EL
CIUDADANO QUE NO ACEPTÓ LAS COOKIES
El día que Julián decidió no
aceptar las cookies, Barcelona amaneció como cualquier ciudad que presume de
futuro: con pantallas en las marquesinas, patinetes abandonados en las esquinas
y personas mirando el móvil con la postura cervical de quien ya ha perdido una
guerra pequeña.
Todo empezó en la panadería.
Julián quería una barra de
pan. Nada épico. Nada revolucionario. Una barra normal, de las que crujen un
poco al partirse y luego se convierten en migas sobre la mesa, como pequeñas
pruebas del delito doméstico.
Entró en la panadería de la
calle Mallorca, saludó a la dependienta y pidió:
—Una barra, por favor.
La mujer, sin levantar mucho
la vista, señaló una pantalla junto al datáfono.
—Tiene que aceptar las
condiciones.
Julián miró la pantalla.
Para mejorar su experiencia de
compra, Panes Aurora solicita acceso a sus preferencias de consumo, historial
de ubicación, patrones alimentarios, nivel estimado de ingresos y probabilidad
de fidelización.
Debajo había dos botones.
ACEPTAR TODO
CONFIGURAR OPCIONES
Julián pulsó configurar
opciones.
La dependienta suspiró con una
tristeza administrativa.
—Eso tarda.
—No tengo prisa.
Mentía. Tenía una reunión a
las nueve y veinte, una cita con el dentista a las cuatro y una vida entera
pendiente de pequeñas claudicaciones. Pero aquel día se levantó con una
incomodidad rara, como si le hubieran colocado una piedra digital dentro del zapato.
La pantalla desplegó treinta y
seis apartados.
“Cookies necesarias”.
“Cookies de personalización”.
“Cookies de terceros”.
“Cookies de predicción nutricional”.
“Cookies de trazabilidad emocional del cliente”.
“Cookies para ofertas adaptadas al índice de frustración urbana”.
Julián empezó a desmarcar
casillas.
Una a una.
La fila detrás de él creció
como crecen las cosas feas: sin ruido y con mala educación.
—Perdone —dijo un hombre con
casco de bicicleta—, algunos tenemos que trabajar.
Julián no respondió. Continuó
desmarcando.
La dependienta apoyó las dos
manos sobre el mostrador.
—Mire, señor, si acepta todo,
le vendo el pan y ya está.
—No quiero que una panadería
sepa mi nivel estimado de ingresos.
—A mí tampoco me interesa
mucho, la verdad.
—Pues entonces no lo pidan.
—Lo pide el sistema.
El sistema.
Julián miró alrededor. El
horno seguía allí. Las barras seguían allí. La mujer seguía allí. Los clientes
seguían allí. Pero, según parecía, nadie vendía pan. El pan lo vendía el
sistema, ese señor invisible que nunca daba la cara y siempre tenía razón.
Pulsó finalmente: rechazar
todo salvo cookies necesarias.
La pantalla parpadeó.
Lo sentimos. No podemos
ofrecerle una experiencia personalizada.
—No quiero una experiencia
personalizada. Quiero pan.
La dependienta tocó la
pantalla desde su lado.
Apareció otro mensaje.
Cliente no perfilable.
Operación no disponible.
La mujer le miró con un punto
de compasión.
—No me deja.
—¿Cómo que no le deja?
—Que no le puedo vender la
barra.
—¿Por qué?
—Porque usted no existe bien.
Aquella frase se le quedó
clavada.
No existía bien.
Salió de la panadería sin pan,
pero con una dignidad ridícula bajo el brazo. La dignidad, descubrió, pesa poco
cuando no has desayunado.
En la parada del autobús
intentó comprar un billete sencillo. La máquina le pidió aceptar las
condiciones de movilidad inteligente. Rechazó las cookies de ubicación
permanente, las de mejora del tránsito urbano y las de análisis de
comportamiento ciudadano en entornos de espera.
No se puede emitir título de
transporte sin consentimiento ampliado.
El autobús llegó.
Subieron todos menos él.
El conductor cerró la puerta
con esa precisión cruel de los servicios públicos cuando funcionan contra
alguien concreto.
Julián caminó hasta el centro
de salud. Su dentista quedaba lejos, pero antes necesitaba pedir cita con su
médico. Llevaba semanas con una presión en el pecho, una mezcla de ansiedad,
acidez y época histórica.
En la entrada del CAP había un
tótem de recepción.
Identifíquese.
Puso su DNI.
Para continuar, acepte el
tratamiento integral de sus datos para fines asistenciales, preventivos,
estadísticos, predictivos y de mejora algorítmica del sistema sanitario.
Julián pulsó configurar.
La pantalla le devolvió un
aviso en rojo.
La configuración manual puede
limitar el acceso a determinados servicios.
—Naturalmente —murmuró—. La
libertad siempre viene con recargo.
Detrás de él, una mujer mayor
sujetaba una carpeta azul.
—Hijo, acepta y ya está. Si
no, no acabamos nunca.
—Es que no deberían pedir todo
esto.
—Claro que no. Pero yo tengo
la cadera hecha un trapo y no estoy para fundar la democracia.
Julián quiso explicarle que
precisamente por eso. Que precisamente porque ella tenía la cadera mal, porque
él tenía presión en el pecho, porque el otro tenía que trabajar y porque la
dependienta solo quería vender pan, alguien debía decir que no.
Pero se oyó a sí mismo antes
de hablar. Y se dio cuenta de que sonaría como un imbécil con principios, esa
especie tan molesta para la convivencia.
Aun así, rechazó.
El tótem emitió un pitido.
No se ha podido completar la
solicitud. Diríjase al mostrador.
En el mostrador, una
administrativa con gafas finas le explicó que sin aceptar las condiciones no
podía acceder a la cita online, ni presencial, ni telefónica.
—¿Entonces qué hago si me
encuentro mal?
—Puede llamar al 112.
—¿Y allí me pedirán aceptar
algo?
La mujer bajó la voz.
—No les dé ideas.
A mediodía intentó entrar en
su banco. Necesitaba consultar un cargo duplicado. La aplicación le pidió
aceptar el nuevo marco de confianza financiera digital. Julián rechazó la
cesión de datos a empresas colaboradoras, la elaboración de perfiles de solvencia
emocional y la autorización para ofrecer productos “adaptados a etapas
vitales”.
La pantalla se apagó.
Al cabo de tres minutos
recibió un mensaje:
Por motivos de seguridad, su
cuenta ha sido temporalmente limitada.
No podía comprar pan.
No podía subir al autobús.
No podía pedir cita médica.
No podía acceder a su dinero.
Pero seguía siendo libre.
Lo comprobó sentándose en un
banco de la Rambla Catalunya. La libertad, a las doce y media, consistía en
tener hambre, dolor de muelas y diecisiete euros en efectivo que ya no servían
en casi ningún sitio.
A su lado, un niño jugaba con
una tableta. La madre intentaba que comiera un bocadillo.
—No quiero.
—Come.
—No.
—Te pongo dibujos si comes.
El niño abrió la boca.
Julián pensó que la educación
digital empezaba antes de hablar: primero te daban una pantalla, luego un
premio, después una condición y finalmente un botón azul donde ponía aceptar.
Por la tarde fue al Encuentro
Internacional por los Derechos Digitales. Había visto el anuncio en una
pantalla pública antes de convertirse en ciudadano defectuoso. El acto se
celebraba en un edificio moderno, con cristales enormes y palabras grandes en inglés.
En la entrada, varias personas con acreditación sonreían como si hubieran sido
entrenadas por una consultora.
Un cartel decía:
TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LAS
PERSONAS.
Julián se acercó al mostrador.
—Quiero entrar.
—¿Está inscrito?
—No.
—Puede inscribirse ahora con
este código QR.
—No tengo acceso a mi móvil.
La joven del mostrador
pestañeó, como si le hubiera dicho que venía del siglo XII en burro.
—Entonces puede hacerlo en la
tablet.
Le ofreció una pantalla.
Julián leyó.
Para acceder al evento debe
aceptar la política de privacidad, cesión de imagen, tratamiento de datos
biométricos, análisis de intereses profesionales y recepción de comunicaciones
de entidades asociadas.
Soltó una risa pequeña. No fue
una risa alegre. Fue más bien el ruido que hace una puerta cuando ya no encaja.
—Vengo a hablar de derechos
digitales.
—Precisamente.
—Y para entrar tengo que ceder
mis datos.
—Solo los necesarios.
—¿Datos biométricos?
—Por seguridad.
—¿Imagen?
—Por difusión.
—¿Intereses profesionales?
—Por networking.
—¿Comunicaciones de entidades
asociadas?
—Por oportunidades.
Julián miró el cartel.
TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LAS
PERSONAS.
—¿Y si no acepto?
La joven le dedicó una sonrisa
triste, la misma sonrisa de la panadera, de la administrativa, del conductor
que cerró la puerta. La sonrisa de los intermediarios inocentes del abuso.
—Entonces no puede pasar.
—¿Quién puede decidir eso?
—El sistema.
Otra vez.
El sistema ya no era un señor
invisible. Era una religión sin santos y con muchas contraseñas. No necesitaba
policías en cada esquina. Le bastaban pantallas educadas, formularios
obligatorios y empleados que decían “yo no puedo hacer nada” con una corrección
impecable.
Julián no gritó.
Eso fue lo peor.
Hubiera sido más fácil gritar.
Convertirse en loco. Dar una patada al mostrador. Romper una pantalla. Acabar
grabado por cinco móviles y resumido en una noticia breve: Un hombre provoca
altercados en un congreso sobre derechos digitales.
Pero no gritó.
Sacó del bolsillo el recibo de
la panadería. La barra no comprada había quedado registrada como intento
fallido. Al dorso, con un bolígrafo que todavía funcionaba sin aceptar
condiciones, escribió:
No rechazo la tecnología.
Rechazo tener que desnudarme para comprar pan.
Luego pegó el papel en el
cristal de la entrada.
La joven del mostrador lo
leyó.
—No puede dejar eso ahí.
—¿Por qué?
—Por normativa.
—¿Física o digital?
Ella no respondió.
Durante unos segundos, nadie
hizo nada. La gente siguió entrando al congreso. Algunos miraban el papel y
sonreían con esa sonrisa de quien está de acuerdo, pero no tanto como para
llegar tarde. Otros lo fotografiaban. Uno lo subió a una red social con el
texto:
Señor random se indigna contra
las cookies 😂
A los veinte minutos, el papel
tenía dos mil compartidos.
A los cuarenta, alguien creó
una etiqueta:
#NoAceptoSerPan
A las seis de la tarde, una
tertulia discutía si Julián era un héroe ciudadano o un nostálgico peligroso. A
las siete, una empresa de ciberseguridad ofreció camisetas con su frase. A las
ocho, un partido político anunció una proposición no de ley. A las nueve, Panes
Aurora publicó un comunicado defendiendo su compromiso con la privacidad, la
transparencia y el trigo de proximidad.
Julián lo vio todo desde
fuera, sentado en el suelo, junto al cristal.
Seguía sin poder entrar.
A las diez menos cuarto, la
joven del mostrador salió con una bolsa.
—Tome.
Dentro había una barra de pan.
—La he comprado yo —dijo
ella—. En efectivo. En una panadería antigua de Gràcia.
Julián la cogió como se cogen
las cosas simples cuando han dejado de ser simples.
—Gracias.
—No diga nada. Me pueden abrir
una incidencia.
Partió la barra con las manos.
Sonó bien. Un crujido limpio, casi ofensivo, como si el pan recordara una época
en la que ser humano no requería actualizar preferencias.
Le ofreció un trozo.
La joven dudó.
—No sé si puedo aceptarlo.
—Es pan.
—Ya. Pero hoy en día nunca se
sabe.
Comieron los dos en silencio,
bajo el cartel luminoso del congreso.
Dentro, en una sala
climatizada, alguien hablaba de ciudadanía digital, ética algorítmica y
centralidad humana. Fuera, un hombre y una mujer compartían una barra de pan
sin registro, sin perfil, sin segmentación y sin mejora de experiencia.
Por un momento, el sistema no
supo qué hacer con ellos.
Y eso, aunque duró poco, fue
casi una victoria.
«Merece la pena vivir porque
hay personas, porque hay pájaros, porque hay cosas que están excelentemente
bien.» (Hoy es un día especialmente triste para mí y me va bien traer a estas
páginas la frase de José Jiménez Lozano nacido el 13 de mayo de 1930)
Richie Valens nacía el 13 de mayo de 1941 y fallecía el 2 de febrero de 1959 es decir, con 17 años. A pesar de no entrar en el club de los "27" sí que forjó su propia leyenda.
Sabates sense permís
La mare deia que no ballés al
mig del pati, que els veïns tenien finestres i mala llet.
Però ell va sentir la guitarra
i els peus li van desobeir. Primer un taló. Després l’altre. Després tot el
cos, com si algú li hagués encès una festa dins dels ossos.
La veïna del tercer va sortir
per queixar-se.
—Això és un escàndol.
Ell li va oferir la mà.
I ella, traïdora als seus
principis, va baixar en sabatilles.

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