LO QUE EL VIENTO NO SE LLEVÓ

Hoy el viento sopla en Catalunya como si tuviera
prisa. Entra por las calles con la arrogancia de quien cree que todo se arregla
moviendo cosas: levanta papeles, tumba alguna silla de terraza, le da una
bofetada al toldo de un bar que ya estaba cansado de fingir sombra. Hay rachas
que parecen redactadas por un humorista: te despeinan el orgullo, te empujan un
paso y, si te descuidas, te obligan a mirar de frente lo que llevabas semanas
esquivando.
A mí me gusta imaginar —solo imaginar, que la
realidad es menos poética y más tercamente burocrática— que el viento tiene
criterio ciudadano. Que hoy, con ese silbido afilado, decide llevarse lo que
estorba de verdad.
Se lleva el cinismo que se disfraza de “gestión”.
Se lleva las promesas con fecha de caducidad, esas
que se anuncian con sonrisa y se ejecutan con excusa.
Se lleva la pobreza energética que nadie mira porque
no hace ruido.
Se lleva el alquiler que muerde, el sueldo que no
llega, la cola que humilla.
Se lleva la hipocresía de los que piden “paciencia”
desde sillones con calefacción.
Y, sin embargo, el viento no se lleva lo peor. No
puede.
No se lleva la normalidad del abuso, porque está
anclada en costumbres y en silencios.
No se lleva la corrupción, porque aprendió a atarse
con nudos legales.
No se lleva la indiferencia, porque pesa más que un
contenedor lleno y, encima, nadie la reclama.
Entonces lo entiendo: el viento es fuerte, sí. Pero
no es milagroso. Hace su parte —desordena, revela, incomoda— y luego te mira,
como diciendo: ahora te toca. Porque lo que de verdad estorba o hace
daño no sale volando solo. Hay cosas que no se van con rachas: se expulsan con
memoria, con rabia bien dirigida, con votos, con barrio, con calle, con una
decencia que no se compra en Amazon.
El viento de hoy, al final, no se llevó lo malo.
Lo dejó ahí, bien visible, para que nadie pueda
decir mañana que no lo vio.
«Las alegrías y las tristezas
del amor se parecen dulcemente… una sonrisa brilla en medio de las lágrimas, y
una sonrisa llama a las lágrimas.» (Friedrich de la Motte Fouqué nació el 12 de
febrero de 1777, era romántico -como se observa en la frase- tenia apellidos
franceses y, sin embargo, era alemán)
Michael McDonald cumple hoy 74 años y continúa siendo un poco "beneit" (pardillo) en temas como el amor. Aquí lo canta con sus hermanos Dobbie (qué mal queda dicho así)
La memòria amb trampa
Ell torna a aquell bar com qui
torna a una foto antiga: convençut que encara hi surt guapo. Demana un te, mira
la porta, i es fabrica una entrada triomfal que ningú no ha assajat. Quan ella
apareix, no és la d’abans: és la d’ara, amb una vida sencera a la mirada i zero
espai per a la seva pel·lícula. Ell somriu igual, com si el somriure fos un
contracte. Ella el saluda educada, breu. I ell, fidel al seu autoengany, ho
interpreta com esperança.
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