reunión secreta: lo fuimos votando cada día con likes, con retuits, con el placer sucio de sentirnos a salvo mientras miramos el infierno desde el sofá.

Y aquí viene la parte que cuesta escribir sin caer en la superioridad moral —esa droga barata de la gente decente—: yo también tengo el dedo rápido. Yo también he sentido esa curiosidad indecente, ese “solo un segundo”, esa excusa de “es para informar”. La diferencia entre informar y consumir es finísima cuando lo que está en juego no es una noticia, sino el cuerpo del otro.

La palabra “culpable” tiene algo de cómodo: señala una diana y nos deja fuera del tiro. “Culpable” suena a otro. A alguien que no soy yo. Y sin embargo, si hablamos de responsabilidad —esa palabra menos espectacular y mucho más adulta— la cosa cambia. Porque la responsabilidad no siempre es delito, pero siempre deja huella. Y la responsabilidad, en este mundo, está repartida como una sustancia pegajosa: en las plataformas que convierten cualquier horror en un carrusel infinito; en los algoritmos que empujan lo más extremo porque retiene más; en los medios que a veces compiten por el impacto; en los adultos que hemos normalizado que la vida sea una pantalla; en los jóvenes que han heredado la idea de que si no lo publicas, no pasó.

También hay miedo. Y conviene decirlo. Hay quien graba no por vanidad, sino por shock, por congelación emocional, por no saber qué hacer con las manos. El cerebro busca una tarea: sostener el móvil. En el caos, lo familiar salva. Y lo familiar hoy es grabar. Así de triste y así de lógico. Pero comprenderlo no lo convierte en inocuo.

La escena más cruel no es la madera ardiendo. Es la distancia que se crea cuando alguien mira una vida como material. Ese segundo en el que el otro deja de ser “alguien” y pasa a ser “esto”. Ese cambio de categoría es el verdadero incendio: el que te quema por dentro la empatía hasta dejarla en brasa.

Por eso me incomoda la caza del culpable como espectáculo posterior. Porque a veces la misma multitud que exige cabezas es la que alimenta el sistema que convierte las cabezas en contenido. Nos indignamos a la velocidad de la conexión. Pedimos responsabilidad con frases de doce palabras. Lloramos con un emoji. Y seguimos deslizando el dedo.

¿Quién es responsable, entonces? Los que firmaron, los que no inspeccionaron, los que hicieron negocio con el riesgo, sí. Pero también nosotros cuando premiamos la imagen del desastre. Nosotros cuando confundimos testimonio con exhibición. Nosotros cuando enseñamos —sin decirlo— que lo importante no es salir vivo, sino salir viral.

No sé si “todos somos culpables” es exacto. Culpable es una palabra de juzgado. Pero “todos participamos” sí. Y participar, aunque sea desde la grada, también es una forma de elegir bando.

La pregunta no es si mañana habrá otro local, otra bengala, otra chispa. La pregunta es más íntima y más asquerosa: cuando vuelvan las llamas, ¿qué vas a hacer primero con las manos? ¿Buscar a alguien, abrir una puerta, arrancar una cortina… o encuadrar?

«El dinero es una cosa abstracta, una paradoja en sí misma: una cosa que cumple su función socialmente sintética sin ningún entendimiento humano.» (Pues según Alfred Sohn-Rethel, filósofo nacido el 4 de enero de 1899, vivimos en la abstracción de una paradoja. Identificarla no nos hace vivir mejor así que, mejor continuar con  la abstracción mientras no se descubra otra cosa mejor)

David Soul hace dos años que pasó a la habitación de al lado dejándonos -todavía- por aquí a  Starsky y a una chica de plata a la que le canta. Durante 50 años de los 80 que vivió,  estuvo fumando 3 paquetes diarios de cigarrillos lo que no le ayudó a tener una calidad de vida aceptable. 

La pell que fa llum

La vaig veure baixar del bus com qui baixa d’un record: lenta, elegant, amb aquella brillantor cansada dels qui ja han perdut però encara caminen recte. A la parada feia fred i olor de metall mullat.

—No em miris com si em poguessis salvar —va dir, sense mirar-me.

Vaig callar. A la butxaca, les monedes sonaven com excuses.

Quan el semàfor va canviar, em va agafar el canell. La seva mà era gel i promesa.

—Somriu —va xiuxiuejar—. Que avui et toca fer veure que vius.


 

  

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