viernes, 7 de noviembre de 2025

 LA PAUSA

El olor a café quemado flotaba como un resto de pólvora. En la encimera, dos tazas vacías marcaban territorio: la suya con el borde manchado de carmín, la de él con una grieta en el asa, invisible hasta esa mañana. El aire, espeso, parecía una piel que ninguno quería volver a tocar.

Él respiraba por la nariz, contando segundos como si fueran piezas de porcelana; ella pasaba el dedo por el borde del mármol, buscando una línea que no terminara en corte. Afuera, el tráfico se movía con la indiferencia exacta de quien no ha discutido en toda la noche.

El reloj del microondas marcaba las 10:14. Ese número, pensó él, no significaba nada. Y, sin embargo, cada minuto desde el grito seguía pesando.

—No era para tanto —dijo al fin, sin mirarla.

Ella giró la cabeza, lenta, como si esa frase tuviera textura y necesitara palparla antes de responder.

—Entonces dilo bien —respondió—. No lo era… para ti.

El silencio posterior olía a tostadas frías. Él quiso decir algo más, algo redondo, pero las palabras se le apelotonaron en la garganta, incapaces de formar un ejército coherente. Había aprendido que el amor no se pierde de golpe, se desordena: primero las frases, luego los gestos.

Se acercó al fregadero, abrió el grifo y dejó correr el agua. Un truco viejo: el ruido le ayudaba a pensar.

—Vale —dijo—. Fue culpa mía.

Ella no contestó. Solo apoyó las manos en la mesa, notando cómo la madera guardaba el calor de la pelea. La rabia seguía viva, pequeña, pero viva, como una brasa debajo de la lengua.

—Eso no es una disculpa —murmuró.

Él la miró por primera vez. Y entendió.

El rostro de ella seguía hermoso incluso con la luz torcida del enfado. No había lágrimas, solo ese brillo húmedo de quien aún no se permite ceder.

—Perdón —dijo entonces, simple, sin envoltorios.

Esa palabra, tan corta, cayó entre los dos como una piedra en el agua: primero el impacto, luego las ondas, luego el silencio más puro del fondo.

Ella asintió apenas. Fue a por un paño, limpió la encimera y le ofreció una esquina.

—Sécalo tú —le dijo.

Y en ese gesto mínimo, compartido, volvió el lenguaje secreto que tenían: la coreografía de los días buenos, los códigos invisibles del amor doméstico. Él tomó el paño con cuidado, rozando sus dedos. Un chispazo leve, reconocible.

Ella sonrió, un poco.

—Tenemos que hablar sin hacer daño —susurró—. Como adultos.

—O como náufragos —respondió él.

Se rieron. Muy poco, pero lo suficiente.

Luego, ella abrió la nevera y sacó el tarro de mermelada que habían comprado juntos en Lisboa. Lo dejó sobre la mesa, sin decir nada. Él entendió la invitación: el ritual del desayuno era su tregua tácita. Abrió el pan, untó la mermelada y le pasó una tostada. Ella mordió despacio, con la calma de quien prueba otra vez el idioma del otro.

Durante unos segundos, todo pareció reparado. La luz entraba limpia por la ventana, el olor del café había desaparecido, y el sonido del pan crujía como una promesa posible.

Hasta que ella, sin mirar, dijo:

—Por cierto, ya borré tu contacto. Te tengo guardado como “Revisión de gas”.

Él la miró, sorprendido, con un trozo de pan a medio camino.

—¿Cómo dices?

Ella encogió los hombros, saboreando la mermelada.

—Por si acaso. Nunca se sabe cuándo volverás a explotar.

Él sonrió con un filo de ironía, masticando despacio.

El verdadero amor, pensó, no siempre necesita razón… pero siempre conserva pruebas.

«El hombre que te insulta no insulta más que la idea que tiene de ti; es decir, a sí mismo.» (Auguste Villiers de L'Isle-Adam, a pesar de tener ese nombre tan largo y poético, escribió mucho y bien. No le dio para merecer el Nobel de Literatura porque, entre otras cosas, nació el 7 de noviembre de 1838 y no llegó a su invención)

Aunque uno de los del vídeo hoy cumple la edad de jubilación con 38 años y medio de cotización, claro, el que canta no se jubilará tal vez porque no encontró una razón para vivir más. La verdad es que se había hecho un hartón.

Motiu escrit a la mà

Quan vas marxar, vaig plegar la roba i la llum. Va quedar una ciutat mínima dins del calaix: tiquets, claus sense porta, sorra d’un estiu que ja no respira. Vaig baixar al carrer amb la butxaca buida i el cor com una farmàcia de guàrdia. A l’aparador d’una llibreria, un post-it groc de mostra: “Recorda beure aigua”. Vaig riure sol. El vaig copiar a la pell, però hi vaig afegir el teu nom. Ara cada glop m’ensenya a tornar. No és fe: és hàbit. I l’hàbit, avui, em manté viu.


 

 

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