Me la rozo sin pensar cuando cae la tarde: esa línea fina en la ceja, como una coma donde mi cara aprendió a respirar distinto. La herida fue rápida; el eco, lento. Entonces no lo sabía, pero algunas cosas no se curan: se quedan a vivir.
Hubo un tiempo en que ella —tú— me la besabas con una seriedad preciosa, como si besar una cicatriz fuera una forma de pedir perdón al mundo. “Aquí”, decías, “aquí empezó tu manera de aguantar”. Y yo me reía, porque uno se ríe cuando no quiere llorar delante de quien ama.
Hoy vuelvo a mirarme en el espejo y no es la misma marca. Ha crecido con mi rostro, como crecen las canciones antiguas: cada año suenan más verdaderas. A su alrededor han aparecido otras señales, pequeñas, discretas, como cartas sin abrir. Y, sin embargo, esa sigue siendo la que más habla, quizá porque aprendió tu idioma.
Las heridas se cierran; las cicatrices se quedan a aprenderte.
Y con los años se vuelven una especie de memoria física: no duelen, pero recuerdan. No sangran, pero pesan. No gritan, pero te dicen, en voz baja, todo lo que una vez prometiste que no ibas a perder.
Hay noches en que la toco y siento que aún estás cerca, no como presencia, sino como esa nostalgia que no se va: cálida, insistente, educada.
Como una mano antigua en la cara.
Como un amor que ya no vuelve… y, aun así, sigue creciendo conmigo.
«No es que la gente quiera ser mala: es que quiere estar cómoda.» (La maldad para Sinclair Lewis es producto de la comodidad es decir, si te quedas en el sofá criticando al oponente es porque eres malo. Nació el 7 de febrero de 1885 y hasta le dieron el Nobel de Literatura en 1930)
Little Tony hubiese cumplido hoy 85 años pero se quedó en 72 es decir, que no era tan "little". Es el único cantante sanmarienense que conozco con una canción de cierto éxito... de 1967.
Cor boig, oficina tancada
Va entrar sense trucar, com una cançó antiga que encara sap obrir panys. A la mà duia un paper arrugat: “T’he estimat malament, però t’he estimat”. Jo vaig fer veure que mirava correus, però el pit ja em picava com un timbre d’escala. A fora, la pluja feia olor de metall calent i de decisions tardanes.
—Encara em segueixes? —li vaig dir.
Ell va somriure, cansat i tossut:
—Sóc el teu cor. I avui vinc… a cobrar.

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