TARIFA DIARIA
En la frutería de la esquina siempre hay un cartel torcido que nadie lee.
“ORDEN BASADO EN NORMAS”, dice, con letras mayúsculas y una flecha que apunta a la báscula.
Yo entro cada tarde como quien entra a un templo barato: por costumbre, por hambre, por esa fe doméstica de que las cosas siguen en su sitio si repites el gesto. Las naranjas brillan con una tristeza limpia. Las manzanas tienen ese olor a promesa que luego se pudre en la nevera. El frutero —un hombre de manos grandes y paciencia de funcionario jubilado— pesa mis cosas sin mirarme, como si mi cara fuera una moneda falsa.
—Hoy está todo más caro —digo, para no hablar de lo otro.
—Hoy está todo más… todo —responde él, y me da el ticket como si fuera un salvoconducto.
Afuera, en la calle, pasan banderas, slogans, prisa. Dentro, el mundo parece reducido a lo que cabe en una bolsa de papel: dos tomates, un manojo de perejil, una cebolla con la piel rota como una confesión.
Pago. Me guardo el cambio. Y entonces lo veo: el cartel, otra vez, temblando en la corriente del aire. Esa frase que hemos repetido tanto que ya suena a canción de cuna. Orden. Normas. Flecha a la báscula. Como si la báscula pudiera medir algo más que kilos.
—¿Quién lo puso? —pregunto, señalándolo.
El frutero ni siquiera sonríe. Solo se encoge de hombros, cansado de las preguntas que nadie quiere contestar.
—Siempre ha estado ahí.
Miro alrededor. El local está lleno de pequeñas certezas: cajas apiladas, una radio baja, el suelo mojado, el cuchillo que corta una sandía con un ruido de carne limpia. Todo tan normal que da rabia.
—¿Y funciona? —insisto, porque a veces uno necesita que alguien diga “no” para poder respirar.
El frutero levanta la vista por primera vez. Tiene los ojos de quien ha visto demasiadas rebajas y demasiados funerales.
—Funciona mientras lo miras.
Y en ese momento, una mujer entra con un carrito vacío. Se planta delante del mostrador sin saludar, como si viniera a cobrar una deuda.
—Vengo por la inspección —dice.
Yo pienso en sanidad, en impuestos, en esas cosas pequeñas que te recuerdan que el Estado existe cuando le conviene. El frutero no se inmuta. Saca una libreta, un sello, un bolígrafo.
La mujer señala el cartel.
—Eso. A ver.
Él despega el cartel de la pared con cuidado. No lo arranca, lo despega como quien retira una foto vieja de un marco. Luego lo dobla en cuatro, lo pone sobre la báscula y aprieta un botón.
La báscula pitó, elegante, como siempre.
La mujer mira el número. Asiente. Y me sorprende: saca la cartera y deja un billete encima del mostrador.
—Perfecto. Hoy también pesa.
Yo me río sin querer, porque el absurdo es un reflejo. Me sale una risa corta, de esas que se ahogan en la garganta.
—Perdone —digo—, ¿qué es lo que pesa exactamente?
La mujer me mira como se mira a un niño que pregunta por qué llueve.
—La mentira —responde—. La cuota diaria.
Y entonces añade, sin maldad, casi con ternura:
—No se preocupe. Si mañana no pesa, subimos los aranceles.
Sale. El carrito sigue vacío.
Yo miro al frutero. Él vuelve a colgar el cartel, otra vez torcido, otra vez ahí, como si el mundo necesitara una frase para no derrumbarse.
—¿Y si un día decide no colgarlo? —pregunto.
El frutero aprieta la bolsa de papel con mis tomates, como si fuera mi mano.
—Entonces —dice— tendrá que aprender a vivir en la verdad.
Yo doy un paso hacia la puerta, ya con la calle en la cara, y me doy cuenta del giro más humillante: no era una frutería.
Era aduanas.
Y el cartel… no era un recordatorio.
Era una tarifa.
«En el fondo, la inmoralidad es una cuestión de estética, porque los desnudos hermosos son decentísimos, y los feos, inmorales» (Nada más que añadir a la frase de Adolfo Marsillach nacido el 25 de enero de 1928 para estudiar Derecho y no ejercer nunca. Se ganó la vida como actor, director, escritor y guionista)
Se llama Noemí, es italiana y hoy cumple 44 años a pesar de que se debe haber enamorado varias veces. Cuando escuchéis la canción entenderéis porqué lo digo.
Serenament, amb les bosses sota els ulls
A les 02:13 el mòbil vibra com un insecte atrapat dins d’un got. “Perdona, és tard…”, diu la teva veu, i jo miro el mirall del rebedor: ulleres, bosses, el futur fent mala cara. A l’escala, la llum s’encén sola quan passo: sembla que l’edifici també espera una resposta.
—Pujes? —pregunto.
—No sé si puc.
Obro la porta igual. No entres. Però l’aire canvia, i ja és prou: enamorar-se no mata; mata fingir que no.

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