Me inquieta comprobar que, cuanto más avanzamos, menos claro resulta todo. Y lo curioso es que no es una sensación pasajera, ni una mala racha: es casi la atmósfera de época. Como si el “progreso” no fuera una carretera, sino una rotonda enorme con luces LED… donde giramos más rápido, sí, pero sin estar seguros de en qué salida se nos va la vida.
Nos vendieron que avanzar era aclarar. Que la ciencia iluminaba, que la tecnología ordenaba, que la información nos haría libres y que la modernidad venía con instrucciones. Y mira: tenemos manuales para todo menos para estar en paz. Actualizaciones constantes, agendas inteligentes, relojes que te dicen si has dormido bien y aplicaciones que te recuerdan beber agua… pero nadie te avisa cuando te estás secando por dentro.
Antes la confusión era un accidente; hoy parece un sistema operativo. Y eso da miedo, porque la confusión ya no se siente como “no sé”, sino como “sé demasiado y aun así no entiendo”. Te hablan de productividad, de eficiencia, de optimización… y la vida, mientras tanto, sigue siendo un bicho indócil, una cosa que no se deja gestionar como una carpeta. La ansiedad no se desinstala. El duelo no se archiva. La soledad no se “sincroniza”.
A veces pienso que el progreso no nos ha vuelto más sabios, sino más exigentes. Queremos respuestas inmediatas a preguntas que son lentas. Queremos certeza en un mundo que, por definición, es probabilístico. Queremos control donde solo hay convivencia con lo imprevisible. Y claro: cuando la realidad se resiste, culpamos a la realidad… o nos culpamos a nosotros por no estar “a la altura”.
Lo más perverso es que esta confusión viene disfrazada de claridad. Datos, gráficos, titulares, opiniones con tono de sentencia. Todo se formula con una seguridad impecable, como si el que duda fuese débil, como si matizar fuera una falta de carácter. Y así nos empujan a escoger bando, etiqueta, relato. A simplificar. A gritar. A creer que la complejidad es un lujo de gente ociosa. Pero la complejidad no es un lujo: es el precio real de mirar sin trampas.
Y en medio de todo, uno se pregunta: si esto es avanzar, ¿por qué me siento más perdido? Tal vez porque el progreso acumula herramientas, pero no necesariamente sentido. Porque nos ha dado potencia sin brújula. Porque hemos ganado velocidad y hemos perdido silencio. Y sin silencio no hay pensamiento: solo reacción.
Quizá lo único clarísimo sea la confusión porque la confusión, al menos, es honesta. No promete. No finge. Te mira y te dice: “esto es lo que hay”. Y a partir de ahí, o te inventas un mapa, o te resignas a ir a oscuras con una linterna prestada.
Yo no sé cuál es la salida. Pero empiezo a sospechar que no consiste en entenderlo todo, sino en aprender a vivir con lo que no se entiende sin volverse cínico. En aceptar que el mundo no se despeja del todo. Que la vida no es una ecuación, sino una conversación. Y que quizá avanzar no sea acumular progreso, sino recuperar algo sencillo y casi subversivo: el derecho a no tenerlo claro… y aun así seguir caminando.
«No puedes comprender por completo a otra persona… y quizá tampoco debas quererlo.» (Hella Haasse tuvo que ser contraria a los libros de autoayuda, esos que proclaman “conócete a ti mism@ y conocerás a los demás”. Supongo que pensó que bastante trabajo tenía con conocerse a si misma. Nació en 1918, un 2 de febrero)
Eden Espinosa cumple hoy 48 años y se podría haber ganado la vida solo como cantante, pero su actividad principal es la de actriz y tampoco lo hace del todo mal.
A la ràdio del taller, la frase arriba amb una mossegada i, abans de fer sang, bip.
El mecànic riu: “Això no es pot dir.”
La seva filla, amb les mans plenes de greix i futur, li respon: “Doncs això és el problema: que el bip ens deixa sense paraules i, sense paraules, ens deixen sense sou.”
Ell baixa el volum com qui abaixa la mirada.
Fora, una dona creua el carrer amb talons cansats. El semàfor fa bip
també, però ningú no s’indigna.

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