viernes, 17 de abril de 2026

 

MÚSICA DE ESPERA


A Julián lo despertó el teléfono a las ocho y tres.

—Buenos días, le llamamos para mejorar sus condiciones.

Julián miró el techo. Vivía solo desde hacía dos años y nadie mejoraba nada en su vida a esas horas. Colgó. Sonó otro. Luego un correo: Última oportunidad. Luego un SMS: Tu cuenta requiere acción inmediata. Luego otro: Oferta exclusiva solo para ti. La exclusividad, pensó, se había vuelto una enfermedad muy contagiosa.

Bajó a la calle con esa sensación de haber perdido ya media mañana sin haber empezado siquiera. En la panadería, mientras esperaba su turno, intentó darse de baja de una suscripción que no recordaba haber contratado. La web le pidió su contraseña. Después le pidió un código. Después le pidió paciencia, que era una forma elegante de pedirle la vida.

—Cancelar es fácil —decía la pantalla.

Julián se rió. Una risa seca, de hombre que ya ha discutido demasiado con máquinas y con personas entrenadas para sonar como máquinas.

Consiguió hablar con una operadora.

—Entiendo su malestar —dijo ella, con una voz tan amable que parecía alquilada por minutos.

—No, no lo entiende —respondió Julián—. Si lo entendiera, me habría dado de baja hace tres menús.

La mujer guardó un silencio profesional, de esos que no pesan sobre quien los cobra.

—Para tramitar la baja debe escuchar las condiciones completas del servicio.

Y empezó una letanía interminable, una misa de cláusulas, excepciones, promociones futuras, ventajas que él no había pedido y penalizaciones por irse de un sitio del que nunca recordó haber entrado.

Julián miró a su alrededor. En la mesa de al lado, un chico discutía con su banco. En la otra, una mujer repetía su dirección por cuarta vez a una compañía eléctrica. En la barra, un anciano golpeaba el móvil con un dedo temblón mientras una voz grabada le prometía que su llamada era muy importante.

Entonces lo vio claro.

No vendían seguros. No vendían tarifas. No vendían alarmas ni paquetes premium ni asesoramiento personalizado. Vendían otra cosa. Vendían el cansancio. Fabricaban desgaste y luego lo cobraban en silencio. Su negocio no era convencerte: era agotarte hasta que dijeras que sí, hasta que olvidaras protestar, hasta que te pareciera más barato pagar que seguir peleando.

Julián colgó.

Se quedó un momento quieto, con el teléfono en la mano, como si sostuviera un animal pequeño y venenoso.

Luego levantó la vista. La ciudad seguía igual: semáforos, escaparates, gente deprisa, repartidores, pantallas encendidas. Todo normal. Todo correcto. Todo un poco podrido.

Pidió otro café que no quería y pensó que el mundo moderno ya no te robaba el dinero de golpe.

Primero te iba quitando el tiempo. Después, con suerte, también la dignidad.

«Sé solo el ‘yo soy’; simplemente sé.» (Esta frase a mi me gusta llevarla siempre encima pero dicha de otra manera: ‘Se tú mismo; los demás puestos ya están ocupados’. El original es de Nisargadatta Maharaj nacido el 17 de abril de 1897 en la India y al que le gustaba mucho el ser el mismo)

Hoy cumple 76 años Miguel Morales Barretto que no es tan popular como sus compañeros Juan Pardo y Junior. Los Brincos marcaron la época de nuestr@s herman@s mayores, nuestr@s padres, abuel@s y nosotr@s mismos... ellos creen que aquella época fue mejor; no estoy de acuerdo. La época presente siempre es mejor: al menos estamos aquí para contarlo.

Quan l’ahir encara servia

Vaig tornar al carrer on ens havíem jurat futur. La botiga de discos era una perruqueria, el bar feia olor de lleixiu i tu, segurament, ja eres una altra. Em va fer gràcia: ens havíem estimat com qui compra un ventilador a l’agost, convençuts que allò salvaria la vida. Vaig mirar l’aparador i m’hi vaig veure sol, més prim de records que de cos. Llavors ho vaig entendre: no era cert que abans tot fos millor. Només érem més ximples, més joves i bastant més valents per mentir-nos.



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