domingo, 1 de febrero de 2026

RONDA DE DESEO

Me besó en mitad de la Gran Via, justo donde Barcelona presume de prisa y, sin embargo, se detiene por tonterías: un taxi mal aparcado, un turista con mapa, una duda existencial con forma de paso de cebra.

Fue un beso largo, de esos que no piden disculpas al semáforo. Nos quedamos clavados entre carriles y, alrededor, los coches hicieron lo más insólito: callaron. Alguno pitó, sí, pero con poca convicción, como si el claxon también tuviera vergüenza. Un autobús frenó con esa dignidad cansada de quien ha visto de todo: despedidas, borrachos, promesas.

Yo llevaba años entrenándome para lo contrario: para irme. Para no coger billetes de vuelta, para vivir con lo justo, para no colgar cuadros porque los cuadros son una forma de rendición. Mi vida cabía en una mochila y en una excusa elegante: “es que soy así”. La frase preferida de quienes se llaman libres cuando, en realidad, solo están blindados.

Él era un conocido de esos que la ciudad te regala sin pedirte permiso. Tres días cruzándonos: un café rápido en El Raval, una cerveza tibia en una barra que pegaba, una conversación que se alargó sin tocar lo obvio. Nos fuimos fabricando el beso como se fabrica una mentira: evitando decirla hasta que ya está hecha.

Y allí, en medio de la Gran Via, me falló mi disciplina de nómada. Sus manos encontraron mi nuca con una certeza antigua. Su boca me habló en un idioma sin argumentos. Sentí el peligro real: no el deseo (el deseo es fácil), sino la amenaza blanda de empezar a imaginar una llave en el bolsillo, un cepillo de dientes doble, un “quédate” sin comillas.

La ciudad, que siempre mira, miró. Un par de personas sonrieron. Otra grabó con el móvil, porque hoy todo necesita pruebas para existir. Un motorista nos rodeó como si esquivara un charco y soltó un “va, home…” que sonó más a envidia que a queja.

Esa noche, en su piso cerca de Plaça de Catalunya, el beso se convirtió en su consecuencia lógica: piel, respiración, esa ternura que parece valiente porque dura lo que dura una noche cuando nadie exige nada. A las cuatro de la mañana, yo ya estaba abrochándome el abrigo, como si vestirme fuera una forma de volver a ser la de antes.

Bajé a la calle. Barcelona seguía ahí, impecable en su cinismo: gente yendo a trabajar, persianas subiendo, panaderías abriendo, la normalidad como una religión.

Me vibró el móvil: una foto en blanco y negro. Su cara. Sus ojos. Y una sola palabra: “amor”.

Hice lo único que sé hacer cuando algo me quiere de verdad: guardé el teléfono, eché a andar sin mirar atrás.

Y aun así, desde entonces, cada vez que cruzo una calle y el semáforo se pone en rojo, no siento que se detenga el tráfico.

Siento que se me detiene la huida.

«Cataluña, motor industrial de España, soporta un trato económico discriminatorio —fiscal, crediticio y de inversión pública— que, por centralismo administrativo, frena su desarrollo y obliga a competir en desventaja frente al centro.» (Josep María Marcet i Coll alcalde de Sabadell entre 1940 y 1960, frase que figura en el informe que el 1 de febrero de 1957 le entregó al dictador Franco en un impoluto castellano ya que Franco no hablaba catalán ni en la intimidad. Hasta dentro de las propias filas del franquismo se decía los que acabáis de leer. La vida sigue igual)

Claude François hubiese cumplido hoy 87 años, se quedó en los 39. Arreglar un enchufe eléctrico mientras se estaba duchando no fue buena idea.  Por cierto la canción "Comme d'habitude" es original suya, de 1967. La popularizaron un tal Paul Anka y, sobre todo, otro tal Frank Sinatra en 1969.

 La "otra" versión. Quedaros con la que más os guste.

 

La coreografia del silenci

Cada vespre tornes a casa amb el mateix gest, com si t’ensenyessin en una acadèmia: claus a la safata, jaqueta a la cadira, un “què tal” que no vol resposta. Jo faig el paper que em toca: somric a mitja potència, paro taula, escolto el noticiari com qui escolta pluja. Ens asseiem un davant l’altre i masteguem minuts. La teva mirada passa per mi sense frenar, com un tren que ja no para en aquesta estació. I, tot i així, jo aplaudeixo per dins: com de costum, hem sobreviscut a un altre dia.


 

 

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