DOS
EUROS LA HORA
A Yassin le enseñaron primero
a barrer.
No a cortar.
No a afeitar.
No a perfilar barbas con esa
precisión casi religiosa que tienen algunos barberos cuando acercan la cuchilla
al cuello de un cliente y el cliente, por un instante, finge confiar en la
humanidad.
Primero, barrer.
El pelo caía al suelo en
mechones negros, grises, castaños, rubios de bote, blancos de edad y de
preocupación. Yassin lo recogía con una escoba azul. El dueño decía que eso
formaba parte del aprendizaje.
—Aquí se empieza desde abajo
—le dijo.
Yassin miró el suelo.
Abajo ya estaba.
Tenía diecisiete años, una
mochila con dos mudas, un permiso administrativo que no entendía del todo y una
carpeta de la administración donde aparecía como menor protegido. Esa expresión
le hacía gracia por dentro. Menor protegido. Como si alguien le hubiera puesto
una manta invisible encima. Una manta que no calentaba, no pagaba habitación,
no contestaba mensajes y no impedía que un hombre le ofreciera dos euros por
hora para trabajar en una barbería.
Dos euros.
La primera vez pensó que había
entendido mal.
—¿Dos?
—Dos. Y aprendes oficio.
El dueño, Hamid, lo dijo con
tono de favor. No de contrato. Los contratos eran para otra gente. Gente con
padres cerca, con papeles claros, con domicilio, con una madre que pudiera
llamar enfadada si al niño le explotaban la vida.
Yassin aceptó.
No porque fuera tonto. Esa era
la mentira favorita de quienes miraban desde lejos. Aceptó porque tenía hambre
de futuro y el futuro, en ciertos barrios, se vende por horas sueltas.
La barbería estaba en una
calle estrecha de Melilla, con motos mal aparcadas, persianas a medio pintar y
hombres que entraban sin pedir cita porque la cita, allí, era una forma de
debilidad europea. En la pared había fotos de cortes modernos: degradados imposibles,
barbas perfectas, cejas amenazantes. También había un televisor que hablaba
todo el día sin que nadie lo escuchara.
Yassin limpiaba peines,
cambiaba toallas, preparaba espuma, barría, fregaba, iba a por cafés, sujetaba
el espejo por detrás de la cabeza de los clientes.
—¿Te gusta España? —le
preguntaban algunos.
Él decía que sí.
No porque le gustara siempre.
Porque había preguntas que no se respondían de verdad. ¿Te gusta España? ¿Estás
bien? ¿Tienes familia? ¿Viniste solo? Todas querían una historia corta para no
estropear el corte.
—¿De dónde eres?
—De Marruecos.
—Ah.
Ah.
El “ah” era una habitación
pequeña. Metían dentro todo lo que no querían preguntar.
Con el tiempo, Hamid le dejó
usar la máquina. Primero en los niños, porque los niños se mueven y nadie
espera milagros. Luego en algún cliente de confianza. Después, los lunes por la
mañana, cuando no había mucha gente.
Yassin aprendió rápido.
Tenía buena mano. Eso se decía
en la barbería como si la mano fuera un animal independiente. Buena mano. Mano
limpia. Mano fina. La mano de Yassin sabía escuchar la cabeza de los demás. La
nuca tensa de un camionero. La prisa de un estudiante. El orgullo de un chico
antes de una cita. La tristeza de un viejo que pedía “lo de siempre” aunque ya
casi no quedara nada que cortar.
Un día entró un hombre con
camisa clara, barriga discreta y reloj serio.
—Lo de siempre, Hamid.
Hamid sonrió demasiado.
—Claro, don Rafael. Siéntese.
Don Rafael trabajaba en la
administración. Eso lo supo Yassin porque todos parecían saberlo y porque Hamid
cambió la voz. La hizo más limpia. Más correcta. Menos calle.
—Este chico aprende rápido
—dijo Hamid, poniendo una mano en el hombro de Yassin—. Muy trabajador.
Don Rafael lo miró por el
espejo.
—¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete.
—¿Estudias?
Yassin dudó.
La máquina estaba encima del
mostrador. El suelo, todavía con pelos del cliente anterior. El televisor
hablaba de una rueda de prensa. Hamid dejó de sonreír un segundo.
—Estoy aprendiendo —dijo
Yassin.
Don Rafael asintió, como si
aquello fuera una respuesta.
—Eso está bien. Hay que
integrarse.
Integrarse.
Yassin conocía ya algunas
palabras españolas que servían para no mirar demasiado. Integrarse era una de
ellas. Significaba trabajar mucho, cobrar poco, no molestar, dar las gracias y
parecer contento si alguien te permitía existir en una esquina.
—¿Le puedo cortar yo?
—preguntó Yassin.
Hamid abrió los ojos apenas.
Don Rafael sonrió.
—Venga. A ver qué tal.
Yassin le puso la capa negra.
Le ajustó el papel en el cuello. Cogió la máquina con cuidado.
El pelo de don Rafael era
fácil. Ordenado. Obediente. Un pelo de nómina fija.
—¿Y tus padres? —preguntó el
hombre.
—Lejos.
—Bueno. Aquí estarás mejor.
La máquina zumbó junto a la
oreja.
Yassin pensó en la palabra
“mejor”. En su cama compartida. En las llamadas cortas. En las noches donde
miraba el techo y se preguntaba si uno podía echar de menos una casa que ya no
le esperaba igual. Pensó en los dos euros por hora. En la carpeta donde ponía
protegido. En las manos de don Rafael descansando tranquilas bajo la capa.
—Sí —dijo—. Mejor.
Hamid, detrás, limpiaba una
navaja sin necesidad de limpiarla.
Don Rafael siguió hablando.
—Lo importante es que
aprovechéis las oportunidades. Porque muchos venís aquí y claro…
No terminó la frase.
Las frases contra los pobres
muchas veces no se terminan. No hace falta. Ya vienen completas en la cabeza
del que escucha.
Yassin perfiló la nuca. Lo
hizo despacio. Perfecto. Ni un tirón. Ni una marca. Ni una excusa.
Cuando acabó, le enseñó el
espejo.
—Muy bien —dijo don Rafael—.
Tienes futuro.
Yassin sostuvo el espejo.
Futuro.
Otra palabra cara.
Don Rafael pagó a Hamid. Dejó
un euro de propina sobre el mostrador.
—Para el chico.
Hamid lo cogió antes que
Yassin.
—Yo se lo guardo.
Don Rafael no vio nada.
O lo vio y no quiso verlo, que
a veces es la forma adulta de mirar.
Al salir, dijo:
—Sigue así, muchacho.
La puerta se cerró.
Durante unos segundos, la
barbería quedó muda. Solo sonaba el televisor. Una presentadora hablaba de
protección de menores, pero sin ganas, como quien lee la previsión del tiempo.
Yassin miró a Hamid.
—Ese euro era mío.
Hamid soltó una risa corta.
—No empieces.
—Era mío.
—Aquí todo es de la barbería
hasta que yo diga.
Yassin sintió calor en la
cara. No rabia grande, no todavía. Algo más pequeño y más peligroso: claridad.
La claridad llega a veces como
una bofetada sin mano.
Miró la escoba azul apoyada
junto a la pared. Miró las toallas húmedas. Miró la máquina. Miró el suelo
lleno de pelos de don Rafael, que ya caminaba por la calle con la nuca limpia y
la conciencia intacta.
—Me voy —dijo.
Hamid se quedó quieto.
—¿Dónde vas a ir?
Buena pregunta.
Magnífica.
La clase de pregunta que usan
los fuertes cuando saben que tienen razón material aunque no tengan razón
moral.
¿Dónde vas a ir?
Yassin no lo sabía.
Pero supo, de golpe, que no
saber adónde ir no obligaba a quedarse donde lo estaban borrando.
Se quitó el delantal.
—Mañana vuelves —dijo Hamid—.
Siempre volvéis.
Yassin dejó el delantal sobre
la silla.
No dijo nada. Porque las
grandes frases, cuando uno tiene diecisiete años y dos euros por hora, suelen
quedar ridículas.
Salió.
La calle le pegó en la cara
con su ruido habitual. Motos. Voces. Una persiana bajando. Un niño comiendo
pipas. Dos mujeres discutiendo por el precio de algo. El mundo no había
cambiado. Eso era lo humillante. Uno puede tomar una decisión enorme y el semáforo
sigue en rojo.
Caminó sin rumbo.
En el bolsillo llevaba solo
unas monedas y un peine pequeño que se había olvidado devolver. Lo tocó con los
dedos. Un peine negro, barato, de plástico. Nada.
Pero era suyo.
Al pasar frente a un
escaparate, se vio reflejado. Delgado. Joven. Cansado. Con pelos ajenos pegados
a la camiseta.
Parecía mayor de diecisiete.
Eso también era una forma de
robo.
Sacó el móvil. Buscó el número
de la educadora del centro. Lo había guardado sin nombre, solo con una inicial,
porque a veces la ayuda oficial también daba vergüenza.
Tardó en llamar.
No por miedo a Hamid.
Por miedo a que nadie
contestara.
Al tercer tono, una voz dijo:
—¿Yassin?
Él cerró los ojos un segundo.
Que alguien dijera su nombre
ya era casi una puerta.
—Necesito hablar —dijo.
La voz cambió. Se hizo menos
administrativa.
—Dime dónde estás.
Yassin miró la calle, las
luces, los coches, la ciudad estrecha entre fronteras visibles e invisibles.
—Estoy fuera —contestó.
—¿Fuera de dónde?
Yassin miró hacia la barbería,
al final de la calle. El rótulo brillaba como si allí dentro se arreglaran
hombres y no se rompieran chicos.
—Fuera de dos euros la hora.
Hubo silencio al otro lado.
Luego la educadora dijo:
—No te muevas. Voy.
Yassin guardó el móvil.
Se sentó en un bordillo.
Por primera vez en semanas, no
barrió el pelo de nadie.
Solo esperó.
Y esperar, aquella tarde, no
fue obedecer.
Fue empezar a irse.
«La discusión es un disolvente
universal» (Según Donoso Cortés nacido el 6 de mayo de 1809, discutirlo todo acaba
destruyéndolo todo. Se pasó un poco: hay que discutir casi todo; lo difícil
está en determinar el “casi”)
Orson Wells fue el tercer hombre y Antoni Karas le puso música. Orson Wells nació el 5 de mayo de 1915 y fue uno de los grandes.
El tercer que callava
A Viena, les ombres no
caminen: negocien.
Ella esperava sota un fanal
tort, amb els guants mullats i una mentida petita entre les dents. Jo vaig
arribar tard, com fan els homes que volen semblar innocents.
—Has vingut sol?
Vaig mirar el carrer buit.
Sonava una cítara en algun lloc, prima com una rialla amb gana.
—No —vaig dir.
El tercer home no es veia.
Però era allà, dins meu, cobrant comissió per cada silenci.

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