LA DESCONFIANZA NO TIENE MURO DE CONTENCIÓN
Hay una forma muy concreta de romper un país: no hace falta un golpe, ni un apagón total, ni una catástrofe única. Basta con convertir lo cotidiano en una ruleta. Que subir a un tren deje de ser un gesto automático y pase a ser un acto de fe.
Este fin de semana la fe se ha llenado de cadáveres. Y, con ellos, de un miedo antiguo que vuelve rápido: el miedo a que lo “normal” ya no sea seguro. En Adamuz (Córdoba), donde ha habido 45 muertos hasta el momento, la investigación intenta recomponer un rompecabezas de segundos en los que pasa “todo”, y el propio ministro, el de los tuits ingeniosos, insiste en que es pronto para conclusiones cerradas. En Gelida (Barcelona), un muro cayó sobre la vía en pleno temporal y acabó con la vida de un maquinista en prácticas; allí la lluvia deja de ser paisaje y se convierte en excusa, y eso también irrita: porque la meteorología puede explicar el desencadenante, pero no responde a la pregunta de siempre —¿estaba todo preparado para que ese desencadenante no matara?
La desesperanza nace cuando las palabras oficiales no aterrizan en la experiencia real de la gente. Cuando te dicen “no ha sido por falta de mantenimiento, controles u obsolescencia” y, sin embargo, llevas meses —años— viviendo retrasos, averías, cortes, información contradictoria, cambios improvisados y estaciones convertidas en salas de espera sin relato. La desesperanza no es solo tristeza: es esa conclusión íntima y silenciosa de que nadie va a hacerse cargo, de que todo se resolverá con una rueda de prensa, un cambio de competencias "fake" y un “no especulen”.
Y la desconfianza es aún peor, porque se pega al cuerpo. El maquinista mira la señal y, por debajo de la señal, oye el runrún: “¿y si hoy toca?”. El usuario mira el panel de salidas y ya no lee horarios: lee promesas. Y las promesas, cuando fallan muchas veces, se convierten en una forma de burla.
Hay además algo especialmente corrosivo en atribuir el conflicto al estado de ánimo del colectivo que acaba de perder a dos compañeros. No porque el dolor no exista —claro que existe—, sino porque usarlo como explicación principal suena a desvío: como si el duelo fuese el problema y no el síntoma. Esa lectura ya la ha verbalizado el ministro, el que ha dejado de hacer tuits ingeniosos, al relacionar el anuncio de huelga con el impacto emocional. El resultado, humanamente comprensible, políticamente torpe y mezquino: se instala la idea de que el que protesta lo hace “afectado”, y que por tanto su denuncia vale menos.
Mientras tanto, desde sindicatos y organizaciones de usuarios se vuelve a señalar lo mismo: falta de inversión, mantenimiento insuficiente, una degradación que no siempre sale en la estadística pero sí en la piel. Y cuando dos narrativas chocan —la institucional y la vivida— la gente no se queda “neutral”: se queda sola. Porque la soledad moderna no es no tener a nadie; es no tener a quién creer.
Lo más trágico es que la confianza es infraestructura también. Sin confianza, el sistema ferroviario no es solo raíles, catenaria y protocolos: es un escenario de sospecha permanente. Los trabajadores sienten que se les pide heroísmo con herramientas discutibles. Los usuarios sienten que se les pide paciencia como estilo de vida. Y el Estado, si responde con negación automática o con explicaciones que suenan a coartada (la lluvia, el clima, el ánimo), siembra justo lo contrario de lo que necesita: cooperación.
La esperanza no se fabrica con mensajes tranquilizadores. Se reconstruye con tres cosas muy simples y muy difíciles: verdad, aunque sea incómoda; responsabilidad, aunque duela políticamente; plan, aunque cueste dinero y exija priorizar. Y con una cuarta, que casi nunca se menciona: respeto. Respeto al que conduce un tren y al que lo coge. Respeto a la inteligencia de quien vive el caos y ya distingue perfectamente entre un accidente, una cadena de negligencias pequeñas y una campaña política.
Porque cuando la gente deja de fiarse del tren, no solo cambia de transporte. Cambia de país. Interiormente. Y eso —la migración íntima hacia la desconfianza— tarda muchísimo más en repararse que un muro caído.
“No es la verdad que alguien la posea (o crea poseer), sino el esfuerzo sincero por alcanzarla, lo que da valor al ser humano.” (Gotthold Ephraim Lessing filósofo polemista –he escrito polemista no podemista- nacido el 22 de enero de 1729 en Alemania, ya intuía que el mundo se estaba llenando de seres humanos sin valor)
Y el que va creciendo es Steven Adler más conocido por ser el batería de Guns N'Roses. Hoy cumple 61 años y sus compañeros de banda le lanzarán serpentinas y confetis... de colores.
Serpentina a la gola
Quan entres, el bar s’afanya: la llum es torna goma d’esborrar, i les cares —tan adultes— fan veure que no t’han vist. Tens aquell somriure que em desmunta la veu, com una guitarra massa alta. Em dius “hola” i jo, que sóc especialista en fer-me el dur, noto el sucre cremant-me a la llengua. A fora plou i fa olor d’asfalt recent; a dins, el teu riure pica al vidre. I jo penso: quina trampa més dolça, això de créixer i continuar sent meu.

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