EL
AMOR EMPIEZA CON EL TIEMPO Y ES EL TIEMPO QUIEN MESURA SU INTENSIDAD.
No es una frase cómoda. Porque
desmonta de un golpe esa fantasía tan nuestra de que el amor nace como un
incendio y se mantiene por voluntad, por promesas, por “yo soy así”. No. El
amor, si es amor y no un anuncio, empieza cuando pasa el primer temblor. Cuando
se va la música de fondo y te quedas con la persona, con su manera de cerrar
una puerta, con su silencio cuando está cansada, con su risa repetida en la
misma esquina del sofá.
El tiempo no es un juez moral.
No viene a premiar a quien lo hace “bien” ni a castigar a quien se equivoca. El
tiempo mide, simplemente. Como un vaso medidor en la cocina: no opina, no
felicita. Te dice cuánto hay. Y a veces lo que hay sorprende. Porque hay amores
que empiezan “fuertes” y, cuando el tiempo los prueba, se deshacen como azúcar
en agua caliente: dulces un instante, invisibles después. Y hay otros que
parecen poca cosa al principio—una conversación sin fuegos artificiales, una
calma rara—y el tiempo, con sus días repetidos, los vuelve densos. No ruidosos.
Densos. Habitables.
La intensidad del amor no
siempre se nota. A veces se disfraza de costumbre, que es una palabra
injustamente despreciada. La costumbre puede ser una tumba… o una casa. La
diferencia está en si el tiempo te apaga o te afina. Si con los años te vuelves
más pequeño al lado de alguien, o más tú. Si la rutina te encierra, o te
sostiene.
Y es curioso: el tiempo no
mide solo lo que sientes, mide lo que haces cuando no te apetece sentir. Mide
cómo miras cuando estás de mal humor. Cómo cuidas cuando nadie aplaude. Cómo
reparas lo que rompes con la lengua. Mide si eliges, una y otra vez, aunque no
haya emoción épica. Porque ahí empieza el amor: en la repetición consciente. En
el “hoy también” que nadie publica.
Quizá por eso duele tanto
cuando se acaba. Porque no se rompe solo un sentimiento: se rompe una medida.
Un ritmo. Un calendario compartido. Y, aun así, el tiempo sigue. Como si fuera
un tipo imperturbable que te mira y te dice: “Vale. ¿Y ahora qué haces con lo
aprendido?”
El amor empieza con el tiempo.
Y el tiempo, que no sabe de romanticismo pero sí de verdad, te acaba mostrando
si aquello era intensidad… o solo prisa.
«¡Creer! He ahí toda la magia
de la vida.» (Poco comentario hay que añadir a la frase de Raúl Scalabrini
Ortiz; o te la crees o no te la crees. Poeta, filósofo, pensador,
historiador, periodista, escritor, ensayista y, como no con tanta titulación,
argentino. Nació el 14 de febrero de 1898 y no le pusieron Valentín de nombre)
Hoy una de las canciones de amor más bellas que se han escrito jamás. Se han hecho muchas versiones pero solo cantada en catalán y por Carles Sabater tiene sentido. Ayer hizo 27 años que partió hacia la luz.
Quan el teu nom fa llum
T’he estimat a foc baix, com
s’estima el que no vol fer soroll.
Mentre la ciutat badava, jo aprenia el teu ritme: el pas curt, la mirada que
s’escapa, la manera com el silenci et fa de jaqueta quan tens fred.
No sé si això és amor o una
mena d’ofici: esperar-te sense fer-me el valent.
Però quan et penso, tot s’ordena. Els semàfors semblen menys arbitraris. La
nit, menys dura. I fins el temps, aquest cobrador antipàtic, afluixa.
No et demano miracles.
Només que tornis una mica,
encara que sigui com torna una cançó: de sobte, i sense permís.
I jo, boig per tu, però amb la
calma de qui ja ha entès que la passió també pot respirar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario