EL MURO QUE CAYÓ UN 9 DE NOVIEMBRE DE 1989

Lo primero que cayó no fue el muro: fue la vergüenza de pedir permiso para vivir.
A las seis y pico, el noticiario sonaba con ese alemán de oficina que a mi madre le daba confianza—“si lo dice con papeles, será verdad”—y a mí me entró un cosquilleo en la nuca. “Apertura… inmediata… viajes privados a Occidente.” La radio siseaba como si tuviera miedo de sí misma. Mi madre dejó el cuchillo encima de la tabla con un golpe seco, como firmando algo: “No salgas. Espera a que lo confirmen.” Yo le besé la frente y agarré el abrigo. La espera llevaba años.
En la escalera, el vecino del tercero, Herr Vogel, fumaba sin manos, solo con la boca encaramada al cigarro.
—¿A dónde vas, chico?
—A clase —dije.
—¿Qué enseñan ahora?
—Cómo no quedarse quieto.
En Bornholmer Straße las bicicletas parecían tiburones rodeando una presa de hormigón. Había de todo: una pareja con un bebé envuelto hasta los ojos, una señora con un ramo de claveles que parecían soldados formados, dos estudiantes que habían traído una escalera de pintor “por si acaso”. El frío no perdonaba, pero el aire olía a metal recién lamido y a pan. Un pan raro, como si la ciudad estuviera horneando algo grande detrás de las fachadas.
—Dicen que abren —me dijo un chico con gorro de lana que yo conocía de vista del mercado.
—Dicen tantas cosas —respondí.
—Hoy lo dicen diferente.
Tenía razón. Las palabras venían sin las habituales comillas de sospecha. En la garita, un joven de uniforme, mejillas rojas, miraba un papel y luego miraba el mundo. Daba vueltas a una llave que no encajaba en ninguna cerradura visible.
—¿Abrís? —le pregunté.
—No lo sé. Me lo han dicho, pero no lo han dicho como hay que decirlo.
—¿Y cómo hay que decirlo?
—Con alguien por encima que lo diga por mí.
Nos quedamos los dos mirando la nada en dirección a Occidente, como si la nada fuera un funcionario con sello. A nuestras espaldas, la gente empujaba con educación. Alemania Oriental era capaz de empujar con educación.
A las siete y algo, alguien trepó a un bloque de hormigón y gritó que en la tele habían vuelto a decirlo; esta vez sin aclaraciones, sin horarios, sin condiciones. Empezaron a chillar tres palabras que no recuerdo; recuerdo el tono, que era una mezcla de concurso televisivo y funeral alegre. El joven del uniforme dobló el papel con cuidado, como se doblan las cartas de amor aunque no digan nada, y respiró hondo.
—Pasad de uno en uno —dijo, y la multitud obedeció como si aquí ser ordenados hubiera sido siempre parte del trato.
Cuando me tocó, me miró los ojos más que los papeles.
—¿Nombre?
—Jakob.
—¿Miedo?
—Mucho.
—Pasa.
El crujido de la barrera fue un sonido humilde, de bisagra cansada. No hubo trompetas. Hubo botas sobre grava, ruedas que chirriaban, niños que reían como si se hubieran comprado un juguete enorme por fin. Al otro lado, varios occidentales aplaudían, y yo sentí vergüenza de que nos aplaudieran por llegar tarde a nuestra propia vida.
Una mujer rubia con un abrigo que sabía a perfume —sí, sabía: a naranja amarga— me puso una copa de plástico en la mano.
—Welcome!
—Danke.
—You are free.
—Estoy aprendiendo —le respondí en mi alemán más doméstico—. No me corrija todavía.
Brindamos. La espuma picó en la lengua con un descaro que me mareó. Nunca había probado una burla tan deliciosa a la autoridad: el primer sorbo de una bebida que no se pedía con la cabeza gacha. Mis dedos temblaron, no por el alcohol, sino por esa certeza nueva de que la calle había cambiado de idioma sin pedir permiso.
Volví a cruzar para buscar a mi madre. La encontré en la ventana, con el cuchillo aún en la tabla, inmóvil como si cualquier gesto pudiese espantar la buena noticia.
—Ven —le dije—. No hace falta fregar antes.
Bajamos despacio. Ella apretaba el bolso contra el pecho como quien protege un pájaro. En Bornholmer, el guardia de mejillas rojas tenía ahora la voz ronca de tanto repetir “pasad, pasad”.
—¿Es usted la madre? —me preguntó, casi sonriendo.
—La que me enseñó a esperar sin rendirme —respondí.
—Entonces pase sin enseñar nada.
Caminamos los tres pasos que apartaban una vida de otra. Mi madre, que nunca decía palabrotas, murmuró “joder” al pisar el otro lado. Fue la oración más sincera de su biografía.
Alguien sacó un martillo y otro alguien una guitarra. Se alternaron, como si ambos fueran herramientas homologadas para jornadas históricas. La gente empezó a morder el muro a golpes: saltaban esquirlas pálidas que sabían a tiza y a polvo de escuela vieja. Un niño recogió un trozo y lo chupó, experimentando:
—Sabe a nada.
—Eso es —le dije—. A nada es el sabor de algo que no debería haber tenido sabor nunca.
A mi izquierda, un hombre mayor apoyó la frente en la pared, sin golpear. Lloraba sin ruido, como lloran los que han esperado demasiado.
—¿Golpea usted? —le ofrecí el martillo.
—Prefiero memorizarla —susurró—. Para no volver a construirla con otras manos.
Nos miramos un segundo como si nos reconociéramos de otra guerra. Yo también tomé un fragmento, del tamaño de un jabón. Imaginé que me lavaba con él los restos de obediencia.
—Jakob —dijo mi madre—, mira.
Un perro se había subido al lomo del muro y avanzaba torpe, aclamado como un funambulista. Ladró hacia el oeste y después hacia el este, imparcial. La gente se rió con esa risa tonta y limpia que aparece cuando la historia por fin nos da permiso para ser ridículos.
En medio de la fiesta, se me acercó el guardia. Se había quitado la gorra; el pelo le hacía remolinos de niño.
—Mi novia está en Potsdam —dijo—. Siempre me dijo que, cuando esto pasara, me pediría matrimonio ella a mí, para invertir por una vez el protocolo.
—¿Y ahora?
—No sé si me atrevo a que me manden en eso también.
Le puse el fragmento de muro en la mano.
—Llévale un anillo cuadrado. Dile que se lo cambias por una vida menos simétrica.
—Tú hablas raro.
—Hoy todos hablamos raro.
De madrugada, los bares estaban desbordados y los trenes eran un chiste que hacía horas que había perdido el ritmo. Caminamos hasta la Puerta de Brandeburgo porque a las promesas hay que darles una postal. No teníamos cámara. Nos contentamos con la memoria, que a esa hora se comportaba como una película con grano. Alguien gritó algo sobre Schabowski; otro respondió algo sobre el Politburó; a mí me daba igual el reparto, lo que me importaba era que el telón por fin había subido.
Antes de volver, atravesamos de nuevo a nuestro barrio. En la cocina, el cuchillo seguía en la tabla. Mi madre lo guardó, como si acabar por fin el corte coincidiera con el acto de cerrar un capítulo. Se sentó, me miró con esos ojos que siempre habían sido más occidentales que todo el mapa, y dijo:
—Mañana iremos a mirar escaparates. Sin comprar nada, para ir acostumbrándonos.
—Mañana es hoy, mamá.
Me tumbé con el abrigo puesto. En la calle aún sonaban golpes, música, voces que no necesitaban susurrarse. Pensé en Vogel, en el chico de la escalera de pintor, en el guardia con su novia que trastocaría el protocolo, en el perro imparcial. Pensé, sobre todo, en la cantidad de paredes que nos habíamos tragado por dentro, años y años, sin siquiera eructar.
El muro, al final, era alto y ancho y de hormigón armado, sí. Pero la primera grieta había sido minúscula y doméstica: una frase leída en voz alta sin pedir permiso, un “pasa” pronunciado sin firma, un “joder” de mi madre convertida en turista de su propia libertad. Ese fue mi curso intensivo de demolición: descubrir que los ladrillos grandes se tumban con herramientas y paciencia, pero los ladrillos invisibles—los que uno instala por miedo, por costumbre, por educación impecable—se caen cuando alguien, aunque solo sea uno mismo, se atreve a cruzarlos sin mirar atrás.
Aquella noche del 9 de noviembre de 1989 aprendí a usar las manos, sí, pero aprendí sobre todo a abrirlas. Y entendí, por fin, que el verdadero muro no estaba en Berlín: lo llevaba yo, bien barrido y sin grafitis, justo detrás de los incisivos.
«Que el Govern deixi votar els catalans i no aixequi murs per silenciar la seva veu… Catalunya prefereix governar-se que ser governada.» (Esta frase fue pronunciada por Artur Mas en referencia al referéndum de autodeterminación que su “Govern” organizó el 9 de noviembre de 2014… con el resultado que tod@s sabemos. No preocuparos: todos los muros caen)
Hoy hubiese cumplido 89 años pero se quedó en 72. Afortunadamente nos dejó la canción del vídeo para que pudiese cantarla a mis hijas y hoy a mis nietas. Bueno yo no, pero su madre y padrina, si.
Postals de Honalee
Quan vaig créixer, vaig plegar el paper d’escata verda i el vaig oblidar al calaix. Puff m’esperava al moll, amb ulls de fum i paciència d’avi. “Tornaràs?”, li vaig dir amb la veu d’un nen extingit. Ell va alçar l’ala: els dracs s’alimenten de promeses. Anys després vaig obrir el calaix: olor de sal i goma d’esborrar. Vaig córrer fins a la platja. La boira tenia dents suaus. Un cap immens va emergir, somrient. “T’has fet gran”, va dir. “I tu?”, vaig preguntar. “Jo sempre tinc set d’imaginar-te”.
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