MARCA
BLANCA
El día que me dieron el premio
a “Mejor Yo del Año” supe que había ganado algo… y perdido otra
cosa.
La gala tenía esa solemnidad
que convierte cualquier tontería en destino: luces, música grande, rostros
entrenados para parecer felices sin despeinarse. En la pantalla, frases cortas
como órdenes: Sé imparable. Sé tu mejor versión. Sé tú, pero mejor.
Me llamaron por mi nombre y
subí como sube uno a un altar: con paso firme y por dentro pidiendo permiso.
La presentadora —una sonrisa
con micrófono— me cruzó una banda en el pecho: AUTÓNOMO. Luego me entregó el
trofeo: un espejo enmarcado en metal, pulido hasta el exceso.
—Mírate —dijo—. Te lo has
ganado.
Me miré. Sonreí. El público
respondió con una sonrisa idéntica, un gesto replicado, como si el aplauso
viniera preinstalado.
Pero el espejo tenía una
grieta. Muy fina. Como una arruga que todavía no se atreve a ser arruga.
Me acerqué a un técnico que
estaba a un lado, casi invisible en su camiseta negra.
—¿Esto está roto?
Él no levantó la voz ni la
importancia.
—No. Es el modo humilde.
—¿Modo… humilde?
Señaló la grieta con un dedo
tranquilo.
—Si el espejo fuera perfecto,
usted solo se vería a usted. Con esa grieta se cuelan otras cosas.
Lo miré otra vez. Y se
colaron.
Se coló mi necesidad de que me
miraran. Se coló mi empeño en tener razón incluso cuando callo. Se coló el
orgullo con corbata, el orgullo con “buenas intenciones”, el orgullo con
lenguaje de superación. Se coló, sobre todo, una sospecha: que yo no había venido
a mejorar, sino a demostrar.
—Entonces la humildad es…
¿rebajarme? —pregunté, con esa prudencia que usamos cuando tememos perder el
cargo de protagonista.
El técnico se encogió de
hombros.
—La humildad es dejar de vivir
como si el mundo fuera un jurado. Es saber dónde termina usted… y empezar a
respetar lo que hay fuera.
Volví al centro del escenario
con el espejo en la mano. Era mi turno de hablar. Miré al público, miré el
trofeo, miré la grieta.
—Gracias por este premio
—dije—. Prometo seguir creciendo… pero también prometo dejar de confundirme con
mi etiqueta. No soy una marca. No soy un producto. No soy “mi mejor versión”.
Hubo un silencio. No un
silencio bonito: un silencio de esos que no caben en un eslogan.
Entonces alguien aplaudió.
Un aplauso raro, imperfecto.
Un aplauso con grieta.
Y, por primera vez en toda la
noche, me sentí —no mejor— sino más cerca.
«Vivimos en una época en que
uno de los mayores actos de resistencia consiste en no desear, no poseer,
negarse a ser feliz según la lógica articulada por el capitalismo.» (A Ricardo
Menéndez Salmón hoy lo podemos felicitar por su 55 cumpleaños y, además, porque
intenta ser feliz escribiendo y filosofando)
¿Se puede hablar de fidelidad a los 46 años que son los que cumple hoy Regina Spektor? Ella no solo habla sino que canta. Otra cosa es como sea esa fidelidad.
Fidelitat de butxaca
Ell
em va jurar fidelitat com qui jura que no mirará el mòbil: amb la mà al cor i
els ulls fent zàping. Jo li vaig creure el somriure, que era més net que la
seva història.
A casa, la seva camisa olia a carrer i a
excusa. Vaig posar-la a la rentadora i vaig sentir el tambor: cloc,
cloc, com un tribunal petit.
Vaig entendre
que la fidelitat no és un temple: és una moneda. I jo ja no en tenia canvi.

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