EL NOBEL DE LA VERGÜENZA

En el salón ovalado había un silencio de esos que cuestan dinero.
María Corina entró con una cajita pequeña, como quien trae una joya familiar o un antibiótico caro. P. D. Trump la miró con esa cara de subasta: “¿Qué hay en la caja y cuánto me sube el ego?”
—Es… un símbolo —dijo ella, midiendo cada sílaba como si fueran sanciones.
P. D. Trump abrió. Brilló la medalla. Brilló más que la diplomacia. Brilló como brillan las cosas que no arreglan un país, pero arreglan una foto.
—¡Oh! —exclamó él—. ¡Un premio! ¿Es mío?
—No exactamente. Es de la Paz.
P. D. Trump sonrió, encantado con la palabra, porque “paz” suena a contrato y a selfie. Se la puso en la palma de la mano, la sopesó como si fuera un lingote.
—La Paz… —repitió—. Me encanta. ¿Tiene devolución?
María Corina tragó saliva. En la esquina, un asesor anotaba: La historia se escribe con tinta, pero se firma con vanidad.
—Esto… abre puertas —insistió ella, como quien intenta vender esperanza en tamaño bolsillo.
P.D. Trump giró la medalla entre los dedos, fascinado. Por un segundo pareció escuchar el mundo, pero solo era el sonido del oro pidiendo cámara.
—Mira qué cosa —dijo—. Qué ligera. ¿Y con esto… Venezuela se arregla?
—Con esto usted… se interesa —respondió ella, que ya no negociaba un país: negociaba atención.
P.D. Trump asintió con gravedad de notario.
—Me gusta tu estilo. Es el estilo correcto: vienes, entregas, yo existo. Perfecto.
Y entonces, con la naturalidad de quien firma un menú, añadió:
—Ahora cuéntame: ¿qué quieres exactamente? Y por favor, dilo rápido. La Paz me distrae.
María Corina sonrió. Sonrió como sonríe la gente cuando sabe que la dignidad es un lujo… y la urgencia, un impuesto.
—Quiero futuro.
P.D. Trump se quedó mirando la medalla, como si el futuro estuviera grabado en el reverso.
—Eso cuesta más —dijo al fin—. Pero podemos hablar. Me caes bien. Sobre todo tu cajita.
Y así, en el país donde todo se decide a golpes de historia, aquel día se decidió con una cajita y un hombre feliz de sentirse, por fin, premiado por algo.
Aunque fuera por sostenerlo.
«La necesidad más profunda es que falta, en todas partes, la conciencia de esa necesidad.» (Camilla Collett combativa escritora noruega, nació el 23 de enero de 1813. Y es cierto lo que dijo en esa frase: nos necesitamos l@s un@s a l@s otr@s y no es que nos falte conciencia, nos falta humildad)
Narcís Bonet hubiese cumplido hoy 93 años pero se fue a la habitación de al lado a los 85; una de sus últimas voluntades fue que en vez de que la gente enviase flores a su funeral entregase el dinero a los represaliados y exiliados catalanes.
Corona d’absència
Jo porto el teu pensament com qui amaga una clau sota la llengua. A fora, la gent somriu, compra pa, discuteix per bestieses; ningú sospita que camino amb una corona invisible que em fa ombra i llum alhora. Quan em miro al vidre del metro, no hi surto sencer: hi surts tu, fent-me de marge. I el pit em fa aquell soroll discret de porta que no s’acaba de tancar. No et dic res. Però tot el món se n’adona.
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