TU ESTADO SE HA ACTUALIZADO
La oficina olía a nada, que
es el aroma oficial de los lugares donde se pasa media vida. Ni perfume, ni
humanidad: un aire acondicionado que no enfría, solo administra la resignación.
Las luces de tubo, esas que no iluminan sino que fiscalizan, hacían que todos
tuviéramos el mismo color de piel: empleado estándar.
A las 9:00 en punto, el
calendario nos tragó.
En la sala de reuniones
—cristal, mesa larga, pantalla grande, agua pequeña— ya estaba colgado el
cartel nuevo. Siempre hay un cartel nuevo. La empresa cambia de eslogan como
quien cambia de excusa, para que no se note que lo único que se mantiene es el
miedo.
“INTEGRIDAD · SOSTENIBILIDAD
· RESPETO · COHESIÓN”
Cuatro palabras que, juntas,
suenan a manual de instrucciones de una tostadora. Y, sin embargo, allí
estaban, presidiendo la mesa como un santo de oficina: no hace milagros, pero
te mira.
El director de área, que
llevaba una sonrisa de PowerPoint, empezó con su voz de “no soy tu enemigo”:
—Estamos en un punto de
inflexión.
Esa frase la dicen los jefes
cuando quieren decir: se viene recorte.
Se aclaró la garganta como
quien afila un cuchillo.
—El mundo está cambiando, y
nosotros también. Ya no basta con… bueno, ya me entendéis. Tenemos que ser
coherentes. Tenemos que actuar con valores.
Yo pensé en el verdulero de
Havel, el que colocaba el letrero sin creérselo, para evitar problemas.
Solo que aquí el verdulero no
vende patatas: vende asentimientos.
Y como cada mañana, yo hice
mi parte. Abrí el portátil. Puse cara de “tiene sentido”. Asentí en el momento
exacto. Tomé notas que no iba a leer. Participé en el ritual.
El compañero de IT, que es el
único que todavía conserva una mirada de ser humano, me escribió por chat:
—¿Has visto el cartel? Parece
una misa.
No contesté. No por
prudencia. Por pereza. En esta empresa hasta la rebeldía se gestiona con
agotamiento.
El director siguió:
—Hemos vivido demasiado
tiempo dentro de una ficción cómoda.
Lo dijo como si acabara de
descubrir la pólvora. O como si no hubiera cobrado un bonus por esa misma
ficción el año pasado.
—La nostalgia no es una
estrategia —añadió, y ahí sí que me dieron ganas de aplaudir, pero por razones
equivocadas.
Porque en la oficina la nostalgia
es el plan de carrera: “antes esto era una familia”, “antes había estabilidad”,
“antes la gente duraba”. Todo “antes”. Todo mentira con voz de recuerdo.
Entonces pasó lo de siempre:
el momento de la participación obligatoria.
—Quiero que cada uno comparta
una acción concreta para reforzar estos valores —dijo el director, señalando el
cartel como si fuera la Constitución.
Una compañera habló de
“transparencia”. Otro habló de “comunicación”. Una habló de “bienestar”, y
todos miramos el suelo porque el bienestar en esta planta es un rumor. Yo me vi
a mí mismo desde fuera, como si estuviera leyendo mi propio expediente: varón
funcional, sonrisa moderada, cinismo de alta capacidad.
Cuando llegó mi turno, noté
una cosa pequeña pero rara: el silencio no era un vacío, era un borde. Como si
el aire esperara.
Me levanté un poco de la
silla. Sin épica. Sin discurso. Solo con esa sensación incómoda de estar harto
de colaborar con lo que no crees.
—Yo… —empecé, y escuché mi
voz como quien escucha una puerta mal cerrada—. Yo propongo una acción simple.
El director sonrió,
satisfecho. Le encantan las acciones simples porque no cuestan dinero.
Miré el cartel.
—Propongo que dejemos de
colgar carteles.
Nadie se rió. Nadie tosió.
Nadie se movió. Fue un silencio limpio, quirúrgico. Un silencio que no era
falta de ideas: era miedo a que la idea existiera.
El director frunció el ceño
con una elegancia aprendida en cursos caros.
—¿Cómo dices?
Yo respiré. Y seguí. No
porque fuera valiente. Porque, de repente, ya no me salía mentir con
naturalidad.
—Que si vamos a hablar de
integridad, la primera acción es dejar de fingir. Que si la empresa dice
“respeto”, deje de tratar a la gente como piezas. Que si dice “sostenibilidad”,
deje de quemar a los equipos como si fueran carbón. Y que si dice “cohesión”…
—me encogí de hombros—, que no nos obligue a sonreír como si esto fuera un
anuncio.
No estaba gritando. No estaba
insultando. Eso es lo peor: que no estaba haciendo nada escandaloso. Solo
estaba quitando el letrero.
Y ahí se notó la fragilidad:
no del cartel, sino del sistema.
La jefa de RR. HH., que hasta
entonces había permanecido quieta como una lámpara, activó su mirada de
protocolo.
—Entiendo tu punto —dijo—,
pero este no es el foro.
El director asintió con
alivio. El foro. Siempre hay un “foro” donde las cosas se pueden decir… para
que no se digan nunca.
Yo miré mi portátil. Abrí
Teams. Y ahí, en mi estado, estaba el letrero digital que nos obligaban a
llevar desde hacía semanas:
“Orgulloso de formar parte
del cambio”
Lo había puesto el sistema
automáticamente, “para cohesionar”. Un cartel en la ventana. Moderno. Limpio.
Inofensivo.
Pulsé. Borré. Dejé el estado
en blanco.
Y en ese mismo segundo, como
si la oficina tuviera reflejos, saltó una notificación:
“Tu estado se ha actualizado
para cumplir la política corporativa.”
Volvió el mensaje.
Yo lo borré otra vez.
Volvió.
Lo borré una tercera vez. Y,
al tercer borrado, mi Teams se cerró solo. Pantalla negra. Un microsegundo de
nada. Y luego, el logo de la empresa, inmenso, como un ojo.
En la sala, el director
retomó la reunión con una sonrisa más dura:
—Bien. Continuemos.
Y la gente continuó. Que es
lo que hacemos aquí: continuar. No por convicción. Por costumbre. Porque si no
estás en la mesa, estás en el menú, pero en versión oficina: si no participas,
desapareces.
Yo me senté despacio.
Miré el cartel otra vez.
No lo arranqué. No lo rompí.
No hice ningún gesto heroico, de esos que luego quedan bien en LinkedIn.
Solo pensé una cosa, con una
lucidez triste:
Aquí la mentira no necesita
que la defiendan. Le basta con que la repitamos.
Y el sistema, que lo sabe, ya
tenía preparada la respuesta: un eslogan nuevo para mañana.
«La única manera de no pensar demasiado en el dinero es
tener mucho.» (Edith Wharton nacida el 24 de enero de 1862 para ser la primera
mujer en ganar el Pulitzer por ´La edad de la inocencia´, lo que le hizo no
tener que pensar demasiado en el dinero)
Hoy John Myung cumple cincuenta y todos años, no sé si junto a su colegas de banda, Dream Theater o solo en la habitación del hospital tocando el saxo que es lo que sabe hacer bien.
El sax a l’habitació 312
El passadís fa olor d’alcohol i de
minuts perduts. La màquina del sèrum marca el tempo, tossint llum verda. Ell
mira el rellotge com si fos un enemic antic; jo el miro a ell, com si pogués
salvar-lo amb ulls. Dins el cap em sona un sax llunyà, fi, obstinat, com una
promesa que no vol morir. A fora, la ciutat fa vida sense nosaltres. A dins,
cada respir és un acord sostingut. I, encara així, demà torna. Un altre dia.

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