AHÍ ESTÁ, AHÍ ESTÁ VIENDO PASAR EL TIEMPO…
El agua llegó sin pedir permiso, como llegan los que vienen a “ayudar” y lo primero que hacen es mover los muebles de sitio.
Le llamaron Leonardo y Marta, como si ponerle nombre a una borrasca fuera domesticarla, como si bastara con pronunciarla para que aprendiera modales. En Andalucía, estos días, el cielo no cae: se desploma. La lluvia no moja: reclama. Y el río, que siempre pareció un señor mayor con bastón, se quita la chaqueta, escupe el tabaco y decide que hoy no piensa obedecer a nadie.
En mi calle el barro tiene memoria. Se te pega a los zapatos y te lo llevas a casa, como una visita que no sabe marcharse. En el campo, los surcos se convierten en cicatrices nuevas. En las plazas, los bancos desaparecen bajo una sopa marrón que huele a madera rendida, a metal humillado, a prisa.
Y, sin embargo, al final del desastre —cuando ya no queda nada en su sitio y hasta el silencio parece mojado— está él.
El puente romano. El puente “viejo” le llaman.
No sé por qué me enfada y me consuela a la vez. Ahí, quieto. No “resiste”: mira. Como si la catástrofe fuera un trámite del que ya tomó nota hace siglos. A sus pies, el agua arrastra bicicletas, ramas, sillas, alguna foto de familia que antes estaba en un marco. El puente no se inmuta. Sus piedras tienen esa dignidad incómoda de quien ya ha visto demasiados finales y no se deja impresionar por ninguno.
Me acerco hasta donde se puede. Siento el aire frío en la cara, ese frío que no viene del invierno sino del miedo. Alguien a mi lado murmura una frase, casi cantándola, como si fuera una plegaria con melodía: “Ahí está…”.
Y entonces entiendo lo que duele: no es que el agua se lleve las cosas. Es que el puente se queda.
Se queda viendo pasar el tiempo, sí. Pero también nos ve pasar a nosotros: tan modernos, tan frágiles, tan convencidos de que lo nuevo dura más.
Yo lo miro y, por un segundo, me da la sensación de que el puente piensa lo mismo que pienso yo cuando todo se desborda: que lo único verdaderamente antiguo es nuestra manera de repetirlo todo.
«La democracia es la transposición de lo cuantitativo a lo cualitativo: que lo que quieren los más se convierta en lo mejor» (A Enrique Tierno Galván le llamaban “el viejo profesor” incluso cuando era joven. No cabe preguntar porqué: ahí tenemos una de sus frases para averiguarlo. Nació el 8 de febrero de 1918 y se fue con poco más de 68 años)
Y ahí está otro puente: esta vez sobre aguas turbulentas. También verá pasar el tiempo y ahí se quedará la canción. Sólo tiene 56 años.
Quan el riu s’enfada
Aquell vespre el riu va pujar amb mala llet, fent olor de ferro i fang. Jo tremolava al marge, amb les sabates plenes d’aigua i el cor ple de soroll. Llavors el pont—vell, tossut, impecable—va aguantar sense dir res, com qui sap massa.
Hi vaig passar a poc a poc: la pedra era freda, però fidel. A sota, el corrent cridava, prometia endur-se noms, promeses, excuses. A dalt, només un pensament: algú, algun dia, va construir esperança amb calç.

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