miércoles, 15 de abril de 2026

 

EMBAJADA EN YUPI


La izquierda española llevaba tanto tiempo buscando la unidad que, cuando por fin la encontró, resultó que estaba a varios años luz de aquí.

No pasó en Vallecas, ni en Lavapiés, ni siquiera en un congreso de esos donde uno entra llamándose compañero y sale llamándose traidor. Pasó en los Mundos de Yupi. Allí, según los sondeos, la coalición progresista no solo ganaba: arrasaba. Mayoría absoluta. Entusiasmo transversal. Alegría galáctica. Hasta los ositos de colores, por lo visto, estaban a favor de una fiscalidad más justa y de una transición ecológica con perspectiva interplanetaria. Aquí no. Aquí seguíamos discutiendo si la coma del punto tres del manifiesto implicaba una humillación histórica a los territorios periféricos o solo una humillación provisional.

La noticia cayó en la sede como caen las desgracias modernas: primero en un grupo de WhatsApp, luego en un tuit, después en una reunión urgente con café malo y caras de funeral. Alguien propuso prudencia. Otro, esperanza. Un tercero, que era experto en perder elecciones con dignidad, sugirió abrir una delegación permanente en el planeta Tacatón. Si aquí no daban los números, habría que buscarlos fuera. Europa ya estaba muy vista. La clase obrera terrestre, por lo que se veía, andaba ocupada sobreviviendo o votando otra cosa. En cambio, en Yupi aún creían en el reparto, en la ternura institucional y en esas palabras antiguas que aquí solo salen ya en los discursos o en las necrológicas.

Se organizó una expedición. Fueron tres portavoces, dos asesores, una socióloga, un experto en narrativa emocional, una persona no binaria encargada de revisar los himnos y un veterano de la lucha que llevaba treinta años diciendo “todavía es posible” con la misma fe con la que otros dicen “mañana dejo de fumar”.

Volvieron destrozados.

No por el viaje. Por la entrevista.

Los recibieron bien, eso sí. Con sonrisas, serpentinas, una banda municipal y un cóctel sin alcohol porque en Yupi la revolución no estaba reñida con el hígado. Pero al sentarse a negociar ocurrió lo de siempre. Los de allí hicieron una sola pregunta:

—¿Y ustedes, exactamente, por qué se pelean tanto si quieren lo mismo?

Se hizo un silencio largo. Un silencio español, que es una cosa densa, administrativa, con olor a reproche viejo.

Uno carraspeó. Otro pidió matizar la pregunta. El tercero culpó a la prensa. El cuarto habló de correlación de fuerzas. El quinto exigió un protocolo de escucha. El sexto pidió primarias.

Al parecer, fue en ese momento cuando los habitantes de Yupi empezaron a votar a la derecha.

«La desdicha no ama cualquier compañía; ama solo la compañía desdichada.» (Esta frase se podría traducir al castizo como: “Dios los cría y ellos se juntan” y además, vale para todo, no solo para l@s desdichad@s. Pero no la dijo alguien de por aquí sino Stanley Schachter nacido el 15 de abril de 1922 en los EE.UU. Hoy día el trabajo no le hubiese faltado en su País: era sicólogo)

Quién hoy esperamos que no sea desdichado es Ed O'Brien que cumple 58 años y es el que le mete decibelios a la banda Radiohead. En el vídeo con su canción debut hace 34 años. 

L’ombra entra primer

Al lavabo del bar em vaig mirar com qui inspecciona una esquerda. La camisa em feia promeses que el cos no podia complir. A fora, tu reies amb aquella naturalitat ofensiva de la gent que no sap el mal que fa. Vaig pensar d’entrar, dir-te alguna cosa brillant, qualsevol mentida amb corbata. Però vaig veure la meva ombra arribant abans que jo, prima, cansada, suplicant perdó per existir. Vaig pagar la copa sense acabar-la i vaig marxar. Alguns amors no fracassen: simplement et deixen en evidència.



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