viernes, 13 de febrero de 2026


EL TAMAÑO SÍ IMPORTA (PERO A VECES SE NOTA DEMASIADO)



En Cortina todo parecía normal: nieve impecable, banderas limpias, y esa emoción olímpica que huele a patrocinio.

Yo estaba en la zona mixta —ese lugar donde el deporte se confiesa y la prensa finge que entiende— cuando un entrenador, con la cara blanca de quien ha visto al diablo en un vestuario, me susurró:

—Hay saltadores… que se están inyectando ácido hialurónico ahí… para “justificar” un traje más grande.

Dijo “ahí” como quien señala un volcán activo sin mirarlo. Y añadió, orgulloso del horror:

—Más tela, más superficie. Más vuelo.

A mi lado, un juez de equipamiento asentía con la solemnidad de un notario en una boda que no aprueba.

—Aquí medimos todo —me dijo—. Longitudes, costuras, holguras…

—Lo sé —respondí—. En algunos matrimonios también, y fíjese cómo acaban.

El rumor ya tenía nombre de película mala: Penisgate. Y como toda película mala, venía con guion: el atleta se infla para pasar el control, sonríe como un santo recién canonizado, y luego… cuando llega el momento del salto, el milagro pierde presión.

—¿Y entonces qué? —pregunté, por puro periodismo y por pura mala educación.

El entrenador hizo un gesto amplio con las manos, como si estuviera explicando el funcionamiento de un paraguas en una tormenta.

—Queda un hueco.

El juez bajó la voz:

—Y ese hueco… crea un efecto aeroplano.

Yo miré al trampolín. Miré al saltador. Miré a la humanidad. Y pensé: nos pasamos siglos inventando alas y al final lo que vuela es la autoestima.

Cuando el deportista se lanzó, por un segundo pareció que iba a batir récord. Se abrió en el aire con una elegancia casi poética… y, sin embargo, hubo algo… un temblor… una vibración sospechosa entre la ciencia y el ridículo.

Aterrizó cinco metros más allá.

La grada rugió.

Y yo, que he visto muchas cosas en la vida —y peores en cenas de empresa—, solo pude concluir:

—El tamaño sí importa… pero sobre todo importa dónde lo pones. Y en esta Olimpiada, desde luego, lo han puesto en el reglamento.

Fuera, en un cartel luminoso, se leía: Fair Play.

Debajo, alguien había escrito con rotulador:

“Y por favor, desinflen antes de salir.”

«Lo que impide saber no es ni el tiempo ni la inteligencia, sino únicamente la falta de curiosidad.» (No es que Agostinho da Silva nacido el 13 de febrero de 1906 dijera que hay que ser cotilla. Una cosa es ser curios@ y la otra participar de las miserías del prójimo. Por cierto, no puedo estar más de acuerdo con lo dicho por el fillósofo)

Peter Tork, cantautor y bajista de The Monkees, hubiese cumplido hoy 84 años; se quedó en 77. Tenía dos convencimientos: que el amor era un cuento y que la traducción al castellano del nombre de su grupo era "los monos". 

La fe dels dilluns

Quan vaig jurar que l’amor era un conte, ho vaig fer amb la serietat d’un adult i la covardia d’un nen. I després vas arribar tu: no amb trompetes, sinó amb la teva manera de riure quan el cafè surt dolent, com si el món no mereixés cap drama.

Des d’aleshores, cada “no” que em deia la vida s’ha convertit en un “ja ho veurem”. Em fa ràbia admetre-ho: no he trobat la veritat, només una mania nova.

Però quan em mires, torno a creure. I això —maleït— funciona.




No hay comentarios:

Publicar un comentario