CUANDO POR FIN CALLA EL MUNDO
Hay
días en los que me sorprendo negociando conmigo mismo como si fuera un país
extranjero: “cinco minutos más”, “solo miro esto”, “después empiezo”. Y lo
curioso no es que me pase; lo curioso es que me creo mis propias excusas con
una facilidad que asusta.
Por
eso me fascina esa idea de 1925: alguien se tomó tan en serio la
procrastinación que diseñó un casco para aislarte del mundo. Un artefacto que
reduce el campo de visión, amortigua el ruido y te deja a solas con la tarea… y
con tu cabeza. Casi una confesión tecnológica: no confío en mí, así que me pongo una armadura contra mí
mismo.
Pero
ahí está la trampa. Pensamos que lo que nos distrae viene de fuera: la gente,
el móvil, el ruido, el mundo que insiste. Y sí, claro que influye. Pero cuando
el silencio llega, cuando por fin no hay nada que mirar ni escuchar, aparece lo
que de verdad pesa: el miedo a hacerlo mal, el cansancio, la pereza que no es
pereza sino saturación, la ansiedad disfrazada de “no pasa nada si lo dejo para
luego”.
El
casco promete foco, pero también revela algo incómodo: aislarse no siempre es
concentrarse; a veces es solo quedarse encerrado con lo que uno estaba
evitando. Y entonces entiendo por qué muchas “soluciones definitivas” duran lo
que dura el entusiasmo: porque no atacan el núcleo, solo le ponen una tapadera.
Así
que, cuando me descubro postergando, intento cambiar la pregunta. No “¿qué me
distrae?”, sino “¿qué emoción estoy tratando de no sentir?”. Y desde ahí, el
foco deja de ser una disciplina militar y se vuelve una cosa más humana: hacer
sitio, bajar el ruido lo justo, empezar pequeño… y aceptar que, a veces, el
verdadero aislamiento no es del mundo, sino de la excusa.
«¿Por
qué soy exactamente este ser y no otro? ¿En este punto del espacio ilimitado y
en este instante del tiempo infinito? ¿En este grupo de seres, en este planeta?
¿Por qué existo, si podría haber no existido?» (No hace falta explicar que Stanisław
Ignacy Witkiewicz nacido el 24 de febrero de 1885 era filósofo; por su frase lo
conoceréis. No contento con eso también se dedicó a la pintura, la fotografía,
a la novela, a la dramaturgia y ser teórico del arte. Tal vez fue su afán por
responderse a sus preguntas lo que le hizo dedicarse a todo eso)
Michel Legrand tenía 10 años en el verano del 42 (del siglo pasado) Much@s de nosotr@s ni habíamos nacido pero, ese verano, nos produce una nostalgía como si hubiésemos vivido en él.
El
que sap l’estiu
A la
platja, el vent fa d’advocat: repassa proves invisibles sobre la pell. Ell té
catorze anys i un cor que encara no sap mentir. Ella fuma com si el fum pogués
tapar una carta que encara no ha arribat.
Quan
ballen a la cuina, el terra cruix com un secret vell. Ell aprèn el pes d’un cos
trist, la calor d’una dona que no és promesa, només naufragi.
L’endemà,
el mar torna a ser mar. Però l’estiu, ja ho sap: el primer tacte no s’oblida
mai.

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