LA CASILLA LIMPIA
Mi madre nunca dijo “mejor que
seas una cosa o la otra” el día que le conté que también me habían gustado
hombres. Mi madre no era de frases tan torpes. Mi madre era una mujer de orden.
De las que doblan las bolsas de plástico, guardan los botones sueltos en una
caja de galletas y creen que el mundo funciona mejor cuando cada cosa duerme en
su cajón.
Lo dijo de otra manera.
Fue un domingo, en su cocina,
mientras quitaba las hebras a unas judías verdes con la precisión de quien
desactiva una bomba doméstica. Yo había ido a comer solo. Eso ya la inquietó.
Cuando uno va solo a casa de su madre a partir de cierta edad, las madres
huelen la tragedia o el fracaso sentimental con una facilidad que ni la policía
científica.
—¿Te pasa algo? —preguntó sin
mirarme.
Le dije que no.
Luego le dije que sí.
Y después, como siempre ocurre
con las verdades que llevan años fermentando, empecé por donde no tocaba. Le
hablé de Pablo. Luego de Laura. Luego de que con uno había sentido una cosa y
con la otra otra, pero también la misma. Le hablé mal, atropellándome, como si
el problema no fuese lo que yo era sino mi incapacidad para redactarlo sin
parecer un folleto mal doblado.
Mi madre siguió limpiando
judías.
Eso fue lo peor.
Ni un grito. Ni un plato roto.
Ni un “en esta casa no”. Solo aquel silencio de mujer que ya estaba recolocando
los cubiertos del mundo dentro de su cabeza.
Cuando terminó con las judías,
se secó las manos en el paño de cuadros y dijo:
—Bueno. Ya se te pasará la
confusión.
La palabra cayó sobre la
encimera como una cucharilla sucia.
Yo tenía treinta y nueve años.
Dos trabajos mal pagados en mi historial, una espalda que empezaba a avisar de
la lluvia y varias formas de haberme equivocado en la vida, pero no aquella.
Confusión. Como si yo fuera un adolescente que se había besado a un compañero
de clase por aburrimiento, o por rebeldía, o por una mala tarde de internado
inglés. Confusión. Como si a ciertas edades el deseo siguiera siendo una avería
provisional.
Me senté frente a ella. Había
una fuente con naranjas, el hule un poco levantado en una esquina y esa luz de
las cocinas familiares que no favorece a nadie, pero vuelve verdad cualquier
conversación.
—No es una confusión, mamá.
Ella me miró entonces. No con
desprecio. Casi habría sido más fácil. Me miró con pena. Y la pena, cuando
viene de quien te ha dado de comer, es una forma muy fina de violencia.
—Hijo, yo solo digo que la
vida ya es bastante difícil. No hace falta complicársela más.
Ahí estaba.
No la moral. No el pecado. No
el escándalo.
La comodidad.
La vieja aspiración de pasar
por el mundo sin molestar demasiado. Sin darle trabajo extra al lenguaje de los
demás. Sin obligar a nadie a cambiar la forma de presentarte en una sobremesa.
Yo ya conocía ese argumento.
Lo había oído de amigos supuestamente modernos, de novias con estudios, de un
compañero de despacho que se declaraba “abierto” mientras me explicaba, con la
condescendencia de un funcionario del alma, que yo “al final” acabaría
decantándome. Como si mi vida fuese una encuesta pendiente de cerrar. Como si
amar a más de un sexo te convirtiera en un pasillo y no en una casa.
Mi madre puso agua a hervir.
El metal del grifo, el golpe de la olla, el fuego azul. Todo siguió funcionando
con una normalidad insultante.
—Mira —dijo—, yo no te juzgo.
Pero si al final vas a hacer tu vida con una mujer, mejor. Te será todo más
fácil.
Nunca olvidaré aquel “mejor”.
Tan limpio. Tan doméstico. Tan bienintencionado. Hay palabras que no pegan una
bofetada y, sin embargo, te dejan la cara ardiendo años.
Entendí algo esa mañana. Mi
madre no estaba rechazando mi deseo. Estaba negociando con él. Quería una
versión reducida, una edición de bolsillo de mí mismo. Algo que pudiera enseñar
sin tener que dar explicaciones. No quería perderme. Quería traducirme. Volverme
una biografía cómoda. Que yo cupiera en una frase sencilla cuando la vecina
preguntara, cuando la prima insistiera, cuando la familia entera, especialista
en bodas y entierros, necesitara colocarme en su estantería moral sin mover
demasiado el polvo.
Comimos casi en silencio.
Las judías estaban un poco
duras. La carne, seca. En la radio sonaba una canción antigua que hablaba de
amores imposibles con una solemnidad que hoy ya da algo de risa. Mi madre me
preguntó si quería más pan. Le dije que no. Luego me preguntó por el trabajo.
Después por la hipoteca. Más tarde por la tos que arrastraba desde enero. El
cuerpo, siempre el cuerpo. Como si hablar de bronquios fuera más decente que
hablar de besos.
Al irme, me acompañó hasta la
puerta.
Allí tuvo un gesto peor que
cualquier reproche. Me colocó bien el cuello de la chaqueta, como hacía cuando
yo era niño y me mandaba al colegio. Luego me besó en la mejilla.
—Tú piensa lo que te he dicho
—susurró—. Todavía estás a tiempo de elegir una vida normal.
Bajé la escalera andando
despacio. El ascensor llevaba meses estropeado, como tantas cosas en aquel
edificio y en aquella familia. En el rellano del segundo olía a lejía. En el
primero, a sofrito. En la calle, a gasolina y a pan recién hecho. Barcelona seguía
con su costumbre de mezclar lo sucio y lo tierno en la misma bocanada.
Saqué el móvil. Tenía un
mensaje de Pablo, uno de Laura y tres correos del despacho. Los miré un
instante y guardé el teléfono sin contestar a nadie.
Mi madre decía “elegir” y yo
pensaba en todas las veces que me había partido en dos para que el mundo
descansara. El problema no era desear a un hombre y a una mujer. El problema
era el peaje. Esa necesidad ajena de que uno se decante, se ordene, se vuelva
relato simple. Como si la complejidad fuese un vicio y no una forma de la
verdad.
Seguí caminando.
Al pasar por el escaparate de
una mercería vi, colgados en fila, carretes de hilo de todos los colores.
Rojos, negros, azules, verdes, amarillos. Ninguno le pedía permiso al otro para
existir. Ninguno parecía avergonzado de no ser solo una cosa.
Me quedé mirándolos un
momento.
Luego sonreí.
Y pensé que quizá mi madre
tenía razón en una sola cosa: la vida ya es bastante difícil.
Por eso mismo, a estas
alturas, no pensaba seguir facilitándosela a los demás a costa de borrarme yo.
«El secreto del demagogo
consiste en parecer tan estúpido como su público, para que este pueda creerse
tan inteligente como él.» (Karl Kraus es el autor de la frase que viene que ni
pintada para describir a determinad@s polític@s actuales de nuestro País y de
Espanya -de los cuales no voy a poner nombre-; y eso que él era checo y nació el 29 de abril de 1874)
Duke Ellington es uno de los pocos cantantes del género jazz que oigo y eso que hoy hubiese cumplido 127 años y hace 52 que cogió el último tren 'A' "vayaustedasaberdonde".
El trajecte que no tornava
Va agafar el tren A perquè
algú li havia dit que la felicitat sempre començava amb una lletra. Al vagó hi
havia un home adormit, una dona pintant-se els llavis sense mirall i un saxòfon
invisible que feia olor de nit acabada.
A cada parada baixava una
versió seva: el prudent, el covard, el que encara esperava perdó.
Quan va arribar al final de la
línia, no quedava ningú dins seu.
Només música.
I una estranya alegria de no
saber tornar.

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