PRIORIDAD
NACIONAL TAMBIÉN EN EL CEMENTERIO (I)
El Ayuntamiento de Villanueva del Trámite aprobó
la nueva instrucción un martes, que es el día que suelen escoger las
administraciones para hacer daño con discreción.
La circular se titulaba:
«Protocolo
municipal para la ordenación racional, equitativa y preferente de recursos
funerarios conforme al principio de prioridad nacional»
Puri, encargada del cementerio desde hacía
treinta y dos años, la leyó dos veces. No porque no la entendiera, sino porque
algunas tonterías exigen una segunda lectura para confirmar que no son fiebre.
Estaba sentada en la caseta de la entrada, con
una estufa eléctrica que calentaba más la factura que el cuerpo, una taza de
caldo tibio y una carpeta de entierros pendientes. Fuera, los cipreses parecían
funcionarios antiguos: altos, oscuros y con pocas ganas de moverse.
—Paco —llamó.
Paco el Bajo, que medía casi dos metros y debía
el mote a una broma de juventud que ya nadie recordaba, asomó la cabeza por la
puerta.
—¿Qué pasa?
—Que ahora tenemos prioridad nacional también en
el cementerio.
Paco se limpió las manos en el pantalón.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que antes de enterrar a alguien habrá que ver si
cumple.
—¿Cumple qué?
Puri volvió a mirar el papel.
—Arraigo, vinculación, tradición, compatibilidad
cultural y ausencia de conflicto funerario.
Paco se quedó quieto. Tenía esa clase de silencio
que no nace de la ignorancia, sino de haber visto suficientes entierros como
para saber cuándo los vivos se están poniendo tontos.
—Puri.
—Dime.
—¿La gente muerta puede generar conflicto
funerario?
—La gente muerta no. Sus concejales, sí.
La circular venía firmada por Julián Recio,
concejal de Cementerios, Tradiciones, Identidad Local y Elementos Ornamentales.
En el pueblo lo llamaban “el de Lo Nuestro”, porque decía “lo nuestro” con la
misma frecuencia con que otros dicen “buenos días”. Lo nuestro, la gente
nuestra, las costumbres nuestras, la forma nuestra de hacer las cosas. Nadie
sabía exactamente qué era “lo nuestro”, pero sonaba a algo que exigía
subvención, vigilancia o misa.
La idea se le había ocurrido después de ver en
televisión una tertulia sobre los pactos entre PP y Vox en Extremadura y
Aragón. Allí alguien había pronunciado la expresión “prioridad nacional” con
esa solemnidad con que se dicen las cosas simples para que parezcan profundas.
Julián tomó nota en una servilleta.
“Esto hay que bajarlo al municipio”, escribió.
Y lo bajó tanto que terminó metiéndolo bajo
tierra.
La primera solicitud complicada llegó tres días
después.
Una mujer llamada Samira entró en la oficina del
cementerio con una carpeta azul, un abrigo oscuro y los ojos de quien ha
dormido poco, llorado menos de lo necesario y discutido demasiado con gente que
usaba palabras largas para no decir nada.
—Buenos días. Vengo por el entierro de mi padre.
Puri se quitó las gafas.
—Nombre.
—Yusef Benali.
—Edad.
—Setenta y ocho.
—Vecino.
—Desde 1986.
—Eso aquí ya cuenta como fósil administrativo.
Samira sonrió un poco. No mucho. Lo justo para no
romperse.
—Queremos enterrarlo conforme al rito musulmán.
Puri bajó la vista al impreso. Luego a la
circular. Luego otra vez a Samira.
—Ya.
Ese “ya” tenía dentro media guerra, tres
informes, una rueda de prensa y un secretario municipal con sudores.
—No pedimos nada raro —dijo Samira—. Solo que se
respete el rito. La orientación, la tierra, esas cosas.
—Hija, raro aquí es casi todo. El año pasado un
señor pidió que lo enterráramos con el mando de la tele porque decía que su
mujer no se lo dejaría ni en la otra vida.
Paco, desde fuera, gritó:
—¡Y el mando no funcionaba!
Puri le hizo un gesto para que se callara.
—Mire —dijo Samira, abriendo la carpeta—. Traigo
una sentencia.
Puri levantó una ceja.
—Eso ya es venir preparada.
—Sentencia 332/2026 del Tribunal Superior de
Justicia de Cataluña. Trata de un Ayuntamiento que denegó enterramientos
musulmanes en su cementerio sin justificarlo bien. El tribunal dijo que no
bastaba con alegar problemas técnicos sin informes completos y sin valorar la
libertad religiosa.
Puri cogió el papel con cuidado. A Puri le
gustaban los documentos bien subrayados. Le daban más confianza que los
discursos.
—Esto es Cataluña —dijo, sin mala intención.
—La Constitución también sale de viaje —contestó
Samira.
Puri soltó una risa pequeña, de esas que una
funcionaria prudente deja escapar como quien pierde una moneda.
—Voy a llamar al concejal.
Julián Recio llegó a los ocho minutos, que era su
récord personal cuando había posibilidad de foto, bronca o expediente. Venía
con bufanda, abrigo largo y esa cara de importancia municipal que algunos
hombres se ponen cuando descubren que pueden firmar bandos.
—¿Qué ocurre?
Puri le enseñó la sentencia.
—Una solicitud de enterramiento musulmán. Con
apoyo jurídico.
El concejal miró a Samira con una sonrisa de
catálogo institucional.
—Señora…
—Señorita.
—Señorita, por supuesto. Aquí nadie discrimina a
nadie. Este cementerio es de todos.
—Entonces no habrá problema.
—Precisamente porque es de todos, no puede
adaptarse a cada uno.
—Mi padre fue vecino de este pueblo cuarenta
años.
—No lo discuto.
—Pagó impuestos.
—Como tantos.
—Trabajó aquí.
—Magnífico.
—Murió aquí.
—Eso, desde luego, demuestra compromiso.
Puri tuvo que mirar hacia la ventana.
Samira respiró despacio.
—No queremos trato de favor.
—Claro que no.
—Queremos que se respete nuestra religión.
—Y nosotros respetamos todas las religiones.
—¿Entonces?
—Siempre que no alteren la neutralidad del
cementerio.
—¿Neutralidad significa enterrar a todos como si
fueran católicos no practicantes?
Paco asomó la cabeza otra vez.
—Eso es bastante exacto.
—Paco —dijo Puri.
—Ya me voy.
El concejal carraspeó.
—La cuestión no es religiosa. Es técnica.
Samira señaló la sentencia.
—Eso mismo dijo el otro Ayuntamiento. Y el
tribunal le dijo que lo probara bien.
Julián cogió el papel como quien agarra una
sardina viva.
—Habrá que estudiarlo.
«No preguntamos de qué fe o de
qué raza es alguien. Debe ser un ser humano. Eso basta.» (Nadie diría que la
frase es de un periodista y escritor judío austrohúngaro pero sí, es de Theodor
Herzl, nacido el 2 de mayo de 1860 y fallecido 44 años después; demasiado lejos
de ver a su pueblo en la “tierra prometida”)
Que levanten la mano tod@s aquell@s que hayan dicho el nombre de Arnold George Dorsey sin equivocarse. Seguro que poc@s. Pero serán menos si digo su nombre artístico: Engelbert Humperdinck. Confieso que no he sido capaz pero lo felicitaré, sin mencionarlo, porque hoy cumple 90 años. En la próxima vida le pediré que se ponga un nombre más sencillito.
La clau que pesava
Quan ella va demanar-li que la
deixés anar, ell va buscar una excusa elegant: la pluja, els anys, aquell gat
que no era de ningú. Però ella ja duia la maleta feta dins dels ulls.
—Allibera’m —va dir.
Ell obrí la porta amb una clau
que sempre havia pesat massa.
Ella sortí sense soroll.
Només llavors ell entengué la
cançó: hi ha amors que no marxen quan se’n van, sinó quan deixen de suplicar.

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