jueves, 30 de abril de 2026

 

EL 30 DE ABRIL


El 30 de abril, a las ocho y doce de la mañana, Bruno Salvatierra llegó a la puerta giratoria de Isla Nacimiento Global Solutions con un zapato lleno de lluvia, el móvil al tres por ciento y esa cara que tienen los hombres cuando acaban de descubrir que el mercado laboral no es una escalera, sino una cinta transportadora hacia un sótano.

Venía de naufragar en una consultora.

No lo decía así en LinkedIn, claro. Allí había escrito: “Inicio una nueva etapa de crecimiento personal tras cerrar un ciclo apasionante.” En la vida real, el ciclo se había cerrado con una tarjeta bloqueada, un correo de despedida redactado por una becaria y una caja de cartón donde había metido dos bolígrafos, una taza con el lema Actitud Ganadora y una planta que llevaba muerta desde febrero, pero seguía cobrando presencia en la oficina.

La sede de Isla Nacimiento brillaba al final de la avenida como un hospital que hubiera estudiado marketing. Cristal, acero, recepción blanca, gente andando deprisa con auriculares invisibles y una serenidad de quirófano. Bruno entró buscando un baño, un enchufe y, si la Providencia seguía de buen humor, una máquina de café que no pidiera tarjeta corporativa.

En el vestíbulo vio el primer indicio de civilización: una hilera de patinetes eléctricos perfectamente alineados, todos con candado, todos con casco colgado, todos más cuidados que muchos matrimonios.

—Aquí hay gente seria —pensó—. Solo una sociedad avanzada protege mejor los patinetes que a sus empleados.

No había terminado de admirar aquel altar de movilidad sostenible cuando aparecieron tres directivos con trajes oscuros, sonrisas recién planchadas y una mujer de Recursos Humanos que llevaba una carpeta roja contra el pecho como quien lleva un arma corta.

—¡Por fin! —dijo uno de ellos.

—Ya pensábamos que este año no llegaba nadie —añadió otro.

Bruno levantó la mano.

—Perdón, yo solo buscaba…

No pudo terminar. Le pusieron una americana azul sobre los hombros, le colocaron una credencial dorada al cuello y alguien empezó a aplaudir con una emoción administrativa. Detrás, el personal de recepción se puso en pie. Los de seguridad también. Incluso una impresora multifunción emitió un pitido solemne, aunque quizá fuese atasco de papel.

—¡Viva el nuevo director general! —gritó el más calvo de los tres.

—¡Viva! —respondieron todos con alivio.

Bruno abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir, que es lo que hacen los peces y los profesionales cuando ascienden sin explicación.

—¿Director general de qué?

—De todo —respondió la mujer de Recursos Humanos.

—¿De todo todo?

—De todo lo que salga bien. Lo que salga mal seguirá siendo responsabilidad del contexto.

Lo llevaron a la planta noble en un ascensor que no tenía botones visibles, porque en aquella empresa hasta los ascensores parecían saber más que los trabajadores. Mientras subían, uno de los directivos le explicó la tradición.

—Cada 30 de abril nombramos un nuevo director general.

—¿Por qué?

El directivo sonrió como sonríen los hombres que han convertido una estupidez en cultura corporativa.

—Porque así lo quiso el fundador.

—¿Y quién era el fundador?

—Un señor muy visionario.

—¿Qué hizo?

—Fundar.

No hubo más preguntas. La respuesta tenía esa contundencia con que las empresas veneran al muerto que dejó un logo, dos frases en mármol y una cláusula absurda en los estatutos.

En la sala del consejo, trece personas esperaban sentadas alrededor de una mesa tan larga que, para discrepar, había que pedir turno por correo. Al fondo, una pantalla mostraba la frase del día:

HOY EMPIEZA TU LIDERAZGO. MAÑANA YA VEREMOS.

A Bruno le sentaron en la cabecera. Le pusieron delante una tablet, una botella de agua noruega, un bolígrafo de metal y un informe de ciento ochenta páginas titulado Plan Estratégico 2030-2040, aunque nadie allí esperaba vivir profesionalmente tanto.

El presidente del consejo, un hombre con voz de funeral caro, se levantó.

—Bienvenido, Bruno Salvatierra. Desde este momento, y hasta el próximo 30 de abril, usted será nuestro director general.

—¿Hasta el próximo 30 de abril?

—Exacto.

—¿Un año?

—Técnicamente, trescientos sesenta y cinco días. Este año no hay bisiesto. Hemos comprobado el calendario con Legal.

La mujer de Recursos Humanos asintió. Legal siempre estaba ahí para convertir el absurdo en procedimiento.

—¿Y después? —preguntó Bruno.

El silencio bajó del techo como una persiana.

El presidente hizo un gesto a la mujer de Recursos Humanos.

—Paula, por favor.

Paula abrió la carpeta roja. Dentro no había sangre, pero se notaba la intención.

—El próximo 30 de abril, a las ocho de la mañana, recibirá usted la visita de dos abogados, un notario, un consultor de recolocación y una persona de Comunicación Interna para hacer una foto humana del momento. Se le retirará la credencial, la americana, el acceso al parking y la palabra “estratégico” de su vocabulario. Después será acompañado a la puerta con gratitud, reconocimiento y absoluta irrelevancia.

—¿Y el sueldo?

—Hasta el último día.

—¿Y la indemnización?

Paula sonrió con ternura procesal.

—La tradición no contempla sentimientos económicos.

Bruno miró a los consejeros. Ninguno parecía cruel. Eso era lo peor. Eran peores que crueles: estaban acostumbrados.

—¿Y qué hace luego el director general saliente?

—Depende —dijo Paula—. Algunos dan conferencias sobre liderazgo. Otros escriben un libro con una editorial pequeña y una autoestima grande. Varios entran en política. Uno montó una bodega. Otro abrió un canal de YouTube sobre productividad. El último todavía está haciendo mindfulness en un coworking de Sant Cugat.

—¿Y alguno encontró trabajo?

—No mezclemos épica y milagro.

Bruno pidió agua. Bebió. El agua sabía a precio.

Durante los primeros días obedeció al papel que le habían asignado. Saludó a los equipos, pronunció palabras como reto, talento, escucha activa y transformación, y descubrió que la empresa funcionaba igual tanto si él decidía como si no, lo que le provocó una mezcla de alivio y humillación.

En la planta noble todos querían agradarle. Le llevaban informes que no necesitaba, le reían frases que no eran graciosas y le pedían “visión” para asuntos que solo requerían sentido común y una silla.

—Bruno, necesitamos tu visión sobre el nuevo modelo híbrido.

—Que la gente trabaje donde trabaje mejor.

Los jefes de departamento se miraron como si hubiera propuesto legalizar la primavera.

—Sí, pero necesitamos algo más sofisticado.

—Entonces: que la gente trabaje donde trabaje mejor, pero con un gráfico circular.

Todos tomaron notas. Uno dijo “potente”. Otro dijo “disruptivo”. Paula, desde una esquina, apuntó algo en su carpeta roja. Bruno no quiso saber si era admiración o autopsia.

Al cabo de dos semanas entendió la mecánica del reino. El director general era rey mientras no molestara al sistema que lo coronaba. Podía inaugurar jornadas, cambiar el color de la moqueta, firmar alianzas, hacerse fotos con estudiantes, hablar de innovación con una mano en el bolsillo y despedir a veinte personas diciendo que era una decisión difícil. Lo único prohibido era tocar las reglas invisibles: los proveedores amigos, los sueldos blindados, los favores antiguos, los ascensos hereditarios, la sagrada incompetencia de algunos apellidos.

Una tarde, después de una reunión donde se había aprobado una política de bienestar que consistía en mandar un correo los viernes con una frase motivadora, Bruno bajó al sótano para fumar sin fumar. Era una costumbre moderna: salir a acompañar a los que fumaban y respirar culpa ajena.

Allí conoció a Marcial, el responsable de mantenimiento. Tenía manos de haber resuelto cosas que no cabían en una presentación de PowerPoint. Estaba arreglando una silla ergonómica de mil euros con un destornillador y desprecio.

—Bonito trono —dijo Bruno.

—Es de Finanzas. Se ha quedado sin subir.

—Como muchos.

Marcial levantó la vista. No sonrió. Reconoció en Bruno algo que en la planta noble no veían: un hombre con fecha de caducidad impresa debajo de la corbata.

—¿Ya te han contado lo del 30 de abril?

—Sí.

—Entonces aprende algo.

—¿A liderar?

Marcial soltó una risa seca.

—No. Algo útil.

Bruno miró la silla desmontada.

—¿Esto?

—Esto, una persiana, una cerradura, una bisagra, un enchufe, una mesa que cojea. La civilización se cae por tornillos pequeños. Arriba creen que el mundo lo sostiene la estrategia. Mentira. Lo sostiene alguien que sabe dónde está la llave Allen.

Aquella frase le entró a Bruno mejor que todos los discursos del consejo. Quizá porque no venía con logotipo.

Desde ese día, cada tarde, después de mandar correos solemnes y estrechar manos blandas, bajaba al sótano. Marcial le enseñó a desmontar sillas, cambiar ruedas, ajustar cajoneras, montar estanterías, reparar lámparas y escuchar el edificio. Porque los edificios hablan. Crujen donde se han cansado. Gotean donde se les ha pedido demasiado. Se inclinan un poco cuando los llenan de gente que finge estar motivada.

—Esto no se fuerza —decía Marcial mientras Bruno intentaba encajar una pieza—. Si fuerzas, rompes.

—Eso también vale para personas.

—Sí, pero las personas no vienen con garantía.

Bruno aprendió con torpeza. Se cortó un dedo. Se manchó camisas caras. Un día apareció en una reunión con el pulgar vendado y el director financiero le preguntó si había tenido un accidente deportivo.

—Sí —dijo Bruno—. Bricolaje de contacto.

La planta noble empezó a inquietarse. No por las decisiones de Bruno, que eran razonables, sino por sus amistades. Un director general podía equivocarse en una adquisición, hundir un departamento o contratar a un primo con MBA. Todo eso entraba en el margen humano. Lo imperdonable era comer con mantenimiento.

—Está generando confusión jerárquica —dijo el director de Operaciones.

—Está hablando demasiado con la base —añadió Comunicación.

—La base sostiene el edificio —respondió Bruno.

—Precisamente por eso conviene que no se mueva.

Paula no dijo nada. Cerró la carpeta roja con suavidad. En Recursos Humanos, cerrar una carpeta es como cargar una escopeta en una película del Oeste.

Pasaron los meses. Bruno siguió reinando por la mañana y aprendiendo por la tarde. Descubrió que un informe puede mentir con elegancia, pero una tubería no. Que una silla rota no acepta coaching. Que una cerradura no se abre con liderazgo transformacional. Que el mundo material tiene la mala educación de pedir manos.

En diciembre, el consejo le propuso despedir a treinta personas para mejorar el margen.

—¿Y qué hacemos con el trabajo que hacen?

—Optimizarlo.

—¿Quién lo hará?

—Los que se queden.

—¿Y qué harán los despedidos?

—Reinventarse.

Bruno miró a Paula.

—¿También les enseñaréis a arreglar sillas?

Paula bajó los ojos. Por primera vez no parecía una funcionaria del destino, sino una persona que había elegido demasiadas veces obedecer con buena letra.

—No está en el plan de salida.

—Pues debería.

No evitó los despidos. No era un héroe. Tampoco conviene pedirle a un náufrago que salve el océano. Pero redujo la cifra, peleó indemnizaciones mejores, obligó a contratar formación real y eliminó una consultoría de “acompañamiento emocional” que cobraba por decirle a la gente que respirar ayudaba a no morirse.

El consejo lo soportó porque el año terminaría pronto. Esa es la paciencia de los poderosos: aguantan cualquier decencia si viene con fecha de vencimiento.

Llegó abril.

El edificio parecía distinto, aunque quizá era Bruno quien había cambiado. Las luces ya no le parecían modernas, sino cansadas. Los despachos no parecían importantes, sino aislados. La moqueta escondía el paso de muchos zapatos que habían creído ir hacia alguna parte.

El día 29, Marcial le entregó una caja de herramientas.

—Es tuya.

—No puedo aceptarla.

—Claro que puedes. Has aceptado cosas peores este año.

Bruno la abrió. Dentro había destornilladores, alicates, una cinta métrica, una llave inglesa y una nota escrita con letra de hombre que no necesitaba gustar:

Cuando te quiten el cargo, que no te quiten las manos.

Bruno se quedó callado. A veces la emoción aparece sin pedir permiso, y uno tiene que hacer como que mira una bisagra para no quedar en evidencia.

—Gracias —dijo.

—No me des discursos.

—No pensaba.

—Mejor. Los discursos aflojan tornillos.

El 30 de abril, a las ocho en punto, llamaron a la puerta del despacho.

Entraron dos abogados, un notario, Paula y una chica de Comunicación Interna con una cámara. La escena venía perfectamente empaquetada. Gratitud. Reconocimiento. Transición ordenada. Sonrisa institucional. Crueldad con tipografía corporativa.

—Bruno Salvatierra —dijo el notario—, conforme a la tradición estatutaria de Isla Nacimiento Global Solutions, queda usted relevado de sus funciones.

Uno de los abogados le pidió la credencial. Otro le retiró la tablet. Paula recogió la americana azul. La chica de Comunicación le pidió una foto “natural”.

—¿Natural de despido o natural de secuestro? —preguntó Bruno.

Nadie respondió. Hay bromas que las empresas no procesan porque no caben en el protocolo.

Bajaron juntos en el ascensor. Al pasar por recepción, algunos empleados aplaudieron. Otros miraron la pantalla. Otros hicieron como que atendían una llamada, ese refugio de cobardes con tarifa plana.

En la puerta, Paula le tendió un sobre.

—Carta de agradecimiento.

—¿Sirve para pagar el alquiler?

—No.

—Entonces es literatura.

Paula apretó los labios.

—También hay una tarjeta de una empresa de recolocación.

—Eso ya es ciencia ficción.

Salió a la calle con su caja de herramientas. La puerta giratoria lo escupió despacio, con la educación de las máquinas caras. Llovía igual que un año antes. La diferencia era que ahora Bruno llevaba zapatos mejores y menos fe.

En la acera de enfrente, un hombre intentaba montar una terraza nueva para un bar. Tenía seis sillas desarmadas, tres mesas cojas y la desesperación de quien ha comprado mobiliario barato en internet.

—Perdone —dijo Bruno—. Esa pieza va al revés.

El hombre lo miró con desconfianza.

—¿Usted entiende?

Bruno dejó la caja en el suelo.

—He sido director general.

El hombre hizo una mueca.

—Lo siento.

—No pasa nada. Luego aprendí cosas.

En dos horas montó la terraza. En tres días tenía cinco encargos. En un mes arreglaba sillas, persianas, mesas, lámparas y alguna vida pequeña que no salía en los balances. Abrió un local diminuto con un cartel sencillo:

SALVATIERRA. REPARACIONES Y OTROS NAUFRAGIOS.

No se hizo rico enseguida. Eso solo ocurre en los cuentos para emprendedores y en las herencias bien colocadas. Pero trabajó. Cobró. Durmió. Se cansó con una fatiga limpia, sin reuniones para justificarla.

A veces pasaban antiguos empleados de Isla Nacimiento. Le llevaban una silla rota, una lámpara, un cajón atascado o una confidencia.

—Arriba siguen igual —le decían.

—Claro —respondía Bruno—. Las coronas cambian. Los tornillos, si nadie los aprieta, se caen.

Un año después, otro 30 de abril, vio por la ventana una comitiva de directivos cruzando la avenida. Rodeaban a una mujer empapada, recién llegada de algún naufragio profesional. Le habían puesto la americana azul. Ella caminaba confundida, con la dignidad torcida y los ojos llenos de preguntas.

Bruno salió a la puerta del taller. Marcial, que se había jubilado y ahora pasaba las mañanas criticando obras ajenas, estaba sentado junto a él.

—Nueva reina —dijo Marcial.

—Sí.

—¿Le avisamos?

Bruno miró la caja de herramientas, la calle mojada, el edificio brillante, la comitiva obediente, la pobre mujer sonriendo porque todavía no sabía distinguir un ascenso de una trampa.

—No todavía —dijo—. Primero tiene que creer que manda. Es parte del aprendizaje.

La nueva directora general entró en la empresa entre aplausos. Desde lejos, la fachada de cristal devolvió un reflejo precioso: parecía un palacio.

Pero Bruno ya sabía mirar mejor.

Solo era una oficina grande donde cada año coronaban a alguien para que olvidara, durante trescientos sesenta y cinco días, que la vida no perdona a quien confunde el trono con el oficio.

«Todo es político; pero toda política es, al mismo tiempo, macropolítica y micropolítica.» (Mira que la frase la he dicho yo miles de veces -expresada de otra forma- pero es de Félix Guattari que hoy cumpliría 96 años. Se quedó en 62 y me dejó esa frase para que yo hiciese un cover bastante “apañao”)

Esta canción de 1985 Everybody Wants to Rule the World (algo así como "Todos quieren gobernar el mundo") forma un maridaje perfecto con el relato de hoy. Es de Tears For Fears.

El comandament

Quan el pare va morir, tots volien el comandament del televisor.

La mare deia que no era per mirar res, només per tenir-lo a prop. El germà gran parlava d’ordre. La petita, de justícia. Jo vaig callar, perquè sempre havia estat especialista en perdre guerres petites.

Al final, el comandament va caure darrere del sofà.

Durant tres dies ningú va veure notícies, ni futbol, ni anuncis de gent feliç.

I, mira per on, el món va continuar igual.

Potser pitjor.

Però amb menys volum.



miércoles, 29 de abril de 2026

 

LA CASILLA LIMPIA


Mi madre nunca dijo “mejor que seas una cosa o la otra” el día que le conté que también me habían gustado hombres. Mi madre no era de frases tan torpes. Mi madre era una mujer de orden. De las que doblan las bolsas de plástico, guardan los botones sueltos en una caja de galletas y creen que el mundo funciona mejor cuando cada cosa duerme en su cajón.

Lo dijo de otra manera.

Fue un domingo, en su cocina, mientras quitaba las hebras a unas judías verdes con la precisión de quien desactiva una bomba doméstica. Yo había ido a comer solo. Eso ya la inquietó. Cuando uno va solo a casa de su madre a partir de cierta edad, las madres huelen la tragedia o el fracaso sentimental con una facilidad que ni la policía científica.

—¿Te pasa algo? —preguntó sin mirarme.

Le dije que no.

Luego le dije que sí.

Y después, como siempre ocurre con las verdades que llevan años fermentando, empecé por donde no tocaba. Le hablé de Pablo. Luego de Laura. Luego de que con uno había sentido una cosa y con la otra otra, pero también la misma. Le hablé mal, atropellándome, como si el problema no fuese lo que yo era sino mi incapacidad para redactarlo sin parecer un folleto mal doblado.

Mi madre siguió limpiando judías.

Eso fue lo peor.

Ni un grito. Ni un plato roto. Ni un “en esta casa no”. Solo aquel silencio de mujer que ya estaba recolocando los cubiertos del mundo dentro de su cabeza.

Cuando terminó con las judías, se secó las manos en el paño de cuadros y dijo:

—Bueno. Ya se te pasará la confusión.

La palabra cayó sobre la encimera como una cucharilla sucia.

Yo tenía treinta y nueve años. Dos trabajos mal pagados en mi historial, una espalda que empezaba a avisar de la lluvia y varias formas de haberme equivocado en la vida, pero no aquella. Confusión. Como si yo fuera un adolescente que se había besado a un compañero de clase por aburrimiento, o por rebeldía, o por una mala tarde de internado inglés. Confusión. Como si a ciertas edades el deseo siguiera siendo una avería provisional.

Me senté frente a ella. Había una fuente con naranjas, el hule un poco levantado en una esquina y esa luz de las cocinas familiares que no favorece a nadie, pero vuelve verdad cualquier conversación.

—No es una confusión, mamá.

Ella me miró entonces. No con desprecio. Casi habría sido más fácil. Me miró con pena. Y la pena, cuando viene de quien te ha dado de comer, es una forma muy fina de violencia.

—Hijo, yo solo digo que la vida ya es bastante difícil. No hace falta complicársela más.

Ahí estaba.

No la moral. No el pecado. No el escándalo.

La comodidad.

La vieja aspiración de pasar por el mundo sin molestar demasiado. Sin darle trabajo extra al lenguaje de los demás. Sin obligar a nadie a cambiar la forma de presentarte en una sobremesa.

Yo ya conocía ese argumento. Lo había oído de amigos supuestamente modernos, de novias con estudios, de un compañero de despacho que se declaraba “abierto” mientras me explicaba, con la condescendencia de un funcionario del alma, que yo “al final” acabaría decantándome. Como si mi vida fuese una encuesta pendiente de cerrar. Como si amar a más de un sexo te convirtiera en un pasillo y no en una casa.

Mi madre puso agua a hervir. El metal del grifo, el golpe de la olla, el fuego azul. Todo siguió funcionando con una normalidad insultante.

—Mira —dijo—, yo no te juzgo. Pero si al final vas a hacer tu vida con una mujer, mejor. Te será todo más fácil.

Nunca olvidaré aquel “mejor”. Tan limpio. Tan doméstico. Tan bienintencionado. Hay palabras que no pegan una bofetada y, sin embargo, te dejan la cara ardiendo años.

Entendí algo esa mañana. Mi madre no estaba rechazando mi deseo. Estaba negociando con él. Quería una versión reducida, una edición de bolsillo de mí mismo. Algo que pudiera enseñar sin tener que dar explicaciones. No quería perderme. Quería traducirme. Volverme una biografía cómoda. Que yo cupiera en una frase sencilla cuando la vecina preguntara, cuando la prima insistiera, cuando la familia entera, especialista en bodas y entierros, necesitara colocarme en su estantería moral sin mover demasiado el polvo.

Comimos casi en silencio.

Las judías estaban un poco duras. La carne, seca. En la radio sonaba una canción antigua que hablaba de amores imposibles con una solemnidad que hoy ya da algo de risa. Mi madre me preguntó si quería más pan. Le dije que no. Luego me preguntó por el trabajo. Después por la hipoteca. Más tarde por la tos que arrastraba desde enero. El cuerpo, siempre el cuerpo. Como si hablar de bronquios fuera más decente que hablar de besos.

Al irme, me acompañó hasta la puerta.

Allí tuvo un gesto peor que cualquier reproche. Me colocó bien el cuello de la chaqueta, como hacía cuando yo era niño y me mandaba al colegio. Luego me besó en la mejilla.

—Tú piensa lo que te he dicho —susurró—. Todavía estás a tiempo de elegir una vida normal.

Bajé la escalera andando despacio. El ascensor llevaba meses estropeado, como tantas cosas en aquel edificio y en aquella familia. En el rellano del segundo olía a lejía. En el primero, a sofrito. En la calle, a gasolina y a pan recién hecho. Barcelona seguía con su costumbre de mezclar lo sucio y lo tierno en la misma bocanada.

Saqué el móvil. Tenía un mensaje de Pablo, uno de Laura y tres correos del despacho. Los miré un instante y guardé el teléfono sin contestar a nadie.

Mi madre decía “elegir” y yo pensaba en todas las veces que me había partido en dos para que el mundo descansara. El problema no era desear a un hombre y a una mujer. El problema era el peaje. Esa necesidad ajena de que uno se decante, se ordene, se vuelva relato simple. Como si la complejidad fuese un vicio y no una forma de la verdad.

Seguí caminando.

Al pasar por el escaparate de una mercería vi, colgados en fila, carretes de hilo de todos los colores. Rojos, negros, azules, verdes, amarillos. Ninguno le pedía permiso al otro para existir. Ninguno parecía avergonzado de no ser solo una cosa.

Me quedé mirándolos un momento.

Luego sonreí.

Y pensé que quizá mi madre tenía razón en una sola cosa: la vida ya es bastante difícil.

Por eso mismo, a estas alturas, no pensaba seguir facilitándosela a los demás a costa de borrarme yo.

«El secreto del demagogo consiste en parecer tan estúpido como su público, para que este pueda creerse tan inteligente como él.» (Karl Kraus es el autor de la frase que viene que ni pintada para describir a determinad@s polític@s actuales de nuestro País y de Espanya -de los cuales no voy a poner nombre-; y eso que él era checo y nació el 29 de abril de 1874)

Duke Ellington es uno de los pocos cantantes del género jazz que oigo y eso que hoy hubiese cumplido 127 años y hace 52 que cogió el último tren 'A' "vayaustedasaberdonde".

El trajecte que no tornava

Va agafar el tren A perquè algú li havia dit que la felicitat sempre començava amb una lletra. Al vagó hi havia un home adormit, una dona pintant-se els llavis sense mirall i un saxòfon invisible que feia olor de nit acabada.

A cada parada baixava una versió seva: el prudent, el covard, el que encara esperava perdó.

Quan va arribar al final de la línia, no quedava ningú dins seu.

Només música.

I una estranya alegria de no saber tornar.



martes, 28 de abril de 2026

 

DIEZ HORAS SIN ENCHUFE


La luz se fue a las doce y treinta y tres, justo cuando el microondas prometía calentar unas lentejas que ya venían tristes de la nevera.

Primero pensé que era mi casa. Luego el edificio. Luego la calle. Después miré por la ventana y vi los semáforos apagados, los comercios con las persianas a media altura, una señora atrapada en el portal con una bolsa de congelados derritiéndosele en la mano y un repartidor mirando el móvil como quien reza ante un santo que ha perdido cobertura.

—Se ha ido la luz —dijo alguien en la escalera.

Gran diagnóstico. España, Portugal y medio sur de Francia paralizados, y nosotros empezando por lo obvio, como siempre.

En diez minutos dejamos de ser ciudadanos digitales y volvimos a ser vecinos. Bajamos por las escaleras con linternas, velas, mecheros, baterías externas que ya no servían para presumir y esa cara antigua de cuando uno necesita al otro sin haberlo previsto. En el cuarto piso, un hombre joven confesó que no sabía abrir la puerta del garaje manualmente. En el segundo, una niña preguntó si Internet también dormía. Su padre le dijo que sí, que a veces descansaba. Mentir a los hijos sigue siendo una infraestructura crítica.

Las tiendas no podían cobrar con tarjeta. Los bares regalaban hielo antes de que muriera en los cubos. Los ascensores se habían quedado quietos, como si hubieran entendido algo antes que nosotros. En la farmacia hacían cuentas a mano. En una esquina, dos desconocidos dirigían el tráfico con más dignidad que muchos ministros en rueda de prensa.

A media tarde, cuando los móviles empezaron a convertirse en espejos negros, la gente levantó la cabeza. Fue raro. Casi indecente. Nos vimos las caras sin pantalla de por medio. Había ojeras, miedo, sudor, impaciencia. También algo parecido a la calma, pero no quiero exagerar, que seguimos siendo humanos y a la tercera hora ya había quien hablaba de conspiraciones con la autoridad científica de un cuñado con linterna.

Por la noche cenamos pan, queso y fruta. En la mesa puse una vela. Mi mujer dijo:

—Hace años que no cenábamos así.

No supe si lo decía con nostalgia o reproche. A veces son la misma cosa con distinta luz.

Cuando volvió la electricidad, todos aplaudimos un segundo, como si regresara un familiar querido. Luego cada uno corrió a cargar el móvil.

Y entonces entendí que el apagón había durado diez horas.

La oscuridad, bastante más.

«La paz no se improvisa: se organiza.» (Eso creía Tobias Michael Carel Asser nacido el 28 de abril de 1838: hay que organizar la paz mediante instituciones, conferencias, tratados y arbitrajes. Por eso le dieron el Nobel del ramo en 1911. No obstante algo hemos hecho mal organizando la paz)

Robin Schulz es de los que populariza canciones de otr@s; en este caso es de la canción Wawes  del rapero Mr. Probz. Menos mal que lo hizo porque no aparecería en esta sección. Felicidades por ello y por su 39 aniversario de hoy.

La sal que torna

Va deixar-la a la platja amb una frase seca, d’aquelles que no sagnen fins l’endemà. Ella no va plorar. Va mirar el mar, tan exagerat, tan professional fent drama, i va pensar que l’amor s’assemblava massa a les onades: tornava sempre, sí, però cada vegada portava menys promeses i més restes.

Anys després, ell li va escriure.

“Encara penso en tu.”

Ella va somriure, va tastar la sal dels llavis i va respondre:

“Jo també. Però ja no m’ofego.”



lunes, 27 de abril de 2026

 

¿TE PUEDES ENAMORAR EN UNA NOCHE? ®


Mi amiga sostiene que una mujer puede enamorarse en una noche.

Lo dice así, sin pedir permiso, como quien deja el bolso sobre una silla y ya no piensa moverlo. Luego matiza, porque todavía conserva cierta fe en la prudencia y en las resacas emocionales.

—El problema no es enamorarse en una noche —me dijo—. El problema es seguir enamorada al día siguiente.

La encontré en una terraza, a media tarde, con unas gafas de sol demasiado grandes y esa cara que ponen algunas personas cuando han dormido poco, pero no exactamente mal. Tenía la piel despierta. No se me ocurre otra forma de decirlo. Hay días en que una persona parece venir de una discusión, de una enfermedad o de Hacienda. Ella venía de una noche.

—No pongas esa cara —me dijo.

—¿Qué cara?

—La de abogado de divorcios sentimentales.

Levanté las manos. Absolución provisional. Ella pidió vino blanco. Yo café. Cada uno afronta las revelaciones como puede.

Todo empezó, me contó, por culpa del algoritmo. O más bien por cansancio del algoritmo. Llevaba casi una hora sentada en el sofá, pasando títulos en una plataforma sin decidirse por ninguno. Drama nórdico con nieve y secretos familiares. Comedia romántica con gente demasiado guapa para sufrir de verdad. Documental sobre crímenes reales, que es como llaman ahora a dormir mal voluntariamente. Nada.

—Me harté —dijo—. Apagué la tele y salí a la calle. A veces una sale a buscar una película y, si se descuida, se encuentra a sí misma haciendo el ridículo.

Entró en una tienda pequeña de Gràcia, de esas que aún venden libros usados, vinilos, carteles antiguos y películas en DVD para nostálgicos con espacio en las estanterías. Un local estrecho, con luz cálida y olor a papel viejo, madera y polvo limpio. En la pared, un cartel de Casablanca miraba al mundo con esa superioridad moral de las películas que saben que nunca van a envejecer del todo.

Ella hojeaba una caja de películas sin fe. Metía los dedos entre las carátulas como quien remueve recuerdos ajenos. Entonces notó una mirada.

—No fue una mirada de esas de gimnasio, de inventario —me dijo—. No era el repaso barato de quien cree que mirar ya le concede derechos. Era otra cosa. Como si me hubiese reconocido sin conocerme.

Levantó la vista.

El hombre estaba al otro lado de la mesa de saldos, con un libro en una mano y una película en la otra. Tendría cincuenta y tantos, quizá alguno más, pero llevaba la edad con esa tranquilidad que no se compra en las farmacias ni en los gimnasios. Camisa azul, vaqueros oscuros, barba corta, ojos de quien ya no necesita fingir juventud porque conserva algo más peligroso: presencia.

Sonrió.

Ella no bajó la mirada. Tampoco supo qué hacer con ella. Se quedó allí, sosteniéndosela como se sostiene una copa demasiado llena.

—Yo pensaba: ahora me preguntará qué película busco, si me gusta Truffaut, si soy más de Bergman o de Almodóvar, alguna de esas frases que los hombres cultos usan para parecer menos básicos.

—¿Y?

—Nada de eso.

Él se acercó despacio. No invadió. Eso, según mi amiga, fue importante. Se detuvo a una distancia razonable, como si aún existiera la cortesía antes del deseo.

—Perdona —le dijo—, conozco una bodega en la calle de al lado donde sirven un vino que arregla casi cualquier mala elección cinematográfica.

Ella miró la película que tenía en la mano. Una comedia francesa con una pareja sonriendo bajo la lluvia. La dejó de nuevo en la caja.

—¿Y si mi mala elección eres tú? —le preguntó.

Él no se ofendió. Sonrió un poco más, pero sin enseñarse demasiado.

—Entonces al menos no tendrás que verla entera.

Mi amiga me juró que no sabe por qué aceptó. Naturalmente, eso es mentira. Uno siempre sabe por qué acepta algunas invitaciones, aunque luego le ponga al asunto una niebla literaria para no parecer demasiado responsable de su propia hambre.

La bodega era pequeña, con pocas mesas y muchas botellas detrás de la barra. No era uno de esos sitios diseñados para salir en Instagram, gracias a Dios o al mal gusto del propietario. Allí las paredes no suplicaban ser fotografiadas. Tenía algo más raro: verdad. Una luz baja, madera oscura, servilletas de papel grueso y un camarero que no preguntaba cada tres minutos si todo estaba bien, quizá porque sabía que casi nada lo está del todo.

Él se llamaba Eduardo.

O al menos eso dijo.

—Podría haberse llamado Juan, Manuel o incluso Eusebio —me aclaró ella—. Pero aquella noche se llamaba Eduardo y con eso bastaba.

No hablaron de nada importante. Ese fue el primer acierto. Nada de trabajos, exparejas, hijos, hipotecas, terapias, colesterol ni proyectos vitales. La gente estropea demasiado pronto la magia con currículums emocionales. Hablaron de películas que no habían visto, de ciudades en las que habían sido felices sin merecerlo, de canciones que uno escucha de joven y luego reaparecen cuando ya no hay manera de defenderse.

Antes del primer sorbo entero, se besaron.

—¿Así, sin más?

—Sin más no. Con todo.

Me lo dijo bajando la voz, pero sin vergüenza. Se besaron como se besa cuando una ya no espera demasiado de la vida y, de pronto, la vida se presenta sin cita previa, apoyada en una barra, con una copa en la mano. Se besaron con torpeza al principio, con esa torpeza hermosa de los adultos que creen haberlo aprendido todo y descubren que un beso nuevo siempre suspende un poco el examen. Luego ya no. Luego la boca encontró su idioma.

Salieron de la bodega cogidos de la mano.

No hacía frío, pero ella recuerda haberse pegado a él. Recuerda la calle estrecha, las persianas bajadas, el ruido de una moto, una pareja discutiendo en un balcón, el olor a pan caliente de una tienda que preparaba la madrugada. Recuerda que Eduardo le dijo algo al oído. No un piropo de albañil reciclado ni una frase de calendario erótico. Algo sencillo.

—Me gusta cómo miras cuando no quieres que se note.

Eso, según mi amiga, fue peor que cualquier caricia.

En su casa no hubo sorpresa. Quizá porque ella ya había entrado mucho antes de cruzar la puerta. Era un piso ordenado sin estar muerto. Libros en el suelo, una chaqueta en una silla, dos copas sobre una mesa baja, una lámpara encendida junto al sofá. Nada de fotografías familiares a la vista. Nada que reclamara explicación. La casa tuvo la delicadeza de no pedir biografía.

—Me sentí cómoda —dijo—. Como si hubiese estado allí otras veces en una vida que no me había dado tiempo a vivir.

Eduardo puso música baja. Ella no recuerda qué sonaba. Eso me pareció un buen síntoma. Cuando la música importa demasiado en una escena así, suele ser porque falta lo demás.

Se besaron de nuevo en medio del salón. Ya sin la cortesía de la bodega. Ya con esa urgencia adulta que no necesita correr para ser urgente. Él le quitó el abrigo despacio. Ella le desabrochó la camisa con manos menos firmes de lo que habría querido. Se rieron. Esa risa breve salvó la escena de cualquier solemnidad. La pasión, cuando se toma demasiado en serio, acaba pareciéndose a una reunión de vecinos con poca ropa.

—No era un amante joven —me dijo.

—Eso ya lo habías dejado claro.

—No, quiero decir que no tenía esa ansiedad de los hombres que creen que el deseo es una carrera de cien metros y que el cuerpo de una mujer es la meta. Eduardo sabía detenerse.

Ahí estaba el verdadero lujo de la noche. No en el vino, ni en la casa, ni en la seguridad con la que él había jugado desde el principio. Estaba en el tiempo. En cómo administraba la lentitud. En cómo parecía escuchar no solo lo que ella decía, sino lo que su cuerpo iba aceptando, rechazando, pidiendo sin formularlo.

La llevó hasta el dormitorio sin empujarla hacia ningún destino. Ella fue porque quería. Y eso, después de una ruptura larga, mal cerrada, llena de frases pendientes y mensajes que una no debería releer de madrugada, era casi una forma de victoria.

—Me miró como si yo no estuviera rota —dijo.

Se quedó callada. Yo también.

A veces una frase basta para explicar una noche entera.

En la cama no hubo promesas. Por eso fue tan limpio. No limpio en el sentido moral, que es una palabra que ha estropeado demasiadas camas, sino limpio de futuro. No había que demostrar nada. No había que convencer a nadie. No había que fingir juventud, ni inocencia, ni amor eterno, ni indiferencia moderna. Solo dos cuerpos adultos reconociéndose en la penumbra.

Ella habló de sus manos. De la calma con que él le recorría la espalda. De su boca bajando sin prisa. De la manera en que alternaba delicadeza y hambre, como si supiera que el deseo no sube en línea recta, sino en círculos, en oleadas, en pequeños regresos. De cómo la hizo reír en mitad de una caricia porque se golpeó con la mesilla al buscar un preservativo.

—Eso también fue importante —dijo—. Que no pareciera una escena perfecta.

La perfección tiene mala prensa entre quienes han vivido un poco. Cansa. Huele a decorado. En cambio, un tropiezo a tiempo, una risa debajo de las sábanas, una mano que duda, un calcetín que no aparece, devuelven a la pasión su condición humana. Y mi amiga, aquella noche, no necesitaba sentirse diosa. Necesitaba sentirse viva.

Se abandonaron al placer del anonimato. Me gustó esa expresión cuando la dijo, aunque se la discutí.

—No era anonimato —le dije—. Sabías su nombre.

—Eduardo no cuenta.

Tenía razón. Eduardo era menos un nombre que una contraseña. Una puerta abierta durante unas horas. Un hombre concreto y, al mismo tiempo, una excepción. Ella no quería saber más. Ni dónde trabajaba, ni si tenía hijos, ni a quién llamaba cuando estaba enfermo, ni qué manías arrastraba por las mañanas. Sobre todo por las mañanas.

Porque mi amiga, incluso en pleno naufragio de deseo, conservó la cabeza suficiente para no quedarse a dormir.

—¿Te fuiste?

—Sí.

—¿A qué hora?

—No sé. Tarde. O pronto. Esa hora en la que la ciudad parece recién absuelta.

Él le preguntó si quería quedarse. Lo hizo bien. Sin presión. Sin convertir la invitación en una prueba sentimental. Ella le acarició la cara. Me dijo que le gustó la aspereza de la barba en la palma de la mano, esa pequeña lija de realidad después de tanto sueño.

—No —le contestó—. Si me quedo, mañana tendré que desayunar contigo.

—¿Y eso sería tan grave?

—Muchísimo.

Eduardo entendió. O fingió entender, que a veces es la forma más elegante de comprender a alguien.

No se intercambiaron teléfonos. Ni Instagram. Ni correo. Ni una de esas despedidas cobardes que dicen “nos escribimos” para que nadie tenga que reconocer que no volverá a escribir. Ella se vistió despacio. Él la acompañó hasta la puerta. Se besaron una última vez, ya con el cuerpo satisfecho y esa tristeza leve que aparece cuando algo ha sido hermoso precisamente porque se acaba.

—¿Sabes qué fue lo mejor? —me preguntó mi amiga.

—Sorpréndeme.

—Que no me prometió nada.

Bajó sola por la escalera. En la calle, el aire le tocó la cara con una franqueza casi obscena. Caminó hasta casa sin pedir un taxi. Quería notar las piernas. Quería llevarse puesta la noche, no delegarla en un asiento trasero. Pasó junto a la tienda de películas, ya cerrada. En el escaparate, las carátulas seguían allí, ofreciendo vidas ajenas por poco dinero.

Al llegar a casa, no lloró.

Eso fue lo que más la sorprendió.

Dejó las llaves en el recibidor, se quitó los zapatos y fue al baño. Se miró en el espejo. Tenía el pelo revuelto, la boca algo hinchada, una marca leve en el cuello que al día siguiente tendría que disimular con un pañuelo o con esa dignidad que una usa cuando ya no quiere dar explicaciones.

—Me vi distinta —dijo—. No más joven. No más guapa. Distinta.

Luego se metió en la cama, sola, y durmió como hacía meses que no dormía. Sin revisar el móvil. Sin releer mensajes antiguos. Sin imaginar conversaciones imposibles con su ex. Sin preguntarse en qué momento exacto se había roto lo que antes parecía tan firme. Durmió con esa paz indecente de quien ha dejado el dolor fuera de la habitación, aunque solo sea una noche.

—Entonces —le dije—, no te enamoraste de Eduardo.

Ella bebió un poco de vino. Sonrió mirando la copa.

—No.

—¿De quién te enamoraste?

Tardó en contestar.

—De la posibilidad.

Me pareció una respuesta peligrosa y exacta.

Porque quizá eso es lo que pasa algunas noches. No te enamoras de un hombre, ni de una mujer, ni de un nombre dicho junto a una barra. Te enamoras de comprobar que aún puedes arder sin pedir permiso. De descubrir que la piel, esa vieja compañera maltratada por la rutina, todavía sabe abrir ventanas. Te enamoras de una versión de ti que no suplica, no espera, no mendiga explicaciones. Una versión que entra en una tienda buscando una película y acaba encontrando una escena que nadie había escrito.

Mi amiga no volvió a ver a Eduardo.

O eso dice.

Tampoco lo buscó. Conservó su nombre como se conserva una entrada de cine antigua: no para volver al mismo sitio, sino para recordar que una vez estuvimos allí y que, durante un rato, la vida tuvo argumento.

Ahora, cuando la tristeza de su última ruptura amenaza con visitarla, mi amiga no le abre enseguida. Primero se sirve una copa de vino, pone música baja y recuerda aquella calle de madrugada. Recuerda una bodega pequeña, una mano en su espalda, una casa sin preguntas, una despedida sin promesas.

No sé si una persona puede enamorarse en una noche.

Pero sí sé que, a veces, una noche basta para desenamorarse un poco de la tristeza.

«Todo hombre puede reclamar la más plena libertad para ejercer sus facultades, compatible con la posesión de una libertad semejante por parte de los demás.» (O dicho de otro modo: la libertad no es un capricho sino un límite recíproco. Herbert Spencer, autor de la frase, nació el 27 de abril de 1820 y por si no os habíais dado cuenta, fue filósofo)

Kate Pierson que es la que sale junto al grupo R.E.M. en el vídeo cantando y bailando cumple hoy 78 años. Conviene (o no) aclarar que la canción tiene ya sus años.

Somriures amb cremallera

El dia que van ordenar ser feliços, tothom va sortir al carrer amb dents noves i ulleres de sol. Reien davant dels aparadors, abraçaven desconeguts i saludaven les càmeres com si la vida fos un anunci amb pressupost.

Només la Clara va notar el soroll: un clic petit cada vegada que algú somreia.

A la tarda, va trobar una cremallera darrere l’orella del seu marit.

—No l’obris —va dir ell, encara brillant.

Però ella ja havia vist, dins, la tristesa fent hores extres.