EL DESHIELO

La montaña en abril tiene algo de mujer cansada de aguantar tonterías: todavía conserva nieve en las cumbres, pero abajo ya enseña la hierba, la piedra, el barro, la verdad. Nada de postal. Nada de épica. El invierno aún no se ha ido del todo y la primavera tampoco se atreve a entrar del todo. Se vigilan como dos vecinos que se odian desde hace años y comparten rellano.
Yo llegué con mis bastones, mis gafas oscuras y esa dignidad algo teatral que gastamos los hombres cuando queremos que no se nos note la edad. Desde lejos, supongo, parecía uno de esos jubilados que han decidido plantarle cara al calendario a base de caminar. Desde cerca, seguramente también.

Entonces salió la marmota.
Apareció junto a unas rocas, tiesa, seria, con ese aire de funcionaria antigua que tienen algunos animales cuando te miran. No huyó. Tampoco me dio confianza. Se limitó a observarme como si estuviera comprobando si yo pertenecía de verdad a aquel paisaje o solo era otro señor de ciudad jugando a sentirse pequeño entre montañas grandes.
La carretera doblaba despacio, como si tampoco tuviera prisa por llegar a ninguna parte. A un lado, los prados empezaban a sacudirse el frío. Al otro, las cumbres seguían blancas, tercas, hermosas en esa manera un poco cruel que tiene la belleza cuando no necesita gustarte. Más tarde llegué al lago. El agua estaba quieta, sosteniendo el reflejo de las montañas con una delicadeza que ya no se ve en casi nadie.
Me senté un rato.
No pensé en grandes cosas. Ni en la vida. Ni en la muerte. Ni en esas reflexiones que luego quedan estupendas por escrito. Pensé, simplemente, en lo raro que resulta envejecer sin dejar de ser el mismo. El mismo miedo a no llegar. Las mismas ganas de llegar. Solo que ahora las rodillas opinan.
Al volver, la marmota ya no estaba.
Y entendí, no sé por qué, que yo no había subido allí para demostrarme fuerza, ni resistencia, ni juventud, ni ninguna de esas estupideces masculinas que uno arrastra como puede. Había subido para algo más humilde.
Para comprobar que aún me dejaban pasar.
La montaña no me devolvió años.
Me devolvió permiso.
«Soy una persona. Antes de ser
la esposa de un marido, antes de ser la madre de unos hijos, antes de ser la
hija de un padre, soy, ante todo, una persona.» (Na Hye-sok nacida el 18 de
abril de 1896 fue la autora de la frase. Hoy su pensamiento nos puede parecer
obvio pero el entorno donde lo expresó era, cuando menos, difícil para ella y
para todas las mujeres. Eso mismo le repito cada día a mis hijas y a mis nietas
porque aún seguimos igual que en el siglo XIX)
Nathan Sykes cumple hoy 33 años y se pregunta una y otra vez si aún la quería. Si escucháis la canción tendréis la respuesta. Oye y merece la pena escucharla.
La dignitat del timbre
Va tornar a trucar. No per
amor: per costum, que és una forma més barata de tragèdia. Jo ja sabia el so
exacte del seu dit contra el timbre, aquella insistència d’home que confon
recordar amb merèixer. Vaig mirar la porta, després el mirall, i em vaig veure
fent el mateix de sempre: arreglar-me una mica per obrir a qui no pensava
deixar entrar.
Quan vaig obrir, ell va
somriure com si la vida li degués una segona part.
Li vaig dir:
—No. Però gràcies per
confirmar-me, una vegada i una altra, que ja no t’estimo.

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