sábado, 16 de mayo de 2026

 

CREMALLERAS


En la oficina hablábamos mucho de libertad. Sobre todo los viernes, cuando alguien abría una botella en la sala de reuniones y el departamento entero se creía revolucionario porque se había quitado la corbata.

Luis era el más libre de todos. Lo decía él. Libre para acostarse con quien quisiera, libre para no dar explicaciones, libre para no repetir restaurante, cama ni promesa. Tenía una agenda sentimental organizada como una hoja de Excel: nombres, horarios, excusas y una columna oculta que debía de llamarse “salida de emergencia”.

Un día, durante el café, Marta le preguntó qué pensaba.

—¿De qué?

—De algo.

Luis sonrió, como si le hubieran pedido que recitara a Sófocles en arameo.

—Yo soy más de sentir.

Mentira. Era más de tocar. Sentir exige quedarse un rato después, cuando ya no hay piel que distraiga ni luces bajas que hagan de abogado defensor.

Marta lo miró con esa paciencia que tienen algunas mujeres antes de decidir que ya han tenido demasiada.

—Pues deberías desabrocharte el cerebro de vez en cuando. También aprieta.

Luis soltó una carcajada. Los demás también. En las oficinas se ríe mucho cuando alguien no entiende que acaba de ser desnudado en público.

Esa tarde, al salir, lo vi en el baño, frente al espejo, ajustándose el pantalón. Parecía preocupado. No sé si por la cremallera o por la frase.

Fue la primera vez que lo vi intentar subirse una idea.

«Es muy difícil mantener los prejuicios personales fuera de algo así. Y, allí donde aparecen, los prejuicios oscurecen la verdad.» (Esa frase es la del Jurado número 8, Davis, interpretado en “12 hombres sin piedad” por un inmenso Henry Fonda nacido el 16 de mayo de 1905)

Hoy es el 73 aniversario de Thomas Crowm, bueno, de Pierce Brosnan que no tiene ningún secreto... ¿o si?

La pedra no volia mentir

Vaig córrer fins que els genolls van aprendre a resar sols. La ciutat cremava darrere meu amb una educació impecable: semàfors, aparadors, veïns traient el gos. Vaig demanar refugi a una pedra i la pedra va apartar la cara. Vaig trucar al cel, però comunicava. A l’infern, en canvi, em van obrir de seguida.

—Ja era hora —va dir algú amb la meva veu.

Llavors vaig entendre el càstig: no era fugir. Era arribar sempre a mi.



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