lunes, 23 de febrero de 2026

 

SOMBRAS


Las sombras no vienen a estropear la fiesta. Vienen a recordar que hay un cuerpo frente a la luz.

Nos enseñaron a perseguir la claridad como si fuera una absolución: más luz, menos grietas, cero rincones. Pero la luz no perdona; la luz señala. Y, cuando aprieta, la sombra se vuelve nítida, casi orgullosa, como un trazo de carbón sobre una pared recién pintada.

La sombra te acompaña porque tú existes. Porque ocupas sitio. Porque no eres aire. Caminas y ella camina, pegada a tus tobillos, a tu nuca, a esa zona del pecho donde guardas lo que no te atreves a decir en voz alta. Hay días en que querrías despegarte de ella, dejarla atrás como se deja un abrigo pesado al entrar en casa. Pero la sombra no se deja: no es un objeto, es un resultado.

Cuanto más intensa es la luz, más se nota el relieve de lo que ilumina. La alegría, cuando es de verdad, proyecta su propio contrapeso. Un amor que te despierta dibuja también el miedo a perder. Un logro, con su aplauso, enciende el inventario de renuncias. Y ahí aparece la sombra, más grande, no como amenaza, sino como prueba: hay algo valioso ardiendo.

Confundimos sombra con defecto. Con mancha. Con culpa. Y la sombra, a menudo, es solo el sitio donde la vida no posa para la foto. Ese margen que no entra en el discurso perfecto. La parte que no cabe en una explicación rápida y, por eso mismo, es real.

Hay sombras que son duda —una duda fina, casi elegante—. Otras son vergüenza, que se pega a la piel como una camisa húmeda. Otras son nostalgia: esa punzada suave que aparece justo cuando te ríes, como si alguien, desde lejos, te tocara el hombro. Y también está la sombra del cansancio, que no pide épica, solo una silla y un rato de silencio.

La luz intensa no te hace impecable: te hace visible. Y ser visible es un pacto con lo imperfecto. Se ven tus bordes. Tus cicatrices. Tus contradicciones. Se ve lo que te sobra y lo que te falta. La luz no te mejora: te desvela. Y la sombra no te condena: te da volumen.

Quizá la paz no sea vivir sin sombras, sino dejar de discutir con ellas. Aprender a caminar con esa presencia sin dramatizarla, sin convertirla en enemigo. Mirarla de reojo y decir: estás ahí; yo también.

Porque si hoy tu sombra pesa más, tal vez no sea porque te estés hundiendo. Tal vez sea porque, por fin, estás bajo una luz que importa.

«El coste de la libertad es menor que el precio de la represión. Aunque ese coste sea de sangre» (William Edward Burghardt Du Bois su nombre fue tan largo como su vida: nació el 23 de febrero de 1868 y murió el 27 de agosto de 1963. Aunque hablaba de costes no fue economista ni nada parecido, fue sociólogohistoriadoractivista por los derechos civilespanafricanista, autor y editor estadounidense)

Skylar Grey cumple hoy 40 espléndidos años; la canción del vídeo la co-escribió con Eminem y Rihanna para hacer luego su propia versión. Le quedó preciosa como podréis oir.

La mentida en veu baixa

Canta sense bateria, sense foc d’escenari: només una veu que es rasca el cor. A cada “t’estimo” li cau una engruna de vidre. Ell no hi és, però encara ocupa el passadís: sabates invisibles, alè antic, la clau girant dins el cap. Ella posa les mans al piano com qui posa benes.

No el disculpa. No es disculpa.

Només descriu el cercle: el cop, la carícia, el “perdona”, la pau falsa. I el silenci final, que pesa més que qualsevol crit.


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