CREMALLERAS
En la oficina hablábamos mucho
de libertad. Sobre todo los viernes, cuando alguien abría una botella en la
sala de reuniones y el departamento entero se creía revolucionario porque se
había quitado la corbata.
Luis era el más libre de
todos. Lo decía él. Libre para acostarse con quien quisiera, libre para no dar
explicaciones, libre para no repetir restaurante, cama ni promesa. Tenía una
agenda sentimental organizada como una hoja de Excel: nombres, horarios, excusas
y una columna oculta que debía de llamarse “salida de emergencia”.
Un día, durante el café, Marta
le preguntó qué pensaba.
—¿De qué?
—De algo.
Luis sonrió, como si le
hubieran pedido que recitara a Sófocles en arameo.
—Yo soy más de sentir.
Mentira. Era más de tocar.
Sentir exige quedarse un rato después, cuando ya no hay piel que distraiga ni
luces bajas que hagan de abogado defensor.
Marta lo miró con esa
paciencia que tienen algunas mujeres antes de decidir que ya han tenido
demasiada.
—Pues deberías desabrocharte
el cerebro de vez en cuando. También aprieta.
Luis soltó una carcajada. Los
demás también. En las oficinas se ríe mucho cuando alguien no entiende que
acaba de ser desnudado en público.
Esa tarde, al salir, lo vi en
el baño, frente al espejo, ajustándose el pantalón. Parecía preocupado. No sé
si por la cremallera o por la frase.
Fue la primera vez que lo vi
intentar subirse una idea.
«Es muy difícil mantener los
prejuicios personales fuera de algo así. Y, allí donde aparecen, los prejuicios
oscurecen la verdad.» (Esa frase es la del Jurado número 8, Davis, interpretado
en “12 hombres sin piedad” por un inmenso Henry Fonda nacido el 16 de mayo de
1905)
Hoy es el 73 aniversario de Thomas Crowm, bueno, de Pierce Brosnan que no tiene ningún secreto... ¿o si?
La pedra no volia mentir
Vaig córrer fins que els
genolls van aprendre a resar sols. La ciutat cremava darrere meu amb una
educació impecable: semàfors, aparadors, veïns traient el gos. Vaig demanar
refugi a una pedra i la pedra va apartar la cara. Vaig trucar al cel, però
comunicava. A l’infern, en canvi, em van obrir de seguida.
—Ja era hora —va dir algú amb
la meva veu.
Llavors vaig entendre el
càstig: no era fugir. Era arribar sempre a mi.

comentario
ResponderEliminarExcelente, como siempre!!
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