PRESUNCIÓN
DE INOCENCIA

En el Congreso, aquella
mañana, la presunción de inocencia entró por la puerta principal escoltada por
dos ujieres, tres cámaras, cinco asesores y un señor que llevaba la palabra prudencia
doblada en el bolsillo de la americana.
El presidente subió a la
tribuna con gesto grave, de esos que se ensayan frente al espejo hasta que la
gravedad parece una prestación del cargo.
—Todo mi apoyo al expresidente
Zapatero —dijo.
Y la frase cayó sobre los
escaños como una manta limpia sobre una cama sin hacer.
La oposición pidió explicaciones.
El Gobierno pidió respeto.
Los socios pidieron tiempo.
Los periodistas pidieron titulares.
Y el país, que ya había pedido cita previa para entender
algo, recibió un justificante de ausencia institucional.
Zapatero no estaba allí, pero
ocupaba más sitio que muchos presentes. Su nombre flotaba sobre el hemiciclo
con esa ligereza de los asuntos delicados cuando afectan a los propios. Si
hubiera sido otro, quizá habría pesado más. Tal vez habría sonado la palabra
“responsabilidad”. Incluso “dimisión”. Palabras antiguas, casi decorativas,
como los ceniceros de los ministerios.
—La justicia debe actuar
—añadió el presidente.
Lo dijo con tal convicción que
durante unos segundos pareció que la justicia era una señora mayor cruzando
lentamente la calle, mientras todos los partidos le ofrecían el brazo solo si
iba en su dirección.
Desde la tribuna, un diputado
gritó algo sobre regeneración democrática. Nadie le hizo mucho caso. La
regeneración democrática, en España, siempre llega tarde, se equivoca de sala y
acaba tomando café con el imputado, aunque oficialmente solo era una infusión.
Al terminar la sesión, los
portavoces salieron al pasillo.
—Máximo respeto a los
tribunales —dijo uno.
—Confianza absoluta en la
justicia —dijo otro.
—No comentamos procedimientos
abiertos —dijo un tercero, comentándolo durante doce minutos.
Fuera, en la calle, un
jubilado miró la noticia en el móvil y negó con la cabeza.
—Al final son todos inocentes
hasta que prescriben —murmuró.
Y siguió caminando, porque en
este país la indignación también tiene horario: abre por la mañana, cierra para
comer y por la tarde ya no sabe contra quién iba.
«El mundo está hecho de
utopías realizadas. La utopía de hoy es la realidad de mañana.» (Frédéric Passy
autor de la frase fue un optimista. Nacido el 20 de mayo de 1822 y, tal vez por
su optimismo o por otras causas que desconozco, le dieron el Nobel de la paz es
decir, de la utopía en 1901)
Hoy Naturi Naughton cumple 42 años, tantos como la remake de la película y canción del vídeo; los tiempos no han cambiado tanto: solo son otr@s l@s que ocupan los sillones.
La llum no sap aplaudir
Va pujar a l’escenari
convençuda que la fama tindria gust de victòria. Els focus li van mossegar la
cara, el públic va rugir i algú va cridar el seu nom com si fos una ordre.
Ella va somriure. Per fi.
Quan va tornar al camerino, el
mirall encara l’esperava amb aquella mala educació de sempre. Sense música.
Sense pietat.
—Ja està? —li va dir.
I ella, amb el maquillatge desfent-se com una promesa barata, va entendre que l’aplaudiment no abraça. Només fa soroll.
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