NO
QUIERO QUE ME QUITEN EL ESCAÑO
Hay algo casi enternecedor —si
no fuera tan reiterativo— en ver a la izquierda hablándose a sí misma como
quien se deja una nota de voz para convencerse de que mañana sí va a cambiar de
vida. Sábado, 21 de febrero de 2026: en Madrid, IU, Sumar, Comuns y Más Madrid
presentan alianza para 2027 ante unas 600 personas en el Círculo de Bellas
Artes; en Valladolid, Irene Montero suelta una frase pensada para grabarla en
mármol: que las alianzas “van a caer por su propio peso” porque “la gente
quiere izquierda” para “parar a la derecha”.
El problema es ese: el “propio
peso”. Porque si algo ha demostrado la izquierda española en la última década
es que cae, sí… pero no siempre hacia la unidad. A veces cae hacia “la casa
común”; otras, hacia “mi marca, mi lista, mi espacio, mi relato”. Y así la
política se nos queda como un edificio en obras donde todos discuten el plano
mientras el ascensor ya se lo han llevado los de mantenimiento.
Lo más fino —lo que convierte
esto en sátira sin necesidad de añadirle adorno— es esa otra perla: “lo
importante que ha pasado esta semana ya ha pasado”. Es un haiku de partido. Una
forma elegante de decir: “Sí, os he visto… y he decidido que ya sois ayer”.
Mientras tanto, los del acto se entregan al vicio nacional de la izquierda: la
épica del PowerPoint. Unidad, no resignación, proyecto ganador. Todo
suena bien hasta que preguntas lo indecente: quién manda, cómo se llama la
criatura, qué acuerdo mínimo tiene… y si alguien ha visto a la fundadora de
Sumar por el edificio. Porque el detalle de que Yolanda Díaz no acuda no es un
dato: es un símbolo con piernas.
Y entonces aparece el intento
de ponerle traje serio a la fiesta: Urtasun recordando que la “aritmética” es
necesaria, pero que no se gana solo maximizando escaños, que hace falta “un
proyecto político ganador”. Traducción al castellano de calle: sumar está muy
bien, pero si la gente os ve como una reunión de antiguos compañeros que no se
soportan, no hay Excel que lo arregle.
También está la propuesta de
Rufián sobre candidaturas de unidad entre izquierda federal y nacionalista, que
es como decir: “ya que os cuesta quereros, por lo menos firmad algo juntos
antes de que os fusilen… políticamente”. Y la izquierda, que tiene un talento
innato para convertir cualquier pregunta en un congreso, responde con otra
pregunta, y luego con un matiz, y luego con una mesa de trabajo.
Hasta aquí, el teatro
conocido. Pero lo que chirría de verdad —lo que huele a guion repetido— es que,
cuando uno rasca el barniz de “proyecto”, lo único nítido del supuesto programa
es una cosa: atizar el miedo. Que viene la derecha. Que viene la
ultraderecha. Y ojo: puede ser cierto, puede ser un riesgo real, puede ser
incluso urgente. Pero como programa suena demasiado a alarma antiincendios: muy
útil para avisar del humo, pésima para cocinar.
Porque cuando tu principal
propuesta consiste en gritar “¡lobo!” cada tres frases, llega el momento
incómodo —ese que nadie quiere oír con micrófono, pero que se oye perfecto en
el bar— en que toca hacerse la pregunta prohibida: ¿de qué tienen miedo
exactamente? ¿De que gobiernen los otros… o de que se les acabe el escaño y con
él el sueldo, el despacho, el asesor, la agenda llena y esa sensación
embriagadora de “importar” aunque el balance de resultados sea, digamos,
discutible?
El electorado —esa entidad
mística a la que todos invocan— quizá sí “quiere izquierda”. Pero también
quiere algo mucho más humillante para la clase política: coherencia,
resultados, y la sensación de que no le están vendiendo una reconciliación que
dura lo que tarda en filtrarse un WhatsApp. Quiere que le hablen del alquiler,
de la sanidad que no llega, de la precariedad que no se va, del cansancio que
ya no cabe en un eslogan. Y no solo del monstruo que viene… sino de la casa que
se supone que quieren construir.
La derecha y la ultraderecha
funcionan aquí como comodín perfecto: sirven para tapar costuras, para aplazar
el programa y para justificar cualquier pacto… menos el pacto más difícil: el
de renunciar a un trocito de poder propio para construir algo que no dependa de
la amenaza constante. Y por eso la “unidad” se invoca como un espíritu, como si
bastara con pronunciarla tres veces delante del espejo del Círculo de Bellas
Artes para que aparezca, maquillada y peinada, con un acuerdo real bajo el
brazo.
Así que sí: habría que
preguntarse —con toda la mala leche del mundo, pero con la lucidez intacta— si
el miedo que reparten es por responsabilidad democrática o por instinto de
conservación laboral. Porque a veces la política no es ideología: es nómina con
micrófono.
«Llamé al cielo y no me oyó, /
y pues sus puertas me cierra, / de mis pasos en la tierra / responda el cielo,
y no yo.» (Cualquier lector habrá reconocido la anterior estrofa del “Tenorio” de José Zorrilla. La parrafada viene
que ni pintada a la reflexión de hoy: yo hice lo que pude pero nadie me
escuchó, así que darles las culpas a los que no me escucharon porque ell@s son
l@s causantes de la “catástrofe”. Zorrilla, el dramaturgo, nació el 21 de
febrero de 1817 y no hablaba de política en “Don Juan Tenorio”; hablaba de
seductores)
Leo Délibes fue un compositor romántico francés que nació el 21 de febrero de 1836; su obra más conocida es la ópera Lakmé y, dentro de ella, ese Dueto de las Flores que es una auténtica maravilla.
Sota la cúpula, ningú mana
Baixen al riu com qui baixa
una persiana: sense fer soroll. Les flors, obedients, s’obren amb olor de
promesa barata. Elles canten i el món s’hi posa bé, com un vestit prestat. Però
jo les miro les mans: no recullen pètals, recullen temps. I el temps punxa. La
melodia fa d’aigua, fa de seda, fa de “no passa res”. Mentida. Sota la cúpula
espessa, fins i tot l’amor té un vigilant. I somriu.
Y algún/a cinéfil@ habrá reconocido también el dueto que sirvió de fondo para la llamada "escena de los sicilianos" de la película "Amor a quemarropa", con guión de "yasabéisquién". Si, si... Quentin Tarantino.

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