EL
TAMAÑO SÍ IMPORTA (PERO A VECES SE NOTA DEMASIADO)
En Cortina todo parecía
normal: nieve impecable, banderas limpias, y esa emoción olímpica que huele a
patrocinio.
Yo estaba en la zona
mixta —ese lugar donde el deporte se confiesa y la prensa finge que entiende—
cuando un entrenador, con la cara blanca de quien ha visto al diablo en un
vestuario, me susurró:
—Hay saltadores… que se
están inyectando ácido hialurónico ahí… para “justificar” un traje más grande.
Dijo “ahí” como quien
señala un volcán activo sin mirarlo. Y añadió, orgulloso del horror:
—Más tela, más
superficie. Más vuelo.
A mi lado, un juez de
equipamiento asentía con la solemnidad de un notario en una boda que no
aprueba.
—Aquí medimos todo —me
dijo—. Longitudes, costuras, holguras…
—Lo sé —respondí—. En
algunos matrimonios también, y fíjese cómo acaban.
El rumor ya tenía
nombre de película mala: Penisgate. Y como toda película mala, venía con
guion: el atleta se infla para pasar el control, sonríe como un santo recién
canonizado, y luego… cuando llega el momento del salto, el milagro pierde
presión.
—¿Y entonces qué?
—pregunté, por puro periodismo y por pura mala educación.
El entrenador hizo un
gesto amplio con las manos, como si estuviera explicando el funcionamiento de
un paraguas en una tormenta.
—Queda un hueco.
El juez bajó la voz:
—Y ese hueco… crea un
efecto aeroplano.
Yo miré al trampolín.
Miré al saltador. Miré a la humanidad. Y pensé: nos pasamos siglos
inventando alas y al final lo que vuela es la autoestima.
Cuando el deportista se
lanzó, por un segundo pareció que iba a batir récord. Se abrió en el aire con
una elegancia casi poética… y, sin embargo, hubo algo… un temblor… una
vibración sospechosa entre la ciencia y el ridículo.
Aterrizó cinco metros
más allá.
La grada rugió.
Y yo, que he visto
muchas cosas en la vida —y peores en cenas de empresa—, solo pude concluir:
—El tamaño sí importa…
pero sobre todo importa dónde lo pones. Y en esta Olimpiada, desde
luego, lo han puesto en el reglamento.
Fuera, en un cartel
luminoso, se leía: Fair Play.
Debajo, alguien había
escrito con rotulador:
“Y por favor,
desinflen antes de salir.”
«Lo que impide saber no
es ni el tiempo ni la inteligencia, sino únicamente la falta de curiosidad.»
(No es que Agostinho da Silva nacido el 13 de febrero de 1906 dijera que hay
que ser cotilla. Una cosa es ser curios@ y la otra participar de las miserías
del prójimo. Por cierto, no puedo estar más de acuerdo con lo dicho por el fillósofo)
Peter Tork, cantautor y bajista de The Monkees, hubiese cumplido hoy 84 años; se quedó en 77. Tenía dos convencimientos: que el amor era un cuento y que la traducción al castellano del nombre de su grupo era "los monos".
La
fe dels dilluns
Quan
vaig jurar que l’amor era un conte, ho vaig fer amb la serietat d’un adult i la
covardia d’un nen. I després vas arribar tu: no amb trompetes, sinó amb la teva
manera de riure quan el cafè surt dolent, com si el món no mereixés cap drama.
Des
d’aleshores, cada “no” que em deia la vida s’ha convertit en un “ja ho veurem”.
Em fa ràbia admetre-ho: no he trobat la veritat, només una mania nova.
Però
quan em mires, torno a creure. I això —maleït— funciona.

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