EMBAJADA
EN YUPI
La izquierda española llevaba
tanto tiempo buscando la unidad que, cuando por fin la encontró, resultó que
estaba a varios años luz de aquí.
No pasó en Vallecas, ni en
Lavapiés, ni siquiera en un congreso de esos donde uno entra llamándose
compañero y sale llamándose traidor. Pasó en los Mundos de Yupi. Allí, según
los sondeos, la coalición progresista no solo ganaba: arrasaba. Mayoría absoluta.
Entusiasmo transversal. Alegría galáctica. Hasta los ositos de colores, por lo
visto, estaban a favor de una fiscalidad más justa y de una transición
ecológica con perspectiva interplanetaria. Aquí no. Aquí seguíamos discutiendo
si la coma del punto tres del manifiesto implicaba una humillación histórica a
los territorios periféricos o solo una humillación provisional.
La noticia cayó en la sede
como caen las desgracias modernas: primero en un grupo de WhatsApp, luego en un
tuit, después en una reunión urgente con café malo y caras de funeral. Alguien
propuso prudencia. Otro, esperanza. Un tercero, que era experto en perder
elecciones con dignidad, sugirió abrir una delegación permanente en el planeta
Tacatón. Si aquí no daban los números, habría que buscarlos fuera. Europa ya
estaba muy vista. La clase obrera terrestre, por lo que se veía, andaba ocupada
sobreviviendo o votando otra cosa. En cambio, en Yupi aún creían en el reparto,
en la ternura institucional y en esas palabras antiguas que aquí solo salen ya
en los discursos o en las necrológicas.
Se organizó una expedición.
Fueron tres portavoces, dos asesores, una socióloga, un experto en narrativa
emocional, una persona no binaria encargada de revisar los himnos y un veterano
de la lucha que llevaba treinta años diciendo “todavía es posible” con la misma
fe con la que otros dicen “mañana dejo de fumar”.
Volvieron destrozados.
No por el viaje. Por la
entrevista.
Los recibieron bien, eso sí.
Con sonrisas, serpentinas, una banda municipal y un cóctel sin alcohol porque
en Yupi la revolución no estaba reñida con el hígado. Pero al sentarse a
negociar ocurrió lo de siempre. Los de allí hicieron una sola pregunta:
—¿Y ustedes, exactamente, por
qué se pelean tanto si quieren lo mismo?
Se hizo un silencio largo. Un
silencio español, que es una cosa densa, administrativa, con olor a reproche
viejo.
Uno carraspeó. Otro pidió
matizar la pregunta. El tercero culpó a la prensa. El cuarto habló de
correlación de fuerzas. El quinto exigió un protocolo de escucha. El sexto
pidió primarias.
Al parecer, fue en ese momento
cuando los habitantes de Yupi empezaron a votar a la derecha.
«La desdicha no ama cualquier
compañía; ama solo la compañía desdichada.» (Esta frase se podría traducir al
castizo como: “Dios los cría y ellos se juntan” y además, vale para todo, no
solo para l@s desdichad@s. Pero no la dijo alguien de por aquí sino Stanley
Schachter nacido el 15 de abril de 1922 en los EE.UU. Hoy día el trabajo no le
hubiese faltado en su País: era sicólogo)
Quién hoy esperamos que no sea desdichado es Ed O'Brien que cumple 58 años y es el que le mete decibelios a la banda Radiohead. En el vídeo con su canción debut hace 34 años.
L’ombra entra primer
Al lavabo del bar em vaig
mirar com qui inspecciona una esquerda. La camisa em feia promeses que el cos
no podia complir. A fora, tu reies amb aquella naturalitat ofensiva de la gent
que no sap el mal que fa. Vaig pensar d’entrar, dir-te alguna cosa brillant,
qualsevol mentida amb corbata. Però vaig veure la meva ombra arribant abans que
jo, prima, cansada, suplicant perdó per existir. Vaig pagar la copa sense
acabar-la i vaig marxar. Alguns amors no fracassen: simplement et deixen en
evidència.

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