miércoles, 13 de mayo de 2026

 

EL CIUDADANO QUE NO ACEPTÓ LAS COOKIES


El día que Julián decidió no aceptar las cookies, Barcelona amaneció como cualquier ciudad que presume de futuro: con pantallas en las marquesinas, patinetes abandonados en las esquinas y personas mirando el móvil con la postura cervical de quien ya ha perdido una guerra pequeña.

Todo empezó en la panadería.

Julián quería una barra de pan. Nada épico. Nada revolucionario. Una barra normal, de las que crujen un poco al partirse y luego se convierten en migas sobre la mesa, como pequeñas pruebas del delito doméstico.

Entró en la panadería de la calle Mallorca, saludó a la dependienta y pidió:

—Una barra, por favor.

La mujer, sin levantar mucho la vista, señaló una pantalla junto al datáfono.

—Tiene que aceptar las condiciones.

Julián miró la pantalla.

Para mejorar su experiencia de compra, Panes Aurora solicita acceso a sus preferencias de consumo, historial de ubicación, patrones alimentarios, nivel estimado de ingresos y probabilidad de fidelización.

Debajo había dos botones.

ACEPTAR TODO
CONFIGURAR OPCIONES

Julián pulsó configurar opciones.

La dependienta suspiró con una tristeza administrativa.

—Eso tarda.

—No tengo prisa.

Mentía. Tenía una reunión a las nueve y veinte, una cita con el dentista a las cuatro y una vida entera pendiente de pequeñas claudicaciones. Pero aquel día se levantó con una incomodidad rara, como si le hubieran colocado una piedra digital dentro del zapato.

La pantalla desplegó treinta y seis apartados.

“Cookies necesarias”.
“Cookies de personalización”.
“Cookies de terceros”.
“Cookies de predicción nutricional”.
“Cookies de trazabilidad emocional del cliente”.
“Cookies para ofertas adaptadas al índice de frustración urbana”.

Julián empezó a desmarcar casillas.

Una a una.

La fila detrás de él creció como crecen las cosas feas: sin ruido y con mala educación.

—Perdone —dijo un hombre con casco de bicicleta—, algunos tenemos que trabajar.

Julián no respondió. Continuó desmarcando.

La dependienta apoyó las dos manos sobre el mostrador.

—Mire, señor, si acepta todo, le vendo el pan y ya está.

—No quiero que una panadería sepa mi nivel estimado de ingresos.

—A mí tampoco me interesa mucho, la verdad.

—Pues entonces no lo pidan.

—Lo pide el sistema.

El sistema.

Julián miró alrededor. El horno seguía allí. Las barras seguían allí. La mujer seguía allí. Los clientes seguían allí. Pero, según parecía, nadie vendía pan. El pan lo vendía el sistema, ese señor invisible que nunca daba la cara y siempre tenía razón.

Pulsó finalmente: rechazar todo salvo cookies necesarias.

La pantalla parpadeó.

Lo sentimos. No podemos ofrecerle una experiencia personalizada.

—No quiero una experiencia personalizada. Quiero pan.

La dependienta tocó la pantalla desde su lado.

Apareció otro mensaje.

Cliente no perfilable. Operación no disponible.

La mujer le miró con un punto de compasión.

—No me deja.

—¿Cómo que no le deja?

—Que no le puedo vender la barra.

—¿Por qué?

—Porque usted no existe bien.

Aquella frase se le quedó clavada.

No existía bien.

Salió de la panadería sin pan, pero con una dignidad ridícula bajo el brazo. La dignidad, descubrió, pesa poco cuando no has desayunado.

En la parada del autobús intentó comprar un billete sencillo. La máquina le pidió aceptar las condiciones de movilidad inteligente. Rechazó las cookies de ubicación permanente, las de mejora del tránsito urbano y las de análisis de comportamiento ciudadano en entornos de espera.

No se puede emitir título de transporte sin consentimiento ampliado.

El autobús llegó.

Subieron todos menos él.

El conductor cerró la puerta con esa precisión cruel de los servicios públicos cuando funcionan contra alguien concreto.

Julián caminó hasta el centro de salud. Su dentista quedaba lejos, pero antes necesitaba pedir cita con su médico. Llevaba semanas con una presión en el pecho, una mezcla de ansiedad, acidez y época histórica.

En la entrada del CAP había un tótem de recepción.

Identifíquese.

Puso su DNI.

Para continuar, acepte el tratamiento integral de sus datos para fines asistenciales, preventivos, estadísticos, predictivos y de mejora algorítmica del sistema sanitario.

Julián pulsó configurar.

La pantalla le devolvió un aviso en rojo.

La configuración manual puede limitar el acceso a determinados servicios.

—Naturalmente —murmuró—. La libertad siempre viene con recargo.

Detrás de él, una mujer mayor sujetaba una carpeta azul.

—Hijo, acepta y ya está. Si no, no acabamos nunca.

—Es que no deberían pedir todo esto.

—Claro que no. Pero yo tengo la cadera hecha un trapo y no estoy para fundar la democracia.

Julián quiso explicarle que precisamente por eso. Que precisamente porque ella tenía la cadera mal, porque él tenía presión en el pecho, porque el otro tenía que trabajar y porque la dependienta solo quería vender pan, alguien debía decir que no.

Pero se oyó a sí mismo antes de hablar. Y se dio cuenta de que sonaría como un imbécil con principios, esa especie tan molesta para la convivencia.

Aun así, rechazó.

El tótem emitió un pitido.

No se ha podido completar la solicitud. Diríjase al mostrador.

En el mostrador, una administrativa con gafas finas le explicó que sin aceptar las condiciones no podía acceder a la cita online, ni presencial, ni telefónica.

—¿Entonces qué hago si me encuentro mal?

—Puede llamar al 112.

—¿Y allí me pedirán aceptar algo?

La mujer bajó la voz.

—No les dé ideas.

A mediodía intentó entrar en su banco. Necesitaba consultar un cargo duplicado. La aplicación le pidió aceptar el nuevo marco de confianza financiera digital. Julián rechazó la cesión de datos a empresas colaboradoras, la elaboración de perfiles de solvencia emocional y la autorización para ofrecer productos “adaptados a etapas vitales”.

La pantalla se apagó.

Al cabo de tres minutos recibió un mensaje:

Por motivos de seguridad, su cuenta ha sido temporalmente limitada.

No podía comprar pan.
No podía subir al autobús.
No podía pedir cita médica.
No podía acceder a su dinero.

Pero seguía siendo libre.

Lo comprobó sentándose en un banco de la Rambla Catalunya. La libertad, a las doce y media, consistía en tener hambre, dolor de muelas y diecisiete euros en efectivo que ya no servían en casi ningún sitio.

A su lado, un niño jugaba con una tableta. La madre intentaba que comiera un bocadillo.

—No quiero.

—Come.

—No.

—Te pongo dibujos si comes.

El niño abrió la boca.

Julián pensó que la educación digital empezaba antes de hablar: primero te daban una pantalla, luego un premio, después una condición y finalmente un botón azul donde ponía aceptar.

Por la tarde fue al Encuentro Internacional por los Derechos Digitales. Había visto el anuncio en una pantalla pública antes de convertirse en ciudadano defectuoso. El acto se celebraba en un edificio moderno, con cristales enormes y palabras grandes en inglés. En la entrada, varias personas con acreditación sonreían como si hubieran sido entrenadas por una consultora.

Un cartel decía:

TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LAS PERSONAS.

Julián se acercó al mostrador.

—Quiero entrar.

—¿Está inscrito?

—No.

—Puede inscribirse ahora con este código QR.

—No tengo acceso a mi móvil.

La joven del mostrador pestañeó, como si le hubiera dicho que venía del siglo XII en burro.

—Entonces puede hacerlo en la tablet.

Le ofreció una pantalla.

Julián leyó.

Para acceder al evento debe aceptar la política de privacidad, cesión de imagen, tratamiento de datos biométricos, análisis de intereses profesionales y recepción de comunicaciones de entidades asociadas.

Soltó una risa pequeña. No fue una risa alegre. Fue más bien el ruido que hace una puerta cuando ya no encaja.

—Vengo a hablar de derechos digitales.

—Precisamente.

—Y para entrar tengo que ceder mis datos.

—Solo los necesarios.

—¿Datos biométricos?

—Por seguridad.

—¿Imagen?

—Por difusión.

—¿Intereses profesionales?

—Por networking.

—¿Comunicaciones de entidades asociadas?

—Por oportunidades.

Julián miró el cartel.

TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LAS PERSONAS.

—¿Y si no acepto?

La joven le dedicó una sonrisa triste, la misma sonrisa de la panadera, de la administrativa, del conductor que cerró la puerta. La sonrisa de los intermediarios inocentes del abuso.

—Entonces no puede pasar.

—¿Quién puede decidir eso?

—El sistema.

Otra vez.

El sistema ya no era un señor invisible. Era una religión sin santos y con muchas contraseñas. No necesitaba policías en cada esquina. Le bastaban pantallas educadas, formularios obligatorios y empleados que decían “yo no puedo hacer nada” con una corrección impecable.

Julián no gritó.

Eso fue lo peor.

Hubiera sido más fácil gritar. Convertirse en loco. Dar una patada al mostrador. Romper una pantalla. Acabar grabado por cinco móviles y resumido en una noticia breve: Un hombre provoca altercados en un congreso sobre derechos digitales.

Pero no gritó.

Sacó del bolsillo el recibo de la panadería. La barra no comprada había quedado registrada como intento fallido. Al dorso, con un bolígrafo que todavía funcionaba sin aceptar condiciones, escribió:

No rechazo la tecnología. Rechazo tener que desnudarme para comprar pan.

Luego pegó el papel en el cristal de la entrada.

La joven del mostrador lo leyó.

—No puede dejar eso ahí.

—¿Por qué?

—Por normativa.

—¿Física o digital?

Ella no respondió.

Durante unos segundos, nadie hizo nada. La gente siguió entrando al congreso. Algunos miraban el papel y sonreían con esa sonrisa de quien está de acuerdo, pero no tanto como para llegar tarde. Otros lo fotografiaban. Uno lo subió a una red social con el texto:

Señor random se indigna contra las cookies 😂

A los veinte minutos, el papel tenía dos mil compartidos.

A los cuarenta, alguien creó una etiqueta:

#NoAceptoSerPan

A las seis de la tarde, una tertulia discutía si Julián era un héroe ciudadano o un nostálgico peligroso. A las siete, una empresa de ciberseguridad ofreció camisetas con su frase. A las ocho, un partido político anunció una proposición no de ley. A las nueve, Panes Aurora publicó un comunicado defendiendo su compromiso con la privacidad, la transparencia y el trigo de proximidad.

Julián lo vio todo desde fuera, sentado en el suelo, junto al cristal.

Seguía sin poder entrar.

A las diez menos cuarto, la joven del mostrador salió con una bolsa.

—Tome.

Dentro había una barra de pan.

—La he comprado yo —dijo ella—. En efectivo. En una panadería antigua de Gràcia.

Julián la cogió como se cogen las cosas simples cuando han dejado de ser simples.

—Gracias.

—No diga nada. Me pueden abrir una incidencia.

Partió la barra con las manos. Sonó bien. Un crujido limpio, casi ofensivo, como si el pan recordara una época en la que ser humano no requería actualizar preferencias.

Le ofreció un trozo.

La joven dudó.

—No sé si puedo aceptarlo.

—Es pan.

—Ya. Pero hoy en día nunca se sabe.

Comieron los dos en silencio, bajo el cartel luminoso del congreso.

Dentro, en una sala climatizada, alguien hablaba de ciudadanía digital, ética algorítmica y centralidad humana. Fuera, un hombre y una mujer compartían una barra de pan sin registro, sin perfil, sin segmentación y sin mejora de experiencia.

Por un momento, el sistema no supo qué hacer con ellos.

Y eso, aunque duró poco, fue casi una victoria.

«Merece la pena vivir porque hay personas, porque hay pájaros, porque hay cosas que están excelentemente bien.» (Hoy es un día especialmente triste para mí y me va bien traer a estas páginas la frase de José Jiménez Lozano nacido el 13 de mayo de 1930)

Richie Valens nacía el 13 de mayo de 1941 y fallecía el 2 de febrero de 1959 es decir, con 17 años. A pesar de no entrar en el club de los "27" sí que forjó su propia leyenda.

Sabates sense permís

La mare deia que no ballés al mig del pati, que els veïns tenien finestres i mala llet.

Però ell va sentir la guitarra i els peus li van desobeir. Primer un taló. Després l’altre. Després tot el cos, com si algú li hagués encès una festa dins dels ossos.

La veïna del tercer va sortir per queixar-se.

—Això és un escàndol.

Ell li va oferir la mà.

I ella, traïdora als seus principis, va baixar en sabatilles.



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