sábado, 30 de mayo de 2026

 

RECURSO DE AMPARO CONTRA MÍ MISMO


El día que me denuncié a mí mismo, el juzgado ya estaba abierto.

No me sorprendió. Uno, con los años, aprende que los tribunales importantes no cierran nunca. Ni en agosto. Ni los domingos. Ni siquiera cuando uno se toma una copa de vino y decide, con una solemnidad bastante ridícula, que a partir de mañana será una persona distinta.

El mío estaba en el pecho, justo detrás de una costilla que crujía cuando subía escaleras. Tenía sala de vistas, ujier, fiscal, abogado defensor y un juez con cara de haber nacido cansado. Todos se parecían a mí, lo cual facilitaba mucho los trámites y complicaba bastante la esperanza.

—Se abre la sesión —dijo el juez, golpeando la mesa con una cucharilla de café.

Yo estaba sentado en el banquillo. Llevaba el traje oscuro de las ocasiones importantes: entierros, bodas ajenas y reuniones donde uno sabe que le van a pedir algo que no quiere dar.

—Se acusa al procesado —empezó el fiscal— de haber callado cuando debía hablar, de haber hablado cuando debía callar, de haber querido tarde, de haber perdonado mal y de haber pedido perdón con cara de factura vencida.

El público murmuró.

En la primera fila estaban mis antiguos amores, mis errores administrativos, dos amigos perdidos por orgullo y mi madre, que no decía nada, pero movía la cabeza con esa precisión cruel con la que las madres resumen un expediente entero.

—También se le acusa —añadió el fiscal, relamiéndose— de haberse comparado constantemente con los demás, de haber confundido prudencia con miedo y de haber llamado “carácter” a lo que muchas veces era simple cobardía con chaqueta.

Mi abogado defensor se levantó. Era una versión mía más joven, con pelo, fe y una corbata imposible.

—Protesto, señoría.

—¿Por qué?

—Porque todo eso es verdad, pero contado así parece grave.

El juez se ajustó las gafas.

—La verdad casi siempre parece grave cuando se lee en voz alta.

No pude evitar pensar que aquel juez interior tenía frases buenas. Lástima que las usara siempre contra mí.

El juicio llevaba años celebrándose. A veces se aplazaba por vacaciones, trabajo, cenas familiares o pequeñas distracciones modernas: mirar el móvil, opinar de política, comprar cosas innecesarias por internet. Pero siempre volvía. Bastaba una frase escuchada en la calle, una foto antigua, una canción en un taxi, la mano de alguien que ya no estaba.

Y entonces el tribunal reaparecía con su toga invisible.

—Llamen al primer testigo —ordenó el juez.

Entró Laura.

No era exactamente Laura. Era la Laura que yo recordaba, que no siempre coincidía con la real. Tenía veintinueve años, los ojos encendidos y aquella manera de mirar como si cada silencio fuera una habitación sin ventanas.

—¿Reconoce al acusado?

—Sí —dijo ella—. Era experto en llegar tarde incluso cuando estaba sentado delante.

Hubo risas.

—Objeción —dijo mi abogado—. Eso es una metáfora.

—Se admite —respondió el juez—. Aquí juzgamos principalmente metáforas.

Laura me miró. No había odio. Eso fue lo peor. El odio al menos tiene música de guerra. Lo suyo era otra cosa: una distancia limpia, como una sábana tendida donde ya no queda olor de nadie.

—Yo solo quería que estuviera —dijo.

Bajé la cabeza.

El fiscal sonrió. Había ganado medio juicio con una frase sencilla. Los fiscales interiores son así: no necesitan pruebas, les basta con escoger bien el recuerdo.

Luego declaró mi hijo adolescente, aunque ya tenía treinta y tantos. Declaró mi padre muerto. Declaró aquel socio al que envidié sin admitirlo. Declaró incluso un camarero de Sants que una noche me oyó decir “no pasa nada” con la cara exacta de que pasaba todo.

Mi abogado defensor sudaba.

—Mi cliente no es malo —dijo por fin—. Solo ha estado muchas veces asustado.

El fiscal soltó una carcajada seca.

—Qué bonito. Propongo que sustituyamos el Código Penal por un cojín emocional.

—No estaría mal —murmuró alguien desde el fondo.

Era mi terapeuta. O mi conciencia disfrazada de terapeuta. En aquel tribunal nunca se sabía quién venía contratado y quién venía de serie.

El juez pidió silencio.

—El acusado puede decir la última palabra.

Me levanté. Noté la madera bajo los zapatos, el aire tibio, la garganta llena de expedientes mal cerrados.

Podría haber negado algo. Podría haberme defendido con esa dignidad barata que usamos cuando ya no tenemos argumentos. Podría haber dicho que hice lo que pude, que bastante tenía, que nadie me enseñó, que la vida no trae manual y que, además, algunos manuales los escriben idiotas.

Pero estaba cansado.

Cansado de ganar absoluciones pequeñas y perder la paz entera.

—No pido que me declaren inocente —dije—. Eso sería excesivo, incluso para mí.

El juez levantó una ceja.

—¿Entonces?

—Pido dejar de repetir el juicio.

El fiscal se puso en pie.

—¡Eso es inadmisible! Sin juicio no hay control. Sin culpa este hombre podría empezar a vivir alegremente. Imaginen el precedente.

—Tiene razón —dije—. Sería peligroso.

Alguien en la sala rió. Creo que fui yo, pero no estoy seguro.

—No quiero borrar lo que hice —continué—. Quiero recordarlo sin convertirme cada noche en verdugo de guardia. Quiero escuchar a los testigos, sí. Pero no dejar que vivan en mi casa, coman de mi nevera y me cambien el canal de la televisión.

Mi abogado defensor me miró como si por fin hubiera encontrado cliente.

El juez permaneció callado. Después tomó la cucharilla y la dejó sobre la mesa con cuidado. No golpeó. Solo la dejó. Y ese sonido mínimo, casi doméstico, fue más solemne que cualquier sentencia.

—Este tribunal —dijo— no puede absolverle.

Asentí. Lo esperaba.

—Pero puede jubilarse.

El fiscal palideció.

—Señoría…

—Cállese. Lleva demasiado tiempo hablando.

El público empezó a desvanecerse. Laura fue la última en irse. Antes de desaparecer, me sonrió apenas. No como quien perdona. Más bien como quien deja de esperar una explicación.

Cuando abrí los ojos, estaba en mi cocina. Eran las seis y media de la mañana. La ciudad empezaba a fingir que sabía adónde iba.

En la mesa había una hoja doblada.

La abrí.

No decía “inocente”.

Tampoco decía “culpable”.

Solo ponía:

Visto para vivir.

«La verdadera vida es reflexión sobre sí misma.» ( Para Giovanni Gentile nacido el 30 de mayo de 1874 vivir no sería solo actuar, sino saberse actuando. GG era el principal ideólogo del fascismo. Por ese motivo lo asesinaron los comunistas el 15 abril de1944)

Cuando una canción me  gusta no hay aniversario ni deceso que se abra paso en estas páginas. Hoy me tropecé con Brian May (Queen) y su "Too Much Love Will Kill You" (Demasiado amor te matará). Preciosa.


L’excés

Va estimar tres vides alhora: la que tenia, la que havia promès i la que encara li feia tremolar les mans.

Cada nit repartia el cor com qui talla pa sec: una engruna per a la culpa, una altra per al desig, l’última per fingir que tot era normal.

Quan finalment va triar, ja no quedava ningú a l’altra banda.

Només ell, amb tant d’amor dins, que no li cabia ni la respiració.

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