ASILO
POLÍTICO EN MALLORCA

El abogado dejó el pasaporte
sobre la mesa como quien deposita una prueba de vida.
—Mi cliente solicita
protección internacional —dijo.
El guardia miró el pasaporte,
luego al hombre. Estadounidense. Treinta y tantos. Camisa de lino. Pulsera de
hotel. La piel con ese rojo de quien todavía cree que el sol europeo es
decorativo.
—¿Motivo?
El abogado carraspeó.
—Temor fundado a regresar a su
país por razones políticas.
El hombre tragó saliva. Tenía
las manos juntas, como si rezara a una administración pública, que es una
religión más lenta.
—Tengo miedo —dijo en inglés.
El abogado tradujo.
Fuera, Mallorca seguía
funcionando con una crueldad preciosa: turistas con chanclas, jubilados
contando olas, camareros cargando bandejas, niños gritando en idiomas que aún
no habían aprendido a tener patria.
—¿Ha recibido amenazas
directas? —preguntó el guardia.
El abogado miró al hombre.
El hombre bajó la vista.
—Todo el país es una amenaza
—murmuró.
El abogado no tradujo eso. Lo
dejó morir entre el fluorescente y el formulario.
El guardia cogió un bolígrafo.
—Vamos a tomar declaración.
Entonces el estadounidense
respiró hondo, como si acabaran de abrirle una frontera dentro del pecho.
—Gracias —dijo.
Y por primera vez desde que
llegó a la isla, no pensó en Trump, ni en Florida, ni en la palabra democracia
escrita con letras grandes en pancartas pequeñas.
Pensó en su maleta, todavía en
el hotel.
Allí dentro, doblado entre dos
camisas, seguía intacto el miedo.
Nadie le había explicado que
también pasaba los controles.
«Quien sabe proporcionar
ilusiones a las masas se convierte fácilmente en su amo; quien intenta
destruirlas, siempre será su víctima.» (A Gustave Le Bon nacido el 7 de mayo de 1845 le
gustaban poco o nada las multitudes. Este psicólogo lo dejo bien claro con la
frase hoy escogida. Sólo añadiría que cada vez las masas son menos exigentes)
Hoy tiraremos de nostalgia y, además, antigua e incluiré un vídeo en blanco y negro de hace muchos años (75). Si Teresa Brewer nació el 7 de mayo de 1931 y ahí aún es una pipiola, pues hacer cuentas. Ahora la canción es bastante conocida a pesar de ser la cara "B" del disco.
La moneda que faltava
La iaia guardava una moneda
dins del calaix dels fils. Deia que no era diners, sinó una porta.
Quan va morir, el net la va
trobar i la va ficar en una màquina de discos que ningú havia vist funcionar
des del franquisme, cosa força normal en aquell bar, on fins i tot les olives
semblaven jubilades.
La música va començar.
Primer va ballar la pols.
Després, les cadires. Finalment, la iaia va aparèixer al mirall, amb vint anys
i un somriure descarat.
—Ja era hora —va dir—. Sempre
arribeu tard a la felicitat.
No hay comentarios:
Publicar un comentario